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El idioma
El idioma es el conjunto de las
palabras con las que los individuos de un pueblo se comunican entre
sí. Se ha dicho que una de las principales cartas de identidad de un
grupo humano es su idioma. Sea que hablemos de lenguas habladas por
millones de personas, como el castellano o el inglés, o de dialectos
usados por grupos tribales para designar las maravillas de su
cotidianidad, el idioma es la herramienta que ha dado al ser humano
superioridad sobre las demás especies, al permitir trasmitir
conocimientos de una persona a otra, o a otras.
Las reglas de todo idioma están
contenidas en dos disciplinas entrelazadas: la ortografía y la
gramática. La ortografía se ocupa de la disposición de los signos
del idioma -las letras y sus modificadores, como el acento, el
punto, la coma- para el correcto entendimiento de las palabras, y
atañe en última instancia al lenguaje escrito; la segunda es más
compleja, pues dictamina las relaciones que existen entre las
palabras para producir la frase, la versión escrita de nuestras
ideas, y atañe tanto al lenguaje hablado como al escrito.
La ortografía y la gramática son,
entonces, el esqueleto del idioma. Son establecidas formalmente por
los estudiosos de la lengua, pero en realidad tienen su fundamento
último en la manera como los pueblos hablan. A lo largo de los
siglos, el idioma experimenta un verdadero proceso de evolución que
se alimenta del habla del hombre común más que de las reglas
dictadas por los filólogos. El idioma muta, constantemente cambia su
forma, porque la gente lo enriquece añadiendo palabras o combinando
las ya existentes, importando vocablos de otras lenguas y en
ocasiones hasta sustituyendo palabras que se ignoran con otras que
sólo tienen significado para un grupo, una familia o hasta para un
solo individuo. Paradójicamente, este proceso suele ser designado
comúnmente con la palabra degeneración.
Nuestro idioma es el español, o
castellano si atendemos al reclamo que nos recuerda que nuestra
lengua nació en la antigua provincia de Castilla. Evolucionó a
partir de la mezcla procurada por diversas y sucesivas invasiones a
la Península Ibérica, donde hoy están las naciones de España y
Portugal. Para que se sentaran las bases de lo que hoy conocemos
como nuestro idioma, fue necesario que los romanos tomaran en su
poder la península en 218 a.C., conquistada tiempo antes por los
cartagineses. Los romanos impusieron un nuevo nombre para la antigua
Iberia, que pasó a llamarse Hispania, y como era de esperarse, por
haber sido la actitud en los otros pueblos conquistados, impusieron
también su lengua, el latín. Éste se hizo de uso masivo en la región
y en relativo corto tiempo desaparecieron todas las lenguas
ibéricas, a excepción del vasco -que aún en nuestros días se usa.
También el latín habría de
desaparecer, pues con los siglos este idioma sufrió también el mismo
proceso de transformación por el que necesariamente tiene que pasar
toda lengua humana. En un principio se vio modificado por las
lenguas ibéricas que pretendió sustituir, y los romanos establecidos
en la península adoptaron un acento distinto al original. El latín
hablado en la región poco a poco perdió el uso que se le daba a las
letras f y v, y articulaba distinto la letra s. La f latina,
utilizada como letra inicial de muchas palabras, se convirtió en la
h que hoy conocemos. Palabras como hijo y hacer provienen de sus
pares latinas filium y facere.
Estas modificaciones, que
originalmente se debieron al uso popular de la lengua, se
convirtieron con el paso del tiempo en grietas importantes en la
manera como pueblos diversos, conquistados todos por Roma,
terminaron hablando el latín. El idioma original permaneció
inmutable, atado a sus reglas ortográficas y gramaticales con las
que aún hoy se enseña académicamente. Pero el idioma hablado en la
calle por mercaderes y campesinos se alimentó de las peculiaridades
de cada región y dio vida a varias lenguas que serían llamadas
romances: el castellano, el francés, el italiano, el portugués, el
rumano, el catalán y otras menos conocidas como el dalmático -hoy
lengua muerta-, el sardo o el provenzal. Estas lenguas iniciaron
sus propios procesos de evolución, con toda libertad, a partir del
siglo V, cuando cae el imperio romano de occidente.
En 415 d.C. llegan a la península
cien mil visigodos, que tenían la más avanzada civilización
germánica. La influencia de su cultura en nuestro idioma fue
relativamente pequeña dado que por más de un siglo se mantuvieron
reacios a establecer contactos con otros pueblos cercanos. De ellos
conservamos algunas palabras que hoy reconocemos automáticamente
como nuestras y que jamás pensaríamos provenientes de las raíces del
alemán actual, como orgullo, ropa, garbo o guerra.
