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SEGUNDA JORNADA
COMIENZA LA SEGUNDA JORNADA DEL DECAMERÓN,
EN LA QUE, BAJO EL GOBIERNO DE FILOMENA, SE RAZONA SOBRE QUIENES,
PERSEGUIDOS POR DIVERSAS CONTRARIEDADES, HAN LLEGADO, CONTRA TODA
ESPERANZA, A BUEN FIN.
Ya había el sol llevado a todas partes el
nuevo día con su luz y los pájaros daban de ello testimonio a los
oídos cantando placenteros versos sobre las verdes ramas, cuando
todas las jóvenes y los tres jóvenes, habiéndose levantado, se
entraron por los jardines y, hollando con lento paso las hierbas
húmedas de rocío, haciéndose bellas guirnaldas acá y allá,
recreándose durante largo rato estuvieron. Y tal como habían hecho
el día anterior hicieron el presente: habiendo comido con la fresca,
luego de haber bailado alguna danza se fueron a descansar y,
levantándose de la siesta después de la hora de nona, como le plugo
a su reina, venidos al fresco pradecillo, se sentaron en torno a
ella. Y ella, que era hermosa y de muy amable aspecto, coronada con
su guirnalda de laurel, después de estar callada un poco y de mirar
a la cara a toda su compañía, mandó a Neifile que a las futuras
historias diese, con una, principio; y ella, sin poner ninguna
excusa, así, alegre, empezó a hablar:
NOVELA PRIMERA
Martellino, fingiéndose tullido, simula
curarse sobre la tumba de San Arrigo y, conocido su engaño, es
apaleado; y después de ser apresado y estar en peligro de ser
colgado, logra por fin escaparse.
Muchas veces sucede, carísimas señoras, que
aquel que se ingenia en burlarse de otro, y máximamente de las cosas
que deben reverenciarse, se ha encontrado sólo con las burlas y a
veces con daño de sí mismo; por lo que, para obedecer el mandato de
la reina y dar principio con una historia mía al asunto propuesto,
entiendo contaros lo que, primero desdichadamente y después (fuera
de toda su esperanza) muy felizmente, sucedió a un conciudadano
nuestro.
Había, no hace todavía mucho tiempo, un
tudesco en Treviso llamado Arrigo que, siendo hombre pobre, servía
como porteador a sueldo a quien se lo solicitaba y, a pesar de ello,
era tenido por todos como hombre de santísima y buena vida. Por lo
cual, fuese verdad o no, sucedió al morir él, según afirman los
trevisanos, que a la hora de su muerte, todas las campanas de la
iglesia mayor de Treviso empezaron a sonar sin que nadie las tocase.
Lo que, tenido por milagro, todos decían que este Arrigo era santo ;
y corriendo toda la gente de la ciudad a la casa en que yacía su
cuerpo, lo llevaron a guisa de cuerpo santo a la iglesia mayor,
llevando allí cojos, tullidos y ciegos y demás impedidos de
cualquiera enfermedad o defecto, como si todos debieran sanar al
tocar aquel cuerpo. En tanto tumulto y movimiento de gente sucedió
que a Treviso llegaron tres de nuestros conciudadanos, de los cuales
uno se llamaba Stecchi, otro Martellino y el tercero Marchese ,
hombres que, yendo por las cortes de los señores, divertían a la
concurrencia distorsionándose y remedando a cualquiera con muecas
extrañas. Los cuales, no habiendo estado nunca allí, se maravillaron
de ver correr a todos y, oído el motivo de aquello, sintieron deseos
de ir a ver y, dejadas sus cosas en un albergue, dijo Marchese:
-Queremos ir a ver este santo, pero en
cuanto a mí, no veo cómo podamos llegar hasta él, porque he oído que
la plaza está llena de tudescos y de otra gente armada que el señor
de esta tierra, para que no haya alboroto, hace estar allí, y además
de esto, la iglesia, por lo que se dice, está tan llena de gente que
nadie más puede entrar.
Martellino, entonces, que deseaba ver
aquello, dijo:
-Que no se quede por eso, que de llegar
hasta el cuerpo santo yo encontraré bien el modo. Dijo Marchese:
-¿Cómo?
Repuso Martellino:
-Te lo diré: yo me contorsionaré como un
tullido y tú por un lado y Stecchi por el otro, como si no pudiese
andar, me vendréis sosteniendo, haciendo como que me queréis llevar
allí para que el santo me cure: no habrá nadie que, al vernos, no
nos haga sitio y nos deje pasar. A Marchese y a Stecchi les gustó el
truco y, sin tardanza, saliendo del albergue, llegados los tres a un
lugar solitario, Martellino se retorció las manos de tal manera, los
dedos y los brazos y las piernas, y además de ello la boca y los
ojos y todo el rostro, que era cosa horrible de ver; no habría
habido nadie que lo hubiese visto que no hubiese pensado que estaba
paralítico y tullido. Y sujetado de esta manera, entre Marchese y
Stecchi, se enderezaron hacia la iglesia, con aspecto lleno de
piedad, pidiendo humildemente y por amor de Dios a todos los que
estaban delante de ellos que les hiciesen sitio, lo que fácilmente
obtenían; y en breve, respetados por todos y todo el mundo gritando:
«¡Haced sitio, haced sitio!», llegaron allí donde estaba el cuerpo
de San Arrigo y, por algunos gentileshombres que estaban a su
alrededor, fue Martellino prestamente alzado y puesto sobre el
cuerpo para que mediante aquello pudiera alcanzar la gracia de la
salud.
Martellino, como toda la gente estaba
mirando lo que pasaba con él, comenzó, como quien lo sabía hacer muy
bien, a fingir que uno de sus dedos se estiraba, y luego la mano, y
luego el brazo, y así todo entero llegar a estirarse. Lo que,
viéndolo la gente, tan gran ruido en alabanza de San Arrigo hacían
que un trueno no habría podido oírse. Había por acaso un florentino
cerca que conocía muy bien a Martellino, pero que por estar así
contorsionado cuando fue llevado allí no lo había reconocido. El
cual, viéndolo enderezado, lo reconoció y súbitamente empezó a
reírse y a decir: -¡Señor, haz que le duela! ¿Quién no hubiera
creído al verlo venir que de verdad fuese un lisiado? Oyeron estas
palabras unos trevisanos que, incontinenti, le preguntaron: -¡Cómo!
¿No era éste tullido?
A lo que el florentino repuso:
-¡No lo quiera Dios! Siempre ha sido tan
derecho como nosotros, pero sabe mejor que nadie, como habéis podido
ver, hacer estas burlas de contorsionarse en las posturas que
quiere. Como hubieron oído esto, no necesitaron otra cosa: por la
fuerza se abrieron paso y empezaron a gritar: -¡Coged preso a ese
traidor que se burla de Dios y de los santos, que no siendo tullido
ha venido aquí para escarnecer a nuestro santo y a nosotros
haciéndose el tullido! Y, diciendo esto, le echaron las manos encima
y lo hicieron bajar de donde estaba, y cogiéndole por los pelos y
desgarrándole todos los vestidos empezaron a darle puñetazos y
puntapiés, y no se consideraba hombre quien no corría a hacer lo
mismo. Martellino gritaba: -¡Piedad, por Dios!
Y se defendía cuanto podía, pero no le
servía de nada: las patadas que le daban se multiplicaban a cada
momento. Viendo lo cual, Stecchi y Marchese empezaron a decirse que
la cosa se ponía mal; y temiendo por sí mismos, no se atrevían a
ayudarlo, gritando junto con los otros que le matasen, aunque
pensando sin embargo cómo podrían arrancarlo de manos del pueblo.
Que le hubiera matado con toda certeza si no hubiera habido un
expediente que Marchese tomó súbitamente: que, estando allí fuera
toda la guardia de la señoría, Marchese, lo antes que pudo se fue al
que estaba en representación del corregidor y le dijo: -¡Piedad, por
Dios! Hay aquí algún malvado que me ha quitado la bolsa con sus
buenos cien florines de oro; os ruego que lo prendáis para que pueda
recuperar lo mío. Súbitamente, al oír esto, una docena de soldados
corrieron a donde el mísero Martellino era trasquilado sin tijeras
y, abriéndose paso entre la muchedumbre con las mayores fatigas del
mundo, todo apaleado y todo roto se lo quitaron de entre las manos y
lo llevaron al palacio del corregidor, adonde, siguiéndole muchos
que se sentían escarnecidos por él, y habiendo oído que había sido
preso por descuidero, no pareciéndoles hallar más justo título para
traerle desgracia, empezaron a decir todos que les había dado el
tirón también a sus bolsas. Oyendo todo lo cual, el juez del
corregidor, que era un hombre rudo, llevándoselo prestamente aparte
le empezó a interrogar.
Pero Martellino contestaba bromeando, como
si nada fuese aquella prisión; por lo que el juez, alterado,
haciéndolo atar con la cuerda le hizo dar unos buenos saltos, con
ánimo de hacerle confesar lo que decían para después ahorcarlo. Pero
luego que se vio con los pies en el suelo, preguntándole el juez si
era verdad lo que contra él decían, no valiéndole decir no, dijo:
-Señor mío, estoy presto a confesaros la verdad, pero haced que cada
uno de los que me acusan diga dónde y cuándo les he quitado la
bolsa, y os diré lo que yo he hecho y lo que no. Dijo el juez:
-Que me place.
Y haciendo llamar a unos cuantos, uno decía
que se la había quitado hace ocho días, el otro que seis, el otro
que cuatro, y algunos decían que aquel mismo día. Oyendo lo cual,
Martellino dijo: -Señor mío, todos estos mienten con toda su boca: y
de que yo digo la verdad os puedo dar esta prueba, que nunca había
estado en esta ciudad y que no estoy en ella sino desde hace poco; y
al llegar, por mi desventura, fui a ver a este cuerpo santo, donde
me han trasquilado todo cuanto veis; y que esto que digo es cierto
os lo puede aclarar el oficial del señor que registró mi entrada, y
su libro y también mi posadero. Por lo que, si halláis cierto lo que
os digo, no queráis a ejemplo de esos hombres malvados destrozarme y
matarme.
Mientras las cosas estaban en estos
términos, Marchese y Stecchi, que habían oído que el juez del
corregidor procedía contra él sañudamente, y que ya le había dado
tortura, temieron mucho, diciéndose: -Mal nos hemos industriado; le
hemos sacado de la sartén para echarlo en el fuego. Por lo que,
moviéndose con toda presteza, buscando a su posadero, le contaron
todo lo que les había sucedido; de lo que, riéndose éste, les llevó
a ver a un Sandro Agolanti que vivía en Treviso y tenía gran
influencia con el señor, y contándole todo por su orden, le rogó que
con ellos interviniera en las hazañas de Martellino, y así se hizo.
Y los que fueron a buscarlo le encontraron todavía en camisa delante
del juez y todo desmayado y muy temeroso porque el juez no quería
oír nada en su descargo, sino que, como por acaso tuviese algún odio
contra los florentinos, estaba completamente dispuesto a hacerlo
ahorcar y en ninguna guisa quería devolverlo al señor, hasta que fue
obligado a hacerlo contra su voluntad. Y cuando estuvo ante él, y le
hubo dicho todas las cosas por su orden, pidió que como suma gracia
le dejase irse porque, hasta que en Florencia no estuviese, siempre
le parecería tener la soga al cuello. El señor rió grandemente de
semejante aventura y, dándoles un traje por hombre, sobrepasando la
esperanza que los tres tenían de salir con bien de tal peligro,
sanos y salvos se volvieron a su casa.
NOVELA SEGUNDA
Rinaldo de Asti, robado, va a parar a
Castel Guiglielmo y es albergado por una señora viuda, y,
desagraviado de sus males, sano y salvo vuelve a su casa.
De las desventuras de Martellino contadas
por Neifile rieron las damas desmedidamente, y sobre todo entre los
jóvenes Filostrato, a quien, como estaba sentado junto a Neifile,
mandó la reina que la siguiese en el novelar; y sin esperar,
comenzó:
Bellas señoras, me siento inclinado a
contaros una historia sobre cosas católicas entremezcladas con
calamidades y con amores, la cual será por ventura útil haberla
oído, especialmente a quienes por los peligrosos caminos del amor
son caminantes, de los cuales quien no haya rezado el padrenuestro
de San Julián muchas veces, aunque tenga buena cama, se hospeda mal.
Había, pues, en tiempos del marqués Azzo de Ferrara un mercader
llamado Rinaldo de Asti que, por sus negocios, había ido a Bolonia;
a los que habiendo provisto y volviendo a casa, le sucedió que,
habiendo salido de Ferrara y caminando hacia Verona, se topó con
unos que parecían mercaderes y eran unos malhechores y hombres de
mala vida y condición y, discurriendo con ellos, siguió incautamente
en su compañía.
