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Los jugadores de póquer familiar dieron muestras de
fatiga a eso de las diez. Camille luchaba contra el cansancio como se lucha a
los diecinueve años; es decir, de improviso aparecía fresca y lozana; luego,
bostezaba detrás de sus manos juntas y reaparecía pálida, blanca la barbilla, un
poco oscuras las mejillas bajo los polvos de matiz ocre, y dos lagrimitas en el
rabillo de los ojos.
-Camille, tendrías que acostarte...
-¡Son las diez, mamá, son las diez! ¿Quién se mete en
cama a las diez?
Con la mirada buscaba a su prometido, hundido en el
fondo de una butaca.
-Déjelos -dijo otra voz maternal-. Aún les quedan siete
días de espera; es comprensible.
-Exactamente. Una hora más o menos...
Camille, tendrías que acostarte. Y nosotros también.
-¡Siete días! -exclamó Camille-. ¡Si es lunes! Ya no me
acordaba... ¡Alain! ¡Ven, Alain!
La joven tiró el pitillo al jardín, encendió otro
cigarrillo y entresacó y barajó las cartas del póquer abandonado, disponiéndolas
cabalísticamente.
-A ver si tendremos el coche, «el bonito roadster de
los chicos», antes de la ceremonia... Fíjate, Alain..., no se lo mandaré decir.
Sale con el viaje y con la noticia importante...
-¿Qué?
-El roadster, hombre.
Alain volvió la cabeza sin levantar la nuca hacia la
abierta ventana por donde llegaba un suave olor a espinacas y heno fresco, pues
se había segado el césped durante el día. La madreselva que envolvía un gran
árbol muerto también aportaba la miel de sus primeras flores. Un cristalino
tintineo anunció que los jarabes de las diez de la noche y el agua fresca
entraban en las temblorosas manos del viejo Émile, y Camille se levantó a llenar
los vasos. Su prometido fue el último en ser servido, y con una sonrisa cómplice
le ofreció el empañado vaso. Lo contempló mientras bebía y se turbó bruscamente
ante los labios que apretaban los bordes del vaso. Sin embargo, él se sentía tan
fatigado que rehusó participar de la turbación y sólo apretó ligeramente los
blancos dedos, las uñas rojas, que le cogían el vacío vaso.
-¿Vendrás mañana a almorzar? -le preguntó ella en voz
baja.
-Pregúntaselo a las cartas...
Camille retrocedió y esbozó una mímica de clown.
-¡Sin arrastrar, Veinticuatro horas...! Arrastro,
puñales en cruz; arrastro, cinco monedas agujereadas; arrastro, cine hablado...
¡Dios Padre...!
-¡Camille...!
-Perdón, mamá... ¡No hay que bromear con Veinticuatro
horas! Es un buen chico, negro, amable y veloz mensajero, rey de pique, siempre
con prisa...
-¿Prisa de qué?
-¡Pues de hablar! Veamos... Piensa, trae las noticias
de las veinticuatro horas siguientes, y hasta de dos días... Si lo acompañas con
dos cartas más, a derecha e izquierda, predirá lo que va a suceder la semana
próxima...
Hablaba precipitadamente, rascando con una uña aguda
los bordes de carmín que tenía en las comisuras de los labios. Alain la
escuchaba sin tedio ni indulgencia. Hacía muchísimos años que la conocía, y la
tasaba por su precio de muchacha moderna. Sabía cómo conducía un coche, un poco
demasiado de prisa, un poco demasiado bien, atenta la mirada y en su boca fresca
siempre a punto un grosero insulto para los taxistas.
Sabía que mentía sin rubor, igual que los niños y los
adolescentes; que era capaz de engañar a sus padres a fin de reunirse con él
después de la cena en las boites, donde bailaban juntos, aunque sólo bebían zumo
de naranja, pues a Alain no le gustaba el alcohol.
Le había entregado, antes de sus esponsales oficiales,
a sol y sombra, sus labios prudentemente limpios y sus senos impersonales,
siempre prisioneros de un doble escote de tul y de encajes, y unas piernas muy
bonitas enfundadas en unas impecables medias que compraba a escondidas, «medias
como las de Mistinguett, ¿sabes? ¡Cuidado con las medias, Alain!» Las medias,
las piernas, era lo mejor que tenía.
«Es bonita -razonaba Alain- porque ninguna de sus
facciones es fea, porque es regularmente morena y el brillo de sus ojos armoniza
con unos cabellos limpios, lavados con frecuencia, engomados, y del color de un
piano nuevo... » Tampoco ignoraba que podía ser brusca y desigual, como un río
de montaña.
La muchacha seguía hablando del roadster.
-¡No, papá, no...! ¡Ni hablar de que durante el viaje
por Suiza confíe el volante a Alain! Es demasiado distraído, y, además, en el
fondo, no le gusta de veras conducir. ¡Le conozco!
«Me conoce -repitió Alain para sí-. Quizá lo cree. Yo
también le he dicho veinte veces: "¡Te conozco, hija mía!" Saha también la
conoce. ¿Dónde se ha metido Saha?»
Buscó a la gata con la vista y se despegó de la butaca
hombro tras hombro, luego, la cintura y, finalmente, las posaderas, descendiendo
por fin perezosamente los cinco peldaños de la escalinata.
El jardín, vasto, rodeado de jardines, exhalaba en la
noche el olor graso de los campos de flores alimentados sin cesar, inducidos a
la fertilidad. La casa había cambiado poco desde que Alain naciera. «Una casa de
hijo único», opinaba Camille, que no disimulaba su despreció por el tejado en
forma de torta, por las ventanas abiertas en la pizarra y por ciertos modestos
trabajos de yeso en los lados de las puertas-ventana del entresuelo.
El jardín, igual que Camille, parecía lleno de desdén
hacia la casa. Unos grandes árboles, de los que llovían las negras ramitas
calcinadas que caen de los olmos en su madurez, la defendían de vecinos y
transeúntes. Un poco más lejos, en un terreno en venta, juntó a los patios de un
liceo, se hubieran podido hallar, extraviados por pares, los mismos viejos
olmos, reliquias de una cuádruple y principesca avenida, vestigios de un parque
que el nuevo Neuilly asolaba.
-Alain, ¿dónde estás?
Camille le llamaba desde lo alto de la escalinata; sin
embargo, por capricho, se abstuvo de contestarle y se dirigió hacia las
tinieblas más seguras, tanteando con el pie el borde del cortado césped. Una
luna velada, agrandada por la bruma de los primeros días tibios, dominaba en lo
alto del cielo. Un solo árbol, un álamo con tiernas hojas barnizadas, recogía la
claridad lunar y goteaba tantos fulgores como una cascada. Un reflejo plateado,
semejante a un pez, se lanzó desde un macizó yendo a parar contra las piernas de
Alain.
-¡Ah, estás aquí, Saha! Te estaba buscando. ¿Por qué no
has venido esta noche a la mesa?
-Gurrumiau, gurrumiau -respondió la gata.
-¿Cómo que gurrumiau? ¿Y por qué gurrumiau? ¿Es esta la
forma de hablarme?
-Gurrumiau -insistió la gata-. Gurrumiau...
A tientas, acarició tiernamente el esbelto lomo, más
suave que el pelo de una liebre, y encontró bajó su mano las naricillas frescas,
dilatadas por el apresurado ronroneo.
«Es mi gata..., mi gatita...»
-Gurrumiau -decía bajito la gatita-, gurrumiau...
Una nueva llamada de Camille llegó desde la casa, y
Saha desapareció bajó un seto de recortados arbustos verdinegros como la noche.
-¡Alain...! Nos vamos...
El muchacho echó a correr hacia la escalinata, acogido
por las risas de Camille.
-Veo correr tus cabellos -exclamaba-. ¡Es absurdo ser
tan rubio!
Corrió más de prisa, salvó de un salto los cinco
escalones y encontró a Camille sola en el salón.
-¿Y los demás...? -preguntó Alain a media voz.
-Guardarropa -contestó la joven en el mismo tono-.
Guardarropa y visita a las «obras». Sentimiento general. «¡No adelanta nada! ¡No
se acabará nunca!» ¡Lo que nos importa a nosotros! Si fuéramos listos, nos
quedaríamos en el estudio de Patrick. Patrick cambiarla de manera de ser. Yo me
encargo de eso, si quieres.
-Patrick sólo dejaría el Quart-de-Brie por complacerte.
-¡Claro...! ¡Y de eso me aprovecharé!
Y al decir esto irradiaba una inmoralidad
exclusivamente femenina a la que Alain no lograba acostumbrarse. Sin embargo,
sólo la reprendió por su manera de decir «me» en vez de «nos», y Camille creyó
que se trataba de un tierno reproche.
-Demasiado pronto adquiriré la costumbre de decir
«nosotros».
Como en un juego apagó la lámpara del techo para que
sintiera deseos de besarla. La única lámpara encendida, encima de una mesa,
proyectó detrás de la joven una sombra neta y alargada. Camille, con los brazos
en alto, dispuestos en arco detrás de la nuca, le llamaba con la mirada; mas él
sólo tenía ojos para la sombra.
«¡Qué hermosa está en la pared! Lo bastante esbelta,
justo como me gustaría...»
Se sentó a comparar una con otra. Camille, halagada, se
arqueó hacia atrás, sacó hacia afuera los senos y marcó unos pasos de bayadera;
pero la sombra conocía el juego mejor que ella. Desenlazando las manos, la joven
echó a andar, precedida de la sombra ejemplar, y, al llegar a la abierta
ventana, la sombra saltó a una alameda, abrazando al pasar, con sus dos largos
brazos, el álamo cubierto de gotas de luna... «¡Qué lástima!», suspiró Alain.
Luego se reprochó blandamente su inclinación a amar en Camille una perfeccionada
o inmóvil forma de ella misma, esa sombra, por ejemplo, o un retrato, o el vivo
recuerdo
que le dejaba de ciertas horas, de ciertos vestidos.
-¿Qué te pasa esta noche? Al menos, ven a ayudarme a
ponerme la capa...
Se sintió disgustado por lo que aquel «al menos» dejaba
traslucir, y también porque, al franquear Camille delante de él la puerta que
llevaba al guardarropa y al office, se había encogido imperceptiblemente. «No
tenía necesidad de encogerse de hombros... La naturaleza y la costumbre ya se
encargan. Cuando no pone cuidado, su aspecto es rechoncho; sí, ligeramente
rechoncho.»
En el guardarropa encontraron a la madre de Alain y los
padres de Camille, que daban pataditas en la alfombra de empleita, como si
tuviesen frío, dejando huellas color de nieve sucia. La gente, sentada en el
reborde exterior de la ventana, les contemplaba con aire poco hospitalario,
aunque sin animosidad. Alain imitó su paciencia y soportó las manifestaciones de
pesimismo de ritual.
-Cuanto más avanza...
-Se puede decir que, desde hace ocho días, no han
adelantado nada...
-Si quiere que le diga lo que pienso, queri
da amiga, no faltan quince días; un mes falta... ¿Qué
digo un mes...? Dos meses, para que el nidito...
Camille, al oír la palabra «nidito», se lanzó a la
apacible disputa tan agriamente, que Alain y Saha cerraron los ojos.
-¡Si estamos resignados...! Y hasta nos divierte
alojarnos en casa de Patrick. Todo se puede arreglar muy bien... Patrick, que no
tiene parné..., perdón, mamá..., que no tiene dinero... Las maletas y, ¡hop!,
¡en pleno cielo en el noveno piso!, ¿verdad, Alain?
El muchacho abrió los ojos, sonrió al vacío y puso
sobre los hombros de su prometida la capa clara. En el espejo, frente a ellos,
recibió la mirada de Camille, oscura de mudos reproches, que no le enterneció.
«Cuando estábamos solos, no la besé en la boca. ¡Bueno, pues no, no la besé en
la boca! Hoy no ha tenido su ración de besos en la boca... ¡Le di el de las doce
menos cuarto en una alameda del bosque; el de las dos, después del café; el de
las seis y media en el jardín; así es que le falta el de la noche...! ¡Bueno,
pues sólo tiene que anotarlo en la cuenta, si no está contenta! ¿Qué me pasa? Me
estoy cayendo de sueño. Esta vida es idiota; nos vemos mal y demasiado. El lunes
me iré, por las buenas, al almacén y...»
Le subió al olfato imaginariamente la química acidez de
las piezas de seda nueva, y como en sueños se le apareció la impenetrable
sonrisa de monsieur Veuillet, y como en sueños oyó unas palabras que a los
veinticuatro años aún no había aprendido a no temer. «No, no, amiguito, ¿acaso
va a ser posible amortizar en el curso del año una máquina de contabilidad que
cuesta diecisiete mil francos? Todo está en eso. Permita al más antiguo
colaborador de su difunto padre... » Y, tropezando en el espejo con la imagen
vindicativa, las bellas pupilas negras que le espiaban, rodeó a Camille con los
brazos.
-¡Vaya, Alain!
-¡Oh, querida mía, déjale...! ¡Los pobres chicos!
Camille se ruborizó y, soltándose, tendió su mejilla
con una gracia tan muchachil y tan fraternal, que Alain casi se acurrucó en su
hombro. «Acostarme, dormir, ¡ah, santo Dios!, acostarme..., dormir...»
La voz de la gata llegó del jardín:
-Marramiau..., marramiau,..
-¿Oyes a la gata? Debe de estar en celo -opinó Camille
serenamente-. ¡Saha!¡Saha!
La gata se calló.
-¿En celo? -protestó Alain-. ¿Cómo se te ha podido
ocurrir? Además, estamos en mayo. Y está diciendo «marramiau».
-¿Y qué?
-Si estuviese en celo, no diría «marramiau». Lo que
está diciendo, y hasta resulta curioso, es la llamada, casi gritando, para
reunir a los pequeñuelos.
-¡Señor! -exclamó Camille, levantando los brazos-. ¡Si
Alain se pone a interpretar a la gata no acabaremos nunca!
Bajó saltando los peldaños, y las temblorosas manos del
viejo Émile encendieron en el jardín dos grandes focos malva, a la moda antigua.
