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DÉCIMA JORNADA
COMIENZA LA DÉCIMA Y ÚLTIMA JORNADA DEL DECAMERÓN, EN LA CUAL BAJO
EL GOBIERNO DE PÁNFILO, SE DISCURRE SOBRE QUIENES LIBERALMENTE O CON
VERDADERA MAGNIFICENCIA HICIERON ALGO, YA EN ASUNTOS DE AMOR, YA EN
OTROS.
Aún estaban bermejas algunas nubecillas del
occidente, habiendo ya las del oriente, en su extremidad semejantes
al oro, llegado a ser luminosísimas por los solares rayos que,
aproximándoseles, mucho las herían, cuando Pánfilo, levantándose, a
las señoras y a sus compañeros hizo llamar. Y venidos todos, con
ellos habiendo deliberado adónde pudiesen ir para su esparcimiento,
con lento paso se puso a la cabeza, acompañado por Filomena y
Fiameta, y con todos los otros siguiéndole; y hablando de muchas
cosas sobre su futura vida, y diciendo y respondiendo, por largo
tiempo se fueron paseando; y habiendo dado una vuelta bastante
larga, comenzando el sol a calentar ya demasiado, se volvieron a la
villa. Y allí, en torno a la clara fuente, habiendo hecho enjuagar
los vasos, el que quiso bebió algo, y luego entre las placenteras
sombras del jardín, hasta la hora de comer se fueron divirtiendo; y
luego de que hubieron comido y dormido, como solían hacer, cuando al
rey plugo se reunieron, y allí el primer discurso lo ordenó el rey a
Neifile, la cual alegremente comenzó así:
NOVELA PRIMERA
Un caballero sirve al rey de España; le
parece estar mal recompensado, por lo que el rey, con una prueba
evidentísima, le muestra que no es culpa suya, sino de su mala
fortuna, recompensándole luego generosamente .
Como grandísima gracia, honorables señoras,
debo reputar que nuestro rey me haya encargado en primer lugar
hablar sobre la magnificencia, la cual, como el sol es hermosura y
ornamento del cielo, es claridad y luz de cualquier otra virtud.
Contaré, pues, sobre todo una novelita a mi parecer asaz donosa,
cuyo recuerdo (con certeza) no podrá ser sino útil.
Debéis, pues, saber que entre los demás
valerosos caballeros que desde hace mucho tiempo hasta ahora ha
habido en nuestra ciudad, fue uno, y tal vez el mejor, micer Ruggeri
de los Figiovanni ; el cual siendo rico y de gran ánimo, y viendo
que, considerada la cualidad del vivir y de las costumbres de
Toscana, él, quedándose en ella, poco o nada podría demostrar su
valor, tomó el partido de irse un tiempo junto a Alfonso, rey de
España , la fama de cuyo valor sobrepasaba a la de cualquier otro
señor de aquellos tiempos; y muy honradamente equipado de armas y de
caballos y de compañía se fue a él en España y graciosamente fue
recibido por el rey. Allí, pues, viviendo micer Ruggeri y
espléndidamente viviendo y en hechos de armas haciendo maravillosas
cosas, muy pronto se hizo conocer como valeroso. Y habiendo estado
allí ya algún tiempo observando mucho las maneras del rey, le
pareció que éste, ora a uno, ora a otro daba castillos y ciudades y
baronías muy poco discretamente, como dándolas a quien no era digno;
y porque a él, que entre los que lo eran se consideraba, nada le era
dado, juzgó que mucho disminuía aquello su fama; por lo que deliberó
irse de allí y pidió licencia al rey. El rey se la concedió y le dio
una de las mejores mulas que nunca se hubieron cabalgado, y la más
hermosa, la cual, por el largo camino que tenía que hacer, fue muy
estimada por micer Ruggeri. Después de esto, encomendó el rey a un
discreto servidor suyo que, de la manera que mejor le pareciese, se
ingeniase en cabalgar la primera jornada con micer Ruggeri de guisa
que no pareciese mandado por el rey, y todo lo que dijese de él lo
conservara en la memoria de manera que pudiera decírselo luego, y a
la mañana siguiente le mandase que volviera a donde estaba el rey.
El servidor, estando al cuidado, al salir micer Ruggeri de la
ciudad, muy hábilmente se fue acompañándole, diciéndole que venía
hacia Italia. Cabalgando, pues, micer Ruggeri en la mula que le
había dado el rey, y con aquél de una cosa y de otra hablando,
acercándose la hora de tercia, dijo: -Creo que estaría bien que
llevásemos a estercolar a estas bestias. Y, entrando en un establo,
todas menos la mula estercolaron; por lo que, siguiendo adelante,
estando siempre el servidor atento a las palabras del caballero,
llegaron a un río, y abrevando allí a sus bestias, la mula estercoló
en el río. Lo que viendo micer Ruggeri, dijo: -¡Bah!, desdichado te
haga Dios, animal, que eres como el señor que te ha dado a mí. El
servidor se fijó en estas palabras, y como en otras muchas se había
fijado caminando todo el día con él, ninguna otra que no fuese en
suma alabanza del rey le oyó decir, por lo que a la mañana
siguiente, montando a caballo y queriendo cabalgar hacia Toscana, el
servidor le dio la orden del rey, por lo que micer Ruggeri
incontinenti se volvió atrás. Y habiendo ya sabido el rey lo que
había dicho de la mula, haciéndole llamar le preguntó que por qué le
había comparado con su mula, o mejor a la mula con él. Micer
Ruggeri, con abierto gesto le dijo:
-Señor mío, os asemejáis a ella porque, así
como vos hacéis dones a quien no conviene y a quien conviene no los
hacéis, así ella donde convenía no estercoló y donde no convenía,
sí. Entonces dijo el rey:
-Micer Ruggeri, el no haberos hecho dones
como los he hecho a muchos que en comparación de vos nada son, no ha
sucedido porque yo no os haya tenido por valerosísimo caballero y
digno de todo gran don; sino por vuestra fortuna, que no me lo ha
permitido, en lo que ella ha pecado y yo no. Y que digo verdad os lo
mostraré manifiestamente.
A quien Ruggeri repuso:
-Señor mío, yo no me enojo por no haber
recibido dones de vos, porque no los deseaba para ser más rico, sino
porque vos no habéis testimoniado con nada la estima de mi valor,
sin embargo, tengo la vuestra por buena excusa y por honrada, y
estoy dispuesto a ver lo que os plazca, aunque os crea sin ninguna
prueba.
Lo llevó, entonces, el rey a una gran sala
donde, como había ordenado antes, había dos grandes cofres cerrados,
y en presencia de muchos le dijo:
-Micer Ruggeri, en uno de estos cofres está
mi corona, el cetro real y el orbe y muchos buenos cinturones míos,
broches, anillos y otras preciosas joyas que tengo; el otro está
lleno de tierra. Coged uno, pues, y el que cojáis será vuestro y
podréis ver quién ha sido ingrato hacia vuestro valor, si yo o
vuestra fortuna.
Micer Ruggeri, puesto que vio que así
agradaba al rey, cogió uno, el cual mandó el rey que fuese abierto,
y se encontró que estaba lleno de tierra; con lo que el rey,
riéndose, dijo: -Bien podéis ver, micer Ruggeri, que es verdad lo
que os digo de vuestra fortuna; pero en verdad vuestro valor merece
que me oponga a sus fuerzas. Yo sé que no tenéis la intención de
haceros español, y por ello no quiero daros aquí ni castillo ni
ciudad, pero el cofre que la fortuna os quitó, aquél a despecho de
ella quiero que sea vuestro, para que a vuestra tierra podáis
llevároslo y de vuestro valor con el testimonio de mis dones podáis
gloriaros con vuestros conciudadanos.
Micer Ruggeri, cogiéndolo, y dadas al rey
aquellas gracias que a tamaño don correspondían, con él, contento,
se volvió a Toscana.
NOVELA SEGUNDA
Ghino de Tacco apresa al abad de Cluny y le
cura del estómago, y luego lo suelta, el cual, volviendo a la corte
de Roma, lo reconcilia con el papa Bonifacio, y lo hace caballero
Hospitalario.
Alabada había sido ya por todos la
magnificencia del rey Alfonso con el caballero florentino cuando el
rey, a quien mucho había complacido, ordenó a Elisa que siguiese; la
cual, prestamente comenzó: Delicadas señoras, el haber sido un rey
magnífico y el haber usado su magnificencia con quien servido le
había, no puede decirse que no sea loable y gran cosa, ¿pero qué
diríamos si se cuenta que un clérigo ha usado de admirable
magnificencia hacia una persona que si la hubiese tenido por enemiga
no habría sido reprochado por ello? Ciertamente no otra cosa sino
que la del rey fuese virtud y la del clérigo milagro, como sea que
éstos son todos mucho más avaros que las mujeres y de toda
liberalidad enemigos encarnizados; y por mucho que todo hombre
apetezca venganza de las ofensas recibidas, los clérigos, como se
ve, aunque paciencia prediquen y sumamente alaben el perdón de las
ofensas, más fogosamente que los demás hombres recurren a ella. La
cual cosa, es decir, cómo un clérigo fue magnífico, en la historia
que sigue podréis saber claramente.
Ghino de Tacco, por su fiereza y por sus
robos hombre muy famoso, siendo arrojado de Siena y enemigo de los
condes de Santafiore, sublevó Radicófani contra la iglesia de Roma,
y estando allí, a cualquiera que por los alrededores pasaba le hacía
robar por sus mesnaderos. Ahora bien, estando el Papa Bonifacio VIII
en Roma, vino a la corte el abad de Cluny, el cual se cree ser uno
de los más ricos prelados del mundo; y estropeándosele allí el
estómago, le aconsejaron los médicos que fuese a los baños de Siena
y se curaría sin falta; por lo cual, concediéndoselo el Papa, sin
preocuparse de la fama de Ghino, con gran pompa de equipaje y de
carga y de caballos y de servidumbre se puso en camino. Ghino de
Tacco, habiendo sabido su venida, tendió sus redes, y sin perder un
solo mozo de mulas, al abad y a todos sus acompañantes y sus cosas
cercó en un estrecho lugar; y esto hecho, lo mandó al abad, al cual
de su parte muy amablemente le dijo que hiciese el favor de ir a
hospedarse con aquel Ghino al castillo. Lo que oyendo el abad, todo
furioso respondió que no quería hacerlo, como quien no tenía nada
que hacer con Ghino, sino que seguiría su camino y que querría ver
quién se lo iba a vedar. Al cual el embajador, humildemente
hablando, dijo:
-Señor, habéis venido a un lugar donde,
excepto a la fuerza de Dios, nosotros nada tememos y donde las
excomuniones y los interdictos están todos excomulgados; y por ello,
sufrid por las buenas el complacer a Ghino en esto.
Estaba ya, mientras decían estas palabras,
todo el lugar rodeado por bandoleros; por lo que el abad, viéndose
apresado con los suyos, muy desdeñoso, con el embajador tomó el
camino del castillo, y con él toda su compañía y todo su equipaje. Y
habiendo echado pie a tierra, como Ghino quiso, completamente solo
fue llevado a una alcobita de un edificio muy oscura e incómoda, y
todos los demás hombres fueron, según su condición, muy bien
acomodados en el castillo, y los caballos y los equipajes puestos a
salvo sin tocar nada de ellos. Y hecho esto, se fue Ghino al abad y
le dijo: -Señor, Ghino, de quien sois huésped, os manda preguntar
que os plazca decirle adónde ibais y por qué razón.
El abad, que como discreto había depuesto
su altanería, le dijo dónde iba y por qué. Ghino, oído esto, se fue,
y pensó curarlo sin baños; y haciendo que tuviese siempre encendido
en la alcoba un gran fuego, y vigilarla bien, no volvió a verlo
hasta la Mañana siguiente; y entonces, en un mantel blanquísimo le
llevó dos rebanadas de pan tostado y un gran vaso de vino de
Comiglia, del mismo del abad, y dijo así al abad: -Señor, cuando
Ghino era más joven estudió medicina, y dice que aprendió que
ninguna cura es mejor para el mal de estómago que la que él os hará;
de la cual estas cosas que os traigo son el principio, y por ello,
tomadlas y confortaos con ellas.
