jueves 29 de mayo de 2008

La narrativa del 1950

Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa

Hacia 1945 la situación socio-económica del país se había transformado. La Gran Depresión era cosa del pasado y, la Segunda Guerra Mundial, afianzó las relaciones con Estados Unidos. El conflicto europeo aumentó el valor geoestratégico del país y promovió la revisión de la relación estatutaria en una dirección liberal.

El Puerto Rico agrario quedó atrás, dando paso al Puerto Rico industrial y moderno. El crecimiento de las ciudades y la emigración del campo al pueblo, se generalizaron. El crecimiento económico del país fue notable. El propósito de todo ello era evitar el crecimiento de una oposición radical como la que se generó en la década de 1930. El consumismo y el impacto de los medios masivos de comunicación en la vida de la gente común se hicieron palpables. La literatura fue un foro de discusión en torno a aquellos procesos.

El populismo protagonizó aquella transformación con el respaldo de las autoridades estadounidenses. La Guerra Fría (1947-1989), la competencia internacional entre el comunismo y el capitalismo con Moscú y Washington a la cabeza, dio a la isla el papel de defensor del modelo democrático y capitalista de desarrollo para Hispanoamérica y El Caribe. El Estado Libre Asociado (1952) fue propuesto como una vitrina para el resto de los países del orbe. Una consecuencia del cambio fue que forzó la participación de los puertorriqueños en guerra internacionales, como la de Corea (1950) al lado de Estados Unidos.

En aquel contexto se consolidó lo que se llamó la Generación de 1950. Se trata de sectores de la elite intelectual que vivieron las transformaciones que crearon el Puerto Rico industrial. Algunos miraron con nostalgia el Puerto Rico que se dejaba atrás, como parece ser el caso de Abelardo Díaz Alfaro o Edwin Figueroa. Otros favorecieron los cambios, como sucedió con Ernesto Juan Fonfrías. Otros cuestionaron los efectos del cambio en nombre del nacionalismo político o de la justicia social, como fue el caso de José Luis González o René Marqués.

Los intelectuales del 1950

Los intelectuales del 1950 compartieron las posturas filosóficas del 1930. Entre ambos momentos hay una continuidad notable. Ensayistas como René Marqués y Josefina Rivera de Álvarez, interpretaron la escritura literaria de los años 1950 como una culminación de los ideales del 1930. La revista independiente Asomante (1945), editada por Nilita Vientós Gastón para la Asociación de Graduadas de la UPR; y La torre (1953), promovida por Jaime Benítez, Rector de la UPR, fueron dos de sus foros ideológicos mayores. El papel de la universidad del estado en el diseño ideológico de la promoción fue evidente.

Los autores del 1950, aspiraron a identificar las letras puertorriqueñas con las hispanoamericanas, con tanta intensidad como la Generación del 1930 lo hizo con las hispánicas. Aquella hispano-americanización tenía que darse “más allá de la novela de la tierra” de Rómulo Gallegos, o de la narrativa de Horacio Quiroga. La intención era superar el discurso ruralista modernista, y elaborar una expresión literaria acorde con los nuevos tiempos. El giro hacia un discurso literario urbano, en la tradición de Humberto Padró, se afirmó. En el contexto nacional aquello significaba ir “más allá de Enrique Laguerre.”

La renovación involucró la cuestión del estilo. Los escritores se propusieron aprovechar las técnicas de la vanguardia literaria revisionista. En Europa, la experiencia narrativa posrealista intentaba romper con la forma tradicional de la novela como mero retrato social, e imponer una narrativa que afirmara la percepción individual y subjetiva del autor. En Estados Unidos William Faulkner y Ernest Hemmingway, entre otros, hicieron suyos aquellos procedimientos. El monólogo interior y el libre fluir de la conciencia se convirtieron en técnicas comunes. El otro componente del cambio literario fue la escritura de autores europeos posrealistas de la primera posguerra tales como la inglesa Virginia Wolf, el checo Franz Kafka, el irlandés James Joyce, los franceses Marcel Proust y, en especial, Albert Camus y Jean Paul-Sartre.