Alain iba delante con Camille. Al llegar a la verja, la
besó junto a la oreja y aspiró, bajo un perfume que la envejecía, el sabroso
olor de pan y oscuros cabellos, mientras apretaba los codos de la joven ocultos
bajo la capa. Y cuando ella se hubo sentado al volante, delante de sus padres,
se sintió despabilado y alegre.
-¡Saha!¡Saha!
La gata salió de las sombras, casi debajo de sus pies,
corría cuando él corría, le precedía dando zancadas. La adivinaba sin verla;
irrumpió antes que él en el vestíbulo y salió a esperarlo en lo alto de la
escalinata. Hinchada la pechera, gachas las orejas, le veía correr hacia ella
provocándolo con sus amarillos ojos profundamente hundidos, recelosos,
orgullosos, dueños de sí mismos.
-¡Saha!¡Saha!
Su nombre, pronunciado de una manera especial, a media
voz, con la hache fuertemente aspirada, la enloquecía. Meneó la cola. Saltó
encima de la mesa de póquer y, con sus manos de gata completamente abiertas,
desparramó las cartas.
-¡Esa gata, esa gata...! -dijo la voz maternal-. No
tiene la menor noción de la hospitalidad. Fíjate cómo se alegra de que se hayan
ido nuestros amigos.
Alain soltó una infantil carcajada, la risa que
guardaba para su casa y la más estricta intimidad, que no cruzaba la bóveda de
olmos ni la negra verja. Luego, bostezó frenéticamente.
-¡Dios mío, qué aspecto de cansancio tienes! ¿Se puede
tener un aspecto tan fatigado
cuando se es dichoso? Aún queda naranjada... ¿No...?
Entonces podemos subir. Deja, Émile apagará las luces...
«Mamá me está hablando como si estuviese convaleciente
de una enfermedad o volviese a tener una paratifoidea.»
-¡Saha! ¡Saha! ¡Qué demonio...! Alain, ¿no podrías
conseguir que esta gata...?
La gata, por un camino vertical, de ella conocido,
marcado encima del gastado brocate, acababa de llegar casi al techo; por un
instante, imitó al lagarto gris, pegada a la pared, con las patas separadas,
luego simuló vértigo y se arriesgó a lanzar una afectada llamada. Alain,
dócilmente, se puso debajo, le ofreció los hombros y Saha descendió, pegadita a
la pared como una gota de lluvia corriendo a lo largo de un cristal. Hizo pie en
el hombro de Alain y juntos se dirigieron al dormitorio.
Un largo racimo colgante de codeso, que se veía negro
frente a la abierta ventana, se convirtió en un largo racimo amarillo cuando
Alain encendió la luz del techo y la lamparilla de la cabecera de la cama.
Agachándose sobre el lecho dejó caer a la gata y, luego, ociosamente, erró del
dormitorio al cuarto de baño como un hombre a quien la fatiga le impide
acostarse.
Se inclinó sobre el jardín; con una mirada hostil buscó
el blanco montón de las inacabadas obras, abrió y cerró cajones, cajitas donde
dormían sus auténticos secretos: un dólar de oro, una sortija con una piedra
plana, un dije de ágata colgando de la cadena del reloj de su padre, unas
cuentas rojas y negras provenientes de un exótico cañacoro, un rosario de nácar,
de primera comunión, un delgado brazalete roto, recuerdo de una joven y
tempestuosa amante que pasó rápida y ruidosamente por su vida... El resto de sus
bienes terrenales sólo eran libros, en rústica y encuadernados, cartas,
fotografías...
Tocaba soñadoramente estos pequeños restos, brillantes
y sin valor, parecidos a los coloreados cascajos que se hallan en los nidos de
las aves rapaces. «¿Tendré que tirar todo esto? ¿Lo dejaré aquí? Ya no me
importa. ¿Me importa...?» Su condición de hijo único le hacía apegarse a todo
cuanto nunca compartiera ni disputara.
Vio su rostro en el espejo y se irritó consigo mismo.
«Pero, ¡acuéstate, hombre! ¡Tienes muy mala cara, es una vergüenza! -dijo al
apuesto mozo rubio que tenía delante-. Me encuentran guapo por ser rubio. Si
fuese moreno, sería horrible. » Criticó una vez más su nariz un poco prominente,
sus largas mejillas; sin embargo, sonrió una vez más para mostrar sus dientes,
acarició con la mano las ondas naturales de sus rubios cabellos, demasiado
espesos, y se sintió satisfecho del matiz de sus ojos, gris verdoso entre
oscuras pestañas. Dos pliegues surcaron las mejillas a uno y otro lado de la
sonrisa, las pupilas retrocedieron sombreadas de malva. En su labio ya abultaba
una barba ruda y pálida, afeitada por la mañana. «¡Qué pinta!, me doy pena a mí
mismo. No; me doy asco. ¿Esto es cara de noche de bodas...?, Saha, en el fondo
del espejo, desde lejos, le miraba gravemente.
-Ya voy..., ya voy.
Se tiró sobre el campo fresco de las sábanas, teniendo
cuidado de no magullar a la gata, y, rápidamente, le dedicó algunas letanías de
ritual, adecuadas a los encantos y virtudes de una gata de color ceniza, de pura
raza, pequeñita y perfecta.
-Mi osito mofletudo..., gatita fina, fina, fina...,
palomita azul..., mi diablillo color perla...
En cuanto apagó la luz, la gata se puso a hollar
delicadamente el pecho de su amigo, traspasando cada vez con una sola garra la
seda del pijama, rozando apenas la piel para que Alain sintiera un placer
ansioso.
-Todavía siete días, Saha... -suspiró.
Dentro de siete días y siete noches, una vida nueva en
un alojamiento nuevo, con una muchacha enamorada e indomable. Acarició el pelaje
de la gata, cálido y fresco, que olía a boj cortado, a tuya y a césped lozano.
El animal ronroneaba a voz en cuello, y a oscuras le dio un beso de gato,
posando un instante su naricilla húmeda debajo de la nariz de Alain entre las
fosas nasales y el labio. Beso inmaterial, rápido, raramente concedido.
-¡Ah, Saha...! nuestras noches...
Los faros de un automóvil, en la avenida más cercana,
traspasaron el follaje con dos blancos rayos giratorios. Por la pared de la
habitación pasaron las sombras agrandadas del citiso, de un tulipero aislado en
medio del césped. Alain vio brillar y apagarse encima de
su cara el rostro de Saha, acostada, con una dura
expresión en los ojos.
-¡No me asustes! -le rogó.
Pues, a favor del sueño, volvía a ser débil y
quimérico, sumergido en las redes de una interminable y dulce adolescencia.
Cerró los ojos mientras Saha, vigilante, seguía la
ronda de los espíritus que, una vez apagada la lámpara, descienden en torno a
los hombres dormidos.
Soñaba profusamente y bajaba a sus sueños por etapas.
No narraba al despertar sus nocturnas aventuras, celoso
de un patrimonio que acrecentaran una infancia delicada y mal dirigida y unas
largas estancias en cama durante su brusco crecimiento de frágil chicuelo
espigado.
Gustaba de .sus sueños, que cultivaba apasionadamente,
y por nada del mundo hubiese traicionado las paradas que le esperaban. En el
primer alto, mientras aún oía los claxons en la avenida, tropezaba con rostros
giratorios y extensibles, familiares, deformes, que atravesaba como si hubiera
cruzado, saludando aquí y allá, una benévola multitud. Giratorios, convexos, se
volvían más claros aún, como si recibiesen luz del propio durmiente. Provistos
de un gran ojo, evolucionaban siguiendo una fácil rotación. Sin embargo, en
cuanto rozaban una invisible pared, una submarina corriente los arrojaba a lo
lejos. En la húmeda mirada de un monstruo redondo, en la pupila de una luna
regordeta o en la del arcángel extraviado, en cuya cabellera aparecían rayos en
lugar de rizos, Alain encontraba la misma expresión, la misma intención que aún
no había traducido ninguno de ellos y que el Alain del sueño registraba
firmemente: «Mañana me lo dirán».
A veces, perecían estallando, desparramándose en
briznas débilmente luminosas; otras veces, sólo existían como mano, brazo,
frente, globo óptico lleno de pensamientos, astral polvillo de nariz, de
barbillas, y siempre aquel ojo abombado que, justamente en el momento de
definirse, se volvía y sólo mostraba su otro lado negro.
Alain, dormido, prosiguió bajo la vigilancia de Saha su
cotidiano naufragio, dejó atrás el universo de convexos rostros y de ojos y
descendió a través de una zona negra que no admitía más que un negro
todopoderoso, variable hasta lo indecible y como compuesto de colores
inmergidos, en los confines de la cual echó pie en el sueño, duro, completo y
bien formado.
Tropezó con un límite que produjo un gran ruido,
parecido al hormigueante y prolongado sonido de los címbalos, y desembocó en la
ciudad del sueño, entre los transeúntes, los habitantes de pie en los umbrales
de sus casas, los guardas de los squares coronados de oro y los comparsas
apostados al paso de Alain, completamente desnudo, armado de un bastoncillo,
sumamente lúcido y cauto. «Si camino un poco de prisa tras anudarme la corbata
de cierto modo y, sobre todo, voy silbando, existen grandes probabilidades de
que nadie se dé cuenta de que estoy completamente desnudo. » Se anudó, pues, la
corbata en forma de corazón y silbó. «No es silbar lo que estoy haciendo, es
ronronear. Silbar es esto...» Sin embargo, seguía ronroneando. «Bueno, no es
como si estuviera en un atolladero; al fin y al cabo, se trata simplemente de
cruzar esta plaza inundada de sol, de dar la vuelta al quiosco donde toca la
banda militar. ¡Es infantil! Me lanzaré dando peligrosos saltos para desviar la
atención y me hallaré en la zona de sombra... »
Pero se sintió paralizado por la cálida y peligrosa
mirada de un comparsa, moreno, de perfil griego, perforado con un gran ojo de
carpa. «La zona de sombra... la zona de sombra... » Dos largos brazos de sombra,
amables y llenos del suave entrechocar de las hojas de álamo, se precipitaron
ante la palabra «sombra», llevándose a Alain para que descansara, durante la
hora más ambigua de la breve noche, en esa tumba provisional donde el viviente
desterrado suspira, se humedece de lágrimas, lucha, sucumbe y con el día renace
sin memoria.
El sol velaba la ventana cuando Alain despertó.
El racimo amarillo del codeso colgaba translúcido,
encima de la cabeza de Saha, una Saha diurna, inocente y azul, entregada a su
tocado.
-¡Saha!
-¡Miau! ¡Miau! -le contestó la gata vigorosamente.
-¿Tengo la culpa de que tengas hambre? Si tenías prisa,
sólo habías de ir a pedir tu leche abajo...
El animal se calmó al oír la voz de su amigo, repitió
el mismo sonido más quedito, mostrando su boca sanguínea y sus blancos caninos.
Bajo la mirada llena de un leal y exclusivo amor, Alain se alarmó: «¡Dios mío,
la gata...! ¿Qué hago con la gata...? Había olvidado que me caso... Y la
necesidad de vivir en casa de Patrick...
Se volvió hacia el retrato enmarcado en acero cromado
donde Camille brillaba como bañada en aceite, un gran esplendor espejeante en
sus cabellos, en esmalte vitrificado de un negro de tinta la boca, enormes los
ojos entre dos empalizadas de pestañas.
« Excelente trabajo de profesional!», refunfuñó Alain.
Ya no se acordaba de que había sido él mismo quien
escogiera para su dormitorio aquella fotografía que no se parecía a Camille ni a
nadie... «Ese ojo... Yo he visto ese ojo...» Tomó un lápiz y redujo ligeramente
el ojo, atenuó el exceso de blanco y sólo consiguió estropear la prueba.
-¡Miau, miau! ¡Marramiau! -decía Saha dirigiéndose a un
pequeño bómbice prisionero entre el cristal y la cortina de tul.
Temblaba su barbilla leonina, tartamudeaba de codicia.
Alain cogió la mariposa entre los dedos para ofrecérsela a la gata.
-Los entremeses, Saha.
En el jardín, un rastrillo peinaba negligentemente el
guijo. Alain vio la mano que guiaba el rastrillo, mano de mujer que envejecía,
mano maquinal, obstinada y suave, bajo un grueso guante blanco de gendarme.
-¡Buenos días, mamá! -gritó.
Una voz le respondió de lejos, voz cuyas palabras no
oía, murmullo afectuoso, insignificante y necesario. Bajó corriendo con la gata
pegada a los talones. Saha, a la luz del día, sabía transformarse en una especie
de perro turbulento, bajar precipitada y ruidosamente la escalera, ganar el
jardín con bruscos saltos desprovistos de toda magia. Se sentó en la mesa del
desayuno, entre las franjas de sol, junto al cubierto de Alain. El rastrillo,
que callara, reanudó lentamente su tarea.
Alain le puso leche a Saha y diluyó una pulgarada de
sal y una pulgarada de azúcar; luego se sirvió gravemente. Cuando se desayunaba
solo no tenía que ruborizarse de ciertos gestos elaborados por el deseo
inconsciente de la edad maniática entre el cuarto y el séptimo año. Podía,
libremente, cegar de mantequilla todos los ojos del pan y fruncir las cejas
cuando el nivel del café con leche dentro de la taza excedía de un límite
especial, marcado con un arabesco de oro.
A la primera rebanada gruesa debía seguir una segunda
rebanada delgada, mientras que la segunda taza requería un terrón de azúcar
suplementario. En fin, un Alain pequeñito, oculto en el fondo de un muchachote
rubio y apuesto, esperaba impaciente que el final del desayuno le permitiese
lamer por todos lados la cuchara del frasco de miel, una vieja cuchara de marfil
ennegrecida y cartilaginosa.
«Camille se desayuna, en este momento, caminando.
Muerde a la vez una loncha de jamón magro, emparedada entre dos bizcochos, y una
pera de América. Y de mueble en mueble va poniendo y olvidando una taza de té
sin azúcar.»
