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PRIMERA PARTE
I
Cada mañana, entre el humo y el olor a aceite del
barrio obrero, la sirena de la fábrica mugía y temblaba. Y de las casuchas
grises salían apresuradamente, como cucarachas asustadas, gentes hoscas, con el
cansancio todavía en los músculos. En el aire frío del amanecer, iban por las
callejuelas sin pavimentar hacia la alta jaula de piedra que, serena e
indiferente, los esperaba con sus innumerables ojos, cuadrados y viscosos. Se
oía el chapoteo de los pasos en el fango. Las exclamaciones roncas de las voces
dormidas se encontraban unas con otras: injurias soeces desgarraban el aire.
Había también otros sonidos: el ruido sordo de las máquinas, el silbido del
vapor. Sombrías y adustas, las altas chimeneas negras se perfilaban, dominando
el barrio como gruesas columnas.
Por la tarde, cuando el sol se ponía y sus rayos rojos
brillaban en los cristales de las casas, la fábrica vomitaba de sus entrañas de
piedra la escoria humana, y los obreros, los rostros negros de humo, brillantes
sus dientes de hambrientos, se esparcían nuevamente por las calles, dejando en
el aire exhalaciones húmedas de la grasa de las máquinas. Ahora, las voces eran
animadas e incluso alegres: su trabajo de forzados había concluido por aquel
día, la cena y el reposo los esperaban en casa.
La fábrica había devorado su jornada: las máquinas
habían succionado en los músculos de los hombres toda la fuerza que necesitaban.
El día había pasado sin dejar huella: cada hombre había dado un paso más hacia
su tumba, pero la dulzura del reposo se aproximaba, con el placer de la taberna
llena de humo, y cada hombre estaba contento.
Los días de fiesta se dormía hasta las diez. Después,
las gentes serias y casadas, se ponían su mejor ropa e iban a misa, reprochando
a los jóvenes su indiferencia en materia religiosa. Al volver de la iglesia,
comían y se acostaban de nuevo, hasta el anochecer.
La fatiga, amasada durante años, quita el apetito, y,
para comer, bebían, excitando su estómago con la aguda quemadura del alcohol.
Por la tarde, paseaban perezosamente por las calles:
los que tenían botas de goma, se las ponían aunque no lloviera, y los que
poseían un paraguas, lo sacaban aunque hiciera sol.
Al encontrarse, se hablaba de la fábrica, de las
máquinas, o se deshacían en invectivas contra los capataces. Las palabras y los
pensamientos no se referían más que a cosas concernientes al trabajo. Apenas si
alguna idea, pobre y mal expresada, arrojaba una solitaria chispa en la
monotonía gris de los días. Al volver a casa, los hombres reñían con sus mujeres
y con frecuencia les pegaban, sin ahorrar los golpes. Los jóvenes permanecían en
el café u organizaban pequeñas reuniones en casa de alguno, tocaban el acordeón,
cantaban canciones innobles, bailaban, contaban obscenidades y bebían.
Extenuados por el trabajo, los hombres se embriagaban fácilmente: la bebida
provocaba una irritación sin fundamento, mórbida, que buscaba una salida.
Entonces, para liberarse, bajo un pretexto fútil, se lanzaban uno contra otro
con furor bestial. Se producían riñas sangrientas, de las que algunos salían
heridos; algunas veces había muertos...
En sus relaciones, predominaba un sentimiento de
animosidad al acecho, que dominaba a todos y parecía tan normal como la fatiga
de los músculos. Habían nacido con esta enfermedad del alma que heredaban de sus
padres, los acompañaba como una sombra negra hasta la tumba, y les hacía cometer
actos odiosos, de inútil crueldad.
Los días de fiesta, los jóvenes volvían tarde por la
noche, los vestidos rotos, cubiertos de lodo y de polvo, los rostros
contusionados; se alababan, con voz maligna, de los golpes propinados a sus
camaradas, o bien, venían furiosos o llorando por los insultos recibidos,
ebrios, lamentables, desdichados y repugnantes. A veces eran los padres quienes
traían su hijo a casa: lo habían encontrado borracho, perdido al pie de una
valla, o en la taberna; las injurias y los golpes llovían sobre el cuerpo inerte
del muchacho; luego lo acostaban con más o menos precauciones, para despertarlo
muy temprano, a la mañana siguiente, y enviarlo al trabajo cuando la sirena
esparcía, como un sombrío torrente, su irritado mugir.
Las injurias y los golpes caían duramente sobre los
muchachos, pero sus borracheras y sus peleas parecían perfectamente legítimas a
los viejos: también ellos, en su juventud, se habían embriagado y pegado;
también a ellos les habían golpeado sus padres. Era la vida. Como un agua
turbia, corría igual y lenta, un año tras otro; cada día estaba hecho de las
mismas costumbres, antiguas y tenaces, para pensar y obrar. Y nadie
experimentaba el deseo de cambiar nada.
Algunas veces, aparecían por el barrio extraños,
venidos nadie sabía de dónde. Al principio, atraían la atención, simplemente
porque eran desconocidos; suscitaban luego un poco de curiosidad, cuando
hablaban de los lugares donde habían trabajado; después, la atracción de la
novedad se gastaba, se acostumbraba uno a ellos y volvían a pasar
desapercibidos. Sus relatos confirmaban una evidencia: la vida del obrero es en
todas partes la misma. Así, ¿para qué hablar de ello?
Pero alguna vez ocurría que decían cosas inéditas para
el barrio. No se discutía con ellos, pero escuchaban, sin darles crédito, sus
extrañas frases que provocaban en algunos una sorda irritación, inquietud en
otros; no faltaban quienes se sentían turbados por una vaga esperanza y bebían
todavía más para borrar aquel sentimiento inútil y molesto.
Si en un extraño observaban algo extraordinario, los
habitantes de la barriada no lo miraban bien, y lo trataban con una repulsión
instintiva, como si temiesen verlo traer a su existencia algo que podría turbar
la regularidad sombría, penosa, pero tranquila. Habituados a ser aplastados por
una fuerza constante, no esperaban ninguna mejora, y consideraban cualquier
cambio como tendiente tan sólo a hacerles el yugo todavía más pesado.
Los que hablaban de cosas nuevas, veían a las gentes
del barrio huirles en silencio. Entonces desaparecían, volvían al camino, o si
se quedaban en la fábrica, vivían al margen, sin lograr fundirse en la masa
uniforme de los obreros...
El hombre vivía así unos cincuenta años; después,
moría...
II
Tal era la vida del cerrajero Michel Vlassov, un ser
sombrío, velludo, de ojillos desconfiados bajo espesas cejas, de sonrisa
maligna. El mejor cerrajero de la fábrica y el hércules del barrio: ganaba poco,
porque era grosero con sus jefes; cada domingo dejaba sin sentido a alguno; todo
el mundo le detestaba y le temía Habían tratado de pegarle, pero sin éxito.
Cuando Vlassov veía que iban a atacarle, cogía una piedra, una plancha, un trozo
de hierro, y, plantándose sobre sus piernas abiertas, esperaba al enemigo, en
silencio. Su rostro, cubierto desde los ojos hasta la garganta por una barba
negra, y sus peludas manos, excitaban el pánico general. Causaban miedo, sobre
todo, sus ojos, pequeños y agudos, que parecían perforar a las gentes como una
punta de acero; cuando se encontraba aquella mirada, se sentían los demás en
presencia de una fuerza salvaje, inaccesible al miedo, pronta a herir sin
piedad.
-¡Fuera de aquí, carroña! -decía sordamente. En el
espeso vellón de su rostro, sus grandes dientes amarillos relucían. Sus
adversarios lo colmaban de insultos, pero retrocedían intimidados.
-¡Carroña! -les gritaba aún, y su mirada resplandecía,
malvada, aguda como una lezna. Después, erguía la cabeza con aire desafiante, y
los seguía, provocándolos:
-Bueno, ¿quién quiere morir?
Nadie quería...
Hablaba poco, y su expresión favorita era «carroña».
Llamaba así a los capataces de la fábrica y a la policía; empleaba el mismo
epíteto dirigiéndose a su mujer:
-¿No ves, carroña, que tengo los pantalones rotos?
Cuando su hijo Paul cumplió catorce años, Vlassov
intentó un día tirarle de los cabellos. Pero Paul se apoderó de un pesado
martillo y dijo secamente:
-No me toques.
-¿Qué? -preguntó el padre; avanzó sobre el erguido y
esbelto rapaz como una sombra sobre un abedul joven.
-Basta -dijo Paul-: no me dejaré pegar más...
Y blandió el martillo.
El padre lo miró, cruzó a la espalda sus velludas manos
y dijo burlonamente:
-Bueno...
Luego, añadió con un profundo suspiro:
-Bribón de carroña...
Poco después dijo a su esposa:
-No me pidas más dinero, Paul te mantendrá.
Ella se envalentonó:
-¿Vas a bebértelo todo?
-No es asunto tuyo, carroña. Tomaré una amiguita...
No tomó amante alguna, pero desde aquel momento hasta
su muerte, durante casi dos años, no volvió a mirar a su hijo, ni a dirigirle la
palabra.
Tenía un perro tan grande y peludo como él mismo. Cada
día, el animal lo acompañaba a la fábrica y lo esperaba por la tarde, a la
salida. El domingo, Vlassov iba a recorrer los cafés. Caminaba sin decir
palabra, parecía buscar a alguien, mirando insolentemente a las personas, a su
paso. El perro le seguía todo el día, el rabo bajo, gordo y peludo. Cuando
Vlassov, borracho, volvía a su casa, se sentaba a la mesa y daba de comer al
perro en su plato. No le pegaba jamás, ni le reñía, pero tampoco le acariaciaba
nunca. Después de la comida, si su mujer no se llevaba el servicio a tiempo,
tiraba los platos al suelo, colocaba ante sí una botella de aguardiente y, con
la espalda apoyada en la pared, con una voz sorda que daba dentera, aullaba una
canción, la boca abierta y los ojos cerrados. Las palabras melancólicas y
vulgares de la canción, parecían enredarse en su bigote, del que caían migas de
pan; el cerrajero se peinaba la barba con los dedos y cantaba. Las palabras eran
incomprensibles, arrastradas; la melodía recordaba el aullido de los lobos en
invierno. Cantaba mientras había aguardiente en la botella; después, se tendía
sobre un costado, en el banco o ponía la cabeza encima de la mesa, y dormía así
hasta la llamada de la sirena. El perro se acostaba a su lado.
Murió de una hernia. Durante cinco días, con la tez
negruzca, se agitó en el lecho, cerrados los párpados, rechinando los dientes. A
veces, decía a su mujer:
-Dame veneno para las ratas, envenéname...
El doctor recetó cataplasmas, pero añadió que era
indispensable una operación y que había que trasladar al enfermo al hospital
inmediatamente.
-¡Al diablo..., moriré solo! ¡Carroña! -gritó Vlassov.
Cuando el doctor sé hubo marchado, su mujer, llorando,
quiso convencerlo de que se sometiese a la operación; él le declaró,
amenazándola con el puño:
-¡Si me curo vas a verlas peores!
Murió una mañana, en el momento en que la sirena
llamaba al trabajo.
En el ataúd, tenía la boca abierta y las cejas
fruncidas e irritadas. Lo enterraron su mujer, su hijo, su perro, Danilo
Vessovchikov, viejo ladrón borracho, expulsado de la fábrica, y algunos
miserables del barrio. Su mujer lloraba un poco. Paul no derramó una lágrima.
Los transeúntes que encontraban el entierro se detenían y se persignaban,
diciendo a sus vecinos:
-Sin duda que Pelagia debe estar contenta de que se
haya muerto.
Rectificaban:
-¡De que haya reventado!
Después de darle sepultura, todos se volvieron, pero el
perro se quedó allí, tendido en la fresca tierra, y, sin aullar, olfateó
largamente la tumba. Unos días más tarde, lo mataron; nadie supo quién...
III
Un domingo, quince días después de la muerte de su
padre, Paul Vlassov volvió a casa borracho. Titubeando, entró en la pieza
delantera, y golpeando la mesa con el puño como su padre hacía, gritó:
-¡A cenar!
Su madre se acercó, se sentó a su lado y, abrazándolo,
atrajo sobre su pecho la cabeza del hijo. El, apoyando la mano sobre su hombro,
la rechazó y gritó:
-¡Vamos, madre, de prisa!
-¡Pobre animalito! -dijo ella con voz triste y
acariciadora, ignorando la resistencia de Paul.
-¡Y voy a fumar! Dame la pipa de padre -gruñó el
muchacho; la lengua rebelde articulaba con dificultad.
Era la primera vez que se embriagaba. El alcohol había
debilitado su cuerpo, pero no había apagado su conciencia, y una pregunta le
golpeaba la cabeza:
-¿Estoy borracho ...?¿estoy borracho?
Las caricias de su madre lo confundían, y la tristeza
de sus ojos lo conmovió. Tenía ganas de llorar, y para vencer este deseo fingió
estar más borracho de lo que realmente estaba.
La madre acariciaba sus cabellos, enmarañados y
empapados en sudor, y le hablaba dulcemente:
-No has debido...
Le invadieron las náuseas. Después de una serie de
violentos vómitos, la madre le acostó y cubrió su frente lívida con una toalla
húmeda. Se repuso un poco, pero todo daba vueltas a su alrededor, los párpados
le pesaban, tenía en la boca un gusto repugnante y amargo. Miraba a través de
las pestañas el rostro de su madre y pensaba:
-Es demasiado pronto para mí. Los otros beben y no les
pasa nada, y a mí me hace vomitar...
