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Empiezo por decirles que esto de los talleres se me ha
convertido en un vicio. Yo lo único que he querido hacer en mi vida -y lo único
que he hecho más o menos bien- es contar historias. Pero nunca imaginé que fuera
tan divertido contarlas colectivamente. Les confieso que para mí la estirpe de
los griots, de los cuenteros, de esos venerables ancianos que recitan apólogos y
dudosas aventuras de
Las mil
y una noches en los zocos marroquíes, esa estirpe, es la única que no
está condenada a cien años de soledad ni a sufrir la maldición de Babel. Era una
lástima que nuestro esfuerzo quedara confinado a estas cuatro paredes, a los
contados participantes de uno u otro taller. Bueno, les anuncio que muy pronto
romperemos el cascarón. Nuestras reflexiones y discusiones, que hemos tenido el
cuidado de grabar, se transcribirán y serán publicadas en libro, el primero de
los cuales se titulará Cómo se cuenta un cuento. Muchos lectores podrán
compartir entonces nuestras búsquedas y además nosotros mismos, gracias a la
letra impresa, podremos seguir paso a paso el proceso creador con sus saltos
repentinos o sus minúsculos avances y retrocesos.
Hasta ahora me había parecido difícil, por no decir
imposible, observar en detalle los caprichosos vaivenes de la imaginación,
sorprender el momento exacto en que surge una idea, como el cazador que descubre
de pronto en la mirilla de su fusil el instante preciso en que salta la liebre.
Pero con el texto delante creo que será fácil hacer eso. Uno podrá volver atrás
y decir: “Aquí mismo fue”. Porque uno se dará cuenta de que a partir de ahí -de
esa pregunta, ese comentario, esa inesperada sugerencia- fue cuando la historia
dio un vuelco, tomó forma y se encauzó definitivamente.
Una de las confusiones más frecuentes, en cuanto al
propósito del taller, consiste en creer que venimos aquí a escribir guiones o
proyectos de guión. Es natural. Casi todos ustedes son o quieren ser guionistas,
escriben o aspiran a escribir para la televisión y el cine, y como esto es una
escuela de cine y televisión, precisamente, es lógico que al llegar aquí
mantengan los hábitos mentales del oficio. Siguen pensando en términos de
imagen, estructuras dramáticas, escenas y secuencias, ¿no es así? Pues bien:
olvídenlo. Estamos aquí para contar historias. Lo que nos interesa aprender aquí
es cómo se arma un relato, cómo se cuenta un cuento. Me pregunto, sin embargo,
hablando con entera franqueza, si eso es algo que se pueda aprender. No quisiera
descorazonar a nadie, pero estoy convencido de que el mundo se divide entre los
que saben contar historias y los que no, así como, en un sentido más amplio, se
divide entre los que cagan bien y los que cagan mal, o, si la expresión les
parece grosera, entre los que obran bien y los que obran mal, para usar un
piadoso eufemismo mexicano. Lo que quiero decir es que el cuentero nace, no se
hace. Claro que el don no basta. A quien sólo tiene la aptitud pero no el
oficio, le falta mucho todavía: cultura, técnica, experiencia... Eso sí: posee
lo principal. Es algo que recibió de la familia, probablemente no sé si por la
vía de los genes o de las conversaciones de sobremesa. Esas personas que tienen
aptitudes innatas suelen contar hasta sin proponérselo, tal vez porque no saben
expresarse de otra manera. Yo mismo, para no ir más lejos, soy incapaz de pensar
en términos abstractos. De pronto me preguntan en una entrevista cómo veo el
problema de la capa de ozono o qué factores, a mi juicio, determinarán el curso
de la política latinoamericana en los próximos años, y lo único que se me ocurre
es contarles un cuento. Por suerte, ahora se me hace mucho más fácil, porque
además de la vocación tengo la experiencia y cada vez logro condensarlos más y
por tanto aburrir menos.
