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Introducción
Abrid un periódico
cualquiera: no dejaréis de encontrar en él una o dos columnas
consagradas al teatro y a la música. Encontraréis también, la
mayoría de las veces, un suelto relativo a alguna exposición
artística, a la descripción de un cuadro, de una estatua, y sin duda
alguna, el análisis de novelas, cuentos y poemas nuevos.
Con gran premura y con
mucho riqueza de detalles, os dirá ese diario de qué modo tal o cual
actriz representa tal o cual papel en tal o cual pieza; y; sabréis
al propio tiempo lo que vale esa pieza, drama, comedia u ópera, así
como el desempeño que cupo a su representación. Tampoco ignoraréis
lo que ocurrió en los conciertos: se os dirá de qué modo tal o cual
artista representó o cantó una pieza determinada. Por otra parte, no
existe hoy DIA ninguna gran ciudad en que no esté abierta cuando
menos, una, y a menudo dos o tres exposiciones de cuadros, cuyos
méritos y defectos proporcionan a los críticos de arte materia para
minuciosos estudios. Por lo que toca a las novelas y poemas, se
suceden con gran rapidez; apenas pasa un DIA sin que aparezcan
algunos nuevos, y la prensa se considera en el deber de hacer
estudios concienzudos relativos a ellos.
Para el sostenimiento del
arte en Rusia (donde apenas si se gasta en la educación del pueblo
la centésima parte de lo que se debiera), el gobierno concede
millones de rublos en forma de subvenciones a las academias, teatros
y conservatorios. En Francia cuesta el arte al Estado veinte
millones de francos; igual suma pagan los contribuyentes ingleses y
alemanes.
En todas las grandes
ciudades hay enormes edificios que sirven de museos, academias,
conservatorios, salas de espectáculos y de conciertos. Centenares de
miles de obreros -carpinteros, albañiles, pintores, tapiceros,
sastres, peluqueros, joyeros, impresores- consumen su vida entera en
pesados trabajos para satisfacer la necesidad de arte del público,
hasta el punto de que no hay ninguna otra rama de actividad tan
grande de fuerza nacional.
No solamente se consume
trabajo para satisfacer esta necesidad de arte, sino que cada día se
sacrifican innumerables existencias humanas en favor suyo.
Centenares de millares de personas emplean su vida desde la infancia
para saber mover rápidamente los pies y piernas, para tocar con
rapidez las teclas de un piano o las cuerdas de un violín, para
reproducir el aspecto y el color de los objetos, o para subvertir el
orden natural de las frases, y juntar a cada palabra otra palabra
que rime con ella. Y todas esas personas, que la mayoría de las
veces son honradas y tienen capacidad natural para entregarse a todo
linaje de ocupaciones especiales y embrutecedoras, se convierten en
lo que se llama especialistas, seres de inteligencia mezquina
e hinchados de vanidad, incapaces de apreciar las manifestaciones
serias de la vida, e incapaces de otra aptitud que la que implica
agitar rápidamente las piernas, las manos o la lengua.
Esta degradación de la vida
humana no es aún la peor consecuencia de nuestra civilización
artística. Recuerdo que un día asistí al ensayo general de una
ópera, de una de esas nuevas, groseras y vulgares obras que todos
los teatros de Europa y América se apresuran a poner en escena,
aunque después caigan para siempre en el olvido.
Cuando llegué al teatro,
había empezado el primer acto. Para penetrar hasta el sitio que me
estaba destinado, tuve que pasar entre bastidores. A través de
obscuros corredores, se me introdujo en un vasto local donde había
diversas máquinas que servían para la mutación de escenas y de luz.
Allí, entre tinieblas y polvo, vi multitud de obreros que
trabajaban, sin descanso. Uno de ellos, pálido, desencajado, vestido
con una blusa sucia y con las manos sucias también y encallecidas
por el trabajo, con todo el aspecto de un desdichado rendido y
agriado por la fatiga, reñía colérico con uno de sus compañeros, en
el momento que yo pasaba. Luego, me hicieron subir por una escalera
en un estrecho espacio que rodeaba la escena. Entre una masa de
cuerdas, de argollas, de maderos, de cortinas y decoraciones, vi
agitarse en torno mío docenas o quizá centenares de hombres
embadurnados y disfrazados con trajes extraños, sin contar con gran
número de mujeres que, naturalmente, llevaban la menor cantidad
posible de traje. Todas aquellas gentes eran cantantes, coristas,
bailarines y bailarinas que esperaban su turno. Mi guía me hizo
atravesar entonces la escena y llegué, por fin, al sillón que debía
ocupar, pasando por un puente de madera tendido sobre la orquesta,
donde había gran número de músicos, sentados junto a sus
instrumentos, violinistas, flautistas, arpistas, cornetines y demás.
En un sillón más alto, en
el centro de ellos, entre dos lámparas con reflectores, y con un
atril delante, estaba sentado el director de la orquesta, batuta en
mano, dirigiendo no sólo a los músicos, sino también a los
cantantes.
En la escena, apareció una
procesión de indios que acompañaban a la desposada. Había allí gran
número de hombres y mujeres con trajes exóticos y, además, dos
hombres vestidos con traje usual, que se agitaban y corrían de un
extremo a otro de las tablas. Uno de ellos era el director de
escena; el otro, que calzaba escarpines, corría con agilidad
prodigiosa, y era el maestro de baile. Después supe que cobraba cada
mes más dinero que diez obreros ganan en un año.
Aquellos tres directores
arreglaban el orden de la procesión. Esta, como de costumbre,
aparecía por parejas. Los hombres, empuñando partesanas de estaño,
poníanse en movimiento y se detenían después. Costó gran trabajo el
arreglo de la procesión; la primera vez, los indios, con sus
partesanas de estaño pusiéronse en marcha demasiado tarde; la
segunda, antes de tiempo, y la tercera moviéronse en el instante
deseado, pero embrollaron el orden de la marcha; otra vez, no
supieron detenerse en el punto deseado, y cada vez la ceremonia
entera tenia que volver a empezar desde el principio. Consistía éste
en un recitado que pronunciaba un hombre vestido de turco, el cual,
abriendo la boca de un modo singular, cantaba: ¡Traigo la no-o-via!
Cantaba y agitaba los brazos que, como de rigor, estaban desnudos.
Luego comenzaba la procesión; pero de repente, en la orquesta, el
cornetín de pistón daba una nota falsa; al oír aquello, el director
de orquesta, estremeciéndose y erizándosele el bigote como si
presenciara una catástrofe, golpeaba el atril con la batuta. Todos
se detenían de nuevo, y el director, volviéndose hacia los músicos,
la emprendía con el cornetín de pistón, increpándole por el moro
que soltara, en términos que los carreteros no quisieran emplear
disputando entre si. De nuevo empezaba todo: los indios con sus
partesanas se ponían en movimiento y el cantante abría la boca para
cantar: ¡Traigo la no-o-via! Pero aquella vez las parejas
caminaban unas demasiado cerca de otras. Nuevos golpes de batuta en
el atril y vuelta a empezar. Los hombres caminaban con sus
partesanas al hombro. Algunos tenían los rostros serios y tristes,
otros sonreían y hablaban entre sí. Luego se detenían formando coro
y se ponían a cantar. Pero de súbito la batuta golpeaba de nuevo el
atril y el director de escena, con acento desolado y furioso,
vomitaba injurias contra los desgraciados indios.
Parece que los pobres
habían olvidado que de vez en cuando tenían que levantar los brazos
para patentizar su animación. ¿Estáis enfermos, atajo de
animales? ¿Acaso sois de madera para permanecer así como unos
testaferros? Y muchas veces todavía empezó de nuevo la
procesión, y oí golpes de batuta y una serie de injurias de las que
las mejores palabras eran: "Asnos, brutos, idiotas, cerdos.
Más de cuarenta veces oí repetir tales palabras dirigidas a
cantantes y músicos.
Estos, deprimidos física y
moralmente, aceptaban el ultraje sin protestar jamás. Y el director
de orquesta y el de escena harto sabían que aquellos infelices
estaban demasiado embrutecidos para hacer otra cosa que soplar en
una trompeta, o andar por la escena calzando zapatos amarillos y con
partezanas de estaño; sabían que estaban acostumbrados a una vida
regalona y dispuestos a sufrir cualquier ultraje, antes que
renunciar a su lujo; de modo que no vacilaban en dar rienda suelta a
su grosería nativa, sin contar con que habían visto hacer lo mismo
en París o en Viena, y pensaban seguir así la tradición de los
grandes teatros.
No creo, en verdad, que
pueda haber en el mundo espectáculo más repugnante. He visto cómo un
obrero injuriaba a otro porque no podía con el peso de la carga que
llevaba. He visto, al terminar la siega, un capataz que insultaba a
un obrero por una torpeza cometida; y vi también cómo los hombres
insultados de aquel modo se sometían en silencio. Pero aunque me
causara repugnancia asistir a tales escenas, mi repulsión se
atenuaba al pensar que se trataba de trabajos importantes y
necesarios, en los que la menor falta podía producir consecuencias
deplorables. Pero, en el teatro, ¿qué es lo que se hacia? ¿Para
quién y por qué se trabajaba? Me daba cuenta de que el director de
orquesta no era ya dueño de sus nervios como el obrero encontrado
entre bastidores; pero, ¿en provecho de qué se enfadaba? La ópera
que hacia ensayar era de las más vulgares; debo añadir que era lo
más profundamente absurda que se puede imaginar. Un Rey indio
deseaba casarse; le traían una novia, y se disfrazaba de trovador;
ella se enamoraba del trovador, desesperábase, pero acababa por
descubrir que el trovador era su novio; y ambos manifestaban una
alegría delirante. No han existido ni existirán jamás indios de tal
jaez. Era cierto también que lo que hacían y decían, no sólo no
tenía nada que ver con las costumbres indias, sino que no se parecía
a ninguna costumbre humana, exceptuando las de las óperas. Porque no
cabe dudarlo; en la vida común, los hombres no hablan por medio de
recitados, ni se colocan a distancias regulares, ni agitan los
brazos en cadencia para demostrar sus emociones.
Nunca andan aparejados, ni
llevan zapatillas, a la vez que partesanas, de estaño; y nadie se
enfada, ni se desconsuela, ni ríe ni llora, como ocurría en aquella
obra. Y es indudable, además, que nadie puede sentirse conmovido al
presenciar la representación de una ópera como aquélla. Así, era
natural que uno se preguntase: ¿A cuenta de qué se hacía todo
aquello? ¿A quién podía gustar? Si por milagro hubiese habido en
aquella ópera buenos trozos de música, ¿no podía tocarse ésta,
prescindiendo de aquellos trajes grotescos, de aquellas procesiones,
de aquellos movimientos de brazos? ¿A qué causa se debe el que
tonterías parecidas se representen en todas las ciudades del mundo
civilizado?
A un hombre de gusto le
asquean esos espectáculos; un obrero no puede comprender ni una jota
de ellos. Si por ventura placen, será, a no dudarlo, a algún lacayo
joven o a algún obrero pervertido qué ha contraído las necesidades
de las clases superiores, sin poder elevarse hasta su gusto natural.
