|
Negra y fría era la noche en torno y encima del rancho de
José Maria Pincheira, uno de los últimos del fundo Los Perales. Eran ya más de
las nueve y hacía rato que el silencio, montado en su macho negro, dominaba los
caminos que dormían vigilados por los esbeltos álamos y los copudos boldos. Los
queltehues gritaban, de rato en rato, anunciando lluvia, y algún guairao perdido
dejaba caer, mientras volaba, su graznido estridente.
Dentro del rancho la claridad era muy poco mayor que
afuera y la única luz que allí brillaba era la de una vela que se consumía en
una palmatoria de cobre. En el Centro del rancho había un brasero y alrededor de
él dos hombres emponchados. Sobre las encendidas brasas se veía una olla llena
de vino caliente, en el cual uno de los emponchados, José Manuel, dejaba caer
pequeños trozos de canela y cáscaras de naranjas.
-Esto se está poniendo como caldo -murmuró José Manuel.
-Y tan oloroso... Déjame probarlo -dijo su acompañante.
-No, todavía le falta, Antuco.
-¡Psch! Hace rato que me está diciendo lo mismo. Por el
olorcito, parece que ya está bueno.
-No. Acuérdese que tenemos que esperar al compadre
Vicente y que si nos ponemos a probarlo, cuando él llegue no habrá ni gota.
-¡Pero tantísimo que se demora!
-Pero si no fue allí no más, pues, señor. Tenía que
llegar hasta los potreros del Algarrobillo, y arreando. Por el camino, de
vuelta, lo habrán detenido los amigos para echar un traguito.
-Sí, un traguito... Mientras el caballero le estará
atracando tupido al mosto, nosotros estamos aquí escupiendo cortito con el olor.
-Déjame probarlo, José Manuel.
-Bueno, ya está, condenado; me la ganaste. Toma.
Metió José Manuel un jarrito de lata en la olla y lo
sacó chorreando de oloroso y humeante vino, que pasó a su amigo, el cual,
atusándose los bigotes, se dispuso a beberlo. En ese instante se sintió en el
camino el galope de un caballo; después, una voz fuerte dijo:
-¡Compadre José Manuel!
-¡Listo! -gritó Pincheira, levantándose, y en seguida a
su compañero-: ¿No te dije, porfiado, que llegaría pronto?
-Que llegue o no, yo no pierdo la bocarada.
Y se bebió apresuradamente el vino, quemándose casi.
Frente a la puerta del rancho, el campero Vicente
Montero había detenido su caballo.
-Baje pues, compadre.
-A bajarme voy...
Desmontó. Era un hombre alto, macizo, con las piernas
arqueadas, vestido a usanza campesina.
-Entre, compadre; lo estoy esperando con un traguito de
vino caliente.
-¡Ah, eso es muy bueno para matar el bichito! Aunque ya
vengo medio caramboleado. En casa del chico Aurelio, casi me atoraron con vino.
Avanzó a largos y separados pasos, haciendo sonar sus
grandes espuelas, golpeándose las polainas con la gruesa penca. A la escasa luz
de la vela se vio un instante el rostro de Vicente Montero, obscuro, fuerte, de
cuadrada barba negra. Después se hundió en la sombra, mientras los largos brazos
buscaban un asiento.
-Está haciendo frío.
-Debe estar lloviendo en la costa.
-Bueno, vamos a ver el vinito.
-Sirve, Antuco.
Llenó Antonio el jarrito y se lo ofreció a Vicente.
Éste lo tomó, aspiró el vaho caliente que despedía el vino, hizo una mueca de
fruición con la nariz y empezó a bebérselo a sorbitos, dejando escapar gruñidos
de satisfacción.
-Esto está bueno, muy bueno. Apuesto que fue Antuco el
que lo hizo. Es buenazo para preparar mixturas. Creo que se ha pasado la vida en
eso.
-No -protestó Pincheira-. lo hice yo, y si no fuera
porque lo cuidé tanto, Antuco lo habría acabado probándolo.
Rió estruendosamente Vicente Montero. Devolvió el
jarrito y Antonio lo llenó de nuevo, sirviéndole esta vez a José Manuel.
-Bueno, cuenta. ¿cómo te fue por allá?
-Bien; dejé los animales en el potrero y después me
entretuve hablando con las amistades.
-¿Cómo está la gente?
