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Querida Eudocia:
Acá en América Latina he descubierto una
costumbre que no me puedo explicar: en las escuelas les enseñan a
los estudiantes a odiar la literatura. Lo hacen por medio de un
ritual bastante cruel que nosotros, los bizantinos, no podemos
comprender. Pero te juro que lo he visto con mis propios ojos.
Sucede más o menos así:
Los muchachos llegan a las escuelas entusiasmados y con deseos de
enfrentar nuevos retos. Pero en cada país los profesores tienen una
serie de libros que utilizan para matar de inmediato este ardor
juvenil e inculcarle al estudiante un odio enfermizo por las letras.
No tengo la lista completa porque es larga, pero te daré un ejemplo:
en Colombia la novela más temida se llama María. Me han dicho que
los jóvenes más brillantes quedan embrutecidos una vez que, bajo
grandes amenazas, terminan el libro. En Argentina los muchachos
sienten horror mortal por Amalia, una novela de extensión eterna. Y
así, en cada país, los profesores tienen semejantes instrumentos de
tortura para sembrar odio por la literatura.
En Puerto Rico, los maestros son especialmente crueles porque
utilizan “La pachanga de Pancha la Changa”, una novela famosa por la
cantidad de suicidios que ha ocasionado. Según las estadísticas
oficiales que tengo en mis manos, desde el primer año de su
publicación ha provocado un promedio de 257 suicidios anuales.
Ocurre así: Cuando el profesor les informa a los estudiantes que
tienen que leer la novela, muchos salen “corriendo como locos y se
tiran por las ventanas o se ahorcan en los árboles de las mismas
escuelas”. Otros estudiantes no reaccionan: atónitos, se ponen de
pie y salen del aula sin decir una palabra. Llegan a sus casas en un
estado “muy parecidos a los zombies”, según indica el informe
estadístico. Pero tan pronto entran por la puerta corren a la cocina
y se entierran cuchillos en el estómago (al estilo japonés) o se
cortan las venas, muchas veces ante los ojos espantados de sus
padres.
Fue tanta mi curiosidad ante este fenómeno que intenté leer la
novela, pero no pude: se me caía de las manos a pesar de todo el
café que abusivamente metí en mi cuerpo. Más que escritura literaria
o redacción medianamente elegante, me encontré con una prosa
borracha, regionalista y obsoleta, que por alguna razón que no acabo
de comprender, utiliza trescientas palabras para decir lo que puede
expresarse con diez.
Tanto me asombré que decidí averiguar qué motivos tienen los
puertorriqueños para castigar a sus hijos con tanta saña. Ayer,
durante una recepción diplomática en La Fortaleza, me le acerqué al
subsecretario de Educación a cargo de Literatura. Le pregunté, sin
rodeos, por qué le exigía a los estudiantes que leyeran este adoquín
de palabras.
Primero miró a nuestro alrededor para asegurarse de que no había
nadie cerca. Luego respondió en voz baja, irritado:
“La pachanga es insoportable, cierto. Pero a mí me obligaron a
leerla y estoy vivo, ¿no? La juventud de hoy es blanda. Que aprendan
a ser machos.
“Pero la mayoría de los estudiantes son mujeres...”, empecé a decir,
pero el embajador de Francia se acercó a nosotros en ese momento y
tuve que callarme. Durante el resto de la noche no tuve la
oportunidad de volver a hablar con el Subsecretario a solas.
En fin, querida Eudocia, mi perplejidad es ancha. Por un lado, me
pregunto por qué los latinoamericanos desean que sus hijos odien la
literatura. Por el otro, me escandalizo antes los métodos salvajes
que utilizan para lograr este objetivo. Asignar una novela como “La
pachanga de Pancha la Changa” va mucho más allá de la crueldad
educativa: es un acto de gran sadismo que ningún estudiante del
mundo debería padecer.
Te besa tu hermano,
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