Éstos, viéndole mercader y juzgando que
debía llevar dineros, deliberaron entre sí que a la primera ocasión
le robarían, y por ello, para que no sintiera ninguna sospecha, como
hombres humildes y de buena condición, sólo de cosas honradas y de
lealtad iban hablando con él, haciéndose todo lo que podían y sabían
humildes y benignos a sus ojos, por lo que él reputaba por gran
ventura haberlos encontrado ya que iba solo con su criado y su
caballo. Y así caminando, de una cosa en otra, como suele pasar en
las conversaciones, llegaron a discurrir sobre las oraciones que los
hombres dirigen a Dios. Y uno de los malhechores, que eran tres,
dijo a Rinaldo:
-Y vos, gentilhombre, ¿qué oración
acostumbráis a rezar cuando vais de camino? A lo que Rinaldo repuso:
-En verdad yo soy hombre asaz ignorante y
rústico, y pocas oraciones tengo a mano como que vivo a la antigua y
cuento dos sueldos por veinticuatro dineros , pero no por ello he
dejado de tener por costumbre al ir de camino rezar por la mañana,
cuando salgo del albergue, un padrenuestro y un avemaría por el alma
del padre y de la madre de San Julián, después de lo que pido a Dios
y a él que la noche siguiente me deparen buen albergue. Y ya muchas
veces me he visto, yendo de camino, en grandes peligros, y escapando
a todos los cuales, he estado la noche siguiente en un buen lugar y
bien albergado; por lo que tengo firme fe en que San Julián, en cuyo
honor lo digo, me haya conseguido de Dios esta gracia; no me parece
que podría andar bien el día, ni llegar bien la noche siguiente, si
no lo hubiese rezado por la mañana.
A lo cual, el que le había preguntado dijo:
-Y hoy de mañana, ¿lo habéis dicho?
A lo que Rinaldo respondió:
-Ciertamente.
Entonces aquél, que ya sabía lo que iba a
sucederle, dijo para si- «Falta te hará, porque, si no fallamos, vas
a albergarte mal según me parece». Y luego le dijo:
-Yo también he viajado mucho y nunca lo he
rezado, aunque lo haya oído a muchos recomendar, y nunca me ha
sucedido que por ello dejase de albergarme bien; y esta noche por
ventura podréis ver quién se albergará mejor, o vos que lo habéis
dicho o yo que no lo he dicho. Bien es verdad que yo en su lugar
digo el Dirupisti o la Intemerata o el De Profundis que son, según
una abuela mía solía decirme, de grandísima virtud.
Y hablando así de varias cosas y
continuando su camino, y esperando lugar y ocasión para su mal
propósito, sucedió que, siendo ya tarde, del otro lado de Castel
Guiglielmo, al vadear un río aquellos tres, viendo la hora tardía y
el lugar solitario y oculto, lo asaltaron y lo robaron, y dejándolo
a pie y en camisa, yéndose, le dijeron:
-Anda y mira a ver si tu San Julián te da
esta noche buen albergue, que el nuestro bien nos lo dará. Y,
vadeando el río, se fueron. El criado de Rinaldo, viendo que lo
asaltaban, como vil, no hizo nada por ayudarle, sino que dando la
vuelta al caballo sobre el que estaba, no se detuvo hasta estar en
Castel Guiglielmo, y entrando allí, siendo ya tarde, sin ninguna
dificultad encontró albergue. Rinaldo, que se había quedado en
camisa y descalzo, siendo grande el frío y nevando todavía mucho, no
sabiendo qué hacerse, viendo llegada ya la noche, temblando y
castañeteándole los dientes, empezó a mirar alrededor en busca de
algún refugio donde pudiese estar durante la noche sin morirse de
frío; pero no viendo ninguno porque no hacía mucho que había habido
guerra en aquella comarca y todo había ardido, empujado por el frío,
se enderezó, trotando, hacia Castel Guiglielmo, no sabiendo sin
embargo que su criado hubiese huido allí o a ningún otro sitio, y
pensando que si pudiera entrar allí, algún socorro le mandaría Dios.
Pero la noche cerrada le cogió cerca de una
milla alejado del burgo, por lo que llegó allí tan tarde que,
estando las puertas cerradas y los puentes levantados, no pudo
entrar dentro. Por lo cual, llorando doliente y desconsoladamente,
miraba alrededor dónde podría ponerse que al menos no le nevase
encima; y por azar vio una casa sobre las murallas del burgo algo
saliente hacia afuera, bajo cuyo saledizo pensó quedarse hasta que
fuese de día; y yéndose allí y habiendo encontrado una puerta bajo
aquel saledizo, como estaba cerrada, reuniendo a su pie alguna paja
que por allí cerca había, triste y doliente se quedó, muchas veces
quejándose a San Julián, diciéndole que no era digno de la fe que
había puesto en él. Pero San Julián, que le quería bien, sin mucha
tardanza le deparó un buen albergue. Había en este burgo una señora
viuda, bellísima de cuerpo como la que más, a quien el marqués Azzo
amaba tanto como a su vida y aquí a su disposición la hacía estar. Y
vivía la dicha señora en aquella casa bajo cuyo saledizo Rinaldo se
habla ido a refugiar. Y el día anterior por acaso había el marqués
venido aquí para yacer por la noche con ella, y en su casa misma
secretamente había mandado prepararle un baño y suntuosamente una
cena.
Y estando todo presto, y nada sino la
llegada del marqués esperando ella, sucedió que un criado llegó a la
puerta que traía nuevas al marqués por las cuales tuvo que ponerse
en camino súbitamente; por lo cual, mandando decir a la señora que
no lo esperase, se marchó prestamente. Con lo que la mujer, un tanto
desconsolada, no sabiendo qué hacer, deliberó meterse en el baño
preparado para el marqués y después cenar e irse a la cama; y así,
se metió en el baño. Estaba este baño cerca de la puerta donde el
pobre Rinaldo estaba acostado fuera de la ciudad; por lo que,
estando la señora en el baño, sintió el llanto y la tiritona de
Rinaldo, que parecía haberse convertido en cigüeña. Y llamando a su
criada, le dijo: -Vete abajo y mira fuera de los muros al pie de esa
puerta quién hay allí, y quién es y lo que hace. La criada fue y,
ayudándola la claridad del aire, vio al que en camisa y descalzo
estaba allí, como se ha dicho, y todo tiritando; por lo que le
preguntó quién era. Y Rinaldo, temblando tanto que apenas podía
articular palabra, quién fuese y cómo y por qué estaba allí, lo más
breve que pudo le dijo y luego lastímeramente comenzó a rogarle que,
si fuese posible, no lo dejase allí morirse de frío durante la
noche. La criada, sintiéndose compadecida, volvió a la señora y todo
le dijo; y ella, también sintiendo piedad, se acordó que tenía la
llave de aquella puerta, que algunas veces servía a las ocultas
entradas del marqués, y dijo:
-Ve y ábrele sin hacer ruido; aquí está
esta cena que no habría quien la comiese, y para poderlo albergar
hay de sobra.
La criada, habiendo alabado mucho la
humanidad de la señora, fue y le abrió; y habiéndolo hecho entrar,
viéndolo casi yerto, le dijo la señora:
-Pronto, buen hombre, entra en aquel baño,
que todavía está caliente. Y él, sin esperar más invitaciones, lo
hizo de buena gana, y todo reconfortado con aquel calor, de la
muerte a la vida le pareció haber vuelto. La señora le hizo preparar
ropas que habían sido de su marido, muerto poco tiempo antes, y
cuando las hubo vestido parecían hechas a su medida; y esperando qué
le mandaba la señora, empezó a dar gracias a Dios y a San Julián que
de una noche tan mala como la que le esperaba le habían librado y a
buen albergue, por lo que parecía, conducido. Después de esto, la
señora, algo descansada, habiendo ordenado hacer un grandísimo fuego
en la chimenea de uno de sus salones, se vino allí y preguntó qué
era de aquel buen hombre. A lo que la criada respondió: -Señora mía,
se ha vestido y es un buen mozo y parece persona de bien y de buenas
maneras. -Ve, entonces -dijo la señora-, y llámalo, y dile que se
venga aquí al fuego, y así cenará, que sé que no ha cenado.
Rinaldo, entrando en el salón y viendo a la
señora y pareciéndole principal, la saludó reverentemente y las
mayores gracias que supo le dio por el beneficio que le había hecho.
La señora lo vio y lo escuchó, y pareciéndole lo que la criada le
había dicho, lo recibió alegremente y con ella familiarmente le hizo
sentarse al fuego y le preguntó sobre la desventura que le había
conducido allí, y Rinaldo le narró todas las cosas por su orden.
Había la señora, por la llegada del criado de Rinaldo al castillo,
oído algo de ello por lo que enteramente creyó en lo que él le
contaba, y también le dijo lo que de su criado sabía y cómo
fácilmente podría encontrarlo a la mañana siguiente.
Pero luego que la mesa fue puesta como la
señora quiso, Rinaldo con ella, lavadas las manos, se puso a cenar.
Él era alto de estatura, y hermoso y agradable de rostro y de
maneras asaz loables y graciosas, y joven de mediana edad; y la
señora, habiéndole ya muchas veces puesto los ojos encima y
apreciándolo mucho, y ya, por el marqués que con ella debía venir a
acostarse teniendo el apetito concupiscente despierto en la mente,
después de la cena, levantándose de la mesa, con su criada se
aconsejó si le parecía bien que ella, puesto que el marqués la había
burlado, usase de aquel bien que la fortuna le había enviado. La
criada, conociendo el deseo de su señora, cuanto supo y pudo la
animó a seguirlo; por lo que la señora, volviendo al fuego donde
había dejado solo a Rinaldo, empezando a mirarlo amorosamente, le
dijo: -¡Ah, Rinaldo!, ¿por qué estáis tan pensativo? ¿No creéis
poder resarciros de un caballo y de unos cuantos paños que habéis
perdido? Confortaos, poneos alegre, estáis en vuestra casa; y más
quiero deciros: que, viéndoos con esas ropas encima, que fueron de
mi difunto marido, pareciéndome vos él mismo, me han venido esta
noche más de cien veces deseos de abrazaros y de besaros, y si no
hubiera temido desagradaros por cierto que lo habría hecho.
Rinaldo, oyendo estas palabras y viendo el
relampaguear de los ojos de la mujer, como quien no era un
mentecato, se fue a su encuentro con los brazos abiertos y dijo:
-Señora mía, pensando que por vos puedo siempre decir que estoy
vivo, y mirando aquello de donde me sacasteis, gran vileza sería la
mía si yo todo lo que pudiera seros agradable no me ingeniase en
hacer; y así, contentad vuestro deseo de abrazarme y besarme, que yo
os abrazaré y os besaré más que a gusto. Después de esto no
necesitaron más palabras. La mujer, que ardía toda en amoroso deseo,
prestamente se le echó en los brazos; y después que mil veces,
estrechándolo deseosamente, le hubo besado y otras tantas fue besada
por él, levantándose de allí se fueron a la alcoba y sin esperar,
acostándose, plenamente y muchas veces, hasta que vino el día, sus
deseos cumplieron. Pero luego que empezó a salir la aurora, como
plugo a la señora, levantándose, para que aquello no pudiera ser
sospechado por nadie, dándole algunas ropas asaz mezquinas y
llenándole la bolsa de dineros, rogándole que todo aquello tuviese
secreto, habiéndole enseñado primero qué camino debiese seguir para
llegar dentro a buscar a su criado, por aquella portezuela por donde
había entrado le hizo salir. Él, al aclararse el día, dando muestras
de venir de más lejos, abiertas las puertas, entró en aquel burgo y
encontró a su criado; por lo que, vistiéndose con ropas suyas que en
el equipaje tenía, y pensando en montarse en el caballo del criado,
casi por milagro divino sucedió que los tres malhechores que la
noche anterior le habían robado, por otra maldad hecha después,
apresados, fueron llevados a aquel castillo y, por su misma
confesión, le fue restituido el caballo, los paños y los dineros y
no perdió más que un par de ligas de las medías de las que no sabían
los malhechores qué habían hecho. Por lo cual Rinaldo, dándole
gracias a Dios y a San Julián, montó a caballo, y sano y salvo
volvió a su casa; y a los tres malhechores, al día siguiente, los
llevaron a agitar los pies en el aire.
NOVELA TERCERA
Tres jóvenes, malgastando sus bienes, se
empobrecen; y un sobrino suyo, que al volver a casa desesperado
tiene como compañero de camino a un abad, encuentra que éste es la
hija del rey de Inglaterra, la cual le toma por marido y repara los
descalabros de sus tíos restituyéndoles en su buen estado.