La dulce voz de su madre le llegaba, lejana: -Cómo vas
a mantenerme, si te pones a beber... El cerró los ojos y dijo:
-Todos beben...
Pelagia suspiró. Tenía razón. Bien sabía ella que la
gente no tiene otro sitio que la taberna para obtener un poco de alegría. Sin
embargo, respondió:
-¡Tú no bebas! Tu padre ha bebido bastante por ti. Y me
ha atormentado bastante...; tú podrías tener lástima de tu madre. Paul escuchaba
estas palabras, tristes y tiernas; recordaba la existencia callada y borrosa de
su madre, siempre a la espera angustiosa de los golpes. Los últimos tiempos,
Paul había estado poco en casa para evitar encontrarse con su padre: había
olvidado algo a su madre. Y ahora, recuperando poco a poco los sentidos, la
miraba fijamente.
Era alta y un poco encorvada; su cuerpo, roto por un
trabajo incesante y los malos tratos de su marido, se movía sin ruido,
ligeramente ladeado, como si temiera tropezar con algo. El ancho rostro surcado
de arrugas, un poco hinchado, se iluminaba con dos ojos oscuros, tristes e
inquietos como los de la mayoría de las mujeres del barrio. Una profunda
cicatriz levantaba levemente la ceja derecha, y parecía que también la oreja de
ese lado era más alta que la otra; tenía el aire de tender siempre un oído
alerta. Las canas contrastaban con el espeso pelo negro. Era toda dulzura,
tristeza, resignación...
A lo largo de sus mejillas corrían lentamente las
lágrimas.
-¡No llores más! -dijo dulcemente su hijo-. Dame de
beber. -Voy a traerte agua con hielo.
Pero cuando Pelagia volvió, se había dormido. Ella
permaneció un instante móvil ante él: la jarra temblaba en su mano y el hielo
tintineaba suavemente en el borde. Dejó el cacharro sobre una mesa y,
silenciosa, se arrodilló ante las santas imágenes. Los vidrios de las ventanas
vibraban con gritos de borrachos. En la oscuridad y la niebla de la noche de
otoño, gemía un acordeón; alguien cantaba a plena voz; alguien juraba con
palabras soeces; se oían voces de mujeres inquietas, irritadas, cansadas...
En la casita de los Vlassov la vida continuó, más
tranquila y apacible que antes, y un poco diferente de la de las otras casas. Su
mansión se encontraba al fondo de la calle principal, cerca de una cuesta
pequeña pero empinada que terminaba en una laguna. Un tercio de la vivienda lo
ocupaban la cocina y una pequeña habitación, separada por un delgado tabique,
donde dormía la madre. El resto era una pieza cuadrada con dos ventanas: en un
rincón, la cama de Paul, en el otro, una mesa y dos bancos. Algunas sillas, una
cómoda para la ropa, un espejillo encima, un baúl, un reloj de pared y dos
iconos en un rincón, eso era todo.
Paul hizo todo lo que un muchacho debía hacer: se
compró un acordeón, una camisa con pechera almidonada, una corbata llamativa,
botas de goma, un bastón, y se convirtió en uno más entre los jóvenes de su
edad. Fue a fiestas, aprendió a bailar la cuadrilla y la polka, el domingo
volvía después de haber bebido mucho y seguía soportando mal el vodka. Al día
siguiente, tenía dolor de cabeza, sufría ardor de estómago, estaba lívido y
abatido.
Un día, su madre le preguntó:
-Entonces, ¿te has divertido mucho ayer?
El respondió con sombría irritación:
-¡Me aburrí condenadamente! Me iré a pescar, que será
mejor; o me compraré un fusil.
Trabajaba con celo, sin ausencias ni reprimendas. Era
taciturno, y sus ojos azules, grandes como los de su madre, expresaban
descontento. No se compró un fusil ni fue a pescar, pero se desvió cada vez más
de la vida corriente de los jóvenes, frecuentó cada vez menos las fiestas y,
donde quiera que fuese el domingo, volvía sin haber bebido. La madre, que lo
vigilaba con mirada atenta, veía demacrarse el rostro bronceado de su hijo; su
expresión se hacía más grave y sus labios adquirían un pliegue de extraña
severidad.
Parecía lleno de una cólera sorda, o minado por una
enfermedad. Antes, sus camaradas venían a verlo, pero ahora, al no encontrarlo
nunca en casa, dejaron de aparecer. La madre veía, con placer, que Paul no
imitaba ya a los muchachos de la fábrica, pero cuando observó esta obstinación
en huir la sombría corriente de la vida común, el sentimiento de un oscuro
peligro invadió su corazón.
-¿No te sientes bien, Paul? -le preguntaba alguna vez.
-Sí, estoy bien -respondía.
-¡Estás tan delgado! -suspiraba ella.
Comenzó a traer libros y a leerlos a escondidas; luego
los guardaba en alguna parte. A veces, copiaba algún pasaje, en un trozo de
papel que también escondía.
Se hablaban poco y apenas se veían por la mañana, él
tomaba su té sin decir nada y se iba al trabajo; a mediodía, venía a almorzar;
en la mesa, cambiaban algunas palabras insignificantes y de nuevo desaparecía
hasta la noche. Al concluir la jornada, se lavaba cuidadosamente, tomaba la sopa
y luego leía largamente sus libros. El domingo, se marchaba por la mañana para
no volver hasta entrada la noche. Pelagia sabía que iba a la ciudad, que
frecuentaba el teatro, pero nadie de la ciudad venía a verlo. Le parecía que,
cuanto más pasaba el tiempo, menos comunicativo era su hijo, y al mismo tiempo
notaba que, en ocasiones, empleaba algunas palabras nuevas que ella no
comprendía, en tanto que las expresiones groseras y brutales que antes
utilizaba, habían desaparecido de su lenguaje. En su comportamiento, había
muchos detalles que atraían la atención de Pelagia; dejó de hacer el gomoso,
pero concedió más cuidado a la limpieza de su cuerpo y de sus ropas; su manera
de andar adquirió mayor libertad y soltura, y su apariencia se hizo más sencilla
y dulce. Su madre se preocupaba. Y en su actitud con respecto a ella, había
también algo de nuevo: barría a veces su cuarto, se hacía él mismo la cama los
domingos y se esforzaba, en general, por quitarle trabajo. Nadie obraba así en
el barrio...
Un día trajo y colgó del muro, un cuadro representando
a tres personas que caminaban con ligereza conversando.
-Es Cristo resucitado, camino de Emaús -explicó Paul.
El cuadro agradó a Pelagia, pero pensó:
«Honras a Cristo y no vas a la iglesia...»
El número de libros aumentaba de día en día sobre la
hermosa estantería que un carpintero, amigo de Paul, le había fabricado. La
habitación tomaba un aspecto agradable.
El la trataba de «usted» y le llamaba «la madre», pero
algunas veces tenía para ella palabras afectuosas:
-No te inquietes, madre: volveré tarde hoy.
Y, bajo estas palabras, ella sentía algo de fuerte, de
serio, que le gustaba.
Pero su inquietud crecía, y el paso del tiempo no la
tranquilizaba: el presentimiento de algo extraordinario rondaba su corazón. A
veces, estaba descontenta de su hijo, y pensaba:
-Los hombres deben vivir como hombres, pero éste es
como un monje... Es demasiado serio... No es propio de su edad.
Se preguntaba:
-¿Tendrá, quizá, alguna amiga?
Pero para cargarse con una muchacha hacía falta dinero,
y él le entregaba casi todo su salario.
Así pasaron semanas, meses, dos años de una vida
extraña, silenciosa, llena de pensamientos oscuros y temores, que crecían sin
cesar.
IV
Una noche, después de cenar, Paul, corriendo la cortina
de las ventanas, se sentó en un rincón y se puso a leer, bajo la lámpara de
petróleo colgada en la pared sobre su cabeza. Su madre, lavada la vajilla, salió
de la cocina y se acercó con paso vacilante. El levantó la cabeza y la miró
interrogante.
-No... no es nada, Paul, soy yo -dijo ella, y se alejó
vivamente, enarcadas las cejas con aire confuso. Permaneció inmóvil un momento
en medio de la cocina, pensativa, preocupada; se lavó despaciosamente las manos
y volvió junto a su hijo.
-Querría preguntarte -dijo muy bajo-, qué es lo que
estás leyendo siempre.
El dejó el libro.
-Siéntate, mamá.
Se sentó pesadamente al lado de él y se irguió,
esperando algo grave. Sin mirarla, a media voz, y tomando sin saber por qué un
tono áspero, Paul comenzó a hablar.
-Leo libros prohibidos. Se prohíbe leerlos porque dicen
la verdad sobre nuestra vida de obreros... Se imprimen en secreto, y si los
encuentran aquí, me llevarán a la cárcel..., a la cárcel, porque quiero saber la
verdad. ¿Comprendes?
Ella sintió que su respiración se cortaba, y fijó sobre
su hijo unos ojos espantados. Le pareció diferente, extraño. Tenía otra voz, más
baja, más llena, más sonora. Con sus dedos afilados, retorcía su fino bigote de
adolescente, y su mirada vaga, bajo las cejas, se perdía en el vacío. Se sintió
invadida de miedo y de piedad por su hijo.
-¿Por qué haces eso, Paul? -preguntó.
Levantó él la cabeza, le lanzó una ojeada, y sin alzar
la voz, tranquilamente, respondió:
-Quiero saber la verdad.
Su voz era baja pero firme, y sus ojos brillaban de
obstinación. En su corazón, ella comprendió que su hijo se había consagrado Para
siempre a algo misterioso y terrible. Todo, en la vida, le había parecido
inevitable: estaba acostumbrada a someterse sin reflexionar, y solamente se echó
a llorar, dulcemente, sin encontrar palabras, el corazón oprimido por la pena y
la angustia.
-¡No llores! -dijo Paul con voz tierna; pero a la madre
le pareció que le decía adiós.
-Reflexiona, ¿qué vida es la nuestra? Tú tienes
cuarenta años, y, sin embargo, ¿es que verdaderamente has vivido? Padre te
pegaba... Comprendo ahora que se vengaba sobre ti de su propia miseria, de la
miseria de la vida, que lo ahogaba sin que él comprendiese por qué. Había
trabajado treinta años; empezó cuando la fábrica no tenía más que dos edificios,
¡y ahora tiene siete!
Ella escuchaba con terror y avidez. Los ojos de su hijo
brillaban, hermosos y claros; apoyando el pecho en la mesa, se había acercado a
su madre, y tocando casi su rostro bañado en lágrimas, decía por primera vez lo
que había comprendido. Con toda la fe de la juventud y el ardor del discípulo,
orgulloso de sus conocimientos en cuya verdad cree religiosamente, hablaba de
todo lo que para él era evidente; y hablaba menos para su madre, que para
verificar sus propias convicciones. Algunos momentos se detenía, cuando le
faltaban las palabras, y entonces veía el afligido rostro en el que brillaron
los ojos bondadosos, llenos de lágrimas, de terror y de perplejidad. Tuvo
lástima de su madre, y siguió hablando, pero esta vez de ella, de su vida.
-¿Qué alegrías has conocido tú? ¿Puedes decirme qué ha
habido de bueno en tu vida?
Ella escuchaba y movía tristemente la cabeza:
experimentaba el sentimiento de algo nuevo que no conocía, alegría y pena, y
esto acariciaba deliciosamente su corazón dolorido. Era la primera vez que oía
hablar así de ella misma, de su vida, y aquellas palabras despertaban
pensamientos vagos, dormidos hacía mucho tiempo; reavivaban dulcemente el sentir
apagado de una insatisfacción oscura de la existencia, reanimaban las ideas e
impresiones de una lejana juventud. Contó su niñez, con sus amigas, habló
largamente de todo, pero, como las demás, no sabía más que quejarse: nade
explicaba por qué la vida era tan penosa y difícil. Y he aquí que su hijo estaba
allí sentado, y todo lo que decían sus dos, su rostro, sus palabras, todo
aquello llegaba a su corazón, la llenaba le orgullo ante su hijo que comprendía
tan bien la vida de su madre, le hablaba de sus sufrimientos, la compadecía.
No suele compadecerse a las madres.
Ella lo sabía. Todo lo que decía Paul de la vida de las
mujeres era la verdad, la amarga verdad; y palpitaban en su pecho una
muchedumbre de dulces sensaciones, cuya desconocida ternura confortaba su
corazón.
-Y entonces, ¿qué quieres hacer?
-Aprender, y luego enseñar a los otros. Los obreros
debemos estudiar. Debemos saber, debemos comprender dónde está el origen de la
dureza de nuestras vidas.
Era dulce para la madre ver los ojos azules de su hijo,
siempre serios y severos, brillar ahora con tanta ternura y afecto. En los
labios de Pelagia apareció una leve sonrisa de contente, mientras en las arrugas
de sus mejillas temblaban aún las lágrimas. Se sentía dividida interiormente:
estaba orgullosa de su hijo, que tan bien veía las razones de la miseria de la
existencia; pero tampoco podía olvidar que era joven, que no hablaba como sus
compañeros, y que se había resuelto a entrar solo en lucha contra la vida
rutinaria que los otros, y ella también, llevaban. Quiso decirle: «Pero,
niño..., ¿qué puedes hacer tú?»