En 622 el profeta musulmán Mahoma
lanza a su pueblo a una guerra santa con la finalidad de implantar
la doctrina de Alá, contenida en el Corán. Los musulmanes eran
guerreros feroces y en poco tiempo llegaron a dominar grandes
territorios, adentrándose inclusive en Europa. A la Península
Ibérica llegaron en 711 y en pocos años completaron el proceso de
conquista de todos sus pueblos, a excepción de una pequeña reserva
cristiana oculta en las montañas del norte. Estos cristianos
emprenderían un proceso llamado Reconquista, que vio cumplido su
objetivo sólo después de ocho siglos y entre cuyos personajes
heroicos se encuentra el famoso Cid Campeador, Ruy (Rodrigo) Díaz de
Vivar.
Esos ochocientos años de predominio
árabe dieron a la cultura española gran parte de los elementos que
la conforman hoy en día. No fue un período de guerra continua y en
las épocas de paz relativa se incrementaban las relaciones entre
españoles y árabes. Había grupos de árabes viviendo entre españoles
y viceversa, así como individuos de uno y otro pueblo que abrazaban
la religión del que la historia había colocado como adversario. La
gran influencia árabe que derivó de estas relaciones funcionó
también en el idioma. Es así como la gran mayoría de los nombres que
usamos quienes nacimos en países de habla hispana tienen raíces
árabes, y un alto porcentaje de nuestras palabras, especialmente las
que empiezan con la letra a, vienen directamente del árabe: albañil,
arroba, albóndiga, almíbar, alcabala, aldea.
La Reconquista no fue un proceso
fácil, pero tampoco esperó mucho tiempo antes de obtener su primera
victoria, que fue el establecimiento del reino de Asturias en 718,
después de que don Pelayo venciera a los moros en Covadonga. Los
cristianos fueron recuperando poco a poco los territorios que los
árabes les habían arrebatado. Hacia fines del siglo XI, la provincia
de Castilla, creada después de que sus territorios fueran
independizados del dominio ejercido por los reyes de Asturias y
León, ejerce hegemonía política sobre otras provincias cristianas.
Antes de Castilla la provincia principal había sido la de Navarra,
antes la de León y mucho antes la de Asturias. Cada período tuvo
también su lengua preponderante. El castellano se impuso cuando
Castilla logró alcanzar la máxima importancia política, y
definitivamente empezó su proceso evolutivo como lengua unificadora
de regiones cuando el reino castellano echó a los árabes de Granada
y, por añadidura, dio nuevos horizontes a la cristiandad española al
anexarse los territorios conquistados en las Américas, ambos hitos
en 1492.
Para el momento en que Granada es
reconquistada, y con ella recuperada España toda, ya el castellano
era una lengua de uso común entre el pueblo y los ámbitos cultos. En
1140 ya se había escrito la primera gran obra en nuestro idioma, el
Cantar del Mío Cid, poema épico que exalta al héroe Rodrigo Díaz de
Vivar. En el siglo XIII, el poeta culto Gonzalo de Berceo, clérigo
educado en San Millán, desafiaba el uso del latín en la Iglesia
escribiendo su poesía en castellano, idioma, como escribió, en cual
suele el pueblo "fablar con su vezino". Por la misma época, Alfonso X
el Sabio ordena el empleo oficial del castellano en la redacción de
documentos públicos y en los anales históricos, labores antes
desarrolladas en latín. Se reconoce esto como el nacimiento formal
del idioma castellano.
El idioma y el escritor
La creación literaria ha sido uno
de los medios más efectivos para la difusión de nuestro idioma. De
hecho, fue por mucho tiempo, después de la manipulación de la lengua
por parte de la gente común, el factor más influyente en la
solidificación y divulgación de los patrones que rigen el idioma.
Hoy, además de la literatura y del habla vulgar, el idioma fluye a
través de los grandes medios de comunicación y particularmente en
nuestra década empieza a olvidarse de las fronteras al irrumpir las
grandes redes electrónicas lideradas por Internet.
