| Al señorEdmond Deman |
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"Cuidado con lo de abajo"
-Dicho popular
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En esta noche de principios de otoño, el antiguo hotel con jardines,
residencia de la morena Maryelle -al final del barrio de Saint Honoré- parecía
dormido. En el primer piso, en efecto, en el salón tapizado de seda cereza, los
pesados cortinajes de los balcones -cuyas vidrieras miran las avenidas
enarenadas y el surtidor que brota entre el césped- interceptaban el resplandor
interior.
En el fondo de este aposento, un ancho tapiz Enrique II dejaba entrever en el
salón contiguo las blancuras adamascadas de una mesa llena de luces y sobre la
que aún se destacaban las tazas de café, los fruteros y la cristalería, aunque
se jugaba desde la media noche.
Bajo los dos manojos de hojas de plata, con flores de luz, de un par de candelabros de pared, dos «señores» de figura
elegantísima, de cutis inglés, de sonrisa distinguida, de aspecto afable, de
largas patillas, lucían las lises de sus chalecos frente a frente de un écarté
que jugaban con un abate joven y moreno, de una palidez natural muy emocionante
(la palidez de un muerto) y cuya presencia resultaba por lo menos equívoca en
aquel lugar.
No muy lejos, Maryelle, en un déshabillé de muselina que avivaba sus ojos
negros, y un ramito de violetas al borde del corsé en el hoyo de la nieve,
escanciaba de vez en cuando champán helado en las finas copas que llenaban un
velador, sin dejar de avivar con sus anhelosos labios el fuego de su cigarrillo
ruso -que sostenía, ensortijado al dedo meñique de su izquierda, una especie de
pinza de plata-. Sonriendo también a veces de las frívolas ocurrencias que -con
intermitencias y como aguijoneado por discretos arrebatos- le susurraba al oído
(inclinándose sobre la perla de su hombro) el invitado ocioso al que sólo se
dignaba contestar monosilábicamente.
En seguida se volvía a hacer el silencio, turbado apenas por el ruido de los
naipes, del oro de las puestas, de las piezas de nácar y de los billetes sobre
el tapete verde.
El ambiente, el mobiliario, las telas se sentían contagiados de languidez,
cierta blandura aterciopelada, el acre perfume de tabaco oriental, el ébano labrado de los grandes espejos, la vaguedad de la luz, una imaginaria
irisación. El jugador de la sotana de paño fino, el abate Tussert, no era sino
uno de esos diáconos faltos de toda vocación, cuya perversa ralea tiende, por
fortuna, a desaparecer. Nada había en él de aquellos sutiles abates de antaño,
cuyas mejillas inflamadas por la risa los ha hecho aparecer simpáticos y
veniales en la Historia. Éste, alto, tallado a hachazos, el rostro de un óvalo con los maxilares salientes, resultaba, realmente, de una casta más sombría,
hasta el punto de que en ciertos momentos la sombra de un crimen ignorado
parecía ennegrecer aún más su silueta. En él la clase de piel especial de su
cutis descolorido indicaba una sensibilidad fría y sádica. Los labios astutos
ponderaban en su rostro la energía ingenuamente bárbara de su conjunto. Sus
pupilas negruzcas, rencorosas, brillaban bajo la anchura de una frente triste,
de cejas rectilíneas, y su mirada crepuscular parecía pensativa de nacimiento, a
veces fija. Laminado por las controversias del seminario, el timbre de su voz
había adquirido inflexiones mates que apagaban su dureza; sin embargo, se
presentía el puñal en su vaina. Taciturno, si hablaba era desde lo alto, con uno
de los pulgares hundido casi siempre en su elegante fajín de franjas de seda.
Muy mundano, «lanzado» como si hubiera intentado huir -más bien recibido que admitido, es verdad-,
se le admitía gracias a esa especie de miedo confuso e indefinido que sugería
su persona. Algunos perversos rufianes de fortuna estafada lo invitaban también
para salpimentar con lo que había de llamativo en su sacrílega presencia,
envuelta, para más escándalo en el hábito solemne, la salacidad lamentable de
sus cenas juerguistas, no acabando de conseguir este efecto, porque su sórdido
aspecto cohibía en el fondo aun en esos ambientes (los desertores, vengan de
donde vengan, no son estimados por los inquietos escépticos modernos).
