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A María
Siendo ya el retrato de usted el
mejor adorno de esta obra, yo deseo que su nombre sea aquí como la rama de
boj que, tornada en árbol ignorado, pero santificada y bendita por la
religión y renovada sin cesar por manos piadosas, sirve para proteger la
casa.
DE BALZAC |
En algunos pueblecitos de provincias se encuentran
casas cuya vista inspira una melancolía igual a la que provocan los claustros
más sombríos, las landas más desiertas o las ruinas más tristes. Y es que sin
duda participan a la vez esas casas del silencio del claustro, de la aridez de
las landas y de los despojos de las ruinas: la vida y el movimiento son en ellas
tan reposados, que un extranjero las creería deshabitadas si no encontrase de
pronto la mirada fría y sin expresión de una persona inmóvil, cuyo rostro medio
monástico asoma por una ventana al oír el ruido de pasos desconocidos. Este
aspecto melancólico lo posee un edificio situado en Saumur, al extremo de la
calle montuosa que conduce al castillo por la parte alta de la villa. Esta
calle, que se ve ahora poco frecuentada, cálida en verano, fría en invierno y
obscura en algunos parajes, es notable por la sonoridad de su empedrado, que
está siempre limpio y seco; por la estrechez de su vía tortuosa y por la paz de
sus casas, que pertenecen a la villa antigua y que dominan las murallas. Unas
habitaciones tres veces seculares y sólidas aún a pesar de haber sido
construidas con madera, y los diversos paisajes que ofrecen, contribuyen a dar
originalidad a aquella parte de Saumur, que es tan interesante para anticuarios
y artistas. Es difícil pasar por delante de estas casas sin admirar sus enormes
vigas, cuyos extremos forman extrañas figuras y que coronan de un bajo relieve
negro el piso bajo de la mayor parte de ellas. Aquí, piezas de madera
transversales están cubiertas con pizarra y dibujan líneas azules en las
frágiles paredes de un edificio cubierto por un tejado formado de pontones que
los años han encorvado, y de tablones podridos y alabeados por la acción
alternativa del sol y de la lluvia; allá, se ven alféizares de ventana viejos y
ennegrecidos, cuyas delicadas esculturas apenas se ven y que parecen muy
estrechos a juzgar por el tiesto de arcilla negra de donde brotan las plantas de
clavel o de rosal de alguna pobre obrera; y más lejos, puertas provistas de
enormes clavos con los cuales trazaron nuestros antepasados los jeroglíficos
domésticos cuyo sentido no se conocerá nunca. Tan pronto se ven allí los
caracteres con que un protestante hizo constar su fe, como aquellos con que un
partidario de la Liga manifestó su odio a Enrique IV, sin faltar tampoco los del
burgués que grabó allí las insignias de su nobleza parroquial, la gloria
de su olvidada regiduría. En estas huellas se ve la historia entera de Francia.
Al lado de la frágil casa construida con ripios y cascote donde el artesano
deificó sus herramientas, se levanta el palacio de un noble sobre cuya puerta
con dintel de piedra se ven aún algunos vestigios de su escudo y armas,
destrozados por las diversas revoluciones que desde 1789 agitaron el país. En
esta calle, los pisos bajos de los comerciantes no son ni tiendas ni almacenes,
y los aficionados a antigüedades podrán ver en ellos el taller de nuestros
abuelos en toda su primitiva sencillez. Estas salas bajas, que no tienen
delantera, ni rótulo, ni escaparate, son profundas y obscuras y carecen de
adornos exteriores e interiores. Su puerta está dividida en dos partes
toscamente herradas, de las cuales, la superior se abre interiormente, y la
inferior, provista de una campanita con resorte, se abre y se cierra a placer.
El aire y la luz penetran en aquella especie de antro húmedo ya por la parte
superior de la puerta, o ya por el hueco que hay entre el techo y el paredón de
un metro de altura, al que se adaptan unas sólidas ventanas que se quitan por la
mañana y se colocan por la noche, sujetándolas con flejes de hierro provistos de
sus correspondientes pernos. El paredón sirve al comerciante para colocar sus
mercancías. Allí no se conoce el charlatanismo. Con arreglo a las costumbres del
comercio, las muestras consisten en dos o tres cubetas llenas de sal y de
bacalao, en algunos paquetes de tosca tela, en cuerdas, en latón colgado de las
vigas del techo, en aros a lo largo de las paredes y en algunas piezas de paño
en los estantes. Ahora, entrad. Una joven limpia, radiante de juventud, de
brazos rojos y cubierta con blanca toquilla, deja de hacer calceta y llama a su
padre o a su madre, que acude, y os vende flemática, complaciente o
arrogantemente, según su carácter, lo mismo diez céntimos que veinte mil francos
de mercancías. Allí podéis ver un comerciante de duelas sentado a su puerta y
dando vueltas a los pulgares mientras habla con su vecino; y, a juzgar por las
apariencias, diréis que no posee más que malas duelas y tres paquetes de latas;
pero en el puerto, su taller, lleno, provee a todos los toneleros de Anjou, y,
duela más, duela menos, este hombre puede deciros para cuántos toneles tendrá si
la recolección es buena: un rayo de sol le enriquece, una tormenta le arruina, y
en una sola mañana puede ponerse a once francos el tonel que sólo vale seis. En
este país, como en Turena, las vicisitudes de la atmósfera influyen en la vida
comercial. Viñeros, propietarios, comerciantes en maderas, toneleros, posaderos,
marineros, en una palabra, todos están allí al acecho de un rayo de sol, y
tiemblan al acostarse ante la idea de que al despertar pueda encontrarse todo
helado; temen la lluvia, el viento, la sequía, y quieren agua, calor y nubes a
su gusto. En aquel país hay un duelo constante entre el cielo y los intereses
materiales, y el barómetro entristece y alegra sucesivamente la fisonomía de sus
habitantes. Las palabras: «¡Vaya un tiempo hermoso!» corren de puerta en puerta
de un extremo a otro de aquella calle que antaño se llamaba la calle Mayor, y
todo el mundo dice a su vecino que llueven luises de oro, dando a entender con
esto que saben lo que un rayo de sol o lo que una lluvia oportuna les vale. Los
sábados por la tarde, durante el buen tiempo, os sería imposible adquirir cinco
céntimos de mercancía en las tiendas de estos honrados industriales, pues todos
tienen su viña o su quinta y se van a pasar dos días al campo. En este pueblo,
como lo tienen todo previsto, es decir, compra, venta y ganancias, los
comerciantes pueden emplear de las doce horas del día, diez en alegres giras, en
observaciones, comentarios y continuos espionajes. Allí, una mujer no compra una
perdiz sin que los vecinos pregunten al marido al día siguiente si estaba bien
aderezada. Una joven no asoma la cabeza a su ventana sin que sea vista por todos
los grupos de ociosos. De modo que en aquel paraje las conciencias están a la
luz del día, del mismo modo que carecen de misterios aquellas casas
impenetrables, negras y silenciosas. La vida se hace casi al aire libre: cada
familia se sienta a su puerta y almuerza, come y disputa allí. No pasa nadie por
la calle que no sea estudiado. Así es que antaño, cuando un extranjero llegaba a
un pueblo de provincias, era objeto de burlas continuas de puerta en puerta, y
de ahí provienen los buenos cuentos y el sobrenombre de burlones que se da a los
habitantes de Angers, que se distinguen por su mucha gracia. Los palacios
antiguos de la antigua villa están situados en la parte más elevada de aquella
calle, habitada antaño por los hidalgos del país. La casa llena de melancolía
donde se desarrollaron los acontecimientos de esta historia, era precisamente
uno de estos edificios, resto venerable de un siglo en que las cosas y los
hombres tenían ese carácter sencillo que las costumbres francesas van perdiendo
a pasos agigantados. Después de seguir las sinuosidades de este camino
pintoresco, cuyos menores accidentes despiertan recuerdos y cuyo efecto general
tiende a sumir a uno en maquinal meditación, se ve un sombrío hueco en cuyo
centro se esconde la puerta de la casa del señor Grandet. Es imposible
comprender todo el interés que despierta este nombre en Saumur sin hacer la
biografía del señor Grandet.
El señor Grandet gozaba en Saumur de una reputación cuyas
causas y efectos no pueden ser perfectamente comprendidos por aquellas personas
que no han vivido poco o mucho en provincias. El señor Grandet, llamado por
algunos el padre Grandet, y que pertenecía al número de los ancianos que
disminuían ya insensiblemente, era, en 1789, un maestro tonelero que gozaba de
una posición desahogada y que sabia leer, escribir y contar. Cuando la República
francesa puso a la venta en el distrito de Saumur los bienes del clero, el
tonelero, que contaba a la sazón cuarenta años, acababa de casarse con la hija
de un rico comerciante en maderas. Grandet, provisto de su fortuna líquida y de
la dote de su mujer, unos dos mil luises en oro, se fue a la capital del
distrito, y allí, mediante doscientos dobles luises que ofreció su suegro al
feroz republicano que vigilaba la venta de los bienes nacionales, obtuvo
legalmente, aunque no legítimamente, por un pedazo de pan, los viñedos más
hermosos de la comarca, una antigua abadía y algunas granjas. Los habitantes de
Saumur eran poco revolucionarios, y el padre Grandet pasó por hombre atrevido,
por republicano, por patriota, por hombre dado a las nuevas ideas (siendo así
que a lo que era, en realidad, dado, era a las buenas viñas), y fue nombrado
miembro de la administración del distrito de Saumur, donde dejó sentir política
y comercialmente su pacifica influencia. Políticamente, protegió a los nobles e
impidió con todo su poder la venta de bienes de los emigrados; comercialmente,
proveyó a los ejércitos republicanos de un millar o dos de toneles de vino
blanco que cobró entrando en posesión de unas soberbias praderas que dependían
de un convento de monjas, y que entraban a formar parte del último lote. Cuando
el Consulado, el honrado Grandet fue alcalde, administró honradamente y vendimió
mejor; cuando el Imperio le llamaron señor Grandet. Napoleón no quería a los
republicanos y reemplazó al señor Grandet, reputado de haber llevado el gorro
frigio, por un gran propietario, un hombre cuyo apellido iba precedido de
partícula, un futuro barón del Imperio. El señor Grandet dejó los honores
municipales sin ninguna pena, porque ya había hecho hacer en interés de la villa
excelentes caminos que conducían a sus propiedades. Su casa y sus bienes,
ventajosamente empadronados, pagaban moderados impuestos. Después de
clasificadas sus diferentes propiedades, sus viñas, gracias a sus constantes
cuidados, habían pasado a ser la cabeza del país, palabra técnica que se
empleaba allí para indicar los viñedos que producen los vinos de mejor calidad.
Con este motivo hubiera podido pedir la cruz de la Legión de honor. Este
acontecimiento tuvo lugar en 1806, época en que el señor Grandet frisaba en los
cincuenta y siete años, su mujer en los treinta y seis y su hija única, fruto de
sus legítimos amores, en los diez. El señor Grandet, al que la Providencia quiso
sin duda consolar de su desgracia administrativa, heredó sucesivamente durante
este año a la señora de la Gaudiniere, madre de su mujer, al anciano de la
Bertelliere, padre de la difunta, y a la señora Gentillet, abuela materna suya:
tres herencias cuya importancia no conoció nadie, pues la avaricia de estos tres
ancianos era tan grande, que hacía ya mucho tiempo que amontonaban su dinero
para poder contemplarlo secretamente. El anciano señor de la Bertelliere decía
que colocar dinero era una prodigalidad, juzgando que era mayor el interés que
se percibía contemplando el dinero que beneficiándose con la usura. El pueblo de
Saumur dedujo el valor de las economías por las rentas de los bienes inmuebles.
