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A MI PADRE
V. H.
El drama que damos a luz no lleva en sí nada que
lo recomiende a la atención y a la benevolencia del público; no tiene,
para atraer sobre él el interés de los hombres, políticos, la ventaja del
veto de la censura administrativa, ni para inspirar simpatía literaria a
los hombres de buen gusto, el honor de que lo haya rechazado oficialmente
el infalible comité de la lectura. Se presenta ante el público solo, pobre
y desnudo, como el enfermo del Evangelio, solus pauper nudus.
Después de titubear mucho tiempo, el autor del
drama se decidió a recargarle con notas y con prólogos, y ambas cosas son
ordinariamente indiferentes para los lectores. Éstos se enteran más del
talento del escritor que de su modo de ver, y sea la obra mala o buena, no
les importa sobre qué ideas se asienta ni en qué capacidad ha germinado.
Nadie visita los sótanos de un edificio después que ha recorrido las
salas, y el que come la fruta del árbol no se acuerda de sus raíces.
Por otra parte, las notas y los prefacios son
algunas veces un medio cómodo de aumentar el peso de un libro y de
aumentar, al menos en la apariencia, la importancia de un trabajo; táctica
es ésta semejante a la de los generales que, para que sea más imponente su
frente de batalla, ponen en línea hasta los bagajes. Después, mientras que
los críticos se encarnizan con el prefacio y los eruditos con las notas,
puede suceder que hasta la misma obra se le escape y pase intacta a través
de los fuegos cruzados, como un ejército que se libra de un mal paso,
huyendo entre los combatientes de la vanguardia y de la retaguardia.
Estos motivos, aunque son dignos de
consideración, no son los que al autor han decidido. No tenía necesidad de
hinchar este volumen, que ya de por sí es demasiado grueso. Además, el
autor, no sabe por qué, ha notado que sus prólogos, francos e ingenuos,
más que le han protegido contra los críticos, le han servido para
comprometerle. En vez de servirle de buenos y de fieles escudos, le han
jugado la mala pasada que suelen hacer los trajes extraños, esto es, que
señalan en la batalla al soldado que los lleva, y que en vez de servirle
de defensa, le atraen todos los tiros.
Consideraciones de otro orden han influido
también sobre el autor. Cree que, si efectivamente no se visita por placer
los sótanos de un edificio, algunas veces se tiene curiosidad de examinar
los cimientos; por lo que se entrega otra vez con un prefacio a la cólera
de los folletinistas. Che sara, sara. Nunca se ha cuidado gran cosa
del éxito de sus obras y no le asustó nunca el qué dirán literario.
En la flagrante discusión en que se empeñan en el teatro y en la escuela
el público y los académicos, quizá se oiga con algún interés la voz de un
solitario aprendiz de la naturaleza y de la verdad que se ha retirado muy
joven del mundo literario por amor a las letras y que aporta a él buena fe
a falta de buen gusto, convicción a falta de talento y estudios literarios
a falta de ciencia.
El autor se limitará a exponer consideraciones
generales sobre el arte, sin la idea de querer construir una fortaleza
para su propia obra y sin pleitear en favor ni en contra de nadie. El
ataque y la defensa de su libro es menos importante para él que para
cualquier otro; es poco afecto a las luchas personales, pues siempre
ofrece espectáculo miserable ver que se alborota el amor propio de los
combatientes. Protesta, pues, de antemano contra cualquiera interpretación
que se dé a sus ideas y contra cualquiera aplicación que se haga de sus
palabras, diciendo como el fabulista español:
Quien haga aplicaciones
con su pan se lo coma.
Debe el autor confesar, sin embargo, que algunos
de los principales campeones de las «sanas doctrinas literarias» le han
dispensado el honor de arrojarle el guante, a él, casi desconocido, simple
e imperceptible espectador de la curiosa pelea que no tiene la fatuidad de
querer decidir. En las páginas siguientes se leerán las objeciones que les
opone; éstas son su honda y su piedra: los que quieran, que se las arrojen
a la cabeza de los Goliats clásicos.
Dicho esto pasemos adelante.
Debemos partir de un hecho. La misma naturaleza
de civilización, o para emplear una expresión más exacta aunque más
extensa, la misma sociedad no ha ocupado siempre el mundo. El género
humano en conjunto ha crecido, se ha desarrollado y ha madurado como
nosotros. Desde niño pasó a ser hombre, y nosotros presenciamos ahora su
imponente vejez. Antes de la época, que la sociedad moderna llama antigua,
existió otra era, que los antiguos llamaban fabulosa, y que sería más
exacto llamar primitiva. He aquí, pues, tres edades sucesivas en la
civilización, desde su origen hasta nuestros días. Como la poesía se
superpone siempre a la sociedad, probaremos a desentrañar, según la forma
de ésta, cuál ha debido ser el carácter de aquélla en las tres grandes
edades del mundo: los tiempos primitivos, los tiempos antiguos y los
tiempos modernos.
En los tiempos primitivos, cuando el hombre se
despierta en un mundo que acaba de nacer, la poesía se despierta con él.
En presencia de las maravillas que le deslumbran y que le embriagan, su
primera palabra es un himno. Está tan cerca aún de Dios, que todas sus
meditaciones son himnos y todos sus sueños visiones. En su efusión, canta
como respira. Su lira no tiene más que tres cuerdas: Dios, el alma y la
creación; pero este triple misterio lo envuelve todo, esa triple idea todo
lo abarca. La tierra está todavía casi desierta. Existen en ella familias,
pero no pueblos; padres, pero no reyes. Cada raza existe tranquilamente,
sin propiedad, sin ley, sin rozamientos y sin guerras. Todo es de cada uno
y de todos. La sociedad es una comunidad, y nada molesta al hombre que
vegeta en la vida pastoral y nómada por la que empiezan todas las
civilizaciones, y que es propicia a las contemplaciones solitarias y a las
caprichosas fantasías. Su pensamiento, como su vida, es semejante a la
nube que cambia de forma y de camino, según el viento que la arrastra. He
aquí el primer hombre, he aquí el primer poeta. Es joven y lírico; su
plegaria condensa su religión y la oda es toda su poesía.
La oda de los tiempos primitivos es el Génesis.
Poco a poco la adolescencia del mundo desaparece.
Todas las esferas se agrandan; la familia se convierte en tribu y la tribu
se convierte en nación. Cada uno de estos grupos de hombres se agrupa
alrededor de un centro común y nacen los reinos. El instinto social sucede
al instinto nómada. El campo abre paso a la ciudad, la tienda al palacio,
el arco al templo. Los jefes de los Estados nacientes son aún pastores,
pero pastores de pueblos; su cayado pastoril tiene ya la forma de cetro.
Todo se para y se fija. La religión adquiere una forma, los ritos
reglamentan la oración y el dogma viene a encuadrarse en el culto. De este
modo el sacerdote y el rey se dividen la paternidad del pueblo; de este
modo a la comunidad patriarcal sucede la sociedad teocrática.
Entretanto las naciones comienzan a estar
demasiado prietas en el globo y se molestan y se magullan; de esto
provienen los choques de los imperios y la guerra. Se desbordan las unas
sobre las otras, y esto hace necesarios los viajes y las emigraciones de
los pueblos. La poesía refleja esos grandes acontecimientos; de las ideas
pasa a los sucesos, y canta los siglos, los pueblos y los imperios, y
convirtiéndose en épica, da a luz a Homero.
Homero, en efecto, domina a la sociedad antigua.
En aquella sociedad todo es sencillo, todo es épico. La poesía es
religión, la religión es ley. A la virginidad de la primera edad sucede la
castidad de la segunda. Todo lo impregna una especie de gravedad solemne,
así en las costumbres domésticas como en las costumbres públicas. Los
pueblos sólo han conservado de la vida errante el respeto al extranjero y
al viajero. La familia tiene una patria a la que todo se liga; profesa el
culto del hogar y el culto de la tumba.
Volvemos a repetir que la expresión de semejante
civilización sólo puede ser la epopeya. La epopeya tomará en ella muchas
formas, pero jamás perderá su carácter. Píndaro es más sacerdote que
patriarcal, más épico que lírico. Si los analistas contemporáneos,
necesarios en esa segunda edad del mundo, recogen las tradiciones de
aquellos siglos, no pueden conseguir que la cronología se desprenda de la
poesía; la historia, para ellos, continúa siendo epopeya. Herodoto es un
Homero.
Sobre todo en la tragedia antigua, la epopeya
resalta por todas partes. Sube a la escena griega sin perder en cierto
modo sus proporciones gigantescas y desmesuradas. Los personajes de sus
tragedias son todavía héroes, semidioses y dioses; sus resortes consisten
en sueños, en oráculos y en fatalidades; sus cuadros en enumeraciones, en
funerales y en combates; los actores declaman lo que cantan los rapsodas.
Más aún; cuando la acción completa y todo el espectáculo épico ha pasado
en la escena, lo que queda, el coro lo toma. El coro comenta la tragedia,
infunde valor a los héroes, hace descripciones, llama a la luz del día, se
lamenta, explica el sentido moral de lo que se propone el autor y adula al
público que le escucha. El coro es, pues, el caprichoso personaje colocado
entre el espectáculo y el espectador, es el poeta completando su epopeya.
El teatro de los antiguos era como su drama,
grandioso, pontifical, épico. Podía contener treinta mil espectadores,
porque las representaciones se hacían al aire libre, a la luz del sol, y
duraban todo el día. Los actores ahuecaban y fingían la voz, se ponían
mascarilla y hacían crecer su estatura. Querían ser gigantes como los
papeles que desempeñaban. La escena era inmensa, y podían representar a la
vez el interior y el exterior de un templo, de un palacio, de un
campamento, de una ciudad. En ella se desarrollaban vastos espectáculos:
ya representaba a Prometeo sobre la montaña, ya a Antígena buscando desde
lo alto de la torre a su hermano Polynice en el ejército enemigo, ya a
Evadné arrojándose desde lo alto de una roca a las llamas de la hoguera
donde se quema el cuerpo de Capanée (de Eurípides), y un bajel que llega
al puerto y que desembarca en la escena cincuenta princesas con su
comitiva (de Esquilo). En aquella época la arquitectura y la poesía tienen
carácter monumental; la antigüedad no tiene nada tan solemne ni tan
majestuoso, y mezcla en el teatro su culto y su historia. Sus primeros
comediantes son sacerdotes, y sus juegos escénicos ceremonias religiosas,
fiestas nacionales.
Haremos la última observación para marcar bien el
carácter épico de aquellos tiempos, que consiste en decir que la tragedia
antigua, así por los asuntos que trata como por las formas que adopta, no
hace más que repetir la epopeya. Los trágicos antiguos se ocupan en
detallar a Homero, conciben las mismas fábulas, las mismas catástrofes y
los mismos héroes. Todos se abrevan del río homérico. Siempre se ocupan de
la Ilíada y de la Odisea. Como Aquiles, que arrastra a
Héctor, la tragedia griega da vueltas alrededor de Troya. Poco a poco la
edad de la epopeya llega a su fin. Así como la sociedad que ella
representa, la poesía se gasta afianzándose sobre sí misma. Roma se calca
sobre la Grecia y Virgilio copia a Homero, y para morir dignamente la
poesía épica expira de su último parto.
Había sonado su hora. Iba a empezar una nueva era
para el mundo y para la poesía.
La religión espiritualista, que suplanta al
paganismo material y exterior, deslizándose en el corazón de la sociedad
antigua, la mata, y en el cadáver de una civilización decrépita deposita
el germen de la civilización moderna. Esta religión es completa, porque es
verdadera; entre el dogma y el culto sella profundamente la moral. Desde
luego, como primeras verdades, enseña al hombre que existen dos vidas, una
pasajera y otra inmortal, una en la tierra y otra en el cielo. Enseña al
hombre que es doble, como su destino; que se encierran en él un animal y
una inteligencia, un alma y un cuerpo; que él es el punto de intersección,
el anillo común de dos cadenas de seres que abarcan la creación, desde la
serie de seres materiales hasta la serie de seres incorporales, cuya
primera serie empieza en la piedra y llega hasta el hombre, y cuya segunda
serie, partiendo del hombre, acaba en Dios. Quizá comprendieron una parte
de esas virtudes algunos sabios de la antigüedad, pero desde el Evangelio
data su plena y luminosa revelación. Las escuelas paganas caminaban a
tientas en la oscuridad de la noche, asiéndose de las mentiras como de las
verdades en el camino que seguían a la ventura. Algunos de dichos
filósofos lanzaban a veces sobre los objetos débiles claridades, que sólo
los iluminaban por una parte y sólo servían para oscurecer más la otra. De
esto provinieron los fantasmas que creó la filosofía antigua. Sólo era
capaz la sabiduría divina de sustituir por una claridad igual y vasta las
iluminaciones vacilantes de la sabiduría humana. Pitágoras, Epicuro,
Sócrates y Platón son antorchas, pero Jesucristo es la luz del día.