-Todos alentados... ¡Ah, no! Ahora que me acuerdo, hay
un enfermo.
-¿Quién?
-Taita Gil. Pobre viejo, se va como un ovillo.
-¿Y qué tiene?
-¡Quién sabe! Allá dicen que es el colocolo el que lo
está matando, pero para mí que es pensión. ¡Le han pasado tantas al pobre viejo,
y tan seguidas!
-Bien puede ser el colocolo.
-¡Qué va a ser, señor! Oye, Antuco, pásame otro
traguito...
Volvió a circular el jarro lleno de vino caliente.
-¿Tú no crees en el colocolo?
-No, señor, cómo voy a creer. Yo no creo más que en lo
que se ve. Ver para creer, dijo Santo Tomás. ¿Quién ha visto al colocolo? Nadie.
Entonces no existe.
-Psch! ¿Así que tú no crees en Dios?
-Este... No sé, pero en el colocolo no creo. ¿Quién lo
ha visto?
-Yo lo he visto -afirmó José Manuel.
-Sí, con los ojos del alma... ¡Son puras fantasías,
señor! Las ánimas, los chonchones, el colocolo, la calchona, las candelillas...
Ahí tienes tú: yo creo en las candelillas porque las he visto.
-¡No estés payaseando! -exclamó asustado Antonio.
-Claro que las vi.
-A ver, cuenta.
-Se lo voy a contar... Oye, Antuco, pásame otro trago.
-¡Así tan seguido se pierde el tañido!
-¿No lo hicieron para tomar? Tomémoslo, entonces.
José Manuel y Antonio se echaron a reír.
-¡Este diablo tiene más conchas que un galápago!
-Bueno, cuenta...
-Espérense que mate este viejo.
Se bebió el último sorbo que quedaba en el jarro, lanzó
un sonoro ¡ah! y dijo:
-Cuando yo era muchachón, tendría unos diecinueve años,
fui un día a la ciudad a ver a mi tío Francisco, que tenía un negocio cerca de
la plaza. Allá se me hizo tarde y me dejaron a comer. Después de comida, cuando
me vieron preparándome para volver a casa, empezaron a decirme que no me
viniera, que el camino era muy solo y peligroso y la noche estaba muy obscura.
Yo, firme y firme en venirme, hasta que para asustarme me dijeron:
-No te vayas, Vicente; mira que en el potrero grande
están saliendo candelillas...
-¿Están saliendo candelillas? Mejor me voy; tengo ganas
de ver esos pajaritos.
Total, me vine. Traía mi buen cuchillo y andaba
montado. ¿Qué más quiere un hombre? Venía un poco mareado, porque había comido y
tomado mucho, pero con el fresco de la noche se me fue pasando. Eché una
galopada hasta la salida del pueblo y desde ahí puse mi caballo al trote. Cuando
llegué al potrero grande, tomé el camino al lado de la vía, al paso. Atravesé el
río. No aparecían las candelillas. Entonces, creyendo que todas eran puras
mentiras, animé el paso del caballo y empecé a pensar en otras cosas que me
tenían preocupado. Iba así, distraído, al trote largo, cuando en esto se para en
seco el caballo y casi me saca librecito por las orejas. Miré para adelante,
para ver si en el camino había algún bulto, pero no vi nada. Entonces le pegué
al caballo un chinchorrazo con la penca en el cogote, gritando:
-¿Qué te pasa, manco del diablo?
Y le aflojé las riendas. El caballo no se movió. Le
pegué otro pencazo. Igual cosa. Entonces miré para los costados, y vi, como a
unos cien pasos de distancia, dos luces que se apagaban y encendían, corriendo
para todos lados. Allí no había ningún rancho, ninguna casa, nada de donde
pudiera venir la luz. Entonces dije: “Estas son las candelillas”.
-¿Las candelillas? -preguntó Antonio.
-Las candelillas... Pásame otro trago, por preguntón...
Como el caballo era un poco arisco, no quise apurarlo más. Me quedé allí parado,
tanteándome la cintura para ver si el cuchillo saldría cuando lo necesitara, y
mirando aquellas luces que se encendían y se apagaban y corrían de un lado para
otro, como queriendo marearme. No se veía sombra ni bulto alguno... De repente
las luces dejaron de brillar un largo rato y cuando yo creí que se habían
apagado del todo, aparecieron otra vez, más cerca de lo que estaban antes. El
caballo quiso recular y dar vuelta para arrancar, pero lo atrinqué bien. Otro
rato estuvieron las luces encendiéndose y apagándose y corriendo de allá para
acá. Se apagaron otra vez sin encenderse un buen momento, y aparecieron después
más cerca. Así pasó como un cuarto de hora, hasta que acostumbrándome a mirar en
la obscuridad, empecé a ver un bulto negro, como una sombra larga, que corría
debajo de las luces... “Aquí está la payasada”, me dije.
