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Es posible separar la literatura de
consentimiento que coincide, en líneas generales, con los siglos
antiguos y los siglos clásicos, y la literatura de disidencia que
empieza con los tiempos modernos. Se observará entonces la escasez
de novela en la primera. Cuando existe, salvo raras excepciones, no
concierne a la historia, sino a la fantasía (Teágenes y Cariclea
o La Astrea). Son cuentos, no novelas. Con la segunda, por el
contrario, se desarrolla realmente el género novelesco que no ha
cesado de enriquecerse y extenderse hasta nuestros días, al mismo
tiempo que el movimiento crítico y revolucionario. La novela nace al
mismo tiempo que el espíritu de rebeldía y traduce, en el plano
estético, la misma ambición.
«Historia ficticia, escrita en prosa», dice
Littré de la novela. ¿No es más que esto? Un crítico católico1
ha escrito no obstante: «El arte, sea cual sea su objetivo, siempre
hace una competencia culpable a Dios». Es más justo, en efecto,
hablar de una competencia a Dios, a propósito de la novela, que de
una competencia al Estado civil. Thibaudet expresaba una idea
parecida cuando decía a propósito de Balzac: «La comedia humana
es la Imitación de Dios Padre.» El esfuerzo de la gran literatura
parece consistir en crear universos cerrados o tipos completos.
Occidente, en sus grandes creaciones, no se limita a describir su
vida cotidiana. Se propone sin descanso grandes imágenes que lo
enardecen y se lanza tras ellas.
Al fin y al cabo, escribir o leer una
novela son acciones insólitas. Construir una historia mediante una
disposición nueva de hechos verdaderos no tiene nada de inevitable,
ni de necesario. Incluso si la explicación vulgar, por el gusto del
creador y del lector, fuese verdad, habría que preguntarse entonces
por qué necesidad la mayor parte de los hombres experimentan
precisamente gusto e interés en historias fingidas. La crítica
revolucionaria condena la novela pura como la evasión de una
imaginación ociosa. La lengua común, a su vez, llama «novela» al
relato engañoso del periodista torpe. Hace unos lustros, la
costumbre quería asimismo, contra la verosimilitud, que las jóvenes
fuesen «novelescas». Se daba a entender con ello que tales criaturas
ideales no tenían en cuenta las realidades de la existencia. De
manera general, siempre se ha considerado que lo novelesco se
apartaba de la vida y que la embellecía al mismo tiempo que la
traicionaba. La manera más simple y la más común de entender la
expresión novelesco consiste, pues, en ver en ella un ejercicio de
evasión. El sentido común se suma a la crítica revolucionaria.
Pero ¿de qué nos evadimos por medio de la
novela? ¿De una realidad juzgada demasiado aplastante? La gente
feliz lee también novelas y es constante que el extremo sufrimiento
quite la afición a la lectura. Por otro lado, el universo novelesco
tiene ciertamente menos peso y menor presencia que ese otro universo
en que unos seres de carne y hueso nos asedian sin descanso. ¿Por
qué misterio, sin embargo, Adolfo nos aparece como un personaje
mucho más familiar que Benjamin Constant, el conde Mosca que
nuestros moralistas profesionales? Balzac terminó un día una larga
conversación sobre la política y la suerte del mundo diciendo: «Y
ahora volvamos a las cosas serias», queriendo hablar de sus novelas.
La gravedad indiscutible del mundo novelesco, nuestro empeño en
tomar, en efecto, en serio los mitos incontables que nos brinda
desde hace dos siglos el genio novelesco, el gusto por la evasión no
basta para explicarlo. Ciertamente, la actividad novelesca supone
una especie de rechazo de lo real. Pero este rechazo no es una
simple huida. ¿Hay que ver en él el movimiento de retiro del alma
noble que, según Hegel, se crea a sí misma, en su decepción, un
mundo ficticio en que la moral reina sola? La novela edificante, sin
embargo, queda asaz distante de la gran literatura; y la mejor
novela rosa, Pablo y Virginia, obra propiamente penosa, no
ofrece nada al consuelo.