Fueron oídas con admiración las aventuras
de Rinaldo de Asti por las señoras y los jóvenes y alabada su
devoción, y dadas gracias a Dios y a San Julián que le habían
prestado socorro en su mayor necesidad, y no fue por ello (aunque
esto se dijese medio a escondidas) reputada por necia la señora que
había sabido coger el bien que Dios le había mandado a casa. Y
mientras que sobre la buena noche que aquél había pasado se razonaba
entre sonrisas maliciosas, Pampínea, que se veía al lado de
Filostrato, apercibiéndose, así como sucedió, que a ella le tocaba
la vez, recogiéndose en sí misma, empezó a pensar en lo que debía
contar; y luego del mandato de la reina, no menos atrevida que
alegre empezó a hablar así: Valerosas señoras, cuanto más se habla
de los hechos de la fortuna, tanto mas, a quien quiere bien mirar
sus casos, queda por contar; y de ello nadie debe maravillarse si
discretamente piensa que todas las cosas que nosotros neciamente
nuestras llamamos están en sus manos y por consiguiente, por ella,
según su oculto juicio, sin ninguna pausa, de uno en otro y de otro
en uno sucesivamente sin ningún orden conocido por nosotros son
cambiadas. Lo que, aunque con plena fidelidad, en todas las cosas y
todo el día se muestre, y además haya sido antes mostrado en algunas
historias, no dejaré (ya que place a nuestra reina que de ello se
hable), tal vez no sin utilidad de los oyentes, de añadir a las
contadas una historia más, que pienso que deberá agradaros.
Hubo en nuestra ciudad un caballero cuyo
nombre era micer Tebaldo, el cual, según quieren algunos, fue de los
Lamberti y otros afirman haber sido de los Agolanti, fundándose tal
vez, más que en otra cosa, en el oficio que sus hijos después de él
han hecho, conforme al que siempre los Agolanti han hecho y hacen .
Pero dejando a un lado a cuál de las dos casas perteneciese, digo
que fue éste en sus tiempos riquísimo caballero y tuvo tres hijos,
el primero de los cuales tuvo por nombre Lamberto, el segundo
Tebaldo y el tercero Agolante, ya hermosos y corteses jóvenes,
aunque el mayor no llegase a dieciocho años, cuando este riquísimo
micer Tebaldo vino a morir, y a ellos, como a sus herederos
legítimos, todos sus bienes muebles e inmuebles dejó.
Los cuales, viéndose quedar riquísimos en
campesinos y en posesiones, sin ningún otro gobierno sino su propio
placer, sin ningún freno ni contención empezaron a gastar teniendo
numerosísimos criados y muchos y buenos caballos y perros y aves y
continuamente huéspedes, dando y justando y haciendo no solamente lo
que a gentileshombres corresponde, sino también aquello que en su
apetito juvenil les venía en gana hacer. Y no habían llevado mucho
tiempo tal vida cuando el tesoro dejado por el padre disminuyó y no
bastándoles para los comenzados gastos sus rentas, comenzaron a
empeñar y a vender las posesiones; y hoy una, mañana otra vendiendo,
apenas se dieron cuenta cuando se vieron venidos a la nada y se
abrieron a la pobreza sus ojos, que la riqueza había tenido
cerrados. Por lo cual Lamberto, llamando un día a los otros dos, les
dijo cuán grande había sido la honorabilidad del padre y cuánta la
suya, y cuánta su riqueza y cuál la pobreza a la que por su
desordenado gastar habían venido; y lo mejor que supo, antes de que
más aparente fuese su miseria, les animó a vender con él mismo lo
poco que les quedaba y a irse; y así lo hicieron.
Y sin despedirse ni hacer ninguna pompa,
salidos de Florencia, no se detuvieron hasta que estuvieron en
Inglaterra, y allí, tomando una casita en Londres, haciendo
pequeñísimos gastos, duramente comenzaron a prestar a usura; y tan
favorable les fue la fortuna en este lugar que en pocos años una
grandísima cantidad de dineros ganaron. Por lo cual, con ellos,
sucesivamente uno u otro volviendo a Florencia, gran parte de sus
posesiones volvieron a comprar y muchas otras compraron además de
aquéllas, y tomaron mujer; y, para continuar prestando en
Inglaterra, a atender sus negocios mandaron a un joven sobrino suyo
que tenía por nombre Alessandro, y ellos tres en Florencia, habiendo
olvidado a qué partido les había llevado el desmedido gasto otras
veces, a pesar de que con familia todos habían venido, más que nunca
excesivamente gastaban y tenían sumo crédito con todos los
mercaderes y por cualquier cantidad grande de dinero.
Los cuales gastos unos cuantos años ayudó a
sostener la moneda que les mandaba Alessandro, que se había puesto a
prestar a barones sobre sus castillos y otras rentas suyas, los
cuales con grandes rendimientos bien le respondían. Y mientras así
los tres hermanos abundantemente gastaban y cuando les faltaba
dinero lo tomaban en préstamo, teniendo siempre su esperanza en
Inglaterra, sucedió que, contra la opinión de todos, comenzó en
Inglaterra una guerra entre el rey y un hijo suyo por la cual se
dividió toda la isla , y quién apoyaba a uno y quién al otro: por la
cual cosa fueron todos los castillos de los barones quitados a
Alessandro y no había ninguna otra renta que de algo le respondiese.
Y esperándose que cualquier día entre el hijo y el padre debía
hacerse la paz y por consiguiente todas las cosas restituidas a
Alessandro, rendimientos y capital, Alessandro de la isla no se iba,
y los tres hermanos, que en Florencia estaban, en nada sus gastos
grandísimos limitaban, tomando prestado más cada día. Pero luego de
que en muchos años ningún efecto se vio seguir a la esperanza
tenida, los tres hermanos no sólo el crédito perdieron sino que,
queriendo aquellos a quienes debían ser pagados, fueron súbitamente
presos; y no bastando sus posesiones para pagar, por lo que faltaba
quedaron en prisión, y de sus mujeres y los hijos pequeños quién se
fue al campo y quién aquí y quién allá con bastante pobres avíos, no
sabiendo ya qué debiesen esperar sino mísera vida siempre.
Alessandro, que en Inglaterra la paz muchos
años esperado había, viendo que no llegaba y pareciéndole que se
quedaba allí no menos con peligro de su vida que en vano, habiendo
deliberado volver a Italia solo, se puso en camino. Y por acaso, al
salir de Brujas, vio que salía igualmente un abad blanco acompañado
de muchos monjes y con muchos criados y precedido de gran equipaje;
junto al cual venían dos caballeros viejos y parientes del rey, a
los cuales; como a conocidos, acercándose Alessandro, por ellos en
su compañía fue de buena gana recibido. Caminando, pues, Alessandro
con ellos, graciosamente les preguntó quiénes fuesen los monjes que
con tanto séquito cabalgaban delante y a dónde iban. A lo que uno de
los caballeros repuso:
-Este que cabalga delante es un joven
pariente nuestro, recientemente elegido abad de una de las mayores
abadías de Inglaterra; y porque es más joven de lo que las leyes
mandan para tal dignidad, vamos nosotros con él a Roma a impetrar
del santo padre que, a pesar de su tierna edad, lo dispense y luego
en la dignidad lo confirme: porque esto no se puede tratar con nadie
más. Caminando, pues, el novel abad ora delante de sus criados ora
junto a ellos, así como vemos que hacen todos los días por los
caminos los señores, le sucedió ver a Alessandro junto a él al
caminar, el cual era asaz joven, en la persona y en el rostro
hermosísimo y, cuanto cualquiera podía serlo, cortés y agradable y
de buenas maneras; el cual maravillosamente le gustó a primera vista
más que nada le había gustado nunca, y llamándolo junto a sí, con él
empezó a conversar placenteramente y a preguntarle quién era, de
dónde venía y adónde iba. A lo cual Alessandro todo sobre su
condición francamente dijo y satisfizo sus preguntas, y él mismo a
su servicio, aunque poco pudiese, se ofreció. El abad, oyendo su
conversar bello y ordenado y más detalladamente considerando sus
maneras, y pensando para sí que a pesar de que su oficio había sido
servil, era gentilhombre, más en su agrado se encendió; y ya lleno
de compasión por sus desgracias, asaz familiarmente le confortó y le
dijo que tuviera buena esperanza porque, si hombre de pro era, aún
Dios le repondría en donde la fortuna le había arrojado y aún más
arriba; y le rogó que, puesto que hacia Toscana iba, quisiera
quedarse en su compañía, como fuese que él también allí iba.
Alessandro le dio gracias por el consuelo y le dijo que estaba
pronto a todos sus mandatos. Caminando, pues, el abad, en cuyo pecho
se revolvían extrañas cosas sobre el visto Alessandro, sucedió que
después de algunos días llegaron a una villa que no estaba demasiado
ricamente provista de albergues, y queriendo allí albergar al abad,
Alessandro en casa de un posadero que le era muy conocido le hizo
desmontar y le hizo preparar una alcoba en el lugar menos incómodo
de la casa. Y, convertido ya casi en mayordomo del abad, como quien
estaba muy avezado a ello, como mejor pudo alojando por la villa a
todo el séquito, quién aquí y quién allí, habiendo ya cenado el abad
y ya siendo noche cerrada, y todos los hombres idos a dormir,
Alessandro preguntó al posadero dónde podría dormir él. A lo que el
posadero le respondió: -En verdad que no lo sé; ves que todo está
lleno, y puedes ver a mis criados dormir en los bancos, pero en la
alcoba del abad hay unos arcones a los que te puedo llevar y poner
encima algún colchón y allí, si te parece bien, como mejor puedas
acuéstate esta noche.
A lo que Alessandro dijo:
-¿Cómo voy a ir a la alcoba del abad, que
sabes que es pequeña y por su estrechez no ha podido acostarse allí
ninguno de sus monjes? Si yo me hubiera dado cuenta de ello cuando
se corrieron las cortinas habría hecho dormir sobre los arcones a
sus monjes y yo me habría quedado donde los monjes duermen. A lo que
el posadero dijo:
-Pero así está el asunto, y puedes, si
quieres, estar allí lo mejor del mundo; el abad duerme y las
cortinas están corridas, yo te traeré sin hacer ruido una manta, ve
a dormir. Alessandro viendo que esto podía hacerse sin ninguna
molestia para el abad, dio su acuerdo, y lo más calladamente que
pudo se acomodó allí. El abad, que no dormía, sino que pensaba
vehementemente en sus extraños deseos, oía lo que el posadero y
Alessandro hablaban, y también había oído dónde se había acostado
Alessandro; por lo que entre sí, muy contento, empezó a decir: -Dios
ha mandado ocasión a mis deseos; si no la aprovecho, por acaso no
volverá en mucho tiempo. Y decidiéndose del todo a aprovecharla,
pareciéndole todo reposado en el albergue, con baja voz llamó a
Alessandro y le dijo que se acostase junto a él; el cual, luego de
muchas negativas, desnudándose se acostó allí. El abad, poniéndole
la mano en el pecho le empezó a tocar no de otra manera que suelen
hacer las deseosas jóvenes a sus amantes; de lo que Alessandro se
maravilló mucho, y dudó si el abad, impulsado por deshonesto amor,
se movía a tocarlo de aquella manera. La cual duda, o por presumirla
o por algún gesto que Alessandro hiciese, súbitamente conoció el
abad, y sonrió: y prontamente quitándose una camisa que llevaba
encima tomó la mano de Alessandro y se la puso sobre el pecho
diciéndole: -Alessandro, arroja fuera tus pensamientos necios, y
buscando aquí, conoce lo que escondo. Alessandro, puesta la mano
sobre el pecho del abad, encontró dos teticas redondas y firmes y
delicadas, no de otro modo que si hubieran sido de marfil;
encontradas las cuales y conocido en seguida que éste era mujer, sin
esperar otra invitación, abrazándola prontamente la quería besar,
cuando ella le dijo: -Antes de que te acerques, escucha lo que
quiero decirte. Como puedes conocer, soy mujer y no hombre; y,
doncella, me partí de mi casa y al papa iba a que me diera marido: o
por tu ventura o por mi desdicha, al verte el otro día, así me hizo
arder por ti Amor como mujer no hubo nunca que tanto amase a un
hombre; y por ello he deliberado quererte por marido antes que a
ningún otro. Si no me quieres por mujer, salte de aquí en seguida y
vuelve a tu sitio.
Alessandro, aunque no la conocía,
considerando la compañía que llevaba, estimó que debía ser noble y
rica, y hermosísima la veía; por lo que, sin demasiado largo
pensamiento, repuso que, si le placía aquello, a él mucho le
agradaba. Ella entonces, levantándose y sentándose sobre la cama,
delante de una tablilla donde estaba la efigie de Nuestro Señor,
poniéndole en la mano un anillo, se hizo desposar por él y después,
abrazados juntos, con gran placer de cada una de las partes, cuanto
quedaba de aquella noche se solazaron.