Nos dicen, sin embargo, que
todo esto se hace en provecho del arte, y que el arte es una cosa
muy importante. ¿Será cierto que el arte tiene importancia bastante
para cohonestar tales sacrificios? Tanto más urgente es resolver
esto cuanto que el arte, en provecho del cual se sacrifica el
trabajo de millones de hombres, y por el que se pierden millares de
vidas, aparece a la inteligencia de un modo cada vez más vago y más
incierto. Sucede, en efecto, que los críticos en quienes los
aficionados estaban acostumbrados a encontrar un sostén en sus
opiniones, se han contradicho durante estos últimos tiempos de un
modo tan evidente que, si se excluye del dominio del arte cuanto han
excluido los críticos de distintas escuelas, queda muy poco o casi
nada para constituir ese famoso dominio. Las diversas sectas de
artistas, como las diversas sectas de teólogos, se excluyen y se
niegan unas a otras. Estudiadlas, y las veréis constantemente
ocupadas en desprestigiar a las sectas rivales. En poesía, por
ejemplo, los antiguos románticos niegan a los parnasianos y
decadentes; los parnasianos deprimen a decadentes y románticos, y
los decadentes dicen pestes de todos sus predecesores, y, además de
los magos; y los magos no hallan nada bueno fuera de su escuela.
Entre los novelistas, los naturalistas, los psicólogos y los
naturistas pretenden ser los únicos artistas que merecen tal nombre.
Lo propio ocurre entre escritores dramáticos, pintores y músicos. De
ahí resulta que este arte que exige de los hombres tan terribles
fatigas, que degrada tantas vidas humanas, que fuerza a los hombres
a pegar contra la caridad, no es una cosa clara y precisamente
definida, sino algo que los mismos fieles, los iniciados, entienden
de diversos modos, tan contradictorios entre si, que resulta punto
menos que imposible saber lo que debe entenderse por arte, y
particularmente, cuál es el arte útil, bueno y precioso, el arte,
que merece ser honrado, con inmensos sacrificios.
Capítulo primero
El problema del arte
Para la producción del más
sencillo baile, ópera, opereta, cuadro, concierto o novela, millares
de hombres se ven obligados a entregarse a un trabajo que muy a
menudo resulta humillante y penoso. Menos mal si los artistas
cumplieran por si mismos la suma de trabajo que requieren sus obras;
pero no ocurre así, porque necesitan el auxilio de numerosos
obreros. Este auxilio lo obtienen de distintos modos, ya en forma de
dinero dado por los ricos, ya en forma de subvenciones otorgadas por
el Estado; en este caso, el dinero que reciben proviene del pueblo,
que, en su mayoría, tiene que privarse de lo necesario para pagar la
contribución y no goza jamás de lo que llaman esplendores del
arte. Podría comprenderse esto en rigor para un artista griego o
romano, o hasta para un ruso de la primera edad del siglo XIX,
cuando habla aún esclavos, pues esos artistas podían considerarse
con derecho a ser servidos por el pueblo. Pero ahora, cuando todos
los hombres tienen un vago sentimiento de la igualdad y de sus
derechos, no es posible admitir que el pueblo continúe trabajando, a
su pesar, en favor del arte, sin decir antes, de un modo
indubitable, si el arte es bastante bueno e importante para
cohonestar todos los daños que engendra.
Es necesario, pues, en una
sociedad civilizada en que se cultiva el arte, preguntarse si todo
lo que pretende ser un arte lo es verdaderamente, y si (como se
presupone en nuestra sociedad) todo la que es arte resulta bueno por
serlo y digno de los sacrificios que entraña. El problema es tan
interesante para los artistas como para el público, pues se trata de
saber si lo que aquellos hacen tiene la importancia que se cree, o
si simplemente los prejuicios del medio en que viven, les hacen
creer que su labor es meritoria. También debe averiguarse si lo que
toman a los otros hombres, así para las necesidades de su arte, como
para las de su vida personal, se halla compensado por el valor de lo
que producen. ¿Qué es ese arte considerado como cosa tan preciosa e
indispensable para la humanidad?
¿Preguntáis lo que es el
arte? ¡Grave pregunta! ¡El arte es la arquitectura, la escultura,
la pintura, la música y la poesía bajo todas sus formas! Esto es
lo que no dejan de contestar el hombre vulgar y el aficionado, y
hasta el artista mismo, en la seguridad de que no se equivocan y que
se trata de cosas perfectamente claras. Podríamos, sin embargo,
preguntaréis: ¿No hay en arquitectura edificios que no son obras de
arte y otros que, con pretensiones artísticas, son feos y
desagradables a la vista, y que por lo tanto no pueden ser
considerados como obras de arte? ¿No ocurre lo mismo en escultura,
en música y en poesía? ¿Dónde reside entonces la señal
característica de las obras de arte? El arte, en todas sus formas,
hállase limitado, de un lado, por la utilidad práctica, del otro por
la fealdad y la impotencia para producir arte. ¿Cómo se distinguirán
esas dos cosas que le limitan? A tal pregunta, el hombre vulgar de
nuestra sociedad que se llama cultivada, y hasta el artista, si no
ha cuidado mucho de la estética, tienen respuesta preparada. Os
dirán que esa respuesta se formuló hace mucho tiempo, y que nadie
debe ignorarla. El arte, afirmarán, es una actividad que
produce la belleza.
Pero -les objetaréis- si en
esto consiste el arte, ¿son obras de arte un baile o una ópera bufa?
El hombre instruido y el artista os contestarán aún, pero ya con
cierta vacilación: SI; un buen baile y una linda ópera bufa
también son arte, pues equivalen a manifestaciones de la belleza.
SI preguntáis en seguida a
vuestros interlocutores cómo distinguen un buen baile y una
linda ópera bufa de las malas, mucho les costará responder. Y
al preguntarles en seguida si la actividad de atrecistas y
peluqueros, si la actividad de costureras y sastres, de perfumistas
y cocineros también es arte, os contestarán probablemente negándolo.
Se engañarán en ello, porque son hombres vulgares y no especialistas
y no se ocuparon en asuntos estéticos. Si les preocuparan tales
asuntos, habríanse apresurado a leer en la obra del gran Renán,
Marco Aurelio, una disertación que prueba que la labor del
sastre es obra de arte, y que los hombres que no ven en los adornos
de una mujer la más alta manifestación artística, son seres sin
inteligencia, espíritus estrechos. Este es el gran arte, dijo
Renán. Deberían saber también vuestros interlocutores que, en la
mayoría de los sistemas estéticos modernos, el traje, los perfumes y
hasta la cocina están considerados como artes especiales. Tal es en
particular el parecer del sabio profesor Králik en su Belleza
Universal, ensayo de estética general, así como el de Guyau, en
sus Problemas de la estética contemporánea.
Existe un pentáculo de las
artes, fundado en los cinco sentidos del hombre,
dice Králik, y puntualiza, en consecuencia, las artes del gusto,
del olfato, el tacto, el oído y la vista.
De las primeras, las del
gusto, dice: Se ha generalizado demasiado la costumbre de admitir
sólo dos o tres sentidos como dignos de proporcionar materia para un
conjunto artístico. No se negará, sin embargo, que sea una
producción estética la que el cocinero consigue hacer, cuando
convierte el cuerpo de un animal muerto en objeto de placer para el
hombre.
Igual opinión campea en la
obra citada del francés Guyau, muy estimado por gran número de
escritores contemporáneos. Habla muy seriamente del tacto, del gusto
y del olfato como capaces de producirnos impresiones estéticas:
Si el color falta al tacto, nos produce en cambio una noción que la
vista sola no puede darnos, y que tiene un valor estético
considerable, la de lo suave, lo liso, lo aterciopelado. Lo
que caracteriza la belleza del terciopelo es la suavidad al tacto,
cualidad que agrada tanto por lo menos como su brillantez. Al
formarnos idea de la belleza de una mujer, lo satinado de su piel es
un elemento esencial. Fijándonos algo, recordaremos los goces del
gusto, que son verdaderos goces estéticos. Y Guyau cuenta, a
guisa de ejemplo, que un vaso de leche que bebió le produjo un goce
estético.
De todo ello resulta que la
concepción del arte, consistente en manifestar la belleza, no es tan
sencilla como parece. Pero el hombre, vulgar o refinado, no conoce
esto o no quiere conocerlo, y está firmemente convencido de que
todos los problemas del arte pueden resolverse claramente con sólo
reconocer la belleza como única materia del arte. Le parece
comprensible y evidente que el arte consiste en manifestar la
belleza. La belleza le parece que basta para resolver cuanto al arte
concierne.
¿Qué es, pues, esa belleza,
qué forma la materia del arte? ¿Cómo se la define? ¿En qué consiste?
Como sucede siempre, cuanto
más confusas y nebulosas son las ideas sugeridas por la palabra, con
más aplomo y seguridad se emplea esta palabra y se sostiene que su
sentido es demasiado claro, para que valga la pena de definirlo.
Esto es lo que ocurre de
ordinario en los problemas religiosos, y también ocurre con esta
concepción de la belleza. Se admite como fuera de duda que todos
saben y comprenden lo que significa la palabra belleza. Y sin
embargo, la verdad es que no sólo no todos lo saben, sino que, a
pesar de que se han escrito montañas de libros acerca de tal asunto,
desde hace ciento cincuenta años (desde que Baumgarten fundó la
estética en 1750), la cuestión de saber lo que es la belleza no ha
podido ser resuelta todavía, y cada nueva obra de estética da a tal
pregunta una respuesta nueva. Una de las últimas obras que he leído
acerca de tal materia, es un librito alemán de Julio Mithalter,
titulado el Enigma de lo Bello. Este título expresa el
verdadero estado del problema. A pesar de que millares de sabios lo
han discutido durante ciento cincuenta años, el sentido de la
palabra belleza es aún un enigma. Los alemanes lo definen a
su guisa de cien modos diferentes. La escuela fisiológica, la de los
ingleses Spencer, Grant Allen y otros, contesta a su manera; lo
propio ocurre con los eclécticos franceses, y con Taine y Guyau, y
sus sucesores; y todos estos escritores conocen y hallan deficientes
todas las definiciones dadas antes por Baumgarten, Kant, Schiller,
Winckelmann, Lessing, Hégel, Schopenhauer, Hartmann, Cousín, y otros
mil.
¿Cuál es, pues, esa extraña
expresión de la belleza, que tan sencilla parece a los que de ella
hablan sin conocimiento de causa, pero que nadie llega a definir,
desde hace ciento cincuenta años, lo cual no impide que todos los
estéticos funden en ella todas sus doctrinas de arte?
En nuestra lengua rusa, la
palabra krasota (belleza) significa simplemente lo que gusta
a la vista. Y aun cuando, desde hace algún tiempo, se habla de una
acción fea, de una música bella, eso no es buen ruso.
Un ruso del pueblo, que
ignore las lenguas extranjeras, no os comprenderá si le decís que un
hombre que da cuanto tiene hace una bella acción, o que una
canción tiene una música bella. En nuestra lengua rusa, puede
ser una canción caritativa, o buena, o mala, o execrable. Una música
puede ser agradable y buena, o desagradable y mala. Pero no hay ni
una acción bella ni una música bella. La palabra
bello únicamente puede aplicarse a un hombre, a un caballo, a
una casa, a un sitio, a un movimiento. De modo que la palabra y la
noción de lo bueno implican para nosotros, en determinado
orden de asuntos, la noción de lo bello; pero la noción de
lo bello, por el contrario, no implica necesariamente la noción
de lo bueno.
Cuando decimos de un objeto
que apreciamos por su apariencia visible que es bueno,
entendemos que este objeto es bello, pero si decimos que es
bello no supone esto, necesariamente, que lo creamos bueno.