Paul vio la sonrisa en los labios de su madre, la
atención en su rostro, el amor en sus ojos; creyó haberle hecho comprender su
verdad, y el juvenil orgullo de la fuerza de su palabra, exaltó su fe en sí
mismo. Lleno de excitación, hablaba, tan pronto sarcástico como frunciendo las
cejas; algunas veces, el odio resonaba en su voz, y cuando su madre oía aquellos
crueles acentos, sacudía la cabeza, espantada, y le preguntaba en voz baja:
-¿Es verdad eso, Paul?
-¡Sí! -respondía él con voz firme.
Y le hablaba de los que querían el bien del pueblo, que
sembraban la verdad y a causa de ello eran acosados como bestias salvajes,
encerrados en prisión, enviados al penal por los enemigos de la existencia.
-He conocido a estas gentes gritó- con ardor: son las
mejores del mundo.
Pero a su madre la aterrorizaban, y preguntaba una vez
más a su hijo: «¿Es verdad eso?»
No se sentía segura. Desfallecida, escuchaba los
relatos de Paul sobre aquellas gentes, incomprensibles para ella, que habían
enseñado a su hijo una manera de hablar y de pensar, tan peligrosa para él.
-Va a amanecer pronto: debías acostarte -dijo ella.
-En seguida. -E inclinándose hacia ella, preguntó-: ¿Me
has comprendido?
-¡Sí! -suspiró la madre. De nuevo brotaron lágrimas de
sus ojos, y añadió en un sollozo:
-¡Te perderás!
El se levantó y dio algunos pasos por la habitación.
-Bien, ahora sabes lo que hago y adónde voy: te he
dicho todo... Y te suplico, madre, que si me quieres no me retengas...
-¡Cariño! -exclamó ella-. Quizá hubiera sido mejor no
decirme nada...
Le tomó una mano que él estrechó con fuerza entre las
suyas. ;
A ella la conmovió la palabra «madre», que él había
pronunciado con tanto calor, y aquel apretón de manos, nuevo y extraño. -No haré
nada por contrariarte -dijo jadeando-. ¡Solamente, ten cuidado!, ¡ten mucho
cuidado!
Sin saber de qué debía guardarse, añadió tristemente:
-Cada vez adelgazas más...
Y envolviendo su cuerpo, robusto y bien hecho, con una
cálida mirada acariciadora, le dijo rápidamente y en voz baja:
-¡Que Dios te proteja! Haz lo que quieras, no te lo
impediré. No pido más que una cosa: sé prudente cuando hables con los otros. Hay
que desconfiar: se odian entre sí. Son ávidos, envidiosos... Les gusta hacer
daño. Si empiezas a decirles tus verdades, a juzgarlos, te detestarán y te
perderán.
De pie junto a la puerta, Paul escuchaba sonriendo
estas amargas palabras:
-La gente es mala, sí. Pero cuando supe que había tuna
verdad sobre la tierra, se volvieron mejores.
Sonrió de nuevo.
-Yo mismo no comprendo cómo ha ocurrido esto. Desde que
era niño, tuve miedo de todo el mundo. Cuando crecí, me encontré odiando a unos
por su cobardía, a otros no sé por qué, ¡por nada...!
Y ahora se han vuelto diferentes para mí: siento piedad
por ellos, creo... no sé cómo, pero mi corazón se enternece desde que he
comprendido que no todos son responsables de su bajeza...
Se calló un instante, pareciendo escuchar algo dentro
de sí mismo: luego continuó, pensativo:
-¡He aquí cómo sopla la verdad!
Ella alzó los ojos hacia él y murmuró:
-¡Cómo has cambiado, y qué miedo tengo, Dios mío!
Cuando su hijo estuvo acostado y dormido, la madre se
levantó sin ruido, y se acercó dulcemente a su lecho. Paul dormía sobre la
espalda, y en la blanca almohada se perfilaba su rostro tostado, obstinado y
severo. Las manos cruzadas sobre el pecho, descalza y en camisa, la madre se
mantuvo junto a la cama de su hijo, sus labios se movieron en silencio y de sus
ojos corrieron lentamente, una tras otra, gruesas lágrimas de angustia.
V
Y la vida continuó para ellos, silenciosa: de nuevo se
sentían lejanos y próximos.
Un día de fiesta, a la mitad de la semana, Paul dijo a
su madre al salir:
-El sábado tendré invitados de la ciudad.
-¿De la ciudad?-repitió la madre..., y repentinamente
estalló en sollozos.
-Vamos mamá, ¿por qué lloras? -preguntó Paul,
disgustado.
Ella suspiró, enjugándose el rostro con el delantal.
-No sé..., por nada.
-¿Tienes miedo?
-Sí -confesó.
El se inclinó sobre ella y dijo con voz irritada como
la de un niño:
-¡Todos reventamos de miedo! Y los que nos mandan, se
aprovechan de ese miedo para asustarnos todavía más.
La madre gimió:
-¡No te enfades! ¡Cómo podría no tener miedo! Lo he
tenido toda mi vida.
El respondió a media voz, apaciguado:
-Perdóname. No puedo hacer otra cosa.
Y salió.
Ella tembló durante tres días: su corazón dejaba de
latir cuando recordaba que «aquella gente» iba a venir a su casa: extraños, que
debían ser terribles. Eran los que habían mostrado a su hijo la senda que ahora
seguía...
El sábado por la tarde, Paul volvió de la fábrica, se
lavó, se cambió de ropa y salió de nuevo, diciendo a su madre, sin mirarla:
-Si vienen, diles que volveré en seguida. Y no tengas
miedo, por favor...
Ella se dejó caer sobre el banco, sin fuerzas. Paul
frunció las cejas y le propuso:
-¿Quizá... prefieres salir?
Ella se sintió herida. Sacudió negativamente la cabeza.
-No. ¿Por qué iba a salir?
Era el final de noviembre. Durante el día había caído,
sobre el suelo helado, una nieve fina y en polvo, que ahora ella oía chirriar
bajo los pasos de Paul, que se iba. En los cristales de la ventana se agolpaban
las tinieblas espesas, inmóviles, hostiles, al acecho. La madre, con las manos
apoyadas en el banco, permanecía sentada y esperaba, la mirada en la puerta.
Le parecía que, en la oscuridad, seres malvados con
extrañas vestiduras, convergían de todas partes hacia la casa: marchaban a paso
de lobo, encorvados y mirando a todos lados. Pero alguien caminaba
verdaderamente alrededor de la casa, palpaba la pared con las manos...
Se oyó un silbido. En el silencio era un hilo delgado,
triste y melodioso, que erraba meditabundo en el vacío de las tinieblas: buscaba
algo, se acercaba. Y de pronto, desapareció bajo la ventana, como si hubiese
penetrado en la madera del tabique.
Unos pasos se arrastraron en la entrada: la madre se
estremeció y, con los ojos dilatados, se puso en pie.
La puerta se abrió. Primero apareció una cabeza tocada
con un gran gorro de felpa, luego un cuerpo largo, encorvado, se deslizó
lentamente, se irguió, levantó sin apresurarse el brazo derecho y, suspirando
ruidosamente, con una voz que salía de lo más hondo del pecho, dijo:
-¡Buenas noches!
La madre se inclinó sin decir palabra.
-Paul, ¿no está?
El hombre se quitó lentamente su chaquetón forrado,
levantó un pie, hizo caer, con el gorro, la nieve de la bota: repitió el mismo
gesto con la otra, arrojó el gorro en un rincón y, balanceándose sobre sus
largas piernas, entró en la habitación. Se acercó a una silla, la examinó como
para convencerse de su solidez, se sentó al fin y, llevándose la mano a la boca,
bostezó. Tenía la cabeza redonda y pelada al cero, las mejillas afeitadas, y
largos bigotes cuyas puntas caían. Inspeccionó el cuarto con sus grandes ojos
grises y salientes, cruzó las piernas y preguntó, columpiándose en la silla:
-¿La cabaña es vuestra o la tenéis alquilada? Pelagia,
sentada frente a él, respondió: -Alquilada.
-No es gran cosa -observó él.
-Paul volverá pronto: espérele -dijo ella débilmente.
-Es lo que estoy haciendo -dijo tranquilamente el largo
personaje.
Su calma, su voz dulce y la sencillez de su expresión,
devolvieron el valor a la madre. El hombre la miraba francamente, con aire
benévolo: una alegre lucecita jugaba en el fondo de sus ojos transparentes, y en
toda su persona angulosa, encorvada, de largas piernas, había algo divertido y
que predisponía en su favor. Iba vestido con una camisa azul y pantalones
negros, metidos en las botas. La madre tuvo ganas de preguntarle quién era, de
dónde venía, si hacía mucho tiempo que conocía a su hijo, pero súbitamente, el
forastero balanceó el cuerpo y le preguntó:
-¿Quién le ha hecho ese agujero en la frente,
madrecita?
Su tono era familiar, y había una buena y clara sonrisa
en sus ojos. Pero la pregunta irritó a Pelagia. Apretó los labios, y tras un
instante de silencio, respondió con fría cortesía:
-¿Qué puede importarle eso, mi querido señor?
El volvió hacia ella todo su largo cuerpo.
-¡Vamos, no se incomode! Se lo preguntaba porque mi
madre adoptiva tenía también un agujero en la frente, como usted. Fue su
cónyuge, un zapatero, quien se lo había hecho con una lezna. Ella era lavandera
y él zapatero. Cuando ella me había adoptado ya, encontró no sé dónde a aquel
borracho, para su desgracia. Le pegaba, no le digo más. Yo tenía un miedo de
todos los diablos...
La madre se sintió desarmada ante aquella franqueza, y
pensó que, sin duda, Paul se irritaría por el mal humor que manifestaba con
respecto a aquel ser original. Sonrió con aire contrito:
-No me enfadaba, pero usted me preguntó así..., de
pronto... Fue mi marido quien me hizo este regalo. Dios tenga piedad de su alma.
¿No es usted tártaro?
Las largas piernas se sobresaltaron, y el rostro se
iluminó con una sonrisa tan amplia que incluso las orejas se estiraron hacia la
nuca. Luego dijo, muy serio:
-No, todavía no.
-¡Pero su modo de hablar, no parece ruso! -explicó
ella, sonriendo y comprendiendo la broma.
-Es mejor que el ruso -gritó alegremente el visitante
moviendo la cabeza-. Soy Pequeño Ruso, de la ciudad de Kaniev.
-¿Está aquí desde hace mucho tiempo?
-Vivo en la ciudad desde hace casi un año, y ahora hace
un mes que he venido a la fábrica. He encontrado en ella gente buena, su hijo y
otros... Quiero quedarme aquí, dijo retorciendo su bigote.
Le gustaba, y agradecida a la buena opinión que tenía
de su hijo, experimentó el deseo de demostrárselo:
-¿Quiere tomar el té?
-¡Pero no voy a regalarme yo solo! -respondió él,
alzando los hombres-. Cuando todos estén aquí, nos hará usted los honores...
Volvió el miedo.
«Con tal que todos sean como él ...», deseó
calurosamente. Volvieron a oírse pasos en el vestíbulo, la puerta se abrió
vivamente y la madre se levantó. Pero, con gran asombro, vio entrar a una
muchacha, más bien menuda, con un sencillo rostro de campesina y una espesa
trenza de cabellos claros.
-¿Llego tarde?
-¡En absoluto! -respondió el Pequeño Ruso, que había
permanecido en la habitación-. ¿A pie?
-Por supuesto. ¿Usted es la madre de Paul? Buenas
noches: me llamo Natacha.
-¿Y el nombre de su padre?
-Vassilievna. ¿Y usted?
-Pelagia Nilovna.
-Bien, pues ahora ya nos conocemos.
-Sí -dijo la madre con un ligero suspiro; y sonriendo
examinó a la muchacha.
El Pequeño Ruso la ayudó a quitarse el abrigo.
-¿Hace frío?
-Sí, en el campo mucho frío. Sopla el viento...
Su voz era sonora y clara, su boca pequeña y carnosa,
toda su persona era redonda y fresca. Después de quitarse el abrigo, frotó
vigorosamente las sonrosadas mejillas con sus pequeñas manos, rojas de frío, y
entró rápidamente en el cuarto haciendo sonar sobre el piso los tacones de sus
botines.
«No tiene chanclos», pensó la madre.
-Sí..., sí... -dijo la muchacha, arrastrando las
palabras y temblando-. De verdad que estoy helada.
-¡Voy en seguida a prepararle un poco de té! -dijo
vivamente la madre, dirigiéndose hacia la cocina-. Esto la calentará.
Le parecía que conocía a la joven desde hacía mucho
tiempo, y que la quería como una madre bondadosa y comprensiva. Sonriendo,
prestó oído a la conversación en el cuarto.
-No tiene el aspecto alegre, Nakhodka.
-Así, así... -respondió el Pequeño Ruso a media voz-.
Esta viuda tiene los ojos dulces, y pensaba yo que quizá los de mi madre son
parecidos. Ya sabe que pienso frecuentemente en mi madre, y creo siempre que
está viva.
-¿No dice que está muerta?
-No, esa es mi madre adoptiva. Yo hablo de mi verdadera
madre. Me figuro que pide limosna en cualquier parte, en Kiev. Y que bebe
vodka... Y cuando está borracha, los «polis» le parten la cara.
«¡Pobre hombre!», pensó la madre, y suspiró.
Natacha se puso a hablar de prisa, con calor pero en
voz baja. Después, resonó de nuevo la voz sonora del Pequeño Ruso:
-Es todavía muy joven, camarada, y no ha aguantado
demasiadas cosas. Echar un crío al mundo es difícil: educarlo bien, es todavía
más duro.
