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HISTORIA DE SINDBAD EL MARINO
"He llegado a saber que en tiempo del califa Harún
Al-Rachid vivía en la ciudad de Bagdad un hombre llamado Sindbad el Cargador.
Era de condición pobre, y para ganarse la vida acostumbraba a transportar bultos
en su cabeza. Un día entre los días hubo de llevar cierta carga muy pesada; y
aquel día precisamente sentíase un calor tan excesivo, que sudaba el cargador,
abrumado par el peso que llevaba encima. Intolerable se había hecho ya la
temperatura, cuando el cargador pasó por delante de la puerta de una casa que
debía pertenecer a algún mercader rico, a juzgar par el suelo bien barrido y
regado alrededor con agua de rosas. Soplaba allí una brisa gratísima, y cerca de
la puerta aparecía un ancho banco para sentarse. Al verlo, el cargardor Sindbad
soltó su carga sobre el banco en cuestión con objeto de descansar y respirar
aquel aire agradable, sintiendo a poco que desde la puerta llegaba a él un aura
pura y mezclada con delicioso aroma;. y tanto le deleitó, que fue a sentarse en
un extremo del banco. Entonces advirtió un concierto de laúdes e instrumentos
diversos, acompañados por magníficas voces que cantaban canciones en un lenguaje
escogido; y advirtió también píos de aves cantoras que glorificaban de modo
encantador a Alah el Altísimo; distinguió, entre otras, acentos de tórtolas, de
ruiseñores, de mirlos, de bulbuls, de palomas de collar y de perdices
domésticas. Maravillóse mucho e, impulsada por el placer enorme que todo aquello
le causaba, asomó la cabeza por la rendija abierta de la puerta y vio en el
fondo un jardín inmenso donde se apiñaban servidores jóvenes, y esclavos, y
criados, y gente de todas calidades, y había allá cosas que no se encontrarían
más que en alcázares de reyes y sultanes.
Tras esto llegó hasta él una tufarada de manjares
realmente admirables y deliciosos, a la cual se mezclaba todo género de
fragancias exquisitas procedentes de diversas vituallas y bebidas de buena
calidad. Entonces no pudo por menos de suspirar, y alzó al cielo los ojos y
exclamó: "¡Gloria a Ti, Señor Creador!, ¡oh Donador! ¡Sin calcular, repartes
cuantos dones te placen!, ¡oh Dios mío! ¡Pero no creas que clamo a ti para
pedirte cuentas de tus actos o para preguntarte acerca de tu justicia y de tu
voluntad, porque a la criatura le está vedado interrogar a su dueño omnipotente!
Me limito a observar. ¡Gloria a ti! ¡Enriqueces o empobreces, elevas o humillas,
conforme a tus deseos, y siempre obras con lógica, aunque a veces no podamos
comprenderla! He ahí el amo de esta casa... ¡Es dichoso hasta los límites
extremos de la felicidad! ¡Disfruta las delicias de esos aromas encantadores, de
esas fragancias agradables, de esos manjares sobrosos, de esas bebidas
superiormente deliciosas! ¡Vive feliz, tranquilo y contentísimo, mientras otros,
como yo, por ejemplo, nos hallamos en el último confín de la fatiga y la
miseria!"
Luego apoyó el cargador su mano en la mejilla, y a toda
voz cantó los siguientes versos que iba improvisando:
¡Suele ocurrir que un desgraciado sin albergue se
despierte de pronto a la sombra de un palacio creado por su Destino! ¡Pero ¡ay!
cada mañana me despierto más miserable que la víspera!
¡Por instantes aumenta mi infortuaio, como la carga que
a mi espalda pesa fatigosa; en tanto que otros viven dichosos y contentos en el
seno de los bienes que la suerte les prodiga!
¿Cargó nunca el Destino la espalda de un hombre con
carga parecida a la aguantada por mi espadda?... ¡Sin embargo, no dejan de ser
mis semejantes otros que están ahítos de honores y reposo?
¡Y aunque no dejan de ser mis semejantes, entre ellos y
yo puso la suerte alguna diferencia, pareciéndome yo a ellos como el vinagre
amargo y rancio se parece al vino!
¡Pero no pienses que te acuso lo más mínimo, ¡oh mi
Señor! porque nunca haya gozado yo de tu largueza! ¡Eres grande, magnánimo y
justo, y bien sé que juzgas con sabiduría!
Al concluir de cantar tales versos, Sindbad el Cargador
se levantó y quiso poner de nuevo la carga en su cabeza, continuando su camino,
cuando se destacó en la puerta del palacio y avanzó hacia él un esclavito de
semblante gentil, de formas delicadas y vestiduras muy hermosas, que cogiéndole
de la mano, le dijo: "Entra a hablar con mi amo, qus desea verte." Muy
intimidado, el cargador intentó encontrar cualquier excusa que le dispensase de
seguir al joven esclavo, mes en vano. Dejó, pues su cargamento en el vestíbulo,
y penetró con el niño en el interior de la morada.
Vio una casa espléndida, llena de personas graves y
respetuosas, y en el centro de la cual se abría una gran sala, donde le
introdujeron. Se encontró allí ante una asamblea numerosa compuesta de
personajes que parecían honorables, y debían ser convidados de importancia.
También encontró allí flores de todas especies, perfumes de todas clases,
confituras secas de todas calidades, golosinas, pastas de almendras, frutas
maravillosas y una cantidad prodigiosa de bandejas cargadas con corderos asados
y manjares suntuosos, y más bandejas cargadas con bebidas extraídas del zumo de
las uvas. Encontró asimismo instrumentos armónicos que sostenían en sus rodillas
unas esclavas muy hernosas, sentadas ordenadamente an el sitio asignado a cada
una.
En medio de la sala, entre los demás convidados,
vislumbró el cargador a un hombre de rostro imponente y digno, cuya barba
blanqueaba a causa de los años, cuyas facciones eran correctas y agradables a la
vista. y cuya fisonomía toda denotaba gravedad, bondad, nobleza y grandeza.
Al mirar todo aquello, el cargador Sindbad . . .
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 291 NOCHE
Ella dijo:
. . . Al minar toda aquello, el cargador Sindbad quedó
sobrecogido, y se dijó: "¡Por Alah! ¡Esta morada debe ser un palacio del país de
los genios poderosos, y la residencia de un rey muy ilustre, o de un sultán!"
Luego se apresuró a tomar la actitud que requerían la cortesía y la mundanidad,
deseó la paz a todos los asistentes, hizo votos para ellos, besó la tierra entre
sus manos, y acabó manteniéndose de pie, con la cabaza baja, demosnrando respeto
y modestia.
Entonces el dueño de la casa le dijo que se apróximara,
y le invitó a sentarse a su lado después de desearle la bienvenida con acento
muy amable: le sirvió de comer, ofreciéndole lo más delicado, y lo más
delicioso, y lo más hábilmente condimentado entre todos los manjares que cubrían
las bandejas. Y no dejó Sindbad el Cargador de hacer honor a la invitación luego
de pronunciar la fórmula invocadora. Así es que comió hasta hartarse; después
dio las graciás a Alah, diciendo: "¡Loores a él siempre!" Tras de lo cual, se
lavó las manos y agradeció a todos los convidados su amabilidad.
Solamente entonces dijo el dueño de la casa al
cargador, siguiendo la costumbre qus no permite hacer preguntas al huésped más
que cuando se le ha servido de comer y beber: ¡Sé bienvenido, y obra con toda
libertad! ¡Bendiga Alah tus días! Pero, ¿puedes decirme tu nombre y profesión,
¡oh huésped mío!?" Y contsstó el otro: "¡Oh señor! me llamo Sindbad el Cargador,
y mi profesión consiste en transportar bultos sobre mi cabeza mediante un
salario." Sonrió el dueño de la casa y le dijo: "¡Sabe, ¡oh cargador! que tu
nombre es igual que mi nombre, pues ms llamo Sindbad el Marino!"
Luego continuó: "¡Sabe también, ¡oh cargador! que si te
rogué que vinieras aquí fue para oírte repetir las hermosas estrofas que
cantabas cuando estabas sentado en el banco ahí fuera!"
A estas palabras sonrojóse el cargador, y dijo: "¡Por
Alah sobre ti! ¡No me guardes rencor a causa da tan desconsiderada acción, ya
que las penas, las fatigas y las miserias, que nada dejan en la mano, hacen
descortés, necio e insolente al hombre!" Pero Sindbad el Marino dijo a Simbad el
Cargador: "No te avergüences de lo que cantaste, ni te turbes, porque en
adelante serás mi hermano. ¡Sólo te ruego que te des prisa en cantar esas
estrofas que escuché y me maravillaron mucho!" Entonces cantó el cargador las
estrofas en cuestión, que gustaron en extremo a Sindbad el Marino.
Concluidas que fueran las estrofas, Sindbad el Marino
se encaró con Sindbad el Cargador, y le dijo: "¡Oh cargador! sabe que yo también
tengo una historia asombrosa, y que me reservo el derecho de contarte a mi vez,
Te explicaré, pues, todas las aventuras que me sucedieron y todas las pruebas
que swfrí antes de llegar a esta felicidad y de habitar este palacio. Y verás
entonces a costa de cuán terribles y extraños trabajos, a costa de cuántas
calamidades, de cuántas males y de cuántas desgracias iniciales adquirí esas
riquezas en medio de las que me ves vivir en mi vejez. Porque sin duda ignoras
los siete viajes extraordinarios que he realizado, y cómo cada cual de estos
viajes constituye por sí solo una cosa tan prodigiosa, que úniaamente con pensar
en ella queda uno sobrecogido y en el límite de todos los estupores. ¡Pero
cuanto voy a cortate a ti y a todos mis honorables invitados, no me sucedió en
suma, más que porque el Destino lo había dispuesto de antemano y porque toda
cosa escrita debe acaecer, sin que sea posible rehuirla, o evitarla!"
LA PRIMERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD El
MARINO, QUE TRATA DEL PRIMER VIAJE
"Sabed todos vosotros, ¡oh señores ilustrísimos, y tú,
honrada cargador, que te llamas, como yo, Sindbad! que mi padre era un mercader
de rango entre las mercaderes. Había en su casa numerosas riquezas, de las
cuales hacía uso sin cesar para distribuir a los pobres dádivas con largueza, si
bien con prudencia, ya que a su muerte me dejó muchos bienes, tierras y poblados
enteros, siendo yo muy pequeño todavía.
Cuando llegué a la edad de hombre, tomé posesión de
todo aquello y me dediqué a comer manjares extraordinarios y a beber bebidas
extraordinarias alternando con la gente joven, y presumiendo de trajes
excesivamente caros, y cultivando el trato de amigos y camaradas. Y estaba
convencido de que aquello había de durar siempre para mayor ventaja mía.
Continué viviendo mucho tiempo así, hasta que un día, curado de mis errores y
vuelto a mi razón, hube de notar que mis riquezas habíanse disipado, mi
condición había cambiado y mis bienes habían huido. Entonces desperté
completamente de mi inacción, sintiéndome poseído por el temor y el espanto de
llegar a la vejez un día sin tener qué ponerme, También entonces me vinieron a
la memoria estás palabras que mi difunto padre se complacía en repetir, palabras
de nuestro Señor Saleimán ben-Daud (¡con ambas la plegaria y la paz!): Hay tres
cosas preferibles a otras tres: el día en que se muere es menos penoso que el
día en que se nace, un perro vivo vale más que un león muerto, y la tumba es
mejor que la pobreza.
Tan pronto camo me asaltaron estos peesamientos, me
levanté, reuní lo que me restaba de muebles y vestidos, y sin pérdida de momento
lo vendí en almoneda pública, con los residuos de mis bienes, propiedades y
tierras. De ese modo me hice con la suma de tres mil dracmas...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discreta.
PERO GUANDO LLEGÓ LA 292 NOCHE
Ella dijo:
...me hice con la suma de tres mil dracmas, y en
seguida se me antojó viajar por las comarcas y países de los hombres, porque me
acordé de las palabras del poeta que ha dicho:
¡Las penas hacen más hermosa aún la gloria que se
adquiere! ¡La gloria de los humanos es la hija inmortal de muchas noches pasadas
sin dormir!
¡Quien desea encontrar el tesoro sin igual de las
perlas del mar, blancas, grises o rosadas, tiene que hacerse buzo ántes de
conseguirlas!
¡A la muerte llegara en su esperanza vana quien
quisiera alcanzar la gloria sin esfuerzo!
Así, pues, sin tardanza, corrí al zoco, donde tuve
cuidado de comprar mercancías diversas y pacotillas de todas clases. Lo
transporté inmediaamente todo a bordo de un navía, en el que se encontraban ya
dispuestos a partir otros mercaderes, y con el alma deseosa de marinas andanzas,
vi cómo se alejaba de Bagdad el navío y descendía por el río hasta Bassra, yendo
a parar al mar.
En Bassra, el navío dirigió la vela hacia alta mar, y
entonces navegamos durante días y noches, tocando en islas y en islas, y
entrando en un mar después de otro mar, y llegando a una tierra después de otra
tierra! Y en cada sitio en que desembarcábamos, vendíamos unas mercancías para
comprar otras, y hacíamos trueques y cambios muy ventajosos.
Un día en que navegábamos sin ver tierra desde hacía
varios días, vimos surgir del mar una isla que por su vegetación nos pareció
algún jardín maravilloso entre los jardines del Edén. Al advertirla, el capitán
del navío quiso tomar allí tierra, dejándonos, desembarcar una vez que anclamos.
Descendimos todos los comerciantes; llevando con
nosotros cuantos víveres y utensilios de cocina nos eran necesarios.
Encargáronse algunos de encender lumbre, y preparar la comida, y lavar la ropa,
en tanto que otros se contentaron con pasearse, divertirse y descansar de las
fatigas marítimas. Yo fui de los que prefirieron pasearte y gozar de las
bellezas de la vegetación que cubría aquellas costas, sin olvidarme de comer y
beber.
Mientras de tal manera reposábamos, sentimos de repente
que temblaba la isla toda con tan ruda sacudida., que fuimos despedidos a
algunos pies de altura sobre el suelo. Y en aquel momento vimos aparecer en la
proa del navío al capitán, que nos gritaba eon una voz terrible Y gestos
alarmantes: "¡Salvaos pronto, ¡oh pasajeros! ¡Subid en seguida a bordo! ¡Dejadlo
todo! ¡Abandonad en tierra vuestros efectos y salvad vuestras almas! ¡Huid del
abismo que os espera! ¡Porque la isla donde os encontráis no es una isla, sino
una ballena gigantesca que eligió en medio de este mar su domicilio desde
antiguos tiempos, y merced a la arena marina crecieron árboles en su lomo! ¡La
despertasteis ahora de su sueño, turbásteis su reposo, excitasteis sus
sensaciones encendiendo lumbre sobre su lomo, y hela aquí que se despereza!
¡Salvaos, o si no, os sumergirá en el mar, que ha de tragaron sin remedio!
¡Salvaos! ¡Dejadlo todo, que he de partir!"
Al oír estas palabras del capitán, los pasajeros,
aterrados, dejaron todos sus efectos, vestidos, utensilios y hornillas, y
echaran a correr hacia el navío, que a la sazón levaba el ancla. Pudieron
alcanzarlo a tiempo algunos; otros no pudieron. Porque la ballena se había ya
puesto en movimiento, Y tras unos cuantos saltos espantosos, se sumergía en el
mar con cuantos tenía encima del lomo, y las olas, que chocaban y se
entrechocaban cerráranse para siempre sobre ella y sobre ellos.
¡Yo fui de los que se quedaron abandonados encima de la
ballena. Y había de ahogarse!
Pero Alah el Altísimo veló por mí y me libró de
ahogarme, poniéndame al alcance de la mano una especie de cubeta grande de
madera, llevada allí por los pasajeros para lavar su ropa. Me aferré primero a
aquel objeto, y luego pude ponerme a horcajadas sobre él, gracias a los
esfuerzos extraordinarias de que me hacían capaz el peligro y el cariño que
tenía yo a mi alma, que me era preciosísima. Entonces me puse a batir al agua
con mis pies a manera de remos, mientras las olas jugueteaban conmigo haciéndame
zozobrar a derecha e izquierda.
En cuanta al capitán, se dio prisa a alejarte a toda
vela con los que se pudieron salvar, sin ocuparse de los que sabrenadaban
todavía. No tardaron en perecer éstos, mientras yo ponía a contribución todas
mis fuerzas para servirme de mis pies a fin de alcanzar al navío, al cual hube
de seguir con los ojos hasta que desapareció de mi vista, y la noche cayó sobre
el mar, dándome la certeza de mi perdición y mi abandono.
Durante una noche y un día enteros estuve en lucha
contra el abismo. El viento y las corrientes me arrastraron a las orillas de una
isla escarpada, cubierta de plantas trepadoras que descendían a lo largo de los
acantilados hundiéndose en el mar. Me así a estos ramajes, y ayudándome con pies
y manos conseguí trepar hasta lo alto del acantilado.
Habiéndome escapado de tal modo de una perdición
segura, pensé entonces en examinar mi cuerpo, y vi que estaba lleno de
contusiones y tenía los pies hinchados y con huellas de mordeduras de peces, que
habíanse llenado el vientre a costa de mis extremidades. Sin embargo, no sentía
dolor ninguno de tan insensibilizado como estaba por la fatiga y el peligro que
corrí. Me eché de bruces, como un cadáver, en el suelo de la isla, y me
desvanecí, sumergido en un aniquilamiento total.
Permanecí dos días en aquel estado, y me desperté
cuando caía sobre mí a plomo el sol. Quise levantarme; pero mis pies hinchados y
doloridos se negaron a socorrerme, y volvía a caer en tierra. Muy apesadumbrado
entonces por el estado a que me hallaba reducido, hube de arrastrarme, a gatas
unas veces y de rodillas otras, en busca de algo para comer. Llegué, por fin, a
una llanura cubierta de árboles frutales y regada por manantiales de agua pura y
excelente. Y allí reposé durante varios días, comiendo frutas y bebiendo en las
fuentes. Así que no tardó mi alma en revivir, reanimándose mi cuerpo
entorpecido, que logró ya moverse con facilidad y recobrar el uso de sus
miembros, aunque no del todo, porque vine todavía precisado a confeccionarme,
para andar, un par de muletas que me sostuvieran.
De esta suerte pude pasearme lentamente entre los
árboles, comiendo frutas, y pasaba largos ratos admirando aquel país y
extasiándome ante la obra del Todopoderoso.
Un día que me paseaba por la ribera, vi aparecer en
lontananza una cosa que me pareció un animal salveje o algún monstruo entre los
monstruos del mar. Tanto hubo de intrigarme aquella cosa, que, a pesar de los
sentimientos diversos que en mí se agitaban, me acerqué a ella, ora avanzando,
ora retrocediendo. Y acabé por ver que era una yegua maravillosa atada a un
poste. Tan bella era, que intenté aproximarme más, para verla todo lo cerca
posible, cuando de pronto me aterró un grito espantoso, dejándome clavado en el
suelo, por más que mi deseo fuera huir cuanto antes; y en el mismo instante
surgió de debajo de la tierra un hombre que avanzó a grandes pasos hacia donde
yo estaba, y exclamó: "¿Quién eres? ¿Y de dónde vienes? ¿Y qué motivo te impulsó
a aventurarte hasta aquí?"
Yo contesté: "¡Oh señor! Sabe que soy un extranjero que
iba abordo de un navío y naufragué con otros varios pasajeros. ¡Pero Alah me
facilitó una cubeta de madera a la que me así y que me sostuvo hasta que fui
despedido a esta costa por las olas!"
Cuando oyó mis palabras, cogióme de la mano y me dijo:
"¡Sigueme!" Y le seguí. Entonces me hizo bajar a una caverna subterránea y me
obligó a entrar en un salón, en cuyo sitio de honor me invitó a sentarme, y me
llevó algo de comer, porque yo tenía hambre. Comí hasta hartarme y apaciguar mi
ánimo. Entonces me interrogó acerca de mi aventura y se la conté desde el
principio al fin; y se asombró prodigiosamente. Luego añadí: "¡Por Alah sobre
ti, ¡oh dueño mío! no te enfades demasiado por lo que voy a preguntarte! ¡Acabo
de contarte la verdad de mi aventura, y ahora anhelaría saber el motivo de tu
estancia en esta sala subterránea y la causa por qué atas sola a esa yegua en la
orilla del mar!"
El me dijo: "Sabe que somos varios las que estamos en
esta isla, situados en diferentes lugares, para guardar los caballos del rey
Mihraján. Todos los meses, al salir la luna nueva, cada uno de nosotros trae
aquí una yegua de pura raza, virgen todavía, la ata en la ribera y en seguida se
oculta en la gruta subterránea. Atraído entonces por el olor a hembra, sale del
agua uno caballo entre los caballos marinos, que mira a derecha y a izquierda, y
al no ver a nadie salta sobre la yegua y la cubre. Luego, cuando ha acabado su
cosa con ella, desciende de sus ancas e intenta llevarla consigo. Pero ella no
puede seguirle, porque está atada al poste; entonces relincha muy fuerte él y le
da cabezazos y coces, y relincha cada vez mas fuerte. Le oímos nosotros y
comprendemos que ha acabado de cubrirla; inmediatamente salimos par todos lados,
y corremos hacia él lazando grandes gritos, que le asustan y le obligan a entrar
en el mar de nuevo. En cuanto a la yegua queda preñada y pare un potro o una
potra que vale todo un tesoro, y que no puede tener igual en toda la faz de la
tierra. Y precisamente hoy ha de venir el caballo marino. Y te prometo que, una
vez terminada la cosa, te llevaré conmigo para presentarte a nuestro rey
Mihraján y darte a conocer nuestro país. ¡Bendice, pues, a Alah, que te hizo
encontrarme, porque sin mí morirías de tristeza en esta soledad, sin volver a
ver nunca a los tuyos y a tu país y sin que nunca supiese de ti nadie!"
Al oír tales palabras, di muchas gracias al guardián de
la yegua, y continué departiendo con él, en tanto que el caballo marino salía
del agua, saltando sobre la yegua y la cubría. Y cuando hubo terminado lo que
tenía que terminar, descendió de ella y quiso llevársela; mas ella no podía
desatarse del poste, y se encabritaba y relinchaba. Pero el guardián de la yegua
se precipitó fuera de la caverna, llamó con grandes voces a sus compañeros, y
provistos todos de hachas, lanzas y escudos, se abalanzaron al caballo marino,
que lleno de terror soltó su presa, y como un búfalo, fue a tirarse al mar y
desapareció bajo las aguas.