Narrativa y narradores del 1950

En Puerto Rico, los narradores se sentían responsables ante el mundo social. La crítica al orden social y político del país fue tan común como en la producción Realista-naturalista. Lo nuevo era el énfasis que muchos de ellos pusieron en la apropiación del mundo urbano y en los recursos técnicos utilizados para ese fin.

Los fondos rurales se miran como un espacio que desaparecía bajo el impacto de la industrialización y la urbanización. El fin del pintoresquismo criollista fue total. El paisaje dejó de ser un personaje benévolo, como en la novelística de Laguerre, o un ornato o escenario ideal como en Zeno Gandía. El paisaje se utilizó para instrumentar y darle contenido a la psicología de los personajes.

El mundo urbano representaba un duro reto y una esperanza para la gente de la ruralía. La vida del emigrante del campo a la ciudad era una ruleta en la cual nada estaba garantizado. La industrialización y la urbanización se interpretaron como generadores de un problema fenomenológico y existencial. En ese el espacio el ser debía reformularse constantemente pero la experiencia podía resultar angustiosa y amarga.

El discrimen contra la migración puertorriqueña o diáspora en Nueva York, se generalizó. La actitud condujo a la crítica del American Dream y a la desconfianza respecto a la promesa americana. La discusión política se centró en la importancia de Puerto Rico para Estados Unidos durante la Guerra fría y la participación de los puertorriqueños en las guerras de ese país.

Por último, aquella escritura inauguró una meditación sobre el impacto de los medios masivos de comunicación en la gente. Los medios eran considerados como instrumentos de fetichización o devaluación del saber y deshumanización que estimulaba el consumo y mutilaban la individualidad. El recurso a la mala palabra y las alusiones sexuales fuertes se legitimaron, adelantando procedimientos del 1960 y el 1970.

La nueva actitud se enmarcó en una escritura seca y sintética propia del neorrealismo que tomó distancia de la escritura cromática y poética de Laguerre en La llamarada. La economía de adjetivos, las frases cortas y los diálogos breves y concisos dominaron. Emilio Díaz Valcárcel reconoció en 1969 que su generación debía mucho más a figuras como Tomás Blanco y Emilio S. Belaval, y que la relación con Laguerre había sido marginal. El hecho de que los narradores del 1950 destacaran tanto en el cuento, parece reafirmar ese aserto.

José Luis González, quien pasó la mayor parte de su vida fuera del país, discutió la función social del escritor desde la izquierda, tal y como se nota en su cuento “El escritor” de 1948. Sus primeros textos narrativos expresaron un neorrealismo amargo como es el caso de En la sombra (1943) y Cinco cuentos de sangre (1945). En Nueva York y otras desgracias (1973) se encargó de representar al boricua común en la llamada Babel de Hierro. El tema de la participación de los puertorriqueños en los conflictos armados de Estados Unidos en la época de la Guerra Fría, es el centro de Mambrú se fue a la Guerra (1972). Corea fue un tema tan atractivo como luego lo sería Vietnam para los escritores del 1960 y el 1970. En el territorio de la novela corta, La llegada (1980) penetra el tema de 1898 de una manera novedosa que anuncia el Seva de Luis López Nieves. Y en el ensayo de interpretación ofrece una respuesta a la ensayística del 1930 por medio de la colección El país de cuatro pisos y otros ensayos (1989). La interpretación filosófica y literaria de los puertorriqueños por medio de esos trabajos ha sido crucial en el cuestionamiento del canon literario hispano-criollo después del 1990.

