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Edición No. 346

Entre la lisonja y el azote
Conversaciones sobre narrativa martiana
Por Rodolfo Zamora Rielo
Ilustraciones: Kamil Bullaudy

Analícese en la narración el carácter del que la narra, y para hallar la verdad de lo narrado quítese de ello lo que la naturaleza y punto íntimo de vista especial del narrador.
José Martí. Cuaderno de Apuntes, no. 2

Ilustración de Kamil Bullaudy

Aquella tarde aciaga la claridad parecía nublada por un manto invisible, las cosas comparecían más complicadas, las voces rebotaban en las paredes y en los pedazos de acera, como ecos peregrinos de un murciélago extraviado. Nada tenía más sentido que la mera expresión de la apariencia y la reflexión, era un  gravamen para mantenerse lejos de lo que, evidente y desafortunadamente, era la realidad: me habían mandado a comprar los “mandados” a la bodega de mi barrio. Me llevé un libro del que tenía que hacer un seminario, y luchando con el fastidioso aire pretendía evitar que se doblara la carátula que rezaba: José Martí. Escenas norteamericanas, mientras hacía malabares para mantener dobladas la inmensidad de jabitas que mi madre me había dado.
Cuando ya parecía casi totalmente extasiado, viajando por el puente de Brooklyn y escuchando los textos leídos en la tertulia de Oscar Wilde en New York, percibí una mirada indiscreta y tenaz que mi petulancia catalogó como impertinente. Levanté los ojos y vi delante de mí, sentado a unos pocos pasos, a un viejecillo con unas cuantas cajetillas de cigarros abiertas a los brotes de los viciosos. El sobresalto que le recorrió el semblante al verse descubierto, apaciguó mi molestia inicial y le sonreí con la fanfarronería que se le tributa a los ignorantes: “Es un libro de Martí… sobre Estados Unidos” y el viejo, con un mohín condescendiente me preguntó: “¿Las crónicas que escribía para La Nación, La Opinión Pública, The Sun y otros, entre 1880 y 1892, sobre hechos relevantes de la sociedad y la historia norteamericanas?”
Cerré el libro con un acceso de pudor y entreabrí los ojos como para ver mejor algo indeterminado, con el salto en el corazón de estar frente a un lobo con piel de oveja. “¿Las conoce?”, le pregunté con más respeto y menos irreverencia. “Eran mis lecturas de cabecera… todavía lo son”, me respondió con una mal disimulada sonrisa de satisfacción. “Yo trabajaba como corrector de estilo allá por los años 70 y 80 —comenzó para desterrar un poco mi desasosiego—, y recuerdo cuando trabajé esa edición que lees ahora”. “¿Usted trabajaba en una editorial?“, indagué con la misma ingenuidad que si averiguara el sabor de un helado. “Sí, después de graduarme en la Universidad, hicieron una convocatoria para correctores de estilo y acepté…Me licencié en Letras en 1969, pero ya estoy retirado“—respondió, provocando en mí un estremecimiento más grande que si Zeus hubiera arqueado las cejas.
“Letras…”, repetí, alelado entre la satisfacción de hablar con un colega y el sobresalto de hacerlo alrededor de unas cajas de Criollos y Titanes. “¿Por qué no se hizo editor?”. “Ah, porque no era tarea fácil… Ser editor no es sólo una profesión, sino un logro, una categoría y para eso a veces la vida no alcanza”. Aquello terminó de derribarme. Mi tarjeta decía que era Editor A de una de las editoriales más prestigiosas del país. Yo no tenía arrugas, todavía cometía novatadas, y a veces me creía un prodigio de mi esfuerzo. “Entonces, gusta del periodismo…”, dije para continuar sin sentirme tan mal. “¿Periodismo?, eso es mucho más…eso es narrativa, hijo, es literatura con L mayúscula”. Me volvió el alma al cuerpo: yo pensaba defender lo mismo en mi seminario. Mis ojos seguro brillaron lo suficiente como para que él recogiera sus cigarros, los guardara en la jabita junto a los periódicos —que también vendía— y se acercara con cara de fiesta.