Entonces todos los guardianes, cada uno con su yegua,
se agruparon a mi alrededor y me prodigaron mil amabilidades, y después de
facilitarme aún más comida y de comer conmigo, me ofrecieron una buena montura,
y en vista de la invitación que me hizo el primer guardián, me propusieron que
les acompañara a ver al rey su señor. Acepté desde luego, y partimos todos
juntos.
Cuando llegamos a la ciudad, se adelantaron mis
compañeros para poner a su señor al corriente de lo que me había acaecido. Tras
de lo oral volvieron a buscarme y me llevaron al palacio; y en uso del permiso
que se me concedió, entré en la sala del trono y fui a ponerme entre las manos
del rey Mihraján, al cual le deseé la paz.
Correspondiendo a mis deseos de paz, el rey me dio la
bienvenida, y quiso oír de mi boca el relato de mi aventura. Obedecí en seguida,
y le conté cuanto me había sucedido, sin omitir un detalle.
Al escuchar semejante historia, el rey Milrraján se
maravilló y me dijo: "¡Por Alah, hijo mío, que si tu suerte no fuera tener una
vida larga, sin duda a estas horas habrías sucumbido a tantas pruebas y
sinsabores! ¡Pero da gracias a Alah por tu liberación!" Todavía me prodigó
muchas más frases benévolas, quiso admitirme en su intimidad para lo sucesivo y
a fin de darme un testimonio de sus buenos propósitos con respecto a mí, y de lo
mucho que estimaba mis conocimientos marítimos, me nombró desde entonces
director de las puertos y radas de su isla, e interventor de las llegadas y
salidas de todos los navíos.
No me impidieron mis nuevas funciones personarme en
palacio todos los días para cumplimentar al rey, quien de tal modo se habituó a
mí, que me prefirió a todos sus íntimos, probándomelo diariamente con grandes
obsequios. Con lo cual tuve tanta influencia sobre él, que todas las peticiones
y todos las asuntos del reino eran intervenidos por mí para bien general de los
habitantes.
Pero estos cuidadas no me hacían olvidar mi país ni
perder la esperanza de volver a él. Así que jamás dejaba yo de interrogar a
cuantos viajeros y a cuantos marinos llegaban a la isla, diciéndoles si conocían
Bagdad, y hacia qué lado estaba sitirada. Pero ninguno podía responderme, y
todos me aseguraban que jamás oyeron hablar de tal ciudad, ni tenían noticia del
paraje en que se encontrase. Y aumentaba mi pena paulatinamente al verme
condenado a vivir en tierra extranjera, y llegaba a sus límites mi perplejidad
ante estas gentes que, no sólo ignoraban en absoluto el camino que conducía a mi
ciudad, sino que ni siquiera sabían de su existencia.
Durante mi estancia en aquella isla, tuve ocasión de
ver cosas asombrosas, y he aquí algunas de ellas entre mil.
Un día que fui a visitar al rey Mihraján, como era mi
costumbre trabé conocimiento con unos personajes indios, que, tras mutuas
zalemas, se prestaron gustosos a satisfacer mi curiosidad, y me enseñaron que en
la India hay gran número de castas, entre las cuales son las dos principales la
casta de los kchatryas, compuesta de hombres nobles y justos que nunca cometen
exacciones o actos reprensibles, y la casta de los brahmanes, hombres puros que
jamás beben vino y son amigos de la alegría, de la dulzura en los modales, de
los caballos, del fasto y de la belleza. Aquellos sabios indios me enseñaron
también que las castas principales se dividen en otras setenta y dos castas que
no tienen entre sí relación ninguna. Lo cual hubo de asombrarme hasta el límite
del asombro.
En aquella isla tuve asimismo ocasión de visitar una
tierra perteneciente al rey Mihraján y que se llamaba Cabil. Todas las noches se
oían en ella resonar timbales y tambores. Y pude observar que sus habitantes
estaban muy fuertes en materia de silogismos; y eran fértiles en hermosos
pensamientos. De ahí que se hallasen muy reputados entre viajeros y mecaderes.
En aquellos mares lejanos vi cierto día un pez de cien
codos de longitud, y otros peces cuyo rastro se parecía al rostro de los buhos.
En verdad, ¡oh amigos! que aun vi cosas más
extraordinarias y prodigiosas, cuyo relato me apartaría demasiado de la
cuestión. Me limitaré a añadir que viví todavía en aquella isla el tiempo
necesario para aprender muchas cosas, y enriquecerme con diversos cambios,
ventas y compras.
Un día, según mi costumbre, estaba yo de pie a la
orilla del mar en el ejercicio de mis funciones, y permanecía apoyado en mi
muleta, como siempre, cuando vi entrar en la rada un navío enorme lleno de
mercaderes. Esperé a que el navío hubiese anclado sólidamente y soltado su
escala, para subir a bordo y buscar al capitán a fin de inscribir su cargamento.
Los marineros iban desembarcando todas las mercancías, que al propio tiempo yo
anotaba, y cuando terminaron su trabajo pregunté al capitán: "¿Queda aún alguna
cosa en tu navío?" Me contestó: "Aun quedan, ¡oh mi señor! algunas mercancías en
el fondo del navío; pero están en depósito únicamente, porque se ahogó hace
mucho tiempo su propietario, que viajaba con nosotros. ¡Y quisiéramos vender
esas mercancías para entregar su importe a los parientes del difunto de Bagdad,
morada de paz!"
Emocionada entonces hasta el último límite de la
emoción, exclamé:
"¿Y cómo se llamaba ese mercader, ¡oh capitán!?" Me
contestó: "¡Sindbad el Marino!"
A estas palabras miré con más detenimiento al capitán,
y reconocí en él al dueño del navío que se vio precisado a abandonarnos encima
de la ballena. Y grité con toda mi voz: "¡Yo soy Sindbad el Marino!"
Luego añadí: "Cuando se puso en movimiento la ballena a
causa del fuego que encendieron en su lomo, yo fui de los que no pudieron ganar
tu navío y cayeron al agua. Pero me salvé gracias a la cubeta de madera que
habían transportado los mercaderes para lavar allí su ropa. Efectivamente, me
puse a horcajadas sobre aquella cubeta y agité los pies a manera de remos. ¡Y
sucedió lo que sucedió con la venia del Ordenador!"
Y conté al capitán cómo pude salvarme y a través de
cuántas vicisitudes había llegado a ejercer las altas funciones de escriba
marítima al lado del rey Mihraján.
Al escucharme el capitán, exclamó: "¡No hay recursos y
poder más que en Alah el Altísimo, el Omnipotente....
En este. momento de su narración Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 294 NOCHE
Ella dijo:
... "¡No hay recursos y poder más que en Alah el
Altísimo, el Omnipotente! ¡Ya no queda conciencia ni honradez en ninguna
criatura de este mundo! ¿Cómo osas afirmar que eres Sindbad el Marino, ¡oh
escriba astuto! cuanto todos nosotros le vimos por nuestros propios ojos
ahogarse con los demás mercaderes? ¡Vergüenza sobre ti por mentir con impudicia
tanta!"
Entonces le contesté: "¡Cierto ¡oh capitán! que la
mentira es la renta de los bellacos! ¡Pero escúchame, porque voy a probarte que
soy Sindbad el ahogado!" Y conté al capitán diversos incidentes que sólo
conocíamos él y yo, y que sobrevinieron durante aquella maldita travesía. El
capitán entonces no dudó ya de mi identidad y llamó a los que iban en el barco,
y todos me felicitaron por mi salvamento, y me dijeron, "¡Por Alah, no podemos
creer que lograras librarte de perecer ahogado! ¡Alah te concedió una segunda
vida!"
Tras de lo cual apresuróse el capitán a devolverme mis
mercancías, que yo hice transportar al zoco en el momento, después de asegurarme
de que no faltaba nada y de que todavía aparecían en dos fardos mi nombre y mi
sello.
Una vez en el zoco, abrí mis fardos y vendí mis
mercancías con un beneficio deciento por una; pero tuve cuidado de reservarme
algunas objetos de valor, que me apresure a ofrecer como presente al rey
Mihraján.
Le relaté la llegada del capián del navío, y el rey
asombróse en extremo de este acontecimiento inesperado, y como me quería mucho,
no quiso ser menos amable que yo, y a su vez me hizo regalos inestimables que
contribuyeron no poco a enriquecerme completamente. Porque yo me di prisa a
vender todo aquello, realizando así una fortuna considerable que transporté a
bordo del mismo navío donde había emprendido antes mi viaje.
Efectuado esto, fui a palacio para despedirme del rey
Mihraján y darle gracias por todas sus generosidades y por su protección. Me
despidió con frases muy conmovedoras, y no me dejó partir sin haberme ofrecido
aun más presentes suntuosos y objetos de valor que ya no me decidí a vender y
que, por cierto, estáis viendo ahora en esta sala, ¡oh mis honorables invitados!
Tuve igualmente cuidado de llevar conmigo por todo equipaje los perfumes que
estáis aspirando aquí, madera de áloe, alcanfor, incienso y sándalo, productos
de aquella isla lejana.
Subí en seguida a bordo, y a poco diose a la vela el
navío con la autorización de Alha. Porque nos favoreció la Fortuna y nos ayudó
el Destino, en aquella travesía, que duró días y noches, y por último, una
mañana llegamos con salud a la vista de Bassra, donde no nos detuvimos mas que
muy escaso tiempo para ascender por el río y entrar al fin, con el alma
regocijada, en la ciudad de paz, Bagdad, mi tierra.
Cargado de riquezas y con la mano pronta para las
dádivas, llegué a mi calle así, y entré en mi casa, donde volví a ver con buena
salud a mi familia y a mis amigos. Y al punto compré gran cantidad de esclavos
de uno y otro sexo, mamalik, mujeres hermosas, negros, tierras, casas y
propiedades, como no tuve nunca, ni aun cuando murió mi padre.
Con esta nueva vida olvidé las vicisitudes pasadas, las
penas y los peligros sufridos, la tristeza del destierro, los sinsabores y
fatigas del viaje. Tuve amigos numerosos y deliciosos, y durante largo tiempo
vivía una vida llena de agrado y de placeres y exenta de preocupaciones y
molestias, disfrutando con toda mi alma de cuanto me gustaba y comiendo manjares
admirables y bebiendo bebidas preciosas.
¡Y tales el primero de mis viajes! Pero mañana, si Alah
quiere, os contaré, ¡oh invitados míos! el segundo de los siete viajes que
emprendí, y que es bastante más extraordinario que el primero."
Y Sindbad el Marino se encaró con Sindbad el Cargador y
le rogó que cenase con él. Luego, tras de haberle tratado con mucho miramiento y
afabilidad, hizo que le entregaran mil monedas de oro, y antes de despedirle le
invitó a volver al día siguiente, diciéndole: "¡Para mí tu urbanidad será
siempre un placer y tus buenos modales una delicia!" Y contestó Sindbad el
Cargador: "¡Por encima de mi cabeza y de mis ojos! ¡Obedezco con respeto! ¡Y sea
continua en tu casa la alegría, ¡oh señor mío!"
Salió entonces de allá, después de dar las gracias y
llevarse consigo el regalo que acababa de recibir, y retornó a su hogar,
maravillándose hasta el límite de la maravilla, y pensó toda la noche en lo que
acababa de escuchar y de experimentar.
Así es que en cuanto amaneció apresuróse a volver a
casa de Sindbad el Marino...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 295 NOCHE
Ella dijo:
... apresuróse a volver a casa de Sindbad el Marino,
que le recibió con aire afable, y le dijo: "Séate cosa fácil la amistad aquí! ¡Y
la confianza sea contigo!" y el cargador quiso besarle la mano, y al ver que
Sindbad no consentía en ello, de dijo:
"¡Dilate Alah tus días y consolide sobre ti sus
beneficios!" Y como ya habían llegado los demás invitados, comenzaron por
sentarse en torno del mantel extendido en que vertían su grasa los corderos
asados y se doraban las pollos rellenos deliciosamente con pastas de alfónsigos,
de nueces y de uvas. Y comieron, y bebieron, y se divirtieron, y se regalaron el
espíritu y el oído escuchando cantar a los instrumentos bajo los dedos expertos
de sus tañedores.
Cuando acabaron, habló Sindbad en estos términos en
medio del silencio de los convidados:
LA SEGUNDA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO, QUE TRATA DEL SEGUNDO VIAJE
"Verdaderamente disfrutaba de la más sabrosa vida,
cuando un día entre los días asaltó mi espíritu la idea de los viajes por las
comarcas de las hombres; y de nuevo sintió mi alma con ímpetu el anhelo de
correr y gozar con la vista el espectáculo de tierras e islas, y mirar con
curiosidad cosas desconocidas, sin descuidar jamás la compra y venta por
diversos países.
Hice hincapié en este proyecto, y me dispuse a
ejecutarlo en seguida. Fui al zoco, donde, mediante una importante suma de
dinero, compré mercancías apropiadas al tráfico que pretendía exportar; las
acondicioné en fardos sólidos y las transporté a la orilla del agua, no tardando
en descubrir un navío hermoso y nuevo, provisto de velas de buena calidad y
lleno de marineros, y de un conjunto imponente de maquinarias de todas formas.
Su aspecto me inspiró confianza y transporté a él mis fardos inmediatamente,
siguiendo el ejemplo de otros varios mercaderes conocidos míos, y con los que no
me disgustaba hacer el viaje.
Partimos aquel mismo día, y tuve mos una navegación
excelente. Viajamos de isla en isla y de mar en mar durante días y noches, y a
cada escala íbamos en busca de los mercaderes de la localidad, de los notables,
y de los vendedores, y de los compradores, y vendíamos y comprábamos, y
verificábamos cambios ventajosos. Y de tal suerte continuábamos navegando, y
nuestro destino nos guió a una isla muy hermosa, cubierta de frondosos árboles,
abundante en frutas, rica en flores, habitada por el canto de los pájaros,
regada por aguas puras, pero absolutamente virgen de toda vivienda y de todo ser
humano.
El capitán accedió a nuestro deseo de detenernos unas
horas allí, y echó el ancla junto a tierra. Desembarcamos en seguida, y fuimos a
respirar el aire grato en las praderas sombreadas por árboles donde holgábanse
las aves. Llevando algunas provisiones de boca, yo fui a sentarme a orillas de
un arroyo de agua límpida, resguardado del sol por ramales frondosos, y tuve un
placer extremado en comer un bocado y beber de aquella agua deliciosa. Por si
eso fuera poco, una brisa suave modulaba dulces acordes e invitaba al reposo
absoluto. Así es que me tendí en el césped, y dejé que se apoderara de mí el
sueño en medio de la frescura y los aromas del ambiente.
Cuando desperté no vi ya a ninguno de los pasajeros, y
el navío había partido sin que nadie se enterase de mi ausencia. En vano hube de
mirar a derecha y a izquierda, adelante y atrás, pues no distinguí en toda la
isla a otra persona que a mi mismo. A lo lejos se alejaba por el mar una vela
que muy pronto perdí de vista.
Entonces quedé sumirlo en un estupor sin igual e
insuperable; y sentí que mi vejiga biliar estaba a punto de estallar de tanto
dolor y tanta pena. Porque, ¿qué podía ser de mí en aquella isla, habiendo
dejado en el navío todos mis efectos y todos mis bienes? ¿Qué desastre iba a
ocurrirme en esta soledad desconocida? Ante tan desconsoladores pensamientos;
exclamé: "¡Pierde toda esperanza, Sindbad el Marino! ¡Si la primera vez saliste
del apuro merced a circunstancias suscitadas por el Destino propicio, no creas
que ocurrirá lo mismo siempre, pues, como dice el proverbio, se rompe el jarro
cuando se cae dos veces!"
En tal punto me eché a llorar, gimiendo, lanzando luego
gritos espantosos, hasta que la desesperación se apoderó por completo de mi
corazón. Me golpeé entonces la cabeza con las dos manos, y exclamé tadavía:
"¿Qué necesidad ténías de viajar ¡oh miserable! cuando en Bagdad vivías entre
delicias? ¿No poseías manjares excelentes, líquidos excelentes y trajes
excelentes? Qué te faltaba para ser dichoso? ¿No fue próspero tu primer viaje?"
Entoncaes me tiré a tierra de bruces, llorando ya la propia muerte, y diciendo:
"¡Pertenecemos a Alah y hemos de tornar a él!" Y aquel día creí volverme loco.
Pero como por último comprendí que eran inútiles todos
mis lamentos y mi arrepentimiento demasiado tardío, hube de conformarme con mi
destino. Me erguí sobre mis piernas, y tras de haber andado algún tiempo sin
rumbo, tuve miedo de un encuentro desagradable con cualquier animal salvaje o
con un enemigo desconocido, y trepé a la copa de un arbol, desde donde me puse a
observar con más atención a derecha y a izquierda; pero no pude distinguir otra
cosa que el cielo, la tierra, el mar; los árboles, los pájaros, la arena y las
rocas. Sin embargo, al fijarme más atentamente en un punto del horizonte, me
pareció distinguir un fantasma blanco y gigantesco. Entonces me bajé del árbol
atraído por tal curiosidad; pero, paralizado de miedo, fui avanzando muy
lentamente y con mucha cautela hacia aquel sitio. Cuando me encontré más cerca
de la masa blanca, advertí que era una inmensa cúpula, de blancura
resplandeciente, ancha de base y altísima. Me aproximé a ella más aún y la di
por completo la vuelta; pero no descubrí la puerta de entrada que buscaba.
Entonces quisé encaramame a lo alto; pera era tan lisa y tan escurridiza, que no
tuve destreza, ni agilidad, ni posibilidad de ascender. Hube de contentarme,
pues, con medirla; puse una señal sobre la huella de mi primer paso en la arena
y de nuevo la di la vuelta contando mis pasos. Por este proedimiento supe que su
circunfencia exacta era de cincuenta pasos, más bien que menos.
Mientras reflexionaba sobre el media de que me valdría
para dar con alguna puerta de entrada a salida de la tal cúpula, advertí que de
pronto desaparecía el sol y que el día se tornaba en una noche negra. Primero lo
creí debido a cualquier nube inmensa que pasase por delante del sol, aunque la
casa fuera imposible en pleno verano. Alcé, pues, la cabeza para mirar la nube
que tanto me asombraba, y vi un pájaro enorme de alas formidables que volaba por
delante de los ojos del sol, esparciendo la obscuridad sobre la isla.
Mi asombro llegó entonces a sus límites extremas, y me
acordé de lo que en mi juventud me habían contado viajeros y marineros acerca de
un pájaro de tamaño extraordinario, llamado "rokh", que se encontraba en una
isla muy remota y que podía levantar un elefante. Saqué entones como conclusión
que el pájaro que yo veía debía ser el rokh, y la cúpula blanca a cuyo pie me
hallaba debía ser un huevo entre los huevos de aquel rokh. Pero, no bien me
asaltó esta idea, el pájaro descendió sobre el huevo y se posó enecima como para
empollarle. ¡En efecto, extendió sobre el huevo sus alas ínmensas, dejó
descansando a ambos lados en tierra sus dos patas, y se durmió encima! (¡Bendito
El que no duerme en toda la eternidad!)
Entonces yo, que me había echado de bruces en el suelo,
y precisamente me encontraba debajo de una de las patas, lo cual me pareció más
gruesa que el tronco de un árbol añoso, me levanté con viveza, desenrollé la
tela de mi turbante y luego de doblarla, la retorcí para servirme de ella como
de una soga. La até sólidamente a mi cintura y sujeté ambos cabos con un nudo
resistente a un dedo del pájaro. Porque que dije para mí: "Este pájaro enorme
acabará por remontar el vuelo, con lo que me sacará de esta soledad y me
transportará a cualquier punto donde pueda ver seres humanos. ¡De cualquier
modo, el lugar en que caiga será preferible a esta isla desierta, de la que soy
el único habitante!"
¡Eso fue todo! ¡Y a pesar de mis movimientos, el pájaro
no se cuidó de mi presencia más que si se tratara de alguna mosca sin
importancia o alguna humilde hormiga que por allí pasase!
Así permanecí toda la noche, sin poder pegar ojo por
temor de que el pájaro echase a volar y me llevase durante mi sueño. Pero no se
movió hasta que fue de día. Sólo entonces se quitó de encima de su huevo, lanzó
un grito espantoso, y remontó el vuelo, llevándome, consigo. Subió y subió tan
alto, que creí tocar la bóveda del cielo; pero de pronto descendió con tanta
rapidez, que ya no sentía yo mi propio peso, y abatióse conmigo en tierra firme.
Se posó en un sitio escarpado, y yo, en seguida, sin esperar más, me apresuré a
desatar el turbante, con un gran terror de ser izado otra vez antes de que
tuviese tiempo de librarme de mis ligaduras. Pero conseguí desatarme sin
dificultad, y después de estirar mis miembros y arreglarme el traje, me alejé
vivamente hasta hallarme fuera del alcance del pájaro, a quien de nuevo vi
elevarse por los aires. Llevaba entonces en sus garras un enorme objeto negro,
que no era otra cosa que una serpiente de inmensa longitud y de forma
detestable. No tardó en desaparecér, dirigiéndo hacia el mar su vuelo.
Conmovido en extremo por cuanto acababa de ocurrirme,
lancé una miráda en torno de mí y quedé inmóvil de espanto. Porque me encontraba
en un valle ancho y profundo, rodeado por todas partes de montañas tan altas,
que para medirlas con la vista tuve que alzar de tal modo la cabeza, que rodó
por mi espalda mi turbante al suelo. ¡Además, eran tan escarpadas aquellas
montañas, que se hacia imposible subir por ellas, y juzgué inútil toda tentativa
en tal sentido!
Al dame cuenta de ello no tuvieron límites mi
desolación y mi desesperación, y me dije: "¡Ah, cuánto más hubiérame valido no
abandonar la isla desierta en que sna hallaba y que era mil veces preferible a
esta soledad desolada y árida, donde no hay nada que comer ni beber! ¡Allí, al
menos, había frutas que llenaban los árboles y arroyos de agua deliciosa; pero
aquí solo ratas hostiles y desnudas para morir de hambre y de sed! ¡Qué
calamidad! ¡No hay recurso y poder más que en Alah el Omnipotente! ¡Cada vez que
escapo de una catástrofe es para caer en otra peor y definitiva!"