Pero ¿por qué seguir llevando aquellos hábitos? ¿Quizá porque, habiéndose
puesto de moda con aquella ropa, temía comprometer su originalidad vistiéndose
de levita? ¡Desde luego que no! Es que era ya demasiado tarde; es que ya tenía
el sello. ¿Es que aquellos que, siendo como él, tomaban una apariencia laica no
eran reconocibles siempre? Se diría que todos los trajes que llevasen siempre
transparentarían la invisible sotana de Neso que no podían arrancarse del
cuerpo, aunque sólo se la hubiesen puesto una vez: siempre se notaría su
ausencia. Y cuando a imitación de un Renan, por ejemplo, murmuran del Señor, su
juez, parece por intervalos que, en medio de no se sabe qué VERDADERA noche que
surge en el fondo de sus ojos se oye -entre el súbito reflejo de una linterna sorda y bajo el follaje de los
olivos- el chasquido del viscoso beso del Eufemismo sobre la mejilla divina.
Ahora bien: ¿de dónde provenía el oro que sacaba todos los días de su negro
bolsillo? ¿Del juego? Puede. Se insinuaba eso, aunque sin profundizar en ello,
ya que no se le conocían deudas, ni queridas, ni otras ventajas como ésas. ¡Por
lo demás, hoy día...! ¿Eso qué importa? ¡Cada cual tiene sus asuntillos! Las
mujeres lo consideraban un hombre «encantador», y punto final.
De repente, Tussert, que había robado malas cartas, dijo descubriendo su
juego:
-Pierdo dieciséis mil francos esta noche.
-¿Le hacen veinticinco luises para que intente la revancha? -ofreció el
vizconde Le Glaïeul.
-Yo no propongo ni acepto jugadas de palabra y ya no tengo oro en el bolsillo
-respondió Tussert-. No obstante, mi ministerio me ha hecho poseedor de un
secreto -de un gran secreto-, que, si está de acuerdo, me decidiré a arriesgar
contra sus veinticinco luises a cinco tantos ligados.
Después de un silencio bastante justificado, preguntó el señor Le Glaïeul
medio estupefacto:
-¿Qué secreto?
-Pues el de la IGLESIA -respondió fríamente Tussert.
¿Fue la entonación breve, rotunda y como poco mixtificada de este tenebroso
vividor, o la fatiga nerviosa de la noche, o los capciosos vapores dorados del
champán, o el conjunto de estas cosas lo que hizo que los dos invitados y hasta la alegre Maryelle se
estremeciesen al oír esas palabras? Los tres, mirando al enigmático personaje,
acababan de experimentar la misma sensación que les hubiese producido la
aparición repentina de una cabeza de serpiente alzándose entre los candelabros.
-La Iglesia tiene tantos secretos... que creo, al menos, poderle preguntar
cuál de ellos es -respondió con seriedad ya el vizconde Le Glaïeul-, aunque,
como usted puede comprender, me interesan muy poco esas revelaciones. Pero
acabemos. He ganado demasiado esta noche para negarle eso; así es que de todos
modos ¡van veinticinco luises a cinco tantos ligados contra «el secreto de la
IGLESIA»!
Por una cortesía de hombre «de mundo» no quiso recalcar: «...que no nos
interesa nada».
Cogieron otra vez los naipes.
-¡Abate! ¿Sabe usted que en este momento tiene usted el aire del... diablo?
-exclamó con un tono cándido la amabilísima Maryelle, que se había quedado como
pensativa.
-¡La jugada, sobre todo, es de una audacia insignificante para los
incrédulos! -murmuró frívolamente el invitado ocioso con una de esas leves
sonrisas parisienses, cuya serenidad ni siquiera se turba ante un salero
derramado-. ¡El secreto de la Iglesia! ¡Ah! ¡Ah!... Debe ser gracioso.