El señor Grandet obtuvo entonces el primer título de nobleza que nuestra manía
de igualdad no podrá borrar nunca, pasando a ser el primer contribuyente del
distrito. Grandet explotaba cien fanegas de viñedo, las cuales, en los años
de abundancia, le daban de catorce a diez y seis hectolitros de vino; poseía
trece alquerías y una abadía cuyas ventanas y puertas había tapado por economía
y para que se conservase; y ciento veintisiete fanegas de praderas donde crecían
tres mil álamos plantados en 1793. Finalmente, la casa en que vivía era también
suya, y de este modo se calculaba su fortuna visible. Respecto a su capital, dos
personas únicamente podían calcular vagamente su importancia, la una era un tal
señor Cruchot, notario encargado de colocar el dinero al señor Grandet, y la
otra el señor de Grassins, que era el banquero más rico de Saumur, y en cuyos
negocios tomaba parte el viñero cuando a aquél le convenía. Aunque el anciano
Cruchot y el señor de Grassins poseyesen esa profunda discreción que la
confianza y la fortuna engendran en provincias, demostraban públicamente tal
respeto al señor Grandet, que los observadores podían calcular la magnitud del
capital del antiguo alcalde por la obsequiosa consideración de que era objeto.
No había nadie en Saumur que no estuviese persuadido de que el señor Grandet
tenía un tesoro particular o algún escondite lleno de luises y de que se daba
todas las noches el inmenso goce que procura la vista de una gran masa de oro.
Los avaros tenían una especie de certidumbre de esto al ver los ojos de Grandet,
a los que el oro parecía haber comunicado sus tonos amarillos. La mirada de un
hombre acostumbrado a sacar enormes intereses de su capital contrae
necesariamente, como la del lujurioso, la del jugador o el artesano, ciertos
matices indefinibles y ciertos movimientos furtivos, ávidos y misteriosos que no
pasan nunca desapercibidos para sus correligionarios. Este secreto lenguaje
forma, en cierto modo, la franc-masonería de las pasiones. El señor Grandet
inspiraba, pues, la respetuosa estimación a que tenia derecho un hombre que no
debía nada a nadie, que, como viejo tonelero y viejo viñero, adivinaba con la
precisión de un astrónomo el año en que era preciso fabricar mil toneles para su
recolección o solamente cinco, que no desperdiciaba ningún negocio, que tenía
siempre vino para vender cuando éste subía de precio y que podía conservar su
cosecha en sus bodegas y esperar el momento de vender el tonel a doscientos
francos, cuando los pequeños propietarios daban el suyo a cinco luises. Su
famosa cosecha de 1811, sabiamente almacenada y lentamente vendida, le había
valido más de doscientos cuarenta mil francos.
Financieramente hablando, el señor Grandet tenía algo de
tigre y de boa: sabía agazaparse, contemplar largo tiempo su presa, saltar
encima de ella, abrir la boca de su bolsa, tragarse un montón de escudos y
acostarse luego tranquilamente, como la serpiente impasible, fría y metódica que
digiere. Nadie le veía pasar sin experimentar un sentimiento de admiración
mezclado de respeto y terror. ¿No había sentido todo el mundo, poco o mucho, en
Saumur, el cortés arañazo de sus garras de acero? A éste, el señor Cruchot le
había proporcionado el dinero necesario para comprar una propiedad, pero le
había cobrado el once por ciento; a aquél, el señor de Grassins le había
descontado un giro, pero cobrándole una prima enorme. Pocos días transcurrían
sin que el nombre del señor Grandet dejase de pronunciarse, ya en el mercado o
ya por. la noche en las veladas. Para algunos, la fortuna del anciano viñero era
objeto de orgullo patriótico; así es que más de un negociante y más de un
posadero llegó a decir a los forasteros con cierto orgullo:
-Señor, aquí tenemos dos o tres casas millonarias; pero,
respecto al señor Grandet, ¡¡ni él mismo sabe lo que tiene!!
En 1816, los calculadores más hábiles de Saumur estimaban
los bienes territoriales de Grandet en cuatro millones; pero como que desde 1793
a 1817 había sacado, término medio, cien mil francos anuales de sus propiedades,
era de suponer. que poseyese en dinero una suma casi igual a la que tenia en
tierras. Así es que cuando, después de una partida de boston o de una
gira a las viñas, se hablaba del gran propietario, las gentes instruidas decían:
-¿El padre Grandet? ¡el padre Grandet debe tener cinco o
seis millones!
-Es usted más listo que yo, que no he podido nunca saber
el total, respondía el señor Cruchot o el señor de Grassins, si oían este dicho.
Cuando algún parisiense hablaba de los Rothschild o del
señor Laffitte, la gente de Saumur le preguntaban si eran tan ricos como el
señor Grandet, y si el parisiense les respondía haciéndoles una desdeñosa
afirmación, aquellos se miraban moviendo la cabeza con aire de incredulidad. Tan
gran fortuna cubría con un manto de oro todos los actos de aquel hombre. Si
algunas particularidades de su vida dieron al principio pie para el ridículo y
la burla, ésta y aquél se habían gastado, y en sus menores actos, el señor
Grandet gozaba de gran autoridad. Su palabra, su ropa, sus gestos y el guiño de
sus ojos hacían ley en el país, donde todo el mundo había podido reconocer en el
millonario, después de haberle estudiado como un naturalista estudia los efectos
del instinto en los animales, una profunda y muda sabiduría en sus más ligeros
movimientos. «Cuando el padre Grandet se ha puesto guantes forrados, es que el
invierno será rudo, se decía: es preciso vendimiar. Cuando el padre Grandet
compra tantas duelas, es que habrá gran cosecha de vino este año». El señor
Grandet no compraba nunca pan ni carne. Sus inquilinos llevaban todas las
semanas una provisión suficiente de capones, pollos, huevos, manteca y trigo.
Poseía un molino cuyo arrendatario estaba obligado a molerle una cantidad de
grano y llevarle la harina a casa. La gran Nanón, su única criada, aunque no
fuese ya joven, amasaba y cocía todos los sábados el pan necesario para la casa.
El señor Grandet se había arreglado con los hortelanos que eran inquilinos suyos
para que le proveyesen de legumbres. Respecto a la fruta, el propietario recogía
una cantidad tan grande de ella, que la mayor parte la llevaba a vender al
mercado. La leña para el fuego la cogía de los setos y de los árboles secos, y
sus cortijeros la llevaban a su casa de balde en carros; se la colocaban por
complacencia en la leñera, y recibían, en cambio, las gracias. Sus únicos gastos
consistían en el vestir de su mujer, de su hija y el suyo, en el pago de las
sillas en la iglesia, en la luz, en la soldada de la gran Nanón, en la
recompostura de las cacerolas, en el pago de los impuestos, en la reparación de
los edificios y en los gastos de las explotaciones. El millonario tenía
seiscientas fanegas de bosque compradas recientemente y que él hacía vigilar al
guarda de un vecino, prometiéndole una indemnización. No comió nunca caza hasta
después de haber hecho esta adquisición. Las maneras de este hombre eran muy
sencillas: hablaba poco y, generalmente, expresaba sus ideas con frases cortas y
sentenciosas dichas en voz muy baja.
Desde la Revolución, época en que se atrajo las miradas de
todo el mundo, Grandet tartamudeaba de una manera fatigante tan pronto como
tenía que hablar mucho tiempo o sostener una discusión. Este tartamudeo, la
incoherencia de sus palabras, el flujo de términos con que ahogaba su
pensamiento y su falta aparente de lógica, atribuídos a un defecto de educación,
eran afectados, y algunos acontecimientos de esta historia bastarán para
explicarlos suficientemente. Por otra parte, cuatro frases, exactas como
fórmulas algebraicas, le servían generalmente para abrazar y resolver todas las
dificultades del comercio: «No sé; no puedo; no quiero; ya veremos». No decía
nunca sí o no, ni escribía a nadie. Si le hablaban, escuchaba fríamente apoyando
la barba en la mano derecha y el codo en la palma de la izquierda, y, una vez
que formaba una opinión, nadie le sacaba de ella. Meditaba concienzudamente los
tratos más insignificantes. Cuando, después de una larga conversación, su
adversario le descubría el secreto de sus pretensiones creyendo haberle cogido,
él le respondía:
-No puedo decidir nada sin haberlo consultado con mi
mujer.
Ésta, a quien él había reducido a un completo aislamiento,
era en sus negocios su escudo más cómodo. Grandet no iba a comer nunca a casa de
nadie ni invitaba a nadie a comer en la suya. No hacía nunca ruido, parecía
economizarlo todo, hasta el movimiento, y no molestaba nunca a los demás,
llevado de su constante respeto a la propiedad. Sin embargo, a pesar de la
dulzura de su voz y de su actitud circunspecta, el lenguaje y costumbres del
tonelero se notaban sobre todo en su casa, donde se comprimía menos que en
ninguna otra parte. En lo físico, Grandet era hombre de cinco pies, rechoncho,
cuadrado, con unas pantorrillas de doce pulgadas de circunferencia, grandes
rótulas y anchas espaldas; su cara era redonda, curtida y marcada por la
viruela; su barba era recta, sus labios no ofrecían ninguna sinuosidad y sus
dientes eran blancos; sus ojos tenían la expresión tranquila y devoradora que el
pueblo atribuye al basilisco; su frente, llena de arrugas transversales, no
carecía de significativas protuberancias; y sus cabellos, rubios y blancos, eran
de color plata y oro, al decir de algunas gentes que no conocían la gravedad que
podía tener el hecho de gastar una broma al señor Grandet. Su nariz, gorda por
la punta, sostenía un lobanillo veteado que, según decía el vulgo, y no sin
razón, estaba lleno de malicia. Esta cara anunciaba esa astucia peligrosa, esa
fría probidad y ese egoísmo del hombre acostumbrado a concentrar sus
sentimientos en el único ser que le fue siempre querido, en su hija Eugenia, en
su única heredera. Por otra parte, la actitud, los modales, el paso, todo en él
confirmaba esa creencia en sí que da la costumbre de ver que se sale siempre
airoso en sus empresas; así, pues, aunque el señor Grandet era, en apariencia,
hombre de costumbres sencillas y afeminadas, tenía un carácter de hierro.
Vestido siempre del mismo modo, el que le vela hoy, le veía tal cual era en
1791. Llevaba en todo tiempo gruesos borceguíes atados con cordones de cuero,
medias de lana, un pantalón corto de grueso paño color marrón con hebillas de
plata, un chaleco de terciopelo a rayas amarillas y pardas alternativamente, una
ancha levita, una corbata negra y un sombrero de cuáquero. Sus guantes, tan
gruesos como los de los gendarmes, le duraban año y medio, y, para conservarlos
limpios, los colocaba siempre con gesto metódico sobre el ala de su sombrero.
Esto era lo único que los de Saumur sabían acerca de este personaje.
Seis habitantes únicamente tenían derecho a entrar en su
casa. El más considerado de los tres primeros, era el sobrino del señor Cruchot.