Y conviniendo entre ellos el modo y la
manera para los hechos futuros, al venir el día, Alessandro por el
mismo lugar de la alcoba saliendo que había entrado, sin saber
ninguno dónde hubiese dormido durante la noche, alegre sobremanera,
con el abad y con su compañía se puso en camino, y luego de muchas
jornadas llegaron a Roma. Y allí, después de que algunos días se
hubieron quedado, el abad con los dos caballeros y con Alessandro,
sin nadie más, entraron a ver al papa; y hecha la debida reverencia,
así comenzó a hablar el abad:
-Santo padre, así como vos mejor que nadie
debéis saber, todos los que iban y honestamente quieren vivir deben,
en cuanto pueden, huir toda ocasión que a obrar de otro modo pudiese
conducirles; lo cual para que yo, que honestamente vivir deseo,
pudiese hacer cumplidamente, en el hábito en que me veis escapada
secretamente con grandísima parte de los tesoros del rey de
Inglaterra, mi padre, el cual al rey de Escocia, señor viejísimo,
siendo yo joven como me veis, me quería dar por mujer, para venir
aquí, a fin de que vuestra santidad me diese marido, me puse en
camino. Y no me hizo tanto huir la vejez del rey de Escocia cuanto
el temor de hacer, por la fragilidad de mi juventud, si con él fuese
casada, algo que fuese contra las divinas leyes y contra el honor de
la sangre real de mi padre. Y así dispuesta viniendo, Dios, el cual
sólo óptimamente conoce lo que cada uno ha menester, creo que por su
misericordia, a aquel a quien a Él placía que fuese mi marido me
puso delante de los ojos: y aquél fue este joven -y mostró a
Alessandro que vos veis junto a mí, cuyas costumbres y mérito son
dignos de cualquier gran señora, aunque quizá la nobleza de su
sangre no sea tan clara como es la real. A él, pues, he tomado y a
él quiero, y no tendré nunca a nadie más, parézcale lo que le
parezca de ello a mi padre o a los demás, por lo que la principal
razón que me movió ha desaparecido; pero me complació completar el
camino, tanto por visitar los santos lugares y dignos de reverencia,
de los cuales está llena esta ciudad, como a vuestra santidad, y
también para que por vos el matrimonio contraído entre Alessandro y
yo solamente en la presencia de Dios, hiciera yo público ante la
vuestra y consiguientemente ante la presencia de los demás hombres.
Por lo que humildemente os ruego que aquello que a Dios y a mí ha
placido os sea grato y que me deis vuestra bendición, para que con
ella, como con mayor certidumbre del placer de Aquel del cual sois
vicario, podamos juntos, a honor de Dios y vuestro, vivir y
finalmente morir.
Maravillóse Alessandro oyendo que su mujer
era hija del rey de Inglaterra, y se llenó de extraordinaria alegría
oculta; pero más se maravillaron los dos caballeros y tanto se
enojaron que si en otra parte y no delante del papa hubieran estado,
habrían a Alessandro y tal vez a la mujer hecho alguna villanía. Por
otra parte, el papa se maravilló mucho tanto del hábito de la mujer
como de su elección; pero sabiendo que no se podía dar vuelta atrás,
quiso satisfacer su ruego y primeramente consolando a los
caballeros, a quienes sabía airados, y poniéndolos en buena paz con
la señora y con Alessandro, dio órdenes para hacer lo que hubiera
menester. Y el día fijado por él siendo llegado, ante todos los
cardenales y otros muchos grandes hombres de pro, los cuales
invitados a una grandísima fiesta preparada por él habían venido,
hizo venir a la señora regiamente vestida, la cual tan hermosa y
atrayente parecía que merecidamente era por todos alabada, y del
mismo modo Alessandro espléndidamente vestido, en apariencia y en
modales nada parecía un joven que a usura hubiese prestado sino más
bien de sangre real, y por los dos caballeros muy honrado; y aquí de
nuevo hizo celebrar solemnemente los esponsales, y luego, hechas
bien y magníficamente las bodas, con su bendición los despidió.
Plugo a Alessandro, y también a la señora, al partir de Roma venir a
Florencia donde ya había llegado la fama de la noticia; y allí,
recibidos por los ciudadanos con sumo honor, hizo la señora liberar
a los tres hermanos, habiendo hecho primero pagar a todo el mundo y
devolverles sus posesiones a ellos y sus mujeres. Por lo cual, con
buenos deseos de todos, Alessandro con su mujer, llevándose consigo
a Agolante, se fue de Florencia y llegados a París, honorablemente
fueron recibidos por el rey. De allí se fueron los dos caballeros a
Inglaterra, y tanto se afanaron con el rey que les devolvió su
gracia y con grandísima fiesta recibió a ella y a su yerno; al cual
poco después hizo caballero y le dio el condado de Cornualles. Y él
fue tan capaz, y tanto supo hacer que reconcilió al hijo con el
padre, de lo que se siguió gran bien a la isla y se ganó el amor y
la gracia de todos los del país y Agolante recobró todo lo que le
debían enteramente, y rico sobremanera se volvió a Florencia,
habiéndolo primero armado caballero el conde Alessandro. El conde,
luego, con su mujer gloriosamente vivió, y según lo que algunos
dicen, con su juicio y valor y la ayuda del suegro conquistó luego
Escocia de la que fue coronado rey.
NOVELA CUARTA
Landolfo Rúfolo, empobrecido, se hace
corsario y, preso por los genoveses, naufraga y se salva sobre una
arqueta llena de joyas preciosísimas, y recogido en Corfú por una
mujer, rico vuelve a su casa.
Laureta estaba sentada junto a Pampínea; y
viéndola llegar al triunfal final de su historia, sin esperar otra
cosa empezó a hablar de esta guisa:
Graciosísimas damas, ninguna obra de la
fortuna, según mi juicio, puede verse mayor que ver a alguien desde
la extrema miseria al estado real elevarse, como la historia de
Pampínea nos ha mostrado que sucedió a su Alessandro. Y por ello, a
cualquiera que sobre la propuesta materia de aquí en adelante
novelare, le será necesario contar algo más acá de estos límites y
no me avergonzaré yo de contar una historia que, aunque contenga
mayores miserias, no tenga tan espléndido desenlace. Bien sé que,
teniendo aquélla presente, será la mía escuchada con menor
diligencia; pero como no puedo hacer de otro modo, seré disculpada
por ello.
Se cree que el litoral desde Reggio a Caeta
es la parte más deleitosa de Italia; en la cual, junto a Salerno hay
un acantilado que avanza sobre el mar al que los habitantes llaman
la costa de Amalfi, llena de pequeñas ciudades, de jardines y de
fuentes, y de hombres ricos y emprendedores en empresas mercantiles
tanto como ningunos otros. Entre las cuales ciudadecillas hay una
llamada Ravello en la que, si hoy hay hombres ricos, había hace
tiempo uno que fue riquísimo, llamado Landolfo Rúfolo; al cual, no
bastándole su riqueza, deseando duplicarla, estuvo a punto de
perderse con toda ella a sí mismo. Este, pues, así como suele ser el
uso de los mercaderes, hechos sus cálculos, compró un grandísimo
barco y con sus dineros lo cargó todo de varias mercancías y anduvo
con él a Chipre.
Allí, con aquella misma calidad de
mercancías que él había llevado, encontró que habían llegado otros
barcos; por la cual razón no solamente tuvo que vender a bajo precio
aquello que llevado había, sino que, para colocar sus cosas, tuvo
casi que tirar algunas; con lo que cerca estuvo de arruinarse. Y
sintiendo por ello grandísima pesadumbre, no sabiendo qué hacerse y
viéndose de hombre riquísimo en breve tiempo convertido en casi
pobre, decidió o morir o robando resarcirse de sus males, para que
allí de donde rico había partido no fuese a volver pobre.
Y encontrando un comprador de su gran
barco, con aquellos dineros y con los otros que le había valido su
mercancía, compró un barquito ligero para piratear, y con todas las
cosas necesarias a tal servicio lo armó y lo guarneció óptimamente,
y se dio a apropiarse las cosas de los demás, y máximamente de los
turcos. En cuya tarea le fue la fortuna mucho más benévola que le
había sido en comerciar. Quizás en un solo año robó y prendió tantos
barcos de turcos que se encontró con que no sólo había vuelto a
ganar lo suyo que había perdido en el comercio, sino que con mucho
lo había duplicado. Por lo cual, enseñado por el dolor de la primera
pérdida, conociendo que tenía bastante, para no caer en la segunda,
se aconsejó a sí mismo que aquello que tenía, sin querer más, debía
bastarle, y por ello se dispuso a volver con ello a su casa: y
temeroso del comercio no se molestó en invertir de otra manera sus
dineros sino que en aquel barquito con el cual los había ganado,
haciendo los remos a la mar, emprendió el regreso.
Y ya al Archipiélago llegado, levantóse por
la noche un siroco que no solamente era contrario a su ruta sino que
hacía una mar gruesísima y su pequeño barco no hubiera podido
soportarlo, y en un entrante del mar que tenía una islita, de aquel
viento al cubierto se recogió, proponiéndose allí esperarlo mejor.
En la cual caleta, estando poco rato, dos
grandes cocas de genoveses que venían de Constantinopla, para huir
de lo mismo que Landolfo huido había, llegaron con trabajo; y sus
gentes, visto el barquichuelo y cortándole el camino para poder
irse, oyendo de quién era y ya por la fama sabiéndole riquísimo,
como hombres que eran naturalmente deseosos de pecunia y rapaces, a
tomarlo se dispusieron. Y, haciendo bajar a tierra parte de sus
gentes, con ballestas y bien armadas, las hicieron ir a lugar tal
que del barquichuelo ninguna persona, si no quería ser asaeteada,
podía descender; y ellos haciéndose remolcar por las chalupas y
ayudados por el mar, se acostaron al pequeño barco de Landolfo, y
con poco trabajo en poco tiempo, con toda su chusma y sin perder un
solo hombre, se apoderaron de él a mansalva; y haciendo venir a
Landolfo sobre una de las dos cocas y cogiendo todo lo que había en
el barquichuelo, lo hundieron, apresándole a él, cubierto sólo de un
pobre justillo. Al día siguiente, habiendo mudado el viento, las
naves viniendo hacia Poniente, izaron las velas, y todo aquel día
prósperamente vinieron su camino; pero al caer la tarde se levantó
un viento tempestuoso, que haciendo las olas altísimas separó a una
coca de la otra. Y por la fuerza de este viento sucedió que aquella
en que iba el mísero y pobre Landolfo, con grandísimo ímpetu cerca
de la isla de Cefalonia chocó contra un arrecife y no de otra manera
que un vidrio golpeado contra un muro se abrió toda y se hizo
pedazos; por lo que los desdichados miserables que en ella estaban,
estando ya el mar todo lleno de mercancías que flotaban y de cajones
y de tablas, como en casos semejantes suele suceder, aun cuando
oscurísima la noche estuviese y el mar gruesísimo e hinchado,
nadando quienes sabían nadar, empezaron a asirse a las cosas que por
azar se les paraban delante.
Entre los cuales el mísero Landolfo, aun
cuando el día anterior había llamado a la muerte muchas veces,
prefiriendo quererla mejor que retornar a casa pobre como se veía,
al verla cerca tuvo miedo de ella; y como los demás, al venirle a
las manos una tabla se asió a ella, por si Dios, retardando él el
ahogarse, le mandase alguna ayuda en su salvación: y a caballo de
aquélla como mejor podía, viéndose arrastrado por el mar y el viento
ora acá ora allá se sostuvo hasta el clarear del día. Venido el
cual, mirando en torno, ninguna cosa sino nubes y mar veía y un
cofre que, flotando sobre las olas del mar, a veces con grandísimo
temor suyo se le acercaba: temiendo que aquel cofre le golpease de
modo que lo ahogara, y siempre que junto a él venía, cuanto podía,
con la mano, aunque pocas fuerzas le quedaran, lo alejaba. Pero como
quiera que fuesen las cosas sucedió que, desencadenándose de súbito
en el aire un nudo de viento y habiendo penetrado en el mar, en
aquel cofre un golpe tan fuerte dio, y el cofre en la tabla sobre la
que Landolfo estaba, que, volcada por la fuerza, soltándola Landolfo
fue bajo las olas y volvió arriba nadando, más por el miedo que por
las fuerzas ayudado, y vio muy alejada de él la tabla; por lo que,
temiendo no poder llegar a ella, se acercó al cofre, que estaba
bastante cerca, y puesto el pecho sobre su tapa, como mejor podía
con los brazos la conducía derecha. Y de esta manera, arrojado por
el mar ora aquí ora allí, sin comer, como quien no tiene qué, y
bebiendo más de lo que habría querido, sin saber dónde estuviese ni
ver otra cosa que olas, permaneció todo aquel día y noche siguiente.
