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La aventura de Abbey Grange

[Cuento - Texto completo.]

Arthur Conan Doyle

Una cruda y fría mañana del invierno cíe 1837 me desperté al sentir que alguien me tiraba del hombro. Era Holmes. la vela que llevaba en la mano iluminaba el rostro ansioso que se inclinaba sobre mí, y me bastó una mirada para comprender que algo iba mal.

-¡Vamos, Watson, vanos! -me gritó-. La partida ha comenzado. ¡Ni una palabra! ¡Vístase y venga conmigo!

Diez minutos después, íbamos los dos en un coche de alquiler, rodando por calles silenciosas, camino de la estación de Charing Cross. Comenzaban a aparecer las primeras y débiles luces de la aurora invernal y, de cuando en cuando, alcanzábamos a ver la figura borrosa de algún obrero madrugador que se cruzaba con nosotros, difuminada en la bruma iridiscente de Londres. Holmes se arrebujaba en silencio en su grueso abrigo, y yo le imitaba de buena gana, porque hacía un frío intenso v ninguno de los dos habíamos desayunado. Hasta que no hubimos tomado un poco de té caliente en la estación y ocupado nuestros asientos en el tren de Kent, no nos sentimos lo suficientemente descongelados, él para hablar y yo para escuchar. Holmes sacó una carta del bolsillo y la leyó en voz alta:

“ABBEY GRANGE, MARSHAM, KENT, 3,30 de la mañana.

QUERIDO SR. HOLMES: Me gustaría mucho poder contar cuanto antes con su ayuda en lo que promete ser un caso de lo más extraordinario. Parece que entra de lleno en su especialidad. Aparte de dejar libre a la señora, procuraré que todo se mantenga exactamente como o lo encontré, pero le ruego que no pierda un instante, porque es difícil dejar aquí a lord Eustace. Le saluda atentamente,

Stanley HOPKINS.»

-Hopkins ha recurrido a mí en siete ocasiones, y en todas ellas su llamada estaba justificada -dijo Holmes- Creo que todos esos casos han pasado a formar parte de su colección, y debo reconocer, Watson, que posee un cierto sentido de la selección que compensa muchas cosas que me parecen deplorables en sus relatos. Su nefasta costumbre de mirarlo todo desde el punto de vista narrativo, en lugar de considerarlo como un ejercicio científico, ha echado a perder lo que podría haber sido una instructiva, e incluso clásica, serie de demostraciones. Pasa usted por encima de los aspectos más sutiles y refinados del trabajo, para recrearse en detalles sensacionalistas, que pueden emocionar, pero jamás instruir al lector.

-¿Por qué no los escribe usted mismo? -dije, algo picado.

-Lo haré, querido Watson, lo haré. Por el momento, como sabe, estoy demasiado ocupado, pero me propongo dedicar mis años de decadencia a la composición de un libro de texto que compendie en un solo volumen todo el arte de la investigación. La que tenemos ahora entre manos parece ser un caso se asesinato.

-Entonces, ¿cree usted que este sir Eustace está muerto?

-Yo diría que sí. La letra de Hopkins indica que se encuentra muy alterado, y no es precisamente un hombre emotivo. Sí, me da la impresión de que ha habido violencia y que no han levantado el cadáver, en espera de que lleguemos a examinarlo. No me llamaría por un simple suicidio. En cuanto a eso de dejar libre a la señora…, parece como si se hubiera quedado encerrada en una habitación durante la tragedia. Vamos a entrar en las altas esferas, Watson: papel crujiente, monograma «E.B.», escudo de armas, casa con nombre pintoresco… Creo que el amigo Hopkins estará a la altura de su reputación y nos proporcionará una interesante mañana. El crimen se cometió anoche, antes de las doce.

-¿Cómo puede saber eso?

-Echando un vistazo al horario de trenes y calculando el tiempo. Primero hubo que llamar a la policía local, ésta se puso en comunicación con Scotland Yard, Hopkins tuvo que llegar hasta allí, y luego me hizo llamar a mí. Todo eso ocupa buena parte de la noche. Bien, ya llegamos a la estación de Chislehurst, y pronto saldremos de dudas.

Un trayecto en coche de unas dos millas por estrechos caminos rurales nos llevó hasta la puerta exterior de un amplio jardín, que nos fue franqueada por un anciano guardés, cuyo rostro macilento reflejaba los efectos de algún terrible desastre. La avenida de acceso a la mansión atravesaba un espléndido parque entre hileras de añosos olmos y terminaba ante un edificio bajo y extenso, con una columnata frontal que recordaba el estilo de Palladio. Saltaba a la vista que la parte central, toda cubierta de hiedra, era muy antigua, pero los grandes ventanales demostraban que se habían realizado reformas en tiempos modernos, y un ala de la mansión parecía completamente nueva. La puerta estaba abierta, y en ella nos aguardaba la figura juvenil del inspector Stanley Hopkins, con su rostro despierto y sagaz.

-Me alegro mucho de que haya venido, señor Holmes. Y usted también, doctor Watson. Aunque, la verdad, de haber sabido lo que iba a ocurrir, no les habría molestado, porque en cuanto la señora volvió en sí nos dio una explicación tan clara del asunto que poco nos queda ya por hacer. ¿Se acuerda usted de la banda de ladrones de Lewisham?

-¿Quiénes, los tres Randall?

-Exacto; el padre y dos hijos. Han sido ellos, no cabe la menor duda. Hace quince días dieron un golpe en Sydenham y fueron vistos e identificados. Hace falta mucha sangre fría para dar otro golpe tan pronto y tan cerca. Y esta vez les va a costar la horca.

-¿Así que sir Eustace está muerto?

-Sí; le aplastaron la cabeza con su propio atizador de chimenea.

-Según me ha dicho el cochero, se trata de sir Eustace Brackenstall.

-Exacto; uno de los hombres más ricos de Kent. Lady Brackenstall se encuentra en la sala de estar. La pobre mujer ha sufrido una experiencia espantosa. Cuando la vi por primera vez, parecía medio muerta. Creo que lo mejor será que la vea usted v escuche su versión de los hechos. Luego examinaremos juntos el comedor.

Lady Brackenstall no era una persona corriente. Pocas veces he visto una figura tan elegante, una presencia tan femenina y un rostro tan bello. Era rubia, de cabellos dorados v ojos azules, y no cabe duda de que su cutis habría presentado la tonalidad perfecta que suele acompañar a estos rasgos de no ser porque su reciente experiencia la había dejado pálida y demacrada. Sus sufrimientos habían sido tanto físicos como mentales, porque encima de un ojo se le había formado un tremendo chichón de color violáceo, que su doncella, una mujer alta y austera, mojaba constantemente con agua y vinagre. Yacía tendida de espaldas sobre un diván, con aspecto de total agotamiento, pero en cuanto nosotros entramos en la habitación, su mirada rápida y observadora y la expresión de alerta de sus hermosas facciones nos hicieron comprender que la terrible experiencia no había quebrantado ni su ingenio ni su valor. Estaba envuelta en una amplia bata de colores azul y plata, pero a su lado, sobre el diván, colgaba un vestido de noche negro con lentejuelas.

