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OCTAVA JORNADA
COMIENZA LA OCTAVA JORNADA DEL DECAMERON,
EN LA CUAL, BAJO EL GOBIERNO DE LAURETA, SE RAZONA SOBRE CUALQUIER
BURLA QUE O LA MUJER AL HOMBRE O EL HOMBRE A LA MUJER O UN HOMBRE A
OTRO SE HACEN CON FRECUENCIA.
YA en la cumbre de los más altos montes
aparecían, el domingo por la mañana, los rayos de la surgiente luz
y, partidas todas las sombras, manifiestamente las cosas se
conocían, cuando la reina, levantándose, con su compañía
primeramente un tanto sobre las hierbecillas llenas de rocío
anduvieron, y luego hacia la mitad de tercia, visitando una iglesia
vecina, en ella oyeron el divino oficio; y volviéndose a casa, luego
que con alegría y fiesta hubieron comido, cantaron y bailaron un
tanto y luego, licenciados por la reina, quien quiso ir a descansar,
pudo hacerlo. Pero habiendo el sol pasado ya el círculo meridiano,
cuando a la reina plugo, para el acostumbrado novelar sentados todos
junto a la bella fuente, por mandato de la reina así comenzó
Neifile:
NOVELA PRIMERA
Gulfardo toma dineros prestados de
Guasparruolo, y concertándose con la mujer de éste para acostarse
con ella a cambio de ellos, se los da; y luego, en presencia de él,
dice que se los dio a ella, y ella dice que es verdad
Si así ha dispuesto Dios que deba yo dar
comienzo a la presente jornada con mi historia, ello me place; y por
ello, amorosas señoras, como sea que mucho se ha dicho de las burlas
hechas por las mujeres a los hombres, una hecha por un hombre a una
mujer me place contar, no ya porque yo entienda con ella censurar lo
que el hombre hizo, o de decir que a la mujer no le estuvo bien
empleado, sino por alabar al hombre y reprochar a la mujer, y por
mostrar que también los hombres saben burlarse de quienes creen en
ellos, como son burlados por aquellas en quienes ellos creen.
Aunque, quien quisiese hablar más propiamente, lo que debo contar no
llamaría burla sino que llamaría pago, porque como sea que toda
mujer debe ser honestísima y guardar su castidad como su vida, y no
dejarse ir a mancharla por razón alguna, y no pudiendo esto, sin
embargo, completamente hacerse como se debería por nuestra
fragilidad, afirmo que es digna del fuego aquella que a esto por
dinero llega; mientras que quien por amor (conociendo sus fuerzas
grandísimas) llega a ello, por un juez no demasiado riguroso merece
ser perdonada, como, hace pocos días, mostró Filostrato que había
sucedido a doña Filipa en Prato. Había en Milán un tudesco a sueldo
cuyo nombre fue Gulfardo, arrogante en su persona y muy leal a
aquellos a cuyo servicio se ponía, lo que raras veces suele suceder
a los tudescos; y porque era, en los préstamos de dinero que se le
hacían, lealísimo pagador, muchos mercaderes habría encontrado que
por pequeño rendimiento cualquier cantidad de dinero le habrían
prestado. Puso éste, viviendo en Milán, su amor en una señora muy
hermosa llamada doña Ambruogia, mujer de un rico mercader que tenía
por nombre Guasparruolo Cagastraccio, el cual era asaz conocido suyo
y amigo; y amándola muy discretamente, sin apercibirse el marido ni
otros, le pidió un día hablar con ella, rogándole que le pluguiera
ser cortés con su amor, y que él estaba por su parte presto a hacer
lo que ella le ordenase. La señora, luego de muchos discursos, vino
a la conclusión de que estaba presta a hacer lo que a Gulfardo
pluguiera si de ello se siguiesen dos cosas: una que esto no fuese
manifestado por él a nadie; la otra que, como fuese que ella tuviera
para alguna hacienda suya necesidad de doscientos florines de oro,
quería que él, que era rico, se los diese, y después, siempre
estaría a su servicio. Gulfardo, oyendo la codicia de ésta, asqueado
por la vileza de quien creía que fuese una mujer valerosa, en odio
cambió su ardiente amor; y pensó que tenía que burlarla, y le mandó
a decir que de muy buena gana, y que aquello y toda otra cosa que
ella quisiese le placería; y por ello que le mandase a decir cuándo
quería que fuese a ella, que se los llevaría, y que nunca nadie
sabría de esta cosa sino un compañero suyo de quien se fiaba mucho y
que siempre andaba en su compañía en lo que hiciese. La señora, como
una mala mujer, al oír esto estuvo contenta, y le mandó a decir que
Guasparruolo su marido debía, de allí a pocos días, ir por sus
negocios hasta Génova, y entonces ella se lo haría saber y le
mandaría a buscar. Gulfardo, cuando le pareció oportuno, se fue a
Guasparruolo y le dijo así.
-Tengo que hacer un negocio para el que
necesito doscientos florines de oro, los cuales quiero que me
prestes con el interés con que sueles prestarme otros.
Guasparruolo dijo que de buena gana, y en
el momento le contó los dineros. De allí a pocos días Guasparruolo
se fue a Génova, como la señora había dicho; por la cual cosa, la
señora mandó a decir a Gulfardo que viniese a ella y le trajese los
doscientos florines de oro. Gulfardo, tomando a su compañero, se fue
a casa de la señora, y encontrándola que lo esperaba, la primera
cosa que hizo fue ponerle en la mano los doscientos florines de oro,
estando viéndolo su amigo, y así le dijo: -Señora, tened estos
dineros y se los daréis a vuestro marido cuando vuelva. La señora
los tomó, y no se apercibió de por qué Gulfardo hablaba así, sino
que creyó que lo hacía para que su compañero no se percatase de que
ella se daba a él por dinero; por lo que dijo: -Lo haré con gusto,
pero quiero ver cuántos son.
Y echándolos sobre una mesa y encontrando
que eran doscientos, muy contenta los volvió a guardar; y se volvió
a Gulfardo, y llevándolo a su alcoba, no solamente aquella vez, sino
otras muchas, antes de que su marido volviese de Génova, con su
persona le satisfizo. Vuelto Guasparruolo de Génova, enseguida
Gulfardo habiéndole hecho espiar para asegurarse de que estaba con
su mujer, se fue a verlo y, en la presencia de ella, le dijo:
-Guasparruolo, los dineros que el otro día
me prestaste, no los necesité, porque no pude hacer el trato para el
que los tomé; y por ello se los traje aquí enseguida a tu mujer y se
los di, y por ello cancelarás mi cuenta.
Guasparruolo, vuelto a su mujer, le
preguntó si los había recibido. Ella, que allí veía al testigo, no
lo pudo negar, sino que dijo:
-Cierto que los recibí, y no me había
acordado todavía de decírtelo. Dijo entonces Guasparruolo:
-Gulfardo, estoy contento; idos con Dios,
que yo arreglaré bien vuestra cuenta. Ido Gulfardo, y la mujer
quedando burlada, le dio al marido el deshonesto precio de su
maldad; y así el sagaz amante gozó sin costo de su avara señora.
NOVELA SEGUNDA
El cura de Varlungo se acuesta con doña
Belcolor, le deja en prenda un tabardo, y pidiéndole un mortero, se
lo devuelve y le manda a pedir el tabardo dejado en prenda; se lo
devuelve la buena mujer con unas palabras de doble sentido.
Alababan por igual los hombres y las
señoras lo que Gulfardo hecho había a la ansiosa milanesa, cuando la
reina, a Pánfilo volviéndose, sonriendo le ordenó que siguiese; por
la cual cosa Pánfilo comenzó: Hermosas señoras, se me ocurre contar
una historieta contra aquellos que continuamente nos ofenden sin
poder por nosotros ser ofendidos de la misma manera; es decir,
contra los curas, los cuales contra nuestras mujeres han predicado
una cruzada, y les parece no de otra manera haber ganado la
indulgencia plenaria cuando a una pueden humillar bajo ellos que si
de Alejandría hubieran traído a Aviñón al sultán maniatado. Lo que
los desdichados seglares no les pueden hacer a ellos, aunque en sus
madres, sus hermanas, sus amigas y sus hijas (con no menos ardor que
ellos asaltan a sus mujeres) venguen sus iras. Y por ello entiendo
contaros un amartelamiento campesino, más propio de risa por la
conclusión que largo en palabras, del cual también podréis recoger
como fruto que a los curas no hay que creerles siempre en todo.
Digo, pues, que en Varlungo, pueblo asaz cercano de aquí, como todas
vosotras o sabe o puede haber oído, hubo un valeroso sacerdote (y
gallardo en su persona) al servicio de las damas que, aunque leer no
supiese mucho, sin embargo, con mucho bueno y santo palabreo, los
domingos al pie del olmo recreaba a sus parroquianos; y mejor
visitaba a sus mujeres (cuando ellos se iban a alguna parte) que
ningún otro cura que hubiera habido allí, llevándoles cosas de la
fiesta y agua bendita y a veces algún cabo de vela a su casa,
dándoles su bendición. Ahora sucedió que, entre las demás
parroquianas suyas que primero le habían gustado, una sobre todas le
gustó que tenía por nombre doña Belcolor , mujer de un labrador que
se llamaba Bentivegna del Mazzo, la cual en verdad era una agradable
y fresca rusticaza, morenota y maciza y más apropiada para poder
moler que ninguna otra; y además de ello era la que mejor sabía
tocar el címbalo y cantar El agua va por el barranco y conducir el
corro y el saltarelo, cuando se terciaba, de todas las vecinas que
tuviese, con un bueno y elegante moquero en la mano. Por las cuales
cosas, el señor cura se encaprichó por ella tanto que andaba
delirante y todo el día andaba correteando para poder verla; y
cuando el domingo por la mañana la sentía en la iglesia, decía un
kyrie y un Sanctus esforzándose bien en mostrarse un gran maestro de
canto, que parecía un asno que rebuznase mientras que, cuando no la
veía allí, salía del lance con bastante facilidad; pero lo sabía
hacer tan bien que Bentivegna del Mazzo no se apercibía, ni aún
ninguna vecina que ella tuviese. Y para poder gozar más del trato de
doña Belcolor, de cuando en cuando le mandaba obsequios, y una vez
le mandaba un manojillo de ajos frescos, que tenía los más hermosos
del barrio en un huerto suyo que labraba con sus manos, y otra vez
una canastilla de habas, y ahora un manojillo de cebollas de mayo o
de escalonias; y cuando le parecía oportuno mirándola con rostro
adusto, con blandura la reprendía, y ella un tanto salvaje,
fingiendo no darse cuenta, se iba a otra parte desdeñosamente; por
lo que el señor cura no podía venir al asunto. Ahora, sucedió un día
que, andando el cura en pleno mediodía de un lado a otro por el
barrio, sin ir a ningún sitio, se encontró con Bentivegna del Mazzo
con un burro muy cargado, y dirigiéndole la palabra, le preguntó
dónde iba. A quien Bentivegna repuso:
-A fe mía, sire , que en verdad voy hasta
la ciudad para un trasunto mío, y le llevo estas cosas a sir
Bonacotti de Cinestreto, que mi ayuda para no sé qué me ha mandado a
pedir para una comparación del parentorio, por su pericolator el
juez del dificio.
El cura, contento, dijo:
-Haces bien, hijo; vete con mi bendición y
vuelve pronto; y si vieses por casualidad a Lapuccio o Naldino, no
se te vaya de la cabeza decirles que me traigan aquellas correas
para los mayales. Bentivegna dijo que lo haría; y viniéndose hacia
Florencia, pensó el cura que era el momento de ir a la Belcolor y de
probar fortuna; y echándose al camino, no paró hasta que estuvo en
su casa, y entrando adentro, dijo:
-Dios os guarde; ¿quién vive?
Belcolor, que había subido al desván, al
oírlo dijo:
-Oh, sire, sed bienvenido; ¿qué hacéis por
ahí con este calor? El cura repuso:
-Así Dios me guarde, que me vengo a estar
un rato contigo, porque me he encontrado con tu hombre que se iba a
la ciudad.
Belcolor, bajando, se sentó y comenzó a
escoger simientes de unas coles que su marido había cogido poco
hacía. El cura comenzó a decirle:
-Bien, Belcolor, ¿vas a hacerme siempre
morir de esta manera? Belcolor comenzó a reírse y a decir:
-¿Qué os hago?