Alzó los ojos sobre su campo de niño privilegiado que
amaba y creía conocer. Los viejos olmos, seriamente cortados en bóveda, que se
alzaban por encima de su cabeza, sólo se estremecían por la punta de sus jóvenes
hojas. Un edredón de silenos rosa con un ribete de nomeolvides 'se daba
importancia encima del césped. El árbol muerto dejaba colgar de su descarnado
codo una faja de centinodia, que se estremecía a cada soplo, mezclada con
clemátides violetas de cuatro pétalos. Uno de los aparatos de riego, erguido
sobre su único pie, hacía la rueda encima del césped abriendo su cola de pavo
blanco cortada por un inestimable arco iris.
«¡Un jardín tan hermoso...! ¡Un jardín tan
hermoso...!», repitió Alain quedamente. Contemplaba ofendido el silencioso
montón de cascotes, vigas y sacos de yeso que afeaba el lado oeste de la casa.
«¡Ah, es domingo; no trabajan! Para mí toda la semana es domingo...» Aunque
joven, caprichoso y mimado, vivía según el ritmo comercial de los seis días y
«sentía» el domingo.
Una paloma blanca, furtiva, se movió detrás de las
plantas exóticas de rosados racimos. «No, no es una paloma; es la mano
enguantada de mamá. » El grueso guante blanco, a ras de tierra, recogía unos
tallos, arrancaba briznas de hierba crecida en una noche. Dos verderones que
estaban en el sendero de guijo fueron a recoger las migajas del desayuno y Saha
los siguió con la mirada, sin exaltarse. Sin embargo, un herrerillo colgando
cabeza abajo, en un álamo encima de la mesa, llamó desafiadoramente a la gata, y
Saha, sentada con las patas juntas, tirante su chorrera de mujer hermosa,
con la cabeza hacia atrás, intentaba dominarse, pero se
le hinchaban, furiosas, las mejillas y su naricilla se humedeció.
-¡Tan bella como un demonio! ¡Más bella que un demonio!
-exclamó Alain.
Pretendió acariciar la ancha cabeza, habitada por un
pensamiento feroz, y la gata le mordió bruscamente para desahogar si¡ furor.
Alain contempló dos perlitas de sangre en su mano con la colérica turbación del
hombre al que la hembra ha mordido en pleno placer.
-¡Mala...! ¡Mala...! Mira lo que has hecho...
Saha agachó la frente, olfateó la sangre e interrogó,
temerosa, el rostro de su amigo. Sabía cómo alegrarle y enternecerle, y cogió
del mantel un bizcocho que sostuvo igual que una ardilla.
La brisa de mayo pasaba sobre ellos, curvaba un rosal
amarillo que olía a aulaga en flor, y Alain, entre la gata, el rosal, las
parejas de herrerillos y los últimos abejorros, gustó de los instantes que
eluden la humana medida, la angustia e ilusión de perderse en la infancia. Los
olmos crecieron -desmesuradamente, se agrandó la alameda perdiéndose bajo los
arcos de un emparrado difunto, y, como el durmiente encanto que cae de una
torre, Alain recobró conciencia de sus veinticuatro años.
«Tendría que haber dormido una hora más. Sólo son las
nueve y media. Es domingo. Para mí, ayer también era domingo. Demasiados
domingos... Pero mañana...» Sonrió a Saha con aire cómplice:
-Mañana, Saha, es la última prueba del vestido blanco.
Sin mí. Es una sorpresa... Camille es lo bastante morena para que el blanco la
embellezca... Mientras tanto, veré el coche. Es un poco repipí, como dice
Camille, tener un roadster... Esto es lo que se saca de ser un matrimonio tan
jovencito...
Con un salto vertical, ascendiendo en el aire como pez
hacia la superficie del agua, la gatita alcanzó una pléride ribeteada de negro.
Se la comió, tosió, escupió un ala y se lamió afectadamente. El sol jugaba con
su pelaje malva y azulado como el pecho de una torcaz.
-Saha.
Volvió la cabeza y él le sonrió abiertamente.
-¡Mipumita! ¡ Gatita queridísima! ¡Criatura de las
cimas! ¿Cómo vas a vivir si nos
separamos? ¿Quieres que nos hagamos monjes? Quieres...
no sé... yo...
Saha le escuchaba, le miraba con aire tierno y
distraído, pero, ante una inflexión más temblorosa de la voz amiga, apartó la
mirada.
-Por de pronto, vendrás con nosotros; a ti no te
molesta ir en coche. Si tuviéramos un cabriolé en lugar del roadster... detrás
de los asientos hay un reborde...
Calló ensombreciéndose ante el reciente recuerdo de una
voz de jovencita, vigorosa, timbrada a pedir de boca para las llamadas al aire
libre, apoyando audazmente las grandes vocales A y O, que sabía evocar las
numerosas cualidades de los roadsters. «...Y cuando se baja el parabrisas,
Alain, es formidable... A todo gas, se siente cómo la piel de las mejillas
retrocede hasta las orejas...»
-Que retrocede hasta las orejas... ¿Te imaginas, Saha?
¡Qué espanto...!
Apretó los labios y puso cara larga de niño obstinado,
experto en el disimulo.
-Aún no está dicho todo... ¿Y si me gusta más el
cabriolé? ¡Me parece que, después de todo, tengo voz y voto... !
Miró de arriba abajo el joven rosal como si fuese la
jovencita de la hermosa voz. De nuevo, se engrandeció la alameda, los olmos
subieron, la difunta parra resucitó. Acurrucado contra las faldas de dos o tres
parientes, altaneras, con la frente en las nubes, un Alain niño espiaba a otra
familia compacta entre cuyos bloques brillaba una nenita muy morena, de grandes
ojos y negros cabellos que rivalizaban en brillo hostil y mineral. «Da los
buenos días... ¿Por qué no quieres dar los buenos días... ?» Era una voz de
antaño, debilitada, conservada por años de infancia, de adolescencia, de
colegio, de aburrimiento militar, de falsa gravedad, de falsa competencia
comercial. Camille no quería dar los buenos días. Se chupaba la mejilla y,
envarada, esbozaba la breve reverencia de las niñitas. «Ahora a eso le llama la
reverencia a lo tuércete-la-pata. Sin embargo, cuando se enfada, aún se muerde
la mejilla. Y es raro, no se pone fea en esos momentos; no, no se pone fea.»
Sonrió y se encendió honestamente pensando en su
prometida, contento al fin y al cabo de que fuese sana, un poco trivial en la
pasión sensual. Bajo el resplandor de la mañana inocente, provocó imágenes
adecuadas, ya para excitar su vanidad y su prisa, ya para engendrar temores
hasta llegar a la confusión. Al salir de su turbación encontró que el sol era
demasiado blanco, y seco el viento. La gata había desaparecido, mas en cuanto
Alain se levantó estuvo a su lado y lo acompañó andando con largo paso de
ciervo, evitando las redondas guijas del rosado sendero. Juntos llegaron hasta
las «obras», inspeccionaron con idéntica hostilidad el montón de cascote, una
puerta-ventana nueva, sin cristales, incrustada en una pared, unos aparatos de
hidroterapia y unos azulejos.
Idénticamente ofendidos calculaban el daño causado a su
pasado y a su presente. Un viejo tejo que había sido arrancado moría muy
lentamente, la cabeza gacha bajo su cabellera de raíces. «¡Nunca, nunca tuve que
haber permitido esto! -murmuró Alain-. ¡Es una vergüenza! Tú, Saha, sólo hacía
tres años que lo conocías, pero yo ... »
Saha olfateó en el fondo del agujero dejado por el tejo
un topo, cuya imagen, si no el olor, se le subió a la cabeza. Se olvidó de sí
misma durante un minuto llegando al frenesí, escarbó el suelo como un
fox-terrier, se revolcó cual un lagarto, saltó con las cuatro patas igual que un
sapo, empolló una pelota de tierra entre los muslos como hace el ratón campestre
con el huevo que ha robado, huyó del agujero mediante una serie de cabriolas y
se encontró sentada en el césped, fría y gazmoña, conteniendo el aliento.
Alain, grave, no se había movido. Sabía permanecer
serio cuando los demonios de Saha la sacaban de sus casillas. Llevaba en su
interior la admiración y comprensión de los gatos, rudimentos que más tarde le
permitieron interpretar fácilmente a Saha. Y, desde el día en que, al salir de
una exposición felina, colocó en el cortado césped de Neuilly una gatita de
cinco meses, adquirida por su perfecta figura, su precoz dignidad y su modestia
sin esperanza tras los barrotes de una jaula, leía en ella como en una obra
maestra.
-¿Por qué no compró una gata de Angora? -preguntó
Camille.
«Entonces, me trataba de usted. No era solamente una
gatita lo que yo había traído. Era la nobleza felina, su desinterés ilimitado,
su savoir vivre, sus afinidades con la élite humana... » Alain enrojeció y se
disculpó mentalmente: «Saha, quien mejor te comprende es la élite. »
Aún no había llegado a pensar «parecido» en lugar de
«comprensión», pues pertenecía a un ambiente humano que prohíbe reconocer, e
incluso concebir, un parentesco animal. Sin embargo, en la edad de desear un
automóvil, un viaje, una rara encuadernación o unos esquíes, fue «el muchacho
que se compró un gatito» y esto repercutió en su estrecho universo; se
sorprendieron los empleados de la «Maison Amparat & Fils», rue des Petits Champs,
y hasta monsieur Veuillet llegó a interesarse por la «bestezuela».
«Saha, antes de haberte escogido, no hubiera sabido qué
puede escogerse... Por lo demás... Mi matrimonio satisface a todo el mundo y a
Camille, y hay momentos en que también me satisface, pero... »
Se levantó del banco verde, adoptó la sonrisa
importante del chico Amparat que condesciende en contraer matrimonio con la
chica de las «Secadoras-Malmert», «una muchachita que no es de nuestra esfera»,
decía madame Amparat.
Sin embargo, Alain no ignoraba que las
Máquinas-de-lavar-Malmert, hablando entre sí de los Amparat-de-la-seda, nunca
omitían manifestar, alzando la barbilla con aire de superioridad: «Los Amparat
ya no están en la seda; madre e hijo sólo tienen intereses en la casa, y el
chico no desempeña el papel de dueño... »
La gata, curada de su extravagancia, dulce y dorada la
pupila, parecía esperar la reanudación de la confidencia mental, del telepático
murmullo hacia el que tendía su orejita orlada de plata.
«Tú tampoco eres un puro y resplandeciente espíritu de
gato -prosiguió Alain-. Acuérdate, feúcha, de tu primer seductor, el minino
blanco, sin rabo... acuérdate, descocada, que corrías bajo la lluvia,
desvergonzada gatita...»
-¡Qué mala madre es su gata! -exclamaba Camille
indignada-. No se acuerda de los pequeñines que le han quitado...
«Sí, eran palabras de jovencita -continuó Alain
desafiante-. Las jovencitas siempre son buenas madres... antes.»
Un timbrazo grave y rotundo cayó de lo alto del aire
tranquilo, y Alain se levantó de un salto, como un culpable, ante el ruido del
guijo aplastado por las ruedas de un coche. «¡Camille! ¡Santo Dios, son las once
y media!»
Se cruzó la chaqueta del pijama, apretándose el
cinturón tan nerviosamente que se riñó a sí mismo: «Vamos, vamos, ¿qué me pasa?
Dentro de una semana me las veré peores... Saha, ¿vienes a recibir a Camille?»
Pero Saha había desaparecido, y Camille hollaba ya con
audaz tacón el césped. «¡Ah, es muy atractiva!» Un agradable salto de su sangre
le apretó la garganta, coloreó sus mejillas y se entregó todo al espectáculo de
Camille vestida de blanco, un pequeño pincel negro de cabellos bien cortados
sobre las sienes, al cuello una delgada corbata roja y en la boca el mismo rojo.
Maquillada con arte, con moderación, su juventud solo se hacía evidente al cabo
de unos instantes, descubriendo la mejilla blanca bajo el ocre, el párpado sin
pliegues debajo de un poco de polvo oscuro en torno a los grandes ojos casi
negros. En su mano izquierda, el diamante, nuevecito, cortaba la luz en mil
reflejos de color.
-¡Oh! -exclamó-. ¡No estás listo...! ¡A estas horas...
!
Sin embargo, se detuvo frente a los ásperos cabellos
rubios despeinados, al pecho desnudo debajo del pijama, a la confusión que
ruborizaba a Alain, y su rostro de jovencita descubrió tan claramente la cálida
indulgencia de una mujer, que Alain no se atrevió a darle el beso de las doce
menos cuarto, el del jardín o del Bois.
-Bésame -le suplicó bajito, como si le pidiera auxilio.
Alain, torpe, inquieto y mal defendido dentro de su
pijama ligero, señaló con un gesto los arbustos de rosados racimos de donde
llegaba el ruido de las tijeras de podar y del rastrillo, y Camille no se
atrevió a saltarle al cuello. Bajó los ojos, cogió una hoja, llevó a su mejilla
el brillante pincel de sus cabellos, mas, por el movimiento de su barbilla
levantada y el palpitar de las aletas de la nariz, Alain vio que buscaba
salvajemente en el aire la fragancia de un cuerpo dorado apenas cubierto, del
que, opinó el muchacho en su interior, no había sentido el menor temor.
Al despertar, no se sentó de un salto en la cama.
Obsesionado en sueños por el cuarto extraño, entreabrió
las pestañas, comprobó que la astucia y el embarazo no le habían abandonado del
todo durante el sueño, pues el brazo izquierdo extendido, relegado a los
confines de una estepa de tela, se hallaba presto a reconocer y presto también a
rechazar... Sin embargo, a su izquierda, el vasto lecho estaba vacío y fresco.
Frente a la cama aparecía el ángulo apenas redondeado de la habitación de tres
paredes y la insólita oscuridad verde y el tallo de viva claridad, amarilla como
bastoncillo de ámbar, que separaba dos cortinas de tiesa sombra. Alain volvió a
dormirse, arrullado por una canción negra, murmurada por unos labios cerrados.