-Ya le he contado todo lo que sucedió, señor Hopkins -dijo con voz cansada-. ¿No podría usted repetirlo por mí? Bien, si usted cree que es necesario, explicaré a estos caballeros lo ocurrido. ¿Han estado ya en el comedor?

-Me ha parecido mejor que oyeran primero su historia, señora.

-Me sentiré mucho mejor cuando haya arreglado usted todo esto. Es horrible pensar que todavía sigue ahí tirado.

La mujer sufrió un estremecimiento y se cubrió el rostro con las manos. Al hacerlo, la manga de su bata se deslizó hacia abajo, dejando al descubierto el antebrazo. Holmes dejó escapar una exclamación.

-¡Señora, tiene usted más heridas! ¿Qué es esto?

Dos marcas de color rojo intenso resaltaban sobre el blanco y bien torneado brazo. Lady Brackenstall se apresuró a cubrirlo.

-No es nada. No tiene nada que ver con el espantoso suceso de anoche. Si usted y su amigo hacen el favor de sentarse, les contaré todo lo que pueda.

»Soy la esposa de sir Eustace Brackenstall. Nos casamos hace aproximadamente un año. Supongo que no tendría sentido tratar de ocultar que nuestro matrimonio no ha sido feliz. Me temo que todos nuestros vecinos se lo dirían, aunque yo intentara negarlo. Tal vez parte de la culpa sea mía. Me crié en el ambiente más libre y menos convencional de Australia del Sur, y esta vida inglesa, con sus protocolos y su etiqueta, no va conmigo. Pero la principal razón era un hecho conocido por todos: que sir Eustace era un borracho empedernido. Pasar una hora con un hombre así ya resulta desagradable. ¿Se imaginan lo que puede representar para una mujer sensible v cultivada verse atada a él día v noche? Defender la validez de un matrimonio así es un sacrilegio, un crimen, una infamia… Les aseguro que estas monstruosas leyes suyas acabarán atrayendo una maldición sobre su país. El cielo no consentirá que perdure tanta maldad.

Se incorporó por un instante, con las mejillas encendidas y los ojos despidiendo fuego bajo el terrible golpe de la frente. Pero la mano firme y cariñosa de la austera doncella le colocó de nuevo la cabeza sobre la almohada y el arrebato de furia se diluyó en apasionados sollozos. Por fin pudo continuar:

-Voy a contarles lo de anoche. Seguramente ya sabrán que en esta casa toda la servidumbre duerme en el ala moderna. En este bloque central vivimos nosotros; la cocina está en la parte de atrás y nuestro dormitorio arriba. Teresa, mi doncella, duerme encima de mi habitación. No hay nadie más en esta parte de la casa, y ningún ruido podría despertar a los que están en el ala más apartada. Los ladrones tenían que saberlo, pues de lo contrario no habrían actuado como lo hicieron.

»Sir Eustace se retiró aproximadamente a las diez y media. La servidumbre ya se había marchado a su sector. La única que seguía levantada era mi doncella, que permanecía en su habitación del piso alto hasta que yo necesitara sus servicios. Yo me quedé en esta habitación hasta después de las once, absorta en la lectura de un libro. Luego di una vuelta por la casa para asegurarme de que todo estaba en orden antes de subir a mi cuarto. Tenía la costumbre de hacerlo o misma, porque, como ya les he explicado, sir Eustace no siempre estaba en condiciones. Revisé la cocina, la despensa, el armero, la sala de billar y, por último, el comedor. Al acercarme a la ventana, que tiene cortinas muy gruesas, sentí de pronto que me daba el viento en la cara y comprendí que estaba abierta. Descorrí las cortinas y me encontré cara a cara con un hombre ya mayor, ancho de hombros, que acababa de penetrar en la habitación. La ventana es un ventanal francés, que en realidad forma una puerta que da al jardín. Yo llevaba en la mano una palmatoria con la vela encendida, y a su luz pude ver a otros dos hombres que venían detrás del primero y estaban entrando en aquel momento. Retrocedí, pero el hombre se me echó encima al instante. Me agarró primero por la muñeca y después por la garganta. Abrí la boca para gritar, pero él me dio un puñetazo tremendo encima del ojo, que me derribó por el suelo. Debí de permanecer inconsciente durante unos minutos, porque cuando volví en mí descubrí que habían arrancado el cordón de la campanilla y me habían atado con él al sillón de roble situado a la cabecera de la mesa del comedor. Estaba tan apretada que no podía moverme, y me habían amordazado con un pañuelo para impedir que hiciera ruido. En aquel preciso instante, mi desdichado esposo entró en el comedor. Sin duda, había oído ruidos sospechosos y venía preparado para una escena como la que, efectivamente, se encontró. Estaba en mangas de camisa y empuñaba su bastón favorito, de madera de espino. Se lanzó contra uno de los ladrones, pero otro, el más viejo, se agachó, cogió el atizador de la chimenea y le pegó un golpe terrible según pasaba a su lado. Cayó sin soltar ni un gemido y ya no volvió a moverse. Me desmayé de nuevo, pero también esta vez debieron de ser muy pocos minutos los que permanecí inconsciente. Cuando abrí los ojos, vi que se habían apoderado de toda la plata que había en el aparador y que habían abierto una botella de vino. Cada uno de ellos tenía una copa en la mano. Ya les he dicho, ¿o no?, que uno era viejo y barbudo, y los otros dos muchachos imberbes. Podrían haber sido un padre y sus dos hijos. Estaban cuchicheando entre ellos. Luego se acercaron a mí y se aseguraron de que seguía bien atada. Y por fin se marcharon, cerrando la ventana al salir. Tardé por lo menos un cuarto de hora en quitarme la mordaza de la boca, y cuando lo conseguí, mis gritos hicieron bajar a la doncella. No tardó en acudir el resto del servicio y avisamos a la policía, que inmediatamente se puso en contacto con Londres. Esto es todo lo que puedo decirles, caballeros, y espero que no será necesario que vuelva a repetir una historia tan dolorosa.

-¿Alguna pregunta, señor Holmes? -preguntó Hopkins.

-No quiero abusar más de la paciencia y el tiempo de lady Brackenstall -dijo Holmes-. Pero antes de pasar al comedor, me gustaría oír lo que pueda usted contarnos -añadió, dirigiéndose a la doncella.

-Yo vi a esos hombres antes de que entraran en la casa -dijo ésta-. Estaba sentada junto a la ventana de mi habitación y vi a tres hombres a la luz de la luna, junto al portón de la casa del guardés, pero en aquel momento no le di importancia. Más de una hora después, oí gritar a la señora y bajé corriendo, encontrándola como ella dice, pobre criatura, y al señor en el suelo, con la sangre y los sesos desparramados por todo el comedor. Cualquier otra mujer se habría vuelto loca, allí atada y con el vestido salpicado de sangre; pero a la señorita Mary Fraser de Adelaida nunca le faltó valor, y lady Brackenstall de Abbey Grange no ha cambiado de manera de ser. Creo, caballeros, que ya la han interrogado bastante, y ahora se va a retirar a su habitación con su vieja Teresa para tomarse el descanso que tanto necesita.

