
En
la novelística de México son numerosos los narradores cuya obra se
distingue por un universo bien definido de temas y personajes. Entre
los grandes, como Agustín Yáñez y José Revueltas, e incluso entre los
de menor alcance, resulta difícil no reconocer elementos
caracterizadores en sus novelas. También hay escritores cuyo trabajo
decae por la repetición de tópicos y protagonistas. Con
El amor intangible,
René Avilés Fabila (Ciudad de México, 1940) confirma que ha sabido
renovar su escritura amén de que posee un estilo narrativo y un cosmos
literario omnipresentes en su obra y que son plenamente identificables.
Desde su debut, Avilés ha hecho una obra irreverente y hasta
provocativa. La anécdota de la publicación de su primera novela es bien
conocida. Tras haber leído las primeras cincuenta cuartillas, el editor
Rafael Jiménez Siles quedó muy entusiasmado. Sin embargo, cuando tuvo
el manuscrito completo resolvió que no debía publicarlo. Poco tiempo
después, Joaquín Díez-Canedo no sólo tomó la misma decisión, sino que
propuso la destrucción del texto.
Los juegos (1967)
era una sátira sobre La Mafia, un grupo que entonces controlaba los
espacios de difusión cultural más importantes, así como becas y otros
beneficios públicos y privados similares. La primera edición de esta
pieza fue realizada por el autor y se agotó en unas cuantas semanas.
El gran solitario de Palacio (1971)
no tuvo mejor suerte. Escrita en 1969, la segunda novela de Avilés fue
publicada por Fabril Editores en Argentina debido a que daba cuenta de
conflictos políticos recientes. El objeto de la sátira fue entonces el
presidencialismo mexicano. Del mismo modo que con
Los juegos,
el autor enmascaró un conjunto de personajes y hechos con nombres de
ficción. Allí quedaron representados, sin embargo, la matanza del 2 de
octubre de 1968, la clase gobernante de la época y el advenimiento de
los Juegos Olímpicos.
Luego de esta saga política, el autor de
Los animales prodigiosos (1990)
dejó de lado la sátira y la farsa, pero ya nunca abandonó el humor, el
diálogo inteligente y la irreverencia. Entonces publicó dos novelas de
tema amoroso —
Tantadel (1975) y
La canción de Odette (1982)—, una de carácter intimista —
Réquiem por un suicida (1993)—, y una suerte de elegía sobre la decadencia de la Ciudad de México —
El reino vencido (2005)—.
Aunque las primeras dos son historias de desamor y las dos restantes
son el relato del quebrantamiento íntimo de figuras intelectuales, las
cuatro obras comparten el interés por experimentar con la forma. En
todas ellas hay uno o dos personajes fundamentales y casi todas
expresan descontento por la mezquindad de la sociedad mexicana.
En
El amor intangible un
académico mayor de cincuenta años ha comenzado un intercambio de
correos electrónicos. Su primera interlocutora es una vendedora de
cosméticos con quien tendrá citas amorosas. Tras la ruptura con
Claudia, quien acusa desorden emocional e ignorancia, el docente se
encuentra con Fátima, una sicóloga demasiado racional, pero sensible y
honesta. Debido a las afinidades en sus gustos estéticos y a las
confesiones mutuas, ambos se enamoran. Sin embargo, los celos
masculinos y la obsesión por la libertad llevarán a que el hombre
cometa afrentas al tiempo que sostiene encuentros con Marlén, una
tercera mujer independiente, dominante, pero de un carácter sofisticado
y culto. Más aún, el protagonista se empeña en ver a Fátima en persona,
lo que desatará diversas consecuencias.
La séptima novela
de René Avilés es una vuelta hacia el pasado de su novelística. Se
trata de una recreación de los elementos que dieron vida a
Tantadel y
La canción de Odette. El tema de
El amor intangible es
Tantadel; es decir, el desamor; y Marlén es una reelaboración de
Odette. Lo que hace diferente a esta nueva obra es el contexto y la
forma: ahora el diálogo epistolar se hace por internet. La novela, por
su parte, tiene una estructura ajena a la metaficción de
Réquiem por un suicida o al encadenamiento de relatos al estilo de
El reino vencido. La narración parte de una secuencia final y nos lleva por un largo
flash-back hacia el punto en que comenzó el intercambio de cartas.