Desde que había sido nombrado presidente de la audiencia de Saumur, este joven
había unido a su nombre de Cruchot el de Bonfons y trabajaba para que
prevaleciese el segundo sobre el primero, y al efecto se firmaba ya C. de
Bonfons. El pleitista poco avispado que se atrevía a llamarle señor Cruchot, no
tardaba en apercibirse en la audiencia de su torpeza. El magistrado protegía a
los que le llamaban señor presidente; pero favorecía con sus más graciosas
sonrisas a los que le llamaban señor de Bonfons. El señor presidente tenía
treinta y tres años, poseía la propiedad de Bonfons (Boni Fontis), que
daba siete mil francos de renta, y esperaba la herencia de su tío el notario y
la de su otro tío el abate Cruchot, dignatario del cabildo de San Martín de
Tours; personas ambas reputadas de ser bastante ricas. Estos tres Cruchot,
sostenidos por buen número de primos emparentados con veinte casas de la villa,
formaban un partido, como en otro tiempo en Florencia los Médicis, y, como
éstos, los Cruchot tenían sus Pazzi. La señora de Grassins, madre de un joven de
veintitrés años, era asidua concurrente a casa de Grandet y esperaba casar a su
querido Adolfo con la señorita Eugenia. El banquero señor de Grassins favorecía
vigorosamente las maniobras de su mujer, y hacía secretamente constantes favores
al anciano avaro. Estos tres Grassins tenían asimismo sus adherentes, sus primos
y sus fieles aliados. Por parte de los Cruchot, el cura, que era el Talleyrand
de la familia, ayudado de su hermano el notario, disputaba vivamente el terreno
a la banquera, e intentaba conquistar a la rica heredera para su sobrino el
presidente. Este combate secreto entre los Cruchot y los Grassins, cuyo premio
era la mano de Eugenia Grandet, interesaba extraordinariamente a las diversas
familias de Saumur. ¿Con quién se casará la señorita Grandet? ¿Con el señor
presidente o con Adolfo de Grassins? A esta pregunta, unos respondían que el
señor Grandet no daría su hija ni al uno ni al otro. El antiguo tonelero,
dominado por la ambición, quería casar a su hija, según se decía, con algún par
de Francia que, mediante sus trescientos mil francos de renta, aceptase todos
los toneles pasados, presentes y futuros de los Grandet. Otros replicaban que
los señores de Grassins eran nobles y poderosamente ricos; que Adolfo era un
hermoso hidalgo y que, a menos de no aspirar a un sobrino del papa, semejante
alianza tenía que satisfacer a gentes tan insignificantes, a un hombre a quien
todo Saumur había visto con la doladera en la mano y que, por otra parte, había
llevado el gorro frigio. Los más sensatos advertían que el señor Cruchot de
Bonfons tenía entrada en la casa a todas horas, mientras que su rival sólo era
recibido los domingos. Unos sostenían que la señora de Grassins tenia más
intimidad con las mujeres de la casa Grandet que los Cruchot, y que podía
inculcarles ciertas ideas que, tarde o temprano, contribuirían a que saliese
airosa en su empresa. Otros replicaban que el abate Cruchot era el hombre más
insinuante del mundo y que, tratándose de una mujer contra un cura, la partida
estaba igualada.
-¡Se trata de una lucha entre faldas! decía un gracioso de
Saumur.
Los ancianos del país, más instruídos, aseguraban que los
Grandet eran demasiado avispados para dejar que saliesen los bienes de la
familia, y que la señorita Eugenia Grandet, de Saumur, se casaría con el hijo
del señor Grandet, de Paris, rico almacenista de vinos. A esto, los cruchotistas
y los grassinistas respondían:
-En primer lugar, los dos hermanos no se han visto tres
veces en treinta años, y además, el señor Grandet de París tiene grandes
pretensiones para su hijo, pues es alcalde de un distrito, diputado, coronel de
la guardia nacional y juez del tribunal del comercio, reniega de los Grandet de
Saumur, y pretende emparentar con una familia ducal, mediante el apoyo de
Napoleón.
¿Qué no se diría de una heredera de la cual se hablaba en
veinte leguas a la redonda y hasta en los coches públicos, incluso el de Angers
a Blois? A principios del año 1811, los cruchotistas obtuvieron una señalada
ventaja sobre los grassinistas. La tierra de Froidfond, notable por su parque,
su admirable palacio, alquerías, ríos, estanques y bosques, y cuyo valor
ascendía a tres millones, fue puesta en venta por el joven marqués de Froidfond,
que se vio obligado a realizar sus bienes. Maese Cruchot, el presidente Cruchot
y el abate Cruchot, ayudados por sus partidarios, supieron impedir que la venta
se hiciese en lotes. El notario acordó con el joven marqués venderlo a una sola
persona, persuadiéndole de que habría infinidad de reclamaciones contra los
adjudicatarios antes de percibir el importe de los lotes, y de que era
preferible venderlo todo al señor Grandet, hombre solvente y capaz, por otra
parte, de pagar la tierra al contado. El hermoso marquesado de Froidfond fue de
este modo encaminado hacia el esófago del señor Grandet, el cual, con gran
asombro de Saumur, lo pagó al contado después de cubiertas todas las
formalidades. Esta compra tuvo gran resonancia de Nantes a Orleáns. El señor
Grandet, aprovechándose de un coche que tenía que pasar por allí, se fue a ver
su palacio, y después de haber dirigido a su propiedad una detenida mirada,
volvióse a Saumur seguro de haber colocado su dinero al cinco y dominado por el
magnífico pensamiento de aumentar el marquesado de Froidfond, uniendo a él todos
sus bienes. Después, para llenar de nuevo su tesoro casi vacío, decidió cortar
sus bosques y sus selvas y explotar los álamos de sus praderas.
Fácil es ahora comprender todo lo que significa la casa
del señor Grandet, aquella casa sombría, fría y silenciosa, situada en lo más
elevado de la villa y abrigada por las ruinas de las murallas.
Los dos pilares y la bóveda que formaban el vano de la
puerta habían sido construidos, al igual que la casa, de toba, piedra propia del
litoral del Loire, y tan blanda que su duración media se calcula en unos
doscientos años. Los numerosos y desiguales agujeros que el tiempo había
practicado en ella, daban a la bóveda y a los jambajes de la puerta la
apariencia de las piedras vermiculadas de la arquitectura francesa y cierta
semejanza con el pórtico de una cárcel. Sobre la puerta se veía un bajo relieve
de piedra dura que representaba las cuatro estaciones mediante figuras negras y
gastadas. Este bajo relieve estaba coronado de un saliente plinto, sobre el cual
se elevaban algunas de esas plantas debidas a la casualidad, como parietarias
amarillas, clemátides, llantén y un cerecito bastante crecido ya. La puerta de
encina ennegrecida, maciza, seca, llena de hendiduras y frágil en apariencia,
estaba sólidamente sostenida por pernos que formaban simétricos dibujos. Una
rejilla cuadrada y con barrotes muy juntos y oxidados, ocupaba el centro del
postigo de la casa y servía, por decirlo así, de motivo para un aldabón que se
unía a ella mediante una anilla y que caía sobre la magullada cabeza de un
enorme clavo. Este aldabón, de forma oblonga parecía un gran punto de
admiración, y, examinándolo con atención, un anticuario hubiera percibido en él
la figura esencialmente chistosa de los picaportes antiguos, si bien borrada ya
po el uso. Por esta rejilla, destinada para reconocer a los amigos en los
tiempos de guerras civiles, podían ver los curiosos en el fondo de un bóveda
obscura y verdosa algunos escalones gastados, por los que se subía a un jardín
limitado pintorescamente por muros espesos, húmedos, llenos de vegetaciones y de
espesuras de pequeños arbustos. Estos muros eran los de la muralla sobre la que
se elevaban las huertas de algunas casas vecinas. En el piso bajo de la casa, la
pieza más considerable era una sala cuya entrada se veía en el fondo de la
bóveda de la puerta cochera. Pocas personas conocen la importancia de una sala
en los pueblecitos de Anjou, de Turena y de Berry. La sala sirve allí a la vez
de antesala, de salón, de despacho, de recibidor, de comedor, y es el teatro de
la vida doméstica, e hogar común: allí iba el peluquero dos veces al año a
cortarle los cabellos al señor Grandet; allí entraban los inquilinos, el cura,
el subprefecto y el molinero. Esta pieza, cuyas ventanas daban a la calle,
estaba entarimada, y grandes tablones grises, con molduras antiguas, la cubrían
de arriba abajo: su techo se componía de vigas aparentes pintadas también de
gris, y cuyos huecos estaban cubiertos con yeso blanco, que el tiempo había
vuelto amarillo. Un reloj antiguo de cobre, incrustado de arabescos del mismo
metal, adornaba el anaquel de la chimenea de piedra blanca mal esculpida, sobre
la cual había un espejo de cuerpo entero, cuyos extremos, cortados a bisel para
dejar ver su espesor, reflejaban una línea de luz a lo largo de un trumó gótico
de acero adamascado. Los dos floreros de cobre sobredorado que decoraban los dos
rincones de la chimenea, tenían dos fines. Quitando los vasos que soportaban las
arandelas, este pedestal formaba un candelero para todos los días; las sillas,
de forma antigua, estaban tapizadas con tela, sobre la que se veían pintados
asuntos de las fábulas de La Fontaine; pero tan pasados estaban los colores y
tan estropeadas las figuras, que era preciso saberlo para reconocerlas. En los
cuatro ángulos de esta sala se veían sendas rinconeras, especie de armarios
provistos de grasientos anaqueles. Una mesa antigua de marquetería, para. jugar,
cuya parte superior tenía dibujado un tablero de ajedrez, estaba colocada en el
testero que separaba las dos ventanas. Encima de esta mesa había un barómetro
oval con marco de madera negra, provisto de adornos dorados, donde las moscas
habían retozado tan silenciosamente, que el dorado era ya un problema. En la
pared opuesta a la chimenea estaban colgados dos retratos al pastel que querían
representar al abuelo de la señora Grandet, señor de la Bertelliere, vestido de
teniente de la guardia francesa, y a la difunta señora Gentillet, vestida de
pastora. De las dos ventanas pendían sendas cortinas de tela roja de Tours,
sostenidas por cordones de seda que terminaban en gruesas bellotas. Este lujoso
decorado, que tanto contrastaba con las costumbres de Grandet, había sido
comprendido en la compra de la casa, así como el trumó, el reloj, la mesa de
marquetería y las rinconeras. En la ventana más próxima a la puerta se veía una
silla de paja colocada sobre una plataforma a fin de elevar a la señora Grandet
a una altura que le permitiese ver los transeúntes. Una mesita de cerezo llenaba
el alféizar, y el pequeño sofá de Eugenia Grandet estaba colocado a su lado.
Hacía quince años que madre e hija ocupaban aquel sitio entregadas a un
constante trabajo desde abril a noviembre. Las dos mujeres podían trasladarse a
la chimenea el I.º de noviembre, día en que Grandet consentía que se hiciese
fuego en la sala, haciéndolo apagar el 31 de marzo, sin tener en cuenta los
primeros fríos de la primavera ni los del otoño. Un calentador, que la gran
Nanón encendía con brasas de la cocina, ayudaba a la señora y a la señorita
Grandet a pasar las mañanas o las tardes más frescas del mes de abril y de
octubre. La madre y la hija cosían y remendaban toda la ropa de la casa, y
empleaban tan concienzudamente sus días en esta labor de verdaderas obreras, que
si Eugenia quería bordar una gorguera a su madre, se veía obligada a perder
horas de sueño engañando a su padre para tener luz. Hacía mucho tiempo que el
avaro distribuía la luz a su hija y a la gran Nanón, así como el pan y los
artículos necesarios para el consumo diario.