Con ternura maternal, la sombría mujer pasó el brazo alrededor de los hombros de su señora y la ayudó a salir de la habitación.

-Lleva con ella toda la vida -dijo Hopkins-. La cuidó de pequeña y vino con ella a Inglaterra cuando partieron de Australia, hace año y medio. Se llama Teresa Wright, y va no se encuentran doncellas de su clase. Por aquí, señor Holmes, haga el favor.

Del expresivo rostro de Holmes había desaparecido toda señal de interés, y comprendí que, al esfumarse el misterio, el caso había perdido todo su encanto. Todavía faltaba practicar una

detención, pero ¿qué tenían de especial aquellos vulgares maleantes para que él se ensuciara las manos con ellos? Un especialista en enfermedades raras y difíciles que descubriera que le han llamado para tratar un sarampión experimentaría una desilusión semejante a la que yo leí en los ojos de mi amigo. Aun así, la escena que nos aguardaba en el comedor de Abbey Grange era lo bastante extraña como para atraer su atención y despertar de nuevo su apagado interés.

Se trataba de una habitación muy espaciosa y de techo muy alto, con artesonado de roble tallado, revestimiento de paneles de roble, y un notable surtido de cabezas de ciervo y armas antiguas adornando las paredes. En el extremo más alejado de la puerta se encontraba el ventanal francés del que habíamos oído hablar. A la derecha, tres ventanas más pequeñas llenaban la estancia de fría luz invernal. A la izquierda había una chimenea ancha y profunda, con una enorme repisa de roble. Junto a la chimenea había un pesado sillón, también de roble, con travesaños en la base. Entrelazado en los espacios de la madera había un grueso cordón de color escarlata, atado con fuerza a ambos extremos del travesaño de abajo. Al desatar a la señora, había aflojado el cordón, pero los nudos que lo sujetaban al sillón seguían intactos. En estos detalles no reparamos hasta más adelante, porque, por el momento, toda nuestra atención había quedado concentrada en el espantoso objeto que yacía sobre la alfombra de piel de tigre extendida delante de la chimenea.

Dicho objeto era el cadáver de un hombre alto y bien constituido, de unos cuarenta años de edad. Estaba caído de espaldas, con el rostro vuelto hacia arriba y los blancos dientes asomando en una especie de sonrisa entre la barba negra y bien recortada. Tenía las manos cerradas y levantadas por encima de la cabeza, empuñando un grueso bastón de madera de espino. Sus facciones morenas, atractivas y aguileñas estaban retorcidas en un espasmo de odio vengativo que le daba a su muerto rostro una horrible expresión demoníaca. Parecía evidente que se encontraba en la cama cuando percibió que algo ocurría, ya que vestía una camisa de noche con muchos bordados y perifollos, y sus pies descalzos asomaban bajo los pantalones. La cabeza presentaba una herida espantosa, v toda la habitación daba testimonio de la ferocidad salvaje del golpe que lo había derribado. Caído junto a él, se veía un pesado atizador de hierro, curvado por la fuerza del golpe. Holmes examinó el instrumento y el indescriptible destrozo que había ocasionado.

-Este viejo Randall tiene que ser un hombre muy fuerte -comentó.

-Sí -dijo Hopkins-. Tengo algunos datos suyos y es un tipo de cuidado.

-No debería resultar difícil echarle el guante.

-Ni lo más mínimo. Le anduvimos buscando durante algún tiempo, y llegó a decirse que había huido a América, pero ahora que sabemos que la banda está aquí, no hay manera de que se nos escape. Ya hemos dado aviso en todos los puertos de mar, y antes de esta noche se ofrecerá una recompensa. Lo que no entiendo es cómo han podido hacer una salvajada semejante, sabiendo que la señora daría su descripción y que nosotros teníamos que reconocerla por fuerza.

-Exacto. Lo más lógico habría sido asesinar también a lady Brackenstall para callarle la boca.

-Tal vez no se dieran cuenta de que se había recuperado de su desmayo -aventuré yo.

-Parece bastante probable. Si creyeron que seguía inconsciente, no tenían por qué matarla. ¿Qué me dice de este pobre hombre, Hopkins?

-Era un hombre de buen corazón cuando estaba sobrio, pero un verdadero demonio cuando estaba borracho o, mejor dicho, cuando estaba medio borracho, porque casi nunca se emborrachaba hasta el límite. En esas ocasiones parecía poseído por el diablo y era capaz de cualquier cosa. Por lo que he oído, a pesar de su fortuna y de su título, ha estado una o dos veces a punto de cruzarse en nuestro camino. Hubo un escándalo que costó bastante acallar, porque se dijo que había rociado de petróleo a un perro y le había prendido fuego (para empeorar las cosas, se trataba del perro de la señora). Y en otra ocasión le tiró una garrafa a la cabeza a Teresa Wright, la doncella; también entonces se armó un buen lío. En general, y esto que quede entre nosotros, la casa resultará más agradable sin él. ¿Qué mira usted ahora?

Holmes se había puesto de rodillas y examinaba con gran interés los nudos del cordón rojo con el que habían atado a la señora. A continuación, inspeccionó concienzudamente el extremo que había quedado roto y deshilachado cuando el asaltante arrancó el cordón.

-Al arrancar esto, la campanilla de la cocina tuvo que hacer un ruido tremendo -comentó.

-Nadie podía oírlo. La cocina está en la parte de atrás de la casa.

-¿Y cómo sabía el ladrón que no lo iba a oír nadie? ¿Cómo se atrevió a tirar del cordón de una campanilla de manera tan insensata?

-Exacto, señor Holmes, eso es. Acaba usted de plantear la misma pregunta que yo me vengo haciendo una y otra vez. No cabe duda de que este sujeto conocía la casa y sus costumbres. Tiene que haber estado completamente seguro de que toda la servidumbre se había acostado ya, a pesar de ser relativamente temprano, y de que nadie podía oír sonar la campana de la cocina. De lo que se deduce que tenía que estar compinchado con alguno de los sirvientes. Esto, desde luego, es de cajón. Lo malo es que hay ocho sirvientes, y todos tienen buenas referencias.

-En igualdad de condiciones -dijo Holmes-, uno se inclinaría a sospechar de la persona a quien le tiraron una garrafa a la cabeza. Sin embargo, eso supondría una traición a su señora, por quien esta mujer parece sentir devoción. Bueno, bueno, este detalle carece de importancia, porque cuando agarre usted a Randall no creo que le resulte difícil averiguar quiénes fueron sus cómplices. Desde luego, todos los detalles que tenemos a la vista parecen corroborar el relato de la señora, si es que necesitaba corroboración -se acercó al ventanal francés y lo abrió de par en par-. Aquí no se ven huellas, pero el terreno es durísimo y no es de esperar que las haya. Veo que esas velas que hay encima de la repisa de la chimenea han estado encendidas.