Dijo el cura:
-No me haces nada, pero no me dejas hacerte
lo que yo querría y Dios mandó. Dijo Belcolor:
-Ah, vaya, vaya: ¿pues los curas hacen
tales cosas?
El cura repuso:
-Mejores las hacemos que los demás hombres,
¿pues por qué no? Y te digo más, que nosotros hacemos mucho mejor
trabajo; ¿y sabes por qué? Porque molemos sólo cuando el caz está
colmado. Pero, en verdad, muy para tu provecho, si te estás quieta y
me dejas hacer. Dijo Belcolor:
-¿Y qué provecho iba yo a sacar de ahí, que
sois todos más avaros que el demontre? Entonces dijo el cura:
-No lo sé; tú pide, ¿quieres un par de
escarpines, o quieres una cinta del pelo o quieres un buen cinturón
de estambre?, o lo que quieras.
Dijo Belcolor:
-¡Basta, hermano! Esas cosas las tengo;
pero si me amáis tanto, ¿por qué no me prestáis un servicio y yo
haré lo que queráis?
Entonces dijo el cura:
-Di lo que quieras y lo haré de buena gana.
Belcolor dijo entonces:
-Tengo que ir a Florencia el sábado a
entregar una lana que he hilado y a llevar a arreglar el telar; y si
me prestáis cinco liras, que sé que las tenéis, recogeré en el
usurero mi saya color púrpura y el cinturón de fiesta que traje de
dote, que veis que no puedo ir de romería ni a ningún lugar porque
no lo tengo; y luego siempre haré lo que queráis.
Repuso el cura:
-Así Dios me dé salud como que no las llevo
encima; pero créeme que, antes que llegue el sábado, haré que las
tengas de muy buena gana.
-Sí -dijo Belcolor-, todos prometéis mucho
y luego no lo mantenéis: ¿creéis que vais a hacerme como le
hicisteis a Biliuzza, que se fue con el dominus vobiscum? Por Dios
que no lo haréis, que ella es una mujer perdida a cuenta de ello;
¡si no las tenéis, idos a buscarlas! -¡Ah! -dijo el cura-, no me
hagas ahora ir hasta casa, que ves que tengo tan derecha la suerte y
hasta que no hay nadie, y tal vez cuando volviese habría aquí
alguien que lo impediría; y no sé cuándo va a ponérseme tan bien
como ahora.
Y ella dijo:
-Basta: si queréis ir, iros; si no,
aguantaos.
El cura, viendo que no estaba dispuesta a
hacer nada que él quisiera sino salvum me fac y él lo quería hacer
sine custodia, dijo:
-Mira, tú no me crees que te las traiga;
para que me creas te dejaré en prenda este tabardo mío de paño
turqués.
Belcolor levantó la vista y dijo:
-Así este tabardo, ¿y qué vale?
Dijo el cura:
-¿Cómo qué vale? Quiero que sepas que es de
dulleta y hasta de trelleta, y hay en nuestro pueblo quien lo tiene
por de cuadralleta; y no hace todavía quince días que me costó en
Lotto el revendedor mis buenas siete liras, y me ahorré unas cinco
liras por lo que me dijo Buglietto del Erta que sabes que es tan
entendido en estos paños turqueses.
-¡Ah!, ¿es así? -dijo Belcolor-, así me
ayude Dios como que nunca lo hubiese pensado; pero dádmelo como
primicias.
El señor cura, que tenía la ballesta
cargada, quitándose el tabardo se lo dio; y ella que lo hubo
guardado, dijo:
-Sire, idos a aquella cabaña, que allí
nunca entra nadie.
Y así hicieron; y allí el cura, dándole los
más dulces besazos del mundo y haciéndola pariente de Dios Nuestro
Señor, con ella un gran rato se solazó; luego, yéndose en sotana,
que parecía que viniese de oficiar en unas bodas, se volvió a
sagrado. Allí, pensando que cuantos cabos de vela recogía en todo el
año de oferta no valían la mitad de cinco liras, le pareció haber
hecho mal, y se arrepintió de haber dejado el tabardo y comenzó a
pensar en qué modo podía recuperarlo sin costos. Y porque era un
tanto maliciosillo, pensó muy bien qué debía hacer para recuperarlo,
y lo hizo; porque al día siguiente, que era fiesta, mandó a un
muchacho de un vecino suyo a casa de esta doña Belcolor y le pidió
que le pluguiera prestarle su mortero de piedra, porque almorzaba
con él Binguccio del Poggio y Nuto Buglietti, y que quería hacer una
salsa. Belcolor se lo mandó; y cuando llegó la hora de almorzar, el
cura mandó averiguar cuándo se ponían a la mesa Bentivegna del Mazzo
y Belcolor, y llamado su monaguillo, le dijo: -Coge aquel mortero y
devuélvelo a Belcolor, y dile: «Dice el sire que os lo agradece
mucho, y que le devolváis el tabardo que el muchachito os dejó en
prenda». El monaguillo fue a casa de Belcolor con el mortero y la
encontró con Bentivegna a la mesa almorzando, y dejando allí encima
el mortero, dio el recado del cura. Belcolor, al oírse pedir el
tabardo quiso contestar; pero Bentivegna, con mal gesto, dijo:
-¿Desde cuándo le tomas nada en prenda al
sire? Voto a Cristo que me vienen ganas de darte un gran pescozón;
ve y devuélveselo pronto, mala fiebre te dé, y cuida que de nada que
quiera alguna vez, aunque quisiese nuestro burro, no ya otra cosa,
le digas que no.
Belcolor se levantó barbotando y, yendo al
arcón, sacó de allí el tabardo y se lo dio al monaguillo, y dijo:
-Dirás esto al sire de mi parte: «Belcolor
dice que promete a Dios que no machacaréis más salsas en su mortero,
que no le habéis hecho ningún honor con esto».
El monaguillo se fue con el tabardo y dio
el recado al sire; al que el cura, riendo, dijo: -Le dirás cuando la
veas que, si no me presta el mortero yo no le prestaré el mazo; vaya
lo uno por lo otro.
Bentivegna creyó que la mujer había dicho
aquellas palabras porque él la había reprendido, y no se preocupó
por ello; pero Belcolor, que había quedado burlada, se encolerizó
con el cura y le negó la palabra hasta la vendimia; después,
habiéndola amenazado el cura con hacerla ir a la boca del mayor de
los Luciferes, por puro miedo, con el mosto y con las castañas se
reconcilió con él, y muchas veces luego estuvieron juntos de juerga;
y a cambio de las cinco liras le hizo el cura poner un pergamino
nuevo al címbalo y le colgó de él un cascabelillo, y ella se
contentó.
NOVELA TERCERA
Calandrino, Bruno y Buffalmacco van por el
Muñone abajo en busca del heliotropo , y Calandrino cree haberlo
encontrado; se vuelve a casa cargado de piedras, la mujer le regaña
y él, airado, la golpea, y a sus compañeros les cuenta lo que ellos
saben mejor que él .
Terminada la historia de Pánfilo, con la
que las señoras habían reído tanto que todavía se ríen, la reina a
Elisa ordenó que siguiese; la cual, todavía riendo, comenzó: Yo no
sé, amables señoras, si me será dado haceros con una historieta mía
no menos verdadera que entretenida reír tanto cuanto os ha hecho
Pánfilo con la suya, pero me esforzaré en ello. En nuestra ciudad,
que siempre en maneras varias y en gentes extraordinarias ha sido
abundante, hubo, no hace todavía mucho tiempo, un pintor llamado
Calandrino hombre simple y de costumbres bizarras, el cual la mayor
parte del tiempo con otros dos pintores trataba, llamados el uno
Bruno y el otro Buffalmacco hombres muy bromistas pero por otra
parte avisados y sagaces, los cuales trataban con Calandrino porque
de sus maneras y de su simpleza con frecuencia gran fiesta hacían.
Había también en Florencia entonces un joven de maravillosa gracia y
en todas las cosas que hacer quería hábil y afortunado, llamado Maso
del Saggio , el cual, oyendo algunas cosas sobre la simpleza de
Calandrino, se propuso divertirse de sus cosas haciéndole alguna
burla o haciéndole creer alguna cosa extraordinaria; y por acaso
encontrándolo un día en la iglesia de San Giovanni y viéndole estar
atento mirando las pinturas y los bajorrelieves del tabernáculo que
está sobre el altar de la iglesia, puesto no hacía mucho tiempo
allí, pensó que le había llegado lugar y tiempo para su intención. E
informando a un compañero suyo de aquello que entendía hacer, juntos
se acercaron a donde Calandrino estaba sentado solo, y haciendo
semblante de no verlo, juntos comenzaron a razonar sobre las
virtudes de diversas piedras, de las que Maso hablaba tan
autorizadamente como si hubiera sido un famoso y gran lapidario ; a
los cuales razonamientos dando oídos Calandrino y luego de un rato
poniéndose en pie, viendo que no era secreto, se unió a ellos, lo
que mucho agradó a Maso. El cual, siguiendo con sus palabras, fue
preguntado por Calandrino que dónde estas piedras tan llenas de
virtud se encontraban. Maso repuso que las más se encontraban en
Berlinzonia , tierra de los vascos , en una comarca que se llamaba
Bengodi en la que las vides se atan con longanizas y se tiene una
oca por un dinero y un pato además, y había allí una montaña toda de
queso parmesano rallado en lo alto de la que había gentes que nada
hacían sino macarrones y raviolis y cocerlos en caldo de capones, y
luego los arrojaban desde allí abajo, y quien más cogía más tenía; y
allí al lado corría un arroyuelo de vernaza del mejor que puede
beberse, sin una gota de agua mezclada.
-¡Oh! -dijo Calandrino-, ése es un buen
país; pero dime, ¿qué hacen de los capones que ésos cuecen? Repuso
Maso:
-Todos se los comen los vascos.
Dijo entonces Calandrino:
-¿Has ido allí alguna vez?
A quien Maso respondió:
-¿Dices que si he estado? ¡Sí, así he
estado una vez como mil! Dijo entonces Calandrino:
-¿Y cuántas millas tiene?
-Tiene más de un millón cantando a pleno
pulmón
Dijo Calandrino:
-Pues debe ser más allá de los Abruzzos.
-Ah, sí -dijo Maso-, así de nones .
El simple de Calandrino, viendo a Maso
decir estas palabras con un rostro serio y sin reírse, les daba la
fe que puede darse a la verdad más manifiesta, y por tan ciertas las
tenía; y dijo: -Demasiado lejos está de mis asuntos; pero si más
cerca estuviese, sí te digo que iría una vez allí contigo para ver
rodar a esos macarrones y darme un hartazgo de ellos. Pero dime, así
seas feliz; ¿en estas comarcas no se encuentran ninguna de esas
piedras maravillosas? A quien Maso repuso:
-Si, dos clases de piedras se encuentran de
grandísima virtud. La una son los pedruscos de Settignano y de
Montisci por virtud de los cuales, cuando se hacen muelas, se hace
la harina, y por ello se dice en los países de allá que de Dios
vienen las gracias y de Montisci las piedras de molino; pero hay de
estas piedras de amolar tan gran cantidad, que entre nosotros es
poco apreciada, como entre ellos las esmeraldas, de las cuales hay
allí una montaña mayor que Montemorello que relucen a la medianoche
y vete con Dios; y sabe que quien puliera las muelas de molino y las
hiciera engastar en anillos antes de que se las agujerease, y se las
llevase al sultán, tendría lo que quisiera. La otra es una piedra
que nosotros los lapidarios llamamos heliotropo, piedra de mucha
mayor virtud, porque quien la lleve encima, mientras la tenga no es
de ninguna otra persona visto donde no está.
Entonces Calandrino dijo:
-Grandes virtudes son éstas; ¿pero esa
segunda dónde se encuentra? A quien Maso repuso que en el Muñone se
solía encontrar. Dijo Calandrino: -¿De qué tamaño es esa piedra y
qué color es el suyo?
Repuso Maso:
-Es de varios tamaños, que alguna es mayor,
alguna menor; pero todas son de color casi como negro. Calandrino,
habiendo todas estas cosas advertido para sí, fingiendo tener otra
cosa que hacer, se separó de Maso, y se propuso buscar esta piedra;
pero deliberó no hacerlo sin que lo supiesen Bruno y Buffalmacco, a
quienes especialísimamente amaba. Se dio, pues, a ir en su busca,
para que sin dilación y antes de ningún otro fueran a buscarlas, y
todo el resto de aquella mañana consumió buscándolos. Por último,
siendo ya pasada la hora de nona, acordándose de que trabajaban en
el monasterio de las señoras de Faenza , aunque el calor fuese
grandísimo, dejando toda otra ocupación, casi corriendo se fue donde
ellos, y llamándoles les dijo:
-Compañeros, si queréis creerme podemos
convertirnos en los hombres más ricos de Florencia, porque le he
oído a un hombre digno de fe que en el Muñone hay una piedra que
quien la lleva encima no es visto de nadie; por lo que me parece que
sin tardanza, antes que otra persona pueda ir, fuésemos a buscarla.