La contradicción es la siguiente: el hombre
rechaza el mundo tal cual es, sin aceptar escaparse. De hecho, los
hombres tienen apego al mundo y, en su inmensa mayoría, no desean
abandonarlo. Lejos de querer olvidarlo siempre, sufren, al
contrario, por no poseerlo bastante, extraños ciudadanos del mundo,
exiliados en su propia patria. Salvo en los instantes fulgurantes de
la plenitud, toda realidad es para ellos inacabada. Sus actos les
escapan en otros actos, vuelven a juzgarlos bajo rostros
inesperados, huyen como el agua de Tántalo hacia una desembocadura
ignorada aún. Conocer la desembocadura, dominar el curso del río,
captar por fin la vida como destino, he ahí su verdadera nostalgia,
en lo más denso de su patria. Pero esta visión que, en el
conocimiento al menos, los reconciliaría por fin con ellos mismos,
no puede aparecer, si es que aparece, más que en ese momento
fugitivo que es la muerte: todo acaba en él. Para estar, una vez, en
el mundo, es preciso no estar ya en él nunca más.
Nace aquí esa desgraciada envidia que
tantos hombres sienten por la vida de los otros. Percibiendo esas
existencias por fuera, les suponen una coherencia y una unidad que
no pueden tener, en verdad, pero que parecen evidentes al
observador. Éste no ve más que la línea superior de tales vidas, sin
cobrar conciencia del detalle que las roe. Hacemos entonces arte de
tales existencias. De modo elemental, las novelamos. Cada cual, en
este sentido, trata de hacer de su vida una obra de arte. Deseamos
que el amor dure y sabemos que no dura; aunque, por milagro, debiese
durar toda una vida, sería aún inacabado. Quizás, en esta insaciable
necesidad de durar, comprenderíamos mejor el sufrimiento terrestre
si supiéramos que fuese eterno. Parece que a las grandes almas las
asusta a veces menos el dolor que el hecho de que no dura. A falta
de una felicidad infatigable, un largo sufrimiento crearía al menos
un destino. Pero no, y nuestras peores torturas cesarán un día. Una
mañana, después de tantas desesperaciones, un irreprimible deseo de
vivir nos anunciará que todo ha terminado y que el sufrimiento ya no
tiene más sentido que la felicidad.
El afán de posesión no es más que otra
forma del deseo de durar; él es el que hace el delirio impotente del
amor. Ningún ser, ni siquiera el más amado, y que mejor nos
responda, está nunca en nuestra posesión. En la tierra cruel, donde
los amantes mueren a veces separados, nacen siempre divididos, la
posesión total de un ser, la comunión absoluta en el tiempo entero
de la vida es una imposible exigencia. El afán de la posesión es
hasta tal punto insaciable que puede sobrevivir al amor mismo. Amar,
entonces, es esterilizar al amado. El vergonzoso sufrimiento del
amante, en lo sucesivo solitario, no es tanto el no ser ya amado,
cuanto el saber que el otro puede y debe amar aún. En el límite,
todo hombre devorado por el deseo loco de durar y de poseer desea a
los seres a los que ha amado la esterilidad o la muerte. Ésta es la
verdadera rebeldía. Quienes no han exigido, un día al menos la
virginidad absoluta de los seres y del mundo; quienes no han
temblado de nostalgia y de impotencia ante su imposibilidad;
quienes, entonces, vueltos a su nostalgia de absoluto, no son
destruidos intentando amar a media altura, ésos no pueden comprender
la realidad de la rebeldía y su furia de destrucción. Pero los seres
se escapan siempre y nosotros les escapamos también: no tienen
perfiles firmes. La vida desde este punto de vista no tiene estilo.
No es más que un movimiento que corre en pos de su forma sin dar
nunca con ella. El hombre, desgarrado así, busca en vano esa forma
que le daría los límites entre los cuales sería rey. ¡Que una sola
cosa viva tenga su forma en este mundo y éste estará reconciliado!
No hay ser por fin que, a partir de cierto
nivel elemental de conciencia, no se agote buscando las fórmulas o
las actitudes que darían a su existencia la unidad que le falta.
