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La calle de “Xicotencatl”

[Poema - Texto completo.]

Juan de Dios Peza

A mi muy querido amigo Ramón Murguía

Cuando al formidable empuje
de la justicia del pueblo,
el joven príncipe Hapsburgo
subió al cadalso en Querétaro,

al recoger su cadáver
sobre el memorable cerro
en cuyas peñas abruptas
saltó en astillas un cetro,

se ordenó que embalsamaran
los inanimados restos,
por si en la tierra nativa
les daban tumba sus deudos.

Y era de mirarse el cuadro
grave, imponente y siniestro,
que por su humilde grandeza
no olvidan los que lo vieron.

Sobre la bruñida plancha,
tendido el desnudo cuerpo,
plumón de cisne en lo blanco,
marmórea estatua en lo yerto;

abierta la barba rubia
en dos gajos sobre el pecho;
cual turquesas empañadas
los tristes ojos abiertos.

Surcando azulosas venas
la frente de marfil terso,
mostrando en ligeros surcos
congelado el pensamiento.

Lacio tocando la piedra
el áureo escaso cabello,
alisado en otros años
por manos que están muy lejos.

Rojas, profundas heridas
dispersadas en el pecho,
por donde entraron las balas
y se escaparon los sueños.

Inertes los largos brazos,
como abandonados remos,
y en las manos insensibles
algo crispados los dedos.

En las piernas las señales
de haber mantenido el cuerpo
largas horas sobre el ágil
corcel de los campamentos.

Y en el extraño conjunto
despertando los recuerdos
de Rubens, cuando pintara
a Cristo desnudo y muerto.

II

En una ciudad que ha sido
por muchos meses el centro
de encarnizados y horribles
combates a sangre y fuego,

por más que sobró pericia
no abundaron elementos
para sin tacha ninguna
ungir el cadáver regio,

y a reparar menoscabos
trajéronlo pronto a Méjico,
sobre los frescos escombros
del ya desplomado imperio.

En tierra de Moctezuma
el príncipe entró de nuevo,
no sobre augusta carroza,
sino encerrado en un féretro.

De nuestra ciudad las llaves
ninguno le dio a su encuentro,
ni su retorno anunciaron
los heraldos palaciegos.

En las sombras de la noche,
por rudas tablas cubierto,
sin ser por nadie esperado
y sin visible cortejo,

entró en vetusta capilla
el ataúd, pobre y negro,
y en tosca mesa de pino
quedó en solemne aislamiento.

Una lámpara que ardía
toda la noche en el templo,
lanzaba sobre la caja
su fulgor amarillento,

y en las elevadas bóvedas,
como tristes agoreros,
con sus fúnebres graznidos
se quejaban los mochuelos.

Las místicas esculturas
semejaban con su aspecto
dolientes que acompañaran
la soledad de aquel cuerpo.

Sobre el ataúd cernían
su augusto, impalpable vuelo,
los fantasmas de otros mundos
que en otros siglos vivieron:

Carlos Quinto, con sus pompas
de un sol sin ocaso dueño,
surgió con su egregia Corte
para velar a su nieto.

La noble María Teresa
con sus infinitos duelos,
en la frente del Hapsburgo
depositó helado beso.

Sola estaba la capilla,
solo el misterioso féretro,
solos los tristes altares
de aquel recinto severo,

y dentro de aquella caja,
solo y rígido durmiendo
un soñador de treinta años
fatua luz de un breve imperio.

Allá detrás de los mares
solo el castillo risueño
que el Mediterráneo baña
con ondas de azul sereno.

Sola, en el antiguo mundo,
loca de amargura y duelo,
la esposa joven y hermosa,
que en vano espera a su dueño:

y fuera de la capilla,
en una calle de Méjico
que de San Andrés se llama
y donde estaba aquel templo,

la indolente muchedumbre,
sin pensar en el rey muerto,
elevaba los cantares
de un rey inmortal: el pueblo.

Al par que mamá Carlota
se cantaban los Cangrejos,
y alzando hosanna a Juárez
daban vivas a Escobedo.

Era muy negra la noche,
era muy lúgubre el viento,
la ciudad aun no salía
de los espasmos del miedo.

Y allí estaba aquel cadáver,
limpia la faz, roto el pecho,
como una lección terrible,
como un inmortal ejemplo,

de que la ambición engaña,
de que deslumbra el ensueño
y de que fue una tragedia
lo que se llamó un imperio.

Yo era muy joven, muy joven,
y el corazón en mi pecho
lloraba la dura ausencia
de mi único Dios terreno;

de mi padre, que ni un día
mientras que tuvo un aliento,
dejó, con honda amargura,
de llorar por aquel muerto.

III

El sabio a quien encargóse
el nuevo embalsamamiento
era del ilustre Juárez,
al par que amigo, su médico.

No bien con expertas manos
ligó los inertes miembros,
dejó, por secar las vendas,
suspendido al aire el cuerpo.

Pendiente de los dos hombros
en un arco de aquel templo,
y con los ojos de esmalte
retando al abismo negro,

solo quedó el soberano,
rígido como de acero,
con olorosos barnices
mojando a sus pies el suelo.

Y cuentan que en una noche
a Juárez dijo su médico,
más bien que en tono de súplica
en son de dulce consejo:

“No quiero encerrar al príncipe
para siempre en otro féretro
antes de que, de mi brazo,
vayáis vos a conocerlo.

Y Juárez cedió a la oferta,
y esa noche, en silencio
llegó al misterioso sitio
conversando a paso lento.

Dos lámparas encendidas
mal alumbraban el templo,
y en la penumbra del fondo
se destacaba aquel muerto.

Aviváronse las luces
y bañó un fulgor intenso
el rostro color de cera,
los ojos color de cielo.

Juárez se acercó impasible
en holgada capa envuelto,
sin dar señales ningunas
de angustia o desasosiego.

Y de pie frente al cadáver
clavó en él sus ojos negros
y se lo quedó mirando
con su semblante de hierro.

Un diálogo sin palabras
se entabló en aquel momento
entre el rey ajusticiado
y el justiciero de un pueblo.

Una parvada invisible
de profundos pensamientos
de la frente de aquel vivo
voló a la frente del muerto.

Mas no se turbó su rostro,
ni sus labios se movieron,
ni cruzó por sus pupilas
rayo de placer o duelo.

Y después de haber estado
contenplándolo en silencio
“Ya lo vi -dijo en voz baja,
el vendaje aun no está seco”.

Y tomando por el brazo,
cual de costumbre a su médico,
sin hablar de aquella escenna
salió de allí a paso lento.

……………

La eternidad insondable
quedó atrás en el templo
y ella oyó el diálogo mudo
de aquel vivo v aquel muerto.

IV

Pasados breves los meses
y a sus patrios lares vuelto,
el príncipe infortunado,
sin corona y sin aliento

conmemorando su muerte
en junio, en el mismo templo,
congregarse a llorarlo
no pocos de sus adeptos.

Escándalo semejante
despertó en aquellos tiempos
tempestad de desazones
y amargos resentimientos.

Y en masónico banquete,
en un solsticio de invierno,
frente del ilustre Juárez,
y ante un auditorio inmenso,

un liberal de renombre
y de carácter enérgico,
adalid de la Reforma
y hombre de acción y talento,

pidió, sin temor a nadie,
que se derribara el templo
poniendo manos a la obra
en aquel mismo momento;

y dos horas no pasaron
sin que con extraño estruendo
las piedras se desgranaran
del muro al golpe del hierro.

Derribada la capilla,
se abrió la calle que hoy vemos
“de Xicotencatl” llamada
en honor de un héroe egregio.



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