Por cierto que la encontraremos, porque la conozco; y cuando la
hayamos encontrado, ¿qué tendremos que hacer sino meterla en la
escarcela e ir a las mesas de los cambistas, que sabéis que están
siempre cargadas de monedas de plata y de florines, y coger cuantos
queramos? Nadie nos verá: y así podremos enriquecernos súbitamente
sin tener todo el santo día que embadurnar los muros del modo que lo
hace el caracol.
Bruno y Buffalmacco, al oírle, empezaron a
reírse por dentro; y mirándose el uno al otro pusieron cara de
maravillarse mucho y alabaron la idea de Calandrino; pero preguntó
Buffalmacco qué nombre tenía esta piedra. A Calandrino, que era de
mollera dura, ya se le había ido el nombre de la cabeza; por lo que
respondió:
-¿Qué nos importa el nombre, puesto que
sabemos la virtud? Yo diría que fuésemos a buscarla sin más esperar.
-Pero bien -dijo Bruno-, ¿cómo es?
Calandrino dijo:
-Las hay de distintas formas, pero todas
son casi negras; por lo que me parece que debemos coger todas
aquellas que veamos negras, hasta que lleguemos a ella; así que no
perdamos tiempo, vamos. A quien Bruno dijo:
-Pero espera.
Y vuelto a Buffalmacco dijo:
-A mí me parece que Calandrino dice bien;
pero no me parece que sea hora de ello porque el sol está alto y da
dentro del Muñone y ha secado todas las piedras; por lo que tales de
ellas parecen ahora blancas, algunas que hay allí, que por la
mañana, antes de que el sol las haya secado, parecen negras; y
además de ello, mucha gente por diversas razones hay hoy, que es día
laborable, en el Muñone, que, al vernos, podrían adivinar lo que
anduviéramos haciendo y tal vez hacerlo ellos también; y podría
venir a sus manos y nosotros habríamos perdido el santo por la
limosna. A mí me parece, si os parece a vosotros, que éste es asunto
de hacer por la mañana, que se distinguen mejor las negras de las
blancas, y en día festivo, que no habrá allí nadie que nos vea.
Buffalmacco alabó la opinión de Bruno, y
Calandrino concordó con ellos, y decidieron que el domingo siguiente
por la mañana irían los tres juntos a buscar aquella piedra; pero
sobre todas las cosas les rogó Calandrino que con nadie en el mundo
hablasen de aquello, porque a él se lo habían dicho en secreto. Y
hablando esto, les contó lo que había oído de la comarca de Bengodi,
con juramentos afirmando que era así. Cuando Calandrino se separó de
ellos, lo que sobre este asunto iban a hacer lo arreglaron entre
ellos. Calandrino esperó con ansiedad el domingo por la mañana;
venida la cual, se levantó al salir el día y, llamando a sus
compañeros, saliendo por la puerta de San Gallo y bajando al Muñone,
comenzaron a andar por él abajo, buscando piedras. Calandrino iba,
como más afanoso, delante y prestamente saltando ora aquí ora allí,
donde alguna piedra negra veía se arrojaba y cogiéndola se la metía
en el seno. Sus compañeros andaban detrás, y de vez en cuando una u
otra cogían; pero Calandrino no había andado mucho camino cuando
tuvo el regazo lleno; por lo que, alzándose las faldas del sayo, que
no seguía la moda de Hainaut , y haciendo con ellas una amplia
halda, habiéndolo sujetado bien con el cinturón por todas partes, no
mucho después la llenó y semejantemente, después de algún rato,
haciendo halda de la capa, la llenó de piedras. Por lo que, viendo
Buffalmacco y Bruno que Calandrino estaba cargado y la hora de comer
se avecinaba, según lo establecido entre ellos, dijo Bruno a
Buffalmacco: -¿Dónde está Calandrino?
Buffalmacco, que lo veía allí junto a
ellos, volviéndose en torno, y mirando acá y allá, repuso: -No lo
sé, pero hasta hace un momento estaba aquí delante de nosotros. Dijo
Bruno:
-¡Que hace poco! Me parece estar seguro de
que ahora está en casa almorzando y nos ha dejado a nosotros en el
frenesí de andar buscando las piedras negras por el Muñone abajo.
-¡Ah!, qué bien ha hecho -dijo entonces Buffalmacco-, burlándose de
nosotros y dejándonos aquí, ya que hemos sido tan tontos como para
creerle. ¿Crees que habría alguien tan tonto como nosotros que
hubiera creído que en el Muñone iba a encontrarse una piedra tan
milagrosa? Calandrino, al oír estas palabras, imaginó que aquella
piedra había llegado a sus manos y que, por la virtud de ella misma,
aunque estuviese él presente no lo veían. Contento, pues,
sobremanera de tal suerte, sin decirles nada, pensó en volver a su
casa; y volviendo sobre sus pasos, comenzó a irse. Viendo esto,
Buffalmacco dijo a Bruno:
-¿Qué hacemos nosotros? ¿Por qué no nos
vamos?
A quien Bruno respondió:
-Vámonos; pero juro a Dios que Calandrino
no me hace ni una más; y si estuviese junto a él como lo he estado
toda la mañana, le daría tal con este guijarro en el calcañar que se
acordaría un mes de esta broma.
Y decir estas palabras y estirar el brazo y
darle a Calandrino con el guijarro en el calcañar fue todo uno.
Calandrino, sintiendo el dolor, levantó el pie y comenzó a resoplar,
pero luego se calló y se fue. Buffalmacco, cogiendo uno de los
guijos que recogido había, dijo a Bruno: -¡Ah, mira el guijo: así le
diese ahora mismo en los riñones a Calandrino! Y, soltándolo, le dio
con él un gran golpe en los riñones; y en resumen, de tal guisa,
ahora con una palabra y ahora con otra, por el Muñone arriba hasta
la puerta de San Gallo lo fueron lapidando. Allí, arrojando al suelo
las piedras que habían recogido, un tanto se detuvieron con los
guardias aduaneros, los cuales, primero informados por ellos,
fingiendo no verlo, dejaron pasar a Calandrino con la mayor risa del
mundo. El cual, sin pararse se vino a su casa, la cual estaba junto
al Canto della Macina; y tan favorable le fue la fortuna a la burla
que mientras Calandrino por el río se venía y luego por la ciudad,
nadie le dirigió la palabra, ya que encontró a pocos porque todos
estaban almorzando. Entró, así pues, Calandrino, tan cargado, en su
casa. Estaba por acaso su mujer (que tenía por nombre doña Tessa),
mujer hermosa y valerosa, arriba de la escalera, y un tanto enojada
por su larga demora, y viéndolo venir comenzó a decirle con
reproches:
-¡Ya, hermano, te trae el diablo! Todo el
mundo ha comido ya cuando tú vienes a comer. Lo que oyendo
Calandrino y viendo que lo veía, lleno de amargura y de dolor
comenzó a gritar: -¡Ay!, mala mujer, pues eres tú, me has arruinado;
pero por Dios que me las pagarás. Y subiendo a una salita y
descargadas allí las muchas piedras que había recogido, furibundo
corrió hacia su mujer y, cogiéndola por las trenzas, la tiró al
suelo, y allí, cuanto pudo mover los brazos y las piernas tantos
puñetazos y patadas le dio por todo el cuerpo, sin dejarle en la
cabeza cabello o hueso encima que machacado no estuviese, nada
valiéndole pedir merced con los brazos en cruz. Buffalmacco y Bruno,
luego de que con los guardianes de la puerta se hubieron reído un
poco, con lento paso comenzaron un poco de lejos a seguir a
Calandrino; y llegados junto a su puerta, sintieron la feroz paliza
que a su mujer le daba, y fingiendo que llegaban entonces, le
llamaron. Calandrino, todo sudado, rojo y cansado, se asomó a la
ventana y les rogó que subiesen donde estaba él. Ellos, mostrándose
un tanto enfadados, subieron arriba y vieron la sala llena de
piedras, y en uno de los rincones a la mujer despeinada, toda lívida
y golpeada en la cara, llorar dolorosamente; y por otra parte
Calandrino, desceñido y jadeante a guisa de hombre cansado, sentado.
Y luego de haber mirado un rato dijeron: -¿Qué es esto, Calandrino?
¿Quieres hacer un muro, que te vemos con tantas piedras? Y además de
esto, añadieron:
-¿Y doña Tessa qué tiene? Parece que le has
pegado; ¿qué novedades son éstas? Calandrino, cansado por el peso de
las piedras y por la rabia con que le había pegado a su mujer, y con
el dolor de la fortuna que le parecía haber perdido, no podía reunir
aliento para pronunciar enteras las palabras de su respuesta; por lo
que, dándole tiempo, Buffalmacco recomenzó: -Calandrino, si estabas
airado por algo, no debías por ello escarnecernos a nosotros; que,
luego de que nos indujiste a buscar contigo la piedra preciosa, sin
decírselo a Dios ni al diablo nos dejaste como a dos cabrones en el
Muñone y te viniste, lo que tenemos por muy gran maldad; pero por
cierto que ésta va a ser la postrera que vas a hacernos.
A estas palabras, Calandrino, esforzándose,
repuso:
-Compañeros, no os enfurezcáis: las cosas
han sido de muy distinto modo del que pensabais. Yo, desventurado,
había encontrado aquella piedra; ¿y queréis saber si digo verdad?
Cuando primeramente os preguntasteis por mí el uno al otro, yo
estaba a menos de diez brazos de vosotros, y viendo que os
acercabais y no me veíais, me fui por delante de vosotros, y
siguiendo un poco por delante siempre me he venido.
Y empezando por un extremo, hasta el final
les contó lo que habían hecho y dicho ellos, y les mostró la espalda
y los calcañares cómo los habían aderezado los guijarros, y luego
siguió: -Y os digo que, entrando por la puerta con todas estas
piedras en el seno que aquí veis, nada me dijeron (que sabéis cuán
desagradables y molestos suelen ser) los guardianes que quieren
mirar todo, y además de esto, he encontrado por la calle a muchos de
mis compadres y amigos, los cuales siempre suelen dirigirme algún
saludo e invitarme a beber, y no hubo ni uno que me dijese media
palabra, como quienes no me veían. Al final, llegando aquí a casa,
este diablo de esta maldita mujer se me puso delante y me vio,
porque, como sabéis, las mujeres hacen perder la virtud a todas las
cosas; de lo que yo, que podía decirme el hombre más venturoso de
Florencia, he quedado el más desventurado: y por ello le he pegado
tanto cuanto he podido mover las manos y no sé qué, me detiene en
cortarle las venas, ¡que maldita sea la hora en que primero la vi y
cuando vino a esta casa!
Y encendiéndose de nuevo en ira, quería
levantarse para volver a pegarle de nuevo. Buffalmacco y Bruno,
oyendo estas cosas, ponían cara de maravillarse mucho y con
frecuencia confirmaban lo que Calandrino decía, y sentían tan
grandes ganas de reír que casi estallaban; pero viéndole furioso
levantarse para pegar otra vez a su mujer, saliendo a su encuentro
lo retuvieron diciéndole que de estas cosas ninguna culpa tenía su
mujer, sino él que sabiendo que las mujeres hacían perder su virtud
a las cosas no le había dicho que se guardase de ponérsele delante
aquel día; de la cual precaución Dios le había privado o porque la
suerte no debía ser suya o porque tenía en el ánimo engañar a sus
compañeros, a los cuales, cuando se dio cuenta de haberla encontrado
debía descubrirla. Y luego de muchas palabras, no sin gran trabajo
reconciliando con él a la doliente mujer, y dejándolo melancólico en
la casa llena de piedras, se fueron.
NOVELA CUARTA
El preboste de Fiésole ama a una mujer
viuda; no es amado por ella y, creyendo acostarse con ella, se
acuesta con una criada suya, y los hermanos de la señora hacen que
su obispo lo descubra .