«¡Vaya!», se dijo la madre; y hubiera querido decir
algo amable al Pequeño Ruso. Pero la puerta se abrió sin prisa y entró Nicolás
Vessovchikov: era hijo del viejo ladrón de Danilo, y todo el barrio lo
consideraba como un oso. Se mantenía siempre al margen de la gente, huraño, y se
burlaban de él por su carácter insociable.
Extrañada, Pelagia, le preguntó:
-¿Qué quieres, Nicolás?
El enjugó con la ancha palma de la mano el rostro
helado, de pómulos salientes, y, sin dar las buenas noches, preguntó sordamente:
-Paul, ¿no está?
-No.
Echó una ojeada a la habitación y luego entró.
-Buenas noches, camaradas.
«¿Este también?», pensó la madre con hostilidad, y se
extrañó mucho al ver a Natacha tenderle la mano con aire alegre y afectuoso.
Después, llegaron dos muchachos muy jóvenes, casi
niños. Pelagia conocía a uno de ellos: era Théo, el sobrino de un viejo obrero
de la fábrica, llamado Sizov; tenía los rasgos angulosos, la frente alta y los
cabellos rizados. El otro, de cabello liso y aspecto modesto, le era
desconocido, pero tampoco tenía apariencia terrible. Por fin, llegó Paul,
acompañado de dos amigos que ella conocía, obreros de la fábrica. Su hijo le
dijo amablemente: -¿Has hecho té? Gracias.
-¿Hay que comprar aguardiente? -preguntó ella, no
sabiendo cómo expresarle el sentimiento de gratitud que inconscientemente
experimentaba.
-No, no hace falta -le replicó Paul, sonriéndole con
bondad.
De pronto, se le ocurrió la idea de que su hijo había
exagerado adrede el peligro de aquella reunión, para burlarse de ella.
-¿Estas son las gentes peligrosas? -preguntó en voz
baja.
-¡Absolutamente! -dijo Paul, entrando en el cuarto.
-¡Bueno! -respondió ella animosa; pero para sus
adentros, pensó:
«¡Sigue siendo un niño!»
VI
El agua del samovar hervía, y lo trajo a la habitación.
Los invitados se estrechaban alrededor de la mesa, y Natacha, un libro en la
mano, se había colocado en una esquina, bajo la lámpara.
-Para comprender por qué las gentes viven tan mal...
-dijo Natacha.
-Y por qué son, ellos mismos, tan malvados...
-intervino el Pequeño Ruso.
-Hay que mirar cómo han comenzado a vivir...
-¡Mirad, hijos míos, mirad! -murmuró la madre,
preparando el té.
Todos se callaron.
-¿Qué dices, mamá? -preguntó Paul, con las cejas
fruncidas.
-¿Yo? -viendo todos los ojos fijos en ella, se explicó
embarazosamente-: No decía nada..., así..., nada.
Natacha se echó a reír, y Paul sonrió, en tanto que el
Pequeño Ruso decía:
-Gracias por el té, madrecita.
-¡Aún no lo habéis bebido y ya me dais las gracias!
-replicó ella. Luego añadió, mirando a su hijo-: ¿Quizá les estorbo?
Fue Natacha quien respondió:
-¿Cómo la dueña de la casa podría molestar a sus
huéspedes?
Y gritó con tono infantil y quejumbroso:
-¡Déme en seguida el té, mi buena Pelagia! Estoy
temblando... Tengo los pies helados.
-Ahora mismo, ahora mismo -dijo vivamente la madre.
Natacha bebió su taza de té, suspiró ruidosamente,
rechazó su trenza por encima del hombro y comenzó a leer un libro ilustrado, de
cubierta amarilla. La madre se esforzaba en no hacer ruido con las tazas, servía
el té y prestaba oído a la voz armoniosa y clara de la muchacha, acompañada por
la dulce canción del samovar. Como una cinta magnífica, se desarrollaba la
historia de los hombres Primitivos y salvajes, que vivían en cavernas y dejaban
fuera de combate, a golpes de piedra, las bestias feroces. Era como un cuento
maravilloso, y Pelagia dirigió varias veces una ojeada a su hijo, deseosa de
preguntarle qué había de prohibido en aquella historia.
Pero se cansó pronto de seguir el relato y se puso a
examinar a sus invitados.
Paul estaba sentado al lado de Natacha: era el más
guapo de todos. La joven, inclinada sobre su libro, echaba hacia atrás, a cada
momento, los cabellos que le caían sobre la frente. Sacudía la cabeza, y,
bajando la voz, dejaba el libro para hacer algunas observaciones de su cosecha,
mientras su mirada resbalaba amistosamente sobre el rostro de sus oyentes. El
Pequeño Ruso apoyaba su amplio pecho en el ángulo de la mesa, bizqueando sobre
su bigote, del que se esforzaba en ver las puntas rebeldes. Vessovchikov estaba
sentado en su silla, rígido como un maniquí, las manos en las rodillas, y su
rostro glacial, desprovisto de cejas, con los labios delgados, no se movía más
que una máscara. Sus ojos estrechos, miraban obstinadamente los destellos del
cobre brillante del samovar: parecía que no respiraba. El pequeño Théo escuchaba
la lectura, removiendo silenciosamente los labios, como si repitiese las
palabras del libro, en tanto que su camarada, inclinado, los codos en las
rodillas, las mejillas en el hueco de las manos, sonreía pensativo. Uno de los
muchachos que vinieron con Paul era pelirrojo, de cabello rizado: sin duda tenía
ganas de decir algo, porque se agitaba con impaciencia. El otro, de cabello
rubio muy corto, se pasaba la mano sobre la cabeza, que inclinaba hacia el
suelo, y no se le veía la cara. Se estaba bien en la habitación. La madre sentía
un bienestar especial, desconocido hasta entonces, y mientras que Natacha,
volublemente, continuaba su lectura, ella recordaba las fiestas ruidosas de su
juventud, las palabras groseras de los jóvenes, cuyo aliento apestaba a alcohol,
sus cínicas bromas, Ante estos recuerdos, un sentimiento de piedad hacia sí
misma le mordía sordamente el corazón.
Su imaginación revivió la solicitud de matrimonio de su
difunto marido. En el curso de una reunión la había abrazado en la oscuridad de
la entrada, apretándola con todo su cuerpo contra el muro, y con voz sorda e
irritada, le había preguntado:
-¿Quieres casarte conmigo?
Ella se había sentido ofendida: le hacía daño
oprimiéndole el pecho; el jadeo de él le lanzaba al rostro un aliento cálido y
húmedo. Trató de arrancarse a sus manos, de huir.
-¿Dónde vas? -rugió él-. ¿Contestas o no?
Sofocante de vergüenza y profundamente herida, ella
callaba. Alguien abrió la puerta del vestíbulo, él la soltó sin prisa, y dijo:
-El domingo te mandaré a preguntar...
Lo había cumplido.
Pelagia cerró los ojos y lanzó un profundo suspiro. De
pronto, resonó la voz irritada de Vessovchikov.
-¡No necesito saber cómo vivían antes los hombres, sino
cómo hay que vivir ahora!
-¡Eso es! -dijo el pelirrojo levantándose.
-¡No estoy de acuerdo! -gritó Théo.
Estalló la discusión, las exclamaciones brotaron como
lenguas de fuego en una hoguera. La madre no comprendía por qué gritaban. Todos
los rostros estaban rojos de excitación, pero nadie se ofendía ni decía las
palabras groseras a las que ella estaba acostumbrada.
«Se sienten embarazados ante la señorita», pensó.
Le agradaba observar el serio rostro de Natacha, que
los miraba con atención, como una madre a sus hijos.
-Atended, camaradas -dijo súbitamente la joven. Y todos
callaron, volviendo la cara hacia ella.
-Los que dicen que debemos saber todo, están en lo
cierto. La luz de la razón debe iluminarnos: si queremos esclarecer a quienes
están en tinieblas, debemos poder responder a todas las preguntas, honrada y
fielmente. Debemos conocer toda la verdad y toda la mentira...
El Pequeño Ruso escuchaba inclinando la cabeza al ritmo
de las frases. Vessovchikov, el pelirrojo y el obrero llegado con Paul, formaban
un grupo distinto, y disgustaban a la madre, sin que ella supiese por qué.
Cuando Natacha hubo concluido, Paul se levantó y
preguntó tranquilamente:
-¿Es que lo único que queremos es comer y beber hasta
hartarnos?¡No! -contestóse él mismo a su pregunta, mirando con firmeza al trío-,
debemos mostrar a los que nos tienen sujetos por el cuello y nos tapan los ojos,
que vemos todo, que no somos idiotas ni brutos, y que lo que queremos no es
solamente comer, sino vivir como seres dignos de viva. ¡Debemos mostrar a
nuestros enemigos que la vida de forzado que nos imponen no nos impide medirnos
con ellos en inteligencia, e incluso, elevarnos mucho más alto que ellos!
La madre escuchaba y se estremecía de orgullo al oírlo
hablar tan bien.
-Hay muchos bribones, pero poca gente honrada -dijo el
Pequeño Ruso-. A través del pantano de esta vida podrida, debemos construir un
puente que nos conduzca hasta un nuevo mundo de bondad fraternal. Esta es
nuestra tarea, camaradas.
-Cuando llega el momento de batirse, no hay tiempo para
limpiarse las uñas -replicó sordamente Vessovchikov.
Era más de medianoche cuando se separaron. Los primeros
en marchar fueron Vessovchikov y el pelirrojo, lo que disgustó a la madre.
«¡Mira qué prisa tienen!», pensó hostil, contestando a
sus «buenas noches».
-¿Me acompaña, Nakhodka? -preguntó Natacha.
-Desde luego -respondió el Pequeño Ruso.
Mientras Natacha se ponía el abrigo en la cocina, la
madre le dijo:
-Esas medias son muy finas para semejante tiempo. Si
quiere le haré unas de lana.
-Gracias, Pelagia, ¡las medias de lana pican!
-respondió Natacha riendo.
-Le haré unas que no le picarán.
Natacha la miró guiñando un poco los ojos, y aquella
mirada fija turbó a la madre, que añadió en voz baja:
-Perdone mi tontería..., era de corazón...
-¡Qué buena es usted! -contestó dulcemente Natacha,
estrechándole la mano.
-¡Buenas noches, madrecita! -dijo el Pequeño Ruso
mirándola francamente; se inclinó para salir detrás de Natacha.
La madre miró a su hijo, que sonreía de pie en el
umbral.
-¿De qué te ríes? -preguntó desconcertada.
-¡De nada..., estoy contento!
-Claro que yo soy vieja y tonta, pero puedo comprender
lo que es bueno -observó ella, un poco ofendida.
-Y tienes razón -replicó él-. Hay que acostarse, es
tarde.
-Voy ahora mismo.
Se afanó alrededor de la mesa para recogerla,
satisfecha, incluso transpirando un poco por la grata emoción que sentía. Era
feliz: todo había ido bien y apaciblemente.
-Has tenido una buena idea, Paul. El Pequeño Ruso es
muy amable. Y la señorita... ¡Eso es una muchacha inteligente! ¿Quién es?
-Una maestra de escuela -respondió brevemente Paul,
midiendo la habitación a grandes pasos.
-¡Es muy pobre! Y mal vestida, tan mal... Cogerá frío.
¿Dónde están sus padres?
-En Moscú -Y deteniéndose ante ella, Paul añadió en
tono grave:
-Mira, su padre es rico, vende hierro, tiene muchas
casas. La ha expulsado porque ella ha elegido este camino. Ha sido bien educada,
mimada por todos los suyos, y ahora, ya ves, tiene que hacer más de siete
kilómetros a pie, en plena noche, completamente sola...
Estos detalles conmovieron a Pelagia. De pie en medio
del cuarto, miraba a su hijo sin decir palabra, las cejas enarcadas de asombro.
Luego preguntó:
-¿Va a la ciudad?
-Sí.
-¡Ah...! ¿Y no tiene miedo?
-No, no tiene miedo -dijo Paul sonriendo.
-Pero, ¿por qué? Habría podido pasar aquí la noche: se
habría acostado en mi cama...
-No es tan fácil. Habrían podido verla salir mañana por
la mañana, y no conviene.
La madre miró a la ventana con aire pensativo, y dijo
dulcemente:
-No comprendo, Paul, lo que hay de peligroso, de
prohibido... No hay nada malo en esto, ¿no?
No estaba segura, y esperaba una confirmación de parte
de su hijo.
Este la miró tranquilamente a los ojos.
-No, no hay nada malo. Y, sin embargo, a todos nosotros
nos espera la cárcel: es preciso que lo sepas.
Las manos de la madre temblaron. Con voz rota, dijo:
-Pero tal vez... Si Dios quiere no ocurrirá eso.
-¡No!-dijo tiernamente el muchacho-. No quiero
engañarte. ¡No escaparemos!
Sonrió:
-Acuéstate, debes estar cansada. Buenas noches.
Al quedar sola, se acercó a la ventana y se puso a
mirar a la calle. Fuera estaba frío y oscuro. El viento, jugando, barría la
nieve en los tejados de las casitas dormidas, golpeaba las paredes susurrando,
caía sobre la tierra y esparcía a lo largo de las calles, las blancas nubes de
copos en polvo...
-Jesús, ten piedad de nosotros -murmuró con dulzura la
madre.