La mitad de los cuentos con que inicié mi formación se
los escuché a mi madre. Ella tiene ahora ochenta y siete años y nunca oyó hablar
de discursos literarios, ni de técnicas narrativas, ni de nada de eso, pero
sabía preparar un golpe de efecto, guardarse un as en la manga mejor que los
magos que sacan pañuelitos y conejos del sombrero. Recuerdo cierta vez que
estaba contándonos algo, y después de mencionar a un tipo que no tenía nada que
ver con el asunto, prosiguió su cuento tan campante, sin volver a hablar de él,
hasta que casi llegando al final, ¡paff!, de nuevo el tipo -ahora en primer
plano, por decirlo así-, y todo el mundo boquiabierto, y yo preguntándome,
¿dónde habrá aprendido mi madre esa técnica, que a uno le toma toda una vida
aprender? Para mí, las historias son como juguetes y armarlas de una forma u
otra es como un juego. Creo que si a un niño lo pusieran ante un grupo de
juguetes con características distintas, empezaría jugando con todos pero al
final se quedaría con uno. Ese uno sería la expresión de sus aptitudes y su
vocación. Si se dieran las condiciones para que el talento se desarrollara a lo
largo de toda una vida, estaríamos descubriendo uno de los secretos de la
felicidad y la longevidad. El día que descubrí que lo único que realmente me
gustaba era contar historias, me propuse hacer todo lo necesario para satisfacer
ese deseo. Me dije: esto es lo mío, nada ni nadie me obligará a dedicarme a otra
cosa. No se imaginan ustedes la cantidad de trucos, marrullerías, trampas y
mentiras que tuve que hacer durante mis años de estudiante para llegar a ser
escritor, para poder seguir mi camino, porque lo que querían era meterme a la
fuerza por otro lado. Llegué inclusive a ser un gran estudiante para que me
dejaran tranquilo y poder seguir leyendo poesías y novelas, que era lo que a mí
me interesaba. Al final del cuarto año de bachillerato -un poco tarde, por
cierto- descubrí una cosa importantísima, y es que si uno pone atención a la
clase después no tiene que estudiar ni estar con la angustia permanente de las
preguntas y los exámenes. A esa edad, cuando uno se concentra lo absorbe todo
como una esponja. Cuando me di cuenta de eso hice dos años -el cuarto y el
quinto- con calificaciones máximas en todo. Me exhibían como un genio, el joven
de 5 en todo, y a nadie le pasaba por la cabeza que eso yo lo hacía para no
tener que estudiar y seguir metido en mis asuntos. Yo sabía muy bien lo que me
traía entre manos.
Modestamente, me considero el hombre más libre del
mundo -en la medida en que no estoy atado a nada ni tengo compromisos con nadie-
y eso se lo debo a haber hecho durante toda la vida única y exclusivamente lo
que he querido, que es contar historias. Voy a visitar a unos amigos y
seguramente les cuento una historia; vuelvo a casa y cuento otra, tal vez la de
los amigos que oyeron la historia anterior; me meto en la ducha y, mientras me
enjabono, me cuento a mí mismo una idea que venía dándome vueltas en la cabeza
desde hacía varios días... Es decir, padezco de la bendita manía de contar. Y me
pregunto: esa manía, ¿se puede trasmitir? ¿Las obsesiones se enseñan? Lo que sí
puede hacer uno es compartir experiencias, mostrar problemas, hablar de las
soluciones que encontró y de las decisiones que tuvo que tomar, por qué hizo
esto y no aquello, por qué eliminó de la historia una determinada situación o
incluyó un nuevo personaje... ¿No es eso lo que hacen también los escritores
cuando leen a otros escritores? Los novelistas no leemos novelas sino para saber
cómo están escritas. Uno las voltea, las desatornilla, pone las piezas en orden,
aísla un párrafo, lo estudia, y llega un momento en que puede decir: “Ah, sí, lo
que hizo éste fue colocar al personaje aquí y trasladar esa situación para allá,
porque necesitaba que más allá...” En otras palabras, uno abre bien los ojos, no
se deja hipnotizar, trata de descubrir los trucos del mago. La técnica, el
oficio, los trucos son cosas que se pueden enseñar y de las que un estudiante
puede sacar buen provecho. Y eso es todo lo que quiero que hagamos en el taller:
intercambiar experiencias, jugar a inventar historias, y en el ínterin ir
elaborando las reglas del juego.
Éste es el sitio ideal para intentarlo. En una cátedra
de literatura, con un señor sentado allá arriba soltando imperturbable un rollo
teórico, no se aprenden los secretos del escritor. El único modo de aprenderlos
es leyendo y trabajando en taller. Es aquí donde uno ve con sus propios ojos
cómo crece una historia, cómo se va descartando lo superfluo, cómo se abre de
pronto un camino donde sólo parecía haber un callejón sin salida... Por eso no
deben traerse aquí historias muy complejas o elaboradas, porque la gracia del
asunto consiste en partir de una simple propuesta, no cuajada todavía, y ver si
entre todos somos capaces de convertirla en una historia que, a su vez, pueda
servir de base a un guión televisivo o cinematográfico. A las historias para
largometrajes hay que dedicarles un tiempo del que ahora no disponemos. La
experiencia nos dice que las historias sencillas, para cortos o mediometrajes,
son las que mejor funcionan en el taller. Le dan al trabajo una dinámica
especial. Ayudan a conjurar uno de los mayores peligros que nos acechan, que es
la fatiga y el estancamiento. Tenemos que esforzarnos para que nuestras sesiones
de trabajo sean realmente productivas. A veces se habla mucho pero se produce
poco. Y nuestro tiempo es demasiado escaso y por tanto demasiado valioso para
malgastarlo en charlatanerías. Eso no quiere decir que vayamos a sofocar la
imaginación, entre otras cosas porque aquí funciona también el principio del
brain-storming hasta los disparates que se le ocurren a uno deben tomarse en
cuenta porque a veces, con un simple giro, dan paso a soluciones muy
imaginativas.