-Sí, los ladrones se alumbraron con ellas y con la palmatoria de la señora.

-¿Y qué se llevaron?

-Pues no se llevaron gran cosa…, como media docena de artículos de plata que había en ese aparador. Lady Brackenstall opina que la muerte de sir Eustace los debió impresionar, y que por eso no saquearon la casa, como habrían hecho en otras circunstancias.

-Seguro que fue eso. Y sin embargo, se pusieron a beber vino, según tengo entendido.

-Para calmarse los nervios.

-Ya. Supongo que nadie ha tocado estas tres copas que hay sobre el aparador.

-Así es; y la botella está tal como la dejaron.

-Vamos a ver… ¡Caramba, caramba! ¿Qué es esto?

Las tres copas estaban juntas, todas ellas con rastros de vino, y una de ellas contenía bastantes posos. La botella estaba cerca de las copas, llena en sus dos terceras partes, y junto a ella había un tapón de corcho, largo y muy manchado. El aspecto de la botella y el polvo que la cubría indicaban que los asesinos habían saboreado un vino nada corriente.

La actitud de Holmes había cambiado de pronto. Su expresión de indiferencia había desaparecido y de nuevo pude advertir una chispa de interés en sus ojos hundidos y penetrantes. Cogió el corcho y lo examinó minuciosamente.

-¿Cómo sacaron el corcho? -preguntó.

Hopkins señaló un cajón a medio abrir. En su interior había unas cuantas piezas de mantelería y un enorme sacacorchos.

-¿Ha dicho lady Brackenstall que usaron ese sacacorchos?

-No; recuerde que estaba inconsciente mientras ellos abrían la botella.

-Es cierto. La verdad es que no utilizaron este sacacorchos. Esta botella se abrió con un sacacorchos de bolsillo, probablemente de los que van incorporados a una navaja, y que no tendría más de una pulgada y media de largo. Si examina usted la parte superior del corcho, verá que tuvieron que meter el sacacorchos tres veces para poder sacar el tapón. No han llegado a atravesarlo. Este sacacorchos tan grande habría atravesado el tapón y lo habría sacado de un solo tirón. Cuando atrape usted a ese tipo, verá cómo lleva encima una de esas navajas de múltiples usos.

-¡Magnífico! -exclamó Hopkins.

-Pero estas copas confieso que me desconciertan. Lady Brackenstall vio beber a los tres hombres, ¿no dijo eso? -Sí; eso lo dejó muy claro.

-Entonces, eso zanja la cuestión. ¿Qué más podríamos decir? Y sin embargo, Hopkins, tiene usted que admitir que estas tres copas son muy curiosas. ¿Cómo, que no ve usted nada de curioso en ellas? Está bien, dejémoslo correr. Es posible que cuando un hombre posee facultades v conocimientos especiales, como los míos, tienda a buscar explicaciones complicadas aunque tenga una más sencilla a mano. Lo de las copas, naturalmente, podría ser pura casualidad. En fin, buenos días, Hopkins. No creo que pueda serle útil para nada y parece que ya tiene usted el caso aclarado. Ya me avisará cuando detengan a Randall, y espero que me informe de cualquier otra novedad que pueda presentarse. Confío en poder felicitarle pronto por haber llevado el caso a una conclusión satisfactoria. Vamos, Watson, creo que aprovecharemos mejor el tiempo en casa.

Durante nuestro viaje de regreso pude darme cuenta, por la expresión de Holmes, de que se encontraba muy intrigado por algo que había observado. De cuando en cuando, y haciendo un esfuerzo, lograba desembarazarse de aquella impresión y hablar como si el asunto estuviera muy claro, pero de pronto volvían a acometerle las dudas, y sus cejas fruncidas y su mirada abstraída indicaban que sus pensamientos habían volado de nuevo hacia el gran comedor de Abbey Grange, escenario de aquella tragedia nocturna. Por fin, con un impulso repentino, y en el preciso momento en que nuestro tren empezaba a arrancar en una estación de las fueras, saltó al andén y me arrastró a mí tras él.

-Perdóneme, querido amigo -dijo mientras veíamos desaparecer tras una curva los vagones de cola de nuestro tren-. Lamento mucho hacerle víctima de lo que quizás parezca un mero capricho, pero, por mi vida, Watson, que me resulta sencillamente imposible dejar el caso como está. Todos mis instintos se rebelan contra ello. Hay un error, todo es un error…, ¡le juro que es un error! Y sin embargo, la declaración de la señora no tiene cabos sueltos, la confirmación de la doncella parece suficiente, casi todos los detalles concuerdan… ¿Qué puedo yo oponer a eso? Tres copas de vino, eso es todo. Pero si yo no hubiera dado ciertas cosas por sentadas, si lo hubiera examinado todo con la atención que dedico cuando abordo un caso desde cero, sin dejarme influir por una historia perfectamente construida…, ¿acaso no habría encontrado algo más concreto en que basarme? Pues claro que sí. Siéntese en este banco, Watson, hasta que pase un tren hacia Chislehurst, y deje que le exponga mis razones. Pero, antes que nada, le ruego que borre de su mente la idea de que todo lo que nos han contado la doncella y la señora tiene que ser necesariamente cierto. No debemos permitir que la encantadora personalidad de la dama influya en nuestro buen juicio.

»Desde luego, hay en su relato algunos detalles que, si los consideramos en frío, resultan bastante sospechosos. Estos ladrones dieron un golpe importante en Sydenham hace quince días. Los periódicos hablaron de ellos y publicaron sus descripciones, y parece natural que si alguien desea inventar una historia en la que intervienen ladrones imaginarios se inspire en ellos. Pero en realidad, y como regla general, los ladrones que acaban de dar un buen golpe se conforman con disfrutar de su botín en paz y tranquilidad, sin embarcarse en nuevas empresas arriesgadas. Además de esto, no es normal que los ladrones actúen a una hora tan temprana; no es normal que golpeen a una señora para impedir que grite, ya que a cualquiera se le ocurre que ese es el medio más seguro de hacerla gritar; no es normal que cometan un asesinato cuando son lo bastante numerosos para reducir a un solo hombre sin tener que matarlo; no es normal que se conformen con un botín reducido cuando tienen mucho más a su alcance; y, por último, yo diría que no es nada normal que unos hombres de esa clase dejen una botella medio llena. ¿Qué le parecen todas esas anormalidades, señor Watson?

-Desde luego, su efecto acumulativo es considerable, y sin embargo, cada una de ellas por sí sola es perfectamente posible. A mí lo que me parece menos normal de todo es que ataran a la señora al sillón.

