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El enano Kaciano

[Cuento - Texto completo.]

Iván Turguéniev

Volvía de una cacería en una mala “telega” y me agobiaba el calor de un día nebuloso. Dormitaba sometido con resignación a las sacudidas del vehículo, cuyas ruedas levantaban una polvareda fina, que nos envolvía.

Llamó de pronto mi atención la inquietud del cochero, que hasta ese momento iba más tranquilamente adormecido que yo. Tiró de las riendas, se volvió mirando y pegó a los caballos.

Viajábamos por una llanura labrada y chocábamos a cada instante con montículos no aplanados por el arado. No veíamos casa alguna, y solamente montecillos de abedules cortaban, con sus redondeadas copas, la línea del horizonte. Estrechos senderos serpenteaban en toda la extensión de los campos, a través de los montículos. Alcancé a distinguir, entre la polvareda, cerca de nosotros, lo que había sorprendido al cochero.

Era un cortejo fúnebre. Delante, en un carrito tirado lentamente por el caballo, iban un sacerdote y un subdiácono, que tenía las riendas; enseguida el ataúd, llevado por cuatro hombres, y atrás dos mujeres. Una de estas cantaba, con tono monótono y triste, una letra mortuoria.

Quiso mi cochero cortar camino, castigó a los caballos y logró pasar antes que el cortejo. Pero apenas habíamos andado doscientos metros, la “telega” se paró de golpe, se inclinó y por poco no volcamos.

Después de contener a los caballos, el cochero escupió, rabioso.

—¿Qué ocurre? —le pregunté.

—Se partió el eje. Nos ha traído desgracia este entierro.

Bajé, muy preocupado de cómo saldríamos del paso. El cochero la tomó con los caballos. Una rueda estaba casi metida bajo el carro, y el eje parecía mostrarse al aire con una suerte de desesperación.

—¿Qué hacer ahora?

Mientras tanto, el cortejo fúnebre llegaba hasta nosotros. Nos descubrimos y nos miramos con los que llevaban al muerto. Una de las dos campesinas era una vieja pálida, pero su fisonomía estragada por el dolor conservaba una expresión digna y severa. La otra, mujer joven, de unos veinticinco años, tenía los ojos enrojecidos y la cara hinchada de tanto llorar. Al pasar junto a nosotros suspendió su cantinela, que reanudó momentos después. El cochero me informó:

—Entierran al carpintero Martín. Una de esas mujeres es la madre, y la otra la viuda.

—¿Murió de enfermedad?

—Sí, de una fiebre maligna. Anteayer fueron por el doctor, pero no le encontraron. Martín era buen obrero; algo atolondrado, pero sabía su oficio. ¡Cómo ha llorado su mujer! En fin, siempre lo mismo. Las mujeres no necesitan comprar lágrimas. Y por cierto, las lágrimas de las mujeres todas son de la misma agua.

Hecha esta reflexión, se agachó junto al caballo, pasó por debajo de la lanza y cogió el arco que está bajo la collera.

“¡Quién sabe cómo nos arreglaremos!”, dije entre mí.

El cochero acomodó el caballo, le aseguró mejor el arnés y se puso luego a contemplar la rueda maltrecha. Sacó una tabaquera, levantó despaciosamente la tapa, metió sus gruesos dedos en la caja y restregó la pulgarada de rapé. Luego frunció las narices y aspiró. Acabada esta operación, hizo un horrible visaje, varios guiños, y sus ojos se llenaron de lágrimas.

—¿Y bien? —interrogué.

No me hizo caso. Guardó su tabaquera y se quedó absorto. Al rato subió a su asiento.

—¿Qué piensas hacer? —le pregunté con asombro.

—Suba, señor.

—¡Pero no podremos andar!

—Iremos.

—¿Y el eje?

—Suba. El eje está roto, pero podremos llegar hasta la aldea de Judino.

—¿Crees que podremos llegar hasta allí?