En seguida me levanté del sitio en que me encontraba y
recorrí aquel valle para explorarle un poco, observando que estaba enteramente
creado con rocas de diamante. Por todas partes a mi alrededor aparecía sembrado
el suelo de diamantitos desprendidos de la montaña y que en ciertas sitios
formaban montones de la altura de un hombre.
Camenzaba yo a mirarlas ya con algún interés, cuando me
inmovilizó de terror un espectáculo más espantaso que todos los horrores
experimentados hasta entonces. Entre las rocas de diamante vi circular a sus
guardianes, que eran innumerables serpientes negras, más gruesas y mayores que
palmeras, y cada una de las cuales muy bien podría devorar a un elefante grande.
En aquel momento comenzaban a meterse en sus antros; porque durante el día se
ocultaban para que no las cogiese, su enemigo el pájaro rokh, y únicamente
salían de noche.
Entonces intenté con precauciones infinitas alejarme de
allí, mirando bien dónde ponía los pies y pensando desde el fondo de mi alma:
"¡He aquí lo que ganaste a trueque de haber querido abusar de la clemencia del
Destino, ¡oh Sindbad! hombre de ojos insaciables y siempre vacíos!" Y presa de
un cumulo de terrores, continué en mi caminar sin rumbo por el valle de
diamantes, descansando de vez en cuando en los parajes que me parecían más
resguardados, y así estuve hasta que llegó la noche.
Durante todo aquel tiempo me había olvidado por
completo de comer y beber, y no pensaba más que en salir del mal paso y en
salvar de las serpientes mi alma. Y he aquí que acabé por descubrir, junto al
lugar en que me dejé caer, una, gruta cuya entrada era muy angosta, aunque
suficiente para que yo pudiese franquearla. Avancé, pues, y penetré en la gruta,
cuidando de obstruir la entrada con un peñasco que conseguí arrastrar hasta
allá. Seguro ya, me aventuré por su interior en busca del lugar más cómodo para
dormir esperando el día, y pensé: "¡Mañana al amanecer saldré para enterarme de
lo que me reserva el Destino!"
Iba ya a acostarme, cuando advertí que lo que a primera
vista tomé por una enorme roca negra era una espantosa serpiente enroscada sobre
sus huevos para incubarlos., Sintió entonces mi carne todo el horror de
semejante espectáculo, y la piel se me encogió como una hoja seca y tembló en
toda su superficie; y caí al suelo sin conocimiento, y permanecí en tal estado
hasta la mañana.
Entonces, al convencerme de que no había sido devorado
todavía, tuve alientos para deslizarme hasta la entrada, separar la roca y
lanzarme fuera como ebrio y sin que mis piernas pudieran sostenerme de tan
agotado como me encontraba por la falta de sueño y de comida, y por aquel terror
sin tregua.
Miré a mi alrededor, y de repente vi caer a algunos
pasos de mi nariz un gran trozo de carne que chocó contra el suelo con
estrépido. Aturdido al pronto, alcé los ojos luego para ver quien quería
aporreárme con aquello; pero no vi a nadie. Entonces me acordé de cierta
historia oída antaño en boca de los mercaderes, viajeros y exploradores de la
montaña de diamantes, de la que se contaba que, como los buscadores de diamantes
no podían bajar a este valle inaccesible, recurrían a un medio curioso para
procurarse esas piedras preciosas. Mataban unos carneros; los partían en cuartos
y los arrojaban al fondo del valle, donde iban a caer sobre las puntas de
diamantes, que se incrustaban en ellos profundamente. Entonces se abalanzaban
sobre aquella presa los rokhs y las águilas gigantescas, sacándola del valle
para llevársela a sus nidos en lo alto de las rocas y que sirviera de sustento a
sus crías. Los buscadores de diamantes se precipitaban entonces sobre el ave;
haciendo muchos gestos y lanzando grandes gritos para obligarla a soltar su
presa y a emprender de nuevo el vuelo. Registraban entonces el cuarto de carne y
cogían los diamantes que tenía adheridos.
Asaltóme a la sazón la idea de que podía tratar aún de
salvar mi vida y salir de aquel valle que se me antojó había de ser mi tumba. Me
incorporé, pues, y comencé a amontonar una gran cantidad de diamantes,
escogiendo los más gordos y los más hermosos. Me los guardé en todas partes,
abarroté con ellos mis bolsillos, me los introduje entre el traje y la camisa,
llené mi turbante y mi calzón, y hasta metía algunos entre los pliegues de mi
ropa. Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante, como la primera vez...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 297 NOCHE
Ella dijo:
... Tras de lo cual, desenrollé la tela de mi turbante,
como la primera vez, y me la rodeé a la cintura, yendo a situarme debajo del
cuarto de carnero, que até sólidamente a mi pecho con las dos puntas del
turbante.
Permanecía ya algún tiempo en esta posición, cuando
súbitamente me sentí llevado por los aires, como una pluma entre las garras
formidables de un rokh y en compañía del cuarto de carne de carnero. Y en un
abrir y cerrar los ojos me encontré fuera del valle, sobre la cúspide de una
montaña, en el nido del rokh, que se dispuso en seguida a despedazar la carne
aquella y mi, propia carne para sustentar, a sus rokhecillos. Pero de pronto se
alzó hacia nosotros un estrépito de gritos que asustaron al ave y la obligaron a
emprender de nuevo el vuelo, abandonándome. Entonces desaté mis ligaduras y me
erguí sobre ambos pies, con huellas de sangre en mis vestidos y en mi rostro.
Vi a la sazón aproximarse al sitio en que yo estaba a
un mercader, que se mostró muy contrariado y asombrado al percibirme. Pero
advirtiendo que yo no le quería mal y que ni aun me movía, se inclinó sobre el
cuarto de carne y lo escudriñó, sin encontrar en él los diamantes que buscaba.
Entonces alzó al cielo sus largos brazos y se lamentó, diciendo: "¡Qué
desilusión! ¡Estoy perdido! ¡No hay recurso más que en Alah! ¡Me refugio en Alah
contra el Maldito, el Malhechor!" Y se golpeó una con otra las palmas de las
manos, como señal de una desesperación inmensa.
Al advertir aquello, me acerqué a él y le deseé la paz.
Pero él, sin corresponder a mi zalema, me arañó furioso y exclamó: "¿Quién eres?
¿Y de dónde vienes para robarme mi fortuna?" Le respondí: "No temas nada, ¡oh
digno mercader! porque no soy ladrón, y tu fortuna en nada ha disminuido. Soy un
ser humano y no un genio malhechor, como creías, por lo visto. Soy incluso un
hombre honrado entre la gente honrada, y antiguamente, antes de correr aventuras
tan extrañas, yo tenía también el oficio de mercader. En cuanto al motivo de mi
venida a este paraje, es una historia asombrosa, que te contaré al punto. ¡Pero
de antemano, quiero probarte mis buenas intenciones gratificándote con algunos
diamantes recogidos por mí mismo en el fondo de esa sima, que jamás fue sondeada
por la vista humana!"
Saqué en seguida de mi cinturón algunos hermosos
ejemplares de diamentes; y se los entregué diciéndole: "¡He aquí una ganancia
que no habrías osado esperar en tu vida!" Entonces el propietario del cuarto de
carnero manifestó una alegría inconcebible y me dio muchas gracias, y tras de
mil zalemas, me dijo: "¡La bendición está contigo, ¡oh mi señor! ¡Uno solo de
estos diamantes bastaría para enriquecerme hasta la más dilatada vejez! ¡Porque
en mi vida hube de verlos semejantes ni en la corte de los reyes y sultanes!" Y
me dio gracias otra vez, y finalmente llamó a otros mercaderes que allí se
hallaban y que se agruparon en torno mío, deseándome la paz y la bienvenida. Y
les conté mi rara aventura desde el principio hasta el fin. Pero sería útil
repetirla.
Entonces, vueltos de su asombro los mercaderes, me
felicitaron mucho por mi liberación, diciéndome: "¡Por Alah! ¡Tu destino te ha
sacado de un abismo del que nadie regresó nunca!" Después, al verme extenuado
por la fatiga, el hámbre y la sed, se apresuraron a darme de comer y beber con
abundancia, y me condujeron a una tienda, donde velaron mi sueño, que duró un
día entero y una noche.
A la mañana, los mercaderes me llevaron con ellos en
tanto que comenzaba yo a regocijarme de modo intenso por haber escapado a
aquellos peligros sin precedente. Al cabo de un viaje bastante corto, llegamos a
una isla muy agradable, donde crecían magníficos árboles de copa tan espesa y
amplia, que con facilidad podrían dar sombra a cien hombres. De estos árboles es
precisamente de los que se extrae la substancia blanca, de olor cálido y grato,
que se llama alcanfor. A tal fin, se hace una incisión en lo alto del árbol,
recogiendo en una cubeta que se pone al pie el jugo que destila y que al
principio parece como gotas de goma, y no es otra cosa que la miel del árbol.
También en aquella isla vi al espantable animal que se
llama "karkadann" y pace exactamente como pacen las vacas y los búfalos en
nuestras praderas. El cuerpo de esa fíera es mayor que el cuerpo del camello; al
extremo del morro tiene un cuerno de diez codos de largo y en el cual se halla
labrada una cara humana. Es tan sólido este cuerno, que le sirve al karkadann
para pelear y vencer al elefante, enganchándole y teniéndole en vilo hasta que
muere. Entonces la grasa del elefante muerto va a parara los ojos del karkadann,
cegándole y haciéndole caer. Y desde lo alto de los aires se abate sobre ellos
el terrible rokh, y los transporta a su nido para alimentar a sus crías.
Vi asimismo en aquella isla diversas clases de búfalos
Vivimos algún tiempo allá, respirando el aire
embalsamado; tuve con ello ocasión de cambiar mis diamantes, por más oro y plata
de lo que podría contener la cala de un navío. ¡Después nos marchamos de allí; y
de isla en isla, y de tierra en tierra, y de ciudad en ciudad, admirando a cada
paso la obra del Creador; y haciendo acá y allá algunas ventas, compras y
cambios, acabamos por bordear Bassra, país de bendición, para ascender hasta
Bagdad, morada de paz!
Me faltó el tiempo entonces para correr a mi calle y
entrar en mi casa, enriquecido con sumas conside~ rables, dinares de oro y
hermosos diamantes que no tuve alma para vender. Y he aquí que, tras las
efúsiones propias del retorno entre mis parientes y amigos, no dejé de
comportarme generosamente, repartiendo dádivas a mi alrededor, sin olvidar a
nadie.
Luego, disfruté alegremente de la vida, comiendo
manjares exquisitos, bebiendo licores delicados, vistiéndome con ricos trajes y
sin privarme de la sociedad de las personas deliciosas. Así es que todos los
días tenía numerosos visitantes notables que, al oír hablar de mis aventuras; me
honraban con su presencia para pedirme que les narrara mis viajes y les pusiera
al corriente de lo que sucedía con las tierras lejanas. Y yo experimentaba una
verdadera satisfacción instruyéndoles acerca de tantos cosas, lo, que inducía a
todos a felicitarme por haber escapado de tan terribles peligros, maravillándose
con mi relato hasta el límite de la maravilla. Y así es como acaba mi segundo
viaje.
¡Pero mañana, ¡oh mis amigos! os contaré las peripecias
de mi tercer viaje, el cual, sin duda, es mucho más interesante y estupefaciente
que los dos primeros!"
Luego calló Sindbad. Entonces los esclavos sirvieron de
comer y de beber a todos los invitados, que se hallaban prodigiosamente
asombrados de cuanto acababan de oír. Después Sindbad el Marino hizo que dieran
cien monedas de oro a Sindbad el Cargador, que las admitió, dando muchas
gracias, y se marchó invocando sobre la cabeza de su huésped las bendiciones de
Alah, y llegó a su casa maravillándose de cuanto ocababa de ver y de escuchar.
Por la mañana se levantó el cargador Sindbad, hizo la
plegaria matinal y volvió a casa del rico Sindbad, como le indicó éste. Y fue
recibido cordialmente y tratado con muchos miramientos, e invitado a tomar parte
en el festín del día y en los placeres, que duraron toda la jornada. Tras de lo
cual, en medio de sus convidados, atentos y graves, Sindbad el Marino empezó su
relato de la manera siguiente:
LA TERCERA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO, QUE TRATA DEL TERCER VIAJE
"Sabed, ¡oh mis amigos! -¡Pero Alah sabe las cosas
mejor que la criatura!- que con la deliciosa vida de que yo disfrutaba desde el
regreso de mi segundo viaje, acabé por perder completamente, entre las riquezas
y el descanso, el recuerdo de los sinsabores sufridos y de los peligros que
corrí, aburriéndome a la postre de la inacción monótona de mi existencia en
Bagdad. Así es que mi alma deseó con ardor la mudanza y el espectáculo de las
cosas de viaje. Y la misma afición al comercio, con su ganancia y su provecho,
me tentó otra vez. En el fondo, siempre la ambición es causa de nuestras
desdichas. En breve debía yo comprobarlo del modo más espantoso.
Puse en ejecución inmediatamente mi proyecto, y después
de proveerme de ricas mercancías del país, partí de Bagdad para Bassra. Allí me
esperaba un gran navío lleno ya de pasajeros y mercaderes, todos gente de bien,
honrada, con buen corazón, hombres de conciencia y capaces de servirle a uno,
por lo que se podría vivir con ellos en buenas relaciones. Así es que no dudé en
embarcarme en su compañía dentro de aquel navío; y no bien me encontré a bordo,
nos hicimos a la vela con la bendición de Alah para nosotros y para nuestra
travesía.
Bajo felices auspicios comenzó, en efecto, nuestra
navegación. En todos los lugares que abordábamos hacíamos negocios excelentes, a
la vez que nos paseábamos e instruíamos con todas las cosas nuevas que veíamos
sin cesar. Y nada, verdaderamente, faltaba a nuestra dicha, y nos hallábamos en
el límite del desahogo y la opulencia.
Un día entre los días, estábamos en alta mar, muy lejos
de los países musulmanes, cuando de pronto vimos que el capitán del navío se
golpeaba con fuerza el rostro, se mesaba los pelos de la barba, desgarraba sus
vestiduras y tiraba al suelo su turbante, después de examinar durante largo
tiempo el horizonte. Luego empezó a lamentarse; a gemir y a lanzar gritos de
desesperación.
Al verlo, rodeamos todos al capitán, y le dijimos:
"¿Qué pasa, ¡oh capitán!?" Contestó: "Sabed, ¡oh pasajeros de paz! que estamos a
merced del viento contrario, y habiéndonos desviado de nuestra ruta, nos hemos
lanzado a este mar siniestro. Y para colmar nuestra mala suerte, el Destino hace
que toquemos en esa isla que veis delante de vosotros, y de la cual jamás pudo
salir con vida nadie que arribara a ella. ¡Esa isla es la Isla de los Monos! ¡Me
da el corazón que estamos perdidos sin remedio!
Todavía no había acabado de explicarse el capitán,
cuando vimos que rodeaba al navío una multitud de seres velludos cual monos, y
más innumerables que una nube de langostas, en tanto que desde la playa de la
isla otros monos, en cantidad incalculable, lanzaba chillidos que nos helaron de
estupor. Y no osamos maltratar, atacar, ni siquiera espantar a ninguno de ellos,
por miedo a que se abalanzaran todos sobre nosotros y nos matasen hasta el
último, vista su superioridad numérica; porque no cabe duda de que la
certidumbre de esta superioridad numérica aumenta el valor de quienes la poseen.
No quisimos, pues, hacer ningun movimiento, aunque por todos lados nos invadían,
aquellos monos, que empezaban a apoderarse ya de cuanto nos pertenecía. Eran muy
feos. Eran incluso más feos que las cosas más feas que he visto hasta este día
de mi vida. ¡Eran peludos y velludos, con ojos amarillos en sus caras negras;
tenían poquísima estatura, apenas cuatro palmos, y sus muecas y sus gritos,
resultaban más horribles que cuanto a tal respecto pudiera imaginarse! Por lo
que afecta a su lenguaje, en vano nos hablaban y nos insultaban chocando las
mandíbulas, ya que no lográbamos comprenderles, a pesar de la atención que a tal
fin poníamos. No tardamos por desgracia, en verles ejecutar el más funesto de
los proyectos. Treparon por los palos, desplegaron las velas, cortaron con los
dientes todas las amarras y acabaron por apoderarse del timón. Entonces,
impulsado por el viento, marchó el navío contra la costa, donde encalló. Y los
monos apoderáronse de todos nosotros, nos hicieron desembarcar sucesivamente,
nos dejarqn en la playa, y sin ocuparse más de nosotros para nada, embarcaron de
nuevo en el navío, al cual consiguieron poner a flote, y desaparecieron todos
con él a lo lejos del mar.
Entonces, en el limite de la perplejidad, juzgamos
inútil permanecer de tal modo en la playa contemplando el mar, y avanzamos por
la isla, donde al fin descubrimos algunos árboles frutales y agua corriente, lo
que nos permitió reponer un tanto nuestras fuerzas a fin de retardar lo más
posible una muerte que todos creiamos segura.
Mientras seguíamos en aquel estado, nos pareció ver
entre los árboles un edificio muy grande que se diría abandonado. Sentimos la
tentación de acercarnos a él, y, cuando llegamos a alcanzarlo, advertimos que
era un palacio...
En este momento de su narración, Schahrazada Vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 299 NOCHE
Ella dijo:
... advertimos que era un palacio de mucha altura,
cuadrado, rodeado por sólidas murallas y que tenía una gran puerta de ébano de
dos hojas. Como esta puerta estaba abierta y ningún portero la guardaba, la
franqueamos y penetramos en seguida en una inmensa sala tan grande como un
patio. Tenía por todo mobiliario la tal sala enormes utensilios, de cocina y
asadores de una longitud desmesurada; el suelo, por toda alfombra, montones de
huesos, ya calcinados unos, otros sin quemar aún. Dentro reinaba un olor que
perturbó en extremo nuestro olfato. Pero como estábamos extenúados de fatigo y
miedo, nos dejamos caer cuan largos éramos y nos dormimos profundamente
Ya se había puesto el sol, cuando nos sobresaltó un
ruido estruendoso, despertándonos de repente; y vimot descender ante nosotros
desde el techo a un ser negro con rostro humano, tan alto como una palmera, y
cuyo aspecto era más horrible que el de todos los monos reunidos. Tenía los ojos
rojos como dos tizones inflamados los dientes largos y salientes como los
colmillos de un cerdo, una boca enorme, tan grande como el brocal de un pozo,
labios que le colgaban sobre el pecho, orejas movibles como las del elefante y
que le cubrían los hombros, y uñas ganchudas cual las garras del león.
A su vista, nos llenamos de terror, y después nos
quedamos rígidos como muertos. Pero él fue a sentarse en un banco alto adosado a
la pared, y desde allí comenzó a examinarnos en silencio y con toda atención uno
a uno. Tras de lo cual se adelantó hacia nosotros, fue derecho a mí,
prefiriéndome a los demás mercaderes, tendió la mano y me cogio de la nuca, cual
podía cogarse un lío de trapos. Me dio vueltas y vueltas en todas direcciones,
palpándome como palparía un carnicero cualquier cabeza de carnero. Pero sin duda
no debió encontrarme de su gusto, liquidado por el terror como yo estaba y con
la grasa de mi piel disuelta por las fatigas del viaje y la pena. Entonces me
dejó, echándome a rodar por el suelo, y se apoderó de mi vecino más próximo y lo
manoseó, como me había manoseado a mí, para rechazarle luego y apoderarse del
siguiente. De este modo fue cogiendo uno tras de otro a todos los mercaderes, y
le tocó ser el último en el turno al capitán del navio.
Aconteció que el capitán era un hombre gordo y lleno de
carne, y naturalmente, era el más robusto y sólido de todos los hombres del
navío. Así es que el espantoso gigante no dudó en fijarse en él al elegir: le
cogio entre su manos cual un carnicero cogería un cordero, le derribó en tierra,
le puso un pie en el cuello y le desnucó con un solo golpe. Empuñó entonces uno
de los inmensos asadores en cuestion y se lo introdujo por la boca haciéndolo
salir por el ano. Entonces encendió mucha leña en el hogar que había en la sala,
puso entre las llamas al capitán ensartado, y comenzó a darle vueltas lentamente
hasta que estuvo en sazón. Le retiró del fuego entonces y empezo a trincharle en
pedazos, como si se tratara de un pollo, sirviéndose para el caso de sus uñas.
Hecho aquello le devoró en un abrir y cerrar de ojos. Tras de lo cual chupó los
huesos, vaciándolos de la médula, y los arrojó en medio del montón que se alzaba
en la sala.
Concluida esta comida, el espantoso gigante fue a
tenderse en el banco para digerir, y no tardó en dormirse, roncando exactamente
igual que un búfalo a quien se degollara o como un asno a quien se incitara a
rebuznar. Y así permaneció dormido hasta por la mañana. Le vimos entonces
levantarse y alejarse como había llegado, mientras permaneciamos inmóviles de
espanto.
Cuando tuvimos la certeza de que había desaparecido,
salimos del silencio que guardamos toda la noche, y nos comunicamos mutuamente
nuestras reflexiones y empezamos a sollozar y gemir pensando en la suerte que
nos esperaba.
Y con tristeza nos decíamos: "Mejor hubiera sido
perecer en el mar ahogados o comidos por los monos, que ser asados en las
brasas. ¡Por Alah, que se trata de una muerte detestablel! Pero ¿que hacer? ¡Ha
de ocurrir lo que Alah disponga! ¡No hay recurso más que en Alah el
Todopoderoso!"
Abandonamos entonces aquella casa y vagamos por toda la
isla en busca de algún escondrijo donde resguardarnos; pero fue en vano, porque
la isla era llana y no había en ella cavernas ni nada que nos permitiese
sustraernos a la persecución. Así es que, como caía la tarde, nos pareció mas
prudente volver al palacio.
Pero, apenas llegamos hizo su aparición en medio del
ruido atronador el horrible hombre negro, y después del palpamiento y el
manoseo, se apoderó de uno de mis compañeros mercaderes, ensartándole en
seguida, asándolo y haciéndole pasar a su vientre, para tenderse luego en el
banco y roncar hasta la mañana como un bruto degollado. Despertáse entonces y se
desperezó, gruñendo ferozmente, y se marchó sin ocuparse de nosotros y cual si
no nos viera.
Cuando partió, como habíamos tenido tiempo de
reflexionar sobre nuestra triste situación, exclamamos todos a la vez: "Vamos a
tirarnos al mar para morir ahogados, mejor que perecer asados y devorados.
