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Una carta

[Cuento - Texto completo.]

Guy de Maupassant

En nuestro oficio, recibimos a menudo cartas y no hay cronista que no haya comunicado al público alguna epístola de estos lectores desconocidos.

Veremos un ejemplo.

¡Oh! Estas cartas son de muchos tipos. Unas nos halagan, otras nos lapidan. Tan pronto somos el único gran hombre, el único inteligente, el único genio y el único artista de la prensa contemporánea, como no somos más que un vil hombre, un bribón innombrable, digno a lo menos de presidio. Es suficiente para merecer estos elogios o estas injurias, tener o no tener la opinión de un lector sobre la cuestión del divorcio o del impuesto proporcional. Ocurre a menudo que sobre el mismo asunto recibimos al mismo tiempo las más afectuosas felicitaciones o las reprobaciones más virulentas; así que, es muy difícil, a fin de cuentas, hacerse uno mismo una opinión.

A veces estas cartas contienen veinte palabras, y a veces diez páginas. Sobra con leer diez líneas para comprender el valor y conservarla o arrojarla al cesto, cementerio de papeles viejos.

Por momentos también, estas epístolas dan mucho que pensar: así, ésta, transmitirla al público, me causa un problema de conciencia.

Conciencia no es tal vez la palabra justa, y no hay duda que mi lectora (es una mujer la que me escribe) no me supone un grave problema. Yo mismo doy prueba, haciendo ver que me cargan de comisiones parecidas, de una ausencia de sentido moral que tal vez me reprocharán.

Yo me he preguntado también, con cierta inquietud, por qué había sido seleccionado entre tantos otros; por qué se me había juzgado más apto que todos para hacer el servicio solicitado, ¿cómo había podido creer que yo no me ofendería?

Después pensé que la naturaleza ligera de mis escritos bien podía haber influido sobre el dubitativo juicio de una mujer, y le eché la culpa de ello a la literatura. Pero antes de transcribir aquí unos fragmentos, todos los fragmentos esenciales de la carta que me han dirigido, es necesario prevenir a mis lectores de que no me burlo de ellos, que esta carta la he recibido, por correo, con sello en el sobre, que llevaba mi nombre, y que estaba firmada, sí, firmada, muy legiblemente.

No busco aquí divertir o abusar de los espíritus ingenuos. Yo hago de intérprete, poco escrupuloso, repito, de un deseo de mujer.

Este es el documento:

Señor:

Dudé durante mucho tiempo antes de escribirle: No me arriesgaba a confiar enteramente en usted. Sin embargo creo que usted es bueno, generoso, pero lo que tengo que decirle es tan extraño… En fin, acabo de echar por tierra mi último temor y debía haber sido así. Ante el infortunio, siempre creciente, ante la negra miseria no debe haber timidez. La desgracia, como el peligro, dan entereza a los menos valientes.

Ante todo, no vaya a creer, hojeando esta carta, que estoy un poco loca o simplemente exaltada. Tengo mis muy buenas razones, se lo aseguro. En cuanto a mi carácter, en absoluto es novelesco, sino por el contrario serio y muy prosaico, si me permite decirlo.

Para superar la pena no veo más que un modo, ese modo yo lo intento. ¿No es muy natural y sensato?

He aquí primeramente de qué se trata: a pesar de mi pobreza soy honesta y pertenezco a una honrada familia. Todavía soy joven (acabo de cumplir veintidós años) y bien, señor, le confesaré francamente, desearía casarme y lo más pronto posible.

No es que la vida de soltera me pese, lejos de ello. Pero escuche un poco mis razones y verá cómo de hecho tengo razón en querer renunciar a mi libertad.

Nuestra familia se compone de…

A continuación, unos detalles muy tristes sobre su vida íntima. El mismo rigor de esos detalles me impide transcribirlos, ya que si cayeran bajo los ojos de los padres de mi interlocutora, esto sería suficiente, tal vez, para que ellos la reconocieran. Todo lo que ella dice es, por otra parte, muy lamentable y muy creíble. Continúo contando.

