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Pequé de ingenuo al pensar que esta novela podía prescindir de un
prólogo. Acostumbrado a decir cuanto pienso en voz alta, e incluso a
respaldar cuanto digo con los más insignificantes detalles,
albergaba la esperanza de que se me entendiera y se me enjuiciase
sin precisar explicaciones previas. Al parecer, estaba en un error.
La
crítica ha recibido el presente libro con voz brutal y airada. Hay
personas virtuosas que, en periódicos no menos virtuosos, han hecho
una mueca de asco mientras lo cogían con unas tenazas para arrojarlo
al fuego. Hasta las publicaciones literarias modestas, esas en que
aparece todas las tardes la gaceta de alcobas y gabinetes privados,
se han tapado la nariz, hablando de apestosa basura. No me quejo ni
poco ni mucho de tal acogida, antes bien, me satisface mucho
comprobar que mis colegas tienen los nervios sensibles de una
jovencita. Es de todo punto evidente que mi obra pertenece a mis
jueces, y que puede parecerles nauseabunda sin que me corresponda
derecho alguno a protestar. De lo que me quejo es de que, a lo que
me parece, ni uno de los púdicos periodistas a quienes se les han
subido los colores al leer Thérèse Raquin haya comprendido la
novela. Es posible que se les hubieran subido aún más caso de
haberla entendido; pero, al menos, podría yo estar ahora disfrutando
de la íntima satisfacción de su justificada repugnancia. Nada me
resulta más irritante que ver cómo unos honrados escritores
denuncian la depravación con grandes voces siendo así que tengo el
hondo convencimiento de que no saben por qué dan esas voces.
Me
veo, pues, en la obligación de tener que presentar personalmente mi
obra a mis jueces. Voy a hacerlo en unas cuantas líneas, sin más
propósito que el de evitar en el futuro cualesquiera malas
interpretaciones.
En
Thérèse Raquin pretendí estudiar temperamentos y no
caracteres. En eso consiste el libro en su totalidad. Escogí
personajes sometidos por completo a la soberanía de los nervios y la
sangre, privados de libre arbitrio, a quienes las fatalidades de la
carne conducen a rastras a cada uno de los trances de su existencia.
Thérèse y Laurent son animales irracionales humanos, ni más ni
menos. Intenté seguir, paso a paso, en esa animalidad, el rastro de
la sorda labor de las pasiones, los impulsos del instinto, los
trastornos mentales consecutivos a una crisis nerviosa. Los amores
de mis dos protagonistas satisfacen una necesidad; el asesinato que
cometen es una consecuencia de su adulterio, consecuencia en la que
consienten de la misma forma en que los lobos consienten en asesinar
corderos; y, por fin, lo que di en llamar su remordimiento no es
sino un simple desarreglo orgánico o una rebeldía del sistema
nervioso sometido a una tensión extremada. No hay en todo ello ni
rastros del alma, lo admito de buen grado, puesto que era mi
intención que no los hubiera.
Espero que esté empezando a quedar claro que mi meta era, sobre
todo, una meta científica. Al crear a mis dos protagonistas, Thérèse
y Laurent, me complací en plantearme determinados problemas y en
resolverlos; así fue como sentí la tentación de explicar la extraña
unión que puede darse entre dos temperamentos diferentes; he
mostrado las hondas alteraciones de una forma de ser sanguínea al
entrar en contacto con otra, nerviosa. Quien lea atentamente esta
novela se dará cuenta de que cada uno de los capítulos es el estudio
de un caso fisiológico peculiar. En pocas palabras, mi único deseo
era buscar el animal que reside en un hombre vigoroso y una mujer
insatisfecha; en no ver, incluso, sino a ese animal; en meter a esos
dos seres en un drama tempestuoso y tomar escrupulosa nota de sus
sensaciones y comportamientos. Me he limitado a realizar, en dos
cuerpos vivos, la tarea analítica que realizan los cirujanos en los
cadáveres.
No
se me negará que resulta muy duro, recién concluida tal labor,
entregado aún por completo a los juiciosos gozos de la indagación de
la verdad, tener que oír acusaciones que me imputan el no haber
aspirado sino a describir escenas colmadas de obscenidad. Me he
visto en el mismo caso que esos pintores que copian desnudos sin que
el deseo los roce ni por asomo y se sorprenden a más no poder cuando
algún crítico se escandaliza ante la carne
viva que muestra su obra.