¡Porque debe ser una muerte terrible!" Al ir a ejecutar este proyecto, se
levantó uno de nosotros y dijo: "¡Escuchadme compañeros! ¿No creéis que vale
quizá más matar al hombre negro antes de que nos extermine?" Entonces levanté a
mi vez yo el dedo y dije: "¡Escuchadme, compañeros! ¡Caso de que verdaderamente
hayáis resuelto matar al hombre negro, sería preciso antes comenzar por utilizar
los trozos de madera de que esta cubierta la playa, con objeto de construimos
una balsa en la cual podamos huir de esta isla maldita después de librar a la
Creación de tan bárbaro comedor de musulmanes! ¡Bordearemos entonces cualquier
isla donde esperaremos la clemencia del Destino, que nos enviará algún navío
para regresar a nuestro país! De todos modos, aunque naufrague la balsa y nos
ahoguemos, habremos evitado que nos asen y no habremos cometido la mala acción
de matarnos voluntariamente. ¡Nuestra muerte será un martirio que se tendrá en
cuenta el día de la Retribución!" Entonces exclamaron los mercaderes: "¡Por
Alah! ¡Es una idea excelente y una acción razonable!"
Al momento nos dirigimos a la playa y construimos la
balsa en cuestión, en la cual tuvimos cuidado de poner algunas provisiones,
tales como frutas y hierbas comestibles; luego volvimos al palacio para esperar,
temblando, la llegada del hombre negro.
Llegó precedido de un ruido atronador, y creíamos ver
entrar a un enorme perro rabioso. Todavía tuvimos necesidad de presenciar sin un
murmullo cómo ensartaba y asaba a uno, de nuestros compañeros, a quien escogió
por su grasa y buen aspecto, tras del palpamiento y manoseo. Pero cuando el
espantoso bruto se durmió y comenzó a roncar de un modo estrepitoso, pensamos en
aprovecharnos de su sueño con objeto de hacerle inofensivo para siempre.
Cogimos a tal fin dos de los inmensos asadores de
hierro, y los calentamos al fuego hasta que estuvieron al rojo blanco; luego los
empuñamos fuertemente por el extremo frío, y como eran muy pesados, llevamos,
entre varios cada uno. Nos acercamos a él quedamente, y entre todos hundimos a
la vez ambos asadores en ambos ojos del horrible hombre negro que dormía, y
apretamos con todas nuestras fuerzas para que cegase en absoluto.
Debió sentir seguramente un dolor extremado, porque el
grito que lanzó fue tan espantoso, que al oírlo rodamos por el suelo a una
distancia respetable. Y saltó él a ciegas, y aullando y corriendo en todos
sentidos, intentó coger a alguno de nosotros. Pero habíamos tenido tiempo de
evitarlo y tirarnos al suelo de bruces a su derecha y a su izquierda, de manera
que a cada vez sólo se encontraba con el vacío. Así es que, que no podía
realizar su proposito, acabó por dirigirse a tientas a la puerta y salió dando
gritos espantosos.
Entonces, convencidos de que el gigante ciego moriría
por fin en su suplicio, Comenzamos a tranquilizarnos, y nos dirigimos al mar con
paso lento. Arreglamos un poco mejor la balsa, nos embarcamos en ella, la
desamarramos de la orilla, y ya ibamos a remar para alejamos, cuando vimos al
horrible gigante ciego que llegaba corriendo, guiado por una hembra gigante
todavía más horrible y antipática que él. Llegados que fueron a la playa,
lanzaron gritos amedrentadores al ver que nos alejábamos, después cada uno de
ellos comenzó a apedreamos, arrojando a la balsa trozos de peñasco. Por aquel
procedimiento consiguieron alcanzarnos con sus proyectiles y ahogar a todos mis
compañeros, excepto dos. En cuanto a los tres que salimos con vida, pudimos al
fin alejamos y ponemos fuera del alcance de los peñascos que lanzaban.
Pronto llegamos a alta mar, donde nos vimos a merced
del viento y empujados hacia una isla que distaba dos días de aquella en que
creíamos perecer ensartados y asados. Pudimos encontrar allá frutas, con lo que
nos libramos de morir de hambre; luego, como la noche iba ya avanzada, trepamos
a un gran árbol para dormir en él.
Por la mañana, cuando nos despertamos, lo primero que
se presentó ante nuestros ojos asustados fue una terrible serpiente tan gruesa
como el árbol en que nos hallabamos y que clavaba en nosotros sus ojos
llameantes, y abría una boca tan ancha como un horno. Y de pronto se irguió, y
su cabeza nos alcanzó en la copa del árbol. Cogió con sus fauces a uno de mis
compañeros Y lo engulló hasta los hombros, para devorarle por completo casi
inmediatamente. Y al punto oímos los huesos del infortunado crugir en el vientre
de la serpiente, que bajó del árbol y nos dejó aniquilados de espanto y de
dolor. Y pensamos: "¡Por Alah, este nuevo género de muerte es más detestable que
el anterior! ¡La alegría de haber escapado del asador del hombre negro, se
convierte en un presentimiento peor aún que cuanto hubiéramos de experimentar!
¡No hay recurso más que en Alahl"
Tuvimos en seguida alientos para bajar del árbol y
recoger algunas frutas que nos comimos, satisfaciendo nuestra sed con el agua de
los arroyos. Tras de lo cual, vagamos por la isla en busca de cualquier abrigo
más seguro que el de la precedente noche, y acabamos por encontrar un árbol de
una altura prodigiosa, que nos pareció podría protegernos eficazmente. Trepamos
a él al hacerse de noche y ya instalados lo mejor posible, empezábamos a
dormimos, cuando nos despertó un silbido seguido de un rumor de ramas
tronchadas, y antes de que tuviésemos tiempo de hacer un movimiento para
escapar, la serpiente cogió a mi compañero, que se había encaramado por debajo
de mí y de un solo golpe le devoró hasta las tres cuartas partes. La vi luego
enroscase al árbol, haciendo rechinar los huesos de mi último compañero hasta
que terminó de devorarle. Después se retiró, dejándome muerto de miedo.
Continué en el árbol sin moverme hasta por la mañana, y
únicamente entonces me decidí a bajar. Mi primer movinúento fue para tirarme al
mar con objeto de concluir una vida miserable y llena de alarmas cada vez más
terribles; en él camino me paré, porque mi alma, don precioso, no se avenía a
tal resolución; y me sugirió una idea a la cual debo el haberme salvado.
Empecé a buscar leña, y encontrándola en seguida, me
tendí en tierra y cogí una tabla grande que sujetó a las plantas de mis pies en
toda su extensión; cogí luego una segunda tabla que até a mi costado izquierdo,
otra a mi costado derecho, la cuarta me la puse en el vientre, y la quinta, más
ancha y más larga que las anteriores, la sujeté a mi cabeza. De este modo me
encontraba rodeado por una muralla de tablas que oponían en todos sentidos un
obstáculo a las fauces de la serpiente. Realizado aquello, permanecí tendido en
el suelo, y esperé lo que me reservaba el Destino.
Al hacerse de noche, no dejó de ir la serpiente. En
cuanto me vio, arrojóse sobre mí dispuesta a sujetarme en su vientre; pero se lo
impidieron las tablas. Se puso entonces a dar vueltas a mi alrededor intentando
cogerme por algún lado más accesible; pero, no pudo lograr su propósito, a pesar
de todos sus esfuerzos y aunque tiraba de mí en todas direcciones. Así pasó toda
la noche haciéndome sufrir, y yo me creía ya muerto y sentía en mi rostro su
aliento nauseabundo. Al amanecer me dejó por fin, y se alejó muy furiosa, en el
límite de la cólera y de la rabia.
Cuando estuve seguro de que se había alejado del todo,
saqué la mano y me desembaracé de las ligaduras que me ataban a las tablas. Pero
había estado en una postura tan incómoda, que en un principio no logré moverme,
y durante varias horas creí no poder recobrar el uso de mis miembros. Pero al
fin conseguí ponerme en pie, y poco a poco pude andar y pasearme por la isla. Me
encaminé hacia el mar, y apenas llegué, descubrí en lontananza un navío que
bordeaba la isla velozmente a toda vela.
Al verlo me puse a agitar los brazos y gritar como un
loco; luego desplegué la tela de mi turbante, y atándola a una rama de árbol, la
levanté por encima de mi cabeza y me esforcé en hacer señales para que me
advirtiesen desde el navío.
El destino quiso que mis esfuerzos no resultaran
inútiles. No tardé, efectivamente, en ver que el navío viraba y se dirigía a
tierra; y poco después fui recogido por el capitán y sus hombres.
Una vez a bordo del navío, empezaron por proporcionarme
vestidos y ocultar mi desnudez, ya que desde hacía tiempo había yo destrozado mi
ropa, luego me ofrecieron manjares para que comiera, lo cual hice con mucho
apetito, a causa de mis pasadas privaciones; pero lo que me llegó especialmente
al alma fue cierta agua fresca en su punto y deliciosa en verdad, de la que bebí
hasta saciarme. Entonces se calmó mi corazón y se tranquilizó mi espíritu, y
sentí que el reposo y el bienestar descendían por fin a mi cuerpo extenuado.
Comencé, pues, a vivir de nuevo tras de ver a dos pasos
de mí la muerte y bendije a Alah por su misericordia, y le di gracias por haber
interrumpido mis tribulaciones. Así es que no tardé en reponerme completamente
de mis emociones y fatigas, hasta el punto de casi llegar a creer que todas
aquellas calamidades habían sido un sueño.
Nuestra navegación resultó excelente, y con la venia de
Alah el viento nos fue favorable todo el tiempo, y nos hizo tocar felizmente en
una isla llamada Salahata, donde debíamos hacer escala y en cuya rada ordenó
anclar el capitán para permitir a los mercaderes desembarcar y despachar sus
asuntos.
Cuando estuvieron en tierra los pasajeros, como era el
único a bordo que carecía de mercancías para vender o cambiar el capitán se
acercó a mi y me dijo: "¡Escucha lo que voy a decirte! Eres un hombre pobre y
extranjero, y por ti sabemos cuántas pruebas has sufrido en tu vida. ¡Así, pues,
quiero serte de alguna utilidad ahora y ayudarte a regresar a tu país con el fin
de que cuando pienses en mí lo.hagas gustoso e invoques para mi persona todas
las bendiciones!" Yo lo contesté: "Ciertamente, ¡oh capitán! que no dejaré de
hacer votos en tu favor." Y él dijo: "Sabe que hace algunos años vino con
nosotros un viajero que si perdió en una isla en que hicimos escala. Y desde
entonces no hemos vuelto a tener noticias suyas, ni sabemos si ha muerto o si
vive todavía. Como están en el navío depositadas las mercancías que dejó aquel
viajero, abrigo la idea de confiártelas para que mediante un corretaje
provisional sobre la ganancia, las vendas en esta isla y me des su importe, a
fin de que a mi regreso a Baplad pueda yo entregarlo a sus parientes o dárselo a
él mismo, si consiguió volver a su ciudad." Y contesté yo: "¡Te soy deudor del
bienestar y la obediencia, ¡oh mi señor! ¡Y verdaderamente, eres acreedor a mi
mucha gratitud, ya que quieres proporcionarme una honrada ganancia!"
Entonces el capitán ordenó a los marineros que sacasen
de la cala las mercancías y las llevaran a la orilla para que yo me hiciera
cargo de ellas, Después llamó al escriba del navío y le dijo que las contase y
las anotara fardo por fardo.. Y contestó el escriba: "¿A quién pertenecen estos
fardos y a nombre de quien debo inscribirlos?" El capitán respondió: "El
propietario de estos fardos se llamaba Sindbad el Marino. Ahora inscríbelos a
nombre de ese pobre pasajero y pregúntale cómo se llama."
Al oír aquellas palabras del capitán, me asombré
prodigiosamente, y exclamé: "¡Pero si Sindbad el Marino soy yo!" Y mirando
atentamente al capitán, reconocí en él al que al comienzo de mi segundo viaje,
me abandonó en la isla donde me quedé dormido.
Ante descubrimiento tan inesperado, mi emoción llegó a
sus últimos límites, y añadí: "¡Oh Capitán! ¿No me reconoces? ¡Soy el propio
Sindhad el Marino, oriundo de Bagdad! ¡Escucha mí historia! Acuérdate, ¡oh
capitán! de que fui yo quien desembarcó en la isla hace tantos años sin que
hubiera vuelto. En efecto, me dormí a la margen de un arroyo delicioso, después
de haber comido, y cuando desperté ya había zarpado el barco. ¡Por cierto que me
vieron muchos mercaderes, de la montaña de diamantes, y podrían atestiguar que
soy yo el propio Sindbad el Marino!
Aun no había acabado de explicarme, cuando uno de los
mercaderes que había subido por mercaderias a bordo, sea cercó a mí, me miró
atentamente, y en cuanto terminé de hablar, palmoteó sorprendido, y exclamó:
"Por Alah! Ninguno me creyo cuando hace tiempo relaté la extraña aventura que me
acaeció un día en la montaña de diamantes, donde, según dije, vi a un hombre
atado a un cuarto de carnero y transportado desde el valle a la montaña por un
pájaro llamado rokh. ¡Plues bien; he aquí aquel hombre! ¡Este mismo es Sindbad
el Marino, el hombre generoso que me regaló tan hermosos diamantes! "Y tras de
hablar así, el mercader corrió a abrazarme como a un hermano ausente que
encontrara de pronto a su hermano.
Entonces me contempló un instante el capitán del navío
y en seguida me reconoció también por Sindbad, el Marino. Y me tomó en sus
brazos como lo hubiera hecho con su hijo, me felicitó por estar con vida
todavía, y me dijo: "¡Por Alah, ¡oh mi señor! que es asombrosa tu historia y
prodigiosa tu aventura! ¡Pero bendito sea Alah, que permitió nos reuniéramos, e
hizo que encontraras tus mercancías y tu fortuna!" Luego dio orden de que
llevaran mis mercancías a tierra para que yo las vendiese, aprovechándome de
ellas por completo aquella vez. Y efectivamente, fue enorme la ganancia que me
proporcionaron, indemnizándome con mucho de todo el tiempo que había perdido
hasta entonces.
Después de lo cual, dejamos la isla Salahata y llegamos
al país de Sind, donde vendimos y compramos igualmente.
En aquellos mares lejanos vi cosas asombrosas y
prodigios innumerables, cuyo relato no puedo detallar. Pero, entro otras cosas,
vi un pez que tenía el aspecto de una vaca y otro que parecía un asno. Vi
también un pájaro que nacía del nácar marino y cuyas crías vivían en la
superficiade las aguas sin volar nunca sobre tierra.
Más tarde continuamos nuestra navegación, con la venia
de Alah, y a la postre llegamos a Bassra, donde nos detuvimos pocos días, para
entrar por último en Bagdad.
Entonces me dirigí a mi calle, penetré en mi casa,
saludé a mis parientes, a mis amigos y a mis antiguos compañeros, e hice muchas
dádivas a viudas y a huérfanm Por que había regresado más rico que nunca a causa
de los últimos negocios hechos al vender mis mercancías.
Pero mañana, si Alah quiere, ¡oh amigos míos! os
contaré la historia de mi cuarto viaje, que supera en interés a las.tres que
acabáis de oír."
Luego Sindbad el Marino, como los anteriores días, hizo
que dieran cien monedas de oro a Sindbad el Cargador, invitándole a volver al
día siguiente.
No dejó de obedecer el cargador, y volvió al otro día
para escuchar lo que había de contar Sindbad el Marino cuando terminase la
comida...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 302 NOCHE
Ella dijo:
... para escuchar lo que había de contar Sindbad el
Marino cuando terminase la comida.
LA CUARTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO, QUE TRATA DEL CUARTO VIAJE
Y dijo Sindbad el Marino:
"Ni las delicias ni los placeres de la vida de Bagdad,
¡oh amigos míos! me hicieron olvidar los viajes. Al contrario, casi no me
acordaba de las fatigas sufridas y los peligros corridos. Y el alma pérfida que
vivía en mí no dejó de mostrarme lo ventajoso que seiría recorrer de nuevo las
comarcas de los hombres. Así es que no pude resistirme a sus tentaciones, y
abandonando un día la casa y las riquezas, llevó conmigo una gran cantidad de
mercaderías de precio, bastantes más que las que había llevado en mis últimos
viajes, y de Bagdad partí para Bassra, donde me embarqué en un gran navío en
compañía de varios notables mercaderes prestigiosamente conocidos.
Al principio fue excelente nuestro viaje por el mar,
gracias a la bendíción. Fuimos de isla en isla y de tierra en tierra, vendiendo
y comprando Y realizando beneficios muy apreciables, hasta que un día en alta
mar hizo anclar el capitán, diciéndonos: "¡Estamos perdidos sin remedio!" Y de
improviso un golpe de viento terrible hinchó todo el mar, que se precipitó sobre
el navío, haciéndolo crujir por todas partes, y arrebató a los pasajeros,
incluso el capitán, los marineros y yo mismo. Y se hundió todo el mundo y yo
igual que los demás.
Pero, merced a la misericordia, pude encontrar sobre el
abismo una tabla del navío, a la que me agarré con manos y pies, y encima de la
cual navegamos durante medio día yo y algunos otros mercaderes que lograron
asirse conmigo a ella.
Entonces, a fuerza de bregar con pies y manos, ayudados
por el viento y la corriente, caímos en la costa de una isla, cual si fuésemos
un montón de algas, medio muertos ya de frío y de miedo.
Toda una noche permanecimos sin movernos, aniquilados,
en la costa de aquella isla. Pero al día siguiente pudimos levantarnos e
intemarnos por ella, vislumbrando una casa, hacia la cual nos encaminamos.
Cuando, llegamos a ella, vimos que por la puerta de la
vivienda salía un grupo de individuos completamente desnudos y negros, quienes
se apoderaron de nosotros sin decirnos palabra y nos hicieron penetrar en una
vasta sala donde aparecía un rey sentado en alto trono.
El rey nos ordenó que nos sentáramos, y nos sentamos.
Entonces pusieron a nuestro alcance platos llenos de manjares como no los
habíamos visto en toda nuestra vida. Sin embargo, su aspecto no excitó mi
apetito, al revés de lo que ocurría a mis companeros, que comieron glotonamente
para aplacar el hambre que les torturaba desde que nufragamos. En cuanto a mí,
por abstenerme conservo la existencia hasta hoy.
Efectivamente, desde que tomaron los primeros bocados,
apoderóse de mis compañeros una gula enorme, y estuvieron durante horas y horas
devorando cuanto les presentaban; mientras hacían gestos de locos y lanzaban
extraordinarios gruñidos de satisfacción.
En tanto que caían en aquel estado mis amigos, los
hombres desnudos llevaron un tazón lleno de cierta pomada con la que untaron
todo el cuerpo a mis compañeros, resultando asombroso el efecto que hubo de
producirle en el vientre., Porque vi que se les dilataba poco a poco en todos
sentidos hasta quedar más gordo que un pellejo inflado. Y su apetito aumentó
proporcionalmente, y continuaron comiendo sin tregua, mientras yo les miraba
asustado al ver que no se llenaba su vientre nunca.
Por lo que a mí respecta, persistí en no tocar aquellos
manjares, y me negué a que me untaran con la pomada al ver el efecto que produjo
en mis compañeros. Y en verdad que mi sobriedad fue provechosa, porque averigüé
que aquellos hombres desnudos comían carne humana, y empleaban diversos medios
para cebar a los hombres que caían entre sus manos y hacer de tal suerte más
tierna y mas jugosa su carne. En cuanto al rey de estos antropófagos, descubrí
que era ogro. Todos los días le servían asado un hombre cebado por aquel método;
a los demás no les gustaba el asado y comían la carne humana al natural, sin
ningún aderezó.
Ante tan triste descubrimiento, mi ansiedad sobre mi
suerte y la de mis compañeros no conoció límites cuando advertí en seguida una
disminución notable de la inteligencia de mis camaradas, a medida que se
hinchaba su vientre y engordaba su individuo. Acabaron por embrutecerse del todo
a fuerza de comer, y cuando tuvieron el aspecto de unas bestias buenas para el
matadero, se les confió a la vigilancia de un pastor que a diario les llevaba a
pacer en el prado.
En cuanto a mí, por una parte el hambre, y el miedo por
otra, hicieron de mi persona la sombra de mí mismo y la carne se me secó encima
del hueso. Así, es que, cuando los indígenas de la isla me vieron tan delgado y
seco, no se ocuparon ya de mí y me olvidaron enteramente, juzgándome sin duda
indigno de servirme asado ni siquiera a la parrilla ante su rey.
Tal falta de vigilancia por parte de aquellos insulares
negros y desnudos, me permitió un día alejarme de su vivienda y marchar en
dirección opuesta a ella. En el camino me encontré al pastor que llevaba a pacer
a mis desgraciados compañeros, embrutecidos por culpa de su vientre. Me di
prisa, a esconderme entre las hierbas altas, andando y corriendo para perderlos
de vista, pues su aspecto me producía torturas y tristeza.
Ya se había puesto el sol, y yo no dejaba de andar.
Continué camino adelante, toda la noche sin sentir necesidad de dormir, porque
me despabilaba el miedo de caer en manos de los negros comedores de carne
humana. Y anduve aún durante todo el otro día, y también los seis siguientes,
sin perder más que el tiempo necesario para hacer una comida diaria que me
permitiese seguir mi carrera en pos de lo desconocido. Y por todo alimento Cogía
hierbas y me comía las indispensables para no sucumbir de hambre.
Al amanecer del octavo día...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGó LA 303 NOCHE
Ella dijo:
...Al amanecer del octavo día llegué a la orilla
opuesta de la isla y me encontré con hombres como yo, blancos y vestidos con
trajes, que se ocupaban en quitar granos de pimienta de los árboles de que
estaba cubierta aquella región. Cuando me advirtieron, se agruparon en torno mío
y me hablaron en mi lengua, el árabe, que no escuchaba yo desde hacia tiempo. Me
preguntaron quién era y de dónde venía. Contesté: "¡Oh buenas gentes, soy un
pobre extranjero!" Y les enumeré cuantas desgracias y peligros había
experimentado. Mi relato les asombró maravillosamente, y me felicitaron por
haber podido escapar de los devoradores de carne humana; me ofrecieron de comer
y de beber, me dejaron reposar una hora y después me llevaron a su barca para
presentarme a su rey, cuya residencia se hallaba en otra isla vecina.