El abad, que más hambre tenía que ganas de
bromas, aunque lo hiciese malhumorado, se comió el pan y se bebió el
vino, y luego muchas cosas altaneras dijo y preguntó sobre muchas, y
aconsejó muchas, y especialmente pidió ver a Ghino. Ghino,
oyéndolas, algunas las dejó pasar como vanas y a algunas contestó
cortésmente, afirmando que, lo antes que pudiese, Ghino lo
visitaría; y dicho esto, se separó de él, y no volvió antes del día
siguiente, con la misma cantidad de pan tostado y de vino; y así lo
tuvo muchos días, hasta que se dio cuenta de que el abad había
comido unas habas secas que él, a propósito y a escondidas, le había
traído y dejado allí. Por la cual cosa, le preguntó de parte de
Ghino que qué tal le parecía que estaba del estómago; a quien el
abad respondió:
-Me parece que estaría bien si estuviese
fuera de sus manos; y después de esto de nada tengo tanta gana como
de comer, pues tan bien me han curado sus medicinas.
Ghino, pues, habiendo de su equipaje mismo
y a sus criados hecho arreglar una hermosa alcoba, y hecho preparar
un gran convite, al que con muchos hombres del castillo asistió toda
la servidumbre del abad, se fue a verle la mañana siguiente y le
dijo:
-Señor, puesto que os sentís bien, es
tiempo de salir de la enfermería -y cogiéndolo de la mano a la
cámara que le habían arreglado le llevó, y dejándolo en ella con su
gente, fue a vigilar para que el convite fuese magnífico.
El abad, con los suyos un rato se
entretuvo, y cómo había sido su vida les contó, mientras ellos por
el contrario le dijeron que habían sido maravillosamente honrados
por Ghino; pero llegada la hora de comer, el abad y todos los demás
fueron, ordenadamente, servidos con buenos manjares y buenos vinos,
sin que Ghino se diese a conocer al abad todavía. Pero luego de que
el abad unos cuantos días vivió de esta manera, habiendo hecho Ghino
traer a una sala todo su equipaje, y a un patio que estaba debajo de
ella todos sus caballos hasta el más miserable rocín, fue al abad y
le preguntó que qué tal estaba y si se sentía lo bastante fuerte
para cabalgar; a lo que el abad respondió que estaba muy fuerte y
bien curado del estómago, y que estaría bien en cuanto se viese
fuera de las manos de Ghino. Llevó entonces Ghino al abad a la sala
donde estaban su equipaje y todos sus servidores, y haciéndole
asomar a una ventana desde donde podía ver todos sus caballos, dijo:
-Señor abad, debéis saber que el ser noble
y arrojado de su patria y pobre, y el tener muchos y poderosos
enemigos, han conducido a Ghino de Tacco, que soy yo, a ser ladrón
de caminos y enemigo de la Iglesia de Roma para poder defender mi
vida y mi nobleza, y no la maldad de ánimo. Pero porque me parecéis
valeroso señor, después de haberos curado el estómago no entiendo
trataros como lo haría a otros, que, cuando los tuviese en mis manos
como os tengo a vos, me quedaría con la parte de sus cosas que me
pareciese; sino me parece que vos, considerando mi necesidad, me
entreguéis la parte de vuestras cosas que vos mismo queráis. Todas
están aquí ante vos, y vuestros caballos podéis verlos en el patio
desde esta ventana; y por ello, parte o todo, según os plazca,
tomad, y desde ahora en adelante quede el iros o el quedaros a
vuestro arbitrio.
Maravillóse el abad de que un ladrón de
caminos pronunciase palabras tan magnánimas, y placiéndole mucho,
súbitamente desaparecidos su ira y su malhumor, y transformados en
benevolencia, convertido en amigo de Ghino en su corazón corrió a
abrazarlo, diciendo: -Juro ante Dios que por ganar la amistad de un
hombre tal como ahora juzgo que eres, soportaría recibir mucho
mayores ofensas que la que me parece que hasta ahora me has hecho.
¡Maldita sea la fortuna que a tan condenable oficio te obliga!
Y después de esto, habiendo hecho de sus
muchas cosas coger algunas poquísimas y necesarias, y lo mismo de
los caballos, y dejándole todas las otras, se volvió a Roma. Había
sabido el Papa la prisión del abad, y aunque mucho le había dolido,
al verlo le preguntó que cómo le habían sentado los baños; al cual,
sonriendo, repuso el abad: -Santo Padre, antes de llegar a los baños
encontré un valeroso médico que óptimamente me ha curado. Y le contó
el modo, de lo que se rió el Papa; al que el abad, continuando su
conversación y movido por la grandeza de su ánimo, pidió una gracia.
El Papa, creyendo que le pediría otra cosa, liberalmente ofreció
hacer lo que pidiese. Entonces el abad dijo:
-Santo Padre, lo que entiendo pediros es
que otorguéis vuestra gracia a Ghino de Tacco mi médico, porque
entre los demás hombres valerosos y de pro que nunca he conocido, él
es con certeza uno de los mejores, y el mal que hace juzgo que es
mucho más culpa de la fortuna que suya; la cual, si vos, dándole
algo con lo que pueda vivir según su condición, cambiáis, no dudo
que en poco tiempo no os parezca a vos lo que a mí me parece.
El Papa, al oír esto, como quien fue de
gran ánimo y admirador de los hombres valerosos, dijo que lo haría
de buena gana si tan de pro era como decía, y que lo hiciese venir
sin temor. Vino, pues, Ghino, sobre fianza, como plugo al abad, a la
corte; y no había estado mucho junto al Papa cuando le reputó por
valeroso, y dándole su paz, le otorgó un gran priorazgo del
Hospital, habiéndole hecho caballero de éste; el cual, mientras
vivió, lo mantuvo como amigo y servidor de la Santa Iglesia y del
abad de Cluny.
NOVELA TERCERA
Mitrídanes, envidioso de la cortesía de
Natán, yendo a matarlo, sin conocerlo se encuentra con él, e,
informado por él mismo sobre lo que debe hacer, lo encuentra en un
bosquecillo como éste lo había dispuesto; el cual, al reconocerlo,
se avergüenza y se hace amigo suyo .
Cosa semejante a un milagro les parecía, en
verdad, a todos haber escuchado; es decir, que un clérigo hubiese
hecho algo magnífico; pero callando ya la conversación de las
señoras, mandó el rey a Filostrato que continuase; el cual,
prestamente, comenzó:
Nobles señoras, grande fue la magnificencia
del rey de España y acaso mucho más inaudita la del abad de Cluny,
¡pero tal vez no menos maravilloso os parecerá oír que uno, por
liberalidad, a otro que deseaba su sangre y también su espíritu, con
circunspección se dispuso a entregársela! y lo habría hecho si aquél
hubiera querido tomarlo, tal como en una novelita mía pretendo
mostraros. Certísimo es, si se puede dar fe a las palabras de
algunos genoveses y de otros hombres que han estado en aquellas
tierras, que en la parte de Cata, hubo un hombre de linaje noble y
rico sin comparación, llamado por nombre Natán, el cual teniendo una
finca cercana a un camino por el cual casi obligadamente pasaban
todos los que desde Poniente a las partes de Levante o de Levante a
Poniente querían venir, y teniendo el ánimo grande y liberal y
deseoso de ser conocido por sus obras, teniendo allí muchos
maestros, hizo allí en poco espacio de tiempo construir una de las
mayores y más ricas mansiones que nunca fueran vistas, y con todas
las cosas que eran necesarias para recibir y honrar a gente noble la
hizo óptimamente proveer. Y teniendo numerosa y buena servidumbre,
con agrado y con fiestas a quienquiera que iba o venía hacía recibir
y honrar; y tanto perseveró en tal loable costumbre que ya no
solamente en Levante, sino en Poniente se le conocía por su fama. Y
estando ya cargado de años, pero no cansado de ejercitar la
cortesía, sucedió que llegó su fama a los oídos de un joven llamado
Mitrídanes, de una tierra no lejana de la suya, el cual, viéndose no
menos rico que lo era Natán, sintiéndose celoso de su fama y de su
virtud, se propuso o anularla u ofuscarla con mayores liberalidades;
y haciendo construir una mansión semejante a la de Natán, comenzó a
hacer las más desmedidas cortesías que nunca nadie había hecho a
quien iba o venia por allí, y sin duda en poco tiempo muy famoso se
hizo. Ahora bien, sucedió un día que, estando el joven completamente
solo en el patio de su mansión, una mujercita, que había entrado por
una de las puertas de la mansión, le pidió limosna y la obtuvo; y
volviendo a entrar por la segunda puerta hasta él, la recibió de
nuevo, y así sucesivamente hasta la duodécima; y volviendo la
decimotercera vez, dijo Mitrídanes: -Buena mujer, eres muy
insistente en tu pedir -y no dejó, sin embargo, de darle una
limosna. La viejecita, oídas estas palabras, dijo:
-¡Oh liberalidad de Natán, qué maravillosa
eres!, que por treinta y dos puertas que tiene su mansión, como
ésta, entrando y pidiéndole limosna, nunca fui reconocida por él (o
al menos no lo mostró) y siempre la obtuve; y aquí no he venido más
que trece todavía y he sido reconocida y reprendida. Y diciendo
esto, sin más volver, se fue. Mitrídanes, al oír las palabras de la
vieja, como quien lo que escuchaba de la fama de Natán lo
consideraba disminución de la suya, en rabiosa ira encendido comenzó
a decir:
-¡Ay, triste de mí! ¿Cuándo alcanzaré la
liberalidad de las grandes cosas de Natán, que no sólo no lo supero
como busco, sino que en las cosas pequeñísimas no puedo acercármele?
En verdad me canso en vano si no lo quito de la tierra; la cual
cosa, ya que la vejez no se lo lleva, conviene que la haga con mis
propias manos.
Y con este ímpetu se levantó, sin decir a
ninguno su intención y, montando a caballo con pocos acompañantes,
después de tres días llegó a donde vivía Natán; y habiendo a sus
compañeros ordenado que fingiesen no conocerle y que se procurasen
un albergue hasta que recibiesen de él otras órdenes, llegando allí
al caer la tarde y estando solo, no muy lejos de la hermosa mansión
encontró a Natán solo, el cual, sin ningún hábito pomposo, estaba
dándose un paseo; a quien él, no conociéndole, preguntó si podía
decirle dónde vivía Natán. Natán alegremente le repuso:
-Hijo mío, nadie en esta tierra puede
mostrártelo mejor que yo, y por ello, cuando gustes te llevaré allí.
El joven dijo que le agradaría pero que, si podía ser, no quería ser
visto ni conocido de Natán; al cual Natán dijo:
-También esto haré, pues que te place.
Echando, pues, Mitrídanes pie a tierra, con
Natán, que agradabilísima conversación muy pronto trabó con él,
hasta su mansión se fue. Allí hizo Natán a uno de sus criados coger
el caballo del joven, y al oído le ordenó que prestamente arreglase
con todos los de la casa que ninguno le dijera al joven que él era
Natán; y así se hizo. Pero cuando ya en la mansión estuvieron, llevó
a Mitrídanes a una hermosísima cámara donde nadie le veía sino
quienes él había señalado para su servicio; y, haciéndolo honrar
sumamente, él mismo le hacía compañía. Estando con el cual
Mitrídanes, aunque le tuviese la reverencia que a un padre, le
preguntó que quién era; al cual respondió Natán:
-Soy un humilde servidor de Natán, que
desde mi infancia he envejecido con él, y nunca me elevó a otro
estado que al que me ves; por lo cual, aunque todos los demás le
alaben tanto, poco puedo alabarle yo. Estas palabras llevaron
algunas esperanza a Mitrídanes de poder con mejor consejo y con
mayor seguridad llevar a efecto su perverso propósito; al cual,
Natán, muy cortésmente le preguntó quién era y qué asunto le traía
por allí, ofreciéndole su consejo y su ayuda en lo que pudiera.
Mitrídanes tardó un tanto en responder y decidiéndose por fin a
confiarse con él, con largo circunloquio, le pidió su palabra y
luego el consejo y la ayuda; y quién era él y por qué había venido,
y movido por qué sentimiento, enteramente le descubrió. Natán,
oyendo el discurso y feroz propósito de Mitrídanes, mucho se enojó
en su interior, pero sin tardar mucho, con fuerte ánimo e impasible
gesto le respondió: -Mitrídanes, noble fue tu padre y no quieres
desmerecer de él, tan alta empresa habiendo acometido como lo has
hecho, es decir, la de ser liberal con todos; y mucho la envidia que
por la virtud de Natán sientes alabo porque, si de éstas hubiera
muchas, el mundo, que es misérrimo, pronto se haría bueno. La
intención que me has descubierto sin duda permanecerá oculta, para
la cual antes un consejo útil que una gran ayuda puedo ofrecerte: el
cual es éste. Puedes ver desde aquí un bosquecillo al que Natán casi
todas las mañanas va él solo a pasearse durante un buen rato: allí
fácil te será encontrarlo y hacerle lo que quieras; al cual, si
matas, para que puedas sin impedimento a tu casa volver, no por el
camino por el que viniste, sino por el que ves a la izquierda irás
para salir del bosque, porque aunque algo más salvaje sea, está más
cerca de tu casa y por consiguiente, más seguro.