Por otra parte, nada hay tan material como la
teogonía antigua. Lejos de pensar, como el cristianismo, en separar el
espíritu del cuerpo, da forma y fisonomía a todo, hasta las esencias y las
inteligencias. Todo en ella es visible, palpable y carnal. Sus dioses
necesitan que una nube los oculte a los ojos humanos. Beben, comen y
duermen: puede herírseles y su sangre se derrama; puede estropeárseles y
cojean eternamente. Esa religión tiene dioses y semidioses. Su rayo se
forja en una fragua, en la que se hace entrar, entre otros ingredientes,
tres imbris forti radios. Su Júpiter suspende el mundo de una
cadena de oro; su sol sube en un carro tirado por cuatro caballos; su
infierno es un precipicio que su geografía pone en la boca en el globo; su
cielo es una montaña.
De este modo el paganismo, que petrifica todas
sus creaciones formadas de la misma arcilla, empequeñece la divinidad y
engrandece al hombre. Los héroes de Romero tienen tanta talla como sus
dioses. Ajax desafía a Júpiter, Aquiles vale tanto como Marte. Acabamos de
ver cómo el cristianismo, por el contrario, separa profundamente el
espíritu de la materia, estableciendo un abismo, entre el alma y el cuerpo
y otro abismo entre el hombre y Dios.
En dicha época, para no omitir ningún rasgo del
bosquejo que estamos trazando, debemos notar que con el cristianismo y por
su influencia se introdujo en el espíritu de los pueblos un sentimiento
nuevo, desconocido de los antiguos y singularmente desarrollado en los
modernos; un sentimiento que es más que la gravedad y menos que la
tristeza: la melancolía. El corazón del hombre, entorpecido hasta entonces
por los cultos jerárquicos y sacerdotales, no tenía por qué despertar y
encontrar en él el germen de una facultad inesperada al sentir el soplo de
una religión humana, porque es divina; de una religión que convierte la
plegaria del pobre en riqueza del rico; de una religión de igualdad, de
libertad y de caridad. ¿Podía dejar de ver las cosas bajo nuevo aspecto
desde que el Evangelio le hizo ver que existe el alma al través de los
sentidos y la eternidad detrás de la vida?
Por otra parte, en aquel momento el mundo sufrió
tan profunda revolución que revolucionó a los espíritus. Hasta entonces
las catástrofes de los imperios raras veces llegaban hasta el corazón de
las poblaciones; sólo las sufrían los reyes que caían y las majestades que
pasaban. El rayo sólo estallaba en las altas regiones, y los
acontecimientos se desarrollaban con toda la solemnidad de la epopeya: en
la sociedad antigua, el individuo estaba colocado tan bajo, que para que
le hirieran los trastornos necesitaba que la adversidad descendiese hasta
su familia; de tal modo que él no conocía el infortunio, fuera de los
dolores domésticos. Raras veces las desgracias generales del Estado
desarreglaban su vida. Pero en cuanto se estableció la sociedad cristiana,
trastornó el antiguo continente, removiéndolo hasta sus raíces. Los
acontecimientos, encargados de destruir la antigua Europa y de reedificar
la nueva, se chocaban, se precipitaban sin tregua y se arrojaban las
naciones atropelladamente, unas hacia la luz y otras hacia la oscuridad.
Moviose tal estrépito en la tierra, que fue imposible que algo del tumulto
universal no llegara hasta el corazón de los pueblos. Aquello, más que un
eco, fue un contragolpe. El hombre, replegándose en sí mismo al presenciar
tan enormes vicisitudes, comenzó a compadecer a la humanidad y a
comprender las amargas irrisiones de la vida. De este sentimiento, que
condujo a la desesperación a Catón el pagano, el cristianismo hizo nacer
la melancolía.
Al mismo tiempo nació el espíritu de examen y de
curiosidad, porque las grandes catástrofes eran al mismo tiempo grandes
espectáculos de dolorosas peripecias. Entonces fue cuando el Norte se
lanzó sobre el Mediodía, el universo romano cambió de forma y se
experimentaron las últimas convulsiones de un mundo que agonizaba. Desde
que murió ese mundo, bandadas de retóricos, de gramáticos y de sofistas
abatieron su vuelo como mosquitos sobre el inmenso cadáver, y se les vio
pulular, y se les oyó zumbar en aquel foco de putrefacción. Acudieron a
examinar, a comentar y a discutir. Cada miembro, cada músculo, cada fibra
del cuerpo yacente fue examinado en todos los sentidos. Debieron sentir
verdadera alegría los anatomistas del pensamiento, de poder desde sus
primeros ensayos hacer experimentos en gran escala y de tener por objeto
disecar una sociedad muerta.
De este modo vemos apuntar a la vez, y dándose la
mano, al genio de la melancolía y de la meditación y al demonio del
análisis y de la controversia. Al uno de los extremos de esta era de
transición está Longino y al otro San Agustín. No hay que despreciar dicha
época, que encerraba en gérmenes todo lo que después ha dado frutos; no
hay que despreciar ese tiempo, en el que los escritores han abonado la
tierra para que produjera la cosecha mucho más tarde. La Edad Media está
injertada en el Bajo Imperio.
Estableciendo la nueva religión una sociedad
nueva, veremos también crecer sobre esta doble base una poesía nueva.
Hasta entonces, obrando en esto como el politeísmo y la filosofía antigua,
la musa puramente épica de los antiguos sólo había estudiado la naturaleza
por una sola cara, rechazando sin compasión de los dominios del arte todo
lo que en el mundo, sometido a su imitación, no se relacionase con cierto
tipo de lo bello. Tipo que desde luego fue magnífico, pero que le sucedió
lo que le sucede a todo lo que es sistemático; en sus últimos tiempos
degeneró en falso, mezquino y convencional. El cristianismo dirigió la
poesía hacia la verdad. Como él, la musa moderna lo verá todo desde un
punto de vista más elevado y más vasto; comprenderá que todo en la
creación no es humanamente bello, que lo feo existe a su lado, que lo
deforme está cerca de lo gracioso, que lo grotesco es el reverso de lo
sublime, que el mal se confunde con el bien y la sombra con la luz. La
musa moderna preguntará si la razón limitada y relativa del artista debe
sobreponerse a la razón infinita y absoluta del creador; si el hombre debe
rectificar a Dios; si la naturaleza mutilada será por eso más bella; si el
arte tiene el derecho de quitar el forro, si esta expresión se nos
permite, al hombre, a la vida y a la creación; si el ser andará mejor
quitándole algún músculo o el resorte; en una palabra, si ser incompletos
es la manera de ser armoniosos. Entonces fue cuando, fijándose en los
acontecimientos, a la vez risibles y formidables, y por la influencia del
espíritu de melancolía cristiana y de crítica filosófica que acabamos de
notar, la poesía dio un gran paso, un paso decisivo, un paso que,
semejante a la sacudida que produce un terremoto, cambiará la faz del
mundo intelectual. Obrará como la naturaleza, mezclará en sus creaciones,
pero sin confundirlas, la sombra y la luz, lo grotesco y lo sublime, el
cuerpo y el alma, la bestia y el espíritu; porque el punto de partida de
la religión debe ser el punto de partida de la poesía.
He aquí, pues, un principio extraño a la
antigüedad, un tipo nuevo introducido en la poesía, y con la condición de
estar en el ser modificado el ser todo entero; he aquí una forma nueva
desarrollada en el arte. Este tipo es lo grotesco; esta forma es la
comedia.
Séanos permitido insistir, ya que acabamos de
indicar el rasgo característico, sobre la diferencia fundamental que
separa, según nuestra opinión, el arte moderno del arte antiguo, la forma
actual de la forma muerta, o, para servirnos de palabras más vagas, pero
más admitidas, la literatura romántica de la literatura clásica.
Nuestros contrarios, al oír esto, contestan que
hace ya tiempo que nos veían venir y que van a anonadarnos con
nuestros propios argumentos, diciéndonos lo siguiente: -¿Queréis que lo
feo sea un tipo digno de imitarse y lo grotesco un elemento de
arte? Tenéis mal gusto literario. El arte debe rectificar a la naturaleza,
debe ennoblecerla, debe saber elegir. Los antiguos no se han ocupado jamás
de lo feo ni de lo grotesco, no han confundido jamás la comedia con la
tragedia. Estudiad a Aristóteles, a Boileau y a La Harpe. -¡Eso es verdad!
Sin duda son sólidos dichos argumentos, y sobre
todo nuevos. Pero nuestra misión no consiste en refutarlos. No tratamos de
edificar un sistema: Dios nos libre de sistemas; sólo hacemos constar un
hecho. Somos historiadores y no críticos. Que el hecho agrade o disguste,
poco importa, cuando el hecho existe. Reanudemos, pues, nuestro bosquejo y
tratemos de probar que de la fecunda unión del tipo grotesco con el
sublime nace el genio moderno, tan complejo, tan variado en sus formas,
tan inagotable en sus creaciones, enteramente opuesto en esto a la
uniforme sencillez del genio antiguo, y de probar que de este hecho
necesario debemos partir para establecer la diferencia radical y real que
existe entre las dos literaturas.
No queremos con esto decir que la comedia y lo
grotesco fueran desconocidos absolutamente de los antiguos; esto sería por
otra parte imposible, porque nada crece sin raíces; la segunda época
siempre existe en germen en la primera. Desde la Ilíada, Thersites
y Vulcano representan la comedia, el primero entre los hombres y el
segundo entre los dioses. Tiene demasiada naturalidad y originalidad la
tragedia griega para que algunas veces no intervenga en ella la comedia.
Por ejemplo, y para no citar más que lo que recordemos de memoria, la
escena de Menelao con la portera del palacio (Elena, acto I); la
escena del músico griego (Oreste, acto IV); los tritones, los sátiros y
los cíclopes son grotescos; las sirenas, las furias, las harpías son
grotescas; Polifemo es un grotesco terrible y Sileno es un grotesco bufón.
Pero en todos esos ejemplos y en otros muchos se
conoce que el arte estaba aún en su infancia. La epopeya, que en aquella
época imprimía su forma a todo, pesaba sobre ella y la ahogaba. El
grotesco antiguo es tímido y procura siempre esconderse. Se ve que no está
en su terreno, porque aquélla no es su naturaleza, y se oculta todo lo que
puede. Los sátiros, los tritones y las sirenas casi no son deformes; las
parcas y las harpías son más vergonzosas por sus atributos que por sus
caras; las furias son hasta hermosas, y por eso se las llama euménides,
esto es, tiernas y bienhechoras. Tiende la mitología un velo de grandeza y
de divinidad sobre lo grotesco. Polifemo es un gigante, Midas es un rey y
Sileno es un dios.
De este modo la comedia pasa casi desapercibida
en el gran conjunto épico de la antigüedad. Al lado de los carros
olímpicos, ¿qué significa la carreta de Thespis? Comparados con los
colosos homéricos, Esquilo, Sófocles y Eurípides, ¿qué significan
Aristófanes y Plauto? Homero los eclipsa a todos; como Hércules se llevó a
los pigmeos, él se los lleva ocultos bajo su piel de león.
En el pensamiento de los modernos, por el
contrario, lo grotesco desempeña un papel importantísimo. Se mezcla en
todo; por una parte crea lo deforme y lo horrible, y por otra lo cómico y
lo jocoso. Atrae alrededor de la religión mil supersticiones originales y
alrededor de la poesía mil imaginaciones pintorescas. Siembra a manos
llenas en el aire, en el agua, en la tierra y en el fuego esas miríadas de
seres intermediarios que encontramos vivos en las tradiciones populares de
la Edad Media; hace girar en la oscuridad el circulo espantoso del Sábado;
pone cuernos a Satanás, pies de macho cabrío y alas de murciélago; es él
el que ya arroja en el infierno cristiano las espantosas figuras que
evocarán más tarde el genio áspero de Dante y de Milton, o ya le puebla de
formas ridículas, en medio de las que servirá de diversión Callot, el
Miguel Ángel burlesco. Lo grotesco, si del mundo ideal se pasa al real,
desarrolla en él inagotables parodias de la humanidad. Son creaciones de
su fantasía los Scaramuches, los Crispines y los Arlequines, siluetas de
hombres que hacen muecas, tipos enteramente desconocidos de la grave
antigüedad, y que sin embargo, todos han nacido en la clásica Italia. Es
él, en fin, el que, coloreando el mismo drama, al mismo tiempo con la
imaginación del Mediodía y con la imaginación del Norte, hace brincar a
Sganarelle alrededor de Don Juan y arrastrarse a Mefistófeles alrededor de
Fausto.
La poesía antigua, viéndose obligada a dar
compañeras al cojo Vulcano, trató de disfrazar su deformidad, dándole en
cierto modo proporciones colosales. El genio moderno conserva ese tipo de
herreros sobrenaturales, pero le imprime bruscamente un carácter opuesto
que les hace más chocantes; cambia los gigantes en enanos y convierte a
los cíclopes en gnomos. Con la misma originalidad que a la hidra de Lerna,
la substituye por los dragones locales de nuestras leyendas. Todas estas
creaciones sacan de su propia naturaleza el acento enérgico y profundo,
ante el que parece que haya querido retroceder muchas veces la antigüedad.