Volvió la cabeza con precaución, entreabrió los ojos y
vio, ora blanca, ora azul, según se bañara en el estrecho riachuelo de sol o
volviera a la penumbra, a una mujer desnuda con un peine en la mano, entre los
labios un cigarrillo, que canturriaba. «¡Es una frescura! -pensó-.
¡Completamente desnuda! ¿Dónde se cree que está?»
Reconoció las hermosas piernas, desde tiempo. ha
familiares, pero el vientre, acortado por el ombligo situado algo bajo, le
sorprendió. Una impersonal juventud salvaba las caderas musculadas, y los senos
asomaban ligeros, encima de las costillas visibles. «¿Ha adelgazado?» Lo tosco
de la espalda, tan amplia como el pecho, sorprendió a Alain. «Es cargada de
espaldas.»
Y en aquel preciso momento, Camille se acodó en una de
las ventanas y encogió la espalda, alzando los hombros. «Tiene espaldas de mujer
que friega suelos...» Pero la muchacha se irguió súbitamente, hizo una pirueta
y, con un gesto encantador, esbozó un abrazo en el aire. «No, no; no es verdad.
Es hermosa. Pero, ¡qué desfachatez! ¿Se cree que estoy muerto? ¿O es que
encuentra muy natural pavonearse completamente desnuda? ¡Oh!, todo esto ha de
cambiar »
Como ella volvía a la cama, cerró nuevamente los ojos
y, cuando los abrió otra vez, Camille estaba sentada frente al tocador, que
llamaban el tocador invisible, plancha translúcida de hermoso cristal grueso
montada en una armazón de acero negro. Se empolvaba el rostro, tocó con las
puntas de los dedos la mejilla, la barbilla, y de pronto sonrió, apartando la
mirada con una gravedad y una fatiga que desarmaron a Alain. «¿Así... es feliz?
¿Dichosa de qué? No me la merezco mucho... De todas maneras, ¿por qué está
desnuda?»
-¡Camille! -exclamó.
Creyó que echaría a correr al cuarto de baño, que
cruzaría las manos sobre su sexo, que velaría sus senos con una arrugada prenda
interior; sin embargo, se aproximó, se inclinó sobre el muchacho tendido y le
llevó, agazapado en sus brazos, refugiado en el alga de un azul oscuro que
florecía en su vientrecillo insignificante, su penetrante perfume de mujer
morena.
-¡Cariño! ¿Has dormido bien?
-¡Completamente desnuda! -le reprochó su marido.
La joven abrió cómicamente sus grandes ojos.
-Bueno, ¿y tú...?
Descubierto hasta la cintura, no supo qué contestar.
Camille se pavoneaba ante él, tan orgullosa y tan lejos del pudor, que un poco
rudamente le echó el pijama arrugado que yacía sobre la cama.
-¡Anda, de prisa, ponte esto! ¡Tengo hambre!
-La mére Buque está en su sitio. Todo marcha, todo va
sobre ruedas.
Desapareció y Alain quiso levantarse, vestirse, alisar
sus revueltos cabellos, pero Camille regresó, ataviada con un grueso albornoz de
baño, nuevo y demasiado largo, llevando alegremente una bandeja llena.
-¡Qué ensalada, hijo de mi alma! Hay un tazón de la
cocina, una tacita de pirex, el azúcar en la tapa de una caja... Todo
amontonado... Mi jamón está reseco; estas peras cloróticas son los restos del
almuerzo... La mére Buque se siente perdida en la cocina eléctrica. Le enseñaré
a cambiar los plomos.
Y he echado agua en los compartimientos del hielo de la
nevera. ¡Ah, si yo no estuviese aquí! El señor tiene su café muy caliente,
hirviente la leche y dura la mantequilla. No; es mi té, ¡no lo toques! ¿Qué
buscas?
-Nada... nada...
Debido al olor del café, buscaba a Saha.
-¿Qué hora es?
-¡Al fin una palabra cariñosa! -exclamó Camille-.
Tempranísimo, marido mío. He visto en el despertador de la cocina que eran sólo
las ocho y cuarto.
Comieron, riendo con frecuencia y hablando poco. Por el
olor creciente de las cortinas de hule verde, Alain adivinaba la fuerza del sol
que les calentaba, y no podía apartar su pensamiento del sol exterior, del
horizonte extraño, de los vertiginosos nueve pisos, de la extravagante
arquitectura de Quart-de-Brie que les cobijaría durante cierto tiempo.
Escuchaba a Camille lo mejor que podía, conmovido
porque fingiese olvido de lo que había pasado entre ellos durante la noche,
porque afectase experiencia en este alojamiento ocasional, y la desenvoltura de
una casada de por lo menos ocho días. Desde que compareció vestida, buscaba la
manera de testimoniarle su gratitud. «No me guarda rencor por lo que hice ni por
lo que no le hice, ¡pobre criatura! En fin, ha pasado lo más fastidioso... ¿Es
que, a menudo, una primera noche es este magullamiento, este semiéxito,
semidesastre?»
Le pasó cordialmente el brazo por el cuello y la besó.
-¡Oh, eres un encanto!
Camille dijo esto con tanto sentimiento, con expresión
tal, que se ruborizó y él vio cómo se le llenaban los ojos de lágrimas. Sin
embargo, eludió valerosamente su emoción y saltó de la cama con el pretexto de
llevarse la fuente. Corrió a la ventana, se enredó los pies en el albornoz
demasiado largo, soltó una tremenda imprecación y se asió de una cuerda de
barco. Se descorrieron las cortinas de hule y París con sus alrededores, azules
e ilimitados como el desierto, manchados de un verde aún claro, d¿ vidrieras de
un azul de insecto, entró de un salto en la habitación triangular que sólo tenía
una pared de cemento; las otras eran de vidrio a media altura.
-¡Es hermoso! -exclamó Alain a media voz.
Sin embargo mentía a medias, y su sien buscaba el apoyo
de un hombro juvenil del que resbalaba el albornoz. «No es una morada humana...
todo este horizonte en la casa, en la cama. ¿Y los días de tormenta? Abandonados
en lo alto de un faro, entre los albatros... »
El brazo de Camille, que se había vuelto a reunir con
él en la cama, le rodeaba el cuello - y ella miraba sin temor, alternativamente,
los vertiginosos límites de París y la rubia cabeza despeinada. Su flamante
arrogancia, que parecía abrir crédito a la próxima noche, a los días siguientes,
se contentaba sin duda con las licencias de hoy: hollar el lecho común, rozar
con hombros y caderas un desnudo cuerpo de mozo, acostumbrarse a su color, a sus
curvas, a sus salientes, apoyar firmemente la mirada en los secos pezoncillos,
la cintura que ella envidiaba, el extraño motivo del sexo caprichoso...
Mordieron juntos la misma pera insípida y rieron
mostrándose sus bellos dientes mojados, las encías un poco pálidas de niños
fatigados.
-¡Vaya día el de ayer...! -suspiró Camille-. ¡Cuando se
piensa que hay gente que se
casa a menudo... ! -la vanidad volvió a apoderarse de
ella y añadió-: Ahora que... estuvo muy bien, ¿verdad? ¿Verdad que no hubo
ningún tropiezo?
-Sí -contestó Alain blandamente.
-¡Oh, tú..., igualito que tu madre! Quiero decir que
mientras no se estropee el césped de vuestro jardín y no se tiren colillas en
vuestro guijo, lo encontráis todo bien, ¿no es cierto? Lo que no quita para que
nuestra boda hubiera resultado más bonita en Neuilly. Sólo que eso hubiera
molestado a la sacrosanta gata. Anda, contesta, malo, contesta... ¿Qué miras por
todos lados?
-Nada -dijo con sinceridad-, ya que no hay nada que
mirar. He visto el tocador, he visto la silla..., hemos visto la cama...
-¿No vivirías aquí? Yo me encuentro muy a gusto...
Imagínate, tres habitaciones y tres terrazas... ¡Si uno se quedara...!
-Se dice: ¡si nos quedáramos!
-Entonces, ¿por qué dices tú «se dice...»? Bueno, ¿y si
uno se quedara?
-Patrick regresará de su crucero dentro de tres meses.
-¿Y qué? Bueno, que regrese. Se le dice que nos
queremos quedar y se le manda con viento fresco.
-¡Oh!... ¿Harías semejante cosa?
Camille movió afirmativamente su negro copete con una
deslumbrante y femenina desenvoltura en la perfidia. Alain quiso mirarla con
severidad; pero Camille, bajo su mirada, cambió, se volvió temerosa, como él
mismo se sentía, y entonces la besó precipitadamente en la boca.
Le devolvió el beso muda, afanosa, buscando con un
movimiento de caderas el hoyo de la cama; tanto, que su mano libre, que apretaba
un hueso de melocotón, tanteaba en el aire buscando una taza vacía o bien un
cenicero.
Inclinado sobre ella, esperó, acariciándola con la
mano, que abriera de nuevo los ojos.
La joven apretaba entre las pestañas dos lagrimitas
brillantes que no quería dejar correr y él respetó su discreción y orgullo.
Ambos habían esperado todo cuanto pudieron, silenciosamente, ayudados por el
calor matinal, por sus cuerpos perfumados y complacientes.
Alain se acordaba de la agitada respiración de Camille,
qué había dado pruebas de una ardiente docilidad, de un celo algo intempestivo,
muy agradable... No le recordaba a ninguna mujer. Al poseerla por segunda vez,
sólo pensó en los miramientos que merecía.
Yacía tendida contra él, brazos y piernas blandamente
recogidos, las manos semicerradas y, por vez primera, felina. «¿Dónde está
Saha?»
Esbozó maquinalmente una caricia «para Saha», pasando
las uñas delicadamente a lo largo del vientre de Camille, que gritó sobrecogida,
envarando los brazos, uno de los cuales golpeó a Alain, que estuvo a punto de
devolverle golpe por golpe.
La joven, sentada, con la mirada hostil bajo un
revuelto copete de oscuros cabellos, le amenazaba con la mirada.
-¿Es que ahora va a resultar que eres un vicioso?
Alain no esperaba nada parecido y rompió a reír
estrepitosamente.
-¡No hay que reírse! -exclamó Camille-. Siempre me han
dicho que los hombres que hacen cosquillas a las mujeres son viciosos... incluso
sádicos.
Alain saltó de la cama para reír mejor, olvidándose de
que estaba desnudo. Camille
se calló tan bruscamente que él se volvió y sorprendió
su cara radiante, pasmada, atenta toda al mozo que una noche de bodas había
hecho suyo.
-Voy a estar en el cuarto de baño diez minutos, ¿me lo
permites?
Abrió la puerta de espejos practicada en uno de los
extremos de la pared más larga, que ellos llamaban la hipotenusa.
-Luego, pasaré un momento por casa de mi madre.
-Está bien, ¿no quieres que te acompañe?
Alain pareció disgustado, extrañado, y por vez primera
en aquel día, la joven se sonrojó.
-Veré si las obras...
-¡Oh, las obras! ¿Te interesan a ti las obras?
¡Confiésalo -cruzó los brazos como una actriz de tragedia-, confiesa que vas a
ver a mi rival!
-Saha no es tu rival -repuso Alain simplemente. «¿Cómo
va a ser tu rival? -prosiguió en su interior-. Tú sólo puedes tener rivales eh
lo impuro... »
-No necesitaba una protesta tan formal,. amor mío. Ve
de prisa. No olvides que almorzamos en casa del padre Léopold, como solteros.
¡En fin, como solteros! ¿Regresarás pronto? ¡No olvides que iremos a dar una
vuelta! ¿Me oyes?
Oía, en particular, que la palabra «regresar» adquiría
un nuevo significado, absurdo, quizás inaceptable, y miró a Camille de reojo.
Ostentaba, reivindicaba su lasitud de recién casada, la ligera hinchazón de sus
párpados inferiores bajo el ángulo abierto de los grandes ojos. «¿Tendrás
siempre, a toda hora, en cuanto salgas del sueño, los ojos tan abiertos? ¿No
sabes entornarlos? Ver unos ojos tan abiertos me da dolor de cabeza... »
Encontraba un placer poco honrado, una fugaz
satisfacción en interpelarla en su interior. «Y al fin y al cabo, eso resulta
menos descortés que la sinceridad.» Sintió prisa por llegar a la cuadrada
bañera, al agua caliente, a la soledad propicia a la meditación. Pero como la
puerta de espejos abierta en la hipotenusa lo reflejaba de pies a cabeza, la
abrió con complaciente lentitud y no se apresuró a cerrarla.
Al salir del piso una hora más tarde, sufrió una
equivocación, desembocó en una de las terrazas que rodeaban el Quart-de-Brie,
recibiendo en pleno rostro el seco abanicazo del viento del Este que lividecía a
París, arrastraba humaredas y, a lo lejos, pulía el Sacré-Coeur. Encima del
antepecho de cemento aparecían cinco o seis floreros, colocados por manos
bienintencionadas, llenos de rosas blancas, hidrangeas, lirios manchados con su
propio polen. «El postre de la víspera jamás resulta agradable...» Sin embargo,
antes de bajar resguardó del viento las maltrechas flores.
Entró en el jardín como adolescente que ha dormido
fuera de casa. Aspiró con una larga bocanada el embriagador perfume de los
mantillos recién regados, el secreto vapor de las inmundicias que alimentan las
flores grasas y costosas, las perlas de agua perseguidas por la brisa, y en el
mismo instante descubrió que necesitaba ser consolado.
-¡Saha!¡Saha!
La gata apareció al cabo de un instante y Alain, de
momento, no reconoció el rostro extraviado, incrédulo, como velado por un mal
sueño.
-¡Saha, mi vida!
La estrechó contra su pecho, alisando los suaves
flancos que le parecieron algo hundidos y quitó del descuidado pelaje telarañas,
ramitas de pino y olmo. La gata se rehacía rápidamente, volvió a llevar a sus
rasgos, a sus ojos de oro puro, una expresión familiar, la dignidad del gato.