Mitrídanes, recibida la información y
habiéndose despedido Natán de él, ocultamente a sus compañeros (que
también estaban allí adentro) hizo saber dónde debían esperarlo al
día siguiente. Pero luego de que hubo llegado el nuevo día, Natán,
no habiendo cambiado de intención por el consejo dado a Mitrídanes,
ni habiéndolo cambiado en nada, se fue solo al bosquecillo y se
dispuso a morir. Mitrídanes, levantándose y cogiendo su arco y su
espada, que otras armas no tenía, y montado a caballo, se fue al
bosquecillo, y desde lejos vio a Natán solo ir paseándose por él; y
queriendo, antes de atacarlo, verlo y oírlo hablar, corrió hacia él
y, cogiéndolo por el turbante que llevaba en la cabeza, dijo:
-¡Viejo, muerto eres!
Al que nada respondió Natán sino:
-Entonces es que lo he merecido.
Mitrídanes, al oír su voz y mirándole a la
cara, súbitamente reconoció que era aquel que le había benignamente
recibido y fielmente aconsejado; por lo que de repente desapareció
su furor y su ira se convirtió en vergüenza. Con lo que, arrojando
lejos la espada que para herirlo había desenvainado, bajándose del
caballo, corrió llorando a arrojarse a los pies de Natán y dijo:
-Manifiestamente conozco, carísimo padre, vuestra liberalidad,
viendo con cuánta prontitud habéis venido a entregarme vuestro
espíritu, del que, sin ninguna razón, me mostré a vos mismo deseoso;
pero Dios, más preocupado de mi deber que yo mismo, en el punto en
que mayor ha sido la necesidad me ha abierto los Ojos de la
inteligencia, que la mísera envidia me había cerrado; y por ello,
cuanto más pronto habéis sido en complacerme, tanto más conozco que
debo hacer penitencia por mi error: tomad, pues, de mí, la venganza
que estimáis convenientemente para mi pecado. Natán hizo levantar a
Mitrídanes, y tiernamente lo abrazó y lo besó, y le dijo: -Hijo mío,
en tu empresa, quieras llamarla mala o de otra manera, no es
necesario pedir ni otorgar perdón porque no la emprendiste por odio,
sino por poder ser tenido por el mejor. Vive, pues, confiado en mí,
y ten por cierto que no vive ningún otro hombre que te ame tanto
como yo, considerando la grandeza de tu ánimo que no a amasar
dineros, como hacen los miserables, sino a gastar los amasados se ha
entregado; y no te avergüences de haber querido matarme para hacerte
famoso ni creas que yo me maraville de ello. Los sumos emperadores y
los grandísimos reyes no han ampliado sus reinos, y por consiguiente
su fama, sino con el arte de matar no sólo a un hombre como tú
querías hacer, sino a infinitos, e incendiar países y abatir
ciudades; por lo que si tú, por hacerte más famoso, sólo querías
matarme a mí, no hacías nada maravilloso ni extraño, sino muy
acostumbrado.
Mitrídanes, no excusando su perverso deseo
sino alabando la honesta excusa que Natán le encontraba, razonando
llegó a decirle que se maravillaba sobremanera de cómo Natán había
podido disponerse a aquello y a darle la ocasión y el consejo; al
cual dijo Natán: -Mitrídanes, no quiero que ni de mi consejo ni de
mi disposición te maravilles porque desde que soy dueño de mí mismo
y dispuesto a hacer lo mismo que tú has emprendido, ninguno ha
habido que llegase a mi casa que yo no lo contentase en lo que
pudiera en lo que fuese por él pedido. Viniste tú deseoso de mi
vida; por lo que, al oírtela solicitar, para que no fuese el único
que sin obtener lo que habías pedido se fuese de aquí, prestamente
decidí dártela y para que la tuvieses aquel consejo te di que creí
que era bueno para obtener la mía y no perder la tuya; y por ello
todavía te digo y ruego que, si te place, la tomes y te satisfagas
con ella; no sé cómo podría emplearla mejor. Ya la he usado ochenta
años y la he gastado en mis deleites y en mis consuelos; y sé que,
según el curso de la naturaleza, como sucede a los demás hombres y
generalmente a todas las cosas, por poco tiempo ya podrá serme
otorgada; por lo que juzgo que es mucho mejor darla, como siempre he
dado y gastado mis tesoros, que quererla conservar tanto que contra
mi voluntad me sea arrebatada por la naturaleza. Pequeño don es dar
cien años; ¿cuánto menor será dar seis u ocho que me queden por
estar aquí? Tómala, pues, si te agrada, te ruego, porque mientras he
vivido aquí todavía no he encontrado a nadie que la haya deseado y
no sé cuándo pueda encontrar a alguno, si no la tomas tú que la
deseas; y por ello, antes de que disminuya su valor tómala, te lo
ruego. Mitrídanes, avergonzándose profundamente, dijo:
-No quiera Dios que cosa tan preciosa como
es vuestra vida vaya yo a tomarla, quitándola a vos, y ni siquiera
que la desee, como antes hacía; a la cual no ya no disminuiría sus
años, sino que le añadiría de los míos si pudiese.
A quien prestamente Natán dijo:
-Y si puedes, ¿querrías añadírselos? Y me
harías hacer contigo lo que nunca con nadie he hecho, es decir,
coger sus cosas, que nunca a nadie las cogí.
-Sí -dijo súbitamente Mitrídanes.
-Pues -dijo Natán- harás lo que voy a
decirte. Te quedarás, joven como eres, aquí en mi casa y te llamarás
Natán, y yo me iré a la tuya y siempre me haré llamar Mitrídanes.
Entonces Mitrídanes repuso:
-Si yo supiese obrar tan bien como sabéis
vos y habéis sabido, tomaría sin pensarlo demasiado lo que me
ofrecéis; pero porque me parece ser muy cierto que mis obras
disminuirían la fama de Natán y yo no entiendo estropear en otra
persona lo que no sé lograr para mí, no lo tomaré. Estos y muchos
otros amables razonamientos habidos entre Natán y Mitrídanes, cuando
plugo a Natán juntos hacia la mansión volvieron, donde Natán, muchos
días sumamente honró a Mitrídanes y con todo ingenio y sabiduría le
confortó en su alto y grande propósito. Y queriendo Mitrídanes con
su compañía volver a casa, habiéndole Natán muy bien hecho conocer
que nunca en liberalidad podría vencerle, le dio su licencia.
NOVELA CUARTA
Micer Gentile de los Carisendi , llegado de
Módena, saca de la sepultura a una dama amada por él, enterrada por
muerta, la cual, confortada, pare un hijo varón, y micer Gentile a
ella y a su hijo los restituye a Niccoluccio Caccianernici , su
marido .
Maravillosa cosa pareció a todos que
alguien fuese liberal con su propia sangre: y afirmaron que
verdaderamente Natán había sobrepasado la del rey de España y la del
abad de Cluny. Pero después de que durante un rato unas cosas y
otras se dijeron, el rey, mirando a Laureta, le demostró que deseaba
que narrase ella; por la cual cosa, Laureta prestamente comenzó:
Jóvenes señoras, magníficas y bellas han sido las contadas, y no me
parece que se nos haya dejado nada para decir a nosotros por donde
novelando podamos discurrir (tan ocupado está todo por la excelencia
de las magnificencias contadas) si de los asuntos de amor no echamos
mano, los cuales a toda materia de narración ofrecen abundantísima
copia. Y por ello, tanto por esto como porque a ello debe
principalmente inducirnos nuestra edad, me place contaros un gesto
de magnificencia hecho por un enamorado, el cual, todo considerado,
no os parecerá menor por ventura que alguno de los mostrados, si es
verdad aquello de que los tesoros se dan, las enemistades se olvidan
y se pone la propia vida, el honor y la fama, que es mucho más, en
mil peligros por poder poseer la cosa amada. Hubo, pues, en Bolonia,
nobilísima ciudad de Lombardía, un caballero muy digno de
consideración por su virtud y nobleza de sangre, que fue llamado
micer Gentile de los Carisendi. El cual joven, de una noble señora
llamada doña Catalina, mujer de un Niccoluccio Caccianernici, se
enamoró; y porque mal era correspondido por el amor de la señora,
como desesperado y siendo llamado por la ciudad de Módena para ser
allí podestá, allí se fue. En este tiempo, no estando Niccoluccio en
Bolonia, y habiéndose su mujer ido a una posesión suya a unas tres
millas de la ciudad porque estaba grávida, sucedió que le sobrevino
un fiero accidente, de tanta fuerza que apagó en ella toda señal de
vida y por ello aun por algún médico fue juzgada muerta; y porque
sus más próximos parientes decían que habían sabido por ella que no
estaba todavía grávida de tanto tiempo como para que la criatura
pudiese ser perfecta, sin tomarse otro cuidado, tal cual estaba, en
una sepultura de una iglesia vecina, después de mucho llorar, la
sepultaron. La cual cosa, inmediatamente por un amigo suyo le fue
hecha saber a micer Gentile, el cual de ello, aunque de su gracia
hubiese sido indigentísimo, se dolió mucho, diciéndose finalmente:
«He aquí, doña Catalina, que estás muerta; yo, mientras viviste,
nunca pude obtener de ti una sola mirada; por lo que, ahora que no
podrás prohibírmelo, muerta como estás, te quitaré algún beso.» Y
dicho esto, siendo ya de noche, organizando las cosas para que su
ida fuese secreta, montando a caballo con un servidor suyo, sin
detenerse un momento, llegó a donde sepultada estaba la dama; y
abriendo la sepultura, en ella con cuidado y cautela entró, y
echándose a su lado, su rostro acercó al de la señora y muchas veces
derramando muchas lágrimas, la besó. Pero así como vemos que el
apetito de los hombres no está nunca contento con ningún límite,
sino que siempre desea más, y especialmente el de los amantes,
habiendo éste decidido no quedarse allí, se dijo: «¡Bah!, ¿por qué
no le toco, ya que estoy aquí, un poco el pecho? No debo tocarla más
y nunca la he tocado.»
Vencido, pues, por este apetito, le puso la
mano en el seno y teniéndola allí durante algún espacio, le pareció
sentir que en alguna parte le latía el corazón; y, después de que
hubo alejado de sí todo temor, buscando con más atención, encontró
que con seguridad no estaba muerta, aunque poca y débil juzgase su
vida; por lo que, lo más suavemente que pudo, ayudado por su
servidor, la sacó del monumento y poniéndola delante en el caballo,
secretamente la llevó a su casa de Bolonia. Estaba allí su madre,
valerosa y discreta señora, que después que de su hijo hubo
extensamente todo oído, movida a compasión, ocultamente, con
grandísimos fuegos y con algún baño, a aquella le volvió la
desmayada vida. Al volver en sí la cual, dio la señora un gran
suspiro y dijo:
-¡Ay!, ¿pues dónde estoy?
A lo que la valerosa señora respondió:
-Tranquilízate, estás en buen lugar.
Ella, vuelta en sí y mirando alrededor, no
conociendo dónde estaba y viendo delante a micer Gentile, llena de
maravilla a la madre de éste rogó que le dijese de qué guisa había
ella venido aquí, a la cual micer Gentile ordenadamente contó todas
las cosas. De lo que doliéndose ella, después de un poco le dio las
gracias que pudo y luego le rogó, por el amor que le había tenido y
por cortesía suya, en su casa no recibir nada que menoscabase su
honor ni el de su marido, y al llegar el día, que la dejase volver a
su casa propia; a quien micer Gentile repuso:
-Señora, cualquiera que mi deseo haya sido
en tiempos pasados, no entiendo al presente ni nunca en adelante
(puesto que Dios me ha concedido esta gracia que de la muerte a la
vida os ha devuelto a mí, siendo el motivo el amor que en el pasado
os he tenido) trataros ni aquí ni en ninguna otra parte sino como a
una querida hermana. Pero el beneficio que os he hecho esta noche
merece algún galardón; y por ello quiero que no me neguéis una
gracia que voy a pediros.