Las euménides griegas son mucho menos horribles,
y por consecuencia menos verdaderas, que las brujas de Macbeth; Plutón no
es tan infernal como el diablo.
Tenemos la convicción de que podría escribirse un
libro que ofreciese mucha novedad sobre el empleo del grotesco en las
artes. Podrían probarse en él los grandes efectos que los modernos han
sacado de ese tipo fecundo, sobre el que una crítica mezquina se encarniza
en la actualidad. Quizá nosotros mismos, por el asunto que tratamos, nos
veamos obligados a señalar de paso alguno de sus rasgos. Diremos ahora
solamente que, como objetivo cerca de lo sublime, como medio de contraste,
lo grotesco es el más rico manantial que la naturaleza ha abierto al arte.
Rubens sin duda lo comprendió así, porque le complacía en el desarrollo de
las pompas reales, en sus coronamientos y en sus brillantes ceremonias
mezclar la repugnante figura de algún bufón. La belleza universal, que la
antigüedad difundía por todas partes solemnemente, era algo monótona;
cuando una misma impresión se repite sin cesar, a la larga fatiga. Lo
sublime sobre lo sublime con dificultad produce un contraste, y
necesitamos descansar hasta de lo bello. Parece, por el contrario, que lo
grotesco sea un momento de pausa, un término de comparación, un punto de
partida, desde el que nos elevamos hacia lo bello con percepción más
fresca y más deseada. La salamandra hace resaltar la ondina, y el gnomo
embellece al silfo. Podemos decir con exactitud que el contacto de lo
deforme ha dotado a lo sublime moderno de algo más puro, de algo más
grande que lo bello antiguo, y debe ser así. Cuando el arte es consecuente
consigo mismo, conduce con más seguridad cada cosa a su fin. Si el Elíseo
homérico está muy lejos de ofrecer el encanto etéreo y la angélica
suavidad del paraíso de Milton, es porque bajo del Edén existe un infierno
mucho más horrible que el tártaro pagano. Ni Francesca de Rímini ni
Beatriz serían tan deslumbradoras en un poeta que no se encerrara en la
torre del Hambre, obligándonos a presenciar la repugnante comida del conde
Ugolino. Dante no tendría tanta gracia si no tuviera tanta fuerza. Las
náyades carnosas, los robustos tritones y los céfiros libertinos carecen
de la fluidez diáfana de nuestras ondinas y de nuestras sílfides, y es
porque la imaginación moderna, que hace vagar por nuestros cementerios a
los vampiros, a los ogros, a las almas en pena y a los aparecidos,
consigue dar a esos seres fantásticos la forma incorporal y la pura
esencia que jamás tuvieron las ninfas paganas. La Venus antigua es hermosa
y admirable, mas ¿quién ha infundido en las figuras de Juan Goujon la
elegancia esbelta, extraña y aérea? ¿Quién les dio el carácter, hasta
entonces desconocido, de vida y de grandiosidad, sino su proximidad a las
esculturas rudas y poderosas de la Edad Media?
Si durante el desarrollo necesario de nuestras
ideas, que aún pudieran profundizarse más, el hilo de ellas no se ha roto
en el espíritu del lector, debe haber comprendido con qué gran potencia lo
grotesco, ese germen de la comedia que ha recogido la musa moderna, ha
debido crecer y engrandecerse desde que se ha transportado a un terreno
más propicio para él que el paganismo y la epopeya. En efecto, en la
poesía nueva, mientras que lo sublime representa el alma tal como ella es,
purificada por la moral cristiana, lo grotesco representa el papel de la
humana estupidez. El primer tipo, desprendido de toda liga impura, estará
dotado de todos los encantos, de todas las gracias y de todas las
bellezas, y llegará un día en que cree a Julieta, a Desdémona y a Ofelia.
El segundo tipo representará todo lo ridículo, todo lo defectuoso y todo
lo feo. En esta división de la humanidad y de la creación, a él le
corresponderán las pasiones, los vicios y los crímenes; será injurioso,
rastrero, glotón, avaro, pérfido, chismoso e hipócrita; será más tarde
Yago, Tartufo, Basilio, Poionio, Harpagón, Bartolo, Falstaff, Scapín y
Fígaro. Lo bello no tiene más que un tipo, lo feo tiene mil. Es porque lo
bello, humanamente hablando, sólo es la forma considerada en su expresión
más simple, en su simetría más absoluta, en su armonía más íntima con
nuestra organización; por eso nos ofrece siempre conjunto completo, pero
restringido. Lo que llamamos lo feo, por el contrario, es un detalle de un
gran conjunto que no podemos abarcar y que se armoniza, no con el hombre,
sino con la creación entera; por eso nos presenta sin cesar aspectos
nuevos, pero incompletos.
Es un estudio curioso seguir el advenimiento y la
marcha de lo grotesco en la era moderna. Al principio es una invasión, una
irrupción, un desbordamiento; es un torrente que rompe su dique. Atraviesa
al nacer la literatura latina, que muere, prestando sus encantos a Perseo,
a Petronio y a Juvenal, y dejando en ella El asno de oro, de
Apuleyo. Desde allí se difunde en la imaginación de los pueblos nuevos que
rehacen la Europa, y fluye en los cuentistas, en los cronistas y en los
romanceros, extendiéndose del Sur al Septentrión. Se mezcla entre las
fantasías de las naciones tudescas, y al mismo tiempo vivifica con su
soplo los admirables romanceros españoles, que son la verdadera Ilíada de
la caballería. Imprime sobre todo su carácter a la maravillosa
arquitectura, que en la Edad Media ocupa el sitio de todas las artes. Deja
su estigma en la frente de las catedrales, encuadra sus infiernos y sus
purgatorios en la ojiva de sus pórticos, haciéndoles llamear en sus
vidrios; desarrolla sus monstruos, sus dueñas y sus demonios alrededor de
los capiteles, a lo largo de sus frisos y al borde de sus techos. Se
instala bajo innumerables formas en la fachada de madera de las casas, en
la fachada de piedra de las torres y en la fachada de mármol de los
palacios. De las artes pasa a las costumbres, y mientras hace que el
público aplauda a los graciosos de la comedia, da a los reyes los bufones.
Más tarde, en el siglo de la etiqueta nos enseñará a Scarrón sentado en la
cama de Luis XIV. Desde las costumbres penetra también en las leyes, y mil
caprichos fabulosos atestiguan su paso por entre las instituciones de la
Edad Media. Después de haber penetrado en las artes, en las costumbres y
en las leyes, penetra hasta en la Iglesia, y le vemos arreglar en todas
las villas católicas alguna de esas ceremonias singulares, alguna de esas
procesiones extrañas, en las que la religión sale acompañada de todas las
supersticiones, esto es, lo sublime rodeado de lo grotesco. En fin, para
pintar de un solo rasgo cómo es lo grotesco en la referida aurora de las
letras, para expresar cuánta es su verbosidad, su fuerza y su savia de
creación, diremos que arroja de una vez en el campo de la poesía moderna
tres Homeros jocosos: Ariosto en Italia, Cervantes en España y Rabelais en
Francia.
Creemos inútil hacer resaltar más la influencia
de lo grotesco en la tercera civilización. En la época llamada romántica,
todo demuestra su alianza íntima y creadora con lo bello.
Debemos decir que en la época en que nos hemos
detenido está muy marcado el predominio del grotesco sobre el sublime de
las letras; pero eso lo produjo la fiebre de la reacción, el ardor de la
novedad, que ya pasó. El tipo de lo bello vuelve a recobrar bien pronto su
papel y su derecho, que no consiste en excluir al otro principio, sino en
dominarle, y así sucedió. Llegó el tiempo en que lo grotesco se satisfizo
en poder contar con uno de los rincones de los cuadros de Murillo y en las
páginas sagradas de Pablo Veronés; con mezclarse en los dos admirables
Juicios finales, que enorgullecen a las artes; en la escena arrebatadora
de horror con que Miguel Ángel enriquecerá al Vaticano, y con las
espantosas caídas de hombres que Rubens precipitará desde lo alto de las
bóvedas de la Catedral de Anvers. Llegó el momento en que va a
establecerse el equilibrio entre los dos principios. Un hombre, un poeta,
rey poeta soberano, como Dante llama a Hornero, va a fijar dicho
equilibrio. Estos dos genios rivales, que acabo de citar, juntan su doble
llama, y de esta llama brota Shakespeare.
He aquí que hemos llegado a la cumbre poética de
los tiempos modernos. Shakespeare es el drama, y el drama que funde bajo
un mismo soplo lo grotesco y lo sublime, lo terrible y lo jocoso, la
tragedia y la comedia; el drama que es el carácter propio de la tercera
época de la poesía, de la literatura actual.
Resumiendo con rapidez los hechos que acabamos de
observar hasta aquí, veremos que la poesía cuenta tres edades, cada una
correspondiente a una época de la sociedad, la oda, la epopeya y el drama.
Los tiempos primitivos son líricos, los tiempos antiguos épicos y los
tiempos modernos dramáticos. La oda canta la eternidad, la epopeya
solemniza la historia y el drama retrata la vida. El carácter de la
primera poesía es la ingenuidad, el de la segunda es la sencillez, y el de
la tercera es la verdad. Los rapsodas marcan la transición de los poetas
líricos a los poetas épicos, y los romanceros la de los poetas épicos a
los poetas dramáticos. Los historiadores nacen con la segunda época, los
cronistas y los críticos con la tercera. Los personajes de la oda son
colosos, como Adán, Caín y Noé; los de la epopeya son gigantes, como
Aquiles, Atreo y Orestes; los del drama son hombres, como Hamlet, Macbeth
y Otelo. La oda vive de lo ideal, la epopeya de lo grandioso, el drama de
lo real. Esta triple poesía mana de estos tres grandes manantiales, la
Biblia, Homero, Shakespeare.
Tales son, y nos concretamos a sacar este
resultado, las diferentes fisonomías del pensamiento en las diferentes
eras del hombre y de la sociedad; sus tres semblantes, de juventud, de
virilidad y de vejez. Ya se examine una literatura particular, ya todas
las literaturas en masa, llegaremos siempre al mismo resultado: veremos
siempre a los poetas líricos antes que a los poetas épicos, y a los poetas
épicos antes que a los poetas dramáticos. En Francia, Malesherbes viene
antes que Chapelain, Chapelain antes que Corneille; en la antigua Grecia,
Orfeo antes que Homero y Homero antes que Esquilo. En el Libro Sagrado, el
Génesis antes que los Reyes; los Reyes antes que Job; o para tomar la gran
escala que vamos recorriendo, la Biblia antes que la Ilíada y la
Ilíada antes que Shakespeare.
La sociedad empieza por cantar lo que sueña,
después refiere lo que hace, y al fin describe lo que piensa. Por esto,
digámoslo de paso, el drama, que reúne las cualidades más opuestas, puede
tener a la vez mucha profundidad y gran relieve, ser filosófico y
pintoresco.
Será oportuno añadir aquí que todo en la
naturaleza y en la vida pasa por las tres fases: por lo lírico, por lo
épico y por lo dramático, porque todo nace, se agita y muere. Si no fuera
ridículo confundir las fantásticas ideas de la imaginación con las
deducciones severas del raciocinio, podría decir un poeta que la salida
del sol, por ejemplo, es un himno, el mediodía una brillante epopeya y la
puesta del sol un sombrío drama, en el que luchan el día y la noche, la
vida y la muerte. Pero esto es pura fantasía. Concretémonos a los hechos
reales que acabamos de resumir, y completémoslos con una observación
importante. De ningún modo hemos pretendido designar a las tres épocas de
la poesía exclusivo dominio; sólo hemos tratado de fijar su carácter
dominante. La Biblia, ese divino monumento lírico, encierra, como acabamos
de indicar, una epopeya y un drama en germen en los Reyes y en Job. Se ve
en los poemas homéricos todavía un resto de poesía lírica y un principio
de poesía dramática. La oda y el drama se cruzan en la epopeya; hay de
todo en todos; sólo que en cada uno de esos géneros existe un elemento
generador al que se subordinan los demás y que impone al conjunto su
carácter propio.
El drama es la poesía completa. La oda y la
epopeya sólo lo contienen en germen, pero el drama encierra a la una y a
la otra en su desarrollo. El que dijo que los franceses no tienen la
cabeza épica fue justo y agudo, pero si hubiera añadido los
modernos, su frase espiritual hubiera sido más profunda. Es
incontestable, sin embargo, que se ve el genio épico en la prodigiosa
tragedia Athalia, que es tan sencilla y tan grandiosamente sublime,
que el siglo de Luis XIV no la pudo comprender. Es cierto también que la
serie de los dramas-crónicas de Shakespeare presenta un gran aspecto de
epopeya, pero la poesía lírica es la que mejor sienta al drama; nunca la
estorba, se plega a todos sus caprichos y desarrolla todas sus formas, y
tan pronto es sublime, como en Ariel, como es grotesca, como en Calibán.
Nuestra época, que sobre todo es dramática, por esta razón es
eminentemente lírica, y es que hay siempre cierta relación entre el
principio y el fin; la puesta de sol tiene algo de la salida; el viejo
vuelve a ser niño, pero la última infancia no se parece a la primera: es
tan triste como aquella alegre; lo mismo le sucede a la poesía lírica.