La novela epistolar fundada en el correo electrónico no es una novedad en la literatura castellana.
El corazón de Voltaire (2005),
del escritor puertorriqueño
Luis López Nieves, ya había empleado esta
variante a una forma de composición que se originó en las
Epístolas familiares de Cicerón. En México, un caso cercano a este subgénero es
La novela virtual (1999), de Gustavo Sáinz, una obra inacabada por el exceso de diálogos y por sus personajes desdibujados. Si bien
El amor intangible no
es la revelación de un nuevo subgénero, sí constituye una novela
sincera, con personajes definidos y, sobre todo, con un perfil
meditativo. Hay una reflexión clave en la que el protagonista expresa
que en la red “no parece haber pasiones, sentimientos secretos y
tímidos. Todo ha quedado dentro de una fría computadora cuya
inteligencia y perfección lógica es en el fondo aterradora y, desde
luego, inhumana por más que sea creación del hombre”. Al igual que en
Réquiem por un suicida y
El reino vencido,
Avilés incorpora pasajes ensayísticos que están disimulados por el
pensamiento de sus personajes y que no restan ritmo al relato. Más aún,
a pesar de que se trata de una obra epistolar, hay un eje argumental
que sostiene el texto hasta la resolución. La amalgama de ideas y
sucesos deviene la semántica de esta novela: la unidad amorosa es una
utopía que se refuerza con la deshumanización tecnológica del mundo
contemporáneo.
El mayor mérito de esta obra radica en los
personajes. Avilés aprovecha las posibilidades del lenguaje y del punto
de vista. Los cuatro protagonistas se forjan por la oposición de sus
personalidades. Cada uno tiene expresiones propias y temperamentos
reconocibles. El enfrentamiento de esta diversidad deriva en figuras
tangibles que podemos imaginar cabalmente. Por esta razón, el conflicto
de la novela tiene fuerza dramática suficiente. Hacia el final del
relato, Fátima y el protagonista-narrador ya no son los mismos.
Descubrimos que en ellos ronda la ansiedad y el desasosiego. Él
advierte que se ha convertido en un fetiche de Marlén, mientras que
ella comienza a desaparecer, pues no desea que su enamorado la conozca
en persona.
Es evidente que la veta amorosa de la obra de René Avilés abreva en la literatura cortés-caballeresca (
Amadis de Gaula,
Lancelot,
entre otras). La fusión de realidad y fantasía, y el desenlace trágico
de los romances son señales de esta herencia. La reescritura de dicha
tradición dio como resultado que
La canción de Odette posea uno de los finales más entrañables de la novelística de este autor.
El amor intangible equivale
a una búsqueda similar. En ella también encontramos la magia y el
desencanto. Sin embargo, esta séptima novela no consigue el mismo
efecto estético por lo que, a pesar de su solvencia técnica y
estilística, no es la mejor. Y es que la escena final rompe el registro
narrativo debido a que ostenta un perfil ficcional diferente. Si el
cierre hubiera aparecido en claves o guiños a lo largo del relato
habría una mayor unidad. En cambio, aunque el tono de esta historia
ronda los terrenos del melodrama, el narrador logra evadir el
sentimentalismo gracias al humor, la irreverencia y la frase
inteligente, sobria y precisa.
Hace poco René Avilés
afirmó lo siguiente: “Ahora escribo con mayor frialdad, creo que el
término es adecuado. Me refiero concretamente a la literatura amorosa.
Un aspecto que ya no me produce la pasión arrolladora que experimentaba
cuando era joven”. Es obvio que la escritura de este autor ha cambiado
desde que, según Rubén Salazar Mallén, consiguiera la madurez con
Tantadel. Sin embargo,
El amor intangible es
una evidencia de que su prosa no ha perdido la pasión de otros tiempos.
Si hay un rasgo que caracteriza su novelística es la presencia de por
lo menos un personaje memorable o contundente en cada obra. La entrega
más reciente del autor de
Hacia el fin del mundo (1969) no
sólo conserva esta virtud, sino que ha logrado, una vez más,
entregarnos un puñado de personajes de gran aliento; figuras que se
deben a la persistencia de la pasión literaria.