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Schavelzon, argentino radicado en
Barcelona, considera que internacionalizar a un autor es una tarea
esencial del agente literario.
Martín Gómez: ¿Qué es un agente literario?
Guillermo Schavelzon: Un agente literario
es un representante de escritores que tiene como misión conseguir el
mayor número de lectores posible en todos los idiomas y en todo el
mundo para los escritores que representa. Esa sería una buena
definición.
M.G.: ¿Cuál es el origen de esta figura?
G.S.: Tiene más de un siglo. Surgió en
Inglaterra, pero no conozco la historia. El origen está en la gran
dificultad que tiene un escritor, por las características de su
trabajo creativo y de su personalidad, para profesionalizar su
escritura -es decir, para lograr vivir de lo que escribe-. En ese
entonces era para venderlo a revistas o a libreros, que eran quienes
publicaban los libros, y hoy en día es para conseguir que los
publiquen tanto en su país e idioma como en otros…
M.G.: Tengo entendido que en principio es
una figura propia sobre todo del mundo anglosajón…
G.S.: Es una figura que tiene que ver con
el tamaño del mercado. Cuando yo estaba en Argentina era el único
agente en la América Latina de lengua castellana que actuaba
internacionalmente. Y ahora que estoy en Barcelona creo que no queda
ninguno. No lo hay porque el tamaño del mercado no permite que una
agencia literaria subsista económicamente. En Brasil, que es un
mercado editorial más grande, hay tres agencias. En España hay unas
20 y la más importante, la agencia Carmen Balcells, tiene más de 30
años. Hay varias muy antiguas. O sea que los agentes no están sólo
en el mundo anglosajón.
M.G.: ¿Esto quiere decir que en este
momento en el resto de los países de América Latina no hay una sola
agencia?
G.S.: Que yo sepa, no hay basada en estos
países ninguna agencia de actuación internacional que se dedique a
la ‘exportación’ de autores.
M.G.: ¿Pero allí las editoriales tanto
latinoamericanas como extranjeras también reciben los manuscritos a
través de agencias?
G.S.: Cada vez es más frecuente que los
escritores tengan agente literario, por lo cual las editoriales de
América Latina trabajan con los agentes sin importar dónde estén.
M.G.: Lo cual significa que los escritores
latinoamericanos que viven en América Latina recurren a agentes que
están en el extranjero…
G.S.: Sí. Tanto en Barcelona o Madrid como
en Alemania, Francia o Estados Unidos. Hoy el agente tiene que estar
cerca de los centros de decisión de las grandes editoriales. Antes
yo pensaba que el agente tenía que estar cerca del autor pero el
avance de la tecnología -el mail y el teléfono móvil- me ha
demostrado otra cosa.
M.G.: ¿Cuáles son la sensibilidad, las
destrezas y los conocimientos que conforman el perfil de un agente
literario?
G.S.: No podría decir cuáles son las
características que debería tener un agente literario pero podría
hablar de las mías y de las que yo considero importantes. Para citar
a Gaston Gallimard, el famoso fundador de esa gran editorial, él
decía que el editor de entonces -estamos hablando de los años
treinta y cuarenta- era un hombre con la capacidad de tener un ojo
puesto en la literatura y el otro en los negocios. Y yo creo que el
agente literario siempre debería tener eso: un ojo puesto en ‘el
negocio’ y el otro ojo puesto en la literatura. Con que un ojo
falle, se pierde la noción de perspectiva. No podría decir cuál es
más importante que el otro. Eso es justamente lo que yo trato de
hacer desde mi agencia. Luego existen todas las variantes posibles
que nos ofrece el mercado.
M.G.: O sea que debe tener la capacidad de
identificar las tendencias…
G.S.: Depende del tipo de agencia. Hay
agencias que se dedican a representar a editoriales extranjeras,
otras que se dedican a representar a agencias de otros países y
otras que se dedican a representar a escritores. En mi caso, somos
una agencia que se dedica a representar a escritores y esa es una
decisión estratégica. Dentro de los escritores que representamos
están los escritores consagrados, los de gran prestigio literario,
los de no ficción, los de mucha venta y las apuestas a futuro -me
refiero a aquellos escritores con una obra que consideramos valiosa
en la cual hay que hacer una gran inversión de tiempo y dinero, que
unas veces es exitosa y otras no-.
M.G.: ¿Cómo se establece el primer contacto
entre la agencia y el escritor?