Y haciéndome el leso, principié a desamarrar uno de los
pesados estribos de madera que llevaba; lo desaté y me afirmé bien la correa en
la mano derecha. Con la otra mano agarré el cuchillo, uno de cacha negra que
cortaba un pelo en el aire, y esperé.
Poco a poco fueron acercándose las luces, siempre
corriendo de un lado para otro, apagándose y encendiéndose. Cuando estuvieron
como a unos cuarenta pasos, ya se veía bien el bulto; parecía el de una persona
metida dentro de una sotana. Lo dejé acercarse un poquito más y de repente le
aflojé las riendas al caballo, le clavé firmes las espuelas y me fui sobre el
bulto, haciendo girar el estribo en el aire y gritando como cuando a uno se le
arranca un toro bravo del pillo: ¡Allá va, allá va valla valla vallaaaaa!
El bulto quiso arrancar, pero yo iba como celaje. A
quince pasos de distancia revoleé con fuerzas el estribo y lo largué sobre el
bulto. Se sintió un grito y la sombra cayó al suelo. Desmonté de un salto y me
fui sobre el que había caído, lo levanté con una mano y zamarreándolo, mientras
lo amenazaba con el cuchillo, le grité:
-¿Quién eres tú? ¡Habla!
No me contestó, pero se quejó. Lo volví a zamarrear y a
gritar, y entonces sentí que una voz de mujer, ¡de mujer, compadre! me decía:
-No me hagas nada, Vicente Montero...
-¿Era una mujer?
-¡Una mujer, compadrito de mi alma! Y yo, bruto, le
había dado un estribazo como para matar un burro. Pásame otro trago, Antuco. Al
principio no me di cuenta de quién era, pero después, al oírla hablar más, vine
a caer: era una mujer conocida de la casa, que tenía tres hijos y a quien se le
había muerto el marido tres meses atrás. Le pregunté qué diablos andaba haciendo
con esas luces, y entonces me contó que lo hacía para ganarse la vida. porque
como la gente era tan pobre por allí, no tenía a quién trabajarle y no quería
irse para la ciudad y dejar abandonados a sus niños. En vista de todo esto,
había resuelto ocuparse en eso.
-¡La media ocupación que había encontrado!
-Se untaba las manos con un menjunje de fósforos y
azufre que se las ponía luminosas y salía en el potrero a asustar a los que
pasaban, abriendo y cerrando las manos y corriendo para todos lados. Algunos se
desmayaban de miedo; entonces ella les sacaba la plata que llevaban y se iba...
Total, después que se animó y se sacó la sotana en que andaba envuelta, la subí
al anca y la traje para el pueblo... Y desde entonces, hermano Juan de Dios,
cuando me hablan de ánimas y de aparecidos, me río y digo: ¡Vengan candelillas,
ánimas y fantasmas, teniendo yo mi estribo en la mano! Sírveme otro traguito.
Antuco...
-¡Pero, hombre, te lo has tomado casi todo vos solo!
-¿Pero no lo habían hecho para mí?
-Ahí tienes tú, Vicente; yo no creo mucho en ánimas,
pero en el colocolo, sí. Mi padre murió de eso.
-Sería alguna enfermedad -dijo Vicente,
desperezándose-. Me está dando sueño con tanto vino y tantos fantasmas. ¡Ah!
-bostezó.
-Y te voy a contar cómo fue, sin quitarle ni ponerle
nadita.
-Cuenta, cuenta.
-Hasta los cuarenta y cinco años, mi padre fue un
hombre robusto, bien plantado, macizote. Cuando esto pasó, yo tendría unos
diecinueve años. Vivíamos en Talca, cerca de la estación. Un día, por éstas y
por las otras, mi padre decidió que nos cambiáramos a otra casa, a una que
estaba al lado del presidio. La casa era de adobe, grande, aunque muy vieja;
pero nos convenía el cambio, porque andábamos un poco atrasados. Cuando nos
estábamos cambiando, vino una viejita que vivía cerca y le dijo a mi padre:
-Mira, José María, no te vengas a esta casa. Desde que
murió aquí el zambo Huerta. nadie ha podido vivir en ella sin tener alguna
desgracia en la familia. La casa está apestada; tiene colocolo.
