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Historia de una pasión argentina

[Ensayo - Texto completo.]

Eduardo Mallea

Millions of spiritual creatures walk the earth.
Unseen, both when we wake and when we sleep.
Milton, Paradise Lost

PREFACIO

Después de intentar durante años paliar mi aflicción inútilmente, siento la necesidad de gritar mi angustia a causa de mi tierra, de nuestra tierra.

De esa angustia nace esta reflexión, esta fiebre casi imposible de articular, en la que me consumo sin mejoría. Esta desesperanza, este amor —hambriento, impaciente, fastidioso, intolerante—; esta cruel vigilia.

He aquí que de pronto este país me desespera, me desalienta. Contra ese desaliento me alzo, toco la piel de mi tierra, su temperatura, estoy al acecho de los movimientos mínimos de su conciencia, examino sus gestos, sus reflejos, sus propensiones; y me levanto contra ella, la reprocho, la llamo violentamente a su ser cierto, a su ser profundo, cuando está a punto de aceptar el convite de tantos extravíos.

La presencia de esta tierra yo la siento como algo corpóreo. Como una mujer de increíble hermosura secreta, cuyos ojos son el color, la majestad, la grave altura de sus cielos del norte, sus saltos de agua en la selva; cuyo cuerpo es largo, estrecho en la cintura, ancho en los hombros, suave. Su molicie es la provincia; su hijo vivo en el embrión: la entraña activa de los territorios, las gobernaciones, las metrópolis. Su cabeza yace cerca del trópico sin arrebatarse, a la vez próxima y distante; otra cosa. Su matriz está en el estuario, matriz fortísima de humanidad, que penetra hasta la entraña por los dos potentes cauces fluviales, su esbeltez, su sistema nervioso todo, parecen descansar, erectos, eternos, en el sistema vertebral de los Andes. Busto liso de mujer en torno a las bellas turgencias pectorales, los desiertos, las sabanas, los montes del norte indómito; el vientre: la pampa, extenso y sin ondulación como los de la normativa escultura. Sus miembros, armónicos y largos, conformados por las largas colinas pétreas de la Patagonia, no sin el vello regular de los valles. Sus pies se afinan hacia el sur, descansan sobre el estrecho glacial, tocan los acantilados estériles y desiertos del Cabo de Hornos, y dejan que los ingleses —otrora despechados— se entretengan con la babucha suelta de las Malvinas.

Quiero verla así, como mujer, porque mujer es lo que atrae amor; y mater.

¿Qué puede ser el pueblo nacido de esta mujer, mater? Virilidad, serenidad, coraje; inteligencia y hermosura viril, en lo humano; antes de nacer, a nadie se puede presumir traidor de un bello vientre.

La verdad: el pueblo nacido de aquel vientre todo eso ha sido. Y con algo más, todavía con algo más: en él, la inteligencia fue siempre una forma de bondad. Amar en espíritu es compadecer, ha dicho Unamuno, y quien más compadece más ama.

De esas virtudes, he querido saber cuáles existen y cuáles están en trance de muerte.

No quiero un soliloquio, no, sino un diálogo, con ustedes, con los argentinos que prefiero. Esta confesión, ¿qué fertilidad tendría si no son las respuestas? Qué eficacia, sino la inquietud que despierte, el cuidado, el escrúpulo que suscite —el estado de conciencia que sea capaz de crear con su propio estado. Yo no puedo enseñar, yo no puedo —ni quiero— obligar ningún pensamiento, yo no puedo instruir; quisiera, tan solo, conmover; es decir, mover conmigo.

Hacia nuestra Argentina, argentinos insomnes; hacia una Argentina difícil, no hacia una Argentina fácil. Hacia un estado de inteligencia, no hacia un estado de grito. Quiero decir con inteligencia: la puesta en marcha de una desconfianza en nosotros mismos junto con la confianza; solo esto es fecundo. Mientras vivamos durmiendo en ciertos vagos bienestares estaremos olvidando un destino. Algo más: la responsabilidad de un destino. Quiero decir con inteligencia la comprensión total de nuestra obligación como hombres, la inserción de esta comprensión viva en el caminar de nuestra nación, la inserción de una moral, de una espiritualidad definida, en una actividad natural.

Es necesario ir hacia ello, no detenerse, argentinos, argentinos sin sueño, argentinos taciturnos, argentinos que sufren la Argentina como un dolor de la carne.

 

Es a ustedes a quienes me dirijo. No a otros. No es al argentino que se levanta, calcula el alba según términos de comercio, vegeta, especula y procrea. No es al, así llamado, “Señor de la patria”, tan generalmente vendido a oros ignominiosos (y en éstos entra el soborno que sobre cierta índole de hombre ejerce la oscura ceguera de ignorar, el nublado destino de no entender y la campana triste del énfasis). No es a los que “hacen” y “viven de” la Argentina. No. Sino a ustedes, que forman parte, quizá, de esa Argentina sumergida, profunda, a cuya digna y grave gloria está dedicado este libro. A ustedes que tienen la edad del alba.

Aquellos otros son irracionales, la parte irracional (a decir justo: animal) de nuestro pueblo. Y solo en la medida en que lo racional de un hombre es alto crece hacia su raíz la nacionalidad intrínseca, la nacionalidad inmanente, lo nacional. No hay nada más lóbrego y terrible que el nacionalismo de los hombres de razón corta. No es un azar que las bestias no reconozcan patria sino donde confinan su defensa y alimento. Cuanto más elevada es la racionalidad de un ser, más grande es el árbol que su nación planta y extiende en él. Una sola cosa temo, y es el amor sin inteligencia del corazón, porque ésta es la especie de amor que mata por proteger.

Estamos abocados a males tantos, en esta tierra de tanto sol y tanta tierra y tanto cielo, que yo no veo remedio, para salirles al paso, más que el fruto que dé una categórica, radical, rotunda movilización de las conciencias. Movilización es maduración: cuando todas las partículas de un organismo vivo se ponen en extremo movimiento, en agitación, es cuando ese organismo va a dar sazón a su fruto, cuando todo ese organismo se mueve en el sentido de su secreta presciencia y todas sus células han adquirido una suerte de orgánica lucidez. Y si somos todavía un pueblo verde, un pueblo en agraz, no es porque seamos “un pueblo joven” —cándida, inocente mentira, ya que no los hay bajo el sol jóvenes ni viejos, y aun se es más viejo en todo caso por ciertas frustraciones de la juventud—, sino porque nuestra conciencia está en mora, porque ella no se ha desarrollado desde sus fuentes, desde su hondón, sino quedado sobre sí y como cerrada. Lo que estamos es sin fruto verdadero y solo nuestras ramas de árbol criollo se han echado a expandirse por el falso espacio de una supercivilización aparencial. Los hijos de los hijos de argentinos, ¿a qué se parecerán? He aquí una cuestión que hay que sentir preocupadamente. Yo sé a lo que se parecerán en su forma vital, pero no sé a lo que se parecerán en su forma moral. Yo sé que serán ricos, yo sé que serán físicamente fuertes, técnicamente hábiles; lo que no sé es si serán argentinos. Y no sé si serán argentinos porque sé que sus padres han perdido ya hoy el sentido de la argentinidad.

El sentido de la argentinidad. Ya con solo enunciarla, esta frase suena extraña porque apenas tiene crédito en nosotros, no encuentra en la persona el necesario campo crédulo y responsable. Es una oración blanca, por similaridad con esas voces blancas con que se habla en América de las cosas del espíritu y la cultura, es decir, en términos puramente locutorios y no consustanciados. Y si esta oración fundamental es una oración blanca, no hay que poner el grito en el cielo sino en el alma; hay que poner el grito en el alma. Hay que poner el grito en el alma porque estamos ante la comprobación de una certidumbre y es que nuestra conciencia permanece inmatura y de que corremos el riesgo, no ya de seguir siendo, sino de ser cada vez más hombres prematuros.

No lo eran aquellos de quienes nacemos como pueblo. Lo estamos siendo, cada vez más, nosotros. Por una involución, por un proceso de involución ante el que hay que detenerse y decir: no. Sin quedarnos en nuestra aflicción, sumidos en el árido reflexionar de cubil, sino saliendo de nuestro cuarto en modo ardiente y precipitado para llevar adonde mora el vecino la declaración de nuestra decisión crítica y nuestra hambre, nuestro no a este avance inerte cuyo andar es como un sopor que se desplaza sobre hombres, masas y ciudades.

No. La Argentina que queremos es otra. Diferente. Con una conciencia en marcha, siendo esta conciencia lo que debe ser, es decir, sabiduría natural. Si según la teoría socrática recogida por Platón en su Fedón, ciencia es reminiscencia, lo que necesitamos en todo momento es reminiscencia, o sea conocimiento anterior del origen de nuestro destino y en el origen de nuestro destino está el origen de nuestro sentimiento, conducta y naturaleza. En nuestro origen natural está potencialmente contenido nuestro devenir; si perdemos el recuerdo, o sea la ciencia, de nuestro origen interior —¿qué podremos ser más que un optimismo errabundo? Haberse originado es originarse constantemente, nacer es seguir naciendo— y si no sabemos cómo y para qué llevamos en nosotros tan constantes nacimientos, esta ignorancia adquirirá, bajo el aspecto de una vida que se perpetúa, el valor de una muerte que se repite.

 

He aquí que estas reflexiones, llevadas a su extrema consecuencia, no me dejan calma. Cada día veo a la Argentina actual desnaturalizarse en uno u otro acto. De pronto está ahí, presente; de pronto está perdida. Inútil tratar de llamarla a un examen de sí: su voz presente está batida por una suma circunstanciada de ignorancias. Lo cual le improvisa una actitud similar a la de ciertas mocedades, que tan pronto causan gracia como desaliento. ¿Qué hacer ante este país en el que se reproduce la parábola del Hijo Pródigo? Se ha echado a andar en busca de deleite y riqueza; imposible no advertir que se ha alejado también en demasía de algo de lo que no debió alejarse nunca: del sentido de su marcha interior.

Y los pueblos, como los hombres —¡una vez más, Señor, como los hombres!—, no son dueños de sus fines, sino de sus caminos. La existencia de cada especie viviente sobre el planeta no conoce ningún fin; toda ella es camino. Caminos vivos son los hombres, camino el insecto de alas que muere en el aceite. Camino la vida y camino la muerte. Todo es camino. Camino es el cuerpo y camino el alma hacia una remota consumación. Camino el amor, camino la caridad, camino el odio que divide y la esperanza que apunta por el este con cada amanecer. Camino la aparente inmovilidad de las móviles constelaciones; la duda, el gozo y la agonía; camino el hombre que acecha en la sombra para golpear con traición y la mujer que —sangre de su sangre— mata en pleno amor; camino el sueño del taciturno, el coraje del atrevido, la actividad del activo, la pereza del perezoso, el mal periódico de la mujer y en lo alto de su angustia poética su delirio crepuscular, el andar del niño, la cruel reserva del ateo, la mentira del mal cristiano, el orgullo del que medra y la amargura del pobre. Caminos son todos esos.

Malos dueños de nuestros caminos somos cuando empezamos a descuidarlos. Porque entonces, según la parábola de las Escrituras, el que va en busca de días y noches opulentas vuelve por el camino triste siendo cuidador de puercos. Esto lo sabía de sobra Maquiavelo, con su discreción previsora y su cara de oscuro caviloso imbeciloide (según se le ve todavía en un rincón de la cámara ducal florentina), cuando aconsejaba a Lorenzo el Magnífico: “unos han creído y otros siguen creyendo que las cosas de este mundo las dirigen Dios y la fortuna, sin que la prudencia de los hombres influya en su mudanza y sepa ponerles remedio…, pero me atrevo a aventurar el juicio de que si de la fortuna depende la mitad de nuestros actos, los hombres dirigimos, cuando menos, la otra mitad.”

Nada se dirige, a decir verdad, pues vivimos en el llano, punto desde donde no se manda; pero se es o se deja de ser, según que tengamos o no el coraje de nuestra conciencia. Esto, que puede parecer casi nada, es tan grande cosa que solo por ella fue un Hombre apresado en el huerto de los olivos y muerto a la caída de la tarde, una víspera de sábado, y muertos en igual modo el bueno y el mal ladrón, y perdido un mal juez y entristecidos sin aparente motivo algunos centuriones, y enterrada viva mucha gente en las catacumbas de la campiña romana y, época tras época, precipitados los hombres unos contra los otros, sin más que dar de sí, y al final de sus vidas, en lo más cruel de sus guerras, un ligero gemido y una nostalgia tardía de paz y de perduración.

El extravío de nuestro pueblo es joven, tiene los años de este siglo: poco más de treinta y tantos. He visto inmigrantes de antes e inmigrantes de después; en ellos puede estudiarse, como las turbaciones profundas en un semblante, la historia de nuestra decadencia como patria, más que como nación o como Estado. (Y escandalícense poco aquellos a quienes este género de verdades choca: cuanto mayor sea su sentimiento de escándalo, peor será su culpa el día en que haya bastantes decididos a ser mejores.) He visto a extranjeros llegados a nuestro país cuando todavía estaban vivas las voces de nuestras inteligencias mayores, y para esos hombres lo argentino era un estado de religiosidad; gleba y árbol, casa u hombre, a todo lo de aquí cobraban novísima devoción esos hombres venidos de pueblos donde el esfuerzo humano ha perdido eficiencia; estaban aquí viendo el levantamiento casi heroico de una nacionalidad donde todo estaba por crearse, desde los parques metropolitanos, la línea urbana de las viviendas, las canciones de marcialidad, las previsiones de la política, la realidad orgánica del país en lo extrínseco y lo intrínseco, hasta la articulación visible de su inteligencia. Era la gesta moral y la material de un territorio fabulosamente ofrecido al porvenir. Pero éste no era un porvenir ilusorio y desierto, sino un futuro activo y habitado, un futuro presente, como son los futuros de todo aquello que se crea por un acto volitivo, en el cual lo porvenir no es más que el progreso, o forma ulterior, de un acto actual. Y ante el espectáculo de esa auténtica grandeza potencial, los hombres venidos de otras tierras se recogían, se consustanciaban, enmudecían. Yo he visto en su ancianidad, en la ancianidad de hombres así, las huellas de este sentimiento de fervor, tan sencillo, tan emocionante y tan puro. Y ante ellos me he conmovido con una emoción de mi tierra, porque en esos rostros llenos de arrugas negras como las de los antiguos labriegos, amigos ya de lo eterno y sin codicias terrestres, perduraba esa expresión; no otra que la expresión misma de un mundo nuevo, el espectáculo de un amanecer que va sin pausa hasta la medianoche y recomienza. Habían sentido en torno de ellos, de esos extranjeros, el rumor de una sabiduría: el rumor de ideas, sentimientos, esperanzas, gestos, voluntades en marcha, el rumor de un mundo de hombres recientes que se pare a sí mismo, pero no a oscuras, sino como hijo que se abriera paso solo en la tiniebla del claustro materno. Hablaban de las cosas argentinas, de los viejos hombres tutelares, de imborrables lapsos de luz en las oraciones públicas (como el discurso de Avellaneda al ser repatriados los restos de San Martín), de tal o cual virtud sensible en tal o cual hombre nuevo de la tierra nueva, con la misma voz tierna y un poco solemne con que, en el lugar de su nacimiento, más allá del océano, habían aprendido a deletrear el Eclesiastés.

Y he visto a los inmigrantes ulteriores. Y en vano he querido adivinar en esos rostros más jóvenes de ambiciosos el brillo con que se entiende algo más que las letras de los anuncios metropolitanos, se oye algo más que las canciones de café, se ve algo más que la imagen física de un país confortable, se percibe, en fin, algo más definido y profundo que el mero sentimiento de una pretenciosa orquestación nacional. Los he visto: alegres por fuera, sordos por dentro. Atados a nuestro destino, no ya sin conocernos: sin siquiera presentirnos, sin vernos más allá de la piel.

¿Es de ellos la culpa? No; sino nuestra, argentina. Porque la sordera de ellos es un modo que tenemos de aludir a nuestro mutismo. En nuestro mutismo preferimos no pensar. Creemos que basta con proclamarnos para nuestros adentros: adelante, y Dios proveerá.

¡Qué engaño! Qué engaño, porque Dios no proveerá. Está escrito: “el que quiera salvar su alma la perderá…” El que quiera salvar su alma; es así que nuestro libre arbitrio nos pierde cuando no está ordenado a un principio trascendental, cuando lo dejamos irse de las manos de nuestra virtud, de nuestro corazón y de nuestro conocimiento; siendo éstas, no solo las manos fértiles del hombre, sino las ramas del árbol fundamental, el principio de los principios, porque no hay principio que no florezca de esas tres ramas.

 

Inevitable es ahora que empiece por hablar de mí, ¡tan inevitable, tan imprescindible! Estas páginas están dictadas, ya lo he dicho, por una ansiedad, por una aspiración, por una necesidad de diálogo. Quisiera tener algunos rostros argentinos vueltos por un instante a mi propia desazón, a mi propia lucha, a mis propias esperanzas, a mis agonías y renacimientos frente a un pueblo cuyo destino me retiene en los límites agrios del desvelo. Ya casi mi palabra es solo fervor; ya casi no deseo más que partir ese fervor con otros, esto es, confesarme, hacer mi fe común con otros. No hay amistad cierta que no se base en una ininterrumpida confesión, en un comprenderlo, verlo, sentirlo todo confesándoselo. Confesión quiere decir unidad, sin lo cual no puede haber nada entre tú y yo, lector que me has de juzgar, querer, abominar o padecer.

Con lo cual, la pretensión de estas páginas no es poca, y demasiado grande es su propósito; porque pretensión y propósito suyos son encontrar en su camino algunos hombres y detenerse con ellos y contarse los unos a los otros la causa de su contrición y de su fe, y decirse: “Por esto vivimos, por esto padecemos, por esto luchamos, por esto amamos, por esto nos desangramos y por esto morimos.”

Yo no sé que haya en la tierra, con excepción de la fe misma, otra posibilidad de confortación.

 

I. El Atlántico

 

La bahía. El nacer al sentimiento de la tierra. Primeras reflexiones ante la llanura. El colegio de Mrs. Hilton. Los hijos de los colonos. El mundo comienza.

 

Yo casi no tuve infancia metropolitana.

Vi la primera luz de mi tierra en una bahía argentina del Atlántico. A los pocos días me estaría meciendo, como un jugueteo torvo de quién sabe qué paternidad tutelar, el sordo y constante ruido de las dunas —cada segundo desplazadas—, el clima versátil del país, el viento animal. Mi padre era un cirujano de hospital; mi madre una mujer suave, sal de la tierra en su bondad tranquila. Los dos laboriosos y tan honestos de naturaleza que en ellos vi salvarse siempre algo del general naufragio humano. Mi primer amigo fue el viento que venía del océano. Éste, imaginativamente, era para mis sustos, lobo; para mi deleite, perro. En mitad de las noches de invierno, el viento entraba en las vigilias de mi madre y velaba junto a ella, rugiente, mientras mi padre operaba solitario en chalets y despoblados, trabajando en la carne triste. Su mano enérgica no recogía prebenda; si había que cobrar, tomaba; si había que dar, se abría; a los doce años empecé a saber lo que significaba aquel afluir de gente pobre a su consultorio: venían a mirarlo en silencio y a confiarse a él; a veces traían unas aves, otras no traían nada, sino ese confiar penoso, esa entrega llena de triste esperanza. En aquella casa donde se había dicho adiós al oro, las puertas estaban abiertas durante el día y los que no venían a buscar cura venían a pedir consejo.

El árido tiempo del sur apretaba en su garra la bahía. Durante jornadas y jornadas, solo se escuchaba en la ciudad el ruido del fuerte viento y el rumor de las dunas al desplazar sus arenas. Solo un operoso trabajo podía distraer a los hombres de persistentes acrimonias en la fría ciudad atlántica. Era terriblemente difícil vivir en aquel clima rígido y sin consolación. Ni una pradera en torno a la ciudad; ni colores, ni sol, durante días y días, sino la piedra gris, el viento gris, la arena gris; la atmósfera hosca, las tardes interminables, las noches repentinas y profundas. A veces una lluvia fina, luego otra vez el viento, la niebla, el polvo que castigaba furiosamente los ojos viniendo de los médanos. En el nocturno carruaje regresaba mi padre de ver a sus enfermos. El calor de las estufas y la luz de las lámparas nos guardaban a la familia toda en su calor, mientras fuera soplaba la tormenta. Mis padres y mi hermano leían; yo levantaba de pronto una cortina, pegaba mi nariz al vidrio, miraba la noche exterior. Todo me parecía poblado de monstruos imaginarios. Y cuando alguien reía en aquella casa, parecía responder desde fuera un eco cínico. ¡No era, no, la vida suave para este médico de la provincia! Estábamos en pleno desierto. No se podía habitar allí sin sacrificio; toda cosa viva pertenecía, en aquellas latitudes, al páramo, al viento, a la arena.

Hasta ese puerto del Océano venían barcos a detenerse en la ruta de Magallanes al Cabo de Hornos. Yo me preguntaba, mirando hacia el sur, qué sería ese vasto desierto hasta donde llegaban de vez en cuando estos tardíos navegantes con el eco del opuesto hemisferio en sus bocas ajadas por el mal tiempo y el mal licor. Perdido por las calles llenas de aserraderos, luego por los muelles llenos de elevadores, puentes, grúas, me aproximaba curioso a esas embarcaciones. Precarias lecturas de Reclus me habían enseñado mal lo que cada región del planeta deparaba a esos profesionales del mar, que se parecían a ciertos monjes asiáticos por el desprecio a la muerte y una especie de sacro e inhumano hermetismo.

Vivíamos los tres casi silenciosos —mi madre, mi hermano con sus ocho años y yo— en torno a mi padre. Él era un hombre de gran energía y gran ternura, fuerte carácter y fuerte inteligencia, de mucha sabiduría moral y verbal, de expresión tan refinada y elegante que no se sabía qué cosa era en él más señorial, si aquel desprendimiento permanente de su corazón o aquel hablar conciso, vehemente, delicado, con lo cual todo lo tocaba en el orden del pensamiento sin menoscabo, dándole dignidad. Mi padre era pariente de Sarmiento y la historia de su familia está escrita a lo largo de varios capítulos de Recuerdos de provincia. Mi padre ha pertenecido a esa clase de hombres de moral de acero que aparecen en la dura formación social de los países: no solo tenía que recorrer largas leguas en su coche de caballo para ir a operar quirúrgicamente o asistir partos en el hinterland de la zona meridional de Buenos Aires, amenazado muchas veces de muerte si su cura no avanzaba, sino que él, cuya versación en el Dante y El príncipe y Molière era perfecta, hacía también política activa y había sido herido en una pierna a raíz de sus artículos críticos en un periódico de combate. Desde muy niño me acostumbré a admirar en él estas cosas concretas: su vigor mental, su honestidad celosa y hasta violenta, su generosidad entrañable, su cultura, su extraordinario coraje de conciencia; todas cosas en él defendidas por un gran coraje físico. (A los ochenta años este hombre había de tener el ánimo de un hombre de treinta, la inteligencia de un intelectual en su madurez, la consistencia de carácter de un luchador sin ejército.)

A fin de templar su brazo de cirujano y su valor ante los hombres, todas las mañanas hacía esgrima con un profesor. El recuerdo de mis primeros años es el recuerdo de un niño que curiosea esos asaltos en el inmenso zaguán de portal ancho de nuestra casa de ciudad. Luego esa puerta se abría y entraban enfermos; luego venía M. Saint-Hilaire a enseñar a mi hermano el violín, Mme. Thérèse Frigé a practicar con mi padre el francés, la Mac Gregor a enseñarme a mí rudimentos de piano; con ella tocaba mi madre el “Largo”, de Handel.

 

Tenía yo once años cuando estalló la guerra en Europa. De ella tenía solo noticias indirectas, por las conversaciones de mis padres y por aquellas publicaciones francesas que llegaban a mi casa y en las que se veían horribles fotografías de mutilados —¡ah, el largo cuerpo uniformado de Miss Cavell, los “Nach Paris”, fotografiados en siniestro carbón sobre las puertas, los edictos militares, las inscripciones procaces! El recuerdo de la guerra está vinculado en mi memoria a las obras de Croce, Barrés, Ferrero, Bernstein, Lavedan, que leía mi padre; al despertar, en fin, de mi adolescencia: los instintos, las curiosidades, los sueños, las ambiciones.

Es natural que todo organismo tenga sus partes sanas y sus partes enfermas, sus partes torpes y sus partes inteligentes; de todos los organismos sociales, el más determinado por sus partes negativas es la burguesía, pero hay la burguesía embotada y soñolienta de los saurios y una burguesía idealista. Éste es ya un modo de disconformidad, por relativo que sea. Y los artistas nacen por lo general de un clima humano paterno en el que se ha insinuado el germen inquieto de la disconformidad. En cuanto a mí, provengo de este género último de burguesía, de una burguesía idealista. Ojalá algún día esta rémora de aburguesamiento idealista haya desaparecido de mí, no dejando más que a un hombre cuyo espíritu desconozca la comodidad.

Un día, mi padre se había levantado en un Concejo comunal para gritar: “Yo no voto esto porque soy un hombre honrado”, y dejó sin amargura ese destino de funcionario; ya no lucharía políticamente sino en la última campaña del único partido de su vida, la vieja ilustre Unión Cívica, donde por el jefe-amigo Udaondo habría dado gustoso sangre de sus venas. Pero la candidatura de Beazley no triunfó y el partido se retiró del campo político. Mi padre habría preferido cualquier mal a enrolarse en otro cuerpo; pero muchos hombres de su mismo partido, muchos cívicos no pensaban así y se convirtieron luego en radicales, y en otras cosas. (Pese a estas migraciones aisladas y fortuitas, pocas veces ha alcanzado el civismo argentino grado más admirable de honradez colectiva como en aquellos años de organización decente y repudio a la oligarquía. Los años que precedieron inmediatamente al 1916 fueron el digno y recio advenimiento a la política de unos hombres que sentían la cosa pública bajo especie de actuante probidad.) “No medraremos mientras yo viva”, oí que le decía una noche a mi madre, y ella lo seguía en sus convicciones, en su pobreza de hombre que pudo ser muy rico, en esa espartana sencillez y ese carácter, duro como una barra, que le llevaron a no aceptar nunca una situación dependiente. Abandonada la política ya casi por entero —había sido intendente y era todavía uno de los hombres más importantes de su partido, uno de los hombres leales a Udaondo—, comenzó a ir dejando poco a poco la medicina que había ejercido hacia esos años —el ’14, el ’15— por casi treinta, a fin de entregarse todo, corpus et anima, a la educación de sus hijos. Éramos ya los tres únicos, y el mayor estudiaba derecho en Buenos Aires.

 

Mi primer contacto consciente con mi tierra tuvo ocasión entonces. Se nace o no se nace a este sentimiento; puede uno acaso vivir mil vidas sin rozarlo nunca. Nací yo a él en las largas tardes solitarias de la ciudad del sur, cuando, de pie en un alto balcón trasero de mi casa, veía las infinitas lomas que iban a volcar la metrópoli en los médanos y el campo. Eso era la pampa, el horizonte remoto, la llanura, el desierto. Subiendo por la loma lejana pasaba de tiempo en tiempo el hormiguear de un entierro; el cortejo ascendía, de pronto se esfumaba. A unos centenares de metros comenzaba la campiña pobre bajo un cielo sin comparación. Los destinos humanos casi no turbaban, con sus conversiones y sobresaltos, el diálogo terrestre con las nubes, la suerte del trigo invisible que crece del grano muerto y recomienza. Como asegura Lucano en la Farsalia, hay un punto del monte desde el cual los ejércitos en lucha parecen inmóviles; y al fin de esta inmensidad sin ondulaciones, a los ojos de esta madre, la tierra indómita, toda acción parece vana, solo el pensamiento la alcanza y subordina. Yo, ensimismado, no veía más que la tierra desnuda, la tierra nuestra, la inmensa vastedad limpia y austera, la argentina llanura. Adolescente sin razón clasificadora y discriminativa, todo me parecía más categórico que el hombre en un suelo desprovisto de confines. Tal vez porque toda concepción es en la infancia de naturaleza material, y la materia no manda sobre la materia. Mi espíritu dormitaba, soñaba; todo yo me hacía paisaje; mi ánimo se acostaba un rato en las pequeñas lomas y partía luego, al mismo tiempo raudo y quieto, hacia el llano.

Muchas veces me quedaba en nuestra casa, solo con los criados, y mientras ellos jugaban sus juegos con el naipe mugriento en la antecocina, subía yo al balcón a la hora del Ángelus. Gracias a ese rito iba despertando a la forma original de mi tierra, transido ante el silencio y la soledad del llano melancólico. Tierra desierta y urbes; así era todo el país; tierra desierta y urbes, ruido vertiginoso y soledad. Y a medida que pasaban días —agosto después de julio, septiembre después de agosto—, se iba mi ánimo adecuando cada vez con más extensión y profundidad a la forma de esa naturaleza circundante, planicie en la que nada resonaba sin un toque tiernamente salvaje y taciturno.

Tiernamente salvaje y taciturna tierra en la que cada día se me enseñaba el nombre de una reciente población, el aumento de unos millones de almas, los diferentes sentidos del progreso desencadenado… Al norte, al sur, al este, al oeste, crecían poblaciones; hongos furtivos junto a la roca de un centro multitudinario; al norte laboraban los ingenios; al noroeste corría entre trapiches el zumo de copiosas vides; hacia los Andes, la pampa, el centro, se multiplicaban bíblicamente los ganados y cereales; en la capital crecía la piedra, el oro; el agio; en las gobernaciones nacía fruta opulenta; por todas partes proliferaba la alegría del sembrador matinal, y hacia el sur, tierra prometida, jerárquico paraíso después de tanta labor sorprendente, iban a desprenderse los llamados “ferrocarriles faraónicos”. Ah, ¡condición frívola del hombre!; todo eso era el primer caminar del Hijo Pródigo.

Detrás de ese externo esplendor, estaba el hombre desnudo enfrentado con la tierra desnuda, el habitante natural frente a frente, a solas con su destino interior. Con su destino, no como individuo de una clase, parcela de una suerte social colectiva, no como ente de la fortuna, no como sujeto de las alternadas: trabajo y ocasión; sino como persona de aparente libertad terrible y sino peligroso. Como persona ante el Último Juicio y no ante el transitorio y afortunado. Y el Último Juicio no vendrá con la consumación de los siglos; cada día nos procesa secretamente. La persona enfrentada con los otros hombres, la tierra, la religión; la persona desnuda —esa persona—, se había quedado atrás. Venía detrás, sombra grave que sigue al que dilapida.

 

El niño que había en mí, sin cansarse, miraba la llanura. Sobre esa perspectiva todo lo iba viendo con claridad; semejante a ese extremo punto del fondo en que el primitivo parecía poner la suma de su visión sensible: el color del horizonte que infunde espíritu, luz, tono, acento, a la masa plástica. Toda esa extensión salvaje —fui concibiendo, a medida que el adolescente perdía materia—, solo por una cosa iba a ser conquistada, solo por una cosa, por una forma moral tan fuerte y definida como ella: idea, pasión o sentimiento.

¿Dónde buscar esa idea, esa pasión, ese sentimiento?

Primero en las aulas de un colegio privado, luego en las del colegio superior buscaba yo ese signo en los estudiantes que me rodeaban. En el primero, un colegio inglés mantenido bajo la férula de Mrs. Hilton —corpulenta australiana de tez bronce que nos gobernaba con el látigo, bien que siempre justa como corresponde a los mejores entre los más fuertes—, se agrupaban los hijos rubios de tantos y tantos colonos, hijos de dinamarqueses, de noruegos, de galeses, de alemanes, de galos, de celtas. Allí corrí en los recreos junto a los Jorgensen, allí conocí a los Rasmussen, allí a los Denholm y a los Le Tesson. Allí admiré cándidamente a los más diestros y a los más valientes, a Héctor, a Stanley Geddes, mayores, a quienes más de una vez acompañé en sus incruentas luchas como escudero. ¡Ah!, Héctor y Stanley Geddes —el uno muerto, el otro, ¿dónde?— que no se dignaban mirar al condiscípulo menor, que no corrían sino contra el viento, altivos, osados y belicosos, en aquella ciudad del Atlántico, ¡cuanta devoción muda les di!

Recuerdo sobre todo los inviernos en el colegio de Mrs. Hilton. El gran patio desierto y rectangular, las dos únicas aulas enormes, separadas por una mampara de vidrio. La clase superior y la clase inferior, donde se mezclaban sin otra jerarquía todos los grados y donde todos nos sentábamos al sol de las mañanas, desde el fiero Valpoli, cuyos dedos se agarrotaban con crueldad, hasta las muchachas de trenzas Auburn y ojos claros… Mientras aquellos cincuenta muchachos jugaban furiosamente en los recreos, me gustaba más bien observarlos, admirarlos, odiarlos o quererlos según sus propias diferentes naturalezas, y sacar a la luz de cielo o infierno el secreto de tantas incipientes vocaciones. Como la cola del cometa en la polvareda cósmica, mi ánimo se iba tras éste a aquel rapto de otra alma, tras la rebeldía de este precoz facineroso o la unción temprana del manso, en el fugaz espacio del asueto, no sin que, en uno u otro caso, mi asombro se jugara alternativamente siguiendo la proyección que imaginaba en aquellos dos opuestos destinos. Cuando me llamaban a correr, mi eficacia era mediocre: si urgidas iban mis piernas, otra urgencia era mayor, la carrera de mi asombro, mi reflexión, mi hurañez mediante. Eran días de descubrimiento, y en el terreno de lo humano como en el terreno de lo físico, tenía nuevos motivos de sorpresa y encanto, desde la simétrica nervadura de la hoja hasta la forma de constitución de la arena, desde la omnisapiencia de los libros clásicos hasta el relato de la aldeana, desde los ritos de la liturgia del domingo y la imagen del Creador crucificado hasta el dulce y secreto misterio de la gracia en los rostros de las chicas que atravesaban la plaza central con el débil cabello al viento del atardecer… Pero el asombro significa perder un tiempo, asombrarse es detenerse; y entre todas aquellas turbulentas infancias, solo la mía era lenta, inexperta, ineficaz. Para los juegos me consideraban perdido; pero de ese extravío retornaba con mi fantasía colmada, los pequeños ojos ardientes de lucidez y descubrimiento, el alma en vilo. Una vez se jugaba a la ejecución, al fusilamiento; servía de proyectil una pelota; el verdugo, terriblemente diestro, la arrojaba desde lejos como un rayo, en el momento en que el sentenciado echaba a correr a fin de intentar la suerte de salvarse; cuando me tocó el turno, esperé, y al levantar el otro desde lejos la mano, abrí los ojos, corrí transversalmente; pero él arrojó la pelota con una carcajada salvaje; había calculado exactamente el arranque del tímido; y sentí estrellarse el proyectil como un latigazo en plena mejilla… ¡Ah, anticipaciones! ¡Siempre me iba a alcanzar así todo en la vida, hiriéndome al ir a correr, en alevoso cálculo ajeno de una falta de cálculo mío, en el instante mismo de alzarme de la tierra con los ojos abiertos y ardientes, sorprendidos!

