9.25.2008

El mundo del escritor de acuerdo a Ronaldo Menéndez

Al parecer, el eterno reto del escritor latinoamericano es trascender las pequeñas células en las cuales se forma su escritura.

No quede duda: en todos los países de habla hispana -incluyendo a Espana-, el trabajo “sucio” le toca a las editoriales locales, llamadas a veces independientes, otras veces pequeñas o medianas, que a través de diversos medios y asociaciones -en complicidad muchas veces con el propio autor-, dan a conocer a una figura literaria. Una vez el escritor se estabiliza en la “escena”, entonces puede que atrape la atención que merece.

De parecer muy particular y en concordancia con este punto, me he disfrutado un artículo de Ronaldo Menéndez (miembro del Bogotá 39, mi editor y colega en la antología Pequeñas resistencias, publicada en Madrid por Páginas de Espuma) que se publicó en Babelia hace tres semanas y que se titula "El escritor local y el mercado internacional". En el mismo, Ronaldo, que suma kilometraje literario a pesar de su edad (38 años), desglosa los mitos y falacias del mundo editorial internacional, que se resumen básicamente de la siguiente manera:

a. el mito del príncipe azul-concurso internacional
Esto es, el escritor gana un premio internacional y es como ganarse la lotería. Me consta, como a Ronaldo, que los ganadores de dichos premios generalmente no son elegidos en base a una depuración o profilaxis de textos sometidos hasta reducir la oferta al mejor, sino una asociación entre editores, agentes, marketing y los que reparten el bacalao. Un premio como el Planeta, digamos, que se cotiza en 600,000 Euros, no se lo dan a Juan de los Pardotes. Get real.

b. el mito de la búsqueda del templo perdido
Esto es muy común en Puerto Rico: la idea de la probabilidad matemática. O sea, que si se envían manuscritos a diez editoriales, al menos una cae. Lo malo es cuando no cae ninguna, lo que entonces conduce al mito d (ver más adelante). Y es que si la editorial es grande y poderosa, solamente tratará con uno por medio de un agente literario. Y si es pequeña, usted muchas veces tendrá que comprender que dichas editoriales trabajan con presupuestos limitados, asunto que confiere la posibilidad de que la editorial le proponga otros acuerdos para viabilizar la publicación. Claro, nadie obliga a nadie, por tanto, siempre queda la opción de hacer una edición de autor, como yo mismo hice en 1995, mondar la suela de los zapatos entregando libros y, sobre todo, lograr que el librero se los pague.

c. el mito del editor-hada madrina
Para Ronaldo, el mito constituye en la creencia que un editor descubrirá nuestro trabajo y se sorprenderá con el mismo y correrá tras nosotros y nos hará famosos. Esto me parece pertinente en cuanto al mercado de Puerto Rico se refiere, donde en los últimos 5 años, las editoriales han emergido en brote, pero tan sólo un puñado de escritores han logrado aceptación crítica y/o comercial. Sí, comercial también; libro vendido es lector ganado. Lo que nos lleva al siguiente punto.

d. el mito-enajenación de que el mercado corrompe la literatura
Aquí tengo que citar a Ronaldo: “Suponer que una gran obra es por naturaleza sólo para minorías y reacia al mercado es como pensar que porque existe un sujeto que además de ser inteligente es tartamudo”. Él lo llama el efecto Kafka, que se ha convertido como en algún tipo de autoconsuelo para aquellos que no reciben la atención que ellos creen se merecen. Lo cierto es que los escritores escriben para que los lean; que los lean implica que vendan los libros; y que vendan los libros nos dirige a aceptar que, en efecto, los libros son artefactos culturales de producción y consumo. Así que ninguna editorial puede existir sin fines de lucro, a menos que usted sea Coffee House Press, o algo en esa línea. Todo lo demás es desconocimiento, o pura bologna.

Estos mitos, dice Ronaldo, todo lo que logran es crear una periferia dentro de la periferia: el centro sigue siendo España. En Puerto Rico, sólo puedo mencionar cinco escritores que han llamado la atención en ese mercado en los últimos tres años: Luis López Nieves, Mayra Santos-Febres, Marta Aponte Alsina, Eduardo Lalo, Myrna Estrella, Pedro Cabiya y en menor grado, un servidor.

Mi propuesta es: ¿Por qué no ser nosotros mismos nuestro propio centro?

Creo que la subversión está en la unión de algo que ya sufre de demasiado fragmentalismo.

¿Cómo lograrlo?