Había llegado Elisa al fin de su historia,
no sin gran placer de toda la compañía habiéndola contado, cuando la
reina, volviéndose a Emilia, le mostró que quería que ella, después
de Elisa, la suya contase; la cual, prestamente, comenzó así:
Valerosas señoras, cuán solicitadores de
nuestros pensamientos son los curas y los frailes y todo clérigo, en
muchas historias de las contadas recuerdo que se ha demostrado; pero
porque nunca podría hablarse de ello tanto que no quedase mucho más
por decir, yo, además, entiendo contaros una sobre un preboste el
cual, a pesar de todo el mundo, quería que una noble señora viuda le
amase, quisiera ella o no; la cual, como muy sabia, le trató tal
como se merecía.
Como todas vosotras sabéis, Fiésole, cuya
colina podemos desde aquí ver, fue una ciudad antiquísima y grande,
aunque hoy esté toda derruida, y no por ello ha dejado de tener
obispo propio y todavía lo tiene. Allí, cerca de la iglesia mayor,
tenía una noble señora viuda, llamada doña Piccarda, una posesión
con una casa no muy grande; y porque no era la mujer más acomodada
del mundo, allí vivía la mayor parte del año, y con ella dos
hermanos suyos, jóvenes muy de bien y corteses. Ahora, sucedió que
frecuentando esta señora la iglesia mayor y siendo todavía asaz
joven, y hermosa y agradable, se enamoró de ella tan ardientemente
el preboste de la iglesia, que nada más veía aquí ni allí, y luego
de algún tiempo fue tan atrevido que él mismo dijo a esta señora su
deseo, y le rogó que estuviese contenta de su amor y de amarlo como
él la amaba. Era este preboste ya viejo de años pero jovencísimo de
juicio, petulante y altanero, y de sí mismo pensaba todo lo mejor,
con modos y costumbres llenos de afectación y desagrado, y tan
cargante y fastidioso que nadie había que le quisiera bien; y si
alguien le quería poco era esta señora misma, que no solamente no le
quería nada sino que lo odiaba más que a un dolor de cabeza. Por lo
que, como prudente, le repuso:
-Señor, que vos me améis debe serme muy
grato, y yo debo amaros y os amaré de buen grado; pero entre vuestro
amor y el mío ninguna cosa deshonesta debe suceder jamás. Sois mi
padre espiritual y sois sacerdote, y ya os aproximáis mucho a la
vejez, las cuales cosas os deben hacer honesto y casto; y por otra
parte yo no soy una niña a quien estos enamoramientos sienten ya
bien, y soy viuda, que sabéis cuánta honestidad se espera de las
viudas; y por ello, tenedme por excusada, que del modo en que me
requerís no os amaré nunca ni así quiero ser amada por vos.
El preboste, no pudiendo aquella vez sacar
de ella otra cosa, no se dio por desmayado y vencido al primer
golpe, sino que usando de su arrogante osadía la solicitó muchas
veces con cartas y con embajadas, y aun por sí mismo cuando a la
iglesia la veía venir; por lo que, pareciéndole este tábano
demasiado pesado y demasiado enojoso a la señora, pensó en
quitárselo de encima del modo que merecía, puesto que de otro no
podía; pero no quiso hacer cosa alguna que primero no razonase con
sus hermanos. Y habiéndoles dicho lo que el preboste hacía con ella
y también lo que ella entendía hacer, y recibiendo de ellos plena
autorización, de allí a pocos días volvió a la iglesia como
acostumbraba; y en cuanto la vio el preboste, vino a ella, y como
solía hacer, de modo confianzudo entró con ella en conversación. La
señora, viéndole venir y mirando hacia él, le puso alegre gesto, y
retirándose a un lado, habiéndole el preboste dicho muchas palabras
del modo acostumbrado, la señora luego de un gran suspiro dijo:
-Señor, yo he oído muchas veces que no hay ningún castillo tan
fuerte que, siendo combatido todos los días, no llegue a ser tomado
alguna vez; lo que veo muy bien que me ha sucedido a mí. Tanto unas
veces con dulces palabras y otras con bromas y otras con otras cosas
me habéis cercado, que me habéis hecho romper mi propósito; y estoy
dispuesta, puesto que tanto os agrado, a ser vuestra. El preboste,
todo contento, dijo:
-Señora, mucho os lo agradezco y a decir
verdad, me he maravillado mucho de cómo os habéis resistido tanto,
pensando que nunca me ha sucedido esto con ninguna; así he dicho yo
algunas veces que, si las mujeres fuesen de plata no valdrían ningún
dinero porque ninguna resistiría el martillo . Pero dejemos esto:
¿cuándo y dónde podremos estar nosotros juntos? A lo que la señora
repuso:
-Dulce señor mío, cuándo podría ser la hora
que más os agradase porque yo no tengo marido a quien tenga que dar
cuenta de mis noches; pero dónde no sé pensarlo. Dijo el cura:
-¿Cómo no? ¿Y vuestra casa?
Repuso la dama:
-Señor, sabéis que tengo dos hermanos
jóvenes, los cuales de día y de noche vienen a casa con sus
amistades, y mi casa no es muy grande, y por ello no podría ser,
salvo que quisieseis estar allí como si fuerais mudo sin decir
palabra ni resollar, y en la oscuridad, a modo de ciego; si
quisierais hacerlo así se podría, porque ellos no entran en mi
alcoba; pero está la suya tan al lado de la mía que no se puede
decir ni una palabrita tan bajo que no se oiga.
Dijo entonces el preboste:
-Señora, que no quede por ello por una
noche o dos, en tanto yo piense dónde podemos estar en otra parte
con más comodidad.
La señora dijo:
-Señor, esto es cosa vuestra, pero una cosa
os ruego, que esto quede tan secreto que no se sepa nunca una
palabra.
El preboste dijo entonces:
-Señora, no temáis por ello, y si puede
ser, haced que esta noche estemos juntos. -Me place -y dándole
indicaciones de cómo y cuándo venir debía, se fue y se volvió a su
casa. Tenía esta señora una criada, que no era demasiado joven y que
tenía el rostro más feo y más contrahecho que nunca se vio; que
tenía la nariz muy aplastada y la boca torcida y los labios gruesos
y los dientes mal compuestos y grandes, y tiraba a bizca, y nunca
estaba sin los ojos malos, y de un color verde y amarillo que
parecía que no en Fiésole sino en Sinagalia había pasado el verano;
y además de todo esto, era coja y un tanto manca del lado derecho. Y
se llamaba Ciuta, y porque tan lívida cara tenía, por todos era
llamada Ciutazza ; y aunque fuese contrahecha en la figura, era, sin
embargo, bastante maliciosa. A la cual, la señora llamó, y le dijo:
-Ciutazza, si quieres hacerme un servicio
esta noche, te daré una buena camisa nueva. Ciutazza, oyendo mentar
la camisa, dijo:
-Señora, si me dais una camisa, me arrojaré
al fuego, no ya otra cosa. -Pues bien --dijo la señora-, quiero que
esta noche te acuestes con un hombre en mi cama y que lo acaricies,
y guárdate de decir palabra, que no te sientan mis hermanos, que
sabes que duermen al lado; y luego te daré la camisa. Ciutazza dijo:
-Así dormiría yo con seis, no con uno, si
hiciese falta.
Venida pues la noche, el señor preboste
vino, como le había sido fijado; y los dos jóvenes, como la señora
había combinado, estaban en su alcoba y hacían mucho ruido; por lo
que el preboste, silenciosamente y a oscuras entrando en la alcoba
de la señora, se fue a la cama como ella le había dicho, y del otro
lado Ciutazza, bien informada por la señora de lo que tenía que
hacer. El señor preboste, creyendo tener a su señora al lado, se
echó en los brazos de Ciutazza y comenzó a besarla sin decir
palabra, y Ciutazza a él; y comenzó el preboste a solazarse con
ella, tomando posesión de los bienes largamente deseados. Cuando la
señora hubo hecho esto, ordenó a los hermanos que hiciesen el resto
de lo que habían planeado; los cuales, calladamente saliendo de su
alcoba, se fueron a la plaza, y fue su fortuna para lo que querían
hacer más favorable de lo que ellos mismos pedían porque, siendo el
calor grande, el obispo había mandado a buscar a los dos jóvenes
para ir hasta su casa paseando y beber en su compañía. Pero al
verlos venir, diciéndoles su deseo, con ellos se puso en camino; y
entrando en un patiecillo fresco que ellos tenían donde había muchas
luces encendidas, con gran placer estuvo bebiendo un buen vino de
los suyos. Y habiendo bebido dijeron los jóvenes:
-Señor, pues que tanto favor nos habéis
hecho, que os habéis dignado visitar esta nuestra pequeña choza a la
que veníamos a invitaros, queremos que os plazca ver una cosita que
os querríamos mostrar. El obispo repuso que de buena gana; por lo
que uno de los jóvenes, tomando en la mano una pequeña antorcha
encendida y yendo por delante, siguiéndole el obispo y todos los
demás, se enderezó hacia la alcoba donde el señor preboste yacía con
Ciutazza, el cual para llegar pronto se había apresurado a cabalgar
y había, antes de que éstos llegasen allí, cabalgado ya más de tres
millas; por lo que cansado y teniendo a Ciutazza en brazos a pesar
del calor, dormía. Entrando, pues, con luz en la mano el joven en la
alcoba, y el obispo detrás de él y todos los otros, les fue mostrado
el preboste con Ciutazza en brazos. En esto, despertándose el señor
preboste, y viendo la luz y esta gente a su alrededor,
avergonzándose mucho y amedrentado metió la cabeza debajo de las
sábanas; al cual el obispo injurió grandemente y le hizo sacar la
cabeza y ver con quién estaba acostado. El preboste, al ver el
engaño de la señora, tanto por él como por el vituperio que le
parecía ser, súbitamente se sintió el más dolorido hombre que jamás
había existido: y por mandato del obispo, vistiéndose, a sufrir un
gran castigo por el pecado cometido, bien custodiado, tuvo que irse
a su casa. Quiso luego saber el obispo cómo había sucedido aquello
de que aquél hubiese ido a acostarse allí con Ciutazza. Los jóvenes
le contaron ordenadamente todas las cosas; lo que oyendo el obispo,
mucho alabó a la señora, y también a los jóvenes que, sin querer
mancharse las manos con la sangre de un sacerdote, le habían tratado
como merecía. Este pecado se lo hizo el obispo llorar cuarenta días,
pero el amor y la vergüenza le hicieron llorar más de cuarenta y
nueve; sin contar con que, por mucho tiempo después no podía andar
por la calle sin ser señalado con el dedo por los muchachitos, los
cuales decían: -¡Mira al que se acuesta con Ciutazza!
Lo que le dolía tanto que estuvo a punto de
enloquecer; y de tal manera la valerosa señora se quitó de encima el
fastidio del importuno preboste y Ciutazza ganó una camisa.
NOVELA QUINTA
Tres jóvenes le quitan los calzones a un
juez de las Marcas en Florencia, mientras él, estando en el estrado,
administraba justicia.
Había dado Emilia fin a su razonar,
habiendo sido la viuda alabada por todos, cuando la reina, mirando a
Filostrato, dijo:
-A ti te toca ahora narrar.
Por la cual cosa él prestamente repuso que
estaba dispuesto, y comenzó: Deleitosas señoras, el joven a quien
Elisa hace poco nombró, es decir, Maso del Saggio, me hará dejar una
historia que pensaba contar para contar una sobre él y algunos de
sus compañeros, la cual, aunque deshonesta no sea por decirse
palabras en ella que vosotras os avergonzáis de decir, no por ello
deja de ser tan divertida que a pesar de todo la contaré.
