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Prólogo
Dice El corán, refiriéndose a los
creyentes que ganarán el cielo: "Él los recompensará
con un jardín y un traje de seda porque han perseverado. Reclinados
sobre tronos, no sentirán el sol ni el frío hiriente. Tendrán
sobre sí la refrescante sombra del jardín y para tomar sus
frutos sólo deberán alzar la mano".
Los verdaderos escritores saben que nunca recibirán
esta recompensa mientras estén en la tierra. Comprenden que el oficio
del escritor es una lucha sempiterna con el idioma, una batalla incesante
contra esas letrecitas indóciles que, por más que machacamos,
no acaban de acomodarse de una vez y por todas en el lugar justo. Entienden
que el artista nunca está del todo satisfecho con lo que ha producido,
y que estarlo es el primer paso hacia la fosilización creativa.
Durante los más de quince años que llevo
dirigiendo talleres de cuento he podido conocer varios tipos de estudiantes.
Algunos toman mi primer curso de ocho semanas con la expectativa ingenua
de escribir dos o tres cuentos geniales durante sus horas libres. Al final
del curso, cuando descubren que no ha sido como esperaban, se desilusionan,
se irritan o alegan que el taller ha sido una pérdida de tiempo.
A este tipo de estudiante se le conoce como el impaciente. No entiende
la diferencia entre el arte y la contabilidad. En realidad no es escritor,
sino un curioso que pasó una temporada en un taller de cuentistas.
Al otro extremo -siempre me han gustado los extremos-
están los que persisten. Llegan al taller con las mismas expectativas
de los demás, y a veces disfrutan del halago precoz de compañeros
que les celebran el talento, pero no se conforman con este reconocimiento.
Quieren más. Descubren por sí mismos que el arte no es cuestión
de un curso de ocho semanas sino de muchos años de paciencia y trabajo.
Han optado por el compromiso real con el arte y se dedican de lleno a la
meta de ser escritores. A veces se irritan, se frustan, sufren; pero recuerdan
que maestros como García Márquez y Borges también
han pasado semanas enteras frente a la página en blanco o luchando
por encontrar el adjetivo exacto.
Ocho escritores de este último tipo, que toman
o han tomado mi Taller de Cuento en la Universidad del Sagrado Corazón,
se unieron a fines de 1994 con la intención de publicar una antología
de sus cuentos. El resultado es este libro:
Te traigo un cuento: Cuentos
puertorriqueños de 1997.
El proceso fue sencillo: cada uno sometió al resto
del grupo tres o cuatro cuentos. El grupo rechazó algunos y aprobó
otros. Luego me sometieron los cuentos aprobados y me pidieron -según
la tradición del Senado Romano que en tiempos de crisis nombraba
un Censor con poderes omnímodos- que actuara como editor, que hiciera
la selección final y que luego escribiera un prólogo.
La antología se compone de dos o tres cuentos por
autor, según los tamaños. Nada une necesariamente a los textos
entre sí, excepto el hecho de que los autores se hicieron amigos
mientras tomaban el Taller de Cuento. Algunos son principiantes, otros
llevan varios años tomando talleres y escribiendo asiduamente. Todos
tienen talento.
No hablaré sobre los textos en sí. Primero,
porque soy enemigo del ditirambo. Segundo, porque según verá
el lector los cuentos se defienden solos. Tercero, porque no hay manera
en que yo pueda hablar con imparcialidad sobre textos que he visto nacer,
crecer y ahora debutar. Eso sí: puedo afirmar que todos son cuentos
que se dejan leer.
Durante más de nueve años he dirigido talleres
de cuento en la Universidad del Sagrado Corazón gracias al apoyo,
en orden más o menos cronológico, de las siguientes personas:
Dr. César Rey Hernández, Lcdo. José Alberto Morales,
Sra. Andry Otero, Sra. Elvia Agosto, Sra. Carmen Milagros Pérez
y Dr. José Jaime Rivera. A ellos quiero darles las gracias, porque
son los gestores invisibles de esta antología.
Luis López Nieves |