La gran Nanón era, sin duda, la única criatura humana
capaz de soportar el despotismo de su amo. Toda la villa se la envidiaba a los
señores Grandet. La gran Nanón, llamada así a causa de su elevada estatura de
cinco pies y seis pulgadas, estaba al servicio de Grandet hacía treinta y cinco
años. Aunque no ganaba más que sesenta francos al año, pasaba por una de las
criadas más ricas de Saumur. Estos sesenta francos, acumulados durante treinta y
cinco años, le habían permitido colocar recientemente cuatro mil francos en casa
del notario Cruchot, y este resultado de las largas y persistentes economías de
la gran Nanón pareció gigantesco. Todas las criadas, al ver que la pobre
sexagenaria tenía asegurado el pan para la vejez, la envidiaban, sin pensar en
la dura esclavitud que había tenido que sufrir para alcanzar aquella suma. Tan
repulsiva parecía su cara, que la pobre muchacha aun no había podido colocarse
en ninguna casa a la edad de veintidós años; y ciertamente que este sentimiento
era bien injusto: su cara hubiera sido admirada sobre los hombros de un
granadero de la guardia imperial; pero, al parecer, la conveniencia es necesaria
en todo. Obligada a dejar una quinta incendiada cuyas vacas guardaba, Nanón
llegó a Saumur y se puso a buscar casa, provista de ese valor que no recula ante
nada. El padre Grandet, que pensaba casarse entonces y que quería ya montar su
casa, pensó en esta joven, rechazada de puerta en puerta. Apreciando en su valor
la fuerza corporal, en su calidad de tonelero, Grandet comprendió el partido que
podía sacarse de una criatura hembra de hercúlea contextura, plantada sobre sus
pies como una encina de sesenta años sobre sus raíces, de grandes caderas, de
espaldas cuadradas, de manos de carretero y dotada de una probidad tan rigurosa,
como rigurosa era su intacta virtud. Ni las arrugas que adornaban este rostro
marcial, ni la tez de color de ladrillo, ni los brazos nervudos, ni los andrajos
de la Nanón asustaron al tonelero, el cual se encontraba en esa edad en que el
corazón palpita. Vistió, pues, calzó y mantuvo a la pobre joven y le dio soldada
sin maltratarla demasiado. Al verse acogida de este modo, la gran Nanón lloró
secretamente de alegría y se adhirió sinceramente al tonelero, el cual, por otra
parte, la explotó feudalmente. Nanón lo hacía todo: cocinaba, iba a lavar la
ropa al Loira, se la cargaba sobre la cabeza, hacía la colada, se levantaba al
rayar el alba, se acostaba tarde, hacía la comida para todos los vendimiadores
durante la época de la recolección, defendía como un perro fiel los intereses de
su amo y, finalmente, llena de ciega confianza en él, obedecía sin murmurar sus
más ridículos caprichos. El famoso año de 1811, cuya cosecha costó trabajos
inauditos, Grandet resolvió dar a Nanón su reloj, único regalo que recibió de él
en su vida; pues aunque le daba sus zapatos viejos, éstos no pueden considerarse
como regalo, ya que estaban estropeadísimos, y es imposible comprender el
provecho trimestral que de ellos sacaba Grandet. La necesidad hizo a esta pobre
joven tan avara, que Grandet acabó por amarla como se ama a un perro, y Nanón se
había dejado poner al cuello un collar provisto de puntas, cuyos pinchazos no
sentía. Si Grandet cortaba el pan con alguna escasez, la pobre no se quejaba y
participaba alegremente de los provechos higiénicos que procuraba el régimen
severo de la casa, donde nadie estaba nunca enfermo. Por otra parte, Nanón
formaba parte de la familia: se reía cuando se reía Grandet, y se entristecía,
se helaba, se calentaba y trabajaba, cuando él. ¡Cuán gratas compensaciones
encerraba esta igualdad! El amo no había negado nunca a la criada ni el
albérchigo o el melotón de los viñedos, ni las ciruelas caídas.
-¡Vamos, regálate, Nanón! le decía los años en que las
ramas se rompían bajo el peso de los frutos que los cortijeros se veían
obligados a dar a los cerdos.
Para una campesina que en su juventud no había recibido
más que malos tratos, para una pobre recogida por caridad, la risa sospechosa
del padre Grandet era un verdadero rayo de sol. Por otra parte, el corazón
sencillo y la escasa inteligencia de Nanón no podían contener más que un
sentimiento y una idea. Hacía treinta y cinco años que se veía siempre llegando
ante el taller del padre Grandet y que oía al tonelero que le decía:
-Que quiere usted, hija mía, su reconocimiento estaba
siempre fresco. A veces, Grandet, al pensar que aquella pobre criatura no había
oído nunca la menor palabra halagüeña, que no conocía los gratos sentimientos
que inspira la mujer y que podía comparecer ante Dios tan casta como la Virgen
María, se compadecía de ella, y decía sonriendole:
-¡Pobre Nanón!
Esta exclamación iba siempre seguida de una indefinible
mirada por parte de su criada. Estas palabras, dichas de tiempo en tiempo,
formaban una no interrumpida cadena de amistad. Aquella piedad nacida en el
corazón de Grandet tenía un no sé qué de horrible; pero aquella atroz piedad de
avaro, que despertaba mil placeres en el corazón del viejo tonelero, constituía
para Nanón toda su dicha. Quién no dirá también: ¡Pobre Nanón! ¡Dios reconocerá
a sus ángeles por las inflexiones de sus voces y por sus misteriosas penas!
Había en Saumur un gran número de casas donde las criadas eran mejor tratadas,
pero donde los amos no recibían en cambio agradecimiento alguno. De ahí este
otro dicho: «¿Qué le harán los Grandet a la gran Nanón para que les sea tan
adicta? Esa muchacha sería capaz de arrojarse al fuego por ellos». La cocina,
cuyas enrejadas ventanas daban al patio, estaba siempre limpia y fría, era una
verdadera cocina de avaro donde nada debía perderse. Cuando Nanón había fregado
y apagado el fuego, dejaba la cocina, que estaba separada de la sala por un
pasillo, y se iba a hilar cáñamo al lado de sus amos. Una vela de sebo bastaba a
la familia para toda la noche. La criada se acostaba en el fondo de aquel
pasillo en un chiribitil que recibía la luz por una claraboya. Su robusta
naturaleza le permitía habitar impunemente aquella especie de agujero, desde
donde podía oír el menor ruido en medio del profundo silencio que reinaba noche
y día en la casa. Cual un perro guardián, Nanón tenía que dormir con un oído
alerta y descansar vigilando.
La descripción de las demás partes del edificio irá unida
a los acontecimientos de esta historia, aparte de que el croquis de la sala,
donde brillaba todo el lujo de la casa, puede hacer ya sospechar de antemano la
desnudez de los pisos superiores.
En 1819, al obscurecer de un día del mes de noviembre, la
gran Nanón encendió el fuego de la chimenea por primera vez. El otoño había sido
hermosísimo. Aquel día era un día muy conocido para los cruchotistas y
grassinistas. Así es que los seis antagonistas se preparaban para ir a
encontrarse provistos de todas sus armas a aquella sala y a competir allí en
pruebas de amistad. Por la mañana, todo Saumur había visto ir a la iglesia para
oír misa a la señora y a la señorita Grandet, acompañadas de Nanón, y todo el
mundo se acordó de que era el día del aniversario del nacimiento de la señorita
Eugenia. Así, pues, calculando la hora en que acabaría la comida, maese Cruchot,
el abate Cruchot y el señor C. de Bonfons se apresuraron a llegar antes que los
Grassins para felicitar a la señorita Grandet. Los tres llevaban enormes ramos
cogidos en sus pequeños invernaderos. El ramo de flores que el presidente quería
regalar estaba ingeniosamente envuelto con una cinta de satín blanco con franjas
de oro. Por la mañana, el señor Grandet, siguiendo su costumbre de los
memorables días del nacimiento y del santo de Eugenia, había ido a sorprenderla
en la cama y le había ofrecido su regalo paterno, consistente, hacía trece años,
en una curiosa moneda de oro. La señora Grandet regalaba ordinariamente a su
hija un vestido de invierno o de verano, según las circunstancias. Estos dos
vestidos y la moneda de oro que recogía el día primero de año y el del santo de
su padre, le componían una rentita de unos cien escudos que Grandet se complacía
en verle amontonar. ¿No era esto trasladar el dinero de una caja a otra, y criar
con mimo, por decirlo así, la avaricia de su heredera, a la que pedía a veces
cuenta de su tesoro, aumentado antes con los donativos de los Bertelliere,
diciéndole: «Esos servirán para la docena de tu matrimonio»? La docena es
una costumbre antigua que rige aún, habiendo sido santamente conservada en
algunos países situados en el centro de Francia. Cuando una joven se casa, su
familia o la de su esposo debe darle una bolsa conteniendo, según las fortunas,
doce monedas, o doce docenas de monedas, o doce cientos de monedas de plata o de
oro. La pastora más pobre no se casaría sin su docena, aunque sólo se compusiese
de monedas de diez céntimos. En Issoudun se habla aún de no sé qué docena
ofrecida a una rica heredera, y que contenía ciento cuarenta y cuatro
portuguesas de oro. El papa Clemente VII, tío de Catalina de Médicis, al casarla
con Enrique II, le regaló una docena de medallas antiguas de oro que tenían un
gran valor.
Durante la comida, el padre de Eugenia, satisfecho al ver
a su hija tan hermosa con su traje nuevo, había exclamado:
-Ya que es el santo de Eugenia, encendamos el fuego, que
es cosa de buen augurio.
-Seguramente que la señorita se casará este año, dijo la
gran Nanón al mismo tiempo que se llevaba los restos de un ganso, que es el
faisán de los toneleros.
-No veo partido para, ella en Saumur, respondió la señora
Grandet mirando a su marido con un aire tan tímido, que demostraba la completa
esclavitud conyugal a que estaba sometida la pobre mujer.
-Hoy cumple la niña veintitrés años, y pronto será preciso
ocuparse de ella, exclamó alegremente Grandet mirando a su hija.
Eugenia y su madre cruzaron furtivamente una mirada de
inteligencia...
La señora Grandet era una mujer seca y delgada, amarilla
como un membrillo, desmañada, torpe, una de esas mujeres, en fin, que parecen
nacidas para ser tiranizadas; tenía los huesos grandes, nariz grande, ojos
grandes, frente grande, y, al primer golpe de vista, ofrecía una vaga semejanza
con esos frutos pasados que no tienen ya sabor ni jugo. Sus dientes eran negros
y ralos, su boca estaba arrugada y su barba tenía la forma de esa barba que
suele llamarse de vieja. Era una excelente mujer, una verdadera Bertelliere. El
abate Cruchot sabía buscar ocasiones para decirle que no había sido fea, y ella
lo creía. Su carácter angelical, su resignación de insecto atormentado por
chiquillos, su rara piedad, su inalterable mansedumbre y su buen corazón,
contribuían a que fuese universalmente compadecida y respetada. Su marido no le
daba nunca más de seis francos de una vez para sus pequeños gastos. Aunque
ridícula en apariencia, esta mujer, que, con su dote y sus herencias, había
aportado al padre Grandet más de trescientos mil francos, se había sentido
siempre tan profundamente humillada ante una dependencia y un aislamiento contra
los que la bondad de su alma le prohibía rebelarse, que no le había pedido nunca
un céntimo ni hecho ninguna observación al firmar las actas que le presentaba el
notario Cruchot. Esta secreta y estúpida altivez, esta nobleza de alma
desconocida y herida constantemente por Grandet, eran los rasgos característicos
de la conducta de esta mujer. La señora Grandet llevaba constantemente una bata
de levantina verde que había logrado que le durase dos años, un chal de algodón
blanco, un sombrero de paja y un delantal de tafetán negro que usaba únicamente
por casa. Como salía muy poco, gastaba pocos zapatos. Por otra parte, no quería
nunca nada para ella; de modo que Grandet, acosado a veces por los
remordimientos al acordarse del mucho tiempo que hacia que no le había dado seis
francos a su mujer, estipulaba siempre alguna cantidad para los alfileres de su
esposa sobre el precio de su cosecha. Los cuatro o cinco luises que regalaba el
holandés o e belga que adquiría la cosecha de Grandet formaban la única renta
anual de la señora Grandet; pero cuando recibía los cinco luises, su marido le
decía frecuentemente como si la bolsa fuese común:
-¿Tienes suelto para prestarme?
Y la pobre mujer, feliz ante la idea de poder hacer algo
por un hombre que su confesor le representaba como su señor y dueño, le devolvía
en el transcurso del invierno algunos escudos del dinero que había recibido para
alfileres. Cuando Grandet se sacaba del bolsillo la moneda de cinco francos
asignada cada mes para los gastos pequeños, como hilo, agujas y tocado de su
hija, no dejaba nunca de decirle a su mujer, después de haberse abrochado la
chaqueta:
-Y tú, mujer, ¿quieres algo?