Como todas podéis haber oído, a nuestra
ciudad vienen con frecuencia podestás de las Marcas, los cuales son
generalmente hombres de ánimo apocado y de vida tan pobre y
miserable que todas sus acciones no son sino cicaterías, y por su
innata miseria y avaricia traen consigo a jueces y notarios que
parecen hombres más bien arrancados al arado o sacados de las
zapaterías que de las escuelas de leyes. Ahora bien, habiendo venido
uno como podestá, entre los muchos otros jueces que trajo consigo,
trajo a uno que se hacía llamar micer Niccola de San Lepidio, el
cual parecía más bien un cerrajero que otra cosa: y fue puesto éste
entre los demás jueces a oír las cuestiones criminales . Y como con
frecuencia sucede que, aunque los ciudadanos no tengan nada que
hacer en palacio a veces van por allí, sucedió que Maso del Saggio
una mañana, buscando a un amigo suyo allá se fue; y acaeciéndole
mirar a donde micer Niccola estaba sentado, pareciéndole que era un
pajarraco raro, todo él lo iba considerando. Y como le viese el
armiño todo pringoso en la cabeza, y un tintero colgado del cinto, y
más largo el faldellín que la toga y otras muchas cosas todas
inusitadas en un hombre ordenado y bien educado, y además de éstas,
una más notable que ninguna de las otras, a su parecer, le vio, y
fue un par de calzones que, estando él sentado y las ropas, por
estrechez, quedándole abiertas por delante, vio que el fondo de
ellos le llegaba hasta media pierna. Por lo cual, sin quedarse mucho
mirándole, dejando lo que andaba buscando, comenzó una búsqueda
nueva, y encontró a dos de sus compañeros, de los cuales uno tenía
por nombre Ribi y el otro Mateuzzo , hombres los dos no menos
ocurrentes que Maso, y les dijo: -¡Ah, si me queréis bien, venid
conmigo hasta palacio, que quiero mostraros allí el más
extraordinario patán que nunca habéis visto!
Y yéndose con ellos a palacio, les mostró
aquel juez y sus calzones. Éstos, desde lejos comenzaron a reírse de
aquel asunto, y avecinándose a los escaños sobre los que estaba el
señor juez, vieron que muy fácilmente podía andarse bajo aquellos
escaños; y además de ello vieron rota la tabla sobre la cual el
señor juez tenía puestos los pies, tanto que con gran comodidad se
podía meter por ella la mano y el brazo. Y entonces dijo Maso a sus
compañeros:
-Quiero que le quitemos del todo esos
calzones, porque con mucha facilidad se puede. Habían ya los
compañeros visto cómo; por lo que, arreglando entre ellos lo que
tenían que hacer y decir, a la mañana siguiente volvieron allí, y
estando el tribunal muy lleno de hombres, Mateuzzo, sin que nadie lo
advirtiese, entró debajo del banco y se fue derecho bajo el lugar
donde el juez posaba los pies; Maso, por uno de los lados
acercándose al señor juez, lo cogió por la orla de la toga, y
acercándose Ribi del otro lado y haciendo lo mismo, comenzó Maso a
decir:
-Señor, o señores, yo os pido por Dios que
antes de que ese ladroncillo que está ahí al lado se vaya a otra
parte, que le hagáis devolverme un par de borceguíes míos que me ha
birlado y dice que no: y los he visto, no hace todavía un mes, que
les hacía echar suelas nuevas. Ribi, del otro lado, gritaba alto:
-Micer, no le creáis, que es un
bribonzuelo, y porque sabe que he venido a querellarme contra él por
una valija que me ha robado, ha venido ahora mismo a hablar de los
borceguíes que los tengo en casa desde antañazo; y si no me creéis,
puedo poneros por testigo a la verdulera de al lado y a la tripera
Grassa y a uno que va recogiendo la basura de Santa María de
Verzaia, que lo vi cuando volvía del pueblo. Maso, por el otro lado,
no dejaba hablar a Ribi, gritando también; y Ribi gritaba más. Y
mientras el juez estaba de pie y más cerca de ellos para oírles
mejor, Mateuzzo, aprovechando la ocasión, metió la mano por el
agujero de la tabla y cogió los calzones del juez por abajo, y tiró
de ellos fuertemente. Los calzones salieron incontinenti, porque el
juez era flaco y escurrido; el cual, sintiendo lo que pasaba y no
sabiendo qué fuese, queriendo tirar de las ropas hacia adelante y
taparse y sentarse, Maso de un lado y Ribi del otro sin embargo,
sujetándole y gritando fuerte:
-Micer, hacéis mal en no hacerme justicia y
no querer oírme y querer iros a otra parte; ¡de cosa tan pequeña
como ésta es no se levanta acta en esta ciudad! -y tanto con estas
palabras le tiraron de las ropas que cuantos en el tribunal estaban
se apercibieron de que le habían quitado las calzas. Mateuzzo, luego
de que algún tiempo le hubo sujetado, dejándole, se salió fuera y se
fue sin que le viesen. Ribi, pareciéndole haber hecho bastante,
dijo:
-¡Voto a Dios que me resarciré en la
corporación! -y Maso, del otro lado, soltándole la toga, dijo: -No,
pues yo volveré tantas veces hasta que os encuentre menos impedido
que habéis aparecido esta mañana! -y el uno por aquí, el otro por
allá, lo antes que pudieron se fueron. El señor juez, poniéndose los
calzones en presencia de todo el mundo como si se levantase de la
cama, y dándose cuenta entonces de lo que había pasado, preguntó
dónde habían ido aquellos que de los borceguíes y de la valija se
querellaban; pero no encontrándolos, comenzó a jurar por las
entrañas de Cristo que tenía que conocer y saber si era costumbre en
Florencia quitarle los calzones a los jueces cuando se sentaban en
el estrado de justicia. El podestá, por otra parte, habiéndole oído,
armó un gran alboroto; después, habiéndole mostrado sus amigos que
aquello no se lo habían hecho sino para mostrarle que los
florentinos sabían que en lugar de haber llevado jueces había
llevado allí zopencos para que le saliese más barato, por las buenas
se calló y no fue más adelante la cosa aquella vez.
NOVELA SEXTA
Bruno y Buffalmacco le roban un cerdo a
Calandrino; le hacen hacer la prueba de buscarlo con pastas de
jengibre y vino de garnacha y le dan dos de éstas, una tras de la
otra, hechas de boñigas de perro contitadas con áloe, y parece que
él mismo se ha quedado con él, le hacen, además, obsequiarles si no
quiere que a su mujer se lo digan.
No había la historia de Filostrato dado
fin, la cual mucho fue reída, cuando la reina ordenó a Filomena que
seguidamente narrase; la cual comenzó:
Graciosas señoras, como Filostrato fue
llevado a contar la historia que habéis oído por el nombre de Maso,
así ni más ni menos soy llevada yo por el de Calandrino y de sus
compañeros a contar otra de ellos, la cual, tal como creo, os
gustará.
Quién Calandrino, Bruno y Buffalmacco
fueron no necesita seros mostrado por mí, que asaz lo habéis oído
antes; y por ello, pasando más adelante, digo que Calandrino tenía
una pequeña tierra no lejos de Florencia, que había recibido como
dote de su mujer, de la cual, entre las demás cosas que le daba,
sacaba cada año un cerdo; y era su costumbre que siempre en
diciembre se iban allí al pueblo su mujer y él, y lo mataban y lo
hacían salar allí. Ahora bien, sucedió una vez entre las otras que,
no estando la mujer bien de salud, Calandrino se fue solo a hacer la
matanza; la cual cosa oyendo Bruno y Buffalmacco, y sabiendo que su
mujer no iba, se fueron a ver a un cura vecino de Calandrino y
grandísimo amigo suyo, y a estarse con él algunos días. Había
Calandrino, la mañana en que éstos llegaron allí, matado el cerdo, y
viéndolos con el cura los llamó y les dijo:
-Sed bienvenidos; quiero que veáis qué amo
de casa soy.
Y llevándolos a su casa les mostró aquel
cerdo. Vieron ellos que el cerdo era hermosísimo, y le oyeron a
Calandrino que lo iba a poner en salazón para su familia. Y Bruno le
dijo: -¡Ah, qué bruto eres! Véndelo y disfruta los dineros: y a tu
mujer dile que te lo han robado. Calandrino dijo:
-No, no lo creería, y me echaría de casa;
no os empeñéis, que no lo haré nunca. Las palabras fueron muchas
pero de nada sirvieron. Calandrino les invitó a cenar con tal
desgana que no quisieron cenar y se separaron de él. Dijo Bruno a
Buffalmacco: -¿Por qué no le robamos el cerdo esta noche?
Dijo Buffalmacco:
-¿Pues cómo podríamos?
Dijo Bruno:
-El cómo bien lo veo si no lo quita del
sitio donde lo tenía ahora mismo. -Pues -dijo Buffalmacco-
hagámoslo: ¿por qué no vamos a hacerlo? Y luego lo disfrutaremos
aquí junto con el dómine.
El cura dijo que le gustaba mucho la idea.
Dijo entonces Bruno: -Aquí se necesita un poco de arte. Tú sabes,
Buffalmacco, qué avaro es Calandrino y con cuánto gusto bebe cuando
los demás pagan; vamos y llevémoslo a la taberna; allí, que el cura
haga semblante de pagar todo por invitarnos y no le deje pagar nada
a él: se ajumará y luego será muy fácil porque está solo en casa.
Como lo dijo Bruno, así lo hicieron. Calandrino, viendo que el cura
no le dejaba pagar, se dio a la bebida, y bien que no lo necesitase
mucho, se cargó bien; y siendo ya avanzada la noche cuando se fue de
la taberna, sin querer cenar nada se metió en su casa, y creyendo
haber cerrado la puerta, la dejó abierta y se fue a la cama.
Buffalmacco y Bruno se fueron a cenar con el cura y cuando hubieron
cenado, tomando los instrumentos para entrar en casa de Calandrino
por donde Bruno había planeado, se fueron allí calladamente; pero
encontrando la puerta abierta entraron dentro y cogiendo el cerdo, a
casa del cura lo llevaron, y colgándolo, se fueron a dormir.
Calandrino, habiéndosele ido el vino del cuerpo, se levantó por la
mañana y, al bajar, miró y no vio el cerdo, y vio la puerta abierta;
por lo que, preguntando a éste y a aquél si sabían quién le había
quitado el cerdo, y no encontrándolo, comenzó a hacer un gran
alboroto, ¡ay de él!, ¡desdichado de él!, que le habían robado el
cerdo. Bruno y Buffalmacco, levantándose, se fueron hacia Calandrino
para oír lo que decía del cerdo; el cual, al verlos, casi llorando
llamándolos, dijo: -¡Ay de mí, compañeros míos, que me han robado el
cerdo!
Bruno, acercándose, le dijo en voz baja:
-¡Maravilla que hayas sido listo una vez!
-¡Ay! -dijo Calandrino-, que digo la
verdad.
-Dices bien -decía Bruno-, grita fuerte
para que parezca que ha sido así. Calandrino gritaba entonces más
fuerte y decía:
-¡Cuerpo de Cristo, que digo verdad al
decir que me lo han robado! Y Bruno decía: -Dices bien, dices bien;
y hay que decirlo así, grita fuerte, hazte oír bien para que parezca
verdadero. Dijo Calandrino:
-Me harás dar el alma al enemigo; digo que
no me creerás, así no me cuelguen, que me lo han robado. Dijo
entonces Bruno:
-¡Ah!, ¿cómo va a poder ser esto? Yo lo he
visto ayer, ¿quieres hacerme creer que te lo han robado? Dijo
Calandrino:
-Es tal como te digo.
-¡Ah! -dijo Bruno-, ¿es posible?
-Ciertamente -dijo Calandrino-, es así; por
lo que estoy perdido y no se como voy a volver a casa; la parienta
no me creerá, y si me cree, no tendré paz con ella en todo el año.
Dijo entonces Bruno:
-Así me ayude Dios, eso está mal si es
verdad; pero sabes, Calandrino, que ayer te enseñé yo a decir eso;
no querría que tú en el mismo punto te burlases de tu parienta y de
nosotros. Calandrino comenzó a gritar y a decir:
-¡Ah!, ¿por qué me hacéis desesperar y
blasfemar contra Dios y los santos y todo lo que existe? Os digo que
esta noche me han robado el cerdo.
Dijo entonces Buffalmacco:
-Si es así, se debe ver el modo, si
podemos, de recuperarlo. -¿Y qué modo -dijo Calandrino- podremos
encontrar?
Dijo entonces Buffalmacco:
-Por cierto que no ha venido de la India
nadie a quitarte el cerdo; alguno de estos vecinos tuyos debe haber
sido, y por ello, si los pudieses reunir, yo sé hacer la prueba del
pan y el queso , y veremos de un golpe quién lo ha robado.
-¡Sí -dijo Bruno-, mucho vas a hacerle con
pan y con queso a ciertos caballerazos que tenemos alrededor!, que
estoy seguro de que alguno de ellos lo ha cogido, y se daría cuenta
del caso y no querría venir.
-¿Qué vamos a hacer, entonces? -dijo
Buffalmacco.
Repuso Bruno:
-Habría que hacerse con buenas pastas de
jengibre y con buen vino dulce e invitarlos a beber; no pensarían
que era por eso y vendrían; y lo mismo pueden bendecirse las pastas
de jengibre que el pan y el queso.