El rústico no se dignó responderme. Castigó los caballos, y fuese como fuese, alcanzamos la aldea. La componían siete “isbas”. Al entrar no hallamos un solo ser viviente. Ni siquiera gallinas. Fui hasta la primera “isba”, llamé, nadie respondió. Volví a llamar y se oyó el maullido de un gato. Me asomé a la primera pieza, que estaba oscura y con humo.

Volví al patio… Nada. Solamente un ternero y un ganso.

Fui a explorar la segunda “isba”. Me pareció que en el patio había un ser humano que dormía. Cerca de él un mal carro y un jamelgo con el arnés remendado. Más allá, unos estorninos me observaban con apacible curiosidad.

Me acerqué al durmiente para despertarlo. Se levantó con sobresalto y balbuceó, procurando despertarse del todo:

—¿Qué hay? ¿Qué quiere usted?

Tanto me sorprendió su aspecto, que no pude responderle. Imagínense un enano como de cincuenta años; de carita morena y arrugada, puntiaguda nariz, ojos imperceptibles, una mata espesa de cabellos negros desbordando de la cabeza como un hongo del tallo. Flaco, y mísera, su mirada era tan extraordinaria que no puedo describirla.

—¿Qué quieren? —preguntó.

Escuchó mi explicación sin quitar ni un instante de mí sus ojos, de guiño singular.

—Quiero un eje de rueda; pagaré lo que sea.

—¿Son cazadores?

Hizo esta pregunta mirándonos de pies a cabeza.

—Sí.

—¿Cómo es posible que no teman matar los pájaros del cielo y les animales de los bosques? ¿Ignoran que es un pecado derramar sangre inocente?

Hablaba con mucha claridad. No era su voz ni rústica ni vacilante, pero tenía una suerte de dulzura que la asemejaba a la voz de una mujer.

—No tengo eje —añadió mostrándome su carro—. Solamente de muy mala calidad.

—Pero alguno podrá hallarse en la aldea.

—¿En qué aldea? Esto no es aldea, y todo el mundo está en su trabajo; sigan su camino.

Y diciendo esto se puso en cuclillas sobre el suelo quemante.

Yo no podía consentir semejante conclusión.

—Escucha, buen hombre. Voy a pedirte un servicio. Lo pagaré bien.

—No quiero tu dinero y tengo ganas de descansar porque me fatigué mucho en mis diligencias de la ciudad.

—Te ruego que me escuches, amigo.

Entrecruzó las piernas delgaduchas, y luego de reflexionar:

—Yo podría llevarte hasta el lugar donde hemos vendido un corte de árboles; allí encontrarás obreros y podrás encargar que te hagan un eje, o comprar uno ya hecho.

—Bien, muy bien. ¡Vamos!

—¿Un buen eje de encina? —prosiguió.

—¿Está lejos de aquí ese lugar?

—Tres “verstas”.

—Podremos ir en tu carrito.

—No sé.

—Vamos, vamos, mi cochero espera en el camino.

Me costó un trabajo inmenso arrastrarlo fuera del patio. Mi cochero estaba con un humor de todos los diablos. Había llevado los caballos al abrevadero y encontró un agua detestable. De ahí su cólera; porque, según los cocheros, el agua es lo primero del mundo. Al ver al enano, abrió mucho los ojos y exclamó:

—¡Ah! ¡Kacianucho, buen día!

—Buen día, Jerofé; salud, hombre justo.

En seguida comuniqué al hombre justo la conducta de Kaciano. Mientras él desenganchaba los caballos, mesuradamente pero con gusto, el enano se apoyaba en la puerta cochera. Su expresión desatenta y enojada demostraba cuánto le desagradaba nuestra irrupción en la casa.

—¿De modo que te han traído aquí? —le preguntó Jerofé.

—Como ves.

—¿Sabes? Martín, Martín de Reabof, el carpintero…

—¿Qué?