Sentía invadirla el llanto, y esta espera de la
desgracia de que su hijo había hablado con tanta serenidad, tanta certeza,
palpitaba en ella como una mariposa nocturna, ciega y desamparada. Ante sus ojos
apareció una llanura desnuda, cubierta de nieve. Acompañado de leves silbidos,
el viento frío sopla y torbellinea, blanco, adusto. Por el medio de la llanura
marcha, solitaria y vacilante, una pequeña silueta oscura. El viento se enrosca
en sus piernas, hincha sus faldas, le arroja a la cara pequeños y punzantes
cristales de nieve. Le cuesta trabajo andar, sus pies se hunden en la espesa
capa. Tiene frío, tiene miedo. La muchacha, encorvada, es como una brizna de
hierba en la medrosa llanura, en el loco juego del viento de otoño. A su
derecha, se yergue sobre el pantano el muro sombrío del bosque, donde gimen los
abedules y los pinos helados y desnudos. En alguna parte, lejos, ante ella, el
espejismo débil de las luces de la ciudad.
-¡Señor, ten piedad de nosotros! -murmuró la madre,
estremecida de pavor.
VII
Los días se deslizaban uno tras otro como las cuentas
de un ábaco, e iban sumando semanas y meses. Cada sábado, los camaradas de Paul
se reunían en casa de éste; cada reunión era como un peldaño, en una larga
escalera en pendiente suave, que conducía lejos, no se sabía dónde, y que
elevaba lentamente a quienes la ascendían.
Aparecieron caras nuevas. La pequeña habitación de los
Vlassov se hacía demasiado estrecha, asfixiante. Natacha llegaba aterida,
fatigada, pero trayendo siempre consigo una inagotable provisión de alegría y
entusiasmo.
La madre le había hecho unas medias que ella misma le
calzó. Natacha rió primero, pero luego se calló para decir, pensativa:
-La nodriza que tuve era también maravillosamente
buena. ¡Qué asombroso es que el pueblo que lleva una vida tan dura, tan llena de
humillaciones, tenga más corazón, más bondad que los otros...!
E hizo con la mano un gesto como para indicar un lugar
desconocido, lejos, muy lejos...
-Así es usted -dijo la madre-, ha sacrificado a sus
padres, y todo...
No consiguió terminar su pensamiento, suspiró y calló
mirando a Natacha: le estaba agradecida sin saber por qué, y permaneció
acurrucada en el suelo, ante ella, mientras la muchacha sonreía soñadora, la
cabeza inclinada.
-¿Mis padres? -dijo-, eso no es nada. Mi padre es tan
grosero, mi hermano también... Y bebe. Mi hermana mayor es desgraciada. Se casó
con un hombre mucho más viejo que ella... Muy rico, aburrido, avaro. A mamá sí
la echo de menos. Es sencilla, como usted, pequeñita como un ratón: se afana
siempre y tiene miedo de todo el mundo. A veces, ¡tengo tantas ganas de verla!
-¡Pobre niña!, -dijo la madre, moviendo tristemente la
cabeza.
La muchacha se irguió bruscamente y tendió la mano,
como para rechazar algo.
-¡Oh, no! ¡Hay momentos en que siento tanta alegría,
tanta felicidad!
Su rostro palideció y sus ojos brillaron. Y poniendo la
manota sobre el hombro de la madre, añadió muy bajo, con voz profunda e intensa:
-Si supiese..., ¡si comprendiese qué grande es lo que
estamos haciendo!
Un sentimiento, próximo a la envidia, rozó el corazón
de Pelagia. Se levantó y dijo tristemente:
-Soy muy vieja para eso... y muy ignorante.
Paul tomaba la palabra cada vez con mayor frecuencia,
discutía con ardor creciente y enflaquecía. La madre creía notar que cuando
hablaba con Natacha o la miraba, su mirada severa se dulcificaba, su voz se
hacía más acariciadora y se volvía más sencillo.
«¡Dios lo quiera!», pensaba; y sonreía.
Cuando, en las reuniones, las discusiones se hacían más
ardorosas y violentas, el Pequeño Ruso se levantaba, y balanceándose como el
badajo de una campana, hablaba con su voz sonora y cadenciosa; la sencillez, la
bondad de sus palabras, calmaban a todos. Vessovchikov, siempre gruñón,
provocaba una atmósfera de tensión general; eran él y el pelirrojo, llamado
Samoïlov, quienes iniciaban todas las disputas. Tenían como partidario a Ivan
Boukhine, el muchacho de cabeza redonda y cejas rubias, que parecía haber sido
lavado con lejía. Jacques Somov, de cabellos lisos, siempre limpio, hablaba
poco, sin gritar, con voz grave: al igual que Théo Mazine, el joven de la frente
ancha, era siempre de la misma opinión que Paul y el Pequeño Ruso.
A veces, en lugar de Natacha, era Nicolás Ivanovitch
quien venía de la ciudad: llevaba lentes y ostentaba una barbita rubia.
Originario de una provincia remota, cuyo acento campesino conservaba, tenía
siempre un aire lejano y distraído. Hablaba de cosas sencillas: de la vida
familiar, de los niños, del comercio, de la policía, del precio del pan y la
carne, de todo lo concerniente a la vida cotidiana. Y en todas ellas descubría
la hipocresía, el desorden, una especie de estupidez frecuentemente ridícula,
pero siempre malvada. Pelagia tenía la impresión de que venía de muy lejos, de
otro reino donde todo el mundo vivía una vida honesta y fácil, mientras que aquí
todo le era extraño; no podía habituarse a esta existencia, aceptarla como
necesaria; no le gustaba y suscitaba en él un deseo tranquilo, pero obstinado,
de reconstruir todo según sus ideas. Tenía la tez amarillenta, finas arrugas
alrededor de los ojos, la voz dulce y las manos siempre cálidas. Cuando saludaba
a Pelagia le estrechaba toda la mano entre sus dedos vigorosos, y este gesto
aliviaba, calmaba, el corazón de la madre.
Entre las personas que también venían de la ciudad, una
de las más asiduas era una muchacha alta y bien hecha, con unos ojos inmensos en
un rostro flaco y pálido. Le llamaban Sandrina. En su andar y sus gestos había
algo de varonil; fruncía las negras cejas con aire irritado, pero cuando
hablaba, las delgadas aletas de su nariz recta, se estremecían.
Fue la primera que dijo, con su voz dura y fuerte:
-Nosotros somos socialistas...
Cuando la madre oyó esta palabra, miró a la joven con
un silencioso terror. Ella había oído decir que los socialistas habían matado al
Zar. Era en el tiempo de su juventud: se decía entonces que los propietarios,
deseando vengarse del Zar porque había liberado a los siervos, habían hecho
juramento de no cortarse los cabellos hasta que no lo hubiesen matado; a causa
de esto les llamaban socialistas. Y ahora no lograba comprender por qué sus
hijos y sus camaradas eran socialistas.
Cuando todo el mundo se marchó, se franqueó a Paul:
-¿Es verdad que eres socialista, Paul?
-Sí -dijo él, firme y franco como siempre-. ¿Y qué?
Ella lanzó un profundo suspiro, y continuó, bajando los ojos:
-¿Es posible eso, Paul? ¡Pero ellos están contra el
Zar: han asesinado a uno!
El muchacho dio unos pasos por la habitación, pasándose
la mano por la mejilla, y contestó con una sonrisa:
-¡Podemos pasarnos muy bien sin él!
Habló largo rato a su madre, con voz apacible,
tranquila. Ella lo miraba a los ojos y pensaba:
«¡No hará nada malo: no podría!»
Después la palabra terrible se fue repitiendo cada vez
con más frecuencia; su virulencia se perdió poco a poco y se hizo tan familiar a
su oído como otros muchos términos incomprensibles... Pero Sandrina no le
gustaba, y cuando aparecía la madre se sentía ansiosa, incómoda...
Una noche dijo al Pequeño Ruso con una mueca de
disgusto:
-¡Es bien severa, Sandrina! Siempre está mandando:
«usted debe hacer esto, usted esto otro...»
El Pequeño Ruso rió ruidosamente.
-¡Bien observado! Ha dado en el clavo la madrecita,
¿eh, Paul?
Y, guiñando un ojo a la madre, dijo, con mirada
burlona:
-¡La nobleza...!
Paul dijo secamente:
-Es una buena muchacha.
-Justo -confirmó el Pequeño Ruso-. Solamente, no
comprende que ella debe, pero que nosotros queremos y podemos.
Se pusieron a discutir sobre algo que la madre no
comprendió.
La madre observó también, que Sandrina era
particularmente severa con respecto a Paul; a veces, incluso violenta. Paul
sonreía, callaba y contemplaba a la muchacha, con la misma dulce mirada que
antes había tenido para Natacha. Esto tampoco gustaba a Pelagia.
A veces, la madre se quedaba sorprendida ante los
accesos de júbilo ensordecedor y comunicativo que se apoderaba súbitamente de
los jóvenes. De ordinario, esto ocurría las noches que leían en los periódicos
informaciones concernientes a los trabajadores extranjeros. Entonces, todos los
ojos brillaban de alegría, todos se convertían, cosa extraña, en seres felices,
como criaturas; reían con risa clara y satisfecha, se daban amistosos golpes en
el hombro...
-¡Qué chicos, los obreros alemanes! -gritaba alguno a
quien la alegría parecía emborrachar.
-¡Vivan los obreros de Italia! -gritaron otra vez.
Y cuando enviaban estas aclamaciones a lo lejos, a
amigos que no los conocían ni podían comprender su lengua, parecían seguros de
que estos desconocidos oirían y entenderían su entusiasmo.
El Pequeño Ruso, brillantes los ojos, lleno de un amor
que abrazaba a todos los seres, declaraba:
-Estaría bien escribirles, ¿no? ¡Para que sepan que en
Rusia tienen amigos que profesan la misma fe que ellos, que viven para los
mismos objetivos y que se alegran de sus victorias!
Y todos, la mirada soñadora y la sonrisa en los labios,
hablaban largamente de los franceses, los ingleses, los suecos, como de amigos
personales, seres próximos, a quienes estimaban, cuyas alegrías compartían y
cuyas penas sentían.
En la pequeña habitación, nacía el sentimiento del
parentesco espiritual que unía a los trabajadores del mundo entero. Este
sentimiento que hacía vibrar a todos en un mismo corazón era compartido por la
madre, y aunque no lo comprendiese claramente, bebía alegría y juventud, una
fuerza embriagadora y colmada de esperanza.
-Cómo sois..., todos lo mismo -dijo un día al Pequeño
Ruso-. Para vosotros, todos son camaradas..., los armenios, los judíos, los
austríacos..., os alegráis y os entristecéis por todos.
-¡Por todos, sí, madrecita, por todos! -exclamó él-.
Para nosotros no hay naciones ni razas, no hay más que camaradas o enemigos.
Todos los proletarios son nuestros camaradas; todos los ricos, todos los que
gobiernan, nuestros enemigos. Cuando se mira al mundo con el corazón, y se ve lo
numerosos que somos los obreros y la fuerza que hay en nosotros, se siente tal
alegría que el espíritu está en fiesta. Y ocurre lo mismo, madrecita, con un
francés o un alemán, cuando comprenden la vida, y un italiano se alegra lo
mismo. Somos todos hijos de una sola madre, de un mismo pensamiento invencible:
el de la fraternidad de los trabajadores de todos los países. Esta fraternidad
nos conforta, es un sol en el cielo de la justicia, y este cielo está en el
corazón del obrero; Pues, sea quien quiera, se llame como quiera, el socialista
es nuestro hermano en espíritu, ahora y siempre, por los siglos de los siglos.
Esta fe infantil, pero inquebrantable, se manifestaba
cada vez más frecuentemente en el pequeño grupo, con una fuerza creciente. Y
cuando la madre veía este desbordar de esperanza, sentía instintivamente que, en
verdad, algo grande y resplandeciente había nacido en el mundo, como un sol,
parecido al que ella veía en el firmamento.
Muchas veces cantaban: cantaban alegremente y a plena
voz canciones familiares; otras veces, las que entonaban eran nuevas, de una
singular belleza, pero con aires tristes y extraños. Entonces, bajaban la voz,
gravemente, como para un himno religioso. Los rostros palidecían o se
inflamaban, y de aquellas sonoras palabras emanaba una gran fuerza.
Una de las nuevas canciones, sobre todo, inquietaba y
turbaba a Pelagia. No se oían en ella las tristes meditaciones de un alma
herida, errando solitaria por los senderos oscuros de dolorosas incertidumbres,
ni las quejas del ánimo, abatido por la desnudez y el miedo, sin carácter, sin
color. Tampoco resonaban en ella los suspiros angustiados de un corazón fuerte,
oscuramente ávido de espacio, ni los gritos de reto del audaz, pronto a aplastar
indistintamente, tanto el mal como el bien. Tampoco era el resentimiento ciego
del ofendido, capaz, para vengarse, de arrasar todo, impotente para crear nada.
Ningún eco del viejo mundo, del mundo de los esclavos.
Las palabras duras, el aire austero de la canción no
agradaban a la madre, pero había en este cántico, una fuerza más grande que el
verbo y los sonidos, que repasaba a éstos y despertaba en el corazón el
presentimiento de alguna cosa, demasiado alta para el pensamiento. Esto era lo
que ella veía en los rostros, en los ojos de los jóvenes, lo que sentía en sus
pechos, y, cediendo a aquella potencia misteriosa, escuchaba siempre con
atención particular, con una inquietud mayor que las otras.
La cantaban tan suavemente como las demás, pero
resonaba más fuerte y era como el aire de un día de marzo, del primer día de la
primavera.