G.S.: Hay algunos escritores que la agencia
busca, en especial en los primeros años, y luego un número creciente
de escritores que nos buscan. Nosotros, que somos una agencia
pequeña, recibimos diariamente cinco o seis pedidos de
representación. Obviamente apenas podemos responder a los cinco o
seis pedidos por día, por lo cual enviamos una carta explicando
algunos procedimientos acerca de cómo funciona este trabajo. Y es
que no tenemos ninguna posibilidad de leer manuscritos a ese ritmo.
Entonces vamos haciendo una selección pero la posibilidad de
incorporar nuevos escritores es cada vez menor.
M.G.: ¿Cuáles son las implicaciones que
tiene para cada una de las partes la relación agente - autor?
G.S.: En mi caso hay una relación muy
personal y comprometida, leo todo lo que escriben los escritores que
representamos y, en general, hay una interlocución que se profundiza
cada vez más. En la medida en que en el mundo editorial avanza el
proceso de concentración en grandes grupos económicos, va
disminuyendo el número de editores que hay en cada empresa. En este
contexto los editores tienen una posibilidad menor de mantener una
relación personalizada con los autores, están limitados por la
dinámica propia de las grandes empresas y sufren una presión enorme
por obtener éxitos de venta. No tienen un minuto libre, por lo cual
por las noches y durante los fines de semana leen manuscritos.
Entonces ese lugar de interlocutor a lo
largo del proceso de escritura, de no escritura, de publicación o de
rechazo, así como esa gran necesidad de contención que tiene un
escritor lo cumplen cada vez más los agentes y las agentes -ya que,
no sé por qué, en España son casi todas mujeres-.
M.G.: ¿Qué tipo de relación tienen los
agentes con los editores?
G.S.: Una relación de aliados estratégicos
y de cierta complicidad. Tenemos intereses enfrentados e intereses
comunes. Y la manera como se hacen prevalecer los intereses comunes
sobre los intereses enfrentados depende de las características de
personalidad o de la concepción que cada uno tiene de su trabajo.
La concentración de la industria editorial
M.G.: ¿Cuáles son las consecuencias de la concentración de la
industria editorial sobre el trabajo de los agentes literarios?
G.S.: La gran concentración que se ha
producido y que sigue avanzando país con país genera situaciones que
en América Latina recién se comienzan a ver pero que son muy claras
en España, en Estados Unidos fundamentalmente, en toda Europa y
últimamente en Francia -un país donde hasta hace un par de años no
había agentes y que los editores consideraban territorio intocable-.
Debido a ello el negocio del libro, por llamarlo de alguna manera,
se concentra en empresas que no tienen un dueño-editor visible, como
sí lo tenían antes las editoriales. Me refiero a ese patron
en el sentido francés, a ese hombre al que le interesaba la
literatura, al que todos reconocían y podían ver. Entonces las
editoriales pasan a ser sociedades de capitales anónimos con
participación de grupos de inversión cuyo único objetivo es la
rentabilidad porque eso es lo que exigen los accionistas para que
las acciones no se caigan. Estas empresas tienen actividades
múltiples en diferentes áreas de negocio. Por ejemplo, el 70 % de
libros que se publican hoy en Francia vienen de editoriales que
están en manos de un grupo que tiene fábricas de aviones, armas y
misiles, cadenas comerciales, revistas, radio y canales de
televisión. Al ser la rentabilidad el objetivo principal, la presión
con respecto a los beneficios es prioritaria porque el director
tiene que aportar al grupo un margen por lo menos igual al de los
otros negocios. Entonces se comienza a presionar al equipo editorial
para que haga libros de gran venta, lo cual va modificando las
características del editor. Los editores tradicionales se van y
surgen nuevos editores muy ligados al mercado, al marketing, a lo
que el público quiere leer y a proveer lo que la gente quiere
comprar en lugar de hacer nuevos aportes culturales y literarios. En
general no les va mal, aunque sin duda esta situación produce un
daño cultural tremendo porque al no haber nuevas propuestas de
lectura el agente literario comienza a tener una relación más
complicada con el editor. Cada vez más los editores acuden a los
agentes para hacerles encargos del tipo “busco libros que tengan una
trama vinculada a la iglesia, con un poco de sexo y con el
descubrimiento de un viejo manuscrito, etcétera” y al final te
definen un Código Da Vinci y piden que el agente les consiga
eso. Por supuesto que hay excepciones de todo tipo. En algunos
grandes grupos hay editores de lujo y, además, están las editoriales
pequeñas y medianas que, como dice Jorge Herralde, siguen publicando
“lo que nadie quiere leer”.