-Ya veremos, amigo mío, decía la señora Grandet llevada de
un sentimiento de dignidad maternal.
¡Sublimidad perdida! Grandet se creía generoso con su
mujer. Los filósofos que encuentran muchas Nanón, señoras Grandet y Eugenias,
¿no tienen derecho para creer que la ironía es el rasgo distintivo del carácter
de la Providencia? Después de aquella comida, donde por primera vez se habló de
la boda de Eugenia, Nanón fue a buscar una botella de casis al cuarto del señor
Grandet, y estuvo a punto de caer al bajar.
-¡Gran bestia! le dijo su amo, ¿también tú te vas a caer
como la gente?
-Señor, es que el peldaño este de su escalera está roto.
-Es verdad, dijo la señora Grandet, hace ya tiempo que
debías haberlo compuesto. Ayer Eugenia estuvo a punto de caerse.
-Mira, dijo Grandet a Nanón al verla pálida, Ya que es el
cumpleaños de Eugenia y has estado a punto de caerte, toma una copita de casis
para reponerte.
-A fe que la he ganado bien, dijo Nanón; en mi lugar,
cualquiera otro hubiese roto la botella; pero yo me hubiera roto un brazo por
sostenerla en el aire.
-¡Pobre Nanón! dijo Grandet sirviéndole una copa de casis.
-¿Te has hecho daño? le dijo Eugenia mirándola con
interés.
-No, me sostuve aguantándome con los riñones.
-¡Bueno! ya que es el cumpleaños de Eugenia, voy a
arreglaros ese peldaño, dijo Grandet. No sé como no sabéis vosotras poner el pie
en el rincón, en un lugar en que aun está sólido.
Grandet tomó la bujía, dejó a su mujer, a su hija y a su
criada sin más luz que la del hogar, que despedía vivas llamas, y se fue al
horno a buscar tablas, clavos y herramientas.
-¿Quiere usted que le ayude? gritó Nanón al oírle
martillar en la escalera.
-No, no, no me haces falta, respondió el antiguo tonelero.
En el momento en que Grandet componía su escalera y
silbaba con todas sus fuerzas, recordando los tiempos de su juventud, los tres
Cruchot llamaron a la puerta.
-¿Es usted, señor Cruchot? preguntó Nanón mirando por la
rejilla.
-Sí, respondió el presidente.
Nanón abrió la puerta, y el resplandor del hogar permitió
a los tres Cruchot ver la entrada de la sala.
-¡Ah! son ustedes muy obsequiosos, dijo Nanón al sentir
las flores.
-Señores, dispénsenme, estoy con ustedes enseguida, gritó
Grandet al reconocer la voz de sus amigos. Estoy avergonzado, porque me cogen
ustedes componiendo un peldaño de mi escalera.
-Siga usted, siga usted, señor Grandet, cada cual hace en
su casa lo que quiere, dijo sentenciosamente el presidente.
La señora y la señorita Grandet se levantaron, y el
presidente, aprovechándose de la obscuridad, dijo a Eugenia, ofreciéndole al
mismo tiempo un ramillete de flores raras en Saumur:
-Señorita, permítame que la felicite y que le manifieste
hoy, que es su cumpleaños, mis ardientes deseos de que los celebre usted muchos
años con la alegría y salud con que lo celebra hoy.
Y acto continuo, estrechando a la heredera, la besó en
ambos lados del cuello con una complacencia que ruborizó a Eugenia. El
presidente, que parecía un clavo oxidado, creía hacer la corte de este modo.
-No se molesten ustedes, dijo Grandet entrando. ¡Caramba!
¡qué elegante va usted los días de fiesta, señor presidente!
-¡Bah! estando con la señorita, respondió el abate Cruchot
armado de su ramo, todos los días serían fiesta para mi sobrino.
El cura besó la mano de Eugenia, y respecto al notario
Cruchot, se limitó a besar a la joven en las dos mejillas, diciéndole:
-¡Cómo va usted creciendo! Ya se ve, cada año son doce
meses.
Volviendo a colocar la luz sobre la chimenea, Grandet, que
no olvidaba nunca un chiste y que lo repetía hasta la saciedad cuando a él le
gustaba, dijo:
-Ya que es el cumpleaños de Eugenia, encendamos los
candelabros.
Y esto diciendo, quitó cuidadosamente los vasos de los
candelabros, colocó la arandela en cada pedestal, tomó de manos de Nanón una
vela de sebo nueva rodeada por el extremo de una tira de papel, la metió en el
agujero, la aseguró, la encendió y fue a sentarse al lado de su mujer, mirando
alternativamente a sus amigos, a su hija y las dos bujías.
El abate Cruchot, hombre regordete y rechoncho, con peluca
roja y lisa y con cara de mujer retozona, dijo adelantando sus pies bien
calzados con gruesos zapatos provistos de hebillas de plata:
-¿No han venido aún los Grassins?
-Todavía no, dijo Grandet.
-Pero ¿tienen que venir? preguntó el viejo notario
haciendo gestos con su cara agujereada como una espumadera.
-Creo que sí, respondió la señora Grandet.
-¿Ha acabado usted ya de vendimiar? preguntó el presidente
Bonfons a Grandet.
-Sí, dijo el anciano viñero levantándose para pasearse a
lo largo de la sala y alzando el tórax con un movimiento lleno de orgullo.
Al hacer este movimiento, el avaro vio por la puerta del
corredor que daba a la cocina a la gran Nanón sentada al fuego con una luz
encendida y preparándose a hilar allí para no mezclarse en la fiesta.
-¡Nanón! dijo entonces internándose en el corredor,
¿quieres apagar ese fuego y esa luz y venir aquí? ¡pardiez! la sala es bastante
grande para todos.
-Pero, señor, teniendo visitas de etiqueta...
-¿No vales tú tanto como ellos? Son de la casta de Adán,
como tú.
Grandet se volvió después hacia el presidente, y le dijo:
-¿Ha vendido usted su cosecha?
-A fe que no, la conservo. Si ahora es bueno el vino,
dentro de dos años será aún mejor. Ya sabe usted que los propietarios se han
jurado sostener los precios convenidos, y este año los belgas no han de poder
más que nosotros. Si se van, que se vayan, ya volverán.
-Sí, pero hay que tener cuidado, dijo Grandet con un tono
que hizo temblar al presidente.
-¿Estará vendiendo el suyo? pensó Cruchot.
En este momento, un aldabonazo anunció a la familia
Grassins, y su llegada interrumpió una conversación empezada entre la señora
Grandet y el cura.
La señora de Grassins era una de esas mujercitas
vivarachas, regordetas, blancas y rosadas, que, gracias al régimen monástico de
provincias Y a los hábitos de una vida virtuosa, se conservan jóvenes aun a los
cincuenta años. Esas mujeres son como esas últimas rosas del verano, cuya vista
causa placer, pero cuyos pétalos están marchitos y cuyo perfume se ha perdido.
La señora de Grassins vestía bastante bien, encargaba sus vestidos a París,
imponía la moda a la villa de Saumur y daba reuniones en su casa. Su marido,
antiguo cuartelmaestre de la guardia imperial, gravemente herido en Austerlitz,
y retirado, conservaba, a pesar de su consideración hacia Grandet, la aparente
franqueza de los militares.
-Buenas noches, Grandet, le dijo al viñero tendiéndole la
mano y afectando una especie de superioridad con que achicaba siempre a los
Cruchot. Señorita, dijo a Eugenia después de haber saludado a la señora Grandet;
es usted tan guapa y juiciosa, que no sé, en verdad, lo qué desearle.
Y esto diciendo, le entregó una cajita que llevaba su
criado y que contenía un brezo del Cabo, flor traída recientemente a Europa y
muy rara.
La señora de Grassins besó muy afectuosamente a Eugenia,
le estrechó la mano y le dijo:
-Adolfo se ha encargado de ofrecerle a usted mi
insignificante.. regalo.
Un joven alto, rubio, pálido y delgado, de maneras
distinguidas y tímido en apariencia, pero que acababa de gastar en París, adonde
había ido a estudiar la carrera de derecho, ocho o diez mil francos, además de
sus gastos ordinarios, se acercó a Eugenia, la besó en ambos carrillos y le
ofreció un neceser, cuyos utensilios eran de plata sobredorada, una verdadera
mercancía de pacotilla, a pesar del escudo en el que una E y una G
góticas, bastante bien grabadas, podían hacer creer que se trataba de una
alhaja. Al abrirlo, Eugenia sintió una de esas alegrías inesperadas que hacen
enrojecer y temblar de satisfacción a las jóvenes. Después volvió los ojos hacia
su padre, como para saber si debía aceptar el regalo, y el señor Grandet le dijo
un: «Tómalo, hija mía, con un tono que hubiera ilustrado a un actor. Los tres
Cruchot quedaron estupefactos al ver la alegre y animada mirada que le dirigió a
Adolfo la heredera, a la que semejantes riquezas parecieron inauditas. El señor
de Grassins ofreció a Grandet un polvo de tabaco, tomó él otro, sacudió los
granos que habían caído sobre la cinta de la Legión de honor, pegada al ojal de
su levita azul, y después miró a los Cruchot con aire que parecía decir:
-¡Chupaos esa!
La señora de Grassins fijó sus ojos en los floreros azules
donde habían sido colocados los ramos de los Cruchot, buscando sus regalos con
la fingida buena fe de una mujer burlona. En tan delicada circunstancia, el
abate Cruchot dejó que los reunidos se sentasen en torno del fuego, y fue a
pasearse al fondo de la sala con Grandet. Cuando estos dos ancianos estuvieron
en el alféizar de la ventana más distante de los Grassins, el sacerdote dijo al
oído al avaro:
-¡Esa gente tira el dinero por la ventana!.
-¿Qué más da, si viene a parar a mi bolsillo? respondió el
anciano viñero.
-Si usted quisiera dar tijeras de oro a su hija, no le
faltan ciertamente medios, dijo el cura.
-Yo le doy cosa mejor que tijeras, dijo Grandet.
-Mi sobrino es un alma de cántaro, pensó el cura mirando
al presidente, cuyos desgreñados cabellos contribuían a aumentar la poca gracia
de su fisonomía morena. ¿No podía haber escogido algún regalo de valor?
-¿Vamos a empezar la partida, señora Grandet? dijo la
madre de Adolfo.
-Sí, pero ya que estamos todos reunidos, podemos hacer dos
mesas.
-Ya que es el cumpleaños de Eugenia, podéis hacer una
lotería general, y así podrán jugar los dos niños, dijo el antiguo tonelero, que
no jugaba nunca a ningún juego, señalando a su hija y a Adolfo. Vamos, Nanón,
pon las mesas.
-Vamos a ayudarle a usted, señorita Nanón, dijo
alegremente la señora de Grassins, muy satisfecha al ver la alegría que había
causado a Eugenia.
-En mi vida he estado más contenta, le dijo la heredera.
Nunca he visto cosa más bonita.
-Adolfo lo escogió y lo trajo de París, le dijo la señora
de Grassins al oído.
-¡Trabaja, trabaja, condenada intrigante! se decía para
sus adentros el presidente. ¡Si tú o tu marido tenéis algún día un pleito, os
juro que me las pagaréis!
El notario, sentado en un rincón, miraba al cura con aire
tranquilo, diciéndose:
-Los Grassins trabajan en vano, porque mi fortuna, la de
mi hermano y la de mi sobrino ascienden a un millón cien mil francos: mientras
que ellos poseerán a lo sumo la mitad, y tienen dos hijos. Así, pues, ya pueden
ofrecer lo que quieran. Heredera y regalos serán para nosotros algún día.
