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La chaqueta de cuero

[Cuento - Texto completo.]

Cesare Pavese

Mi padre me deja pasar el santo día en el barracón del embarcadero, porque ahí me distrai­go y aprendo un oficio sin darme cuenta. Ahora hay una dueña gorda que grita siempre, y si hago el mínimo ademán de tocar una barca, me ve, aunque sea desde el sótano, y grita que deje lo que no es mío. Detrás del barracón están las mesitas y las sillas para los clientes, pero esta dueña no quiere que la ayude nadie, y si voy por unas con­sumiciones dice en seguida a su hijo que lleve él los vasos. En el barracón hace tiempo que no entro, y más aún que no subo arriba a mirar el agua y las barcas desde la ventana de Ceresa. Aquí ya no viene nadie, y mi padre está fresco si cree que todavía puedo aprender el oficio.

Esta madama Pina no tiene ni idea: trata a los clientes como me trata a mí. No basta con llevar la chaqueta de cuero para gobernar un em­barcadero; hace falta que la gente venga de buena gana y vea en la cara del dueño que le gustan las barcas y el Po y que divertirse es una buena cosa. Ceresa sí que era el hombre para eso; parecía que jugase con todos y en las barcas pasaba más tiem­po él que los clientes. Cuando estaba Ceresa no faltaban nunca risas: estábamos en el agua en bañador, preparábamos la brea, achicábamos las barcas, y en verano merendábamos con el canasto de uva sobre la mesa, bajo los árboles. Las mu­chachas que iban a pasear en barca se paraban a bromear bajo el cobertizo, y había una que quería que Ceresa la acompañase Po arriba. Ceresa le decía siempre que no podía abandonar el embar­cadero y la hostería, y que viniese por la mañana temprano, antes de salir el sol. Una buena ma­ñana la estúpida aquella vino, y Ceresa entonces le dijo que se levantara así todos los días y se le pasaría la murria.

La chaqueta de cuero, que ahora la vieja se echa sobre los hombros cuando llueve, Ceresa la llevaba siempre y me acuerdo de una vez que es­tábamos en la barca y se desencadenó un tempo­ral, que se la quitó y me la dio para que me tapase. Debajo no llevaba nada, y me decía que, si hacía la vida del Po, de mayor tendría sus múscu­los. Llevaba un bigotillo que a fuerza de estar al sol era rubio.

El año pasado, por culpa de Nora, algunos de­jaron de venir. Nora antes era la criada que lle­vaba las bebidas a los clientes y por la noche se marchaba; pero el año pasado, por tarde que yo me fuese a casa, ella se quedaba en el barracón y al llegar por la mañana, la veía ya mirar desde la ventana. Nora era una hermosa mujer; Ceresa no lo decía nunca, pero lo decían los jóvenes y los viejos que jugaban a bochas. Nora se quedaba apoyada en el quicio con un codo en la mano, ves­tida de rojo, y miraba a todos sin hablar. A mí, una vez que me senté en el escalón esperando a Ceresa, me dijo: «Vuélvete a casa, imbécil». Pero, otras veces se reía cuando me sentaba en una barca con los pies en el agua, y si alguien pedía un remo o un cojín y Ceresa no estaba, me decía que fuese a buscarlo al cobertizo.

A mí en seguida me apenó que Nora se quedase en el barracón. Antes, cuando pensaba en ella, tam­bién yo decía: «Es una hermosa muchacha» y no volvía a acordarme; pero si ahora se quedaba con Ceresa, quería decir que verdaderamente sucedía algo extraordinario; y me apenaba porque no com­prendía qué podía ser.

Comían bajo el cobertizo, juntos; y yo me que­daba un rato más, para ayudarles si volvía alguna barca, que no tuviesen que levantarse; y ellos con­versaban, me decían algo de vez en cuando, pero sobre todo se guiñaban el ojo y, si Nora iba a la cocina a buscar un plato, Ceresa callaba, mirando la puerta. Entre ellos hablaban como no hablaban conmigo; ni tampoco Ceresa, que con todos bromeaba, era con ella el de siempre, sino que decía según qué cosas despacio, golpeando la mesa con la punta de los dedos y mirando hacia arriba, o bien movía la cremallera de la chaqueta como si fuese un abanico, y Nora guiñaba los dos ojos y miraba la cremallera, riendo.

