Casa digital del escritor Luis López Nieves


Recibe gratis un cuento clásico semanal por correo electrónico

Un buchito de café

[Cuento - Texto completo.]

Lino Novás Calvo

¡Así que ustedes quieren saber lo que pasó allí! Bueno, si vienen, como dice, de parte de don Sergio… Pero primero dejen que les pida un favor: no mencionen mi nombre. Todavía mis hermanos están allá, me figuro. No es que los defienda. Supongo que habrán cometido muchas fechorías detrás de sus barbas. Pero, de todos modos, son mis hermanos. Por otra parte, bien estará que se sepan lascosas, y si ustedes son periodistas… ¿creen ustedes que de verdad vamos a regresar? ¡Ojalá! Entonces habrá mucho más que contar… Vamos por parte. Yo tenía entonces (fue en el 58) once años. De eso hace cinco.En tantos años se ven muchas cosas mientras uno crece. De lejos, desde aquí, en Nueva York, se puede mirar mejor en redondo…

No ha sido fácil para mí comprender. Cuando don Sergio me sacó de allí a fines de aquel año, estaba groggy. Sólo luego, atando cabos… Fue a don Sergio a quienes nosotros habíamos comprado, y pagado poco a poco, la tierra que teníamos. Buena gente. Fue el primero en acudir al hospital, y cuando medieron de alta y hube declarado, me puso en el ferry y me mandó para acá. Por eso no soy un exiliado, como ustedes dicen que son. Aunque en cierto modo sí lo soy.

Por entonces, ni pensar podía. Era como una bocanada de sangre. No teníaentendimiento.

Vayamos a lo de allá. Yo iba entonces a una escuela de El Cruce, cerca del puesto Rural. Buen alumno, decía la maestra. El mejor que había visto nunca. La escuela era nueva, y venían niños de todos los sitios a la redonda. Unos, a caballo; otros, a pie; unos pocos, en jeep. Yo iba a caballo. ¡Qué habrá sido de mi penquito, me pregunto! Nuestra finquita quedaba lejos, arriba, en la falda de la loma.

De todos los de la casa, yo era el más canijo. Quizá por eso era tan buen alumno,oí decir una vez a la maestra. Eso pasa. Los mayores, Juan y Demetrio, nohabían ido nunca a la escuela, porque al principio no la había y ahora tenían quetrabajar. De todos modos, no tenían ninguna afición al estudio. Más bien lesatraía la escopeta y montar a caballo, y aun reventar al animal. Así eran ellos:fuertes y duros y sin muchos amigos. Dicen que eran como mi padre, que habíamuerto cuando yo tenía cinco años. En cuanto a Fela (así llamábamos todos ami madre), mal les podía enseñar lo que tampoco ella sabía. Además, teníabastante con cuidar a los menores, Cira y Felipe, entonces de seis y cinco años, yayudar en la finca.

Así que ahí tienen a la familia: mis hermanos mayores, mi madre, los chiquitos.Todos en aquella casa de madera (no de guano) en la falda de la loma, con sussembríos de maíz, calabaza, malanga, yuca… Y con sus crías de pollos ypuerquitos. Antes teníamos cinco vacas, pero ahora sólo nos quedaban dos, unavieja y otra preñada. Añádale mi arrenquín, y tendrán toda la familia de losSobrados, guajiros pobres con una finquita.Esta finquita quedaba, por desgracia, en un mal sitio para los tiempos quecorrían. Por allí se subía, rodeando una lomita, al monte alto. Quiero decir queno sólo era buen lugar de paso para los alzados, sino que de un brinco podíanmeterse en monte tejido y desaparecer, si acaso la Rural le caía atrás. Aunquedebe decirles que la Rural no parecía tener ya muchos bríos para eso. Habíaotros sitios, finquitas y sitierías por las cercanías, pero nosotros estábamos en elpaso mismo, y no a campo descubierto. Por eso, desde mediados del 58empezaron a pasar por allí algunos cuatreros. Así le llamaban, y tambiénforajidos. Yo supe luego que, además, casi detrás de nosotros, unas dos leguaspara arriba, había unas cuevas donde era fácil esconderse, porque tenían salidasy entradas secretas.Antes que se hablaran de alzados, habíamos visto pasar hacia esas cuevas unoshombres que se decían es… espeleólogos, y a quienes la Rural no molestaba. Untal Jiménez era su jefe. La Rural, al contrario, a veces los acompañaba y lesayudaba a llevar el equipo en su jeep. Ahora yo sé que lo de la espe… o como sellame, era una finta. Hasta se dejaban la barba. Luego volvían a pasar, llevandomaletas de piedras y raspaduras de roca y bichitos petrificados. Una nocheentraron a tomar café y nos hicieron una explicación que sólo yo podía entenderun poco. En esas cuevas, decían, habían garabatos y figuras que nos ayudarían aentender la historia de los siboneyes. Hablando, eran amables, y nosotrossiempre les brindábamos algo: comida, café…