—Ha muerto. Acabamos de encontrarnos con su entierro.

Kaciano se estremeció.

—¿Muerto? —exclamó bajando la cabeza.

—¿Por qué no lo curaste? Se dice que tienes poder para aliviar todas las enfermedades.

El cochero se divertía a costa del pobre enano.

—¿Ese es tu coche? —dijo mostrando el pequeño vehículo.

—Sí.

—Es notable; con eso no llegaremos nunca al lugar del corte. Mis caballos no podrán encajar porque son grandes. ¿Y qué vale esto?

Así diciendo, zamarreó el vehículo. Kaciano dijo:

—Realmente no sé cómo podríamos ir. A menos que atemos esa pequeña criatura.

Y señaló su caballo.

—¿Esto? —preguntó burlonamente Jerofé, mientras daba una humillante palmadita en el cuello del animal.

—Es preciso enganchar lo más pronto posible ese matalón.

Me urgía llegar, porque durante los cortes hay con frecuencia gallos silvestres y codornices. Cuando el carrito estuvo listo, me instalé como pude con mi perro. Kaciano, envuelto en una manta y siempre triste, se puso junto a mí. Jerofé me dijo, cuando íbamos a partir, con aire misterioso:

—Hace bien en llevar a Kaciano. Es un “iurodwetz”. Su influencia es mucha en estos lugares. No sé por qué le dicen “la Pulga”. Lo único que debe exigirle es que lo conduzca al corte. Elija usted mismo el eje. ¿Habrá pan por allí? —preguntó Jerofé a Kaciano.

—Busca y encontrarás —le respondió sentenciosamente nuestro mentor.

Para sorpresa nuestra, su caballo trotaba bastante bien. Durante todo el trayecto, Kaciano guardó un silencio terco, y apenas respondía a nuestras preguntas. Llegamos al corte y de allí fuimos a una “isba” aislada, al borde de un riachuelo transformado en estanque. Había allí dos jóvenes de palabra insinuante, viva, y sonrisa delicada. Les compré un eje, y Kaciano, cuando volví al lugar del corte, me pidió que le permitiese acompañarnos a la cacería.

Entramos en la explotación. Kaciano me llamaba más la atención que el perro. Advertí, observándolo, que el mote de “Pulga” le convenía exactamente. La masa enorme de sus cabellos le servía de sombrero; la cabeza aparecía y desaparecía entre las ramas como podría ocurrir con una pulga en un manojo de pasto. Sin cesar iba y venía, arrancaba hierbas medicinales que se metía en el bolsillo, pronunciando palabras incoherentes. Alguna vez se detenía y echaba sobre mí y sobre mi perro una mirada escrutadora.

En los montes suelen hallarse unos pajarillos de color ceniciento, que revolotean, gorjean y saltan de un árbol a otro. Kaciano los imitaba y los llamaba. Una codorniz le pasó entre las piernas gritando. La remedó. Empezó una alondra a cantar ruidosamente. Kaciano hizo lo mismo. Pero entretanto no me decía una sola palabra.

El día se puso hermosísimo, aunque con calor sofocante. En el cielo algunas nubes ligeramente amarillas, semejantes a nieve de primavera, recortaban sus bordes de encaje.

Kaciano y yo anduvimos mucho por la espesura. Arbolillos nuevos, que apenas alcanzaban un metro de altura, circundaban viejos troncos de árboles secos y les formaban un velo de verdura.

Nuestros pies se enredaban a cada momento en las lianas henchidas por el sol; las hojitas nuevas de los arbustos tenían un brillo de cobre, las flores cubrían el suelo. Había campánulas, pequeños cálices amarillos de glaucios, pétalos rosados de celidonia. Acá y allá, en espacios aislados, pilas de madera cortada proyectaban sombras oblicuas.