La isla en que reinaba este rey tenía por capital una
ciudad muy poblada, abundante en todas las cosas de la vida, rica en zocos y en
mercaderes cuyas tiendas aparecían provistas de objetos preciosos, cruzada por
calles en que circulaban numerosos jinetes en caballos espléndidos, aunque sin
sillas ni estribos. Así es que cuando me presentaron al rey, tras de las zalemas
hube de participarle mi asombro por ver cómo los hombres montaban a pelo en los
caballos. Y le dije: "¿Por qué motivo, ¡oh mi señor y soberano! no se usa aquí
la silla de montar? ¡Es un objeto tan cómodo para ir a cabállo! ¡Y adernas
aumenta el dominio del jinete!"
Sorprendióse mucho de mis palabras el rey, y me
preguntó: "¿Pero en qué consiste una silla de montar? ¡Se trata de una cosa que
nunca en nuestra vida vimos!" Yo lo dije: "¿Quiéres, entonces, que te
confeccione una silla para que puedas comprobar su comodidad y experímentar sus
ventajas?" Me contestó: "¡Sin duda!"
Dije que pusieran a mis órdenes un carpintero hábil y
le hice trabajar a mi vista la madera de una silla conforme exactamente, a mis
indicaciones. Y permanecí junto a él hasta que la terminó. Entonces yo mismo
forré la madera de la silla con lana y cuero, y acabé guarneciéndola alrededor
con bordados de oro y borlas de diversos colores. Hice que viniese a mi
presencia luego un herrero, al cual le enseñé el arte de confeccionar un bocado
y estribos; y ejecutó perfectamente estas cosas, porque no le perdí de vista un
instaute.
Cuando estuvo todo en condiciones, escogí el caballo
más hermoso de las cuadras del rey, y le ensillé y embridé, y le enjaecé
espléndidamente, sin olvidarme de ponerle diversos accesorios de adorno, como
largas gualdrapas, borlas de seda y oro, penacho y collera azul. Y fui en
seguida a presentárselo al rey, que lo esperaba con mucha impaciencia desde
hacía algunos días.
Inmediatamente lo montó el rey, y se sintió tan a gusto
y le satisfizo tanto la invención, que me probó su contento con regalos
suntuosos y grandes prodigalidades.
Cuando el gran visir vio aquella silla y comprobó su
superioridad, me rogó que le hiciera una parecida. Y yo accedí gustoso. Entonces
todos los notables del reino y los altos dignatarios quisieron asimismo tener
una silla, y me hicieron la oportuna demanda. Y tanto me obsequiaron, que en
poco tiempo hube de convertirme en el hombre más rico y considerado de la
ciudad.
Me había hecho amigo del rey, y un día que fui a verle,
según era mi costumbre, se encaró conmigo, y me dijo: "¡Ya sabes, Sindbad, que
te quiero mucho! En mi palacio llegaste a ser como de mi familia, Y no puedo
pasarme sin ti ni soportar la idea de que venga un día en que nos dejes. ¡Deseo,
pues, pedirte una cosa sin que me la rehuses!" Contesté: "¡Ordena, ¡oh rey! ¡Tu
poder sobre mi lo consolidaron tus beneficios y la gratitud que te debo por todo
el bien que de ti recibí desde mi llegada a este reino!" Contestó él: "Deseo
casarte entre nosotros con una mujer bella bonita, perfecta, rica en oro y en
cualidades, con el fin de que ella te decida a permanecer siempre en nuestra
ciudad y en mi palacio. ¡Espero, pues, de ti, que no rechaces mi ofrecimiento y
mis palabras!"
Al oír aquel discurso quedé confundido, bajé la cabeza
y no pude responder de tanta timidez que me embargaba. De manera que el rey me
preguntó: "¿Por qué no me contestas, hijo mío?" Yo repliqué: "¡Oh rey del
tiempo, tus deseos son los míos y en mí tienes un esclavo!- Al punto envió él a
buscar al kadí y a los testigos, y acto seguido dióme por esposa a una mujer
noble de alto rango, poderosamente rica, dueña de propiedades edificadas y de
tierras, y dotada de gran belleza. Al propio tiempo, me hizo el regalo de un
palacio completamente amueblado, con sus esclavos de ambos sexos y un tren de
casa verdaderamente regio.
Desde entonces viví en medio de una tranquilidad
perfecta y llegué al límite del desahogo y el bienestar. Y de antemano me
regocijaba, la idea de poder un día escaparme de aquella ciudad y volver a
Bagdad con mi esposa, porque la amaba mucho, y ella también me amaba, y nos
llevábamos muy bien. Pero cuando el Destino dispone algo, ningún poder humano
logra torcer su curso. ¿Y qué criatura puede conocer el porvenir? Aun había yo
de comprobar una vez más ¡ay! que todos nuestros proyectos son juegos infantiles
ante los designios del Destino.
Un día, por orden de Alah, murió la esposa de mi
vecino. Como el tal vecino era amigo mío, fui a verle y traté de consolarle,
diciéndole: "¡No te aflijas más de lo permitido, ¡oh vecino mío! ¡Pronto te
indemnizará Alah, dándote una esposa mas bendita todavía! ¡Prolongue Alah tus
días!" Pero mi vecino, asombrado de mis palabras, levantó la cabeza y me dijo:
¿Cómo puedes desearme larga vida cuando bien sabes que sólo tengo ya una, hora
de vivir7' Entonces me asombré a mi vez y le dije: "¿Por qué hablas así, vecino
mío, y a qué vienen semejantes presentimientos? ¡Gracias a Alah, eres robusto y
nada te amenaza! ¿Pretendes, pues, matarte por tu propia mano?" Contestó: "¡Ah!
Bien veo ahora tu ignorancia acerca de los usos de nuestro país. Sabe, pues, que
la costumbre quiere que todo marido vivo sea enterrado vivo con su mujer cuando
ella muere, y que toda mujer viva sea enterrada viva con su marido cuando muere
él. ¡Es cosa inviolable! ¡Y en seguida debo ser enterrado vivo ya con mi mujer
muerta! ¡Aquí ha de cumplir tal ley, establecida por los antepasados, todo el
mundo, incluso el rey!"
Al escuchar aquellas palabras, exclamé: "¡Por Alah, qué
costumbre tan detestable! ¡Jamás podré conformarme con ella!"
Mientras hablábamos en estos términos, entraron los
parientes y amigos de mi vecino y se dedicaron, en efecto, a consolarle por su
propia muerte y la de su mujer. Tras de lo cual, se procedió a los funerales.
Pusieron en un ataúd descubierto el cuerpo de la mujer, después de revestirla
con los trajes más hermosos y adornarla, con las más preciosas joyas. Luego se
formó el acompañamiento; el marido iba a la cabeza detrás del ataúd, y todo el
mundo, incluso yo, se dirigió al sitio del entierro.
Salimos de la ciudad, llegando a una montaña que daba
sobre el mar. En cierto paraje vi una especie de pozo inmenso, cuya tapa de
piedra levantaron en seguida. Bajaron por allá el ataúd donde yacía la mujer
muerta adornada con sus alhajas; luego se apoderaron de mi vecino, que no opuso
ninguna resistencia; por medio de una cuerda le bajaron hasta el fondo del pozo,
proveyéndole de un cántaro con agua y siete panes. Hecho lo cual, taparon el
brocal del pozo con las piedras grandes que lo cubrían, y nos volvimos por donde
habíamos ido.
Asistí a todo esto en un estado de alarma inconcebible,
pensando: "¡La cosa es aún peor que todas cuantas he visto!" Y no bien regresé
al palacio, corrí en busca del rey y le dije: "¡Oh señor mío! ¡muchos países
recorrí hasta hoy; pero en ninguna parte vi una costumbre tan barbara como esa
de enterrar al marido vivo con su mujer muerta! Por tanto, desearía saber, ¡oh
rey del tiempo! si el extranjero ha de cumplir tambien esta ley al morir su
esposa," El rey contestó: "¡Sin duda que se le enterrará con ella!"
Cuando hube oído aquellas palabras, sentí que en el
hígado me estallaba la vejiga de la hiel a causa de la pena, salí de allí loco
de terror y marché a mi casa, temiendo ya que hubiese muerto mi esposa durante
mi ausencia y que se me obligase a sufrir el horroroso suplicio que acababa de
presenciar. En vano intenté consolarme diciendo: "¡Tranquilízate, Sindbad!
-¡Seguramente morirás tú primero! ¡Por consiguiente, no tendrás que ser
enterrado vivo!" Tal consuelo de nada había de servirine, porque poco tiempo
después mi mujer cayó enferma, guardó cama algunos días y murió, a pesar de
todos los cuidados con que no cesé de rodearla día y noche.
Entonces mi dolor no tuvo límites porque si realmente
resultaba deplorable el hecho, de ser devorado por los comedores de carne
humana, no lo resultaba menos el de ser enterrado vivo. Cuando vi que el rey iba
personalmente a mi casa para darme el pésame por mi entierro, no dudé ya de mi
suerte. El soberano quiso hacerme el honor de asistir, acompañado por todos los
personajes de la corte, a mi entierro, yendo al lado mío a la cabeza del
acompañamiento, detrás del ataúd, en que yacía muerta mi esposa, cubierta con
sus joyas y adornada con todos sus atavios.
Cuando estuvirnos al pie de la montaña que daba sobre
el mar, se abrió el pozo en cuestión, haciendo bajar al fondo del agujero el
cuerpo de mi esposa; tras de lo cual, todos los concurrentes se acercaron a mí y
me dieron el pésame, despidiéndose. Entonces yo quise intentar que el rey y los
concurrentes me dispensaran de aquella prueba, y exclamé llorando: "¡Soy
extranjero y no parece justo que me someta a vuestra ley. ¡Además, en mi país
tengo una esposa que vive e hijos que necesitan de mí!"
Pero en vano hube de gritar y sollozar, porque
cogiéronme sin escucharme, me echaron cuerdas por debajo de los brazos,
sujetaron a mi cuerpo un cántaro de agua y siete panes, como era costumbre, y me
descolgaron hasta el fondo del pozo. Cuando llegué abajo me dijeron: "¡Desátate
para que nos llevemos las cuerdas!" Pero no quise desligarme y continué con
ellas, por si se decidían a subirme de nuevo. Entonces abandonaron las cuerdas,
que cayeron sobre mí, taparon otra vez con las grandes piedras el brocal del
pozo y se fueron por su camino sin escuchar mis gritos, que movían a piedad.
A poco me obligó a taparme las narices la hediondez de
aquel lugar subterráneo. Pero no me impidió inspeccionar, merced a la escasa luz
que descendía de lo alto, aquella gruta mortuoria llena de cadáveres antiguos y
recientes. Era muy espaciosa, y se dilataba hasta una distancia que mis ojos no
podían sondear. Entonces me tiré al suelo llorando, y exclamé: "¡Bien merecida
tienes tu suerte, Sindbad de alma insaciable! Y luego, ¿qué necesidad tenías de
casarte en esta ciudad? ¡Ah! ¿Por qué no pereciste en el valle de los diamantes,
o por qué no te devoraron los comedores de hombres? ¡Era preferible que te
hubiese tragado el mar en uno de tus naufrugios y no tendrías que sucumbir ahora
a tan espantosa muerte!" Y al punto comencé a golpearme con fuerza en la cabeza
en el estómago y en todo mi cuerpo. Sin embargo, acosado por el hambre y la sed,
no me decidí a dejarme morir de inanición, y desaté de la cuerda los panes y el
cántaro de agua, y comí y bebí, aunque con prudencia, en previsión de los
siguientes días.
De este modo viví durante algunos días, habituándome
paulatinamente al olor insoportable de aquella gruta, y para dormir me acostaba
en un lugar que tuve buen cuidado de limpiar de los huesos que en él aparecían.
Pero no podía retrasar mas el momento en que se me acabaran el pan y el agua. Y
llegó ese momento. Entonces, poseído por la más absoluta desesperación, hice mi
acto de fe, y ya iba a cerrar los ojos para aguardar la muerte, cuando vi
abrirse por encima de mi cabeza el agujero del pozo -y descender en un ataúd a
un hombre muerto, y tras él su esposa con los siete panes y el cántaro de agua.
Entonces esperé a que los hombres de arriba tapasen de
nuevo el bocal, y sin hacer el menor ruido, muy sigilosamente, cogí un gran
hueso de muerto y me arrojé de un salto sobre la mujer, rematándola de un golpe
en la cabeza; y para cerciorarme de su muerte, todavía la propiné un segundo y
un tercer golpe con toda mi fuerza. Me apoderé entonces de los siete panes y del
agua, con lo que tuve provisiones para algunos días.
Al cabo de ese tiempo, abrióse de nuevo el orificio, y
esta vez descendieron una mujer muerta y un hombre. Con objeto de seguir
viviendo -¡porque el alma es preciosa!- no dejó de rematar al hombre, robándole
sus panes y su agua. Y así continué viviendo durante algún tiempo matando en
cada oportunidad a la persona a quien se enterraba viva y robándola sus
provisiones.
Un día entre los días, dormía yo en mi sitio de
costumbre, cuando me desperté sobresaltado al oír un ruido insólito. Era cual un
resuello humano y un rumor de pasos. Me levanté y cogí el hueso que me servía
para rematar a los individuos enterrados vivos, dirigiéndome al lado de donde
parecía venir el ruido. Después de dar unos pasos, creí entrever algo que huía
resollando con fuerza. Entonces, siempre armado con mi hueso, perseguí mucho
tiernpo a aquella especie de sombra fugitiva, y continué corriendo en la
obscuridad tras ella, y tropezando a cada paso con los huesos de los muertos;
pero de pronto crei ver en el fondo de la gruta como una estrella luminosa que
tan pronto brillaba como se extinguía. Proseguí avanzando en la misma dirección,
y conforme avanzaba veía aumentar y ensancharse la luz. Sin embargo, no me
atreví a creer que fuese aquello una salida por donde pudiese escaparme, y me
dije: "¡Indudablemente debe ser un segundo agujero de este pozo por el que bajan
ahora, algún cadáver!" Así, que cuál no sería mi emoción al ver que la sombra
fugitiva, que no era otra cosa que un animal, saltaba con ímpetu por aquel
agujero. Entonces comprendí que se trataba de una brecha abierta por las fieras
para ir a comerse en la gruta los cadáveres. Y salté detrás del animal y me
hallé al aire libre bajo el cielo.
Al darme cuenta de la realidad, caí de rodillas, y con
todo mi corazón di gracias al Altísimo, por haberme libertado, y calmé y
tranquilicé mi alma.
Miré entonces al cielo, y vi que me encontraba al pie
de una montaña junto al mar; y observé que la tal montaña no debía comunicarse
de ninguna manera con la ciudad por lo escarpada e impracticable que era.
Efectivamente, intenté ascender por ella, pero en vano. Entoneces, para no
morirme de hambre, entré en la gruta por la brecha en cuestión y cogí pan y
agua; y volví a alimentarme, bajo el cielo, verificándolo con bastante mejor
apetito que mientras duró mi estancia entre los muertos.
Todos los días continué yendo a la gruta para quitarles
los panes y el agua, matando a los que se enterraba vivos. Luego tuve la idea de
recoger todas las joyas de los muertos, diamantes brazaletes, collares, perlas,
metales cincelados, telas preciosas y cuantos objetos de oro y plata había por
allá. Y poco a poco iba transportando mi botín a la orilla del mar, esperando
que llegara día en que pudiese salvarme con tales riquezas. Y para, que todo
estuviese preparado, hice fardos bien envueltos en los trajes de los hombres y
mujeres de la gruta.
Estaba yo sentado un día a la orilla del mar pensando
en mis aventuras y en mi actual estado, cuando vi que pasaba un navío por cerca
de la montaña. Me levanté en seguida, desarrollé la tela de mi turbante y me
puse a agitarla con bruscos ademanes y dando muchos gritos mientras corría por
la costa. Gracias a Alah, la gente del navío advirtió mis señales, y destacaron
una barca para que fuese a recogerme y transportarme a bordo. Me llevaron con
ellos y también se encargaron muy gustosos de mis fardos.
Cuando estuvimos a bordo, el capitán se acercó a mí y
me dijo: "¿Quién eres y cómo te encontrabas en esa montaña donde nunca vi más
que animales salvajes y aves de rapiña, pero no un ser humano, desde que navego
por estos parajes?" Conteste: ¡Oh señor mio, soy un pobre mercader extranjero en
estas comarcas! Embarqué en un navío enorme que naufragó junto a esta costa; y
gracias a mi valor y a mi resistencia, yo sólo entre mis compañeros pude
salvarme de perecer ahogado y salvé conmigo mis fardos de mercancías,
poniéndolos en una tabla grande que me proporcioné cuando el navío viose a
merced de las olas. El Destino y mi suerte me arrojaron a esa orilla, y Alah ha
querido que no muera yo de hambre y de sed." Y esto fue lo que dije al capitán,
guardándome mucho de decirle la verdad sobre mi matrimonio y mi enterramiento,
no fuera que a bordo hubiese alguien de la ciudad donde reinaba la espantosa
costumbre de que estuve a punto de ser víctima.
Al acabar mi discurso al capitán, saqué de uno de mis
paquetes un hermoso objeto de precio y se lo ofrecí como presente para que me
tuviese consideración durante el viaje. Pero con gran sorpresa por mi parte, dio
prueba de un raro desinterés sin querer aceptar mi obsequio, y me dijo con
acento benévolo: "No acostumbro a hacerme pagar las buenas acciones. No eres el
primero a quien hemos recogido en el mar. A otros náufragos socorrimos,
transportándolos a su país, ¡por Alah! y no sólo nos negamos a que nos pagaran,
sino que como carecían de todo, les dimos de comer y de beber y les vestimos, y
siempre ¡por Alah! hubimos de proporcionarles lo preciso para subvenir a sus
gastos de viaje. ¡Porque el hombre se debe a sus semejantes, por Alah!"
Al escuchar tales palabras, di gracias al capitán e
hice votos en su favor, deseándole larga vida, en tanto que él ordenaba
desplegar las velas y ponía en marcha al navio. Durante días y días navegamos en
excelentes condiciones, de isla en isla y de mar en mar, mientras yo me pasaba
las horas muertas deliciosamente tendido, pensando en mis extrañas aventuras y
preguntándome si en realidad había yo experimentado todos aquellos sinsabores o
si no eran un sueño. Y al recordar algunas veces mi estancia en la gruta
subterránea con mi esposa muerta, creía volverme loco de espanto.
Pero al fin, por obra y gracia de Alah, llegamos con
buena salud a Bassra, donde no nos detuvimos más que algunos días, entrando
luego en Bagdad.
Entonces, cargado con riquezas infinitas, tomé el
camino de mi calle y de mi casa, adonde entré y encontré a mis parientes y a mis
amigos; festejaron mi regreso y se regocijaron en extremo, felicitándome por mi
salvación. Yo entonces guardé con cuidado en los armarios mis tesoros, sin
olvidarme de distribuir muchas limosnas a los pobres, a las viudas y a los
huérfanos, así como valiosas dádivas entre mis amigos y conocimientos. Y desde
entonces no cesé de entregarme a todas las diversiones y a todos los placeres en
compañía de personas agradables.
¡Pero cuanto os conté hasta aquí no es nada,
verdaderamente, en comparación de lo que me reservo para contároslo mañana, si
Alah quiere!"
¡Así hablo aquel día Sindbad! Y no dejó de mandar que
dieran cien monedas de oro al cargador invitándole a cenar con él, en compañía
asimismo de los notables que se hallaban presentes Y todo el mundo maravillóse
de aquello.
En cuanto a Sindbad el Cargador...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 306 NOCHE
Ella dijo:
En cuanto a Sindbad el Cargador, llegó a su casa, donde
soñó toda la noche con el relato asombroso. Y cuando al día siguiente estuvo de
vuelta en casa de Sindbad el Marino, todavía se hallaba emocionado a causa del
enterramiento de su huésped. Pero como ya habían extendido el mantel, se hizo
sitio entre los demás, y comió, y bebió, y bendijo al Bienhechor. Tras de lo
cual, en medio del general silencio, escuchó lo que contaba Sindbad el Marino.
LA QUINTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO, QUE TRATA DEL QUINTO VIAJE
Dijo Sindbad:
"Sabed, ¡oh amigos míos! que al regresar del cuarto
viaje me dediqué a hacer una vida de alegría, de placeres y de diversiones, y
con ello olvidé en seguida mis pasados sufrimientos, y sólo me acordé de las
ganancias admirables que me proporcionaron mis aventuras extraordinarias. Así es
que no os asombréis si os digo que no dejé de atender a mi alma, la cual
inducíame a nuevos viajes por los países de los hombres.
Me apresté, pues a seguir aquel impulso, y compré las
mercaderías que a mi experiencia parecieron de más fácil salida y de ganancia
segura y fructífera; hice que las encajonasen, y partí con ellas para Bassra.
Allí fui a pasearme por el puerto y vi un navío grande,
nuevo completamente, que me gustó mucho y que acto seguido compré para mí solo.
Contraté a mi servicio a un buen capitán experimentado y a los necesarios
marineros. Después mandé que cargaran las mercaderías mis esclavos, a los cuales
mantuve a bordo para que me sirvieran. También acepté en calidad de pasajeros a
algunos mercaderes de buen aspecto, que me pagaron honradamente el precio del
pasaje. De esta manera, convertido entonces en dueño de un navío, podía ayudar
al capitán con mis consejos, merced a la experiencia que adquirí en asuntos
marítimos.
Abandonamos Bassra con el corazón confiado y alegre,
deseándonos mutuamente, todo género de bendiciones. Y nuestra navegación fue muy
feliz, favorecida de continuo por un viento propicio y un mar clemente. Y
después de haber hecho diversas escalas con objeto de vender y comprar,
arribamos un día a una isla, completamente deshabitada y desierta, y en la cual
se veía como unica vivienda una cúpula blanca. Pero al examinar más de cerca
aquella cúpula blanca, adivine que se trataba de un huevo de rokh. Me olvidé de
advertirlo a los pasajeros, los cuales, una vez que desembarcaron, no
encontraron para entretenerse nada mejor que tirar gruesas piedras a la
superficie del huevo; y algunos instantes más tarde sacó del huevo una de sus
patas el rokhecillo.
Al verlo, continuaron rompiendo el huevo los
mercaderes; luego mataron a la cría del rokh, cortándola en pedazos grandes, y
fueron a bordo para contarme la aventura.