Parecer o hacer, el dandi o el revolucionario exigen la unidad, para
ser, y para ser en este mundo. Como en esas patéticas y miserables
relaciones que se prolongan a veces largo tiempo porque uno de los
miembros espera hallar la palabra, el gesto o la situación que harán
de su aventura una historia concluida y formulada en el tono justo,
cada uno se crea o se propone tener la palabra final. No basta con
vivir, hace falta un destino, y sin esperar la muerte. Es, pues,
justo decir que el hombre tiene la idea de un mundo mejor que éste.
Pero mejor no quiere decir entonces diferente, mejor quiere decir
unificado. Esta fiebre que levanta el corazón por encima de un mundo
disperso, del que, sin embargo, no puede desprenderse, es la fiebre
de la unidad. No desemboca en una mediocre evasión, sino en la
reivindicación más obstinada. Religión o crimen, todo esfuerzo
humano obedece a la postre a ese deseo irrazonable y pretende dar a
la vida la forma que no tiene. El mismo movimiento, que puede llevar
a la adoración del cielo o a la destrucción del hombre, lleva
asimismo a la creación novelesca, que recibe entonces su seriedad.
¿Qué es, en efecto, la novela sino este
universo en que la acción halla su forma, en que las palabras del
final son pronunciadas, los seres entregados a los seres, en que
toda vida toma la faz del destino?2
El mundo novelesco no es más que la corrección de este mundo, según
el deseo profundo del hombre. Pues se trata indudablemente del mismo
mundo. El sufrimiento es el mismo, la mentira y el amor. Los
personajes tienen nuestro lenguaje, nuestras debilidades, nuestras
fuerzas. Su universo no es ni más bello ni más edificante que el
nuestro. Pero ellos, al menos, corren hasta el final de su destino y
no hay nunca personajes tan emocionantes como los que van hasta el
extremo de su pasión, Kirilov y Stavroguin, la señora Graslin,
Julián Sorel o el príncipe de Cléves. Es aquí donde nos alejamos de
su medida, pues ellos acaban lo que nosotros no acabamos nunca.
Madame de La Fayette sacó La princesa de
Cléves de la más estremecedora experiencia. Sin duda es la
señora de Cléves, y sin embargo no lo es. ¿Dónde está la diferencia?
La diferencia está en que madame de La Fayette no entró en un
convento y que nadie en su entorno murió de desesperación. No cabe
duda de que conoció al menos los instantes desgarradores de aquel
amor sin igual. Pero no tuvo punto final, le sobrevivió, lo prolongó
cesando de vivirlo, y por último, nadie, ni ella misma, hubiera
conocido su dibujo si no le hubiera dado la curva desnuda de un
lenguaje impecable. Del mismo modo, no existe historia más novelesca
y más bella que la de Sophie Tonska y Casimir en Las pléyades
de Gobineau. Sophie, mujer sensible y bella, que hace entender la
confesión de Stendhal, «no hay más que las mujeres de gran carácter
que puedan hacerme feliz», obliga a Casimir a confesarle su amor.
Acostumbrada a ser amada, se impacienta ante aquél, que la ve todos
los días y que, a pesar de ello, no ha abandonado nunca una calma
irritante. Casimir confiesa, en efecto, su amor, pero en el tono de
una exposición jurídica. La ha estudiado, la conoce tanto como se
conoce a sí mismo, está seguro de que este amor, sin el que no puede
vivir, carece de futuro. Ha decidido, pues, declararle a la vez este
amor y su inconsistencia, hacerle donación de su fortuna -Sophie es
rica y este gesto es inconsecuente- a condición de que ella le pase
una modestísima pensión que le permita trasladarse al suburbio de
una ciudad elegida al azar (será Vilna), y esperar en ella la
muerte, en la pobreza. Casimir reconoce, por lo demás, que la idea
de recibir de Sophie lo que le será necesario para subsistir
representa una concesión a la debilidad humana, la única que se
permitirá, con, de tarde en tarde, el envío de una página en blanco
metida en un sobre en el que escribirá el nombre de Sophie. Tras
mostrarse indignada, luego turbada, luego melancólica, Sophie
aceptará; todo se desarrollará tal como Casimir había previsto.