Al cual la señora benignamente repuso que
estaba dispuesta a ello si es que podía y era honesto. Micer Gentile
dijo entonces:
-Señora, todos vuestros parientes y todos
los boloñeses creen y tienen por cierto que estáis muerta, por lo
que nadie hay que os espere en casa; y por ello quiero pediros como
gracia que queráis quedaros aquí ocultamente con mi madre hasta que
yo vuelva de Módena, que será pronto. Y la razón por la que os lo
pido es porque deseo, en presencia de los mejores ciudadanos de esta
ciudad, hacer de vos un precioso y solemne don a vuestro marido.
La dama, sabiendo que estaba obligada al
caballero y que la petición era honesta, aunque mucho desease
alegrar con su vida a sus parientes, se dispuso a hacer aquello que
micer Gentile pedía, y así lo prometió y dio su palabra. Y apenas
habían terminado las palabras de su respuesta cuando sintió que el
tiempo de dar a luz había llegado; por lo que, tiernamente por la
madre de micer Gentile ayudada, no mucho después parió un hermoso
varón, la cual cosa muy mucho redobló la alegría de micer Gentile y
la suya. Micer Gentile ordenó que las cosas necesarias fuesen
preparadas y que ella fuese atendida como si su propia mujer fuese,
y a Módena secretamente se volvió. Terminado allí el tiempo de su
oficio y teniendo que volver a Bolonia, hizo que, la mañana que
debía entrar en Bolonia, se preparase un gran convite en su casa
para muchos y nobles señores de Bolonia entre los cuales estaba
Niccoluccio Caccianernici; y habiendo vuelto y echado pie a tierra y
encontrándose con ellos, habiendo también encontrado a la señora más
hermosa y más sana que nunca y que su hijo estaba bien, con alegría
incomparable a sus invitados sentó a la mesa y les hizo servir
magníficamente muchos manjares. Y estando ya cerca de su fin la
comida, habiendo él dicho primeramente a la señora lo que intentaba
hacer y arreglado con ella la manera en que debía conducirse, así
comenzó a hablar:
-Señores, me acuerdo de haber oído alguna
vez que en Persia hay una costumbre honrada según mi juicio, la cual
es que cuando alguien quiere honrar sumamente a su amigo lo invita a
su casa y allí le muestra la cosa más preciada que tenga, sea su
mujer, su amiga, o su hija, ¡afirmando que, si pudiese, tal como le
muestra aquello, con mucho más agrado le mostraría su corazón!; la
cual entiendo yo seguir en Bolonia. Vosotros, por vuestra merced,
habéis honrado mi convite y yo quiero honraros a lo persa
mostrándoos la cosa más preciada que tengo en el mundo y que siempre
voy a tener. Pero antes de hacerlo os ruego que me digáis lo que
opináis de una duda que voy a plantearos. Hay una persona que tiene
en casa a un bueno y fiel servidor que enferma gravemente; este tal,
sin esperar a ver el final del siervo enfermo lo hace llevar a mitad
de la calle y no se preocupa más de él; viene un extraño y, movido a
compasión por el enfermo, se lo lleva a su casa y con gran solicitud
y con gastos lo devuelve a su salud primera; querría yo saber ahora
si, teniéndolo y usando de sus servicios, su señor puede en toda
equidad dolerse o quejarse del segundo si, al pedírselo, no quisiera
devolvérselo.
Los gentileshombres, después de varios
razonamientos entre sí y concurriendo todos en la misma opinión, a
Niccoluccio Caccianernici, porque era un conversador bueno y ornado,
encargaron de la respuesta. Éste, alabando primeramente la costumbre
persa, dijo que él con los demás estaba concorde en esta opinión:
que el primer señor ningún derecho tenía ya sobre su servidor puesto
que en semejante caso no solamente lo había abandonado sino arrojado
de sí, y que por los beneficios recibidos del segundo justamente
parecía haber pasado a ser su servidor; por lo que, teniéndolo,
ningún daño, ninguna fuerza, ninguna injuria le hacía al primero.
Los demás hombres que a la mesa estaban, que mucho hombre valeroso
había, dijeron juntos que sostenían lo que había sido contestado por
Niccoluccio. El caballero, contento con tal respuesta y con que
Niccoluccio la hubiese dado, afirmó que él también era de aquella
opinión y luego dijo:
-Tiempo es ahora de que según mi promesa yo
os honre.
Y llamados dos de sus servidores, los envió
a la señora, a quien había hecho vestir y adornar egregiamente, y le
mandó pedir que viniese a alegrar a los hombres nobles con su
presencia. La cual, tomando en brazos a su hermosísimo hijito,
acompañada por dos servidores, vino a la sala y, como plugo al
caballero, junto a uno de los valerosos hombres se sentó; y él dijo:
-Señores, ésta es la cosa más preciada que tengo y que entiendo
tener más que ninguna otra; mirad si os parece que tengo razón.
Los gentileshombres, honrándola y loándola
mucho, y afirmando al caballero que como preciosa debía tenerla,
comenzaron a mirarla; y muchos había allí que le habrían dicho quién
era si por muerta no la hubiesen tenido; pero sobre todo la miraba
Niccoluccio. El cual, habiéndose alejado un poco el caballero, como
quien ardía en deseos de saber quién era ella, no pudiendo
contenerse le preguntó si boloñesa era o forastera. La señora,
oyendo que su marido le preguntaba, con trabajo se contuvo en
responderle, pero para seguir la orden que le habían dado, se calló.
Algún otro le preguntó si era suyo aquel niñito, y alguno si era la
mujer de micer Gentile o de alguna manera pariente suya; a los
cuales no dio ninguna respuesta. Pero llegando micer Gentile, dijo
alguno de sus invitados:
-Señor, hermosa cosa es esta vuestra, pero
parece muda; ¿lo es? -Señores --dijo micer Gentile-, el no haber
ella hablado al presente es no pequeña prueba de su virtud.
-Decidnos, pues, vos -siguió el mismo- quién es.
Dijo el caballero:
-Lo haré de buen grado si me prometéis que
por nada que diga nadie se moverá de su sitio hasta que esté
terminada mi historia.
Habiéndolo prometido todos, y habiendo ya
levantado las mesas, micer Gentile, sentándose junto a la señora,
dijo:
-Señores, esta señora es aquel siervo leal
y fiel sobre el cual os he hecho antes una pregunta; la cual, poco
estimada por los suyos, y como vil y ya no útil arrojada en mitad de
la calle, fue recogida por mí y con mi solicitud y obras arrancada
de las manos de la muerte; y Dios, mirando mi puro afecto, de cuerpo
espantable en tan hermosa la ha hecho volverse. Pero para que
claramente entendáis cómo esto me ha sucedido, brevemente os lo
aclararé.
Y comenzando desde su enamoramiento de
ella, lo que sucedido había hasta entonces distintamente narró, con
gran maravilla de los oyentes, y luego añadió:
-Por las cuales cosas, si mudado no habéis
la opinión de hace un momento ahora, y especialmente Niccoluccio,
esta mujer merecidamente es mía, y nadie puede reclamármela a justo
título. A esto nadie repuso sino que esperaban todos lo que iba a
decir después. Niccoluccio y los demás que allí estaban, y la señora
lloraban de compasión; pero micer Gentile, poniéndose en pie y
tomando en sus brazos al pequeñito y a la señora de la mano y yendo
hacia Niccoluccio dijo: -Vamos, compadre, no te devuelvo a tu mujer,
a quien tus parientes y los tuyos echaron a la calle, sino que
quiero darte a esta señora, mi comadre, con este hijito suyo, el
cual estoy seguro de que fue engendrado por ti y a quien sostuve en
el bautismo y le di por nombre Gentile: y te ruego que porque haya
estado en mi casa cerca de tres meses no te sea menos cara; que te
juro por el Dios que tal vez de ella enamorarme hizo para que mi
amor fuera, como ha sido, la ocasión de su salvación, que nunca ni
con su padre ni con su madre ni contigo más honestamente ha vivido
de lo que lo ha hecho junto a mi madre en mi casa. Y dicho esto, se
volvió a la señora y dijo:
-Señora, ahora ya de todas las promesas que
me habéis hecho os libero y libre os dejo con Niccoluccio. Y
habiendo devuelto a la mujer y al niño a los brazos de Niccoluccio,
volvió a sentarse. Niccoluccio deseosamente recibió a su mujer y a
su hijo, tanto más alegre cuanto más lejos estaba de esperarlos; y
lo mejor que pudo y supo dio las gracias al caballero; y los demás,
que todos de compasión lloraban, de esto le alabaron mucho, y
alabado fue de quien lo oyó. La señora, con maravillosa fiesta fue
recibida en su casa y como resucitada fue mucho tiempo mirada con
admiración por los boloñeses; y micer Gentile siempre amigo vivió de
Niccoluccio y de sus parientes y de los de la señora. ¿Qué, pues,
diréis, aquí, benignas señoras? ¿Estimaréis que haber dado un rey su
cetro y su corona, y un abad sin que nada le costase haber
reconciliado a un malhechor con el Papa, y un viejo poner la
garganta al cuchillo del enemigo, son dignos de igualar la acción de
micer Gentile? El cual, joven y ardiente, y pareciéndole a justo
título tener derecho a aquello que el descuido ajeno había desechado
y él por su buena fortuna había recogido, no sólo templó
honestamente su fuego, sino que liberalmente lo que solía con todos
sus pensamientos tratar de robar, teniéndolo, lo restituyó. Por
cierto que ninguna de las antes contadas me parece asemejarse a
ésta.
NOVELA QUINTA
Doña Dianora pide a micer Ansaldo un jardín
de enero bello como en mayo, micer Ansaldo, comprometiéndose con un
nigromante, se lo da; el marido le concede que haga lo que guste
micer Ansaldo el cual, oída la liberalidad del marido, la libra de
la promesa y el nigromante, sin querer nada de lo suyo, libra de la
suya a micer Ansaldo .
Por todos los de la alegre compañía había
sido ya micer Gentile elevado al cielo con sumas alabanzas cuando el
rey ordenó a Emilia que siguiese; la cual, desenvueltamente, como
deseosa de hablar, así comenzó:
Blandas señoras, nadie dirá con razón que
micer Gentile no obró con magnificencia; pero decir que no se pueda
con más tal vez no demuestre que se puede más: lo que pienso
contaros con una novelita mía. En el Friuli , lugar, aunque frío
alegre con bellas montañas, muchos ríos y claras fuentes, hay una
ciudad llamada Udine en la que vivió una hermosa y noble señora
llamada doña Dianora y mujer de un gran hombre rico llamado
Gilberto, muy amable y de buena índole; y mereció esta señora por su
valor ser sumamente amada por un noble y gran barón que tenía por
nombre micer Ansaldo Gradense, hombre de alta condición y en las
armas y en la cortesía conocido en todas partes. El cual,
ardientemente amándola y haciendo todas las cosas que podía para ser
amado por ella, y a ello con frecuencia solicitándola con sus
embajadas, en vano se cansaba. Y siendo a la señora penosas las
solicitaciones del caballero y viendo que, aunque le negase todo lo
que él pedía, no por ello dejaba él de amarla ni de solicitarla, con
una extraña y a su juicio imposible petición pensó que podría
quitárselo de encima; y a una mujer que a ella venía muchas veces de
parte de él, dijo un día así:
-Buena mujer, tú me has afirmado muchas
veces que micer Ansaldo me ama sobre todas las cosas y maravillosos
dones me has ofrecido de su parte; los cuales quiero que se quede
con ellos porque por ellos nunca a amarle y a complacerle me
llevará. Y si pudiese estar segura de que me ama tanto como decís,
sin falta me dejaría ir a amarle y a hacer lo que él quisiese; y por
ello, si quisiera asegurarme de ello con algo que voy a pedirle,
estaría dispuesta a lo que me ordenase. Dijo la buena mujer:
-¿Qué es, señora, lo que deseáis que haga?
Repuso la señora:
-Lo que deseo es esto: quiero, en el
próximo mes de enero, cerca de esta ciudad, un jardín lleno de
verdes hierbas, de flores y de frondosos árboles, no de otra manera
hecho que si fuese en mayo; lo cual, si no lo hace, ni a ti ni a
nadie envíe más a mí porque, si más me solicitase, tal como yo hasta
ahora lo he tenido oculto a mi marido y a mis parientes, así,
quejándome a ellos me ingeniaría en quitármelo de encima.