,Entonces llegué al límite del terror, y exclamé:
"¡Estamos perdidos! ¡En seguida vendrán el padre y la madre del rokh para
atacamos y hacernos perecer! ¡Hay que alejarse, pues, de esta isla lo más de
prisa posible! Y al punto desplegamos la vela y nos pusimos en marcha, ayudados
por el viento.
En tanto, los mercaderes ocupabanse en asar los cuartos
del rokh; pero no habían empezado a saborearlos, cuando vimos sobre los ojos del
sol dos gruesas nubes que lo tapaban completamente. Al hallarse más cerca de
nosotros estas nubes, advertimos no eran otra cosa que dos gigantescos rokhs, el
padre y la madre del muerto. Y les oimos batir las alas y lanzar graznidos más
terribles que el trueno. Y en seguida nos dimos cuenta de que estaban
precisamente encima de nuestras cabezas, aunque a una gran altura, sosteniendo
cada cual en sus garras una roca enorme, mayor que nuestro navío.
Al verlo, no dudamos ya de que la venganza de los rokhs
nos perdería. Y de repente uno de los rokhs dejó caer desde lo alto la roca en
dirección al navío. Pero el capitán tenía mucha experiencia; maniobró con la
barra tan rápidamente, que el navío viró a un lado, y la roca, pasando junto a
nosotros, fue a dar en el mar, el cual abrióse de tal modo, que vimos su fondo,
y el navío se alzó, bajó y volvió a alzarse espantablemente. Pero quiso nuestro
destino que en aquel mismo instante soltase el segundo Rokh su piedra, que, sin
que pudiésemos evitarlo, fue a caer en la popa, rompiendo el timón en veinte
pedazos y hundiendo la mitad del navío. Al golpe, mercaderes y marineros
quedaron aplastados o sumergidos. Yo fui de los que se sumergieron.
Pero tanto luché con la muerte, impulsado por el
instinto de conservar mi alma preciosa, que pude salir a la superficie del agua.
Y por fortuna, logré agarrarme a una tabla de mi destrozado navío.
Al fin conseguí ponerme a horcajadas encima de la tabla
y remando con los pies y ayudado por el viento y la corriente, pude llegar a una
isla en el preciso instante en que iba a entregar mi último aliento, pues estaba
extenuado de fatiga, hambre y sed. Empecé por tenderme en la playa, donde
permanecí aniquilado una hora, hasta que descansaron y se tranquilizaron mi alma
y mi corazón. Me levantó entonces y me interné en la isla con objeto de
reconocerla.
No tuve necesidad de caminar mucho para advertir que
aquella vez el Destino me había transportado a un jardín tan hermoso, que podría
compararse con los jardines del paraíso. Ante mis ojos estáticos aparecían por
todas partes árboles de dorados frutos, arroyos cristalinos, pájaros de mil
plumajes diferentes y flores arrebatadoras. Por consiguiente, no quise privarme
de comer de aquellas frutas, beber de aquella agua y aspirar aquellas flores; y
todo lo encontré lo más excelente posible. Así es que no me moví del sitio en
que me hallaba, y continué reposando de mis fatigas hasta que acabó el día.
Pero cuando llegó la noche, y me vi en aquella isla
solo entre los árboles, no pude por menos de tener un miedo atroz, a pesar de la
belleza y la paz que me rodeaban; no logré dominarme más qne a medias, y durante
el sueño me asaltaron pesadillas terribles en medio de aquel silencio y aquella
soledad.
Al amanecer me levanté más tranquilo y avancé en mi
exploración. De esta suerte pude llegar junto a un estanque donde iba a dar el
agua de un manantial, y a la orilla del estanque, hallábase sentado inmóvil un
venerable anciano cubierto con amplio manto hecho de hojas de árbol. Y pensé
para mí: "¡También este anciano debe ser algún náufrago que se refugiara antes
que yo en esta isla!"
Me acerqué, pues, a él y le deseé la paz. Me devolvió
el saludo, pero solamente por señas y sin pronunciar palabra. Y le pregunté:
"¡Oh Venerable jeique! ¿a qué se debe tu estancia en este sitio?" Tampoco me
contestó; pero movió con aire triste la cabeza, y con la mano me hizo señas que
significaban: "¡Te suplico que me cargues a tu espalda y atravieses el arroyo
conmigo, porque quisiera coger frutas en la otra orilla!"
Entonces pensé: "¡Ciertamente, Sindbad, que verificarás
una buena acción sirviendo así a este anciano!" Me incliné, pues, y me lo cargué
sobre los hombros, atrayendo a mi pecho sus piernas, y con sus muslos me rodeába
el cuello y la cabeza con sus brazos. Y le transporté por la otra orilla del
arroyo hasta el lugar que hubo de designarme; luego me incliné nuevamente y le
dije: "Baja con cuidado, ¡oh venerable jeique!" ¡Pero no se movió! Por el
contrario, cada vez apretaba más sus muslos en torno de mi cuello, y se
afianzaba a mis hombros con todas sus fuerzas.
Al darme cuenta de ello llegué al límite del asombro y
miré con atención sus piernas, Me parecieron negras y velludas, y ásperas como
la piel de un búfalo, y me dieron miedo. Así es que, haciendo un esfuerzo
inmenso, quise desenlazarme de su abrazo y dejarle en tierra; pero entonces me
apretó él la garganta tan fuertemente, que casi me extranguló y ante mí se
obscureció el mundo. Todavía hice un último esfuerzo; pero perdí el
conocimiento, casi ya sin respiración, y caí al suelo desvanecido.
Al cabo de algún tiempo volví en mí, observando que, a
pesar de mi desvanecimiento, el anciano se mantenía siempre agarrado a mis
hornbros; sólo había aflojado sus piernas ligeramente para permitir que el aire
penetrara en mi garganta.
Cuando me vio respirar, diome dos puntapiés en el
estómago para obligarme a que me incorporara de nuevo. El dolor me hizo
obedecer, y me erguí sobre mis piernas, mientras él se afianzaba a mi cuello más
que nunca. Con la mano me indicó que anduviera por debajo de los árboles, y se
puso a coger frutas y a comerlas. Y cada vez que me paraba yo contra su voluntad
o andaba demasiado de prisa, me daba puntapiés tan violentos que veíame obligado
a obedecerle.
Todo aquel día estuvo sobre mis hombros, haciéndome
caminar como un animal de carga; y llegada la noche, me obligó a tenderme con él
para dormir sujeto siempre a mi cuello. Y a la mañana me despertó de un puntapié
en el vientre, obrando como la víspera.
Así permaneció afianzado a mis hombros día y noche sin
tregua. Encima de mí hacía todas sus necesidades líquidas y sólidas, y sin
piedad me obligaba a marchar, dándome puntapiés y puñetazos.
Jamás había yo sufrido en mi alma tantas humillaciones
y en mi cuerpo tan malos tratos como al servicio forzoso de este anciano, más
robusto que un joven y más despiadado que un arriero. Y ya no sabía yo de qué
medio valerme para desembarazarme de él; y deploraba el caritativo impulso que
me hizo compadecerle y subirle a mis hombros y desde aquel momento me deseé la
muerte desde lo más profundo de mi corazón.
Hacía ya mucho tiempo que me veía reducido a tan
deplorable estado, cuando un día aquel hombre me obligó a caminar bajo unos
árboles de los que colgaban gruesas calabazas, y se me ocurrió la idea de
aprovechar aquellas frutas secas para hacer con ellas recipientes. Recogí una
gran calabaza seca que había caído del árbol tiempo atrás, la vacié por
completo, la limpié, y fui a una vid para cortar racimos de uvas que exprimí
dentro de la calabaza hasta llenarla. La tapé luego cuidadosamente y la puse al
sol dejándola allí varios días, hasta que el zumo de uvas convirtióse en vino
puro. Entonces cogí la calabaza y bebí de su contenido la cantidad suficiente
para reponer fuerzas y ayudarme a soportar las fatigas de la carga, pero no lo
bastante para embriagarme. Al momento me sentí reanimado y alegre hasta tal
punto, que por primera vez me puse a hacer piruetas en todos sentidos con mi
carga sin notarla ya, y a bailar cantando por entre los árboles. Incluso hube de
dar palmadas para acompañar mi baile, riendo a carcajadas.
Cuando el anciano me vio en aquel estado inusitado y
advirtió que mis fuerzas se multiplicaban hasta el extremo de conducirle sin
fatiga, me ordenó por señas que le diese la calabaza. Me contrarió bastante la
petición; pero le tenía tanto miedo, que no me atreví a negarme; me apresuré,
pues, a darle la calabaza de muy mala gana. La tomó en sus manos, la llevó a sus
labios, saboreó prímero el líquido para saber a qué atenerse, y como lo encontró
agradable, se lo bebió, vaciando la calabaza hasta la última gota y arrojándola
después lejos de sí.
En seguida se hizo en su cerebro el efecto del vino; y
como había bebido lo suficiente para embriagarse, no tardó en bailar a su manera
en un pnricipio, zarandeándose sobre mis hombros, para aplomarse luego con todos
los músculos relajados, venciéndose a derecha y a izquierda y sosteniéndose sólo
lo preciso para no caerse.
Entonces yo, al sentir que no me oprimía como de
costumbre, desanudé de mi cuello sus piernas con un movimiento rápido, y por
medio de una contracción de hombros le despedí a alguna distancia, haciéndole
rodar por el suelo, en donde quedó sin movimiento. Salté sobre él entonces, y
cogiendo de entre los árboles una piedra enorme le sacudí con ella con la cabeza
diversos golpes tan certeros, que le destrocé el cráneo, y mezclé su sangre a su
carne. ¡Murió! ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su alma!...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGó LA 308 NOCHE
Ella dijo:
... ¡Ojalá no haya tenido Alah nunca compasión de su
alma!
A la vista de su cadáver, me sentí el alma todavía más
aligerada que el cuerpo, y me puse a correr de alegría, y así llegué a la playa,
al mismo sitio donde me arrojó el mar cuando el naufragio de mi navío. Quiso el
Destino que precisamente en aquel momento se encontrasen allí unos marineros que
desembarcaron de un navío anclado para buscar agua y frutas. Al verme, llegaron
al limite del asombro, y me rodearon y me interrogaron después de mutuas
zalemas. Y les contó lo que acababa de ocurrirme, cómo había naufragado y cómo
estuve reducido al estado de perpetuo animal de carga para el jeique a quien
hube de matar.
Estupefactos quedaron los marineros con el relato de mi
historia, y exclamaron. "¡Es prodigioso que pudieras librarte de ese jeique,
conocido por todos los navegantes con el nombre de Anciano del mar! Tú eres el
primero a quien no extranguló, porque siempre ha ahogado entre sus muslos a
cuantos tuvo a su servicio. ¡Bendito sea Alah, que te libró de él!"
Después de lo cuál, me llevaron a su navío, donde su
capitán me recibió cordialmente, Y me dio vestidos con que cubrir mi desnudez; y
luego que le hube contado mi aventura, me felicitó por mi salvacion, y nos
hicimos a la vela.
Tras varios días y varias noches de navegación,
entramos en el puerto de una ciudad que tenía casas muy bien construidas junto
al mar. Esta ciudad llamábase la Ciudad de los Monos, a causa de la cantidad
prodigiosa de monos que habitaban en los árboles de las inmediaciones.
Bajé a tierra acompañado por uno de los mercaderes del
navío, con objeto de visitar la ciudad y procurar hacer algún negocio. El
mercader con quien entablé amistad me dio un saco de algodón y me dijo: "Toma
este saco, llénale de guijarros .y agrégate a los habitantes de la ciudad, que
salen ahora de sus muros. Imita exactamente lo que les veas hacer. Y así
ganarás, muy bien tu vida."
Entonces hice lo que él me aconsejaba; llené de
guijarros mi sacó, y cuando terminé aquel trabajo, vi salir de la ciudad a un
tropel de personas, igualmente cargadas cada cual con un saco parecido al mío.
Mi amigo el mercader me recomendó a ellas cariñosamente, diciéndoles: "Es un
hombre pobre y extranjero. ¡Llevadle con vosotros para enseñarle a ganarse aquí
la vida! ¡Si le hacéis tal servicio seréis recompensados pródigamente por el
Retribuidor!" Ellos contestaron que escuchaban y obedecían, y me llevaron
consigo.
Después de andar durante algún tiempo, llegamos a un
gran valle, cubierto de árboles tan altos que resultaba imposible subir a ellos;
y estos árboles estaban poblados por los monos, y sus ramas aparecían cargadas
de frutos de corteza dura llamados cocos de Indias.
Nos detuvimos al pie de aquellos árboles, y mis
compañeros dejaron en tierra sus sacos y pusiéronse a apedrear a los monos,
tirándoles piedras. Y yo hice lo que ellos. Entonces, furiosos, los monos nos
respondieron tirándonos desde lo alto de los árboles una cantidad enorme de
cocos. Y nosotros, procurando resguardamos, recogíamos aquellos frutos y
llenábamos nuestros sacos con ellos.
Una vez llenos los sacos, nos los cargamos de nuevo a
hombros, y volvimos a emprender el camino de la ciudad, en la cual un mercader
me compró el saco pagándome en dinero. Y de este modo continué acompañando todos
los días a los recolectores de cocos y vendiendo en la ciudad aquellos frutos, y
así estuve hasta que poco a poco, a fuerza de acumular lo que ganaba, adquirí
una fortuna que engrosó por sí sola después de diversos cambios y compras, y me
permitió embarcarme en un navio que salía para el Mar de las Perlas.
Como tuve cuidado de llevar conmigo una cantidad
prodigiosa de cocos, no deje de cambiarlos por mostaza y canela a mi llegada a
diversas islas; y después vendí la mostaza y la canela, y con el dinero que gané
me fui al Mar de las Perlas, donde contraté buzos por mi cuenta. Fue muy grande
mi suerte en la pesca de perlas pues me permitió realizar en poco tiempo una
gran fortuna. Así es que no quise retrasar más mi regreso, y después de comprar,
para mi uso personal madera de áloe de la mejor calidad a los indígenas de aquel
país descreído, me embarqué en un barco que se hacía a la vela para Bassra,
adonde arribé felizmente después de una excelente navegación. Desde allí salí en
seguida para Bagdad, y corrí a mi calle y a mi casa, donde me recibieron con
grandes manifestaciones de alegría mis parientes y mis amigos.
Como volvía mas rico que jamás lo había estado, no dejé
de repartir en torno mío el bienestar, haciendo muchas dádivas a los
necesitados. Y viví en un reposo perfecto desde el seno de la alegría y los
placeres.
Pero cenad en mi casa esta noche, ¡oh mis amigos! y no
faltéis mañana para escuchar el relato de mi sexto viaje, porque es
verdaderamente asombroso y os hará olvidar las aventuras que acabáis de oír, por
muy extraordinarias que hayan sido."
Luego, terminada esta historia, Sindbad el Marino,
según su costumbre, hizo que entregaran las cien monedas de oro al cargador, que
con los demás comensales retiróse maravillado, después de cenar. Y al día
siguiente, después de un festín tan suntuoso como el de la víspera, Sindbad el
Marino habló en los siguientes términos ante la misma asistencia:
LA SEXTA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL MARINO, QUE TRATA DEL SEXTO VIAJE
"Sabed, ¡oh todos vosotros mis amigos, mis compañeros y
mis queridos huéspedes! que al regreso de mi quinto viaje, estaba yo un día
sentado delante de mi puerta tomando el fresco› y he aquí que llegué al límite
del asombro cuando vi pasar por la calle unos mercaderes que al parecer volvían
de viaje. Al verlos recordé con satisfacción los días de mis retornos, la
alegría que experimentaba al encontrar a mis parientes, amigos y antiguos
compañeros, y la alegría mayor aún, de volver a ver mi país natal; y este
recuerdo incitó a mi alma al viaje y al comercio. Resolví, pues, viajar; compré
ricas y valiosas mercaderías a propósito para el comercio por mar, mandé cargar
los fardos y partí de la ciudad de Bagdad con dirección a la de Bassra. Allí
encontré una gran nave llena de mercaderes y de notables, que llevaban consigo
mercancías suntuosas. Hice embarcar mis, fardos con los suyos a bordo de aquel
navío,y abandonamos en paz la ciudad de Bassra.
No dejamos de navegar de pueblo en pueblo y de ciudad
en ciudad, vendiendo, comprando y alegrando la vista con el espectáculo de los
países de los hombres, viéndonos favorecidos constantemente Por una feliz
navegación, que aprovechábamos para gozar de la vida. Pero un día entre los
días, cuando nos creíamos en completa seguridad, oímos gritos de desesperación.
Era nuestro capitán, quien los lanzaba. Al mismo tiempo le vimos tirar al suelo
el turbante, golpearse el rostro, mesarse las barbas y dejarse caer en mitad del
buque, presa de un pesar inconcebible.
Entonces todos los mercaderes y pasajeros le rodeamos,
y le preguntamos: "¡Oh capitán! ¿qué sucede?" El capitán respondió: "Sabed,
buena gente aquí reunida, que nos hemos extraviado con nuestro navío, y hemos
salido del mar en que estábamos para entrar en otro mar cuya derrota no
conocemos. Y si Alah no nos depara algo que nos salve de este mar, quedaremos
aniquilados cuantos estamos aquí. ¡Por lo tanto, hay quee suplicar a Alah el
Altísimo que nos saque de este trance!"
Dicho esto, el Capitán se levantó y subió al palo
mayor, y quiso arreglar las velas; pero de pronto sopló con violencia el viento
y echó al navio hacia atrás tan bruscamente, que se rompió el timón cuando
estábamos cerca de una alta montaña. Entonces el capitán bajó del palo, y
exclamó: "¡No hay fuerza ni recurso más que en Alah el Altísimo y Todopoderoso!
¡Nadie puede detener al Destino! ¡Por Alah! ¡Hemos caído en una perdición
espantosa, sin ninguna probabilidad de salvarnos!"
Al oír tales palabras, todos los pasajeros se echaron
llorar por propio impulso, y despidiéndose unos de otros, antes de que se
acabase su existencia y se perdiera toda esperanza. Y de pronto el navío se
inclinó hacia la montaña, y se estrelló y se dispersó en tablas por todas
partes. Y cuantos estaban dentro se sumergieron. Y los mercaderes cayeron al
mar. Y unos se ahogaron y otros se agarraron a la montaña consabida y pudieron
salvarse. Yo fui uno de los que pudieron agarrarse a la montaña.
Estaba tal montaña situada en una isla muy grande,
cuyas costas aparecían cubiertas por restos de buques naufragados y de toda
clase de residuos. En el sitio en que tomamos tierra, vimos a nuestro alrededor
una cantidad prodigiosa de fardos, y mercancías, y objetos valiosos de todas
clases, arrojados por el mar.
Y yo empece a andar, por en medio: de aquellas cosas
dispersas, y a los pocos pasos llegué a un riachuelo de agua dulce que, al revés
de todos los demás ríos que van a desaguar en el mar, salía de la montaña y se
alejaba del mar, para internarse más adelante en una gruta situada al pie de
aquella montaña y desaparecer por ella.
Pero había más. Observé que las orillas de aquel río
estaban sembradas de piedras, de rubíes, de gemas de todos los colores, de
pedrería de todas formas y de metales preciosos. Y todas aquellas piedras
abundaban tanto como los guijarros en el cauce de un río. Así es que todo aquel
terreno brillaba y centelleaba con mil reflejos y luces, de manera que los ojos
no podían soportar su resplandor.
Noté también que aquella isla contenía la mejor calidad
de madera de áloe chino Y de áloe comarí.
También había en aquella isla una fuente de ámbar bruto
líquido, del color del betún, que manaba como cera derretida por el suelo bajo
la acción del sol y salían del mar grandes peces para devorarlo. Y se lo
calentaban dentro y lo vomitaban al poco tiempo en la superficie del agua y
entonces se endurecía y cambiaba de naturaleza y color. Y las olas lo llevaban a
la orilla, embalsamándola. En cuanto al ámbar que no tragaban los peces, se
derretía bajo la acción de los rayos del sol, y esparcía por toda la isla un
olor semejante al del almizcle.
He de deciros asimismo que todas aquellas riquezas no
le servian a nadie, puesto que nadie pudo llegar a aquella isla y salir de ella
vivo ni muerto. En efecto todo navio que se acercaba a sus costas estrellábase
contra la montaña; y nadie podía subir a la montaña porque era inaccesible.
De modo que los pasajeros que lograron salvarse del
naufragio de nuestra nave, y yo entre ellos, quedamos muy perplejos, y estuvimos
en la orilla, asombrados con todas las riquezas que teníamos a la vista, y con
la mísera suerte que nos aguardaba en medio de tanta suntuosidad.
Así estuvimos durante bastante rato en la orilla, sin
saber qué hacer y después, como habíamos encontrado algunas provisiones, nos las
repartimos con toda equidad. Y mis compañeros, que no estaban acostumbrados a
las aventuras, se comieron su parte de una vez o en dos; y no tardaron al cabo
de cierto tiempo, variable según la resistencia de cada cual, en sucumbir uno
tras otro por falta de alimento. Pero yo supe economizar con prudencia mis
víveres y no comi mas que una vez al día, aparte de que había encontrado otras
provisiones de las cuales no dije palabra a mis compañeros.
Los primeros que murieron fueron enterrados por los
demás después de lavarles y meterles en sudarios confeccionados con las telas
recogidas en la orilla. Con las privaciones vino a complicarse una epidemia de
dolores de vientre, originada por el clima húmedo del mar. Así es que mis
compañeros no tardaron en morir hasta el último, y yo abrí con mis manos la
huesa del postrer camarada.
En aquel momento, ya me quedaban muy pocas provisiones,
a pesar de mi economia y prudencia, y como vela acercarse el momento de la
muerte, empecé a llorar por mí, pensando: ¿Por qué no sucumbí antes que mis
compañeros, que me hubieran rendido el último tributo, lavándome y sepultándome?
¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el Omnipotente!" Y en seguida empecé a
morderme las manos con desesperación.
En este momento de su narracion, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 310 NOCHE
Ella dijo:
... empecé a morderme las manos con desesperación.