¡Le Tesson, Bigliardi, Denholm, Valpoli, Battistoni, cómo cazaba yo en ustedes los pájaros díscolos! Es así que, mientras dispersos en quién sabe cuántos rincones del país me habrán ustedes olvidado, relegado sin reminiscencia al desván oscuro del alma, yo todavía los pienso, los frecuento, los llamo a la luz de esta tardía convocatoria…

La vecindad de esos hijos de colonizadores, de esos casi extranjeros, me exaltaba de un modo oscuro y secreto. Sentía gravitar su tenacidad sin énfasis sobre la suerte de mi tierra. Los quería. Hubiera dado por ellos todas mis ambiciones de criatura, mi salud y mi sangre; por ellos empecé a querer los libros de sus países, las leyendas heroicas y los primeros libros de aventuras escritos en la lengua de Sir Walter Scott. Venían a mezclar, en el fragor de los recreos, sus viejos vocablos rígidos a un español que amanecía. Venían a traer una sabiduría natural de las intemperies a nuestra sangre reciente.

Los quería. Muchas tardes, cuando el viento arrastraba desde el Océano la arena de las dunas, regresaba del colegio con alguno de ellos atravesando la Plaza Municipal y, al rozar sus labios cualquier tema, descubría en esos casi niños una asombrosa seguridad en las propensiones, los gustos, los proyectos. Años más tarde, al cursar los años del Colegio Nacional, no encontré en mis compañeros argentinos una determinación comparable a la de aquellos recién llegados. Tanto en la belleza de las muchachas de ojos claros y piel fina —una Flossie Rae, una Elsa Bogges—, soberbias y de aspecto boreal, como en la aparente sequedad, lo áspero de los muchachos se revelaba el designio de hacer un país. Sabían la parte que les tocaba en esa construcción, la parte que a cada uno le correspondía, fuera su vocación la del ganadero, fuera la del industrial.

El látigo de Mrs. Hilton, que no me tocó nunca, me enseñó en cambio muchas cosas. Por él supe lo que hace en cada hombre la presencia de un orden, lo que eso enriquece y fortalece; qué clase de aristocracia impone al alma la aceptación de un orden lúcido. Ella lo imponía, con su esbeltez de ménade bronceada y sus ojos grises de mirar duro, no sin que, cuando era necesario, el corazón sustituyera en esas facciones pétreas la dureza por el enternecimiento. A mí, que no sabía nada de Australia, me parecía ella lo suficientemente grande como para no tener que aprender ya más de esa nación. Por su látigo, aplicado sobre las manos del que miente —¡tantas veces encarnizado sobre Le Tesson, a quien amenazaba ya con enviar tras correctivo a una nave de guerra!—, sobre las manos del que traiciona o se complace en constantes perezas, aprendí cómo no le cabe al hombre sino que la justicia se la impongan, ya que por sí solo nada en sí castiga. (Pero ese aprendizaje era propio de aquella edad; después habría de ver su gran engaño.)

En las largas tardes del cielo Tiépolo, yo leía en el jardín hasta ver muerto el crepúsculo. Lo fabuloso, en el orden humano y en el divino, eran ondas que el mar del mundo me alargaba, desde el fondo de las páginas leídas con voracidad, la uña entre los dientes. Los días de frío, mi madre me mandaba que cambiara de ropa, temerosa de que el aire cortante fuera a poner en mí su filo. Yo subía las escaleras, iba hasta el tercer piso, donde estaban los dormitorios, casi en un sueño: más que la realidad familiar habitábamos entonces las figuras extraordinarias —Little Dorrit jugaba con el extraño habitante de la abadía, con Stephan Gray; y Sexton Blake me llenaba de envidia ardiente y policiales ambiciones—.

Pasé luego de aquel colegio británico al Nacional y tuve por primera vez encuentro con profesores argentinos: eran médicos o abogados indolentes que enseñaban indolentemente gramática o aritmética. Su interés por los estudiantes comenzaba con la hora de clase y acababa con ella. Si antes había aprendido en inglés quién era San Martín, aquí empecé a olvidarlo tenazmente. La psicología de mis condiscípulos era otra, creada por aquella indolencia, por aquel perpetuo abandono del maestro, y nadie se preocupaba sino de vivir cómodamente, con poca lectura y menos repaso. Del serio carácter nórdico a la holganza criolla, el tránsito no me fue a la sazón desagradable. Más que escuchar en clase a todos esos bostezantes doctores, me atraía la ciudad, la calle humana, la llanura, el puerto, mis libros entrañables, los eternos: Dumas, Dickens, Stevenson y Gaboriau. Además, la conducta de los hombres, las miradas de las mujeres. Sin hermanas, sin primas, sin amigas, el mundo de las mujeres me era tan extraño como un remoto continente. Con mis condiscípulas del colegio británico había guardado casi siempre una silenciosa distancia. Pero ahora, ante el despertar no ya solo de mi instinto, sino también de una imaginación que se organizaba, todo mi ser exigía datos sobre ese mundo de femineidad secreta y recatada, sobre la causa del imperio que iba fundando en mí, sobre tantas miradas evasivas, coqueterías, crueldades, reticencias, mimos y otros andares de falda corta. Mis costumbres de solitario tímido y errabundo crearon definitivamente en mi ánimo, hacia las mujeres, una actitud de extraño respeto y atracción. Solo ellas me enseñarían luego a sentir y ver ciertas cosas del corazón humano con lucidez y profundidad. Solo ellas me darían luego, en las etapas más difíciles, en lo más turbulento de ciertas noches, el caliente pan de la alegría.

No sin barquinazos por el empedrado, más suave luego el andar del coche de caballo a lo largo de las quintas, entre arrayanes y tamariscos, acompañaba algunas mañanas a mi padre hasta el hospital. Los enfermeros se apresuraban a halagar al hijo del director y me daban a saborear sabrosos caldos. Aún me acuerdo de un delicioso cocido de cardo y especias. En retribución, les llevaba yo revistas europeas con fotografías tomadas en el Marne o Charleroi: ejecuciones, trincheras, heridos y muertos cara a la tierra seca. La garrulería de los cocheros me entretenía otras veces junto al porche, próximos a Corso, nuestro caballo de pelaje luciente, mientras mi padre trabajaba en las salas blancas. Yo estaba cerca de la tierra en que se arraigaban esas quintas, cerca del cedrón, la diosma y el tomillo. Abría la nariz sensual al puro olor de la tierra, los ojos al cielo tan azul y liso que ni nube ni niebla interrumpían el arco de añil pálido. Y el viento del Atlántico me circundaba, me bañaba. Al fin, preocupado por tal caso, contento por tal otro, salía mi padre, el rostro a la vez sonriente y severo, para caer con un suspiro sobre el asiento; yo sentía descansar su mano sobre mi brazo, aquel pulgar en que un bisturí había dejado su marca.

El contacto con esta naturaleza de nobleza y amor inmanentes llenaba mi taciturnidad de un gozo repentino. De nada he tenido nunca hambre más viva que de esta especie de hombres en quienes la ley terrible de vivir se redime por una efusión pletórica de la naturaleza y el corazón. De esas especies extraimantadas que nada guardan para sí como no sea el gesto de la donación. Movido por tristezas, inhibiciones, angustias profundas, ninguna complacencia extraía yo entonces —ni he extraído después— de las cosas; éstas son la apoteosis de lo inmóvil y en mí no hicieron nunca sino acrecentar las interrogaciones trágicas. Lo móvil, en cambio, lo viviente, es lo que obedece al solo motor de amor; y de gente rica en acción emotiva es de la que obtuve siempre vida, en sus formas exaltadas, en sus fuentes. Dios sabe que ni agua ni alimento me han movido tras ellos como no fueran puros; y yo no conozco en lo humano otra pureza más que la piedad.

Piedad, caridad: las tres virtudes teologales se resumen en esa sola: caridad engendra fe y también esperanza. Y yo no sé que haya verdadero acto de amor que no sea un acto de piedad de la carne, por el cual ella misma, lejos de perderse, se salva abandonándose.

 

II. La metrópoli

 

Otro nacimiento. Aproximación a la inteligencia. Amistad con los furibundos. Pasión de la sensibilidad. El principio del combate. Primeras preguntas fundamentales: pasión de los creadores angustiados. Filiación en cuanto a la esencia y en cuanto a la tierra. El hombre y su proporción en el mundo real e ideal.

 

Buenos Aires, y el nacimiento a una nueva conciencia, o mejor dicho, el nacimiento a la conciencia, 1916: perseguido por su escrúpulo esencial, la preparación de sus hijos, ese médico de cincuenta y ocho años que había renunciado a tantas cosas, renuncia a las ataduras de su profesión y viene a la capital para cuidar de los dos seres jóvenes al lado de la Universidad. El hijo mayor estudiaba jurisprudencia; yo, todavía el bachillerato. Tarea grave, educar, que mi padre no entendía sino austeramente.

Así me encuentro yo de pronto en el centro mismo que monopoliza el gobierno y el pensamiento del país. Todo me parece entonces grande, todo extraordinario. Vivo en la urbe horas de admiración transida ante el espectáculo de una Babilonia que conserva la forma de la llanura en medio de su acre pujanza y de su riqueza casi brutal. Los hombres me parecen fuertes; las mujeres, hermosas. Es la hora lujuriosa de la adolescencia, cuando la juventud se complace, un poco aterrada, en los burdeles y busca las aventuras de hotel turbio con señoras de busto y moral anchos. Hurgo en las librerías; vago por las calles; me detengo ante cada escaparate como ante el mundo feérico de las joyas, los mobiliarios, los vapores, las rotiserías, los bazares, las elegancias del hombre y de la mujer con etiquetas caras; entro en la oscuridad de los cinematógrafos; me paro a ver pasar las multitudes; estoy en la plenitud, soy feliz. Algún día esa ciudad leerá lo que yo escriba. Pero, ¿es que lee ahora lo que yo leo? No quiero preguntarme nada; mi gozo es demasiado grande ante la ciudad de más de dos millones de habitantes, de más de dos millones de destinos que pueden contarse como una historia…

Pero el escenario del colegio, las aulas secundarias, no eran diversas de las que había dejado atrás. Tenía que atravesar mucha ciudad —calles, plazas—, para ir a esas habitaciones frías; allí encontraba el calor de otras adolescencias, y el otro frío; el frío profesoral. En cinco años de bachillerato he conocido más de cuarenta maestros; mi gratitud solo recuerda a dos. Uno de ellos se llamaba M. François y enseñaba francés; el otro se llamaba Wilkins, y enseñaba física.

Mi vocación literaria comenzó a manifestarse en una necesidad de crear mitos cuya sensible belleza fuera similar a la que producía en mí tan grande efecto. No me contentaba con exaltarme, llorar y aprender; necesitaba exaltar, hacer llorar y también —en una forma pueril— instruir. Comencé a escribir relatos y, a escondidas de todos, enviarlos a algunas de las revistas infantiles que leía. El día en que los vi publicados me sentí caminar por las calles en el aura de una alucinación dichosa. “¡Escribir!”, pensaba. Y leía con un espíritu de emulación muy vivo —¡pobre niño cándido!— las biografías de Hugo y de León Tolstoi.

Tenía entonces 14 años. El cinematógrafo, que contaba casi mi edad, crecía conmigo —¡Y qué colaboración, la de ese arte, para una naturaleza imaginativa! Horas y horas en la oscuridad, pendiente de la aventura reflejada por medio de un halo lechoso en la pantalla de plata. Mi padre quería que nos educáramos también físicamente y entré en un club donde se enseñaba el boxeo —esta palabra era a la sazón maldita en Buenos Aires mientras Maeterlinck hacía en Bélgica el elogio de the noble art of self defense, y Bombardier Wells y Carpentier eran los ídolos de Londres y París. Diariamente, en el “ring”, debí aprender a perder sin protestar, a no ostentar ampulosamente esa fuerza para la que cada día puede traer contraste, a no esperar nada sino de la potencia que yo pudiera cultivar en mí. Con el cuerpo sano y agilitado, me iba, antes de la comida, a gustar “crocantes” en una pastelería próxima al club; y al cruzar las calles hasta Esmeralda, mis ojos, durante la marcha, se llenaban de las luces, el encanto, la agitada vida, la humanidad, el tráfico de Carlos Pellegrini y de Suipacha, desde Cangallo a Paraguay, esas arterias en que late el pulso de la ciudad rica como Creso. ¡Ah, los anocheceres de aquella adolescencia en Buenos Aires, culto naciente por las muchachas de piel cetrina, aire altivo, ojos claros; ciego deseo de extraños viajes a esa tierra conclusa: las mujeres! Todo, entonces, me parecía prodigioso; ver, tocar, oler, oír, gustar; obtener de todo lo viviente cierta efusión; un éxtasis; no poder acercarme a nada vivo sino con un temblor, de un modo subterráneamente intenso, con vibrante vehemencia y hasta la alegría o el llanto. Corría por las calles, a la vez, osado y tímido, detrás de la manifestación tributada a este o aquel héroe, deseoso de esto: de manifestar ardientemente, de dar a mi entusiasmo, cauce; a mi propensión de admirar, salida. ¡Admirar! No pedía otra cosa, no quería otra cosa. Admirar, sin importárseme qué, con tal de admirar, y siempre que se leyera en lo admirado la sombra de un parentesco divino.

Ya entonces presidía mis encuentros ocasionales una constante fatal: el llegar demasiado tardíamente al encuentro con los tipos humanos, no ya presentidos, mas activamente buscados por mi corazón. En aquellos días de decepción y desconcierto, por alejado que estuviera mi ánimo de todo lo que anodinamente me rodeaba, ningún ser humano inquieto, íntegro y verdadero aparecía en mis cercanías; ni siquiera sospechaba que pudiera convivir en la ciudad ese coro mediano de adolescentes ásperos, díscolos y exaltados del que salen a la postre dos o tres creadores auténticos para servir de guía a una generación; no me rodeaba más que gente de un desapego beocio por las cosas de la inteligencia, incapaces de devorar un libro —¡ni siquiera apenas leerlo!—, enarbolar un sueño absurdo o llevar en el alma esa llama insensata donde se enciende la deflagración de una utopía, una heroicidad o un misticismo. Era tan extraño ver a un estudiante leer otros libros fuera de los textos obligados que, una mañana, yendo yo sentado en el tranvía que me llevaba al colegio, dio la casualidad que vino a sentarse al lado Mr. Wilkins, nuestro profesor de física, hombre relativamente joven, y al notar que iba yo leyendo en inglés los Sketches by Boz de Charles Dickens tuvo tan conmovida sorpresa, él, extranjero, que fue a partir de entonces mi maestro más benévolo, con ser el más temido del colegio por lo arduo y riguroso de su enseñanza. Era un dinamarqués de noble familia natural de la Jutlandia, de extraordinaria distinción, distante, comprensivo y aristocrático como un gran señor de raza, un descendiente de vi-kingos, y partió poco después para su país. Era un hombre habituado a conferir su valor justo a las inclinaciones puras de la inteligencia, y aunque el más rígido de los profesores de física, ciencia a menudo árida, sabía, como lo sostiene su colega Sir James Jeans, que los grandes poetas han hecho por el conocimiento del mundo sensible mucho más que los grandes físicos.

En esos años comencé a desear la proximidad de aquellas gentes cerca de quienes se pudiera realizar el aprendizaje de la inteligencia. Después, con el tiempo, esa hambre se transformó en otra, más profunda, menos incógnita, y fue la de buscar diálogo de amor con mujeres inteligentes, diálogo de amistad con hombres inteligentes, en no concebir ya edificios humanos que no se alzaran sobre la roca de una constante sensibilidad reflexiva. Si hubo alguna vez para mí un prejuicio de clase, éste lo fue, y encendido.

Nada de inteligencias infalibles: me interesaban los seres llenos de noche que solían hallar su alba y seguir adelante. No pura función, sino sustancia de inteligencia. En este sentido, experimenté cada día una abominación mayor por la letra, una propensión más grande hacia el espíritu que se mueve en cada circunstancia del hombre, sea ella literaria, sentimental, sensual, física o moral. Crecieron en mí odios y preferencias. Execración de los eruditos, pasión por los creadores. Execración de los letrados, pasión por los que cada día admiten estar amaneciendo sobre ignorancias, por los que cada día sienten despertar en el mundo su propia gravedad virgen, su horror al frío concepto sistemático y a la intelectualización mecanizada. Execración del que está sentado sobre el sitial de sus letras.

Esto me iba a llevar rápidamente a la compañía de los grandes insurrectos de la literatura. De los que no se han contentado con cantar, de los que han gritado, de los que no se han contentado con vivir, de los que han padecido el universo; de los que no se han parado ante la pasión y el conflicto, de los que han arrojado sus ropas e ido a enfrentar el mar atroz, humanos aun en el fracaso, ricos de coraje, vivientes, más que vivientes: casi muertos a fuerza de tanto vivir. Era ya el instante en que buscaba desesperadamente ciertos heroísmos sombríos. Había dejado atrás el tiempo del pacto con el sentimiento puro, atrás a Dickens, Manzoni, Mistral, Hugo, Chateaubriand, de Vigny. Ahora la literatura no podía darme ya más que lo heroico —no lo épico, como sujeto, sino la heroicidad crucial, sangrante, de algunos poetas tormentosos y angustiados. No sé cómo nací de pronto a tal solicitud después de tantos años de vegetación sentimental. Tal vez porque la frecuentación casi exclusiva de los novelistas había ido depositando en los subterráneos de mi espíritu un poso germinativo de experiencia humana. Thackeray, Meredith, Hardy, Maupassant, Turguenef, los nórdicos, el Goethe de Werther, Balzac, Stendhal, hasta el fastuoso y desierto d’Annunzio habían ido a lo largo de esta adolescencia almacenando, refinando, destilando una extraña presciencia del hombre y un sentimiento desventurado ante el destino. Frente a tales corrientes, tal era el recogimiento de mi ola. No dejaron de apuntalar el sentido de esa naciente propensión a los creadores de pensamiento trágico —además del teatro griego de la descendencia de Esquilo y el latino decadente— lo nulo de la influencia en mí de la poesía romántica inglesa (cuyas sugestiones eran demasiado retóricas para fundamentales) y la influencia verdadera de la sátira de Sterne, a través del humorismo aristocrático de Tristam Shandy; así como las influencias de la aguda ciencia humana de Sir Thomas Browne, en su Religio Medici: la filosofía crepuscular emanada de la anécdota aparentemente gratuita de Daniel de Foe; el cruel fondo último de Stevenson, en fin.

La vida no tiene más que dos alimentos y el de la mía no era precisamente la acción. Cuando la acción no nutre una existencia de hombre, esa existencia se nutre de pasión en el sentido de padecimiento y sacrificio; a su vez esta pasión puede ser consciente o ciega en el cuerpo que la sufre —si es ciega, el tormento es sobrellevable, la penuria se vuelve casi física, pero cuando es consciente, cuando es una pasión de la sensibilidad, entonces el hombre que la sufre vive desollado, sangrante, casi muerto a fuerza de vivir extremadamente. En mi caso, el extremo estaba en la pasión de un ánimo agitado por un apetito terrible de perduración y de unidad. ¿Podría, de algún modo, lograr que mi pensamiento perdurara, que alcanzara un límite más extenso que las alternativas de una vida acosada por el sentimiento de sus irremediables fronteras, de su soledad física y de un desierto interior en apariencia irredimible que había que llenar con actos espirituales, sabidurías, creencias, experiencias? Me echaba a andar por las salas de los museos, me arrinconaba en los últimos puestos de los salones de conferencias, iba a escuchar todas las lecciones públicas cuyos títulos atraían mi fiebre de incorporarme en seguida aquellos conocimientos. Osado e impaciente en el fondo de una inhibitoria timidez, con el ardor que mi propio apetito encendía y conservaba, andaba así como un curioso apremiado que todo lo quiere buscar, lleno de amarga ansiedad por tantas cosas que no encontraba. Taciturno, me sentaba a comer tarde con mi familia. Este raro, este mudo, este muchacho sombrío de rostro más sensible que inteligente, con una pequeña luz desesperada, con una mutilación precoz de lo que debía ser alegre en sus ojos de escasos años, no sorprendía a esa familia de sensibles, de gente también silenciosamente humana. Me veían comer y escuchar, nadie me molestaba; luego salía a pensar, en la noche, que hace siempre lugar dilecto al huraño y solitario, en una deambulación larga de horas. Solo el final cansancio traía una especie de orden a tanto tormentoso desorden y en ese acto de acostarme despacio, musitando a veces como un loco mi diálogo interior con las cosas que había visto, oído, sentido, volvía a mí, reconquistada, cierta esperanza hecha de tantas bocas como las bocas que tenía mi deseo, mi deseo de no pequeñas glorias, no pequeñas exaltaciones, no pequeños amores. Mi parte era, y eso murmuraban también mis labios sin decirlo en los inacabables insomnios, vivir en el lago de fuego ardiente, en el lago del Apocalipsis: pars illorum erit in stagno ardenti igne; ¿pero es que este tormento iba a ser perpetuo en una vida sin goces o es que por la sabiduría, por la creación, por el pensar, escribir y volver a sentir, y luego volver a pensar y volver a escribir, por esa profesión dialéctica del alma, iba de pronto, un día u otro, el tormento a verse rescatado, a verse lleno de luz como las calles que me gustaba encontrar al salir de la tiniebla suburbana en la noche de la ciudad?

 

Todo eso no bastaba. Solitario frente al mundo y el espacio infinito, un miedo pascaliano era lo que veía aparecer en su reflexivo horizonte este hombre joven que lo cambiaba todo —ambiciones o gulas— por un instante intenso de alegría humana o dolor fértil. Miedo a su propia limitación vegetativa, a lo que había en él de atado a la tierra, a lo que había en él subterráneo, subyacente. A lo que contenía de no redimido aún por un ímpetu hacia lo espiritual. En los años de la guerra oí el eco de aquel fragor lejano, no sin que mi ánimo dejara de mezclarse, turbado, a ese dolor atroz, al desgarramiento de la carne en los campos de tierra violentada y ruinas. Mi amor era el de Francia e Inglaterra, estaba del lado de ellas, pero mi padecimiento era universal. Un día formé con entusiasmo en la gran manifestación francófila de resultas de la que fue incendiado, en un atardecer de verano, el Club Alemán. El conde Luxburg había insultado a nuestro país y yo ya no podía de furor vindicativo. Sans-culotte adolescente, caminé alucinado por las calles al lado de aquellos hombres decididos que —a raíz de no haber noticias de uno de nuestros cónsules en Bélgica, hombre eminente— llevaban en alto el letrero de grandes letras con la inscripción: “¿Dónde está Roberto Payró?” Mientras tanto, en la vigilia de silencio y estudio, ojeaba estupefacto y obsesionado aquellas macabras fotografías en las que se veía un puño yerto de cadáver saliendo de la sepultura natural entre rastros de obuses, o la cara blanca de un soldado a medio devorar por la lluvia y los buitres nocturnos.

Ese brazo, ese rostro, pertenecían a cuerpos que tuvieron otrora nombre, destino, amores, caprichos, gustos, propensiones, pequeños afectos, odios e ideas de contrición y de paz. Esos sentimientos, esas afecciones —para llamarlos según el modo de Spinoza— ¿tocaron con tales despojos a su fin o bien siguieron transformándose, más allá de la muerte, en algo más rico y extraño, into something richer and strange, como está escrito en la tumba romana de John Keats? Tanto dolor, tanto gozo, tanta instantánea gloria, tanta esperanza, tanta fatiga diaria, tanto nocturno descanso, tantos deseos, tantas suertes, tantos trabajos y ocios, ¿paran al fin en un cuerpo librado muerto a la lluvia? ¿O bien siguen, cambian, germinan, como el grano que solo con la muerte adquiere fecundidad?

Nada. En esto, ni mi Stevenson ni mi Sterne me daban claridad. Tampoco la diaria conversación con gentes de moral frívola. Y cada mañana, en la Facultad, en vez de encontrar a un maestro, a un hombre cuya función es enseñar, encontraba a un señor o varios abogados, cuya obligación presupuestaria era “enseñar”. Hombres vacuos, petulantes y grises, sin sentido auténtico de la vida, algunos de los cuales en la Facultad de Derecho de Buenos Aires, hacían mofa ridícula de su propia asignatura, prefiriendo a otra cosa menos miserable y más decente exhibir ante los estudiantes el airecillo de un trivial ingenio burgués. Y de estos hombres yo me acuerdo, no me olvido. He visto a algunos de ellos tener después mando en el país, levantar sobre tantas cabezas de buena voluntad su perspicacia cínica de mediadores, de demagogos y políticos. Y he sentido entonces, con terror, con miedo de verificarlo, que el país que los llamaba podía parecerse a ellos.

Fuera de una correspondencia epistolar con un muchacho de mi edad que estudiaba filosofía —inteligente, solitario y ascético como un místico; parco en palabras y gestos como un habitante de los refugios de altura—, y con quien varias veces por semana cambiábamos gruesos sobres llenos de mucho papel cargado de letras apretadas, con juicios sobre centenares de libros e ingenuas y osadas definiciones sobre cuanto de bello se ha creado, solo tuve vinculación verdadera con aquel pequeño cenáculo de novicios —llenos de ardimiento y espíritu de empresa— que fundó una revista en la que apuntaba, junto a la mucha puerilidad, el grano que comienza a germinar. Las primeras reuniones eran tumultuosas en el cuarto de la casa de pensión de aquel estudiante provinciano de jurisprudencia; en aquella humilde pieza sombría y alta de la calle 25 de Mayo, no lejos del río sin color y las ya arcaicas galerías del Paseo, por las que caminaban al atardecer mujeres de mal vivir y hombres de peor tramar; en aquella pieza, ¡qué discusiones no tuvimos, qué pasión no nos repartimos, vehementes, insomnes, urgidos los cinco iniciadores, al amparo del nombre ya escogido para la nave literaria, cuyas bodegas cargaríamos cada tarde de impaciencias escritas y errores redactados y medidos! Sí; todo estaba entre nosotros “contado, pesado, dividido”; nos contaríamos y dividiríamos con apenas vernos, en distintas facciones: dos éramos los insurrectos, los revolucionarios; dos los conservadores literarios y —oscilante siempre entre dos teorías a su alrededor ásperamente defendidas y gritadas— pugnaba el quinto por no echar a perder con tal o cual inclinación exagerada sus laudos de árbitro prudente. Éramos, casi todos, entonces, estudiantes de derecho: dos, pésimos, yo y el otro insurrecto; los otros, excelentes. Insurrectos y pésimos estudiantes nosotros dos porque queríamos a toda costa levantar la bandera del examen crítico sobre viejos cánones de arte y traer a la pelea nuevos criterios, oposición, una sed y una fiebre nuevas, un fervor no manoseado; temerosos, prudentes, los otros temían por el destino de la revista. Así defendíamos, dos, el vivir con peligro, que es multiplicar la vida; y los otros, el vivir sin osar, que es matarla sin gloria. Pronto tuvimos un pequeño local propio y el grupo de los fundadores se acreció con otros aficionados a entrar en la batahola de las ideas; nada quedó sin ser glosado en esas páginas apresuradas, hecho o noción, verdad inconcusa o absurda, ley o ficción, desde el sistema ideal de Croce hasta las previsiones de Oswald Spengler, desde la paradoja poética de Cocteau hasta la morganática trivialidad de Pearsall Smith, desde la jerarquía teologal de los ángeles hasta el Diario de viaje de un filósofo. No teníamos todavía veinte años y antes que nadie habíamos ya traducido, con el categórico desorden propio de tal edad, el tormento de Lautréamont, los poemas caligrámicos de Apollinaire, el Laberinto de Joyce, y estábamos listos para entrar por la puerta estrecha del superrealismo, gritando, como el guarda que despide al expreso: “¡Al absoluto por la nada! ¡Abajo la literatura, abajo la composición! ¡Destruir es crear; nada se levanta sino poniendo la piedra sobre el suelo desnudo!” Me indignaba contra los prudentes —como un incendiario— en aquella revista de muchachos. Gritaba, decía ¡basta! a los que traían tímidamente hasta la pequeña redacción el elogio de tal o cual poeta oficialmente entronizado en las páginas de nuestra historia literaria… Y esta historia eterna del rebelde adolescente, ¡con qué pasión, con qué cándida seriedad, con qué insomnios exhaustos la vivía!

En las mesas de los cafés vociferábamos como energúmenos, el otro insurrecto y yo —¿te acuerdas, Luis Saslavsky?— contra los estultos guardianes de la tradición y su empaque ceremonioso; todas las crueldades de la palabra nos parecían pocas para aplicar a esas gentes que se habían quedado atrás y que reconocían con alarma en nosotros la ignominiosa locura de los que van a vivir fuera de la ley; mi compañero se indignaba menos, miraba las cosas, suspicaz, con un sonreír despectivo y dejaba caer oportunamente el veneno de una ironía acerba y disimulada; pronto, el director de la revista abandonó a la mayoría “bien pensante” de los redactores y se unió a nuestro espíritu de revuelta; entonces pusimos abiertamente la proa de la revista hacia el mar de quién sabe cuántas vagamente aclamadas renovaciones; todo el lugar común de la necesaria mutación biológica estuvo blandido en nuestras manos; y, al fin un gusto de victimarios nos venía a la boca viendo el tendal de los que no comprendían y quedaban atrás, inmóviles, cristalizados. No ignorábamos que lo que tenía sentido no era aquel detenerse contemplativo —ya que estaba ahí la morosidad—, sino nuestro apuro por romper amarras y entrar a la conquista de una filosofía mucho más dura que cualquier contemplativo lirismo, a la conquista de un territorio donde el pensamiento creciera con inusitado rigor y que no se pudiera asir sin herirse uno las manos. En la rebeldía de los más jóvenes está siempre implicada una ascética —es este fondo de penuria lúcida y voluntaria que se ofrece sin tibieza a trueque de una problemática salvación, lo que hay en esa rebeldía de verdadero, de puro—; aun sin sospecharlo, tal era nuestra vocación más violenta. “Dios y su derecho” era para nosotros pensar con un rigor cada vez más desprovisto de fórmulas y recatos. En los recatados acusábamos a los hipócritas de una causa que lo avieso de su misma hipocresía podía hacer peligrosa; nos reíamos de ellos, pero con furia.

Mi vida se extendía entre la mañana de libros, las tardes en la sombra de los cinematógrafos, los crepúsculos en las discusiones interminables y el comentario nervioso de las obras, y las noches que participaban de cierto errar onírico y cierto pasivo recogimiento en esa región de la persona donde la imaginación se recrea a sí misma, opera y elabora secretamente —atada a las tentativas menos previsibles, a los cálculos más oscuros y secretos— ese proceso de la perseguida corporización final. Pero el día era el verdadero campo de combate; el día, las tardes.

Tardes, tardes de invierno, tardes de invierno en Buenos Aires; calles frías áridas y solitarias, luces calcinadas del anochecer, barrios del norte desiertos, viejas calles costeras con olor a frituras y ferias y bric-à-bracs, ruidos estridentes de timbres llamando a funciones modestas, grandes bocas de tráfico central con las aristas pretenciosas del mármol reciente, plazas de pocos árboles, lejanos parques de mediocre estatuaria, monótonas voces de tantos diarios, calles de amantes ocultos, yertos canteros, lujosos cafés, hoteles y restaurantes, avenidas confusamente pobladas. ¡Ah, ciudad, ciudad, enorme ciudad opulenta, ciudad sin belleza, páramo, valle de piedra gris: tus tres millones de almas padecen tantas hambres profundas! En tu corazón éramos como una doliente sangre, nosotros, los que teníamos menos de veinte años y un fervor desatado de ánima y mente; los que sufríamos al ver holladas las causas justas, las causas por las cuales “se debe” combatir, las causas en que el objeto tiene una infatigable belleza inespacial, como el vuelo que presienten en torno de sus cabezas los delirantes; inexpertos, irritados, vindicativos, vagabundos, discutidores, lectores devorantes, orgullosamente celosos, ariscos, hirsutos, que después de enarbolar todo el día la soberbia de nuestros proyectos y opiniones mostrando a quien quisiera mirarlo nuestro desprecio por el sueño y la comida, íbamos a pagar pasada la medianoche esa mentira cándida, hurgando en las despensas familiares tras un resto de pollo frío y a dormirnos sin odio con solo poner la cabeza exhausta sobre la almohada. De día éramos como fiscales desempeñando un arbitrario ministerio.