En las otras lenguas
europeas, es decir, en las lenguas de las naciones entre las cuales
se ha esparcido la doctrina que hace de la belleza la condición
esencial del arte, las palabras bello, schoen,
beautiful, beau, etc., guardando su sentido primitivo,
expresan la bondad hasta el punto de convertirse en substitutos de
la palabra bueno. Frecuentemente en esas lenguas se emplean
expresiones como éstas: Un alma bella, un pensamiento
bello, o una bella acción. Estas lenguas han acabado por
no tener palabra propia para designar la belleza de la forma, y se
ven obligadas a recurrir a combinaciones de palabras tales como:
De bellas formas, de bella apariencia, etc.
¿Qué es, pues, esa belleza
que de continuo cambia de sentido según los países y las épocas?
Para contestar a tal
pregunta, para definir lo que las naciones europeas entienden hoy
por belleza, me veré obligado a citar algunas definiciones de
la belleza, admitidas en los sistemas estéticos actuales. Ruego al
lector que no se aburra mucho al leer tales citas, y que se resigne,
a pesar de su aburrimiento, a leerlas, o por mejor decir, a leer
algunos de los autores que voy a citar en extracto. Para no hablar
más que de obras muy sencillas y sumarias, tómese por ejemplo la
alemana de Králik, la inglesa de Knikht, la francesa de Lévêque. Es
indispensable haber leído una obra de estética para formarse idea de
la divergencia de opiniones y de la oscuridad que reina en esa
región de la ciencia filosófica.
He aquí, por ejemplo, lo
que dice el tratadista de estética, el alemán Schásler, en el
prefacio de su famosa, voluminosa y minuciosa obra de estética:
En ninguna parte, en el dominio de la filosofía, es tan grande la
disparidad de opiniones como en estética. Tampoco en ninguna parte
se halla tanta palabrería hueca, un empleo tan constante de
tecnicismos vacíos de sentido o mal definidos, una erudición más
pedantesca y al propio tiempo más superficial. Y, en efecto,
basta leer la propia obra de Schásler para convencerse de la
acertado de esta observación.
Sobre el mismo asunto ha
escrito Verón, en el prefacio de su notable obra de estética, lo
siguiente: No hay ciencia que, como la estética, se haya prestado
a las lucubraciones de los metafísicos. Desde Platón hasta las
doctrinas oficiales de nuestros días, se ha hecho del arte una
informe amalgama de misterios trascendentales y de teorías llevadas
a la quintaesencia, que hallan su expresión suprema en la concepción
absoluta de lo bello ideal, prototipo inmutable y divino de las
cosas reales.
Tómese el lector la
molestia de pasar la vista por las definiciones siguientes de la
belleza, expresadas por los tratadistas de estética de gran
renombre; y podrá juzgar por sí mismo cuán verdadera es la crítica
de Verón.
No citaré, como se
acostumbra, las definiciones de la belleza atribuidas a los
antiguos, Sócrates, Platón, Aristóteles y los otros hasta Plotino,
pues en realidad, como explicaré después, los antiguos tenían del
arte una concepción distinta a la que forma la base y el objeto de
nuestra estética moderna. Aplicando a nuestra concepción presente de
la belleza los juicios que acerca de ella formaron, se da a sus
palabras un sentido que no es el suyo propio.
Capítulo 2
La belleza
Empecemos por el fundador
de la estética, Baumgarten (1714 - 1762).
Según él, el conocimiento
lógico tiene por objeto la belleza. Esta es lo perfecto o lo
absoluto reconocido por los sentidos. Y la bondad, por otra
parte, es lo perfecto alcanzado por la voluntad moral.
Define la belleza como una
correspondencia, es decir, un orden entre ambas partes, en
sus relaciones mutuas y en su relación con el conjunto. En cuanto al
fin de la belleza, es gustar y excitar el deseo. Haré notar,
de paso, que es todo lo contrario de la definición de Kant.
Por lo que toca a las
manifestaciones de la belleza, Baumgarten estima que la encarnación
suprema de la belleza nos aparece en la naturaleza, y deduce de ahí
que el ideal supremo del arte sea copiar a la naturaleza: esta
conclusión se contradice de todo en todo con las que formularon los
tratadistas de estética posteriores.
Si se nos permite,
dejaremos de mentar a los sucesores inmediatos de Baumgarten, Maier,
Eschenburg y Eberchard, que sólo modificaron ligeramente la doctrina
de su maestro distinguiendo lo agradable de lo bello. Pero conviene
citar las definiciones dadas por otros contemporáneos de Baumgarten,
tales como Sulzer, Moisés Mendelsshon y Móritz, que están ya en
contradicción con él y dicen que el arte ha de tender a la bondad y
no a la belleza. Súlzer (1720-1777) sólo considera bello lo que
contiene una parte de bondad; la belleza es lo que evoca y
desarrolla el sentimiento moral. Mendelsshon (1729-1786) cree que el
único fin del arte es la perfección moral. Estos tres estadistas
destruyen por completo la distinción establecida por Baumgarten
entre las tres formas de lo perfecto: lo verdadero, lo bello y lo
bueno, y suman lo bello y lo verdadero a lo bueno.
Tampoco esta concepción la
aceptan los tratadistas del período siguiente; la refuta por
completo el famoso Winckelmann (1717-1768) , que niega que el arte
deba tender a ningún fin moral, y le asigna como meta la belleza
exterior, que limita a la belleza visible. Según Winckelmann, hay
tres especies de belleza: primero, la belleza de la forma; segundo,
la belleza de la idea, que se expresa por la posición de las
figuras; y tercero, la belleza de expresión, que resulta del acuerdo
de las dos anteriores bellezas. Esta belleza de la expresión, es el
fin supremo del arte; realizóla el arte antiguo; por consiguiente.
El arte moderno debe tender a imitar el arte antiguo.
Hállase una concepción
análoga de la belleza en Léssing, Héder, Goethe y la mayoría de los
tratadistas de estética, hasta que Kant la destruye y sugiere otra
diametralmente opuesta.
Multitud de teorías
estéticas aparecen durante el mismo período, en Inglaterra, Francia,
Italia y Holanda; y aun cuando esas teorías no tienen nada de común
con la de los alemanes, son como ella confusas y oscuras.
Según Shaftesbury
(1690-1713), lo que es bello es armonioso y bien proporcionado,
lo que es armonioso y bien proporcionado es verdadero; y lo que es a
la vez bello y verdadero es naturalmente agradable y bueno. Dios
es la suma de toda belleza; de él procede la belleza y la bondad;
así, a juicio de ese inglés, la belleza es distinta a la bondad, y,
sin embargo, se confunde con ella.
Según Hutcheson (1694 -
1747), el fin del arte es la belleza, cuya esencia consiste en
evocar en nosotros la perfección de uniformidad en la variedad.
Tenemos dentro de nosotros un sentido interno, que nos
permite reconocer lo que es arte, pero que puede estar en
contradicción con el sentido estético. En fin, según Hutcheson, la
belleza no corresponde siempre a la bondad, sino que a veces se
aparta de ella y hasta es su rival.
Según Home (1696-1782), la
belleza es lo que gusta. Únicamente el gusto define. El ideal del
gusto es que el máximo de riqueza, de plenitud, de fuerza y de
variedad de impresiones, esté contenido en los más estrechos
límites. Tal es también el ideal de una obra perfecta de arte.
Dice Burke (1729-1797) que
lo sublime y lo bello son los fines del arte, tienen su origen en
nuestro instinto de conservación y de sociabilidad. La defensa del
individuo, y la guerra, que es su consecuencia, son las fuentes de
lo sublime; la sociabilidad y el instinto sexual que de ella
dimanan, son la fuente de lo bello.
Mientras los pensadores
ingleses se contradecían así, tratando de definir la belleza y el
arte, lo propio les ocurría a los franceses.
Según el padre André (Ensayo
sobre lo Bello, 1741), hay tres especies de belleza; la divina,
la natural y la artificial. Según Batteux (1713-1780), el arte
consiste en imitar la belleza de la naturaleza y su objeto debe
consistir en agradar. Tal es también la definición de Diderot.
Voltaire y d' Alembert estiman que las leyes del gusto deciden en
materia de belleza, pero que esas leyes no pueden definirse.
Según un autor italiano del
mismo periodo, Pagano, consiste el arte en reunir las bellezas
dispersas en el seno de la naturaleza. A juicio suyo, la belleza se
confunde con la bondad: la belleza es la bondad hecha visible y la
bondad es la belleza interna. En opinión de otros italianos,
Muratori (1762-1790); y Spalletti (Saggio sopra la belleza,
1755), el arte se asemeja a una sensación egoísta nacida a impulsos
de la sociabilidad.
De entre los holandeses, el
más notable es Harmterbuis (1770-1790), que ejerció Influencia real
sobre los tratadistas alemanes y sobre Goethe. Según él, la belleza
es lo que procura más placer, y lo que nos procura más placer es lo
que nos da mayor número de ideas en el menor espacio de tiempo. Así
el goce de lo bello es, para él, el mayor de todos porque nos da
mayor cantidad de ideas en menos espacio de tiempo.
Tales eran en Europa las
diversas teorías estéticas cuando Kant (1724-1804) propuso la suya,
que ha sido luego una de las más célebres.
La teoría estética de Kant
puede resumirse así: El hombre
conoce la naturaleza fuera de él, y se conoce a sí mismo en la
naturaleza. En la naturaleza busca la verdad, en sí mismo busca la
bondad. La primera de esas investigaciones pertenece al dominio de
la razón pura, la segunda, al de la razón práctica. Pero, además, de
estos dos medios de percepción, existe también la capacidad de
juzgar, que puede producir juicios sin conceptos y placeres sin
deseos. Esta capacidad es la base del sentimiento estético. La
belleza, según Kant, es, desde el punto de vista subjetivo, lo que
gusta de una manera general y necesaria, sin concepto y sin utilidad
práctica. Desde el punto de vista objetivo, es la forma de un objeto
que agrada, con tal de que este objeto nos agrade, sin cuidarnos
para nada de su utilidad.
Definiciones análogas se
dieron de la belleza por los sucesores de Kant, entre los cuales
figura Schiller (1759-1805). Muy distinta es la definición de Fichte
(1762-1814). Este sostiene que el mundo tiene dos aspectos,
existiendo en una parte la suma de nuestras limitaciones, y en la
otra la suma de nuestra libre actividad ideal. Por el primer
aspecto, todo resulta desfigurado, comprimido, mutilado y vemos su
fealdad; por el segundo, percibimos los objetos en su plenitud y
vidas íntimas, viendo así la belleza. Según Fichte, ésta no reside
en el mundo, sino es el alma bella. Tiene el arte por fin la
educación no sólo de la inteligencia y del corazón, sino del hombre
entero. De ahí resulta que los caracteres de la belleza no provienen
de las sensaciones exteriores, sino de la presencia de un alma bella
en el artista.
Dejemos las teorías de
Federico Schlegel (1772-1829) y de Adam Múller (1779-1829), para
llegar a las del célebre Schelling (1775-1854). Según este filósofo,
el arte es el resultado de una concepción de las cosas en la cual el
sujeto es la percepción de lo infinito en lo finito. El arte es la
unión de lo subjetivo y de lo objetivo, de la naturaleza y la razón,
de lo consciente y de lo inconsciente. Y la belleza es también la
contemplación de las cosas en sí, tales como existen en sus
prototipos. Ni la ciencia ni la destreza del artista producen la
belleza, sino de la idea de la belleza que está en él.