Alain percibía bajo sus pulgares las palpitaciones de un corazoncito irregular,
duro, y un ronroneo naciente, inseguro... La puso en una mesa de hierro,
acariciándola; mas en el momento de tumbarse, locamente, como acostumbraba•
hacer, y poner la cabeza en la mano de Alain, olfateó la mano y retrocedió.
Buscó con los ojos la blanca paloma, la mano enguantada
tras los arbustos de rosados racimos, detrás de los rododendros inflamados de
flores. Se regocijaba de que la ceremonia sólo hubiera asolado la morada de
Camille, respetando el hermoso jardín.
«Toda esa gente aquí... Y las cuatro damas de honor
vestidas de papel rosa... Y las flores que habrían cortado... las deutzias
sacrificadas a los escotes de las señoras gordas... Y Saha... »
Gritó en dirección a la casa:
-¿Ha comida y bebido Saha? Tiene un aspecto muy raro...
¡Estoy aquí, mamá!
Apareció una pesada silueta blanca en el umbral del
vestíbulo, que contestó de lejos.
-No, ¡imagínate! No cenó, y esta mañana
no se bebió la leche. Creo que te esperaba... ¿Te
sientes bien, hijito?
Alain se erguía deferente ante su madre, al pie de la
escalinata. Observó que ella no le tendía la mejilla como de costumbre y
mantenía las manos en la cintura, enlazadas. Comprendió y compartió, confuso y
agradecido, el pudor maternal. «Tampoco Saha me ha besado... »
-Al fin y al cabo, la gata te ha visto marchar a
menudo. Se resignaba a tus ausencias.
«Sí, pero no iba tan lejos», pensó él.
Cerca, en el velador de hierro, Saha bebía ávidamente
la leche, como bestia que ha andado mucho y dormido poco.
-Alain, ¿no quieres tú también una taza de leche
caliente? ¿Una rebanada de pan untada con mantequilla?
-Ya me he desayunado, mamá... -dijo-. Nos hemos
desayunado...
-Desayunado... me parece que no muy bien... En
semejante caravasar...
Alain sonrió porque su madre decía siempre «caravasar»
en lugar de «cafarnaúm». Contempló, con mirada de desterrado, la taza de dorados
arabescos junto al platillo de Saha; luego, el rostro de su madre, algo grueso,
amable, bajo unos encrespados y gruesos cabellos, precozmente encanecidos.
-No te he preguntado si mi nueva hija está contenta
-temió ser mal interpretada y prosiguió apresuradamente-: en fin, si se
encuentra bien...
-Muy bien, mamá... Almorzaremos en el bosque de
Rambouillet... Se irá a dar una vuelta... -rectificó-: iremos a dar una vuelta
en coche, ¿sabes?
Saha y él permanecieron solos en el jardín, ambos
adormecidos por la fatiga, el silencio, y por el sueño llamados.
La gata se durmió bruscamente, de lado, la barbilla
levantada, descubiertos los caninos como fiera muerta; le llovían las plúmulas
del árbol-peluca, los pétalos de las clemátides, sin que se estremeciese en el
fondo de su sueño, donde, sin duda, saboreaba la seguridad, la inalienable
presencia de su amigo. Su actitud vencida, las comisuras crispadas y pálidas de
su hociquito gris vincapervinca revelaban una amarga noche de vela.
En lo alto del tonel desecado, envuelto de plantas
trepadoras, una bandada de abejas
encima de la hiedra en flor sostenía una nota de timbal
grave, la misma nota al cabo de tantos veranos: «Dormir ahí, encima de la
hierba, entre el rosal amarillo y la gata... Si Camille no viniese hasta la hora
del almuerzo, sería delicioso. Y la gata, Dios mío, la gata... » Por el lado de
las obras, un cepillo rebajaba un tablón, un martillo golpeaba una vigueta
metálica, y ya esbozaba Alain un sueño campestre, poblado de misteriosos
herreros... Al caer los doce golpes de un campanil del liceo, se puso en pie,
huyendo sin osar despertar a la gata.
Llegaron junio y los días más largos, sus cielos
nocturnos sin misterio, cuyos confines elevaban un fulgor retrasado por
poniente, y otro fulgor adelantado por el este de París. Sin embargo, junio sólo
es cruel para la gente de la ciudad que no tiene coche, estrechamente enmarcada
con cálida piedra, que aprieta al hombre contra el hombre. En torno al Quartde-Brie,
un aire sin cesar agitado atormentaba los visillos amarillos, atravesaba la
habitación triangular y el estudio, se estrellaba contra la proa del navío y
secaba los pequeños setos de alheñas, en cajas, colocados en las terrazas.
Con la ayuda de los cotidianos paseos, Alain y Camille
vivían tranquilos, ahítos y adormecidos por la voluptuosidad y el calor.
«¿Por qué la llamaba muchacha indomable?», se
preguntaba Alain extrañado. Camille, cuando iba en coche, blasfemaba menos,
perdía algunas afectaciones de lenguaje y también su entusiasmo por las boites
donde cantan las mozas cíngaras con narices de yegua.
Comía y dormía mucho, abría también mucho los ojos,
ahora más dulces, se desligaba de veinte proyectos de verano y se interesaba por
«las obras», que cada día visitaba. Solía entretenerse largamente en el jardín
de Neuilly, donde Alain, al salir de la oscura «Maison Amparat Fils & Cie. »,
rue des Petits Champs, la encontraba ociosa, presta a prolongar la tarde, presta
a correr sobre las cálidas carreteras.
Y Alain entonces se ensombrecía. La oía dar órdenes a
los pintores aficionados al canto, a los altivos electricistas. Camille le
interrogaba en términos generales y perentorios, como si abandonara por deber,
en cuanto él aparecía, su nueva delicia.
-¿Qué, cómo van los negocios? ¿Se sigue temiendo la
crisis? ¿Has endosado a los reyes de la costura el foulard de lunares?
Ni siquiera respetaba al anciano Émile, a quien sacudía
hasta hacerle caer en formulas impresas de una imbecilidad pítica.
-¿Qué le parece, Émile, nuestra jaula? ¿Ha visto usted
alguna vez que la casa estuviera más bonita?
El viejo mayordomo murmuraba entre sus patillas
respuestas que eran exactamente como él, sin fondo ni color.
-No se reconoce... Tiempo atrás me habían dicho que iba
a ser una casa de pequeños pisos... Es distinto... Se estará bien unos en casa
de otros. Es muy alegre....
O bien vertía sobre Alain, gota a gota, unas
bendiciones sordamente encendidas de un significado hostil.
-La joven señora de monsieur Alain está poniéndose muy
guapa. También tiene buena voz. Habla tan bien, que hasta los vecinos la oyen.
No se puede negar que tiene buena voz, y sin embargo... La joven señora dice
bien claro lo que quiere decir... Aseguró al jardinero que el macizo de silenos
y nomeolvides quedaba cursi. Todavía me da risa.
Y levantaba hacia el cielo puro unos ojos pálidos,
color de ostra gris, que jamás habían reído. Alain tampoco reía. Estaba
preocupado por Saha. Ésta adelgazaba y parecía abandonar una esperanza que era,
sin duda, la de verle a diario y verle solo. Ya no se escapaba cuando llegaba
Camille, pero tampoco escoltaba a Alain hasta la verja. Y, cuando se sentaba
cerca de ella, le contemplaba con profunda y amarga inteligencia. «Su mirada de
gatito tras los barrotes; la misma, la misma mirada.» La llamaba quedamente.
«¡Saha...!¡Saha ...!», aspirando mucho la hache; pero ella no saltaba, ni
agachaba las orejas, y hacía muchos días que no había lanzado su sonoro «¡gurrumiau!»,
ni los «¡marramiau!» de buen humor y deseo.
Un día que Camille y Alain fueron convocados a Neuilly
para comprobar que la nueva bañera-piscina, cuadrada, gruesa, enorme, hundiría
el piso que la sostenía, oyó suspirar a su mujer:
-¡Esto no se va a acabar nunca!
-Pero -dijo Alain sorprendido-, creí que te gustaba
mucho más el Quart-de-Brie, sus mergos y sus petreles...
-Sí... pero de todas maneras... Ésta es tu casa, tu
verdadera casa... Nuestra casa...
Se apoyaba muellemente en su brazo, excepcionalmente
vacilante. El blanco azulado de sus ojos, casi tan azul como su claro traje
estival; el retoque perfecto y superfluo de sus mejillas, "de su boca y de sus
párpados, no le impresionaron.
Sin embargo, le pareció que, sin palabras, le
consultaba por vez primera. «Camille, aquí, conmigo... Ya. Camille en pijama
bajo las arcadas de los rosales...» Y uno de los rosales más viejos llevaba a la
altura de su rostro su carga de rosas que se descolorían tan pronto como
florecían, cuyo perfume oriental reinaba por las noches hasta en la misma
escalinata. «Camille en albornoz bajo la bóveda de olmos...» Bien mirado, ¿no
valía la pena mantenerla todavía encerrada en el pequeño belvédére del Quart-de-Brie?
Aquí, no; aquí, no; todavía no...
La tarde de junio, cargada de luz, tardaba en
inclinarse del lado de la noche. Unos vasos vacíos, encima de un velador de
mimbre, retenían los grandes zánganos rubios; más debajo de los árboles, salvo
los pinos, se extendía una zona de impalpable humedad, promesa de frescura. Ni
los rosados geranios que prodigaban su meridional perfume, ni las adormideras de
fuego, sufrían del seco verano que se iniciaba.
«No, aquí, no; todavía no», se repetía machaconamente
Alain al compás de su brazo. Buscaba a Saha y no quería llamarla a voz en grito;
la encontró acostada encima de la baja pared que apuntaba una loma azul cubierta
de lobelias. Dormía, o parecía dormir, encogida como un ovillo. «¿Dormida en
forma de ovillo a esta hora y en este tiempo? Dormir ovillada en una postura de
invierno...»
-¡Saha queridísima!
Cuando la cogió, el animal no se estremeció. La levantó
en el aire, y la gata abría unos ojos vacíos, muy hermosos, casi indiferentes.
-¡Dios mío, qué poco pesas! ¡Estás enferma, pumita mía!
Se la llevó en brazos y se dirigió corriendo hacia su
madre y Camille.
-Mamá, ¡Saha está enferma! Tiene el pelo muy feo... no
pesa nada... ¡Y tú no me lo has dicho!
-No come mucho -dijo madame Amparat-. No quiere comer.
-No quiere comer, y... ¿qué más?
Mecía a la gata contra su pecho y Saha se abandonaba,
jadeante el aliento, secas las nari
cillas. Los ojos de madame Amparat, bajo los gruesos
rizos blancos, se posaron inteligentemente sobre Camille.
-Pues... nada.
-Te añora -dijo Camille-. Es tu gata, ¿no es verdad?
Alain creyó que se burlaba y levantó la cabeza en
actitud de desafío, pero Camille no había cambiado de expresión y miraba
curiosamente a Saha, que, al contacto de su mano, volvió a cerrar los ojos.
-Tócale las orejas -dijo Alain bruscamente-, están
ardiendo.
Reflexionó un instante.
-Está bien. Me la llevo. Mamá, haz que me den su cesta,
¿quieres? Y un saco de arena para su caja. Por lo demás, tenemos cuanto hace
falta... Comprenderás que no quiero, de ninguna manera... Esta gata cree que...
-Se interrumpió y se volvió algo tardíamente hacia su mujer-: ¿No te molesta,
Camille, que me lleve a Saha en espera de que volvamos aquí?
-¡Qué ocurrencia! ¿Y dónde piensas instalarla por las
noches? -añadió, tan ingenuamente, que Alain enrojeció por la presencia de su
madre.
-Ella es la que ha de escoger -repuso con sequedad.
Se marcharon formando una pequeña comitiva. Alain
llevaba a Saha muda dentro de su cesta de viaje. El viejo Émile se doblaba con
el saco lleno de arena y Camille cerraba la marcha llevando un viejo plaid de
kasha desflecada que Alain llamaba el «kashasaha».
-No, no, no se me hubiera ocurrido que un gato pudiera
aclimatarse tan pronto.
-Un gato sólo es un gato, pero Saha es Saha.
Alain, vanidoso, cantaba las alabanzas de Saha. Nunca
la había tenido así, encerrada, prisionera en un espacio de veinticinco metros
cuadrados, visible a toda hora y reducida para la meditación felina, su sed de
sombra y soledad, a tomar de prestado la parte inferior de las butacas gigantes
que erraban sin norte por el estudio, la embrionaria antecámara o uno de los
armarios-guardarropa camuflados por espejos.
Saha, empero, deseaba triunfar de todas las emboscadas.
Se acostumbró a las horas inciertas de comer, de dormir, de levantarse; escogió
como alojamiento nocturno el cuarto de baño y su taburete-esponja; exploró el
Quartde-Brie sin afectación de disgusto o hurañía. Condescendió a escuchar la
palabra ociosa de madame Buque en la cocina, que invitaba a la minina a hígado
crudo. Y cuando Alain y Camille salían, se aposentaba en el vertiginoso
antepecho y sondeaba los abismos del aire siguiendo en lo alto con mirada
apacible las espaldas volantes de las golondrinas y gorriones. Su impasibilidad
en lo alto de los nueve pisos, la costumbre que adquirió de lavarse largo rato
encima del antepecho, enloquecían a Camille.
-¡No la dejes! -gritaba Camille a Alain-. Cuando la veo
me dan palpitaciones y calambres en las pantorrillas.
Alain sonreía expresivamente y admiraba a su gatita
reconquistada para el placer de vivir y de alimentarse.
Y no es que recobrase su lozanía, ni que estuviese
alegre en demasía.
Aunque no recuperaba todavía su pelo irisado como el
plumaje malva de una paloma, vivía mejor, esperaba el «pum» sordo del ascensor
en que subía Alain y aceptaba de Camille atenciones excepcionales, por ejemplo,
un minúsculo plato de leche a las cinco de la tarde, un huesecillo de pollo
ofrecido desde lo alto, como a un perro al que se quiere hacer saltar.