¡Cuántas veces sentía yo ganas de castigar y humillar a aquel que osaba alzar su voz en las reuniones, en este o aquel café o en la pequeña redacción, contra tal o cual principio de estética rebelde, contra tal o cual tentativa de evasión audaz; cuántas veces me he sentido lleno de encarnizamiento y de saña contra los inofensivos defensores de las “leyes inmutables” de la literatura! “¡Imbéciles! —los enrostraba furiosamente por dentro—. ¿Es que hay descubrimiento que no se invente sus propias rutas? Lo que ustedes odian es el descubrimiento; lo que ustedes recelan es el ir más allá; incapaces de ninguna osadía, viven de miedos y luego son tristes idólatras de esos miedos convertidos en imágenes, santificados.”

 

La creciente angustia metafísica se mezclaba en mi ánimo al espanto y la execración hacia los hombres impuros, hacia los falsificadores. Noche y día temblaba por aquella angustia; noche y día odiaba por esta execración. La impureza de ciertas naturalezas —más que otra sistemática injusticia social— me pareció siempre ser el más grande veneno en el pequeño vaso esférico que a todos nos contiene y limita. En tal impureza está toda injusticia, pues no es tal impureza otra cosa que la tesaurización del sentimiento en frío beneficio individual, con la consiguiente negativa al que llama a la puerta o vive transido a la intemperie. Y esto es todo en la tierra: amor o desamor. Pero si yo conocía, conociendo su efecto, el sentido de ese odio, no conocía en cambio los caminos de lo otro, de aquella terrible angustia que me esperaba detrás de cada alegría, que me paraba en cualquier camino para preguntarle: “Si no sabes lo que eres, ¿cómo sabrás lo que buscas, cómo sabrás adónde vas?” ¿Es que el alma que perteneció a esa mano yerta de soldado caído en la guerra sabía acaso más que yo adónde iba, cuál era su vía más allá de la voraz humedad de esa tierra en que su cuerpo casi entero se pudría?

Repentinamente, el sentido trágico del destino del hombre había hecho irrupción en mis noches de no dormir y en mis días de mucho pensar, errar y rumiar. Durante semejante crisis, qué asombro ver alrededor un mundo para quien la concepción de su propio destino ostenta una irresponsabilidad opaca y animal. ¡Qué difícil concebir, respecto de la inteligencia, esa traición en pleno razonar! Porque todos esos hombres de mi mundo circundante razonaban, ¿pero desde dónde? ¿Desde la conciencia, desde la entraña? No, desde cierto foco vegetativo dotado de instinto, de mera voluntad de conservación. Como mi canal religioso no estaba abierto —en medio de un terreno personal demasiado terrestre y casi lacustre—, solo avanzó en mí, de esa fiebre metafísica, el terror trágico a la muerte. Entonces fue cuando se abrió paso el sentimiento de lo heroico en el hombre. Ignorante todavía de la moral del santo, más aún de la del asceta o el sacerdote, frío a la ambición militar, lo que mi instinto se echó a buscar fue lo heroico en el pensamiento; la semilla del sacrificio glorioso de la que surge una especie particular —¡no serena, no!— de obras de arte, una especie particular de poesía. Si no me era dado conocer la suerte ulterior del alma, del combatiente destrozado en la guerra, quería conocer al menos su destino de hombre común, lo supremo posible en una vida que va fatalmente a concluir en una rigidez ya sin despertar y sin nombre. Y como, antes de la muerte, lo más trascendental que sucede en un hombre es su intelecto —puesto que también la virtud es intelecto esencial, ya que “entiende” en el sentido divino de la palabra— fue en la historia de ese intelecto donde mi voraz y cruel apetito se encarnizó.

 

He aquí que no quiero contar, al resumir la historia intelectual de esos años, la historia de unos cuantos libros, sino la historia de mis pasiones frente a esos libros. La historia del desarrollo viviente de una pasión. Pasión, primero, de William Blake, en cuyos libros proféticos y en cuyos estremecedores proverbios del infierno, que provenían de Swedenborg, se aprende sangrientamente cómo la energía —la energía de la creación y la energía de la fe— es eterna delicia y que (con lo cual tocaba Blake por su extremo a Pascal) un pensamiento llena la inmensidad; “los goces impregnan; los dolores llevan adelante”, dicen esos libros, adonde se muestra el rapto de un cristiano visionario no prisionero de la sistematización teológica; yo iba hacia Blake igual que hacia un hombre en cuya familia me sentía cómodo —y qué terrible comodidad— por su modo de considerar la “conciencia pensada” como principio y fin de todas las cosas. Pasión, luego, de Rimbaud, a quien veía anegado de salvaje y sublime arrebato, errando, como lo pinta Valentine Hugo, por las calles de Charleroi, sublevado contra las mentiras instituidas, la conformidad burguesa, el fraude moral de los hombres; me arrastraba ardientemente su aspiración a fundirse con el infinito mediante un acto intrépido de su espíritu, sin miedo a que esta intrepidez pudiera significar su propia desaparición de todos los terrenos visibles para el resto de la humanidad, su huida hacia insondables mundos en los que no acababa de perderse. Pasión de Kierkegaard, el hijo del pastor, el angustiado, el sentenciado a un eterno dolor de la conciencia, aquel que había gritado: “Toda mi vida ha sido una lucha contra mí mismo; yo no quiero tener discípulos”; lucha contra sí mismo que adquirió el mismo carácter trágico, la misma desolación que en Nietzsche; Kierkegaard, acosado por la idea del martirio, escandalizado por el modo como la Iglesia visible comprende con ligereza el sentido de la religión al tornarla un conocimiento, en vez de sentir en la entraña que ser cristiano significa, más que un conocimiento teológico, miserias, dolores, dramas, penurias y humillaciones incomparables; tan profundamente valiente de conciencia, que alzaba su voz en el desierto de su penosa existencia para proclamar que ser cristiano equivale a volverse el contemporáneo de Cristo; y esto, que nadie se lo pudo perdonar a él, como él sabía que no se lo perdonarían a nadie, era lo que me empujaba ardientemente hacia su morada espiritual, barrida, azotada por tantos fríos, por tantos terribles vientos, por la tremenda intemperie de un alma que se había atrevido a decir: “Yo soy como el puerco de Lüneburg. Mi pensamiento es una pasión.” Y antes de la pasión de Kierkegaard había padecido yo la pasión de Nietzsche, pero no en sus accesos de teorización exacerbada, no en la teoría del eterno retorno ni tampoco en la moral de Zaratustra —pues me parecía ésta la más germana de las concepciones en aquel intelecto que paradójicamente menospreciaba a los germanos— sino en los aforismos surgidos de la sima de su propio horrible sufrimiento personal; al lado suyo me sentí cuando gritaba su desgarramiento en ese triste documento final que es el Ecce Homo, cuando el hombre que blandía terroríficamente el puño en un gesto de amenaza y de impiedad no podía ocultar al fin en su rostro las huellas de la demacración y el camino rojo de las lágrimas, la trágica aparición de la desesperanza, de la humana vulnerabilidad, cuando decía: “La filosofía, tal como yo la he vivido, tal como la he entendido hasta el presente, es la existencia voluntaria en medio de los hielos y de las altas montañas; la rebusca de todo lo que es extraño y problemático en la vida, de todo lo que, hasta ahora, ha sido desterrado por la moral”. “Vosotros no os habíais aún buscado; entonces me habéis encontrado. Así hacen todos los creyentes; por eso la fe es tan poca cosa. Ahora os ordeno que me perdáis y os encontréis a vosotros mismos”; “y no es sino cuando vosotros todos me hayáis renegado que volveré entre vosotros.” Y después de haber gritado orgullosamente: “mi vida es una perpetua victoria sobre mí mismo”, baja la voz para decir, sin que se le oiga: “yo sabía ya que ninguna palabra humana podría jamás alcanzarme…” Ya no es el triunfador de otros años sino la criatura abandonada en la existencia, arrecida, apenada, tremendamente lúcida y ensangrentada sin sangre, el Ecce Homo espiritual.

Pasión, más tarde, de Novalis; pasión, más tarde, de Hölderlin. Los atrozmente serenos himnos a la noche y los cantos espirituales donde se desenvuelve la lucha agónica entre vida y pensamiento, donde se agitan los tres términos —amor, poesía y muerte—, de la inspiración de Novalis, ¿qué buscaban ansiosamente, sino el “crear en sí”? El recuerdo nocturno anterior a la vida vuelve a nacer con cada hombre; la divinidad atrae perpetuamente mientras los humanos se disgregan; lo finito lucha contra lo infinito y la esperanza contra la desesperanza. Dice Novalis: “pensamiento es compasión”. Unamuno se apresuraría a definir: compasión, pasión compartida —y ya estamos de nuevo en nuestra atmósfera familiar, esto es, sintiendo el pensamiento como una pasión de la conciencia.

Pero eso no bastaba. No, no bastaba. Para llegar a apurar el conocimiento de la suprema tragedia del alma necesitaba llevar mi ansiosa visión hasta el escenario de la tragedia más alta capaz de producirse en una conciencia humana, o sea el haberse destruido, el yacer ardiendo como la brasa, que ya no es leña sino algo misterioso y diferente; y así sentí el frío espanto de la poesía de Hölderlin. El hilo delicioso de mi viaje por los países morales, cuyo extremo más opuesto estaba atado a una lectura platónica, había llegado a esta terrible selva de destrucción, incendio y dolor.

Pero no eran esos libros los que habían conformado mi angustia, sino mi propia angustia inmanente la que había buscado esa vecindad y ese parentesco en el infortunio sin los cuales ningún espíritu siente su monólogo sobrepasado.

¡Ese parentesco en el infortunio!… ¿Qué pensamiento poético no respira un aire trágico?

 

La preocupación y el desasosiego de ánimo no se separaban de mí. Durante mucho tiempo fueron mis compañeros, sombríos perros morales tendidos en el desierto nocturno. No necesitaba hacerme, a lo largo de los paseos cotidianos por las calles de la ciudad, preguntas trágicas; yo mismo era esas preguntas, las llevaba en mí calientes, quemantes, como mi sangre. ¿Qué eres en mí, humanidad; qué eres en mí, tierra; qué eres en mí, nación; qué eres en mí, ambición, ventura, drama, risa y porvenir? Y yo mismo me veía, al volver hacia el anochecer, solitario, por las calles que forman el extremo laberinto en el norte de la ciudad, lento habitante de esa “extraña ociosidad”, de ese “extraño orgullo” a que alude el poeta del conocimiento. “Après tant d’orgueil, après tant d’étrange oisiveté…” Ningún texto ni estudio obligado podían atraer mi atención. No había detrás de ellos humanidad ni pasión. ¿Qué me importaba una fórmula química, una noción de geología, un dato erudito, un atisbo de trigonometría, cuando lo que tenía por delante, lo que se metía por los ojos, lo que no me dejaba dormir con sus mutaciones continuas y sus gestos inesperados, era la inquietante selva del hombre, su naturaleza misma, el golfo de sus miserias cada día renovadas, el río de su canto melancólico, la montaña de sus raptos, el valle de su matinal optimismo, sus accidentes, su fauna, sus caminos, sus abismos? Más me enseñaba un arrebatado pasaje de ficción, el grito de un agonista, que todos aquellos profesores monótonos y rutinarios. Y eso no debía ser así. ¿Qué era lo que les faltaba, a esos hombres, a esos maestros? No lo supe entonces y solo más tarde me lo enseñaría un gran americano; lo que aquellos hombres tenían de malo era un mal simple, era el modo sin vida como vivían, aprendían y enseñaban. Lo que yo había llamado monotonía mortal o insuficiencia, lo que encontraba en esos enseñantes de terríficamente letal, era precisamente su privación de vida.

Viéndolos, no podía soportar mi propia ignorancia. Escuchándolos, no podía soportar mi propia inexpresividad. Observándolos, no podía soportar lo gratuito y ya improductivo de mi vida. Como el hombre que se dispone a saltar sobre el espacio vacío, necesitaba retroceder para tomar impulso. Si quería crear, necesitaba retroceder para tomar impulso. Y esto es lo que nadie en esta tierra quería hacer: retroceder para tomar impulso. Lo que querían, lo que les importaba era adelantar visiblemente, aunque ese adelanto fuera un engaño para ellos y para los demás. Yo estaba solo con mi necesidad.

Tomar impulso, retroceder, eso significaba hacer pie en mayores conocimientos, en las cuestiones fundamentales, en las tradiciones fundamentales del espíritu y en una conciencia más clara de mí mismo como hombre y de mi mundo como entidad que resiste y combate, “con” el que hay que combatir y “contra” el que hay que combatir. Retroceder y tomar impulso quería decir, asimismo, hacerme fuerte para ciertas intemperies, exponer el espíritu a ciertos climas, forzarlo a conocer, luchar y resistir.

En el transcurso de pocos años, la frecuentación de esa literatura de héroes ideales y de angustiados, de sacrificados, de furibundos maldicientes, de rebeldes y visionarios, de llamas humanas, de puros en estado de cólera divina, me había dado lo mejor que puede dar un ser viviente a otro ser, es decir, la lección articulada de su sufrimiento; es decir, el sufrimiento vencido, “comprendido”, hecho ya esa virtud que lo supera y que es el verbo. ¿Puede haber mejor lección que la de aquel que nos enseña el modo como ha sobrepasado un padecimiento, una pasión, el modo como ha sobrepasado el torpe, cruento y ciego despotismo natural? La literatura de esos atormentados me había dado, por añadidura, otra cosa: una vocación de inteligencia todavía más alta, el deseo de subir un grado más, una súbita vocación por el pensamiento religioso y la comprobación, el sentimiento sobrecogido de la deliberada armonía que vincula ciertamente todas las cosas creadas.

 

Y entré en estos pensadores fervientes por el camino de San Agustín. ¿Podría haber una voz que tuviera más atracción para mi debatirme, para ese debatirse cuya agitación estaba trabada en la tierra? Más adelante no podría comprender otra santidad sino la del que llega a ella partiendo de la más tormentosa existencia, la del que hunde su mal barco y se salva —¡pe-ro después!— con riesgo y sacrificio, como aquel ex amante, ex jugador, ex maniqueo, aquel africano que antes de oír la saludable lección de San Ambrosio practicaba su teodicea, su teología natural, sosteniendo que “todas las cosas que se corrompen son buenas; porque no pudieran corromperse si no tuvieran alguna bondad; ni tampoco pudieran, si su bondad fuera suma; pues si fueran sumamente buenas, serían incorruptibles; y si no tuvieran alguna bondad, no hubiera en ellas cosa alguna que se pudiera corromper”.

Residí mucho tiempo en las Confesiones. Era una morada de confortación, y aun más que de confortación; de gozo. Tras cada arbusto había en esos libros alimento y agua clara. ¿No era —en espíritu— mía aquella experiencia platónica después de la que San Agustín, aun buscando la verdad incorpórea y las perfecciones invisibles, se hallaba él mismo lleno de suficiencia insoportable, y no era también mío el sentimiento de que, fuera de un principio religioso, “todas las demás cosas de esta vida tanto menos deberían llorarse cuanto más se suele llorar el no tenerlas; y, por otra parte, tanto más se deberían llorar cuanto menos se suele llorar el gozarlas”?

Estaba por esos días feliz e infeliz, con mi territorio interior predispuesto para la fe, fértil; pero la fe ausente. A la vez disposición dichosa y gran dolor, gran desazón. Queriendo a Dios sin tenerlo; presintiéndolo sin sentirlo.

Entré ruda y fervorosamente en la lectura de otros místicos, de otros creadores, de una poesía incendiada con un tono de fuego que es el mismo del Greco en sus “Resurrecciones”.

Coventry Patmore, Claudel y Eliot vinieron, modernos, pero después de Santa Teresa y de San Juan de la Cruz, después del Cántico. Con éstos estaba casi sin notarlo, en la raíz de España. Tocando ese nervio atormentado, yo mismo, con el cuerpo sin sueño, los ojos arrebatados, toda mi inteligencia transportada repitiendo:

 

Descubre tu presencia,
y máteme tu vista y hermosura;
mira que la dolencia
de amor, que no se cura
sino con la presencia y la figura.

¡Oh cristalina fuente!
si en esos tus semblantes plateados
formases de repente
los ojos deseados
que tengo en mis entrañas dibujados.

Al estar en la raíz de España estaba en la raíz de mi tierra, cerca de mi propia raíz. Ni con Cervantes, ni con Calderón, ni con Lope, ni con Mateo Alemán había tenido nunca sentimiento tal de filiación en la esencia y en la tierra. El árbol ama sus raíces cuando las siente irrigadas; y ese amor se confunde con su vocación de crecimiento, de plenitud. Paulatinamente en mí, en mi árbol andante y viviente, esa aspiración de plenitud, es decir, de cultura, se abrió después en la dirección de la teoría filosófica; pero tanta razón dialéctica me resultaba, con demasiada frecuencia, obvia. Much ado about nothing. O mejor, nothing ado about too much. Demasiado para demasiado. A veces, demasiada abundancia para poco; otras, demasiado poco para lo mucho; en general, mucho alrededor de nada. Siempre la razón razonable estropeada por una razón teórica o discursiva. ¡Qué mal se movía mi razón en el discurso abstracto! ¡Qué ganas de tocar la esencia o la sustancia, la fuente viva, sin intermediarios argumentales, sin ergos! En el teorizar filosófico —¡ah Kant germánico; Hegel, viejo panteísta de Stuttgart!— todo se me hacía de esta obvia reversibilidad: pienso, luego existo; existo, luego pienso; pienso para existir; existo para pensar; pienso, luego he pensado; he pensado, luego pensaré; pensaré, luego acabaré de pensar; acabaré de pensar, luego acabaré de existir. ¡Tanto ergotizar!

¿De qué vale un silogismo sino cuando es capaz de estar en contradicción con él, con él mismo? Virtud humana del silogismo que lo pone a prueba, sin la cual no existe porque no contiene drama. Y lo que no contiene drama es artificial. ¡Cuán digno de conmiseración el que crea que una brizna de pasto no conoce drama! Y el drama no se lo trae el hombre; ya lo tiene ella, la brizna, en la entraña de su ser perecedero, que no engendra vida sin morir. Ya lo trae ella adentro, en su destino vegetal. La frecuentación de la filosofía sistemática me apartó por algunos instantes del mundo de lo objetivo, dramático y sustancial, no por otra cosa, sino por la falta de aptitud de mi espíritu para reducirlo a pu- ras esencias, de cambiar la existencia por la esencia. Sordo a lo que se expresara meramente en términos de esencia, despierto solo a lo que se expresara en términos de existencia, mi compromiso de alma era con los espíritus cuya preocupación nace de un estado de vida, de un conflicto o responsabilidad viviente y no de un estado lógico, discriminativo o argumental.

Después de haberme llenado vorazmente la cabeza con los libros más dispares, con las concepciones más audaces y las teorías más sutiles, abstractas y aparentemente armónicas, el proceso de la teoría filosófica me parecía cada vez más el puro juego de una constante rectificación dialéctica: para un Hume que hacía residir la naturaleza del conocimiento en la percepción de los sentidos, había siempre un Descartes que la hacía residir en la razón, y para la idea de que las cosas deben adaptarse a la mente, había siempre un Emmanuel Kant que venía a decir que ni los sentidos solos ni la razón sola pueden proporcionar el conocimiento, sino ambos a la vez, siendo las cosas las que se adaptan a la mente. La inteligencia de Hume es tan exacta, precisa y universal como la inteligencia de Descartes, y la inteligencia de Descartes es tan exacta, precisa y universal como la inteligencia de Kant; sin embargo, las tres teorías se oponen entre sí. Todo este ir y venir al mismo estanque, tanta dialéctica improbable y racional, que tenía cíclicamente en los tiempos defensores de igual ardor e igual sinceridad, se me ocurría definitivamente cándido en su afán de querer erigir al hombre, ese “junco pensante”, en árbitro de fenómenos y esencias cuando todo escapa instante tras instante a su razón vulnerable; la filosofía moderna —al apartarse de las cuatro preguntas esenciales—, seguía siendo para mí amor por la especulación racional y este amor me interesaba de menos en menos a medida que me ahogaba en las incesantes rectificaciones del erudito pensamiento; esta decepción me acercaba de más en más al arte que, sin desmentirse nunca, nunca es igual a sí mismo y renace en nuevas formas que se diferencian sin contradecirse al revelar las contradicciones de los hombres. Y me acercaba a la teología fundamental porque toda ella es poesía inmanente.

Volví con pasión a los atormentados, “a mis” atormentados: a mi Kierkegaard, a mi San Agustín, a mi Pascal. A estos hombres que no olvidaban su estado de desolación y sus compromisos con lo eterno. A estos hombres de cielo y de abismo, de llanura o de montaña, tremendamente enfrentados con las fuerzas que se levantan en su minuto contemporáneo y en su preocupación eterna, enfrentados con los conflictos del hombre y con los conflictos del infinito; a esos hombres que no juegan con los principios sino con sus existencias, dejándolas que queden arrecidas o triunfantes, caídas o libradas, según sea lo que hayan expuesto en el combate real y el modo como hayan combatido.

Plantado en el área interminable de un poblado desierto, en la metrópoli, en las calles de betún negro, rectas, iguales, interminables; en la estepa de piedra, y hambriento de certidumbres como un joven lobo perdido a la pesca de presa imposible en pleno poblado, fue el sentido de la desproporción del hombre lo que más terriblemente me ató al diálogo de Pascal; fue aquel incesante sentirse junto al abismo sobre el que insistía León Chestov con tanta desolada intensidad en su bella Noche de Getsemaní. Más tarde he querido llevar a la novela ese terror incomparable para el cual no existe ninguna luz salvadora fuera de la que encendemos en nuestra propia aflicción de hombres errantes y amantes, ansiosos de errar y amar, solitarios paseantes en la urbe, junto a los jardines, el césped, los muros de granito, los puentes, el acero, la ambición, los elevadores, las factorías, las carreteras, debajo del sol, la tormenta, las nubes. El terror al abismo. La desproporción del hombre…

Me ensaño entonces con ese pensamiento. No me basta verlo en su cara escrito; quiero ver lo que hay detrás, desarmarlo, “inteligirlo”. Saber hasta qué punto es mío y yo soy de él, hasta qué punto tiene que ver con mi naturaleza y con la naturaleza donde mi naturaleza está plantada. “¿Porque, en fin, qué es el hombre en la naturaleza? Una nada en relación con lo infinito, un todo en relación con la nada, un medio entre nada y todo.” Y luego: “Nuestra inteligencia tiene en el orden de las cosas inteligibles el mismo rango que nuestro cuerpo en la extensión de la naturaleza.” El hombre tiene necesidad de guardar ese centro, ya que todos los extremos le son dañosos, sea el de temperatura, sea el de sabiduría, sea el de virtud o el de cultura, las cosas extremas “o nos escapan o escapamos nosotros de ellas”. Nada se detiene para nosotros y nos encontramos todo el tiempo flotando entre un extremo de apariencia y un extremo de certidumbre. Y, sin embargo, tendemos a conocer el todo, “lindamos” con todo. Imposible conocer las cosas porque las cosas son simples y nosotros somos complejos de alma y cuerpo, y si nosotros somos espíritu y materia, es decir, un compuesto, ¿cómo conocer lo espiritual simple o la materia simple? Y aquí yo encontraba a Pascal cerca de San Agustín, cuando sostenía el jansenista, con tormento, que el hombre no puede conocer lo que es un espíritu, y menos aun, la forma como un cuerpo puede estar unido con un espíritu. ¡No puede concebir eso siendo eso!

Y yo estaba ahí, angustiado, sin “fines”, en mi ciudad, sin lindar con nada sino con los terribles “medios” que son los que tienen vigencia en la vida de los argentinos. Siempre los medios. Y esta abominación por ese modo de ser de los argentinos actuales la encontraba yo confirmada también en el pensamiento pascaliano: “Es cosa deplorable ver a los hombres no deliberar más que de los medios y no del fin”. Para agregar esta verdad cruda: que nada da más lástima como ver a los que siguen “el tren de sus padres” porque han sido prevenidos de que es el mejor, así sigue el infiel siendo infiel por prevención, el cerrajero siendo cerrajero, el soldado, soldado…

¡Los medios! O sea la falta de visión del todo, esto es, del principio; la falta de visión del vivir armónico, del vivir íntegro. El error de creer que pueda haber bien individual solo, de creer que pueda haber otro bien que no sea un bien sinfónico, de que si no prosperamos haciendo prosperar a nuestro alrededor, nuestra prosperidad pueda haber sido más que apariencia y engaño. El error de creer que pueda haber vida por “representación”, vida representada en lugar de vida vivida.

¿Cómo contentarse con la satisfacción general de llevar en sí medios y no fines? Medios de “conseguir” las cosas, en lugar de medios de “serlas”… En esos días, abrigando tal sentimiento, me sentía ásperamente sublevado contra mí mismo. Pero el desasosiego metafísico no llegaba a hacerme desear el evadirme de la vida.

¿Cómo poner a la sed de vida y experiencia la valla de un dogma, la reticencia de ultraterrenas prohibiciones? ¡Qué largas jornadas de ansiedad! Las calles me atraían con su goce circulante, luego me atraía la miseria del gusto que deja el goce, el taciturno resabio. Entraba en los restaurantes; me sentaba a oír mediocres sinfonías en el fondo de los cafés, por los días de niebla y lluvia; me acercaba a las gentes, mis compatriotas, y espiaba en esos semblantes cetrinos, en esas frentes de ambiciosos, en esos mentones de osados, de impetuosos, en esas caras llenas de pretensión joven que llevaban ya el futuro triunfante en el brillo de unos ojos o en el desenfado de un acento, espiaba la posible presencia de una causa no social, interior, que los moviera; me iba al campo, a las afueras de la metrópoli, veía a las gentes que tienen amistad con el sol, y éstos se diferenciaban de aquellos; en éstos, por lo menos la vida salía a la epidermis de cada uno íntegra, no escondida detrás de un “accionar”, de un “representar”.

Quiere decir que había un hombre argentino visible y otro hombre argentino no visible, silencioso, obstinado, conmovido y laborioso en el fondo tremendamente extenso del país en las estancias, las provincias, los pueblos, las selvas, los territorios. Y aun en la ciudad, mas en la ciudad profunda no en la fácil, no en la inmediata.

Pero la primacía, la pujanza actual era del primero.

¿Qué buscaba ese primero? La exaltación de la persona de ese complejo de emoción, inteligencia y voluntad. Pero no se trataba de una exaltación de los valores auténticos de la persona, sino de una exaltación de los valores ficticios. Se trataba de una exaltación de lo meramente individual, es decir, de una fórmula cómoda de existencia vegetante y trepante.

Cada vez me aferraba más a una concepción trágica de la conciencia. Detestaba esa especie de conformidad colectiva que no pasaba de ser una carencia de alegría verdadera y la sustitución de esta alegría por una facilidad visceral y triunfante de instalación en el país, de instalación en la vida. Tenía asco hacia semejante cosa.

Necesitaba buscar mi Argentina, mi Argentina en su verdadera vida, en su drama, en su conflicto, y no en la prosperidad exterior volcada en las metrópolis, en el fárrago cotidiano y en la confusión general de todas sus felices improvisaciones. Necesitaba ponerme en viaje y encontrarla. Pero, ¿por dónde empezar? ¿Hacia qué latitud dar el primer paso? Como no hay cosa que pueda ascender sin levantarse desde la tierra, lo que ante todo requería yo era afianzarme en ella diferentemente de los otros, no estar tendido en ella de un modo adventicio, sino hundirme en ella, entrar bajo su superficie, no levantarme sino después de haber vivido la experiencia subterránea del rizoma, que brota casi incorpóreo de un rico cuerpo claustral.

Mi errar era atormentado como el de un aventurero entre los barrotes de una cárcel. La cárcel consistía en esa pugna por apoderarme instintivamente del país sin verlo, sin tocarlo, sin vivirlo con mi propio cuerpo en sus diferentes latitudes. ¿Qué podía aprehender de él en la ciudad? Mi tiempo pasaba en una constante alternativa entre el deseo y la angustia, en una intercadencia perpetua compuesta por esos dos tonos violentamente contradictorios que asumía mi encuentro con la vida. Como a Jacques Rivière, lo que me apartaba entonces del cristianismo era no tanto el sentimiento de la realidad de la nada como el valor que adjudicaba a mi desesperación. La ansiedad intelectual y pasional no retiraba de mí su brasa y en esta brasa hallaba yo motivos morosos de deleite. ¡Qué lentitud de movimientos, por fuera, y qué vehemencia, qué pasión interior! Días pasaba anegado en emociones viendo el cielo estrellado y las graciosas constelaciones de mi hemisferio, igual que si en aquel Puñal de Orión, en aquel Centauro, en aquella Cruz del Sur hubiera lecciones implícitas para el fiel contemplador. Días pasaba oyendo la voz secreta del interior del país, de tal cosecha, de tal plaga, de tal pueblo surgido, la historia de tal bosque explotado, de tal victorioso ganado, de tal poblador enriquecido, de tal colono con suerte, de tal población multiplicada, de tal región traída al triunfo, de tal río andino, de tales viñedos, de tales trigales, tales cañaverales norteños, tales selvas productivas, tales hombres, mujeres, niños, luchando contra los elementos y el suelo indómito. Mi deseo ferviente era encontrarme cara a cara con las naturalezas templadas en semejante gesta. ¿Por qué no era fácil? ¿Por qué no se mostraban? ¿Por qué lo que aparecía en la superficie del país era otra cosa, otras naturalezas, menos fuertes, menos auténticas, increíblemente ficticias?

Nada de lo que yo quería encontrar aparecía. Todos los trabajadores del poderoso poema viviente de mi tierra estaban ocultos, sumergidos. Esa riqueza humana incalculable era un tesoro oculto, hundido muchos metros por debajo de la superficie ostensible de la nación.

Entonces comprendí cómo estaban separados esos dos mundos en la Argentina, el mundo visible y el mundo invisible. Semejante al rabdomante que camina en la tiniebla guiado por la vara bífida, fui caminando detrás del segundo, ilusionado y esperanzado. Pero el otro, el ostensible, me lo ocultaba; ocultaba al otro bajo su superficie. Y entonces me sentí ásperamente sublevado frente a ese escamoteo no casual, frente a ese escamoteo producido por causa humana, por una confabulación de mucha culpa.

 

III. La Argentina visible

 

El habitante desnudo. La masa plástica invasora que busca una forma. Debilitación de nuestra propia forma y por lo tanto de su poder plasmador. Sustitución de un vivir por un representar. La apariencia de humanidad. La entronización de los medios y el descuido de los fines. Contaminado. Un mundo ficticio ha sustituido sensiblemente al verdadero.

 

Cuando empecé a mirar con ojos preocupados ese mundo cuya naturaleza quería descubrir, poseer verdaderamente en su condición, en la dimensión de su verdad y en la proporción de su mentira, no era yo un profesional, ni un político, ni un industrial, no era tampoco un especulador; ninguno de esos ejercicios era el mío. Mi ejercicio no era una función adjetiva, ejercida, hecha; mi ejercicio era yo mismo. Yo no sentía a la Argentina en cualesquiera de los posibles modos de “hacer en ella”; la sentía de otra manera, la sentía “siéndola”. Lo que equivale a significar que la sufría, que la hacía no desde fuera, sino desde mí, en mí. ¿Y qué era yo? La cosa menos importante de todas: un hombre con vocación de crear por la palabra, un hombre de muchas dudas con vocación de escritor.

Así, pues, la primera zona visible de que se apropiaron mis ojos fue el dominio del habitante desnudo, la Argentina en su humanidad. Lo primero que miré no fue el Estado, el gobierno, las ciencias argentinas, sino el hombre argentino, puesto que todo lo otro debía ser su producto, esto es, su criatura semejante. Y al llevar adelante tal intento fue cuando tuve la primera comprobación desoladora, la comprobación de que la función ejercida por ese hombre en este país no era, según lo presumible, una aplicación prolongada de ciertas aptitudes y facultades fundamentalmente humanas, sino un tumor del hombre, cáncer que lo desnaturalizaba y consumía, nudo fisiológico que obstaculizaba su crecimiento y destino natural.

Empecé a sentir a mi pueblo en sus alegrías, en sus diversiones, en sus problemas, en sus pasiones, en sus inteligencias, en su trabajo. Tenía alrededor de mí varios millones de seres establecidos en los meandros de la ciudad plana, en los desfiladeros monótonos de la capital, en cuya costa de tierra cava el río al norte y al oeste el perfil aparente de un niño. Y del niño tiene la ternura, la casi irracional crueldad con que, huraña, se protege antes de darse. Cuando se da es magnífica de corazón, pero antes, ¡qué cara hosca vuelta hacia el forastero! La psicología de Buenos Aires, en sus gestos, sus precauciones, su aire, sus reacciones celosas se parece a la de las mujeres que amamantan: en todas ellas hay cierta dignidad soberbia, casi despectiva, casi fría, como si en su explícita reserva ya mostraran el orgullo de lo que tienen para dar; mujeres que no se conceden sino al extremo de un arrebato secreto, guardando para el que no eligen, lo rígido, lo distante de una prescindente aristocracia. Así es la capital, glacial, muda, con algo inhospitalario en lo exterior de su hospitalidad.