El caballero, oída la petición, y la
promesa de su señora, aunque muy difícil cosa y casi imposible de
hacer le pareciese, y conociendo que no por otra cosa le había
pedido la dama aquello, sino para que abandonase toda esperanza, se
propuso, sin embargo, intentar todo aquello que pudiese, y por
muchas partes del mundo anduvo mirando si a alguien encontraba que
ayuda o consejo le diese; y llegó a dar con uno que, si le pagaba
bien, le prometía hacerlo con artes nigrománticas. Con el cual micer
Ansaldo, concertándose por una grandísima cantidad de dinero, alegre
esperó el tiempo que le habían ordenado; y venido el cual, siendo
grandísimos los fríos y todas las cosas llenas de nieve y de hielo,
el valeroso hombre en un hermosísimo prado cercano a la ciudad con
sus artes hizo de tal manera, la noche a la cual seguía el primer
día de enero, que por la mañana apareció, según los que lo veían
testimoniaban, uno de los más hermosos jardines que nunca hubo visto
nadie, con hierbas y con árboles y con frutos de todas clases. El
cual, como micer Ansaldo, contentísimo, hubo visto, haciendo coger
frutos de los más hermosos que había y flores de las más bellas,
ocultamente los hizo llevar a su señora, e invitarla a ver el jardín
por ella pedido para que por él pudiese conocer que la amaba y
recordase la promesa que le había hecho y con juramento sellado, y
como mujer leal procurase luego cumplirla. La señora, vistos las
flores y los frutos, y ya habiendo oído hablar a muchos del
maravilloso jardín, comenzó a arrepentirse de su promesa; pero con
todo su arrepentimiento, como deseosa de ver cosas extrañas, con
muchas otras damas de la ciudad fue a ver el jardín, y no sin
maravilla alabándolo mucho, más triste que mujer alguna volvió a
casa, pensando en aquello a que estaba obligada por ello. Y fue
tanto el dolor que, no pudiéndolo esconder bien dentro de sí, hizo
que, apareciendo fuera, su marido se diese cuenta; y quiso de todas
las maneras que ella le dijese la razón. La señora, por vergüenza,
lo calló largo tiempo; por último, obligada, ordenadamente le
manifestó todo. Gilberto, primeramente, oyendo aquello se enfureció
mucho; luego, considerando la pura intención de la señora, arrojando
fuera de sí la ira, con más discreción, dijo: -Dianora, no es de
prudente ni de honesta mujer escuchar ninguna embajada de las de tal
clase, ni negociar bajo ninguna condición la castidad con nadie. Las
palabras recibidas en el corazón por los oídos tienen mayor fuerza
que muchos juzgan y casi todo les es posible a los amantes. Mal
hiciste, pues, primero al escuchar y luego al hacer un trato; pero
como conozco la pureza de tu intención, para liberarte de los lazos
de la promesa hecha, te concederé lo que tal vez ningún otro haría,
induciéndome a ello también el miedo al nigromante, al cual tal vez
micer Ansaldo, si le burlases, podría pedir nuestro daño. Quiero que
vayas a él y, si de alguna manera puedes, te ingenies en hacer que,
conservando tu honestidad, seas liberada de esta promesa; pero si de
otro modo no pudiera ser, por esta vez, el cuerpo, pero no el ánimo,
concédele. La mujer, oyendo al marido, lloraba y negaba que tal
gracia quisiese de él. A Gilberto, por mucho que su mujer se negase,
plugo que fuese así, por lo que, venida la siguiente mañana, al
salir la aurora, sin demasiado adornarse, con dos de sus servidores
delante y con una camarera detrás, se fue la señora a casa de micer
Ansaldo. El cual, al oír que su señora había venido a verle, se
maravilló fuertemente, y levantándose y haciendo llamar al
nigromante, le dijo:
-Quiero que veas qué gran bien me ha hecho
conseguir tu arte. Y saliendo a su encuentro, sin entregarse a
ningún desordenado apetito con reverencia la recibió honestamente, y
en una hermosa cámara con un gran fuego entraron todos; y haciéndola
sentar, dijo: -Señora, os ruego, si el largo amor que os he tenido
merece algún galardón, que no os moleste decirme la verdadera razón
que a tal hora os ha hecho venir y con tal compañía. La señora,
vergonzosa y casi con las lágrimas en los ojos, repuso: -Señor, ni
amor que os tenga ni palabra dada me traen aquí, sino la orden de mi
marido, el cual, teniendo más respeto a los trabajos de vuestro amor
que a su honra y la mía, me ha hecho venir aquí, y por orden suya
estoy dispuesta por esta vez a hacer lo que os agrade. Micer
Ansaldo, si primero se maravilló, oyendo a la señora mucho más
comenzó a maravillarse, y conmovido por la liberalidad de Gilberto,
su ardor en compasión comenzó a cambiar y dijo: -Señora, no plazca a
Dios, puesto que así es como vos decís, que sea yo quien manche el
honor de quien tiene compasión de mi amor; y por ello, el estar aquí
vos, cuanto os plazca, no será sino como si fueseis mi hermana, y,
cuando sea de vuestro agrado, libremente podéis iros, a condición de
que a vuestro marido, por tanta cortesía como ha sido la suya, deis
las gracias que creáis convenientes, teniéndome a mí siempre en el
porvenir por amigo y por servidor.
La señora, oyendo estas palabras, más
contenta que nunca, dijo: -Nada podía hacerme creer, teniendo en
consideración vuestras costumbres, que otra cosa debiera seguirse de
mi venida sino lo que veo que hacéis; por lo que os estaré siempre
obligada. Y despidiéndose, honrosamente acompañada volvió con
Gilberto y le contó lo que sucedido le había; de lo que se siguió
una estrechísima y leal amistad entre él y micer Ansaldo. El
nigromante, a quien micer Ansaldo se aprestaba a dar la prometida
recompensa, vista la liberalidad de Gilberto para con micer Ansaldo
y la de micer Ansaldo con la señora, dijo:
-No quiera Dios que, después de haber visto
a Gilberto ser liberal con su honra y a vos con vuestro amor, no sea
yo también liberal con mi recompensa; y por ello, sabiendo que os
corresponde a vos, entiendo que sea vuestra.
El caballero se avergonzó y se ingenió todo
lo que pudo en hacérsela tomar toda o en parte; pero luego de
cansarse en vano, habiendo el nigromante hecho desaparecer su jardín
después del tercer día y queriendo irse, le dejó irse con Dios; y
apagado en el corazón el concupiscente amor, por la mujer quedó
encendido en honesto afecto.
¿Qué diremos aquí, amorosas señoras?
¿Antepondremos la casi muerta señora y el amor entibiecido por la
débil esperanza a esta liberal conducta de micer Ansaldo, que más
ardientemente que nunca amaba y de más esperanza encendido que nunca
estaba teniendo en sus manos la presa tan perseguida? Necia cosa me
parecería creer que aquella liberalidad pudiera compararse a ésta.
NOVELA SEXTA
El rey Carlos , ya viejo, victorioso,
enamorado de una jovencita, avergonzándose de su loco amor, a ésta y
a una hermana suya casa honrosamente.
¿Quién podría contar cabalmente los varios
razonamientos que hubo entre las señoras sobre quién había usado de
mayor liberalidad, Gilberto o micer Ansaldo o el nigromante, en
torno a los casos de doña Dianora? Demasiado largo sería. Pero luego
de que el rey hubo concedido que se disputasen un tanto, mirando a
Fiameta, le mandó que novelando los sacase de su discusión; la cual,
sin esperar un momento, comenzó:
Magníficas señoras, yo he sido siempre de
la opinión de que, en las compañías como la nuestra, se debería
hablar tan por extenso que la demasiada oscuridad en el sentido de
las cosas dichas no fuese para los demás materia de discusión: lo
que mucho más es propio de las escuelas, entre los estudiosos, que
entre nosotras, que sólo con la rueca y el huso trabajamos. Y por
ello yo, que tal vez pensaba en alguna cosa dudosa, viendo que por
las ya dichas estáis riñendo, dejaré aquélla y contaré una no de un
hombre de poco pelo sino de un valeroso rey, contando lo que
caballerosamente hizo sin en nada faltar a su honor. Todas vosotras
podéis haber oído recordar muchas veces al rey Carlos el Viejo, o
bien el Primero, por cuya magnífica acción y luego por la gloriosa
victoria lograda sobre el rey Manfredi , fueron de Florencia los
gibelinos arrojados y volvieron allí los güelfos; por la cual cosa,
un caballero llamado micer Neri de los Uberti , con toda su familia
y con muchos dineros saliendo de allí, no quiso humillarse sino bajo
la protección del rey Carlos. Y para estar en un lugar solitario y
terminar allí en reposo su vida, a Castellammare de Stabia se fue; y
allí, como a un tiro de ballesta alejado de las demás habitaciones
de la ciudad, entre olivos y avellanos y castaños, en los que la
comarca es abundante, compró una posesión; sobre la cual hizo una
gran casa hermosa y espaciosa y junto a ella un deleitable jardín,
en medio del cual, a la manera nuestra, teniendo abundancia de agua
corriente, hizo un claro y buen vivero y lo llenó fácilmente con
muchos peces. Y de nada cuidando sino de hacer cada día más hermoso
su jardín, sucedió que el rey Carlos, en época calurosa, fue algún
tiempo a descansar a Castellammare, donde, oyendo la belleza del
jardín de micer Neri, quiso verlo. Y habiendo oído de quién era,
pensó que, porque a un partido contrario al suyo pertenecía el
caballero, más familiarmente con él quería comportarse; y le mandó a
decir que con cuatro acompañantes, privadamente, la noche siguiente
quería cenar con él en su jardín. Lo que fue muy del agrado de micer
Neri, y habiendo preparado magníficamente las mesas y habiendo
arreglado con sus criados lo que debía hacerse, lo más alegremente
que pudo y supo recibió al rey en su hermoso jardín; el cual,
después de que todo el jardín y la casa de micer Neri hubo visto y
alabado, estando las mesas puestas junto al vivero, a una de ellas,
después de haberse lavado, se sentó, y al conde Guido de Monforte ,
que uno de sus acompañantes era, mandó que se sentase a un lado suyo
y a micer Neri al otro, y a los otros tres que con él habían venido
mandó que sirviesen la mesa según el orden establecido por micer
Neri. Vinieron allí las bebidas delicadas y allí estuvieron los
vinos óptimos y preciosos, y la manera de servir muy bella y digna
de alabanza, sin ningún ruido ni ningún error, lo que el rey alabó
mucho. Y estando comiendo él alegremente y disfrutando del lugar
solitario, en el jardín entraron dos jovencitas de edad de unos
quince años cada una, rubias como las hebras del oro y con los
cabellos todos ensortijados y sobre ellos, sueltos, una fina
guirnalda de vincapervinca, y en los rostros antes parecían corderos
que otra cosa, tan delicados y hermosos los tenían; y estaban
vestidas con un vestido de lino sutilísimo y blanco como la nieve
sobre sus carnes, el cual de la cintura para arriba era estrechísimo
y de allí para abajo ancho, a guisa de un pabellón y largo hasta los
pies. Y la que venía delante llevaba sobre los hombros un par de
carriegos que mantenía con la siniestra mano, y en la diestra
llevaba un bastón largo y bajo aquel mismo brazo una brazada de leña
y en la mano unas trébedes y en la otra mano una orza de aceite y un
fuego encendido; las cuales, al verlas el rey, se maravilló y,
suspenso, esperó a ver qué quería decir esto. Las jovencitas,
llegadas más adelante, honestamente y tímidas hicieron una
reverencia al rey; y después, yendo a donde se entraba en el vivero,
la que llevaba la sartén, dejándola en el suelo y las demás cosas
junto a ella, cogió el bastón que la otra llevaba, y las dos en el
vivero, cuya agua les llegaba al pecho, entraron. Uno de los
servidores de micer Neri, prestamente allí encendió el fuego, y
puesta la sartén sobre las trébedes y echando en ella el aceite,
comenzó a esperar a que las jóvenes le echasen los peces. De 1as
cuales, una, buscando en los lugares donde sabía que se escondían
los peces, y la otra preparando los carriegos, con grandísimo placer
del rey que aquello atentamente miraba, en poco espacio de tiempo
cogieron un montón de peces; y arrojándoselos al criado, que casi
vivos los echaba en la sartén, tal como se les había enseñado,
comenzaron a coger los más hermosos y a echarlos encima de la mesa
delante del rey, y del conde Guido y su padre. Estos peces se
escurrían por la mesa, con lo que el rey recibía maravilloso placer;
e igualmente cogiéndolos él, a las jóvenes cortésmente se los
devolvía arrojándoselos, y así un rato estuvieron jugando, hasta que
el criado hubo frito aquellos que le habían dado; los cuales, más
como entremés que como comida muy preciosa o deleitable habiéndolo
ordenado micer Neri, fueron puestos delante del rey. Las jóvenes, al
ver los peces fritos y habiendo bastante pescado, habiéndoseles
completamente el blanco vestido pegado a las carnes y no ocultando
casi nada de sus delicados cuerpos, salieron del vivero; y habiendo
cada una recogido las cosas que habían llevado, pasando vergonzosas
delante del rey, a casa se volvieron. El rey y el conde y los demás
que servían habían mucho observado a estas jovencitas, y mucho
dentro de sí mismos las había estimado cada uno bellas y bien
hechas, y además de ello, amables y corteses; pero sobre todos los
demás habían agradado al rey; el cual, tan atentamente todas las
partes de su cuerpo había considerado cuando salían del agua que a
quien entonces lo hubiese pinchado no lo hubiera sentido. Y mucho
acordándose de ellas, sin saber quiénes eran ni cómo, sintió en el
corazón despertarse un ardentísimo deseo de agradarles, por lo cual
muy bien conoció que iba a enamorarse si no tenía cuidado; y no
sabía él mismo cuál de las dos era la que más le agradaba, tan
semejante en todas las cosas era una a la otra. Pero luego de que un
tanto hubo dado vueltas a este pensamiento, volviéndose a micer Neri
le preguntó quiénes eran las dos damiselas; a quien micer Neri
repuso:
-Monseñor, son mis hijas y nacidas de un
mismo parto, de las cuales una tiene por nombre Ginebra la bella y
la otra Isotta la rubia.