Y al día siguiente, o por placer de Dios o porque la fuerza del
viento así lo hiciera, éste, convertido en una esponja, agarrándose
fuerte con ambas manos a los bordillos del cofre a guisa de lo que
vemos hacer a quienes están por ahogarse cuando cogen alguna cosa,
llegó a la playa de la isla de Corfú, donde una pobre mujercita
lavaba y pulía por acaso sus cacharros con la arena y el agua
salada. La cual, al verle avecinarse, no distinguiendo en él forma
alguna, temiendo y gritando retrocedió. Él no podía hablar y poco
veía, y por ello nada le dijo; pero mandándolo hacia la tierra el
mar, ella apercibió la forma del cofre, y mirando después más
fijamente y viendo distinguió primeramente los mismos brazos sobre
el cofre, y luego reconoció la cara y ser lo que era se imaginó. Por
lo que, a compasión movida, adentróse un tanto por el mar que estaba
ya tranquilo y, agarrándolo por los cabellos, con todo el cofre lo
arrastró a tierra, y allí con trabajo las manos del cofre
desenganchándole, y puesto éste al cuidado de una hija suya que con
ella estaba, lo llevó a tierra como a un niño pequeño y, poniéndolo
en un baño caliente, tanto lo refregó y lavó con el agua caliente,
que volvió a él el perdido calor y algunas de las fuerzas
desaparecidas; y cuando le pareció oportuno le atendió y con algo de
buen vino y de confituras le reconfortó, y algunos días lo tuvo lo
mejor que pudo hasta que él, recuperadas las fuerzas, se dio cuenta
de dónde estaba.
Por lo que a la buena mujer le pareció
deber devolverle su cofre, que ella había salvado, y decirle que en
adelante se buscase su ventura; y así lo hizo. Él, que de ningún
cofre se acordaba, lo cogió sin embargo, visto que se lo daba la
buena mujer, pensando que no debía valer tan poco que no le sirviese
para los gastos de algún día; y al encontrarlo muy ligero, asaz
menguó su esperanza. Pero no por ello, no estando en casa la buena
mujer, dejó de desclavarlo para ver lo que habla dentro, y encontró
en el muchas piedras preciosas, engarzadas y sueltas, de las que
algo entendía. Y viendo las cuales y conociéndolas de gran valor,
alabando a Dios que aún no había querido abandonarle, todo se
reconfortó; pero como quien en poco tiempo había sido fieramente
asaeteado por la fortuna dos veces, temiendo la tercera, pensó que
le convenía tener mucha cautela para poder llevar aquellas cosas a
su casa; por lo que en algunos harapos, como mejor pudo,
envolviéndolas, dijo a la buena mujer que no necesitaba ya el cofre,
pero que, si le placía, le diera un saco y se quedase con él.
La buena mujer lo hizo de buena gana; y él,
dándole las mayores gracias que podía por el beneficio recibido de
ella, guardándose el saco en el regazo, de ella se separó; y subido
a una barca, pasó a Brindisi y desde allí, de costa en costa se
dirigió a Trani, donde, encontrando a unos ciudadanos suyos que eran
pañeros, como por amor de Dios le vistieron, habiéndoles contado
antes todas sus aventuras, salvo la del cofre; y además prestándole
caballo y dándole compañía hasta Ravello donde para siempre decía
querer volver, le enviaron.
Aquí, pareciéndole estar seguro, dándole
gracias a Dios que lo había guiado allí, desató su saquito, y con
más diligencia buscando todo que nunca había hecho antes, se
encontró que tenía tantas y tales piedras que, vendiéndolas a su
precio y aun a menos, era dos veces más rico que cuando se había
ido. Y encontrando el modo de despachar sus piedras, hasta Corfú
mandó una buena cantidad de dineros, por valerlos el servicio
recibido, a la buena mujer que lo había sacado del mar; y lo mismo
hizo a Trani a quienes le habían dado de vestir; y lo restante, sin
querer comerciar ya más, lo retuvo y honorablemente vivió hasta el
fin.
NOVELA QUINTA
A Andreuccio de Perusa, llegado a Nápoles a
comprar caballos, le suceden en una noche tres graves desventuras, y
salvándose de todas, se vuelve a casa con un rubí.
Las piedras preciosas encontradas por
Landolfo -empezó Fiameta, a quien le tocaba la vez de novelar- me
han traído a la memoria una historia que no contiene menos peligros
que la narrada por Laureta, pero es diferente de ella en que
aquéllos tal vez en varios años y éstos en el espacio de una noche
se sucedieron, como vais a oír.
Hubo, según he oído, en Perusa, un joven
cuyo nombre era Andreuccio de Prieto, tratante en caballos, el cual,
habiendo oído que en Nápoles se compraban caballos a buen precio,
metiéndose en la bolsa quinientos florines de oro, no habiendo nunca
salido de su tierra, con otros mercaderes allá se fue; donde,
llegado un domingo al atardecer e informado por su posadero, a la
mañana siguiente bajó al mercado, y muchos vio y muchos le
pluguieron y entró en tratos sobre muchos, pero no pudiendo
concertarse sobre ninguno, para mostrar que a comprar había ido,
como rudo y poco cauto, muchas veces en presencia de quien iba y de
quien venia sacó fuera la bolsa donde tenía los florines. Y estando
en estos tratos, habiendo mostrado su bolsa, sucedió que una joven
siciliana bellísima, pero dispuesta por pequeño precio a complacer a
cualquier hombre, sin que él la viera pasó cerca de él y vio su
bolsa, y súbitamente se dijo:
-¿Quién estaría mejor que yo si aquellos
dineros fuesen míos? -y siguió adelante. Y estaba con esta joven una
vieja igualmente siciliana la cual, al ver a Andreuccio, dejando
seguir la joven, afectuosamente corrió a abrazarlo; lo que viendo la
joven, sin decir nada, aparte la empezó a esperar. Andreuccio
volviéndose hacia la vieja la conoció y le hizo grandes fiestas
prometiéndole ella venir a su posada, y sin quedarse allí más, se
fue, y Andreuccio volvió a sus tratos; pero nada compró por la
mañana. La joven, que primero la bolsa de Andreuccio y luego la
familiaridad de su vieja con él había visto, por probar si había
modo de que ella pudiese hacerse con aquellos dineros, o todos o en
parte, cautamente empezó a preguntarle quién fuese él y de dónde, y
qué hacía aquí y cómo le conocía. Y ella, todo con todo detalle de
los asuntos de Andreuccio le dijo, como con poca diferencia lo
hubiera dicho él mismo, como quien largamente en Sicilia con el
padre de éste y luego en Perusa había estado, e igualmente le contó
dónde paraba y por qué había venido.
La joven, plenamente informada del linaje
de él y de los nombres, para proveer a su apetito, con aguda
malicia, fundó sobre ello su plan; y, volviéndose a casa, dio a la
vieja trabajo para todo el día para que no pudiese volver a
Andreuccio; y tomando una criadita suya a quien había enseñado muy
bien a tales servicios, hacia el anochecer la mandó a la posada
donde Andreuccio paraba. Y llegada allí, por acaso a él mismo, y
solo, encontró a la puerta, y le preguntó por él mismo; a lo cual,
diciéndole él que él era, ella llevándolo aparte, le dijo:
-Señor mío, una noble dama de esta tierra,
si os pluguiese, querría hablar con vos. Y él, al oírla,
considerándose bien y pareciéndole ser un buen mozo, pensó que
aquella tal dama debía estar enamorada de él, como si otro mejor
mozo que él no se encontrase entonces en Nápoles, y prontamente
repuso que estaba dispuesto y le preguntó dónde y cuándo aquella
dama quería hablarle. A lo que la criadita respondió:
-Señor, cuando os plaza venir, os espera en
su casa.
Andreuccio, prestamente y sin decir nada en
la posada, dijo: -Pues vamos, ve delante; yo iré tras de ti.
Con lo que la criadita a casa de aquélla le
condujo, que vivía en un barrio llamado Malpertuggio que cuán
honesto barrio era, su nombre mismo lo demuestra. Pero él, no
sabiéndolo ni sospechándolo, creyéndose que iba a un honestísimo
lugar y a una señora honrada, sin precauciones, entrada la criadita
delante, entró en su casa; y al subir las escaleras, habiendo ya la
criadita a su señora llamado y dicho: «¡Aquí está Andreuccio!», la
vio arriba de la escalera asomarse y esperarlo. Y ella era todavía
bastante joven, alta de estatura y con hermosísimo rostro, vestida y
adornada asaz honradamente. Y al aproximarse a ella Andreuccio, bajó
tres escalones a su encuentro con los brazos abiertos y echándosele
al cuello un rato lo estuvo abrazando sin decir nada, como si una
invencible ternura le impidiese hacerlo; después, derramando
lágrimas le besó en la frente, y con voz algo rota dijo: -¡Oh,
Andreuccio mío, sé bien venido!
Éste, maravillándose de caricias tan
tiernas, todo estupefacto repuso: -¡Señora, bien hallada seáis!
Ella, después, tomándole de la mano le
llevó abajo a su salón y desde allí, sin nada más decir, con él
entró en su cámara, la cual a rosas, a flores de azahar y a otros
olores olía toda, y allí vio un bellísimo lecho encortinado y muchos
paños colgados de los travesaños según la costumbre de allí, y otros
muy bellos y ricos arreos; por las cuales cosas, como inexperto que
era, firmemente creyó que ella no era menos que gran señora. Y
sentándose sobre un arca que estaba al pie de su lecho, así empezó a
hablarle: -Andreuccio, estoy segura de que te maravillas de las
caricias que te hago y de mis lágrimas, como quien no me conoce y
por ventura nunca me oíste recordar: pero pronto oirás algo que tal
vez te haga maravillarte más, como es que yo soy tu hermana; y te
digo que, pues que Dios me ha hecho tan grande gracia que antes de
mi muerte haya visto a alguno de mis hermanos, aunque deseo veros a
todos, no me moriré en hora que, consolada, no muera. Y si esto tal
vez nunca lo has oído, te lo voy a decir. Pietro, padre mío y tuyo,
como creo que habrás podido saber, vivió largamente en Palermo, y
por su bondad y agrado fue y todavía es por quienes le conocieron
amado; pero entre otros que mucho le amaron, mi madre, que fue una
mujer noble y entonces era viuda, fue quien más le amó, tanto, que
depuesto el temor a su padre, a sus hermanos y su honor, de tal
guisa se familiarizó con él que nací yo, y estoy aquí como me ves.
Después, llegada la ocasión a Pietro de irse de Palermo y volver a
Perusa, a mi, siendo muy niña, me dejó con mi madre, y nunca más,
por lo que yo sé, ni de mí ni de ella se acordó: por lo que yo, si
mi padre no fuera, mucho le reprobaría, teniendo en cuenta la
ingratitud suya hacia mi madre mostrada, y no menos el amor que a
mí, como a su hija no nacida de criada ni de vil mujer, debía tener;
y que ella, sin saber de otra manera quién fuese él, movida por
fidelísimo amor puso sus cosas y ella misma en sus manos. Pero ¿qué?