Mi contacto con ella no vaya a creerse que fue sin desgarramiento. Como la del Capitán Ahat en el hermoso libro de Melville, mi lucha con la ballena blanca de la urbe fue cruel. Fui a los teatros y vi a este pueblo; fui a los salones públicos y vi a este pueblo; fui luego a los bancos, las factorías, los salones de conferencias, las universidades, las escuelas, y vi a este pueblo; fui a los sitios donde la política y el gobierno sientan sus reales y vi a este pueblo. El primer sentimiento que podía tenerse ante él era extraño, porque este pueblo, en un sentido profundo, no se entregaba. Su mutismo interior me parecía cada vez más incomprensible, pues por fuera, en su manifestación directa, era más bien gárrulo, más bien locuaz, mientras se aferraba más allá de este exterior arrebato a un silencio, a una reserva indecibles. Lo cual significaba que había algo asesinado en esos grupos humanos, algo desgraciadamente sacrificado a una actitud, algo profundo y auténtico que vivía en el cauce de esas almas sacrificado a una especie de moral inauténtica. ¿En qué consistía aquel algo, y en qué esta moral? ¿Cómo se había efectuado semejante sustitución?

Era necesario entrar más adentro, obtener una confesión indirecta de esos hombres; la confesión directa era imposible, pues ante cualquier tentativa de lograrla los resortes de esos seres celosos cerraban —con las esclusas de una taciturnidad inflexible— sus posibilidades de comunicación.

Considerado en general, el hombre de Buenos Aires muestra, al primer examen, una sorprendente inteligencia y una aptitud asimiladora de cultura no menos sorprendente. Pero en esta precocidad orgánica de su intelecto, en esta aptitud primera, tan aparentemente positiva, es donde echa negras raíces su verdadero defecto. Porque esa facilidad, que sería, como medio, magnífica, como fin, no es nada; como fin es una trampa, ya que envuelve al sujeto en una suerte de red pérfida sin permitirle libertarse, desarrollarse, extenderse, tener, en suma, no acortada fertilidad. Un hombre de buen estómago reirá ante el mundo, confiado en tener la salud más envidiable; un día, ese corazón, esa sangre que conspiraban en la sombra, algo, en fin, estalla en él, la apoplejía lo voltea: era demasiado buen estómago para una fuerte salud. La salud es un orden, ninguna de sus manifestaciones avanza única; o todo, o nada.

Pero a ese riesgo del brillo dérmico de la inteligencia se agregaba el otro, bien lo vi, también implícito: el riesgo de la aptitud asimiladora de cultura. Porque si en un organismo vivo no hay asimilación sin transformación, sin la producción por ella provocada, tampoco tiene valor en un organismo inmaterial la cultura que se devora y muere al ir a ser asimilada; que, al no ser asimilada, en lugar de vida es muerte. La cultura existe por un fenómeno similar al proceso de oxigenación de los pulmones o las clorofilas; una caja de madera puede recibir y almacenar oxígeno, pero se trata de un acto muerto; como el oxígeno, la cultura no es espiritual y biológicamente tal sino cuando su influencia sobreviene por un casamiento químico; sin sangre, sin savia que fertilizar, el oxígeno no pasa de ser un cuerpo errante.

Y ese hombre, ese hombre que salía primeramente a mi encuentro en Buenos Aires, presentaba a todas las corrientes libres de cultura una sangre sin resistencias, sin potencia de selección, de rechazo; una sangre, intelectualmente hablando, blanca. De ahí provenía también su confusión al creer —¡tan a menudo, con tanta obstinación!— que un mero erudito es más sustancialmente culto que un labriego de sabia raza o que un indio azteca. (Esto, lector, conviene no olvidarlo; tiene más importancia de la que aquí puede parecer, porque tal error de matiz, nimio en su aspecto, tiene mucho que ver con el problema de lo visible y de lo invisible en este país.) Al hombre argentino visible parecía serle difícil concebir que de poco sirve la cultivación de un espíritu cuando ese espíritu no es culto en su origen, culto en su primera célula, esto es, constitucionalmente.

Más de dos millones de almas caminaban por las mismas calles que yo. Estaban formados por dos grupos muy compactos, muy fuertes: el de los que tenían sus raíces en nuestra tierra y el de los que llegaban desde los más remotos suelos con sueños que formulaban en los más diferentes dialectos. Sin embargo, entre estos dos grupos, a poco andar en la ciudad, era visible, no una separación precisa, sino un nexo. ¿Era ese nexo una misma ambición, una misma voluntad, una misma inteligencia de la vida o simplemente una ilusión del ojo poco experto? La pregunta huelga: el nexo era la misma ansiedad de dominio y de poder contante y sonante en un mundo donde todo aparece fácil, donde el cielo es tan prodigiosamente claro, los crepúsculos tan distintos en su esplendor diferenciado, las noches tan universales, el clima tan sin extremos; por momentos plúmbeo, por momentos inestable, a la larga clemente. Son esos contingentes venidos de fuera los que han pronunciado la palabra riqueza y planteado los términos de la lucha. Pero semejante palabra es trágica, semejante palabra es alegre solo en su apariencia, semejante palabra es el grito ambicioso de una deserción que quiere parecer otra cosa. La vida es un empleo del hombre en la tragedia; un empleo del hombre en cierta guerra que da respiro, pero no tregua larga; los que escapan gritando: “¡Vida cómoda!” han desertado un mandato y esa deserción se venga. Estos hombres que vinieron gritando su aspiración de riquezas, no lo olvidemos, venían de terribles anarquías morales, de pobrezas indecibles, de órdenes europeos llegados a su crisis y su disolución. Con su ansiedad liberatoria, ¿qué podían traer a otra tierra? ¿Creéis que principios en que basar una nacionalidad, un mundo armónicos? No. El orden no comienza en una evasión hacia la comodidad, sino en una conciencia de cierto sacrificio para cierto fin. Lo que esos extranjeros podían traer era su hambre y su sed violentos de pan y mejoramiento material; esa hambre y esa sed materiales son humanos; es decir, justos; es decir, también morales; la parte moral de esa hambre y esa sed es una voluntad de acción, es una aspiración a crear, es, más que todo, la energía surgida de una tristeza que quiere transformarse en un gozo.

He aquí, pues, que esos hombres llegados de ultramar nos traían con sus cabezas rubias y esos ojos en los que perduraba el sufrimiento de quién sabe cuántas generaciones, un elemento de vida, de energía en marcha que si no era capaz —por no poder ser ésa naturalmente su misión— de iniciar con su marcha el sentido de un orden, significaba en cambio un magnífico material de vida para integrar en ese orden algo poderosamente activo y corpóreo. Esos hombres constituían un material humano plástico. ¿Pero quién, cómo, iba a darles aquel orden? ¿Cuál iba a ser la matriz capaz de plasmarlos, de darles una forma total, de imponerles una gestación adecuada a la forma, no de un mero destino material, sino de un destino en que lo espiritual y lo económico lograran la misma unidad viviente, el mismo orden?

Claro está que esa matriz no podía ser natural- mente otra más que la forma espiritual de nuestro pueblo. Pero algo grave había sucedido. Y es que a medida que el contingente humano de extranjeros iba nutriendo más caudalosamente nuestro suelo, por todos los puertos, ferrocarriles y caminos, nuestra forma espiritual, nuestro acervo de alma y conciencia iba debilitándose explícitamente en toda la superficie del país.

(He subrayado el término explícitamente. Lo he subrayado por esto: porque tal degeneración, semejante debilitamiento de nuestra fisonomía espiritual, la he creído obra solo de un estado presente y fluctuosamente pertinaz —estado espiritual, intelectual, moral— de los hombres que expresan a nuestro país, que lo han expresado en el correr de nuestro siglo, o, mejor, que se han apoderado de su expresión. Es el fruto de una decadencia de esos hombres. De una decadencia de quienes, sin ser la Argentina en modo alguno, la han mostrado a su semejanza, la encaminan a su semejanza, con oprobio.)

Mientras las grandes legiones de seres ansiosos de materiales bienes seguían llenando nuestra inmensa superficie terrestre desde los lugares cubiertos por la luna pálida del norte hasta los que presencian esas interminables muertes nocturnas cuya sangre rojinegra se vuelca sobre los canales del sur, esas legiones, en vez de sentir su ambición ordenada a la ascendente sinfonía de nuestro mundo, veían —tal vez con desencanto— ordenarse muchas cosas de la nueva tierra, hombres y circunstancias, a una ruta importada de prosperidad física y vegetativa. En vez de encontrar un orden nuevo, y bueno, veían reproducido, con escasas diferencias, el malo que traían.

El encuentro de esas legiones recién llegadas no se producía con la Argentina profunda, sino con la Argentina visible. Su contacto se producía con esa misma especie de hombre que pronto me di a detestar, más de una vez con cólera, muchas veces con desesperanza. Su contacto se producía con esos hombres que representaban a la Argentina.

Nunca asumió este término mayor fuerza clarificadora.

 

La peor, la más nociva, la más condenable de todas las personas actuantes en la superficie de la Argentina es la persona que ha sustituido un vivir por un representar. No se trata de un tipo universalmente común, sino de una especie muy nuestra de virtuoso social del fraude. Tras una apariencia de enciclopédico e instruido, sus sedicentes ideas son muchas y su creencia ninguna. Toda su actuación es un accionar; aun cuando piensa, acciona. Si hubiera en él algo que no pudiera accionar, lo mutilaría, así como se lleva al cirujano un absceso descompuesto. Su vocación es esencialmente ministerial aun cuando no desempeñe sino las funciones más modestas en cualquier institución pública. No son unos pocos, son los que saltan a la vista, un verdadero Estado, desde el gobernante hasta el humilde abogado de barrio o el médico con pretensiones de figuración mundana. Son los que, según sus propias palabras —siempre abundantes, rara vez retenidas, medidas, en lo público o en lo privado, en la alcoba o en el banquete—, hacen al país.

Son, en efecto, con una trágica constancia, con una irremediable generalidad, los que representan al país. Y se equivocaría quien pensara que aludimos a una criatura episódica y caricaturesca. De ellos recibimos, con triste frecuencia, gobierno, voz, magisterio, proclamas; y con lo que ellos digan de nosotros debemos contentarnos todos. Falsos espíritus, falsos emersonianos, pragmatistas peregrinos, disertadores enfáticos todos, concilian muchos de ellos en forma extraña un nacionalismo de expresión violenta y solemne con la gestión in situ de fuertes empresas capitalistas extranjeras. Forman tan difusa y prolífica multitud que su voz llena todo el país de extremo a extremo, desde el Parlamento, las tribunas, las cátedras, la carta abierta o el artículo de periódico que ha debido ser minuciosamente corregido en su elemental sintaxis gracias a la prolijidad de aquellos periodistas a quienes ellos desdeñan por carecer de “representación”… Su género es el discurso; su apoteosis, el banquete; su seducción más inquietante, la publicidad. No siempre venales, pero subyugados siempre, llamados por la medusa de la pública exaltación de su persona en las formas más diferentes (desde la repetición puntual del nombre en la crónica social hasta la imposibilidad de rehusar el ser llamados a formar en las juntas o instituciones más ampulosas y desprovistas de significación verdadera). Para estos cándidos siniestros, lo medular es lo que acciona; lo razonable es lo que se sostiene a voz en cuello; lo decente es lo que se acomoda al sistema de prejuicios que llaman, desde el balcón, dignidad. Incapaces de pensar con honradez discreta y con limpieza, temen la sigilosa acusación de algún repentino rapto de conciencia y viven públicamente, en la calle, en la escena, dando cuentas a todo el mundo de su inteligencia, instrucción y coraje, a fuerza de puro miedo de ir a advertir ellos mismos, al callarse, que están efectivamente desprovistos de las unas y de lo otro. Imbuidos de tan dilatada suficiencia que prefieren aprender el menor número posible de cosas a fin de permanecer en la convicción de que no hay ninguna que no sepan, hay una que parecen ignorar con rara obstinación y es que tanto son ellos la Argentina verdadera como el insano que se cree Enrique IV…

Esta notación equivale a una vehemencia que es la vehemencia primera con que vi esa napa humana visible de nuestra nacionalidad. Lo cierto es que hoy los veo con desdén pero sin irritación, puesto que ¿cómo ha de irritarnos aquello que vemos ya mordido por su propio gusano y que no tardará en ser devorado?

Lo grave, lo que me pareció grave, es que erigidos gracias a su explicable influencia en las expresiones más destacadas de los grandes centros universitarios, políticos, industriales y fabriles del país, ellos eran la matriz llamada a plasmar al recién llegado, a conformarlo, a darle un carácter estructurado a su imagen y semejanza. Lo grave era que, en apariencia, el habitante moral de nuestro suelo amenazaba no recibir normas, principios, sino de esos especímenes sociales incapaces de auténtico poder normativo y en los que el principio es fundamentalmente insustancial. La sucesión racial, ética y política de nuestro pueblo estaba, por decirlo así, librada a sus manos.

Y más grave aún era que seguíamos moviéndonos en el terreno de lo aparente, en ese peligroso tremedal. Situación como la del que se halla en plena ciénaga de superficie monstruosamente atrayente, tan lejos de las luces del campo estelar como de la tierra firme en que el orden terrestre se sostiene sobre roca. Estos hombres sin creencia, sin sentido del valor sacramental, cristiano, de la vida; con sentido apenas del persignarse, gesto más que fervor, lo cual conviene a su especie; desprovistos del sentido de la unidad, del sentido del orgánico vivir al que todo cuerpo existente ha de atarse a fin de no perecer en su existencia profunda; estos hombres en los que se consumaba la más terrible de las traiciones a lo espiritual, traición que consiste en un ejercicio desaprensivo y constante de cierto lujoso fariseísmo; estos hombres exclusivamente subordinados al coeficiente de su prosperidad personal eran, en sí, apariencia. No vida, apariencia; no salud, gozo, progreso, sino apariencia de salud, apariencia de gozo, apariencia de progreso. No humanidad, sino apariencia de humanidad.

 

Había en todo ese mundo una ficción de refinamiento y aristocracia. Pero este refinamiento y esta aristocracia —que se empeñaba en cultivar y mostrar— no tenían su origen en un refinamiento o en una aristocracia verdaderos, sino en la transmutación aparente, en el afinamiento improvisado y aparente, de una intrínseca barbarie. Barbarie que era una mezcla de instinto y nebulosas ambiciones desarrolladas en el mayor desorden y sujetas en el instante de ir a aflorar, para hacerlas aparecer como otra cosa, reprimidas solo entonces y exteriorizadas en seguida so apariencia de distinción a veces grandilocuente. Para ese mundo lo importante era el gesto. Con el gesto se compra, con el gesto se vive, y era el gesto lo que había que valorizar. Aun cuando hablaba, la palabra de ese mundo adquiría el valor de un gesto; aun el silencio tenía el valor de un gesto, porque los que lo guardaban, los que se obstinaban en un juego de oportunos mutismos, reservas, reticencias, no querían otra cosa más que no correr el riesgo de librar un posible defecto personal al juicio ajeno. Desarrollado hasta lo increíble, el temor al ridículo había llegado a constituir una inhibición cuya forma externa era una discreción extremada.

Y estos hombres con quienes a diario me encontraba, que llenaban los claustros de las facultades, los laboratorios de la ciencia, las instituciones de sustentación del arte, los paraninfos magistrales, no pocas escuelas, no pocas academias, que se desparramaban y corrían como una espesa ola inundando las bancas del Parlamento, los clubes exclusivos, las oficinas de la administración nacional, tenían una función adjetiva y no sustantiva en nuestro mundo, una función en la que lo importante era ante todo representar, no ser. Se despojaban de su humanidad vitalmente gravitante e iban a transformarse en un reflejo deliberado y artificioso de esa humanidad. Dejaban de ser hombres para ser derivados. Un abogado laborioso y triunfante derivado de un hombre inexistente; un político, un profesional cualquiera, derivados de una necesidad de no actuar sino en función, en representación, de ese papel social. Y estos hombres habían llegado a no vivir como hombres, no amar como hombres, no sufrir como hombres, no odiar como hombres, no tener pasiones como hombres, no tener devoción como hombres, sino a vivir, amar, sufrir, odiar, tener pasiones, tener devoción “como lo que querían parecer”.

La Argentina visible era el país inficionado por ellos. Pero ¿qué tenía que ver tal estado de existencia con la tradición, la tierra auténtica de nuestro país? ¿Qué tenía que ver tal modo de vida adventicia con lo que nace de reales raíces, con lo que se levanta según las mismas leyes del desarrollo coherente y sólido de una semilla, un tallo y un follaje? Nada. Nada tenía que ver con la mónada nacional, con el principio de vida que nace de una unidad y se desenvuelve, o se “desentraña”, orgánicamente. Y el tipo humano que padece esta omisión podrá tener apariencia de vida, apariencia de progreso, apariencia de prosperidad, pero carece de verdadero poderío. Es algo invertebrado y suelto que, llamado a multiplicarse, no podrá dar de sí más que el germen de algunos instintos mal encaminados, dispersos, siendo su única salvación en lo porvenir que surja al fin de tanto caos —a fuerza de horror y ansiosa contraposición— otro organismo con hambre de vida esencial y no ficticia.

Nuestros cantos, nuestras danzas, nuestra producción cultural han acabado por contagiarse de esa enfermedad disolvente. Ya no podía yo oír una voz sin sentir el contracanto nefasto, el delirio de la representación. No podía acercarme a uno de los seres que hablan en la ciudad sin temer encontrarme con ese desierto exacerbado y ampuloso, tan lleno de pretensión como de vaciedad. No podía leer un libro, un artículo, sin hallar los mismos combates de un personaje tras la conquista, no ya tan solo de su felicidad somática y de su expansión física en el sentido de la posesión y de la riqueza, mas de todo lo que se parece al espíritu sin serlo. Y si esto traía a mi ánimo alarma era porque juzgaba ese mal todavía más peligroso y temible que la deficiencia flagrante sindicada por el pensamiento crítico norteamericano en el plano de los hechos de su tierra; era más peligroso porque si la deficiencia del mundo actual norteamericano no pasaba de ser una deficiencia de sazón (estado propio de la era infantil en que priva sobre todo el instinto, con su adecuada conducta, sus peculiares codicias y su natural filosofía), nuestra deficiencia la superaba negativamente porque pasaba de ser el signo de algo inmaturo para ser el signo de una voluntad de no ver otra cosa que el sector desfigurado y fácil de un destino, de aceptar solo la parte menos íntegra, más muelle y por consiguiente menos grandiosa o heroica, del porvenir de nuestro mundo. Esa necesidad constante de ficción, de exaltación atómica y personal (ni siquiera personal, individual; mundana pero no funcional), de subordinación de todos los principios eternos a una suerte de ciencia egolátrica infusa y todopoderosa, expresivamente propensa a la exaltación y la elocuencia; esa necesidad de imponer a la cotidiana información sobre el mundo la apariencia de una cultura; esa inclinación a la desconfianza y la sorna por el hombre de intelecto y ciencia auténticos que se refugiaba en su celda; esa sistemática suficiencia de criterio y juicio, ante todas las manifestaciones del arte, como si la mera circunstancia de sus hambres de bienestar y facilidad e información los colocara mecánicamente en un plano superior a cualquier obra salida de manos de hombres; ese juzgar, en fin, lo más por lo menos, para emplear una fórmula que gustaría a Santo Tomás, estaban lejos de poder ser considerados como la mera resultante de una inmadurez: eran taxativamente un pecado y un persistente pecado contra el espíritu allí donde solo se tienen abiertos los ojos para los pecados de la carne, ¡como si éstos fueran los que cuentan!

 

Yo creo que nuestra falta de madurez se diferencia mucho de la falta de madurez de los norteamericanos en lo que concierne al origen y por lo tanto al devenir de los dos pueblos. Quiero decir que nuestro instinto es hijo de otra formación, sigue otra evolución, un camino, por decirlo así, diferente. Las diferencias entre el cuáquero puritano y el conquistador español fueron demasiado grandes para no pensar que gravitaron en formas esencialmente diferentes. La piedra de las primeras iglesias del norte y de las primeras iglesias del sur fueron colocadas según dos formas desiguales de devoción; la de los primeros tenía su ánimo atado a la ascendencia de una teología moral; la de los segundos a una teología mística. Los habitantes del norte y los habitantes del sur conocieron, así, una libertad diversa. En unos, el ímpetu espiritual estaba condicionado a preceptos austeros, infranqueables; en los otros, ese ímpetu se elevaba más osada y ardientemente hacia Dios. Los unos estaban enfrentados con un Libro; los otros con el infinito. Si el libro es un hecho, el infinito es una aspiración pura. Del sentido del hecho nace la perfección en un sistema de hechos, pero de la otra llama es de donde surge “el” hecho, el hecho “creado” más que construido, el hecho elevado a la categoría de expresión de un sacrificio, el hecho supremo y heroico: la gesta de Hernán Cortés, Juana de Arco, Chartres. Tal es la bendición de nuestra herencia de España, más que nuestra deuda con el genio latino. Y, siendo así las cosas, ¿cómo aceptar las degradaciones que no son siquiera la ciega consecuencia del instinto, sino la complacencia delictuosa del talento en su propio engaño y de la libertad creadora en su morosidad, en su inercia disfrazada de movimiento, y en una esterilidad aparentemente fructuosa como es la del hombre que se mueve en un mundo donde la dependencia orgánicamente inmutable de los valores ha sido sustituida por el ejercicio de los valores aparentes?

El instinto no carece de fines; sus fines son primarios, pero fines en definitiva. La inconstante marea humana que constituye la Argentina visible conoce exclusivamente la entronización de los medios. Los hombres que forman y agitan esa ola humana son medios ellos mismos, medios que se multiplican a sí mismos sin perder la condición de medios, medios que buscan tener “más medios”. Un artista es un fin, un santo es un fin, un héroe es un fin; son, estos tres, especímenes de la humanización de un fin, porque los tres son dueños de su finalidad en el sentido de haber dado a su vida una voluntad de resolución plena. Lo terrible son los hombres-medio, esos que no pueden abandonar la cárcel del querer llegar sin trascenderse, la cárcel del fin que se queda en medio.

Lo que yo quería encontrar eran hombres humanamente responsables y no encontraba más que ficción de humanidad, representación de humanidad, comedia de humanidad.

Ahora bien: toda creación es un fin, no un medio. El país visible, ¿qué otra cosa podía ser, fuera de un país construido en el aire, mientras estuviera constituido por portadores de medios y no por creadores?

Todas las fuentes nacionales en que se origina una fuerte y verdadera cultura aparecían contaminadas —¡ah cómo lo vi!— por semejante anomalía. Cuando los fines de un Estado orgánico se demoran en el dominio del simple medio, lo que sucede es que además de debilitarse toda la pujanza plasmadora o materna o germinativa en lo que se refiere al espíritu, al ánimo, a la cultura, y al arte, la vida de la colectividad también se debilita en su tono; y con la muerte de las raíces, mientras el tronco sobrevive artificialmente, va empobreciéndose y desnaturalizando el idioma, la lengua, lo que equivale a decir la expresión misma del pueblo así viciado.

 

He odiado a esta gente culpablemente falsa, habría querido acosarlos, golpearlos, reducirlos al silencio, limpiar la atmósfera de su presencia. Y, día tras día, lo único que lograba era sentirme parecido a ellos, contaminado. Me dominaba su mismo errar entre noticias y noticias de periódico, el mismo amor propio, las mismas argucias para pasar por enterado ante el tonto, el mismo espíritu de ironía y burla a costa del cándido, la misma suficiencia y sobrestima de mí, la misma estupidez de fondo, la misma complacencia en el capital omnipotente de mi bien llevarme y bien traerme, en mi apariencia exterior, en mi vanidad, la misma ambición mundana, el mismo desparpajo y la misma soberbia, el mismo patalear delirante en una ignorancia vestida de información, la misma incapacidad de espíritu preciso, el mismo afán por juzgarlo todo desde arriba, la misma estultez de criterio, el mismo convencionalismo, la misma mojigatería, el mismo fariseísmo ululante en el charco de los resentimientos personales, las envidias, los celos, las animadversiones personales. Ni un solo rasgo de verdadera libertad, ni un solo rasgo de voluntad inteligente y libre; ni un arranque de orgullo verdadero —que consiste en tenerlo sin que luzca—, de verdadero señorío, de predominio austero y seguridad interior, no manifiesta, serena, sobre las circunstancias y los hombres.

Contaminado. Así me sentía. Y odiaba a esos deformadores, a esos traidores, a esos burgueses dormidos en el lecho de cierta venal incuria. Me odiaba a mí mismo; no podía soportarme. Dejaba mis libros, salía a la calle lleno de furia contra mí, de acerba decepción, de amargura fría. Recorría las calles, tomaba de mala gana el líquido de un pocillo negro en cualquier café, miraba la ciudad con inocente iracundia y me entregaba desesperado a ese deambular sin descanso después del cual, al fin, iba a entrar en algún cinematógrafo para disolver mi mal humor en las peripecias de tal o cual producto de la factoría yanqui de sueños.

Y cuando salía de allí —en la calle, en los clubes, en los salones literarios, en las tertulias de “cejialtos” y “cejialtas”— iba a encontrame una vez más con esa gente, hombres desvirtuados, desnaturalizados, islas anodinas a la deriva de sus propios mitos.

Momentos había en que ya no me era posible soportar semejante atmósfera. ¡América: tierra promiscua, tierra sin salvación! Ese pensamiento era mi compañero. Erraba por la ciudad hasta el puerto. Al amparo de la soledad nocturna, en la oscura costa, la cara ofrecida a la brisa del río de aguas casi inertes, me sentía, por un momento, rescatado. He ahí el agua libre, la noche libre, el espacio libre, los astros libres —el universo—. Nada concitado, nada constreñido, todo exacto, todo verdadero, todo aplicado —astro o viento o árbol— al cumplimiento de su función, todo sujeto al austero gozo del orden fundamental, cada uno para el todo y el todo para cada uno. Yo era el imperfecto.

En los lugares más cultos como en los intelectualmente más subalternos de la capital, en el fondo de las casas privadas, en la escena de los teatros, en la voz audible en la calle, en boca de los grandes y de los pequeños, del señor como del criado, del seudo-culto como del torpe, esa población visible, tan dueña de poderes y recursos físicos, oí hablar el mismo idioma, la misma lengua corrompida; no ya aplebeyada —cosa que no sería el peor mal— mas, antes que todo, promiscuada. Aun nuestra pronunciación era casi blanca sin esa coloración, sin ese vital pigmento que un clima recio impone a todo lo que nace en su región. Nuestro idioma había llegado a ser, en la Argentina visible, un idioma blanco, pálido, promiscuado, falseado.

Si este hombre argentino visible no fuera adventicio y tuviera raíz, su raíz sería lo español. Entonces creería en los valores extremos absolutos, que son en último término lo que he querido decir al hablar de fines. “El español —ha dicho alguna vez un sagaz español— cree en los valores absolutos o deja de creer totalmente. Para nosotros se ha hecho el dilema de Dostoiewski: o el valor absoluto o la nada absoluta.” Pero para nuestro hombre visible, lo absoluto no existía, claro está; existía cierto fluctuar constante entre incontables medios, cierta exaltación a todo trance de la medianía glorificada tanto en el orden de lo material como en el de lo moral, si es que en este último dominio puede caber tal categoría.

 

Así vemos, pues, cómo un mundo ficticio había operado la sustitución de otro, verdadero. Este engaño en que parecían tomar parte todos era un engaño para cada uno. Porque al empobrecer el cerco humano que nos rodea, lo que empobrecemos es nuestra propia vida, a quien empobrecemos es a nosotros mismos. Y este mundo sensible, en apariencia próspero y rico, era en el fondo un mundo en vías de empobrecerse del modo más triste, que es el empobrecerse creyendo estar acumulando y enriqueciéndose. El proceso más lamentable para un hombre, un pueblo o una causa. Cuando vi, en esta tierra que quería con desordenada pasión, la imagen de ese desorden en marcha vestido con los ornamentos de un orden estricto, seguro y como ritual, sentí la necesidad de evadirme, de evitar ese contacto que podía tornar a cualquiera malsano, a su semejanza. Me pareció que siendo un pueblo de origen sano, auténtico, rápido y pródigo de inteligencia, fundamentalmente desprendido, fundamentalmente de cara a todos los vientos universales que nos llegaran en forma de criaturas o de acontecimientos, estábamos encaminándonos, por cierta complacencia en un vicio prematuro, a quién sabe qué nieblas, quién sabe qué destinos, quién sabe qué extravíos. Tuve necesidad de hundirme en el otro mundo, en el no ostensible, en el que yacía sumergido, quién sabe a qué profundidad por debajo de nuestra inconsciencia disfrazada de superconciencia ensoberbecida.

 

Todo lo que encontraba perdido en estos hombres regentes, necesitaba descubrirlo en otros rescatado. Pero ante todo, era menester definir el origen del mal visible en la superficie del país. ¿Tenía su origen ese mal en el espíritu, en el alma, en el intelecto de esos argentinos con voz y predominio? Evidentemente, en ninguno de los tres. No era un delito del espíritu, del alma, del intelecto, aunque los tres estuvieran espontáneamente complicados. Era un delito de la conciencia. El delito de esos hombres que habían suprimido sus propias raíces y tenían al país sustancialmente en el aire no era otra clase de aberración. No es otra la aberración del mercader en lo moral.

Era como si estuvieran vendiendo a buen precio la adulteración de un producto natural, todos estos magistrados, señores, funcionarios, profesionales, industriales; personajes, todos estos, argentinos visibles.

¿Flagelación, flagelación para ellos? No, no, nada de eso. Sino dejarlos con sus medios en la mano y seguir uno solo por su lado, por su solitario lado, con los oídos vueltos al cántico interior de la tierra, el cántico interior de los hombres. Andar solo, solo, hasta encontrar a los otros solitarios.

Que de todos esos solitarios se hace el torrente que limpia el cieno. El torrente de los que tienen fe, de los que no se mienten a sí mismos, de los que no pactan ni quieren prebenda. De los grandes honrados en su soledad. De los que en su soledad preparan en sí para los otros la buena compañía.

Cuando abrimos de par en par los ojos en el máximo esfuerzo no es cuando vemos más lejos. Cuando queremos ver todavía más lejos a una distancia incalculable, cerramos un momento los ojos, los ojos de la carne; es entonces cuando la visión pasa a ser del espíritu. Quien ve más lejos no es el águila, sino el ciego. Así, mientras nos habíamos esforzado por ver, forzando la vista en mantenerse atenta al paisaje adyacente, lo que habíamos visto era la deformación exterior de un pueblo, sus rasgos violentados por esa floración anormal que iba creciendo en su fisonomía. Había que mirar con otros ojos, más fidedignos, más difíciles, más profundos para ver la otra forma considerablemente más consistente, incalculablemente más íntegra en su resistencia de cuerpo y moral: la forma interior de este pueblo, la Argentina invisible.

 

IV. El país invisible

 

La tierra auténtica, la tierra profunda y su hombre. La fisonomía moral del argentino profundo. La exaltación severa de la vida. La lucha espiritual de los creadores. El trabajo sin ensueño. El descontento creador.

 

Si hay dos hombres en el mundo psicológica, ética, socialmente diferentes, esos dos hombres son el habitante del hinterland argentino y el habitante de la ciudad. En la dimensión de esa diferencia me pareció siempre residir la dimensión de nuestro posible crecimiento hacia la positiva integración de nuestro destino. Si semejante diferencia fuera un espectro, la Argentina invisible sería un espectro; pero semejante diferencia es real.

Cualquiera que atraviese el país sin sueño en los ojos, sin sueño en la atención, podrá comprobar cómo nada tiene que ver la esperanza del lento trabajador del norte con la esperanza de su pariente metropolitano de Buenos Aires, Rosario o Córdoba; el sistema moral del hombre andino con la codicia del pequeño señor industrial de Mendoza; la operosa vida del colono mediterráneo con la existencia de su explotador urbano; el ligero despertar del hombre ubicado junto a la tierra con el concreto y codicioso sueño del hombre que vegeta en el aire. Las ambiciones, las ansias, las inquietudes son diferentes. Aun la cara del país es diferente.

Anduve por muchos caminos, por muchos albergues, por muchas ciudades. Las cosas que vi me llenaron de emoción reflexiva. Aun los casos más insignificantes —el mero nombre de una persona, la forma de escuchar en los diálogos, cierta cultura natural, cierta rudimentaria vocación de sabiduría— me revelaron la presencia de un hinterland moral muy rico en lo hondo y desconocido de nuestra tierra. En modo natural, Jujuy se parece a su hombre, Buenos Aires a su hombre. Una vez vi el alba y las noches jujeñas, el cielo profundamente arqueado y lejano y claro en su azul liso e intenso y, debajo de la elipsis recta, plana, extensa, la ciudad blanca, el caserío elemental, que ni miente ni asombra como no sea por su gran serenidad digna, por la simplicidad de un muro o el arte discreto de un portal o la limpieza de la piedra en la calzada rústica o el clasicismo extraordinariamente puro de un arco enjalbegado o una recova sencilla; otra vez, un mediodía, desde la ventana de un hotel, vi quebrarse ante mí el perfil mayor de la montaña tucumana a un costado de la ciudad casi amarilla, graciosa y selvática desde el levantarse de la vega hasta la cima donde la fronda se expande y enriquece, como si viéramos, en ese gesto, el incesante agrandarse con que ciertas imágenes pueblan las pesadillas; vi la ininterrumpida superficie de monstruosos helechos; y paseaba, al rato, por la geografía tranquila del caserío central, viendo (casi sin oír todavía una voz que lo desvirtuara) el andar tranquilo de esas gentes cuyo esperar de futuro en nada se apartaba de la actitud del paisaje natural frente a las mutaciones del variante sol y de la nube inconstante y del maravilloso cielo permanente; otra vez, una noche, acogido a la hospitalidad en pleno campo, en un punto cualquiera de la planicie más o menos desierta, vi regresar callados a unos hombres que habían partido por la mañana alegres: la plaga, la manga de langosta, en unas horas, del monte había dejado solo el esqueleto; del espesor boscoso, ramas secas; de los cereales, ruina. Y comí con esos hombres la cena triste y luego salí con ellos a la intemperie y los vi alegrarse de nuevo con la amistad del astro familiar y la esperanza nocturna. Otra vez, viví días y días junto a las acequias cuyanas cuyo rumor se parece en la noche al rumor de las fuentes de Roma, hechas por célebre mano, que uno oye del anochecer al alba como contrapunto al propio pensamiento en la hora de la recapitulación, antes del sueño; viví en la ciudad de San Juan, que se parece a todos los demás rasgos de la provincia argentina en la fresca amplitud de la calle Ancha y en la iglesia matriz de cúpulas gemelas, con cierto modesto barroquismo en el frente, del suelo a la espadaña, y bancos pobres. Vi, en una u otra parte, la secuela española, colonial, jesuítica, todavía no alterada o deformada por la bárbara venida de una invasión sin genio original, confusa, abominable, caótica, en la que se ha tratado de hacer perdurar restos ya sin vigor de las más dispares arquitecturas. Vi al hombre de la provincia y al hombre que trabaja la tierra; vi al argentino que lo es, que lo es en verdad; vi tanto al no instruido —que sin embargo lleva en sí viviente la virtud natural de que hablaremos después— como al instruido —que en el fondo de las granjas, las estancias, los establecimientos, no desdeña el libro sino que lo acepta como alimento y como humanidad, útil en lo primero y confortante en lo segundo—. (Nadie nos hará el agravio de creer que nos referimos a la acepción pueril del libro como letra: aludimos a él como fuente, como hontanar siempre creador no ya de nuevas letras, sino de sensibilidad viva.)