Morirá en Vilna, de su pasión triste. Lo novelesco tiene así su
lógica. Una bella historia no carece de esa continuidad
imperturbable que no se da nunca en las situaciones vividas, pero
que se encuentra en el proceso del sueño, a partir de la realidad.
Si Gobineau hubiese ido a Vilna, se habría aburrido y habría
regresado, o habría estado allí a su gusto. Pero Casimir no conoce
las ganas de cambiar y las mañanas de cura. Va hasta el fin, como
Heathcliff, que deseará ir más allá de la muerte para Regar hasta el
infierno.
He aquí, pues, un mundo imaginario, pero
creado por la corrección de éste, un mundo en que el dolor puede, si
quiere, durar hasta la muerte, en que las pasiones no se distraen
nunca, en que los seres se entregan a una idea fija y están siempre
presentes los unos para con los otros. El hombre se da al fin a sí
mismo la forma y el límite apaciguador que persigue en vano en su
condición. La novela fabrica destinos a la medida. Así es como
compite con la creación y vence, provisionalmente, a la muerte. Un
análisis detallado de las novelas más famosas mostraría, con
perspectivas cada vez diferentes, que la esencia de la novela está
en esa corrección perpetua, dirigida siempre en el mismo sentido,
que el artista efectúa sobre su experiencia. Lejos de ser moral o
puramente formal, esta corrección apunta primero a la unidad y
traduce, con ello, una necesidad metafísica. La novela, a este
nivel, es en primer lugar un ejercicio de la inteligencia al
servicio de una sensibilidad nostálgica o en rebeldía. Se podría
estudiar esta búsqueda de la unidad en la novela francesa de
análisis, y en Melville, Balzac, Dostoievski o Tolstoi. Pero una
breve confrontación entre dos tentativas que se sitúan en los
extremos opuestos del mundo novelesco, la creación proustiana y la
novela norteamericana de estos últimos años, bastará para nuestra
intención.
La novela norteamericana pretende hallar su
unidad reduciendo al hombre, ya sea a lo elemental, ya a sus
reacciones externas y a su comportamiento3.
No elige un sentimiento o una pasión del que dará una imagen
privilegiada, como en nuestras novelas clásicas. Rechaza el
análisis, la búsqueda de un resorte psicológico fundamental que
explicaría y resumiría la conducta de un personaje. Por eso, la
unidad de dicha novela no es más que una unidad de enfoque. Su
técnica consiste en describir a los hombres por fuera, en los más
indiferentes de sus gestos, en reproducir sin comentarios los
discursos hasta en sus repeticiones4,
en hacer, por fin, como si los hombres se definiesen enteramente por
sus automatismos cotidianos. A ese nivel maquinal, efectivamente,
los hombre se parecen y así se explica ese curioso universo en que
todos los personajes parecen intercambiables, hasta en sus
particularidades físicas. Esta técnica es llamada realista tan sólo
por un malentendido. Además de que el realismo en arte es, como
veremos, una noción incomprensible, resulta muy evidente que este
mundo novelesco no tiende a la reproducción pura y simple de la
realidad, sino a su estilización más arbitraria. Nace de una
mutilación, y de una mutilación voluntaria, llevada a cabo sobre lo
real. La unidad así obtenida es una unidad degradada, una nivelación
de los seres y del mundo. Parece que, para esos novelistas, sea la
vida interior la que priva las acciones humanas de la unidad y que
arrebata a los seres los unos a los otros. Tal sospecha es en parte
legítima. Pero la rebeldía que se halla en la fuente de este arte,
no puede encontrar su satisfacción sino fabricando la unidad a
partir de esa realidad interior, y no negándola. Negarla totalmente
es referirse a un hombre imaginario. La novela negra es también una
novela rosa de la que tiene la vanidad formal. Edifica a su manera5.