Las cosas mal hechas y pasadas ha mucho tiempo son más fáciles de
reprochar que de enmendar; así fueron las cosas sin embargo. Él me
dejó en Palermo siendo niña donde, crecida casi como soy, mi madre,
que era muy rica, me dio por mujer a uno de Agrigento, gentilhombre
y honrado, que por amor de mi madre y de mí vino a vivir en Palermo;
y allí, como muy güelfo, comenzó a concertar algún trato con nuestro
rey Carlos . Lo que, sabido del rey Federico , antes de que pudiese
llevarse a cabo, fue motivo de hacerle huir de Sicilia cuando yo
esperaba ser la mayor señora que hubiera en aquella isla donde,
tomadas las pocas cosas que podíamos tomar (digo pocas con respecto
a las muchas que teníamos), dejadas las tierras y los palacios en
esta tierra nos refugiamos, donde al rey Carlos hacia nosotros
encontramos tan agradecido que, reparados en parte los daños que por
él recibido habíamos, nos ha dado posesiones y casas, y da
continuamente a mi marido, y a tu cuñado que es, buenos gajes, tal
como podrás ver: y de esta manera estoy aquí donde yo, por la buena
gracia de Dios y no tuya, dulce hermano mío, te veo. Y dicho así,
empezó a abrazarlo otra vez, y otra vez llorando tiernamente, le
besó en la frente. Andreuccio, oyendo esta fábula tan ordenada y tan
compuestamente contada por aquella a la que en ningún momento moría
la palabra entre los dientes ni le balbuceaba la lengua, acordándose
ser verdad que su padre había estado en Palermo, y por sí mismo
conociendo las costumbres de los jóvenes, que de buen agrado aman en
la juventud, y viendo las tiernas lágrimas, el abrazarle y los
honestos besos, tuvo aquello que ésta decía por más que verdadero. Y
después que calló, le repuso: -Señora, no os debe parecer gran cosa
que me maraville; porque en verdad, sea que mi padre, por lo que lo
hiciese, de vuestra madre y de vos no hablase nunca, o sea que, si
habló de ello a mi conocimiento no haya venido, yo por mí tal
conocimiento tenía de vos como si no hubieseis existido; y me es
tanto más grato aquí haber encontrado a mi hermana cuanto más solo
estoy aquí y menos lo esperaba. Y en verdad no conozco a nadie de
tan alta posición a quien no debieseis ser querida, y menos a mí que
soy un pequeño mercader. Pero una cosa quiero que me aclaréis: ¿cómo
supisteis que estaba aquí? A lo que respondió ella:
-Esta mañana me lo hizo saber una pobre
mujer que mucho me visita porque con nuestro padre, por lo que ella
me dice, largamente en Palermo y en Perusa estuvo: y si no fuera que
me parecía más honesto que tú vinieses a mí a tu casa que no yo
fuese a ti a la de otros, hace mucho rato que yo hubiera ido a ti.
Después de estas palabras, empezó ella a preguntar separadamente
sobre todos los parientes, por su nombre; y sobre todos le contestó
Andreuccio, creyendo por esto más todavía lo que menos le convenía
creer. Habiendo sido la conversación larga y el calor grande, hizo
ella venir vino de Grecia y dulces e hizo dar de beber a Andreuccio;
el cual, luego de esto, queriéndose ir porque era la hora de la
cena, en ninguna guisa lo sufrió ella, sino que poniendo semblante
de enojarse mucho, abrazándole le dijo: -¡Ay, triste de mí!, que
asaz claro conozco que te soy poco querida. ¿Cómo va a pensarse que
estés con una hermana tuya nunca vista por ti, y en su casa, donde
al venir aquí debías haberte albergado, y quieras salir de ella para
ir a cenar a la posada? En verdad que cenarás conmigo: y aunque mi
marido no esté aquí, de lo que mucho me pesa, yo sabré bien, como
mujer, hacerte los honores. A lo que Andreuccio, no sabiendo qué
otra cosa responder, dijo: -Vos me sois querida como debe serlo una
hermana, pero si no me voy seré esperado durante toda la noche para
cenar y cometeré una villanía.
Y ella entonces dijo:
-Alabado sea Dios, ¿no tengo yo en casa por
quien mandar a decir que no seas esperado? Y aún harías mayor
cortesía, y tu deber, en mandar a decir a tus compañeros que
viniesen a cenar, y luego, si quisieras irte, podríais todos iros en
compañía.
Andreuccio respondió que de sus compañeros
no quería nada por aquella noche, pero que, pues ello le agradaba,
dispusiese de él a su gusto. Ella entonces hizo semblante de mandar
a decir a la posada que no le esperasen para la cena; y luego,
después de muchos otros razonamientos, sentándose a cenar y
espléndidamente servidos de muchos manjares, astutamente la hizo
durar hasta la noche cerrada: y habiéndose levantado de la mesa, y
Andreuccio queriéndose ir, ella dijo que en ninguna guisa lo
sufriría porque Nápoles no era una ciudad para andar por la calle de
noche, y máxime un forastero, y que lo mismo que había mandado a
decir que no le esperasen a cenar, lo mismo había hecho con el
albergue. El, creyendo esto, y agradándole, engañado por la falsa
confianza, quedarse con ella, se quedó. Fue, pues, después de la
cena, la conversación mucha y larga, y no mantenida sin razón: y
habiendo ya pasado parte de la noche, ella, dejando a Andreuccio
dormir en su alcoba con un muchachito que le ayudase si necesitaba
algo, con sus mujeres se fue a otra cámara. Y era el calor grande;
por lo cual Andreuccio, al ver que se quedaba solo, prontamente se
quedó en justillo y se quitó las calzas y las puso en la cabecera de
la cama; y siéndole menester la natural costumbre de tener que
disponer del superfluo peso del vientre, dónde se hacía aquello
preguntó al muchachito, quien en un rincón de la alcoba le mostró
una puerta, y dijo: -Id ahí adentro.
Andreuccio, que había pasado dentro con
seguridad, fue por acaso a poner el pie sobre una tabla la cual, de
la parte opuesta desclavada de la viga sobre la que estaba,
volcándose esta tabla, junto a él se fue de allí para abajo: y tanto
lo amó Dios que ningún mal se hizo en la caída, aun cayendo de
bastante altura; pero todo en la porquería de la cual estaba lleno
el lugar se ensució. El cual lugar, para que mejor entendáis lo que
se ha dicho y lo que sigue, cómo era os lo diré. Era un callejón
estrecho como muchas veces lo vemos entre dos casas: sobre dos
pequeños travesaños, tendidos de una a la otra casa, se habían
clavado algunas tablas y puesto el sitio donde sentarse; de las
cuales tablas, aquella con la que él cayó era una. Encontrándose,
pues, allá abajo en el callejón Andreuccio, quejándose del caso
comenzó a llamar al muchacho: pero el muchacho, al sentirlo caer
corrió a decirlo a su señora, la cual, corriendo a su alcoba,
prontamente miró si sus ropas estaban allí y encontradas las ropas y
con ellas los dineros, los cuales, por desconfianza tontamente
llevaba encima, teniendo ya aquello a lo que ella, de Palermo,
haciéndose la hermana de un perusino, había tendido la trampa, no
preocupándose de él, prontamente fue a cerrar la puerta por la que
él había salido cuando cayó.
Andreuccio, no respondiéndole el muchacho,
comenzó a llamar más fuerte, pero sin servir de nada; por lo que, ya
sospechando y tarde empezando a darse cuenta del engaño, súbito
subiéndose sobre una pared baja que aquel callejón separaba de la
calle y bajando a la calle, a la puerta de la casa, que muy bien
reconoció, se fue y allí en vano llamó largamente, y mucho la
sacudió y golpeó. Sobre lo que, llorando como quien clara veía su
desventura, empezó a decir:
-¡Ay de mí, triste!, ¡en qué poco tiempo he
perdido quinientos florines y una hermana! Y después de muchas otras
palabras, de nuevo comenzó a golpear la puerta y a gritar; y tanto
lo hizo que muchos de los vecinos circundantes, habiéndose
despertado, no pudiendo sufrir la molestia, se levantaron, y una de
las domésticas de la mujer, que parecía medio dormida, asomándose a
la ventana, reprobatoriamente dijo:
-¿Quién da golpes abajo?
-¡Oh! -dijo Andreuccio-, ¿y no me conoces?
Soy Andreuccio, hermano de la señora Flordelís. A lo que ella
respondió:
-Buen hombre, si has bebido de más ve a
dormirte y vuelve por la mañana; no sé qué Andreuccio ni qué burlas
son esas que dices: vete en buena hora y déjame dormir, si te place.
-¿Cómo? -dijo Andreuccio-, ¿no sabes lo que digo? Sí lo sabes bien;
pero si así son los parentescos de Sicilia, que en tan poco tiempo
se olvidan, devuélveme al menos mis ropas que he dejado ahí, y me
iré con Dios de buena gana.
A lo que ella, casi riéndose, dijo:
-Buen hombre, me parece que estás soñando.
Y el decir esto y el meterse dentro y
cerrar la ventana fue todo uno. Por lo que la gran ira de
Andreuccio, ya segurísimo de sus males, con la aflicción estuvo a
punto de convertirse en furor, y con la fuerza se propuso reclamar
aquello que con las palabras recuperar no podía, por lo que, para
empezar, cogiendo una gran piedra, con mucho mayores golpes que
antes, furiosamente comenzó a golpear la puerta. Por lo cual, muchos
de los vecinos antes despertados y levantados, creyendo que fuese
algún importuno que aquellas palabras fingiese para molestar a
aquella buena mujer , fastidiados por el golpear que armaba,
asomados a la ventana no de otra manera que a un perro forastero
todos los del barrio le ladran detrás, empezaron a decir:
-Es gran villanía venir a estas horas a
casa de las buenas mujeres a decir estas burlas; ¡bah!, vete con
Dios, buen hombre; déjanos dormir si te place; y si algo tienes que
tratar con ella vuelve mañana y no nos des este fastidio esta noche.
Con las cuales palabras tal vez
tranquilizado uno que había dentro de la casa, alcahuete de la buena
mujer, y a quien él no había visto ni oído, se asomó a la ventana y
con una gran voz gruesa, horrible y fiera dijo:
-¿Quién está ahí abajo?
Andreuccio, levantando la cabeza a aquella
voz, vio uno que, por lo poco que pudo comprender, parecía tener que
ser un pez gordo, con una barba negra y espesa en la cara, y como si
de la cama o de un profundo sueño se levantase, bostezaba y
refregaba los ojos. A lo que él, no sin miedo, repuso: -Yo soy un
hermano de la señora de ahí dentro.
Pero aquél no esperó a que Andreuccio
terminase la respuesta sino que, más recio que antes, dijo: -¡No sé
qué me detiene que no bajo y te doy de bastonazos mientras vea que
te estás moviendo, asno molesto y borracho que debes ser, que esta
noche no nos vas a dejar dormir a nadie! Y volviéndose adentro,
cerró la ventana. Algunos de los vecinos, que mejor conocían la
condición de aquél, en voz baja decían a Andreuccio:
-Por Dios, buen hombre, ve con Dios; no
quieras que esta noche te mate éste; vete por tu bien. Por lo que
Andreuccio, espantado de la voz de aquél y de la vista, y empujado
por los consejos de aquéllos, que le parecía que hablaban movidos
por la caridad, afligido cuanto más pudo estarlo nadie y
desesperando de recuperar sus dineros, hacia aquella parte por donde
de día había seguido a la criadita, sin saber dónde ir, tomó el
camino para volver a la posada.
Y disgustándose a sí mismo por el mal olor
que de él mismo le llegaba, deseoso de llegar hasta el mar para
lavarse, torció a mano izquierda y se puso a bajar por una calle
llamada la Ruga Catalana; y andando hacia lo alto de la ciudad, vio
que por acaso venían hacia él dos con una linterna en la mano, los
cuales, temiendo que fuesen de la guardia de la corte u otros
hombres a hacer el mal dispuestos, por huirlos, en una casucha de la
cual se vio cerca, cautamente se escondió. Pero éstos, como si a
aquel mismo lugar fuesen enviados, dejando en el suelo algunas
herramientas que traía, con el otro empezó a mirarlas, hablando de
varias cosas sobre ellas. Y mientras hablaban dijo uno:
-¿Qué quiere decir esto? Siento el mayor
hedor que me parece haber sentido nunca. Y esto dicho, alzando un
tanto la linterna, vieron al desdichado de Andreuccio y estupefactos
preguntaron:
-¿Quién está ahí?
Andreuccio se callaba; pero ellos,
acercándose con la luz, le preguntaron que qué cosa tan asquerosa
estaba haciendo allí, a los que Andreuccio, lo que le había sucedido
les contó por entero. Ellos, imaginándose dónde le podía haber
pasado aquello, dijeron entre sí: -Verdaderamente en casa del matón
de Buottafuoco ha sido eso. Y volviéndose a él, le dijo uno:
-Buen hombre, aunque hayas perdido tus
dineros, tienes mucho que dar gracias a Dios de que te sucediera
caerte y no poder volver a entrar en la casa; porque, si no te
hubieras caído, está seguro de que, al haberte dormido, te habrían
matado y habrías perdido la vida con los dineros. ¿Pero de qué sirve
ya lamentarse? No podrías recuperar un dinero como que hay estrellas
en el cielo: y bien podrían matarte si aquél oye que dices una
palabra de todo esto.
Y dicho esto, hablando entre sí un momento,
le dijeron:
-Mira, nos ha dado compasión de ti, y por
ello, si quieres venir con nosotros a hacer una cosa que vamos a
hacer, parece muy cierto que la parte que te toque será del valor de
mucho más de lo que has perdido.
