| Alessandro Baricco |
| Seda
(fragmento)
59.
"Permanece así, te quiero mirar, yo te he mirado tanto pero no eras
para mí, ahora eres para mí, no te acerques, te lo ruego, quédate como
estás, tenemos una noche para nosotros, y quiero mirarte, nunca te
había visto así, tu cuerpo para mí, tu piel, cierra los ojos y
acaríciate, te lo ruego, no abras los ojos si puedes, y acaríciate, son
tan bellas tus manos, las he soñado tanto que ahora las quiero ver, me
gusta verlas sobre tu piel, así, sigue, te lo ruego, no abras los ojos,
yo estoy aquí, nadie nos puede ver y yo estoy cerca de ti, acaríciate
señor amado mío, acaricia tu sexo, te lo ruego despacio, es bella tu
mano sobre tu sexo, no te detengas, me gusta mirarla y mirarte, señor
amado mío, no abras los ojos, no todavía, no debes tener miedo estoy
cerca de ti, ¿me oyes?, estoy aquí, puedo rozarte, y esta seda, ¿la
sientes?, es la seda de mi vestido, no abras los ojos y tendrás mi
piel, tendrás mis labios, cuando te toque por primera vez será con mis
labios, tú no sabrás dónde, en cierto momento sentirás el calor de mis
labios, encima, no puedes saber dónde si no abres los ojos, no los
abras, sentirás mi boca donde no sabes, de improviso, tal vez sea en
tus ojos, apoyaré mi boca sobre los párpados y las cejas, sentirás el
calor entrar en tu cabeza, y mis labios en tus ojos, dentro, o tal vez
sea sobre tu sexo, apoyaré mis labios allí y los abriré bajando poco a
poco, dejaré que tu sexo cierre a medias mi boca, entrando entre mis
labios, y empujando mi lengua, mi saliva bajará por tu piel hasta tu
mano, mi beso y tu mano, uno dentro de la otra, sobre tu sexo, hasta
que al final te bese en el corazón, porque te quiero, morderé la piel
que late sobre tu corazón, porque te quiero, y con el corazón entre mis
labios tú serás mío, de verdad, con mi boca en tu corazón tú serás mío,
para siempre, y si no me crees abre los ojos señor amado mío y mírame,
soy yo, quién podrá borrar jamás este instante que pasa, y este mi
cuerpo sin más seda, tus manos que lo tocan, tus ojos que lo miran, tus
dedos en mi sexo, tu lengua sobre mis labios, tú que resbalas debajo de
mí, tomas mis flancos, me levantas, me dejas deslizar sobre tu sexo,
despacio, quién podrá borrar esto, tú dentro de mí moviéndote con
lentitud, tus manos sobre mi rostro, tus dedos en mi boca, el placer en
tus ojos, tu voz, te mueves con lentitud, pero hasta hacerme daño, mi
placer, mi voz, mi cuerpo sobre el tuyo, tu espalda que me levanta, tus
brazos que no me dejan ir, los golpes dentro de mí, es dulce violencia,
veo tus ojos buscar en los míos, quieren saber hasta dónde hacerme
daño, hasta donde tú quieras, señor amado mío, no hay fin, no
finalizará, ¿lo ves?, nadie podrá cancelar este instante que pasa, para
siempre echarás la cabeza hacia atrás, gritando, para siempre cerraré
los ojos soltando las lágrimas de mis ojos, mi voz dentro de la tuya,
tu violencia teniéndome apretada, ya no hay tiempo para huir ni fuerza
para resistir, tenía que ser este instante, y este instante es, créeme,
señor amado mío, este instante será, de ahora en adelante, será, hasta
el fin." |
| Julio Cortázar |
| Rayuela
Cap. 68: "Apenas él le amalaba el noema, a ella se le agolpaba el
clémiso y caían en hidromurias, en salvajes ambonios, en sustalos
exasperantes. Cada vez que él procuraba relamar las incopelusas, se
enredaba en un grimado quejumbroso y tenía que envulsionarse de cara al
nóvalo, sintiendo cómo poco a poco las arnillas se espejunaban, se iban
apeltronando, reduplimiendo, hasta quedar tendido como el trimalciato
de ergomanina al que se le han dejado caer unas fílulas de cariaconcia.