Me decidí entonces a levantarme, y empecé a abrir una
fosa profunda, diciendo para mí: "Cuando sienta llegar mi último momento, me
arrastraré hasta allí y me meteré en la fosa, donde moriré. ¡El viento se
encargará de acumular poco a poco la arena encima de mi cabeza, y llenará el
hoyo!" Y mientras verificaba aquel trabajo, me echaba en cara mi falta de
inteligencia y mi salida de mi país después de todo lo que me había ocurrido en
nus diferentes viajes, y de lo que había experimentado la primera, y la segunda,
y la tercera, y la cuarta, y la quinta vez, siendo cada prueba peor que la
anterior. Y decía para mí: "¡Cuántas veces te arrepentiste para volver a
empezar! ¿Qué necesidad tenías de viajar nuevamente? ¿No poseías en Bagdad
riquezas bastantes para gastar sin cuento y sin temor a que se te acabaran nunca
los fondos suficientes para dos existencias como la tuya?"
A estos pensamientos sucedió pronto otra reflexión
sugerida por la vista del río. En efecto, pensé: ¡Por Alah! Ese río
indudablemente ha de tener un principio y un fin. Desde aquí veo el principio,
pero el fin es invisible. No obstante, ese río que se interna así por debajo de
la montaña, sin remedio ha de salir al otro lado por algún sitio. De modo que la
única idea práctica para escaparme de aquí, es construir una embarcación
cualquiera, meterme en ella y dejarme llevar por la corriente del agua que entra
en la gruta. Si es mi destino, ya encontraré de ese modo el medió de salvarme;
¡si no, moriré ahí dentro y será menos espantoso que perecer de hambre, en esta
playa!
Me levanté, pues, algo animado por esta idea, y en
seguida me puse a ejecutar mi proyecto. Junté grandes haces de madera de áloes
comarí y chino; los até sólidamente con cuerdas; coloqué encima grandes tablones
recogidos de la orilla y procedentes de los barcos náufragos, y con todo
confeccioné una balsa tan ancha como el río, o mejor dicho, algo menos ancha,
pero poco. Terminado este trabajo, cargué la balsa con algunos sacos grandes
llenos de rubies, perlas y toda clase de pedrerías, escogiendo las más gordas,
que eran como guijarros, y cogí también algunos fardos de ámbar gris, que elegí
muy bueno y libre de impurezas; y no deje tampoco de llevarme las provisiones
que me quedaban. Lo puse todo bien acondicionado sobre la balsa, que cuidé de
proveer de dos tablas a guisa de remos, y acabé por embarcarme en ella,
confiando en la voluntad de Alah y recordando estos versos del poeta:
¡Amigo, apártate de los lugares en que reina la
opresión, y deja que resuene la morada con los gritos de duelo de quienes la
construyeron.
¡Encontrarás tierra distinta de tu tierra; pero tu alma
es una sola y no encontrarás otra!
¡Y no te aflijas ante los accidentes de las noches,
pues por muy grandes que sean las desgracias, siempre tienen un término!
¡Y sabe que aquel cuya muerte fue decretada de antemano
en una tierra, no podrá morir en otra!
¡Y en tu desgracia no envíes mensajes a ningún
consejero; ningún, consejero mejor que el alma propia!
La balsa fue, pues, arrastrada por la corriente bajo la
bóveda de la gruta, donde empezó a rozar con aspereza contra las paredes, y
también mi cabeza recibió varios choques mientras que yo, espantado por la
obscuridad completa en que me vi de pronto, quería ya volver a la playa. Pero no
podía retroceder; la fuerte corriente me arrastraba cada vez más adentro, y el
cauce del río tan pronto se estrechaba como se ensanchaba, en tanto que iban
haciéndose más densas las tinieblas a mi alrededor, cansándome muchísimo.
Entonces, soltando los remos que por cierto no me servían para gran cosa, me
tumbó boca abajo en la balsa con objeto de no romperme el cráneo contra la
bóveda, y no se cómo fui insensibilizándome en un profundo sueño.
Debió éste durar un año o más, a juzgar por la pena que
lo originó. El caso es que al despertarme me encontré en plena claridad. Abrí
más los ojos y me encontró tendido en la hierba de una vasta campiña, y mi balsa
estaba amarrada junto a un río; y alrededor de mí había indios y abisinios.
Cuando me vieron ya, despierto aquellos hombres, se
pusieron a hablarme, pero no entendí nada de su idioma y no les pude contestar.
Empezaba a creer que era un sueño todo aquello, cuando advertí que hacia mí
avanzaba un hombre que me dijo en árabe: "¡La paz contigo, ¡oh hermano nuestro!
¿Quién eres, de dónde vienes y qué motivo te trajo a este país? Nosotros somos
labradores que venimos aquí a regar nuestros campos y plantaciones. Vimos la
balsa en que te dormiste y la hemos sujetado y amarrado a lo orilla. Después nos
aguardamos a que despertaras tú solo, para no asustarte. ¡Cuéntanos ahora qué
aventura te condujo a este lugar!" Pero yo contesté: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh
señor! dame primeramente de comer, porque tengo hambre, y pregúntame luego
cuanto gustes!"
Al oír estas palabras, el hombre se apresuró a traerme
alimento y comí hasta que me encontré harto, y tranquilo, y reanimado. Entonces
comprendí que recobraba el alma, y di gracias a Alah por lo ocurrido, y me
felicité de haberme librado de aquel río subterráneo. Tras de lo cual conte a
quienes me rodeaban todo lo que me aconteció, desde el principio hasta el fin.
Cuando hubieron oído mi relato, quedaron
maravillosamente asambrados, y conversaron entre sí, y el que hablaba árabe me
explicaba lo que se decían como, también les había hecho comprender mis
palabras. Tan admirados estaban, que querían llevarme junto a su rey para que
oyera mis aventuras. Yo consentí inmediatamente, y me llevaron. Y no dejaron
tampoco de transportar la balsa como estaba, con sus fardos de ámbar y sus sacos
llenos de pedrería.
El rey, al cual le contaron quién era yo, me recibió
con mucha cordialidad, y después de recíprocas zalemas me pidió que yo mismo le
contase mis aventuras. Al punto obedecí, y le narré cuanto me había ocurrido,
sin omitir nada. Pero no es necesario repetirlo.
Oído mi relato, el rey de aquella isla, que era la de
Serendib, llegó al límite del asombro y me felicitó mucho por haber salvado la
vida a pesar de tanto peligro corrido. En seguida quise demostrarle que los
viajes me sirvieron de algo, y me apresuré a abrir en su presencia mis sacos y
mis fardos.
Entonces el rey, que era muy inteligente en pedrería,
admiró mucho mi colección, y yo, por deferencia a él, escogí un ejemplar muy
hermoso de cada especie de piedra, como asi mismo perlas grandes y pedazos
enteros de oro y plata, y se los ofrecí de regalo. Avínose a aceptarlos, y en
cambio me colmó de consideraciones y honores, y me rogó que habitara en su
propio palacio. Así lo hice, y desde aquel día llegué a ser amigo del rey y uno
de los personajes principales de la isla. Y todos me hacían preguntas acerca de
mi país, y yo les contestaba, y les interrogaba acerca del suyo, y me
respondían. Así supe que la isla de Serendib tenía ochenta parasanges de
longitud y ochenta de anchura; que poseía una montaña que era la más alta del
mundo, en cuya cima había vivido nuestro padre Adán cierto tiempo; que encerraba
muchas perlas y piedras preciosas, menos bellas, en realidad, que las de mis
fardos, y muchos cocoteros.
Un día el rey de Serendib me interrogó acerca de los
asuntos públicos de Bagdad, y del modo que tenía de gobernar el califa Harún
Al-Rachid. Y yo le conté cuán equitativo y magnánimo era el califa y le hablé
extensamente de sus méritos y buenas cualidades. Y el rey de Screndib se
maravilló y me dijo: "¡Por Alah!' ¡Veo que el califa conoce verdaderamente la
cordura y el arte de gobernar su imperio, y acabas de hacer que le tomo gran
afecto! ¡De modo que desearía prepararle algún regalo digno de él, y enviárselo
contigo!" Yo contestó en seguida: "¡Escucho y obedezco, ¡oh mi señor! ¡Ten la
seguridad de que entregaré fielmente tu regalo al califa, que llegará al límite
del encanto! ¡Y al mismo tiempo le diré cuán excelente amigo suyo eres, y que
puede contar con tu alianza!"
Oídas estas palabras, el rey de Serendib dio algunas
órdenes a sus chambelanes, que se apresuraron a obedecer. Y he aquí en qué
consistía el regalo que me dieron para el califa Harún Al-Rachid. Primeramente
había una gran vasija tallada en un solo rubí de color admirable, que tenía
medio pie de altura y un dedo de espesor. Esta vasija, en forma de copa, estaba
completamente llena de perlas redondas y blancas, como una avellana cada una.
Además, había un alfombra hecha con una enorme piel de serpiente, con escamas
grandes como un dínar de oro, que tenía la virtud de curar todas las
enfermedades a quienes se acostaban en ella. En tercer lugar había doscientos
granos de alcanfor exquisito, cada cual del tamaño de un alfónsigo. En cuarto
lugar había dos colmillos de elefante, de doce codos de largo cada uno, y dos de
ancho en la base. Y por último había una hermosa joven de Serendib, cubierta de
pedrerías.
Al mismo tiempo el rey me entregó una carta para el
Emir de los Creyentes, diciéndome: "Discúlpame con el califa de lo poco que vale
mi regalo. ¡Y has de decirle lo mucho que le quiero! Y yo contesté. "¡Escucho y
obedezcol" Y le besé la mano. Entonces, me dijo: "De todos modos, Sindbad, si
prefieres quedarte en mi reino, te tendré sobre mi cabeza y mis ojos; y en ese
caso en-viaré a otro en tu lugar junto al califa de Bagdad". Entonces exclamé:
"¡Por Alah! Tu esplendidez es gran esplendidez, y me has colmado de beneficios.
¡Pero precisamente hay un barco que va a salir para Bassra y mucho desearía
embarcarme en él para volver a ver a mis parientes, a mis hijos y mi tierra!"
Oído esto, el rey no quiso insistir en que me quedase,
y mandó llamar inmediatamente al capitán del barco, así como a los mercaderes
que iban a ir conmigo, y me recomendó mucho a ellos, encargándoles que me
guardaran toda clase de consideraciones. Pagó el precio de mi pasaje y me regaló
muchas preciosidades que conservo todavía, pues no pude decidirme a vender lo
que me recuerda al excelente rey de Serendib.
Después de despedirme del rey y de todos los amigos que
me hice durante mi estancia en aquella isla tan encantadora, me embarqué en la
nave, que en seguida se dio a la vela. Partimos con viento favorable y navegamos
de isla en isla y de mar en mar, hasta que, gracias a Alah, llegamos con toda
seguridad a Bassra, desde donde me dirigí a Bagdad con mis riquezas y el
presente destinado al califa.
De modo que lo primero que hice fue encaminarme al
palacio del Emir de los Creyentes; me introdujeron en el salón de recepciones, y
besé la tierra entre las manos del califa, entregándole la carta y los
presentes, y contándole mi aventura con todos sus detalles.
Cuando el califa acabó de leer la carta del rey de
Serendib y examinó los presentes, me preguntó si aquel rey era tan rico y
poderoso como lo indicaban su carta y sus regalos. Yo contesté: "¡Oh Emir de los
Creyentes! Puedo asegurar que el rey de Serendib no exagera. Además, a su
poderío y su riqueza añade un gran sentimiento de justicia, y gobierna
sabiamente a su pueblo. Es el único kadí de su reino, cuyos habitantes son, por
cierto, tan pacíficos, que nunca suelen tener litigios. ¡Verdaderaniente, el rey
es digno de tu amistad, ¡oh Emir de los Creyentes!"
El califa quedó satisfecho de mis palabras, y me dijo:
"La carta que acabo de leer y tu discurso me demuestraa que el rey de Serendib
es un hombre excelente que no ignora los preceptos de la sabiduría y sabe vivir.
¡Dichoso el pueblo gobernado por él!" Después el califa me regaló un ropón de
honor y ricos presentes, y me colmó de premincias y prerrogativas, y quiso que
escribieran mi historia los escribas más hábiles para conservarla en los
archivos del reino.
Y me retiró entonces, y corrí a mi calle y a mi casa, y
vivi en el seno de las riquezas y los honores, entre mis parientes y amigos,
olvidando las pasadas tribulaciones y sin pensar mas que en extraer de la
existencia cuantos bienes pudiera proporcionarme.
Y tal es mi historia durante el sexto viaje. Pero
mañana, ¡oh huéspedes míos! Os contaré la historia de mi séptimo viaje, que es
más mayavilloso, y más admirable, Y más abundante en prodigios que los otros
seis juntos."
Y Sindbad el Marino mandó poner el mantel para el
festín y dio de comer a sus huéspedes, incluso a Sindbad el Cargador, a quien
mandó entregaran, antes de que se fuera, cien monedas de oro como los demás
días. Y el cargador se retiró a su casa, maravillado de cuanto acababa de oír. Y
al día siguiente hizo su oración de la mañana y volvió al palacio de Sindbad el
Marino. Cuando estuvieron reunidos todos los invitados, y comieron, y bebieron,
y conversaron, y rieron, y oyeron los cantos y la música, se colocaron en corro,
graves y silenciosos. Y habló así Sindbad el Marino:
LA SEPTIMA HISTORIA DE LAS HISTORIAS DE SINDBAD EL
MARINO, QUE TRATA DE LA SEPTIMA Y ÚLTIMA HISTORIA
"Sabed, ¡oh amigos míos! que al regreso del sexto
viaje, di resueltamente de lado a toda idea de emprender en lo sucesivo otros,
pues aparte de que mi edad me impedía hacer excursiones lejanas, ya no tenía yo
deseos de acometer nuevas aventuras, tras de tanto peligro corrido y tanto mal
experimentado. Además, había llegado a ser el hombre más rico de Bagdad, y el
califa me mandaba llamar con frecuencia para oír de mis labios el relato de las
cosas extraordinarias que en mis viajes vi.
Un día que el califa ordenó que me llamaran, según su
costumbre, me disponía a contarle una, o dos, o tres de mis aventuras, cuando me
dijo: "Sindbad, hay que ir a ver al rey de Serendib para llevarle mi
contestación y los regalos que le destino. Nadie conoce como tú el camino de esa
tierra, cuyo rey se alegrará mucho de volver a verte. ¡Prepárate, pues, a salir
hoy mismo, porque no me estaría bien quedar en deuda con el rey de aquella isla,
ni sería digno retrasar más la respuesta y el envío!"
Ante mi vista se ennegreció el mundo, y llegué al
limite de la perplejidad y la sorpresa al oír estas palabras del califa. Pero
logré dominarme, para no caer en su desagrado. Y aunque había hecho voto de no
volver a salir de Bagdad, besé la tierra entre las manos del califa, y contesté
oyendo y obedeciendo. Entonces ordenó que me dieran mil dinares de oro para mis
gastos de viaje, y me entregó una carta de su puño y letra y los regalos
destinados al rey de Serendib.
Y he aquí en qué consistían los regalos: en primer
lugar una magnífica cama, completa, de terciopelo carmesi, que valía una
cantidad enorme de dinares de oro; además, había otra cama de otro color, y otra
de otro; había también cien trajes de tela fina y bordada de Kufa y Alejandría,
y cincuenta de Bagdad. Había una vasija de comalina blanca procedente de
tiempos, muy remotos. en cuyo fondo figuraba un guerrero armado con su arco
tirante contra un león. Y había otras muchas cosas que sería prolijo enumerar, y
un tronco de caballos de la más pura raza árabe...
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 312 NOCHE
Ella dijo:
... un tronco de caballos de la más pura raza árabe.
Entonces me vi obligado a partir contra mi gusto
aquella vez, y me embarqué en una nave que salía de Bassra.
Tanto nos favoreció el Destino, que a los dos meses,
día tras día, llegamos a Serendib con toda seguridad. Y me apresuré a llevar al
rey la carta y los obsequios del Emir de los Creyentes.
Al verme, se alegró y satisfizo el rey, quedando muy
complacido de la cortesía del califa. Quiso entonces retenerme a su lado una
larga temporada; pero yo no accedí a quedarme más que el tiempo preciso para
descansar. Después de lo cual me despedí de él, y colmado de consideraciones y
regalos, me apresuré a embarcarme de nuevo para tomar el camino de Bassra, por
donde había ido.
Al principio nos fue favorable el viento, y el primer
sitio a que arribamos fue una isla llamada la isla de Sin. Y realmente, hasta
entonces habíamos estado contentísimos, y durante toda la travesía hablábamos
unos con otros, conversando tranquila y agradablemente acerca de mil cosas.
Pero un día, a la semana después de haber dejado la
isla, en la cual los mercaderes habían hecho varios cambios y compras, mientras
estábamos tendidos tranquilos, como de costumbre, estalló de pronto sobre
nuestras cabezas una tormenta terrible y nos inundó una lluvia torrencial.
Entonces nos apresuramos a tender tela de cáñamo encima de nuestros fardos y
mercancías para evitar que el agua los estropease, y empezamos a suplicar a
Alah, que alejase el peligro de nuestro camino.
En tanto permanecíamos en aquella situación, el capitán
del buque se levantó, apretóse el cinturón a la cintura, se remangó las mangas y
la ropa, y después subió al palo mayor, desde el cual estuvo mirando bastante
tiempo a derecha e izquierda. Luego bajó con la cara muy amarilla, nos miró con
aspecto completamente desesperado, y en silencio empezó a golpearse el rostro y
a mesarse las barbas. Entonces corrimos hacia él muy asustados y le preguntamos:
"¿Qué ocurre?" Y él contestó: "¡Pedidle a Alah que nos saque del abismo en que
hemos caído! ¡Oh más bien, llorad por todos y despedíos unos de otros! ¡Sabed
que la corriente nos ha desviado de nuestro camino, arrojándonos a los confines
de los mares del mundo!"
Y después de haber hablado así, el capitán abrió un
cajón, y sacó de él un saco de algodón, del cual extrajo polvo que parecia
ceniza. Mojó el polvo con un poco de agua, esperó algunos momentos, y se puso
luego a aspirar aquel producto. Después sacó del cajón un libro pequeño, y leyó
entre dientes algunas páginas, y acabó por decimos: "Sabed, ¡oh pasajeros! que
el libro prodigioso acaba de confirmar mis suposiciones. La tierra que se dibuja
ante nosotros en lontananza, es la tierra conocida con el nombre de Clima de los
Reyes. Ahí se encuentra la tumba de nuestro señor Soleimán ben-Daúd (¡con ambos
la plegaria y la paz!) Ahí se crían monstruos y serpientes de espantable
catadura. Además, el mar en que nos encontriamos está habitado por monstruos
marinos que se pueden tragar de un bocado los navíos mayores con cargamento y
pasajeros! ¡Ya estáis avisados! ¡Adiós!"
Cuando oímos estas palabras del capitán, quedamos de
todo punto estupefactos, y nos preguntábamos qué espantosa catástrofe iría a
pasar, cuando de pronto nos sentimos levantados con barco y todo, y después
hundidos bruscamente, mientras se alzaba del mar un grito.más terrible que el
trueno. Tan espantados qudamos que dijimos nuestra última oracion, y
permanecimos inertes como muertos. Y de improviso vimos que sobre el agua
revuelta y delante de nosotros, avanzaba hacia el barco un monstruo tan alto y
tan grande como una montaña, y después otro.monstruo mayor, y detrás otro tan
enorme como los dos juntos. Este último brincó de pronto por el mar, que se
abría como una sima, mostró una boca más profunda que un abismo, y se tragó las
tres cuartas partes del barco con cuanto contenía. Yo tuve el tiempo justo para
retroceder hacia lo alto del buque y saltar al mar, mientras el monstruo acababa
de tragarse la otra cuarta parte, y desaparecía en las profundidades con sus dos
compañeros.
Logré agarrarme a uno de los tablones que habían
saltado del barco al darle la dentellada el monstruo marino, y después de mil
dificultades pude llegar a una isla que afortunadamente estaba cubierta de
árboles frutales y regada por un río de agua excelente. Pero noté que la
corriente del río era rápida hasta el punto de que el ruido que hacía oíase muy
a lo lejos. Entonces, y al recordar como me salvé de la muerte en la isla de las
pedrerías, concebí la idea de construir una balsa igual a la anterior y dejarme
llevar por la corriente. En efecto, a pesar de lo agradable de aquella isla
nueva, yo pretendía volver a mi país. Y pensaba: "Si logro salvarme, todo irá
bien, y haré voto de no pronunciar siquiera la palabra viaje, y de no pensar en
tal cosa durante el resto de mi vida. ¡En cambio, si perezco en la tentativa,
todo irá bien asimismo, porque acabaré definitivamente con peligros y
tribulaciones."
Me levanté, pues, inmediatamente, y después de haber
comido alguna fruta, recogí muchas ramas grandes cuya,especie ignoraba entonces,
aunque luego supe eran de sándalo, de la calidad más estimada por los
mercaderes, a causa de su rareza. Después empecé a buscar cuerdas y cordeles, y
al principio no los encontré; pero vi en los árboles unas plantas trepadoras y
flexibles, muy fuertes, que podían servirme. Corté las que me hicieron falta, y
las utilicé para atar entre sí las ramas grandes de sándalo. Preparé de este
modo una enorme balsa, en la cual coloqué fruta en abundancia, y me embarqué
diciendo: "¡Si me salvo, lo habrá querido Alah!"
Apenas subí a la balsa Y me hube separado de la orilla,
me vi arrastrado con una rapidez espantosa por la corriente, y sentí vértigos, y
caí desmayado encima del montón de fruta exactamente igual que un pollo
borracho.
Al recobrar el conocimiento, miré a mi alrededor, y
quedé más inmóvil de espanto que nunca, y ensordecido por un ruido como el del
trueno. El río no era más que un torrente de espuma hirviente, y más veloz que
el viento, que chocando con estrépito contra las rocas, se lanzaba hacia un
precipicio que adivinaba yo más que veía. ¡Indudablemente iba a hacerme pedazos
en él, despeñándome sabe quién desde qué altura!
Ante esta idea aterradora, me agarré con todas mis
fuerzas a las ramas de la balsa, y cerré los ojos instintivamente para no verme
aplastado y destrozado, e invoqué el nombre de Alah antes de morir. Y de pronto,
en vez de rodar hasta el abismo, comprendí que la balsa se paraba bruscamente
encima del agua, y abrí los ojos un minuto por saber a qué distancia estaba de
la muerte, y no fue para verme estrellado contra los peñascos, sino cogido con
mi balsa en una inmensa red, que unos hombres echaros sobre mí desde la ribera.