Andreuccio, como desesperado, repuso que
estaba pronto. Había sido sepultado aquel día un arzobispo de
Nápoles, llamado micer Filippo Minútolo , y había sido sepultado con
riquísimos ornamentos y con un rubí en el dedo que valía más de
quinientos florines de oro, y que éstos querían ir a robar; y así se
lo dijeron a Andreuccio, con lo que Andreuccio, más codicioso que
bien aconsejado, con ellos se puso en camino. Y andando hacia la
iglesia mayor, y Andreuccio hediendo muchísimo, dijo uno: -¿No
podríamos hallar el modo de que éste se lavase un poco donde sea,
para que no hediese tan fieramente?
Dijo el otro:
-Sí, estamos cerca de un pozo en el que
siempre suele estar la polea y un gran cubo; vamos allá y lo
lavaremos en un momento.
Llegados a este pozo, encontraron que la
soga estaba, pero que se habían llevado el cubo; por lo que juntos
deliberaron atarlo a la cuerda y bajarlo al pozo, y que él allí
abajo se lavase, y cuando estuviese lavado tirase de la soga y ellos
le subirían; y así lo hicieron. Sucedió que, habiéndolo bajado al
pozo, algunos de los guardias de la señoría (o por el calor o porque
habían corrido detrás de alguien) teniendo sed, a aquel pozo
vinieron a beber; los que, al ver a aquellos dos incontinenti se
dieron a la fuga, no habiéndolos visto los guardias que venían a
beber.
Y estando ya en el fondo del pozo
Andreuccio lavado, meneó la soga. Ellos, con sed, dejando en el
suelo sus escudos y sus armas y sus túnicas, empezaron a tirar de la
cuerda, creyendo que estaba colgado de ella el cubo lleno de agua.
Cuando Andreuccio se vio del brocal del pozo cerca, soltando la
soga, con las manos se echó sobre aquél; lo cual, viéndolo aquéllos,
cogidos de miedo súbito, sin más soltaron la soga y se dieron a huir
lo más deprisa que podían. De lo que Andreuccio se maravilló mucho,
y si no se hubiera sujetado bien, habría otra vez caído al fondo,
tal vez no sin gran daño suyo o muerte: pero salió de allí y,
encontradas aquellas armas que sabía que sus compañeros no habían
llevado, todavía más comenzó a maravillarse.
Pero temeroso y no sabiendo de qué,
lamentándose de su fortuna, sin nada tocar, deliberó irse; y andaba
sin saber adónde. Andando así, vino a toparse con aquellos sus dos
compañeros, que venían a sacarlo del pozo; y, al verle,
maravillándose mucho, le preguntaron quién del pozo le había sacado.
Andreuccio respondió que no lo sabía y les contó ordenadamente cómo
había sucedido y lo que había encontrado fuera del pozo. Por lo que
ellos, dándose cuenta de lo que había sido, riendo le contaron por
qué habían huido y quiénes eran aquellos que le habían sacado. Y sin
más palabras, siendo ya medianoche, se fueron a la iglesia mayor, y
en ella muy fácilmente entraron, y fueron al sepulcro, el cual era
de mármol y muy grande; y con un hierro que llevaba la losa, que era
pesadísima, la levantaron tanto cuanto era necesario para que un
hombre pudiese entrar dentro, y la apuntalaron. Y hecho esto, empezó
uno a decir:
-¿Quién entrará dentro?
A lo que el otro respondió:
-Yo no.
-Ni yo -dijo aquél-, pero que entre
Andreuccio.
-Eso no lo haré yo -dijo Andreuccio.
Hacia el cual aquéllos, ambos a dos
vueltos, dijeron:
-¿Cómo que no entrarás? A fe de Dios, si no
entras te daremos tantos golpes con uno de estos hierros en la
cabeza que te haremos caer muerto.
Andreuccio, sintiendo miedo, entró, y al
entrar pensó:
«Ésos me hacen entrar para engañarme porque
cuando les haya dado todo, mientras esté tratando de salir de la
sepultura se irán a sus asuntos y me quedaré sin nada». Y por ello
pensó quedarse ya con su parte; y acordándose del precioso anillo
del que les había oído hablar, cuando ya hubo bajado se lo sacó del
dedo al arzobispo y se lo puso él; y luego, dándoles el báculo y la
mitra y los guantes, y quitándole hasta la camisa, todo se lo dio,
diciendo que no había nada más. Ellos, afirmando que debía estar el
anillo, le dijeron que buscase por todas partes; pero él,
respondiendo que no lo encontraba y fingiendo buscarlo, un rato les
tuvo esperando. Ellos que, por otra parte, eran tan maliciosos como
él, diciéndole que siguiera buscando bien, en el momento oportuno,
quitaron el puntal que sostenía la losa y, huyendo, a él dentro del
sepulcro lo dejaron encerrado. Oyendo lo cual lo que sintió
Andreuccio cualquiera puede imaginarlo. Trató muchas veces con la
cabeza y con los hombros de ver si podía alzar la losa, pero se
cansaba en vano; por lo que, de gran valor vencido, perdiendo el
conocimiento, cayó sobre el muerto cuerpo del arzobispo; y quien lo
hubiese visto entonces malamente hubiera sabido quién estaba más
muerto, el arzobispo o él. Pero luego que hubo vuelto en sí, empezó
a llorar sin tino, viéndose allí sin duda a uno de dos fines tener
que llegar: o en aquel sepulcro, no viniendo nadie a abrirlo, de
hambre y de hedores entre los gusanos del cuerpo muerto tener que
morir, o viniendo alguien y encontrándolo dentro, tener que ser
colgado como ladrón. Y en tales pensamientos y muy acongojado
estando, sintió por la iglesia andar gentes y hablar muchas
personas, las cuales, como pensaba, andaban a hacer lo que él con
sus compañeros habían ya hecho; por lo que mucho le aumentó el
miedo.
Pero luego de que aquéllos tuvieron el
sepulcro abierto y apuntalado, cayeron en la discusión de quién
debiese entrar, y ninguno quería hacerlo; pero luego de larga
disputa un cura dijo: -¿Qué miedo tenéis? ¿Creéis que va a comeros?
Los muertos no se comen a los hombres; yo entraré dentro, yo.
Y así dicho, puesto el pecho sobre el borde
del sepulcro, volvió la cabeza hacia afuera y echó dentro las
piernas para tirarse al fondo.
Andreuccio, viendo esto, poniéndose en pie,
cogió al cura por una de las piernas y fingió querer tirar de él
hacia abajo. Lo que sintiendo el cura, dio un grito grandísimo y
rápidamente del arca se tiró afuera: de lo cual, espantados todos
los otros, dejando el sepulcro abierto, no de otra manera se dieron
a la fuga que si fuesen perseguidos por cien mil diablos. Lo que
viendo Andreuccio, alegre contra lo que esperaba, súbitamente se
arrojó fuera y por donde había venido salió de la iglesia. Y
aproximándose ya el día, con aquel anillo en el dedo andando a la
aventura, llegó al mar y de allí se enderezó a su posada, donde a
sus compañeros y al posadero encontró, que habían estado toda la
noche preocupados por lo que podría haber sido de él. A los cuales
contándoles lo que le había sucedido, pareció por el consejo de su
posadero que él incontinenti debía irse de Nápoles; la cual cosa
hizo prestamente y se volvió a Perusa, habiendo invertido lo suyo en
un anillo cuando a lo que había ido era a comprar caballos.
NOVELA SEXTA
Madama Beritola, con dos cabritillos en una
isla encontrada, habiendo perdido dos hijos, se va de allí a
Lunigiana,, allí, uno de los hijos va a servir a su señor y con la
hija de éste se acuesta, y es puesto en prisión; Sicilia rebelada
contra el rey Carlos, y reconocido el hijo por la madre, se casa con
la hija de su señor y encuentra a su hermano, y vuelven a tener una
alta posición .
Habían las señoras al igual que los jóvenes
reído mucho de los casos de Andreuccio por Fiameta narrados, cuando
Emilia, advirtiendo la historia terminada, por mandato de la reina
así comenzó: Graves cosas y dolorosas son los movimientos varios de
la fortuna, sobre los cuales (porque cuantas veces alguna cosa se
dice, tantas hay un despertar de nuestras mentes, que fácilmente se
adormecen con sus halagos) juzgo que no desagrade tener que oír
tanto a los felices como a los desgraciados, por cuanto a los
primeros hace precavidos y a los segundos consuela. Y por ello,
aunque grandes cosas hayan sido dichas antes, entiendo contaros una
historia no menos verdadera que piadosa, la cual, aunque alegre fin
tuviese, fue tanta y tan larga su amargura, que apenas puedo creer
que alguna vez la dulcificase la alegría que la siguió:
Carísimas señoras, debéis saber que después
de la muerte de Federico II el emperador, fue coronado rey de
Sicilia Manfredo , junto al cual en grandísima privanza estuvo un
hombre noble de Nápoles llamado Arrighetto Capece, el cual tenía por
mujer a una hermosa y noble dama igualmente napolitana llamada
madama Beritola Caracciola . El cual Arrighetto, teniendo el
gobierno de la isla en las manos, oyendo que el rey Carlos primero
había vencido en Benevento y matado a Manfredo, y que todo el reino
se volvía a él, teniendo poca confianza en la escasa lealtad de los
sicilianos no queriendo convertirse en súbdito del enemigo de su
señor, se preparaba huir. Pero conocido esto por los sicilianos,
súbitamente él y muchos otro amigos y servidores del rey Manfredo
fueron entregados como prisionero al rey Carlos, y el dominio de la
isla después.
Madama Beritola, en tan gran mudanza de las
cosas, no sabiendo que fuese de Arrighetto y siempre temiendo lo que
había sucedido, por temor a ser ultrajada, dejadas todas sus cosas,
con un hijo suyo de edad de unos ocho años llamado Giuffredi, y
preñada y pobre, montando en una barquichuela, huyó a Lípari, y allí
parió otro hijo varón al que llamó el Expulsado; y tomada una
nodriza, con todos en un barquichuelo montó para volverse a Nápoles
con sus parientes. Pero de otra manera sucedió que como pensaba;
porque por la fuerza del viento el barco, que a Nápoles ir debía,
fue transportado a la isla de Ponza, donde, entrados en una pequeña
caleta, se pusieron a esperar oportunidad para su viaje. Madama
Beritola, tomando tierra en la isla como los demás, y en ella un
lugar solitario y remoto encontrado, allí a dolerse por su
Arrighetto se retiró sola. Y haciendo lo mismo todos los días,
sucedió que, estando ella ocupada en su aflicción, sin que nadie, ni
marinero ni otro, se diese cuenta, llegó una galera de corsarios,
quienes a todos capturaron a mansalva y se fueron.
Madama Beritola, terminado su diario
lamento, volviendo a la playa para ver de nuevo a sus hijos, como
acostumbraba hacer, a nadie encontró allí, de lo que se maravilló
primero, y luego, súbitamente sospechando lo que había sucedido, los
ojos hacia el mar dirigió y vio la galera, todavía no muy alejada,
que remolcaba al barquichuelo, por lo que óptimamente conoció que,
al igual que al marido, había perdido a los hijos; y pobre y sola y
abandonada, sin saber dónde a nadie pudiese encontrar jamás,
viéndose allí, desmayada, llamando al marido y a los hijos, cayó
sobre la playa. No había aquí quien con agua fría o con otro medio a
las desmayadas fuerzas llamase, por lo que a su albedrío pudieron
los espíritus andar vagando por donde quisieron ; pero después de
que en el mísero cuerpo las partidas fuerzas junto con las lágrimas
y el llanto volvieron, largamente llamó a los hijos y mucho por
todas las cavernas los anduvo buscando. Pero luego que conoció que
se fatigaba inútilmente y vio caer la noche, esperando y no sabiendo
qué, por sí misma se preocupó un tanto y, yéndose de la playa, a
aquella caverna donde acostumbraba a llorar y a dolerse volvió. Y
luego de que la noche con mucho miedo y con incalculable dolor fue
pasada y el nuevo día venido, y ya pasada la hora de tercia, como la
noche antes cenado no había, obligada por el hambre, se dio a pacer
la hierba; y paciendo como pudo, llorando, a diversos pensamientos
sobre su futura vida se entregó. Y mientras estaba en ellos, vio
venir una cabrilla y entrar allí cerca en una caverna, y luego de un
poco salir de ella e irse por el bosque; por lo que, levantándose,
allí entró donde había salido la cabrilla, y vio dos cabritillos tal
vez nacidos el mismo día, los cuales le parecieron la cosa más dulce
del mundo y la más graciosa; y no habiéndosele todavía del reciente
parto retirado la leche del pecho, los cogió tiernamente y se los
puso al pecho.