Mientras estaba escribiendo Thérèse Raquin,
me olvidé del mundo, me sumí en
la tarea de copiar la vida con precisa minuciosidad, me entregué por
entero al análisis de la maquinaria humana. Y puedo asegurar que en
los crueles amores de Thérèse y Laurent no había para mí nada
inmoral, nada que pudiera animar a caer en desviadas pasiones. Se
esfumaba la categoría humana de los modelos, de la misma forma que
se esfuma una mujer desnuda para la mirada del artista ante el que
se halla tendida, y éste sólo piensa en plasmar a esa mujer en el
lienzo con formas y colores verdaderos. Grande fue mi sorpresa, por
lo tanto, al oír cómo se tildaba a mi obra de charco de cieno y
sangre, de alcantarilla, de inmundicia y a saber de cuántas cosas
más. Conozco a fondo el lindo juego de la crítica, yo también he
jugado a él; pero admito que la unanimidad del ataque me ha
sorprendido un tanto. ¡Cómo! ¡Ni uno de mis colegas ha sido capaz no
ya de defender mi libro sino de explicarlo! Entre el concierto de
voces que se alzaban para gritar: «El autor de Thérèse
Raquin es un miserable
histérico que se complace en describir escenas pornográficas con
todo lujo de detalles», he esperado en vano otra voz que
respondiese: «No; ese escritor no es sino un analista que quizá se
ha demorado en el examen de la podredumbre humana, pero lo ha hecho
de la misma forma en que un médico se demora en una sala de
disección».
Que quede claro
que no solicito ni poco ni mucho la simpatía de la prensa para una
obra que, a lo que dice, asquea sus delicados sentidos. No aspiro a
tanto. Lo único que me sorprende es que mis colegas me hayan
convertido en algo así como un pocero literario, siendo así que a
sus expertos ojos deberían bastarles diez páginas para reconocer las
intenciones de un novelista; me conformo con rogarles humildemente
que tengan a bien, en el futuro, verme tal y como soy y ponerme en
tela de juicio por lo que soy.
Era fácil,
empero, entender Thérèse Raquin,
situarse en el terreno de la observación y el análisis, hacerme ver
mis verdaderos errores, sin necesidad de recoger un puñado de barro
y arrojármelo a la cara en nombre de la moral. Para oficiar de
crítico digno de tal nombre, se precisaba cierta dosis de
inteligencia y cierta perspectiva. Cuando de ciencia se trata, el
reproche de inmoralidad no tiene razón de ser. No sé si mi novela es
inmoral, admito que nunca me preocupó el hecho de que fuese más o
menos casta. Lo que sí sé es que ni por un momento tuve la intención
de poner en ella esa suciedad que han visto las personas de
escrupulosa moralidad. Se debe ello a que escribí todos sus
episodios, incluso los más febriles, sin más curiosidad que la del
científico. Y desafío a mis jueces a que hallen ni una sola página
realmente licenciosa, escrita para los lectores de esos libritos
rosa, de esas indiscreciones de alcoba y bastidores, de los que se
editan diez mil ejemplares y que recomiendan fervorosamente los
mismos periódicos que han sentido náuseas ante las verdades de
Thérèse Raquin.
Unos cuantos
insultos, muchas simplezas, eso es, pues, lo que he leído hasta el
día de hoy acerca de mi obra. Lo digo aquí con total tranquilidad,
como se lo diría a un
amigo que me
preguntase, en la intimidad, lo que pienso de la postura de la
crítica en lo que a mí se refiere. Un escritor de gran talento, al
que me quejé de la escasa simpatía con que me he topado, me
respondió con estas profundas palabras: «Tiene usted un defecto que
le va a ir cerrando todas las puertas: no puede charlar ni dos
minutos con un imbécil sin hacerle notar que es imbécil». Debe de
ser cierto. Soy consciente de cuánto me perjudico a mí mismo, en lo
tocante a la crítica, al acusarla de falta de capacidad de
comprensión. Y, no obstante, no puedo por menos de dejar constancia
del desdén que me inspira su limitado horizonte y los juicios que
lanza a ciegas, sin capacidad de método alguno. Me estoy refiriendo,
por descontado, a la crítica corriente, a esa que juzga recurriendo
a todos los prejuicios literarios de los necios y no consigue
alcanzar el punto de vista dilatadamente humano que requiere la
comprensión de una obra humana. Nunca he visto tamaña torpeza. Los
raquíticos puñetazos que la crítica de poca monta me ha lanzado al
publicarse Thérèse Raquin
se han perdido,
como suele suceder, en el vacío. En gran medida golpea en falso, al
aplaudir los trenzados de piernas de una actriz de rostro enharinado
para acusar, luego, de inmoralidad, con grandes clamores, un estudio
psicológico; al no entender nada; al no querer entender nada; al
repartir mandobles cuando su atemorizada estupidez le ordena que los
reparta. Es exasperante recibir un vapuleo por un pecado que no se
ha cometido. Hay veces en que lamento no haber escrito obscenidades;
creo que toleraría de buen grado que me diesen una paliza merecida,
mas no esta granizada que me cae encima tontamente, como una lluvia
de tejas, sin saber ni por qué sí ni por qué no.