Y sin embargo era apenas el principio, porque en un momento dado ella
se tordulaba los hurgalios, consintiendo en que él aproximara
suavemente sus orfelunios. Apenas se entreplumaban, algo como un
ulucordio los encrestoriaba, los extrayuxtaba y paramovía, de pronto
era el clinón, la esterfurosa convulcante de las mátricas, la
jadehollante embocapluvia del orgumio, los esproemios del merpaso en
una sobrehumítica agopausa. ¡Evohé! ¡Evohé! Volposados en la cresta del
murelio, se sentían balpamar, perlinos y márulos. Temblaba el troc, se
vencían las marioplumas, y todo se resolviraba en un profundo pínice,
en niolamas de argutendidas gasas, en carinias casi crueles que los
ordopenaban hasta el límite de las gunfias.". |
| J.M.Coetzee |
| Desgracia
(fragmento) “Él disfruta con la alegría de ella, una alegría sin
afectación. Le sorprende que una hora y media por semana en compañía de
una mujer le baste para sentirse feliz, a él, que antes creía necesitar
una esposa, un hogar, un matrimonio. En fin de cuentas, sus necesidades
resultan ser muy sencillas, livianas y pasajeras, como las de una
mariposa. No hay emociones, o no hay ninguna salvo las más difíciles de
adivinar: un bajo continuo de satisfacción, como el runrún del tráfico
que arrulla al habitante de la ciudad hasta que se adormece, o como el
silencio de la noche para los habitantes del campo”. |
| Laura Restrepo |
| Delirio
(fragmento) "Supe que había sucedido algo irreparable en el momento en
que un hombre me abrió la puerta de esa habitación de hotel y vi a mi
mujer sentada al fondo, mirando por la ventana de muy extraña manera.
Fue a mi regreso de un viaje corto, sólo cuatro días por cosas de
trabajo, dice Aguilar, y asegura que al partir la dejó bien. Cuando me
fui no le pasaba nada raro, o al menos nada fuera de lo habitual,
ciertamente nada que anunciara lo que iba a sucederle durante mi
ausencia, salvo sus propias premoniciones, claro está, pero cómo iba
Aguilar a creerle si Agustina, su mujer, siempre anda pronosticando
calamidades, él ha tratado por todos los medios de hacerla entrar en
razón pero ella no da su brazo a torcer e insiste en que desde pequeña
tiene lo que llama un don de los ojos, o visión de lo venidero, y sólo
Dios sabe, dice Aguilar, lo que eso ha trastornado nuestras vidas. Esta
vez, como todas, mi Agustina pronosticó que algo saldría mal y yo, como
siempre, pasé por alto su pronóstico; me fui de la ciudad un miércoles,
la dejé pintando de verde las paredes del apartamento y el domingo
siguiente, a mi regreso, la encontré en un hotel, al norte de la
ciudad, transformada en un ser aterrado y aterrador al que apenas
reconozco. No he podido saber qué le sucedió durante mi ausencia porque
si se lo pregunto me insulta, hay que ver cuán feroz puede llegar a ser
cuando se exalta, me trata como si yo ya no fuera yo ni ella fuera
ella, intenta explicar Aguilar y si no puede es porque él mismo no lo
comprende; La mujer que amo se ha perdido dentro de su propia cabeza,
hace ya catorce días que la ando buscando y me va la vida en
encontrarla pero la cosa es difícil, es angustiosa a morir y
jodidamente difícil; es como si Agustina habitara en un plano paralelo
al real, cercano pero inabordable, es como si hablara en una lengua
extranjera que Aguilar vagamente reconoce pero que no logra comprender.
La trastornada razón de mi mujer es un perro que me tira tarascadas
pero que al mismo tiempo me envía en sus ladridos un llamado de auxilio
que no atino a responder; Agustina es un perro famélico y malherido que
quisiera volver a casa y no lo logra, y al minuto siguiente es un perro
vagabundo que ni siquiera recuerda que alguna vez tuvo casa." |
| Virginia Woolf |
| Las
olas (fragmento) "El sol no había nacido todavía. Hubiera sido
imposible distinguir el mar del cielo, excepto por los mil pliegues
ligeros de las ondas que le hacían semejarse a una tela arrugada. Poco
a poco, a medida que una palidez se extendía por el cielo, una franja
sombría separó en el horizonte al cielo del mar, y la inmensa tela gris
se rayó con grandes líneas que se movían debajo de su superficie,
siguiéndose una a otra persiguiéndose en un ritmo sin fin. Al
aproximarse a la orilla, cada una de ellas adquiría forma, se hinchaba
y se rompía arrojando sobre la arena un delgado velo de blanca espuma.
La ola se detenía para alzarse enseguida nuevamente, suspirando como
una criatura dormida cuya respiración va y viene inconscientemente.