El café no se niega a nadie. Y Fela hacía buen ajiaco, y aquellos hombressiempre venían con hambre. El jefe, un tipo flaco, de cara afilada y ojos de jutía,nos dijo una vez:

-A estos niños no los llevaremos un día para La Habana. Un día no lejano…

Y sonrió con una sonrisa fría de dientes largos que entonces yo no podíadescifrar. Ahora sé quién era, pero eso no viene mucho al caso. La historia esotra.

Como les digo, eso fue antes de que esto empezaran a pasar –furtivos y denoche– las pequeñas partidas de armados. Y cuando esto ocurrió, Fela teníatambién siempre para ellos un bocado y un buchito de café. No porque nosotrosestuviéramos todavía con ellos, sino porque eso –un buchito de café– no se leniega a nadie. Además, hablaban bonito e… iban armados. Ustedes, losperiodistas, saben lo que es eso. Decían que Cuba sería libre y grande. Nosotrosno éramos esclavos de nadie, pero las palabras sonaban bien al oído, y Feladecía, además, que a un alzado no se le niega nunca nada. Su propio padre lohabía sido en la guerra grande del 65 contra España, y luego en algunas guerraschiquitas.

Esto empieza a explicar lo que sucedió. En total, creo que habrán pasado por allíunas cuatro o cinco pequeñas partidas, una de ellas al mando de un americano,cuando a mis hermanos mayores, Juan y Demetrio les picó también la mosca.Eran los hombres de la familia, aunque sólo tenían diecisiete y diecinueve años.Eran los que trabajaban, los únicos que podían hacerlo, salvo Fela, que lesayudaba. Pues bien, un día levantaron también el vuelo y nos dejaron solos. Yentonces éramos Fela y yo los únicos que podíamos trabajar, porque los fiñeseran muy chiquitos.

Fela quedó aturdida. Dos hombres vinieron a medianoche y llamaron por detráscon contraseñas. Ya mis hermanos estaban preparados, esperándolos. Loshombres, un viejo y dos muchachos, entraron armados. Fue el viejo quien lehabló a mamá:

–Señora, sus hijos se van con nosotros. La Revolución los necesita. Pero notenga cuidado. Le mandaremos un hombre acá, para el trabajo. ¡Nos vamos!

Fela no tuvo apenas tiempo aliento para contestar. Juan y Demetrio no seatrevieron a mirarle a los ojos. Agacharon la cabeza, cogieron las armas quetenían escondidas y partieron velozmente con sus amigos.Fela, alelada y como loca. En los días siguientes no habló con nadie. ¡Los dosúnicos hombres de la casa, y sus hijos, dejarla así, sin más ni más! Nadie habíasospechado que tuvieran tal intención. Pero el viejo cumplió su palabra: díasdespués se presentó allí un hombre, también medio viejo, pero aún fuerte, ydijo:

 –Vengo a trabajar con ustedes. No pregunten más. Yo sé que me necesitan.

Y así fue. El hombre –Nardo– vino al pelo, para dar guataca y demás. No dio más explicaciones. Tampoco mamá se atrevió a preguntarle. Estaba claro que todo había sido tramado por mis hermanos y sus amigos. Nardo dijo una noche:

–Usted no se ocupe, señora. Yo también tengo hijos en el Escambray. Todo esoestá bien. Ya verá.

Mamá le dio el cuarto que habían tenido Juan y Demetrio, al fondo de la casa.Se levantaba temprano y desde el primer día se hizo cargo de todo el trabajo.Conocía el campo. No hubo que indicarle nada.