A las ocho y media de la noche estaban dos mesas
preparadas; la bonita señora de Grassins había logrado poner a su hijo al lado
de Eugenia. Los actores de esta escena, llena de interés, aunque vulgar en
apariencia, provistos de abigarrados y cifrados cartones y de chinitas de vidrio
azul, parecían escuchar las gracias del anciano notario, que no sacaba un número
sin hacer alguna observación; pero todos pensaban en los millones del señor
Grandet. Este contemplaba vanidosamente el fresco tocado de la señora de
Grassins, la marcial cabeza del banquero, la de Adolfo, al presidente, al cura y
al notario, y se decía para sus adentros:
-Están ahí por mis escudos, y vienen a aburrirse aquí por
mi hija. ¡Infelices! mi hija no será ni para unos ni para otros, y ellos me han
de servir de anzuelo para pescar.
Aquella alegría de familia en aquel salón antiguo, mal
alumbrado por dos velas de sebo; aquellas risas acompañadas del ruido de la
rueca de la gran Nanón, y que no eran sinceras más que en los labios de Eugenia
o en los de su madre; aquella pequeñez unida a tan grandes intereses: aquella
joven, que, semejante a esos pájaros víctimas del elevado precio a que se venden
y que ellos ignoran, se veía molestada y zarandeada por falsas pruebas de
amistad; en una palabra, todo contribuía a hacer aquella escena tristemente
cómica. Pero, si bien se mira, ¿no es la escena esta propia de todos los tiempos
y de todos los lugares, si bien reducida a su más simple expresión? La figura de
Grandet explotando la falsa adhesión de dos familias y sacando enormes
beneficios de ellas, era el rasgo característico de este drama. Los gratos
sentimientos de la vida no ocupaban allí más que un lugar secundario, y sólo
animaban a tres corazones puros: el de Nanón, el de Eugenia y el de su madre.
Los demás rendían tributo al becerro de oro. Pero ¡cuánta ignorancia encerraba
la sencillez de aquéllas! Eugenia y su madre no conocían la fortuna de Grandet,
estimaban las cosas de la vida al resplandor de sus pobres ideas y no apreciaban
ni despreciaban el dinero, porque estaban acostumbradas a pasar sin él. Sus
sentimientos, heridos sin que ellas mismas se diesen cuenta, y la humildad de su
vida, constituían curiosas excepciones en aquella reunión de personas cuya
existencia era puramente material. ¡Espantosa condición humana! no hay dicha que
no provenga de alguna ignorancia. En el momento en que la señora Grandet ganaba
un lote de ochenta céntimos, que era el más considerable que se había jugado
nunca en aquella casa, un aldabonazo resonó en la puerta, haciendo tal ruido,
que las mujeres saltaron en sus sillas.
-No es de Saumur el que llama de ese modo; dijo el
notario.
-¡Qué manera de llamar! dijo Nanón. ¿Si querrán echar la
puerta abajo?
-¿Qué diablo es eso? exclamó Grandet.
Nanón tomó una de las velas y fue a abrir, acompañada de
Grandet.
-¡Grandet! ¡Grandet! exclamó su mujer que, movida por un
vago sentimiento de temor, se precipitó hacia la puerta de la sala.
Todos los jugadores se miraron.
-¿Les parece a ustedes que vayamos? dijo el señor de
Grassins. Ese aldabonazo me da mala espina.
Apenas habla dicho estas palabras el señor de Grassins,
cuando vio la figura de un joven, acompañado del mozo de la posta, el cual
llevaba dos maletas enormes y arrastraba unos sacos de noche. Grandet se volvió
bruscamente hacia su mujer, y le dijo:
-Señora Grandet, continúen ustedes jugando, que ya me
entenderé yo con el señor.
Y dicho esto cerró la puerta de la sala, donde los
jugadores, inquietos, recobraron sus asientos, pero sin continuar el juego.
-¿Es alguno de Saumur, señora de Grassins? preguntó la
señora Grandet.
-No, es un viajero.
-A estas horas sólo puede venir de París.
-En efecto, dijo el notario sacando su. antiguo reloj de
dos dedos de grueso y que parecía una verdadera patata, son las nueve. ¡Diablo!
la diligencia oficial no llega nunca tarde.
-¿Y es joven ese señor? preguntó el abate Cruchot.
-Sí, respondió el señor de Grassins, y trae paquetes que
deben pesar lo menos trescientos kilos.
-Y Nanón no viene, dijo Eugenia.
-Debe ser algún pariente de ustedes, dijo el presidente.
-Hagamos las puestas, exclamó en voz baja la señora
Grandet. He conocido por la voz que mi marido estaba contrariado, y acaso no le
guste que hablemos de sus asuntos.
-Señorita, dijo Adolfo a su vecina, debe ser su primo
Grandet, guapo muchacho a quien conocí en el baile del señor de Nucingén.
Adolfo no continuó, porque su madre le dio un pisotón para
advertirle que callase, diciéndole después al oído en cuando tuvo ocasión:
-¡Necio! ¿quieres callar?
En este momento, Grandet entró con la gran Nanón, cuyos
pasos, unidos a los el mozo de la posta, resonaron en las escaleras. El antiguo
tonelero iba seguido del viajero que tanto excitaba la curiosidad hacía algunos
instantes, y que preocupaba tan vivamente a todas las imaginaciones, que su
llegada a aquella casa y su caída entre aquella gente sólo puede ser comparada a
la de un caracol en una colmena, o a la introducción de un pavo real en algún
corral obscuro de aldea.
-Siéntese usted al lado del fuego, le dijo Grandet.
Antes de sentarse, el joven forastero saludó con mucha
gracia a los reunidos. Los hombres se levantaron para responder con una cortés
inclinación, y las mujeres hicieron una ceremoniosa reverencia.
-Traerá usted frío, ¿verdad, caballero? dijo la señora
Grandet. ¿Viene usted acaso de...?
-¡Diablo de mujeres! dijo el anciano viñero dejando la
lectura de una carta que tenía en la mano; ¿no dejaréis descansar a ese señor?
-Pero, papá, acaso necesite algo este joven, dijo Eugenia.
-Ya tiene lengua para pedirlo, respondió severamente el
viñero.
El desconocido fue el único a quien sorprendió esta
escena, pues los demás estaban acostumbrados a los despóticos modales del avaro.
Esto no obstante, cuando estas dos preguntas Y estas dos
respuestas fueron cambiadas, el desconocido se levantó, se puso de espaldas al
fuego, alzó un pie para calentar la suela de las botas, y dijo a Eugenia:
-Prima mía, le doy a usted las gracias, pero he comido ya
en Tours.
Y después, dirigiéndose a Grandet, añadió:
-No necesito nada, ni estoy cansado.
-¿Viene el señor de la capital? le preguntó la señora de
Grassins.
Don Carlos, que así se llamaba el hijo del señor Grandet,
de París, al oír que le interpelaban, tomó el monóculo que pendía de su cuello
mediante una cadena, lo aplicó a su ojo derecho para examinar lo que había sobre
la mesa y las personas que estaban sentadas en torno de ella, miró
impertinentemente a la señora de Grassins y le dijo, después de haberlo
examinado todo:
-Sí, señora. Pero, tía, añadió, veo que jugaban ustedes a
la lotería, y les ruego que no dejen por mí un juego tan divertido.
-Estaba segura de que era el primo, pensaba la señora de
Grassins dirigiéndole miradas a hurtadillas.
-¡El cuarenta y siete! gritó el anciano cura. ¡Pero marque
usted, señora de Grassins, que tiene usted este número!
El militar colocó una chinita sobre el cartón de su mujer,
la cual, agobiada por tristes presentimientos, observó sucesivamente al primo de
Paris y a Eugenia, sin pensar en la lotería. De cuando en cuando, la joven
heredera dirigía furtivas miradas a su primo, y la mujer del banquero pudo
descubrir fácilmente en ellos un crescendo de asombro o de curiosidad.
Don Carlos Grandet, guapo joven de veintidós años,
producía en este momento un singular contraste con los buenos provincianos, a
los que les fastidiaban ya sus maneras aristocráticas, y procuraban estudiarlas
para burlarse luego de él. Esto exige una explicación. A los veintidós años, los
jóvenes están aún muy fronterizos con la infancia para no dejarse llevar de
niñerías; así, pues, de cien que se hubiesen encontrado en la, situación de
Carlos, noventa y nueve hubieran obrado como él. Algunos días antes de la noche
en que comienza esta historia, el padre del joven le había dicho que fuese a
pasar algunos meses a Saumur a casa de su hermano. El señor Grandet, de París,
pensaba, sin duda, en Eugenia. Carlos, que llegaba a provincias por primera vez,
quiso presentarse allí con la superioridad de un joven elegante, desesperar a la
comarca con su lujo y formar época, importando las invenciones de la vida
parisiense. En fin, para explicarlo todo en una palabra, quería pasar en Saumur
más tiempo que en París limpiándose las uñas, cuidando de su persona y vistiendo
con el mayor esplendor. Carlos se llevó, pues, el traje más bonito de caza, la
escopeta más bonita y el cuchillo de monte más bonito de Paris. Se llevó también
su más ingeniosa colección de chalecos, en la que los había de color gris,
blancos, negros, de color de escarabajo, con reflejos dorados, a rayas, de
cuello sencillo, de cuello vuelto, cruzados, cerrados y con botones de oro. Se
llevó también todas las variedades de cuellos Y corbatas que estaban de moda a
la sazón, dos levitas de Buisson y su ropa blanca más fina, un neceser de oro,
regalo de su madre, y todos los cachivaches de petimetre, sin olvidar una
admirable escribanía, regalo de la más amable de las mujeres, para él, al menos,
de una gran señora que se llamaba Anita y que viajaba marital y aburridamente
por Escocia, víctima de algunas sospechas por las que tuvo que sacrificar
momentáneamente su dicha. Como es natural, no se olvidó tampoco de llevar papel
perfumado para escribirle una carta cada quince días. En una palabra, que su
equipaje consistía en un cargamento completo de futilidades parisienses, donde,
desde el látigo que sirve para comenzar un duelo, hasta las hermosas pistolas
grabadas a cincel, se encontraban todos los instrumentos aratorios de que se
sirve un joven ocioso para laborear alegremente la vida. Como su padre le
hubiese dicho que viajase solo y modestamente, Carlos había tomado para sí solo
el cupé de la diligencia, muy satisfecho de no estropear un hermoso coche de
viaje que había encargado para salir al encuentro de su Anita, la gran dama
que... etc., y a la cual debía unirse en julio próximo en las aguas de Baden.