-Bueno, de eso no estoy tan seguro, Watson. Es evidente que, una de dos: o tenían que matarla, o tenían que inmovilizarla para que no pudiera dar la alarma en cuanto ellos escaparan. Pero, de cualquier modo, creo haber demostrado que existe un cierto factor de improbabilidad en la historia de la dama, ¿no le parece? Y luego, para colmo, viene el detalle de las copas de vino.

-¿Qué pasa con las copas de vino?

-¿Puede usted representárselas mentalmente?

-Las veo con toda claridad.

-Nos dicen que tres hombres bebieron de ellas. ¿Le parece a usted probable?

-¿Por qué no? Había vino en las tres.

-Exacto. Pero sólo había posos en una copa. Tiene usted que haberse fijado en ello. ¿Qué le sugiere eso?

-La última copa que se llenó tendría más poso.

-Nada de eso. La botella tenía poso en abundancia, y resulta inconcebible que en las dos primeras copas no caiga nada y la tercera quede llena de poso. Existen dos explicaciones posibles, y sólo dos. La primera es que, después de llenar la segunda copa, agitaran la botella, con lo cual la tercera copa recibiría todo el poso. Esto no parece probable. No, no; estoy seguro de tener razón.

-¿Y qué es lo que supone usted?

-Que sólo se utilizaron dos copas, y que las heces de ambas se echaron en una tercera copa, para dar la falsa impresión de que allí habían estado tres personas. De ser así, todo el poso habría quedado en esta última copa, ¿no es cierto? Sí, estoy convencido de ello. Pero si he acertado con la verdadera explicación de este pequeño fenómeno, entonces el caso se eleva al instante desde el plano de lo vulgar al de lo excepcional, ya que eso sólo puede significar que lady Brackenstall y su doncella nos han mentido deliberadamente, que no debemos creer ni una sola palabra de su historia, que tienen alguna razón de peso para encubrir al verdadero asesino, y que tendremos que reconstruir el caso por nuestros propios medios, sin ninguna ayuda por su parte. Esta es la misión que ahora nos aguarda, Watson, y ahí viene el tren de Chislehurst.

Los habitantes de Abbey Grange se sorprendieron mucho de nuestro regreso, pero Sherlock Holmes, al enterarse de que Stanley Hopkins había ido a presentar su informe en la jefatura, tomó posesión del comedor, cerró la puerta por dentro y se enfrascó durante dos horas en una de aquellas minuciosas y concienzudas investigaciones que formaban la sólida base en la que se apoyaban sus brillantes trabajos deductivos. Sentado en un rincón, como un estudiante aplicado que observa una demostración del profesor, yo seguía paso a paso aquella admirable exploración. El ventanal, las cortinas, la alfombra, el sillón, la cuerda… Todo fue examinado al detalle y debidamente ponderado. Ya se habían llevado el cadáver del desdichado barones, pero todo lo demás continuaba tal como lo habíamos visto por la mañana. En un momento dado, y con gran asombro por mi parte, Holmes se subió a la repisa de la chimenea. Muy por encima de su cabeza colgaban las pocas pulgadas de cordón rojo que permanecían unidas al cable. Se quedó un buen rato mirando hacia arriba y luego, con intención de acercarse más, apoyó la rodilla en una moldura de la pared de madera. De este modo llegaba con la mano a pocas pulgadas del extremo roto del cordón; pero lo que más pareció interesarle no fue esto, sino la moldura misma. Por último, saltó al suelo con una exclamación de satisfacción.

-Ya está, Watson -dijo-. Tenemos el caso resuelto, y es uno de los más notables de nuestra colección. ¡Pero hay que ver lo torpe que he sido y lo cerca que he estado de cometer el mayor disparate de mi vida! Ahora creo que, a falta de unos pocos eslabones, mi cadena está ya casi completa.

-¿Ya tiene usted a sus hombres?

-A mi hombre, Watson, a mi hombre. Sólo uno, pero un tipo de cuidado. Fuerte como un león…, fíjese en ese golpe, que ha doblado el atizador. Uno noventa de estatura, ágil como una ardilla, hábil con los dedos y, sobre todo, con un talento más que notable, ya que toda esta ingeniosa historia es invención suya. Sí, Watson, nos hemos topado con la obra de un individuo verdaderamente extraordinario. Y sin embargo, en ese cordón de campanilla nos ha dejado una pista que tendría que habernos sacado de dudas al instante.

-¿Dónde estaba esa pista?

-Vamos a ver, Watson, si fuera usted a arrancar un cordón de campanilla, ¿por dónde cree que se rompería? Sin duda, por el punto donde está unido al cable. ¿Por qué habría de romperse a tres pulgadas del extremo, como ha hecho éste?

-¿Quizás porque estaba gastado en ese punto?

-Exacto. Este extremo, que es el que podemos examinar, está deshilachado. Ha sido lo bastante astuto como para deshilacharlo con su navaja. Pero el otro extremo no lo está. Desde aquí no se puede ver, pero si se sube usted a la repisa, verá que está cortado limpiamente, sin señal alguna de deshilachamiento. Es fácil reconstruir lo ocurrido. Nuestro hombre necesita una cuerda. No se atreve a arrancarla de un tirón por temor a dar la alarma al hacer sonar la campanilla. ¿Qué es lo que hace? Se sube a la repisa de la chimenea, pero desde ahí todavía no alcanza bien; apoya la rodilla en la moldura (se puede apreciar la huella en el polvo), y saca la navaja para cortar el cordón. A mí me han faltado por lo menos tres pulgadas para llegar al punto del corte, de lo que deduzco que este hombre es, por lo menos, tres pulgadas más alto que yo. ;Fíjese en esa marca en el asiento del sillón de roble! ¿Qué es eso?

-Sangre.

-Ya lo creo que es sangre. Sólo con eso queda desacredita

do el relato de la señora. Si ella estaba sentada en este sillón cuando se cometió el crimen, ¿cómo cayó ahí esa mancha? No, no; ella se sentó en el sillón después de la muerte de su marido. Apostaría a que el vestido negro tiene una mancha que coincide con ésta. Este todavía no es nuestro Waterloo, Watson, sino más bien nuestro Marengo, porque empieza en derrota y acaba en victoria. Ahora me gustaría cambiar unas palabras con la doncella Teresa. Vamos a tener que proceder con cautela durante algún tiempo si queremos obtener la información que necesitamos.

Aquella severa doncella australiana era todo un personaje: taciturna, recelosa, de modales bruscos… Tuvo que transcurrir un buen rato antes de que la actitud amistosa de Holmes y su franca aceptación de todo lo que ella decía la descongelaran hasta el punto de corresponder a su simpatía. No hizo ningún intento de ocultar el odio que sentía hacia su difunto señor.