Al ser el idioma la sustancia con
la que trabaja el escritor, éste mantiene una relación necesaria con
aquél. Aunque no es un requisito imprescindible para ser buen
escritor, el dominio del idioma brinda un arma invaluable. No es un
requisito imprescindible por varias razones, pero particularmente
porque el escribir de la manera correcta las palabras sólo cubre el
aspecto técnico de la literatura. Los otros elementos de la
literatura no dependen directamente de las reglas idiomáticas. La
importancia real de conocer a fondo el idioma está en la posibilidad
de experimentar múltiples formas de expresar sensaciones, narrar
situaciones o describir el entorno. Para uno y otro lado, los
extremos son dañinos: el escritor que se valga únicamente del factor
creativo a lo sumo podrá crear material para la lectura de evasión,
para el entretenimiento; el que se apoye exclusivamente en el
dominio del lenguaje se volverá inaguantable y seguramente su
lenguaje será rebuscado; el escritor que logre establecer un vínculo
de equilibrio entre lo que escribe y cómo lo escribe, estará en
capacidad de generar un juego de interacción con sus lectores. Ésta
es, a nuestro juicio, la mejor forma de hacer literatura.
En nuestra época, el castellano se
ha afianzado como uno de los idiomas más importantes del mundo. Se
lo enseña en universidades de países no hispanoparlantes y el
desmesurado crecimiento demográfico de los asentamientos hispanos en
otros horizontes ha dado un peso insospechado a nuestra lengua. Sin
embargo, esto ha convertido al castellano en un ente cargado de
reglas nada sencillas de aprender, a lo que se suman las
dificultades que ocasiona el hecho mismo de encontrarse en constante
e hirviente evolución.
Nuestro idioma, como varios otros
idiomas occidentales, se basa en veintiocho letras -contamos aquí
las letras ch y ll- y varios signos de puntuación. Cada una de
estas letras tiene sus propias reglas de uso; lo mismo ocurre con
los signos. Las letras nos dan el fundamento básico de lo que se
dice y los signos son modificadores que contribuyen a dar la idea
correcta de la entonación en que las palabras deben ser
pronunciadas.
La acentuación
Las reglas más sencillas de
aprender son las de acentuación. Se conoce como acento el signo que
se coloca sobre algunas vocales para indicar determinada entonación
de una palabra. Pero el concepto real de acento va más allá del
signo, bifurcándose académicamente en acento ortográfico, el que se
escribe, y acento prosódico, el simple hincapié en la entonación de
una sílaba. Éste es el más importante de conocer, dado que al
aprender a localizar la sílaba en la que cada palabra se pronuncia
con mayor énfasis brinda la posibilidad de saber cuándo el acento
debe escribirse y cuándo no.
Todas las palabras contienen una
sílaba en la que la entonación debe hacerse más elevada. Esto sucede
por la dinámica misma que el lenguaje adquiere en boca del hablante:
es inusual decir todas las palabras en un solo tono. La aparición
del acento ortográfico, el pequeño apéndice que solemos colocar
sobre algunas vocales, se debe a que, según la palabra que se
escriba, la entonación puede dar uno u otro significado, o dar un
significado real en un caso y aniquilar cualquier significado en
otro. Si escribimos dolor cualquiera podrá comprendernos; si
agregamos un acento y escribimos dólor, y de hecho lo pronunciamos
con mayor énfasis en la primera sílaba, desaparece todo significado.
Cuando alguien escribe terminó cualquiera puede entender que hay
algo que llegó a su fin; si se escribe término, la referencia es al
fin mismo, y no a la acción de llegar a ese fin. Si comprendemos
estos hechos simples ya hemos cubierto el primer paso para dominar
la acentuación.
Por otro lado, las palabras se
dividen en sílabas. Las sílabas son las moléculas de las palabras.
Si recordamos algunos fundamentos de física, una molécula es la
partícula más pequeña que conserva los elementos existentes en una
sustancia. En las palabras existe un elemento indispensable: las
vocales. Las consonantes dan complemento a aquéllas, pero no se
necesitan en todos los casos. Las palabras que sólo tienen una letra
son todas con vocales, como las conjunciones "o" y "e" o la preposición
"a". Aún en el caso de la letra "y", que puede ser usada como una
conjunción, pierde su característica de consonante cuando es
pronunciada sola, recuperándola cuando forma parte principal de una
sílaba, como en yelmo o leguleyo. Así que la localización, en una
palabra, de las sílabas, viene dada por la forma como la palabra es
pronunciada. Existen pausas mínimas, casi imperceptibles, que
ocurren cuando hablamos, y que son literalmente las fronteras que
existen entre las sílabas. Cuando tenemos dudas sobre las sílabas
que componen determinada palabra, las mismas quedan disipadas cuando
la pronunciamos lentamente. Esas fronteras minúsculas aparecen de
manera nítida y el concepto de sílaba toma, finalmente, forma. Las
palabras de nuestro idioma tienen generalmente una, dos o tres
sílabas, siendo menos frecuentes las de cuatro, cinco o más. No
ocurre lo mismo en otros idiomas: el alemán se nutre de la unión de
varias palabras para crear expresiones que para nosotros serían larguísimas.