Carlos contaba encontrar cien personas en casa de su tío, cazar a caballo en sus
bosques y hacer, en fin, vida de campo, y como no supiese que estaba en Saumur,
lo primero que hizo al llegar fue preguntar por el camino de Froidfond; pero, al
saber que su tío vivía en la villa, creyó que viviría en un gran palacio, y, a
fin de hacer una entrada conveniente en casa de su tío, ya estuviese en Saumur,
o ya en Froidfond, se había puesto un traje de viaje de la manera más sencilla y
más adorable que puede vestirse un hombre. En Tours acababa de cambiarse de ropa
interior y de ponerse una corbata de satín negro con un cuello bajo que sentaba
admirablemente a su blanca y risueña cara, y un peluquero le había rizado sus
hermosos cabellos castaños. Una levita de viaje medio abrochada le dibujaba el
talle y dejaba ver un chaleco de cachemira, bajo el cual llevaba un segundo
chaleco, blanco. Su reloj, metido negligentemente en uno de los bolsillos de su
chaleco, iba unido a un ojal mediante una corta cadena de oro. Su pantalón gris
se abotonaba a los lados, cuyas costuras estaban adornadas con dibujos bordados
de seda negra. El joven manejaba graciosamente un bastón cuyo puño de oro no
alteraba la limpieza de sus guantes grises. Finalmente, su gorra era de
exquisito gusto. Sólo un parisiense de la esfera más elevada podía vestirse de
este modo sin parecer ridículo y comunicar cierta armónica fatuidad a todas
estas futilidades, fatuidad que estaba sostenida, por otra parte, con aire
arrogante, con el aire de un joven que tiene hermosas pistolas, ojo certero y
una Anita. Ahora, si queréis comprender bien la sorpresa respectiva de los
habitantes de Saumur y del joven parisiense, y ver perfectamente lo mucho que
brillaba la elegancia del viajero en medio de las sombras grises de la sala y de
las figuras que componían este cuadro de familia, procurad representaros a los
Cruchot. Los tres tomaban rapé, y hacía ya tiempo que no se cuidaban de que no
les cayese el moco, ni de evitar las manchitas en la pechera de sus camisas
rojizas de cuellos abarquillados y de amarillentos pliegues. Sus arrugadas
corbatas se arrollaban en forma de cuerda tan pronto como se las ponían al
cuello. La enorme cantidad de ropa blanca que tenían y que les permitía no hacer
colada más que cada seis meses y conservarla en el fondo de sus baúles y
armarios, dejaba que el tiempo oprimiese en ella sus tintes grisáceos y
obscuros. En estos objetos existía una perfecta armonía entre su repugnancia y
su vejez. Sus caras, tan ajadas como raídas estaban sus ropas, y tan llenas de
arrugas como sus pantalones, parecían estar gastadas y apergaminadas y
gesticular. La negligencia general de los demás vestidos, incompletos todos y
viejos, como suelen serlo en provincias, donde se llega insensiblemente a dejar
de vestirse los unos por los otros y a fijarse en un par de guantes, estaba en
perfecta armonía con la apatía de los Cruchot. El horror a la moda era el único
punto en que los grassinistas y los cruchotistas se entendían perfectamente. El
parisiense tomaba su monóculo para examinar los singulares accesorios de la
sala, las vigas del techo, el color de las maderas (donde las moscas habían
impreso tal número de puntos, que hubieran bastado para puntuar la
Enciclopedia metódica y el Monitor) tan pronto como los jugadores de
la lotería levantaban la cabeza y le examinaban con tanta curiosidad como si
fuese una jirafa. El señor de Grassins y su hijo, para quienes no era
desconocida la figura de un hombre a la moda, no dejaron de asociarse al asombro
de sus vecinos, ya porque experimentasen la indefinible influencia de un
sentimiento general, o ya porque lo aprobasen diciendo a sus compatriotas,
mediante miradas llenas de ironía: «¡He aquí lo que son los parisienses! «Por
otra parte, todos podían observar a su gusto a Carlos sin temor a desagradar al
dueño de la casa. Grandet estaba entretenido en la lectura de la carta que
acababa de recibir, y había tomado para leerla la única vela que había sobre la
mesa, sin preocuparse de sus huéspedes ni de su lotería. Eugenia, que desconocía
el tipo de una perfección semejante, creyó ver en su primo una criatura bajada
de alguna región seráfica, aspiraba con delicia los perfumes que exhalaba
aquella cabellera tan brillante y tan graciosamente rizada y hubiera querido
tocar la piel blanca de aquellos guantes tan hermosos y tan finos. La joven
envidiaba a Carlos sus pequeñas manos, su tez y la frescura e delicadeza de sus
facciones. En una palabra, si esta imagen puede resumir las impresiones que el
hombre elegante produce en una joven ignorante, ocupada sin cesar en reparar
medias, en remendar la ropa de su padre y cuya vida había transcurrido en
aquella sombría casa, sin ver pasar por su silenciosa calle más que un
transeúnte por hora, la presencia de su primo hizo surgir en su corazón las
emociones de fina voluptuosidad que causan a un joven las fantásticas figuras de
las mujeres dibujadas por Westall en los álbums ingleses, y grabadas a buril por
los Finden con tanta habilidad, que llega a temerse que, soplando sobre el
cartón, lleguen a borrarse aquellas apariciones celestes. Carlos sacó del
bolsillo un pañuelo bordado por la gran dama que viajaba por Escocia. Al ver
aquella bonita obra hecha con amor durante las horas perdidas para el amor,
Eugenia miró a su primo para ver si iba en realidad a servirse de él. Los
modales, sus gestos, la manera como manejaba su monóculo, su impertinencia
afectada, su desprecio por el cofrecito que acababa de causar tanto placer a la
rica heredera, y que él encontraba, indudablemente, sin valor o ridículo; en una
palabra, todo lo que chocaba a los Cruchot o a los Grassins le agradaba a ella
tanto, que, antes de dormirse, debió pensar mucho tiempo en aquel fénix de los
primos.
Los números se sacaban con mucha lentitud; pero la lotería
no tardó en acabar.
Después la gran Nanón entró y dijo:
-Señora, tendrá usted que darme sábanas para hacer la cama
a ese señor.
La señora Grandet siguió a Nanón, y entonces la señora de
Grassins dijo en voz baja:
-Vale más que guardemos el dinero y que dejemos el juego.
Y acto continuo cada uno cogió sus diez céntimos del
platito, reuniéndose después la asamblea para conversar en torno del fuego.
-¿Han acabado ustedes ya? dijo Grandet sin dejar la carta.
-Sí, sí, dijo la señora de Grassins yendo a sentarse al
lado de Carlos.
Eugenia, movida por uno de esos pensamientos que nacen en
el corazón de las jóvenes cuando un sentimiento se alberga en él por primera
vez, dejó la sala para ir a ayudar a su madre y a Nanón. Si la joven hubiera
sido interrogada en este momento por un confesor hábil, sin duda hubiera
declarado que al dar aquel paso no lo hacía por su madre ni por Nanón, sino
movida por el punzante deseo de inspeccionar el cuarto de su primo para ocuparse
allí de él, para arreglarle algo, para obviar cualquier olvido, para preverlo
todo, para ponerlo, en fin, lo más elegante y limpio posible. Eugenia se creía
ya la única capaz de comprender los gustos y las ideas de su primo. Y en efecto,
llegó, afortunadamente, para probar a su madre y a Nanón que todo estaba por
hacer, cuando ellas volvían creyendo que estaba todo hecho. Eugenia advirtió a
la gran Nanón que debía calentar las sábanas con el calentador, cubrió la mesa
con un mantel, y recomendó a Nanón que lo cambiase todas las mañanas. Convenció
a su madre de la necesidad de encender un buen fuego en la chimenea y determinó
a Nanón a subir, sin decir nada a su padre, un gran montón de leña del corredor.
Corrió a buscar, a uno de los rincones de la sala, una bandeja de laca, que
provenía de la herencia del difunto señor de la Bertelliere, tomó asimismo una
copa y una cucharita desdorada y lo puso triunfalmente todo en un rincón de la
chimenea. Eugenia había tenido más ideas en aquel cuarto de hora que en toda su
vida.
-Mamá, mi primo no podrá soportar el olor de una vela de
sebo. ¿Si comprásemos una bujía...?
Y esto diciendo, se fue, ligera como un pájaro a buscar
los cinco francos que había recibido para los gastos del mes, para decirle a
Nanón:
-Toma, Nanón, corre.
-Pero ¿qué dirá tu padre, y de dónde sacarás el azúcar?
¿Estás loca?
Esta terrible objeción fue hecha por la señora Grandet al
ver a su hija armada de una vieja azucarera de Sevres que el señor Grandet había
traído del castillo de Froidfond.
-Mamá, Nanón comprará el azúcar al mismo tiempo que la
bujía.
-Pero ¿y tu padre?
-¿Te parece que está bien que su sobrino no pueda beber un
vaso de agua con azúcar? Además, papá no se fijará.
-Tu padre se fija en todo, dijo la señora Grandet moviendo
la cabeza.
Nanón dudaba porque conocía a su amo.
-Bueno, hoy es mi cumpleaños; anda, corre, Nanón.
Ésta soltó una carcajada al oír la primera broma que su
ama se había permitido en su vida, y la obedeció. Mientras que Eugenia y su
madre se esforzaban por embellecer el cuarto que el señor Grandet destinaba a su
sobrino, Carlos era objeto de las atenciones de la señora de Grassins, que le
prodigaba mil halagos.
-Señor, ya se necesita valor para dejar los placeres de la
capital durante el invierno y venir a vivir a Saumur, le dijo. Pero, si no le
causamos a usted miedo, ya verá que también aquí se puede uno divertir.
Y al mismo tiempo que le decía esto, le dirigió una de
esas miradas de provincias donde, por costumbre, las mujeres miran con tanta
reserva y prudencia, que comunican a sus ojos la delicada concupiscencia propia
de los eclesiásticos, para quienes todo placer es un robo o una falta. Carlos se
encontraba tan extrañado en aquella sala, tan lejos del vasto castillo y de la
fastuosa existencia que suponía a su tío, que, mirando a la señora de Grassins,
vio al fin en ella una imagen pálida de las figuras parisienses; respondió con
gracia a la especie de demostración que le habla sido dirigida y, como es
natural, entabló una especie de conversación en la que la señora de Grassins fue
bajando gradualmente la voz para ponerla en armonía con la naturaleza de sus
confidencias. Lo mismo ella que Carlos sentían una viva necesidad de confianza;
de modo que, después de algunos momentos de alegre charla, la diestra
provinciana pudo decirle, sin creer ser escuchada por las demás personas que
hablaban de la venta de vinos, que era el asunto que ocupaba a la sazón a todo
Saumur:
-Señor, si quiere usted hacernos el honor de venir a
vernos, nos causará un gran placer lo mismo a mi marido que a mí. Nuestro salón
es el único en Saumur donde encontrará usted reunidos el alto comercio y la
nobleza: nosotros pertenecemos a las dos sociedades, que sólo quieren
encontrarse en nuestra casa porque únicamente allí se divierten. Mi marido, y
esto lo digo con orgullo, es tan considerado por los unos como por los otros. Ya
procuraremos distraerle mientras permanezca usted aquí. Si se queda en casa del
señor Grandet, ¿qué va a ser de usted, Dios mío? Su tío es un avaro que no
piensa más que en el dinero, su tía es una devota que no sabe enlazar dos ideas,
y su prima es una tontuela sin educación, ordinaria, sin dote, y que pasa la
vida remendando rodilleras.
-Es simpática esta mujer, se dijo para sus adentros Carlos
Grandet, respondiendo así a los halagos de la señora de Grassins.
-Amiga mía, me parece que quieres conquistar a ese señor,
dijo riéndose el alto y gordo banquero.
Al oír esta observación, el notario y el presidente
dijeron algunas frases maliciosas; pero el cura les miró con aire astuto y
resumió sus pensamientos tomando un polvo de tabaco y ofreciendo su tabaquera a
todo el mundo, al mismo tiempo que decía:
-¿Quién mejor que la señora para hacer los honores de
Saumur a este caballero?
-¡Eh! ¿cómo se entiende eso, señor cura? preguntó el señor
de Grassins.
-Señor mío, se entiende en el sentido más favorable para
usted, para la señora, para la villa de Saumur y para este caballero, añadió el
astuto anciano volviéndose hacia Carlos.
Aunque parecía que no había prestado la menor atención, el
abate Cruchot supo adivinar la conversación de Carlos y de la señora de Grassins.
-Señor, dijo por fin Adolfo a Carlos, esforzándose para
hablar con desenvoltura-, no sé si conservará usted recuerdo de mí: yo tuve el
gusto de hablar con usted en un baile que dio el señor barón de Nucingén y...
-Sí, sí, caballero, me acuerdo perfectamente, respondió
Carlos sorprendido al ver que era objeto de las atenciones de todo el mundo. ¿Es
hijo de usted este joven? preguntó después a la señora de Grassins.
El cura miró maliciosamente a la madre.
-Sí, señor, respondió ésta.
-Le enviaron a usted muy joven a París, repuso Carlos
dirigiéndose a Adolfo.
-¡Qué quiere usted, señor! dijo el cura; aquí los enviamos
a Babilonia tan pronto como están destetados.