El rey se las alabó mucho, exhortándole a
casarlas; de lo que micer Neri, por no estar ya en posición de
hacerlo, se excusó. Y en esto, no quedando sino las frutas por
servir a la mesa, vinieron las dos jóvenes con dos corpiños de
tafetán bellísimos, con dos grandísimas bandejas de plata en la mano
llenas de frutos variados, según los daba la estación, y los
llevaron ante el rey sobre la mesa. Y hecho esto, retirándose un
poco, comenzaron a cantar una tonada cuya letra comenzaba:
Adónde he
llegado, Amor,
contarse no podría largamente,
con tanta dulzura y tan agradablemente que
al rey, que con deleite miraba y escuchaba, le parecía que todas las
jerarquías de los ángeles habían descendido allí a cantar; y
terminado aquélla, arrodillándose, reverentemente pidieron licencia
al rey, el cual, aunque su partida le doliese, aparentemente con
alegría se la dio. Terminada, pues, la cena, y habiendo vuelto el
rey a montar a caballo con sus compañeros y separándose de micer
Neri, hablando de una cosa y de la otra, al real palacio volvieron.
Allí, teniendo el rey su pasión escondida y no pudiendo olvidar la
hermosura y el agrado de Ginebra la bella por muchas cosas que
sucediesen, por cuyo amor también amaba a su hermana, tan semejante
a ella, tanto se dejó prender en la amorosa trampa que casi no podía
pensar en otra cosa; y fingiendo otros motivos, con micer Neri tenía
una estrecha familiaridad y muy frecuentemente visitaba su hermoso
jardín para ver a Ginebra. Y no pudiendo ya más soportarlo, y
habiéndosele (no sabiendo ver otra manera) venido al pensamiento no
solamente una, sino las dos jovencitas quitarle a su padre,
manifestó su intención y su amor al conde Guido. El cual, que era
valeroso hombre, le dijo:
-Monseñor, me maravilla mucho lo que me
decís, y tanto más de lo que se maravillaría otro cuanto me parece
que desde vuestra infancia hasta estos días he conocido mejor que
nadie vuestras costumbres; y no habiéndome parecido en vuestra
juventud (en la cual Amor más fácilmente debía hincar sus garras)
haberos conocido tal pasión, oyéndoos ahora, que ya estáis cercano a
la vejez, me resulta tan raro y tan extraño que améis vos de amor
que casi me parece un milagro. Y si a mí me correspondiese
reprenderos, sé bien lo que os diría, considerando que estáis
todavía en armas en el reino recientemente conquistado, entre gentes
no conocidas y llenas de engaños y de traición, y todo ocupado con
grandísimos cuidados y de alto gobierno, y aún no habéis podido
sentaros cuando entre tantas cosas habéis hecho lugar al lisonjero
amor. Esto no es propio de rey magnánimo, sino de un pusilánime
jovencito. Y además de esto, lo que es mucho peor, decís que habéis
deliberado quitarle las dos hijas al pobre caballero que en su casa
os ha honrado más allá de lo que podía, y por honraros más os las ha
mostrado casi desnudas, testimoniando con ello cuánta sea la fe que
tiene en vos, y que firmemente cree que vos sois un rey y no un lobo
rapaz. Pues ¿se os ha ido tan pronto de la memoria que la violencia
hecha a las mujeres por Manfredi os ha abierto las puertas de este
reino? ¿Qué traición se ha cometido nunca más digna del eterno
suplicio que sería ésta: que a aquel que os honra le quitéis su
honor, su bien, su esperanza y su consuelo? ¿Qué se diría si lo
hicieseis? Tal vez juzgáis que suficiente excusa sería decir: «Lo
hice porque es gibelino». Pues ¿es esto propio de la justicia de un
rey, que a quienes en sus brazos se echan de esta forma los trate de
tal guisa, sean quienes fueren? Os recuerdo, rey, que grandísima
gloria os ha sido vencer a Manfredi y derrotar a Curradino, pero
mucho mayor es vencerse a sí mismo; y por ello vos, que debéis
corregir a los otros, venceos a vos mismo y refrenad ese apetito, y
no queráis con tal mancha destruir lo que gloriosamente habéis
conquistado. Estas palabras hirieron amargamente el ánimo del rey, y
tanto más le afligieron cuanto más verdaderas las sabía; por lo que,
después de algún cálido suspiro, dijo: -Conde, por cierto que a
cualquiera otro enemigo, por muy fuerte que sea, juzgo que le sea al
bien enseñado guerrero débil y fácil de vencer con relación a su
mismo apetito; pero por muy grande que sea el deseo y necesite
fuerzas inestimables, tanto me han espoleado vuestras palabras que
conviene que, antes de que pasen demasiados días, os haga ver con
obras que, como sé vencer a otros, sé someterme a mí mismo
igualmente.
Y no muchos días después de que tuvieron
lugar estas palabras, vuelve el rey a Nápoles, tanto por quitarse a
sí mismo la ocasión de hacer alguna cosa vil como por premiar al
caballero del honor recibido de él, por muy duro que le fuese hacer
a otro poseedor de lo que sumamente deseaba para él mismo, no se
dispuso menos a casar a las dos jóvenes, y no como a hijas de micer
Neri, sino como a suyas. Y con placer de micer Neri, dotándolas
magníficamente, a Ginebra la bella dio a micer Maffeo de Palizzi, y
a Isotta la rubia a micer Guiglielmo de la Magna, nobles caballeros
y grandes barones ambos; y asignándoselas a ellos, con dolor
inestimable se fue a Apulia, y con fatigas continuas tanto maceró a
su ciego apetito que, despedazadas y rotas las amorosas cadenas, por
todo lo que vivir debía libre quedó de tal pasión. Habrá tal vez
quienes digan que pequeña cosa es para un rey haber casado a dos
jovencitas, y lo concederé; pero que muy grande y grandísima es
diré, si decimos que un rey enamorado lo haya hecho, casando a
aquella a quien amaba sin haber tomado o cogido de su amor fronda, o
flor, o fruto. Así pues, obró el magnífico rey premiando altamente
al noble caballero, honrando loablemente a las amadas jovencitas y
venciéndose a sí mismo duramente.
NOVELA SÉPTIMA
El rey Pedro , oyendo el ardiente amor que
le tiene la enferma Lisa, la consuela y luego la casa con un joven
noble,, y besándola en la frente dice que será siempre su caballero
.
Llegado había Fiameta al fin de su novela y
muy alabada había sido la viril magnificencia del rey Carlos, por
más que alguna de las que allí estaban, que era gibelina, no
quisiese alabarlo, cuando Pampínea, habiéndoselo ordenado el rey,
comenzó:
Nadie que sea discreto, conspicuas señoras,
habría que no dijera lo que decís vosotras del buen rey Carlos, sino
quien por otro motivo le quiera mal. Pero como por la memoria me
está rondando una cosa tal vez no menos loable que fue hecha por un
adversario suyo a una joven de nuestra Florencia, me place
contárosla:
En el tiempo en que los franceses fueron
arrojados de Sicilia , había en Palermo un boticario florentino
llamado Bernardo Puccini, hombre riquísimo que de su mujer tenía
solo una hijita hermosísima y ya en edad de casarse. Y habiendo
llegado a ser señor de la isla el rey Pedro de Aragón, celebraba en
Palermo una maravillosa fiesta con sus barones; en la cual fiesta,
estando justando él a la catalana, sucedió que la hija de Bernardo,
cuyo nombre era Lisa, desde una ventana donde estaba con otras damas
lo vio mientras corría, y tan maravillosamente le agradó que
mirándolo luego una vez y otra se enamoró de él ardientemente. Y
terminada la fiesta y estando ella en casa de su padre, en ninguna
otra cosa podía pensar sino en este su magnífico y alto amor; y lo
que en este asunto le dolía era el conocimiento de su ínfima
condición que apenas le dejaba tener ninguna esperanza de un final
feliz; pero no obstante no quería apartarse de amar al rey y por
miedo de un mayor mal no se atrevía a manifestarlo. El rey de esto
no se había dado cuenta ni se preocupaba, de lo que ella, más allá
de lo que pudiera juzgarse, sentía intolerable dolor; por la cual
cosa sucedió que, creciendo en ella continuamente amor, y sumándose
una tristeza a la otra, la hermosa joven, no pudiendo más, enfermó
y, evidentemente de día en día, como la nieve al sol se consumía. Su
padre y su madre, doloridos de esta enfermedad, con consuelos
continuos y con médicos y con medicinas en lo que era posible le
ayudaban; pero de nada servía porque ella, como desesperada de su
amor, había elegido no seguir viviendo. Ahora bien, sucedió que,
ofreciéndole su padre darle todo lo que quisiera, le vino al
pensamiento que si convenientemente pudiese, querría hacer saber al
rey su amor y su decisión antes de morir: y por ello, un día le rogó
que hiciera venir a Minuccio de Arezzo . Era en aquellos tiempos
Minuccio tenido por un finísimo cantor y músico y con agrado era
recibido por el rey Pedro, al cual avisó Bernardo de que Lisa
querría oírle tocar y cantar un rato; por lo que, haciéndoselo
decir, él, que era hombre amable, incontinenti vino a donde ella; y
luego de que un tanto con tiernas palabras la hubo consolado, con
una viola dulcemente tocó alguna estampida y cantó luego algunas
canciones que para el amor de la joven eran fuego y llama, cuando él
lo que creía era consolarla. Después de esto, dijo la joven que
quería hablar con él solo unas palabras; por lo que, yéndose todos
los demás, le dijo ella:
-Minuccio, te he elegido a ti para
fidelísimo guardián de un secreto mío, esperando primeramente que a
nadie sino a quien yo te diga debas manifestarlo nunca, y luego, que
en lo que puedas me ayudes: y esto te ruego. Debes, pues, saber,
Minuccio mío, que el día que nuestro señor el rey Pedro celebró su
gran fiesta de subida al trono, me sucedió verlo, mientras estaba
justando, en tan fuerte momento, que por su amor se me encendió en
el alma un fuego tal que a la situación me ha traído en que me ves;
y conociendo yo cuán mal conviene mi amor a un rey, y no pudiendo no
ya arrojarlo de mí, sino disminuirlo, y siéndome sobremanera duro de
soportar, he elegido como menor aflicción, morir; y así lo haré. Y
es verdad que grandemente me iría consolada si lo supiera él
primero; y no sabiendo por quién poderle hacer saber esta
disposición mía más apropiadamente que por ti, quiero a ti
encomendarla y te ruego que no te rehúses a hacerlo; y cuando lo
hayas hecho, házmelo saber para que yo, muriendo consolada, me
desenlace de estas penas. Y dicho esto, llorando, calló. Maravillóse
Minuccio de la grandeza del ánimo de ella y de su duro propósito, y
mucho se compadeció de ella; y súbitamente le vino al ánimo cómo
honestamente podría ayudarla, y le dijo:
-Lisa, te doy mi palabra, por la que está
segura de que nunca serás engañada; y además, alabándote por tan
alto empeño como es haber puesto el ánimo en tan gran rey, te
ofrezco mi ayuda, con la que espero que, si quieres consolarte,
obraré de tal manera que antes de que pase el tercer día creo que
podré traerte noticias que sumamente queridas te serán; y para no
perder tiempo, me voy a darle principio. Lisa, por ello de nuevo
rogándole mucho y prometiéndole animarse, le dijo que se fuese con
Dios. Minuccio, yéndose, fue a buscar a un tal Mico de Siena, muy
buen decidor en rima en aquellos tiempos, y con ruegos le obligó a
hacer la cancioncita que sigue:
- Muévete, Amor, y vete a mi señor
- y cuéntale las penas que sostengo,
- dile que a muerte vengo
- por celar mi deseo por temor.