Poco a poco, la franja oscura del horizonte se aclaró: se hubiera dicho
un sedimento depositado en el fondo de una vieja botella, dejando al
cristal su transparencia verde. En el fondo, el cielo también se hizo
translúcido, cual si el sedimento blanco se hubiera desprendido o cual
si el brazo de una mujer tendida debajo del horizonte hubiera alzado
una lámpara, y bandas blancas, amarillas y verdes se alargaron sobre el
cielo, igual que las varillas de un abanico. Enseguida la mujer alzó
más alto su lámpara y el aire pareció dividirse en fibras, desprenderse
de la verde superficie en una palpitación ardiente de fibras amarillas
y rojas, como los resplandores humeantes de un fuego de alegría. Poco a
poco las fibras se fundieron en un solo fluido, en una sola
incandescencia que levantó la pesada cobertura gris del cielo
transformándola en un millón de átomos de un azul tierno. La superficie
del mar fue adquiriendo gradualmente transparencia y yació ondulando y
despidiendo destellos hasta que las franjas oscuras desaparecieron casi
totalmente. El brazo que sostenía la lámpara se alzó todavía más,
lentamente, se alzó más y más alto, hasta que una inmensa llama se hizo
visible: un arco de fuego ardió en el borde del horizonte, y a su
alrededor el mar ya no fue sino una sola extensión de oro. La luz
golpeó sucesivamente los árboles del jardín iluminando una tras otra
las hojas, que se tornaron transparentes. Un pájaro gorjeó muy alto;
hubo una pausa: más abajo, otro pájaro repitió su gorjeo. El sol
utilizó las paredes de la casa y se apoyó, como la punta de un abanico,
sobre una persiana blanca; el dedo del sol marcó sombras azules en el
arbusto junto a la ventana del dormitorio. La persiana se estremeció
dulcemente. Pero todo en la casa continuó siendo vago e insustancial.
Afuera, los pájaros cantaban sus vacías melodías." |
| Angeles Mastretta |
| Mujeres
de ojos grandes ( fragmento) "Cuando la tía Carmen se enteró de que su
marido había caído preso de otros perfumes y otro abrazo, sin más ni
más lo dio por muerto. Porque no en balde había vivido con él quince
años, se lo sabía al derecho y al revés, y en la larga y ociosa lista
de sus cualidades y defectos nunca había salido a relucir su vocación
de mujeriego. La tía estuvo siempre segura de que antes de tomarse la
molestia de serlo, su marido tendría que morirse. Que volviera a medio
aprender las manías, los cumpleaños, las precisas aversiones e
ineludibles adicciones de otra mujer, parecía más que imposible. Su
marido podía perder el tiempo y desvelarse fuera de la casa jugando
cartas y recomponiendo las condiciones políticas de la política misma,
pero gastarlo en entenderse con otra señora, en complacerla, en oírla,
eso era tan increíble como insoportable. De todos modos, el chisme es
el chisme y a ella le dolió como una maldición aquella verdad incierta.
Así que tras ponerse de luto y actuar frente a él como si no lo viera,
empezó a no pensar más en sus camisas, sus trajes, el brillo de sus
zapatos, sus pijamas, su desayuno, y poco a poco hasta sus hijos. Lo
borró del mundo con tanta precisión, que no sólo su suegra y su cuñada,
sino hasta su misma madre estuvieron de acuerdo en que debían llevarla
a un manicomio." |
| Pablo Neruda |
| Poema 14:
Juegas todos los días con la luz del universo./
Sutil visitadora, llegas en la flor y en el agua./
Eres más que esta blanca cabecita que aprieto/
como un racimo entre mis manos cada día./
A nadie te pareces desde que yo te amo. /
Déjame tenderte entre guirnaldas amarillas. /
¿Quién escribe tu nombre con letras de humo entre las estrellas del sur? /
Ah déjame recordarte cómo eras entonces, cuando aún no existías. /
De pronto el viento aúlla y golpea mi ventana cerrada. /
El cielo es una red cuajada de peces sombríos. /
Aquí vienen a dar todos los vientos, todos. /
Se desviste la lluvia. /
Pasan huyendo los pájaros. /
El viento. El viento. /
Yo sólo puedo luchar contra la fuerza de los hombres. /
El temporal arremolina hojas oscuras /
y suelta todas las barcas que anoche amarraron al cielo. /
Tú estás aquí. Ah tú no huyes. /
Tú me responderás hasta el último grito. /
Ovíllate a mi lado como si tuvieras miedo. /