La señora de Grassins interrogó al cura dirigiéndole una
mirada de asombrosa profundidad.
-Hay que venir a provincias para encontrar mujeres de
treinta y tantos años tan frescas como está la señora, después de haber tenido
hijos que están próximos a licenciarse en derecho, continuó el cura. Me parece
aún que fue ayer cuando los jóvenes y las damas se subían a las sillas para
verla a usted bailar, señora, añadió el cura volviéndose hacia su adversario
hembra. Para mi, los éxitos de usted están frescos aún.
-¡Ah! ¡viejo maldito! se dijo para sus adentros la señora
de Grassins, ¿habrá adivinado lo que pienso?
-Me parece que tendré mucho éxito en Saumur, se decía
Carlos desabrochándose la levita, poniéndose la mano en el bolsillo del chaleco
y fijando sus miradas en el espacio para imitar la postura atribuida por
Chantrey a lord Byron.
La falta de atención del padre Grandet, o, mejor dicho, la
preocupación en que le tenía sumido la lectura de la carta, no pasó
desapercibida para el notario ni para el presidente, los cuales procuraban
deducir su contenido por los imperceptibles movimientos de la cara de Grandet,
que estaba a la sazón muy iluminada por la vela. El viñero mantenía con
dificultad la acostumbrada tranquilidad de su fisonomía. Por otra parte,
cualquiera puede imaginarse la actitud afectada por este hombre al leer la fatal
carta que va a continuación».
«Hermano mío, Pronto va a hacer veintitrés años que no nos
hemos visto. Mi casamiento fue el motivo de nuestra última entrevista, después
de la cual nos separamos uno de otro alegremente. A decir verdad, yo no podía
sospechar nunca que tú hubieses de ser un día el sostén de la familia, por cuya
prosperidad te interesabas tanto en aquella época. Cuando recibas esta carta, yo
ya no existiré. En la situación en que me encuentro, no quiero sobrevivir a la
vergüenza de una quiebra. Me he mantenido al borde del abismo hasta el último
momento, esperando poder sostenerme; pero no hay remedio, es preciso caer. Las
quiebras reunidas de mi agente de Bolsa y de Roguín, mi notario, se llevan mis
últimos recursos y me dejan en la miseria. Tengo el dolor de deber cuatro
millones, sin poder ofrecer más que el veinticinco por ciento de activo. Mis
vinos almacenados experimentan en este momento la ruinosa baja que causan la
abundancia y la calidad de vuestras cosechas. Dentro de tres días París dirá-.
«¡El señor Grandet era un bribón! « y yo, probo, habré de quedar cubierto con un
sudario de infamia. Arrebato a mi hijo su nombre honrado y la fortuna de su
madre. Ese idolatrado hijo, a quien adoro, no sabe nada aún. Nos hemos despedido
tiernamente. Por fortuna, él ignoraba que aquel adiós era el último de su padre.
¿No me maldecirá algún día? Hermano mío, hermano mío, la maldición de nuestros
hijos es espantosa: ellos pueden apelar de la nuestra, pero la suya es
irrevocable. Grandet, tú eres mi hermano mayor, y, como tal, me debes
protección: haz que Carlos no pronuncie ninguna palabra amarga sobre mi tumba.
Hermano mío, si te escribiese con mi sangre y con mis lágrimas, esta carta no,
encerraría tantos dolores como encierra, porque lloraría, sangraría, estaría
muerto y no sufriría ya; mientras que ahora sufro y miro la muerte con mirada
serena. Hete ya, pues, constituido en padre de Carlos, el cual ya sabes que no
tiene parientes por la línea materna. ¿Por qué no he obedecido a las
preocupaciones sociales? ¿Por qué me he casado con la hija natural de un gran
señor? Carlos no tiene más familia que tú. ¡Oh hijo mío! ¡desgraciado hijo mío!
Escucha, Grandet, no imploro nada para mí, pues, por otra parte, creo que tus
bienes no son bastante considerables para soportar una hipoteca de tres
millones. Pero te pido protección para mi hijo. Sábelo bien, hermano mío, mis
manos suplicantes se han elevado al cielo al pensar en ti. Grandet te confío a
Carlos al morir, y contemplo mis pistolas sin dolor pensando que tú le servirás
de padre. Carlos me quería mucho porque yo era bueno para él y no le contradecía
nunca; así que espero que no me maldecirá. Por otra parte, tú mismo lo verás: es
cariñoso Y bueno, se parece a su madre y no te dará nunca un disgusto.¡Pobre
hijo mío! Acostumbrado a los goces del lujo, no conoce ninguna de las
privaciones a que a ti y a mí nos condenó nuestra primera miseria... y hele ya
arruinado, solo. Sí, todos mis amigos huirán de él, y yo seré la causa de sus
humillaciones. ¡Ah! ¡quisiera tener valor bastante para enviarle a los cielos al
lado de su madre! ¡Locura!... vuelvo a hablarte de mi desgracia y de la de
Carlos. Te lo he enviado para que le comuniques convenientemente mi muerte y la
suerte que le espera. Sé un padre para él, pero un buen padre. No lo saques de
pronto de su vida ociosa, porque lo matarías. Pídele de rodillas que renuncie a
los créditos que en calidad de heredero de su madre podría exigir de mí. Pero
este ruego me parece inútil porque Carlos es hombre de honor y comprenderá que
no debe unirse a mis acreedores. Hazle renunciar a mi herencia en tiempo
oportuno. Revélale las duras condiciones que yo le deparo, y si sigue teniéndome
cariño, dile en mi nombre que no todo se ha perdido para él. Dile que el
trabajo, que nos ha salvado a los dos, puede devolverle la fortuna de que yo le
privo, y, si quiere escuchar la voz de su padre, que quisiera salir un momento
de la tumba, que se vaya, que emigre a las Indias. Hermano mio, Carlos es un
joven honrado y valeroso: prepárale una pacotilla, que yo estoy seguro que él se
moriría antes de dejar de devolverte la cantidad que le prestes, pues tú le
prestarás lo que necesite, a menos que no quieras crearte remordimientos. ¡Ah!
si mi hijo no encontrara protección ni cariño en ti, yo pediría venganza a Dios
por tu dureza. Si yo hubiese podido salvar alguna cantidad, tenía perfecto
derecho a entregarle una parte a cuenta de los bienes de su madre; pero los
pagos de fin de mes agotaron todos mis recursos. Yo no hubiera querido morir en
la duda acerca de la suerte de mi hijo y hubiera deseado sentir santas promesas
en tus labios que me hubieran consolado; pero me falta el tiempo. Mientras que
Carlos viaja, yo me veo obligado a hacer el balance. Procuro probar, con la
buena fe con que he obrado siempre en mis negocios, que mis desastres no han
sido originados por culpa mía ni por falta de probidad. ¿No equivale esto a
ocuparme de Carlos? Adiós, hermano mío. Que todas las bendiciones de Dios caigan
sobre ti por la generosa tutela que te confío y que no dudo que aceptas. No
olvides que una voz rogará por ti sin cesar en el mundo en que tenemos que
reunirnos todos un día y en donde está ya
«VÍCTOR
ÁNGEL GUILLERMO GRANDET».
-¿Están ustedes charlando? dijo el padre Grandet doblando
la carta como estaba y metiéndosela en el bolsillo del chaleco. ¿Se ha calentado
usted? añadió mirando a su sobrino con aire humilde y tímido, bajo el cual
ocultó sus emociones y sus cálculos.
-Sí, querido tío.
-¿Dónde están las mujeres? dijo el tío olvidando ya que su
sobrino tenía que dormir en su casa.
En este momento se presentaron Eugenia y la señora Grandet.
Está ya todo arreglado? les preguntó el buen hombre
recobrando su calma.
-Sí, papá
-Pues bien, sobrino mío, si está usted cansado, Nanón le
acompañará a su cuarto. ¡Que diantre! no será una habitación de pisaverde, pero
ya dispensará usted a un pobre viñero que no ha tenido nunca un céntimo; los
impuestos se lo llevan todo.
-Grandet, no queremos ser indiscretos, dijo el banquero.
Usted tendrá que hablar con su sobrino, y, por lo tanto, nosotros nos marchamos.
¡Hasta mañana!
Dichas estas palabras, la asamblea se levantó, y cada uno
se despidió según su carácter. El anciano notario fue a buscar a la puerta su
linterna y se volvió a encenderla, ofreciéndose a los Grassins para
acompañarlos. La señora de Grassins no había previsto este incidente que había
de poner prematuro término a la velada, y su criado no había llegado aún.
-Señora, ¿quiere usted hacerme el honor de aceptar mi
brazo? dijo el abate Cruchot a la señora de Grassins.
-Gracias, señor cura, ya tengo aquí a mi hijo, le
respondió ella secamente.
-No olvide usted que las damas no se comprometen conmigo,
dijo el cura.
-Mujer, ¿por qué no das el brazo al señor cura? dijo el
marido.
El cura ofreció el brazo a la señora de Grassins y procuró
anticiparse algunos pasos a la caravana.
-Señora, es guapo ese joven, le dijo estrechándole el
brazo. Adiós nuestro dinero. Ahora tendrá usted que renunciar a la señorita
Grandet; Eugenia será para el parisiense. A menos que su primo no se haya
enamorado de alguna parisiense, su hijo Adolfo va a tener en él el rival más...
-Deje usted, deje usted, señor cura, ese joven no tardará
en ver que su prima es una tontucia, una muchacha sin principios. ¿Se ha fijado
usted? Esta noche estaba amarilla como un membrillo.
-¿Le ha hecho usted ya observar eso al primo?
-No me he tomado esa molestia.
-Señora, póngase usted siempre al lado de Eugenia y no
tendrá usted que decir gran cosa a ese joven contra su prima: él mismo hará una
comparación que...
-En primer lugar, me ha prometido venir a comer a mi casa
pasado mañana.
-¡Ah! señora, si usted quisiere... dijo el cura.
-¿Qué quiere usted que yo quiera, señor mío? ¿Intenta
usted darme malos consejos? Yo no he llegado a la edad de treinta y nueve años
con una reputación sin tacha, a Dios gracias, para comprometerla aunque se
tratase del imperio del gran Mogol. Lo mismo usted que yo estamos en una edad en
que ya se conoce el valor de las palabras. Para ser eclesiástico, tiene usted
ideas muy inconvenientes. ¡Diablo! eso es digno de Faublas.
-¿Ha leído usted a Faublas?
-No, señor cura, quería decir las Uniones peligrosas.
-¡Ah! ese libro es mucho más moral, dijo el cura riéndose.
Pero usted me cree tan perverso como un joven del día. Quería sencillamente
aconsejarle...
-Atrévase a decir que no iba a aconsejarme cosas feas. ¡Si
está más claro que el agua! Si ese joven, que convengo que es muy guapo, me
hiciese la corte, ya no pensaría en su prima. Yo sé que en París algunas buenas
madres se sacrifican de este modo por la dicha y la fortuna de sus hijos; pero
aquí estamos en provincias, señor cura.
-Sí, señora.
-Y ni yo ni Adolfo querríamos cien millones comprados a
ese precio.
-Señora, yo no he hablado de cien millones. La tentación
podría ser superior a nuestras fuerzas. Únicamente creo que una mujer honrada
puede permitirse pequeñas coqueterías sin consecuencia que forman parte de sus
deberes de sociedad, y que...
-¿Lo cree usted así?
-Señora, ¿no debemos procurar agradarnos los unos a los
otros?... Permítame usted que me suene. Señora, le aseguro, repuso, que ese
joven le miraba a usted con expresión más halagüeña que a mí; pero yo le perdono
el que tenga preferencia por honrar a la belleza que a la vejez.
-Es claro, decía el presidente con su recia voz, que el
señor Grandet envía a su hijo a Saumur con intenciones matrimoniales...
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