Por momentos se alzaba un vientecillo que enseguida cesaba, después de acariciarme la cara. Todo se agitaba alegremente, animándose a mi alrededor. Las hojas de los helechos se balanceaban con gracia durante un instante y luego permanecían inmóviles. En la tranquilidad y el silencio, solo el canto de los grillos continuaba sin parar, agudo, penetrante, como acompañando el calor tórrido del día y emanado también de la tierra quemante.

Después de haber caminado mucho sin cazar ni una perdiz, pasamos al corte vecino. Allí los álamos cortados yacían en el suelo sobre ramas y gramillas aplastadas. Algunos tenían todavía algún follaje verde, otros solo extendían ramas resecas y muertas. Los hachazos resonaban sordamente, con lentitud. Se hubiera dicho que estos grandes seres tenían miedo a la muerte.

Después de andar mucho sin encontrar caza posible, vi un rascón que levantaba vuelo desde la espesura. Disparé un tiro, el ave dio una vuelta un rato y cayó. En el momento de la detonación Kaciano se tapó los ojos con las manos, inmóvil, mientras yo buscaba la presa. Luego examinó el sitio donde había caído el rascón y dijo:

—¡Qué pecado! ¡Es un verdadero pecado!

Nos obligó el excesivo calor a buscar sombra. Me instalé bajo un ramaje de castaño, junto al cual un joven plátano extendía sus ramitas ligeras. Kaciano se sentó en el tronco caído de un abedul. Me puse a observarlo. Las cimas de los árboles proyectaban sombras verdosas sobre su cara y su cuerpecillo mísero. Fastidiado de su silencio, me tendí de espaldas y me divertí en contemplar el juego de las hojas al entrecruzarse y combinarse con movimiento suave sobre el fondo inmóvil del cielo azul.

Es un espectáculo encantador. Se puede imaginar que tenemos delante el océano, con plantas fantásticas, de hojas que cambian su verde diáfano por otro verde opaco. Islas flotantes son las nubes que pasan. De pronto, el éter radiante se agita y murmura, y hace un ruido semejante al de las olas que van a morir en la playa.

Este espectáculo llena el alma, todo ese azul hace reír de contento. En las brillantes nubes que pasan y huyen pueden imaginarse los años de felicidad, y parece que el pensamiento nos lleva más y más hacia regiones donde uno quisiera quedarse.

—¡Barin¹, barin! —gritó súbitamente Kaciano. Me levanté sorprendido. Ahora me dirigía la palabra, este hombre que hasta entonces apenas había respondido a mis preguntas. Mirándome a los ojos, dijo:

—¿Por qué has matado este pájaro?

—El rascón —le respondí— es un ave de caza: se come.

—Tú no lo mataste para comer, lo mataste para divertirte.

—También tú comes patos y gallinas.

—Son aves que Dios ha hecho para el hombre, y, en cambio, el rascón es un pájaro libre, un pájaro de los bosques. Hay muchos pájaros como este y no debemos hacerles daño. Dios puso para el hombre otros alimentos, el trigo nutritivo, los animales domésticos, como tenemos también el agua del cielo.

Examiné con curiosidad a este hombre original que me predicaba así. Las palabras le salían fácilmente y tenía un aire de gran convicción.

—¿De suerte que sería asimismo un pecado matar un pez?

—Un pez tiene la sangre fría —replicó—. Es una bestia muda que nada siente, ni ve nada.

Guardó silencio un rato y luego prosiguió:

—La sangre es un elemento sagrado. Por eso se esconde y no ve la luz. El santo sol de Dios nunca la baña con su luz. Es un gran pecado ponerla a la claridad del día. ¡Es algo atroz!

Suspiró y se quedó callado. Confieso que me intrigaba. Difería su lenguaje del que yo estaba acostumbrado a oír a los campesinos rusos, y hasta sobrepasaba en elegancia el de aquellos que en nuestro trato urbano consideran que hablan bien.