Si yo estuviera sola, no me quejaría, encontraría siempre cómo ganarme la vida; necesito muy poco para mi personalmente, pero, no estoy sola, debo de cuidar a mi familia.

El año pasado conocí a una joven, una huérfana sin ninguna fortuna, que llegó a casarse con un viejo millonario.

No apruebo la conducta de esta joven. Tenía diecinueve años, era muy guapa y un hombre encantador la amaba, un periodista, que ella también amaba, creo.

Por ello la censuro y la compadezco al mismo tiempo; ella ha, sin estar obligada a ello, sacrificado la felicidad por la riqueza.

Para mí, ya que no tengo felicidad que sacrificar (nadie me ha querido nunca) también sería muy feliz si encontrara un hombre que quisiera encargarse de mí y de mi familia, esto es obvio…

Que este hombre sea viejo o feo no me importa. Solo pido una cosa, que sea rico. A cambio de su dinero yo le daría mi juventud y mi fidelidad, incluso tal vez mi gratitud si él es bueno.

Señor, he pensado que, conociendo tanto mundo, usted debía tratar un buen número de solteros. Si entre estos últimos usted encuentra uno que no supiera qué uso darle a su fortuna y que no fuera un enemigo demasiado encarnizado del matrimonio, ¿quisiera usted hablarle de mí? Tomándome por esposa hará además una acción tan buena como dando dote a doncellas virtuosas o fundando hospitales para los gatos y los perros.

Se lo ruego, señor, concédame los servicios que le pido; es decir, recomiéndeme a todos los solterones que usted conoce y dígale al que sea lo suficiente loco o lo bastante generoso para querer desposarse conmigo (¡ay!, tengo mucho miedo de quedarme solterona), dígale que se dirija a la señorita…

El apellido aparece con todas las letras. Después me ruega que no sea indiscreto, para que sus padres ignoren siempre su decisión.

¡Ya está!

Ninguna fotografía acompañaba a esta carta. Estaba escrita con papel corriente común. La letra era muy fina, muy clara, muy derecha, admirablemente formada, una letra de institutriz y de mujer decidida.

Después de haber recibido esta singular proposición, como se dice entre gente de negocios, pensé en un primer momento: “¡Verdaderamente, para ser una broma es bastante divertida!” Hay bastantes posibilidades, en efecto, para que se trate de una simple broma. ¿Pero de quién? ¿De un amigo, tal vez, o de un enemigo que no se enfadaría por saber la cifra de la comisión que yo cuento deducir de la fortuna del novio, a menos que me gustara reclamar este derecho de porcentaje sobre el capital de la joven?

Pensaron que respondería pronto, y es siempre bueno tener en el bolsillo documentos de esta naturaleza. Es verdad que doy a este amigo o a este enemigo desconocido una idea bastante limitada de mi delicadeza. Pero es necesario estar convencido, en principio, de que los demás nos juzgan siempre peores o mejores de lo que nosotros somos. Este me juzga peor, eso es todo.

Sin embargo, sería necesario que también me considerara muy tonto. ¡Ante esta reflexión me han aparecido dudas! Él creía pues que yo iba a caer ciegamente en una trampa tan burda. ¿Esperaba tal vez que le pidiera una cita? Pero entonces, por qué no utilizar la vieja fórmula que siempre es la mejor.

Señor, usted es el más grande escritor de este siglo. ¡No sabría explicarle la enardecida admiración que siento por su genio! ¡Cómo me gustaría verle, tocarle las manos, mirar sus ojos! Diga, ¿usted quiere? Tengo veinte años, ¡soy hermosa! Responda a la lista de correos al despacho de la Madelaine.

L.N.

Por muy duro que uno sea, no se resiste a este tipo de cosas; sin embargo, uno puede dudar delante de una fórmula nueva, tan extraña, tan equívoca como la empleada en este caso.