–Tú coge el potrillo y vete a la escuela –me dijo a mí–. Aquí no ha pasado nada.Si te preguntan, di que tus hermanos fueron a trabajar a La Habana, y que yosoy amigo de la familia. –Sonrió–. Eso les dará una idea. Ve y estudia: aquívamos a necesitar muchos niños estudiosos como tú. Ya verás.

Hay que reconocer que el hombre era sincero. Como todos, además. Sólo que…Bueno, baste decir que el hombre –Nardo– creía realmente en eso. Ahorasabemos que era lo mismo en toda la Isla. No crean que yo no me doy cuenta.Esos años me han servido de mucho.

Pero entonces era otra cosa. Aquel hombre –Nardo– se me había atravesado enla garganta. De mi padre no tenía yo una imagen clara. Quizá por eso surecuerdo se había agrandado en mí, más que nunca entonces, cuando mishermanos se habían ido a las lomas. Yo volvía mi pensamiento al padre muerto,preguntándole, con el pensamiento, qué pensaba de aquél intruso. A mí se mefiguraba, más y más, como el que venía a ocupar su lugar. No me da empachodecir que de buena gana le hubiera chapeado la cabeza… a ese Nardo.

Y quién sabe si no lo hubiera hecho de no haberse dado cuenta Fela de missentimientos. Ella me dijo una mañana:

–Anda, vete a la escuela y no sean bobo. Tus hermanos lo mandaron paraayudarnos. Es un hombre bueno y… demasiado viejo para mí.

Así volvió a casa una la paz desasosegada. Y yo, a mi escuela, y todos alertas. No éramos tan guajiros. Juan y Demetrio no estaban tan lejos, después de todo. Aveces venía un propio, que tomaba café, nos daba noticias y seguía camino haciaarriba o hacia abajo. De aquí y de allá, recibíamos otros informes. Sabíamos quehabía alzados en varias partes y que nosotros, de algún modo, por medio deJuan y Demetrio, teníamos que ver con ellos. Nardo, de por sí, apenas hablaba.Criaba los pollos, cuidaba los puercos, cultivaba la yuca… A la noche llegaba
demasiado cansado para hablar. Pero tenía unos ojillos claros y vivos quehablaban por él. Una noche nos dijo:

–Esto se arregla. Ya verán.

Fela no estaba tan segura de eso. No veía de qué modo aquellos grupitos dealzados dispersos por el monte podían derrotar al ejército y a la Rural juntos.¡Todavía creía ella que existían estos! Por eso callaba y no negaba jamás unbuchito de café al que por allí pasara, fuera quien fuese.

Ahora pasaba cada vez más gente, y siempre de noche, escapando opersiguiendo. Rurales entre ellos. Pero éstos no iban en busca de alzados paracaerles arriba. No podía hacer eso una pareja. A veces venían, hacían preguntasy seguían de largo. Por casualidad… ¿a dónde andaban mis hermanos? Fela leshizo un cuento. Sus hijos mayores, dijo, no se iban a quedar toda la vida en elcampo. Habían ido a La Habana a abrirse paso. En cuanto a Nardo –les guiñóun ojo–, era un viejo amigo de la familia.

Era lo mejor que podía decirles. Los guardias ya no iban creyendo en casi nada,salvo en eso: que una mujer todavía joven se echara un hombre, aunque fueramedio viejo, para trabajar, cuando se había quedado sin sus hijos mayores.

Para mí, que los Rurales no creyeron siquiera en eso. Pero parecía lógico.Hacían, como siempre, el recorrido, pero sólo para cubrir las formas. La furia yel deber se les habían escapado. Quizá porque ya no sabían a qué atenerse.También a ellos llegaban los periódicos, y la radio, y las revistas… Esa mismarevista, Bohemia, que ustedes dicen están tirando aquí, en Nueva York, yarevisada… Y ya no eran la famosa pareja de antes. Pasaban y tomaban café, ymás nada. Eran otra pareja de nada.

Otra cosa, bien diferente, eran las partidas de soldados nuevos, los Casquitos,que a veces pasaban rastreando a los alzados. Estos soldados parecían ir enserio, con casquitos y todo. Pero tampoco llegaban muy lejos. Hacían el paripé.Subían en fila, marcando el paso; se adentraban en el monte, pero poco más. Nosubían realmente a las lomas. Días después regresaban barbudos, sucios,hambrientos y cansados. En casa no se les negaba nada, pero no pedían apenasnada, salvo café. Supongo que también los Casquitos escuchaban la radio.