En castellano, cualquiera conoce palabras de muchas sílabas: un gran
porcentaje de ellas son palabras compuestas. Submarino, agridulce,
fundamentalmente, y en general todas las palabras que definen la
manera en que ocurre algo, terminadas en "mente". Ya hemos cubierto
el segundo paso.
Si prestamos atención, podemos
localizar, en cada palabra que pronunciamos, una sílaba en la cual
el tono de voz se eleva un poco sobre el resto. A esto los
académicos le han dado el nombre de sílaba tónica, pues es la sílaba
que lleva la responsabilidad de determinar el significado de la
palabra, por lo que comentamos algunas líneas más arriba. La sílaba
tónica diferencia a la palabra a la que pertenece de otras con
ortografía similar. La localización con éxito de la sílaba tónica de
una palabra es un ejercicio necesario para terminar el aprendizaje
de las reglas de acentuación. En nuestro idioma elevamos el tono de
la mayoría de las palabras en la última o en la penúltima sílaba. Si
damos revista a todas las palabras que terminan en "ión" -acción,
organización, ilustración-, o a las que terminan en "tura" -altura,
cultura, pulitura-, podemos darnos una idea de la importancia de
este hecho dada la cantidad de palabras de esta naturaleza que
usamos a diario. También son muy comunes, aunque en menor número,
las palabras cuya sílaba tónica es la antepenúltima, como óvalo,
áspero o sílaba, y muchas formas verbales cuando se pronuncian en
segunda persona, como úsalo, alábale o amárralo. En nuestro idioma
no se emplean sílabas tónicas más allá de la antepenúltima sílaba,
excepto en ciertos casos de palabras compuestas que, si son bien
analizadas, tienen una especie de doble acentuación, como
"especialmente" -en cial y men.
Estas diferencias entre la posición
que la sílaba tónica ocupa en cada palabra permite establecer una
clasificación de tres tipos de palabras. A las palabras que
pronunciamos con tono más elevado en la última sílaba se les da el
nombre de agudas; las que tienen este tono en la penúltima, graves
(también conocidas como "llanas");
y las que tienen el tono en la antepenúltima, esdrújulas. Son agudas
palabras como parar y camión, aunque ésta se escriba con acento y
aquella no, porque a ambas les damos mayor entonación en la última
sílaba. Son graves (llanas), bajo las mismas condiciones, las palabras lápiz
y huerto. Las esdrújulas, todas las esdrújulas, se escriben con
acento, por lo que son las más fáciles de escribir correctamente. La
misma palabra esdrújula es esdrújula. El tercer paso está cubierto.
Ahora bien, el problema con todo
esto no está simplemente en saber cuál es la sílaba tónica de una
palabra, sino en saber cuándo el acento debe ser escrito. Es lógico:
aunque no sepamos cuál es la sílaba tónica de la palabra "trato", no
importaría porque esa palabra no lleva acento ortográfico y nadie se
dará cuenta de nuestra ignorancia. El caso es que hay palabras que
deben llevar acento ortográfico y si lo colocamos mal o lo obviamos,
podemos no sólo delatar nuestro desconocimiento delante de quienes
sí conocen las reglas de acentuación, sino además dar una idea
errada de lo que queremos decir.
La presencia del acento ortográfico
está determinada por la existencia de ciertas características en las
sílabas que componen una palabra. En el caso de las palabras agudas,
la regla más fácil de recordar es que toda palabra cuya sílaba
tónica sea la última, y que termine en vocal, se escribe con acento.
Lo cual puede ser simplificado así: toda palabra aguda que termine
en vocal se escribe con acento. Es por esto que se acentúan las
palabras maní, lloré y afiló. La otra regla concerniente a las
palabras agudas es que toda palabra aguda, y que termine en "n" o "s",
se escribe con acento. Las palabras agudas que terminen en r, como
los verbos -cerrar, matar, llover-, no llevan acento, pues no
terminan en "n" ni en "s". Es útil conocer esto, pues se suele cometer
el error de escribir "capáz" cuando, al no terminar en n, s ni vocal,
realmente no lo lleva. Mucha gente, cuando aprende estas dos reglas,
se sorprende de que algo tan sencillo sea rehuido constantemente por
considerársele algo muy complejo.