Abelardo Díaz Alfaro (1919-1999) dejó en Terrazo (1947) y Mi isla soñada (1967) un ejercicio de penetración y comprensión de la psicología colectiva de los puertorriqueños ante el avance de la industrialización y el urbanismo. En el centro de la discusión estaba la condición humana en el mundo colonial. El mejor modelo de ello es su conocido relato “Los perros” (1956). El tono de parábola le permitió poetizar el conflicto y hacer la discusión más accesible a los lectores. Todo ello se combinó con técnicas como el monólogo interior que suprimía la voz del narrador externo a fin de darle fuerza y naturalidad al discurso.

René Marqués (1929-1979) fue el dramaturgo más destacado de aquella generación y el antólogo clásico de su generación en Cuentos puertorriqueños de hoy (1959). Como narrador discutió de manera neorealista, con fuertes componentes fenomenológico-existenciales, la situación de los puertorriqueños en el contexto de la Gran Depresión en La víspera del hombre (1958). En La mirada (1975) se sintetizan las preocupaciones vanguardistas de este autor con un lenguaje fuerte e híbrido en donde el español y el inglés convivían. La antología personal Inmersos en el silencio (1976) recoge una muestra transversal de su obra narrativa entre 1955 y 1975. Igual que algunos autores de la Generación del 1930, El puertorriqueño dócil (1962) fue una reflexión ensayística sobre la imposibilidad de la emancipación puertorriqueña. En Marqués el neorealismo se combinó con la influencia de la filosofía fenomenológica existencialista francesa. El pesimismo caracterizó tanto aquella filosofía como la literatura de Marqués como puede verse en su relato “En la popa hay un cuerpo reclinado.”

Emilio Díaz Valcarcel se distingue por el ambiente urbano de sus textos, su discurso neorrealista y por el tema de la Guerra de Corea. “El soldado Damián Sánchez” y “El sapo en el espejo” son dos de los mejores modelos de ello. La guerra no termina en el frente, continúa en la vida del veterano hasta deshumanizarlo por completo. Los textos incluidos en la colección Panorama (1955-1967) están marcados por la experiencia cinematográfica: el autor fue escritor de guiones. El hombre que trabajó lunes (1973) es un ejercicio en torno a la complejidad de la vida urbana, y Harlem todos los días (1978) se fijó en la vida de los puertorriqueños en la diáspora. En Inventario (1975) y Figuraciones en el mes de marzo (1982) Díaz Valcárcel se manifestó como un experimentador de gran envergadura. El mundo mediático de la televisión es el centro de “La muchacha del tiempo,” un texto breve en que Corea y los medios masivos convergen como espacio de alienación.

Pedro Juan Soto dejó en Spiks (1956), una colección de relatos breves y estampas urbanas en torno al asunto del prejuicio antipuertorriqueño en Nueva York. “Los inocentes” es un relato experimental en lo mejor de las vanguardias de su tiempo. En Usmaíl (1959) trabajó un tema de la conflictividad que provocaba la presencia de la Marina de Guerra en la isla municipio de Vieques anticipando la narrativa de Carmelo Rodríguez Torres. El tema de Nueva York y el viaje también fue tratado en Ardiente suelo, fría estación (1961). En la crítica y el ensayo, Soto rescató a uno de los mayores autores de la época de las vanguardias en Puerto Rico, José de Diego Padró, de quien fue antólogo, editor y amigo personal

Edwin Figueroa compartió los valores de su generación en Sobre este suelo. Nueve cuentos y una leyenda (1962) y Seis veces la muerte (1978). Se trata de una escritura simbólica, poética y de contenido existencialista, que comparte valores con la escritura de Díaz Alfaro y numerosos recursos de las vanguardias como el monólogo interior y la retrospección. “Aguinaldo negro” puede ser interpretado como una reescritura de la imagen de la sensualidad negra a los Palés Matos, o como un anticipo del trabajo sobre lo afrocaribeño de autores de 1970 como Carmelo Rodríguez Torres o Ana Lydia Vega.

Con ellos la narrativa se profesionalizó en el país y la condición del escritor como un guardián de una cultura asediada por el cambio se afirmó.
 

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