Mi padre se rió con tamaña boca. ¡Colocolo! Eso estaba
bueno para las viejas y para asustar a los chiquillos, pero a los hombrecitos
como él no se les contaban esas mentiras.
-No tenga cuidado, abuela; en cuanto el colocolo asome
el hocico, lo hago ñaco de un pisotón.
Se fue la veterana, moviendo la cabeza, y nosotros
terminamos la mudanza. La casa era muy sucia, había remillones de pulgas y las
murallas estaban llenas de cuevas de ratones... En el primer tiempo no sucedió
nada, pero, a poco andar, mi padre empezó a toser y a ponerse pálido; se fue
enflaqueciendo y en la mañana despertaba acalorado. De noche tosía tan fuerte
que nos despertaba a todos. Le dolía la espalda y sentía vahídos.
-¿Qué diablos me está dando? -decía.
Mi madre le preparó algunos remedios caseros y le daba
friegas. No mejoraba nada.
-¿Por qué no ves un médico, José María? -le decía mi
madre.
-No, mujer, si esto no es nada. Debe ser el garrotazo
el que me ha dado... Pasará pronto.
Pero no pasaba; al contrario, empeoraba cada día más.
Después le vino fiebre y un día echó sangre por la boca. Se quejaba de dolores
en la espalda y en los brazos. No pudo ir a trabajar. Una noche se acostó con
fiebre. Como a las doce, mi madre, que dormía cerca de él, lo sintió sentarse en
la cama y gritar:
-¡El colocolo! ¡El colocolo!
-¿Qué te pasa, José María? -le preguntó mi madre
llorando.
-¡El colocolo! ¡Me estaba chupando la saliva!
Nos levantamos todos. Mi padre ardía en fiebre y
gritaba que había sentido al colocolo encima de su cara, chupándole la saliva.
Esa noche nos amanecimos con él. Al otro día llamamos un médico, lo examinó y
dijo que había que darle éstos y otros remedios. Los compramos, pero mi padre no
los quiso tomar, diciendo que él no tenía ninguna enfermedad y que lo que lo
estaba matando era el colocolo. Y el colocolo y el colocolo y de ahí no lo
sacaba nadie.
-¡Y dale con el colocolo! -murmuró Vicente Montero.
-Se le hundieron los ojos y las orejas se le pusieron
como si fueran de cera. Tosía hasta quedar sin alientos y respiraba seguidito.
-No me dejen solo -decía-. En cuanto ustedes se van y
me empiezo a quedar dormido, viene el colocolo. Es como un ratón con plumas, con
el hocico bien puntiagudo. Se me pone encima de la boca y me chupa la saliva. No
le he podido agarrar, porque en cuanto quiero despertar se deja caer al suelo y
lo veo cuando va arrancando. ¡No me dejen solo, por Diosito!
En la casa estábamos con el alma en un hilo, andábamos
despacito como fantasmas y no sabíamos qué diablos hacer. ¡No es broma ver que a
un hombre tan fuerte como un roble se lo lleva la Pelada sin decir ni ¡ay!
Y así, hasta que mi padre pidió que llamáramos a la
viejecita que le había aconsejado que no nos fuéramos a esa casa. Fuimos a
buscar a la señora, vino, y cuando vio el estado en que se encontraba mi padre,
le dijo:
-¿No te dije, José María Pincheira, que no te vinieras
a esta casa, que había colocolo?
-Sí, abuelita, tenía razón usted... Pero ¿qué se puede
hacer ahora?
-Ahora, lo único que se puede hacer es aguaitar al
colocolo en qué cueva vive; a veces se sabe por el ruido que hace; se queja y
llora como una guagua1 recién
nacida. Cuando no grita, para encontrarlo hay que espolvorear el suelo con harta
harina, echándola de modo que no quede ninguna huella encima. Al otro día se
busca en la harina el rastro del colocolo y una vez que se ha dado con la cueva,
se la llena de parafina mezclada con agua bendita... Con esto no vuelve nunca
más.
¿Es un ratón el colocolo? -preguntó mí madre.