Tussert lo miró y después le dijo:
-Ya lo apreciará usted si continúo perdiendo.
La partida comenzó más lenta que las anteriores. El
primer juego lo ganó... él; pero después perdió la revancha.
-¡Va el último pase! -dijo.
Cosa singularísima: la atención -mezclada al principio con algo de
superstición burlona- había subido de tono gradualmente; se hubiera podido decir
que alrededor de los jugadores se había saturado el aire de una solemnidad sutil
y de una gran inquietud... Se deseaba fervientemente ganarle la partida.
Estando a dos contra tres, el vizconde Le Glaïeul, después de tirado el rey
de corazones, tuvo de juego los cuatro sietes y un ocho neutro; Tussert, que
tenía la quinta más alta de picas, vaciló, quiso hacer una jugada de maestro
exponiéndolo todo de una vez, y perdió. El golpe fue rápido.
En ese momento, Maryelle se miraba con indiferencia las uñas rosadas; el
vizconde, con aire distraído, examinaba el nácar de las fichas, sin hacer la
pregunta suspendida sobre ellos, y el invitado ocioso, volviéndose por
discreción, entreabrió (¡con un acierto lleno verdaderamente de inspiración!)
los cortinajes del balcón que estaba cerca de él.
Entonces a través de los árboles apareció, haciendo palidecer las luces, el
alba lívida, el amanecer, cuyo reflejo tornó bruscamente mortuorias las manos de
los presentes. Y el perfume del salón pareció volverse más impuro, llenándose de un vago recuerdo
de placeres vendidos, de carnes voluptuosas con despecho, ¡de laxitud! Y algunos
desvaídos pero impresionantes matices pasaron por los rostros de todos,
denunciando con su difumino imperceptible las máculas futuras que la edad
reservaba a cada uno. Aun cuando allí no se creyese en nada más que en placeres
fantasmas, se sintió sonar a hueco en su existencia el golpe del ala de la vieja
Tristeza del Mundo, que despertó a tan falsos juerguistas, vacíos, faltos de
esperanza.
Llenos de olvido, ya no se preocupaban de oír... el insólito secreto... si es
que alguna vez...
Pero el diácono se había levantado, glacial, sosteniendo en la mano su
sombrero de teja. Después de lanzar una mirada circular, de ritual, sobre
aquellos tres seres un poco cohibidos, dijo:
-Señora, señores, ¡ojalá la apuesta que he perdido les haga reflexionar!...
Paguemos...
Y mirando con una fría fijeza a sus elegantes oyentes, pronunció en voz más
baja, pero que sonó como una campanada de difuntos, estas condenables, estas
fantásticas palabras:
-¿El secreto de la Iglesia?... Es... QUE NO HAY PURGATORIO.
Y en tanto que, no sabiendo qué pensar, se le
observaba, no sin cierto pánico, el diácono, después de haber saludado, se
dirigió, tranquilo, hacia el umbral, y después de haber mostrado en el dintel su cara sombría
y lívida; con los ojos bajos, cerró la puerta sin hacer ruido.
Una vez solos, respiraron libres del espectro.
-¡Eso debe ser inexacto! -balbuceó cándidamente la sentimental Maryelle,
impresionada aún.
-¡Argucias del jugador que pierde, por no decir de un farsante que no sabe lo
que dice! -exclamó Le Glaïeul con un tono de cochero enriquecido-. ¡El
Purgatorio, el Infierno, el Paraíso!... ¡Todo eso es de la Edad Media! ¡Todo eso
es pura broma!
-¡No pensemos más en ello! -indicó el otro elegante.
Pero en aquella maligna claridad del alba la amenazadora mentira del impío
había hecho, sin embargo, su efecto. Los tres estaban muy pálidos. Se bebió, con
duras sonrisas forzadas, una última copa de champán.
Y aquella mañana -por mucha elocuencia que empleara el invitado ocioso-
Maryelle, arrepentida quizá ante la amenaza exclusiva y excesiva del infierno,
sin la condescendencia del purgatorio perdido para su esperanza, no quiso
acceder a su «amor».
FIN
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