Aprendí a ver nuestro campo, nuestros ríos planos, nuestros ríos acostados, de movimiento lento y aguas de un color insólito, claras, otras veces algo turbias como si acabaran de cruzar por un légamo, siempre lentas y tristes como la marcha de las cosas eternas.

Aprendí a descifrar el monólogo articulado de la tierra, que tiene una voz extraña, diferente y significativa. Por las mañanas, en campo abierto, se ve brillar una raya de sol, delgado resplandor sobre el filo de una larga cuchilla, y la reverberación va poco a poco apropiándose —al tornarla blanca— de la infinita extensión verde, interrumpida muy de tarde en tarde por un monte de árboles oscuros; soledad, sol y animales, el cereal brillando al sol; de pronto el ruido de un galope resonando sobre la tierra, como si sobre el suelo tenso dieran secos golpes isócronos con la palma ahuecada de la mano; soledad, sol y animales, el cereal brillando al sol; luego, hora tras hora, el sol o la lluvia, el desierto plano, la llanura, el suelo de pasto ardido y el horizonte caen bajo el zarpazo rojo. Despacio, al llegar la tarde, todo va modificando su raudal de gozo, de gozo que se respira, y la atmósfera se va haciendo ligeramente hosca y el horizonte alejándose y la tierra saliendo de su yacimiento para mostrarse alta y grávida en las horas que preceden al anochecer. De pasiva, la tierra se vuelve activa, se levanta, se “incorpora”, ya no sirve de mero piso al galope del potro y las faenas del hombre, sale de su docilidad y los persigue, al potro y al hombre, en el gran recinto libre de la noche; los toca, los busca, los corre; tan alta, la tierra, que la luna misma parece estar rasguñada por la mano de la llanura.

Llega una hora nocturna en que, durante las noches sin luna, ya no se ve horizonte alguno, sino la isla de tierra incorporada en que estamos parados, de pie por encima del mundo. Y la tierra, que por la mañana estaba tendida, librada a nuestro furor laborioso, de noche nos acosa, nos cerca, nos amenaza… Pero el trabajo del día está hecho y solo cuadra esperar. La rebelde nocturna volverá a ser sumisa, matinal. Mientras tanto, oímos el croar que no cesa, señalándonos la vecindad del charco o la laguna; miramos la chispa huyente de la luciérnaga; tememos, en la sombra, el aletazo del murciélago; sentimos el suelo en tinieblas, hollado por sigilosas especies, el sapo, la lagartija, el crótalo.

Y nuestra reflexión está empapada de humanidad, casi tan cerca del cielo como de la napa de agua que corre en la tierra, subterránea. No podemos pensar sino con naturalidad; ese mundo que nos circunda es demasiado grande para nuestros odios, para nuestras pasiones, para nuestra vil morosidad, para todo lo que sea sentimiento cerrado. Una inmensa naturalidad nos está rodeando y, lejos de concluirnos, de cerrarnos, nos comunica, nos extiende a su medida; nos pone tan cerca del alto campo estrellado, como del campo firme y bajo, como del agua profunda, como de los demás hombres, de las mujeres, de las cosas. Lo que tenemos es ganas de gritar: “¡Señor, Señor, estamos, con cada segundo, naciendo, renaciendo! ¡Universo, te tocamos! ¡Tierra, te tocamos!” Y lo que tenemos de la tierra no es tan solo la tierra, sino el modo como nos lleva al absoluto.

Antes de medianoche, cuando ya vamos a entrar en la casa para acostarnos, todavía nos acompaña en nuestra soledad un rombo de luna lechosa; nuestra sombra se dobla al acercarnos al muro enjalbegado de la casa, que parece azul. Y solo al amanecer, la tierra y nosotros estamos definitivamente en paz, los dos inertes, los dos yacentes.

 

Y hay, en fin, un hombre que vive en esa tierra, que la prueba, la hiere, la trabaja y la fertiliza; un hombre a quien rara vez se siente vivir en la Argentina; un hombre casi sumergido en el secreto de su labor. La generosa planicie le ha dado su forma, que es la de una pródiga fertilidad. Esta vez, fertilidad de ánimo y corazón. Es el hombre detrás de cuyos gestos, sentimientos, pasiones, inteligencia, existe el horizonte: una posibilidad de mutación, de extensión, o sea de progreso, más que físicos. En este habitante de la tierra hay hombría, es decir: humanidad sustancial, sustancia humana en libertad. Hasta sus manos son raíces, no ya esos ojos quietos y profundos en los que parece ir a nacer a cada instante un nuevo estado de amor. Y si en el otro ser adventicio y metropolitano en que el país se desvirtúa, rara vez se descubre una vertebración espiritual no endeble, firme, con este otro tipo de humanidad en estado puro, aun tomándolo en su forma más primitiva, siempre está a punto de hacerse real aquel ético elemento que Ganivet veía entrañado en las palabras de Séneca: “No te dejes vencer por nada extraño a tu espíritu: piensa, en medio de los accidentes de la vida, que tienes dentro de ti una fuerza madre, algo fuerte e indestructible, como un eje diamantino, alrededor del cual giran los hechos mezquinos que forman la trama del diario vivir; y sean cuales fueren los sucesos que sobre ti caigan, sean de los que llamamos prósperos, o de los que llamamos adversos, o de los que parecen envilecernos con su contacto, manténte de tal modo firme y erguido, que al menos se pueda decir siempre de ti que eres un hombre.” ¿Quiero aludir al gaucho, quiero aludir al paisano, al agricultor, al estanciero? No, no aludo a ninguna de esas “profesiones”, sino a un estado especial, al estado de un hombre argentino éticamente muy definido, que se parece, hasta identificarse en modo asombroso con ellos, al clima propio, la forma, la naturaleza de la tierra argentina. De la tierra argentina y de su proyección intemporal, de su proyección como historia y como nacionalidad.

 

Porque, cosa que me parece muy importante, este argentino cuya proyección actual es invisible, ha tenido, y tendrá por consiguiente otro día, en el correr de nuestra historia, en el formarse de nuestra nacionalidad, en el devenir esencial de la Argentina, una proyección predominantemente activa. Lo que llamo argentino invisible no es, de manera simplista, el hombre del campo en contraposición al hombre de la ciudad. La diferencia estriba en que existe un hombre cuya fisonomía moral es la de las ciudades y otro cuya fisonomía moral es la de nuestra naturaleza no desvirtuada, de nuestra naturaleza natural. No importa que quien entrañe esta última viva en la ciudad, ni importa que aquel que tiene la fisonomía moral de nuestras ciudades viva en nuestro hinterland. Esto puede ser una circunstancia fortuita. Lo importante no es dónde estos hombres están, sino cómo son.

Hay un bello poema de Walt Whitman que se llama “Me imperturbe”. Ese poema dice:

 

Me imperturbe, standing at ease in Nature.
Master of all or mistress of all, aplomb in the midst of irrational things,
Imbued as they, passive, receptive, silent as they,
Finding my occupation, poverty, notoriety, foibles, crimes, less important than I thought,
Me toward the Mexican sea, or in the Mannhatta or the Tennessee, or far north or inland,
A river man, or a man of the woods or of any farm-life of these States or of the coast, or the lakes or Kanada.
We wherever my life is lived, O to be self-balanced for contingencies,
To confront night, storms, hunger, ridicule, accidents, rebuffs, as the trees and animals do.

 

¿Es esa imperturbabilidad una actitud, es una postura? No, sino una forma de “ser” que puede existir no manifiesta, una forma de estar que puede permanecer implícita en el hombre; ignorada pero natural. Que puede ser también explícita, pero nunca una actitud “adoptada”.

Es esa imperturbabilidad activa, su esencia, lo que me atrae inmediata y vehementemente hacia el argentino —llamémoslo todavía así— invisible. Naturaleza fuerte y a la vez muy sensible, carece del alarde físico de ciertos héroes engañosamente exaltados por la imaginación popular, pero su coraje interior es lo que tiene en él temple y calidad perdurables. Una calidad moral, una calidad interior, un valor inmanente y más que físico, condiciones sobre las cuales la voluntad de crear crea con solidez, como sobre una roca, y no con endeble transitoriedad como todo lo que crea aquel cuya planta moral vegeta en el aire.

Cuando este hombre invisible fue para mí visible, cuando me acerqué en la ciudad capital y en las ciudades del interior a su continente grave sin solemnidad; silencioso sin resentimiento; alegre sin énfasis; activo sin angurria, hospitalario sin cálculo de trueque, naturalmente pródigo; amigo de los astros, las plantas, el sol, la lluvia y la intemperie; pronto a la amistad, difícil a la discordia; humanamente solidario hasta el más inesperado y repentino sacrificio; lleno de exactas presciencias y zumos de sabiduría, simple sin alarde de letras; justo de fondo, más amigo del bien directo, de la ecuanimidad de corazón que del prejuicio teorizador; viril, templado en su vehemencia, tan morigerado en la vida —morigerado en su codicia— que no le espanta con su ademán la muerte —pues nada le arrebata que él no haya ofrecido antes con humana dignidad—; cuando me acerqué a este hombre —y lo vi siempre solitario ante una tierra que lo circundaba sin proporción, dándole sufrimiento no solo material sino de espíritu por aquello de Pascal— creí con alegría haber hallado el cogollo vivo de mi tierra. Fue una experiencia que no puede compararse sino con el gozo extraño de hallar, de pronto, el objeto de un vago y hasta entonces no localizado amor. ¿Qué angustia no cede, dejando en lugar de su borrascoso vacío un cuerpo, en el momento de hallar una fuerza encarnada sobre la cual depositar nuestra esperanza en disponibilidad, nuestra confianza errante en estado de penuria?

Vi a esos hombres, hablé con esos hombres, ausculté conmovido esas conciencias que no habían disertado su relación de mutua fertilidad con la tierra y los otros hombres. Nada encontré en ellos que fuera imprevisible, pues la corriente interior de nuestra formación como país tenía el mismo caudal químico que el que daba ahora este precipitado. En ellos residía sobreviviendo una causa espiritual eminentemente argentina, un sentido de la existencia. Privativo de ellos, propio y auténtico. Y a ese sentido le llamé: “una exaltación severa de la vida”.

Propia del argentino profundo, del verdadero, del que es raíz humana y no follaje, garrulería y representación.

 

Con cuanto mayor cuidado remontemos en la meditación de lo que somos en verdad los argentinos, más nítida tendremos la convicción del contenido intrínseco de aquellas palabras. He subido con mucha obstinación por el camino de ese pensamiento y cada vez me parece más cargado de una verdad en la que me es grato demorarme. Exaltación, y exaltación severa, y exaltación severa de la vida. No sé cuál de las tres palabras me parece más digna ni cuál más importante en la unidad de su movimiento. Las tres podrían ser norma de tiempos en que las normas servían a los hombres un poco más que de meros expedientes verbales y en que cada uno las llevaba incorporadas a su existir como la preocupación a una frente, tiempos en que las normas eran “normales” y movían una espada, doblaban en el atrio una rodilla, encendían el trance del martirio o llevaban a un hombre a vivir con integridad y a morir sin interiores estertores.

Exaltación es ya por sí acto de elevar; tal vez el poder de exaltarse, el poder de exaltarse por una idea, por una experiencia o por una fe, tal vez el poder de exaltarse, sea la categoría que más diferencia la condición humana de la condición del resto de las especies vivas. Exaltarse es un acto generalmente espiritual y si a esto se agrega la circunstancia de severidad —es decir: de ánimo que piensa sin trivialidad y obra consiguientemente— ya se salva de ser una exaltación inferior, que es la exaltación por embriaguez, y es exaltación trascendente por aquello de que toda moral real trasciende al hombre dignificándolo, haciéndolo señor de sí, es decir, más que sí, poseedor de sí, a discreción.

Ese signo argentino, esa exaltación severa de la vida que llevaban en sí como un sacramento estos hombres interiores a quienes había podido observar en los sitios más inesperados del país, lo había yo reconocido en la faz humana —y no estatuaria, estólida o documental por supuesto— de algunos de nuestros hombres cimeros. La veía venir, como un glorioso fulgor, bajando desde el alba hasta pasar sobre nuestra tierra y tramontar dejando tras sí cierto esplendor austero; o como un río, pasando a través del cauce de cosas y tiempo, de hombre en hombre: desde aquel que ganó América con sus manos y cuyo caballo —como decía Avellaneda— había recorrido sobre la tierra más espacio que cualquier otro como no fuera el de Alejandro, hasta el Santo Esquiú, no sin contar a otros —incluso Martín Fierro, el moralista— cuya enumeración patronímica no haría sino cortar aquí la unidad de esta corriente, de este caudal activo, subterráneo, incesante; de esta marcha no turbada, de esta fluida corriente espiritual a lo largo del tiempo argentino.

Esa exaltación severa de la vida consistía en un estar particular del hombre en el espacio que abarca la terrestre realidad, las contingencias y la aspiración hacia Dios; posición soberanamente digna, en ese espacio tornado inespacial gracias a la unidad del lazo humano tendido entre los dos extremos; en el estar de aquel que, dueño de un poderío real, no lo ejerce sino para demostrarse que aun prodigándolo hasta perderlo, conservará aún algo que vale más, y es su comunión de hombre que siente con las cosas que lo hacen sentir; en el estar del hombre que conoce el nombre de los árboles y el lado por donde gravita cada estrella, y para quien esta elemental sabiduría tiene categoría de riqueza, como para el músico la acomodación precisa de ciertas notas que lo libra de la angustia anterior y lo colma; en el estar, muy especial, no difícil de definir, de quien no ejerce acto que no lleve su fin inmanente, con lo cual es de la especie de cierta humanidad perfectamente pura, cuyas manos, inteligencia y ánima se mueven de acuerdo con un movimiento universal; para ser menos sentenciosos o abstractos: en el estar del hombre que tiene en el mundo sentido de comunidad. Lo cual no viene más que de una religiosidad natural, que es sentido de la posición de la persona no tan solo frente al humano convivente, sino en relación con la estrella, la planta, la piedra y la forma general de cuanto existe.

Nada tan distante del puritanismo como esta forma de pureza, por así llamarla, corpórea. Lo malo del puritano es que su moral es una práctica y que el origen de esta práctica es exterior y literal. Lo que lleva a exaltar severamente la vida a aquellos que viven sin perder pie en la tierra, es un coraje del hombre fuerte ante una oposición primaria y desencadenada de la naturaleza. Una forma de mística, una forma de heroísmo.

La historia de América es la historia del hombre ante la rebeldía del espacio. Y como este espacio es naturaleza, lo que equivale a decir forma, la lucha es del hombre con la forma desencadenada, con la forma primitiva y pujante, con lo increado. Espiritual, material, políticamente, todo tiene ese hombre que crearlo, que reducirlo, que dejarlo construido por un acto de predominio y —como todo predominio sobre la materia— de creación. Su modo de conquista es el más terrible de todos. Su tradición es la de esfuerzos atroces y la de algunos triunfos sobre cuyo crédito no puede —como el hombre europeo— vivir. Tal situación priva a tal hombre de posibles argumentos falsos ante su obra. La realidad que tiene ante sí es inédita. Cada civilización nueva inventa su palanca y este hombre tiene que inventar su propio instrumento; por lo que su esfuerzo es doble, ya que requiere a la vez intelecto y poder físico. La tragedia del misionero jesuita frente al indio cada día se remueve en nuevas formas desde el Cabo de Hornos hasta el extremo más opuesto de una América que todavía tiene hielo y muerte en sus selvas, sin contar con la labor diaria del hierro en sus ciudades monstruosas y hoscas, en sus ciudades donde las plantas crecen sin medida o no florecen en absoluto. Yo he visto hombres doblados de dolor ante la devastación de su campo, descubierta de pronto ante sus ojos por el levantarse de la plaga, el acridio devorador; he visto hombres alzando al cielo, ante la seca obstinada, un rostro de ruego y al día siguiente una mueca iracunda y luego nuevamente una súplica; yo he visto a hombres con un pañuelo al cuello como todo abrigo salir al campo en invierno soportando sus úlceras y la muerte próxima para arar a tiempo y de prisa; yo he oído de médicos que sufrían en despoblado por no tener un instrumento eficaz ante el enfermo agonizante y he sabido cómo mi padre docto abría alguna vez un vientre con un esterilizado cortaplumas en pleno desierto, de toda urgencia, inundado de inmensa misericordia, bajo la amenaza del marido de la enferma en lo más crítico de la desolación y la desesperanza; he visto a hombres de ciencia solitarios errando en nuestro desierto; he visto a hombres queriendo enseñar sin engaño perseguidos por los funcionarios más altos, mal pagados, hambrientos; he visto a desconocidos y cultos periodistas corrigiendo la prosa de hombres eminentes que al día siguiente iban a ser espectacularmente felicitados por la prosa de esos artículos; he visto hombres afligidos en las calles tristes, arrastrando entre las luces babilónicas su gran ansiedad de conciencia, su entraña llena (¡hasta ya no poder más!) de dolor y de necesidad de creación, de expresión; he visto a grandes espíritus ahogados por el manejo tétrico de aquellos que los mandaban; he sentido en los corredores de la gran ciudad, hacia la madrugada, las huellas del desvelo inteligente de tantos rostros demacrados, perdidos; he esperado, ansiado, muchas veces escuchado el levantarse casi insensible, pero inteligible y ya como articulado, de todas estas gentes que llevaban en los ojos la imagen universal de una nueva Argentina.

Y los hombres que hicieron nuestro país lo hicieron así. Lo mismo que esos a quienes he visto. Y el precipitado espiritual de todos estos hombres no era diferente, sino uno. Era, en mitad del infortunio, del mal o del bien circundante, del fracaso o el gozo, de la repentina contingencia, cualquiera fuera el desastre o el éxito: la exaltación severa de la vida.

Los he visto así silenciosos y sin miedo, todavía conmovidos, severos para consigo y exaltando la vida. Templados. No sé si mejores o peores: pero auténticos.

Los he visto. Y éstos son los hombres “invisibles” de la Argentina, estos que he visto crear sin ficción, vivir sin alarde, sobrevivir sin resentimiento, no tener en la superficie del país el predicamento que enarbolan los aparentemente “grandes”, los fariseos, los filisteos.

 

El esfuerzo del hombre en la dolorosa creación de un mundo no tiene comparación sino con el de aquel que se expone, que arriesga sacrificio y coraje en la conquista de una forma de arte, de un crear, duramente enfrentado con otra materia que le es tan indócil y hostil como la materia del mundo físico. Pero el riesgo a que se exponen ese sacrificio y ese coraje cuyo destino es el acto de crear no es en modo alguno un riesgo estéril; de este casamiento en la más dura de las circunstancias surge un clima nuevo de la sensibilidad. No es otro el clima de la Argentina verdadera, de la profunda, de la que yo quisiera mostrar en su fuerza más gravitante y oculta. Ante una atmósfera muerta, he ahí el clima vivo, el que viene, el fresco viento que se insinúa por los corredores y empuja las puertas. Ese viento alimenta dos cosas: el trabajo y el sueño de los hombres.

No hay trabajo creador que no tenga su origen en un rapto de inteligencia desinteresada. No hay trabajo creador que no tenga su origen en un ensueño, en el proceso de una fantasía transformadora; sin ese resorte, no hay labor que no acabe siendo la repetición laboriosa de un esfuerzo fisiológico y de una rutina vegetativa; en cambio la voluntad de crear, siendo de origen divino, impone al producto de una inteligente tenacidad aplicada ese elemento incorpóreo, animado, absoluto, por el que sobrepasa las reglas relativas de lo concreto y se relaciona con lo inespacial, lo sublime y lo eterno. El acto de crear es el acto más esencialmente espiritual. Más de cuatro siglos de aspiración infinita es lo que ha realizado el milagro de que las piedras de la arquitectura medieval tengan menos peso que cualquiera otra piedra edificada, como no sean las de otra edad, más primitiva aún, cuando aquella misma unción creadora movía toda mecánica. Hay siempre un elemento espiritual que define en primer término la grandeza de una arquitectura, aunque ese elemento no sea, en su forma más primaria, sino el riesgo humano comprometido en la obra; tal vez en el rascacielos y el puente no quede ya sino ese elemento espiritual primario, pero si alguno de ellos llega a poseer algo imponente, su imponencia radicará en ese elemento; pues no hay dimensión más considerable que la dimensión en que una criatura ha trascendido su condición humana por la aspiración o por el peligro, es decir, nada más que por la fe y el modo como ha osado; y nada menos que por eso.

Desde los tiempos de la organización nacional el trabajo de la Argentina visible ha sido de más en más un trabajo sin ensueño, un trabajo desprovisto de espiritualidad. Físicamente, en el sentido de la civilización confortable, lo que se ha hecho es enorme; espiritualmente, en el sentido de la cultura, lo que se ha hecho es nada, lo que se ha hecho es regresar, regresar sin medida, perder terreno cada día. Cuanto más ahondemos nuestra observación peor será la decepción con que lo comprobaremos; pero no es necesario ahondar; el mal llega ya a la epidermis y se le reconoce en los más inmediatos síntomas: basta ver a los hombres que nos rigen en todos los dominios de la vida pública y académica. Son infinitamente más mediocres, torpes, triviales, plebeyos e individualistas que los hombres de nuestras primeras horas, y si fuéramos a auscultar su aspiración profunda, nuestra repugnancia no tendría límites. De más en más se ha trabajado aquí sin ensueño creador, lo que equivale a decir —en un sentido profundo— sin vida: vegetativa, telúricamente, con la obsesión del trueque inmediato; tal trabajo para tal objeto utilitario —no para tal fin, solo para tal objeto—; pues estas existencias se mueven, ya lo sabemos, en el mundo limitado de los medios.

Este estado de aparente orden encierra una sorda anarquía moral. Quien se acerque a los centros donde trabaja la Argentina visible verá los signos exteriores de una laboriosidad próspera y aparentemente fructuosa. Pero —en todos esos profesores, en todos esos personajes de la ciencia y el arte oficiales, en todas esas ambiciosas ficciones exaltadas a un repentino poderío, en todos esos industriales prestamistas y magnates, en toda esa corte de burgueses locuaces y progresistas— ¡qué desolador vacío! No los agita ninguna llama, no los asiste ninguna fe impersonal, no los habita ningún sentido del ascenso orgánico de la nación como espíritu y cuerpo, como un todo capaz de trascenderse por actos de inteligencia creadora, sino como la vaga encarnación de vagos “ideales” —en los cuales se oculta siempre la rudimentaria concepción positivista del “bienestar” y del “progreso”—; no los visita en ningún caso esa necesidad de contradicción con uno mismo, de negación a sí, de duda activa, de rudo conflicto, de hostilidad agria y dramática frente a la circunstancia que se vive, sin los cuales ninguna vida nace porque ninguna vida puede nacer sino de conflicto cruel, ya que aun para integrarse “tienen lucha” esos elementos del cuerpo que, según Zohar, se debaten en la extrema hora por unirse todavía, por más unirse antes de la suprema disgregación.

¿Qué acusar con mayor certeza en esta Argentina nociva que su derrochado contento de sí? “Pero en verdad os digo que no hay más seguro signo de un ánimo pequeño que el estar contento de todo.” Quien lo dijo, Giovanni Papini, no mentía; y menos que nunca mintiera al tratarse de nosotros, porque de ese especioso contento se ha vivido en este país, de ese contento se ha alimentado este país en la metrópoli de su “bienestar”, de ese contento están, casi dijera, hechos los argentinos ostensibles y por eso están prontos a darlo todo a cambio de él. ¿Contento? ¿Pero qué es el contento? ¿Es el gozo, la alegría? No; es una satisfacción que se satisface de ella misma más que de su objeto. No es gozo ni alegría porque éstos, gozo y alegría, son por esencia movimientos que elevan el ánimo, y la especie de satisfacción a que aludimos no se levanta de sí; en ella queda y en ella muere, árida y sin continuación. El gozo superior y la alegría común son del pueblo, son sentimientos de humanidad; la satisfacción es un estado eminentemente burgués, un estado de clase, un estado de comodidad, logrado ya el no arriesgarse. Es precisamente el estado de “no arriesgarse”, de vivir sin prolongaciones (excepto las pecuniarias, que lejos de extender al hombre lo reducen cada vez un poco más como ciertas formaciones patológicas); contento sin gloria, contento de conformidad, contento de los aburridos en una monótona distracción; contento del animal de especie inferior, del topo o el lagarto que se solea y como fundamental función, asimila; contento de la satisfacción mísera que no osa ser alegría, dar un paso para ser gozo, correr peligro de ensombrecerse para tomar el pique heroico y mejorar, excederse.

¡Qué diferencia con los hombres no ostensibles, los profundos, los subterráneos, los llamados a una existencia trágica en el fondo del pozo que solo recibe la estrella, pozo solitario y sin paisaje, con su extenso abismo bajo el arco sideral, con sus alternativas de noche y sol y contratiempo, pozo grave, oscuro, pozo permanente! Los unos gárrulos y contentos; los otros hilando en las noches de llanura, o en la oscuridad creadora de la ciudad, o al borde boscoso de las montañas, o en el templado litoral, o en el sur frío su pertinaz silencio sin amargura a lo largo de las jornadas argentinas; los unos, ricos de solemnidad; los otros, solemnes de orgullosa pobreza; los unos, triviales ante la materia demasiado dócil; los otros, trabados con las alternativas de una perenne resistencia, resistencia de tierra, roca, clima, ciencia; los unos representando, los otros creando.

 

La diferencia más grande era que cuando uno de esos pequeños universos comenzara a morir sería exactamente el momento en que el otro comenzara a vivir.

 

V. El desprecio

 

Reconocimiento de la propia ubicación ante los dos mundos. Resistencia y aspiración. Desdén hacia un tipo de humanidad, hambre del otro. El sentimiento difuso será barrido por una energía de espíritu.

 

Me levanté en espíritu y abrí los ojos sobre esa realidad. Me sentí extrañamente lleno de angustia y furia. Me llené de desprecio y amor. Creí haber llegado a un momento fértil de mi vida, a ese en que el torbellino del alma nos dice cuáles son nuestros odios fuertes, cuáles nuestros amores fuertes, qué es lo que llevamos en nosotros frágilmente y qué lo inconmovible, lo rudo, lo perdurable; qué es lo que llevamos hecho ruina y qué lo que llevamos de naturaleza imbatible. Y estaba ahí circundado por los dos países, aquel contra el que me levantaba, en el que no me resignaba a vivir, aquel del que quería conservarme inexorablemente alejado; y el otro, el creador, el país verdadero, el país mío, mi país, mucho más fuerte que el otro, como son más fuertes que la ola externa las corrientes de profundidad.

No pasa de ser un engaño creer que nuestros amores y nuestros odios se originan al azar; esos sentimientos elementales hacen de nosotros criaturas elementales, nos recogen, antes de devolvernos en la pasión con mayor fuerza, en las playas de nuestro propio yo, y cuanto más cerca estamos de nosotros es cuando somos más elementales; no se ama ni se odia de un modo instintivo e infantil, y aun en el amante más parco de corazón, esos movimientos del ánimo lo tienen todo de borrasca y nada de reflexiva continuidad; oscura borrasca querer y oscura borrasca odiar, como es oscuro todo en el niño que llora y ríe según secretos humores; oscuro e instintivo, pero con nada de azar; todo, como en el niño, atado a leyes inmanentes en cada organismo. Lo que odiamos y lo que amamos son el fruto del extraño florecimiento de nuestro grano una vez muerto, la especie de bien que puede al fin conceder libertad a la confusa, compleja y contradictoria maraña de nuestros males; odiar y amar son: saber al fin lo que queremos; y tal vez el único modo que tiene el hombre de abrirse paso en sí y salir afuera, forma por la que escapa un día de su intrincada selva.

Rebelado por una parte y conmovido por otra, por los dos lados me reconocía a mí mismo en mi resistencia y en mi aspiración con respecto a ese mundo al que cuanto más atado estuviera mi destino más extensa habría de ser la universalidad de mi pensamiento; porque nada más exacto que la afirmación de André Gide cuando sostiene que un autor es general en la medida que profundiza lo particular, y que Shakespeare o Gogol o Rabelais no han sido de la entera humanidad sino a fuerza de ser uno tan inglés, el otro tan ruso y el último tan francés. De otra parte, nuestra angustia por dejar el tremedal de espíritu, por arraigarnos, nos mantiene en una penuria instintivamente tentacular e indagatoria hasta que nos sentimos, descansando, en la región cuyo jugo terrestre es el que conviene a nuestra sangre y el que sacia semejante sed de instalación profunda. Lo que aceptara, lo que rechazara de este pueblo, eso sería yo mismo.

La misma turbulencia que había sentido arder en mí cuando luchaba ante los beocios de restaurante, los intelectuales enfáticos, los estudiantes revoltosos y tantos otros oyentes perplejos contra los resentimientos arcaicos de ciertos estetas, la “literatura” en general y todas las formas de evasión del pensamiento frente al terrible proceso diario del mundo, la misma turbulencia, digo, la sentí trocada en un agitado desprecio hacia todos esos traidores que con un aire de superioridad cortical —superconciencia, supercivilización, supervivir— llevaban su malsano germen hasta minar la suerte del verdadero pueblo, la suerte de ese otro existir sacramental, el de los que vivían exaltando severamente la vida, desnudos y naturales ante el objeto de su creación, a la intemperie del país. Pero este desprecio comenzó a ser ya más que odio, vino después que el odio, y entonces fue ya no un arrebato ciego sino una curiosa oposición lúcida cuyo teatro y cuyos resultados no podían jugarse desgraciadamente más que en mi ánimo. Sin embargo, aunque no fuera más que un movimiento en apariencia solitario, ¿cuántos no lo llevarían callado en el país subterráneo, en el país de los incomunicados y de los oscuros dentro del país mayor?

Ésta fue la gente que comenzó a interesarme, estos descontentos silenciosos, ese descontento creador.

 

¿En qué cantones vivían? ¿En qué regiones físicas, latitudes morales?

Eran sus conversaciones, sus rostros los que ahora, exclusivamente, me interesaban; leer en ellos un descontento argentino. Un descontento fértil. Sentirlos sufrir y desear, pensar, juzgar, odiar, querer, trabajar. Adquirir en forma sensible la convicción particular de lo que podían crear en general, en la generalización de su esfuerzo, en la extensión de su poderoso fervor.

En los corredores de las facultades, en los centros donde se exhiben obras de arte y se comenta la literatura, en las redacciones de los periódicos, en las galerías de los teatros donde se va a oír incómodamente a Juan Sebastián, a Pergolesi, en todos los sitios donde se acude en busca de una exaltación pura, encontré al fin a muchos de estos hombres que llevaban encendido un ardor nuevo, un grávido ardimiento, un ardor a punto de estallar. Eran personas de fisonomía discreta y silenciosa, no tímidas; fuertes de una fuerza vehemente y juvenil, impedida de decir aún su palabra en una atmósfera donde esa palabra se hubiera ahogado; nada taciturnas, sino con un gozo apenas sensible en el aire general de su figura, aunque graves, con cierto reposo reflexivo, que es el proceso interior del formarse de un cuerpo; y no larvales, ya formados, en el sentido de que poseían la forma de su vocación fundamental; solo un tanto inhibidos, y hasta expuestos por igual a una posible neurosis de frustración, en virtud de la dificultad de poder adecuar su mundo interior al mundo circundante, al mundo sensible. Al propio tiempo, naturalmente argentinos, fuertemente argentinos por el peso que llevaban dentro, por el peso de la sangre rica y las densas fuerzas del alma; y ya próximos a ser dueños del modo de dar a esas potencias invasoras y difusas, elementalmente sin forma, la forma y la voluntad que el espíritu les impone.

La aparición de semejante sentido de ordenación íntima, gracias al cual las ondas oscuras de la persona se encaminan hacia la pequeña ventana lúcida por donde han de salir al supremo aire y a la suprema claridad, es el acontecimiento más trascendente de la existencia americana. Este mundo demasiado sometido a los mandatos primarios de los hombres instintivos en cuanto a vida y sentimiento, adquiere con tal aparición, en ese súbito amanecer espiritual, su verdadera liberación; el hombre atado a la noria abandona la pesada rueda y echa a andar, a progresar erguido, con los ojos en el espacio que consume, la mente laboriosamente ocupada en la elaboración de su fin, bajo el claro cielo americano. Me acerqué al camino de estos hombres. A un sentimentalismo difuso, a un impulso creador demasiado vago y meramente instintivo, a un encadenamiento de desordenadas emociones, estos hombres nuevos habían de traer, una vez que su obra se exteriorizara y articulara, una vez que su acción adquiriera coherencia y consistencia, el imperio de una energía espiritual. Sin esta primacía de una interior estructura, ni hombre ni país alguno pueden cumplir por entero su destino de organismos vivientes, sufrientes y pensantes, su verdadero destino creador.