-No, mi señora, parece un ratón y no lo es; parece un
pájaro y no es pájaro; llora como una guagua y no es guagua; tiene plumas y no
es ave.
-¿Qué es, entonces?
-Es... el colocolo. Nace del huevo huero de una
gallina. Cuando se deja abandonado un huevo así, sin hacerlo tiras, viene una
culebra, se lo lleva y lo empolla; cuando nace, le da de mamar y le enseña a
chupar la saliva de las personas que duermen con la boca abierta.
Se fue la señora, dejándonos más asustados de lo que
estábamos antes. Esa noche llenamos de harina todo el piso de la pieza,
desparramándola de adentro para afuera, de modo que no quedara rastro alguno. Mi
hermano Andrés y yo nos tendimos en la puerta, de guardia, armados de piedras y
palos, listos para entrar cuando mi padre llamara. Conversando y fumando, nos
quedamos dormidos. A medianoche nos despertó el grito de mi padre:
-¡El colocolo! ¡El colocolo!
Entramos y no hallamos al dichoso bicho. Buscamos las
huellas, pero había tantas, que nos salió lo mismo que si no hubiera ninguna. En
todas las bocas de las cuevas había huellas de entradas y salidas de ratones.
¿Cómo íbamos a saber cuáles eran las del colocolo?
Al otro día se repitió la pantomima. Mi padre estaba
muy mal, tosía y tenía una fiebre de caballo. Más o menos a la misma hora de la
noche anterior, sentimos que se quejaba como una persona que no puede respirar.
Escuchamos y oímos como un gemido de niño chico. De repente mi padre se sentó en
la cama y dio un grito terrible. Entramos corriendo y vimos al colocolo; iba
subiendo por la muralla hacia el techo.
-¡Allá va, Andrés, mátalo!
Mi hermano, que estaba del lado en que el animal iba
subiendo, le dio un peñascazo con tanta puntería, que le pegó medio a medio del
espinazo. Se sintió un grito agudo, como de mujer, y el colocolo cayó en un
rincón. Si lo hubiéramos buscado en seguida, tal vez lo habríamos encontrado,
pero con el miedo que teníamos y con lo que nos demoramos en tomar la luz, el
colocolo desapareció, dejando rastros de sangre a la entrada de una cueva.
En la mañana murió mi padre. Vino el médico y dijo que
había muerto de la calientita, que la casa estaba infectada y que nos debíamos
cambiar de ahí.
Después que enterramos al viejo, hicimos una excavación
en la cueva en que se había metido el colocolo, pero no encontramos nada. La
cueva se comunicaba con otra.
Nos fuimos de la casa y un mes después, en la noche,
volvimos mi hermano Andrés y yo y le prendimos fuego. Y dicen que cuando la casa
estaba ardiendo, en medio de las llamas se sentía el llanto de un niñito...
Terminó su narración José Manuel Pincheira y en el
instante de silencio que siguió a su última palabra se oyó un suave ronquido.
Vicente Montero se había dormido.
-Se durmió el compadre.
-Debe estar cansado... y borracho.
-¡Eh! -le gritó José Manuel, dándole un golpe con la
mano.
Dormido como estaba y medio borracho, el empujón hizo
perder el equilibrio a Vicente Montero, que osciló como un barril, inclinándose
hacia atrás. Alcanzó a enderezarse y saltó a un lado gritando:
-¡Epa, compadre!
-¿Qué le pasa, señor? -le preguntó irónicamente
Antonio.
-¡Por la madre! Estaba soñando que un colocolo más
grande que un ternero me estaba chupando la saliva como quien toma cerveza
cuando tiene sed.
Se rieron José Manuel y Antonio. Vicente,
desperezándose, dijo:
-Ya debe ser muy tarde.
Buscó en todos sus bolsillos, diciendo:
-¿Dónde está mi reloj?
-¿Tienes reloj, Vicente? Andas muy en la buena.
-Si, tengo un reloj que le compré al mayordomo. Aquí
está.
Y sacó un descomunal reloj Waltham.
-¡Ja, ja! Ese no es un reloj, pues, señor... Eso es una
piedra de moler. ¡Una callana!
-Sí, ríanse, no más... Este es un reloj macuco. Anda
mejor que el de la iglesia. Cuando el de la iglesia da las doce, el mío hace
ratito que las ha dado Me sirve muchísimo. Estuve como un año juntando plata
para comprarlo. No lo dejo ni de día ni de noche. Cuando me acuesto lo cuelgo en
la cabecera y le digo: Mañana a las seis, ¿no? Y a las seis en punto despierto.