Dijo Buffalmacco:
-Por cierto dices verdad; y tú, Calandrino,
¿qué dices?, ¿lo hacemos? Dijo Calandrino:
-Os lo ruego por el amor de Dios; que, si
yo supiese quién se lo ha llevado me parecería sentirme medio
consolado.
-Pues venga -dijo Bruno-, estoy listo para
ir hasta Florencia a por esas cosas para ayudarte, si me das los
dineros.
Tenía Calandrino unos cuarenta sueldos, que
le dio. Bruno, yéndose a Florencia a ver a un amigo suyo boticario,
compró una libra de buenas pastas e hizo hacer dos de estiércol de
perro que hizo confitar con áloe recién exprimido ; después, las
hizo rebozar en azúcar como estaban las otras, y para no
equivocarlas ni cambiarlas les hizo poner cierta señalecita por la
cual muy bien las conocía; y comprando un frasco de buen vino dulce,
se volvió al pueblo con Calandrino, y le dijo: -Hace falta que
mañana por la mañana invites a beber contigo a todos aquellos de
quienes sospeches: es fiesta y todos vendrán de buen grado, y yo
esta noche, junto con Buffalmacco, haré el encantamiento sobre las
pastas y te las traeré mañana por la mañana a casa, y por tu amor yo
mismo se las daré, y haré y diré lo que haya que decir y que hacer.
Calandrino lo hizo así. Reunida, pues, una
buena compañía entre jóvenes florentinos que estaban en el pueblo y
labradores, al venir la mañana, junto a la iglesia y alrededor del
olmo, Bruno y Buffalmacco vinieron con una caja de pastas y con el
frasco de vino, y haciéndoles poner en corro, dijo Bruno: -Señores,
me es necesario decir la razón por la que estáis aquí para que, si
algo sucediese que no os agradase, no tengáis que quejaros de mí. A
Calandrino, que aquí está, le quitaron ayer noche su hermoso cerdo y
no puede encontrar quién se lo haya cogido; y porque otro distinto
de quienes estamos aquí no se lo habrá podido quitar, él, para
encontrar quién lo haya cogido os da a tomar estas pastas, una para
cada uno, y de beber; y desde ahora sabed que quien haya cogido el
cerdo no podrá tragar la pasta sino que le parecerá más amarga que
el veneno y la escupirá; y para ello, a fin de que esta vergüenza no
le suceda en presencia de tantos, es tal vez mejor que aquel que lo
hubiese cogido lo diga al sire en confesión, y yo me abstendré de
este asunto.
Todos los que allí había dijeron que
querían comer de buen grado; por lo que Bruno, poniéndolos en fila y
puesto a Calandrino entre ellos, comenzando en uno de los extremos
comenzó a dar a cada uno la suya; y al estar junto a Calandrino,
tomando una de las perrunas, se la puso en la mano. Calandrino
prestamente se la echó a la boca y comenzó a masticar, pero tan
pronto como la lengua notó el áloe, Calandrino, no pudiendo soportar
el amargor, la escupió. Allí todos se miraban la cara el uno al
otro, para ver quién escupía la suya; y no habiendo todavía Bruno
terminado de darlas no haciendo semblante de enterarse de aquello,
oyó decir a sus espaldas
-Vamos, Calandrino, ¿qué quiere decir esto?
Por lo que, prestamente volviéndose, y
viendo que Calandrino había escupido la suya, dijo: -Espérate, tal
vez alguna otra cosa se la hizo escupir: ten otra. Y tomando la
segunda, se la puso en la boca y proveyó a dar las otras que tenía
que dar. Calandrino, si la primera le había parecido amarga, ésta le
pareció amarguísima; pero, sin embargo, avergonzándose de escupirla,
masticándola, un tanto la tuvo en la boca, y teniéndola comenzó a
arrojar lágrimas que parecían nueces, tan gruesas eran; y por
último, no pudiendo resistir más, la arrojó fuera como lo había
hecho con la primera. Buffalmacco servía de beber a la compañía y a
Bruno; los cuales, juntos con los demás al ver esto, todos dijeron
que por cierto Calandrino se había quitado el cerdo a él mismo, y
hubo muchos de ellos que ásperamente le reprendieron. Pero, luego
que se hubieron ido, quedándose Bruno y Buffalmacco con Calandrino,
le comenzó a decir Buffalmacco:
-He estado siempre seguro de que tú mismo
lo habías robado y que nos querías mostrar que te lo habían robado
para no darnos de beber ni una vez con los dineros que habías
sacado. Calandrino, que todavía no había escupido el amargor del
áloe, comenzó a jurar que él no lo había robado.
Dijo Buffalmacco:
-¿Pero cuánto sacaste, socio?, dímelo de
buena fe, ¿sacaste seis? Calandrino, al oír esto comenzó a
desesperarse; a quien Bruno dijo: -Oye bien, Calandrino, que en la
compañía hubo quien comió y bebió con nosotros y me dijo que tenías
no sé dónde una jovencita que tenías a tu disposición, y le dabas lo
que podías reunir, y que él estaba seguro de que le habías mandado
el tal cerdo, tan buen burlador has aprendido a ser. Tú nos llevaste
una vez por el Muñone abajo recogiendo piedras negras, y cuando nos
hubiste embarcado te volviste, luego nos querías hacer creer que lo
habías encontrado; y ahora semejantemente te crees que con tus
juramentos nos haces creer igual que el cerdo, que has regalado o
has vendido, te lo han robado. Ya estamos acostumbrados a tus burlas
y las conocemos; no podrías gastarnos más: y por ello, para decir
verdad, nos hemos pasado el trabajo de hacer el encantamiento,
porque queremos que nos des dos pares de capones y, si no, se lo
diremos todo a doña Tessa.
Calandrino, viendo que no era creído,
pareciéndole haber tenido ya bastante sufrimiento, no queriendo
además el acaloramiento de su mujer, les dio dos pares de capones. Y
ellos, habiendo salado el cerdo, se lo llevaron a Florencia, dejando
a Calandrino cornudo y apaleado.
NOVELA SÉPTIMA
Un escolar ama a una señora viuda, la cual,
enamorada de otro, una noche de invierno le hace sentarse sobre la
nieve esperándola, a la cual él, después, por consejo suyo, todo un
día de mediados de julio hace estar desnuda sobre una torre expuesta
a las moscas y a los tábanos y al sol
Mucho se habían reído las señoras del
desdichado de Calandrino, y más se hubieran reído todavía si no
hubiesen sentido enojo de ver que también le quitaban los capones
los mismos que le habían quitado el cerdo. Pero luego que llegó el
fin, la reina ordenó a Pampínea que contase la suya; y ella
prestamente, así comenzó:
Carísimas señoras, muchas veces sucede que
las artimañas son con artimañas vengadas, y por ello es de poco
juicio el deleitarse en escarnecer a otros. Nosotros nos hemos reído
mucho (con muchas historietas contadas de las burlas que han sido
hechas, de las cuales ninguna venganza que se haya tomado se ha
contado; pero yo entiendo haceros sentir alguna compasión por la
justa retribución hecha a una conciudadana nuestra, a la cual su
burla, al ser burlada, casi con la muerte le recayó sobre la cabeza;
y oírlo no os dejará de ser útil porque así mejor os guardaréis de
burlaros de otro y mostraréis buen juicio. No han pasado todavía
muchos años desde que hubo en Florencia una joven hermosa de cuerpo
y altanera de ánimo y de linaje muy noble y en los bienes de la
fortuna convenientemente abundante, y llamada Elena; la cual,
habiendo quedado viuda de su marido nunca más quiso casarse,
habiéndose enamorado de ella, a elección suya, un joven apuesto y
cortés; y de cualquiera otra preocupación olvidada, con la ayuda de
una criada suya de quien se fiaba mucho, muchas veces con él, con
maravilloso deleite se daba buena vida. Sucedió en este tiempo que
un joven llamado Rinieri, hombre noble de nuestra ciudad, habiendo
largamente estudiado en París no para luego vender su ciencia a
granel como muchos hacen, sino para saber la razón de las cosas y
sus motivos (lo que óptimamente sienta a un noble) volvió de París a
Florencia; y allí, muy honrado tanto por su nobleza como por su
ciencia, señorilmente vivía. Pero como sucede muchas veces que
quienes más entendimiento de las cosas profundas tienen más
fácilmente se dejan uncir por el amor, le sucedió a este Rinieri: al
cual, habiendo ido él un día por vía de entretenimiento a una
fiesta, delante de los ojos se le puso esta Elena, vestida de negro
como van nuestras viudas, llena de tanta hermosura a su juicio, y de
tanta amabilidad como ninguna otra le había parecido ver; y estimó
para sí que podría llamarse feliz a quien Dios le hiciese la gracia
de poder tenerla desnuda en los brazos. Y una vez y otra mirándola
cautamente, y conociendo que las cosas grandes y preciosas no se
pueden conseguir sin trabajo, decidió poner todo su esfuerzo y toda
su solicitud en agradarle, para que agradándole consiguiese su amor,
y por ello poder tomar posesión de ella. La joven señora, que no
tenía los ojos puestos en el infierno sino que, teniéndose en tanto
y más de lo que era, moviéndolos con arte miraba alrededor y
prestamente conocía a quien con deleite la miraba, apercibiéndose de
Rinieri, riéndose para sí misma, dijo: -No habré venido hoy aquí en
vano que, si no me equivoco, he cogido a un pavo por la nariz. Y
comenzando a mirarle alguna vez con el rabillo del ojo, cuanto
podía, se ingeniaba en demostrarle que se ocupaba de él, o pensando
por otra parte que cuanto más atrajese y prendiese con sus encantos,
tanto era su hermosura de mayor precio, y máximamente para quien
ella junto con su amor la había entregado. El sabio escolar, dejando
aparte los pensamientos filosóficos, todo el ánimo volvió a ella; y
creyendo que le agradaba, aprendiendo cuál era su casa, comenzó a
pasar delante de ella, con varias razones excusando aquellas idas.
Al cual, la señora, por la razón ya dicha vanagloriándose de
aquello, mostraba verlo de muy buena gana; por la cual cosa el
escolar, encontrando la manera, se aproximó a su criada y le
descubrió su amor, rogándole que con su señora obrase de tal manera
que él pudiese obtener su gracia. La criada prometió mucho y a su
señora lo contó, la cual, con la mayor risa del mundo lo escuchó y
dijo: -¿Has visto dónde éste ha venido a perder el seso que ha
conseguido en París? Pues vamos, digámosle lo que va buscando. Le
dirás, cuando sea que te hable otra vez, que yo le amo mucho más de
lo que él me ama; pero que debo guardar mi honra para junto a las
otras damas poder llevar la frente alta; por lo que él, si es tan
sabio como dice, debe amarme más.
¡Ay desdichada, desdichada! No sabía ella,
señoras mías, lo que es ponerse a provocar a los escolares. La
criada al encontrarlo, hizo lo que su señora le había ordenado. El
escolar, contento, procedió a ruegos más calurosos y a escribir
cartas y a mandar regalos, y todo era aceptado, pero en recompensa
no venían respuestas sino vagas; y de esta guisa lo tuvo mucho
tiempo dándole largas. Por último, habiendo ella descubierto todo a
su amante y habiéndose él enojado con ella alguna vez y sentido
algunos celos, para mostrarle que equivocadamente sospechaba de
ella, solicitándola mucho el escolar, le envió a su criada, la cual
de su parte le dijo que ella no había tenido ocasión nunca de hacer
nada que a él le agradase, después de que le había asegurado de su
amor, pero que, para la fiesta de Navidad que se acercaba, esperaba
poder estar con él; y que por ello la noche siguiente a la fiesta,
si él quería, viniese a su patio, donde ella a buscarle, lo antes
que pudiera, iría.
El escolar, más contento que ningún otro
hombre, a la hora ordenada se fue a casa de la señora, y llevado por
la criada a un patio y encerrándole dentro, allí comenzó a esperar a
la señora. La señora, habiendo aquella noche hecho venir a su amante
y habiendo cenado alegremente con él, lo que entendía hacer aquella
noche le contó, añadiendo:
-Y podrás ver cuánto y cuál es el amor que
le tengo y he tenido a aquel de quien neciamente has tenido celos.
