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Los talleres de escritura están proliferando en los últimos años y
es interesante preguntarse por qué motivo. Mientras otras
disciplinas artísticas cuentan con una larga tradición educativa
-los talleres de pintura, de escultura o las escuelas de cine son
habituales y para los que ejercen estas tareas no es un desdoro
declarar que han acudido a sus aulas- los talleres de escritura
suscitan, quizá por su relativa juventud, cierto escepticismo.
La relación entre lectores y escritores está marcada por el
alejamiento. Los escritores trabajan, no lo olvidemos, con la
materia prima que más común nos resulta a todos: el lenguaje, y su
trabajo consiste en la actividad más habitual en nuestras vidas:
contar. Quizá por eso el lector que se siente sorprendido por una
obra -sorprender es una de las metas de quien cuenta- piensa cuando
termina de leerla y de un modo casi automático: “Yo no sería capaz”,
“esto nunca se me hubiese ocurrido a mí”, sin pararse a pensar que
tampoco el autor escribe sus obras de un tranco y a la velocidad de
la lectura.
La imagen del escritor se distancia del lector por varios
motivos, el autodidactismo es uno de ellos, sus maestros no son de
carne y hueso sino de papel, y aquí aparece la primera misión de un
taller literario -que no se diferencia de la que siempre se ha
utilizado en una buena academia de pintura- trazar una ruta de
lecturas que muestre los secretos técnicos de quienes le
precedieron. Porque quien escribe cuenta, como patrimonio, con una
tradición literaria que le conviene conocer bien; resulta tan
chocante la imagen de un escritor que no lee como la de un galeno
que nos viene a descubrir las vacunas.
Otro de los males románticos que aquejan a
la figura del escritor es la idea de “la inspiración” como fuente de
la escritura. De ahí se derivan problemas terribles como el pánico
ante la página en blanco. La finalidad principal de los talleres de
escritura es derribar ese concepto mítico. Inventar
fórmulas para liberar al escritor de la tiranía de la inspiración
fue uno de los principales propósitos de Perec, Calvino, Russel o
Queneau. En los talleres de escritura debe desaparecer el “no se me ocurre nada”,
puesto que se estructura el trabajo a partir de propuestas
concretas y se invierte la fórmula partiendo siempre del “¿qué se te
ocurre sobre....?”
Y después, claro, está la técnica. Los
talleres deben trabajar sobre los
textos de cada alumno. Anotar cada texto da estupendos
resultados, observables, porque a las pocas semanas cada cual se ha
librado de esos pequeños complejos concretos que tanto paralizan.
Pero la pregunta que planteábamos al principio era ¿por qué están
proliferando los talleres de escritura? La respuesta es obvia: se
escribe más, desapareció la correspondencia pero apareció internet.
La comunicación escrita está volviendo a pertenecernos a todos.
FIN
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