“Cuando se habla de narrativa cubana del siglo XIX —comenzó—, nunca faltan los ejemplos paradigmáticos de Cirilo Villaverde, Ramón Meza, Morúa Delgado, Emilio Bobadilla y otros. Sin embargo, pocas veces se dedican unas líneas de oro a las joyas narrativas martianas, siempre flanqueadas por el esquema periodístico de la crónica, como si esta no fuera también parte del género que, por sus características, se diferencia de la poesía. Esto de encontrar paralelos entre la crónica y las obras narrativas ficcionales sería abrir la caja de Pandora de una polémica que conllevaría innumerables disquisiciones que, fuera de interesar, aburriría irremediablemente”.
“Pero no se puede negar que Martí respeta algunas leyes del discurso periodístico… tenía un objetivo, un plan libertario desde su exilio de preparación” —participé tan asombrado como un ajo. “Asumiendo los riesgos de que la pasión y el apego puedan, como dicen algunos, llegar a contaminar el ejercicio crítico —volvió al ataque (ya esto era demasiado para mí)—, me atrevería a afirmar que leer los textos martianos enviados a diferentes rotativos latinoamericanos y norteamericanos entre 1880 y 1892, su etapa neoyorkina, es como acariciar la textura de las columnas de un Partenón o vivir la sensación de arrobo al contemplar los lienzos de Guayasamín, escuchar las canciones de Pablo Milanés o medir los encantos de El pórtico de la Gloria”.No sabía por qué, pero de pronto sentí que necesitaba agua.
Me detuve en su camisa descolorida, pero tan cuidada; sus dedos que de cierto tantas veces corrigieron pruebas de galera, con una mezcla de olores plomizos y atintados; su rostro patilludo de tanta nostalgia, que matizaba el brillo de unos ojos inquietos, saltarines como los de un viejo marinero a bordo después de años de tierra firme. El semblante me recordó al de mi profesor Carbón, entre bonachón y genial, entre aguajirado y académico. Apenas pude retener el vuelco de mi corazón. Un grito estentóreo lo hizo volcarse: “El ultimooooooo plan jabaaaa”. “Aquí” —dijo resuelto; y yo, más repuesto, me pregunté: “¿Y no era jubilado?”    
“Entusiasmo, ardor, embeleso, son los efectos mínimos que puede sentir un espíritu sensible… —dijo creciéndose—. Compromiso, estímulo, paradigma, son los elementos que percibiría quien pretenda, salvando las distancias, convertir sus sentimientos y vivencias en palabras escritas en prosa destinadas a un público. Algunos podrán acusarme de ‘impresionista‘, pero la impresión a veces es la que obliga a fijarse en las genialidades que los poderes retorcidos del género humano se obstinan en pasar por alto. Algo así ha pasado, como con otras cosas, con la narrativa, sí, la narrativa martiana”.
Luego intervine yo: “Creo que la unión de las leyes periodísticas y las pretensiones comunicativas martianas, según la época y los proyectos socio-políticos que amasaba el Maestro, dan una idea más depurada y a la vez sencilla del tema. En un momento histórico-literario de transición —recuerde que estamos en los albores del Modernismo—, las crónicas tenían una tipología que acercaba mucho la perspectiva informativa con la intención narrativa del escritor. Vaya, la crónica debía ser un texto que describiera, en esencia, de una manera más distendida que la inmediatez que iba tomando el periodismo, en una época en que los adelantos tecnológicos y económicos remitían al vigor y a la urgencia”.
“Exacto —me apoyó—. No obstante, Martí, sin ser una isla, supo marcar su praxis y descollar, imbricando las influencias de la tradición romántica y naturalista que poseía y los aportes ante la necesidad de un nuevo lenguaje para nuevos tiempos; sobre todo para América Latina y para Cuba. Ya por ese camino viene perfilándose como lo que fue: el precursor de un movimiento literario completamente latinoamericano, divorciado de todo préstamo externo. Para ello no sólo introdujo aspectos novedosos desde el punto de vista formal, como el color, la luz, el cinetismo, las construcciones sintácticas ambiguas en las que afirmaba por medio de preguntas, sino que introdujo también el muestreo de una sociedad, uniendo las impresiones que le inspiraban con el ideal político republicano que pretendía formar en los nuevos pueblos latinoamericanos…”
Un joven lo abordó: “Me da dos Criollitos ahí, mi viejo.” “Ah, caramba, chico, se me acabaron… mañana traigo.” Mientras el otro se alejaba con aire de decepción, el viejo me comentó con sorna: “Sí tengo, pero no me da la gana que nos interrumpan”.