-Es tiempo de cantarla en la calle -decía, gruñón,
Vessovchikov.
Cuando su padre, una vez más, fue detenido por robo,
declaró tranquilamente:
-Ahora podremos reunirnos en mi casa.
Casi cada tarde, después del trabajo, uno u otro venían
a casa de Paul: leían juntos, copiaban pasajes de los libros, estaban
preocupados y no tenían ni tiempo de lavarse. Cenaban y tomaban el té, sin dejar
los folletos, y sus palabras eran cada vez más incomprensibles para la madre.
-¡Necesitamos un periódico! -decía frecuentemente
Paula.
La vida se hacía agitada y febril: corrían cada vez más
rápidamente de un libro a otro, como abejas de flor en flor.
-Empieza a hablarse de nosotros -dijo un día
Vessovchikov-. Seguramente que nos detendrán enseguida.
-La codorniz está hecha para el lazo -dijo el Pequeño
Ruso. Este último agradaba cada día más a Pelagia. Cuando le llamaba
""madrecita», le parecía que una dulce mano infantil le acariciaba la mejilla.
El domingo, si Paul estaba ocupado, era él quien cortaba la leña; un día llegó
con un tablón al hombro, cogió el hacha y sustituyó hábilmente una plancha
podrida, ante la entrada de la casa; otra vez reparó la empalizada, que se caía.
Mientras trabajaba, silbaba bellos aires melancólicos.
La madre dijo un día a su hijo:
-¿Y si tomásemos al Pequeño Ruso en pensión? Para
vosotros sería mejor que correr de la casa de uno a la del otro.
-¿Para qué vas a darte ese trabajo? -preguntó Paul,
encogiéndose de hombros.
-¡Qué idea! Trabajo lo he tenido toda la vida, sin
saber por qué, y bien puedo hacerlo por un buen muchacho.
-Haz lo que quieras -replicó Paul-. Si acepta, yo
estaré contento.
Y el Pequeño Ruso vino a vivir con ellos.
VIII
La casita, al extremo del barrio, atraía la atención de
la gente: muchas miradas desconfiadas sondeaban ya sus muros. Las alas del rumor
público, con sus diversos colores, planeaban sobre ella. Se intentaba descubrir
el misterio que escondía. Por la noche miraban por la ventana; algunas veces,
alguien golpeaba el cristal, después cobardemente, huía veloz.
Un día, el posadero Begountsov detuvo a Pelagia en la
calle: era un viejecillo de buena presencia, con un pañuelo de seda negra,
constantemente anudado en torno a su cuello rojo, de piel fláccida, con el pecho
cubierto por un grueso chaleco malva. Gafas de concha cabalgaban sobre su nariz
puntiaguda y brillante, lo que le había valido el apodo de «Ojo de hueso. Sin
tomar aliento ni esperar respuestas, sorprendió a Pelagia con una avalancha de
palabras crepitantes como la leña seca:
-¿Cómo va, Pelagia? ¿Y el retoño? ¿No piensa casarlo
pronto? El chico está ya en edad de tomar mujer. El matrimonio de los hijos es
la tranquilidad de los padres. En familia, se conserva uno mejor, tanto de
cuerpo como de espíritu, como las setas en vinagre. Yo, en su lugar, lo casaría.
En estos tiempos hay que mirar cómo vive cada uno: las gentes lo hacen según su
idea, el desorden ha entrado en todos y se cometen acciones abominables. La
juventud se desvía de la casa de Dios, evita los lugares públicos, se reúne a
escondidas, murmura por los rincones. ¿Por qué murmuran, permítame
preguntárselo? ¿Por qué huyen de la sociedad? ¿Qué quiere decir todo lo que un
hombre no dice delante de los demás, en la taberna, por ejemplo? ¡Misterios!
Pero el sitio de los misterios en nuestra Santa Iglesia Apostólica. Todos los
demás misterios que se cumplen en los rincones son extravíos del espíritu. Le
deseo buena salud.
Plegando el brazo con afectación, levantó su gorra, la
agitó en el aire y se fue, dejando a la madre profundamente perpleja. Otra vez,
María Korsounov, vecina de los Vlassov y viuda de un herrero, que vendía
comestibles a la puerta de la fábrica, encontró a la madre en el mercado y le
dijo:
-Vigila un poco a tu hijo, Pelagia.
-¿Por qué?
-Corren rumores -le dijo María, con aire misterioso-.
Malos rumores, querida. Se dice que está organizando una especie de asociación
en el estilo de los flagelantes. Eso se llama secta. Quieren azotarse unos a
otros con vergajos, como los flagelantes1.
-¡No digas tonterías, María!
-Hay que censurar a quien las hace, no a quien las dice
-respondió la vendedora.
La madre repitió todas estas palabras a su hijo, que
encogió los hombros sin contestar. En cuanto al Pequeño Ruso, estalló en
carcajadas.
-Las muchachas están también muy enfadadas con vosotros
-dijo ella-. ¡Sois buenos partidos, buenos obreros, no bebéis, y no las miráis!
Se dice que de la ciudad vienen a veros mujeres de mala vida...
-¡Seguro! -dijo Paul, con una mueca de disgusto.
-En un pantano todo huele a podrido -respondió el
Pequeño Ruso suspirando-. Y usted, madrecita, habría hecho bien explicando a
esas jóvenes gansas lo que es el matrimonio, para que no tengan tanta prisa en
que les rompan las costillas.
-Hijo mío, ellas lo saben muy bien y lo comprenden,
pero no saben qué hacer de sus vidas.
-No comprenden nada: si lo hicieran encontrarían otro
camino -observó Paul. La madre echó una ojeada a su rostro severo.
-Pues enseñádselo. Podéis invitar a las menos tontas...
-No es posible -replicó secamente Paul.
-¿Y si probásemos? -preguntó el Pequeño Ruso.
Paul permaneció un instante en silencio.
-Empezaría por paseatas de a dos; luego, algunos se
casarían y eso sería todo.
La madre se sumergió en sus reflexiones. La austeridad
monacal de Paul la conturbaba. Veía que sus consejos eran seguidos, incluso por
sus camaradas de más edad, como el Pequeño Ruso, pero le parecía que todos le
temían, y que no lo amaban bastante, a causa de esta severidad.
Una noche que estaba acostada, mientras Paul y el
Pequeño Ruso leían aún, prestó oído, a través del delgado tabique, a su
conversación en voz baja.
-¿Sabes que Natacha me gusta? -dijo súbitamente el
Pequeño Ruso.
-Ya lo sé.
Paul no había respondido inmediatamente.
La madre oyó levantarse al Pequeño Ruso, y comenzar a
pasear por el cuarto. Sus pies desnudos se arrastraban sobre el suelo. Silbó un
aire triste; luego habló de nuevo:
-¿Lo ha notado ella?
Paul guardaba silencio.
-¿Qué piensas tú? -preguntó el Pequeño Ruso, bajando la
voz.
-Lo ha notado. Por eso ha renunciado a trabajar con
nosotros.
Los pasos del Pequeño Ruso volvieron a arrastrarse
sobre el suelo, y su silbido tembló otra vez. Después preguntó:
-Y si yo le dijese...
-¿Qué?
-Que... eso, que yo... -comenzó en voz tenue.
-¿Por qué decírselo? -interrogó Paul.
El Pequeño Ruso se detuvo, y la madre comprendió que
sonreía.
-Bueno, supongo que si se ama a una muchacha..., bien,
hay que decírselo; si no, no serviría de nada.
Paul cerró de golpe su libro.
-¿Y qué resultado esperas?
Callaron ambos por un instante.
-¿Y entonces? -preguntó el Pequeño Ruso.
-¡Hay que saber claramente lo que se quiere, Andrés!
-respondió lentamente Paul-. Supongamos que ella también te ama: no lo creo,
pero supongámoslo. Os casáis. Un matrimonio interesante: una intelectual y un
obrero. Vendrán hijos; tendrás que trabajar tú solo... y mucho. Vuestra vida se
convertirá en una lucha contra el hambre: los hijos, la casa... Y los dos
estaríais perdidos para la causa.
Hubo un silencio. Luego, Paul continuó en voz más
dulce: -Es mejor que olvides eso, Andrés. Y que no la inquietes... Silencio otra
vez. El reloj desgranaba en «tic-tac» los segundos.
El Pequeño Ruso dijo:
-La mitad del corazón ama, la otra odia. ¿Esto es un
corazón?
Un rumor de páginas hojeadas: sin duda, Paul había
vuelto a su lectora. La madre permaneció acostada, los ojos cerrados, temiendo
hacer un movimiento. Se sentía conmovida hasta el llanto por el Pequeño Ruso;
pero aún más por su hijo. Pensaba: «Querido mío... »
De pronto, Andrés preguntó:
-Entonces, ¿debo callar?
-Es más honrado -dijo dulcemente Paul.
-Bien, seguiré ese camino el Pequeño Ruso. Y un
instante después, añadió tristemente:
-Te será duro, pequeño Paul, cuando tú también...
-Ya me es duro.
Una ráfaga de viento rozó las paredes de la casa.
Preciso, el reloj marcaba la huida del tiempo.
-No hay que reírse de estas cosas -dijo lentamente el
Pequeño Ruso.
La madre hundió el rostro en la almohada y lloró sin
ruido. La mañana siguiente, Andrés le pareció menos macizo y todavía más amable.
Su hijo estaba como siempre: flaco, erguido y taciturno. Hasta entonces, ella
había llamado al Pequeño Ruso Andrés Onissimovitch, pero aquel día, sin darse
cuenta, le dijo:
-Hay que componer sus botas, Andrés, o tendrá frío en
los pies.
-¡Me compraré unas nuevas cuando cobre! -respondió él
echándose a reír, y de pronto, poniéndole en el hombro su ancha mano, preguntó:
-¿Tal vez es usted mi verdadera madre? Sólo que no
quiere confesarlo delante de la gente: no me encuentra lo bastante guapo.
Ella le dio un golpecito en la mano. Hubiera querido
decirle muchas palabras afectuosas, pero su corazón estaba ahogado por la
piedad, y su lengua se negaba a obedecerla.
IX
Por el barrio se hablaba de los socialistas que
repartían por todas partes unas hojas escritas con tinta azul. Estas hojas
denunciaban enérgicamente lo que ocurría en la fábrica, relataban las huelgas
obreras de San Petersburgo y, cada mediodía, llamaban a los trabajadores para
unirse y luchar en defensa de sus intereses.
Las gentes de más edad, que tenían un buen sueldo en la
fábrica, exclamaban:
-¡Agitadores! Hay que partirles la cara.
Y entregaban las hojitas en la dirección. Los jóvenes
leían las proclamas con entusiasmo:
-¡Es la verdad!
La mayoría, agotados de trabajar e indiferentes a todo,
respondían perezosamente:
-Esto no sirve para nada. ¿Acaso se puede...?
Pero las hojas interesaban, y si en una semana no las
había, se decían unos a otros:
-Parece que han abandonado la tarea.
Pero el lunes reaparecían las hojitas, y los
comentarios recomenzaban en sordina.
En la fábrica y en la posada, se veían gentes que nadie
conocía. Hacían preguntas, examinaban, fisgaban y atraían la atención de todos:
unos por una prudencia sospechosa, otros por una amabilidad excesiva.
La madre comprendía que toda esta agitación era obra de
su hijo. Veía a la gente rodearlo, y sus temores por el porvenir se mezclaban al
orgullo de tener un hijo semejante.
Cierta tarde, María Korsounov llamó a la ventana, y
cuando la madre la abrió, le murmuró precipitadamente:
-Ten cuidado, Pelagia: tus corderitos han terminado la
diversión. Esta noche vendrán a registrar tu casa, la de Mazine, la de
Vessovchikov...
Los gruesos labios de María chasquearon, su nariz
carnosa olfateó ruidosamente, guiñó los ojos, y bizqueando hacia uno y otro
lado, espió si había alguien en la calle.
-Y yo, no sé nada, no te he dicho nada y ni siquiera te
he visto hoy, ¿entiendes?
Desapareció.
La madre cerró la ventana y se dejó caer en una silla.
Pero la conciencia del peligro que amenazaba a su hijo, la hizo levantarse
rápidamente: se vistió en seguida, se envolvió la cabeza en un chal que apretó
fuertemente, y corrió a casa de Théo Mazine, que estaba enfermo y no iba a
trabajar. Cuando entró, él estaba sentado junto a la ventana y leía: con la mano
izquierda sostenía la otra, separando el pulgar. Al saber la noticia 'se puso
vivamente en pie y su rostro palideció.
-Bueno, ahora sí que... -murmuró.
-¿Qué hay que hacer? -preguntó Pelagia, secándose el
sudor de la frente con mano temblorosa.
-¡Esperar y no tener miedo! -respondió Théo, y pasó su
mano útil sobre los rizados cabellos.
-¡Pero yo creo que usted también tiene miedo! -exclamó
ella.
-¿Yo?
Sus mejillas enrojecieron bruscamente, y sonrió con
embarazo:
-Sí, qué diablos... Hay que avisar a Paul. Voy a
mandarle recado inmediatamente. Váyase a casa: no será nada. A usted no van a
pegarle, supongo.
En cuanto llegó a su casa, la madre hizo un montón con
los libros, y estrechándolos contra su pecho, recorrió largamente la vivienda,
mirando en el horno, bajo la estufa e, incluso, en un tonel de agua. Pensaba que
Paul dejaría el trabajo y vendría en seguida; pero no fue así. Por fin,
fatigada, se sentó en un banco de la cocina, ordenó los libros sobre su falda y
en esta posición, sin osar moverse, permaneció hasta el regreso de Paul y del
Pequeño Ruso. -¿Sabéis...? -exclamó sin levantarse.