Después de Schelling y su
escuela, aparece la famosa doctrina de Hégel. Esta es la que, aun
hoy día, adviértase o no, forma la base de las opiniones conscientes
acerca del arte y de la belleza. No es, por otra parte, ni más clara
ni más precisa que las doctrinas precedentes, sino que, por el
contrario, es aún más abstrusa y nebulosa, si cabe. Según Hégel
(1770-1831), Dios se manifiesta en
la naturaleza y en el arte bajo la forma de la belleza: La belleza
es el reflejo de la idea de la materia. Únicamente el alma es bella;
pero la inteligencia se muestra a nosotros bajo la forma sensible, y
esta apariencia sensible del espíritu es la única realidad de la
belleza. La belleza y la verdad en tal sistema son una sola y única
cosa: la belleza es la expresión sensible de la verdad.
Esta doctrina la adoptaron
y desarrollaron y enriquecieron los discípulos de Hégel, los
tratadistas Weisse, Ruge, Rosenkrantz, Víscher y otros. No se crea,
sin embargo, que el hegelianismo, monopolizó las teorías estéticas
en Alemania. Junto a ése aparecieron otros sistemas que no sólo
admitían, como Hégel, que la belleza fuera el reflejo de la idea,
sino que contradecían formalmente la definición, la refutaban y la
ridiculizaban. Limitémonos a citar dos de estas teorías: la de
Herbart y la de Schopenhauer.
A juicio de Herbart
(1776-1841), no hay ni puede haber una belleza que exista en sí
misma. Nada existe fuera de nuestra opinión, y ésta se basa en
nuestras impresiones personales. Hay ciertas relaciones que llamamos
bellas; y el arte consiste en describirlas, así en la pintura como
en la música y la poesía.
Según Schopenhauer
(1788-1866), la voluntad se objetiva en el mundo en diversos planos;
cada uno de ellos tiene su belleza propia, y el más alto de todos es
el más bello. El renunciamiento de nuestra individualidad,
permitiéndonos contemplar esas manifestaciones de la voluntad, nos
da una percepción de la belleza. Todos los hombres poseen la
capacidad de objetivar la idea en diferentes planos; pero el genio
del artista tiene tal capacidad en más alto grado y puede así
producir una belleza superior.
Después de esos escritores
famosos, hubo otros en Alemania, de una originalidad e influencia
menores, pero cada uno de los cuales parecía tener a gala destruir
las doctrinas de sus cofrades pasados y presentes. Tales fueron
Hartmann, Kirkmann, Schnaase, el físico Helmholtz, Bergmann,
Jungmann, etc.
Según Hartrnann (nacido en
1842), la belleza no reside ni en el mundo exterior, ni en la
cosa en sí, ni en el alma, sino en la apariencia
producida por el artista. La cosa en sí no es bella, pero nos
parece bella cuando el artista la transforma.
Schnaase (1798-1875), dice
que no hay en el mundo belleza perfecta. La naturaleza se aproxima a
ella; el arte nos da lo que no puede darnos la naturaleza.
Estima Kirkmann
(1802-1884), que hay seis grandes divisiones en la historia: de la
ciencia, de la riqueza, de la moral, de la fe, de la política y de
la belleza. El arte es la actividad ejerciéndose en el dominio de
esta última división.
Juzga Helmholtz
(1821-1896), que sólo se ocupó de estética musical, que la belleza
en la música sólo se obtiene mediante la observación de ciertas
leyes invariables: leyes que el artista no conoce, pero a las cuales
obedece de un modo inconsciente.
Bergmann (Ueber das
Schoene, 1887), asegura que es imposible definir la belleza de
un modo objetivo. La belleza no puede ser percibida sino de un modo
subjetivo, y por consiguiente, el problema de la estética consiste
en definir lo que gusta a cada cual. Según Jungmann (muerto en
1885), 1º la belleza es una cualidad suprasensible de las cosas; 2º
el placer artístico se produce en nosotros por la simple
contemplación de la belleza; 3º la belleza es el fundamento del
amor.
¿Hay necesidad de decir que
mientras Alemania producía estas doctrinas, no descansaba la
estética en Francia y en Inglaterra?
En Francia trabajaba Cousín
(1792-1867), un ecléctico que se inspira en las doctrinas de los
idealistas alemanes. A juicio suyo, la belleza descansa siempre
sobre una base moral. Afirmaba que podía ser definida objetivamente,
y que era, por esencia, la variedad en la unidad. Su discípulo
Jouffroy (1796-1842), veía en la belleza una expresión de lo
invisible. El metafísico Ravaissón consideraba la belleza como el
objeto y fin supremo del universo. El metafísico Renouvier decía a
su vez: No dudemos en afirmar que
una verdad que fuese bella no seria más que un juego lógico de
nuestro espíritu, y que la única verdad sólida y digna de este
nombre es la belleza.
Todos estos pensadores
partían de las teorías alemanas; otros querían ser más originales:
Taine, Guyau, Cherbuliez, Verón, etc. Según Taine (1828-1893), hay
belleza cuando el carácter esencial de una idea importante se
manifiesta más completamente que en la realidad. Según Guyau
(1854-1888), la belleza no es una cosa exterior al objeto, sino la
quintaesencia del objeto. El arte es la expresión de una vida
razonable y consciente, que evoca en nosotros a la vez la conciencia
más profunda de nuestra existencia y los más altos sentimientos y
los pensamientos más nobles. A su parecer, el arte transporta al
hombre desde la vida personal a la vida universal por medio de una
participación de los mismos sentimientos y de las mismas ideas.
Según Cherbuliez, el arte es una actividad que: 1º satisface nuestro
amor innato por las apariencias; 2º encarna, en esas mismas
apariencias, ideas; y 3º da al mismo tiempo placer a nuestros
sentidos, a nuestro corazón y a nuestra razón.
He aquí, para completar
esta relación, los juicios de algunos autores franceses más
recientes. La Psychologie du beau et de l'art, por Mario Pilo
(1895), dice que la belleza es producto de nuestras impresiones
físicas. El fin del arte es el placer: pero el autor estima que este
placer debe ser eminentemente moral. El Essai sur l'art
contemporain, por Fierens-Geváert (1897), dice que el arte
consiste en el equilibrio entre el mantenimiento de las tradiciones
de lo pasado y la expresión del ideal de lo presente. El Sár Peladán
afirma que la belleza es una de las manifestaciones de Dios.
No hay más realidad que Dios, no hay más
verdad que Dios, no hay más belleza que Dios.
La Esthétique, de
Verón (1878) se distingue de las demás obras del mismo género, por
su claridad y por lo comprensible que es.
Sin dar una definición
exacta del arte, el autor tiene el mérito de desembarazar la
estética de todas las vagas nociones de la belleza absoluta. EI
arte, según Verón, es la manifestación de una emoción exteriorizada
por una combinación de líneas, formas, colores, o por una sucesión
de movimientos, de ritmos y de sonidos.
Los ingleses, por su parte,
convienen casi todos en definir la belleza, no por sus cualidades
propias, sino por la impresión y el gusto personales, Así pensaban
ya Reid (1704-1796) Alison y Erasmo Darwin (1781-1802); pero más
notables son las teorías de sus sucesores.
Dice Carlos Darwin
(1805-1882) que la belleza es un sentimiento natural, no sólo en los
hombres, sino en los animales. Los pájaros adornan sus nidos y se
fijan en la belleza, en sus relaciones sexuales. La belleza, por
otra parte, es un conjunto de nociones y de sentimientos diversos.
El origen de la música debe buscarse en el llamamiento dirigido
por los machos a las hembras. Siguiendo a Herberto Spencer
(nacido en 1820), el origen del arte debe buscarse en los juegos. En
los animales inferiores toda la energía vital se emplea en asegurar
la vida individual y la de la raza; pero en el hombre, cuando sus
instintos están satisfechos, queda un exceso de fuerza que se
consume en los juegos y luego en el arte.
Grant Allen en su
Physiological Esthetics, (1877), dice que la belleza tiene un
origen físico. Los placeres estéticos provienen de la contemplación
de la belleza, pero la concepción de la belleza es el resultado de
un proceso fisiológico. Lo bello, es lo que procura un máximo de
estímulo con un mínimo de gasto.
Las diversas opiniones
sobre el arte y la belleza que acabo de mencionar, añadiendo por lo
que toca a Inglaterra las de Todhunter, Mozeley, Ker, Knight,
etcétera, están lejos de constituir todo cuanto se ha escrito acerca
de tal materia. No pasa un día sin que surjan nuevos tratadistas en
cuyas doctrinas campean igual vaguedad y parecidas contradicciones.
Algunos, por inercia, se limitan a reproducir con ligeras variantes,
la estética mística de los Baumgarten y los Hégel; otros plantean el
problema en la región de la subjetividad y hacen depender del gusto
la belleza; otros, los de las últimas generaciones, buscan el origen
de la naturaleza en las leyes de la fisiología, y otros, en fin,
plantean el problema del arte fuera de toda concepción de belleza.
Sully, en su Sensation and Intuition, elimina en absoluto la
noción de belleza. El arte, en su definición, es sencillamente un
producto capaz de procurar a su productor un goce activo y hacer
nacer una impresión agradable en cierto número de espectadores o de
oyentes, con independencia de toda consideración de utilidad
práctica.
Capítulo 3
Distinción entre el arte y la belleza
¿Qué resulta de todas esas
definiciones de la belleza? Prescindiendo de las que, por inexactas,
no responden a la concepción del arte y colocan la belleza en la
simetría, en el orden, en la armonía de las partes o en la unidad
dentro de la variedad, o en las diversas combinaciones de estos
distintos elementos, dejando aparte los ensayos infructuosos de una
definición objetiva, todas las definiciones de la belleza propuestas
por los tratadistas de estética conducen a dos principios opuestos.
El primero es que la
belleza existe por sí misma, que es una manifestación de lo
Absoluto, de lo Perfecto, de la Idea, de la Voluntad, de Dios. Por
el segundo, la belleza es solamente un placer especial que sentimos
en ocasiones, sin tener para nada en cuenta el sentimiento de las
ventajas que puede producirnos.
El primero de estos
principios ha sido admitido por Fichte, Schelling, Hégel,
Schopenhauer y los metafísicos franceses. Aun hoy acentúan las
clases instruidas, sobre todo los amantes de la tradición.
El segundo principio, aquel
que dice que la belleza es una impresión de gusto personal, lo
aceptan los tratadistas ingleses y está en auge entre las modernas
generaciones.
Así es que sólo existen
(cosa inevitable) dos definiciones de la belleza: una objetiva,
mística, confundiendo la noción de lo bello con la de lo perfecto o
Dios, definición sin fundamento real; y otra, por lo contrario,
sencilla e inteligible, pero subjetiva, y que considera la belleza
como siendo todo lo que gusta. Por una parte la belleza parece como
algo sublime y sobrenatural, pero indefinido; por otra parte, se
muestra como una especie de placer desinteresado, que
experimentamos. Esta segunda concepción de la belleza es en efecto,
muy clara, pero desgraciadamente es también inexacta, pues a su vez
se extiende en demasía, implicando la belleza de los placeres que se
refiere a la alimentación, la bebida, los vestidos, etcétera.
Es verdad que si seguimos
las fases sucesivas de desarrollo de la estética, vemos que las
doctrinas metafísicas e idealistas pierden terreno, hasta el punto
de que Verón y Sully se esfuerzan en eliminar la noción de la
belleza. Pero los tratadistas de estética de esta escuela no
predominan y la gran mayoría del público, así como los artistas y
los sabios, prefieren una de las dos definiciones clásicas del arte
que basan éste sobre la belleza, viendo en la misma o una entidad
mística, o una forma especial de placer.
Procuremos examinar a
nuestra vez esta famosa concepción de la belleza artística.