Los cuales, no rehusando el servicio, así
mamaban de ella como hubiesen hecho de su madre, y de entonces en
adelante entre la madre y ella ninguna distinción hicieron; por lo
que, pareciéndole a la noble señora haber en el desierto lugar
alguna compañía encontrado, pastando hierbas y bebiendo agua y
tantas veces llorando cuantas del marido y de los hijos y de su
pretérita vida se acordaba, allí a vivir y a morir se había
dispuesto, no menos familiar con la cabrilla vuelta que con los
hijos. Y, viviendo así, la noble señora en fiera convertida, sucedió
que, después de algunos meses, por fortuna llegó también un barquito
de pisanos allí donde ella había llegado antes, y se quedó varios
días. Había en aquel barco un hombre noble llamado Currado de los
marqueses de Malaspina con una mujer suya valerosa y santa; y venían
en peregrinación de todos los santos lugares que hay en el reino de
Apulia y a su casa volvían. El cual, por entretener el aburrimiento,
junto con su mujer y con algunos servidores y con sus perros, un día
a bajar a la isla se puso; y no muy lejano del lugar donde estaba
madama Beritola, empezaron los perros de Currado a seguir a los dos
cabritillos, los cuales, ya grandecitos, andaban paciendo; los
cuales cabritillos, perseguidos por los perros, a ninguna parte
huyeron sino a la caverna donde estaba madama Beritola. La cual,
viendo esto, poniéndose en pie y cogiendo un bastón, hizo retroceder
a los perros; y allí Currado y su mujer, que a sus perros seguían,
llegando, viéndola morena y delgada y peluda como se había puesto,
se maravillaron, y ella mucho más que ellos. Pero luego de que a sus
ruegos hubo Currado sujetado a sus perros, después de muchas
súplicas le hicieron que dijese quién era y qué hacía aquí, la cual
enteramente toda su condición y todas sus desventuras y su rigurosa
resolución les comunicó. Lo que, oyendo Currado, que muy bien a
Arrighetto Capece conocido había, lloró de compasión y con muchas
palabras se ingenió en apartarla de decisión tan rigurosa,
ofreciéndola llevarla a su casa o tenerla consigo con el mismo honor
que a su hermana, y que allí se quedase hasta que Dios más alegre
fortuna le deparara. A cuyas ofertas no plegándose la señora,
Currado dejó con ella a su mujer y le dijo que mandase traer aquí de
qué comer, y a ella, que estaba en harapos, con alguno de sus
vestidos vistiese, e hiciese todo para llevarla con ellos.
Quedándose con ella la noble señora, habiendo primero con madama
Beritola llorado mucho de sus infortunios, hechos venir vestidos y
viandas, con la mayor fatiga del mundo a tomarlos y a comer la
indujo: y por fin, luego de muchos ruegos, afirmando ella nunca
querer ir a donde conocida fuera, la indujo a irse con ellos a
Lunigiana junto con los dos cabritillos y con la cabrilla, la que en
aquel entretanto había vuelto y no sin gran maravilla de la noble
señora le había hecho grandísimas fiestas. Y así, venido el buen
tiempo, madama Beritola con Currado y con su mujer en su barco
montó, y junto con ellos la cabrilla y los dos cabritillos; por los
cuales no sabiendo todos su nombre, fue Cabrilla llamada; y, con
buen viento, pronto llegaron hasta la desembocadura del Magra, donde
bajándose, a sus castillos subieron. Allí, junto a la mujer de
Currado, madama Beritola, en trajes de viuda, como una damisela
suya, honesta y humilde y obediente estuvo, siempre a sus
cabritillos teniendo amor y haciéndoles alimentar. Los corsarios que
habían en Ponza tomado el barco en que madama Beritola había venido
dejándola a ella como a quien no habían visto, con toda la demás
gente se fueron a Génova; y allí dividida la presa entre los amos de
la galera, tocó por ventura, entre otras cosas, en suerte a un micer
Guasparrino de Oria la nodriza de madama Beritola y los dos niños
con ella; el cual, a ella junto con los dos niños mandó a su casa
para tenerlos como siervos en los trabajos de la casa.
La nodriza, sobremanera afligida por la
pérdida de su ama y por la mísera fortuna en la que veía haber caído
a los dos niños, lloró amargamente; pero después que vio que las
lágrimas de nada servían y que ella era sierva junto con ellos,
aunque pobre mujer fuese, era sin embargo sabia y sagaz; por lo que,
consolándose lo mejor que pudo, y mirando a donde habían llegado,
pensó que si los dos niños eran reconocidos, por acaso podrían con
facilidad recibir molestias , y además de ello, esperando que,
cuando fuese podría cambiar la fortuna y ellos podrían, si vivos
estuvieran, al perdido estado volver, pensó no descubrir a nadie
quiénes fueran, si no veía que fuese oportuno: y a todos decía (los
que le habían preguntado por ello) que eran sus hijos. Y al mayor,
no Giuffredi, sino Giannotto de Prócida llamaba; al menor no se
preocupó de cambiarle el nombre; y con suma diligencia enseñó a
Giuffredi por qué le había cambiado el nombre y en qué peligro podía
estar si fuera reconocido, y esto no una vez sino muchas y con
frecuencia le recordaba: lo que el muchacho, que era buen
entendedor, según la enseñanza de la sabia nodriza óptimamente
hacía.
Se quedaron, pues, mal vestidos y peor
calzados, ocupados en todos los trabajos viles, junto con la
nodriza, pacientemente muchos años los dos muchachos en casa de
micer Guasparrino. Pero Giannotto, ya de edad de dieciséis años,
teniendo mayor ánimo del que pertenecía a un siervo, desdeñando la
vileza de la condición servil, subiendo a unas galeras que iban a
Alejandría, del servicio de micer Guasparrino se fue y anduvo en
muchos lugares, sin poder mejorar en nada. Al final después de unos
tres o cuatro años de haberse ido de casa de micer Guasparrino,
siendo un buen mozo y habiéndose hecho grande de estatura, y
habiendo oído que su padre, al que creía muerto, estaba todavía vivo
aunque en cautividad tenido por el rey Carlos, casi desesperando de
la fortuna, andando vagabundo, llegó a Lunigiana, y allí entró por
acaso como criado de Currado Malaspina sirviéndole con diligencia y
agrado. Y como raras veces a su madre, que con la señora de Currado
estaba, viese, ninguna la conoció, ni ella a él: tanto la edad al
uno y al otro, de lo que solían ser cuando se vieron por última vez,
había transformado. Estando, pues, Giannotto al servicio de Currado,
sucedió que una hija de Currado cuyo nombre era Spina, que había
enviudado de Niccolb de Grignano, volvió a casa del padre; la cual,
siendo muy bella y agradable y joven de poco más de dieciséis años,
por ventura le echó los ojos encima a Giannotto y él a ella, y
ardentísimamente el uno del otro se enamoraron. El cual amor no
estuvo largamente sin efecto, y muchos meses pasaron antes de que
nadie se apercibiese; por lo cual, ellos, demasiado seguros,
comenzaron a actuar de manera menos discreta que la que para tales
hechos se requería. Y yendo un día por un hermoso bosque de muchos
árboles, la joven junto con Giannotto, dejando a toda la demás
compañía, se fueron delante, y pareciéndoles que habían dejado muy
lejos a los demás, en un lugar deleitoso y lleno de hierbas y
flores, y rodeado de árboles, descansando, a tomar el amoroso placer
el uno del otro empezaron. Y cuando ya habían estado juntos largo
tiempo, que el gran deleite les hizo encontrar muy breve, en esto
por la madre de la joven primero, y luego por Currado, fueron
alcanzados. El cual, afligido sobremanera al ver esto, sin nada
decir del porqué, a los dos hizo coger por tres de sus servidores y
a un castillo suyo llevarlos atados; y de ira y de disgusto gimiendo
andaba, dispuesto a hacerles vilmente morir.
La madre de la joven, aunque muy enojada
estuviese y digna reputase a su hija por su falta de cualquier cruel
penitencia, habiendo por algunas palabras de Currado comprendido
cuál era su intención respecto a los culpables, no pudiendo soportar
aquello, apresurándose alcanzó al airado marido y comenzó a rogarle
que quisiese agradarla no corriendo furiosamente a convertirse en su
vejez en homicida de su hija y a mancharse las manos con la sangre
de un criado suyo, y que encontrase otra manera de satisfacer su
ira, así como hacerles encarcelar y en la prisión penar y llorar por
el pecado cometido. Y tanto estas y otras palabras le estuvo
diciendo la santa mujer que apartó de su ánimo el propósito de
matarlos; y mandó que en distintos lugares cada uno de ellos fuese
encarcelado, y allí guardado bien, y con poca comida y muchas
incomodidades mantenidos hasta que decidiese hacer otra cosa de
ellos; y así se hizo. Y cuál fuese su vida en cautiverio y en
continuas lágrimas y en más largos ayunos de los que serían
menester, cualquiera puede pensarlo. Llevando, pues, Giannotto y
Spina una vida tan dolorosa, y habiendo ya un año sin acordarse
Currado de ellos pasado, sucedió que el rey Pedro de Aragón, por un
acuerdo con micer Gian de Prócida, sublevó a la isla de Sicilia y la
quitó al rey Carlos ; por lo que Currado, como gibelino, hizo una
gran fiesta. De la que oyendo hablar Giannotto a alguno de aquellos
que le custodiaban, dio un gran suspiro y dijo:
-¡Ay, triste de mí!, ¡que hace hoy ya
catorce años que ando arrastrándome por el mundo, no esperando otra
cosa que ésta, y ahora que es venida, y para que ya no espere tener
ningún bien, me ha encontrado en prisión, de la que nunca sino
muerto espero salir!
-¿Y qué? -dijo el carcelero-. ¿Qué te
importa a ti lo que hagan los altísimos reyes? ¿Qué tienes tú que
hacer en Sicilia?
A lo que Giannotto dijo:
-Parece que se me rompe el corazón
acordándome de lo que mi padre tuvo que hacer allí, el cual, aunque
yo niño chico era cuando huí de allí, aún me acuerdo que lo vi señor
en vida del rey Manfredo. Siguió el carcelero:
-¿Y quién fue tu padre?
-Mi padre -dijo Giannotto- puedo ya asaz
seguramente manifestarlo pues que me veo a cubierto del peligro que
temía descubriéndolo, se llamó y se llama aún, si vive, Arrighetto
Capece, y yo no Giannotto sino Giuffredi me llamo; y nada dudo, si
de aquí saliera, que volviendo a Sicilia, no tuviese allí todavía
una altísima posición.
El buen hombre, sin más decir, en cuanto
hubo lugar todo se lo contó a Currado. Lo que oyendo Currado, aunque
mostró no preocuparse del prisionero, se fue a ver a madama Beritola
y placenteramente le preguntó si había tenido algún hijo de
Arrighetto que se llamase Giuffredi. La señora, llorando, respondió
que, si el mayor de los dos suyos que había tenido estuviera vivo,
así se llamaría y sería de edad de veintidós años. Oyendo esto,
Currado pensó que podía de una vez hacer una gran misericordia y
borrar su vergüenza y la de su hija dándosela a aquél por mujer; y
por ello, haciendo venir secretamente a Giannotto, le examinó
detalladamente sobre toda su pasada vida. Y hallando abundancia de
indicios manifiestos de que verdaderamente era Giuffredi, hijo de
Arrighetto, le dijo: -Giannotto, sabes cuán grande y cuál ha sido la
ofensa que me has hecho en mi propia hija cuando, habiéndote yo
tratado bien y amistosamente, como debe hacerse con los servidores,
debías mi honor y el de mis cosas siempre buscar y servir; y muchos
serían los que si tú les hubieras hecho lo que a mí me hiciste, con
vituperio te habrían hecho morir, lo que mi piedad no sufrió. Ahora,
puesto que así como me dices eres hijo de un hombre noble y de una
noble señora, quiero a tus angustias, si tú lo quieres, poner fin y
quitarte de la miseria y del cautiverio en los que estás, y al mismo
tiempo tu honor y el mío reintegrar a su debido sitio. Como sabes,
Spina, a quien con amorosa (aunque poco conveniente para ti y para
ella) amistad tomaste, es viuda, y su dote es grande y buena; cuáles
sean las costumbres de su padre y de su madre las conoces, de tu
presente estado nada digo. Por lo que, cuando quieras, estoy
dispuesto a que, ya que deshonestamente fue tu amiga se convierta
honestamente en tu mujer, y que a guisa de hijo mío aquí conmigo y
con ella cuanto te plazca vivas.
Había la prisión macerado las carnes de
Giannotto, pero el generoso ánimo propio de su origen no había
disminuido nada en él, ni tampoco el verdadero amor que tenía a su
mujer; y aunque fervientemente desease lo que Currado le ofrecía y
lo viese a su alcance, en nada atenuó lo que la grandeza de su ánimo
le mostraba tener que decir, y repuso:
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