Cada vez que veía a esta juventud —hombres y mujeres conteniendo la forma nueva de un destino del que eran átomos necesarios y al que estaban glorificando con solo vivir diferentemente— me sentía liberado de una terrible responsabilidad. El crimen colectivo en que yo mismo estaba complicado —crimen de caos, comodidad, inercia y ficción— parecía llegar a ser absuelto en la persona de todos los culpables y redimido en la persona de los nuevos íntegros, inalienables, crecientes habitantes de un país que parecía devorado por su propio contenido visible.

Cada vez que los veía, yo mismo parecía haber pasado a algo mejor que yo, haberme encontrado de pronto relevado en mi guardia, de pronto frente a unos hombres nuevos, con la expresión de la inteligencia y el coraje, en quienes no solo podía confiar sino a quienes podía entregar mis armas seguro de que mientras me acogiera no al sueño sino otra vez al insomnio preocupado y a la meditación sin descanso, oiría el ruido isócrono de sus pasos, el ruido de su estar despiertos sobre una tierra dormida.

 

VI. Conciencias

 

Un mundo en marcha. Libertad interior y conciencia de esa libertad. La capacidad de sufrimiento como virtud en un pueblo. Necesidad del resurgimiento de las diferentes conciencias argentinas. El pensamiento extranjero. Más que lógica. El país no crece por fuera, sino con el crecimiento de cada uno. Sigue la busca del mundo profundo.

 

Yo he sabido de algunos hombres en quienes la concepción de la grandeza tenía un alcance puramente individual, pero esos hombres no eran en verdad grandes. Eran egoístas geniales, grandes cínicos, ilimitados ególatras, neuróticos ilustres que a pesar suyo llegaron alguna vez a conmover el ánimo colectivo con el eco de la prescindencia monstruosa de sus corazones. Los otros, los realmente grandes, los humanamente grandes no han ambicionado para colmar su apetito de elevación sino poder ver levantada hasta la medida de una concepción pura y general de la especie la realidad contemporánea, siempre inferior a sus sueños; estos hombres no han pensado, vivido, sentido para sí, sino para el género humano en el sentido de aspirar a que fuera menos doloroso el vivir; han soñado en una humanidad menos doliente, más libre y más parecida en lo terrestre a lo que ella misma puede concebir en el orden del pensamiento. Los otros, los que piensan solo en términos de órdenes más o menos metafísicos, desentendiéndose del destino temporal de los hombres y de su felicidad en el valle de la vida, me han parecido siempre los peores cristianos, los peores talentos, los peores hombres, fuere cual fuere el nivel de su lógica y el alcance teórico de su intelecto.

Desde muy niño, mi partido estuvo al lado de los que sienten, piensan y viven en términos de humanidad. Al principio creí que ese partido era muy grande. Luego he visto que era muy pequeño. La especie humana se inclina de más en más a pensar en términos personales; de menos en menos a extender su dialéctica ideal más allá de ese radio; pero de esta minoría, de este pensamiento cuantitativamente más reducido y cualitativamente más vasto, saldrá al fin lo que en toda concertación colectiva consiguen los mejores para los peores.

 

Algo había en el fondo del mundo americano y en mi vocación por las almas que me empujaba a no concebir la grandeza como una posible ascensión individual, un eminente islote, como la marcha progresiva y sinfónica de un todo constituido por el mayor número posible de unidades humanas. Había en esta concepción algo tan claro como una imagen plástica, la imagen de un mundo que, haciendo abandono de sus lastres, de sus ataduras pretéritas, de sus furias instintivamente animales, de sus enconos y resentimientos, de sus odios de raza, de su espíritu de persecución vindicativa, progresara en forma tal que todos participaran con igual conciencia de su parte atómica en el todo. Siempre, la imagen de una marcha; esa misma imagen cuyo confronte me ha hecho ver tantas veces mi propia vida como algo demasiado inmóvil, demasiado estático e inerte con relación a lo que el mundo presente necesita de efectivo encaminamiento en cada ánimo, de furor lúcido de compromiso.

Pero, adentro, en mi fondo de pasión, no había ninguna inercia. Todo mi espíritu estaba encaminado, ansiosamente encaminado. Era como un lobo gris errante y hambriento, con los ojos afiebrados de tanto buscar, rozados por la luz vigilante y perpetua del deseo.

Este deseo no tenía límite. Me perseguía, me habitaba, me acosaba, no me dejaba vivir, era de todo instante, de todo día. Era ese deseo de unidad que las partes de un organismo sienten cuando están mutiladas del cuerpo y sufren por semejante carencia de totalidad. ¿Cómo vivir en un mundo que nos rechaza no ya por nuestras diferencias profundas con él sino por su anarquía de fondo, por su atadura a la necesidad fatal y no a la función que haga de esa necesidad algo subordinado a una voluntad mayor, no a la voluntad de vivir con una potente y natural plenitud? ¿Qué era mi mundo americano sino islas desnaturalizadas, islas enfermas con la ilusión de su propio poderío personal, apartadas de toda concepción integral y creadora de la vida?

¿Dónde estaba el origen de tal confusión, de tal carácter anárquico en las cosas, en ese mundo? No era difícil respondérselo. A ese mundo externo le faltaba libertad, a ese mundo le faltaba conciencia. Era, en su exterioridad visible, un mundo de libertos, no de hombres libres; y en su interioridad profunda, es decir, en su parte recóndita y buena, un mundo que tenía aún que luchar tremendamente contra aquel otro para abrirse paso y vivir algo más que una recóndita vida embrionaria. El sol libre y el espacio desatado de América cubrían con un pabellón falso su mejor mercancía; su mejor mercancía la pasaban como contrabando. El pabellón era el de una vida orgullosa, soberbia, vana, materialmente poderosa, desesperadamente vacua; y la mercancía, lo que llevaba oculto en su cuenca madre.

Lo que este mundo necesitaba era, pues, crecimiento —crecimiento es nacimiento que se renueva incesantemente—; lo que este mundo necesitaba —¡y con qué necesidad!— era crecer en el sentido de su libertad interior y en el sentido de la conciencia de esa libertad. No hay armonía posible, o por lo menos armonía duradera, aun entre dos meros seres, más que cuando esos dos sentidos se hallan desarrollados. Y no se necesita otro proceso: la armonía sobrevenida en un espíritu por la presencia de esos dos sentidos lo pone sin intervalo en armonía con el mundo real, con el mundo de la realidad circundante; y cuando aquella armonía falta, el hombre vive, aunque se oculte en lucientes apariencias, su propia disgregación. Pero decir armonía supone decir crecimiento, porque armonía es maduración. Y la maduración implica, en el organismo donde se produce, un desarrollo de dolor; las células se distienden, los tejidos sufren en el vegetal; en el hombre, su capacidad de existir y de aprender es la que al madurar soporta padecimiento, esfuerzo por vencerse a sí mismo para sobrepasar un estado y llegar a otro superior, para ir de lo particular a lo universal, para multiplicarse en lo que tienen, existir y aprender, de ciencia. Y, según el Eclesiastés, “quien añade ciencia añade dolor”.

La ciencia añade dolor porque es dolor en sí, porque es maduración del conocimiento. Como los hombres, los pueblos que no han sufrido solo conocen una grandeza pequeña. Y es este dolor lo que confiere a los hombres y a los pueblos un sentimiento heroico de su destino y un estado de grandeza potencial. Nada se alcanza sin pasión, la calidad de la pasión de algunos hombres es lo que hace la grandeza de los pueblos. Desconfiemos de la felicidad americana; y no vayamos a buscar lejos nuestro argumento: en lo que se refiere a la Argentina solo sus períodos de penuria y dolor han coincidido con el fluir de su grandeza real: los prolegómenos de su emancipación, el construirse interior de su organización nacional, los años de la campaña emancipadora de América y la edad de la tiranía han sido las puertas abiertas hacia las visitas más solemnes de una grandeza corpórea y encaminada.

Sería soberanamente estólido deducir que hay que lanzarse —como si éste se hallara por fuera— a la busca del dolor. Pero la capacidad de sufrimiento —no digo ya la vocación— es fundamental en un pueblo, y esa capacidad es tan propia de la conciencia humana que para que exista solo es menester que la conciencia exista “verdaderamente”. Por eso se engendra la grandeza en el padecer lúcido no ya tan solo porque, como bien dice Gide, “el sufrimiento nos hace más grandes… cuando no nos doblega, nos forja y nos endurece”, sino porque ese padecer es conciencia en sí, conciencia del existir y conciencia del drama temporal que cada cual representa en el concluso y pequeño escenario que consigo lleva de un lado a otro de la tierra.

Lo demás es trivialidad, lo demás es sentirse vivir en la atmósfera más desconsoladamente frívola. Así me sentía vivir yo mientras no llegara, en mi camino, hacia las zonas graves y reflexivas de la Argentina invisible.

Esta Argentina la llevaba yo en mi propio dolor. Y cuanto más sufrimiento me deparaba la realidad más cerca me hallaba de ella. En los momentos de mayor incertidumbre y tormento la tocaba; toda ella era conciencia, en esos trances, como yo. Conciencia, conciencia era lo que necesitábamos.

Conciencia es la del hombre que sale con el amanecer, con la reciente claridad de Dios, a recoger el fruto de su siembra y sabe lo que ha plantado en su campo y lo que de él quiere recoger y con quién compartirá ese fruto en el auspicio del verano y en la adversidad del invierno; conciencia es la del hombre de ciudad que conoce su gozo y su dolor y a ambos los contiene con digna exaltación y sin trivialidad; conciencia es la del que no admite para su trabajo sino lo que es bueno para su trabajo, para su arte sino lo que es bueno para su arte, para su comercio sino lo que es bueno para su comercio, para su industria sino lo que es bueno para su industria, y todo esto lo ejerce sin cometer ese delito que amenaza ser el más grande tal vez de nuestro tiempo y que no se puede designar mejor que con las palabras: invasión de humanidad. Conciencia es la del que crece sin invadir, sin transgresión material o espiritual, atento solo a un principio de autenticidad. No coincidiría de nuevo nuestro pueblo con su grandeza histórica mientras su crecimiento hacia la naturaleza creadora no volviera a ser activo en él. Los grandes contingentes vivos permanecían paralizados y solo estaba en movimiento el resorte crematístico de las ventas, de las grandes empresas financieras y de la oscilación de los productos sobre los que el país especulaba. Pero en el fondo de todo eso: un gran palabrerío de algunos y un gran silencio de otros.

De este silencio es del que vamos a ver surgir las diferentes conciencias argentinas: la conciencia moral, la conciencia histórica, la conciencia intelectual, la conciencia humana. Preguntad a un argentino común —solía decir yo insistentemente— lo que es su tierra. Apenas podrá balbucear de cierto coraje, de cierto “nacionalismo”, como si pudiera existir algún nacionalismo sin conciencia histórica. Preguntad a un argentino común por su literatura. Os hablará de ciertos vagos libros, de una “literatura nacional”, como si pudiera existir una literatura nacional sin conciencia de estar viviéndose —más que “haciéndose”— una literatura; lo más que dirá son algunos títulos aislados, nombres de libros, palabras. Preguntad a un argentino por sus propensiones humanas y apenas os contestará con la mención del rótulo social con que esté habituado a presentarse.

El día en que todas esas formas de conciencia salgan de su embrión y tomen cuerpo, entonces habremos comenzado a crecer desde la parte al todo, de la materia potencial a la forma, para hablar en términos aristotélicos; así como cuando se tiene conciencia de un sentimiento de amor se inicia definidamente en un ser el apetito de unidad con el objeto que ama. No antes. Lo que sucedía antes era esta larga, larga espera por el frutecer de nuestras conciencias.

 

Nuestra ciudad era demasiado grande; yo encontraba a poca gente. Alguna vez me topaba con algún inquieto, con algún preocupado, hombres del pueblo interior. Con igual insistencia los interrogaba. Con igual pertinacia recibía de ellos contestaciones que no siempre eran explícitas y claras, pero en el fondo de las cuales había las mismas cosas presentes: la exaltación digna, severa, humana de su vocación, de sus descontentos, de sus preocupaciones y el deseo de no incorporar a la realidad universal una mentira personal.

Gente áspera y a veces intolerante como el organismo de ave que lleva adentro un huevo al que debe dar vida y por el que ya lucha, sangra. El fondo de nuestra historia, el fondo de nuestra geografía, el fondo de nuestro caudal de vida madre como uno de los más extensos y poderosos países en el extenso y poderoso continente, eran esencia pura e ignorada. Sin embargo, constituían matriz de vida y en esa matriz estaba la semilla de un devenir sin comparación, el devenir de ese mundo de conciencia y libertad a cuya reflexión yo regresaba hora tras hora en un eterno volver. ¿Cuándo iba este mundo —y en qué modo— a abandonar la matriz?

Hablé, vi a algunos extranjeros de paso, intelectuales. Eran hombres de extrema inteligencia venidos a nuestra región a decirnos bellas palabras; pero su conocimiento de lo nuestro no era mejor al irse que al llegar. Filósofos, pensadores, escritores que se proponían —por un vicio ya inevitable de su intelecto— adecuar nuestro paisaje moral al prejuicio dialéctico con que llegaban; maestros de cátedra, brillantes en la tribuna de profesor; ¡pero tan triviales en el modo de aprehender de su humanidad! Más de una vez, en un sucederse febril de contados minutos y otras prisas (la fatiga de la inteligencia en la premura del viaje, el desorden repentino sobrevenido a causa del trajín mental en la vida de esos pensadores y conferencistas), me esforzaba por explicarles el sentido de nuestro país subterráneo, de nuestra humanidad no visible, a la que ellos no llegaban. Me miraban como a un iluso; porque lo que ellos aprehendían aquí con sus instrumentos meramente lógicos no eran sino circunstancias pragmáticas, modos de ser exteriores, sin interés, anodinos.

Era menester más que lógica para comprender la “otra cosa”. Era menester más que lógica para saber lo que se mueve en el oscuro fondo de una provincia argentina, para intuir lo que vive en esa humanidad natural de gestos lentos, al lado de una iglesia colonial, junto al rumor de las acequias, bajo las noches en que el cielo desciende, y todo se ensancha, crece y dilata en el espacio humanizado, en el espacio yacente y sin tiempo, inundado de pronto por la marea de ese denso, corpóreo sentimiento colectivo que tiene su misma forma, la forma de la llanura —vibrante, extensa; en el espacio del que se levanta, como el humus de la tierra, una incalculable aspiración, una tendencia del suelo hacia arriba—, algo que va a levantarse sin perder extensión, sin perder universalidad, humanidad…

Era menester más que lógica para comprender —o sea fundir mente y objeto— la lucha de toda esa juventud que estudia y yerra cavilosamente en su afán por darse a sí misma lo que el país sin maestros, generalmente, sin conciencia histórica, prácticamente sin tradición —fuera de ciertos libros que no se leen, sino a los que se alude, y ciertas viejas anécdotas desprovistas de vigor—, no le ha dado, o sea sabiduría de su verdadero destino, sabiduría de su raíz y de su crecimiento; más que lógica, sí, para comprender lo que lleva de grávido esa vasta juventud que no quiere aceptar sino los caminos de la verdad, una existencia auténtica y libre en medio de una odiosa maraña de prejuicios, falsos valores, vacuo idealismo y pretensión entronizada.

Era menester más que lógica para ir adonde unos cuantos habíamos llegado. Para ver con todos los ojos del cuerpo, los de la sangre y los de la piel, con sufrimiento, el ascenso de esos espíritus hacia su propia integración, etapas las más profundamente dramáticas que pueden presenciarse en lo íntimo de un individuo. Y esos extranjeros, esos pensadores, esos reflexivos de profesión no eran en el fondo más que lógicos. El contacto con ellos me fue, sin embargo, valedero en otro sentido, ya que, sin su ayuda, sin su presencia directa, no habría podido afinar, precisar y extender un concepto general de la historia, y lo que es más importante, de la posición del hombre racial, histórica y socialmente responsable frente a los problemas de la hora universal.

 

Me asaltaba otra preocupación: en términos generales, nada de lo que alrededor existe, existe sino a nuestra medida; así de pequeños que seamos así será de pequeño nuestro dintorno, de reducido nuestro paisaje. Cuando la vista es sabia, el paisaje se agranda y multiplica, el detalle cobra inmediata riqueza, la brizna de hierba no se limita a revelarnos su colorido, sino que nos alecciona sobre la forma universal de las cosas y nos lleva a una meditación sobre todo lo creado. Igualmente, en lo que se refiere a las relaciones humanas, más alta será nuestra fidelidad a un ser cuanto mayor sea nuestra inteligencia de su secreta expresión; nada más cierto que la perogrullada “el amor es ciego”, pero nada más cierto, no por lo que tenga de perogrullada, sino porque no hay quien vea mejor el mundo que un ciego, ya que lo que el ciego ve, lo ve sintiéndolo, es decir, siéndolo. (Y nada ve más que el amor, por otra parte, porque el amor ve tanto que llega a ver hasta lo que no existe; de ahí, no solo la sublimación del otro ser, sino también los celos.)

Y yo me decía: si mi tierra es pequeña, lo es a mi medida. Tan poca cosa soy que lo que me rodea es poca cosa. A medida que unos cuantos crezcamos, la Argentina invisible, existente e interna, crecerá con nosotros porque su actual estado aparentemente indefinido se definirá en nosotros. Lo que contiene es necesario que lo sepamos mejor que ella; es necesario que sepamos en su todo lo que ella lleva diferentemente en sus partes diferentes.

Me decidí a acrecentar en todas las formas posibles mi erudición sobre América. Pero la erudición me ha repugnado siempre porque siempre está cerca del pecado de la letra. Y, por lo demás, lo que obtuve de la lectura de tantos teorizadores de la América española, fueron no más lecciones líricas, cuerpos ideales en estado larval, nociones, atisbos un tanto hinchados, hipérboles.

Sobre el destino de América nada se adelantará por la letra, sino por un estado de esperanza y deseo humanos —me aseguraba a mí mismo—, por un modo de existir particular hecho de pura vida, hecho de pura vida encaminada desde adentro hacia afuera, así como van por la vida sin inhibición de ningún género el confiado y el presciente. El destino de América es una progresiva incorporación de ánimos libres, pero la acción de esos ánimos libres no puede vivir en un mundo viejo, cosa que sería contra natura, tiene que vivir en el que ellos hayan de crear con el hacer de su ser libre.

¿Cómo se pueden formular de antemano los límites de ese mundo? ¿Las fronteras, los accidentes, el horizonte?

 

El espacio en que se movían mis pasos estaba ya bastante poblado por los dueños de ese mundo en formación. Había dejado atrás a toda la confabulación ostentosa de la Argentina visible; pero no bastaba. Era menester inquirir en cada caso las preocupaciones ocultas en esas conciencias silenciosas escondidas detrás de un rostro cetrino de argentino, de una actitud sin ademanes.

Día tras día me encontraba yo mismo sorprendido en ese viaje hacia el yacimiento de nuevas almas desconocidas. Viaje conmovedor. Yo arrojaba los libros, exigía nuevas comprobaciones humanas. Ni el paisaje ni otra forma alguna de la naturaleza, fuera del ente humano, me distraían. Las calles eran pequeñas para la perspectiva de ese viaje diario.

Veía un hombre y me empeñaba en cazar en el fondo de sus palabras, matar la actitud, suprimir lo convencional e ir a esa hoguera que debía alojarse en el rincón más protegido de su persona, descubrir el fracaso más allá de la satisfacción aparente, la inquietud más allá de la risa. La desazón, el deseo de amor, la mirada cargada y señorial de las mujeres —¿qué historia interior ocultaban, qué sentimiento tenían ellas de la humanidad circundante?—. ¿Todos esos hombres de la ciudad, las colmaban o las decepcionaban? Comparaba algunas mujeres de gran personalidad y carácter, extranjeras, europeas, que había conocido antes, con estas argentinas, con estas americanas reservadas, muy bellas, de poco hablar, prudentes en su decir y audaces en su curiosidad; la diferencia estaba en un saber y en un no saber explícito de lo que querían. El saber lo que se quiere es la sola triunfante liberación sobre el estado larval del ser; cuando un ser humano sabe lo que quiere hay en él gozo y acción. La respuesta humana estaba desparramada por toda esa ciudad: en los teatros, parques, hoteles, bibliotecas, museos.

Otras veces, antes, me había atraído despertar en el campo a la hora en que el alba enviaba su primera legión roja al asalto de la noche; otras veces, antes, había ansiado obtener disfrute de una larga permanencia reflexiva en los caminos rurales, andando a solas entre altos sembrados y grandes lagunas de agua inmóvil. Todo eso estaba ahora sustituido. En forma imperiosa no me interesaban ya sino las suertes humanas en su incesante variabilidad y en su cambiante revelación. Sabía la novedad que encerraban esos hombres en el fondo de sí y quería incorporármela. Lo cual no podría ser si no los incorporaba a ellos, en persona, a mi preocupación. A veces volvía a mi casa sin haber encontrado a nadie de interés. Muchas veces. Ni tal estudiante, ni tal mujer con genio teatral, ni tal aficionado a la filosofía esotérica me había mostrado cosa alguna digna de ser recogida, pensada, querida. Eran días tristes. En cambio, cuando después de la expectativa del día entero, conocía por algún imprevisto intermedio alguna persona de pasión, hombre o mujer, mi ánimo se agitaba repentinamente; sentía mi soledad poblada, me sentía feliz, el pensamiento de mi país se me hacía soportable. Sentía que lo mejor de él iba a incorporárseme de una manera humana, acumulativamente. Un país nuevo me habitaba. Regresaba a mi cuarto de trabajo, contento, no menos inquieto. Era necesario que esos destinos se unieran, formaran un cuerpo, se hicieran ya sensibles en el suelo de la nación; con el conocimiento gradual de los que encontraba, yo iba poseyendo a la nación en todos sus estratos vivos.

Pero al no tener la pasta del jefe o del conductor, me venía por anticipado a la boca el gusto de cierto fracaso. En nada podía ayudar. Y, además, por fuerte que fuera mi sentimiento de ese mundo naciente y mi experiencia de sus síntomas aislados, diseminados, lo que yo podía darles de mí era demasiado poco. En modo alguno podía agregar ingredientes a los que ya tenían. Lo más que podía aproximarles era, multiplicado y extendido, su presentimiento de un mundo más verdadero, el rehallazgo del gran destino como nación que habían visto perdido a su alrededor, y además, un fervor, un amor ferviente por su causa.

Lo más que podía darles era eso. Pero, considerado a la luz de tan urgente necesidad, eso y la nada eran una sola cosa. Mi impotencia y mi pena por esa impotencia se hicieron entonces muy grandes.

 

VII. América

 

Una casa de Vicente López y su repentino habitante. Una visión, una labor. El todo sinfónico. Reflexiones en la calle. La elaboración por el pensamiento de la verdad americana.

 

Por esos días llegó a Buenos Aires un escritor de otra latitud de América. Venía precedido ya de fama, y mucha gente se acercó a su palabra; pero el verdadero sentido de su mensaje fue apenas comprendido y pronto olvidado. No era un mensaje fácil; al revés, era muy difícil. Sin embargo, su lenguaje no era difícil y su concepción general de los problemas era, como decía algún biógrafo de Jaurès, tan dilatada como precisa. Lo que era difícil en este mensaje no era su cuerpo externo, sino su asimilación, y si no se estaba dispuesto a vivirlo, el mensaje era en su totalidad inútil; no quedarían de él en ese caso más que los vocablos desiertos.

Antes de venir este hombre, yo conocía un libro suyo llamado Salvos, en el que había ensayos de gran calidad crítica sobre el teatro francés del Vieux Colombier y sobre Charlie Chaplin; conocía sobre todo su Our America; habría bastado ese libro y una lectura reciente de otras páginas para encender mi sorpresa por la extrema distinción de ese espíritu: la mañana en que llegó, yo estaba en el puerto y él ya sabía algo de mí por una tercera persona. Me dijo que iba a vivir en una pequeña casa de Vicente López y que, esa misma mañana, fuera a verle allí. Lo hice. A las pocas horas me confió en líneas generales el sistema fundamental de su pensamiento. Su pensamiento tenía esto de importante: era un todo concluso. Espiritualmente, su pensamiento era ecuménico. Y aquella misma mañana yo había resuelto colaborar con él traduciendo al español las conferencias que leería en Buenos Aires. El tema de esas conferencias no era abstracto; el tema de esas conferencias era América.

Era un hombre de pequeña estatura, con una luz joven y brillante en los ojos claros, la llama de pelo suelta, la nariz roma y pequeña, y el andar lento de esas naturalezas a quienes el ejercicio permanente de la inteligencia impone un ritmo armónico y sin precipitación, el tranquilo andar de los sembradores en la pradera norteamericana. Miraba las cosas con gusto, y no había sino que verlo para advertir que su instinto, su mente y su sentido no se daban descanso en él al ir a la aprehensión rápida de las cosas. La casa que fue a habitar, de pronto, la mañana de su venida, era de un compatriota suyo que la había hecho construir, en los alrededores de Buenos Aires, en un sitio recatado, entre altos eucaliptos y paraísos, según los principios de la arquitectura del sur de los Estados Unidos; en esa casa de dos plantas —la primera a ras de tierra, la segunda abuhardillada—, con troneras en el rojo tejado, se respiraba la dulce atmósfera de la Luisiana o de Carolina del Sur, con la puerta de cumbre triangular entre las columnitas de templete; y por las ventanas, que dejaban escapar al aire tibio y matinal, la lengua de las muselinas blancas, se veían los contrafuertes de las espaciosas piezas confortables, hechas para un clima más cruel que el de este suburbio argentino donde eran muchos los árboles y el sol puntual y cotidiano.

Lo que aquel hombre había padecido, trabajado, vivido, lo que aquel hombre contenía en estado de inalienable y sólida pureza era enorme. Su genio se había construido a sí mismo con tal austeridad, con tal rigor y con tanta obstinación, que su figura parecía en realidad comparable con algunos espíritus del renacimiento italiano, solo que a aquel humanismo de exclusiva trascendencia estética y vital —formal— unía este hombre, nacido en la ciudad de Nueva York, la piedad, la profundidad y el sentimiento religioso —fundamental— de uno de los santos guerreros del milenario. ¿Y si todavía agregara yo que en esto no hay ninguna hipérbole sino que, más bien al contrario, hasta esa alabanza literaria me parece demasiado inerte, demasiado verbal para calificar una inteligencia tan viva en la comprensión de la universalidad y en el sentimiento trágico y constructivo de las cosas, los acontecimientos y sus relaciones? Claro está que era un cándido, pero cándidos, al igual que para los cínicos la generalidad de los justos, lo son todos los creadores espirituales; de sobra lo saben aquellos que son capaces de comprender el pensamiento 687 de Pascal.

El contacto contemporáneo de Van Wyck Brooks, la polémica con Orage y la proximidad literaria de los grandes creadores revolucionarios del nuevo arte de los Estados Unidos —a quienes agrupó y dirigió en su revista Seven Arts— nutrió a este intelecto, en el que una conciencia presente y previsora del problema americano parecía adquirir por primera vez cuerpo y totalidad, al haberse a su vez alimentado en una concepción muy definida, muy sensible de la comunidad católica medieval. La eficacia de un espíritu reside en su sabiduría del orden oculto en toda disparidad. Tal orden oculto es lo que se llama sentido, y aquel que descubra el sentido de la disparidad circundante será el único no devorado por ella. A medida que crece en extensión, esto es, en disparidad, la obra de Waldo Frank resume, concentra, decanta y puntualiza su unidad interior. Más grande ha hecho este hombre su cultura, más una es ella; más cosas, circunstancias, pueblos y países ha estudiado en su fundamental estructura, más precisa es la analogía en que los descubre anudados. Lejos de ser antagónicas, sus exploraciones morales en el interior de la tierra española y de las selvas del Trópico son elementos que abundan como argumentos poderosísimos en el sentido de su personal concepción del Nuevo Mundo. Una vez hube de presentar a Salvador de Madariaga en una disertación sobre nuestro país, y él, que tal vez había leído repetida con exceso esa expresión “Nuevo Mundo”, sostuvo que ésta era una designación un tanto artificial, un tanto falsa, hallada por la juventud americana. Y no; es obvio que esa expresión no pertenece a la juventud americana, pertenece al espíritu de la Conquista y al orden castellano de donde salió. Llena de sentido en su origen, vacía hoy de sentido, es la continuación de su sentido original lo que importa desarrollar, reconstruir, reedificar. Waldo Frank, el recién venido, no ignoraba lo que esas dos palabras contienen: Nuevo Mundo. O sea: nuevo sentido, sentido americano.

¡Con qué emoción, con qué gratitud recuerdo aquellos días, aquellas mañanas frescas en la casa trasplantada! El uno, ilustre, mayor; el otro, oscuro, más joven: éramos dos hombres atentos a la causa americana; el uno grande, el otro pequeño; pero sacudidos por una devoción similar. ¡Las conversaciones por el camino de piedra del pueblo, las calles de pavimento reluciente entre riberas de césped recién regado; las tardes de duro trabajo, mientras yo, llegado de la ciudad a una hora exacta, examinaba prolijamente las palabras que debía verter del idioma del norte al idioma del sur, al tiempo que en el cuarto vecino repiqueteaba febrilmente la máquina de Waldo Frank; las noches de conversación vehemente bajo los astros! Toda su visión del mundo americano (la sucesión del universo europeo por nuestro universo, el sentido germinativo del indio, la potencia única e indivisible de las grandes masas vivientes —entre el estrecho de Behring y el Cabo de Hornos—) parecía resumirse, milagrosamente diagramada, en el lechoso sistema estelar. Y hablaba él con su argüir preciso, conmovido; su ardor lúcido, su rigurosa obstinación frente al problema de la sucesión del caduco orden europeo por un orden recién creado, por un orden en vías de articularse, incontaminado; y yo escuchaba, miraba los mismos astros en el cielo de septiembre. La voz que oía era una voz americana; la noche era americana. Nada trababa el proceso de esas dos imaginaciones ambiciosas: la una, firme en su proyección sabia y dirigida, la otra, llena de iluminado deleite ante lo grande y real de la concepción que escuchaba. Al fin: ninguna palabra de más, sino una gran cautela, una progresión certera, cautelosa, en el discurso del hombre que hablaba, como si el testimonio del mundo cósmico, de aquel cielo, aquellos astros, aquella noche de primavera que empieza, impusieran al posible atrevimiento de unos labios su estrictez monitoria, vigilante. Y lo que decía hallaba palabras justas, porque era justo de fondo. Este hombre añoraba un mundo ordenado y gozoso. Hijo de una familia norteamericana de la antigua burguesía, se crió en un mundo de desorden, donde el orden estaba sustituido por un manojo de simples “reglas de tráfico”; creyó por reacción, gracias a la recóndita salud de su sensibilidad y a la integridad de su genio creador, en la posibilidad de establecer un mundo en el que la armonía primordial de las cosas estuviera establecida de acuerdo con la estructura del antiguo universo cristiano medieval, cuando cada partícula viviente existía sin ser cohibida o desnaturalizada precisamente porque cada una se ajustaba a la otra y el equilibrio salvaba el conjunto. “Teóricamente, el hombre tenía poder en proporción de sus responsabilidades ante los demás hombres.” Y la alegría de cada ser no tenía límite porque estaba ordenada a Dios, como toda cosa estaba ordenada a otra con la que interdependiera, y Dios no es límite de nada, sino prolongación. Recordaba él, plásticamente, el día de la fiesta de mayo en la alegre Inglaterra preshakespeariana, cuando las rondas de niños jugaban en torno a la vara de forma fálica, a la sombra de la catedral y al costado de las barracas y tiendas de acróbatas y comerciantes, llevando ya en sí la suerte de futuros hombres cuyas necesidades se cumplirían totalmente entre la aspiración religiosa y el deseo que la vida enciende en el pecador y en el justo. Pero no era lo que pedía un liso y llano retorno: lo que pedía era la aparición de una civilización que se originara del modo como se originó la cultura de los pueblos del litoral del Mediterráneo; Egipto, Judea, Roma…

Miraba yo el hablar sensato, prodigiosa, cristianamente sensato, de este hombre a quien levantaba, sobre cualquier otro talento, el ardor de un misticismo no fanático, no arrebatado, mas verdaderamente profundo, lleno de gravedad y libre de trepidación, puro en la implícita pureza de su honradez. Su modo de vestir era sencillo, su apariencia civil sobria y franca, con algo deportivo en su ligero traje de “tweed” claro. Pero aquel coraje inmanente, aquel manejo no abusivo, sino proporcionado, de la idea, aquella ponderación en la que había a la vez un asomo de espíritu de geometría y de espíritu de fineza, aquella condición esencialmente poética propia del hontanar de su razón se confabulaban para prestar a este artista de Nueva York esa sabiduría que los hombres de retiro ejercen, con solo pronunciar un sustantivo elemental sobre los mundanos, sobre los seculares. Y no en vano me viene a la pluma la imagen monástica, porque había en aquel hombre de treinta y tantos años algo ciertamente ascético, por el sentido de su contemplación y la verdad de su naturaleza.