El caso de las palabras graves (llanas) es
opuesto. Las dos reglas que valen para las palabras agudas se ven
ante un espejo cuando hablamos de las graves (llanas). En las palabras
graves (llanas), la regla a recordar será que toda palabra grave
(llana) se escribe
con acento, siempre que no termine en vocal, en "n" ni en "s". Por esto,
se escribe el acento en las palabras revólver, pómez y lémur.
Igualmente, por la misma razón, y contra lo que mucha gente supone,
no se acentúa la palabra "canon". Tampoco se acentúan las formas
verbales tales como realizaron, lograron, llegaron, que muchos
escriben realizarón, lograrón o llegarón, principalmente porque
suelen confundirse con palabras agudas que si se acentúan, como
realización.
Ahora que hemos comprendido estas
reglas concernientes a las palabras agudas y graves (llanas), y recordando
que absolutamente todas las esdrújulas se escriben con acento, ya
hemos cubierto el cuarto y más importante paso en el aprendizaje de
las reglas de acentuación.
El quinto y último paso es el que
se refiere a las excepciones. Es el verdaderamente complejo, porque
la mayoría de las excepciones a estas reglas aplican a casos
específicos y no siempre es tan claro. Generalmente, las excepciones
de acentuación vienen dadas por la existencia de palabras con dos o
más significados. Las palabras de este tipo más fáciles de reconocer
son los monosílabos. Éstos por regla general no se acentúan, pues se
considera innecesario escribir el acento en una palabra compuesta
sólo por una sílaba. Las palabras vio, dio y fue no se escriben con
acento, al contrario de lo que la mayoría de la gente supone. Pero
tomemos el ejemplo de la palabra "más": escrito así, con acento, se
refiere a una adición o a una mayor cantidad de algo. Pero cuando se
le escribe sin acento es un sinónimo, de uso frecuente en
literatura, de "pero". Lo mismo sucede con "te" (forma pronominal de
segunda persona como en "te doy una canción") y la hora del "té" (la
bebida). En palabras con más de una sílaba, el caso más claro es el
de "sólo" (sinónimo de únicamente) y "solo" (sin compañía de ninguna
otra persona). Las formas interrogativas añaden también sus acentos
a las palabras de las que se valen: "como", sin acento, se usa para
comparar dos o más elementos (era rojo como la sangre), pero cuando
escribimos "cómo", con el acento, se pasa a inquirir algo. Esto es
independiente de que en la oración existan signos de interrogación:
lleva acento ortográfico la palabra "cómo" en estos casos: "¿cómo
estás?" y "les diré cómo llegué hasta aquí". Aunque la segunda frase no
es una pregunta, sino una afirmación, la misma encierra una forma
interrogativa. Estos mismos ejemplos valen para "quién y quien",
"cuándo y cuando", "dónde y donde", "qué y que".
El caso de porque" también presenta
algunas peculiaridades dignas de estudio. "Porque" es una palabra
compuesta, creada con "por" y "que". Cuando ambas se escriben juntas,
"porque", es una conjunción que antecede a la razón o motivo de algo.
Decimos: "llegamos tarde porque había mucho tráfico". Dos frases
quedan unidas por "porque", siendo la segunda una explicación del
motivo de lo que ocurre en la primera. Pero existe un caso en el
cual esta palabra se escribe acentuada, y es cuando funciona como
sinónimo de razón o motivo. Esto suele confundir a la gente con la
anterior acepción, pero en realidad la diferencia está en el
contexto de la frase. "Porqué" con acento se usa, por ejemplo, en este
caso: "El profesor explicó el porqué de las bajas notas del curso". Lo
cual no podría confundirse, bajo ningún concepto, con una conjunción
que anteceda a la razón o motivo de algo. Separadas, "por" y "que" son
usadas para otros fines. "Por que" sin acento, se usa para expresar la
intención de que algo suceda de determinada manera. Por ejemplo, se
puede utilizar en: "Mis mejores deseos por que tenga una feliz
navidad". También, en: "El funcionario debe velar por que se cumpla la
ley". Cuando se escribe "qué" con acento, sirve como forma
interrogativa para inquirir la causa de algo. Como mencionamos en el
párrafo anterior, una frase en forma interrogativa no necesariamente
lleva los signos de interrogación. Son frases en forma
interrogativa, usando "por qué", las siguientes: "¿Por qué llegas a
esta hora?", y "El señor pregunta por qué no hay habitación".