Desde el punto de vista
subjetivo, lo que llamamos belleza es incontestablemente todo lo que
nos produce un placer de determinada especie. Mirándolo desde el
punto de vista objetivo, damos el nombre de belleza a cierta
perfección; pero claro es que lo hacemos, porque esa perfección nos
produce cierto placer, de modo que nuestra definición objetiva no es
más que una nueva forma de la definición subjetiva. En realidad,
toda noción de belleza se reduce para nosotros a la recepción de
determinada dosis de placer.
Teniendo esto en cuenta,
seria natural que la estética renunciara a la definición del arte
fundado sobre la belleza, y que buscara otra más general, pudiendo
aplicarse a todas las producciones artísticas y permitiendo
distinguir lo que depende o no del dominio de las artes. Pero
ninguna definición parecida se ha formulado aún, conforme puede
haber visto el lector. Todas las tentativas hechas para definir la
belleza absoluta, o no definen nada o sólo definen algunos rasgos de
ciertas producciones artísticas, y no se extienden a todo cuanto se
considera y se ha considerado como formando parte del dominio
artístico.
No hay una sola definición
objetiva de la belleza. Las que existen, así metafísicas como
experimentales, llegan todas a la misma definición subjetiva, que
quiere que el arte sea lo que exterioriza la belleza, y que ésta sea
lo que gusta, sin excitar el deseo. Muchos tratadistas de estética
comprenden la insuficiencia de tal definición, y para darle una base
sólida, han estudiado los orígenes del placer artístico. Han
convertido así la cuestión de la belleza en cuestión de gusto. Pero
esto les resulta tan difícil de definir como la belleza, pues no hay
ni puede haber explicación completa y seria de lo que hace que una
cosa guste a un hombre y disguste a otro, o viceversa. De esta
manera la estética, desde su fundación hasta nuestros días, no ha
conseguido definir ni las cualidades ni las leyes del arte, ni lo
bello, ni la naturaleza del gusto. Toda la famosa ciencia estética
consiste en no reconocer como artísticas sino cierto número de
obras, por la sencilla razón de que nos gustan, y en combinar luego
toda una teoría de arte que puede adaptarse a todas esas obras. Se
da por bueno un canon de arte, según el cual se reputan obras
artísticas aquellas que tienen la dicha de gustar a ciertas clases
sociales, la de Fidias, Rafael, Ticiano, Bach, Beethoven, y a
consecuencia de ello, las leyes de la estética deben componérselas
de tal modo, que abracen la totalidad de esas obras.
Un tratadista alemán de
estética, de quien leí hace poco un libro, Folgeldt, discutiendo los
problemas de arte y de moral, afirmaba que era locura querer buscar
moral en el arte. ¿Sabéis en qué fundaba su argumentación? En que si
el arte debía ser moral, ni Romeo y Julieta, de Shakespeare,
ni el Wilhem Meister, de Goethe, serían obras de arte, y no
pudiendo dejar de ser estos libros obras de arte, toda la teoría de
la moralidad en el arte, se derrumbaba. Folgeldt buscaba una
definición de arte que pudiera comprender esas dos obras y esto le
conducía a proponer, como fundamento del arte, la significación.
Sobre este plan están
edificadas todas las estéticas existentes. En vez de dar una
definición del arte verdadero y decidir luego lo que es o no buen
arte, se citan a priori, como obras de arte, cierto número de
obras que, por determinadas razones, gustan a una parte del público,
y después se inventa una definición de arte que pueda comprender
todas estas obras. Así el estético alemán Muther, en su Historia
del arte del siglo XIX, no sólo no condena las tendencias de los
prerrafaelistas, decadentes y simbolistas. Sino que trabaja para
ensanchar su definición del arte, de modo que pueda comprender estas
nuevas tendencias. Sea cual fuere la nueva insanía que aparezca en
arte, en cuanto la adoptan las clases superiores de nuestra
sociedad, se inventa una teoría para explicarla y sancionarla, como
si nunca algunos grupos sociales hubieran tomado por arte verdadero
lo que era falso arte, deforme, vacío de sentido, y que no dejó
huellas ni discípulos en pos de sí.
La teoría del arte fundado
sobre la belleza, tal como nos la expone la estética, no es, en
suma, otra cosa que la inclusión en la categoría de cosas buenas
de una cosa que nos agradó o nos agrada aún.
Para definir una forma
particular de la actividad humana, se necesita antes comprender el
sentido y el alcance de ella. Para conseguirlo, es necesario
examinar tal actividad en si misma, luego en sus relaciones con sus
causas y efectos, y no sólo desde el punto de vista del placer
personal que pueda hacernos sentir.
Si decimos que el fin de
cierta forma de actividad consiste en nuestro placer y definimos
esta actividad por el placer que nos proporciona, tal definición
será forzosamente inexacta. Esto es lo que ha ocurrido cada vez que
se trató de definir el arte. Por lo que hace a la alimentación, a
nadie se le ocurriría afirmar que su importancia se mide por la suma
de placer que nos procura. Todos comprendemos y estimamos que no
puede admitirse eso, y que no tenemos, por lo tanto, el derecho de
decir que la pimienta de la Guyana, el queso de Limburg, el alcohol,
etc., a los que estamos acostumbrados, y que nos gustan, forman la
mejor de las alimentaciones.
Así ocurre en el arte. La
belleza, o lo que nos gusta, no puede servirnos de base para una
definición del arte, ni los muchos objetos que nos producen placer
han de considerarse como modelo de lo que debe ser el arte. Buscar
el objeto y el fin del arte en el placer que nos producen, es
imaginar, como los salvajes, que el objeto y el fin de la
alimentación están en el placer que nos causan.
El placer, en ambos casos,
sólo es un elemento accesorio. Así como no se llega a conocer el
verdadero objeto de la alimentación, que es el mantenimiento del
cuerpo, si no se deja de buscar ese objeto en el placer de la
comida, de igual modo no se comprende la verdadera significación del
arte hasta que se deja de buscar su objeto en la belleza, es decir,
en el placer. Y así como averiguar por qué un hombre prefiere los
frutos y otro la carne no nos ayuda a descubrir lo que es útil y
esencial en la alimentación, tampoco el estudio de las cuestiones de
gusto en arte, no sólo no nos hace comprender la forma particular de
la actividad humana, que llamamos arte, sino que nos hace, por el
contrario, de todo punto imposible dicha comprensión.
A la pregunta: ¿Qué es
el arte?, hemos dado contestaciones múltiples, sacadas de
diversas obras de estética. Todas estas contestaciones, o casi
todas, que se contradicen en los demás puntos, están de acuerdo para
proclamar que el fin del arte es la belleza, que ésta se conoce por
el placer que proporciona, y que el placer, a su vez, es una cosa
importante por el solo hecho de ser un placer. Resulta de esto que
las innumerables definiciones del arte no son tales definiciones,
sino simples tentativas para justificar el arte existente. Por
extraño que pueda parecer, a pesar de las montañas de libros
escritos acerca del arte, no se ha dado de éste ninguna definición
verdadera. Estriba la razón de esto en que siempre se ha fundado la
concepción del arte sobre la de la belleza.
Capítulo 4
Cometido propio del arte
¿Qué es, pues, el arte,
considerado fuera de esa concepción de la belleza que sólo sirve
para embrollar inútilmente el problema? Las únicas definiciones del
arte que demuestran un esfuerzo para substraerse a esa concepción de
la belleza, son las siguientes:
1º, según Schiller, Darwin
y Spencer, el arte es una actividad que tienen hasta los animales y
que resulta del instinto sexual y del instinto de los juegos;
2º, según Verón, el arte es
la manifestación externa de emociones internas, producida por medio
de líneas, de colores, de movimientos, de sonidos o de palabras;
3º, según Sully, el arte es
la producción de un objeto permanente o de una acción pasajera,
propias para procurar a su productor un goce activo y hacer nacer
una impresión agradable en cierto número de espectadores o de
oyentes, dejando aparte toda consideración de utilidad práctica.
Aunque superiores a las
definiciones metafísicas que fundan el arte sobre la belleza, estas
tres definiciones tampoco son exactas.
La primera es inexacta
porque, en vez de ocuparse de la actividad artística propiamente
dicha, sólo trata de los orígenes de esta actividad. La adición
propuesta por Grant Allen también es inexacta, porque la excitación
nerviosa que cita se manifiesta en otras formas de actividad humana,
además de la actividad artística, y esto es lo que ha producido el
error de las nuevas teorías estéticas, elevando al linaje de arte la
confección de hermosos vestidos, de suaves perfumes o de guisos
agradables.
La definición de Verón,
según la cual el arte expresa las emociones, es inexacta, porque un
hombre puede expresar sus emociones por medio de líneas, de sonidos,
de colores o de palabras, sin que su expresión obre sobre otros; y
en tal caso, no sería nunca una expresión artística.
La de Sully es inexacta,
porque se extiende desde los ejercicios acrobáticos al arte,
mientras hay, por el contrario, productos que pueden ser arte sin
dar sensaciones agradables a su productor ni al público; así ocurre
con las escenas patéticas o dolorosas de un poema o de un drama.
La inexactitud de todas
estas afirmaciones procede de que todas, sin excepción, lo mismo que
las metafísicas, cuidan sólo del placer que el arte puede producir,
y no del papel que puede y debe desempeñar en la vida del hombre y
de la humanidad.
Para dar la definición
correcta del arte, es pues, innecesario ante todo, cesar de ver en
él un manantial de placer, y considerarle como una de las
condiciones de la vida humana. Si se considera así, se advierte que
el arte es uno de los medios de comunicación entre los hombres.
Toda obra de arte, pone en
relación el hombre a quien se dirige con el que la produjo, y con
todos los hombres que simultánea, anterior o posteriormente, reciben
impresión de ella. La palabra que transmite los pensamientos de los
hombres, es un lazo de unión entre ellos; lo mismo le ocurre al
arte. Lo que le distingue de la palabra es que ésta le sirve al
hombre para transmitir a otros sus pensamientos, mientras que, por
medio del arte, solo le transmite sus sentimientos y emociones. La
transmisión se opera del modo siguiente:
Un hombre cualquiera es
capaz de experimentar todos los sentimientos humanos, aunque no sea
capaz de expresarlos todos. Pero basta que otro hombre los exprese
ante él, para que enseguida los experimente él mismo, aun cuando no
los haya experimentado jamás.
Para tomar el ejemplo más
sencillo, si un hombre ríe, el hombre que le escucha reír, se siente
alegre; si un hombre llora, el que lo ve llorar, se entristece. Si
un hombre se irrita o excita, otro hombre, el que lo ve, cae en un
estado análogo. Por sus movimientos o por el sonido de su voz
expresa un hombre su valor, su resignación, su tristeza; y estos
sentimientos se transmiten a los que le ven o le oyen. Un hombre
expresa su padecimiento por medio de suspiros y sonidos, y su dolor
se transmite a los que la escuchan. Lo propio ocurre con otros mil
sentimientos.
