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Louise

[Cuento - Texto completo.]

W. Somerset Maugham

Jamás pude explicarme por qué le era tan antipático a Louise. Me tenía aversión, y yo sabía perfectamente que no perdía ocasión de criticarme con su gentileza característica.

Era demasiado delicada para hacer abiertamente una manifestación contra mí, pero con una leve insinuación, un suspiro o un gesto se hacía comprender perfectamente. Era una maestra en el arte de adular fríamente.

Es cierto que nos habíamos conocido casi íntimamente durante unos veinticinco años, pero a pesar de todo no pude llegar a convencerme de que nuestra vieja amistad lograra influir sobre ella en ningún sentido.

Tenía la impresión de que yo era una persona grosera, cínica y vulgar, y me resultaba un misterio la razón por la cual no tomaba el único camino que le quedaba, es decir, alejarse de mí.

Pero no se decidió a hacer nada por el estilo. No se separaba de mi lado; continuamente me invitaba a almorzar o a cenar con ella, y una o dos veces al año a pasar un fin de semana en su casa de campo. Por fin me pareció descubrir el motivo de estas atenciones. Suponía infundadamente que yo no creía lo que ella me contaba. Si era este el motivo por el cual no me apreciaba, también era la razón por la que deseaba granjearse mi amistad.

Le irritaba pensar que pudiera considerarla ridícula, y no desechaba la idea que se le había ocurrido, hasta que me viera obligado a reconocer mi error y, por lo tanto, quedara vencido.

Por otro lado, es posible que adivinase que el rostro que me presentaba a través de la máscara no era el verdadero, y solo porque yo no daba mi brazo a torcer creyó que tarde o temprano terminaría por comprenderla.

Nunca me convencí del todo de que no fuese una embustera, y me preguntaba si efectivamente se engañaba ella de la misma forma que lograba engañar a los demás, o si en realidad había cierto humorismo en el fondo de su corazón. De ser así, hubiera parecido que consideraba mi amistad como lo harían un par de fulleros que estuviesen convencidos de que compartían un secreto vedado a todo el mundo.

Era amigo de Louise mucho antes de que se casara. En aquella época era una frágil y delicada niña de ojos grandes y melancólicos. Sus padres la adoraban y sentían por ella una preocupación constante a causa de una escarlatina que le había dejado débil el corazón; debía, por lo tanto, cuidarse mucho. Así, cuando un joven llamado Thomas Maitland se le declaró, se quedaron consternados, pues estaban convencidos de que era demasiado delicada para afrontar la pesada carga del matrimonio. Pero no eran gente muy acomodada y sabían que Thomas Maitland era rico. Él se comprometió a hacer por Louise cuanto fuera humanamente posible. Finalmente cedieron, confiándole su hija como un sagrado tesoro.

Thomas Maitland era un hombre corpulento, fuerte, buen mozo y gran deportista. Estaba locamente enamorado de Louise. Teniendo en cuenta la debilidad de su corazón, Thomas Maitland no podía hacerse la idea de compartir una larga vida con ella, y, por lo tanto, decidió procurarle el mayor bienestar posible durante su corto paso por este mundo. Abandonó los deportes en que sobresalía, no porque ella se lo hubiese sugerido, ya que le agradaba saber que jugaba al golf y salía de caza, sino porque daba la coincidencia de que sufría un ataque al corazón cada vez que él se proponía dejarla sola un día. Cuando se producía algún altercado, ella acostumbraba a ceder en el acto, porque era la esposa más sumisa que se pudiera desear, y cuando le flaqueaba el corazón se quedaba tranquilamente en cama durante una semana.

Él nunca la contrariaba, y cuando había alguna discusión terminaba por darle la razón aunque no la tuviera.

En cierta ocasión, Louise se empeñó en dar un paseo de ocho millas. Con este motivo le dije a Thomas Maitland que su esposa demostraba estar más fuerte de lo que parecía. Maitland movió la cabeza y suspiró.