Una excepción que no se debe pasar
por alto es la que se aplica cuando las palabras este, esto, aquel y
sus respectivos plurales sustituyen al sujeto en una oración, con la
expresa finalidad de no volver a nombrar el sujeto. Normalmente
estas palabras no se acentúan: "este" se debe escribir sin acento en
"este automóvil es mío". Pero en este caso: "había un automóvil rojo y
otro blanco; éste fue el que compré"; se escribe el acento porque
"éste" sustituye al automóvil blanco. Algo parecido sucede con el y
él: el primero se escribe sin acento cuando se trata del artículo
(el automóvil) y con acento cuando sustituye al sujeto (él llegó
ayer). También observamos esto con tu (tu casa) y tú (tú tienes
algo), así como con mi (mi cuaderno) y mí (eso es para mí).
Hay otras dos excepciones
importantes y se refieren a las palabras graves (llanas). Ya hemos visto que
éstas no llevan acento ortográfico cuando terminan en vocal, en n o
en s. Para comprender el próximo caso es necesario saber que las
vocales se dividen en dos grupos: las vocales abiertas y las
cerradas. Las abiertas son la a, la e y la o. Las cerradas son la i
y la u. Cuando la palabra grave termina en dos vocales, la primera
cerrada y la segunda abierta, y la sílaba tónica es la cerrada, se
escribe el acento. Es el caso de "comía, dormía o ganzúa". La otra
excepción con palabras graves que queremos comentar aquí es la
correspondiente a las palabras que terminen en n o s, siendo una
consonante la letra previa a éstas. Por ejemplo, en bíceps o en
fórceps. Aunque son graves y terminan en s, se acentúan porque la
letra anterior a la s es otra consonante, en ambos casos la p.
El correcto uso de las letras
La parte más difícil de la
ortografía consiste en aprender el uso correcto de cada letra.
Muchas de las letras de nuestro abecedario tienen usos específicos y
aunque en principio debe aplicarse un gran esfuerzo en aprender
estas reglas, luego de un tiempo se vuelve un ejercicio interesante
dado que observamos ejemplos en todas partes. El problema es que en
nuestro idioma hay letras que se pronuncian de manera muy parecida
pero que se usan de forma distinta de acuerdo al entorno en que se
enmarcan. Particularmente en Latinoamérica, se ha perdido la
diferencia entre la pronunciación de las letras "c", "z" y "s", así como
en las letras "b" y "v", y en un caso de la "g" y la "j".
En el caso de la c, la z y la s, se
haría difícil para alguien inexperto saber si la palabra pacer
debería escribirse pacer, paser o pazer. Para resolver esto se han
creado ciertas reglas cuyo grado de dificultad estriba en su
abundancia y no en otra cosa. Citaremos aquí algunas de estas reglas
sólo como referencia:
La c: verbos con terminaciones
hacer, recibir, decir y conceder; sustantivos que terminan en
homicidio, catolicismo y latrocinio; algunas palabras esdrújulas que
terminan en: cómplice, cetáceo y lícito; muchos vocablos que
terminan en prudencial, enjuiciar, ocioso, malicioso, calvicie,
juicio, las palabras que terminan en abundancia, advertencia; los
plurales de las palabras que terminan en z: lápiz, lápices; paz,
paces.
La s: vocablos que terminan en:
muchísimo, dantesco, mesura, despotismo, crisis; los adjetivos que
terminan en famoso, decisivo, nicaragüense; los sustantivos
femeninos que terminan en alcaldesa, pitonisa; terminaciones como la
de las palabras conclusión, propulsión; las combinaciones
incorporadas en algunas inflexiones verbales: saltase, cubriese;
los vocablos que contienen las combinaciones segmento, signo; y, por
supuesto, como letra final de la mayoría de los vocablos
castellanos.
La z: derivados de nombres
terminados en portazo, melaza, maizal, pastizal, castizo, cobertizo,
levadizo, pozuelo, cazuela; muchas palabras agudas como capataz,
viudez, lombriz, arroz, arcabuz; las inflexiones correspondientes a
los verbos terminados en nazco, padezco, conozcas, conduzco.
La h: cuando se trata de palabras
que comienzan por los diptongos hialino, hielo, hueso, huidizo,
hioides; en las palabras que comienzan como humano, horror, hombro;
en las palabras que comienzan por raíces griegas, como hipopótamo,
hidrografía, hipertrofia, hipnótico; se mantiene en los derivados de
palabras como vehículo, enhebrar, vahído, truhán, anhelar, inhumano.