Se comprendía que estaban juntos para hacerse compañía, pero no para casarse, porque Nora no llevaba nunca un vestido cualquiera, de esos que se llevan para estar por casa, sino que se ponía el rojo, u otro blanco aún más bonito, y una vez lavados los platos y barrido, se quedaba en la puerta o venía a mirar el agua como hacen las chicas que alquilan las barcas. Cuando Ceresa la buscaba, ella llegaba caminando despacio y siem­pre parecía que no tuviese nada que hacer. En cambio la jornada era larga y no faltaba faena: ella servía en el figón, lavaba las camisas y aún le quedaba tiempo para fumarse un cigarrillo.

Ahora que Nora era la dueña, Ceresa me decía que un día volveríamos a coger la barca él y yo, y estaríamos hasta la noche en el Po, navegando aguas arriba, pasado el dique. Nora no venía con nosotros en barca, decía que el agua olía mal, y cuando partíamos con las redes y la cesta para pescar bajo el puente, nos miraba desde la ven­tana, riendo. Para pescar, Ceresa solo se ponía la chaqueta y el taparrabos negro muy ajustado y nos echábamos al agua y colocábamos la cesta en las piedras y, mientras yo controlaba la barca, Ceresa molestaba a los peces con las manos. Sabía de un lago extraordinario, más allá del dique, del que se volvía con la cesta llena, y decía siempre que saldríamos una buena mañana para volver por la noche. Durante muchas mañanas llegué al embarcadero esperando que fuese la ocasión, pero siempre surgía algún quehacer, o bien Ceresa tenía que acabar una conversación con Nora, o embrear una barca en la que había empezado a trabajar la noche anterior, y se aplazaba.

Acabé yendo por mi cuenta, al otro lado del dique. Un día que Ceresa tenía algo que hacer en Turín, yo me quedé solo con Nora que limpiaba verdura en un cubo, bajo el cobertizo. Nora no me quitaba ojo, sin hablarme, y entonces me abu­rrí. Le dije que cogía la barca y partí. Estuve hasta mediodía en el agua y volví convencido de que aquel día no vería a Ceresa y que haría mejor yéndome a casa. En cambio Ceresa había vuelto y sonreía desde la ventana mientras se ponía la cha­queta, y me dijo que subiera. Di un paso pero luego vi a Nora contra el quicio, que me miraba de soslayo, y no me atreví a entrar. Dije: «Ceresa está llamando», y fui al cobertizo a dejar el remo. Nora me miró fijamente y luego subió ella.

Por la mañana era el mejor momento, porque siempre se podía esperar más que por la noche.

Por la noche tenía que irme, porque después de cenar Ceresa y Nora se vestían y se cogían de bracete: iban a Turín, al cine, a pasear. El embar­cadero quedaba vacío, cerraban la hostería al os­curecer. Antes siempre había alguien y Ceresa nos entretenía: él no tenía frío, se quedaba en taparrabos incluso de noche. Me daba rabia que Nora, que no tomaba nunca el sol y tenía que estar blanca como la panza de un pez, le tutease y anduviera siempre de bracete con él. Habría dado cualquier cosa por saber hablar como ellos.

—Verás cuando me case —me dijo Ceresa una mañana—, todo volverá a ser como antes.

Yo le sostenía la brea y tenía ganas de llorar. Pero no lloraba y miraba la barca, para que él no se riese. Estaba atento a que Nora no me oyese desde la cocina, aunque sabía muy bien que quería casarse de veras con ella.

—Yo no me casaría —dije en voz baja—, verás como, cuando te cases, Nora no se vuelve a poner el vestido rojo y empezarán a reñir.

—¿Qué le dijiste al Zueca, ayer, cuando jugaba a bochas?

Ceresa lo sabía siempre todo. Pero fue el Zueca, el del bocio, quien hablando con otro había dicho que Nora era una mula y que Ceresa no debía ca­sarse con ella. Yo solo había escuchado al llevar los vasos.

—Tú eres un chiquillo —dijo Ceresa—, no ha­bles como los mayores. Si Nora te dice algo, me lo dices a mí.

Pero Nora no me decía nunca nada importante. A veces me echaba a la calle. Cuando trabajába­mos con Ceresa en una barca ella nos miraba des­de la puerta con cara de dueña, y yo no compren­día si miraba de este modo a mí o a Ceresa. Ahora solamente esperaba que volviese a hablar de lo mismo,  para  decirle  que  Nora  era una mujer mala.