Así que, ¿la carta misteriosa viene tal vez de una mujer? ¿Pero por qué dirigirla a mí? Yo no tengo agencia matrimonial, no conozco más solterones que otros, no pienso tampoco que tenga una reputación de acudir en ayuda de las vírgenes en desamparo.

Entonces… si… entonces… Tal vez mi interlocutora desconocida haya dado a la palabra “casarme” un sentido mucho más amplio que el que se le atribuye generalmente en la burguesía. Eso explicaría todo, en efecto. Pero ¡Dios mío! ¡Este es un encargo muy poco digno! ¡Los agentes de esta naturaleza tienen un nombre especial! ¡Es realmente duro de creer que ésta sea la opinión de los lectores sobre los cronistas que les interesan!

Una soltera o una mujer joven se encuentra en una situación delicada, busca un marido o un amante, no sabe a quién dirigirse; cuando, de repente, le asalta una idea: “Ya sé, voy a escribir a mi cronista favorito, él me lo encontrará, él debe de conocer a mucha gente.” Y añade mentalmente: “Y ese tipo de gente tienen muy pocos escrúpulos”.

Esperen, pues, ustedes, queridos colegas, recibir cualquier día alguna carta de esta naturaleza:

Señor, tengo necesidad de conocer una inteligente mujer discreta que no tenga nada más esencial en la vida que traer al mundo niños vivos. He pensado que con sus numerosas relaciones…

¡Y bien! No, señorita, si hay que leer entrelíneas su carta, yo no puedo encargarme de este trabajo, y mis medios personales no me permiten tampoco venir en ayuda de su familia.

¡Pero también es posible que esta pobre chica haya escrito esta carta sinceramente! Que empujada por la miseria, no sabiendo ya qué hacer, perdiendo la cabeza, no viendo a nadie que pueda ayudarla se diga a sí misma: “¿Es tal vez este periodista un valiente hombre que comprenderá mi situación y me tenderá la mano?”

¡Las mujeres tienen almas tan complicadas, reflexiones tan inauditas, posibilidades tan inverosímiles, impulsos tan espontáneos! Las raíces de sus combinaciones son tan profundas, y a veces también sus maquinaciones tan simples, que ellas nos desconciertan por su candidez. Verdaderamente, es posible, muy posible, que esta joven, después de haber leído alguno de estos artículos en los que nosotros parece que tenemos un gran corazón, se haya dicho: “He aquí mi salvador”.

Es en esta hipótesis en la que me he quedado. No es la más creíble, pero sí la más generosa.

He, pues, intentado socorrer a mi singular interlocutora, y he hecho la misma pregunta a todos los solteros de mi alrededor.

-¿No querría usted contraer matrimonio? Conozco una joven que le iría bien.

Y todos han respondido:

-¿La dote es buena?

Entonces me dirigí a los más viejos, a los más feos, a los deformes. Éstos hacían ademanes interesantes y murmuraban con una sonrisa:

-¿Es rica?

Fue entonces cuando me vino la idea.

Esperanza suprema y supremo pensamiento, como habría dicho Víctor Hugo, con un llamamiento público a los solterones.

No nombro a mi soltera, nada puede darla a conocer; permanezco absolutamente discreto y le transmitiré, sin abrirlas, las proposiciones lacradas que me envíen para ella.

Veamos, señores, ¿hay alguno entre ustedes que tenga un corazón verdaderamente generoso? ¡No importa que sea jorobado, retorcido u octogenario!

No puedo hacer nada mejor, para terminar, que citar la propia frase de mi interlocutora…

A cambio de su dinero yo le entregaré mi juventud y mi fidelidad, incluso tal vez mi reconocimiento, si es bueno… Tomándome por esposa hará además una acción tan buena como dando dote a doncellas virtuosas o fundando hospitales para los gatos y los perros.

¡Ánimo, señores!

FIN



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