- Piedad, Amor: de rodillas te llamo,
- ve y busca a mi señor en donde mora,
- dile que mucho le deseo y amo
- pues dulcemente el alma me enamora,
- y por el fuego ardiente en que me inflamo
- temo morir, y no veo la hora
- en que me aleje de pena tan dura
- como padezco su amor deseando,
- temiendo y vacilando
- ¡Por Dios, haz que conozca mi dolor!
- Desde que de él estoy enamorada,
- no me has dejado, Amor, atrevimiento:
- siempre estoy asustada
- sin poderle mostrar mi sentimiento
- a quien me tiene tan apasionada
- y, muriendo, morir es mi tormento;
- tal vez no le daría descontento
- conocer el dolor del alma mía
- si tuviera osadía
- para manifestarle este mi ardor.
- Y pues que no te fue agradable, Amor,
- el concederme tanta confianza
- que pudiese decir a mi señor
- ¡ay de mí! por mensaje o en semblanza
- el sentimiento que me da calor,
- vete ante él y ante su remembranza
- trae aquel día en que a escudo y a lanza
- con otros caballeros vi justar
- indúcelo a mirar
- cómo perezco por su dulce amor.
Las cuales palabras, Minuccio entonó
prestamente con un son suave y piadoso, como su materia requería, y
el tercer día se fue a la corte, cuando estaba el rey Pedro todavía
comiendo; por el cual le fue dicho que cantase algo con su viola.
Con lo que él comenzó, tan dulcemente tocando, a cantar esta canción
que cuantos en la real sala estaban parecían bajo un sortilegio, de
tan callados y suspensos escuchando como estaban todos, y el rey
casi más que los otros. Y habiendo Minuccio terminado su canto, el
rey le preguntó de dónde procedía, que no le parecía haberlo oído
nunca. -Monseñor -repuso Minuccio-, no hace aún tres días que se
compusieron las palabras y la música. El cual, habiéndole el rey
preguntado que por quién, repuso: -No me atrevo a descubrirlo sino a
vos.
El rey, deseoso de oírlo, levantadas las
mesas, le hizo entrar a él solo en su cámara, donde Minuccio
ordenadamente le contó todo lo oído; lo que el rey celebró mucho y
mucho alabó a la joven y dijo que de joven tan valerosa había que
tener compasión, y por ello que fuese de su parte a ella y la
confortase, y le dijera que sin falta aquel día al atardecer vendría
a visitarla. Minuccio, contentísimo de llevar tan placenteras nuevas
a la joven, sin dilación con su viola se fue y, hablando con ella
sola, todo lo que había pasado le contó, y luego cantó la canción
con su viola. De esto se puso la joven tan alegre y tan contenta que
claramente y sin tardanza aparecieron señales grandísimas de su
mejoría; y con deseo, sin saber ni presumir ninguno de la casa qué
fuese aquello, se puso a esperar el atardecer en que su señor debía
venir. El rey, que liberal y benigno señor era, habiendo luego
pensado muchas veces en las cosas oídas a Minuccio y conociendo
óptimamente a la joven y su hermosura, se compadeció más de lo que
estaba y al llegar la caída de la tarde montando a caballo,
aparentando ir de paseo, llegó donde estaba la casa del boticario; y
allí, haciendo pedir que le abriesen un bellísimo jardín que el
boticario tenía, allí bajó de su caballo, y luego de un tanto
preguntó a Bernardo que qué era de su hija, si la había casado ya.
Repuso Bernardo:
-Señor, no está casada sino que ha estado y
aún está muy enferma; aunque es verdad que desde nona para acá se ha
mejorado maravillosamente.
El rey comprendió prestamente lo que
aquella mejoría quería decir y dijo: -A fe que desgracia sería que
fuese quitada al mundo tan hermosa cosa; queremos ir a visitarla. Y
con dos de sus compañeros solamente y con Bernardo en la alcoba de
ella poco después entró, y en cuanto estuvo dentro se acercó a la
cama donde la joven, algo incorporada en ella, le esperaba deseosa,
y le cogió una mano, diciéndole:
-Señora, ¿qué quiere decir esto? Sois joven
y debéis confortar a los otros, ¿y os dejáis enfermar? Queremos
rogaros que os plazca por nuestro amor consolaros de manera que
estéis pronto curada. La joven, sintiéndose coger las manos por
aquel a quien sobre todas las cosas amaba, aunque un tanto se
avergonzase, sentía tan gran placer en el ánimo como si hubiera
estado en el paraíso, y como pudo le respondió:
-Señor mío, el querer poner mis pocas
fuerzas sobre gravísimos pesos ha sido la razón de esta enfermedad,
de la cual vos, por vuestra gracia, pronto libre me veréis. Sólo el
rey entendía el encubierto hablar de la joven y a cada momento la
reputaba de más valor, y muchas veces maldijo en su interior a la
fortuna que de tal hombre la había hecho hija; y luego de que un
tanto hubo estado con ella y confortándola más todavía, se fue. Este
rasgo de humanidad del rey fue muy alabado y en gran honor tenido
para el boticario y su hija; la cual, tan contenta se quedó como
cualquiera otra mujer lo estuvo alguna vez de su amante; y por una
mejor esperanza ayudada, curada en pocos días, más hermosa se puso
de lo que lo había sido nunca. Pero luego de que estuvo curada,
habiendo el rey con la reina discurrido qué recompensa a tal amor
quería darle, montando un día a caballo, con muchos de sus barones
se fue a casa del boticario, y entrando en el jardín hizo llamar al
boticario y a su hija; y en esto llegando la reina con muchas damas,
y recibiendo a la joven entre ellas, comenzaron una maravillosa
fiesta. Y luego de algún tanto, el rey y la reina llamando a Lisa,
le dijo al rey: -Valerosa joven, el gran amor que me habéis tenido
os ha alcanzado de nos gran honor, del que queremos que por amor a
nos estéis contenta; y el honor es éste: que, como sea que estáis en
edad de casaros queremos que toméis por marido al que os vamos a
dar, entendiendo siempre, no obstante esto, llamarme vuestro
caballero, sin querer de tanto amor tomar de vos sino un solo beso.
La joven, que de vergüenza tenía la faz bermeja, haciendo suyo el
gusto del rey, en voz baja respondió así:
-Señor mío, estoy muy cierta de que si se
supiera que me he enamorado de vos, las más de las gentes me
reputarían loca, creyendo tal vez que a mí misma me hubiese olvidado
y que mi condición (y además de ella la vuestra) no conozco; pero
como Dios sabe, que sólo el corazón de los mortales ve y conoce, en
el momento que primero me gustasteis conocí que erais rey y yo la
hija de Bernardo el boticario, y mal convenirme a mí a tan alto
lugar dirigir el ardor de mi ánimo. Pero tal como vos mejor que yo
conocéis, nadie se enamora por meditada elección sino según el
apetito y el gusto; ley a la cual muchas veces se opusieron mis
fuerzas; y no pudiendo más, os amé y os amo y os amaré siempre. Es
verdad que, al sentirme prender por vuestro amor, me dispuse por
completo a hacer siempre de vuestro deseo el mío y por ello no el
hacer esto de tomar de buen grado marido y tener en estima a quien
os plazca darme (que sea mi honor y estado), sino que si me dijeseis
que me quedase en el fuego, si creía que os agradaba, me daría
placer. Teneros a vos, rey, por caballero, sabéis que me conviene y
por ello más a esto no respondo; y no os será concedido el beso que
queréis de mi amor sin licencia de mi señora la reina. Y de tanta
benignidad hacia mí cuanta es la vuestra y de mi señora la reina que
está aquí, Dios os conceda por mí las gracias y el premio que yo no
puedo dar.
Y aquí calló. A la reina plugo mucho la
respuesta de la joven y le pareció tan discreta como le había dicho
el rey. El rey hizo llamar al padre de la joven y a la madre y,
sintiéndose contentos de lo que hacer se proponía, hizo llamar a un
joven, que era hombre noble aunque pobre, que tenía por nombre
Perdicone, y poniéndole unos anillos en la mano, a él que no
rehusaba hacerlo, hizo casarse con Lisa; a los cuales incontinenti
el rey, además de muchas joyas preciosas que él y la reina a la
joven dieron, les dio Cefalú y Caltabellotta, dos buenísimos feudos
y de gran fruto, diciendo: -Éstas te las damos como dote de la dama;
lo que queremos hacerte a ti lo verás en el tiempo por venir. Y
dicho esto, volviéndose a la joven, dijo:
-Ahora queremos tomar aquel fruto que de
vuestro amor debemos tener -y cogiéndole la cabeza con las dos
manos, la besó en la frente. Perdicone y el padre y la madre de
Lisa, y ella también, contentos hicieron grandísima fiesta y alegres
bodas: y según lo que muchos afirman, muy bien cumplió el rey lo
convenido con la joven, porque mientras vivió se llamó siempre
caballero suyo y nunca fue a ningún hecho de armas llevando otra
enseña sino la que por la joven le fuese mandada. Así pues, obrando
se conquistan las almas de los súbditos, se da a otros ejemplos de
bien obrar y se conquistan las famas eternas; a la cual cosa hoy
pocos o ninguno ha tendido el arco del intelecto, habiéndose
convertido en tiranos y en crueles la mayoría de los señores.
NOVELA OCTAVA
Sofronia, creyendo ser la mujer de Gisippo,
lo es de Tito Quinto Fulvio y con él se va a Roma; adonde Gisippo
llega en pobre estado, y creyendo ser despreciado por Tito, afirma,
para morir, que ha matado a un hombre, Tito, reconociéndolo, dice,
para salvarlo, que lo ha matado él, lo cual, viéndolo quien lo había
hecho, se culpa a sí mismo; por la cual cosa son todos puestos en
libertad por Octavio, y Tito a Gisippo da a su hermana por mujer y
reparte con él todos sus bienes .