Deslumbradora y llena de ilusiones aparece en la aurora de los pueblos,
pero reaparece triste, sombría y pensativa en el crepúsculo de la tarde de
las naciones. La Biblia, que empieza risueña por el Génesis, termina
amenazadora con el Apocalipsis.
Para hacer más comprensibles las ideas que
acabamos de aventurar, por medio de una imagen compararemos la poesía
lírica primitiva con un lago apacible que refleja las nubes y las
estrellas, y a la epopeya con el río que corre, reflejando en sus orillas
bosques, campos y ciudades, a arrojarse en el Océano del drama. Como el
lago, el drama refleja el cielo como el río refleja las costas, pero él
sólo encierra abismos y tempestades.
Al drama, pues, viene a desembocar toda la poesía
moderna. El Paraíso perdido fue drama antes de ser epopeya; bajo
aquella forma se presentó al principio a la imaginación del poeta y se
queda impresa en la memoria del lector; de tal modo resalta el antiguo
croquis dramático que imaginó Milton. Cuando Dante terminó su terrible
Infierno y le cerró las puertas, no quedándole otro trabajo que el de
bautizar su obra, el instinto de su genio le hizo ver que su poema
multiforme era emanación del drama y no de la epopeya, y sobre el
frontispicio del gigantesco monumento escribió con su pluma de bronce:
Divina comedia.
Se ve, pues, que los dos únicos poetas de los
tiempos modernos que tienen la talla de Shakespeare tratan de aproximarse
a su unidad, concurren con él a dar tinte dramático a toda nuestra poesía,
mezclan como él lo grotesco y lo sublime, y lejos de separarse del gran
conjunto literario que se apoya sobre Shakespeare, Dante y Milton son los
arcos que sostienen el edificio del que ocupa él el pilar central, son los
contrafuertes de la bóveda de que Shakespeare es la clave. Permítasenos
insistir en algunas ideas ya enunciadas.
Desde el día en que el cristianismo dijo al
hombre:
-«Eres un ser doble, compuesto de dos seres, uno
perecedero y otro inmortal», desde ese día se ha creado el drama. ¿Es otra
cosa, en efecto, el contraste de todos los días, la lucha de todos los
instantes entre dos principios opuestos, que están siempre juntos en la
vida, y que se disputan al hombre desde la cuna hasta el sepulcro?
La poesía hija del cristianismo, la poesía de
nuestro tiempo es el drama; la realidad es su carácter, y la realidad
resulta de la combinación de los dos tipos, lo sublime y lo grotesco, que
se encuentran en el drama, como se encuentran en la vida y en la creación.
La poesía verdadera, la poesía completa consiste en la armonía de los
contrarios. Ya es hora de decirlo en alta voz, puesto que, aquí sobre
todo, las excepciones confirman la regla; todo lo que existe en la
naturaleza está dentro del arte.
Colocándonos en este alto punto de vista para
juzgar las mezquinas reglas convencionales, para desbrozar los laberintos
escolásticos, para resolver todos los problemas raquíticos, que los
críticos de los dos últimos siglos representaron trabajosamente alrededor
del arte, debe maravillarnos la prontitud con que se ha resuelto la
cuestión del teatro moderno. El drama no tuvo más que dar un paso para
romper todos los hilos de tela de araña con los que creyeron atarle las
milicias de Liliput mientras estuvo durmiendo.
Así, cuando pedantes aturdidos pretenden que lo
deforme, lo feo y lo grotesco no deben ser jamás objeto de imitación para
el arte, debe respondérseles que lo grotesco es la comedia, y la comedia
forma parte del arte. Para ellos Tartufo no será bello ni Pourceaugnac
noble, y Pourceaugnac y Tartufo serán siempre dos pimpollos del arte. Debe
objetárseles también que si se les arroja de esa barrera de la segunda
línea de aduanas, renuevan la prohibición de aliar lo grotesco con lo
sublime, de fundir la comedia en la tragedia, y debe hacérseles comprender
que en la poesía de los pueblos cristianos, lo grotesco representa la
parte material del hombre y lo sublime el alma. Esos dos tallos del arte,
si se impide que mezclen sus ramas, si se les separa sistemáticamente,
producirán por todo fruto, uno de ellos la abstracción de vicios y de
ridiculeces y el otro la abstracción del crimen, del heroísmo y de la
virtud. Los dos tipos, aislados de este modo y entregados a sí mismos, se
irán cada uno por su lado, dejando entre ellos la realidad, el uno a su
derecha y el otro a su izquierda. Por lo tanto, después de hacer estas
abstracciones, quedará por representar lo más importante, al hombre;
faltará hacer el drama.
En el drama, tal como se ejecuta, o tal por lo
menos como se puede concebir, todo se encadena y se deduce en él como en
la realidad: en él representan su papel el cuerpo y el alma, y los hombres
y los acontecimientos, puestos en juego por este doble agente, pasan de
jocosos a terribles, y alguna vez a ser terribles y bufones a un tiempo.
Así un juez dirá: -Condenado a muerte y vamos a comer. Así el
Senado romano deliberará sobre el rodaballo de Domiciano. Así Sócrates,
bebiendo la cicuta y asegurando que el alma es inmortal y que existe un
Dios único, se interrumpirá para recordar que no se olviden de sacrificar
un gallo a Esculapio. Así la reina Elisabeth jurará y hablará en latín.
Así Richelieu sufrirá la influencia del capuchino José, y Luis XI la de su
barbero Olivier. Así Cromwell dirá: -He metido al rey en mi saco y al
Parlamento en mi bolsillo, y la misma mano que firma el decreto de
muerte de Carlos I pintarrajeará con tinta el rostro de un regicida. Así
César en su carro triunfal tendrá miedo de caer. Por que los hombres de
genio, por grandes que sean, tienen siempre su lado grotesco que se ríe de
su inteligencia; por esa parte tocan con la humanidad y por esa parte son
dramáticos. «De lo sublime a lo ridículo no hay más que un paso», decía
Napoleón, cuando se convenció de que era un simple mortal, y este
relámpago de un alma de fuego que se entreabre ilumina a la vez el arte y
la historia; ese grito de agonía es el resumen del drama y de la vida.
Estos contrastes se encuentran en los poetas,
considerados como hombres. A fuerza de meditar sobre la existencia, de
hacer resaltar la dolorosa ironía, de lanzar el sarcasmo y la burla sobre
nuestras debilidades, esos hombres, que excitan la risa del público,
acaban por estar tristes. Esos Demócritos son también Heráclitos;
Beaumarchais era taciturno, Molière era sombrío, Shakespeare era
melancólico.
Una de las supremas bellezas del drama es lo
grotesco; no es sólo conveniente, sino que con frecuencia es necesario.
Algunas veces se presentan estos tipos en masas homogéneas, por medio de
caracteres completos, como Daudin, Prusias, Trissotin, Bridoison, la
nodriza de Julieta; algunas veces inspirando terror, como Ricardo III,
Begears, Tartufo y Mefistófeles; algunas veces respirando gracia y
alegría, como Fígaro, Osrick, Mercurio y Don Juan. Este tipo se infiltra
por todas partes, porque así como los seres vulgares tienen muchas veces
accesos de lo sublime, los seres más distinguidos pagan con frecuencia su
tributo a lo trivial y a lo ridículo: por eso constante e
imperceptiblemente lo grotesco está presente en la escena hasta cuando
calla, hasta cuando se esconde, y merced a su influencia nos libra de
impresiones monótonas. Ya lanza la risa, ya lanza el horror en la
tragedia. Consigue que el farmacéutico encuentre a Romeo, las tres brujas
a Macbeth y los enterradores a Hamlet; algunas veces, en fin, como en la
escena del rey Lear y su bufón, mezcla sin producir discordancia su voz
chillona con las sublimes, lúgubres y fantásticas músicas del alma.
Véase, pues, cómo la arbitraria distinción de los
géneros desaparece ante la razón y el buen gusto, y con la misma facilidad
desaparecerá también la falaz regla de las dos unidades. Decimos dos y no
tres unidades, porque la unidad de acción y no de conjunto, que es la
única, verdadera y fundada, está hace ya mucho tiempo fuera de toda
discusión.
Contemporáneos distinguidos, tanto extranjeros
como nacionales, han atacado, ya teórica, ya prácticamente, esta ley
fundamental del código pseudo-aristotélico. Por otra parte, el combate no
podía ser muy largo. A la primera sacudida ha estallado; ¡tan carcomida
estaba la viga de la antigua casucha escolástica!
Lo más extraño es que los rutinarios tienen la
pretensión de apoyar la regla de las dos unidades en la verosimilitud,
cuando precisamente la realidad es la que la mata. No hay nada tan
inverosímil y tan absurdo como el vestíbulo, el peristilo o la antecámara,
sitios públicos en los que nuestras tragedias se desarrollan, en los que
se presentan, no se sabe cómo, los conspiradores a declamar contra el
tirano y el tirano a declamar contra los conspiradores, por turno, como si
se hubieran dicho bucólicamente:
Alternis cantemus; amant
alterna Camenoe.
¿Han existido jamás peristilos de esa clase? ¿Hay
algo más opuesto, no sólo a la verdad, sino también a verosimilitud?
Resulta de todo esto que lo que es característico, íntimo y local, y no
puede pasar en la antecámara o en la calle, esto es, el drama entero, pasa
entre bastidores. Sólo vemos en cierto modo en el teatro los codos de la
acción, las manos están fuera. En vez de escenas nos dan recitados, en vez
de cuadros descripciones. Graves personajes, colocados como el coro
antiguo, entre el drama y el espectador, le refieren lo que sucede en el
templo, en el palacio o en la plaza pública, de modo que muchas veces nos
dan tentaciones de gritar: -«Pues llevadnos allí, que eso es digno de
verse.»
Se nos objetará que la regla que repudiamos está
tomada del teatro griego, pero nosotros replicaremos, exigiendo que se nos
diga si se parece en algo nuestro teatro al teatro griego. Además, ya
hicimos ver la prodigiosa extensión de la escena antigua, que le permitía
abarcar una localidad entera, de tal modo, que el poeta, podía, según las
necesidades de la acción, transportarla como quisiera de un extremo del
teatro al otro, lo que era casi un equivalente al cambio de decoraciones.
El teatro griego estaba circunscrito a un fin nacional y religioso, y era
mucho más libre que el nuestro, que sólo tiene por objeto divertir, o si
se quiere, enseñar a los espectadores. Uno obedece sólo a las leyes que le
son propias, mientras que, el otro se aplicaba condiciones de ser
perfectamente extrañas a su esencia.
Se empieza a comprender ahora que la localidad
exacta es uno de los elementos de la realidad. Los personajes hablando u
obrando no son los únicos que graban en el espíritu del espectador el
sello fiel de los hechos. El sitio en que ha sucedido una catástrofe es un
testimonio inseparable y terrible, y la ausencia de esta especie de
personaje mudo dejaría incompletas en el drama las más grandes escenas de
la historia. El poeta sólo se atrevería a asesinar a Rizzio en la cámara
de María Stuardo, ni a dar de puñaladas a Enrique IV en otra parte que en
la calle de la Ferronerie, ni a quemar a Juana de Arco en otra parte que
en el Mercado Viejo, ni a decapitar a Carlos I ni a Luis XVI en otros
sitios que en las plazas siniestras desde las que se ven White-Hall y las
Tullerías.
La unidad de tiempo no es más sólida que la
unidad de lugar. La acción, encerrada en las veinticuatro horas, es cosa
tan ridícula como encerrarla en el vestíbulo. Toda acción tiene su
duración propia, como tiene su sitio particular. Causa risa querer
propinar la misma dosis de tiempo a todos los acontecimientos y aplicarles
la misma medida. Nos burlaríamos del zapatero que quisiera meter los
mismos zapatos en todos los pies. Atravesar la unidad de tiempo y la
unidad de lugar como los barrotes de una jaula y hacer entrar en ella
pedantescamente todas las figuras y todos los pueblos que la Provincia
desarrolla en grandes masas en la realidad, es mutilar los hombres y las
cosas, es querer que haga visajes la historia. Es más; todo esto morirá
durante la operación; de este modo los mutiladores dogmáticos alcanzan su
resultado ordinario; esto es, que lo que estaba vivo en la crónica esté
muerto en la tragedia. Por eso con frecuencia la jaula de las unidades
sólo encierra un esqueleto.
Además, si veinticuatro horas pueden compendiarse
en dos, será también lógico deducir que cuatro horas puedan compendiar
cuarenta y ocho, y la unidad de Shakespeare no será la unidad de
Corneille.
Éstos son los pobres ardides que desde hace dos
siglos las medianías, la envidia y la rutina fraguan contra el genio,
limitando de este modo el vuelo de nuestros grandes poetas. Con las
tijeras de las unidades les han cortado un ala, ¿y qué nos han dado en
cambio de las plumas arrancadas a Corneille y a Racine? Campistrón.