-Sí, señor, es verdad que me tiró una garrafa a la cabeza. Le oí insultar a mi señora y le dije que no se atrevería a hablar así si el hermano de la señora estuviese aquí. Entonces fue cuando me tiró la garrafa. A mí me habría dado igual que me tirase una docena, con tal de que dejara tranquila a mi pajarita. Estaba siempre maltratándola, y ella tenía demasiado orgullo para quejarse. Ni siquiera a mí me contaba todo lo que él le hacía. Nunca me enseñó esas marcas en los brazos que usted vio esta mañana, pero yo sé muy bien que son pinchazos hechos con un alfiler de sombrero. ¡Monstruo traicionero! Que Dios me perdone por hablar así de él ahora que está muerto, pero si alguna vez ha habido un monstruo en el mundo, ha sido él. Cuando lo conocimos era todo dulzura. Han pasado sólo dieciocho meses, pero a nosotras dos nos han parecido dieciocho años. Ella acababa de llegar a Londres… Sí, era su primer viaje, la primera vez que se alejaba de su país. Él la conquistó con su título y su dinero y sus hipócritas modales londinenses. La pobre señora cometió un error, y lo ha pagado como ninguna mujer pagó jamás. ¿En qué mes le conocimos? Ya le he dicho que fue nada más llegar a Inglaterra. Llegamos en junio, así que fue en julio. Se casaron en enero del año pasado. Sí, la señora ha vuelto a bajar a la sala de estar, y seguro que accederá a recibirle, pero no debe usted exigirle mucho, porque ya ha soportado todo lo que una persona de carne y hueso es capaz de aguantar.

Lady Brackenstall se encontraba reclinada en el mismo diván, pero parecía más animada que por la mañana. La doncella había entrado con nosotros y comenzó de nuevo a aplicar paños a la magulladura que su señora tenía en la frente.

-Espero -dijo la dama- que no habrá venido usted a interrogarme de nuevo.

-No, lady Brackenstall -respondió Holmes en su tono más suave-. No tengo intención de ocasionarle ninguna molestia innecesaria, y mi único deseo es facilitarle las cosas, porque estoy convencido de que ha sufrido usted mucho. Si quisiera usted tratarme como a un amigo y confiar en mí, vería que yo puedo corresponder a su confianza.

-¿Qué quiere usted de mí?

-Que me diga la verdad.

-¡Señor Holmes!

-No, no, lady Brackenstall, eso no sirve de nada. Es posible

que conozca usted mi modesta reputación. Pues bien, me la apostaría toda a que la historia que usted nos contó es pura invención. Tanto la señora como la doncella miraban a Holmes con el rostro empalidecido y los ojos aterrados.

-¡Es usted un insolente! -exclamó Teresa-. ¿Se atreve a decir que mi señora ha mentido?

Holmes se levantó de su asiento.

-¿No tiene nada que decirme?

-Ya se lo he contado todo.

-Piénselo mejor, lady Brackenstall. ¿No sería preferible ser sincera?

Por un instante, el hermoso rostro dio muestras de vacilación. Pero en seguida, algún nuevo y poderoso proceso mental lo dejó fijo como una máscara.

-Le he contado todo lo que sé.

Holmes recogió su sombrero y se encogió de hombros. -Lo siento mucho -dijo, y sin pronunciar otra palabra salimos de la habitación y de la casa.

El jardín tenía un estanque y hacia él se encaminó mi amigo. Estaba congelado, pero había quedado un único agujero en el hielo, para beneficio de un cisne solitario. Holmes se quedó mirándolo, y luego se acercó al pabellón de guardia. Garabateó una breve nota para Stanley Hopkins y se la dejó al guardés.

-Puedo acertar o equivocarme, pero tenemos que hacer algo por el amigo Hopkins, aunque sólo sea para justificar esta segunda visita -dijo-. Todavía no le puedo confiar todas mis sospechas. Creo que nuestro próximo campo de operaciones será la oficina de la línea marítima Adelaida-Southampton, que se encuentra al final de Pall Mall, si mal no recuerdo. Hay otra línea de vapores que hace el servicio entre Australia del Sur e Inglaterra, pero consultaremos primero en la más importante.

La tarjeta de Holmes nos procuró al instante la atención del gerente, y no tardamos en obtener toda la información que mi amigo necesitaba. En junio del 95, sólo un barco de esa línea había llegado a un puerto inglés: el Rock of Gibraltar, el más grande v mejor de los transatlánticos. Una consulta a la lista de pasajeros permitió corroborar que en él había viajado la señora Fraser, de Adelaida, en compañía de su doncella. En aquellos momentos, el barco navegaba rumbo a Australia, por aguas situadas al sur del canal de Suez. Los oficiales eran los mismos que en el 95, con una sola excepción: el primer oficial, Jack Croker, había ascendido a capitán y estaba a punto de tomar el mando de su nuevo barco, el Bass Rock, que zarparía de Southampton dentro de dos días. Residía en Sydenham, pero lo más probable era que se pasara aquella misma mañana por la oficina para recibir instrucciones, de modo que si queríamos podíamos aguardarlo.

No, el señor Holmes no deseaba hablar con él, pero sí que le gustaría saber algo más acerca de su historial y su carácter.

Su historial era magnífico. No había en toda la flota un oficial que pudiera compararse con él. En cuanto a su carácter, era de absoluta confianza cuando estaba de servicio, pero fuera de su barco era un tipo alocado, temerario, nervioso e irascible, aunque sin dejar de ser leal, honrado y de buen corazón. Esta era, en sustancia, la información con la que Holmes salió de la oficina de la Compañía Naviera Adelaida-Southampton. Desde allí nos dirigimos a Scotland Yard, pero en lugar de entrar, Holmes se quedó sentado en el coche, con las cejas fruncidas, sumido en profundos pensamientos. Por último, se hizo llevar a la oficina de telégrafos de Charing Cross, donde cursó un telegrama, y regresamos al fin a Baker Street.

-No he sido capaz de hacerlo, Watson -dijo cuando nos hubimos instalado de nuevo en nuestro cuarto-. Una vez cursada la orden de detención, nada en el mundo habría podido salvarlo. Una o dos veces a lo largo de mi carrera he tenido la impresión de que había hecho más daño yo descubriendo al criminal que éste al cometer su crimen. Así que he aprendido a ser cauto y ahora prefiero tomarme libertades con las leyes de Inglaterra antes que con mi propia conciencia. Es preciso que sepamos algo más antes de actuar.

Antes de que anocheciera recibimos la visita del inspector Stanley Hopkins. Las cosas no le iban muy bien.

-Holmes, estoy convencido de que es usted un brujo. Le aseguro que a veces pienso que posee usted poderes que no son humanos. Vamos a ver: ¿cómo demonios sabía usted que la plata robada estaba en el fondo de ese estanque?

-No lo sabía.

-Pero me dijo que lo inspeccionara.

-¿Así que la encontró, eh?

-Sí, la encontré.

-Me alegro mucho de haberle podido ayudar.

-¡Pero es que no me ha ayudado! ¡Lo que ha hecho es complicar muchísimo más el asunto! ¿Qué clase de ladrones son éstos que roban la plata y luego la tiran al estanque más próximo?