La vida de los cuerpos, reducida a sí misma, produce paradójicamente
un universo abstracto y gratuito, constantemente negado a su vez por
la realidad. Esa novela, purgada de vida interior, en que los
hombres parecen observados detrás de un cristal, acaba lógicamente
dándose, como tema único, al hombre presuntamente medio,
escenificando lo patológico. Así se explica la cantidad considerable
de «inocentes» utilizados en este universo. El inocente es el tema
ideal de semejante empresa, ya que no es definido, y por entero,
sino por su comportamiento. Es el símbolo de este mundo exasperante,
en que unos autómatas desdichados viven en la más maquinal de las
coherencias, y que los novelistas norteamericanos han elevado frente
al mundo moderno como una protesta patética, pero estéril.
En cuanto a Proust, su esfuerzo ha
consistido en crear a partir de la realidad, obstinadamente
contemplada, un mundo cerrado, insustituible, que no le pertenecía
más que a él y marcaba su victoria sobre la huida de las cosas y
sobre la muerte. Pero sus medios son opuestos. Dependen ante todo de
una elección concertada, una meticulosa colección de instantes
privilegiados que el novelista escogerá en lo más secreto de su
pasado. Inmensos espacios muertos son así expulsados de la vida
porque no han dejado nada en el recuerdo. Si el mundo de la novela
norteamericana es el de los hombres sin memoria, el mundo de Proust
no es en sí mismo más que una memoria. Se trata tan sólo de la más
difícil y la más exigente de las memorias, la que rechaza la
dispersión del mundo tal cual es y que saca de un perfume recobrado
el secreto de un nuevo y antiguo universo. Proust elige la vida
interior y, en la vida interior, lo que es más interior que ella,
contra lo que en lo real se olvida, es decir lo maquinal, el mundo
ciego. Pero de este rechazo de lo real, no saca la negación de lo
real. No comete el error, simétrico al de la novela norteamericana,
de suprimir lo maquinal. Reúne, por el contrario, en una unidad
superior, el recuerdo perdido y la sensación presente, el pie que se
tuerce y los días felices de antaño.
Es difícil retornar a los lugares de la
dicha y la juventud. Las muchachas en flor ríen y parlotean
eternamente frente al mar, pero aquel que las contempla va perdiendo
poco a poco el derecho a amarlas, igual que aquellas a las que amó
pierden el poder de ser amadas. Esta melancolía es la de Proust. Ha
sido bastante potente en él para hacer brotar un rechazo de todo el
ser. Pero el amor a las caras y a la luz lo ataban al mismo tiempo a
este mundo. No consintió que las vacaciones felices se perdieran
para siempre. Se comprometió a recrearlas de nuevo y a mostrar,
contra la muerte, que el pasado se encontraba al término del tiempo
en un presente imperecedero, más verdadero y más rico aún que en el
origen. El análisis psicológico de El tiempo perdido no es
entonces más que un poderoso medio. La grandeza real de Proust es
haber escrito El tiempo recobrado, que reúne un mundo
dispersado y le da una significación al nivel mismo del
desgarramiento. Su victoria difícil, en vísperas de su muerte,
consiste en haber podido extraer de la huida incesante de las
formas, por las vías solas del recuerdo y la inteligencia, los
símbolos estremecedores de la unidad humana. El reto más seguro que
una obra de esta índole pueda plantear a la creación es presentarse
como un todo, un mundo cerrado y unificado. Esto define las obras
sin correcciones.
Se ha podido decir que el mundo de Proust
era un mundo sin dios. Si eso es verdad, no es porque en él no se
hable nunca de Dios, sino porque este mundo tiene la ambición de ser
una perfección cerrada y de dar a la eternidad el rostro del hombre.
El tiempo recobrado, en su ambición al menos, es la eternidad
sin dios. La obra de Proust, desde este punto de vista, aparece como
una de las empresas más desmesuradas y más significativas del hombre
contra su condición mortal. Ha demostrado que el arte novelesco
rehace la creación misma, tal cual nos es impuesta y tal cual es
rechazada. Bajo uno de sus aspectos al menos, este arte consiste en
elegir a la criatura contra su creador. Pero, más profundamente aún,
se alía con la belleza del mundo o de los seres contra las potencias
de la muerte y del olvido. Así es como su rebeldía es creadora.
FIN |