Estas palabras las escuchó el amante con
gran contento de ánimo, deseoso de ver con obras lo que la señora
con palabras le daba a entender. Y había por acaso el día anterior a
aquél nevado mucho, y todo estaba cubierto de nieve; por la cual
cosa, el escolar había poco estado en el patio cuando empezó a
sentir más frío del que habría querido; pero esperando calentarse,
lo soportaba pacientemente. La señora a su amante dijo después de un
rato:
-Vamos a la alcoba y desde una ventanilla
miremos lo que hace ese de quien has sentido celos, y lo que le
contestará a la criada, que he mandado a hablar con él. Se fueron,
pues, a una ventanilla y viendo sin ser vistos, oyeron a la criada
hablar con el escolar y decir:
-Rinieri, mi señora es la mujer más
afligida que nunca ha habido, porque esta noche ha venido uno de sus
hermanos y ha estado mucho rato halando con ella, y luego quiso
cenar con ella y todavía no se ha ido, pero creo que se irá pronto;
y por ello no ha podido venir ella todavía, pero ya vendrá pronto;
te ruega que no te enoje el esperar.
El escolar, creyendo que era verdad,
repuso:
-Di a mi señora que no se ocupe nada en mí
hasta que pueda cuando le sea oportuno venir a por mí, pero que lo
haga lo antes que pueda.
La criada, volviéndose dentro, se fue a
dormir.
La señora, entonces, dijo a su amante:
-Bien, ¿qué dices?, ¿crees que yo, si le
quisiera como tú temes, iba a sufrir que estuviera allí abajo
congelándose?
Y esto dicho, con su amante, que ya en
parte estaba contento, se fue a la cama, y grandísimo rato
estuvieron gozando y disfrutando, riéndose del mísero escolar y
burlándose de él. El escolar, dando vueltas por el patio, se movía
para calentarse y no tenía dónde sentarse ni en dónde refugiarse del
sereno, y maldecía el largo entretenimiento del hermano con la
señora, y todo lo que oía creía que sería una puerta que la señora
abría, pero en vano esperaba. Ésta, por fin, cerca de la medianoche,
solazándose con su amante, le dijo:
-¿Qué piensas, alma mía, de nuestro
escolar? ¿Qué te parece mayor, su sabiduría o el amor que yo le
tengo?, ¿hará el frío que le estoy haciendo pasar salirle del pecho
lo que con mis palabras le entró en él el otro día?
El amante repuso:
-Corazón mío, sí, bien conozco que así como
tú eres mi bien y mi reposo y mi deleite y toda mi esperanza, así
soy yo los tuyos.
-Pues -decía la señora- bésame mil veces
para ver si dices la verdad. Por la cual cosa el amante, abrazándola
apretadamente, no mil sino cien mil veces la besaba; y luego de que
en tal razonar estuvieron algún tanto, dijo la señora: -¡Ah!,
levantémonos un poco y vayamos a ver si se ha apagado el fuego en el
cual este raro amante mío cada día me escribía que estaba ardiendo.
Y levantándose, a la ventanilla
acostumbrada fueron; y mirando al patio vieron al escolar bailando
una tarantela al tocar de un castañetear de dientes, que por el
demasiado frío era tan salteada y rápida que nunca habían visto cosa
igual. Entonces dijo la señora:
-¿Qué dices, mi dulce esperanza?, ¿te
parece que sé hacer bailar a los hombres sin música de trompetas y
cornamusas?
A quien el amante respondió:
-Deleite mío, sí.
Dijo la señora:
-Quiero que vayamos abajo hasta la puerta,
tú te estarás callado y yo le hablaré y oiremos lo que dice, y puede
que no nos divirtamos menos que de verlo.
Y abriendo la alcoba silenciosamente
bajaron a la puerta, Y allí, sin abrirla, la señora en voz baja, por
un agujerito que allí había le llamó. El escolar, al oírse llamar,
alabó a Dios, creyendo demasiado pronto que iba a entrar dentro, y
acercándose a la puerta, dijo:
-Aquí estoy, señora; abrid por Dios, que me
muero de frío. La señora dijo:
-¡Ah, sí, que ya sé que eres friolero! y
también que el frío es muy grande porque ha caído un poco de nieve.
Bien sé yo que en París las hay mucho mayores. No puedo abrirte
todavía porque este maldito hermano mío, que ayer por la noche vino
a cenar conmigo, no se va todavía; pero se irá pronto, y vendré
incontinenti a abrirte. Acabo de separarme de él con mucho trabajo
para venir a consolarte y que la espera no te enoje.
Dijo el escolar:
-¡Ah, señora!, os ruego, por Dios que me
abráis, para que pueda estar ahí adentro al abrigo, porque hace un
poco ha empezado a caer la nevada más espesa del mundo, y todavía
nieva; y yo os esperaré ahí cuanto queráis.
Dijo la señora:
-¡Ay, dulce bien mío, que no puedo, que
esta puerta hace tanto ruido cuando se abre que fácilmente la oiría
mi hermano si la abriese!, pero quiero ir a decirle que se vaya para
que pueda yo volver a abrirte. Dijo el escolar:
-Pues andad pronto, y os ruego que hagáis
encender un buen fuego para que, en cuanto entre, pueda calentarme,
que he cogido tanto frío que apenas me siento. Dijo la señora:
-No puede ser eso, si es verdad lo que me
has escrito muchas veces de que ardes todo por mi amor; pero estoy
segura de que te burlas de mí. Ahora vengo; espérame y ten ánimo. El
amante, que oía todo, se divertía mucho, volviendo a la cama con
ella, poco aquella noche durmieron sino que casi toda la consumieron
en sus placeres y en burlarse del escolar. El desdichado escolar,
convertido en cigüeña por el fuerte castañeteo de dientes que tenía,
dándose cuenta que se burlaban de él, muchas veces trató de abrir la
puerta y miró a ver si por algún otro sitio podía salir; y no viendo
cómo, como un león enjaulado maldecía el mal tiempo, la maldad de la
mujer y la duración de la noche junto con su propia simpleza; y muy
enfurecido contra ella, el largo y ferviente amor que le tenía
súbitamente cambió en crudo y amargo odio, y pensaba muchas y
grandes cosas con las que tomar venganza, la cual ahora mucho más
deseaba que antes había deseado estar con la mujer. Pero la noche,
luego de mucha y larga espera, se aproximó al día y comenzó a
aparecer el alba; por la cual cosa la criada, advertida por la
señora, bajando, abrió el patio, y mostrando sentir compasión por él
le dijo: -¡Malaventura pueda tener el que vino anoche!, toda la
noche te ha tenido en vilo y ha hecho que te congeles: ¿pero sabes?,
llévalo con calma, que lo que esta noche no ha podido ser otra vez
será; bien sé que nada podría haber sucedido que tanto hubiese
desagradado a mi señora. El escolar, airado como sabio que conocía
que de nada sirven las amenazas sino para armar al amenazado,
encerró en su pecho lo que su destemplada ira trataba de echar
fuera, y en voz tranquila, sin mostrarse nada enojado, dijo:
-En verdad que he pasado la peor noche que
he tenido nunca, pero bien he visto que de ello la señora no tiene
ninguna culpa, porque ella misma, compadecida de mí, vino hasta aquí
abajo a excusarse y a consolarme; y como dices, lo que esta noche no
ha sido otra noche será; encomiéndame a ella y quédate con Dios.
Y casi por completo entumecido, como pudo
se volvió a su casa; donde, estando cansado y muerto de sueño, sobre
la cama se echó a dormir y se despertó casi por completo impedido de
brazos y piernas; por lo que, mandando por un médico y contándole el
frío que había pasado, a su salud hizo proveer. Los médicos, con
grandísimas y rápidas curas ayudándolo, poco tiempo después pudieron
curarle los nervios y hacer de tal manera que se distendiesen; y si
no hubiese sido porque era joven y porque llegaba el buen tiempo,
mucho habría tenido que soportar; pero de nuevo sano y fresco,
guardando dentro de sí su odio, se mostraba mucho más que nunca
enamorado de su viuda. Ahora, sucedió después de cierto tiempo, que
la fortuna le proporcionó ocasión de poder satisfacer su deseo al
escolar. Porque habiéndose el joven amado por la viuda (sin tener
ninguna consideración al amor que ésta le tenía) enamorado de otra
mujer, y no queriendo ni poco ni mucho decir ni hacer nada que fuese
de su agrado, ella en lágrimas y amargura se consumía; pero su
criada, que gran lástima sentía por ella, no encontrando modo de
apartar a su señora del dolor sentido por el perdido amante, viendo
al escolar que del modo acostumbrado pasaba por el barrio, dio en un
necio pensamiento, y fue que se podría obligar al amante de su
señora a amarla como antes hacía con alguna operación nigromántica y
que en ello el escolar debía ser gran maestro; y se lo dijo a su
señora. La señora, poco discreta, sin pensar en que, si el escolar
hubiese sabido de nigromancia la habría usado en su propio provecho,
dio oídos a las palabras de su criada y prontamente le dijo que le
preguntase si quería hacerlo y con seguridad le prometiese que, en
recompensa, ella haría todo lo que él quisiera. La criada hizo la
embajada bien y diligentemente; y oyéndola el escolar, todo contento
dijo: -Alabado seas, Dios mío; ha llegado el momento en que con tu
ayuda podré castigar a esa malvada mujer por las injurias que me ha
hecho en re compensa del gran amor que le tenía. Y dijo a la criada:
-Dirás a mi señora que no sufra por eso,
que si su amante estuviera en la India se lo haría yo venir
prestamente a pedirle gracia de lo que contra su gusto hubiera
hecho; pero lo que tiene que hacer entiendo decírselo a ella cuándo
y dónde más le plazca, y díselo así y confórtala de mi parte. La
criada dio la respuesta y se arregló de manera que se viesen los dos
en Santa Lucía del Prado. Viniendo allí la señora y el escolar, y
hablando ellos dos solos, no acordándose ella de que casi lo había
llevado a él a la muerte, le contó abiertamente todas sus cosas y lo
que deseaba, y se lo rogó por su salvación; y el escolar le dijo:
-Señora, es verdad que entre las demás
cosas que yo aprendí en París estuvo la nigromancia, de la que por
cierto sé bien lo que es; pero porque ofende a Dios muchísimo, había
jurado nunca ponerla en obra ni para mí ni para otros. Pero es
verdad que el amor que os tengo es tan fuerte que no sé cómo pueda
negarme a nada que queráis que haga; y por ello, aunque por ello
deba ir a la casa del diablo, estoy dispuesto a hacerlo puesto que
os place. Pero os recuerdo que es cosa más molesta de hacer de lo
que por ventura pensáis, y máximamente cuando una mujer quiere
recuperar el amor de un hombre o un hombre el de una mujer, porque
esto no puede hacerlo sino la misma persona a quien le interesa, y
para hacerlo hace falta que quien lo haga sea de ánimo valiente
porque hay que hacerlo de noche y en lugares solitarios y sin
compañía, las cuales cosas no sé si estáis dispuesta a hacerlas. A
quien la señora, más enamorada que prudente, repuso:
-Amor me espolea de tal manera que no hay
ninguna cosa que no hiciese por recuperar a aquel que me ha
abandonado sin deberlo; pero, si te place, dime en qué tengo que ser
valiente. El escolar, que con mal pelo tenía la cola marcada, dijo:
-Señora, tendré que hacer yo una imagen de
estaño en nombre de aquel a quien deseáis recuperar, la cual cuando
os la haya enviado, vos, cuando esté la luna menguante, debéis
bañaros con ella siete veces en un río de aguas corrientes,
completamente desnuda y sola a la hora del primer sueño, y después,
estando así desnuda, tenéis que subiros a un árbol o en lo alto de
alguna casa deshabitada: y mirando hacia el norte con la imagen en
la mano, siete veces diréis algunas palabras que os daré escritas, y
cuando las hayáis dicho, vendrán hacia vos dos damiselas de las más
hermosas que nunca hayáis visto, y os saludarán y placenteramente os
preguntarán lo que queréis que hagan. A éstas debéis decirles bien y
plenamente vuestros deseos; y guardaos de que digáis una cosa por
otra; y cuando lo hayáis dicho, ellas se irán y vos podréis bajar al
lugar donde hayáis dejado vuestras ropas y vestiros y volver a casa.