Ocurría, incluso, que se cruzaban con las partidas de alzados. Podía ocurrir queun grupo de éstos estuviera esperando, agazapado en el matorral, a que sefueran los Casquitos para entrar en casa a pedir algo. Y por el mismo jarro, y en las mismas tazas, mamá les servía café. Pero éstos pedían más que café. Hastavacas estaban pidiendo. Nardo decía que se las daba con gusto, como si todoaquello fuera suyo, y mamá no protestaba. A callar, también uno va
aprendiendo. De paso les mandaba recados de palabras a mis hermanos, por siacaso se encontraban con ellos.

Otras veces eran los correos los que subían y bajaban, y nos traían noticias deJuan y Demetrio, que ya tenían grados entre los alzados. Pero tampoco loscorreos nos decían mucho, ni nosotros les preguntábamos. Nunca sabía unorealmente con quién hablaba. Podían ser o no ser alzados. Podían ser o no serespías. Nuestro vecino más cercano, Bernardo García, se había explicadodemasiado bien, y ése había sido su fin. La pareja vino una noche por él. No lovolvimos a ver. Así estaban las cosas. Mamá decía:

–Ustedes, callados. ¿Saben? Ni palabra. Ustedes no saben nada de nada.

Yo no sé lo que sentiría mi madre realmente. Ni unos ni otros nos habían hechomucho daño, salvo por lo que se llevaban los alzados. Por otro lado, mishermanos estaban con éstos, que cada vez eran más numerosos. Nadie sabíacuántos eran. Pero sabíamos que eran cada vez más bravos. Todavía pedían, norobaban, pero ya ustedes saben lo que es pedir con escopeta. ¿Quién iba anegarles nada? Y menos que nada, un buche de café, que a nadie se le niega.Así llegamos a la aparición de aquellos cinco. Cada uno traía un arma: rifles,unos más cortos, otros más largos, salvo uno, el jefe, que traía unaametralladora de mano y una barba más tupida que la de los otros. No subíandel pueblo ni bajaban de las lomas. Venían de otra parte y, al parecer, huyendo.Sabíamos que la candela se iba animando por allí. La gente –alzados oamarillos– pasaban ahora de prisa, como escapando o persiguiendo, y conmiedo.

¡Miedo!. Eso lo explica todo. No hay otra manera de entenderlo. Y el miedo lesdaba furia y los cegaba. En nuestra finquita ya quedaba poco. Pollos, puercos,conejos… todo se lo llevaban. Sólo dos vacas con una ternera y un poco demalanga y calabaza y mi arrenquín para ir a la escuela. Mamá dijo una noche:

–Quiera Dios que acaben pronto. Quien quiera que gane, que se acabe esto. Yaes imposible.

¡Y fue como si la oyeran1 Los cinco alzados se aparecieron días despuésarrastrándose por detrás de la casa, y uno llamó con voz sorda:

–¡Ey! ¿Quién hay ahí?

Era flaco, cetrino con ojos de sapo. Estaba medio doblado por las rodillas y lacintura, y el dedo en el gatillo de la ametralladora de mano. Mamá encendió lamariposa –la luz eléctrica estaba cerca, pero aún no había llegado a nosotros– ytodos nos pusimos detrás de ella. Detrás del hombre asomaban los otros cuatro,perdiéndose en la sombra.

–¡Registren la casa! –ordenó el de la ametralladora.

Lo hicieron. Pronto estaban de nuevo reunidos en la sala, y mamá, colando café.

Los cinco se sentaron en taburetes, las armas sobre las rodillas. Los dos niños se sentaron en el suelo, y Nardo brindó tabaco a los alzados. Un chirrido de grillos los sobresaltaba, pero mamá los tranquilizó:

–Aquí están ustedes en su casa. No tengan temor. Yo también tengo dos hijos enlas lomas. Se llaman…

Pero no dijo sus nombres. Los alzados se miraron entre sí. Yo también meacurruqué en el suelo, del lado de una puerta pequeña que daba al campo, y eltinglado donde estaba el perro negro. Era, sin saberlo, como una precaución.Mamá trajo una bandeja con las tazas y las puso en la mesa, entre ellos.

–¿Así que usted dice que tiene dos hijos alzados? –preguntó el jefe, con unamueca.

Yo temblé. Mamá tartamudeó un poco.