—Dime, Kaciano —lo interrogué con actitud suplicante—, ¿en qué te ocupas?

Se turbó algo:

—Vivo como Dios ordena; pero, en lo de tener un oficio, no tengo ninguno. Bien quisiera trabajar, pero no puedo. Mis manos son torpes. Durante la primavera atrapo ruiseñores en sus nidos.

—¡Cómo! ¿Cazas ruiseñores? ¿No acabas de decirme que no se debe pecar contra ningún huésped de los bosques, los prados o las montañas?

—No se los ha de matar, es cierto; demasiado aprisa viene la muerte a reclamar lo que se le debe, y por eso vivió poco tiempo el carpintero Martín, y su mujer llora… Contra la muerte, los hombres ni los animales nada pueden. Yo no mato los ruiseñores; solamente los apreso para el placer del hombre, para que se deleite con sus cantos, para que los ame.

—Sin duda los buscas en los alrededores de Kusk.

—Sí, aunque a veces más lejos. Paso la noche en los pantanos, duermo solo en el boscaje, junto a las espesuras del follaje. Allí escucho el canto de los pájaros, el ganguear de los patos salvajes. Observo, y al alba pongo mis trampas. Hay ruiseñores que cantan con tal dulzura, tan finamente, que me duele cazarlos.

—¿Y vendes tus cautivos?

—Los doy, barin, a gente buena.

—Además de eso, ¿qué haces?

—Y… nada, por desgracia. Soy mal obrero, y, sin embargo, sé leer y escribir.

—¿De veras?

—Sí, personas de buena voluntad, socorridas por Dios, me han enseñado lo poco que sé.

—¿Tienes familia?

—No, soy solo.

—¿Cómo es posible?

—Me faltó suerte en la vida; pero como mis desdichas agradan a Dios, no debo quejarme.

—¿No tienes ningún pariente?

—Sí… sí y no.

—Dime, te lo ruego, ¿por qué el cochero te echó en cara que no hubieses curado a Martín? ¿Te asiste el poder de aliviar a los enfermos?

—Tu cochero es un hombre justo, pero no impecable. ¿Quién, fuera de Dios, tiene poder para sanar enfermos? Hay, es verdad, hierbas salutíferas que amenguan el mal; por ejemplo, la pimienta de agua y el llantén. De ellas se puede hablar, porque son plantas del buen Dios; otras hay, útiles también, pero no se puede decir el nombre que llevan, porque sería pecar. Además, hay palabras que se necesitan decir, y entonces…

Se contuvo, y luego añadió en voz baja:

—Lo necesario, sobre todo, es la esperanza.

—¿Nada le suministraste a Martín?

—No, me previnieron demasiado tarde. De todos modos, lo que está escrito debe suceder, los marcados por la muerte deben perecer: ya el sol no les manda su calor, hasta el pan deja de servirles. ¡Que Dios tenga piedad del pobre hombre!

—¿Hace tiempo que te han traído aquí?

—Unos cuatro años —repuso Kaciano con cierta agitación—. En tiempo de nuestro difunto señor, vivíamos sin previsión ninguna. Pero la tutoría nos trajo aquí. No incurrió en falta, estaba escrito.

—¿Dónde estabas antes?

—Vivíamos en la hermosa Mecha.

—¿Lejos de aquí?

—Cien “verstas”.

—¿Y allí estabas mejor?

—Sí, mucho mejor. Allí hay campaña abierta, grandes ríos y era nuestro país. Aquí estamos en la estrechez y somos huérfanos. En la hermosa Mecha, cuando se asciende la colina, se tiene delante un paisaje espléndido. ¡Dios mío! ¡Ah, cuánta hermosura! Podían contemplarse ríos, ribazos, praderas, una iglesia. Se veía hasta lejos, hasta muy lejos. Sin duda, aquí la tierra es mejor, más gorda y arcillosa, y produce mucho; pero en todas partes se da trigo suficiente para mí.

