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Leer a Luis López Nieves
es retozar a pecho abierto sobre los páramos sin vigas de la
historia. La prehistoria, torpe y aviesa, la escribieron los
otros, los que han retorcido el orbe con su verdad de
Perogrullo. Yo lo aprendí temprano, una tarde andariega entre
los anaqueles de las librerías del viejo San Juan. Desde
entonces, se me acentuó en los dedos y en los sesos una fuerte
aversión por los abultados y aceitados manuales de historia,
que a golpe de bombos y platillos pregona la academia. Sobre
todo por los platillos, ¿cómo olvidar la simbólica y pírrica
historia del doctor Joaquín Carrasquillo, el más grande e
ingenioso “platillista en la historia de la música
caribeña”?
Es cierto que no
arranqué por el principio, pero está de sobra demostrado que
las verdaderas historias no siempre respetan las leyes del
tiempo y del espacio, ni la cronología. Leí "Escribir para
Rafa" (La Flor, 1987), antes de conocer a "Seva" (1984), donde
nació la verdadera historia de la historia, o la historia
trocada, como prefieren llamar los entendidos a esta forma tan
airada de desafiar las guabinosas barreras que separan la
verdad de la ficción.
¿Ocurrió realmente una
primera invasión norteamericana a Puerto Rico, en mayo de
1898? Troya existió, me consta por el placer con el que leí y
leo a Homero. Por lo tanto, “Seva vive” más acá, en esa
realidad tantálica que nace del ayuntamiento carnal de la
imaginación y el goce: la verdadera literatura, creadora de
lenguajes. Luis López Nieves la desveló con esa carga de
energía –a buen decir de Ginsberg–, con la que desde hace un
rato irrumpió en la narrativa caribeña, creando formas.
Después, en "La verdadera muerte de Juan Ponce de León"
(Cordillera, 2000), vendría su original enfoque o ajuste de
cuentas con acontecimientos y personajes que dieron fisonomía
y forma al Caribe del siglo XVI.
Como Voltaire, sin darle
crédito ni al heroísmo sobrehumano ni a la maldad inhumana,
nos sitúa frente a una versión de los hechos donde lo
verosímil y lo verdadero nadan a sus anchas, en sus propias
aguas. Y si del cuento se trata, de las fórmulas y maneras de
darle forma, de llevarnos hasta el fondo del asunto, ¿qué
mejor trama para una novela que hurgar en los más oscuros
rincones tras los secretos que encubren el corazón del sabio
que, a confesión de Renán, “perjudicó más a los estudios
históricos que una invasión de los bárbaros”? Y de
Voltaire se trata, con "El corazón de Voltaire" (Norma, 2005),
Luis López Nieves nos asalta con una novela con la que,
devolviendo a las palabras la necesaria capacidad crítica, nos
invita a deslindar fronteras, a derrocar la tiranía de las
suposiciones y prejuicios.
En amplio, con más
soltura que dentro de los estrechos páramos del cuento, el
narrador se desplaza. Hurga. Torna. Vira. Desmadeja y
despeina, tanteando por los pasadizos. Igual va del cementerio
a la abadía, que de Relaciones Exteriores a la Santa Sede;
desentierra sus verdades (¿las de ellos?, como diría Azorín?).
Escribe. Se escribe. Se describe y da forma a un relato ágil,
moderno. Lleno de humor y de ironía. Relato que, a la vez que
nos pinta un fresco de la Revolución francesa, nos muestra una
instantánea de Nueva York o de Faluya, de Puerto Príncipe. Son
tan frágiles los hilos en los que se balancea la paz mundial
que, cualquier desliz puede tornar lo negro en gris, ¿quién lo
diría, 228 años después de su muerte, Voltaire retornó para
escarnecer a los mismos doctrinarios que, desde las azoteas de
sus casas, continúan dirigiendo los grandes imperios del
mundo.
El presidente francés,
compelido por las exigencias de su sobrina, su embajadora en
el Brasil, pone en movimiento una gran maquinaria para
desentrañar el misterio que rodea la desaparición de los
restos de una de las figuras más emblemáticas del Siglo de las
Luces y la Ilustración. Palabras más, palabras menos, esa es
la trama o la excusa de la que se vale López Nieves para
invitarnos a un amplio recorrido por los entretelones del
poder de los Estados y de la Iglesia para “velar”, con
argucias, con prebendas, con amenazas y sobornos, sus secretas
razones, parte de los secretos mejor guardados de la historia
oficial de todos los tiempos. Con fino bisturí, el narrador
puertorriqueño disecciona, sutura, aparta y va componiendo un
nuevo tejido, hilando entre los flecos sueltos de la
cuestionada historia, la historia verdadera, el más acá de la
verdad de su polémica mentira.
No es la primera novela
epistolar configurada a partir de mails que he leído, pero no
me cabe la menor duda de que ha sido construida con absoluta
corrección. Cada detalle, cada digresión y hasta cada silencio
han sido cuidadosamente calculados. Nada es gratuito en "El
corazón de Voltaire", ni siquiera los guiños del tío Julio o Conan Doyle, juguetones y certeros, respectivamente. Mucho
menos el bien conservado mechón de la falsa madre del abad.
Todo ensambla, todo encaja en esta novela negra escrita con
toda la mala fe del mundo, visceral, sin desperdicios.
Pero, ¿qué estrecha
relación guarda una novela con el exceso de anhídrido
cabrónico que exudan las gónadas de los conspicuos
indignatarios de estos días, empeñados en hacer retornar el
mundo a ese “primer estado de ignorancia y tosquedad”
que tanto torpedeó el burlón de Voltaire? Nada, si partimos
del hecho de que el periodismo actual, pura gelatina
profiláctica, ocupa tanto tiempo, de su tiempo y el nuestro,
para maquillarse y adormecernos con el bruñido puño, mientras
nos clavan el puñal. Y todo, si no dejamos de lado las
ambiguas enseñanzas que retomara Kundera de Cervantes: “el
conocimiento es la única moral de la novela”. Y en ésta,
con sensatez, con buen humor, sin respetar trabas ni
presiones, se examina hasta el límite uno de los grandes temas
de la humanidad. |