Y tened por cierto que no estará mediada la noche siguiente cuando
vuestro amante, llorando, vendrá a pediros gracia y perdón; y sabed
que desde aquel momento en adelante no os dejará nunca por ninguna
otra. La señora, oyendo estas cosas y prestándoles completa fe,
pareciéndole que a su amante tenía ya en los brazos, ya medio
contenta, dijo:
-No os preocupéis, que estas cosas muy bien
las haré; y para ello tengo la mayor comodidad del mundo, que tengo
una tierra hacia el Valdarno de arriba, que está bastante cerca del
río, y ya estamos casi en julio, que será agradable bañarse. Y
también me acuerdo que no lejos del río hay una torrecilla
deshabitada salvo que, por algunas escalas de palos de castaño que
hay allí, suben de vez en cuando los pastores a un terrado que
tiene, para ver si descubren desde allí a sus animales extraviados,
lugar muy solitario y a trasmano al cual yo subiré, y allí lo mejor
del mundo espero hacer lo que mandéis. El escolar, que muy bien
conocía el lugar de la señora y la torrecilla, contento de
cerciorarse de su intención, dijo:
-Señora, yo no he estado nunca en esas
comarcas, y por ello no conozco la tierra ni la torrecilla; pero si
es tal como decís no puede haber nada mejor en el mundo; y por ello,
cuando sea oportuno os mandaré la imagen y la oración; pero mucho os
ruego que, cuando hayáis satisfecho vuestro deseo y veáis que os he
servido bien, que os acordéis de cumplir la promesa que me habéis
hecho. A quien la señora le contestó que lo haría sin falta; y
tomando licencia de él se volvió a su casa. El escolar, alegre de
que su plan parecía que iba a llevarse a efecto, hizo una imagen con
sus caracterísmos y escribió un invento suyo en lugar de una
oración; y cuando le pareció oportuno la mandó a la señora, y le
mandó a decir que a la noche siguiente sin más dilación debía hacer
lo que le había dicho; y luego, secretamente, con un criado suyo se
fue a casa de un amigo que muy cerca vivía de la torrecilla, para
poder llevar a cabo su proyecto. La señora, por otra parte, con su
criada se puso en camino; y al llegar la noche, fingiendo que se iba
a la cama, mandó a la criada a dormir, y a la hora del primer sueño,
de casa calladamente saliendo, se fue a la torrecilla junto a la
ribera del Arno, y mirando mucho a su alrededor, no viendo ni
sintiendo a nadie, despojándose de sus ropas y escondiéndolas bajo
unas malezas, siete veces se bañó con la imagen y luego, desnuda,
con la imagen en la mano hacia la torrecilla se fue. El escolar, que
a la caída de la noche, con su criado entre los sauces y los demás
árboles cerca de la torrecilla se había escondido y había visto
todas aquellas cosas pasándole ella al lado así desnuda, y viéndola
con la blancura de su cuerpo vencer las tinieblas de la noche, y
mirándole luego el pecho y las otras partes del cuerpo, y viéndolas
hermosas y pensando cómo iban a estar en poco tiempo, sintió alguna
lástima de ella; y por otra parte, el aguijón de la carne le asaltó
súbitamente e hizo levantarse a quien estaba echado, y lo animaba a
salir del escondite e ir a ella y hacer su gusto; y estuvo a punto
de ser vencido por la una y el otro. Pero acordándose de quién era
él y cuál fuese la ofensa recibida y por qué y de quién y
encendiéndose por ello nuevamente en odio, echando de sí la
compasión y el carnal apetito, mantuvo firme su propósito y la dejó
ir. La señora, subiendo a la torre y vuelta hacia el norte, comenzó
a decir las palabras que el escolar le había dado; el cual poco
después, entrando en la torrecilla, silenciosamente y poco a poco
quitó la escala por la que se subía al terrado donde la señora
estaba, y luego esperó a ver qué decía y hacía ella. La señora,
siete veces dichas sus oraciones, comenzó a esperar a las dos
damiselas y tan larga fue la espera que, sin contar con que sentía
mucho más fresco del que habría querido, vio aparecer la aurora; por
lo que, triste de que no hubiese sucedido lo que el escolar había
dicho, se dijo: «Temo que éste haya querido darme una noche como la
que yo le di a él; pero si por ello me ha hecho esto mal ha sabido
vengarse porque no ha sido ni la tercera parte de larga de lo que
fue la suya; sin contar con que el frío fue de otra clase».
Y para que el día no la cogiese allí, fue a
bajar de la torre, pero se encontró con que la escala no estaba
allí. Entonces, casi como si el mundo bajo los pies le hubiese
fallado, le desapareció el valor; y, vencida, cayó sobre la tierra
apisonada de la torre. Y luego de que le volvieron las fuerzas,
míseramente comenzó a llorar y a quejarse, y demasiado bien
conociendo que aquello tenía que ser obra del escolar, comenzó a
apesadumbrarse de haber ofendido al prójimo, y luego de haberse
fiado demasiado de aquel a quien merecidamente debía tener por
enemigo: y en eso pasó larguísimo tiempo. Luego, mirando si había
alguna manera de bajar y no viéndola, recomenzó el llanto Y dio en
un amargo pensamiento, diciéndose a sí misma:
«Oh, desventurada, ¿qué dirán tus hermanos,
tus parientes y vecinos y en general todos los florentinos cuando
sepan que has sido encontrada desnuda? Tu honestidad, está contenta,
se verá que era falsa; y si a estas cosas quisieras encontrar
excusas mentirosas (que las habría), el maldito escolar, que sabe
todos tus asuntos, no te dejará mentir. ¡Ay, mísera de ti, que en
una hora habrás perdido al mal amado joven y tu honor!»
Y luego de esto sintió tanto dolor que casi
estuvo por arrojarse desde la torre a tierra; pero habiendo ya
salido el sol y acercándose ella un poco más a una de las partes del
muro, mirando a ver si algún muchacho por allí con sus animales se
acercase a quien pudiera ella mandar por su criada, sucedió que el
escolar, habiendo dormido un poco junto a unas matas, al despertar
la vio, y ella a él; a la cual el escolar dijo: -Buenos días,
señora, ¿han venido ya las damiselas?
La señora, viéndolo y oyéndolo, volvió a
llorar fuertemente y le rogó que viniese junto a la torre para que
pudiera ella hablarle. El escolar fue en esto muy cortés. La señora,
echándose bocabajo sobre el terrado, sólo asomó la cabeza a su
repecho, y llorando dijo: -Rinieri, si yo te di una mala noche,
puedes estar seguro de haberte vengado bien, porque aunque estemos
en julio, estando desnuda me he creído yo congelar esta noche; sin
contar con que he llorado tanto el engaño que te hice y mi necedad
en creerte que es maravilla que los ojos no se me hayan caído de la
cara. Y por ello te ruego, no por amor a mí, a quien no debes amar,
sino por amor tuyo, que eres noble, que te contente, en venganza de
la injuria que yo te hice, lo que hasta este punto me has hecho, y
haz que me den mis ropas y que pueda bajar de aquí, y no quieras
quitarme lo que después, aunque quisieras, no podrías devolverme, es
decir, mi honra; que, si aquella noche te privé de estar conmigo,
siempre que te sea grato puedo devolverte ciento por una. Bástete,
pues, esto y como hombre valeroso ten por bastante haberte podido
vengar y habérmelo hecho conocer; no quieras probar tus fuerzas con
las de una mujer: ninguna gloria es para un águila haber vencido a
una paloma; así pues, por el amor de Dios y por tu honor,
compadécete de mí.
El escolar, con duro ánimo pensando en la
injuria recibida y viéndola llorar y rogarle, a la vez sentía placer
y desagrado en el ánimo: placer por la venganza que más que ninguna
otra cosa deseado había, y desagrado sentía al moverlo su humanidad
a compadecer la miseria. Pero no pudiendo su humanidad vencer a la
fiereza de su apetito, repuso:
-Doña Elena, si mis ruegos, que en verdad
no supe bañar en lágrimas ni hacerlos melosos como tú sabes hacer
los tuyos, me hubiesen impetrado, la noche que en tu patio lleno de
nieve me moría de frío, haber sido puesto por ti un poco al abrigo,
fácil cosa me sería ahora complacer los tuyos; pero si tanto más que
en el pasado te ocupas ahora de tu honor, y te es tan duro el estar
así desnuda, eleva estas súplicas a aquel en cuyos brazos no te
enojó estar desnuda aquella noche que bien recuerdas, sintiendo cómo
yo andaba por tu patio castañeteando los dientes y pataleando la
nieve, y hazte ayudar por él, hazte por él traer tus ropas, pídele a
él la escala por donde bajes, pon en él el cuidado de tu honor,
aquel por quien ahora y otras mil veces no has dudado en ponerlo en
peligro. ¿Cómo no lo llamas que venga a ayudarte? ¿Y a quién le
corresponde más que a él? Eres suya: ¿y qué cosas guardará o cuidará
si no te guarda y te ayuda a ti? Llámalo, estúpida, y prueba si el
amor que le tienes y tu sabiduría junto con la suya pueden librarte
de mi necedad; la cual, solazándote con él le preguntaste qué le
parecía mayor si mi necedad o el amor que le tenías. Y no me hagas
ahora cortesía de lo que no deseo ni podrías negármelo si lo
desease; guarda para tu amante tus noches, si sucede que salgas de
aquí viva; son tuyas y suyas: yo tuve bastante con una y me basta
haber sido burlado una vez. Y ahora, usando tu astucia al hablar, te
ingenias en alabarme para conquistar mi benevolencia y me llamas
noble y valeroso, y tácitamente te ingenias en que yo, como
magnánimo, me abstenga de castigarte de tu maldad; pero tus lisonjas
no me oscurecen ahora los ojos del intelecto, como hicieron antes
tus desleales promesas; yo me conozco, y sobre mí mismo no aprendí
tanto mientras estuve en París cuanto tú me hiciste saber en una
noche de las tuyas. Pero presuponiendo que yo fuese magnánimo, no
eres tú de aquellas en quienes la magnanimidad deba mostrar sus
efectos: el fin del castigo en las fieras salvajes como eres tú (e
igualmente de la venganza) debe ser la muerte, mientras en los
hombres debe bastar lo que tú has dicho. Por lo que, aunque yo no
sea águila, sabiendo que tú eres no paloma sino venenosa serpiente,
como a antiquísimo enemigo, con todo odio y con toda la fuerza
entiendo perseguirte; y con todo, esto que te hago no puede muy
propiamente llamarse venganza sino mucho mejor castigo, en cuanto la
venganza debe sobrepasar a la ofensa y esto ni llegará a igualarla;
por lo cual, si yo quisiese vengarme mirando en qué partido pusiste
mi vida, no me bastaría quitarte la vida ni otras ciento iguales a
la tuya, porque sólo mataría a una vil y abyecta y mala hembra. ¿Y
por qué diablo, si quitas tu poquito rostro, al que unos pocos años
estropearán llenándolo de arrugas, eres más tú que cualquier triste
sierva? ¡Y no quedó por ti hacer morir a un hombre valeroso, como me
has llamado poco antes, cuya vida aún podrá en un día ser más útil
al mundo que cien mil iguales a la tuya podrán mientras el mundo
dure! Aprenderás ahora con este dolor que sufres qué es escarnecer a
los hombres que tienen algún sentimiento, y qué es escarnecer a los
escolares, y te dará materia para no caer nunca más en tal locura,
si sales de ésta. Pero si tienes tan grande deseo de bajar, ¿por qué
no te arrojas de ahí? Y en un punto, con la ayuda de Dios,
quebrándote el cuello, saldrás del dolor en el que te parece estar y
me darás la mayor alegría del mundo. No voy a decirte más ahora:
tanto pude yo que hasta ahí te hice subir; haz tú ahora de manera
que bajes, como supiste burlarte de mí.
Mientras el escolar esto decía, la
desdichada mujer lloraba continuamente y el tiempo pasaba, subiendo
más alto aún el sol. Pero cuando vio que se callaba, dijo: -¡Ah!,
cruel, si tan dura te fue aquella maldita noche y te parece mi
pecado tan grande que no pueden moverte a compasión ni mi joven
hermosura ni las amargas lágrimas ni los humildes ruegos, muévate al
menos algo (y disminuya tu severa rigidez este solo acto mío) el
haberme recientemente confiado a ti y descubierto todos mis
secretos, con los que he dado lugar a tu deseo de poder hacerme
conocedora de mi culpa, como sea que si no me hubiese fiado yo de ti
ningún camino tenías para poderte vengar, lo que muestras haber
deseado con tanto ardor. ¡Ah!, deja tu ira y perdóname ya: estoy
dispuesta, si me perdonas y me haces bajar de aquí, a abandonar por
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