-No cabe duda de que su proceder es bastante excéntrico. Yo me limité a razonar a partir de la idea de que si la plata la habían robado personas que en realidad no la querían, sino que únicamente la estaban utilizando como pantalla, lo más natural era que procuraran deshacerse de ella lo antes posible.

-Pero ¿cómo se le pudo pasar por la cabeza semejante idea?

-Bueno, me pareció que era posible. Nada más salir por el ventanal francés tuvieron que encontrarse el estanque, con su tentador agujerito en el hielo, delante de sus mismas narices. ¿Qué mejor escondite que aquél?

-¡Ah, un escondite! ¡Eso es otra cosa! -exclamó Stanley Hopkins-. Sí, claro, ahora lo entiendo. Era muy pronto, había aún gente por los caminos, y tuvieron miedo de que alguien los viera con la plata, de manera que la echaron al estanque, con la intención de regresar a por ella cuando no hubiera moros en la costa. Magnífico, señor Holmes, esto está mejor que esa idea de la pantalla.

-Seguro. Ha elaborado usted una admirable teoría. No cabe duda de que mis ideas eran completamente disparatadas, pero tiene usted que reconocer que han dado como resultado la recuperación de la plata.

-Sí, señor, sí; todo el mérito es suyo. En cambio, yo he sufrido un grave resbalón.

-¿Un resbalón?

-Sí, señor Holmes. La banda de los Randall ha sido detenida esta mañana en Nueva York.

-Vaya por Dios, Hopkins. Esto sí que parece rebatir su teoría de que anoche cometieron un asesinato en Kent.

-Es un golpe mortal, señor Holmes, absolutamente mortal. Sin embargo, hay otras cuadrillas de tres hombres, aparte de los Randall, e incluso podría tratarse de una banda nueva, que la policía aún no conoce.

-Seguro; es perfectamente posible. ¿Cómo, se marcha usted?

-Sí, señor Holmes; no habrá descanso para mí hasta que haya llegado al fondo del asunto. Supongo que no tiene usted ninguna sugerencia que hacerme.

-Ya le he hecho una.

-¿Cuál?

-Bueno, he sugerido la posibilidad de una pantalla.

-Pero ¿por qué, señor Holmes, por qué?

-Ah, ésa es la cuestión, desde luego. Pero le recomiendo que piense en esa idea. Puede que descubra que tiene su miga. ¿No se queda a cenar? Está bien, adiós y háganos saber cómo le va.

Hasta después de haber cenado y haber quedado recogida la mesa, Holmes no volvió a mencionar el asunto. Había encendido su pipa y acercado los pies, enfundados en zapatillas, al reconfortante fuego de la chimenea. De pronto, consultó su reloj.

-Espero novedades, Watson.

-¿Cuándo?

-Ahora mismo…, dentro de unos minutos. Seguro que piensa usted que me he portado muy mal con Hopkins hace un rato.

-Confío en su buen juicio.

-Una respuesta muy sensata, Watson. Tiene usted que mirarlo de este modo: lo que yo sé es extraoficial; lo que él sabe es oficial. Yo tengo derecho a decidir por mí mismo, pero él no. Él tiene que revelarlo todo, o se convertiría en un traidor al cargo que ocupa. En caso de duda, preferiría no colocarle en una posición tan penosa y por eso me reservo lo que sé hasta que haya llegado a una conclusión clara sobre el asunto.

-¿Y eso cuándo será?

-Ha llegado el momento. Va usted a presenciar la última escena de un pequeño e interesante drama.

Se oyeron ruidos en la escalera, y nuestra puerta se abrió para dejar paso a uno de los ejemplares masculinos más espléndidos que jamás han entrado por ella. Era un hombre joven y muy alto, con bigote rubio, ojos azules, piel tostada por el sol de los trópicos y andares elásticos, que demostraban que aquella poderosa estructura era tan ágil como fuerte. Cerró la puerta después de entrar y se quedó de pie, con los puños apretados y el pecho palpitando, como tratando de dominar una emoción avasalladora.

-Siéntese, capitán Croker. ¿Recibió usted mi telegrama?

Nuestro visitante se dejó caer en una butaca y nos miró con ojos inquisitivos.

-Recibí su telegrama y he venido a la hora que usted indicaba. Me han dicho que ha estado usted hoy en la oficina. No hay manera de escapar de usted. Oigamos ya las malas noticias. ¿Qué piensa hacer conmigo? ¿Detenerme? ¡Hable, hombre! No se quede ahí sentado, jugando conmigo como el gato con el ratón.

-Déle un cigarro -me dijo Holmes-. Muerda eso, capitán Croker, y no se deje llevar por los nervios. Puede estar seguro de que yo no me sentaría a fumar con usted si lo considerase

un criminal vulgar. Sea sincero conmigo y saldrá ganando. Trate de engañarme y lo aplastaré.

-¿Qué quiere usted que haga?

-Que me cuente toda la verdad de los sucedido anoche en Abbey Grange. Toda la verdad, fíjese bien, sin añadir ni omitir nada. Es ya tanto lo que sé, que si se desvía usted una pulgada del camino recto, tocaré este silbato de policía desde la ventana y el asunto quedará fuera de mis manos para siempre.

El marino meditó un momento y luego se dio una palmada en la pierna con su enorme mano tostada por el sol

-Correré el riesgo -dijo-. Creo que es usted un hombre de palabra y un hombre justo, y le voy a contar toda la historia. Pero antes tengo que decirle una cosa. Por lo que a mí respecta, no me arrepiento de nada, no temo nada, volvería hacer lo que hice, y me sentiría orgulloso de haberlo hecho. ¡Maldita bestia! Aunque tuviera más vidas que un gato, no le bastaría con todas ellas para pagar lo que hizo. Pero está la señora, Mary…, Mary Fraser…, porque jamás me harán llamarla por ese otro maldito apellido… Cuando pienso los problemas que esto puede ocasionarle…, yo, que daría la vida sólo por hacer brotar una sonrisa en su amado rostro…, es que se me hace la sangre agua. Y sin embargo…, y sin embargo… ¿Qué otra cosa podía yo hacer? Voy a contarles mi historia, caballeros, y después les preguntaré, de hombre a hombre, si podía haber hecho otra cosa.

»Tengo que retroceder un poco. Parece que ustedes lo saben todo, así que supongo que ya saben que la conocí cuando ella era pasajera y yo primer oficial del Rock of Gibraltar. Desde que la vi por vez primera no existió otra mujer para mí. Cada día del viaje la amaba más, y muchas veces, durante la oscuridad de la guardia nocturna, me he arrodillado para besar la cubierta del barco allí donde sus queridos pies la habían pisado. Ella nunca me prometió nada. Me trató con toda la honradez con que una mujer puede tratar a un hombre. No tengo ninguna queja. Por mi parte, todo era amor; por la suya, buena camaradería y amistad. Cuando nos separamos, ella era una mujer libre, pero yo ya no podría ser libre jamás.