Concebimos que se nos pudiera objetar que los
cambios demasiado frecuentes de decoraciones pueden embrollar y fatigar al
espectador, produciendo en él el efecto del deslumbramiento; que las
traslaciones multiplicadas de un sitio a otro en poco tiempo pueden exigir
contraexposiciones que enfríen el interés; que debe temerse que, produzcan
en medio de la acción lagunas que impidan que las partes del drama se
adhieran perfectamente entre ellas, y que además desconcierten al
espectador, no pudiendo comprender qué debe haber en aquellos vacíos; pero
éstas son precisamente las dificultades del arte; éstos son los obstáculos
propios de tal o de cual asunto, y sobre lo que no se puede legislar dando
una ley para todos ellos. El genio debe resolverlos los poetas no deben
eludirlos.
Nos bastará, en fin, para demostrar lo absurdo de
la regla de las dos unidades, presentar la última razón, tomada de las
entrañas del arte.
La existencia de la tercera unidad, la unidad de
acción, es la única que todos admiten, porque resulta de un hecho: el ojo
y el espíritu humano sólo pueden abarcar un conjunto cada vez; la unidad
de acción es tan necesaria como las otras dos son inútiles; es la que
marca el punto de vista del drama y, por lo tanto, excluye a las otras
dos. No puede haber tres unidades en un drama, como no puede haber tres
horizontes en un cuadro. Pero no hay que confundir la unidad con la
sencillez de la acción. La unidad del conjunto no rechaza de ningún modo
las acciones secundarias en que debe apoyarse la acción principal; sólo se
necesita que estas partes, prudentemente subordinadas al todo, graviten
sin cesar hacia la acción central y se agrupen alrededor de ella en los
diferentes planos del drama. La unidad del conjunto es la ley de
perspectiva del teatro.
-Los grandes genios han sufrido esas reglas que
rechazáis -nos replicarán los críticos-. Desgraciadamente tenéis razón.
Dios sabe adónde hubieran llegado esos hombres admirables si no les
hubieseis cortado el vuelo. Se han prestado a aceptar vuestros grillos sin
combatiros. Por eso Pedro Corneille, maltratado por debutar con su
maravilla el Cid, tiene que luchar luego con Mairet, Claveret,
D´Auvignac y Scuderi, y denunciar a la posteridad sus violencias. He aquí
lo que le dijeron: «Joven, es menester aprender antes de enseñar.» Racine
experimentó los mismos disgustos sin resistirse tanto como Corneille,
porque carecía del genio, del carácter y de la esperanza de éste; se
encerró en el silencio y abandonó al desdén de su época su arrebatadora
elegía Esther y su magnífica epopeya Athalia.
Indudablemente nos ha privado de poseer muchas
bellezas la cadena de críticos clásicos que empieza en Scuderi y termina
en La Harpe; bellezas que su soplo árido ha secado en germen. A pesar de
ellos nuestros grandes poetas han hecho brillar su genio oprimido por las
trabas, y con frecuencia ha sido inútil que los quisiesen amurallar entre
los dogmas y las reglas. Como el gigante hebreo, al huir, han arrancado
las puertas de su prisión y se las han llevado a la montaña.
Esto no obstante, se repite y quizá se repetirá
durante mucho tiempo: -¡Seguid las reglas! ¡Imitad a los modelos, que las
reglas son las que los forman!- Pero es menester distinguir entre dos
clases de modelos; los que se han escrito siguiendo las reglas, o los
modelos de los que se han sacado las reglas. ¿En cuál de las dos
categorías debe el genio buscar su sitio? Aunque siempre sea enojoso estar
en contacto con los pedantes, vale mil veces más enseñarles que recibir
lecciones de ellos. Después sólo se trata de imitar, ¿y el reflejo vale
tanto como la luz? ¿El satélite que se arrastra sin cesar por el mismo
círculo vale tanto como el astro centraly generador? A pesar de su
magnífica poesía, Virgilio no es más que la luna de Homero.
Ahora veamos a quién hemos de imitar. ¿A los
antiguos? Acabamos de probar que su teatro no tiene ninguna semejanza con
el nuestro. Voltaire, que no está por Shakespeare, no está tampoco por los
griegos; nos va a decir por qué: «Los griegos se han dedicado a
espectáculos que son repulsivos para nosotros. Hipólito, destrozado por su
caída, cuenta sus heridas y lanza gritos de dolor. A Filóctetes le
acometen accesos en sus sufrimientos, y sangre negra mana de su herida.
Edipo, lleno de sangre que gotea aún del hueco de sus ojos que acaba de
arrancarse, se queja de los dioses y de los hombres. Se oyen los gritos de
Clytemnestra, a la que ahoga su propio hijo, y Electra grita en medio del
teatro: «Herid, matad, no perdonéis a nadie, que ella no ha perdonado a
nuestro padre.» Se ve a Prometeo atado en una roca con clavos que se le
hunden en el pecho y en los brazos. Las furias contestan a la sombra
siniestra de Clytemnestra con aullidos que no tienen articulación humana:
el arte estaba en su infancia en los tiempos de Esquilo, como en Londres
en los tiempos de Shakespeare ¿Hay que imitar a los modernos? No hay de
qué.
Pudiera objetársenos que concebimos el arte de
tal manera, que parece que sólo contemos con los grandes poetas y con los
genios; pero a eso debemos contestar que el arte no debe contar con las
medianías; no las prescribe nada, no las conoce, no existen para él; el
arte da alas y no muletas; por eso nada ha importado que Aubignac siguiese
las reglas y que Campistrón imitara modelos. Esto nada le importa al arte,
porque él no edifica palacios para las hormigas, y las deja formar su
hormiguero sin saber si llegarán a apoyar sobre su base la parodia de su
edificio.
Los críticos de la escuela escolástica colocan a
sus poetas en difícil posición: por una parte les dicen sin cesar: Imitad
a los modelos; por otra parte, proclaman constantemente que los modelos
son inimitables; y luego, si a fuerza de trabajos estos escritores
consiguen hacer pálida copia o calco descolorido de las obras de los
maestros, los citados críticos les dicen unas veces: No se parece a nada;
y otras veces: Se parece a todo; y por una lógica creada ex profeso para
ello, cada una de estas dos fórmulas es una verdadera crítica.
Digámoslo en voz alta. Ha llegado el tiempo en
que la libertad, como la luz, penetrando por todas partes, penetra también
en las regiones del pensamiento. Es preciso inutilizar por inservibles las
teorías, las poéticas y los sistemas. Hagamos caer la antigua capa de yeso
que ensucia la fachada del arte. No debe haber ya ni reglas ni modelos; o
mejor dicho, no deben seguirse más que las reglas generales de la
naturaleza, que se ciernen sobre el arte, y las leyes especiales que cada
composición necesita, según las condiciones propias de cada asunto. Las
primeras son interiores y eternas, y deben seguirse siempre; las segundas
son exteriores y variables, y sólo sirven una vez. Las primeras son las
vigas de carga que sostienen la casa, y las segundas son los andamios que
sirven para edificarla y que se hacen de nuevo para cada edificio; unas
son el esqueleto y otras la vestidura del drama. Estas reglas, sin
embargo, no están escritas en los tratados de poética. El genio, que
adivina más que aprende, extrae para cada obra las primeras reglas del
orden general de las cosas, las segundas del conjunto aislado del asunto,
que trata, no como el químico que enciende el hornillo, sopla el fuego,
calienta el crisol, analiza y destruye, sino como la abeja, que vuela con
alas de oro, se posa sobre las flores y extrae la miel, sin que los
cálices pierdan su brillo ni las corolas su perfume.
Insistimos en que el poeta sólo debe seguir los
consejos de la naturaleza, de la verdad y de la inspiración, que ésta es
también una verdad y una naturaleza. Lope de Vega decía:
Que cuando he de escribir una
comedia,
encierro los preceptos con seis llaves.
Efectivamente, no son demasiado seis llaves para
encerrar los preceptos. El poeta debe tener mucho cuidado de no copiar a
nadie, y ni aun tomar por modelo a Shakespeare o a Molière, a Schiller o a
Corneille. Si el verdadero talento pudiera abdicar hasta este punto de su
verdadera naturaleza, y desprenderse de su originalidad personal para
transformarse en otro, lo perdería todo representando el papel de Sosie.
Sería el dios que se convertía en lacayo. Es preciso beber en los
manantiales primitivos; que la misma savia, esparcida por todo el suelo,
que produce todos los árboles del bosque, los produce diferentes en
figura, en hojas y en frutos; la misma naturaleza fecunda y nutre a los
genios más distintos. El poeta es un árbol que puede ser batido por todos
los vientos y abrevado por todos los rocíos que producen sus obras, que
son sus frutos, como, el fabulista produce sus fábulas. ¿Por qué
encadenarse a un maestro? ¿Por qué esclavizarse a un modelo? Vale más ser
zarza o cardo, que se nutre de la misma tierra que el cedro y que la
palmera, que ser hongo o liquen de los grandes árboles; la zarza vive y el
hongo vejeta; además, que por grandes que sean el cedro y la palmera, la
sustancia que se saque de ellos puede no convertirnos en grandes por
nosotros mismos. El parásito de un gigante resultará todo lo más enano. La
encina, a pesar de ser colosal, sólo puede producir el muérdago.
Si algunos de nuestros poetas han sido
notabilísimos imitando, es porque, modelándose con la forma antigua, han
seguido, sin embargo, las inspiraciones de su naturaleza y de su genio y
han sido originales en algo. Sus ramajes se extendían sobre el árbol
inmediato, pero sus raíces se sumergían en el suelo del arte; han sido
yedra, pero no muérdago. Después ha llegado otra clase de imitadores, que
no teniendo ni raíces en tierra ni genio en el alma, han tenido que
concretarse a la imitación. Como dice Carlos Nodier: «Después de la
escuela de Atenas vino la escuela de Alejandría.» Entonces llegó la
irrupción de las medianías, y entonces pulularon esas poéticas, que son
tan cómodas para ella y tan embarazosas para el talento. Entonces dijeron
que todo estaba ya escrito y prohibieron a Dios que creara otros Molières
y otros Corneilles. Quisieron que la memoria hiciera las veces de la
imaginación, reglamentando este descubrimiento con aforismos por este
estilo: «Imaginar, dice la Harpe con cándida seguridad, no es en el
fondo otra cosa que recordar.»
Debe copiarse la naturaleza y la verdad.
Nosotros, con la idea de demostrar que en vez de demoler el arte las ideas
nuevas sólo tratan de reconstruirle con más solidez y con mejores
fundamentos, vamos a indicar cuál es el límite infranqueable que, según
nuestra opinión, separa la realidad según el arte, de la realidad según la
naturaleza. Sólo puede confundirlas el aturdido, como lo hacen algunos
partidarios moderados del romanticismo. La verdad en el arte no puede ser,
como lo creen muchos, la realidad absoluta. El arte no puede dar la cosa
misma. Supongamos que uno de los promovedores irreflexivos de la
naturaleza absoluta, de la naturaleza vista fuera del arte, asiste a la
representación de una pieza romántica, del Cid por ejemplo. Desde las
primeras palabras extrañará que el Cid hable en verso, y dirá que hablar
en verso no es natural, que debe hablarse en prosa. En segundo
lugar, dirá que el Cid habla en francés, y la naturaleza requiere que
hable su lengua, esto es, que hable en español. Pero no es esto todo;
antes de llegar a la décima frase castellana, el defensor de la
realidad absoluta debe levantarse y preguntar si el Cid que está
hablando es el verdadero Cid en carne y hueso. ¿Con qué derecho el actor
que lo representa, y que se llama Pedro o Jaime, toma el nombre del Cid?
Eso es falso. Por el mismo motivo debe exigir que el sol del cielo
sustituya al sol de la maquinaria, y árboles reales y casas verdaderas a
los mentirosos bastidores. Colocándonos en semejante pendiente, a la que
la lógica nos arrastra, no sabemos ya dónde iremos a parar.
Debe, pues, reconocerse, so pena de caer en el
absurdo, que el dominio del arte y de la naturaleza son perfectamente
distintos. La naturaleza y el arte son dos cosas diferentes, y si no lo
fueran, la una o la otra no existiría. El arte, además de su parte ideal,
tiene una parte terrestre y positiva. Haga lo que haga, está encerrado
entre la gramática y la prosodia, y posee para sus creaciones más
caprichosas formas, medios de ejecución y todo un material que remover:
para el genio, éstos son los instrumentos; para la medianía, éstas son las
herramientas.
Se ha dicho que el drama es un espejo que refleja
la naturaleza; pero si este espejo es ordinario y presenta la superficie
plana y unida, sólo se verán en él los objetos como una imagen turbia y
sin relieve, fiel, pero descolorida, porque sabido es que el color de la
luz pierde con la reflexión simple. Es preciso, pues, que el drama sea un
espejo de concentración que, en vez de debilitar, recoja y condense los
rayos colorantes, que de una claridad haga luz y de una luz llama.
Entonces sólo el drama será digno del arte.