Sobre esta aptitud del
hombre para experimentar los sentimientos que experimenta otro, está
fundada la forma de actividad que se llama arte. Pero el arte
propiamente dicho no empieza hasta que aquél experimenta una
emoción, y queriendo comunicarla a otros, recurre para ello a signos
exteriores. Tomamos un ejemplo bien sencillo. Un niño ha tenido
miedo de encontrarse con un lobo y explica su encuentro; y para
evocar en sus oyentes la emoción que ha experimentado, les describe
los objetos que le rodeaban, la selva, el estado de descuido en que
se hallaba su espíritu, luego la aparición del lobo, sus
movimientos, la distancia que les separaba, etcétera. Todo esto es
arte, si el niño, contando su aventura, pasa de nuevo por los
sentimientos que experimentó, y si sus oyentes, subyugados por el
sonido de su voz, sus ademanes y sus imágenes, experimentan
sensación análoga. Hasta si el niño no ha visto jamás un lobo, pero
tiene miedo de encontrarlo, y deseando comunicar a otros el miedo
que ha sentido, inventa el encuentro con un lobo, y lo cuenta de
modo que comunique a sus oyentes el miedo que siente, todo esto será
también arte. Arte hay en que un hombre, habiendo experimentado
miedo o deseo, en realidad o imaginativamente, exponga sus
sentimientos en la tela o en el mármol, de modo que los haga
experimentar por otros. Arte hay si un hombre siente o cree sentir
emociones de alegría, de tristeza, desesperación, valor o
abatimiento, así como la transmisión de una de esas emociones a
otros, si expresa todo esto por medio de sonidos que permitan a
otros sentir lo que sintió.
Los sentimientos que el
artista comunica a otros pueden ser de distinta especie, fuertes o
débiles, importantes o insignificantes, buenos o malos; pueden ser
de patriotismo, de resignación, de piedad; pueden expresarse por
medio de un drama, de una novela, de una pintura, de un baile, de un
paisaje, de una fábula. Toda obra que los expresa así es obra de
arte.
Desde que los espectadores
o los oyentes experimentan los sentimientos que el autor expresa,
hay obra de arte.
Evocar en sí mismo un
sentimiento ya experimentado y comunicarlo a otros por medio de
líneas, colores, imágenes verbales, tal es el objeto propio del
arte. Esta es una forma de la actividad humana, que consiste en
transmitir a otro los sentimientos de un hombre, consciente y
voluntariamente por medio de ciertos signos exteriores. Los
metafísicos se engañan viendo en el arte la manifestación de una
idea misteriosa de la Belleza o de Dios; el arte tampoco es, como
pretenden los tratadistas de estética fisiólogos, un juego en el que
el hombre gasta su exceso de energía; tampoco es la expresión de las
emociones humanas por signos exteriores; no es tampoco una
producción de objetos agradables; menos aún es un placer: es un
medio de fraternidad entre los hombres que les une en un mismo
sentimiento, y por lo tanto, es indispensable para la vida de la
humanidad y para su progreso en el camino de la dicha.
Así como merced a nuestra
facultad de expresar los pensamientos por palabras, cada hombre
puede saber lo que antes de él ocurrió en el dominio del
pensamiento, y puede también en el tiempo presente participar de la
actividad de los otros hombres y transmitir a sus contemporáneos y
descendientes los pensamientos que recogió y los que él mismo ha
producido, así también, merced a nuestra facultad de poder
transmitir nuestros sentimientos a los demás por medio del arte,
todos los sentimientos experimentados junto a nosotros pueden sernos
asequibles, así como los sentimientos experimentados mil años antes
que nosotros.
Si no tuviéramos la
capacidad de conocer los pensamientos concebidos por hombres que nos
precedieron y de trasmitir a otros nuestros propios pensamientos,
seríamos como animales salvajes o como Gaspar Hauser, el huérfano de
Nuremberg, que, criado en la soledad, tenía a los dieciséis años la
inteligencia de un niño. Si no tuviéramos la capacidad de
conmovernos con los sentimientos ajenos por medio del arte, seríamos
casi más salvajes aún, estaríamos separados uno de otro, nos
mostraríamos hostiles a nuestros semejantes. De ahí resulta que el
arte es una cosa de las más importantes, tan importante como el
mismo lenguaje.
Se nos ha acostumbrado a no
comprender bajo el nombre de arte más que lo que oímos y vemos en
teatros, conciertos y exposiciones, o lo que leemos en los poemas y
novelas. Pero esto no es más que una parte ínfima del arte
verdadero, por medio del cual transmitimos a otros nuestra vida
interna, o recogemos la vida interna de otros. Toda la existencia
humana está llena de obras de arte, desde las canciones que se canta
a los niños para dormirlos, hasta las ceremonias religiosas y
públicas. Todo es Igualmente arte.
Así como la palabra no obra
solamente sobre nosotros en los discursos y los libros, sino también
en las conversaciones familiares, así también el arte en el amplio
sentido de la palabra impregna nuestra vida entera, y lo que se
llama arte en sentido restringido está lejos de ser el conjunto del
arte verdadero.
Durante largos siglos, la
humanidad sólo se fijó en una porción de esa enorme y diversa
actividad artística: en la porción de obras de arte que tenían por
objeto la transmisión de sentimientos religiosos. Los hombres
negaron importancia a todas las formas del arte que no eran
religiosas, a las canciones, bailes, cuentos de hadas, etc.; y
únicamente por azar los grandes maestros de la humanidad censuraron
ciertas manifestaciones de este arte profano, cuando se les
antojaban opuestas a las concepciones religiosas de su tiempo. Así
los sabios antiguos, Sócrates, Platón, Aristóteles, entendieron el
arte, y así lo entendieron los profetas hebreos y los primeros
cristianos, así lo entienden todavía los islamitas, así lo entiende
el pueblo en nuestras campiñas rusas. Recuérdese que maestros de la
humanidad, Platón, por ejemplo, y naciones enteras como los
mahometanos y budistas, han negado a las artes el derecho de
existir.
Sin duda esos hombres y
esas naciones tenían culpa condenando las artes, que era querer
suprimir una cosa que no puede suprimirse, uno de los medios de
comunicación más indispensable entre los hombres. Su error era, sin
embargo, menor que el que cometen ahora los europeos civilizados
favoreciendo las artes con tal que produzcan la belleza, es decir,
con tal que procuren placer. Antes se temía que entre las diversas
obras de arte hubiera algunas que pudiesen corromper a los hombres,
y por impedir su acción deletérea se condenaba el arte; pero hoy el
temor de privarse de un placer nimio basta para hacernos favorecer
todas las artes, a riesgo de admitir algunas extremadamente
peligrosas. Error mucho más grosero que el otro y que produce
consecuencias mucho más desastrosas.
Capítulo 5
El arte verdadero
¿Cómo sucede que ese mismo
arte no religioso que en los tiempos antiguos apenas se toleraba,
haya llegado a pasar por cosa excelente, con tal de que procure un
placer?
He aquí, en resumen, la
causa de ello. La estimación del valor del arte (es decir, del valor
de los sentimientos que transmite) depende de la idea que se forma
del sentido de la vida y de lo que se considera como bueno o malo en
esta vida. La ciencia que distingue lo bueno de lo malo lleva el
nombre de religión.
La humanidad hállase, por
naturaleza, inclinada a ir sin cesar de una concepción más baja,
parcial y obscura de la vida a otra más alta, general y clara. En
este movimiento de progreso, como en todos los movimientos, la
humanidad obedece a jefes, a hombres que comprenden el sentido de la
vida con más claridad que los otros; y entre esos hombres que viven
en una esfera superior a su tiempo, hay siempre alguno que ha
expresado su concepción personal con más claridad que los otros, en
sus palabras o en su conducta. La expresión que da este hombre al
sentido de la vida, unida a las supersticiones, tradiciones y
ceremonias que rodean la memoria de los grandes hombres, formó en
todas las épocas las religiones. Estas son el enunciado de la
concepción que forman de la vida los mejores hombres de cierta
época, y hacia esa concepción marcha luego, inevitable e
irresistiblemente, el resto de la humanidad. Así se explica que, en
todo tiempo, sólo las religiones hayan servido de base para valuar
los sentimientos humanos. Estos, que acercan al hombre hacia el
ideal que les indica su religión, y están en armonía con él, se
reputan buenos; los sentimientos que alejan al hombre del ideal de
su religión, se califican de malos.
Si ahora, como ocurría
entre los judíos antiguos, la religión hace consistir el sentido de
la vida en la adoración de un Dios y en el cumplimiento de su
voluntad, los sentimientos de sumisión a la ley divina se reputan
buenos; así son los que constituyen el buen arte expresados por las
profecías, los salmos y los poemas épicos del Génesis. Todo lo
opuesto a este ideal, como por ejemplo la expresión de sentimientos
de piedad hacia dioses extraños, o bien otros sentimientos
incompatibles con la ley de Dios, todo eso se considera como arte
pecaminoso. Si, por el contrario, como sucedía entre los griegos, la
religión hace consistir el sentido de la vida en la dicha terrestre,
la fuerza y la belleza, será buen arte aquel que exprese la alegría
y la energía de la vida, y arte pecaminoso aquel que exprese
sentimientos de cansancio o depresión.
Si, como ocurría entre los
romanos, el sentido de la vida consiste en colaborar en la grandeza
de un Estado, o como entre los chinos en los honores prodigados a
los antepasados y en la continuación de su método de vida, se dice
entonces que es buen arte el que expresa la alegría del sacrificio
del bienestar personal en provecho del bien de la nación, o el que
expresa el respeto de los antepasados y el deseo de imitarlos; y
todo arte que exprese sentimientos opuestos será tenido por malo. Si
el sentido de la vida consiste en libertarse del yugo de la
animalidad, como ocurre entre los budistas, se reputa arte bueno
aquel que eleva el alma y rebaja la carne, y por malo aquel que
expresa sentimientos que tienden a favorecer las pasiones
corporales. En todas las épocas y en toda sociedad humana, hay un
sentido religioso de lo que es bueno y de lo que es malo, común a la
humanidad entera; y es este sentido religioso el que decide el valor
de los sentimientos expresados por el arte. Así sucedió entre los
judíos, griegos, romanos, chinos, egipcios e indios, y así también
entre los primeros cristianos.
El cristianismo de los
primeros siglos no reconocía como arte bueno más que las leyendas,
las vidas de santos, los sermones, las oraciones y los himnos; todo
lo que expresaba el amor de Jesucristo, la admiración de su vida, el
deseo de seguir su ejemplo, la renuncia de los placeres del mundo,
la humildad, la caridad y todas las obras de arte expresando
sentimientos de goce corporal, todo era considerado como malo y
condenable: las representaciones plásticas sólo se admitían cuando
representaban símbolos, y todo el arte pagano estaba condenado. Así
ocurría entre los primeros cristianos que concebían la doctrina de
Jesucristo, si no en su forma verdadera, por lo menos en otra
distinta de la pervertida y paganizada que esta doctrina revistió
más tarde.
Al lado de este
cristianismo se formó otro, un paganismo de Iglesia más parecido al
paganismo que a la doctrina de Jesucristo. Y este cristianismo de
Iglesia, consecuente con sus doctrinas, estimó de otro modo las
obras de arte. Habiendo substituido a los principios esenciales del
verdadero cristianismo una jerarquía celeste parecida a la mitología
pagana, habiendo introducido en la religión el culto de Jesucristo,
de la Virgen, de los Ángeles, de los Apóstoles, de los Santos, y
hasta de sus imágenes, creó un arte que expresase del mejor modo
posible este nuevo ideal.
Ciertamente que este
cristianismo no tenía nada que ver con el de Jesucristo; cierto que
era inferior, no sólo al verdadero cristianismo, sino hasta a la
concepción que de la vida tenían los estoicos romanos o el emperador
Juliano; pero, a pesar de todo eso, para los bárbaros que lo
adoptaban, resultaba una doctrina superior a su antigua adoración de
dioses y héroes, de buenos y malos espíritus. El arte que derivó de
esta religión, expresaba el amor hacia la Virgen, hacia Jesús y los
Santos y los Ángeles, la sumisión ciega a los decretos de la
Iglesia, el miedo a los tormentos del infierno y la esperanza en los
placeres del Cielo; y todo arte opuesto a éste, era considerado como
malo.