No lo cambio ni por un caballo con aperos de plata... Ya son las once y media.
Me voy.
Se despidieron los amigos y después de dos tentativas
para montar, Vicente Montero montó y se fue. Dejó que su caballo marchara al
trote, abandonándose a su suave vaivén. Tenía sueño, modorra; el alcohol
ingerido se desparramaba lentamente por sus venas, produciéndole una impresión
de dulce cansancio. Inclinó la cabeza sobre el pecho y empezó a dormitar,
aflojando las riendas al caballo, que aumentó su carrera. Insensiblemente se fue
durmiendo, deslizándose por una pendiente suavísima. De pronto apareció ante sus
ojos, en sueños, un enorme ratón con ojos colorados y ardientes que empezó a
correr delante del caballo. Corría, corría, dándose vuelta de trecho en trecho
para mirarlo con sus ojos ardientes. Después se paró ante el caballo y dando un
salto se colocó sobre la cabeza del animal, desde donde empezó a mirarlo
fijamente. Era un ratón horrible, con pequeñas plumas en vez de pelos, la cabeza
pelada y llena de sarna y el hocico puntiagudo, en medio del cual se movía una
lengua roja y fina como la de una culebra. Mucho rato estuvo allí, mirándolo sin
cerrar los ojos, hasta que dando un chillido saltó y quedó colgando de la barba
de Vicente Montero.
¡Eh! -gritó éste angustiosamente, tirando con todas sus
fuerzas de las riendas.
Detenido bruscamente en su carrera, el caballo dio un
fuerte bote hacia el costado y Vicente Montero, después de dar una vuelta en el
aire, cayó de cabeza al suelo. La violencia del golpe y el estado de
semiembriaguez en que se encontraba, hicieron que se desvaneciera. Rezongó unas
palabras y allí quedó, medio desmayado y medio dormido.
Así estuvo largo rato... Después despertó, sintió un
escalofrío, se restregó los ojos y miró a su alrededor, atontado. Vio a su
caballo, unos pasos más adelante, mordisqueando unas hierbas.
-¿Qué diablos me habrá pasado?
El aire y el sueño le habían avivado la borrachera. Se
puso de rodillas, tiritando, procurando explicarse la causa de su estada en ese
sitio y en esa postura. Recordó algo, muy vagamente: el colocolo, un hombre que
se había muerto porque se le había acabado la saliva, una vieja que echaba
harina en el suelo, y un ratón con ojos colorados, sin saber si todo eso lo
había soñado o le había sucedido.
Se afirmó en una mano para levantarse, y al ir a
hacerlo, miró hacia el suelo. Allí vio algo que lo dejó inmóvil. A un metro de
distancia, entre el pasto alto, un ojo claro y brillante lo miraba fijamente.
-Esta sí que es grande -murmuró, volviendo a caer de
rodillas y mirando asustado aquel ojo amenazante. Recordó entonces el horrible
ratón de ojos ardientes que había visto o soñó ver. Hizo: ¡Chis! queriendo
espantar a aquel ojo fijo, pero éste continuó mirándolo. Si hubiera tenido la
estribera. De pronto se estremeció de alegría: recordó que en el sueño, o en lo
que fuera, alguien había muerto un colocolo de un peñascazo.
-Espérate, no más... ¡colocolo conmigo!
Tanteó en el suelo, buscando una piedra; encontró una
de tamaño suficiente como para aplastar media docena de colocolos, y calculando
bien la distancia la lanzó hacia aquel ojo luminoso y fijo, gritando:
-¡Toma! Se sintió un leve chirrido y él saltó hacia
adelante, estirando la mano hacia el supuesto colocolo. Cogió algo frío y lleno
de pequeñas puntas afiladas. Sintió un escalofrío de terror y lanzó
violentamente hacia arriba lo que había tomado; en el momento de hacerlo, sin
embargo; recordó algo que le era familiar al tacto en la forma y en la frialdad.
Estiró la mano y recogió el objeto que descendía. Lo acercó a sus ojos y vio
algo que le hizo darse un golpe de puño en el muslo, al mismo tiempo que gritaba
con rabia:
-¡Por la misma remadre! ¡Mi reloj Waltham!
FIN |