Comenzó lo fatigoso de la labor que Frank debía desarrollar en la metrópoli; días en que debía concluir en ocho horas las ocho mil palabras de una conferencia. En la casa nueva de Vicente López, las teclas de la máquina repiqueteaban sin cesar y el ruido iba a morir en la indolencia de las grandes, caídas cabelleras del sauce, y en las ramas altivas del eucalipto, en el patio de la residencia, en medio del archipiélago de canteros verdes bajo el cielo de verano. Fresca todavía la tinta en las carillas, me llevaba yo por la noche a casa el ensayo recién concluido, y después de comer, en el silencio de la ciudad ascendente hacia la medianoche, me ponía a trabajar hasta el alba en la traducción. Más de una vez, en que aquella treintena de carillas me dejaron sin dormir, me levanté de la mesa de trabajo al notar que dos luces caían ya sobre el manuscrito: la de la lámpara y la del amanecer. Entonces iba a la ventana abierta, me acodaba en el alféizar, con el alma llena de aquel canto americano que pasaba de un idioma a otro y en el que intervenían más de una vez, citados, el pensamiento de Thoreau, el mito de Melville, o el solemne y caudaloso acento de Whitman:

 

Una vez pasé por una ciudad populosa, imprimiendo en mi cerebro sus espectáculos, su arquitectura, sus costumbres y sus tradiciones;
Pero de toda aquella ciudad solo recuerdo ahora a una mujer, que encontré casualmente, que me detuvo por amor.
Día a día, noche a noche, estuvimos juntos; todo lo demás se me ha olvidado hace mucho tiempo.
Recuerdo, afirmo, solo a aquella mujer, que se fijó en mí apasionadamente.
De nuevo vagamos —nos amamos—, nos separamos nuevamente.
De nuevo me toma de la mano —¡no debo ir!
La veo a mi lado, con sus labios silenciosos, trémula y triste.

 

Delante estaban la nocturna ciudad, el río. La calma. La noche. Sin la urgencia constrictiva del día, se agolpaba ante mí, en espíritu, el sueño de todos esos destinos en marcha: la ciudad capital los contenía y, más lejos, al este, al oeste, al norte y al sur, el país entero los contenía. Era este silencio la Argentina; esta ponderación encaminada, y no los gritos diarios, el clamor de una estúpida y vanidosa burguesía. Este silencio era el estado de aspiración; lo otro era la expiración, o sea la muerte hablada, la muerte blandida en los tristes ademanes de la alharaca. Aspirar es, en sí mismo, vivir, y la población abrigada en la napa más honda de esta metrópoli nocturna no cesaba de aspirar, de continuar en su aspiración, hacia una vida más completa, en la que el arte, la fe, la alegría, la cultura, las vocaciones, las responsabilidades, las obligaciones, al ser más amplias y manifiestas, levantaran la existencia de todos a un plano superior. ¿Será posible describir la sensibilidad de ciertas juventudes azotadas a un tiempo por todos los vientos de la angustia, la aspiración, la esperanza sin calma y el deseo?

Volvía luego desde la ventana a la mesa, apagaba la luz de la lámpara y seguía trabajando a la creciente luz del amanecer, y todavía discutía, me levantaba, releía un párrafo, accionaba con la cabeza y la boca, sin hablar, trabado en vehemente ratificación o en lucha, en agrias resistencias frente a algunas partes del mensaje que traducía y que había dejado horas atrás de ser un texto dialéctico para ser la mágica piedra de toque por la cual surgía explícitamente ante mí la historia de los Estados Unidos, desde la epopeya que arranca en la llegada del “Mayflower” hasta la lenta navegación de Huckleberry Finn por el ancho, poderoso Mississippi. Todo el lento crecer de América me parecía grandioso, de un modo crucialmente diverso a la gesta de integración y desintegración de los grandes imperios históricos europeos, a los raptos desmesurados y cíclicos de un César o de un asiático Genghis Khan; su fuerte, pausado, inmenso desarrollo, esos millones y millones de leguas de tierra que se alzaban con los hombres para un perpetuo caminar, tenían, sin duda, otro sentido que aquellos arrebatos heroicos; su heroísmo tenía otro ritmo, y en este ritmo un fondo que tenía que ver más con la santidad por lo imperturbable, lo ascético, lo permanente —su sentido de eternidad— del coraje; era el simple heroísmo del trabajo del hombre en la tierra. Esto, no solamente lo sentía: era una imagen ante mí; la veía, la veía hasta con alucinación; me conmovía, me hacía temblar, me turbaba hasta las lágrimas, con esa agitación simple, estremecida, que debían de sentir hasta los obreros más oscuros en la edificación de las catedrales.

Uno de esos amaneceres, al concluir el trabajo, excedido de insomnio, salí a la calle y eché a caminar por el largo paseo que hace un codo en el Retiro y sube hacia el bello golfo vegetal de la plaza San Martín; ascendía primero, en dirección a la Torre de los Ingleses, la calle ruinosa bajo el enfilamiento de arcos amarillos, para bajar por la calzada gris que en un movimiento súbito y corto parte hacia la uniforme altura de la ciudad por una cuesta verde bordeada de modestos albergues y restaurantes. Me sentía absolutamente a solas con mi tierra, caminando en el amanecer de la calle desierta. En Retiro un pájaro inició con la garganta fría el alboroto de su canto, luego calló. No soplaba ningún viento; solo había esa niebla cotidiana que se moviliza a la vanguardia del sol. La hora del alba y la atmósfera me invadían. Y casi tocaba, al andar, los ojos llenos de visiones distantes, los confines diferentes del país: el norte selvático, la cordillera despoblada, el sur de hielo, el Océano… “Yo era otro.” Yo estaba hecho de tan distintas partes, que al unirse todo eso, por la misma fuerza de su voluntad de agregarse, obtenía en mi entraña una sola, única resonancia. Y eran míos, a un tiempo, el gozo y el padecer de esta humanidad que se está dando a luz a sí misma.

Al llegar a la plaza vi llegar por una de las calles laterales a una mujer joven vestida de negro. Su rostro era muy blanco y su cuerpo fino. Al acercarse más vi que tenía los ojos negros, intensos, circuidos por una zona oscura; los ojos tristes y huraños de muchas argentinas; la mirada sobre aviso. Instintivamente, caminé unos pasos tras ella. Tal vez estaría materializado el vasto sueño argentino en esos ojos graves y sufrientes, en ese paso rítmico, rápido, que denotaba un apuro por llegar; lo cierto es que la vi pasar, desaparecer, perderse por la calle Charcas detrás del Plaza. De ese mismo modo, a la vez corpóreo y fugaz, pasaba ignorado el país nuestro ante los ojos habituales. Volví a reflexionar en el letargo de los unos y en el insomnio de los otros. Esa mujer era tal vez una mujer perdida a fuerza de no haber hallado su destino; o tal vez había encontrado su destino una vez, viviendo algún minuto con intensidad, unos cuantos momentos inmortales, como la mujer del poema de Whitman. Sentí en torno a mí las presencias vegetales en el centro de la plaza. ¡Qué ciudad, qué civilización! ¡Era tan pujante y enorme lo que se había construido en todo eso que solo cincuenta años atrás era páramo! Un universo, ahora; un cosmos de piedra. En unos cuartos de hora más, todo ese suelo sería invadido por las masas activas, los regimientos del trabajo, y luego, al atardecer esos regimientos regresarían. ¿Con qué sentimiento? ¿Una plenitud, un bienestar por dentro; un deseo nuevo alentado en el fondo del corazón? ¿O nada más que el hábito de construcción, no de creación, de construcción, el hábito material? ¿Se le daba a este pueblo la libertad de sus alegrías, se le consentían, se consentía a sí mismo alegría? ¿Se consentía a sí mismo tristeza más que física? ¿O era un pueblo nostálgico de sus cantos, de sus músicas, de sus bailes, un pueblo nostálgico de otra vida, de vida? ¡Ah, en el fondo de su bienestar físico yo sabía que se hacía la misma trágica conjetura que se haría más tarde Schura Waldajewa, la paisana rusa!, esa trágica conjetura que cuenta Astrow y repite Unamuno: “¿Qué importa que tenga ya diecisiete años y que se me llame una moza? —dice desencantada la obrera Schura Waldajewa—; lo que se me debería explicar es lo que me falta; yo no lo sé. Los jóvenes dicen que yo soy brutal y esquiva. Puede ser; lo que yo sé es que mi carácter es malo. Pero, ¿de dónde viene esto? Si lo supiera podría corregirme. ¿Cursos políticos? Sí, asisto a ellos. ¿Que sea el socialismo? Lo sé; se ha tratado la cuestión. Es que se reparta, no según las necesidades, sino según las capacidades. Lo que yo quisiera saber es para qué vivimos propiamente. Ahora vamos al trabajo, volvemos a casa, vamos a reuniones o lo que sea. ¿Y después? ¿A qué todo esto?”

Sí, ésa es la pregunta trágica, ésa es la enfermedad de la conciencia. “¿Y después? ¿A qué todo esto?” Y no es necesario que salga a la luz este mal para que se padezca. Se le padece por un obstinado cerrar de los ojos a lo que ocurre dentro de uno, a lo que la partícula no comprable de cada persona exige, reclama, quiere traer también a la existencia. Lo peor es que este pueblo que iba, dentro de pocos minutos, a invadir la ciudad, la plaza donde yo estaba, por la que yo caminaba pensando, continuaba obstinadamente empeñado en no reconocer su camino interior, en no reconocer que venía de alguna parte y que era necesario saber de dónde venía; porque si no, ¿qué es seguir poniendo piedra sobre piedra sin otras órdenes que las de un capataz cualquiera? ¿Quién guía a ese inmigrante que llega; qué sabe respecto a lo que serán sus hijos? ¿Cuántos lo saben? ¡Ah, la pregunta, la pregunta trágica de Schura Waldajewa! ¿Cuántos saben lo que son, lo que quieren ser en el país externo, actuante, preponderante?

 

Tomé el camino de vuelta a mi casa. Este americano lúcido, Frank, lo sabía. Muchos —sí, ya muchos otros— lo sabían. Y cuando cierta sabiduría se propaga, se hace un estado de ciencia natural. Lo que yo ansiaba no era otra cosa: era este estado de ciencia natural con respecto a lo que somos sin parecernos a otros. Somos diametralmente diferentes de un francés, de un finlandés, de un rumano. ¿Por qué? En todos estos trabajos, en todas estas lecturas que estaba yo traduciendo se decía: porque somos un mundo nuevo; pero eso no era bastante, no me parecía contestación suficiente.

Otra cosa había que saber. Qué parte somos de ese mundo nuevo. Y yo quería decírselo a este americano del Norte, cuya pasión del todo se revelaba cada vez con más desasosegada religiosidad. Quería decirle en qué virtudes de naturaleza se funda nuestra asistencia posible a un nuevo orden humano.

 

Al volver, ya me esperaba Waldo Frank. Eran las seis de la mañana. Juntos revisamos el trabajo de traducción. Un sustantivo, un adverbio, nos servían para hablar de este o aquel hallazgo en lo que se refiere a la teoría del estilo. No solo los libros que llevaba producidos, sino los que había escrito y luego destruido, habían dejado en este gran artista una idea decantada de su instrumento de expresión. El poder de un verbo, de un adverbio, no podían tener sino un peso exacto en la economía de la construcción general. Hablamos de lo que él había escrito, de su América del Norte; yo no estaba todavía maduro para hablar de lo que quería responderle.

Esa maduración vino después y, en mi propio pensar, no ha concluido todavía. Pero, por lo menos, entonces, lo importante era su mensaje, y a asimilarlo me apliqué con todas las fuerzas del ánimo. Desde luego, había algo más trascendente en Frank que la concepción intelectual de una civilización americana; carne y espíritu hacían en él cuerpo con esa concepción y de este modo no podía ser ésta ficticia, teórica ni caprichosa, mas vital, como es vital el movimiento con que esquivamos un peligro, cantamos una canción o componemos un poema. Uno de los instrumentos más potentes de su creación era la metáfora, y cuando ésta se logra no hay forma de pensamiento que la equivalga como precisión, como justeza, y sobre todo como necesidad; porque un discurso puede no tener y no la tiene en la mayoría de los casos, necesariedad, pero una metáfora sí: siempre. Por eso es risible la desmesurada pretensión de los lógicos, risible porque los momentos más preclaros de la vida del pensamiento universal se han producido mediante la fórmula de la metáfora. Y todo el sistema creador de Waldo Frank, toda su América, es una metáfora viva: es decir, una realidad resuelta en forma de belleza; y lo exacto de esto se prueba con solo enunciarlo, sin otras demostraciones, sin traer siquiera a colación el aforismo de Spinoza, según el cual realidad y perfección son lo mismo; y, como decir perfección da lo mismo que decir belleza, lo mismo da decir perfección que decir metáfora.

 

Admiré su hermosa y cierta América, su hermosa metáfora americana; admiré sus discursos cálidos y conmovidos sobre la misión del artista en su país; admiré la trémula devoción del conductor de espíritus al exponer ante un público muchas veces difícil, y casi siempre ganado por el encanto persuasivo de aquel fluir sabio y armónico, el sentido que prestaba él, imbuido de su voluntad de comprensión y amor, al hecho actual americano y a ese devenir ulterior por el que un esplendor caótico —aquel mismo caos contra el que habían luchado sin éxito la teoría de oro de los primeros profetas: Hawthorne, Melville, Poe, Thoreau, Whitman y los demás— recogería en el seno de su turbia vida instintiva los elementos de su constructiva novedad; admiré, en fin, la extrema limpieza con que su mente organizaba los planos de clasificación, gracias a la cual el espectáculo de las pequeñas teocracias de Nueva Inglaterra, el sentido neogriego de la esclavitud en los estados meridionales, las propensiones primarias de expansión física e industrial, los pueriles tanteos democráticos, todo el conglomerado, en fin, de las pequeñas anarquías, abandonaba tal apariencia de elemental dispersión para revestir ante nosotros el carácter de partículas formadoras de un cuerpo sano y aleccionador.

Vez tras vez, después de sus conferencias, salíamos con Frank a la calle, nos dábamos despacio al aire de la reciente noche cargada de miríadas de luz eléctrica y avisos luminosos; el blanco polvillo era la aureola de la extensa ciudad erguida en su vanidoso continente. Entrábamos en el canal chico de Florida y en las pequeñas bocas adyacentes; pero si esas calles eran estrechas, el hálito de la ciudad era el hálito de una boca enorme que se abre en un gesto de reclamada nutrición, el de una superficie sin confines, áspera. Yo sentía que, a mi lado, Frank se detenía, miraba sin avanzar la perspectiva de la calle interminable, pensaba y me decía, con su mano puesta en mi brazo, casi sin apoyarla: “Si estos dos terribles polos, si estas dos grandes metrópolis de América unieran un día en el ejemplo de una cultura su pujanza sin comparación… si alguna vez su síntesis fuera la solución de nuestro paso adelante en el universo…”

Sus ojos brillaban en la calle populosa, iluminada feéricamente. El halo de reluciente poderío a los dos nos rodeaba cuando retomamos el paso hacia el sur de la metrópoli, hacia las espaciosas diagonales; pero lo que faltaba no era esta hegemonía ostentosa y material; lo que aún faltaba era el otro poder: el verdadero.

Los dos estábamos allí, sin embargo; dos hombres, dos masas compuestas por células, vísceras, vegetativas exigencias, sentidos, piel, manos, ojos. Éramos dos organismos vitalmente indiferenciados, apenas formalmente diferenciados, dos cuerpos con igual ineptitud ante la disgregación a que al fin se nos llamaría, ante la disolución física y la muerte. Sin embargo, esos dos organismos iban más allá de la materia por su voluntad: uno de esos organismos estaba ordenado al otro por el pensamiento y la conciencia. Mi concepción de las cosas ascendía jerárquicamente al tocar el pensamiento de ese otro hombre. Y el pensamiento de ese hombre estaba ordenado, a su vez, al de otras categorías más altas. Nuestros dos organismos eran dos átomos en estado de diferente aspiración, pero necesarios el uno al otro para que el diálogo fuera viviente. Y si algún punto tocábamos por el que pudiéramos superar la necesidad biológica, era por ese acto de comprensión que se escalona y asciende y que es, al fin, la gloria verdadera de la especie sobre los otros géneros vegetantes. No era otro problema el americano, sino la afloración libre del fondo pensante y consciente de su yacimiento humano, y el adecuarse de lo que uno es a lo que es el otro entre sus individuos, sin comedia. Una comunidad, un país, una cultura, no son buenos por otra cosa sino por lo íntegro de esa armonía establecida; todas las formas naturalmente creadas se logran por esa armonización de los integrantes, desde la flor más común hasta la exaltación del canto litúrgico, y lo importante es, entonces, que cada parte tenga suficiente noción de su conciencia de parte.

Aquella noche, en la calle de Buenos Aires, yo habría deseado con fuerte ardor que muchos otros hombres se juntaran a nosotros dándonos algo y tomando de nosotros algo. El espíritu que iba a mi lado no ignoraba la voluntad que en unos cuantos de nosotros había encendido. Sabía que la moral de un ejército no es, al fin, más que la moral de algunos pocos hombres. Y como no ignoraba la naturaleza de la emoción que en unos cuantos espíritus —no solo en la Argentina, sino en México, en el Perú, en Cuba— había suscitado, y el modo como esa emoción podía propagarse, estaba justamente seguro de no errar al poner a la cabeza de su mensaje cuatro nombres de escritores jóvenes de Hispanoamérica, en la certeza de que habían hecho con la traducción al español de sus lecturas más que una mera obra literaria.

 

VIII. Meditaciones

 

El filósofo báltico. Las meditaciones sudamericanas. Un terror no filosófico. El mundo americano vive recreándose. El orden emocional.

 

Y he aquí que, más o menos por los mismos días, otro espectador concebía entre nosotros su contracanto espiritual a esas tentativas de armonización. Nada de positivo, esta vez, sino una suerte de intransigencia alucinada, de negación delirante, ululante, a nuestro continente; una especie de absurdo terror mental que era como el grito del flojo de corazón en la noche del desierto. Este conde báltico que inundaba su vida con torrentes de champaña y devoraba las listas completas de viandas en uno de los cuartos principales de cierto lujoso hotel de la ciudad, era un gigante de barba rala, cráneo mongólico y ojos acerados —fríos, pequeños— que había fundado en un pueblo de Alemania su Escuela de la Sabiduría y viajaba ahora en un ebrio rapto por el mundo, sosteniendo que uno de los pilares del motus creador en la conciencia del Espíritu era el modo como su imaginación transformaba el universo.

Lo transformaba, sin duda, así como el demente clásico trastorna, por un acto de genio en libertad, las relaciones sensibles entre las cosas. Y así como su dedo de gigante acusaba el debatirse de nuestro continente en un marasmo telúrico, y no temblaba el mundo sino su índice turbado, era ese propio espíritu por cuyos fueros salía, lo que virtualmente llevaba en la empresa la peor parte, porque el conde báltico pataleaba en las alternativas peligrosas de la más elemental intuición, aderezada —no digamos articula-da— con la más hábil y astuta de las técnicas racionales. Veamos cómo había de formular poco después el filósofo de Darmstadt, ya artificialmente maduradas, sus meditaciones de esos días, su experiencia de Hispanoamérica, el mundo de la “reptilidad sudamericana”: “La sexualidad frenética y reptil del sudamericano entraña también una de las raíces de la profunda melancolía sudamericana.” “Post coitum animal triste.” “Domina aquí el estado de ánimo del macho de rana, agotado, o de la rana hembra henchida, hasta estallar, de huevos. Lo mismo que en los bosques vírgenes del Amazonas el hombre se siente devorado por ellos, advierte aquí cómo va hundiéndose en el légamo de su propio mundo abisal. La exuberancia de la vida sudamericana no se halla jamás bajo el signo de la alegría. Yo he definido la vida argentina como una vida en sordina. Las calles quedan por las noches sumidas en tinieblas, los rostros son impasibles, todo el mundo habla en voz baja y una carcajada es considerada como una falta de tacto. En todo y por doquiera se observa el más extremo decoro. Y todo ello para encubrir el propio pantano interior…” “El sudamericano es total y absolutamente hombre telúrico. Encarna el polo opuesto al hombre condicionado y traspasado por el espíritu. No me fue posible, pues, afrontarlo con mis órganos de comprensión; hubieron de formarse en mí, no sin dolorosa dificultad, otros nuevos. Lo mismo que la puna boliviana amenazó desagregar mi cuerpo, la covibración en el ritmo ajeno a mí de la Argentina puso durante mucho tiempo en peligro mi equilibrio anímico. Tal circunstancia halló su expresión —ya que el cuerpo es siempre el cuadrante del reloj de la vi-da— en prolongados accesos de ‘arritmia perpetua’, como síntomas de la interferencia de dos melodías incompatibles. Mas precisamente tal peligro apresuró la formación de nuevos órganos. Durante su desarrollo logré una nueva perspectiva desde la tierra. Desde este punto de vista todo presenta un aspecto muy diferente al que ofrece contemplado desde el espíritu…”

Si hubiera leído estas cosas en aquel momento, las habría considerado con indiferencia. Pero fueron escritas después y leídas por mí en un momento no de afirmación sino de duda respecto a cuanto me circundaba, necesitaba entonces revitalizar mi fe no tan solo en mi propia existencia como también frente a la existencia de mi paisaje natural. Así pues, esa revitalización no podía producirse sino provocando un acto de afirmación mediante un acto de hostilidad del que yo salvara algo con denuedo. Y me rebelé ante ese pensamiento injusto y precario que una residencia insuficiente en Hispanoamérica, un contacto demasiado vertiginoso con nuestros torrentes animales y vegetales, había suscitado en el pensador de Darmstadt, en ese remoto habitante de la Prinz Christiansweg.

Nunca he reaccionado ante los libros sino tratándolos como personas, y al encontrarme con las meditaciones de Keyserling, la réplica salió a mi boca desde mi sangre, con la prontitud de ese ramalazo rojo que ciertas flagrantes injusticias llevan al rostro de los niños. Ahí estaba frente a un hombre que al tocar las verdades generales lindaba con una pureza genial y al tocar tierra trastabillaba, se enloquecía, se aterraba. Como a ciertos aviones, la atracción del abismo lo llamaba, reduciéndolo al terrífico caer de una masa plúmbea. Quien creía haber transportado su espíritu al grado más alto de supremacía, es decir, a la absoluta dominación del miedo, padecía un verdadero terror al encontrarse con la naturaleza desnuda donde el bien y el mal viven sin haber sido espantados por esa misma civilización que le había hecho a él perderse por el camino de la fantasía, en la maraña abstracta de los símbolos. Todo le espanta en nuestra América: un reptil, el espectáculo de la selva, el color mismo de la vegetación y de la tierra, la vida en su explosión libre y una “puna” que lo acomete en la meseta boliviana lo lleva en su terror delirante a levantar la falsa dialéctica por la que reduce una parte del universo a las leyes primordiales telúricas del tercer día de la creación… Este hombre a quien yo había visto ebrio de champaña —hundido con todo el peso de su voluminoso cuerpo en un sofá de los Amigos del Arte—, la boca llena de saliva, los ojos desorbitados, la frente empapada de sudor como un sacerdote del más bárbaro ritual, sufre ante la violenta verdad del suelo americano y ante el hecho casi mágico de un mundo que se estructura en una lenta y progresiva articulación, el más imprevisto de los horrores, su serenidad de filósofo se altera, su espíritu desvaría y helo ahí aterrado y apenas lógico ante los símbolos que su aterración le propone para expresar ese mundo que le parece corresponder a las regiones más oscuras, a los abismos más temibles de su propia persona. Todo le parece hallarse en este continente en estado mineral e inorgánico. Su imaginación —que según él no debe tener más función que la específica de transformar el universo— en vez de transformar el que encuentra en un sentido creador y en un orden de justificación espiritual, lo examina, lo rechaza, abomina de él, tiembla, siente una turbia repugnancia y pugna por reducir esa realidad que se le escapa por todos los poros a las intuiciones primarias de su predisposición y de su desvarío. La pululación en las selvas de las hierbas medicinales, el frenético desencadenamiento del reino vegetal, llevan a este pensador en estado de frenesí a reducir a los términos de lo mineral y lo vegetal cuanto crezca en torno a ellas; extiende tal condenación a todo el continente, incorpora al signo del reptil el signo humano circundante; y su actitud es la del hombre de montaña que va a aterrarse con la visión de las especies monstruosas en las salas sin luz de un museo de Historia Natural… ¿A qué viene esta abdicación de la sabiduría, puesto que no hay sabiduría allí donde sobreviene un pánico? En efecto, el término “aterrado” definiría mejor que cualquier otro la verdadera condición anímica de este intérprete de mundos al enfrentarse con el nuestro. Toda su interpretación la reduce a la tierra, a lo telúrico, pero por esto: porque la tierra lo posee y pierde él la posibilidad de someterla a una meditación no aterrada. Al ir a gritar su horror ante tantos seres aprisionados por la tierra, es él quien revela el modo como está repentinamente poseído, y solo de tiempo en tiempo su espíritu confiere a aquellos seres que pueblan la América Hispana, al liberarse él mismo, la esperanza de su liberación. Él mismo es víctima de la condición que les depara, ya que cuanto más auténticamente desprevenido y generoso es un espíritu, menos capaz es de concebir una zona de humanidad entregada a la absoluta prevención y la sordidez. Y así se engaña el filósofo de Darmstadt: el mundo que ve no es el que rendiría su imaginación en estado de pureza; el mundo telúrico que de pronto lo circunda no es otra cosa que el reflejo de su propio espanto telúrico… El mundo que percibe el miedoso está lleno de miedos.

Keyserling acepta que “el librarse de la tierra es precisamente el fin de todo esfuerzo de perfeccionamiento individual”. Pero es el término librarse el que pesa un tanto equivocadamente en su definición. Al decir librarse, lo que debió decir es “levantarse desde”. Todo esfuerzo de perfeccionamiento espiritual debe tender a levantarnos desde la tierra. (El Espíritu dice precisamente: “de la tierra venimos y a la tierra vamos”; esto es, destino que trasciende la tierra sin rechazarla.) Y este acto de levantarse consiste, justamente, en dejar de tenerle terror.

Solo un pensamiento dado al miedo, despavorido y desconcertado, podía ver en nuestra América la imagen de un pantano. El gesto actual de esta América es el de levantarse; la indolencia es ya una vivencia original superada en este continente, y la grave marcha silenciosa de un mundo nuevo, ¿a quién puede aterrar sino a aquel que tiembla por una inadecuación de su ser ante las condiciones de ese mundo, sino a aquel que ve de pronto temblar bajo sus pies el piso que creía firme y comprueba de pronto agrietado, a aquel que grita?

La tierra es la Creación en su cuerpo móvil, eterno, la tierra es lo creado; piedad y misericordia tienen raíz en ella, por lo cual no podemos desligarnos de ella sin haber nutrido en ella, aun espiritualmente, nuestra raíz. El hombre de más alta perfección espiritual, el santo, no ha hecho en el creciente decurso de su vida temporal sino levantarse desde la tierra, pero sin dejar de tener en ella los pies, como el árbol en la gleba su raíz; no se ha levantado de ella sino en la medida en que eran poderosas sus raíces, pues era muy poderosa la absorción terrena de un San Francisco o un San Agustín.

La perfección viene a un espíritu por la forma como se ha liberado del terror que inspira el riesgo telúrico, ese mismo que Keyserling llama reptilidad, la voracidad ciega y cruel de la selva. Lo propio de un espíritu es estar en la tierra sin aterrarse. Esto es lo que ha querido olvidar obstinadamente el filósofo de Darmstadt.

Toda impregnación poderosa de vida y humanidad viene de un sentimiento profundo de la tierra, porque lo que el sentimiento determina es la coposesión con el objeto hacia el que se manifiesta; color, jugo, sustancia, vienen, en diferentes modos, de la tierra; de la tierra les vino la poderosa impregnación de vida, la ansiedad de espíritu y el sentido del dolor cósmico a un Tolstoi, a un Dostoiewski.

Y todo lo que existe sobre la tierra está en estado de regeneración. En estado de crecimiento y multiplicación sin tregua.

Cuando leí las Meditaciones de Keyserling me llamó la atención el contraste entre la notable verdad de sus observaciones objetivas, el sentido extenso y exacto con que solía tratar las más altas cuestiones humanas y lo engañoso de sus teorizaciones sobre Hispanoamérica. Entonces traté de descubrir el origen de esta anomalía y advertí que ella estaba positivamente en ese oscuro fondo (a la vez rencoroso y aterrado, resentido, no sin un extraño y remoto despecho) del que no podía desligarse el autor al hablar de las cosas sudamericanas. Y ese fondo de aterramiento y rencor, con su crepúsculo de despecho, recreaba sí un mundo —según la teoría de la fantasía creadora que el filósofo báltico propugna—, pero a su imagen y semejanza, esto es, un mundo de aterramiento y terror y despecho. Un mundo al que el autor no confiere en modo alguno la gracia de movilidad, sino un inexorable estancamiento.

Pero, mal que pese a ese prevenido espectador, este mundo vive recreado en su constante movilidad, en constante regeneración, y el reptil que aterraba al filósofo en lo intrincado de la selva, así como la puna que lo llenaba de inenarrable pavor, así como la súbita arritmia que le parecía la terrible garra con que aquélla lo abatía fatalmente, así como las monstruosas visiones que lo asaltan: “un cuerpo indefinible, mujer, serpiente, animal y pulpo al mismo tiempo; manos y pies desarrollándose como tentáculos escurridizos, como pseudópodos, y una angosta cabecita femenina”, “seres serpentinos parecidos sobre todo a las anguilas, a aquella primera forma de la anguila inmediatamente posterior a su larva, solo que no son traslúcidos sino, por decirlo así, transparentes a las tinieblas…”; todas esas obsesiones, en fin, que hicieron el fondo de su pavor sudamericano, son normales naturalezas vivientes que, desprovistas de la deformación inmodesta a que la febril imaginación del filósofo las somete, cumplen en un universo no solo su espantable función de odio, sino también su discreta función de amor; su discreta función de amor en el mundo de selvas y lianas, al lado de la hoja y del fruto, modestamente aplicados a vivir y cumplirse como existencias, al lado del árbol desmesurado. Si el equilibrio anímico del filósofo se desconcierta en el choque ello es debido a que ese ánimo venía propenso al desequilibrio y no a que el mundo sudamericano lo esperara blandiendo su amenaza terrífica. Si la visión de un árbol nos lleva a un estado lindante con el delirium tremens, ¿por qué echarle la culpa al árbol? Mejor decirnos honradamente: la deformación está en nosotros; ¿hemos de arrastrar con ella a los demás?

Hallé ridículo y pueril el empeño del conde báltico en atribuir a los sudamericanos, más allá de su cordialidad delicada, una frialdad de reptiles… Me pareció que la piel afiebrada distingue demasiado mal las temperaturas: ya que si hay algo en los americanos del sur que sea fuerte y definido es el calor pródigo de su sangre. Y me pareció, aquel injusto empeño, una contradicción flagrante con sus reflexiones sobre el orden emocional, tal vez las más serenas, ricas y profundas que se hayan producido sobre la esencia del alma sudamericana.

 

Encontré en esta meditación sobre el orden emocional el eje importante y verdadero —es decir, el punto donde el poder reflexivo descentrado por sus propias abundancias y autotolerancia volvía a cobrar su equilibrio perdido— del pensamiento del conde de Keyserling. El mundo sudamericano de la gana, de la delicadeza, el mundo del orden emocional constituye para él, en suma, el estado de inercia, un orden abisal anterior al espíritu, que es por definición movilidad y consecuencia, concentración intensiva por oposición a la concentración extensiva característica del orden emocional. Y antes de sostener, revelando su comprensión verdadera de la trascendencia de este orden, que el clamor levantado hoy en todo el mundo para exigir una nueva comunidad no alcanzará a verse satisfecho mediante “una racionalización, ni por un colectivismo, ni por una previsión social, ni por un Estado nodriza, y menos aún mediante el exterminio del individualismo por una mentalidad comunista, ni tampoco por una restauración del cosmos cristiano (pues en un universo cuyo lema es ‘una vez y nunca más’ no puede haber restauración de gran envergadura)”, antes de sostener que la nueva comunidad humana solo podrá restaurarse por la “apocatástasis de la esfera emocional como tal, por la reintegración del orden emocional, que tiene sus raíces en la gana y es alimentado por la sensibilidad”, antes de sostener tal vaticinio ha convenido en que el mundo emocional más rico y profundo de la época actual es el mundo hispánico. Con lo cual confiere a nuestro orden un destino en cierto modo mesiánico, pese a que se trata de un orden no determinado por el espíritu. Pero que en las más grandes épocas del mundo hispánico ha habido siempre un sentido, lo cual quiere decir un principio que define la razón de un fin (cosa que debe ser para el conde de Keyserling la piedra de toque de lo espiritual), eso, no puede él negarlo. Y, asimismo, en el origen de los pueblos sudamericanos, en la voluntad de sus hombres mayores y en sus gestos cimeros —expresión ya elevada y depurada de las inspiraciones colectivas—, existen en su forma ideal esa voluntad, ese principio y ese fin que son por esencia imagen, consecuencia, espíritu. El conde de Keyserling parece ignorar la gesta formadora de los pueblos americanos, desconoce precisamente el “sentido” de su original pensamiento, de su literatura e imaginación original, de su inspiración, y para la elaboración de sus postulados generales ha tomado la realidad de nuestros países en su punto de gravidez nueva, en su estado de embarazo “segundo”. El espectáculo tantas veces soñoliento y pesado de la gravidez —gravidez de destino y por lo tanto de consecuencia— ha sido interpretado por él como una ceguera telúrica. Del fondo de la Argentina no ha extraído más que la imagen de una vida hundida en el marasmo emocional, en el pantano de la sangre dulce y pesada, sumergida en su carencia de “inspiración”.