Sin embargo alguna vez corrió una sombra extraña por tus ojos. /
Ahora, ahora también, pequeña, me traes madreselvas, /
y tienes hasta los senos perfumados. /
Mientras el viento triste galopa matando mariposas /
yo te amo, y mi alegría muerde tu boca de ciruela. /
Cuanto te habrá dolido acostumbrarte a mí, /
a mi alma sola y salvaje, a mi nombre que todos ahuyentan. /
Hemos visto arder tantas veces el lucero besándonos los ojos /
y sobre nuestras cabezas destorcerse los crepúsculos en abanicos girantes. /
Mis palabras llovieron sobre ti acariciándote. /
Amé desde hace tiempo tu cuerpo de nácar soleado. /
Hasta te creo dueña del universo. /
Te traeré de las montañas flores alegres, copihues, /
avellanas oscuras, y cestas silvestres de besos. /
Quiero hacer contigo /
lo que la primavera hace con los cerezos./ (20 poemas de amor y una canción desesperada)
|
| Milan Kundera |
| La
insoportable levedad del ser (fragmento). "Sintió en su boca el suave
olor de la fiebre y lo aspiro como si quisiera llenarse de las
intimidades de su cuerpo. Y en ese momento se imaginó que ya llevaba
muchos años en su casa y que se estaba muriendo. De pronto tuvo la
clara sensación que no podría sobrevivir a la muerte de ella. Se
acostaría a su lado y querría morir con ella. Conmovido por esa imagen
hundió en ese momento la cara en la almohada junto a la cabeza de ella
y permaneció así durante mucho tiempo.....Y le dio pena que en una
situación como aquella, en la que un hombre de verdad sería capaz de
tomar inmediatamente una decisión, él dudase, privando así de su
significado al momento mas hermoso que había vivido jamás (estaba
arrodillado junto a su cama y pensaba que no podría sobrevivir a su
muerte). Se enfadó consigo mismo, pero luego se le ocurrió que en
realidad era bastante natural que no supiera que quería: El hombre
nunca puede saber que debe querer, porque vive solo una vida y no tiene
modo de compararla con sus vidas precedentes ni de enmendarla en sus
vidas posteriores. No existe posibilidad alguna de comprobar cual de
las decisiones es la mejor, porque no existe comparación alguna. El
hombre lo vive todo a la primera y sin preparación. Como si un actor
representase su obra sin ningún tipo de ensayo. Pero que valor puede
tener la vida si el primer ensayo para vivir es ya la vida misma? Por
eso la vida parece un boceto. Pero ni un boceto es la palabra precisa,
porque un boceto es siempre un borrador de algo, la preparación para un
cuadro, mientras que el boceto que es nuestra vida es un boceto para
nada, un borrador sin cuadro. (...)
Si cada uno de los instantes de nuestra vida se va a repetir infinitas
veces, estamos clavados a la eternidad como Jesucristo a la cruz. La
imagen es terrible. En el mundo del eterno retorno descansa sobre cada
gesto el peso de una insoportable responsabilidad. Ese es el motivo por
el cual Nietzsche llamó a la idea del eterno retorno la carga más
pesada. Pero si el eterno retorno es la carga más pesada, entonces
nuestras vidas pueden aparecer, sobre ese telón de fondo, en toda su
maravillosa levedad. (...)
La carga más pesada nos destroza, somos derribados por ella, nos
aplasta contra la tierra. Pero en la poesía amatoria de todas las
épocas la mujer desea cargar con el peso del cuerpo del hombre. La
carga más pesada es por lo tanto, a la vez, la imagen de la más intensa
plenitud de la vida. Cuanto más pesada sea la carga, más a ras de
tierra estará nuestra vida, más real y verdadera será. Por el
contrario, la ausencia absoluta de carga hace que el hombre se vuelva
más ligero que el aire, vuele hacia lo alto, se distancie de la tierra,
de su ser terreno, que sea real sólo a medias y sus movimientos sean
tan libres como insignificantes." |
|
| miércoles, septiembre 05, 2007 |
Tres blogs celebran a Luis López Nieves Por Carlos Esteban Cana |
Con Luis López Nieves en la Universidad del Sagrado Corazón
“El
corazón de Voltaire”, circula estos momentos las librerías europeas. La
más reciente entrega de Luis López Nieves ha rebasado todas las
expectativas. Para celebrar tal acontecimiento en las letras
puertorriqueñas publicamos fragmentos de una entrevista que le cursamos
al autor de La verdadera muerte de Juan Ponce de León.