Apenas si hay, en
nuestros días, dos o tres hombres capaces de leer, entender y juzgar
un libro. De ellos consiento en recibir lecciones, pues estoy
convencido de que cuanto digan lo harán tras haber calado en mis
intenciones y valorado los resultados de mi esfuerzo. Se guardarían
muy mucho de decir estas palabras huecas: moralidad y pudor
literario. Me reconocerían el derecho, en estos tiempos de libertad
artística, de tomar mis argumentos en donde me plazca y no me
pedirían sino obras formales, pues saben que sólo la necedad resulta
perjudicial para la dignidad de las letras. Por descontado que el
análisis que he intentado realizar en
Thérèse Raquin
no los
sorprendería; verían en él ese sistema moderno, esa herramienta de
investigación universal a la que recurre con entusiasmo nuestro
siglo para taladrar el camino del futuro. Fueran cuales fuesen sus
conclusiones, darían por bueno mi punto de partida, él estudio del
temperamento y las hondas modificaciones del organismo sometido al
apremio de los ambientes y las circunstancias. Me hallaría frente a
jueces verdaderos, frente a hombres que buscan la verdad de buena
fe, sin puerilidad ni falsas vergüenzas, y no se sienten en la
obligación de manifestar asco ante el espectáculo de unos ejemplares
anatómicos desnudos y vivos. La investigación sincera lo purifica
todo, igual que el fuego. Cierto es que, ante un tribunal como este
que me complazco en imaginar ahora, sería mi obra muy humilde;
solicitaría yo toda la severidad de los
jueces; querría que saliese de sus manos negra de tachaduras. Pero
habría tenido, al menos, la gran alegría de ver que me criticaban
por lo que he intentado hacer, y no por lo que no he hecho.
Me
parece estar oyendo ya la sentencia de la crítica de altura, de esa
crítica metódica y naturalista que ha renovado las ciencias, la
historia y la literatura: «
Thérèse Raquin es el estudio de un caso excepcional en
demasía; el drama de la vida moderna es más dúctil, se halla menos
preso del horror y la locura. Casos así hay que dejarlos, en las
creaciones literarias, en segundo plano. El deseo de no
desaprovechar ninguno de los elementos de sus observaciones ha
impulsado al autor a destacar todos y cada uno de los detalles, lo
que ha dado al conjunto de la obra tensión y acritud aún mayores.
Por lo demás, carece el estilo de la sencillez que exige una novela
analítica. Sería menester, en resumidas cuentas, para que el
escritor consiguiese ahora buenos resultados, que contemplase la
sociedad desde un punto de vista más amplio, que describiese sus
numerosos y variados aspectos y, sobre todo, que utilizase una
lengua clara y espontánea».
Pretendía responder en veinte líneas a unos ataques exasperantes por
su ingenua mala fe, y me doy cuenta de que he comenzado a conversar
conmigo mismo, como me sucede siempre que me quedo demasiado rato
con la pluma en la mano. Lo dejo aquí, pues sé que es cosa que no
agrada a los lectores. Si hubiese tenido voluntad de escribir un
manifiesto y tiempo para hacerlo, quizá habría intentado defender
eso que denominó un periodista, al hablar de
Thérèse Raquin,
«literatura pútrida». Mas ¿para qué? El grupo de escritores
naturalistas al que tengo el honor de pertenecer cuenta con coraje
suficiente para crear obras fuertes que se defienden solas. Es
precisa toda la voluntaria ceguera de cierta crítica para que un
novelista se sienta obligado a escribir un prólogo. Ya que, por amor
a la transparencia, me he decidido a hacerlo, solicito la
indulgencia de las personas inteligentes que no necesitan, para ver
las cosas con claridad, que nadie les encienda un farol en pleno día.
FIN |