M.G.: ¿Qué desafíos le plantea a un agente
en términos de gestión de contenidos la aparición de nuevos
soportes?
G.S.: En relación con los contenidos
literarios, el impacto de los nuevos soportes no ha sido tan
significativo como se creía que iba a serlo. En cambio lo que sí ha
sido una verdadera revolución es la ampliación y sofisticación de
los canales comerciales. Hoy un mismo libro tiene varios tipos de
ediciones -para librerías, para quioscos, para supermercados o para
coleccionables-, cada uno con un formato y un precio diferentes. En
cuanto a la edición electrónica hay nuevos desafíos en la medida en
que el mundo de Internet está muy poco regulado desde el punto de
vista legal. La defensa de la propiedad intelectual me parece un
requisito fundamental, ya que no puede ser que el creador o el autor
de un libro que pasó diez años escribiéndolo no tenga un beneficio o
una participación significativa en la explotación económica de su
creación. Eso es muy complicado y está sucediendo. Hay desafíos pero
todavía la gran mayoría de los ingresos de los editores provienen
del soporte papel -ya sea libro, revista o periódico- y no del mundo
digital.
M.G.: ¿Los reencauches como las ediciones
de colecciones para kiosco que hacen las editoriales cada vez con
más frecuencia tienen algún impacto sobre los ingresos de los
autores?
G.S.: Sí, los llamados ‘derechos
subsidiarios’ tienen un impacto muy grande. El principio de éstos
consiste en aprovechar distintos canales comerciales del mismo tipo
de contenido y en el mismo soporte papel. Eso es muy importante y
cada vez crece más, por lo cual los ‘derechos subsidiarios’
multiplican de una manera muy grande el número de lectores y los
ingresos del autor. Lo que cuidamos las agencias literarias es que
los autores obtengan una buena parte importante del beneficio que
tiene esa multiplicación de canales y que el editor tenga una parte
proporcional, en vez de lo que sucedía en muchos casos cuando el
beneficio de ese aumento geométrico de lectores era para el editor e
implicaba una injusta participación del autor. En general lo que
hacemos para conseguirlo es acotar los derechos que se ceden. Si un
editor va a hacer una edición para librerías, sólo le damos los
derechos para librerías. Y si un editor quiere todos los derechos,
le exigimos que los explote. El contrato con la editorial no tiene
que bloquearle posibilidades a un autor. Si por ser un gran grupo o
por tener periódicos o distintas áreas comerciales la misma
editorial va a explotar todo esto, bienvenida. Si no, que contrate
únicamente lo que va a hacer. No tenemos problemas al respecto
porque las editoriales lo entienden muy bien.
El agente y sus autores
M.G.: Teniendo en cuenta que hay tantos
autores que nunca dejan de ser figuras locales porque nunca logran
salir de su país, ¿cómo contribuye un agente literario a que un
autor se conozca, se publique y se venda por fuera de éste y dé el
salto necesario para convertirse en un autor internacional?
G.S.: La tarea fundamental de un agente
literario es internacionalizar a un autor. Desde el punto de vista
creativo, literario y económico la internacionalización es lo que le
permite a un autor profesionalizarse -es decir, vivir de lo que
escribe-. Ese es nuestro trabajo y es una tarea que no siempre es
exitosa, que depende del tipo de obra y de literatura, que exige un
esfuerzo enorme y que absorbe mucho tiempo. Salvo esos casos que se
dan excepcionalmente, internacionalizar es un trabajo que lleva
entre tres y cinco años si la obra lo permite. Y es que algunas
veces hay obras que no interesan en otras culturas, lo cual no
quiere decir que no sean excelentes. La especialidad de las
editoriales no es internacionalizar a sus autores. Y los grandes
grupos no son tan coordinados como se supone que deberían serlo.
Para una editorial de capital español que está en Colombia y que
publica autores colombianos con éxito, es bastante difícil convencer
a su casa matriz en España de que publique a un autor suyo porque la
casa central tiene sus propios compromisos. La internacionalización
de los autores se les da mejor a la agencias que a la editorial. Hay
excepciones pero no es lo habitual. Y nada peor para el futuro de un
escritor que lo publiquen en otros países por ‘compromisos de
empresa’. Cuando no hay un editor con entusiasmo, el fracaso es
inevitable.