—¿Quisieras volver a ver tu país, buen hombre?

—Sí, lo deseo. Sin embargo, en cualquier parte se está bien. Soy hombre sin familia, a quien le gusta andar a la ventura. Además, ¿qué se gana con quedarse en la propia tierra? Al menos, cuando uno anda se siente más liviano, el sol nos calienta más y estamos más bajo los ojos del Señor. Se ven crecer las plantas alrededor, se recogen algunas. Luego se encuentra un manantial, sale agua santa, se la bebe, se contempla el sitio. Los pájaros gorjean y cantan. ¡Ah!, sobre todo en Kursk… las estepas. ¡Qué estepas! He ahí lugares para la admiración y la alegría del hombre. Allí el alma se eleva en alabanzas al Creador. Se dice que las estepas se extienden hasta los mares calientes, donde vive el “gamaium” de canto dulce, y donde las manzanas de oro cuelgan de ramas de plata. Todo hombre puede allí vivir y pasar sus días en la alegría y la justicia. Allí llevaría yo de buena gana mi hogar. ¿Dónde no estuve ya? He visto a Limbirsk, a Romen, a Moscú, la ciudad de las cúpulas de oro. He visto a Oka, esa fértil nodriza, a Isna, la paloma, el Volga, la buena madre. He visto muchas ciudades, con mucha buena gente. Hubiera podido vivir por allá… y entonces… ya… Yo no soy el único pecador; hay muchos campesinos que, como yo, vagan a través del mundo… Sí… ¿Y qué gana uno quedándose en su lugar?… No hay justicia en el hombre.

Kaciano pronunció estas últimas palabras en voz muy baja, casi ininteligible. Murmuró todavía algunas palabras; en su semblante hubo una expresión tan extraña, que involuntariamente el mote de “inocente” me volvió a la memoria. Movió la cabeza y pareció volver a sí mismo.

—¡Qué sol! —exclamó—. ¡Qué bien se está en los bosques.

Movió los hombros, miró a su alrededor y canturreó una canción, de la cual solo entendí estas palabras:

Por mi nombre soy Kaciano,
pero me llaman la Pulga.

—¡Ah!, compone versos —dije para mí.

Pero él me oyó y se puso a mirar atentamente hacia el fondo del bosque.

En esto vi a una niña de unos ochos años. Estaba vestida de azul y graciosamente tocada con un pañuelo rayado. Probablemente no esperaba encontrar a nadie, porque al vernos se quedó inmóvil en medio del bosquecillo de avellanos, sin animarse a avanzar ni acertar a retroceder. Nos miraba temerosamente, con sus grandes ojos almendrados. Apenas tuve tiempo de examinarla. Se escondió detrás de un árbol.

—Anucka, Anucka, ven —dijo el enano con dulzura.

—Tengo miedo —dijo ella.

—No… ven conmigo.

Anucka salió silenciosamente de su escondite, haciendo un rodeo. Se oía apenas el rumor de sus piececillos sobre el césped. Llegó junto a él. No era, como yo había pensado, una criatura de ocho años, sino una encantadora niña de catorce a quince. Aunque algo delgada, era bien proporcionada y muy ágil. Su diminuta figura tenía alguna vaga semejanza con el aspecto de Kaciano, aunque este era feo. Ambos tenían los mismos rasgos agudos, la misma mirada extraña y espiritual. Kaciano la miró con mucha atención.

—¿Recogías hongos?

—Sí —dijo con una sonrisa tímida.

—¿Encontraste muchos?

—Sí, bastantes.

—¿Los encontraste blancos? Muéstranos tu cosecha.

Puso en el suelo su canasta; y destapándola, nos mostró lo que había recogido. Kaciano exclamó:

—¡Son lindos! ¡Muy bien, Anucka!

—¿Es tu hija? —pregunté a Kaciano. Anucka se sonrojó.