De esta suerte me hallé cogido y llevado a tierra, y allí me sacaron o vivo y
medio muerto de entre las mallas de la red, en tanto transportaban a la orilla
mi balsa. Mientras yo permanecía tendido, inerte y tiritando, se adelantó hacia
mí un venerable jeique de barbas blancas, que empezó por desearme la bienvenida,
y por cubrirme- con ropa caliente que me sentó muy bien. Reanimado ya por las
fricciones y el masaje que tuvo la bondad de darme el anciano, pude sentarme,
pero sin recobrar todavía el uso de la palabra.
Entonces el anciano me cogió del brazo, y me llevó
suavemente al hammam, en donde me hizo tomar un baño excelente que acabó de
restituirme el alma; después me hizo aspirar perfumes exquisitos y me los echó
por todo el cuerpo, y me llevó a su casa.
Cuando entré en la morada de aquel anciano, toda su
familia se alegró mucho de mi llegada, y me recibió con gran cordialidad y
demostraciones amistosas. El mismo anciano hizome áentar en medio del diván de
la sala de recepcion, y me dio a comer cosas de primer orden, y a beber un agua
agradable perfumada con flores. Después quemaron incienso a mi alrededor, y los
esclavos me trajeron agua caliente y aromatizada para lavarme las manos, y me
presentaron servilletas ribeteadas de seda, para secarme los dedos las barbas y
la boca. Tras de lo cual el anciano me llevó a una habitación muy bien
amueblada, en donde quedé solo, porque se retiró con mucha discreción. Pero dejó
a mis órdenes varios esclavos que de cuando en cuando iban a verme por si
necesitaba sus servicios.
Del propio modo me trataron durante tres días, sin que
nadie me interrogase ni me dirigiera ninguna pregunta, y no dejaban que
careciese de nada, cuidándome con mucho esmero, hasta que recobré completamente
las fuerzas, y mi alma y mi corazón se calmaron y refrescaron. Entonces, o sea
la mañana del cuarto día, el anciano se sentó a mi lado, y después de las
zalemas, me dijo: "¡Oh huésped, cuanto placer y satisfacción hubo de
proporcionarnos tu presencia! ¡Bendito sea Alah, que nos puso en tu camino para
salvarte del abismo! ¿Quién eres y de dónde vienes?" Entonces di muchas gracias
al anciano por el favor enorme que me había hecho salvándome la vida y luego
dándome de comer excelentemente, y de beber excelentemente, y perfumándome
excelentemente, y le dije: ".¡Me llamo Sindbad el Marino! ¡Tengo este
sobrenombre a consecuencia de mis grandes viajes por mar y de las cosas
extraordínarías que me ocurrieron, y que si se escribieran con agujas en el
ángulo de un ojo, servirían de lección a los lectores atentos!" Y le conté al
anciano mi historia desde el principio hasta el fin, sin omitir detalle.
Quedó prodigiosamente asombrado entonces el jeique, y
estuvo una hora sin poder hablar, conmovido por lo que acababa de oír. Luego
levantó la cabeza, me reiteró la expresión de su alegría por haberme socorrido,
y me dijo: "¡Ahora, ¡oh huésped mío! si quisieras oír mi consejo, venderías aquí
tus mercancías, que valen mucho dinero por su rareza y calidad!"
Al oír las palabras del viejo, llegué al límite del
asombro, y no sabiendo lo que quería decir ni de qué mercancías hablaba, pues yo
estaba desprovisto de todo, empecé por callarme un rato, y como de ninguna
manera quería dejar escapar una ocasion extraordinaria que se presentaba
inesperadamente, me hice el enterado, y conteste: "¡Puede que sí!" Entonces el
anciano me dijo: "No te preocupes, hijo mío, respecto a tus mercaderías. No
tienes más que levantarte y acompañarme al zoco. Yo me encargo de todo lo demás.
Si la mercancía subastada produce un precio que nos convenga, lo aceptaremos; si
no, te haré el favor de conservarla en mi almacén hasta que suba en el mercado.
¡Y en tiempo oportuno podremos sacar un precio más ventajoso!"
Entonces quedé interiormente cada vez más perplejo;
pero no lo di a entender, sino que pensé: "¡Ten paciencia, Sindbad, y ya sabrás
de qué se trata!" Y dije al anciano: "¡Oh mi venerable tío, escucho y obedezco!
¡Todo lo que tú dispongas me parecerá lleno de bendición! ¡Por mi parte, después
de cuanto por mí hiciste, me conformaré con tu voluntad!" Y me levanté
inmediatamente y le acompañé al zoco.
Cuando llegarnos al centro del zoco en que se hacía la
subasta pública, ¡cuál no sería mi asombro al ver mi balsa transportada allí y
rodeada de una multitud de corredores y mercaderes qué la miraban con respeto y
moviendo la cabeza! Y por todas partes oía exclamaciones de admiracion: "¡Ya
Alah! ¡Qué maravillosa calidad de sándalo! ¡En ninguna parte del mundo la hay
mejor!" Entonces comprendí cuál era la mercancía consabida, y creí conveniente
para la venta tornar un aspecto digno y reservado.
Pero he aquí que en seguida, el anciano protector mío,
aproximandose al jefe de los corredores, le dijo: "¡Empiece, la subasta!" Y se
empezó con el precio de mil dinares por la balsa. Y el jefe corredor exclamó:
"¡A mil dinares la balsa de sándalo, ¡oh compradores! Entonces gritó él anciano:
"¡La compro en dos rnil!" Y otro gritó: "¡En tres mil!" Y los mercaderes
siguieron subiendo el precio hasta diez mil dinares. Entonces se encaró conmigo
el jefe de los corredores y me dijo: "¡Son diez mil; ya no puja nadie!" Y yo
dije: "¡No la vendo en ese precio!"
Entonces mi protector se me acercó y me dijo: "¡Hijo
mío, el zoco, en estos tiempos, no anda muy próspero, y la mercancía ha perdido
algo de su valor! Vale más que aceptes el precio que te ofrecen. Pero yo, si te
parece, voy a pujar otros cien dinares más. ¿Quieres dejármelo en diez mil cien
dinares?" Yo contesté: " ¡Por Alah! mi buen tío, sólo por ti lo hago para
agradecer tus beneficios. ¡Consiento en dejártelo por esa cantidad!" Oídas estas
palabras, el anciano mandó a sus esclavos que transportaran todo el sándalo a
sus almacenes de reserva, y me llevó a su casa, en la cual me contó
inmediatamente los diez mil cien dinares, y los encerró en una caja sólida cuya
llave me entregó, dándome encima las gracias por lo que había hecho en su favor.
Mandó en seguida poner el mantel, y comimos, y bebimos,
y charlamos alegremente. Después nos lavamos las manos y la boca, y por fin me
dijo: "¡Hijo mío, quiero dirigirte una petición, que deseo mucho aceptes!" Yo le
contesté: "¡Mi buen tío, todo te lo concederé a gusto!" Él me dijo: "Ya ves,
hijo mío, que he llegado a una edad muy avanzada sin tener hijo varón que pueda
heredar un día mis bienes. Pero he de decirte que tengo una hija, muy joven aún,
llena de encanto y belleza, que será muy rica cuando yo me muera. Deseo dártela
en matrimonio siempre que consientas en habitar en nuestro país y vivir nuestra
vida. Así serás el amo de cuanto poseo y de cuanto dirige mi mano. ¡Y me
sustituirás en mi autoridad y en la posesión de mis bienes!"
Cuando oí estas palabras del ancíano, bajé la cabeza en
silencio y permanecí sin decir palabra. Entónces añadió: "¡Créeme, ¡oh hijo mío!
que si me otorgas lo que te pido te atraerá la bendición! ¡Añadiré, para
tranquilizar tu alma, que después de mi muerte podrás regresar a tu tierra,
llevándote a tu esposa e hija mía! ¡No te exijo sino que permanezcas aquí el
tiempo que me quede de vida!" Entonces contesté: "¡Por Alah, mi tío el jeique,
eres como un padre para mi, y ante ti no puedo tener opinión ni tomar otra
resolución que la que te convenga! Porque cada vez que en mi vida quise ejecutar
un proyecto, no hube de sacar más que desgracias y decepciones. ¡Estoy, pues,
dispuesto a conformarme con tu voluntad!"
En seguida el anciano, extremadamente contento con mi
respuesta, mandó a sus esclavos que fueran a buscar al kadí y a los testigos,
que no tardaron en llegar..
En este momento de su narración, Schahrazada vio
aparecer la mañana, y se calló discretamente.
PERO CUANDO LLEGÓ LA 314 NOCHE
Ella dijo:
... al kadi y a los testigos, que no tardaron en
llegar. Y el anciano me casó con su hija, y nos dio un festín enorme, y celebró
una boda espléndida. Después me llamó y me llevó junto a su hija, a la cual aun
no había yo visto. Y la encontró perfecta en hermosura y gentileza, en esbeltez
de cintura y en proporciones. Además, la vi adornada con suntuosas alhajas,
sedas y brocados, joyas y pedrerías, y lo que llevaba encima valía millares y
millares de monedas de oro, cuyo importe exacto nadie había podido calcular.
Y cuando la tuve cerca, me gustó. Y nos enarnorarnos
uno de otro. Y vivimos mucho tiempo juntos, en el colmo de las caricias y la
felicidad.
El anciano padre de mi esposa falleció al poco tiempo
en la paz y misericordia del Altísimo. Le hicimos unos grandes funerales y lo
enterramos. Y yo tomé posesión de todos sus bienes, y sus esclavos y servidores
fueron mis esclavos y servidores, bajo mi única autoridad. Además, los
mercaderes de la ciudad me nombraron su jefe en lugar del difunto, y pude
estudiar las costumbres de los habitantes de aquella población y su manera de
vivir.
En efecto, un día noté con estupefacción que la gente
de aquella ciudad experimentaba un cambio anuál en primavera; de un día a otro
mudaban de forma y aspecto: les brotaban alas de los hombros, y se convertían en
volátiles. Podían volar entonces hasta lo más alto de la boveda aérea, y se
aprovechaban de su nuevo estado para volar todos fuera de la ciudad, dejando en
ésta a los niños y mujeres, a quienes nunca brotaban alas.
Este descubrimiento me asombró al principio; pero acabé
por acostumbrarme a tales cambios periódicos. Sin embargo, llegó un día en que
empecé, a avergonzarme de ser el único hombre sin alas, viéndome obligado a
guardar yo solo la ciudad con las mujeres y los niños. Y por mucho que pregunté
a los habitantes sobre el medio de que habría de valerme para que me saliesen
alas en los hombros, nadie pudo ni quiso contestarme. Y me mortificó bastante no
ser más que Sindbad el Marino y no poder añadir a mi sobrenombre la condición de
aéreo.
Un día, desesperado de conseguir nunca que me revelaran
el secreto del crecimiento de las alas, me dirigí a uno, a quien había hecho
muchos favores, y cogiéndole del brazo, le dije: "¡Por Alah sobre ti! Hazme el
favor, por los que te he hecho yo a ti, de dejarme que me cuelgue de tu persona,
y vuele contigo a través del aire. ¡Es un viaje que me tienta mucho, y quiero
añadir a los que realicé por mar!" Al principio no quiso prestarme atención;
pero a fuerza de súplicas acabé por moverle a accediera. Tanto me encantó
aquello, que ni siquiera me cuidé de avisar a mi mujer ni a mi servidumbre, me
colgué de él abrazándole por la cintura, y me llevó por el aire, volando con la
alas muy desplegadas.
Nuestra carrera por el aire empezó ascendiendo en línea
recta durante un tiempo considerable. Y acabamos por llegar tan arriba en la
bóveda celeste, que pude oír distintamente cantar a los ángeles y sus melodías
debajo de la cúpula del cielo.
Al oír cantos tan maravillosos, llegué al límite de la
emoción religiosa, y exclamé "¡Loor a Alah en lo profundo del cielo! ¡Bendito y
glorificado sea por todas las criaturas!"
Apenas formulé estas palabras, cuando mi portador lanzó
un juramento tremendo, y bruscamente, entre el estrépito de un trueno precedido
de terrible relámpago, bajó con tal rapídez que me faltaba el aire, y por poco
me desmayo, soltándome de él con peligro de caer al abismo insondable. Y en un
instante llegamos a la cima de una montaña, en la cual me abandonó mi Portador
dirigiéndome una mirada infernal, y desapareció, tendiendo el vuelo por lo
invisible.
Y quedé completamente solo en aquella montaña desierta,
y no sabía dónde estaba, ni por dónde ir para reunirme con mi mujer, y exclamé
en el colmo de la perplejidad: "¡No hay recurso ni fuerza más que en Alah el
Altísimo y Omnipotente! ¡Siempre que me libro de una calamidad caiga en otra
peor! ¡En realidad, merezco todo lo que me sucede!"
Me senté entonces en un peñasco Para reflexionar sobre
el medio de librarme del mal presente, cuando de pronto vi adelantar hacia mí a
dos muchachos de una belleza maravillosa, que parecían dos lunas. Cada uno
llevaba en la mano un bastón de oro rojo, en el cual se apoyaba, al andar.
Entonces me levanté rápidamente, fui a su encuentro y les deseé la paz.
Correspondieron con gentileza a mi saludo, lo cual me alento a dirigirles la
palabra, y les dije: "¡Por Alah sobre vosotros, ¡oh maravillosos jóvenes!
decidine, quiénes sois y qué hacéis!" Y me contestaron: "¡Somos adoradores del
Dios verdadero!" Y uno de ellos, sin decir más, me hizo seña con la mano en
cierta dirección, como invitándome a dirigir mis pasos por aquella parte, me
entregó el bastón de oro, y cogiendo de la mano a su hermoso compañero;
desapareció de mi vista.
Empuñé entonces el bastón de oro, y no vacilé en seguir
el camino que se me había indicado, maravillándome al recordar a aquellos
muchachos tan hermosos. Llevaba algún tiempo andando, cuando vi salir
súbitamente de detrás de un penasco una serpiente gigantesca que llevaba en la
boca a un hombre, cuyas tres cuartas partes se había ya tragado, y del cual no
se veían más que la cabeza y los brazos. Estos se agitaban desesperadamente, y
la cabeza gritaba: "¡Oh caminante! ¡Sálvame del furor de esta serpiente y no te
arrepentirás de tal acción!" Corrí entonces detrás de la serpiente, y le di con
el bastón de oro rojo un golpe tan afortunado, que quedó exánime en aquel
momento. Y alargué la mano al hombre tragado y le ayudé a salir del vientre de
la serpiente.
Cuando miré mejor la cara del hombre, llegué al límite
de la sorpresa al conocer que era el volátil que me había llevado en su viaje
aéreo y había acabado por precipitarse conmigo, a riesgo de matarme, desde lo
alto de la bóveda del cielo hasta la -cumbre de la montaña en la cual me había
abandonado, exponiéndome a morir de hambre y sed. Pero ni siquiera quise
demostrar rencor por su mala acción, y me conformé con decirle dulcemente: "¿Es
así como obran los amigos con los amigos?" Él me contestó: "En prinier lugar he
de darte las gracias por lo que acabas de hacer en mi favor. Pero ignoras que
fuiste tú, con tus invocaciones inoportunas pronunciando el Nombre, quien me
precipitaste de lo alto contra mi voluntad. ¡El Nombre Produce ese efecto en
todos nosotros! ¡Por eso no lo pronunciamos jamás!" Entonces yo, para que me
sacara de aquella montaña, le dije: ¡Perdona y no me riñas; pues, en verdad, yo
no podía adivinar las consecuencias funestas de mi homenaje al Nombre! ¡Te
prometo no volverlo a pronunciar durante el trayecto, si quieres transportarme
ahora a mi casa!"
Entonces el volátil se bajó, me cogió a cuestas, y en
un abrir y cerrar de ojos me dejó en la azotea de mi casa y se fue para la suya.
Cuando mi mujer me vio bajar de la azotea y entrar en
la casa después de tan larga ausencia, comprendió cuanto acababa de ocurrir, y
bendijo a Alah que me había salvado una vez más de la perdición. Y tras las
efusiones del regreso me dijo: "Ya no debemos tratarnos con la gente de esta
ciudad. ¡Son hermanos de los demonios!" Y yo le dije: "¿Y cómo vivía tu padre
entre ellos?" Ella me contestó: "Mi padre no pertenecía a su casta, ni hacía
nada como ellos, ni vivía su vida. De todos modos, si quieres seguir mi consejo,
lo mejor que podemos hacer ahora que mi padre ha muerto es abandonar esta ciudad
impía, no sin haber vendido nuestros bienes, casa y posesiones. Realiza eso lo
mejor que puedas, compra buenas mercancías con parte de la cantidad que cobres,
y vámonos juntos a Bagdad, tu patria, a ver a tus parientes y amigos, viviendo
en paz y seguros, con el respeto debido a Alah el Altísimo." Entonces contesté
oyendo y obedeciendo.
En seguida empecé a vender lo mejor que pude, pieza por
pieza, y cada cosa en su tiempo, todos los bienes de mi tío el jeique, padre de
mi esposa, ¡difunto a quien Alah haya recibido en paz y misericordía! Y así
realice en monedas de oro cuanto nos pertenecía, como muebles y propiedades, y
gané un ciento por uno.
Después de lo cual me llevé a mi esposa y las
mercancías que había cuidado de comprar, fleté por mi cuenta un barco, que con
la voluntad de Alah tuvo navegación feliz y fructuosa, de modo que de isla en
isla, y de mar en mar, acabamos por llegar con seguridad a Bassra, en donde
paramos poco tiempo. Subimos el río y entramos en Bagdad, ciudad de paz.
Me dirigí entonces con mi esposa y mis riquezas hacia
mi calle y mí casa, en donde mis parientes nos recibieron con grandes transporte
de alegría, y quisieron mucho a mi esposa, la hija del jeique.
Yo me apresuré a poner en orden definitivo mis asuntos,
almacené mis magníficas mercaderías,, encerré mis riquezas, y pude por fin
recibir en paz las felicitaciones de mis parientes y amigos, que calculando el
tiernpo que estuve ausente, vieron que este séptimo y último viaje mío había
durado exactamente veintisiete años desde el principio hasta el fin. Y les conté
con pormenores mis aventuras durante esta larga ausencia, e hice el voto, que
cumplo escrupulosamente, como veis, de no emprender en toda mi vida ningún otro
viaje ni por mar ni por tierra. Y no dejé de dar gracias al Altísimo que tantas
veces, a pesar de mis reincidencias, me libró de tantos peligros y me reintegró
entre mi familia y mis amigos.
Cuando Sindbad el Marino terminó de esta suerte su
relato entre los convidados silenciosos y maravillados, se volvió hacia Sindbad
el Cargador y le dijo: "Ahora, Sindbad terrestre, considera los trabajos que
pasé y las dificultades que venci, gracias a Alah y dime si tu suerte de
cargador no ha sido mucho mas favorable para una vida tranquila que la que me
impuso el Destino. Verdad es que sigues pobre y yo adquirí riquezas
incalculables; pero ¿no es -verdad también que a cada uno de nosotros se le
retribuyó, según su esfuerzo?" Al oír estas palabras, Sindbad el Cargador fue a
besar la mano de Sindbad el Marino, y le dijo: "¡Por Alah sobre ti, ¡oh mi amo!
perdona lo inconveniente de mi canción!"
Entonces Sindbad el Marino mandó poner el mantel para
sus convidados, y les dio un festín que duró treinta noches. Y después quiso
tener a su lado, como mayordomo de su casa a Sindbad el Cargador. Y ambos
vivieron en amistad perfecta y en el limite de la satisfacción, hasta que fue a
visitarlos aquella que hace desvanecerse las delicias, rompe las amistades,
destruye los palacios y levanta las tumbas, la amarga muerte. ¡Gloria al Eterno,
que no muere jamás.
Cuando Schahrazada, la hija del visir, acabó de contar
la historia de Sindbad el Marino, sintióse un tanto fatigada, y como veía
acercarse la mañana y no quería, por su discreción habitual, abusar del permiso
concedido, se calló sonriendo.
Entonces la pequeña Doniazada, que maravillada y con
los ojos muy abiertos había oído la historia pasmosa, se levantó de la alfombra
en que estaba acurrucada, y corrió a abrazar a su hermana, diciéndole: "¡Oh,
Schahrazada, hermana mía! ¡cuán suaves, y puras, y gratas, y deliciosas para el
paladar, y cuán sabrosas en su frescura, son tus palabras! ¡Y qué terrible, y
prodigioso, y temerario era Sindbad el Marino! Y Schahrazada sonrió y dijo:
"No creas, ¡oh rey afortunado! que todas las historias
que has oído hasta ahora pueden valer de cerca ni de lejos lo que la HISTORIA
PRODIGIOSA DE LA CIUDAD DE BRONCE, que me reservo contarte la noche próxima, si
quieres.
Entonces el rey Schahriar dijo para sí: "No la mataré
hasta después!" Y la pequeña Doniazada exclamó: "¡Oh qué amabla serías,
Schahrazada, si entretanto nos dijeras las primeras palabras!"
Entonces Schabrazada sonrió y dijo: "Cuentan que había
un rey ¡Alah sólo es rey! en la ciudad, de...
En este momento de su narración Schahrazada vio
aparecer la mañana y se calló discreta.
Por la mañana salió el rey y se fue a la sala de
justicia. Y el diván se llenó con la muchedumbre de visires, emires,
chambelanes, guardias y gente de palacio. Y el último que entró fue el gran
visir, padre de Schahrazada, que llevaba debajo del brazo el sudario destinado a
su hija, a la cual creía aquella vez muerta de veras; pero el rey no le dijo
nada del asunto, y siguió juzgando y nombrando para los empleos, y destituyendo
gobernando, y despachando los asuntos pendientes hasta terminar el día. Luego se
levantó el diván y el rey volvió a palacio, mientras el gran visir seguía
perplejo y en el límite extremo del asombro,
CUANDO LLEGÓ LA 339 NOCHE
El rey penetró en la habitación de Schahrazada, y la
pequeña Doniazada exclamó desde el lugar en que estaba acurrucada:
"¡Te ruego hermana, me digas a qué esperas para empezar
la historia prometida!"
Y contestó Schahrazada sonriendo: "¡No espero más que
la venia de este rey bien educado y dotado de buenos modales!" Entonces contestó
el rey Schahriar: "¡Concedida!"
Y dijo Schahrazada:
Historia Prodigiosa de la Ciudad de Bronce
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