El teatro es un punto de vista óptico. Todo lo
que existe en el mundo, en la historia, en la vida y en el hombre, debe y
puede reflejarse en él, pero embellecido por la vara mágica del arte. El
arte hojea los siglos y la naturaleza, interroga a las crónicas, estudia
para reproducir la realidad de los hechos, sobre todo la de las costumbres
y la de los caracteres; restaura lo que los analistas han truncado,
adivina sus omisiones y las repara, llena sus lagunas por medio de
imaginaciones que tienen color de época; agrupa lo que ellos han
esparcido, reviste el todo con una forma poética y natural a la vez, y le
da la vida de verdad saliente que engendra la ilusión, el prestigio de
realidad que apasiona a los espectadores después de haber apasionado al
poeta. De este modo el objeto del arte es casi divino; consiste en
resucitar si se trata de la historia, y en crear si se trata de la poesía.
Es grandioso ver desenvolverse majestuosamente un
drama en el que el arte desarrolla poderosamente la naturaleza; el drama
en que la acción camina a su desenlace con firmeza y con facilidad, sin
difusión y sin verosimilitud; en el que el poeta llena plenamente el
objeto múltiple del arte, que consiste en abrir al espectador doble
horizonte, iluminando a la vez el interior y el exterior de los hombres;
el exterior por medio de sus discursos y de sus acciones, el interior por
los apartes y por los monólogos, creando en el mismo cuadro el drama de la
vida y el drama de la conciencia.
Concíbese que para una obra de este género, si el
poeta debe elegir entre los asuntos (y debe), no debe escoger lo bello,
sino lo característico. No porque le convenga dar, como se dice ahora,
color local, esto es, añadir algunos toques chillones aquí y allá, en un
conjunto que continúe siendo falso y convencional, sino porque no es en la
superficie del drama donde debe estar el color local, sino en el fondo, en
el corazón mismo de la obra, desde el que se esparza por fuerza de ella
natural e igualmente y, por decirlo así, en todos los rincones del drama,
como la savia que sube desde las raíces a las hojas altas del árbol. El
drama debe estar impregnado de color de época; debe aspirarse en ella de
tal modo, que nos apercibamos de que entrando y saliendo de él hemos
cambiado de siglo y de atmósfera. Se necesitan algunos estudios y bastante
trabajo para conseguirlo, pero esto le da más mérito. Es conveniente que
obstruyan las avenidas del arte zarzas y espinos que hagan retroceder a
todos menos a las voluntades fuertes. Además, este estudio, cuando lo
sostiene una ardiente inspiración, garantizará al drama del defecto que le
mata, el de ser común. Éste es el defecto de los poetas de vista
corta y de cortos alientos.
Es indispensable que en la época de la escena las
figuras aparezcan con sus rasgos más salientes y más individuales; hasta
las más vulgares y triviales deben tener personificación propia. No debe
abandonarse ningún hilo suelto en el drama. Como Dios, el verdadero poeta
debe estar presente en todas las partes de su obra. El genio debe
parecerse al acuñador, que imprime la efigie real lo mismo en las piezas
de cobre que en las monedas de oro.
Consideramos, y esto probará a los hombres de
buena fe que no tratamos de reformar el arte, consideramos que el verso es
uno de los medios más propios para preservar al drama del defecto que
acabamos de señalar; consideramos que el verso es uno de los diques más
poderosos para preservarnos de la irrupción de lo común. Aquí nos
vamos a permitir indicar un error que creemos que padece la literatura
joven, tan rica ya en autores y en obras, error que, por otra parte,
justifican las increíbles aberraciones de la antigua escuela. El nuevo
siglo está aún en la edad de su crecimiento y es árbol que se puede
enderezar con facilidad.
Se ha formado en los últimos tiempos, como
penúltima ramificación del viejo tronco clásico, o mejor dicho, se ha
formado una de esas excrecencias, uno de esos pólipos que desarrolla la
decrepitud y que son más signo de descomposición que prueba de vida: se ha
formado una singular escuela de poesía dramática. Esta escuela parece que
tenga por maestro y por tronco común al poeta que marca la transición del
siglo XVIII al XIX, al hombre de las descripciones y de las perífrasis, a
Delille, que, según refieren, se vanagloriaba, a la manera que Homero se
jactaba de haber descrito doce camellos, cuatro perros, tres caballos,
seis tigres, etc., de haber hecho muchas descripciones de invierno, de
estío, de primavera, de puestas de sol, y tantas auroras que era imposible
contarlas.
Pues Delille pasó a la tragedia. Es el fundador
de una escuela que pretende ser maestra en la elegancia y en el buen
gusto, y que floreció recientemente. La tragedia no es para esta escuela
lo que es, por ejemplo, para Shakespeare, un manantial de emociones de
todas clases, sino un cuadro cómodo para resolver una multitud de
insignificantes problemas descriptivos, que es lo que se propone durante
su curso; en vez de rechazar, como la verdadera escuela clásica francesa,
las trivialidades y las cosas ordinarias de la vida, las busca y las
recoge con avidez. Lo grotesco, evitado cuidadosamente en la tragedia del
tiempo de Luis XIV, se admite en esta escuela, pero ennoblecido. Su
objeto parece que sea extender cartas de nobleza a todo lo más vulgar del
drama, y cada una de estas cartas contiene una larga tirada de versos.
A la musa de esta escuela, que está acostumbrada
a las caricias de la perífrasis, las palabras propias que alguna vez la
frotarían con aspereza le causan horror, no es digno de ella hablar con
naturalidad; ella critica a Corneille porque dice crudamente:
-Un montón de hombres perdidos de deudas y de
crímenes.
-Climene, ¿quién lo hubiera creído? Rodrigo,
¿quién lo hubiera dicho?
-Cuando Flaminius regateaba con Aníbal.
-¡Ah! ¡No queráis barajarme con la
República!, etc.
Esa Melpómene, como se llama a sí misma, se
estremecería de pasar sólo la vista por una crónica: deja a los eruditos
el cuidado de averiguar la época en que pasan los dramas que escribe; la
historia para ella es de mal tono y de mal gusto. ¿Cómo ha de poder
tolerar, por ejemplo, que los reyes y las reinas juren? Desde la dignidad
real se deben elevar a la dignidad trágica. En una palabra, nada es tan
común como su elegancia y su nobleza convencional. Carece de rasgos,
de imaginación y de invención en el estilo. Sólo es retórica ampulosa,
llena de lugares comunes, de flores trasnochadas y de la poesía de los
versos latinos. Sólo tiene ideas prestadas que viste con imágenes de
pacotilla. Los poetas de esta escuela son elegantes a la manera de los
príncipes y princesas de teatros, que están siempre seguros de encontrar
en los vestuarios mantos reales y coronas de similor, que sólo tienen el
defecto de servir para todo el mundo. Si los poetas de esa escuela no
hojean la Biblia, en cambio constituye su evangelio un libro grueso, que
se llama el Diccionario de la rima; éste es el manantial de su poesía,
fontes aquarum.
Se comprende que de ese modo la naturaleza y la
verdad queden malparadas; porque sería gran casualidad que sobrenadase
alguna ruina de ellas en el cataclismo de arte falso, de estilo falso y de
poesía falsa de esa escuela. Esto ha infundido error a nuestros
reformadores más distinguidos. Chocándoles el embarazarniento, el aparato
y lo pomposo de esta pretendida poesía dramática, han creído que los
elementos de nuestro lenguaje poético eran incompatibles con lo natural y
con lo verdadero. Estaban tan cansados de los alejandrinos, que les
condenaron sin querer oírles, y de esta condena han deducido, quizá con
precipitación, que el drama debía escribirse en prosa.
Pero éste es un segundo error, porque si, en
efecto, el estilo es falso, como en el desarrollo del diálogo de ciertas
tragedias francesas, no es culpa de los versos, sino de los
versificadores; debe condenarse, no la forma que se emplea, sino a los que
emplean esa forma; a los obreros, no a las herramientas.
Para convencerse que la naturaleza de nuestra
poesía no pone obstáculos a la libre expresión de lo verdadero, no es
quizá en Racine donde debe estudiarse nuestra versificación; debe
estudiarse en algunas obras de Corneille y en todas las obras de Molière.
Racine es poeta divino, elegiaco, lírico y épico; Molière es dramático;
pero ya es hora de hacer justicia y de destruir las críticas amontonadas
por el mal gusto del último siglo sobre el estilo admirable de Molière,
que se sienta en la cumbre de la poesía, no sólo como poeta, sino también
como escritor.
En el verso abarca la idea y la incorpora,
estrechándola y desarrollándola al mismo tiempo, prestándole figura
esbelta, estricta y completa, y ofreciéndonosla como en elixir. El verso
es la forma óptica del pensamiento; por eso conviene a la perspectiva
escénica. Escrito el verso de cierto modo, comunica su relieve a las ideas
que sin él pasarían desapercibidas por insignificantes y vulgares. Hace
más sólido y más firme el tejido del estilo. Es el nudo que para el hilo.
Es la cintura que sostiene la túnica y que la hace formar pliegues. ¿Qué
puede perder, pues, al entrar en el verso la naturaleza y la verdad? Se lo
preguntamos a nuestros prosistas: ¿pierde algo la naturalidad en la poesía
de Molière? ¿El vino, que nos permite decir algunas trivialidades de
sobra, deja de ser vino porque esté embotellado?
Si tuviésemos el derecho de decir y de imponer
nuestra opinión sobre el estilo del drama, diríamos que debía expresarse
en verso libre, franco, leal, que se atreviera a decirlo todo sin
gazmoñería y expresarlo todo sin rebuscamientos, pasando del tono natural
de la comedia al de la tragedia, de lo sublime a lo grotesco; siendo a la
vez positivo y poético, artístico e inspirado, profundo y repentino,
suelto y verdadero; sabiendo quebrar a propósito y colocar en distintos
sitios la cesura, para evitar la monotonía de los alejandrinos.
Inclinándose más a cortar el verso que a invertirle, siendo fiel a la
rima, a esta esclava reina, a esta suprema gracia de nuestra poesía; debe
ser el estilo inagotable en la verdad de sus giros, teniendo pleno
conocimiento de los secretos de la elegancia y de la factura; tomando,
como Proteo, mil formas sin cambiar de tipo ni de carácter; ocultándose,
siempre detrás del personaje; siendo lírico, épico o dramático, según lo
exija la situación; sabiendo recorrer todo el pentagrama poético, ir de
arriba abajo, desde las ideas más elevadas hasta las más vulgares, desde
las más graciosas a las más graves, desde las exteriores hasta las
abstractas, sin salirse jamás de los límites que debe tener una escena
hablada; en una palabra, el estilo debe ser como lo escribía el hombre
privilegiado al que una hada benéfica dotara del alma de Corneille y de la
cabeza de Molière. Nos parece que entonces la versificación sería tan
bella como la prosa.
No habría entonces ninguna relación entre la
poesía que presentamos como modelo y la poesía cuya autopsia cadavérica
acabamos de verificar. La diferencia que la separa es fácil de comprender.
Repitamos que el verso, sobre todo en el teatro,
debe despojarse de todo amor propio, de toda exigencia y de toda
coquetería. El verso en el drama sólo es una forma, que debe admitirlo
todo, que no debe imponer nada; antes por el contrario, debe recibirlo
todo del drama, para transmitir al espectador textos de leyes, juramentos
reales, locuciones populares, comedia, tragedia, risa, lágrimas, prosa y
poesía.
Esta forma debe ser de bronce y encerrar el
pensamiento en el metro, y con ella el drama es indestructible, porque le
graba de antemano en el espíritu del actor, le advierte lo que suprime y
lo que añade, le impide alterar su papel y hace sagrada cada palabra,
consiguiendo que lo que dijo el poeta se encuentre mucho tiempo después
fijo en la memoria del espectador. La idea templada en el verso adquiere
muchas veces más incisión y más brillo; es hierro convertido en acero.
Compréndese que la prosa sea necesariamente más tímida y se vea obligada a
privar al drama de poesía lírica o épica, reduciéndolo al diálogo y a lo
positivo y careciendo de los manantiales antes indicados. La prosa tiene
las alas más cortas, es de más fácil acceso; las medianías se encuentran
mejor escribiéndolas, y si exceptuamos unas cuantas obras distinguidas
como las que han aparecido en estos últimos tiempos, el arte sería muy
pronto un montón de abortos y de embriones.
Otra fracción de los reformistas se inclina a que
el drama se escriba parte en verso y parte en prosa, como lo hizo
Shakespeare. Esta manera tiene sus ventajas. Podría, sin embargo, no haber
oportunidad ni belleza en las transiciones de una forma a otra, y además,
cuando el tejido es homogéneo es mucho más sólido. Después de todo, que el
drama esté escrito en prosa, sólo es una cuestión secundaria. La categoría
de una obra debe fijarse, no por su forma, sino por su valor intrínseco.
En cuestiones de esta clase no hay mas que una solución; sólo hay un peso
que puede inclinar la balanza del arte, el peso del genio.