»Al regreso de mi siguiente viaje me enteré de su matrimonio. ¿Y por qué no iba a poderse casar con quien quisiera? Título y dinero… ¿A quién iban a sentarle mejor que a ella? Nació para todo lo bello y delicado. Me alegré de su buena suerte y de que no se hubiera echado a perder entregándose a un vulgar marino sin un céntimo. Así es como yo amaba a Mary Fraser.

»En fin, pensaba que no la volvería a ver; pero al concluir mi último viaje fui ascendido a capitán y mi nuevo barco aún no se había botado, de manera que tuve que esperar un par de meses, y fui a pasarlos con mi familia en Sydenham. Y un día, en un camino rural, me encontré con Teresa Wright, su vieja doncella, que me contó cosas de ella, de él, de todo. Les aseguro, caballeros, que casi me vuelvo loco ¡Ese perro borracho! ¡Atreverse a ponerle la mano encima, él, que no era digno ni de lamerle los zapatos! Volví a ver a Teresa. Después vi a la propia Mary… y la volví a ver por segunda vez. A partir de entonces ella ya no quiso que siguiéramos viéndonos. Pero el otro día recibí el aviso de que mi barco zarparía en una semana, y decidí verla una vez más antes de partir. Teresa siempre estuvo de mi parte, porque quería a Mary y odiaba a ese canalla casi tanto como yo. Por ella me enteré de las costumbres de la casa. Mary solía quedarse a leer en su salita de la planta baja. Anoche me acerqué hasta allí arrastrándome y arañé el cristal de la ventana. Al principio, ella no quería abrirme, pero ahora sé que en el fondo me ama y no fue capaz de dejarme fuera en una noche tan helada. Me susurró que diera la vuelta hasta el ventanal delantero y lo abrió para dejarme pasar al comedor. Una vez más, escuché de sus labios cosas que me hicieron hervir la sangre, y una vez más maldije a ese bruto que maltrataba a la mujer que yo amaba. Pues bien, caballeros, allí estábamos los dos, de pie junto al ventanal, y pongo al cielo por testigo de que en una actitud absolutamente inocente, cuando ese hombre se precipitó en la habitación como un loco, le dijo los peores insultos que un hombre puede dirigir a una mujer y la golpeó en la cara con el bastón que traía en la mano. Yo di un salto para coger el atizador y entablamos una lucha bastante igualada. Aquí en mi brazo puede ver dónde cayó su primer golpe. Pero entonces me tocó pegar a mí y le partí el cráneo como si hubiera sido una calabaza podrida. ¿Creen ustedes que lo lamenté? ¡Ni lo más mínimo! Era su vida o la mía… Más aún: era su vida o la de ella, porque, ¿cómo iba yo a dejarla en poder de aquel loco? Así lo maté. ¿Hice mal? Si es así, caballeros, díganme qué habrían hecho ustedes de encontrarse en mi situación.

»Ella había gritado cuando él la golpeó, y eso hizo bajar a la vieja Teresa de la habitación de arriba. En el aparador había una botella de vino y yo la abrí para verter un poco en los labios de Mary, que estaba medio muerta del susto. Yo también bebí un poco. Pero Teresa se mantenía fría como el hielo, y la idea fue tan suya como mía. Teníamos que aparentar que habían sido los ladrones. Teresa no paró de repetirle la historia a su señora, mientras yo trepaba para cortar el cordón de la campanilla. Luego la até al sillón, e incluso deshilaché el extremo del cordón para que pareciera natural y nadie se preguntara cómo había podido un ladrón trepar hasta allí para cortarlo. Cogí unos cuantos platos y cacharros de plata para reforzar la historia del robo, y las dejé solas, indicándolas que dieran la alarma un cuarto de hora después de marcharme yo. Tiré la plata al estanque y me volví a Sydenham con la sensación de que, por una vez en mi vida, había aprovechado bien la noche. Y esta es la verdad y toda la verdad, señor Holmes, aunque me cueste el cuello.

Holmes siguió fumando en silencio durante un rato. Luego cruzó la habitación y estrechó la mano de nuestro visitante.

-Esto es lo que pienso -dijo-. Se qué todo lo que me ha dicho es verdad, porque prácticamente no ha dicho ni una palabra que yo no supiera ya. Nadie más que un acróbata o un marinero podía haber trepado para cortar ese cordón desde la moldura, y nadie más que un marino podía haber hecho esos nudos para atar el cordón a la silla. La señora no había estado en contacto con marinos más que una vez en su vida, y eso fue durante su viaje. Y tenía que tratarse de alguien de su misma categoría humana, por el empeño que ponía en encubrirle, lo cual, de paso, demostraba que le amaba. Ya ve lo fácil que me ha resultado dar con usted en cuanto me puse a seguir la pista adecuada.

-Yo creí que la policía nunca conseguiría descubrir nuestro engaño.

-Y no lo ha conseguido, ni creo que lo consiga. Pero mire, capitán Croker: este es un asunto muy serio, aunque estoy dispuesto a admitir que usted actuó bajo la provocación más extrema a la que pueda verse sometido un hombre. Tratándose de defender su vida, es muy posible que su acción se pueda considerar legítima. Sin embargo, eso debe decidirlo un jurado británico. Mientras tanto, me inspira usted tanta simpatía que si decidiera desaparecer en las próximas veinticuatro horas yo le prometo que nadie le molestaría.

-¿Y después, todo saldría a relucir?

-Desde luego que saldrá a relucir.

El marino se puso rojo de ira.

-¿Cree usted que se le puede proponer algo así a un hombre? Conozco la ley lo suficiente como para saber que Mary sería detenida como cómplice. ¿Piensa que yo la dejaría sola para afrontar el escándalo mientras yo me escabullo? No, señor; que hagan lo que quieran conmigo, pero, por amor de Dios, señor Holmes, tiene usted que encontrar alguna manera de librar a mi pobre Mary de los tribunales.

Por segunda vez, Holmes estrechó la mano del marino.

-Sólo estaba poniéndole a prueba, y también esta vez ha respondido. Bien, estoy asumiendo una gran responsabilidad, pero ya le he proporcionado a Hopkins una pista excelente, y si no es capaz de sacarle partido, yo ya no puedo hacer más. Vamos a ver, capitán Croker, hagamos esto como es debido. Usted es el acusado. Watson, usted es un jurado británico, y le aseguro que nunca he conocido a una persona mejor capacitada para ejercer esa función. Yo soy el juez. Y ahora, caballeros del jurado, han oído ustedes la relación de los hechos. ¿Consideran al acusado culpable o inocente?

-Inocente, su señoría -dije yo.

Vox populi, vox Dei. Este tribunal le absuelve, capitán Croker. A no ser que la justicia encuentre un falso culpable, está usted a salvo de mí. Vuelva usted dentro de un año a visitar a la señora, y ojalá que el futuro de ustedes dos justifique la sentencia que hemos pronunciado esta noche.



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