-Sí -dijo Paul sonriendo-. ¿Tienes miedo?
-¡Oh, sí tengo miedo! ¡Tengo miedo!
-No hay que tenerlo -dijo Andrés-, no sirve de nada.
-¡Ni siquiera has preparado el samovar! -observó Paul.
La madre se puso en pie, y mostrando los libros, dijo
turbada:
-Fue por esto...
Su hijo y el Pequeño Ruso rompieron a reír, lo que le
devolvió el valor. Paul cogió algunos volúmenes y fue a ocultarlos fuera,
mientras Andrés encendía el samovar.
-No hay que asustarse, madrecita; solamente es
vergonzoso que la gente se ocupe de tales bobadas. Vendrán unos buenos mozos, el
sable al costado, espuelas en las botas, y lo registrarán todo. Mirarán bajo la
cama y bajo la estufa: si hay un sótano, bajarán; y si hay un granero, subirán.
Las telas de araña les caen en el hocico, y gruñen. No les divierte, les da
vergüenza; por eso adoptan un aire malvado y colérico. Un oficio sucio, ya lo
saben. Una vez vinieron a mi casa, salieron trasquilados y se fueron como habían
venido. Otra vez me llevaron consigo, me metieron en la cárcel y estuve cuatro
meses ¡Un ratito! Os llevan con ellos, atravesáis la calle con escolta y os
hacen un montón de preguntas. No son malos: razonan como tambores. Luego os
conducen a la cárcel. Así tratan a uno; pero tienen que ganarse el sueldo.
Después os liberan, y eso es todo.
-¡Tienen siempre una manera de hablar, Andrés...!
-gimió Pelagia.
De rodillas ante el samovar, él soplaba con ardor para
atizar las brasas; levantó su cara, roja por el esfuerzo, y preguntó atusando su
bigote:
-¿Y cómo hablo yo?
-Como si nadie le hubiese humillado nunca...
El se levantó y dijo, moviendo sonriente la cabeza:
-¿Hay alguien sobre la tierra que no haya sido nunca
humillado? Me han humillado tanto que ya no me irrito. ¿Qué hacer?, la gente no
puede actuar de otro modo. Las vejaciones impiden trabajar, y pensar en ellas es
perder el tiempo. ¡Es la vida! Antes, solía enfadarme con la gente, pero,
después de reflexionar, he visto que no valía la pena. Cada uno tiene miedo de
que el vecino le pegue, por eso se apresura a pegar primero. ¡La vida es así,
madrecita!
Sus palabras fluían tranquilamente, suavemente, y
apaciguaban la ansiedad provocada por la espera del registro: sus ojos saltones
sonreían, claros, y todo su largo cuerpo balanceante, parecía extrañamente
flexible.
La madre suspiró y dijo calurosamente:
-¡Que Dios le haga feliz, querido Andrés!
El Pequeño Ruso dio una zancada hacia el samovar,
volvió a acurrucarse ante él y masculló:
-Si me dan la felicidad, no la rehusaré, pero
pedirla..., tampoco: ¡no lo haré jamás!
Paul volvió del patio.
-No encontrarán nada -dijo, con acento seguro; y
comenzó a lavarse.
Después, secándose cuidadosamente las manos:
-Si muestras algún temor, mamá, se dirán: algo hay para
que ésta tiemble así. Vamos, comprende que no queremos nada malo; la verdad está
de nuestra parte y por ella trabajaremos toda la vida, no es ningún crimen. ¿Por
qué temblar?
-Tendré valor, Paul -prometió la madre; pero, llena de
angustia, dejó escapar:
-¡Si por lo menos viniesen pronto!
Pero no fueron aquella noche. Al día siguiente,
previniendo que iban a reírse de sus terrores, Pelagia fue la primera en
burlarse de sí misma:
-¡Tenía miedo..., de tener miedo!
X
No vinieron hasta pasado un mes de esta noche de
alarma. Nicolás Vessovchikov estaba allí, y los tres hablaban de su periódico.
Era tarde, casi medianoche. La madre se había acostado; comenzaba a dormirse y
oía vagamente las voces, bajas y preocupadas. Andrés se levantó súbitamente,
atravesó la cocina sobre la punta de los pies, cerró dulcemente el cerrojo de la
puerta, tras él. A la entrada, se oyó un ruido metálico. Y de pronto, la puerta
se abrió de par en par, y el Pequeño Ruso dio un paso hacia la cocina y dijo en
voz baja, pero clara:
-Se oye ruido de espuelas.
La madre saltó de la cama, y cogió su ropa con manos
temblorosas, pero Paul apareció en el dintel y le dijo serenamente: -Quédate
acostada..., estás enferma.
Se escucharon unos roces furtivos en el vestíbulo. Paul
se acercó a la puerta, y empujándola con la mano, preguntó: -¿Quién está ahí?
Rápida como un relámpago, una alta silueta gris se
encuadró en el umbral; otra le seguía: Los dos gendarmes sujetaron al muchacho,
a quien colocaron entre ellos. Una voz aguda y chocarrera, se hizo oír:
-No son los que esperabais, ¿eh?
El que hablaba era un oficial, delgado y alto, con un
bigote negro, no muy abundante. Junto al lecho de la madre apareció Fediakine,
agente de policía del suburbio, y, llevando la mano a la visera de la gorra,
mientras con la otra designaba a Pelagia, dijo, con mirada terrible:
-Esta es su madre, Excelencia.
Después, agitando los brazos en dirección de Paul,
añadió:
-¡Y éste es él mismo!
-¿Paul Vlassov? -preguntó el oficial, semicerrando los
ojos.
Paul hizo con la cabeza un signo afirmativo. El oficial
continuó, atusándose el bigote:
-Tengo que hacer un registro en tu casa. ¡Levántate,
vieja! ¿Quién hay ahí?
Lanzó una mirada a la habitación, y fue hacia ella a
grandes pasos.
-¿Vuestros nombres?
Dos hombres, requeridos como testigos, entraron: eran
el viejo fundidor Tvariakov y su inquilino, el fogonero Rybine, moreno de
cabello y barba, un hombre serio, que dijo con voz llena y sonora:
-¡Salud, Pelagia!
Esta se vestía, mascullando para infundirse valor:
-¡Vaya unas maneras! Venir de noche..., la gente está
acostada y ellos vienen...
Apenas cabían en la habitación, por la que se había
esparcido un fuerte olor a betún. Dos gendarmes y el comisario de policía del
suburbio, Ryskine, hacían sonar sus botas sobre el pavimento, quitaban los
libros del estante y los amontonaban sobre la mesa, ante el oficial. Otros dos
golpeaban las paredes con el puño, miraban bajo las sillas; uno se izó
trabajosamente sobre la estufa. El Pequeño Ruso y Vessovchikov estaban en un
rincón, apretados uno contra otro; el frágil rostro de Nicolás se había cubierto
de manchas rojas, y sus ojillos no podían separarse de la cara del oficial.
Andrés retorcía su bigote y, cuando la madre entró en el cuarto, le hizo,
sonriendo, un amistoso signo de cabeza.
Esforzándose por dominar su terror, Pelagia entró, no
de costado, como siempre, sino avanzando el pecho, lo que daba a su persona un
aire de importancia, cómico y afectado. Caminaba ruidosamente, con un temblor en
las cejas.
El oficial cogió rápidamente los libros, entre los
dedos afilados de sus blancas manos: los hojeaba, los sacudía, y, con gesto
hábil, los arrojaba a un lado. A veces, algún volumen caía pesadamente en
tierra. Todos callaban: se oía el jadeo de los gendarmes, sudorosos, el chocar
de las espuelas, y, de cuando en cuando, una pregunta:
-¿Habéis mirado aquí?
Pelagia se situó al lado de Paul, junto al tabique:
cruzó los brazos sobre el pecho, como él, y miró también al oficial. Sus
rodillas temblaban y una niebla le velaba los ojos.
De pronto, la voz de Vessovchikov resonó cortante:
-¿Por qué hay que tirar los libros al suelo?
La madre se estremeció. Tvariakov hizo un movimiento
con la cabeza, como si le hubieran golpeado en la nuca. Rybine tosió y miró
atentamente a Nicolás.
El oficial arrugó los ojos y por un segundo hundió su
mirada en el rostro delgado e inmóvil. Sus dedos se pusieron a volver las
páginas, aún más a prisa. Algunas veces, abría tanto sus ojos grises, que se
habría creído que se sentía horriblemente mal, y que iba a lanzar un grito de
furia, impotente contra su dolor.
-¡Soldado! -volvió a decir Vessovchikov-: recoge esos
libros.
Los gendarmes volvieron hacia él, después miraron al
oficial, que levantó la cabeza y, envolviendo en una ojeada escrutadora la
silueta maciza de Nicolás, dijo con voz arrastrada y nasal: -Bien...,
recogedlos.
Uno de los gendarmes se inclinó, y, mirando a
Vessovchikov con el rabillo del ojo, se puso a recoger los libros de hojas
arrugadas.
-¡Nicolás debía callarse! -susurró la madre a su hijo.
Este se encogió de hombros. El Pequeño Ruso bajó la
cabeza.
-¿Quién lee la Biblia?
-Yo -dijo Paul.
-¿A quién pertenecen todos estos libros?
-A mí -respondió de nuevo.
-¡Bien! -dijo el oficial, reclinándose sobre el
respaldo de la silla. Hizo crujir los dedos de sus finas manos, extendió las
piernas sobre la mesa, arregló su bigote, e interpeló a Vessovchikov.
-¿Tú eres Andrés Nakhodka?
-Sí -respondió Nicolás, avanzando. El Pequeño Ruso
tendió la mano, lo cogió por el hombro y lo hizo retroceder.
-Se equivoca. Andrés soy yo.
El oficial alzó la mano, y amenazando con el índice a
Vessovchikov, le dijo:
-¡Ten cuidado tú!
Se puso a revolver sus papeles.
Fuera, los ojos indiferentes de la clara noche de luna,
miraban por la ventana. Alguien pasaba ante la casa. La nieve crujía.
-Tú, Nakhodka, ¿has sido ya objeto de una encuesta, por
delitos políticos? -preguntó el oficial.
-Sí, en Rostov y en Saratov... Sólo que allí, los
gendarmes me trataban de usted.
El oficial guiñó el ojo derecho, se lo restregó, y,
descubriendo sus menudos dientes, continuó:
-¿Y no conoce usted, Nakhodka, sí, precisamente usted,
quiénes son los canallas que reparten en la fábrica llamamientos criminales?
El Pequeño Ruso se balanceó sobre sus piernas, y, con
una ancha sonrisa en los labios, iba a decir algo cuando de nuevo resonó la voz
irritada de Nicolás.
-Es la primera vez que vemos canallas.
Hubo un silencio, y, durante un segundo, todos
permanecieron inmóviles.
La cicatriz de la madre palideció, y su ceja derecha
dio un tirón hacia arriba. La barba negra de Rybine se puso a temblar de un modo
extraño: la peinó lentamente con los dedos, la cabeza baja.
-Echad fuera a este animal -dijo el oficial.
Dos gendarmes cogieron a Nicolás por debajo de los
brazos y lo arrastraron sin miramientos hacia la cocina. Allí, clavando
sólidamente los pies en el suelo, se detuvo y gritó:
-¡Deteneos..., tengo que vestirme!
El comisario de policía entró.
-No hay nada: hemos mirado por todas partes.
-¡Desde luego! -exclamó el oficial sonriendo-. Tenemos
aquí a un hombre de experiencia.
La madre escuchaba aquella voz, fluida y cortante;
miraba con terror su rostro amarillo y sentía en este hombre un enemigo sin
piedad, un corazón lleno del desprecio del aristócrata por el pueblo. Había
visto muy pocos individuos de este género, y casi había olvidado que existían.
«Son a éstos a quienes inquietamos», pensó.
-Señor Andrés Onissimov Nakhodka, hijo de padre
desconocido: queda detenido.
-¿Por qué motivo? -preguntó tranquilamente el Pequeño
Ruso.
-Eso se lo diré más tarde -respondió el oficial, con
venenosa cortesía. Se volvió hacia Pelagia.
-¿Sabes leer?
-No -contestó Paul.
-No es a ti a quien pregunto -dijo severamente, e
insistió:
-¡Responde, vieja!
La madre, invadida por un sentimiento de odio
instintivo hacia este hombre, se irguió de pronto, presa de un temblor como si
hubiese caído en agua helada; su cicatriz se volvió púrpura y su ceja descendió.
-¡No grite! -dijo extendiendo un brazo hacia el
oficial-. Usted es joven aún, no conoce la desgracia...
-¡Cálmate, mamá! -la detuvo Paul.
-¡Espera, Paul! -gritó ella abalanzándose a la mesa-.
¿Por qué detiene a esta gente?
-Eso no le incumbe, ¡cállese! -exclamó el oficial
levantándose-. ¡Traed a Vessovchikov!
Se puso a leer un papel, alzándolo a la altura de su
cara. Introdujeron a Nicolás.
-¡Descúbrase! -gritó el oficial, interrumpiendo su
lectura. Rybine se acercó a Pelagia, y empujándola con el hombro, le dijo en voz
baja:
-¡No te acalores, madre!
-¿Cómo voy a descubrirme si tengo sujetas las manos?