Sea prosista o versificador, el primero e
indispensable mérito del escritor dramático consiste en la corrección; no
en la corrección de la superficie, que es la cualidad o el defecto de la
escuela descriptiva, sino en la corrección íntima, profunda y razonada que
se penetra del genio de un idioma que ha sondeado las raíces y que ha
hojeado las etimologías; corrección que es siempre libre, porque se hace
con seguridad y sabe que va siempre acorde con la lógica de la lengua, a
pesar de que afirmen ciertas opiniones, que sin duda no han meditado en lo
que afirman, y entre las que debe colocarse la del autor de este libro,
que la lengua francesa no está fijada y que no se fijará. Las lenguas no
se fijan. El espíritu humano está siempre en movimiento y las lenguas
hacen lo mismo que él. ¿Cambiando el cuerpo cómo no ha de cambiar el
traje? El francés del siglo XIX no puede ser el francés del siglo XVIII,
como éste no es el francés del siglo XVII, ni el del XVII es el del XVI.
La lengua de Montaigne no es la de Rabelais, la lengua de Pascal no es la
de Montaigne, la lengua de Montesquieu no es la de Pascal. Cada una de
esas cuatro lenguas, considerada en sí misma, es admirable, porque es
original. Cada época tiene ideas propias, y debe tener palabras propias
para expresar sus ideas. Las lenguas son como el mar, oscilan sin cesar.
En tiempos dados dejan una ribera del mundo del pensamiento e invaden
otra, y todo lo que las olas dejan desierto se seca en el suelo; de esta
manera las ideas se extinguen y las palabras se van. Sucede en los idiomas
humanos como en todo: cada siglo trae y se lleva algo. Esto sucede
fatalmente, y es en vano que se intente petrificar la móvil fisonomía de
nuestro idioma bajo una forma cualquiera; es en vano que nuestros Josués
literarios griten a la lengua que se pare, porque ni las lenguas ni el sol
se paran nunca. El día en que se fijan es el día que mueren; por
eso el francés de cierta escuela contemporánea es una lengua muerta.
Tales son las ideas actuales del autor de este
libro sobre el drama. Está muy lejos de tener la pretensión de presentar
su ensayo dramático como emanación de estas ideas, que, por el contrario,
no son quizá, hablando francamente, más que revelaciones de la ejecución.
Le hubiera sido más cómodo, sin duda, y más hábil fundar el drama sobre el
prefacio y defender el uno con el otro. Prefiere tener menos habilidad y
más franqueza. Quiere ser el primero en reconocer la flojedad del lazo que
liga el prólogo al drama. Su primer proyecto, que no llevó a cabo, fue dar
al público la obra sola; el demonio sin los cuernos, como decía
Iriarte. Después de haber terminado el drama, a ruegos de algunos amigos,
probablemente ciegos, se determinó a publicar el prefacio, a trazar el
mapa del viaje poético que acababa de hacer, a darse razón de las
adquisiciones buenas o malas que aportaba, y de los nuevos aspectos bajo
los que el dominio del arte se había presentado a su espíritu. Debe
tenerse en cuenta, contra él, el dictamen, o sea reproche, que un crítico
alemán le ha dirigido, de haber tratado de escribir una poética para su
poesía. A pesar de este reproche, debemos contestar que el autor tuvo más
intención de deshacer que de hacer poéticas. Después de todo, ¿no será
mejor escribir poéticas después de haber escrito poesía, que poesía
después de haber escrito una poética? Pero no, no se trata de esto; el
autor no tiene talento creador, ni la pretensión de establecer sistemas.
«Los sistemas, dice espiritualmente Voltaire, son como los ratones que
pasan por veinte agujeros, pero que al fin encuentran dos o tres en donde
no pueden entrar.» Esto hubiera sido emprender un trabajo inútil y
superior a sus fuerzas.
El autor pleitea, por el contrario, por conseguir
la libertad del arte contra el despotismo de los sistemas, de los códigos
y de las reglas. Tiene por costumbre seguir a la ventura el asunto que
escoge por inspiración y cambiar de molde cada vez que cambia de
composición; huye sobre todo del dogmatismo en las artes. No quiera Dios
que aspire nunca a ser de esos románticos o clásicos que escriben sus
obras según uno de los dos sistemas, que se condenan para siempre a que su
talento no tenga más que una forma y a no seguir otras leyes que las de su
organización y las de su naturaleza. La obra artificial de semejantes
hombres, por mucho talento que tengan, no existe para el arte; es una
teoría, pero no una poesía.
Después de haber indicado en todo lo que precede
cuál ha sido, según nuestra opinión, el origen del drama, cuál es su
carácter y cuál debe ser su estilo, ha llegado el momento de descender de
esas cumbres generales del arte al caso particular que nos hizo subir
hasta ellas. Sólo nos resta enterar al lector de nuestra obra, de
Cromwell, y como éste no es un asunto que nos complace, sólo diremos de él
unas cuantas palabras.
Oliverio Cromwell pertenece al número de los
personajes históricos que, siendo muy célebres, son poco conocidos. La
mayor parte de sus biógrafos, algunos de ellos historiadores, han dejado
incompleta su gran figura, como si no se hubieran atrevido a reunir todos
los rasgos del colosal prototipo de la reforma religiosa y de la
revolución política de Inglaterra. Casi todos se han concretado a
reproducir con mayores dimensiones el sencillo y siniestro perfil que de
él trazó Bossuet, bajo su punto de vista monárquico y católico, desde su
púlpito de obispo, que se apoyaba en el trono de Luis XIV.
Como todo el mundo, el autor de este libro daba
crédito a la susodicha biografía, y el nombre de Cromwell sólo despertaba
en él la idea sumaria de un regicida fanático y de un gran capitán. Pero
estudiando la crónica y hojeando a la ventura las memorias inglesas del
siglo XVII, empezó a notar que se desarrollaba ante sus ojos un Cromwell
enteramente nuevo, que no era únicamente el Cromwell militar y político de
Bossuet, sino un ser complejo, heterogéneo, múltiple, compuesto de
elementos contradictorios, bueno y malo, lleno de genio y de pequeñez; una
especie de Tiberio-Daudin, tirano de Europa y juguete de su familia;
regicida, que humillaba a los embajadores de los reyes, y al que torturaba
su hija; austero y sombrío en sus costumbres, pero entreteniéndose con
cuatro bufones que tenía a su lado; que escribía malos versos; que era
sobrio, sencillo y frugal; soldado grosero y político sutil; hábil en las
argucias teológicas; orador pesado, difuso y oscuro, pero que sabía hablar
al alma a los que quería seducir; hipócrita y fanático; visionario
dominado por fantasmas desde su niñez; que creía en los astrólogos y los
proscribía; excesivamente desconfiado, siempre amenazador y rara vez
sanguinario; rígido observador de las prescripciones puritanas; brusco y
desdeñoso con sus familiares, acariciando a los sectarios que temía,
engañando sus remordimientos con sutilezas; grotesco y sublime; en una
palabra, siendo uno de esos hombres cuadrados por la base, como les
llamaba Napoleón.
El autor de este drama, al encontrarse con este
raro y chocante conjunto, conoció que la silueta apasionada de Bossuet era
insuficiente. Empezó a dar vueltas alrededor de esta elevada figura, y le
acometió la ardiente tentación de pintar al gigante bajo todas sus fases y
bajo todos sus aspectos. La materia era abundante. Tras de pintar al
hombre de guerra y al hombre de Estado, faltaba dibujar aún al teólogo, al
pedante, al mal poeta, al visionario, al bufón, al padre, al marido, al
hombre Proteo, en una palabra, al Cromwell doble; homo et vir.
Sobre todo hay en su vida una época en que
carácter tan singular se desarrolla bajo todas sus formas. No es esta
época, como pudiera creerse al primer golpe de vista, la del proceso de
Carlos I, a pesar de palpitar en ella un interés sombrío y terrible, sino
la época en que el ambicioso trató de recoger el fruto de la muerte del
rey; fue el momento en que Cromwell había llegado a una altura que hubiera
sido para cualquier otro la cumbre posible de la fortuna; cuando era dueño
de Inglaterra, en la que sus mil facciones enmudecían; cuando era dueño de
Escocia y de Irlanda, y árbitro de Europa por su armada, por su ejército y
por su diplomacia; cuando trató de realizar el primer sueño de su infancia
y el último móvil de su vida, el de proclamarse rey. La historia no ha
ocultado jamás tan alta enseñanza en un drama tan alto. El Protector
obliga al principio a que se lo supliquen; y la augusta tarea empieza por
las peticiones que en este sentido le dirigen las comunidades, las
ciudades y los condados, a las que sigue un bill del Parlamento. Cromwell,
que es el autor anónimo de esta farsa, aparece descontento de estas
peticiones, y después de avanzar la mano hacia el cetro la retira, y se le
ve aproximarse oblicuamente hacia el trono, a él, que ha tenido valor para
barrer la dinastía. Al fin se decide bruscamente; ordena que empavesen a
Westminster y que en dicho palacio levanten un estrado: encargan la corona
a un platero y llegan a fijar el día de la ceremonia, que tuvo un
desenlace extraño. El día señalado, ante el pueblo, la milicia y los
comunes, en la gran sala de Westminster, sobre el estrado, del que quería
descender rey, sobresaltado de súbito parece despertar: al contemplar la
corona pregunta si sueña y qué es lo que significa aquella ceremonia, y
pronunciando un discurso que dura tres horas, rehúsa admitir la dignidad
real. ¿Fue que sus espías le avisaron de que se fraguaban dos
conspiraciones combinadas, la de los caballeros y la de los puritanos, que
debían estallar aquel mismo día? ¿Fue que la revolución se produjo en él
al oír los murmullos del pueblo, que se indignó al ver que el regicida iba
a escalar el trono? ¿Fue sólo sagacidad de genio, instinto prudente de una
ambición desenfrenada, que comprende que un paso más cambia de repente la
posición y la grandeza de un hombre, y no se atreve a exponerse a la
impopularidad? ¿Fue todo esto a la vez? Esto es lo que no pone en claro
ninguno de los documentos contemporáneos; y de ese modo dejan en completa
libertad al poeta y hacen ganar al drama, que puede ocupar los huecos que
deja la historia. Por lo que acabamos de decir puede comprenderse que el
drama debe ser inmenso y único, desarrollándolo en la hora decisiva, en la
gran peripecia de vida de Cromwell. Cromwell íntegro juega en esta comedia
que se representa entre Inglaterra y él.
Este es el hombre y esta es la época que hemos
intentado bosquejar.
El autor se ha dejado arrastrar por el placer
infantil de tocar todas las teclas de ese gran clavicordio; otros más
hábiles hubieran podido sacar de él más elevadas y más profundas armonías,
pero no de esas armonías que halagan al oído, sino de esas armonías que
agitan al hombre, como si cada cuerda del clavicordio se ligase a una
fibra del corazón. El autor ha cedido al deseo de pintar los fanatismos,
las supersticiones, las enfermedades de las religiones en ciertas épocas y
de amontonar debajo y alrededor de Cromwell toda aquella corte, todo aquel
pueblo y todo aquel mundo, haciendo de él la unidad que imprima la
impulsión al drama. El autor ha querido pintar la doble conspiración que
tramaron dos partidos que se aborrecían, que se ligaron para derribar al
hombre que les molestaba, pero que se unieron sin confundirse; ha querido
describir el partido puritano, fanático, sombrío y desinteresado, que tomó
por jefe a un hombre demasiado pequeño para representar tan gran papel, al
egoísta y pusilánime Lambert; y al partido de los caballeros, aturdido,
alegre y poco escrupuloso, pero capaz de sacrificarse, que tenía por jefe
al hombre que, exceptuando su abnegación, le podía representar menos, al
probo y severo Ormond. El autor ha querido describir a aquellos
embajadores tan humildes delante de aquel soldado de fortuna, y a aquella
corte extraña, en la que se mezclaban los aventureros y los grandes
señores, y los cuatro bufones que el desdeñoso olvido de la historia
permite crear, y la familia del Protector, de la que cada miembro es una
plaga para él. El autor describe, además, a Thurloe, que fue el Achates
del Protector; al rabino judío Israel-Ben-Manassé, espía, usurero y
astrólogo, vil por dos partes y sublime por la tercera; al caprichoso
Rochester, ridículo y espiritual, elegante y crapuloso, jurando sin cesar,
siempre enamorado y siempre borracho, de lo que se vanagloriaba con el
obispo Burnet, mal poeta y buen gentilhombre, jugándose la cabeza y sin
cuidarse de ganar la partida con tal de divertirse; y al salvaje Carr, tan
característico y tan fanático. Finalmente, el autor dibuja las siluetas de
los fanáticos de todas clases: Harrison, fanático pilluelo; Barebone,
comerciante fanático; Syndercomb, homicida; Agustín Garland, asesino
lacrimoso y devoto; al bravo coronel Overton, hombre de letras algo
declamador; al austero y rígido Ludlow y al célebre Milton.