Aaahhhh… and that, my friendo, is the question.

3 comentarios:

Carlos Vázquez Cruz dijo...

Ese artículo me parece sumamente interesante -por lo que dice, sí-, mas también debido a sus implicaciones. Plantea una especie de "mitos de conquista" que delata nuestra afición colonialista de buscar siempre un norte que nos dignifique con su mirada. Para que veamos que la independencia de un país no garantiza la del pensamiento.

Hay también una especie de "cuento de hadas", la fantasía de que nuestra obra es "la obra" y de que "nos vamos a las cambiás [históricas]" a conquistar europa porque nuestra propia geografía no constituye una frontera atractiva para nosotros. Por eso, tanta insistencia en literatura anticéptica, sin señas de identidad y absolutamente limpias de clichés o melodramas.

Creo que ha sido la lucha, Elidio, esa que te llevó a confiar en tu criterio como lector que se separa y reconoce la literatura en su trabajo, la que resultó tu mayor acierto. Pero, desde ahí, se concibe la valentía de un escritor, y todo el mundo quiere ir del escritorio a la imprenta. Muchísima gente espera el toque de la varita mágica sobre sus papeles.

Kafka era otra cosa. Él era un insecto cuando "insecto" todavía no era un insulto. Ahora, cualquiera lo es por la calle. Así que nuestros pasos deben ir hacia lo que propones, Elidio. Secundo la moción presentada.

Anónimo dijo...

El "articulo" no solo es interesante sino importante; al menos a mi me consuela. Y consuelo es lo que necesita mi deseo de ser leido sin hasta ahora poder.
Y esa prosa concisa, escueta y sincera de Elidio: que exito!

Rubén Javier Nazario dijo...

Esta meditación me recuerda el viejo debate de por qué escribir y para quién uno escribe. Aunque duela al espíritu altruista o sufrido del llamado artista, -especialmente el mito del artita angustiado, que vive al borde de la desesperación y que actúa en su arte como una especie de escape terapéutico- la realidad es que el trabajo de arte- sea la pintura, el texto, la escultura- no existe en el plano real sin la visión del espectador o lector. Esa actividad simbiótica, dualista, binaria es necesaria para elucubrar la actividad artística al plano real. Si no, la actividad creativa queda rezagada al plano de diario personal. Y esto no es arte. Es más bien un acto de consuelo.
Entonces, ¿para qué el arte? O mejor, limitándonos al tema, ¿para qué la literatura?
Sarte indica que el escribir es una acción casi-revolucionaria, un acto de llamar la atención de lo que sucede en el mundo, una acción violenta, que ocasione el comentario “¿qué pasaría si todos leen lo que escribí?” En otras palabras, no es un recogimiento de asueto, de conformidad, lo que genera el texto, sino un acto de violencia, de acción, de revolución.
De igual manera, la mitificación de la que hablan Ronaldo Menéndez y Elidio Latorre corresponde a un cuestionamiento esencial de quien escribe. Tienen razón al indicar que estos mitos sirven como barreras sicológicas que minimizan la ausencia de la lectura, o la insipidez de la escritura. La falta entonces es dual, y ataja al mismo dualismo centro-periferia que la crítica poscolonial intenta delinear.
Si España es el centro del universo editorial y el resto es la periferia, invirtiendo la relación en un típico ejercicio Derridiano solamente recreara la dinámica polar, sin obviar la tirantez existente en la relación. Por lo tanto, lo ideal sería completar el ejercicio Derridiano y romper con la dualidad binaria. ¿Y cómo? No recreando el centro (ya de hecho fragmentado como Elidio alude correctamente) sino olvidarnos de la relación y crear y recrear y desmitificar, agarrar todos los mitos quijotescos y virarlos como tortilla. Y eso, ¿con qué se come?
Pues volviendo a lo anterior, si se examina la relación literaria lector-escritor, es cuestión de incentivar al lector con un acto de violencia. Si se violenta al lector, resquebrajando su comodidad literaria, la lectura fluirá, porque el caos y el shock es lo que vende. Y lo que ayuda a pensar. Todo lo que promulgue una ruptura con lo establecido irremediablemente generará más interés, más lectura, mejor cosecha. Pero no es simplemente generar shock por su propio hecho, esto es chabacanería y, por lo tanto, inaceptable.
Es enfrentar a nuestros lectores con el reto que proponemos al escribir. No es escribir por escribir, como no es leer por leer. Para eso es el televisor.

 

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