Y este arte, aunque
reposaba sobre una perversión de la doctrina de Jesucristo, no
dejaba de ser un arte verdadero, ya que respondía a la concepción
religiosa de los hombres, entre los cuales nació. Los artistas de la
Edad Media, inspirándose en el mismo manantial de sentimientos que
la masa del pueblo y expresando esos sentimientos por la
arquitectura, la pintura, la música, la poesía o el drama, eran
verdaderos artistas; y sus obras, como conviene a las obras de arte,
transmitían sus sentimientos a toda la comunidad que les rodeaba.
Tal fue el estado de la
sociedad hasta el día en que, entre las clases nobles y ricas de la
sociedad europea se elevaron algunas dudas acerca de la verdad de
tal concepción de la vida, expresada por el cristianismo de Iglesia.
Cuando después de las Cruzadas estaba en todo su apogeo el poder
papal, las clases superiores empezaron a comprender la sabiduría de
los autores clásicos y cuando vieron el buen sentido y la claridad
de enseñanza de los griegos y la incompatibilidad de la doctrina de
la Iglesia con la enseñanza de Jesucristo, les fue imposible seguir
creyendo en la doctrina de la Iglesia. Sin embargo continuaban
sumisas en apariencia a los formulismos de su Iglesia, pero no era
más que por inercia o por conservar su influencia sobre las masas,
cuya fe y sumisión subsistían. De hecho el cristianismo de la
Iglesia había dejado de ser la doctrina religiosa común a todos los
cristianos. Las clases superiores hallábanse en igual situación que
los romanos instruidos antes del cristianismo; no admitían la
religión de la masa, pero carecían de creencias que pudieran
reemplazar la doctrina de la Iglesia, de la cual se alejaron.
La única diferencia
consistía en que los romanos, que habían perdido su fe en los
emperadores-dioses, no podían pensar en aprovechar nada de las
mitologías complicadas que precedían a la suya, y se veían obligados
a formarse una concepción de la vida enteramente nueva, mientras que
los hombres del Renacimiento, que habían dudado de la verdad del
cristianismo de Iglesia no tenían que ir muy lejos para hallar mejor
doctrina. Con sólo librarse de las perversiones introducidas por la
Iglesia en la verdadera doctrina de Jesucristo, estaban al cabo de
la calle. Esto es lo que hicieron no sólo los reformadores Wiclef,
Huss, Lutero, Calvino, sino también los adeptos del cristianismo no
eclesiástico, los paulinianos, los bogomils, los valdenses y otros.
Pero aquella vuelta al cristianismo primitivo, sólo la realizaron
pobres gentes sin poder temporal. Hubo algunos ricos, como Francisco
de Asís, que admiraron la doctrina de Cristo y le sacrificaron sus
privilegios sociales, pero la mayoría de los hombres de las clases
superiores, aunque hubiesen perdido toda su fe en la doctrina de la
Iglesia, no quisieron ni pudieron seguir su ejemplo, porque la
esencia del verdadero cristianismo consistía en admitir la
fraternidad y la igualdad entre todos los hombres, lo cual anulaba
los privilegios de que gozaban. Esos hombres de las clases
superiores, Papas, Reyes, duques, y todos los grandes de la tierra
permanecieron sin religión, no guardando de ella más que las formas
exteriores, por la cuenta que les tenía no renunciar a los
privilegios de que gozaban. Eran precisamente estos hombres los que,
teniendo poder y riqueza, pagaban y dirigían a los artistas. Notemos
que precisamente estos hombres crearon un arte nuevo, un arte que se
estimaba no en la medida de la expresión de los sentimientos
religiosos de su tiempo, sino en la medida de su belleza, es decir,
del placer que podían procurar. Incapaces desde entonces de creer en
una religión de la cual descubrieran la falsedad, pero incapaces
también de aceptar el verdadero cristianismo que condenaba su manera
de vivir, esos ricos y esos poderosos tenían que volver a la
concepción pagana que hacía consistir el sentido de la vida en el
placer personal. Entonces se produjo entre las clases superiores lo
que se llama el Renacimiento de las ciencias y de las artes. La
época del Renacimiento fue un período de escepticismo completo para
las clases superiores. No teniendo fe alguna religiosa, los hombres
de las clases superiores adoptaron por regla el placer personal. Y
habiendo admitido como criterio de buen arte el placer, o en otros
términos, la belleza, sintiéronse dichosos al poder aceptar la
concepción artística -muy grosera, por otra parte- de los antiguos
griegos. Su nueva teoría del arte fue el resultado directo de su
nueva manera de comprender la vida.
Capítulo 6
Falso arte
Desde el momento en que las
clases superiores de la sociedad perdieron su fe en el cristianismo
de Iglesia, la belleza, es decir, el placer artístico, les dio la
forma del bueno y del mal arte. En conformidad con esta noción, se
formó una nueva teoría estética entre las clases superiores, a fin
de justificarla; una teoría según la cual el arte no tiene otro
objeto que producir la belleza. Los partidarios de esta teoría
estética, para darle mayor apariencia de verdad, afirmaron que no
era de su inventiva, sino que derivaba directamente de la naturaleza
de las cosas y que fue ya formulada por los griegos. Eran éstas
afirmaciones arbitrarias y además inexactas; verdad es que los
griegos no distinguían muy bien lo bueno de lo bello; pero esto
dependía de su concepción moral de la vida. No tenían idea alguna de
la perfección superior de la belleza moral, que no sólo es distinta
a la belleza artística, sino muchas veces contraria a ella, y que,
presentida ya por algunos profetas judíos, fue plenamente expresada
en la doctrina de Jesucristo. Suponían que lo bello debe ser
necesariamente bueno. Sócrates subordinaba la bondad a la belleza;
Platón, para unir ambas nociones, hablaba de una belleza espiritual;
Aristóteles quería que el arte tuviera una influencia moral. Pero, a
excepción de estos sabios, todos admitían la concordancia perfecta
entre la belleza y la bondad; y así se explica que en el lenguaje de
los antiguos griegos, una palabra compuesta, kalokagathon,
sirviera para designar esa concordancia.
Ese era el resultado de una
cultura insuficiente, una simple confusión de dos nociones muy
distintas. Fue precisamente la que los artistas del Renacimiento
trataron de elevar a la categoría de ley. Intentaron probar que la
unión de la belleza y de la bondad era inherente a la naturaleza de
las cosas, que la belleza coincidía necesariamente con la bondad, y
que el sentido de la palabra kalokagathon (que tenia un
sentido para los griegos, pero no podía tener ninguno para los
cristianos) representaba el más alto ideal de la humanidad. Sobre
tal confusión se ha edificado toda la estética moderna. Y nada es en
verdad menos legítimo que su pretensión de ser la continuación de la
estética de los griegos.
Para quien quiera estudiar
el caso con atención, dice Bénard
en su libro sobre la estética de Aristóteles, la teoría de lo
bello y la del arte están separadas en Aristóteles como en Platón y
en todos sus sucesores. Los griegos consideraban únicamente el
arte como bueno cuando estaba al servicio de lo que entendían por
bondad. Pero el sentido moral estaba tan poco desarrollado en ellos,
que la bondad y la belleza les parecían coincidir. Por lo que hace a
una doctrina estética parecida a la que se les atribuye, nunca la
sospecharon siquiera. La estética se inventó sólo en los tiempos
modernos, y sólo desde Baumgarten ha tomado una forma científica.
A fuer de alemán, ese
pedante combinó y expuso su extraordinaria teoría con gran cuidado
de la exactitud exterior, pero con desdén absoluto de la observación
de los hechos. A pesar de lo absurdo de sus nociones, está teoría se
esparció en seguida entre la gente instruida, hasta el punto de que,
todavía hoy la repiten sabios e ignorantes, como un principio
indubitable y de una evidencia absoluta.
Habent sua fata libelli pro
capite lectoris, pero más
justamente todavía las teorías habent sua fata, según el
grado de error en que está sumida la sociedad donde se inventan esas
teorías. Si una teoría justifica la falsa posición en que vive
cierta parte de una sociedad, por más que le falte fundamento o sea
falsa de un modo manifiesto, se admite como un artículo de fe por
esta parte de la sociedad. Esto es lo que ha sucedido, por ejemplo,
con la teoría célebre y absurda de Malthus, que sostiene que la
población del mundo crece en proporción geométrica, mientras que los
medios de subsistencia lo hacen en progresión aritmética, lo cual
debía producir como consecuencia un exceso de población. Lo propio
ocurrió con la teoría derivada de la anterior que veía en la
selección y la lucha por la vida la base del progreso humano. Es
también lo que ha ocurrido con la teoría de Marx, que pretende
representarnos como fatal e inevitable la destrucción gradual de la
pequeña industria privada por la gran industria capitalista. Aunque
estas teorías carecen de fundamento y contradicen todas las
certidumbres y creencias humanas, aun cuando sean de una inmoralidad
estúpida y repugnante, se admiten dócilmente y sin examen, a veces
durante siglos, hasta que han desaparecido las condiciones sociales
que querían justificar. A tal pertenece la extraordinaria teoría de
Baumgarten, que quiere que la bondad, la verdad y la belleza sean
tres manifestaciones de un Ser único y perfecto.
Se buscará en vano la
sombra de un argumento para apoyar la teoría. La bondad es la
concepción fundamental que forma la esencia de nuestra conciencia,
concepción que la razón no puede definir, pero que sirve para
definir todo lo demás; es el fin supremo, eterno, de nuestra vida.
La bondad es lo mismo que nosotros llamamos Dios.
Baumgarten tiene razón en
esto. Pero la belleza, si queremos hablar de lo que entendemos, la
belleza es sólo lo que nos gusta, y por consecuencia, la noción de
la belleza, no sólo no coincide con la de bondad, sino que antes
difiere de ella, pues la bondad coincide a menudo con una victoria
sobre nuestras pasiones, mientras que la belleza está en la raíz de
todas ellas. Bien sé que se habla siempre de una belleza moral o
espiritual; pero esto es un simple juego de palabras, ya que esta
belleza moral o espiritual no designa otra cosa que la bondad.
En cuanto a lo que llamamos
la verdad, es sencillamente la concordancia de la definición de un
objeto, o de su explicación, ya con la realidad, ya con una
concepción de este objeto, común a todas las inteligencias; y, por
consiguiente, puede decirse que la verdad es uno de los medios de
producir la bondad; pero lejos de confundirse con la belleza no
coincide a menudo con ella. Sócrates y Pascal, y otros sabios,
además, estimaban que conocer la verdad acerca de objetos inútiles
no estaba en modo alguno de acuerdo con la bondad, y hasta que había
verdades nocivas, es decir, malas.
Con la belleza, por otra
parte, no tiene la verdad la menor relación, y muy a menudo está en
contradicción con ella, pues la verdad produce generalmente la
decepción y destruye la ilusión, que es una de las condiciones
principales de la belleza. ¿No es raro que la reunión arbitraria, en
un solo conjunto, de tres nociones tan extrañas una a otra haya
podido servir de base a la teoría en nombre de la cual una de las
manifestaciones más bajas del arte ha podido pasar por el arte más
sublime: la manifestación del arte que tiene por único objeto el
placer, aquella contra la cual todos los maestros de la humanidad
han puesto en guardia a los hombres? Y nadie protesta contra tales
absurdos. Los sabios escriben largas obras incomprensibles en que
hacen de la belleza uno de los términos de una trinidad estética.