“Mira —continuó—, por ese objetivo de ganar masas lectoras de diferentes países latinoamericanos es que escoge pláticas y técnicas discursivas tan descriptivas, además de insertar sucintamente, con un tacto poco usual en los columnistas de hoy, los mensajes político-ideológicos que necesitaba introducir. Para nadie es un secreto, y con esto quisiera salvar de equívocos a los maniqueos, que Martí se sintió seducido al principio por el modelo político estadounidense… y es comprensible. Más allá de la conciencia política que se fue perfilando en Martí, en sus sentimientos anticolonialistas y antiesclavistas, el Apóstol, como todo ser humano, tenía una formación anterior españolizada y un tanto retrógrada, que si bien se veía un poco atenuada por las conexiones que guardaba con la cultura iluminista francesa, se estrelló de plano por los aires de progreso y modernidad que aspiró en su estancia en los Estados Unidos de América. Así fue que el esquema político que diseño para las nuevas repúblicas latinoamericanas, ordeñadas por el conservadurismo ibérico, le debía mucho al norteamericano; algo, también importante, que le sucedió a todo el mundo, desde diferentes ópticas y perspectivas”.
“En algún lugar leí —le dije—, o lo escribí yo en mi circunstancia, que la percepción de las grietas de ese modelo, de las iniquidades y los excesos de sus fundamentos, fueron apareciendo a medida que avanzaría su convivencia en aquel entorno. Entonces, con una madurez y una seriedad dignas de imitar, y no como clichés, los señaló; y aprendió a percibir y vislumbrar, sobre todo en la política exterior, al depredador todavía en ciernes. Por eso su famosa oración: evitar con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos, y caigan con esa fuerza y más sobre nuestras tierras de América. En buen cubano, vivir en el monstruo rubio le permitió estar claro”.
“Anjá, para mí existe un ejemplo de los más significativos, de esos que pudieran dejar pasmado a cualquier escritor y eso es otra de las suertes de leer a José Martí: se descubren cosas nuevas y maravillosas en cualquiera de sus obras. Menudo trabajo para los especialistas determinar etapas de desarrollo, jajajá —rió con deseos—. Sin embargo, la crónica titulada ‘Un drama terrible’,publicada en el diario argentino La Nación el 1º de enero de 1888, desplaza a muchas y se erige como uno de los monumentos de la narrativa latinoamericana, sea cual sea su apellido”.
“Creo que el texto en cuestión —intervine—,  no es sólo el reportaje graficado con palabras de aquella manifestación anarquista del 1º de mayo de 1886, en la que estalló una bomba que mató a varios policías y por lo que fueron culpados los anarquistas (claro, que después se supo que fue una construcción para asestarle un golpe a ese movimiento), sino un ejemplo de lo que pudiera llamarse periodismo literario o literatura periodística”. Levantó la ceja como quien no entiende. “Sí, mire, Martí no participó en los hechos, ni tan siquiera estuvo cerca. Todo lo supo por los periódicos que consultaba. Ya quisieran hoy 'refritar' así. Él no apoyaba los métodos de lucha de los anarquistas y hasta, de manera sucinta, los cuestiona, pero la forma en que describe el proceso judicial y la espera de los reos condenados a la horca es genial; incluso, en una oportunidad parece que entrevista a uno de ellos en plena celda”.             