M.G.: ¿Por qué hace cinco años decide
trasladar su agencia a Barcelona?
G.S.: Por la necesidad de contar con una
seguridad jurídica que les garantice a los escritores que
representamos lo que estamos haciendo con su patrimonio. Una agencia
hace contratos, maneja el dinero de los escritores y requiere de la
estabilidad económica y de la seguridad jurídica que hoy cuesta
ofrecer desde América Latina. Por otro lado, el proceso de
crecimiento y de internacionalización de la agencia requería estar
en un centro editorial de gran importancia. No era imposible pero sí
muy difícil hacerlo desde Buenos Aires, como lo sería desde Bogotá o
desde México. Antes pasaba más tiempo viajando que en mi oficina.
M.G.: ¿Cuáles son las características que
distinguen a Guillermo Schavelzon de otros agentes literarios?
G.S.: En primera instancia mi propio
origen, que me permite una interlocución muy fácil con los
escritores latinoamericanos. El hecho tanto de ser argentino como de
haber vivido diez años en México y luego tres en Madrid facilita el
entendimiento. Entendernos entre hispano parlantes no es tan fácil
como creemos. En segundo lugar, he trabajado treinta años en el
mundo editorial. El haber pasado tanto por pequeñas editoriales como
por grandes grupos me ha dado una experiencia que me permite
establecer con los editores un diálogo bastante rico en la medida en
que ambos sabemos de qué hablamos. Yo sé hacer los mismos números
que hace el editor, así que perdemos poco tiempo. Los editores me
escuchan y me dan crédito porque saben que los respeto y que no les
pido imposibles. Se trata simplemente de ser sensato. Y al final ‘el
crédito’ de un agente no depende de otra cosa que de su historial de
éxitos y fracasos.
M.G.: ¿Cuál es el tipo de autores que busca
representar la agencia?
G.S.: Con los autores que la agencia
representa en este momento tenemos cubierta prácticamente nuestra
capacidad de trabajo y es muy difícil para nosotros incorporar
nuevos escritores. Tenemos un perfil muy amplio. Desde escritores
muy consagrados como Ernesto Sábato, Paul Auster, Mario Benedetti,
Ricardo Piglia, Marcela Serrano y Alberto Manguel hasta escritores
de no ficción muy importantes como Inés y Simone Ortega o Walter
Riso, pasando por periodistas de investigación como Olga Wornat,
Gerardo Reyes y Jorge Lanata. Tenemos muchos narradores pero
tratamos de mantener un equilibrio. Además, también tenemos nuestras
propias apuestas literarias. Algunos autores como Alberto Fuguet,
Pedro Ángel Palou, Mario Mendoza o Federico Andahazi han demostrado
que ya no son apuestas porque son publicados y reconocidos en sus
países y en todo el mundo. Tenemos también otros jóvenes con
primeras novelas. Es muy injusto dar nombres porque si no menciono a
alguno no es porque no tenga un lugar destacado en la agencia. En
fin, un listado que trata de tener un equilibrio y en el que se
combinan prestigio literario, ventas, ficción, no ficción y las
apuestas. Siempre las apuestas. Para que la agencia funcione con
eficiencia hay que cubrir un costo elevado. Tenemos que estar en
muchas partes, producir mucho material y movernos mucho.
M.G.: ¿Ya ha tenido la oportunidad de
experimentar la consagración de un autor que en su momento fue una
apuesta?
G.S.: Por supuesto. Vas viendo cómo los
autores se publican, se traducen, adquieren trascendencia y empiezan
a salir en los medios. Para el escritor literario la consagración no
tiene que ver con la venta, sino con la traducción y el nivel de
reconocimiento de la crítica. Hay autores comerciales de no ficción
cuya consagración tiene que ver con el número de lectores y no con
la traducción. Tenemos un libro de cocina de Simone Ortega que lleva
vendidos tres millones quinientos mil ejemplares, aunque no está
traducido a ningún idioma. De hecho, recién ahora saldrá en inglés.
Y eso es una consagración pero no por la vía de la crítica o del
mundo intelectual, sino por la de la cantidad de lectores. Para mí
la crítica y el reconocimiento literario son tan importantes como la
venta. Considero una cosa tan importante como la otra:
reconocimiento, crítica, venta, calidad literaria…
FIN |