Unos días después del suceso del Zueca, espe­raba en la barca a que Ceresa bajase, pero Ceresa no venía. Había subido un momento a buscar tabaco, y desde el agua veía la ventana abierta, pero como hacía buen tiempo podían venir clien­tes y llevarse a Ceresa, y no veía la hora de que bajase. Era una tarde calurosa y no se oía ni si­quiera el rumor del agua contra las barcas. Luego entreveo la espalda de Ceresa en la ventana y oigo que habla hacia la habitación y no se vuelve para decirme algo. Entonces miro al sol, luego cierro los ojos y me los oprimo, y veía muchas manchas rojas y verdes y me aburría. Esperé no sé cuánto, y de pronto vi a Ceresa bajo el cobertizo que en­cendía el cigarrillo y me preguntaba que qué ha­cíamos. Le mostré el remo y Ceresa hizo un gesto como diciendo que no tenía ganas, pero saltó a la barca. Se dejó llevar por mí hasta el puente y estaba sentado sin hablar. Luego se arrojó al agua y pescamos, y de cuando en cuando decía algo de los peces, pero no dejaba de fumar y de erguirse para mirar el agua. Yo le hablé del bote automóvil y discutimos si iba o no con gasolina, pero él no me tomó el pelo como solía hacer, y arrojaba los peces pequeños contra el fondo de la barca diciendo: «Revienten ustedes también».

Aquella noche pasó el Zueca con su lancha y dijo: «Eh».

—Tú sí que eres listo —digo yo ver­tiendo el agua sobre los peces, y Ceresa le mira, luego me mira a mí riendo y me pone la mano en la cabeza y me la frota.

Y sin embargo con Nora no había reñido. A las mujeres les gusta armarla o por lo menos llorar; las mujeres son diferentes de nosotros. Pero con Nora callábamos; apuesto cualquier cosa a que también a él Nora le decía a veces como a mí: «Qué imbécil eres. Vete de aquí», y entonces Ce­resa no tenía más remedio que doblarle la muñeca y rompérsela. Solo una vez que en presencia de dos clientes le dijo que cosiese el cojín roto de una barca, Nora cogió el cojín y lo tiró al agua. Luego se encerró arriba y no quería abrirle la puerta. Yo me puse a servir a las mesas de detrás del barracón, donde no se habían dado cuenta de nada. Ceresa no me habló en todo el día y se estuvo bajo el cobertizo limando un escálamo y afuellaba él solo la fragua y cogía los carbones to­davía crepitantes con las manos y los arrojaba al Po.

Al día siguiente encuentro la puerta cerrada. Llamo; no hay nadie. Entonces me voy, porque no quería que me viesen los clientes y tener que de­cirles que Ceresa se había peleado. El embarca­dero estuvo muerto durante dos días; luego, una buena mañana, paseaba casualmente por la orilla y veo movimiento de barcas. Había vuelto Ceresa; había vuelto Nora que estaba en la ventana y se cambiaba la blusa. Ceresa embarcaba en aquel momento a dos muchachas, de esas que se desnu­dan en el cobertizo y gritan estupideces. Ceresa reía y sujetaba la barca.

Por la noche hubo fiesta porque Nora había vuelto. Vinieron cinco o seis, entre barqueros y clientes —el Zueca, Damiano, los de siempre—, pero parecían más alegres y se estuvieron hasta las tantas hablando y bromeando. Todos decían que Nora tenía que bañarse, y decían que al día siguiente compraría el traje de baño y serviría en camiseta a los jugadores de bochas. Luego sa­lió la luna y el boliche estaba claro como en pleno día; entonces Damiano trajo el vino y se pusie­ron a jugar. Yo me caía de sueño pero no quería irme; de eso se encargó Nora, que me dijo: «¿No te quieren en tu casa?». Y entonces me fui.