–Sí, señor. Dos hijos tengo…

Nunca habíamos caído en ninguna trampa. Pero bien pudiera ser que éstosfueran soldados disfrazado. A otros guajiros les había ocurrido eso. Nardo tratóde desviar la conversación.

–Empieza a hacer frío allá arriba. No es como en el llano. Yo les voy a dar unasfrazadas.

Los cinco se cruzaron miradas, sin contestar, y el jefe apretó la ametralladoracontra el vientre.

Mamá vino entonces con el jarro y empezó a llenar las tazas. Uno de los cinco,que había permanecido detrás, se adelantó bruscamente a coger su café. Eramás bien gordo, de ojos saltones, y respiraba con la boca entreabierta. Meacuerdo bien de eso. Sentía su respiración rampante y agitada, cuando estiró lamano y vi cómo se llevaba rápidamente la taza a los labios y tragaba el café casi de golpe.

Los otros no se apuraron. Estaban con la oreja parada, a caza de algún sonidosospechoso. Antes de que el siguiente cogiera su taza, el gordito se incorporó,dio un salto, como herido desde abajo, pero no llegó a pararse del todo. Soltó la taza y se desplomó, de bruces, como un tronco, en medio del cerco. Su cabezatropezó con una esquina de la mesa, y las tazas de café salieron volando.Aquello no duró medio minuto. El jefe se levantó de un brinco y bramó:

–Así que dos hijos en las lomas, ¿eh? ¡Ahora van a ver!… ¡Chivatos es lo que son ustedes!

Miró un instante al caído y exclamó roncamente:

–¡Te han envenenado, Lalo! ¡Te han envenenado! Y ahora van a ver… –Volvió la
mirada en derredor– ¡No va a quedar uno!

¡Imagínense ustedes, mi pobre madre, envenenando a los alzados! Pero nohabía tiempo para explicaciones. Ni para averiguar de qué había muerto elgordito. Un segundo después la ametralladora del jefe estaba vomitando. Él seechó para atrás, y antes que nadie pudiera moverse estaba disparando. De laprimera pasada se llevó a mamá y a Nardo. De la segunda acribilló a los niños.La tercera fue contra mí, pero ya yo estaba reculando por la puerta pequeña; laráfaga no me alcanzó más que en este brazo que ustedes ven ahora mediotullido.

¡Más rápido de lo que se puede contar! Un minuto después, los cuatro restantesestaban saliendo agachados por entre las matas. Yo había podido ganar lahierba alta próxima a la cerca y aguardaba, aplanado, la cuarta ráfaga. Porsuerte, o por desgracia –vaya usted a saber– ésta no vino. Huyeron los cuatro,veloces, monte arriba, dejando a su Lalo entre los muertos ¿Qué habrá sido deellos? Quisiera saberlo. Pero tengo la impresión de que me los voy a encontraralgún día, en alguna parte, de algún modo, y entonces…

Yo esperé todavía un rato, porque no sabía qué hacer. Me arrastré luego haciala casa, y a la luz que quedaba –al quinqué no le había tocado ninguna bala–examiné la escena, mientras me apretaba el brazo herido con la otra mano. Lasangre manaba aún de todos los cuerpos, menos del de Lalo, pero éste estabatan muerto como los otros. De rodilla me incliné sobre mamá y, soltando mibrazo herido, le toqué la frente, le toqué el corazón. No era necesario averiguar más. Cualquiera podía darse cuenta de que todos estaban acribillados. Mishermanitos yacían encogidos, en el suelo, cogidos de las manos. En cuanto aNardo, el buen viejo Nardo, había caído de espalda contra el tabique y aúnechaba sangre por la boca y por el pecho.

Y ahí tienen lo sucedido. Pero aún han oído poco. Apretando mi brazo herido,pude llegar hasta el penco y a pelo hasta el puesto de la Rural, en el momento en que se me acercaba también al timón de un jeep un oficial. El teniente me llevóal interior, me hizo la primera cura, escuchó un resumen de lo sucedido. Luegome mandó con un cabo a la clínica del pueblo. De ahí me enviaron a la ciudad.Cuando salí del hospital, ya todos los míos estaban enterrados, salvo mis doshermanos de las lomas.