—No, no es eso —me dijo—. Está muy delicada. Ha consultado a los más famosos especialistas del corazón del mundo entero, y todos están de acuerdo en que su vida pende de un hilo. Lo que sí puedo asegurarle a usted es que tiene un espíritu inquebrantable.

Maitland le contó lo que yo le había dicho acerca de su resistencia, y ella expuso:

—Mañana lo pagaré, pues me hallaré a las puertas de la muerte.

—A veces pienso que se halla usted bastante fuerte cuando quiere llevar a cabo sus propósitos —le murmuré, pues había notado que cuando asistía a una reunión alegre bailaba tranquilamente hasta después de las cinco de la madrugada, pero si por casualidad la reunión resultaba aburrida se ponía triste y Thomas se veía obligado a marcharse temprano.

Estoy seguro de que no le agradó lo más mínimo lo que le dije, porque aunque me sonrió de una forma algo patética noté que en sus grandes ojos azules no brillaba la menor alegría.

—No puede usted pretender que me muera solo por complacerle —me replicó.

A pesar de todo, Louise sobrevivió a su esposo. Este contrajo una bronconeumonía durante un paseo en yate en un día frío; Louise no había podido cederle sus mantas porque las necesitaba para abrigarse ella. Maitland le dejó una buena renta y una hija; sin embargo, Louise estaba desconsolada.

Sus amigas se decían que la pobre Louise no tardaría mucho en seguir a su esposo, y desde entonces se mostraron muy apenadas por la suerte que pudiera correr su hijita Iris, que quedaría huérfana, y redoblaron sus atenciones para con Louise. No le permitían mover un dedo, insistiendo en hacer cuanto fuera posible para evitarle la menor molestia. Se veían obligadas a hacer esto porque temían que cualquier trabajo fatigoso o inconveniente pudiera dañarle el corazón y volviese a encontrarse en peligro de muerte. Se sentía completamente desamparada sin la protección de su esposo, y no sabía cómo educar a su hija, teniendo que preocuparse tanto por su corazón.

Sus amistades le preguntaban por qué no volvía a casarse. No podía concebir tal cosa en el estado en que se encontraba su corazón, a pesar de que sabía que su esposo hubiese deseado que lo hiciera; con seguridad sería la mejor forma de solucionar el problema de Iris, pero se preguntaba quién querría cargar con una miserable inválida como ella. Por extraña coincidencia, más de un joven hubo dispuesto a cargar con ella y con su hija. Así, pues, cuando apenas había transcurrido un año de la muerte de Thomas Maitland, contrajo matrimonio con George Hobhouse.

Este era un joven rico y de aspecto atrayente. Jamás vi a un ser que mostrara tanto agradecimiento por el privilegio de sentirse con derecho a cuidar de aquella frágil criatura.

—Espero que no tendrás la molestia de cuidarme por mucho tiempo —le dijo ella.

George Hobhouse era militar, y muy ambicioso por cierto, pero a causa de la enfermedad de Louise se vio obligado a pedir la excedencia, porque la salud de su mujer hacía necesario que pasaran el invierno en Montecarlo y el verano en Deauville.

George sintió cierto pesar al tener que abandonar su carrera. Al principio Louise no quiso ni hablar de ello, pero finalmente accedió, y él se dispuso a rodear de atenciones a su mujer para que su corto paso por la vida fuera más grato.

—No he de causar muchas molestias, porque sé que no he de vivir mucho —decía ella—. Trataré de ser lo menos fastidiosa que pueda.

Durante los dos o tres primeros años de su segundo matrimonio Louise logró, a pesar de su débil corazón, asistir lujosamente vestida a las más alegres reuniones, jugar fuerte, bailar y hasta coquetear con jóvenes gallardos.