Desde aquel día Nora se volvió más alegre pero con Ceresa estaba siempre dispuesta a responder, y Ceresa no hacía caso y se encogía de hombros. A veces me avergonzaba yo por él, cuando aquella bruja decía tonterías delante de los demás.  Se había comprado el traje de baño, un traje rojo como el vestido, y se lo ponía a mediodía para tomar el sol mientras iba y venía por delante del cobertizo, y luego se lo tenía puesto, hasta que Ceresa la agarraba de un brazo y la miraba con el ceño fruncido. Nora tenía una piel que parecía mantequilla blanca, pero en el Po no se bañaba nunca. Cuando venían Damiano o el hijo del Zueca o soldados, se quedaba para reír con ellos y exhi­birse. Yo no comprendo qué es lo que la gente encuentra en las mujeres. «Verás —me dijo una vez Ceresa— como también a ti te gustarán». Pero hasta ahora esto no me ha ocurrido. Luego Ceresa se peleó con Damiano. Se peleó un día que yo no estaba, y oí hablar de ello al día siguiente, en la hostería. Llegaron a las manos y gritaban tanto que los tranviarios lo oían de la otra orilla. Aquella vez miré a hurtadillas la cara de Nora, para ver si también ella estaba enfadada, pero más que enfadada me parecía asustada. En cambio Ceresa no dijo nada y vino conmigo a pescar y ese día no hubo ni un pez para un reme­dio, y él de la rabia cogió la cesta y la arrojó contra el machón del puente. Luego se tendió en el fondo de la barca y me dijo que le llevara a casa.

A partir de entonces, si no me decía él que ha­bía que hacer algo, yo iba de mala gana al em­barcadero. Había días que estábamos en el co­bertizo sin hablar y Nora no se dejaba ver. Pero aún era peor cuando Nora daba vueltas por la cocina o servía a los clientes, porque entonces me esperaba siempre que dijese algo. Luego, una vez, busco mi barqueta —la que me había hecho yo en el banco del cobertizo cuando Ceresa me deja­ba trabajar— y no la encuentro. Ceresa estaba sentado en el suelo contra el palo y le pregunto que dónde estaba la barca; él me dice que no lo sabe. Entonces corro a la cocina y se lo pregunto a Nora y la oigo que me dice, tranquila, que la ha echado a la lumbre.

Ceresa me preguntó aquel día que por qué no aprendía un oficio. «Pero si yo quiero ser bar­quero», respondo. «Estás loco ―dice él― ¿no lo ves que es un oficio detestable? Di a tu padre que te meta en una fábrica, díselo. Lo que a ti te conviene es hacer el servicio». Me dio pena, no por mí, porque al fin y al cabo yo no era nada, pero por él, que ya no le gustaba el Po. Quería decirle que se casara con Nora, que así la gober­naría mejor, pero no sabía si me iba a contestar. Me puse los pantalones y volví a casa.

Nora se dio cuenta de que me la había hecho gorda, porque al día siguiente me llamó a la cocina y me buscó conversación. Me preguntó si me gus­taba tanto ser barquero y si no tenía miedo de ahogarme. Yo le respondí que me gustaba porque era el oficio de Ceresa. Luego me preguntó si era capaz de llevarla en barca. «Vamos a preguntar a Ceresa si nos deja ir a ver el dique. Si mañana hace buen tiempo, iremos».

Al día siguiente se puso el traje de baño y le pidió prestada la chaqueta a Ceresa. Cogimos la cesta de la merienda y ella se sentó en los coji­nes; Ceresa miró cómo partía, riendo. Una vez pasado el puente me puse a remar a boga larga, y Nora me preguntó si estaba lejos. Le expliqué cómo se hacía para hundir el remo, y ella lo probó. Se puso a mi lado y por poco nos caemos al agua; las mujeres son todas lo mismo. Volvió a sentarse y me preguntó si sabía nadar en aguas profundas. Sabía que bajo el dique no se puede nadar y me dijo que nos parásemos en la desembocadura del Sangone donde el agua estaba tranquila.

Amarré la barca a tierra y, mientras ella me miraba, di una buena zambullida. Luego nadé en el Sangone y le grité que el agua estaba más fría que en el Po. Cuando llegué junto a la barca y empezaba a hacer pie, vi aparecer en la orilla a Damiano y a un soldado. Eran amigos, pero al soldado no le había visto nunca. Entonces se acer­caron a la barca y empezaron a hablar con Nora. Saludé a Damiano, pero sin darle confianza. Subí a la barca y me senté.

Me daba rabia Damiano, porque sabía que re­maba mejor que yo y, si Nora le decía que nos llevase al dique, yo quedaba como un estúpido. Pero Damiano y el soldado se sentaron en la orilla y empezaron a bromear. Nora respondía, y al cabo de un rato saltó también ella a tierra y dijo que quería pasear. El soldado le puso la mano en la cremallera de la chaqueta y dijo riendo: «Hace falta un poco de aire». Era un napolitano. Me quedé solo en la barca y pensé que, si Ceresa se llega a enterar, la que se armaba, y enton­ces volví al agua, para que quien pasara no viese que la barca era de Ceresa. Nora volvió que era ya de noche, y me dijo que no teníamos que decir a Ceresa que habíamos visto a Damiano. Eso ya lo sabía yo.