La b: palabras que terminan en
recibir, debilidad, nauseabundo; las que llevan las combinaciones
brumosa, blasfemia, cable; las formas del copretérito de los verbos
de la primera conjugación como mendigaba, hechizábamos, realizabais;
las que comienzan con el prefijo bilingüe, bisectriz, bizcocho; los
vocablos que comienzan con budismo, burbujas, búsqueda; los vocablos
que comienzan con objetar, abstraído.
La v: palabras que comienzan con
ventisquero, vertebrado, vestíbulo; en el presente del indicativo,
del subjuntivo y el imperativo de los verbos estar, ir, andar y
tener: vamos, estuve; vocablos precedidos en las consonantes n, d y
b: invitación, advertir, obviar; después de cierva, siervo,
servicio, divino, levadizo; vocablos terminados en herbívoro,
equívoco; sustantivos y adjetivos que terminan en cava, inclusive,
leva, grave, negativa, nocivo, nueve.
La g: palabras que terminan en
agencia, urgente; vocablos que comienzan con el prefijo geo
(tierra): geografía, geológico; infinitivos verbales con terminación
er, ir, como escoger, corregir; antecediendo en regente, gesto; en
los adjetivos que terminan en vigésimo, trigesimal, primogénito,
octogenario; en las palabras que terminan como magia, elogio,
religión.
La j: sustantivos que terminan en
engranaje, relojería, consejero, extranjera; en el pretérito
indefinido del indicativo y en el futuro y pretérito imperfecto del
subjuntivo, de los verbos traer y decir: trajiste, dijo, trajera,
dijéramos, trajese, dijese, trajere, dijere; en los verbos que
terminan en ger, gir, cambia la g por j delante de a y o: recoger,
corregir, recojo, corrijo, recoja, corrija; delante de a, o, u, como
en maja, joroba, juglar; los verbos hojear y enrojecer que derivan
de hoja y rojo.
La m: antes de p y b: diciembre,
hombre, campestre, cumplido; antes de n: alumno.
La r: tiene sonido fuerte cuando se
usa como comienzo de palabra: rincón, rápido; se escribe simple,
aunque suene fuerte, después de consonante: enredo, subrayar; se
escribe doble, para que produzca sonido fuerte, entre vocales:
arrozal, carreta.
La x: en la formación de los
prefijos ex (fuera de) y extra (además de): extemporáneo,
extraordinario.
La ll: en la formación de las
palabras que incluyen las partículas calleja, camello, fuelle,
pajarillo, canastilla.
Es importante saber que todas estas
reglas tienen algunas excepciones y además algunos usos particulares
adicionales a los que aquí mostramos. Pero el presente texto no
pretende ser una guía sobre esto, sino apenas una simple referencia,
por lo que invitamos al lector a reflexionar sobre estos temas
haciendo las comparaciones de rigor con textos que tenga a la mano
o, inclusive, con un diccionario.
Los signos de puntuación
El tercer elemento a analizar en
todo esto son los signos de puntuación. Añadidos al idioma escrito
con la idea de representar las diferencias de velocidad o entonación
que solemos hacer en el lenguaje hablado, los más conocidos son el
punto, la coma y los signos de interrogación y exclamación. Son los
más fáciles de usar.
La coma (,) es la representación de
una breve pausa que haríamos si la frase escrita fuera pronunciada.
Se usa para unir elementos en una descripción y se elimina cuando se
llega al elemento final y debe ser usada la conjunción "y": la casa,
los árboles y el automóvil. Sería incorrecto escribir la casa, los
árboles, y el automóvil. Igualmente, cuando se dicen varias frases
cortas en una misma oración, deben ser separadas por comas: "gritos
desesperados, rostros llorosos, miembros rígidos: era la desolación".
Se usa coma también cuando se construye una frase a la manera del
antiguo vocativo latino: "Roberto, corre a casa". Esto implica también
el uso de coma en la frase "corre, José, corre". Se usa también cuando
se omite el verbo: iremos a la playa, ustedes también (decimos que
se omite el verbo porque la frase es una forma abreviada de decir
iremos a la playa, ustedes irán también). Igualmente, cuando se
intercala una frase que explica algo que tiene que ver con la que le
sirve de alojamiento: las puertas del Ayuntamiento, declaró el
alcalde, estarán abiertas. También se debe usar coma cuando se
trasponen los elementos de una oración: a tempranas horas de la
mañana, yo lo leía. Y, finalmente, cuando se escribe una conjunción
adversativa: la encomienda llegó, no obstante, se quedaron algunos
objetos.