Filomena, por mandato del rey, habiéndose
callado Pampínea y habiendo ya todas ellas alabado al rey Pedro, y
más gibelina que las otras, comenzó:
Magníficas señoras, ¿quién no sabe que los
reyes pueden, cuando quieren, hacer las más altas cosas y que además
a ellos les cumple especialísimamente ser magníficos? Quien, por
consiguiente, hace lo que debe hacer, hace bien; pero no hay que
maravillarse tanto ni alzarlo tan alto con alabanzas sumas como
convendría a otro que lo hiciese, de quien, por tener menos posibles
menos se esperase. Y por ello, si con tantas palabras las obras del
rey exaltáis y os parecen buenas, no dudo que mucho más deban
agradaros y ser alabadas por vos las de nuestros iguales cuando son
semejantes a las del rey o mejores; por lo que una admirable obra y
magnífica hecha por dos ciudadanos amigos me he propuesto contaros
en una historia. Así pues, en el tiempo en que Octavio César, no
todavía como Augusto, sino desde el puesto llamado triunvirato,
regía el imperio de Roma, hubo en Roma un hombre noble llamado
Publio Quinto Fulvio el cual, teniendo un hijo llamado Tito Quinto
Fulvio, de maravilloso ingenio, lo mandó a Atenas a aprender
filosofía, y cuanto más pudo lo recomendó a un hombre noble de la
ciudad llamado Cremetes, el cual era muy viejo amigo suyo. Por el
cual Tito, en su propia casa fue alojado en compañía de un hijo suyo
llamado Gisippo; y bajo la enseñanza de un filósofo llamado
Aristippo, tanto Tito como Gisippo fueron por igual puestos a
estudiar por Cremetes. Y frecuentándose mucho los dos jóvenes, tanto
llegaron a ser semejantes sus costumbres que una fraternidad y una
amistad tan grande nació entre ellos que nunca luego fue destruida
sino por la muerte; y ninguno de ellos gozaba de bien ni de reposo
sino cuando estaban juntos. Habían comenzado los estudios e
igualmente los dos con altísimo ingenio dotados, subían a la
gloriosa altura de la filosofía con iguales pasos y con maravillosa
alabanza; y en tal vida (con grandísimo placer de Cremetes, que casi
no consideraba más hijo suyo al uno que al otro) perseveraron al
menos tres años. Al final de los cuales, como con todas las cosas
sucede, sucedió que Cremetes, ya viejo, cerró los ojos a esta vida,
de lo que un igual dolor, así como por común padre, sintieron, y ni
los amigos ni los parientes de Cremetes discernían cuál de los dos
habría de ser más consolado por el sucedido caso. Sucedió, después
de unos cuantos meses, que los amigos de Gisippo y los parientes
fueron a estar con él y junto con Tito le animaron a tomar mujer, y
le encontraron una joven de maravillosa hermosura y de nobilísimos
parientes descendiente y ciudadana de Atenas, cuyo nombre era
Sofronia, de edad de unos quince años. Y acercándose el momento de
las futuras bodas, Gisippo rogó a Tito un día que fuese con él a
verla, que todavía no la había visto; y llegados a casa de ella, y
estando ella entre ambos, Tito, como apreciador de la hermosura de
la novia de su amigo comenzó a mirarla atentísimamente, y todas sus
partes desmedidamente agradándole, mientras las ponderaba sumamente
para sí, tan profundamente, sin darlo a entender, se inflamó por
ella, cuanto ningún amante de mujer se ha inflamado nunca. Pero
luego que con ella hubieron estado, despidiéndose, a casa se
volvieron. Allí Tito, entrando solo en su alcoba, en la joven que le
había placido comenzó a pensar, tanto más inflamándose cuanto más se
paraba en su pensamiento; de lo que, dándose cuenta, luego de muchos
cálidos suspiros, comenzó a decirse: -¡Ay! ¡Miserable vida tuya,
Tito! ¿Dónde es donde pones tu ánimo y tu amor y tu esperanza? ¿Pues
no conoces, tanto por los honores recibidos de Cremetes y su familia
como por la verdadera amistad que hay entre tú y Gisippo, de quien
ésta es esposa, que a esta joven te conviene tener la reverencia que
a una hermana? ¿Cómo la amas? ¿Dónde te dejas llevar por el engañoso
amor?, ¿dónde por la lisonjera esperanza? Abre los ojos del
intelecto y conócete, mísero, a ti mismo; deja paso a la razón,
refrena el apetito concupiscente, templa los deseos no sanos y
endereza a otra parte tus pensamientos; haz frente en este comienzo
a tu lujuria, y véncete a ti mismo mientras es todavía tiempo. Lo
que quieres no es conveniente, no es honesto; lo que a seguir te
dispones, aun si fuese seguro que lo alcanzases, que no es, deberías
huirlo si mirases aquello que la verdadera amistad te pide. ¿Qué
harás, pues, Tito? Abandonarás el indebido amor, si quieres hacer lo
que es debido.
Y luego, acordándose de Sofronia, volviendo
atrás, todo lo dicho lo condenaba, diciendo: -Las leyes de Amor son
de mayor poder que ninguna otra; rompen no solamente las de la
amistad sino las divinas. ¿Cuántas veces ha amado el padre a su
hija, el hermano a la hermana, la madrina al ahijado? Cosas más
monstruosas que un amigo ame a la mujer del otro han sucedido mil
veces. Además de esto, yo soy joven, y la juventud toda está
sometida a las amorosas leyes; aquello, pues, que place a amor, a mí
debe placerme. Las cosas son propias de los más viejos; yo no puedo
querer sino lo que amor quiere. La hermosura de ella merece ser
amada por todos; y si yo la amo, que soy joven, ¿quién podrá
reprenderme con razón? No la amo porque sea de Gisippo, la amo tanto
como la amaría fuera de quien fuese; peca aquí la fortuna que la ha
concedido a mi amigo Gisippo en lugar de a otro. Y si debe ser amada
por su hermosura (como debe) merecidamente, más contento debe estar
Gisippo, al saberlo, de que la ame yo que otro.
Y desde este razonamiento, burlándose a sí
mismo, volviendo al contrario, y de éste a aquél y de aquél a éste,
no solamente aquel día y la noche siguiente consumió, sino muchos
otros, hasta el punto de que, perdidos el alimento y el sueño, por
debilidad tuvo que acostarse. Gisippo, que muchos días lo había
visto sumido en sus pensamientos y ahora lo veía enfermo, mucho se
dolía, y con todo arte y solicitud, sin separarse nunca de él, se
esforzaba en consolarlo, con frecuencia y con muchas instancias
preguntándole la razón de sus pensamientos y de la enfermedad. Pero
habiéndole muchas veces Tito respondido con mentiras y habiéndose
dado cuenta Gisippo, sintiéndose, sin embargo, Tito obligado, con
llantos y con suspiros le repuso de tal guisa:
-Gisippo, si a los dioses hubiera placido,
a mí me sería mucho más grata la muerte que seguir viviendo,
pensando que la fortuna me ha conducido a un lugar en que me ha
convenido probar mi virtud, y con grandísima vergüenza mía la
encuentro vencida; pero por cierto que espero pronto la recompensa
que merezco, es decir, la muerte, que me es más cara que vivir con
el recuerdo de mi vileza; la cual, puesto que a ti no puedo ni debo
ocultarte nada, con gran rubor te manifestaré. Y comenzando desde el
principio, la razón de sus pensamientos y la batalla de éstos, y por
último de quién era la victoria y que se moría por amor de Sofronia,
le descubrió, afirmando que, conociendo cuánto le convenía a él
aquello, como penitencia se había impuesto el morir, lo que pronto
creía que conseguiría. Gisippo, al oír esto y ver su llanto, un
tanto al principio reflexionó, como quien de la belleza de la joven
sucediese que más tibiamente estuviera prendado; pero sin tardanza
deliberó que la vida de su amigo debía serle más querida que
Sofronia y así, por las lágrimas de él invitado a llorar, le
contestó llorando: -Tito, si no estuvieses tan necesitado de
consuelo como lo estás, me quejaría a ti de ti mismo como de quien
ha violado nuestra amistad teniéndome tan largamente escondida tu
gravísima pasión. Y aunque no pareciese honesta, no hay por ello que
celar al amigo las cosas deshonestas sino como las honestas, porque
quien es amigo, así como en las honestas cosas se alegra con el
amigo, así en las no honestas se esfuerza por apartar de ellas el
ánimo del amigo. Pero absteniéndome al presente, vendré a lo que veo
que más necesitas. Si ardientemente amas a Sofronia, conmigo
desposada, no me maravillo, sino que me maravillaría si no fuese
así, conociendo su hermosura y la nobleza de tu ánimo, tanto más
apta a sostener la pasión cuanto más excelencia tenga la cosa que
plazca. Y cuanto justamente amas a Sofronia, tanto te quejas
injustamente de la fortuna, aunque así no lo expreses, que a mí me
la ha concedido, pareciéndote que amarla tú sería honesto si hubiese
sido de otro que no fuera yo. Pero si eres discreto como sueles, ¿a
quién podía concederla la fortuna, de quien mayores gracias pudieras
darle, si no me la hubiera concedido a mí? Cualquiera otro que la
hubiese tenido por muy honesto que hubiera sido tu amor, la habría
amado a ella más que a ti, lo que de mí, si por tan amigo me tienes
como soy, no debes esperar y la razón es ésta: que no me acuerdo,
desde que somos amigos, de que yo tuviese nada que no fuese tan tuyo
como mío; lo que, si tan lejos hubiera ido las cosas que no pudiese
ser de otra manera, así haría con ésta como con las otras; pero
todavía estamos en tales términos que puedo hacer que sea solamente
tuya, y eso haré, porque no sé cómo mi amistad podría serte preciada
si en una cosa que puede hacerse honestamente, no supiera de tu
voluntad hacer la mía. Es verdad que Sofronia es mi esposa y que la
amaba mucho y con gran alegría esperaba las bodas con ella; pero
como tú, como de mayor entendimiento que yo, con más ardor deseas
tan preciada cosa como es ella, vive seguro que no mi mujer, sino la
tuya será en mi alcoba. Y por ello, deja el ensimismamiento, aleja
la melancolía, llama a ti la salud perdida y el consuelo y la
alegría, y de ahora en adelante espera contento el premio de tu
amor, que mucho más merecido es que lo era al mío. Tito, al oír
hablar así a Gisippo, cuanto placer le daba la lisonjera esperanza
de aquello, tanto le daba vergüenza la justa conciencia, mostrándole
que cuanto mejor era la liberalidad de Gisippo, tanto mayor le
parecía inconveniente aceptarla; por lo que, sin dejar de llorar,
con trabajo así le respondió: -Gisippo, tu liberal y verdadera
amistad muy claro me muestra lo que a la mía conviene hacer. No
quiera Dios que nunca aquella que te han dado como a más digno que a
mí la reciba yo por mía. Si Él hubiera visto que me convenía, ni tú
ni nadie debes creer que te la hubiera concedido a ti. Toma, pues,
contento, lo que has elegido con el discreto consejo y con su don, y
a mí déjame consumirme en las lágrimas que como a indigno de tanto
bien me ha aparejado: las cuales, o venceré y te seré querido, o me
vencerán y estaré libre de pena.
Al cual Gisippo dijo:
-Tito, si nuestra amistad puede concederme
tanta licencia como para forzarte a seguir un gusto mío, y a ti
puede inducirte a seguirlo, esto será en lo que sumamente entiendo
usarla; y si tú no condesciendes placenteramente a mis ruegos, con
la fuerza que debe hacerse en bien del amigo haré que Sofronia sea
tuya. Sé cuánto pueden las fuerzas de Amor y que no una vez, sino
muchas han conducido a una infeliz muerte a los amantes; y te veo
tan cerca de ello que ni detener ni vencer a las lágrimas podrías
sino que, continuando, vencido, desfallecerías; y yo, sin ninguna
duda, pronto te seguiría. Así pues, aunque por otra cosa no te
amase, me es, para vivir, preciosa tu vida. Será, pues, tuya
Sofronia porque fácilmente no encontrarías a otra que así te
agradase, y yo con facilidad volviendo mi amor a otra, te habré
contentado a ti y a mí. En la cual cosa tal vez no sería tan liberal
si tan raramente y con la misma dificultad las mujeres se
encontrasen como los amigos se encuentran; y por ello, pudiendo yo
facilísimamente otra mujer encontrar pero no otro amigo, quiero por
ello (no quiero decir perderla, que no la perderé dándotela a ti,
sino que la trasladaré a otro yo mío) de bien a mejor transferirla,
antes que perderte. Y por ello, si alguna cosa pueden en ti mis
ruegos, te ruego que, saliendo de esta aflicción, en un punto te
consueles a ti y a mí, y con esperanza del bien, viviendo te
dispongas a coge esa alegría que tu cálido amor desea de la cosa
amada. Aunque Tito se avergonzase de consentir en que Sofronia se
convirtiese en su mujer, y por ello obstinado estuviese todavía,
empujándolo por una parte amor y por la otra incitándole los ánimos
que le daba Gisippo, dijo:
-Basta, Gisippo; no sé qué puedo decir
mejor que haré, si mi placer o el tuyo haciendo lo que, rogándome,
me dices que tanto te gusta; y puesto que tu liberalidad es tanta
que vence mi merecida vergüenza, lo haré. Pero estate seguro de que
lo hago no como quien no sabe que recibo de ti no solamente a la
mujer amada, sino con ella mi vida. Hagan los dioses, si puede ser,
que con honor y con bien tuyo pueda alguna vez mostrarte cuánto
aprecio lo que por mí, más compasivo de mí que yo mismo, haces.
Después de estas palabras, dijo Gisippo:
-Tito, en esto, para que tenga efecto, me
parece que debemos hacer lo siguiente: como sabes, después de largas
negociaciones entre mis parientes y los de Sofronia, ella se ha
convertido en mi esposa; y por ello, si yo fuese ahora diciendo que
no la quería por mujer, grandísimo escándalo nacería de ello, y se
enfurecerían mis parientes y los suyos; lo que nada me preocuparía
si por ello viese que ella iba a ser tuya; pero temo, que si así la
dejase, que sus parientes la darían pronto a otro, que tal vez no
serías tú, y así habrías perdido lo que yo habría adquirido. Y por
ello me parece, si estás de acuerdo, que con lo que he comenzado voy
yo a seguir adelante y como mía la llevaré a casa y celebraré las
bodas; y luego tú, ocultamente, como lo preparemos, con ella como
mujer tuya te acuestes; luego, a su lugar y tiempo manifestaremos el
asunto, que, si les agrada, bien estará; si no les agrada, de todas
las maneras estará hecho y no pudiendo volverlo atrás, tendrán por
fuerza que contentarse con ello. Plugo a Tito el acuerdo; por la
cual cosa, Gisippo, como suya en su casa la recibió, estando ya Tito |