Pero al día siguiente intentó hacerse llevar de nuevo —esta vez a los Mulini— y me vi obligado a no ir al embarcadero, porque entre Ceresa que insistía y ella que me miraba como hacen las mujeres cuando están enfadadas, no podía decir que no. Fui hacia el atardecer y la encontré que se había puesto ya la falda, pero, en vez de la blusa, llevaba aún la chaqueta de cuero. Se conoce que ahora llevaba el traje de baño bajo la falda. Me miró con mala cara, pero yo me quedé con Ceresa.

Eran hermosas las mañanas de septiembre, cuando el Po levantaba la niebla y esperábamos a que el sol la disipase poco a poco. Ahora siempre había algo que hacer, en la fragua o con la brea, y Nora no aparecía demasiado temprano porque iba a la compra. Ceresa hablaba menos que an­tes, pero estaba a gusto con él porque comprendía que se sentía desganado, y me dejaba trastear a mis anchas en el cobertizo. De vez en cuando decía algo, y le hacía compañía de ese modo.

Llegó finalmente la temporada de la uva, y una tarde arrancamos unos racimos de las parras que cubrían la hostería y merendamos con el cubo al lado. Estaba también Nora y comíamos los tres, riéndonos. Nora decía que había que ir con cuidado porque de noche la robaban. Luego, para mostrarnos dónde los ladrones podían esconderla, abrió la cremallera de la chaqueta. Entreví que debajo iba desnuda, y vislumbré algo blanco y pintojo; no llevaba el bañador. Cerró en seguida.

Mientras nosotros merendábamos, había dos soldados que bebían cerveza en un rincón, y uno me parecía cabalmente aquel amigo de Damiano que había bromeado con Nora. Pero, ¿cómo podría asegurarlo?, se parecen todos. Nora, al servirles la cerveza, no se había detenido a hablar.

Pero al cabo de una hora les volví a ver riendo y hablando con Nora, tan tranquilos. Ceresa se había metido en casa. Vi cómo Nora se inclinaba sobre la mesa y cómo el soldado alargaba la mano, igual que el otro día, pero esta vez tiraba de la cremallera hacia abajo, y Nora, echada hacia de­lante, reía con ellos. Solo me volví al darme cuenta de que Ceresa estaba en la puerta. Me llamó, sin añadir una palabra.

Poco después yo estaba solo en la bolera, las mesas vacías, Nora y Ceresa en la casa. Me quedé escuchando por si gritaban, pero no había el me­nor movimiento. Solo tenía miedo de que llegase un cliente, o regresara una barca, y tener enton­ces que llamar a Ceresa. En las plantas dormía el aire y estaba anocheciendo; tenía frío. Más allá de las plantas oía a los pájaros que volaban bajo. Por la escarpadura no pasaba ni un automóvil. Todo parecía muerto.

Tuve vergüenza, miedo, no sé. Pensaba aún en aquella blancura de Nora. Me pareció como si todo gritase y que me llamaban. Luego se abrió la ventana y Ceresa se asomó y dijo: «Pino, arrea a casa». Cerró en seguida.

Al día siguiente volví con el corazón en un puño. Pasé por la escarpadura sin descender; el embarcadero estaba tranquilo, en medio de las plantas. No había nadie. De todas formas tenía que llevar un recado al fielato. Pero después de comer me decidí: Ceresa debía saberlo que yo no tenía ninguna culpa. Veo una aglomeración de barcas que van y vienen frente al embarcadero; veo a dos de paisano parados junto a un automóvil, a la entrada del sendero. Comprendo que no se puede pasar y entonces doy la vuelta al prado. En el cobertizo todos van de un lado a otro, pero Ceresa no está. Entonces encuentro al hijo del Zueca que me dice que Ceresa ha estrangulado a Nora y la ha arrojado al Po.

Yo quería verle para decirle lo de aquel día en el Sangone, pero nos hicieron despejar a todos y cuando él salió se oyó solamente el zumbido del automóvil. Después me dijo mi padre que cuanto menos hablase de aquello mejor. Para mí y para todos.

FIN


“La spiaggia”, 1942


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