Mario R. Cancel
Catedrático Asociado de Historia
Conferenciante de Narrativa
La experimentación con una serie de
metarrelatos alternativos al de la tradición de la “Gran Familia Puertorriqueña”
centrado en la herencia blanca, negra e india típica de proyecto cultural
populismo, fue un fenómeno de crucial importancia en aquel momento. La
apropiación crítica de la cultura popular mediática, de la cuestión femenina, la
del homoerotismo, la de la negritud y la caribeñidad —presente en la
discursividad tanto de la interpretación social como de la literatura—
representan el intento mejor articulado de romper con la tradición del 1930. Las
posibilidades de una definición identitaria legítima, se abrieron más allá del
maniqueísmo del dístico o yanqui o puertorriqueño.
El
manejo del tema del negro o el mulato en toda la obra de Carmelo Rodríguez
Torres, y en algunos textos de Ana Lydia Vega, como es el caso de “Otra maldad
de Pateco” (1982), sirvieron para contradecir al Pedreira de Insularismo,
al afirmar la condición no-blanca del puertorriqueño. La hispanoamericanidad
caribeña se reinstala con un contenido distinto al que le habían dado las
generaciones anteriores. Pero, en la práctica, el culto a la negritud o a la
mulatería, afirmaba una etnicidad que tampoco existía. Sustituir la nación por
la raza, seguía siendo problemático: la raza también podía ser un criterio
excluyente, en especial en tiempos de luchas raciales violentas en Estados
Unidos. Lo cierto es que cualquier identidad centrada en un solo criterio
siempre resulta excluyente y discriminatoria. En la práctica, la desconfianza
general en los metarrelatos estimuló la invención de microrrelatos legítimos y
contingentes.
La afirmación de la autonomía de discursos alternativos
basados en el sexo —como el feminista o el homoerótico— no plantearon tantos
problemas. Pero en medio de una cultura patriarcal y machista, resultaron
amenazantes para el orden masculino. El discurso femenino evoluciona
hacia un persuasivo feminismo militante. La evolución de una
androcrítica a una ginocrítica es bien marcada en autoras como
Yamila Azize, María Arrillaga y María M. Solá, entre otras.
Una narrativa
femenina sin antecedente desde 1960 fue crucial en ello. Las olvidadas figuras
de Violeta López Suria, autora de Obsesión de heliotropo (1969) y
Edelmira González, autora de Soledumbre (1976), son una demostración de
ello. El feminismo literario militante en el 1970 tuvo en Anagilda Garrastegui y
su libro Leche de virgen azul (1973), otro acontecimiento crucial. La
tendencia al experimentalismo de fuertes tendencia freudianas y surrealistas, y
la apropiación de una “estética de lo soez” que lucha contra el “buen gusto” y
la represión patriarcal, es patente. En Olga Resumil y sus Gritos de adentro
(1976) el neosurrealismo la conduce por la ruta de una prosa poética y compleja
muy bien hilvanada. La cuestión del emborronamiento o supresión de aquellas
creadoras de la memoria literaria nacional, demuestra que el patriarcalismo
sigue vigente en los constructores de esa genealogía a pesar de los grandes
cambios de la Era Global.
El otro rasgo dominante de aquel periodo, mucho
más conocido en general, es la aparición de la parodia acrimoniosa y la
redacción de las primeras ucronías narrativas. Las falsas historias son
re-escrituras del problema político y cultural puertorriqueño. Expresan un
encono con el pasado y su imagen canónica. Ese es el caso de Juan Antonio Ramos
y la parodia de La charca en Papo impala está quitao (1997); o
el Maldito amor (1986) que puede ser leída como una burla de La
llamarada de 1935. Ese tipo de ejercicio representó el fin de la reverencia
al clásico canónico que resulta incapaz de traducir el mundo industrial y
urbano.
Las ucronía de Edgardo Rodríguez Juliá, 1984, La noche oscura
del niño Avilés; y la de
Luis López Nieves publicada en 1984,
Seva; marcaron el fin del metarrelato de la “gran familia” y la apertura de
un mundo narrativo alternativo. Las ucronías eran relatos históricos
alternativos o specula, pero siempre fueron elaboradas con los recursos del
racionalismo crítico. En la praxis, diluyeron la frontera discursiva de la
narrativa y la historia, haciendo inoperante la distinción entre lo ficticio y
lo real. La tarea de adjudicar de sentido al texto, quedaba en manos del lector
activo y crítico.
Técnicas discursivas dominantes
La intención de
algunos de aquellos autores propendía a la anti-narración. Hay un notable
divorcio entre la obra narrativa, sea cuento o novela; y la fábula que es esa
estructura elemental que hilvana la generalidad de los hechos que se narran. La
posibilidad que queda abierta con ello es que, en algún momento, la narrativa no
“tenga nada que contar.” Para los clasicistas ello representa el fin la cuento y
de la novela. Para los postmodernos representa el inicio de una postnarrativa
invadida por una diversidad de géneros literarios que habían sido exiliados de
la narración por el realismo naturalismo.
La obra de Luis Rafael Sánchez,
La guaracha del Macho Camacho (1976) actúa como una narración o relato
ausente de fábula, es decir, sin una estructura eventual expresa. El verdadero
protagonista es el lenguaje popular, paródico y plebeyo. La imagen de la
realidad que se deriva de ese procedimiento, la vacía de toda posible unidad.
Esa realidad fragmentada se reacomoda al gusto del narrador dejando en el lector
una impresión irreal de lo real.
domingo 29 de junio de 2008
La narrativa en la transición del 1970 al 1980
Publicado por
Mario R. Cancel-Sepúlveda
en
8:39
0 comentarios
Vínculos a esta entrada
Suscribirse a:
Entradas (Atom)