Pero George Hobhouse no tenía el carácter del primer esposo de Louise, y experimentaba la necesidad de beber de vez en cuando para sentirse tonificado y poder sobrellevar la tarea que representaba ser el segundo marido de Louise. Es muy probable que esto hubiese degenerado en costumbre —aunque Louise lo habría impedido a toda costa— de no haberse declarado la guerra, lo cual fue una suerte para mi amiga.

George se reincorporó a su antiguo regimiento, y tres meses después murió en acción de guerra.

Esto fue un duro golpe para Louise. Sabía que ante una catástrofe semejante tenía que mostrarse fuerte, y cuando le daba algún ataque al corazón se cuidaba de que se supiera.

A fin de distraer su mente transformó su villa de Montecarlo en hospital para los oficiales convalecientes, aunque los amigos le decían que no podría sobrevivir a tal esfuerzo.

—Sí, ya sé que el trabajo me matará —decía—, pero ¿qué importa? No puedo escatimar mi ayuda.

Sin embargo, el trabajo no la mató. Pasó entonces la mejor temporada de su vida. No había en toda Francia un hospital para convalecientes más popular. Me encontré con ella por casualidad en París. Estaba almorzando en el restaurante del Ritz en compañía de un apuesto francés. Me explicó que se encontraba allí por casualidad, pues debía resolver unos asuntos relacionados con su casa de reposo, y añadió que los oficiales eran muy amables con ella. Todos sabían cuán delicada estaba, y no le permitían de ningún modo que hiciera el menor esfuerzo.

«Disputan por cuidarme —solía decir suspirando— como si todos fuesen esposos míos.»

—¡Pobre George! ¿Quién hubiera dicho que iba yo a sobrevivir teniendo el corazón tan mal?

—¡Pobre Thomas! —dije yo.

No sé por qué pareció no agradarle esto, y con su acostumbrada cara risueña y los ojos llenos de lágrimas me contestó:

—Siempre que se dirige usted a mí lo hace como echándome en cara los pocos años que me quedan de vida.

—Me parece que está usted ahora algo mejor del corazón, ¿no es así? —le pregunté

—Nunca estaré bien del todo. Esta mañana consulté a un especialista, y me dijo que debía estar preparada para lo peor.

—Bien —repuse—pero creo que está usted preparada para eso desde hace más de veinte años, ¿no es cierto?

Cuando terminó la guerra, Louise se fue a vivir a Londres.

Era ya una mujer de unos cuarenta años, muy delgada, de frágil apariencia, pálidas mejillas y grandes ojos, pero no aparentaba tener más de veinticinco años.

Iris, que era ya una señorita y había terminado sus estudios, se fue a vivir con su madre.

—Ella me cuidará bien —decía Louise—, es indudable que le será molesto vivir con una inválida como yo, pero como será por tan poco tiempo seguramente no le pesará este sacrificio.

Iris era una bella joven. Había sido educada en el convencimiento de que la salud de su madre era muy precaria. De niña no le habían permitido hacer el menor ruido en su casa; de esto había sacado la convicción de que su madre no debía recibir ningún disgusto, y a pesar de que Louise le aseguró que no quería que se sacrificara por ella, la joven no le hizo el menor caso. No era un sacrificio, sino un placer, atender en todo momento a su querida madre; y esta no se negaba a que hiciera muchas cosas sabiendo que ponía en ellas tanta voluntad.

—A la muchacha le agrada saber que es de utilidad lo que hace —decía la madre.

— ¿No cree usted —le pregunté una vez— que Iris debe salir de paseo con más frecuencia?

—Eso es exactamente lo que yo le digo a cada momento, pero no hace caso. Bien sabe Dios que nunca quiero que nadie se moleste por mí.

Y cuando yo reconvenía a Iris sobre este punto, la joven contestaba:

—¡Pobre mamá! Su único deseo es que vaya a visitar a mis amigas, pero en cuanto me dispongo a ello la amenaza un ataque al corazón. Por lo tanto, prefiero quedarme en casa.