-preguntó Nicolás, turbando la lectura del proceso verbal.
El oficial arrojó el papel sobre la mesa:
-¡Firmad!
La madre miró a los asistentes firmar el proceso
verbal; su excitación había desaparecido y su corazón desfallecía: lágrimas de
humillación e impotencia subían a sus ojos. Estas lágrimas las había derramado
durante los veinte años de su vida conyugal, pero en estos últimos tiempos,
había olvidado su quemadura corrosiva.
El oficial la miró y dijo con una mueca de desdén:
-Es todavía muy pronto para llorar, mi buena señora.
Tenga cuidado, o no le quedarán lágrimas para más adelante.
Ella le respondió, encolerizada de nuevo:
-Las madres tienen lágrimas suficientes para todo...,
para todo. Si usted tiene una, ella debe saberlo.
El oficial recogió rápidamente sus papeles en una
cartera nueva, de brillante cerradura, y ordenó:
-¡Adelante, marchen!
-Hasta la vista, Andrés; hasta la vista, Nicolás -dijo
Paul en voz baja, pero calurosamente, estrechando la mano de sus camaradas.
-Sí, desde luego, ¡hasta la vista! -repitió el oficial
irónicamente.
Vessovchikov resollaba penosamente: su ancho cuello
estaba congestionado y sus ojos centelleaban de rabia. El Pequeño Ruso era todo
sonrisas, e inclinó la cabeza diciendo algunas palabras a la madre, que lo
bendijo con la señal de la cruz, y dijo:
-Dios ve a los justos...
Por fin, el pelotón de hombres con capotes grises se
replegó a la entrada, con un tintinear de espuelas, y desapareció. El último en
salir fue Rybine: envolvió a Paul en la escrutadora mirada de sus ojos negros, y
dijo soñador:
-Bien..., adiós.
Y salió sin prisa, tosiendo tras la barba.
Las manos cruzadas a la espalda, Paul recorrió
lentamente la habitación, de largo a ancho, entre los libros y la ropa que
yacían sobre el suelo, el aire sombrío:
-¿Has visto lo que es esto?
Mirando con indecisión el cuarto en desorden, la madre
murmuró angustiada:
-¿Por qué Nicolás ha sido grosero?
-Tenía miedo, sin duda -dijo dulcemente Paul.
-Han venido, los detuvieron, se los han llevado...
-masculló Pelagia con gesto impaciente.
Le quedaba su hijo. Su corazón comenzó a latir con más
calma, mientras su pensamiento se concentraba en vano, ante aquella realidad,
que no podía concebir.
-Ese hombre se burla de nosotros, nos amenaza...
-¡Basta, madre! -dijo súbitamente Paul con decisión-.
Vamos, arreglemos todo esto.
Le había dicho «madre» y «tú», como solamente hacía
cuando se sentía muy próximo a ella. La madre hizo un movimiento hacia él, lo
miró a los ojos y preguntó muy bajo:
:--¿Te han humillado?
-¡Sí! Es duro... ¡Hubiera preferido ir con ellos!
Parecióle a la madre que tenía lágrimas en los ojos, y'
para consolarlo, sintiendo confusamente su dolor, dijo en un suspiro:
-Espera..., a ti también te prenderán.
-Sí.
Después de una pausa, observó ella tristemente:
-Ves qué duro es, mi pequeño Paul... ¡Si al menos me
consolaras! Al contrario: yo digo cosas horribles y tú dices cosas peores aún.
La miró él, se acercó, y dulcemente:
-¡Es que no sé, mamá! Tengo que acostumbrarte...
Ella suspiró y guardó silencio: luego, reteniendo un
estremecimiento de terror:
-Y, ¿puede ser que torturen a la gente? ¿Que desgarren
la carne, que rompan los huesos? Cuando lo pienso... ¡Oh, Paul, querido Paul, es
horrible!
-Torturan el alma... Es mucho peor, con sus manos
sucias...
XI
Al día siguiente se supo que Bukine, Somov y otros
cinco habían sido detenidos. Por la noche, Théo Mazine pasó como un vendaval:
habían registrado también su casa, y se sentía un héroe.
-¿Has tenido miedo, Théo? -preguntó la madre.
El palideció, se arrugó su rostro y le temblaron las
ventanas de la nariz.
-He tenido miedo de que el oficial me pegase. Era
gordo, de barba negra, con patillas, y llevaba en la nariz unos lentes negros,
como si no tuviera ojos. Gritaba, daba patadas en el suelo... Decía que me
pudriría en la cárcel. A mí no me pegaron nunca, ni mi padre ni mi madre: soy
hijo único, y me querían...
Cerró los ojos un segundo, apretó los labios, se
encrespó el cabello con un rápido gesto de las manos, y dijo, mirando a Paul,
entornando los enrojecidos párpados:
-Si alguien me golpea alguna vez, me tiro a él como un
cuchillo y lo destrozo con los dientes... Harán mejor matándome inmediatamente.
-¡Tan flaco, tan poca cosa como eres! -exclamó Pelagia-.
¿Cómo ibas a hacer para luchar?
-Lo haré -respondió Théo entre dientes.
Cuando salió, la madre dijo a Paul:
-Este se derrumbaría antes que los demás.
Paul guardó silencio.
Unos instantes más tarde, la puerta de la cocina se
abrió lentamente y entró Rybine.
-¡Salud!-dijo sonriendo-. Bueno, aquí estoy otra vez.
Anoche me trajeron, pero hoy vengo por mí mismo. -Estrechó vigorosamente la mano
de Paul y cogió a la madre por el hombro-. ¿No me ofreces té?
Paul examinó en silencio el ancho y bronceado rostro,
de espesa barba negra y ojos sombríos. Había algo de grave en su tranquila
mirada.
Pelagia se fue a la cocina a preparar el samovar.
Rybine se sentó, alisó su barba y, colocando los codos sobre la mesa, envolvió a
Paul en su mirada negra.
-Pues así es... -dijo, como si reanudase una
conversación interrumpida-. Tengo que hablarte con franqueza. Te vengo
observando hace mucho tiempo. Somos casi vecinos. He notado que recibes mucha
gente, pero nada de borracheras ni de escándalos. Esto es lo primero. Si la
gente no hace ruido, se hace notar en seguida. ¿De acuerdo? Bueno. La gente
habla también de mí, porque vivo apartado.
Su tono era grave pero hablaba con soltura. Atusaba la
barba con su mano morena, y su mirada no se separaba de los ojos de Paul.
-Se han dedicado a hablar de ti. Mis patronos te llaman
hereje, porque no vas a la iglesia. Yo no voy tampoco. Además, hay lo de esas
hojas que han aparecido. ¿Son idea tuya?
-Sí.
-Pero tú... -exclamó alarmada la madre, saliendo de la
cocina-. ¡No eres tú solo!
Paul sonrió, y Rybine también.
-¡Bueno! -dijo éste.
La madre, un poco molesta porque no hubiesen prestado
atención a sus palabras, resopló ruidosamente y volvió a la cocina.
-Las hojas son una buena idea. Esto espabila a la
gente. ¿Había diecinueve?
-Sí.
-Las he leído todas. Bien... Hay cosas que no se
comprenden, ni es necesario, porque cuando un hombre habla demasiado, hay
palabras que no sirven para nada...
Rybine sonrió: tenía una dentadura blanca y fuerte.
-Después..., el registro. Esto me ha predispuesto a
vuestro favor. Tú, el Pequeño Ruso y Nicolás, habéis estado...
No encontrando la palabra, se calló, echó una ojeada a
la ventana y; tamborileando con los dedos sobre la mesa: -Habéis mostrado
vuestra decisión. Como si hubieseis dicho: Excelencia, haced vuestro trabajo que
nosotros haremos el nuestro.» El Pequeño Ruso es un buen muchacho. Muchas veces
he oído cómo habla en la fábrica, y he pensado: ""A éste no lo hundirán: no
podrá con él más que la muerte. Tiene nervio.» ¿Me crees, Paul?
-Sí -dijo el joven, inclinando la cabeza.
-Bueno. Mira: tengo cuarenta años, te doblo la edad y
he visto veinte veces más cosas que tú. He sido soldado más de tres años, estuve
casado dos veces y mi primera mujer está muerta, a la otra la he abandonado. He
estado en el Cáucaso, conozco a los «dock douk» - La vida, hijo mío: creen ser
los dueños, y no lo son...
La madre escuchaba ávidamente aquellas palabras firmes.
Le agradaba ver a un hombre maduro venir junto a su hijo y hablarle como para
una confesión, pero le parecía que Paul trataba al huésped con demasiada
frialdad, y para borrar esta impresión, preguntó a Rybine:
-¿Comerás algo, Michel?
-¡Gracias, madrecita! Ya he cenado... Así pues, Paul,
¿tú piensas que la vida no es lo que debe ser?
Paul se levantó y se puso a pasear por la habitación,
las manos a la espalda.
-No: es buena. Ya ve, es ella quien le ha traído a mi
casa, con el corazón abierto. Nos une poco a poco: trabajamos durante toda
nuestra existencia, y llegará el tiempo en que nos una a todos. Es injusta, dura
para nosotros, pero es ella misma quien nos abre los ojos, nos descubre su
sentido amargo y muestra al hombre cómo debe apresurar su ritmo.
-¡Justo! -interrumpió Rybine-. Hay que renovar al
hombre. Si tiene sarna, llévalo al baño, lávalo, ponle ropa limpia y se curará,
¿no es cierto? Pero, ¿cómo limpiarlo por dentro? Esa es la cuestión.
Paul se puso a hablar, con calor y energía, de las
autoridades, de la fábrica, del modo cómo los obreros defendían sus derechos en
otros países. A veces, Rybine golpeaba la mesa con el dedo, como puntuando. Pero
ni una vez gritó: «¡Eso es!»
En un momento dado, se rió brevemente y dijo con
dulzura:
-¡Tú eres joven! No conoces a la gente.
Entonces Paul, deteniéndose ante él, le replicó
gravemente: -No hablemos de vejez ni de juventud. Veamos, más bien, qué ideas
son las más justas.
-Entonces, según tú, ¿se nos ha engañado, incluso con
Dios? Eso es. Yo creo que nuestra religión no es la verdadera.
En este momento intervino la madre. Cuando su hijo
hablaba de Dios y de todo lo que para ella iba asociado a la fe y le era querido
y sagrado, buscaba siempre la mirada de Paul, para pedirle tácitamente que no
hiriese su corazón con brutales profesiones de incredulidad. Pero, tras su
escepticismo, ella creía sentir la fe, y esto la tranquilizaba. «¿Cómo podría yo
comprender su pensamiento?», decíase. Había creído que sería desagradable y
ofensivo para Rybine, hombre de edad madura, escuchar los discursos de Paul.
Pero cuando el huésped planteó tranquilamente su pregunta, no pudo contenerse, y
dijo, breve pero firmemente:
-Con respecto al Señor, debéis tener más cuidado.
Vosotros.... desde luego, haced lo que os parezca...
Tomó aliento y continuó con más fuerza todavía:
-¡Pero una vieja como yo, en qué se apoyaría en sus
penas, si le quitáis al Buen Dios!
Sus ojos se llenaron de lágrimas. Lavaba la vajilla con
manos temblorosas.
-No has comprendido, mamá -dijo Paul dulce y
tiernamente.
-Perdóname, madrecita -añadió Rybine con voz lenta y
significativa; y miró a Paul sonriendo-. He olvidado que eres ya un poco vieja
para quitarte las verrugas...
-Yo hablaba -continuó Paul-, no del Dios bueno y
misericordioso en el cual crees, sino de aquél con quien los popes nos amenazan
como con un bastón; de un Dios en cuyo nombre quieren obligar a todos a
someterse a la voluntad cruel de unos cuantos.
-¡Sí, eso es, ahí está! -gritó Rybine, golpeando la
mesa-. Nos han cambiado incluso a Dios: todo lo que toman entre sus manos es
para dirigirlo contra nosotros. ¿Te acuerdas, madrecita? Dios ha creado al
hombre a su imagen y semejanza: luego, ¡El se parece al hombre, si el hombre se
parece a El! Pero nosotros no nos parecemos a Dios, sino a las bestias. En la
iglesia nos muestran un espantajo. ¡Hay que transformar a Dios, madrecita,
purificarlo! Lo han vestido de mentira y de calumnia, han mutilado su rostro
para matar nuestra alma...
Hablaba bajo, pero cada palabra que pronunciaba caía
sobre la cabeza de la madre, como un rudo puñetazo que la aturdía. Y aquel ancho
rostro, en el marco negro de la barba, la asustaba; el reflejo sombrío de sus
ojos se le hacía insoportable y despertaba en su corazón un miedo doloroso.
-¡No, prefiero marcharme! -dijo, sacudiendo la cabeza-.
Oír estas cosas... ¡está por encima de mis fuerzas!
Y huyó a la cocina mientras Rybine gritaba:
-¡Lo ves, Paul! No es la cabeza, sino el corazón lo que
está en la base de todo. Es ése un lugar del hombre donde nadie podrá penetrar
jamás.
-Solamente la razón liberará al hombre -sentenció Paul.
-La razón no da la fuerza -gritó Rybine, con acento
seguro-. El corazón da la fuerza, pero no la razón. ¡Eso es!
La madre se desnudó y se acostó sin hacer su oración.
Tenía frío, se sentía incómoda. Y Rybine, que al principio le había parecido tan
sereno, tan sensato, despertaba ahora su hostilidad.
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