El punto y coma (;) define una
pausa mayor que la de la coma. Es el término medio entre la pausa
representada por la coma y la representada por el punto. Suele
separar oraciones de sentido opuesto (todos convenían en la
necesidad de decir siempre la verdad; excepto Pedro, el mitómano) o
que, siendo largas, guarden entre sí estrecha relación (ya no
volverás a soportar la inmunda carga maloliente de mi suciedad y mi
embriaguez; ya podrás almacenar todos los días, rincón oloroso a
cedro de Perijá). El punto y coma se utiliza también para separar
ideas cuando sirven de explicación a los elementos de una
descripción (los ojos, azules y grandes; la boca, carnosa y
provocativa; las manos, blancas y suaves). También se usa antes de
luego, sin embargo y no obstante, y con menor frecuencia antes de
pero y mas (sus declaraciones son ciertas; sin embargo, carecen de
toda efectividad).
Los dos puntos son una pausa un
poco más larga que el punto y coma que funciona como anuncio de que
una frase que debe ser tomada en cuenta para entender la anterior
está por ser pronunciada (lo comprendí entonces: había llegado mi
fin), o para hacer una cita textual (Bolívar dijo: «Moral y luces
son nuestras primeras necesidades»), así como para marcar el inicio
de una enumeración (había muchas personas: desde mercaderes hasta
marineros, desde niños hasta ancianas, desde doctores hasta
campesinos). Algo importante es que la presencia de los dos puntos
no quiere decir que la palabra siguiente deba iniciar con
mayúsculas. Este es un error bastante común.
El punto representa la pausa más
larga de todas. Marca el final de una frase y el inicio de otra.
También se usa para indicar una abreviatura, excepto cuando la misma
es la abreviatura de alguna unidad de medida.
Otros signos de puntuación de usos
más específicos:
Exclamación e interrogación:
identifican una exclamación o una pregunta directamente. Se escriben
al abrir y al cerrar la exclamación o la pregunta: ¿está muy cerca?
¡ya viene! La presencia del signo de exclamación o de interrogación
implica que, si está al final de una frase, el punto desaparece
absorbido por el que ya incluye el signo en su parte inferior. Esto
no ocurre cuando el signo que debe seguir es una coma o cualquier
otro, y se mantiene.
Paréntesis: se utilizan abriendo y
cerrando una expresión que amplía la posibilidad de comprender una
frase específica. El hombre caminó (nunca había corrido) lo más
rápido que pudo.
Comillas: destacan palabras o giros
(le llamó «dotol») y reproducen citas textuales (dijo, mirándome:
«No tienen nada que ver»). También encierran títulos de partes de
obras, títulos de revistas y periódicos. En algunos casos indican
que se está empleando un vocablo extranjero. Es un error usar las
comillas para destacar la importancia de una frase en particular.
Guión largo: sirve para indicar la
aparición de un diálogo en el texto o como los paréntesis,
encerrando en sí una frase dentro de otra que funge de principal. En
el primer caso, el guión se coloca al principio del párrafo y no se
cierra al terminar el diálogo:
-Dime qué piensas, hermana.
Esta frase puede a su vez ser
interrumpida por el narrador añadiendo un nuevo guión largo, que se
cerrará sólo si la frase contenida en él no está al final del
párrafo:
-Dime qué piensas, hermana -dijo
el niño, con lágrimas en los ojos-, me tienes preocupado.
Como vemos, se mantiene la
presencia de cualquier signo de puntuación que, de no existir el
guión, se hubiera colocado en ese punto de la frase. El tercer caso
es cuando la frase que se inserta en el diálogo termina el párrafo:
-Dime qué piensas, hermana -dijo
el niño.
En este último caso, el guión no se
cierra, pues el punto y aparte cumple la función de cerrarlo
automáticamente.
Cuando el guión trabaja como un
paréntesis, la sintaxis es básicamente la misma comentada.
Agregaremos que en este último caso, el guión deja de cerrarse
cuando le sigue un punto y seguido o un punto y aparte, a diferencia
del caso anterior, donde deja de cerrarse sólo con el punto y
aparte.
Guión corto: separa las sílabas al
final de una línea. También se usa en la escritura de las palabras
compuestas separadas.
Diéresis: dos puntos que se colocan
sobre la u cuando ésta se encuentra entre "g" y "e" o "i" (aragüeño, Güiria).
Llaves: agrupan contenidos en
cuadros sinópticos.
Corchetes: indican que lo que se
encierra en ellos puede quedar fuera del discurso, se está
declarando fuera de contexto.
Asterisco: hace una llamada que
luego el lector debe seguir al final de la página o del texto. |