De lo que vino después, me enteré de oídas. Estaba aún en el hospital cuandome enviaron algunos detenidos a ver si los reconocía. ¡Ojalá hubieran sidoaquellos! Pero, no. Aunque habían estado medio en la sobra, los hubierareconocido, pues los tenía frescos en la memoria. Los tengo todavía. Por eso séque, si viven y vuelvo a encontrármelos, vamos a tener un buen contrapunteo.

Pero volvamos a lo que sucedió al día siguiente. Como dije, a mí me mandaronal pueblo y luego a la capital. En tanto, el teniente subía allá con un sargento y dos números. Viendo que todos estaban muertos, les echó unas frazadas porencima y bajó a informar a sus superiores. Los cadáveres permanecieron dosdías como estaban, por no sé qué demoras en los trámites. Por fin el tenienterecibió órdenes de ir a buscar los muertos y llevárselos a la morgue.

La noticia había corrido, desde luego, de boca en boca, al parecer, deformada, yllegó a las lomas. No sé cómo, pero fue rápida, pues había llegado a oídos demis hermanos antes de que los rurales volvieran a recoger los cuerpos. Dicenque fue una mujer, y nadie sabe de qué es capaz una mujer enredadora y alzada.Yo creo conocerla. No la he visto más nunca, pero aún espero tambiénencontrarme con ella. Y entonces…

Era, según creo, una sitiera que vivía por en vuelta de la costa. Alguna vez había pasado por allí, diciendo que iba al pueblo a llevar o buscar recados, aunquehabía un camino más directo. Ahora sé que sus recados eran para los alzados.Pues bien, parece que esa mujer –Claudia se llamaba– acertó a enterarse de quea mi familia la habían matado en la casa, y sin más averiguación, corrió a laslomas a decir que había sido muerta por la Rural. No se averiguó más. Mishermanos estaban allí, y no necesitaron más información. Al instante cogieron sus rifles y se descolgaron sierra abajo, como los endemoniados.

Su idea, al parecer, era ir contra el puesto de la Rural, pero de paso sedetuvieron en la casa, donde estaban aún los cadáveres. Con ellos venían otrosalzados, con granadas de mano. También uno traía una ametralladora.Caminando toda la noche, llegaron a la casa a media mañana. Era justamentecuando el teniente y y sus guardias sacaban los cadáveres para llevarlos al jeep. Acababan de echarle una manta encima cuando desde el matorral mis hermanosy sus compañeros abrieron fuego.

¡Y ya van siete cadáveres! Sin contar al gordito…

Juan, Demetrio y los suyos huyeron de nuevo a las lomas. ¿Qué habrá sido deellos? No tengo la menor idea. Nadie ha podido informarme. Yo no he queridovolver a la casa, y meses después don Sergio me sacaba de allí. Todavía estabaaturdido.

De la muerte del teniente y sus dos guardias hubo testigos: la propia Claudiaque, atrapada más tarde, cantó en el cuartel. Negó haber sido ella quien llevó la falsa noticia a las lomas, pero se contradijo y la enviaron a Artemisa. De eso, no sé más.

Ahí termina, hasta ahora, mi historia. Hasta ahora, porque aún falta mi parte,que fatalmente tendrá que venir, si es que, como dicen, vamos a regresar. Estebrazo que me queda sano, aún tiene algo que hacer. Para eso lo estoyentrenando. Creo que Dios me lo ha dejado para algo. Un día u otro, una nocheu otra, me voy a encontrar con aquellos cuatro, si es que están vivos. Yentonces…

Lo siento por don Sergio que no cesa de aconsejarme: “Hijo, olvida eso. Ya notiene remedio…”

¡Olvidar! Se dice fácil. Y ustedes que, según me dicen, son exiliados, ¿qué medicen? ¿Qué harían en mi caso? Pero… ¿por qué callan? ¿Por qué me miran deese modo? ¿No saben qué decir? Así me pasa a mí a veces. Pero otras hablohasta por los codos, hasta con desconocidos… Ustedes mismos. No los conozco.¿Dicen que los ha enviado don Sergio?

¡Extraño! Haciendo memoria… Don Sergio está ahora en el hospital y no ledejan recibir visitas. Oigan… ¿Por qué se marchan así, sin decir nada? ¿Quiénes son ustedes? Cuatro… ¡Un momento! Oigan…

(tac-tac-tac-tac.)

FIN



Más Cuentos de Lino Novás Calvo