-¡Así no! ¡Así no! -reñía Alain.
Y ponía el hueso en la alfombra del baño o,
simplemente, en la moqueta color canela de larga lana.
-¿Qué estás haciendo? ¡Es la alfombra de Patrick! -le
censuraba su mujer.
-¡Los gatos no comen huesos ni carne encima de una
superficie pulida! Cuando un gato saca un hueso de un plato y antes de comerlo
lo pone en la alfombra, se le llama sucio. El gato necesita sujetar su presa con
la pata mientras tritura o desgarra, y eso sólo puede hacerlo en el suelo o en
una alfombra. Pero no se le hace caso...
Camille, atónita, le interrumpió:
-¿Y tú cómo lo sabes?
El muchacho jamás se lo había preguntado a sí mismo, y,
con una chanza salió del paso:
-¡Psé...! Porque soy muy inteligente... ¡No lo repitas!
Monsieur Veuillet no lo sabe...
Le enseñaba los usos y costumbres del felino, como una
lengua extranjera rica en muchas sutilezas. Sin darse cuenta, ponía énfasis en
sus palabras. Camille le observaba atentamente y le hacía veinte preguntas a las
que él contestaba sin prudencia.
-¿Por qué juega la gata con un cordel, si tiene miedo
del grueso cordón que mueve las cortinas?
-Porque el cordón es una serpiente. Tiene calibre de
serpiente. La gata tiene miedo a las serpientes.
-¿Ha visto una serpiente?
Alain levantó sobre su mujer los ojos verdegrises, de
negras pestañas, que ella encontraba tan hermosos, tan «traicioneros».
-No, desde luego que no. ¿Dónde iba a verla?
-¿Entonces?
-Entonces, se la ha inventado. La ha creado. Tú también
tendrías miedo a las serpientes aunque jamás las hubieras visto.
-Sí, pero me lo han contado, las he visto en grabados.
Sé que existen.
-Saha también lo sabe.
-¿Cómo?
Le dirigió una sonrisa imperiosa:
-¿Cómo? Desde que nació, como las personas de clase.
-Entonces, ¿yo no soy una persona de clase?
Alain se suavizó, aunque sólo por conmiseración.
-¡Dios santo, no! Consuélate: tampoco lo soy yo. ¿No
crees lo que te digo?
Camille, sentada a los pies de su marido, le
contemplaba con los ojos mas grandes que tenía, los ojos de la nena de antaño,
que no quería dar «los buenos días».
-Está bien -dijo gravemente-, habré de creerte.
Todas las noches se quedaban a cenar en casa. «Por el
calor», decía Alain; «por causa de Saha», insinuaba Camille. Una noche, después
de la cena, Saha saltó a las rodillas de su amigo.
-¿Y yo...? -preguntó Camille.
-Tengo dos rodillas -repuso, tranquilamente, Alain.
Sin embargo, la gata no usó largo rato de su
privilegio. Misteriosamente advertida, regresó a la mesa de pulido ébano,
sentándose encima de su propio reflejo azulado, sumergida en un agua tenebrosa,
y nada en ella hubiera parecido insólito, a no ser la atención fija que prestaba
a los seres invisibles erguidos ante ella, en el aire.
-¿Qué mira? -preguntó Camille.
Estaba muy bonita todas las noches, a la misma hora,
con pijama blanco, los cabellos medio desengomados, alborotados en la frente,
muy morenas las mejillas bajo las capas de polvo que desde la mañana iba
superponiendo. A veces, Alain conservaba la indumentaria veraniega, sin chaleco;
empero Camille posaba en él unas manos impacientes, le quitaba chaqueta y
corbata, abríale el cuello, arremangaba las mangas de la camisa, mostraba y
buscaba la 'carne desnuda, y aunque Alain la motejaba de «desvergonzada», se
dejaba hacer. La joven reía dolorosamente, reprimiendo su deseo. Y era él quien
bajaba los ojos para ocultar una aprensión que no era exclusivamente voluptuosa:
«¡Qué estragos produce el deseo en esa cara...! ¡Tiene la boca. crispada! ¡Una
muchacha tan joven...! ¿Quién le ha enseñado a tomarme así la delantera?»
La mesa redonda, junto a un carrito con ruedas de
caucho, los reunía en el umbral de¡
estudio, cerca de la abierta puerta-ventana. Tres
elevados y vetustos álamos, restos de un hermoso jardín destruido, balanceaban
sus copas a la altura de la terraza, y el amplio sol poniente de París, rojo
oscuro, apagado de vapores, descendía detrás de sus flacas copas, de donde la
savia se retiraba.
La comida de madame Buque, que servía mal y cocinaba
bien, animaba el momento. Alain, refrescado, olvidaba el día, las oficinas de
Amparat y la tutela de monsieur Veuillet, y sus dos cautivas del belvédére le
agasajaban. «¿Me esperabas?», preguntaba al oído de Saha.
-¡Te he oído llegar! -exclamaba Camille-. ¡Desde aquí
se oye todo!
-¿Te aburrías? -le preguntó una noche, temeroso de que
no se atreviese a quejarse; pero ella sacudió su negro copete negativamente.
-¡Ni por asomo! He ido a casa de mi madre. Me ha
presentado la perla...
-¿Qué perla?
-La chica que va a ser mi doncella allá abajo. ¡Con tal
que el viejo Émile no le haga un crío! ¡Es una monada!
Reía arremangando en sus desnudos brazos las largas
mangas de crepé blanco antes de abrir el melón de carne roja en torno al cual
Saha daba vueltas; pero Alain no reía, estaba entregado al horror de imaginar
una criada nueva en su casa...
-¿Sí? Figúrate -le confesó- que mi madre, desde mi
infancia, nunca ha cambiado la servidumbre.
-¡Ya se ve! -dijo Camille tajante-. ¡Menudo museo!
Mordía una tajada de melón y reía cara al sol poniente.
Alain admiró sin ninguna simpatía especial con qué veracidad podía asomar al
rostro de Camille cierto resplandor de caníbal, el brillo de los ojos, de la
boca estrecha y una especie de monotonía italiana.
De todas maneras, todavía hizo un esfuerzo de
desinterés.
-Me parece que no ves mucho a tus amigas. Quizá
podrías...
-¿Qué amigas? -contestó ella impetuosamente-.
¿Pretendes hacerme comprender que te estorbo? ¿Quieres que me vaya a tomar el
aire? ¿Sí?
Alain frunció las cejas y chascó la lengua, y ella
cedió prestamente con plebeyo respeto hacia el hombre desdeñoso.
-Es verdad, de niña no tenía muchas amigas y... claro,
ahora... ¿Me imaginas con una muchachita? Tendría que tratarla como a una niña o
contestar a todas sus cochinas preguntas: «¿Y cómo se hace...? ¿Y qué te hace él
...?» Las chicas -explicó con un poco de amargura-, las chicas..., ¿sabes?, no
están muy unidas entre sí. No existe solidaridad.' No es como vosotros los
hombres...
-¡Perdón!, yo no soy uno-de-vosotroslos-hombres...
-¡Oh, ya lo sé! -dijo ella melancólicamente-, y a veces
me pregunto si no lo preferiría...
La melancolía raramente la afectaba, y sólo provenía de
una reticencia secreta o de una duda que no expresaba.
-Tú -prosiguió Camille-, aparte de Patrick, que se ha
marchado, no tienes muchos amigos. Y, en el fondo, estoy segura de que el mismo
Patrick te importa un pepino...
Se interrumpió ante un gesto desabrido de Alain.
-No hablemos de estas cosas -dijo ella con tacto- o nos
pelearemos...
Unos largos chillidos infantiles subían de la tierra
alcanzando en el aire el acerado silbido de las golondrinas.
Los hermosos ojos amarillos de Saha, invadidos poco a
poco por la gran pupila de la noche, contemplaban en el espacio puntos móviles,
invisibles y flotantes.
-Oye, ¿qué mira la gata? ¿Si no hay nada allá donde
mira...?
-Nada, para nosotros...
Alain evocaba, añoraba el ligero estremecimiento, el
delicioso temor que en otros tiempos le transmitía su gatita amiga cuando se le
tendía en el pecho por las noches...
-Supongo que no te dará miedo... -dijo condescendiente.
Camille estalló en risas como si no hubiera esperado
palabras tan insultantes.
-¿Miedo...? Tú sabes que tengo miedo de muy pocas
cosas.
-Eso es una contestación de niña tonta -repuso Alain
hostilmente.
-Digamos que sí -dijo Camille encogiéndose de hombros-.
Tú tienes miedo a las tormentas -y designó la violácea muralla de nubes que se
levantaba al propio tiempo que la noche-. Sí, eres como Saha -añadió-; no te
gusta la tormenta.
-A nadie le gustan las tormentas.
-A mí no me importan -dijo en tono de aficionado-. En
todo caso, no las temo mucho.
-Todo el mundo teme a las tempestades -dijo Alain,
hosco.
-Pues bueno, yo soy el mundo entero, ahí tienes.
-Sí para mí -repuso el muchacho con gracia súbita y
artificial que no la engañó.
-¡Oh! -refunfuñó bajito-. ¡Te pegaría con unas
ganas...!
Alain inclinó hacia ella, por encima de la mesa, sus
cabellos rubios, hizo brillar sus dientes.
-¡Pégame!
Sin embargo, ella se privó del placer de dispersar los
dorados cabellos, de ofrecer su brazo a la boca brillante.
-¡Tienes nariz de caballo! -le dijo ferozmente.
-Es la tempestad -contestó Alain riendo.
Estas sutilezas no complacieron a Camille, pero los
primeros fragores sordos del rayo desviaron su atención y tiró la servilleta
para salir a la terraza.
-Ven, veremos los relámpagos.
-No -contestó Alain sin moverse-, ven tú...
-¿Dónde?
Con la barbilla, indicó el dormitorio. En el rostro de
Camille apareció la expresión obstinada, la obtusa avidez que él conocía bien;
no obstante, vaciló.
-¿Y si primero viésemos un poco los relámpagos?
Alain hizo un gesto negativo. -¿Por qué, malo?
-Porque tengo miedo a la tormenta... Escoge: la
tempestad o yo.
-¡Oh, qué ocurrencia...!
Corrió al dormitorio con un movimiento fogoso que
enorgulleció a Alain, pero, al reunirse con ella, vio que, adrede, había
encendido un aplique de cristal luminoso cerca de la cama, y él lo apagó a
posta.
La lluvia entraba, tibia y agresiva, por los abiertos
ventanales, perfumada de ozono, mientras se apaciguaba. Camille, en brazos de
Alain, le daba a entender que hubiera deseado que, mientras la tempestad se
alejaba, de nuevo olvidara con ella su temor a la tormenta. Mas él contaba
nervioso los extensos relámpagos y los grandes árboles luminosos que se
levantaban contra las nubes, y se apartaba de Camille.
La joven se resignó, se apoyó sobre un codo alisando
con una mano la cabellera crepitante de su marido. Bajo las palpitaciones de los
relámpagos, sus rostros de yeso azul surgían y se abismaban en la noche.
-Bueno, esperemos que acabe la tempestad -accedió
Camille.
«¡Vaya! -se dijo Alain-. ¿Esto es lo que tiene que
decir después de una escaramuza que a fe que valió la pena? Lo menos que podía
hacer es no decir nada. Como dice Émile, la joven señora se hace oír.»
Un relámpago jadeante, largo como un sueño, se reflejó
como hoja de fuego en la gruesa plancha de cristal sobre el tocador invisible.
Camille apretó su pierna desnuda contra Alain.
-¿Lo haces para tranquilizarme? Ya sabemos que no
tienes miedo al rayo.
Levantaba la voz para dominar el cavernoso estruendo y
las cascadas de lluvia sobre el liso techo. Se sentía cansado e irritado, presto
a la injusticia, asustado de comprobar que ya no podría estar solo. Regresó
mentalmente, y con violencia, a su antigua habitación, empapelada de papel
blanco con flores descoloridas, la habitación que ninguna mano intentara
arreglar o afear. Su deseo fue tan ansioso, que el murmullo del viejo calorífero
mal ajustado siguió a la evocación de los ramilletes uniformes y claros,
murmullo y aliento de cueva seca, salido de una boca de labios de cobre
incrustada en el parquet. Murmullo que se unía al de la casa entera, cuchicheo
de los viejos criados acartonados por el uso; inhumados de medio cuerpo en el
sótano y a los que el jardín ya no tentaba. «Hablando de mi madre, decían
"ella"; pero desde que me puse los primeros pantalones, yo fui "monsieur Alain".
El retumbo seco de un trueno le sacó del breve sueño en
que yacía tras el placer. Inclinada encima de él, acodada, su joven esposa
permanecía inmóvil.
-Me gustas mucho cuando duermes -le dijo-. Ya se aleja
la tormenta.
Alain interpretó la frase como una insinuación, y se
sentó en la cama.
-Voy a hacer lo mismo -dijo-. ¡Qué humedad! Me voy a
dormir al banco de la sala de espera.
Llamaban así al estrecho diván, único mueble de una
pequeña habitación-pasillo con paredes de cristal que Patrick destinaba a
sesiones de helioterapia.
-¡Oh, no! ¡Oh, no! -suplicó Camille-. Quédate...
Pero Alain ya se deslizaba fuera de la cama. Los
enormes fulgores entre los nubarrones revelaron el duro rostro ofendido de
Camille.
-¡Uf, qué hombrecillo!
Y con esta frase que no se esperaba, le tiró de la
nariz. Con un revés de brazo, que no pudo contener y no lamentó, Alain abatió la
mano irrespetuosa. Una súbita tregua del viento y de la lluvia los dejó solos en
medio del silencio y como sordos. Camille se frotaba la mano dolorida.
-¡Vaya...! -dijo por fin-. ¡Vaya..., eres un animal!
-Es posible -repuso Alain-. No me gusta
que me toquen la cara. ¿No tienes suficiente con todo
lo demás? No me toques nunca la cara.