Ilustración de Kamil BullaudyEl viejo me escrutaba con admiración, mientras, yo no callaba: “Por ahí están las descripciones, completamente plásticas, que le deben más al cine que a la pintura, porque parece que tiene movimiento. Como cuenta el suicidio de uno de ellos que se hace explotar una bomba entre los dientes, es espeluznante y, a la vez, genial.” “Ahora eres tú el apasionado…”, me dijo. “Y ¿cómo no? —le respondí con una sonrisa—; ¿cree usted que cualquiera de los lectores de la edición de La Nación, de Argentina, del 1º de enero de 1888, a escasos dos meses de la aplicación de la condena, no se sobrecogió con la ambientación climática que hace Martí del momento en que los ahorcados sucumben a los estertores de la muerte, bajo un cielo nublado, sin sol, tenebroso, víctima también de la injusticia?”
“Sí, es verdad —me interrumpió—, pero también tienes que tomar en cuenta las opiniones políticas que va insertando en sus descripciones. Algo muy acorde con ese objetivo de adoctrinamiento, de educación de la gobernabilidad a la que te referías hace un rato, creo. Préstame acá, que en libro se ve más claro siempre…” Y con efervescencia me arrebató el tomo de las manos, lo hojeó con cuidado, como quien sabe a dónde va, y apuntando en una página, leyó:
“Mira, aquí lo dice: Habituados los del país a vencer sin sangre por la fuerza del voto, ni entienden ni excusan a los que, nacidos en pueblos donde el sufragio es un instrumento de la tiranía, sólo ven en su obra despaciosa una faz nueva del abuso que flagelan sus pensadores, desafían sus héroes, y maldicen sus poetas”.
“Sin embargo, a mí me impresionó una que aparece al principio… —le pedí el libro para ojearlo también—, que la comparte con una versión que escribió Martí también para La Nación el 13 de noviembre de 1887, a dos días de la ejecución”. Libro en mano, busqué la página y leí sin apenas tomar aire: Ni el miedo a las injusticias sociales, ni la simpatía ciega por los que las intentan, debe guiar a los pueblos en sus crisis, ni al que las narra. Sólo sirve dignamente a la libertad el que, a riesgo de ser tomado por su enemigo, la preserva sin temblar de los que la comprometen con sus errores. No merece el dictado de defensor de la libertad quien excusa sus vicios y crímenes por el temor mujeril de parecer tibio en su defensa.
“Aquí Martí es un poco duro, ¿eh?” —me preguntó. “No, no lo creo —respondí casi sin pensar—, no sólo enjuicia los excesos de pasión en la lucha de países, sino también los literarios, de quien narra. Para él, considero yo de forma muy personal, los excesos debían ser atajados a tiempo. Mucho se había sufrido ya por ellos, y su nueva guerra de independencia debía reservar sólo la violencia necesaria, para que se prestigiara…” ”Sí, creo que tienes razón, peor, ¿sabes…?” Una voz de ultratumba y estridente a la vez, nos sacó de súbito del ensimismamiento: “Niño, ¿tú no vas detrás del hombre ese que está comprando?” Comprobé que la señora, la que iba detrás de mí, estaba en lo cierto: era mi turno. Miré a ambos lados, indeciso de perder la cola, pero más indeciso de dejar al viejo con la palabra en la boca.Ilustración de Kamil Bullaudy
A lo lejos divisé a mi madre que venía a indagar por mi demora y tuve que acallar el entusiasmo de presentarle a aquel colega que había reencontrado, porque ella no lo hubiera entendido. Ocupé mi lugar en la fila de los mandados y el viejo volvió a exhibir sus cigarros con cara de aburrido consuelo. Mientras envasaba los granos y los azúcares, sonreía de saber que ya tenía garantizado mi seminario y había ganado un amigo. Al salir, con menos carga de lo que aparentaba, el viejo, riendo, me lanzó un reto: “Ya nos veremos por aquí, chama… Me estoy leyendo Seva, el libro de un escritor puertorriqueño llamado Luis López Nieves, embúllate…” Asentí con mucho compromiso, no sólo porque tenía que hacer un seminario de literatura latinoamericana y no había decidido el tema, sino porque ahora sí tenía una verdadera razón para ir a la bodega sin que tuvieran que mandarme. Aunque fuera con un libro bajo el brazo y miles de ideas en la cabeza.

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