No indicaremos aquí a ninguno de los personajes
de último orden, a pesar de que cada uno de ellos tiene su vida real y su
individualidad marcada, y a pesar de que todos contribuyeron a la
seducción que ejerció en la imaginación del autor esta vasta escena de la
historia, de cuya escena sacó el drama. Lo escribió en verso porque así le
pareció conveniente. Se verá, cuando se lea, qué poco se acordaba el autor
de su obra al escribir este prefacio, comprendiendo el desinterés con que
combatía el dogma de las unidades. La acción del drama no sale de Londres;
empieza el 25 de junio de 1657, a las tres horas de la madrugada, y
termina el 26 al mediodía, por lo que se ve que casi lo ha encerrado en la
prescripción clásica tal como la desean los profesores de poesía. Pero no
es por el permiso de Aristóteles, sino por el permiso de la historia, por
lo que el autor ha agrupado así su drama, y porque teniendo un interés
igual, prefiere concentrar el asunto a desparramarlo.
Es evidente que este drama, con sus grandes
proporciones, no puede caber en las representaciones escénicas; es
demasiado largo. Sin embargo, se conoce en todas sus partes que ha sido
escrito para representarse. Al adelantar en la concepción de su plan, el
autor reconoció la imposibilidad de que se admitiese en el teatro esta
reproducción fiel de una época, dado el estado excepcional en que nuestro
teatro se encuentra, entre la Caribdis académica y el Scila
administrativo, entre los jurados literarios y la censura política. Era
preciso elegir entre la tragedia artificiosa, cazurra, falsa, pero que
pudiera representarse, o el drama insolentemente verdadero y que tuviera
que desterrarse de la escena: el autor se decidió por lo segundo; por
esto, desesperando de verlo jamás en escena, el autor se entregó a las
fantasías de la composición y al placer de desarrollar en grandes
proporciones todo el argumento que el drama requería, y ya que el drama no
puede aparecer en el teatro, desea que tenga la ventaja de que sea lo más
completo posible bajo el punto de vista histórico.
Por otra parte, los comités de lectura sólo son
un obstáculo de segundo orden. Si alguna vez la censura dramática
comprende que la inocente y exacta imagen de Cromwell y de su tiempo están
tomados fuera de nuestra época y les permite llegar hasta el teatro, sólo
en ese caso el autor podría extraer del drama otro drama que se
aventuraría a representar y que quizá lo silbarían.
Hasta entonces continuará estando alejado del
teatro, pues siempre abandonará demasiado pronto su querido y casto retiro
por las agitaciones del nuevo mundo. Quiera Dios que no se arrepienta
jamás de haber expuesto la virgen oscuridad de su nombre y de su persona a
los escollos, a las borrascas y a las tempestades del parterre, y sobre
todo a las miserables intrigas de bastidores; a haber entrado en la
atmósfera variable, tempestuosa, en la que dogmatiza la ignorancia, en la
que silba la envidia, en la que se arrastran las cábalas, en la que se
desconoce con frecuencia la probidad del talento, en la que el noble
candor del genio está algunas veces fuera de su sitio, en la que la
medianía consigue rebajar a su nivel a superioridades que la ofuscan, en
la que se encuentran muchos pigmeos por cada gigante y muchas nulidades
para encontrar un Talma.
Suceda lo que suceda, el autor cree que debe
advertir de antemano que el menor número de personajes que pudiera ponerse
en un drama extraído del Cromwell siempre ocuparían el tiempo de una larga
representación. Es difícil establecer un teatro romántico de otro modo.
Porque si se pretende escribir tragedias de otra manera que las tragedias
en que intervienen uno o dos personajes, tipos abstractos de una idea
puramente metafísica, que se pasean solamente en un fondo sin profundidad
que ocupan los confidentes, encargados de llenar los vacíos de una acción
sencilla, uniforme y monótona, es poco una noche entera para desarrollar
bajo todas sus fases a un hombre extraordinario y toda una época de
crisis; al primero con su carácter, con su genio que se acopla a éste, con
las creencias que les dominan a los dos, con las pasiones que vienen a
destruir las creencias, el carácter y el genio, y acompañado del cortejo
innumerable de hombres de todas clases que agentes diversos hacen
revolotear a su alrededor; y luego, para pintar la época con sus
costumbres, sus leyes, sus modas, su espíritu, sus supersticiones, sus
acontecimientos y su pueblo. Compréndese, en efecto, que semejante cuadro
debe ser gigantesco; porque en vez de satisfacerse con la pintura de una
individualidad, como se satisface el drama abstracto de la antigua
escuela, deben presentarse veinte, cuarenta, cincuenta individualidades,
todas de relieve y con todas sus proporciones. Intervendrán multitud de
personajes en el drama; ¿y no sería injusto acortarle dos horas de
duración, para conceder las dos horas restantes a la ópera cómica o a la
farsa?
Esperamos, pues, que no tardarán en Francia a
acostumbrarse a consagrar una noche entera a la representación de un solo
drama. En Inglaterra y en Alemania se ponen en escena dramas que duran
seis horas. Los griegos, de los que tanto hemos hablado, llegaban algunas
veces hasta hacer representar doce o dieciséis piezas cada día. En los
pueblos amigos de los espectáculos, la atención es más viva de lo que se
cree. El casamiento de Fígaro, que constituye el nudo de la gran
trilogía de Beaumarchais, llena toda una noche y no ha cansado nunca a
nadie. Beaumarchais era digno de aventurar el primer paso hacia ese
adelanto del arte moderno, al que es imposible desarrollar en dos horas el
invencible interés que resulta de una acción vasta, verdadera y
multiforme. Es un error creer, como algunos creen, que el espectáculo
compuesto de una sola obra dramática sería monótono y parecería largo: al
contrario, perdería su longitud y monotonía actual.
Al terminar el autor lo que ha tratado de exponer
al público, ignora cómo acogerá la crítica su drama y estas ideas
sumarias, desprovistas de sus corolarios y de sus ramificaciones y
recogidas al paso y con la prisa de concluir. Indudablemente parecerán a
los discípulos de La Harpe descaradas o extrañas; pero si por ventura,
desnudas y francas como las presenta, pueden contribuir a encarrilar por
el verdadero camino al público que ha alcanzado ya esmerada educación, y
al que tan notables escritos de crítica o de aplicación, en libros o en
periódicos, han madurado bastante para comprender el arte, que siga esta
impulsión, sin ocuparse de si la da un hombre desconocido, una voz sin
autoridad y una obra de poco mérito. Soy una campana de cobre que llama a
los pueblos a que acudan al verdadero templo a rezar al verdadero Dios.
Existe hoy aún el antiguo régimen literario, como
existe el antiguo régimen político. El último siglo pesa todavía sobre el
actual y le oprime sobre todo con la crítica. Se encuentran aún, por
ejemplo, hombres vivos que os repiten la definición que del gusto dio
Voltaire: El gusto en la poesía no es otra cosa que lo que son los adornos
para las mujeres.» Definido así el gusto, es una coquetería. Definición
chocante que pinta maravillosamente la poesía llena de afeites, recamada y
empolvada, del siglo XVIII y su literatura con guardainfante llena de
dijes y adornos; que ofrece el admirable resumen de la época en que hasta
los mayores genios, estando en contacto con ella, se convirtieron en
pequeños, al menos por una parte; de una época en la que Montesquieu pudo
y debió escribir el Templo de Guido, Voltaire el Templo del
Gusto y Juan Jacobo el Adivino de la aldea.
El gusto es la razón del genio; esto es lo que
establecerá bien pronto una crítica poderosa, franca y sabia, la crítica
del siglo que empieza a hacer brotar vigorosos retoños en las viejas y
secas ramas de la escuela antigua. Esta crítica joven es grave como la
otra era frívola, es erudita como la otra era ignorante, y ha creado
órganos autorizados y hasta nos sorprende algunas veces poniendo en hojas
volantes excelentes artículos que emanan de ella. Esta crítica, uniéndose
a todo lo que encuentra superior en las letras, nos librará de dos azotes,
del clasicismo caduco y del falso romanticismo. Porque el genio moderno ha
producido ya su sombra, su parásito, su clásico, que se hombrea con él,
que se viste con sus colores, que toma su librea y que, semejante al
discípulo del brujo, pone en juego, diciendo palabras que ha aprendido de
memoria, elementos de acción cuyo secreto ignora.
Pero lo que es preciso destruir antes que todo es
el gusto anticuado y falso, del que hay que quitar el orín a la literatura
actual. Es en vano que la roa y la empañe. Está hablando una generación
joven, severa y poderosa, que no lo comprende ya. La cola del siglo XVIII
se arrastra aún en el siglo XIX; mas no somos nosotros, los jóvenes que
hemos conocido a Bonaparte, los que la llevamos.
Nos acercamos al momento en que ha de prevalecer
la crítica nueva, establecida sobre base ancha, sólida y profunda, y se
comprenderá bien pronto que debe juzgarse a los escritores, no según las
reglas y los géneros, que están fuera de la naturaleza y del arte, sino
según los principios inmutables del arte y según las leyes especiales de
su organización personal. La razón de todos se avergonzará de aquella
critica que se ensañó contra Corneille y contra Racine y que rehabilitó
risiblemente a Milton. La crítica de una obra se colocará bajo el punto de
vista del autor y examinará el asunto con los mismos ojos que éste. Se
abandonará, y así lo dice Chateaubriand, «la crítica mezquina de los
defectos por la grandiosa y fecunda de las bellezas». Es hora ya de que
los espíritus discretos cojan el hilo que liga con frecuencia lo que,
según nuestro capricho particular, llamamos defecto a lo que llamamos
belleza. Los defectos son con frecuencia la condición nativa, necesaria y
fatal de las cualidades.
Scit genius natale comes qui
temperat astrum.
No hay medalla que no tenga su reverso, ni
talento al que su propia luz no haga sombra, ni humo sin fuego. La
originalidad se compone de todo eso. El genio es necesariamente desigual;
no hay altas montañas sin profundos precipicios. Igualad el monte con el
valle y sólo os resultará una estepa, una banda, la llanura de los Sablons
en vez de los Alpes, en la que sólo volarán alondras, pero no águilas.
Además, hay que tomar en cuenta la parte del
tiempo, del clima y de las influencias locales. La Biblia y Homero nos
chocan algunas veces por sus mismas sublimidades. ¿Quién se atreverá a
rechazarles una palabra? Nuestra misma debilidad se incomoda con
frecuencia de los atrevimientos inspirados del genio, por no poder abarcar
los objetos con su vasta inteligencia. Además de todo esto se encuentran
faltas que sólo toman raíces en las obras magistrales, porque sólo hay
ciertos genios capaces de ciertos defectos. Se reprocha a Shakespeare que
abuse de la metafísica, que abuse de su talento, de escenas parásitas, de
obscenidades, de los ultrajes mitológicos tan de moda en su época, de la
extravagancia, de la oscuridad y de las esperanzas del estilo; pero la
encina, ese árbol gigante, tiene aspecto grandioso, ramas nudosas, follaje
sombrío, la corteza áspera y ruda, pero siempre es la encina.
El autor de este libro conoce como el que más los
muchos y groseros defectos que tienen sus obras; si rara vez los corrige,
es porque le repugna volver a repasarlas; además, que ninguna de ellas lo
merece. El trabajo que perdería borrando las imperfecciones de sus libros,
prefiere emplearlo en despojar su espíritu de defectos. Su método consiste
en corregir una obra con otra. Entretanto, de cualquier modo que se trate
a su libro se compromete a no defenderle ni en todo ni en parte.
Si su drama es malo, ¿por qué se ha de empeñar en
que sea bueno? Si es bueno, ¿por qué le ha de defender? El tiempo hará
justicia al libro. El éxito del momento sólo es importante para el editor.
Si despierta la cólera de la crítica la publicación de este ensayo, el
autor la dejará que pase. ¿Qué ha de replicarle? El autor no es de los que
hablan, como dice el poeta castellano,
Por la boca de su herida.
Una palabra para concluir. Habrán notado los
lectores, que en esta carrera larga a través de cuestiones tan diversas,
el autor se ha abstenido generalmente de apoyar su opinión personal en
textos y citas autorizadas, pero no ha sido por carecer de ellas. «Si el
poeta establece cosas imposibles según las reglas del arte, indudablemente
comete una falta, pero cesa de ser falta cuando por ese medio llega al fin
que se propuso, porque encontró lo que buscaba.» «Toman por galimatías
todo lo que la debilidad de sus conocimientos no les permite comprender.
Tratan sobre todo de ridículos los sitios maravillosos de los que el
poeta, con la idea de entrar mejor en la razón, sale, si puede decirse
así, de la misma razón. El precepto que establece por regla no seguir
algunas veces las reglas, es un misterio del arte que no es fácil hacer
comprender a los hombres que carecen de gusto literario y que una especie
de capricho del espíritu hace insensibles a lo que llama la atención
ordinariamente a los hombres.» ¿Quién dice lo primero? Aristóteles. ¿Quién
dice lo segundo? Boileau. Por esas dos muestras puede comprender
cualquiera que el autor del drama hubiera podido, como cualquier otro,
acorazarse con nombres ilustres y refugiarse detrás de reputaciones
consolidadas. Pero ha abandonado este modo de argumentar a los que lo
consideran invencible, universal y soberano; en cuanto a él, prefiere
razones a autoridades, y le gustan más las armas que las insignias.
Víctor Hugo
1827
FIN |