—No —dijo Kaciano—, una parienta… Vamos, Anucka, vete.

—Podemos llevarla —me aventuré a decir.

—No, no, puede ir igualmente a pie.

Anucka se fue. Los ojos de Kaciano la siguieron durante largo rato, con mirada que tenía algo de dulce y delicado. Luego sonrió, levantó la cabeza y se frotó la cara.

—¿Por qué la hiciste irse tan pronto? Yo le hubiese comprado hongos. ¡Qué encantadora criatura!

—Si quieres hongos, hay muchos en mi casa —repuso Kaciano con fastidio.

Comprendí que nada lo haría confesar y volví al lugar del corte. Había disminuido el calor; escrito estaba que mi cacería no sería afortunada. Volví con un buen eje de rueda, pero solo con un rascón en el morral.

—Tal vez yo tengo la culpa de tu poca suerte. Ahuyenté la caza.

—¿Y cómo?

En vano procuré persuadir a Kaciano que si yo volvía sin caza no se debía a tales o cuales palabras que hubiese pronunciado al arrancar ciertas hierbas. Llegamos a su casa. Anucka no estaba allí. Pero había vuelto ya y dejado su canasta.

Mi cochero examinó el eje y lo encontró pasable. Al irme dejé algún dinero a Kaciano, que no aceptó sino después de haber reflexionado largamente. Como siempre, permaneció apoyado en la puerta, insensible a los sarcasmos de Jerofé y a mi amable despedida.

Al volver a la casa de Kaciano pude observar que mi cochero estaba de muy mal humor. No había encontrado nada para comer en la aldea y el abrevadero de los caballos estaba seco. Su descontento se le veía en la cara. Aguardó a que yo iniciara la conversación y se limitó luego a articular algunos monosílabos.

—¡Linda aldea! —dijo—. ¡Llamar a esto una aldea! Ni siquiera hay “kwass”…

La tomó con los caballos. Al de la derecha le dijo, pegándole:

—¡Te conozco, hipócrita! Finges que tiras. Antes eras un buen animal, ahora eres un pícaro. ¡Lah… lah… lah!…

—Jerofé —lo interpelé— ¿quién es este Kaciano?

Como hombre reflexivo y prudente, no respondió enseguida. Pero advertí que mi pregunta le agradaba.

—¿La Pulga? Es un hombre extraño, un inocente que no tiene igual. Dejó el trabajo. Verdad que con semejante cuerpo… En otro tiempo se ocupaba, con sus tíos, de coches y caballos. Pero un buen día lo plantó todo. Desde entonces siempre anda y se remueve. Bien merece su mote de Pulga. Más libre que las cabras, va, viene, habla, tan pronto hace un largo discurso como se queda callado durante horas. Es un hombre extraordinario, desigual. Pero canta bien. ¡Oh, sí, canta muy bien!

—¿Y es médico?

—¿Semejante individuo médico? ¡Vamos, vamos! Sin embargo, me curó de lamparones. Es un hombre sin ingenio y no es médico.

—¿Lo conoces desde hace tiempo?

—Sí.

—Y la pequeñuela Anucka, ¿quién es? ¿Parienta suya?

Me miró el cochero de soslayo.

—¿Su parienta?… Es huérfana… No se conoce a su madre. Pero el enano parece quererla mucho. Por otra parte, es una chica lista, inteligente, y Kaciano la instruye.

Se interrumpió bruscamente, y luego dijo:

—¡Caramba! Olor a quemado. Comprendo, es el eje nuevo… El eje se quema… Voy a buscar agua a ese estanque.

Bajó lentamente de su asiento, fue a traer agua y pareció sentir un placer inmenso cuando se oyó un silbo en el eje empapado de golpe.

Repitió diez veces la misma operación en el recorrido de ocho “verstas”. Caía la noche cuando llegamos a mi casa.

FIN


Relatos de un cazador, 1852
1. barin: “señor”, en ruso.


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