¡Estas palabras, lo Bello, lo Verdadero, lo Bueno, se repiten, con
mayúsculas, por filósofos y artistas, por poetas y críticos que
imaginan, pronunciándolas, decir algo sólido y definido, que puede
servir de base a sus opiniones! Y la verdad es que no solamente
estas palabras no tienen sentido definido, sino que impiden dar un
sentido definido a ningún arte, pues sólo fueron creadas para
justificar la falsa importancia atribuida a la forma más odiosa del
arte: a la que tiene por único objeto producirnos placer.
Capítulo 7
El arte de los escogidos
Pero si el arte es una
actividad que tiene por objeto transmitir de un hombre a otro los
sentimientos mejores y más elevados del alma humana, ¿cómo explicar
que la humanidad, durante todo el período moderno, haya prescindido
de tal actividad y la haya sustituido por una actividad artística
inferior, sin otro fin que el placer?
Para contestar a tal
pregunta necesita destruir previamente el error que se comete, por
lo común, atribuyendo a nuestro arte la categoría de arte universal.
Estamos tan acostumbrados a considerar la raza de que formamos parte
como la mejor de todas, que, al hablar de nuestro arte, tenemos la
absoluta convicción no sólo de que es verdadero, sino que es el
mejor de todos. En realidad sucede lo contrario; lejos de ser
nuestro arte el único, sólo se dirige a una ínfima parte de las
razas civilizadas. Se puede hablar de un arte nacional judío,
griego, egipcio, chino, e indio. Tal arte, común a una nación
entera, también existió en Rusia hasta Pedro el Grande, y en
el resto de Europa hasta el siglo XIII y XIV. Pero desde que las
clases superiores, habiendo perdido la fe en las doctrinas de la
Iglesia, quedaron sin fe ninguna, no hay duda de que puede llamarse
arte europeo o nacional. Desde entonces, el arte de esas clases
superiores se divorció del que profesaba el pueblo y hubo dos artes:
el del pueblo y el de los delicados. Resulta de ahí, que no ha
vivido la humanidad sin arte en los tiempos modernos, sino que
solamente han vivido sin arte las clases superiores de nuestra
sociedad europea y cristiana.
La consecuencia de esta
falta de arte verdadero se ha patentizado por la corrupción de las
clases que padecen esa falta. Todas las teorías confusas e
incomprensibles sobre las obras de arte, y en particular la
persistencia con que nuestro arte se enloda y atasca en el camino;
todo esto es consecuencia de esta afirmación tan repetida, a pesar
de lo absurda que es: que el arte de nuestras clases superiores es
el arte entero, el verdadero, el universal, el único. Aseguramos que
el arte que poseemos es él solo, arte real. Y sin embargo, los dos
tercios de la raza humana viven y mueren sin tener noticia siquiera
de este arte único y supremo. Hasta en nuestra sociedad cristiana,
apenas si un hombre entre cien se cuida de él; los otros noventa y
nueve viven y mueren, de generación en generación, aplastados por el
trabajo, sin gustar nuestro arte, que es, por otra parte, de tal
especie, que aun cuando cuidaran de él, no lo comprenderían. Se
objetará que si todos no participan del arte actual, no puede
achacarse la culpa al arte, sino a la falsa organización de nuestra
sociedad, y que puede preverse para lo porvenir un estado social en
que el trabajo físico lo harán en gran parte las máquinas y estará
aliviado por una distribución más general y equitativa. Entonces no
habrá hombres que estén obligados a pasarse la vida entera entre
bastidores para hacer los cambios de decorados, o a tocar el
cornetín en la orquesta, o a imprimir libros; los hombres que harán
tales trabajos sólo emplearán en ellos algunas horas, y podrán gozar
de las delicias del arte el resto del día.
Esto es lo que dicen los
defensores del arte actual. Seguro estoy de que ni ellos mismos
creen lo que dicen. No pueden ignorar que el arte, tal como lo
entienden, tiene por condición necesaria la opresión de las masas y
sólo perdura gracias a esta opresión. Es indispensable que masas
obreras se consuman trabajando para que nuestros artistas,
escritores, músicos, bailarines y pintores, alcancen el grado de
perfección que les permite producirnos placer. Emancipad a los
esclavos del Capital y será tan imposible producir ese arte, como
imposible es, hoy por hoy, hacer gozar de él a esos mismos esclavos.
Suponiendo que esta
imposibilidad desapareciera y que se hallara un medio para poner el
arte, tal como ahora se entiende, a disposición del pueblo, otra
consideración aparece para probar que este arte no puede ser
universal: la de que es absolutamente incomprensible para el pueblo.
Antes los poetas escribían en latín; ahora las producciones
artísticas son tan ininteligibles para la mayoría de los hombres
como si estuvieran escritas en sánscrito.
¿Se contestará, acaso, que
la culpa de ello debe echarse a la falta de cultura, y que el día en
que todos hayan recibido igual educación, todos podrán comprender
nuestro arte? También ésta es una respuesta insensata, pues vemos
que el arte de las clases superiores ha sido siempre un mero
pasatiempo para ellas, sin que los demás hombres hayan llegado a
comprenderlo. Aun cuando las clases inferiores se hayan civilizado,
el arte que no engendran ellas siempre les ha sido extraño. Les es y
les será extraño siempre porque expresa y transmite sentimientos
propios de una clase ajenos al resto de los hombres.
Así es que, por ejemplo,
sentimos cómo el honor, el patriotismo, la galantería y la
sensualidad, que informan el arte actual, sólo provocan en el hombre
del pueblo indignación, desprecio o asombro. Si las clases
trabajadoras pudieran oír, ver y leer lo que forma la esencia del
arte contemporáneo (lo que es posible en las ciudades por medio de
museos, conciertos populares y bibliotecas), el hombre de esas
clases, si no estuviese pervertido y conservase el espíritu de su
condición, nada podría comprender de nuestro arte, o si, por
casualidad comprendiese algo, ese algo no elevaría su alma, sino que
antes bien la pervertiría.
Aquel que reflexiona
sinceramente, ve que el arte de las clases superiores no podrá ser
nunca el arte de una nación entera. Sin embargo, si el arte es una
cosa importante, si tiene la importancia que se le atribuye, si es
tan importante como la religión, debe ser en tal caso accesible a
todos. Y como el arte actual no lo es, se deduce de ahí que, o no
tiene la importancia que se le atribuye, o se llama arte a lo que no
lo es.
El dilema es fatal; los
hombres inteligentes e inmorales lo esquivan negando que la masa del
pueblo tenga derecho al arte. Estos hombres, proclaman, con perfecta
imprudencia, que sólo deben gozar del arte los escogidos,
los intelectuales o los súper-hombres para emplear la
expresión de Nietzsche; y que el resto de los hombres, vil rebaño
incapaz de saborear tales goces, debe limitarse a conseguir que los
otros los saboreen. Por lo menos esta afirmación tiene la ventaja de
no tratar de conciliar lo irreconciliable y de confesar que nuestro
arte sólo sirve para una clase privilegiada. Así es, en efecto, y
así lo comprenden los que lo practican; pero esto no impide que
aseguren que el arte de las clases privilegiadas es el único que la
humanidad debe reconocer.
Capítulo 8
Consecuencias de la perversión del arte: empobrecimiento del campo
artístico
La falta de fe de las
clases superiores ha hecho que en vez de un arte que tendiera a
transmitir los más altos sentimientos de la humanidad, es decir,
aquellos, que dimanan de una concepción religiosa de la vida,
tengamos un arte que sólo tiende a producir mayor suma de placeres a
una clase determinada de la sociedad. De todo el inmenso dominio del
arte, sólo ha sido cultivada la parte que produce placer a dicha
clase.
Hecha abstracción de los
efectos morales que ha producido en la sociedad europea tal
perversión de la noción del arte, esta perversión ha debilitado el
arte mismo, y casi lo ha destruido. Como primer resultado, ha hecho
que el arte, tomando por objeto el placer, se haya privado de
asuntos infinitamente variados que podrían darle las concepciones
religiosas de la vida. Luego, dirigiéndose sólo a un pequeño
círculo, ha perdido el arte la belleza de la forma, y se ha
convertido en afectado y oscuro. Su tercero y principal resultado,
ha sido que el arte ha dejado de ser espontáneo y sincero para
convertirse en artificioso y falso.
El primero de estos tres
resultados surgió tan pronto como el arte se apoderó de las nociones
religiosas. El mérito de los asuntos, en toda obra de arte, depende
de su novedad. Una obra de arte no vale nada si no trasmite a la
humanidad nuevos sentimientos. Así como en el orden de los
pensamientos, no tiene valor aquel que no es nuevo y se limita a
repetir lo que ya se sabe; así una obra de arte no tiene valor sino
cuando lleva al torrente de la vida humana un sentimiento nuevo,
grande o pequeño. El arte se privó del manantial que podían producir
esos sentimientos nuevos el día en que empezó a estimar los
sentimientos, no por la concepción religiosa que expresaban, sino
por el grado de placer que producían. Nada hay, en efecto, más
invariable y constante que los sentimientos que derivan de la
conciencia religiosa en distintas épocas.
No podría suceder de otro
modo: el placer del hombre tiene sus límites fijados por la
naturaleza, el movimiento progresivo de la humanidad no tiene
límites. Cada paso que la humanidad da hacia adelante hace que los
hombres experimenten sentimientos nuevos, entendiendo aquí por
progreso cada nuevo desarrollo de la conciencia religiosa. Sólo de
esta conciencia pueden brotar emociones frescas y nunca sentidas. De
la conciencia religiosa de los griegos surgieron los sentimientos
tan nuevos, importantes y varios hasta lo infinito que expresan
Homero y los grandes trágicos. Lo mismo ocurre con los judíos, que
llegaron a la concepción de un Dios único: de tal concepción
dimanaron nuevas e importantes, las emociones expresadas por los
profetas. Así sucedió con los poetas de la Edad Media: igual
sucedería entre los hombres actuales que volvieran a la concepción
religiosa del verdadero cristianismo.
Infinita es la variedad de
sentimientos nuevos que tienen su raíz en las concepciones
religiosas, y esos sentimientos serán siempre nuevos, porque las
concepciones religiosas son siempre la primera indicación de lo que
va a realizarse, es decir, de una nueva relación del hombre con el
ambiente que le rodea. Pero los sentimientos que dimanan del afán de
buscar el placer, no sólo son limitados, sino que han sido
comprobados y expresados y repetidos hace mucho tiempo. De esto
resulta que la falta de las clases superiores ha condenado al arte
de ellas a nutrirse con un alimento asaz mezquino y el más pobre de
todos.
Este empobrecimiento de las
fuentes de inspiración artística se ha acentuado porque al dejar de
ser religioso cesó también de ser popular el arte, restringiendo así
la serie de sentimientos que podía transmitir. La serie de
sentimientos experimentados por los poderosos y los ricos que no
tienen siquiera noción del papel que desempeña el trabajo de la
vida, es mucho más pobre, limitada e insignificante que la serie de
sentimientos naturales del hombre que trabaja. Ya sé que en nuestros
círculos intelectuales predomina la opinión contraria. Recuerdo que
Gontcharof, el novelista, hombre instruido e Inteligente, pero
ciudadano hasta el tuétano, me explicaba un día que nada podía
decirse ya de la vida de las clases bajas, después de lo escrito por
Turgenef. Según él, no había lugar a duda. La vida de los obreros le
parecía una cosa tan miserable, que los relatos de la vida del
campo, de Turgenef, habían agotado la materia. Por lo contrario, la
vida de los ricos, con su galantería y su eterno descontento, le
parecían una fuente inagotable. Un hombre de mundo besaba la mano a
su querida, otro le besaba el hombr |