Hace
unos años conversamos con López Nieves acerca de su formación como
escritor y su obra. Ahora tres escritores de la nueva generación se han
unido para publicar, de manera simultánea, diferentes fragmentos de la
misma en sus respectivos espacios en la blogósfera: Yolanda Arroyo
Pizarro en Boreales, Ángelo Negrón en Confesiones
y
Ana María Fuster Lavín en Bocetos de una ciudad silente. La entrevista será publicada en su totalidad próximamente en
Ciudad Seva.
En
la serie “En sus propias palabras” es la voz del escritor la que se
instala en primer plano. Anteriormente rendimos homenaje a Ana María
Fuster y a Julio César López. Próximamente circularán las ediciones
dedicadas a los poetas Luis Antonio de Villena, Francisco Brines,
Magaly Quiñones, y Manuel de la Puebla.
Por ahora, gracias por acompañarnos y disfruten de este adelanto,
Carlos Esteban Cana
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LUIS
LÓPEZ NIEVES: EN SUS PROPIAS PALABRAS
I.
Se
me hace difícil establecer cuando empecé a leer cuentos porque crecí en
una casa con biblioteca, una casa con una madre que me leía cuentos
desde pequeño, y eso me convirtió en un gran lector, leía mucho.
Recuerdo que mami venía a la una de la mañana, yo seguía leyendo, y
apagaba la luz. En casa había una enciclopedia como de 30 volúmenes, y
todas las noches me llevaba uno para la cama. Me gustaba mucho todo lo
que estaba relacionado con la historia y la geografía. Del "Almanaque
Mundial" me aprendía los países, sus capitales, los tamaños, cuáles eran
los más pequeños, cuáles los más grandes, y leía hasta las sinopsis
históricas que tenían; aquello me encantaba. Leía mucha historia y
mucha literatura. Realmente nunca hice mucha diferencia entre ambas. La
historia supuestamente escribe lo que ocurrió, y la literatura la
historia que pudo haber ocurrido. Sin embargo, resulta que más tarde me
doy cuenta de que la historia también es ficción. Cada país se inventa su
historia, realmente no hay historia objetiva, es un invento.
En
la enciclopedia también había cuentos, pero no puedo detectar un inicio
de cuándo me empezó a gustar el cuento. Ahora, en términos de escribir,
todo comenzó con un taller de cuentos que tomé con René Marqués en la
Universidad de Puerto Rico en 1971, creo que en mi segundo año de
universidad. En esa época fue cuando comencé a profundizar en el género
y a visualizarme como un posible escritor de cuentos.
Leer más en:
Confesiones
Bocetos de una ciudad silente |
| posteado por Yolanda Arroyo Pizarro @ 8:34 AM |
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| Autora |
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Nombre: Yolanda Arroyo Pizarro
País: Puerto Rico
Datos: Edad: 36 años "Odio los fluidos que se me salen del cuerpo cada veintiséis días."
Yolanda Arroyo Pizarro (Guaynabo, 1970). Es novelista, cuentista
y ensayista puertorriqueña. Ha sido elegida como una de las escritoras
latinoamericanas más importantes menores de 39 años del Bogotá39
convocado por la UNESCO, el Hay Festival y la Secretaría de Cultura de
Bogotá por motivo de celebrar a Bogotá como Capital Mundial del libro
2007. Ha sido merecedora de varias premiaciones literarias a nivel
nacional e internacional; seis en Argentina, una en Chile, siete en
Puerto Rico. Ha escrito para los periódicos El Nuevo Día, El Vocero de
Puerto Rico, Claridad y La Expresión y sus ensayos y columnas se
encuentran en la página de literatura ciudadseva.com, las revistas
virtuales Cataliticos.com, Derivas.net, Letras Salvajes, Letralia.com y
Narrativa Puertorriqueña. Algunos de sus cuentos confluyen en las
revistas culturales Identidad de la UPR Aguadilla, Revista Púrpura,
Preámbulos y Tonguas de la UPR Río Piedras. Es autora de los libros de
cuentos, Ojos de Luna (2007) y Origami de letras (2004), además de una
novela Premio PEN Club 2006, Los documentados (2005).
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 Bogotá 39: Antología de cuento latinoamericano, Ediciones B (2007)
 Ojos de Luna, Terranova Editores (2007)
 Los documentados, Ediciones Situm (2005)
 Origami de letras, Publicaciones Puertorriqueñas (2004)
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