-Vaya que sí -repitió Camille lentamente-, eres un
animal...
-No lo repitas demasiado... Aparte de esto, no te
guardo rencor. Sólo que debes tener cuidado. -Volvió a meter en la cama la
pierna derecha.- ¿Ves ese cuadrado gris en la alfombra? Es el amanecer. ¿Quieres
que durmamos?
-Sí, sí quiero... -contestó Camille con voz vacilante.
-Entonces ven...
Extendió el brazo para que apoyara la cabeza, y ella se
aproximó dócilmente, con una cortesía circunspecta. Alain, satisfecho de sí
mismo, la sacudió amistosamente, la atrajo por el hombro; sin embargo, la
mantuvo alejada, por lo que pudiera ser, doblando un poco las rodillas, y no
tardó en dormirse. Camille, despierta, respiraba sin abandono y volvía la vista
a la cuadrícula blanquecina de la alfombra. Oyó cómo los pájaros festejaban el
final de la tormenta en los tres álamos, cuyo susurro imitaba el aguacero.
Cuando Alain, al cambiar de posición, retiró el brazo, recibió de su marido una
caricia inconsciente que, deslizándose tres veces por su cabeza, parecía
habituada a alisar un pelo más suave que sus suaves cabellos negros.
Hacia finales de junio fue cuando se estableció la
incompatibilidad como una nueva estación, con sus sorpresas y, a veces, sus
encantos. Alain la aspiraba como áspera primavera aparecida en pleno verano. Su
repugnancia a procurar lugar para la muchacha extraña en la casa natal la
llevaba dentro de sí mismo, disimulándola sin esfuerzos, agitándola y
conservándola misteriosamente con soliloquios y mediante la disimulada
contemplación de la nueva residencia conyugal. Un día de calor gris, Camille,
fatigada, exclamó en lo alto de su pasarela del viento abandonada:
-¡Ah, plantémoslo todo! Cojamos el cacharro y
larguémonos a remojarnos en alguna parte, ¿quieres, Alain?
-Conforme -repuso éste con rapidez cautelosa-. ¿Dónde
vamos...?
Tuvo paz mientras Camille enumeraba playas y nombres de
hoteles. Con la vista fija en una Saha postrada y lacia, aprovechaba la
oportunidad de reflexionar y decidir: «No, no quiero viajar con ella. No, no me
atrevo. Estoy dispuesto a pasearme como ahora lo hacemos, a regresar tarde por
las noches. Y nada más. No quiero veladas en el hotel, veladas en un casino,
veladas... -Se estremeció.- Pido un poco de tiempo, reconozco que me cuesta
mucho acostumbrarme, que tengo un carácter extraño, que... Pero, ¡no!, no quiero
irme con ella.» Tuvo un estremecimiento de vergüenza al observar que decía
«ella», como Émile y Adéle al hablar en voz baja de «madame».
Camille compró mapas de carretera y jugaron a viajar a
través de una Francia desplegada en pedazos sobre la mesa de pulido ébano que
reflejaba sus rostros inversos y desleídos.
Sumaron kilómetros, denostaron al coche, cordialmente
se increparon y se sintieron animados, casi rehabilitados por una olvidada
camaradería. Pero unos aguaceros tropicales sin ráfagas de viento anegaron los
últimos días de junio y las terrazas del Quart-de-Brie.
Saha, resguardada tras las vidrieras cerradas,
contemplaba serpentear entre los mosaicos unos arroyuelos llanos que Camille
secaba pisoteando toallas. El horizonte, la ciudad, el aguacero, adquirían el
color de las nubes preñadas de un agua inagotable.
-¿Quieres que tomemos el tren? -insinuó Alain con voz
suave.
Había previsto que Camille saltaría ante la odiada
palabra, y, en efecto, saltó y blasfemó.
-Temo -añadió Alain- que te estés aburriendo. Tantos
viajes como nos habíamos prometido...
-Esos hoteles de verano..., esos restaurantes con
moscas... Esos mares con bañistas -prosiguió ella quejumbrosamente-. Verás,
tenemos la costumbre de rodar, pero lo que en el fondo sabemos es correr por la
carretera, y esto no es viajar.
La vio un poco triste y la besó fraternalmente, mas
ella se volvió, mordiéndole en la boca y debajo de la oreja, y, una vez más,
recurrieron al entretenimiento que acorta las horas y arrastra los cuerpos a
lograr fácilmente el placer amoroso. Alain se fatigaba. Cuando cenaba con
Camille en casa de su madre y reprimía los bostezos, madame Amparat bajaba la
vista y Camille reía con una risita satisfecha, engallada. Notaba orgullosamente
la costumbre que Alain adquiría de usar de ella, hábito casi arisco, rápido
cuerpo a cuerpo del que luego la rechazaba jadeante para ganar el lado fresco de
la cama des cubierta.
Camille le iba a buscar ingenuamente y él no se lo
perdonaba, aunque silenciosamente volviera a ceder. A este precio podía él
buscar en paz el origen de lo que llamaba su incompatibilidad. Tenía la sensatez
de situarla fuera de las frecuentes posesiones. Lúcido, -ayudado por el
agotamiento, remontaba a los recovecos donde la enemistad entre el hombre y la
mujer se conserva fresca y no envejece nunca. A veces ella se le descubría en
una región insignificante donde dormía como un inocente a pleno sol. Por
ejemplo, se sorprendió hasta el escándalo al darse cuenta de lo morena que era.
En la cama, acostado detrás de ella, espiaba los cortos cabellos de la nuca
afeitada, en hileras como púas de erizo dibujadas en la piel cual orográficos
trazos, los más cortos azules y visibles debajo de la piel fina antes de que
cada uno emergiera por un pequeño poro ennegrecido.
«¿Nunca poseí a una mujer morena? -se preguntaba-. ¡Dos
o tres negritas no me han dejado un recuerdo tan moreno!» Y tendía a la luz su
propio brazo, normalmente blancoamarillo, brazo de rubio salpicado de vello de
oro verde, irrigado por vetas color jade. Comparaba su propia cabellera con los
silvos de reflejos violeta que dejaban percibir en Camille, entre las
crispaciones de algas y los tallos paralelos de una abundancia exótica, la
extraña blancura de la epidermis.
La vista de un fino cabello muy negro pegado en el
borde de una palangana le produjo náuseas, luego varió su ligera neurosis y,
abandonando los matices, se dedicó a la forma. Teniendo abrazado, apaciguado, el
cuerpo juvenil cuyas sombras precisas le velaba la noche, Alain censuraba que un
espíritu creador, tan riguroso como en otro tiempo fuera el de su nurse inglesa
-«no más ciruelas que arroz, my hijito; no más arroz que pollo»-, hubiera
modelado suficientemente a Camille aunque sin dejar nada a la fantasía o la
prodigalidad. Llevaba su censura y su sentimiento al vestíbulo de sus sueños
durante el incalculable instante reservado al paisaje negro, animado de ojos
convexos, de peces de griegas narices, de lunas y barbillas. Allí deseó que unas
caderas 1900, libremente desarrolladas debajo de un talle esbelto, compensaran
la ácida pequeñez de los senos de Camille. Otras veces, medio dormido, transigía
y prefería un busto enorme, una movible y doble monstruosidad de carne, de
irritables cimas. Tal sed, que nacía y sobrevivía del sensual abrazo, no se
enfrentaba con la luz del día ni con el despertar total, únicamente poblaba un
istmo estrecho entre la pesadilla y el sueño voluptuoso.
La extraña, llena de ardor, exhalaba el aroma de la
madera mordida por la llama, el abedul, la violeta, todo un ramillete de
perfumes dulces, sombríos, tenaces, que permanecían largo tiempo impregnados en
las palmas de la mano. Estas fragancias exaltaban contradictoriamente a Alain, y
no siempre engendraban el deseo.
-Eres como el perfume de las rosas -le dijo un día a su
mujer-, quitas el apetito. Camille le miró indecisa, con el aire un poco torpe y
desgarbado con que acogía las alabanzas ambiguas.
-¡Qué 1830 eres! -murmuró.
-Menos que tú. Sé a quién te pareces.
-A Marie Dubas. Ya me lo han dicho.
-¡Gran error, hija mía! Te pareces, dejando de lado los
bandos, a todas las que han llorado en lo alto de una torre, bajo Loïsa Puget.
Lloraban encima de la primera página de los romances con tus-mismos grandes y
convexos ojos griegos y tenían el mismo borde espeso del párpado que hace saltar
las lágrimas a las mejillas.
Los sentidos, uno tras otro, engañaban a Alain y
condenaban a Camille. Él tuvo que admitir que, por lo menos, ella sabía recibir
con buenos modos, a quemarropa, ciertas palabras que le brotaban secamente,
palabras menos de gratitud que de provocación, en la hora en que, tendido en el
suelo, la medía con una mirada ahogada entre las pestañas y apreciaba, sin
indulgencia ni miramientos, los méritos nuevos, la llama un poco monótona, pero
ya sabiamente egoísta, de una joven desposada y sus aptitudes particulares.
Eran aquellos instantes de franco resplandor, de
certidumbre, cuyo semisilencio de pugilato, angustia de cuerda tendida, y
equilibrio peligroso, a Camille le gustaba prolongar.
La joven, sin tener una profunda malicia, no se daba
cuenta de que, a medias engañado por los retos interesados, los patéticos
llamamientos e incluso un nuevo cinismo polinésico, cada vez su marido la poseía
por última vez. Se adueñaba de ella como si le pusiera una mano en la boca para
impedirle gritar o como si la agrediese.
Al detallarla, vestida, vertical, sentada a su lado en
el roadster, ya no descubría lo que la hizo su peor enemiga, pues al recobrar el
aliento, al oír cómo disminuían los latidos de su corazón, dejaba de ser el
dramático mozuelo que antes de derribar a su compañera se desnudaba, y el breve
protocolo voluptuoso, las preocupaciones gímnicas, la gratitud simulada o real,
retrocedían a la categoría de lo acabado, de lo que sin duda nunca volvería a
ser. Entonces renacía la mayor preocupación, que él aceptaba como natural y
honorable, la cuestión que, por haberlo largamente merecido,' recuperaba su
lugar, el primer lugar: «¿Cómo evitar que Camille habite en Mi casa?»
Pasado el período de hostilidad contra las obras, puso
de buena fe su esperanza en el retorno al hogar natal, en el apaciguador arreglo
de una existencia a ras de suelo que en todo momento se apoye en la tierra, en
lo que la tierra da.
«Aquí sufro el mal de las alturas. ¡Ah! -suspiraba-, la
parte inferior de las ramas..., el vientrecillo de los pájaros... -Y concluía
severo-: La sinfonía pastoral no es solución», y recurrió a su indispensable
aliada, la mentira.
Una tarde de fuego puro que fundía el asfalto fue a su
feudo, en torno al cual Neuilly no era sino calles desiertas, vacíos tranvías de
julio y jardines donde los perros bostezaban. Antes de dejar a Camille instaló a
Saha en la terraza más fresca del Quart-de-Brie, vagamente inquieto, como cada
vez que dejaba juntas, solas, a sus dos hembras.
La casa y el jardín dormían, y la puertecita de hierro
no chirrió. Unas rosas demasiado abiertas, las adormideras rojas, los primeros
cañacoros con gargantas de rubíes y los dragones sombríos, ardían en ramos
aislados en el césped. En un flanco de la casa se abrían la puerta nueva y dos
ventanas en un pequeño edificio de planta baja, nuevecito. «Todo está
terminado», comprobó Alain. Caminaba cuidadosamente, como en sueños, hollando
levemente la hierba.
Se detuvo ante el murmullo de voces que subía del
sótano y, distraídamente, se puso a escuchar. Eran las viejas voces bien
conocidas -servilismo, gruñidos de ritual-, las viejas voces que en otro tiempo
decían «ella» y «monsieur Alain» y que halagaban en el hombrecillo rubio, la
débil forma varonil, su aguijón infantil. «Yo era un rey», se dijo Alain
sonriendo con tristeza.
-Entonces, ¿ella vendrá pronto a dormir aquí? -preguntó
claramente una de las viejas voces.
«Es Adéle» se dijo Alain. Apoyado en la pared, escuchó
sin escrúpulos.
-Claro que sí -dijo Émile con voz temblona-. Ese
departamento está muy mal ideado.
La camarera, una vasca canosa y barbuda, intervino.
-¡Y de qué manera! Uno se entera de todo lo que pasa en
los waters desde el cuarto de baño. A monsieur Alain no le va a parecer muy
divertido...
-Ella dijo, la última vez que vino, que ella no
necesitaba cortinas en la salita, puesto que no hay vecinos que den al jardín.
-¿No hay vecinos? ¿Y nosotros, si vamos al lavadero?
¡Qué cosas veremos cuando ella esté con monsieur Alain!
Alain adivinó unas risas ahogadas, y el vetusto Émile
siguió en el uso de la palabra.
-¡Oh!, no se verá tanto como cree... Más de una vez le
darán un chasco. Monsieur Alain no es de los que se revuelcan así como así en
los divanes a todas las horas del día y de la noche.
Hubo una pausa, sólo llegó a oídos de Alain el ruido de
una hoja sobre la piedra de afilar; no obstante, permaneció al acecho junto a la
pared cálida, buscando vagamente con la mirada, entre un geranio abrasador y el
verde mordiente del césped, el pelaje piedra de luna de Saha.
-Encuentro -dijo Adéle- que el perfume que ella se pone
marea mucho.
-Y sus trajes -encareció Juliette, la vasca-; la manera
que tiene de vestirse no es de gran modista. Por lo descocada, más bien parece
una artista. Y nos va a traer, me parece, como doncella a una que creo que viene
de un orfanato o algo mucho peor...
Cayó la hoja de una ventana, se apagaron las voces.