Como todas, un día se enamoró. Un excelente muchacho amigo mío se le declaró y fue aceptado. Yo sentía una gran simpatía por la joven, y me alegré al ver que al fin tendría la oportunidad de vivir su propia vida, lo que ella jamás sospechó que fuera posible.

Un día se me presentó el muchacho diciéndome que había aplazado indefinidamente el matrimonio, pues Iris consideraba que no le era posible abandonar a su madre. Naturalmente, este asunto no me incumbía en absoluto, pero aproveché la oportunidad y fui a ver a Louise.

Siempre le resultaban muy gratas las visitas de sus amigos a la hora del té, y al tener más edad cultivaba la amistad de autores y artistas.

—Parece que Iris no se casa, ¿no es cierto? —le dije de pronto.

—No estoy muy segura —me contestó—. No se casará tan pronto como yo hubiera deseado. Le he rogado de rodillas que no tuviese en cuenta mi situación, pero se niega obstinadamente a separarse de mi lado.

—¿No cree que esto es muy duro para ella?

—Sin duda. No concibo que nadie se sacrifique por mí, sabiendo que esta situación no podrá durar más de unos meses a lo sumo.

—Mi estimada Louise —le contesté—, usted ha enterrado ya a dos maridos, y no veo la razón para que no entierre por lo menos a dos más.

—¿Cree usted que es gracioso lo que acaba de manifestar? —me contestó en un tono que evidenciaba cuán ofendida se sentía.

—Supongo que nunca ha pasado por su mente, como algo extraño y curioso, que es usted capaz de hacer cuanto se propone, y que su débil corazón solo le impide hacer aquello que no le resulta grato…

—¡Oh!… Ya sé, ya sé lo que siempre ha pensado usted de mí. Nunca creyó usted que padeciera lo más mínimo del corazón, ¿no es así?

La miré fijamente.

—Estoy plenamente convencido de que durante veinte años ha representado usted a la perfección una estupenda comedia, y la opinión que he formado de usted es que es la mujer más egoísta que he conocido jamás.

No me habría sorprendido nada que al oír mis palabras hubiese sufrido allí mismo uno de sus acostumbrados ataques al corazón. Tenía la seguridad de que, cuando menos, iba a estallar en apasionadas protestas, pero, por el contrario, en sus labios se dibujó una débil sonrisa.

—Mi pobre amigo —me contestó—, cualquier día de estos se arrepentirá usted profundamente de lo que me ha dicho.

—¿Está usted decidida a que Iris no se case con ese joven? —le pregunté.

—Le he rogado que se case con él —me contestó—. Ya sé que esto será la causa de mi muerte, pero da lo mismo. Ya sé que no le importo a nadie y que soy una carga para todos.

—¿Le dijo usted eso a ella?

—Me obligó a decirlo.

—Eso es ridículo. No creo que haya nadie que la obligue a usted a hacer lo que no quiere.

—Por mi parte, puede casarse mañana mismo si así lo desea. Si muero a consecuencia de ello, habré terminado de una vez.

—Perfectamente. Corramos el riesgo, ¿quiere?

—¿No siente usted compasión por mí?

—No puedo compadecer a una persona que me divierte tanto —le respondí.

Un ligero rubor tiñó las mejillas de Louise, y aunque parecía sonreír, sus ojos miraban con dureza y odio.

—Iris se casará dentro de un mes —me dijo—, y si algo me pasa espero que tanto usted como ella sabrán perdonarse mutuamente.

La palabra de Louise era como un documento. Se fijó la fecha, mandó que le hicieran un soberbio ajuar y se repartieron las invitaciones.

Iris y su joven prometido no cabían en sí de gozo. Pero el día de la boda, a las diez de la mañana, Louise, aquella endiablada mujer, tuvo uno de sus acostumbrados ataques al corazón y falleció tranquilamente, perdonando a Iris por ser la causa de su muerte…

FIN


“Louise”, 1936


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