No se concibe al participante de un taller que no sea
receptivo a la crítica. Esto es una operación de toma y daca, hay que estar
dispuesto a dar golpes y a recibirlos. ¿Dónde está la frontera entre lo
permisible y lo inaceptable? Nadie lo sabe. Uno mismo la fija. Por lo pronto uno
tiene que tener muy claro cuál es la historia que quiere contar. Partiendo de
ahí, tiene que estar dispuesto a luchar por ella con uñas y dientes, o bien,
llegado el caso, ser suficientemente flexible y reconocer que tal como uno la
imagina, la historia no tiene posibilidades de desarrollo, por lo menos a través
del lenguaje audiovisual. Esa mezcla de intransigencia y flexibilidad suele
manifestarse en todo lo que uno hace, aunque a menudo adopte formas distintas.
Yo, por ejemplo considero que los oficios de novelista y de guionista son
radicalmente diferentes. Cuando estoy escribiendo una novela me atrinchero en mi
mundo y no comparto nada con nadie. Soy de una arrogancia, una prepotencia y una
vanidad absolutas. ¿Por qué? Porque creo que es la única manera que tengo de
proteger al feto, de garantizar que se desarrolle como lo concebí. Ahora bien,
cuando termino o considero casi terminada una primera versión, siento la
necesidad de oír algunas opiniones y les paso los originales a unos pocos
amigos. Son amigos de muchos años, en cuyos criterios confío y a quienes pido,
por tanto, que sean los primeros lectores de mis obras. Confío en ellos no
porque acostumbren a celebrarlas diciendo qué bien, qué maravilla, sino porque
me dicen francamente qué encuentran mal, qué defectos les ven, y sólo con eso me
prestan un enorme servicio. Los amigos que sólo ven virtudes en lo que escribo
podrán leerme con más calma cuando ya el libro esté editado; los que son capaces
de ver también defectos, y de señalármelos, ésos son los lectores que necesito
antes. Claro que siempre me reservo el derecho de aceptar o no las críticas,
pero lo cierto es que no suelo prescindir de ellas.
Bueno, ese es el retrato del novelista ante sus
críticos. El del guionista es muy diferente. Para nada se necesita más humildad
en este mundo que para ejercer con dignidad el oficio de guionista. Se trata de
un trabajo creador que es también un trabajo subalterno. Desde que uno empieza a
escribir sabe que esa historia, una vez terminada, y sobre todo, una vez
filmada, ya no será suya. Uno recibirá un crédito en pantalla, cierto -casi
siempre mezclado con solícitos colaboradores, incluido el propio director- pero
el texto que uno escribió ya se habrá diluido en un conjunto de sonidos e
imágenes elaborado por otros, los miembros del equipo. El gran caníbal es
siempre el director, que se apropia de la historia, se identifica con ella y le
mete todo su talento y su oficio y sus huevos para que se convierta finalmente
en la película que vamos a ver. Es él quien impone el punto de vista definitivo,
y en ese sentido es mucho más autoritario que los guionistas y los narradores.
Yo creo que quien lee una novela es más libre que quien ve una película. El
lector de novelas se imagina las cosas como quiere -rostros, ambientes,
paisajes...- mientras que el espectador de cine o el televidente no tiene más
remedio que aceptar la imagen que le muestra la pantalla, en un tipo de
comunicación tan impositiva que no deja margen a las opciones personales. ¿Saben
ustedes por qué no permito que Cien años de soledad se lleve al cine?
Porque quiero respetar la inventiva del lector, su soberano derecho a imaginar
la cara de la tía Úrsula o del Coronel como le venga en gana.
Pero, en fin, me he alejado bastante del tema, que no
es ni siquiera el trabajo del guionista, sino lo que podemos hacer para seguir
alimentando la manía de contar, que todos padecemos en mayor o menor grado. Por
lo pronto, tenemos que concentrar nuestras energías en los debates del taller.
Alguien me preguntó si no sería posible matar dos pájaros de un tiro asistiendo
por las mañanas al taller de fotografía submarina que se está realizando aquí
mismo, y le contesté que no me parecía una buena idea. Si uno quiere ser
escritor tiene que estar dispuesto a serlo veinticuatro horas al día, los
trescientos sesenta y cinco días del año. ¿Quién fue el que dijo aquello de que
si me llega la inspiración me encontrará escribiendo? Ése sabía lo que decía.
Los diletantes pueden darse el lujo de mariposear, de pasarse la vida saltando
de una cosa a otra sin ahondar en ninguna, pero nosotros no. El nuestro es un
oficio de galeotes, no de diletantes.
FIN |