Alain se sentía vil, un poco tembloroso y respiraba como hombre a quien los
asesinos perdonan. No estaba sorprendido ni indignado. Entre la forma como él
juzgaba a Camille y el rigor de los jueces del sótano, la diferencia era
insignificante. De todas maneras, el corazón le latía apresuradamente por haber
escuchado con bajeza y no ser castigado, y por recoger adhesiones de
partidarios, de cómplices sin pacto. Se secó la cara, aspiró el aire
profundamente como si aquella vaharada de unánime misoginia, aquel incienso
pagano dedicado al único príncipe masculino, lo hubiese dejado aturdido. Su
madre, que, al despertar de la siesta, bajaba las persianas de su cuarto, le vio
de pie, la mejilla todavía apoyada en la pared. Y le llamó, sin ninguna
alharaca, como madre sensata:
-¡Eh, hijo mío! ¿No estarás malo?
Alain le tomó las manos por encima del antepecho de la
ventana como si fuese un enamorado.
-En absoluto, mamá... He venido dando un paseo.
-Es una buena idea.
Madame Amparat no creía lo que su hijo decía; no
obstante, se sonreían mintiéndose uno al otro.
- ¿ Podría pedirte un pequeño favor, mamá?
-Apuesto a que es un pequeño favor de dinero. Desde
luego, este año no estáis muy bien provistos, hijos míos.
-No, mamá... Por favor, quisiera que no. dijeses a
Camille que he venido hoy. Como he venido sin motivo, quiero decir sin ningún
otro motivo que darte un beso, valdría más... No, no es todo. Quisiera que me
dieses un consejo. De ti para mí, ¿verdad?
Madame Amparat bajó los ojos, se revolvió la rizada
cabellera blanca, intentó alejar la confidencia.
-Ya sabes que no soy charlatana... Me has sorprendido
sin peinar, parezco una vieja gitana... ¿No quieres entrar al fresco?
-No, mamá... ¿Crees que existe un medio (es algo que me
tiene obsesionado), un medio amable, naturalmente, agradable para todo el
mundo..., un medio de impedir que Camille venga a vivir aquí?
Estrechaba las manos de su madre; esperaba el
estremecimiento o la huida; pero permanecieron frías y suaves entre las suyas.
-Son ocurrencias de recién casado -dijo confusa.
-¿Qué?
-Sí, entre recién casados, las cosas van muy bien o van
muy mal. Y no sé qué es mejor. Sea como fuere, siempre pasa algo.
-Pero, mamá, si no es eso lo que te pregunto; te
pregunto si no habría forma...
Por vez primera, perdía la serenidad frente a su madre.
No le ayudaba, y, malhumorado, apartó la cara.
-Hablas como un niño. Con este calor corres por las
calles y, después de una disputa, vienes a hacerme unas preguntas... no sé...
preguntas que sólo tienen respuesta en el divorcio... o en la separación... o
sabe Dios en qué...
En cuanto hablaba se sofocaba, y Alain se reprochó
verla acalorada, sin aliento, por unas pocas palabras. «Basta por hoy», opinó
prudentemente.
-No hemos regañado, mamá... Es más bien que... no me
acostumbro a la idea..., que no quisiera ver...
Con un amplio ademán confuso señaló el jardín que les
rodeaba, el verde estanque del césped, la alfombra de pétalos bajo los rosales
en arcos, una nube de abejas encima de la hiedra en flor, la casa fea y
reverenciada.
La mano que conservaba en una de las suyas se cerró, se
endureció un puñito, y él besó bruscamente la mano sensible. «Mamá, basta por
hoy. »
-Me voy, mamá... Mañana te llamará por teléfono
monsieur Veuillet sobre la cuestión de la baja de acciones... ¿Tengo mejor cara,
mamá?
Alzaba los ojos verdecidos por la sombra del
tulipanero, echaba hacia atrás su rostro, que contrajo por costumbre, por
ternura y por diplomacia, dándole la antigua expresión infantil. Un parpadeo
para embellecer los ojos, una sonrisa de seducción, en los labios una mueca. La
mano maternal se entreabrió, pasó por el antepecho de la ventana, alcanzó y
palpó encima de Alain los puntos débiles y conocidos, el omoplato, el bocado de
Adán, la parte alta del brazo..., y la respuesta sólo llegó tras el gesto.
-Un poco mejor... sí, diría que tienes mejor cara...
«La he complacido rogándole que oculte algo a Camille.
» Y, recordando la última caricia maternal, se apretó el cinturón bajo la
chaqueta. «He adelgazado, he adelgazado. No hago más ejercicio físico, no haré
otro ejercicio físico que el amor.»
Iba ligeramente ataviado, vestido según la estación, y
la brisa refrescante le secaba, ahuyentando delante de él el amargo perfume de
su rubio sudor, pariente del ciprés negro. Dejaba inviolado su baluarte natal,
intacta su subterránea cohorte, y el resto del día transcurriría fácilmente. Sin
duda, sentado hasta medianoche al lado de Camille, inofensiva, bebería en el
coche la brisa nocturna, ya silvestre entre los robledos bordeados de cenagosas
zanjas, ya seca y oliendo a trigo. «Y recogeré grama para Saha.»
Se reprochó con vehemencia la suerte de la gata, que
vivía tan silenciosamente en lo alto del belvédére. «Está como si fuera su
propia crisálida, y es por mi culpa.» A la hora de los juegos conyugales, se
esfumaba tan perfectamente, que Alain nunca la había visto en la habitación
triangular. Comía lo estrictamente necesario, perdía su idioma variado, sus
exigencias, y prefería a todo la larga espera. «Otra vez me espera tras unos
barrotes... Me espera. »
Al llegar al rellano, oyó la voz sonora de Camille a
través de la puerta cerrada.
-¡Es esa condenada porquería de bestia!. ¡Que reviente,
santo cielo! ¿Qué...? No, madame Buque... cuando usted diga... ¡Me importa un
rábano! ¡Me importa un rábano!
Distinguió aún más palabras injuriosas, giró suavemente
la llave en la cerradura, aunque no pudo consentir, una vez franqueado su propio
umbral, seguir escuchando sin ser visto. «¿Una condenada porquería de bestia?
¿Qué bestia? ¿Una bestia en casa?»
Camille, en el estudio, con un pequeño pullover sin
mangas, una boina de tricot milagrosamente asentada en el occipucio, se calzaba
rabiosamente las manos desnudas con unos guantes de manopla, y pareció
estupefacta ante la aparición de su marido.
-¿Eres tú...? ¿De dónde sales?
-No salgo, entro. ¿Con quién te metías?
La joven eludió el obstáculo, y atacó a Alain mediante
un hábil quite.
-Has llegado muy oportuno, por una vez que llegas a la
hora. Estoy lista, te estaba esperando.
-No me esperabas, puesto que llego a la hora. ¿Con
quién te metías? Te he oído decir condenada porquería de bestia... ¿Qué bestia?
Camille parpadeó ligeramente aunque siguió sosteniendo
la mirada de Alain.
-¡El perro! -gritó-, el condenado perro de abajo. El
perro de la mañana y la noche. Le vuelve-' a dar... ¿No le oyes ladrar...?
Presta atención.
Ordenó silencio con el dedo levantado y Alain tuvo
tiempo de ver que el dedo enguantado estaba temblando. Cedió a una ingenua
necesidad de veracidad.
-Figúrate, creía que hablabas de Saha.
-¿Yo? -exclamó Camille-. ¿Hablar de Saha en ese tono?
No me iba a arriesgar
a semejante cosa. ¡Menuda se me vendría encima! Bueno,
¿vienes de una vez? ¿Vienes?
-Saca tú el coche, me reuniré contigo abajo. Voy por un
pañuelo y un pullover.
Lo primero que hizo fue buscar a la gata, y en la
terraza más fresca, cerca de la butaca de lona donde Camille dormía a veces por
las tardes, sólo. vio pedazos de cristal roto, que se quedó mirando con estúpida
expresión interrogativa.
-La gata está conmigo, señor -dijo la voz aflautada de
madame Buque-. Le gusta mucho mi taburete de paja. Se afila en él las uñas.
«¡En la cocina! -pensó dolorosamente Alain-. Mi pumita,
mi gata de los jardines, mi gata de las lilas y los abejorros, ¡en la cocina!
¡Ah, todo esto cambiará!»
Besó a Saha en la frente, le cantó quedo algunos
versículos de ritual y le prometió grama y flores de acacia azucarada. Sin
embargo, se dio cuenta de que la gata y madame Buque estaban poco naturales, en
particular madame Buque.
-Vendremos o no vendremos a cenar, madame Buque. ¿Tiene
la gata todo lo que le hace falta?
-Sí, señor, sí; sí, señor -dijo madame Buque
precipitadamente-. Hago todo lo que puedo, se lo aseguro al señor...
La obesa mujer, que estaba sofocada y parecía próxima
al llanto, pasó por el lomo de Saha una mano amistosa y torpe. Saha arqueó el
lomo y profirió un ligero «miaumiau», expresión de gato pobre y tímido, que
llenó de tristeza el corazón de su amigo.
El paseo fue más agradable de lo que él esperaba.
Camille, sentada al volante, ágil la vista, pies y manos coordinados, le llevó
hasta la loma de Monfort-l'Amaury.
-¿Cenamos fuera, Alain, cariño mío?
Le sonreía de perfil, como siempre bella al crepúsculo,
morena y transparente la mejilla, con la misma resplandeciente nitidez en el
rabillo del ojo y los dientes. En el bosque de Rambouillet bajó el parabrisas, y
el viento llenó los oídos de Alain con un rumor de hojas y aguas vivas.
-¡Un conejito! -gritaba Camille-. ¡Un faisán!
-¡Otro conejo! Un poco más y...
-Ese no sabe la suerte que ha tenido...
-Tienes un hoyuelo en la mejilla como en tus fotos de
niña -dijo Alain, que se animaba.
-No me hables, me estoy volviendo enorme -le respondió
Camille encogiéndose de hombros.
Alain acechó el retorno de la risa y el hoyuelo, y su
atención descendió hasta la garganta robusta, limpia de todo collar de Venus,
garganta inflexible y redonda de hermosa negra blanca. «Sí, ha engordado. De la
forma más seductora, por lo demás, pues también sus senos... sí ... » Volvió a
reflexionar y tropezó, mohíno, con el antiguo agravio varonil: «Engorda de
amar... Engorda a mi costa. » Se pasó una mano celosa bajo su chaqueta, se tentó
las costillas y dejó de admirar el hoyuelo y la infantil mejilla.
No obstante, sintió un estremecimiento de vanidad un
poco más tarde, al sentarse a la mesa de un renombrado hostal, cuando los
comensales inmediatos se abstuvieron de hablar y comer para contemplar a
Camille. Y cambió con su mujer la sonrisa, el gesto de barbilla, todo el
artificio de coquetería adecuado a la «bonita pareja».
Fue para él solo, empero, para quien Camille atenuó el
sonido de su voz, mostró algo de languidez y tuvo unas atenciones que no eran
para la «galería». En cambio, Alain le tomó de las manos la fuente de tomates
crudos y la cestilla de las fresas, insistió en que se sirviera pollo a la
crema, y le escanciaba un vino que a ella no le gustaba mucho, pero que bebía
aprisa.
-Sabes que no me gusta el vino -repetía cada vez que
vaciaba el vaso.
El sol poniente no se llevaba la luz del cielo casi
blanco, con nubecillas aborregadas de un matiz rosa oscuro. Sin embargo, del
bosque, erguido y macizo, tras las mesas del hostal, parecían salir juntos la
noche y el fresco. Camille posó su mano sobre la de Alain.
-¿Qué? ¿Qué? ¿Qué hay? -dijo asustado.
Camille retiró la mano, sorprendida. El poco vino que
había bebido reía húmedo en sus pupilas, donde brillaba la imagen pequeñita y
oscilante de los globos rosa colgados de la pérgola.
-¡Nada! ¡Vaya, nervioso como un gato! ¿ Está prohibido
poner mi mano sobre la tuya?
-Creí -confesó cobardemente-, creí que querías decirme
algo grave... Creía -dijo de un tirón- que me ibas a decir que estabas
embarazada.
La risita aguda de Camille atrajo sobre ella la
atención de los hombres sentados cerca de ellos.
-¿Y te ha trastornado hasta ese punto? ¿Era alegría
o... fastidio?
-Francamente, no lo sé... A ti, ¿qué efecto te haría?
¿Contenta? ¿Descontenta? Hemos pensado tan poco en ello... Yo, por lo menos...
Pero, ¿de qué te ríes?
-De tu cara... De repente, has puesto cara de
condenado... Es muy divertido... Se me van a despintar las pestañas...
Se levantaba con los dos índices las pestañas de los
párpados.
-No es divertido, es serio -dijo Alain; gozoso por
haberla engañado. «De todas maneras, ¿por qué he tenido tanto miedo?», pensaba.
-Sólo es serio -dijo Camille- para la gente que no
tiene casa, o sólo dos habitaciones; pero nosotros...
Serena, equilibrada en el optimismo por el vinillo
traidor, fumaba y hablaba como si estuviese sola, apoyada de costado en la mesa,
cruzadas las piernas.
-Bájate la falda, Camille.
No le oyó y prosiguió:
-Tenemos lo esencial para un chico: un jardín, y menudo
jardín. Y una habitación de sueño, con su cuarto de baño.
-¿Una habitación?
-Tu antiguo dormitorio, que se pintará. Ahora bien, vas
a tener la amabilidad de no elegir un friso de patitos y abetos de los Vosgos
sobre un fondo azul celeste; eso pervertiría el gusto de nuestra descendencia.
Alain se guardó de interrumpirla. Con las mejillas
encendidas, hablaba con abandono, contemplaba a lo lejos lo que planeaba. Jamás
la había visto tan hermosa. La base de su cuello, una columna sin pliegues,
manojo de músculos recubiertos, atraía su atención, igual que las naricillas,
que exhalaban nubes de humo. «Cuando la complazco... y aprieta la boca, respira
dilatando la nariz como un caballito... »
Oyó caer de los enrojecidos y desdeñosos labios
predicciones tan absurdas que dejaron de atemorizarle. Camille avanzaba
tranquilamente con su vida de mujer entre los escombros |