Cierto es que su primer error ha consistido en ignorar (a fin de no ver más que los caracteres de la masa indiferenciada) las expresiones aisladas, por ser las más altas y por consiguiente las verdaderamente simbólicas, del arte y el pensamiento iniciales de América. Si no hubiera en su punto de partida más que ese error, ya sería un defecto gravísimo. Pero es que hay todavía más: aun en esa masa indiferenciada donde se detiene y permanece, lo que él niega en el sentido de la inspiración no es algo que “no existe”, sino algo que “no ha visto”. Su intuición es fría. Su intuición es la del viajero precipitado. Su inspiración es fecunda para sí misma pero absolutamente estéril en cuanto al mundo que ve. (Por otra parte, y sea esto dicho de paso, nunca he visto un espíritu imaginativamente más rico y al mismo tiempo menos lógico; no he visto nunca una obra en que las contradicciones y los aciertos estén más irreparablemente mezclados. Bien es verdad que de no ser así sería eminentemente un lógico en vez de ser, como lo es, eminentemente un creador, un improvisador, porque ningún “lógico” crea en el sentido supremo de la palabra: la imaginación es libre y múltiple, por lo tanto contradictoria, y está más allá de la lógica. Pero, por eso mismo, lo que la imaginación no debe proponerse, sino con grandes precauciones, es el propósito de sistematizar. El contrasentido más grande del mundo es una imaginación dogmática.)

No culpo a este hombre. Era difícil que viera lo que es demasiado hondo y profundo para ser percibido al azar de una ojeada que se precipita. Ese sentido grave, esa exaltación de la vida que se refugia en la veta última del corazón argentino, y que se basa en la conjunción de la vieja “hombría” de los españoles con lo dramático suscitado por la realidad de una tierra llana y desierta; esa voluntad consecuente de ser superior al destino determinado por una naturaleza indómita y tantas veces adversa; ese tenerlo que crear todo: aun la salud de su dolor y la luz para su oscuridad, alejado de guías, señales y rumbos ya hechos; ese fondo de emoción y amplitud cordial, esa prontitud del alma, esa organización del sentimiento en un sentido activo y no pasivo, no podía presentársele sino como un mundo al que hay que entregarse o del que hay, de lo contrario, que huir despavorido; que propone demasiados compromisos al alma, demasiados compromisos a la sangre, aunque, es cierto, pocos al espíritu.

¿Pero es acaso el espíritu otra cosa que un encaminamiento lúcido y deliberado del hombre interior? La naturaleza de ese encaminamiento es el Sentido, para usar el término caro al pensador de Darmstadt. El espíritu es la expresión en lo que tiene ésta de supremacía sobre la mera forma, y por su parte la expresión está relacionada al conocimiento como la risa o el llanto al motivo que los provoca. “Fue en forma de imagen interior como el espíritu irrumpió a título de elemento nuevo en la Creación.” El espíritu de América está ligado así a su conocimiento (sobre lo cual he hablado ya en otra parte), o sea: a su descubrimiento renovado en cada uno de los americanos. Lo que importa es la imagen americana que llevamos como una promesa que cumplir, y como un convenio que realizar. En la cantidad de espíritu de que esté imbuida esa imagen estará nuestro espíritu, espíritu de hombres y espíritu de naciones. Y el sentido de esa imagen, su valor, significarán el sentido y el valor de nuestra aportación al universo.

 

IX. El norte, el sur

 

Busca de la autenticidad. El país como dolor. Una mujer de la Florida. El fenómeno puritano y el fenómeno hispánico. Lo moral y lo espiritual. Paseo por el parque. La aspiración espiritual argentina por reconquistar su ritmo.

 

Otra vez yo, yo nadie, yo hecho todo disponible fervor, frente a ese cuerpo de mujeres y hombres cuyo laborioso sueño —“el grave y profundo sueño del embrión”— ninguna de aquellas extrañas meditaciones había perturbado. Ninguna heroicidad, ninguna grandeza, en mí, ninguna preocupación tampoco de otra índole más que el pleito a los hombres para que dieran de sí lo que llevaban oculto. Por una pausa que no sabía hasta cuándo podía durar, las cuestiones de mi ser interior estaban polarizadas en aquel violento afán de amor humano. Nada me desgarraba como aquella marcha muda en el desierto.

Fueron ocho años penosos. No había experiencia humana que rechazara en el orden del corazón. Hombres y mujeres llenaron mi vida con esa pululación humana que se ve salir a la llegada de los navíos de vela en los antiguos aguafuertes que ilustran los libros de mar. Era extraño que de cada una de esas aventuras no saliera con dolor, como quien sale tras un pájaro y se pierde en la maraña, sin presa. Pero la esperanza salía en constantes salidas, como el famoso manchego en las albas de su ilusión, porque “todos los hombres en nuestro trato mutuo, en nuestro comercio espiritual humano, buscamos no morirnos; yo no moriré en ti, lector que me lees, y tú no moriste en mí que escribo para ti esto”. Y eso buscaba yo, no morirme, porque cada persona que encontraba tenía en mí el crédito de mi posible renacimiento en ella, de que las partes por las que yo moría —por deficiencia o ausencia, o enfermedad— podían cumplirse e integrarse en ella. Pero al fin y al cabo, todo lo que no poseemos, lo que dejamos de poseer queriéndolo, es decepción de nuestro ánimo. Y cuando escapa a nuestra voluntad de amarlo, es decir: de incorporárnoslo, de poseerlo moralmente, esa evasiva es decepción, tristeza de la carne, no ya tan solo del espíritu, aun cuando nuestro móvil sea del todo espiritual.

Y todo sucedía por entonces en mi vida como con un ritmo respiratorio o pendular. Después de la ida, había la vuelta. Después de haberme arraigado en la exploración anhelante de otra naturaleza, ya volvía a no poder soportar mi soledad y a tener que soportarla, a tener que sufrir segregación por causa de mi ansiedad desencantada. ¡Era tan difícil encontrar en los hombres una arquitectura del alma; en las mujeres cierta espiritualidad móvil que fuera como el jugo de su naturaleza!

Y luego: el país visible sin pasiones y sin Dios. Porque no es tener Dios el ir a rezar en un templo y organizar asociaciones de caridad pública con el dinero que se ha percibido en el ejercicio de una larga no caridad: no es tener Dios persignarse, descubrirse al pasar al hilo de un paseo por el porche de las iglesias, ni tener ese recogimiento casi castrense de algunos, sin unción, sin fe. No hay más que un modo de tener Dios, y es llevarlo adentro. ¿Pero cómo se lleva a Dios adentro sin fuego, sin pasión del espíritu, sin perduración no emocional, sino más, pasional, de un estado de conciencia ardiente y lacerado? Porque tener conciencia de dolor no es haber perdido el gozo, en modo alguno, sino saber que no hay alegría que no esté circundada y contenida por un paisaje de más espacioso y general dolor.

No hay pasión trivial, por eso mismo, y en cambio hay estados emocionales triviales. La pasión supone siempre una vocación heroica del ánimo y las propensiones puramente emocionales proponen al ánimo una difusa dulzura. ¿En virtud de qué defecto de profundidad se inclinaban siempre a esto los argentinos? Un simple examen de nuestra común literatura permitirá apreciar cómo tras los libros habituales es muy difícil descubrir aquí al hombre entero, existente. Es una literatura de vivencias emocionales bastante vagas, generalmente indefinidas, donde la frecuencia inevitable de ciertas palabras como “nostalgia”, “recuerdo”, “tristeza”, “indecisión”, “incertidumbre”, “horizontes”, acusa una fluctuación oscilante del instinto creador. Lo cual acusa una reclusión en los estados emocionales vegetativos, ciertamente preespirituales.

Así como el personaje de cierta tragedia quería llenar en la noche de pena y diluvio con su cuerpo todo el espacio del dolor, así estuvieron estos ocho años míos llenos del deseo de ser llenados con un sentimiento alentador de mi tierra. Pero no podía soportar la no pasión, el desapasionamiento recluido en sus cantones emocionales, la pasión que se quedaba en emoción. Me parecía estar yo mismo complicado en esa inercia general del espíritu. ¡De nuevo! Entonces habría querido castigarme, humillarme, destruirme en todas mis partes no vigilantes, en todas mis partes blandas. He llegado a llorar a causa de mi mediocridad impotente, arrastrarme hacia mi casa desde lo intrincado de las calles, con un dolor y una congoja sin límites, en mi larga noche purgativa. En esa marcha, más de una vez me detuvo algún ser, siervo o mujer de dolor, alguno de estos humillados, y con ellos me detuve a beber el mal alcohol de no sé cuántos bares, al soslayo del fasto urbano. Y si podía escuchar una historia viviente, el relato de una pasión, el recuerdo vivo de un gran tormento, de un trance trágico, de un coraje o de una vergüenza, me sentía revivir. El aliento amarillo de los focos eléctricos caía sobre los pavimentos negros y por ellos caminaban también mis ojos mientras escuchaba, al andar, alguna de aquellas trágicas historias. Historias eran del vivir en la vida, no del representar, no del no vivir, no del parecer vivir como mi país visible; historias desnudas. Me sentía angustiosamente solidario de los hombres. Habría dado mi propia sangre por redimir alguna de aquellas oscuras y a veces mediocres tragedias a fin de volver a un rostro humano su condición de salud. Me sentía desgarrado, desollado. Y toda la hostilidad cruel de la ciudad recogida en su deliberado e indestructible mutismo, habría querido compensarla mediante un no cesar en mi deseo de comprender y de acompañar, en mi necesidad de compadecer.

¡Noches, noches densas, extensas, de Buenos Aires; noches de rebusca, de ánimo al acecho de verdad, fuera en una piedra, en un pedazo de parque verde, o en la magnífica rebeldía de un sublevado, de un descontento! ¡Asqueado de tanta comodidad ambiente y tanto sueño y tanta pesadez digestiva en las gentes de andar lento! ¡Noches de enfrentamiento solitario con el alma de la ciudad, el alma directa, con el desarrollarse paulatino, solemne, de sus noches de intensa vividora, toda ella concentrada en su cielo y su suelo como ninguna otra urbe, apretada en su severa y desdeñosa dignidad, como los hombres de la Argentina invisible! ¡Noches de expectación compartida en mi Buenos Aires con la polvareda de astros y el sentido imperturbable del tiempo! Sufriente atravesar de aceras, bocacalles, plazas, atrios, sin otra compañía sensible que las nubes, la estrictez de las constelaciones, el eco turbulento del concierto interior. A veces, en el bolsillo, un libro con la historia de Bunyan, de Ana Vercors; otras veces con las manos vacías, el traje desaliñado, pero el corazón no predispuesto, la entraña en perpetua vibración como los ranúnculos de las anémonas de mar, la naturaleza toda como una mano, alternativamente propensa a la caricia o al destrozo, a la quietud como a la furia: pronta. ¿A todos esos emotivos lacustres, a todos esos inertes, a todos esos ánimos difusos, habría que castigarlos hasta sacar de ellos la sangre de la pasión? ¡Y parecían jactarse, aun, de su condición como los asiáticos filisteos! Orgullosos de su somnolencia, yacentes, invertebrados… ¡Ah, había que morir en éstos para llegar a los otros! ¿Cómo renacer en una forma si no nos hemos muerto en la precedente?

¿Pero —pensaba yo en esos andares— es que era de ellos esta tierra, “nuestra” tierra? Menos de ellos que mía y menos mía que de los que la sentían todavía mejor que yo, es decir, de los capaces de sentirla no como es, sino exaltada la propia conciencia hasta “hacer” en uno cómo puede ser ella mejor, hasta hacerla mejor en uno, hasta “serla” mejor. Y como de “hacer” viene “drama”, de los capaces de sentirla como drama sobre todo otro sentimiento. ¡Sentirla como drama!

Todos estos argentinos visibles la sentían con ignominia porque la sentían como placer. Como placer vacuo e insustancial, como placer de ellos. La sentían festivamente, que sentir festivamente es hablar a cada rato de ella blandiendo escarapelas y cantando himnos, como si los himnos no tuvieran que ser rehechos para que dejen de estar muertos, de ser letra. Lo que tenían ellos es un sentido vocal de la patria. Y los veía pasar a mi lado con asco, porque eran el peso muerto, la inercia “subespecie” de progreso, la peor de todas las rémoras.

 

Por aquellos días conocí a una extraña persona. Era una artista norteamericana retirada muy joven de las tablas, de extraordinaria belleza, que vivía pintando decorados en el fondo de un pequeño departamento en una calle silenciosa de la ciudad. En aquella mujer todo era expresión, a tal punto que parecía casi exhausta en su física apariencia a fuerza de estar toda ella como volcada, vaciada de sustancia, a fuerza de dar de sí espíritu y belleza. Lo más sorprendente que había en aquella vida era su ritmo. En esa hermosura frágil, en ese espíritu sin sueño, en esa vida, lo que había era, ante toda cosa, sobre toda cosa, ritmo. Había nacido en una de las poblaciones del meridión de los Estados Unidos, no sé si recuerdo mal, en la Florida, y había tenido a un negro por hermano de leche. ¿Por qué raro contagio tenía de estos seres eminentemente rítmicos, los negros, aquella armonía, aquella dulce y como sonora simetría de espíritu? Ella me hizo pensar mucho en ese país del Norte, abundantemente —y tantas veces injustamente— vilipendiado. (Desde Thoreau hasta Hart Crane, tienen una literatura con mucho mayor unidad que la literatura moderna de cualquiera de los países culturalmente nacidos en la cuenca del Mediterráneo.) Si América es una unidad, lo primero que cabe poner en claro es nuestra diferencia individual como integrantes de ella. La mujer de quien hablo, por ejemplo, no tenía nada de sajona en su espíritu; lo era tal vez tan solo en el aspecto moral de ciertos hábitos, pero no en la armonía general de su ser interior. Pero mi experiencia intuitiva y empírica de los Estados Unidos me proponía datos muy diferentes a los que suponía el caso personal de esta rara mujer; sin embargo, así como el punto de referencia, el punto de contraste es decisivo para ciertas aclaraciones repentinas, y ella me ayudó a ver claro en ese pueblo de pragmáticos y de idealistas, de idealistas pragmáticos o de pragmáticos idealistas, ya que lo propio de su esencia es cierto fin más que utilitario, interesadamente estabilizador, que consiste en no dar solo al César lo que es del César, sino también un poco de lo que es de Dios y a Dios no solo lo que es de Dios sino también un poco de lo que es del César. (En el fondo, esto no es tal vez más que la aplicación, un poco más humanizada, un poco más puerilizada —en el buen sentido del término— del viejo principio británico de la conciliación, del “compromiso”, discretamente observado por André Maurois en un estudio sobre el carácter de ese pueblo tres veces conquistado por Roma y en el que nada quedó de la antigua edad romana, como no fueran los propios ingleses, al decir de Chesterton…)

Aquella mujer que se parecía a los argentinos de altura (o los de profundidad, que da lo mismo, porque quiero decir: todavía en estado de pureza), llevaba en ella sustanciado lo tremendo de nuestra diferencia con el pueblo en medio del que había nacido. Ella era como una sublimación de ciertas figuras de esa diferencia. Positivamente era simbólica. Había nacido en el punto de conjunción de los dos ánimos americanos: el de la conquista española y el de la instalación puritana. En Florida, hasta donde había llegado la ambición española, después de los hugonotes de Ribault, en la persona del “cruel descreído” Pedro Menéndez, para establecer la fundación de San Agustín (!); en Florida, la más vieja de las ciudades norteamericanas, allí donde el fanatismo volcó cruentamente en América sangre de franceses y españoles. Cuando supe esto, leyendo más tarde historia norteamericana, muchas cosas de aquel carácter de mujer me aparecieron explicadas. La unidad de los motivos del mundo se me ocurre cada día más milagrosa y sorprendente. Cuanto más extiendo mi apetito de experiencia y aprendizaje entre las cosas y entre los hombres, más contados me parecen los principios originales. Cuanto más bosques recorra un hombre, más igual a sí mismo descubrirá que es el árbol; y es precisamente la diversidad de las especies creadas lo que mide la idea de la unidad de Dios.

Por mucho que se insista, se insiste todavía poco en el fenómeno puritano y todavía poco en el fenómeno hispánico, los dos focos antagónicos, las dos cruciales antípodas de América; en el curso de aquel tiempo, de aquellos días de Buenos Aires, de choque con lo bueno y lo malo del pensamiento foráneo, semejante diferencia no solo la concebía una y otra vez, sino que la vivía, la habitaba, porque no se avanza un paso en nuestro destino sin haber sentido cruelmente en propia carne la contraposición de las dos células que se combaten, que se desangran y se rechazan, en el encuentro de lo esencialmente moral con lo esencialmente espiritual. El ancla y la mar alta. El jalón de madera clavada, lo moral, y el libre espacio consumible, lo espiritual. Los dos puntos de vista que se entredestruyen del sentimiento de eternidad.

Algo había magníficamente grande en la naturaleza de esa mujer del norte. Como nunca he creído en los convencionales prestigios sino en la calidad inmanente de ciertos caracteres, todo mi ánimo estaba adherido, con la expectativa y la emoción listas, a las manifestaciones de ese ánimo de mujer, aun a las menos significativas aparentemente. Hablaba de las cosas de la tierra como en un rapto y describía la decoración ostensible de sus bailes como algo mágico y extrahumano. Hablaba de las cosas de la vida, de su experiencia, de sus pasiones, de sus venturas y desgracias, con una espiritualidad que era lo contrario de la embriaguez pero que se le parecía por su transporte ingrávido. Y toda ella parecía estar tan cerca de la tierra, que se había liberado por completo de los hombres. Se había liberado: por consiguiente su ser tenía toda la libertad del universo para su rapto, su arrebato, su espiritual libertad y el admirable arranque de su ritmo. La tierra le agradecía tal acto de levitación; y estas gracias, esta gracia multiplicada, eran su gracia.

Eran la gracia de los que viven en perpetua libertad entre el cielo y la tierra, sin cadenas, sin compromisos, sin miedo. ¿Según el espíritu sajón? No. Sino según el eterno espíritu de la hispanidad; según el sentimiento de eternidad que alienta en el alma original del mundo hispánico. Y ya sabemos que los pueblos son grandes o pequeños en la medida de su propio sentimiento de eternidad. ¿No se creía Alonso Quijano tan duradero como la eternidad y tan duradera Juana la Loca y Hernán Cortés tan duradero? Si uno de ellos hubiera vacilado, como decía Blake de la estrella; si uno de ellos hubiera reconocido cadenas constrictivas para su sueño, habrían dejado de brillar, el destino de su ímpetu habría sido la caída. Pero estaban hechos de prodigalidad de sí y de libertad, y en esta medida su destino no tuvo límites.

Hechos de prodigalidad de sí y libertad. Hechos de rapto e infinito como las tierras, los mares y las nubes; hechos de aspiración eterna. Y he aquí la diferencia, entre dos tipos de humanidad: los unos para los cuales la vida es un mucho potencial entre dos nadas; los otros para quienes la vida es una nada enojosa entre dos abismos de grandeza eterna. No sé si lo primero pertenecía por entero al mundo sajón; pero lo segundo sí al mundo hispánico.

 

Esto amé en esa mujer cuyo predominio sobre la vida tenía algo soberanamente cenital, algo de santo y elevado como la vida de ciertos demacrados ascetas cuya iluminación les prende en los ojos un fuego de otro mundo, un hermoso brillo sobrehumano. Algo se sentía en ella fuertemente a cada rato: era que habría sabido morir sin pavor y con los ojos abiertos, así como veía mientras hablaba de ellos, transportada, los escenarios ideales para fondo trágico de sus danzas. Y esta condición de saber morir, de saber vivir con riesgo estableciendo su existencia física como algo secundario y sometido a un fin que le es principal, país alguno lo tiene como los españoles. A través de su grande y su pequeña historia, imaginada en su Greco o en su Goya, en la llama mística o en la sangre del espectáculo taurino, el español no es grande por el modo de adorar su vida, sino por el modo como la desprecia al servicio de un honor mayor, lo cual deviene el mejor modo de exaltarla, de consagrarla.

Es decir: lo contrario del puritanismo. El honor del puritano es la vida misma en su acción cotidiana y su fin no es la rebusca de un modo arriesgado de trascenderla con heroísmo, sino de justificarla con ahorro y circunstancia ante Dios. Ahorro y circunstancia son pequeños dioses elevados por el puritano a Dios. Y de esto diría San Pablo, que “viene a ser una idolatría”. Ahorro y circunstancia son ataduras originales del alma del norteamericano. Ahorro y circunstancia son lo contrario del desprendimiento de sí y la libertad que en el genio hispánico existen siempre en olor de heroísmo; ahorro y circunstancia son ataduras. No otro era el grano que llevaban en su tempestuoso viaje los ciento dos peregrinos del “Mayflower”. Los hombres que nacieron de ellos nacieron de ese grano. Aquellos hombres estaban asidos a sus Biblias pero de una manera violenta y a la vez limitada. Con su austera lectura al alba y al crepúsculo, lo que expurgaban de ella era apenas un árido y a veces inhumano código moral; por lo que el sentido espiritual, el sentido libremente divino muchas veces se les evadía. De este modo, habían subordinado su aspiración —por esencia libre y en constante renacer como el fénix mítico— a las ataduras más ásperas y terrestres. Ni heroísmo ni santidad podían echar flor en lo abrupto de esa tierra rocosa. Estas gentes atadas por una moral inmutable ignoraban tremendamente que lo propio de las Escrituras es su lección de constante mutabilidad, su lección en el sentido de que todo es devenir. Nada se da en estado puro en el hombre; todo tiende en él a regenerarse, todo está en trance de hacerse eterno y el hombre no es tradicionalmente nada sin el tránsito de eternidad. Bien glosado está así por Unamuno aquello de que no dice San Mateo “en verdad os digo que si no sois niños”, sino “en verdad os digo que si no os volvéis y os hacéis niños no entraréis en el reino de los cielos”; no si no sois, sino “si no os volvéis”, lo que indica mudanza.

 

Un día iba caminando con aquella mujer por uno de los paseos del sur de la ciudad. El viejo parque colonial levantaba sus lomas en un verde lujoso entre las estatuillas manchadas por el lodo de constantes lluvias; y en el alto cielo, la regencia de un sol rico había tras muchas horas de brillo declinado. Las rejas del parque habían sido destruidas; destruido lo auténticamente viejo del viejo parque argentino; solo quedaba la casa digna, modesta y baja, del pequeño museo, con su mirador que alzaba apenas del pasto mal cortado, cuya propensión era salvaje. Ella se detuvo y miró con asombro la resignación criolla del viejo parque en desuso, esa dignidad que sobrevive a la violencia propuesta por mano extraña, esa solemnidad simple en el infortunio, esa orgullosa severidad contra todo mantenida, que daban ánimo y soplo a aquel sitio argentino. Reanudamos la marcha en la calurosa tarde de otoño meridional. Entonces puse toda mi fuerza de persuasión, todo mi calor, toda mi verdadera fe en decirle cómo lo mejor de la naturaleza de nuestro pueblo está hecho del silencioso casamiento de esos dos ánimos: el ánimo de donación y el ánimo de libertad. El alegre vegetar, crecer, manifestarse de este pueblo, se produce mediante la representación casi exclusiva de un irradiante optimismo; todo parece en el país superficie y bonanza; pero en su fondo late una discreta rémora, un dolor aparentemente remoto, pero sensible, no fácil de desentrañar, callado, muy oculto. Y esa prudente y nada explícita taciturnidad no es otra cosa que la convicción de no estar cumpliendo el destino creador de su alma, sino de vivir limitadamente dentro de las fronteras de su destino biológico. Gracias a esta reclamación profunda este pueblo ha sentido a veces la mera causa de un partido político engrandeciéndola imaginariamente como el canal ofrecido para la liberación fluvial de aquel otro destino, el más importante. La ha sentido como una mística. En verdad es un pueblo a quien la política, que suele tener el aire de interesarle sobre todo, lo deja durante largos plazos indiferente; y su interés repentino, cuando aparece, no es más que la esperanza de justificarse en un movimiento de fe. Pero el sol de cada día cae a plomo sobre esa oscura represión; sin liberarla, sin darle, en vez de un cauce de fe, apenas más que una confianza vital en la alegría de vivir, proponiéndole una satisfacción somática. Si la Argentina tiene un ritmo, ese ritmo es el acompasado oscilar interior de su profunda aspiración incumplida. Interrumpida su tradición, su gran deseo es el deseo de un miembro separado del cuerpo que tiende con todas sus fuerzas a reunirse con él. Ese cuerpo, esa tradición, es tal vez, humanamente, uno de los más armónicos y fuertes del mundo, porque la gesta de los Andes y el tiempo que comprende la organización nacional de un admirable estado de alma como nación, no tienen tal vez similar, en cuanto fueron la glorificación expresa de un pueblo en estado esencial de amor. De pronto, cuando ese amplio gesto de donación de sí llega a un punto culminante, los pasos del país se detienen, son detenidos. No hay, del todo, colapso, pero sí un inhibitorio malestar. Y esa forma de danza que comunicaba a todo un continente el ritmo de un raro heroísmo —un heroísmo hecho de pura espiritualidad y misericordia, como es el de arriesgarse en los hielos más inexpugnables del planeta para ir a llevar a otras regiones libertad—, se transforma en otro ritmo, en el de una aspiración potencial, en el de un pasivo deseo, en una pasiva expectación. Sobre la superficie del país camina una mala vegetación parasitaria, no es que vaya ella a destruir una salud, pero la enferma. Y el andar de dentro, la movilidad del espíritu están, en el vivir del país, detenidos. El ritmo grande, reducido.

De esto hablé, aquella tarde, con aquella mujer. Estaba hecha, sí, para comprenderlo —puesto que todo lo que había avanzado lo había avanzado en su vida por la pasión y por la inteligencia de esta pasión en términos estéticos—, nacida entre gentes de andar suave en el lejano suelo de la Florida.

 

X. El ánimo de donación y el ánimo de libertad

 

Contemplación de la capital argentina. Los dos ánimos fundamentales de nuestro pueblo. El dar, virtud argentina. La naturaleza de los constructores. La libertad creadora.

 

La capital es blanca, tiene el color de la piedra nueva. El arranque espectral de su alba es de una palidez acero en la que apenas se desangra un rojo discreto. La capital es blanca, de día, acero y azul, y la piedra todavía blanca, la piedra nueva, apenas destaca sus moles últimas en el fondo del cielo más inmaterial del mundo. En el albor de la urbe solo los verdes muerden las copas de concentrado follaje en los islotes vegetales remotos y escasos en medio de una convocación de granito; las cornisas y el aire juntan sus cuerpos todavía puros bajo el arco coronario de un cielo purísimo que solo con el crepúsculo se vuelve cobalto, se concentra, y éstos son sus elementos: verde, aire, piedra y azul. La capital parece fundada en el amanecer del tiempo, todo en ella es hoy nuevo: su realidad, su pretensión; sobre su superficie, el avión y el edificio tienen la misma intacta novedad. La capital tiene algo de adolescente cruel y desdeñosa junto a la senilidad de un río olvidado; desde sus bellas y distintas barrancas del norte a veces vuelve la capital sus ojos al río, éste cambia entonces su verde sucio por el azul acero del atardecer; y la noche consuma el matrimonio de esas llanuras opuestas, la de piedra y la de agua, en la forma de una pujante vibración plana, muy afinada, muy lenta.

Desde el último piso de uno de los edificios más altos de la ciudad vi el inmenso espectáculo espectral hecho ya noche. Apenas necesitaba inclinarme sobre el parapeto para ver abajo, esa metrópoli del orbe austral en la que, como en las metrópolis del norte regidas por la constelación de Casiopea, la ambición de los americanos cada día transforma el mundo sin abandonar un sueño tantas veces trágico a causa de su perplejidad sin Dios. Como Harvard Solness, el trágico constructor de Ibsen, un terrible delirio los posee y es el de subir en estas torres a enfrentarse con esa divinidad a la que tienden aun sin quererlo en su laboriosa exacerbación y en su deseo de aferrarse a una realidad sólida: la piedra. Piedra sobre piedra, esa altura en la que estaba yo había sido hecha por ellos según la osadía de esa terrible rabia de Dios que asuela las noches y los días de los hombres sin Dios.

Sin asomarme, de pie en ese balcón a oscuras, veía debajo la plaza arbolada con la estatua del Descubridor al centro y más lejos las alamedas, y más lejos la inerte oscuridad del río y el misterio del espacio de tierra inacabable huyendo hacia el interior del país. Isla de pie, vivo, rodeado de la noche, aquel enorme espacio me estremecía. Cielo blanco y muros calcinados eran ahora negro mar en que el casamiento de la luz y la tiniebla tenía no sé qué testimonial imponencia, no sé qué rígido y enfático desafío bajo la infinita polvareda cósmica, bajo el puñado de estrellas repentinamente inmóviles en su vuelo, cristalizadas de golpe como la mujer de Lot. Veía, enfrente, los dos mundos siderales —noche y luz arriba, noche y luz abajo— confundidos al fin circularmente por el norte, el sur, el oeste y el este, después de haber abarcado tanto tenebroso espacio, en el mismo polvillo blancuzco. Y como si fuera la rítmica respiración pulmonar de tantas voluntades que a esa hora rodeaban las mesas de la comida en los miles y miles de casas, subía hasta mí el aliento de las vidas retiradas hasta el día siguiente del afán, su vigilia, su crecimiento desde nuestra tierra.

Su lento crecer, su pululación, su proliferación. Sangre de millones de hombres que va a hacerse espíritu en ellos; difusas emociones que van a hacerse pasiones, que van a articularse, que van echando a andar con su equipaje humano menos ciego que antes, más seguro de sí y de sus fines sobre la tierra. Subía hasta mí aquella noche el aliento de ese sucesivo crecer como algo terriblemente sensible, algo terriblemente real, algo terriblemente corpóreo.

Con sus dos caras, la para afuera y la para dentro, se muestra así, como el dios Jano, la superficie del país. No podemos estudiarlo en su conformación espiritual, sino en su conformación moral, pues en ésta residen los elementos que podrán restablecer la unidad en la tradición interrumpida de aquellas otras dos conformaciones. Gran dolor me daba a mí vivir en un país sin fe, en un país donde los fieles van a la iglesia como a la pausa de un espectáculo al que es necesario ir aunque no divierte, y donde se fluctúa entre cierta verdadera contrición y cierta comodidad de quedar bien con Dios. Mi ansiedad se dolía de no vivir en un país de catolicismo perseguido; porque es la persecución, y no las honras, lo que hace grandes y fidedignos a los hombres, y los países de clero perseguido y pobre son los que confieren al hombre la posibilidad máxima de confortamiento austero y de verdadera salud interior. Lo que me sentía reclamar a gritos era algo purgativo en el corazón de la Argentina, algo que mesara los cabellos de la cabeza indiferente, que sacudiera el cuerpo visible y lo hiciera despertar.

Lo que afirma Aristóteles con respecto al fin purgativo del ánimo propio de la tragedia griega me ha parecido siempre una tremenda revelación, no solo como juicio estético, sino como sentido de las necesidades del alma. No es posible concebir vida alguna capaz de trascenderse, y, por lo tanto, de trascendencia, sin conciencia de su estado purgativo, también primero de los grados teológicos de la vía espiritual; ni vida ni obra. Y es en este sentido como toda razón es trágica y es en este sentido como cuando falta aquella conciencia del estado purgativo, el hombre es animalidad, vegetación. Y la Argentina que vemos y tocamos es lo contrario de cualquier estado ajeno a su orgullo, lo contrario de cuanto sea ajeno a esa flagrante soberbia en la que yace invertebrada.

Pero éste es su ciclo malo, en realidad, no su esencia. Todos los pueblos tienen fondos esenciales que superviven materialmente simbolizados en su literatura y en su historia y sin las cuales esencias las nacionalidades se disgregarían y disolverían como las islas de los archipiélagos. Y en la cohesión que guardan los elementos de ese fondo radica el destino mayor a que pue-de aspirar un pueblo, que es de tener, no imperio físico sobre otros, sino hegemonía de espíritu, en el sentido en que tiene hegemonía la inspiración de un artista sobre la devoción de quien lo recibe en su fervor.

Siempre me ha conmovido ver en los motivos humanos, sea a través de las meras naturalezas individuales, sea a través de los conglomerados colectivos, movimientos vivos del alma que salen sin miedo a la superficie. Y verdaderamente me producía cierta plenitud, cierto sentido orgulloso de nuestra suerte como pueblo en medio de una América insegura de sus fines, una Europa disgregada, un Oriente lanzado a la revuelta, la comprobación clara de que en el fondo remoto de nuestras acciones, allí donde los actos se originan y chupan savia, estaban siempre presentes, en constante acción de velar y asistir aquellos dos ánimos indisolubles, fértiles, el ánimo de donación y el ánimo de libertad.

 

He ahí cosas concretas y en que confiar. Esos ánimos eran un aliento que se podía respirar, compartir en los inviernos más fríos del orbe. Ese sentimiento de dar y ese sentimiento de dar libremente, ¿era posible dejar de sentirlos como la manifestación más pronta del ánimo argentino?

Herencia, por contraposición al sajón, del hombre hispánico, herencia de desmesura en la pasión, patrimonio de una naturaleza no atada por las reglas de un práctico puritanismo.

¡Extraña, fuerte, caudalosa voluntad de dar de sí, de no retener; de dar, de abrirse las venas más generosas en lo que se refiere a lo humano y en lo que se refiere a lo material! Todos los acontecimientos —por lo menos los más elevados y orgánicamente consecuentes— de nuestra historia, o sea la materialización misma en símbolos de nuestra esencia, son actos fundamentales de donación. Todos los acontecimientos de nuestra leyenda popular hecha literatura son expresiones del mismo ánimo. Toda nuestra naturaleza, la naturaleza de la argentinidad, es el ánimo de donación.

El espíritu constante que mueve nuestra historia es una acción alternada entre el ánimo de independencia y el ánimo de donación. Antes de haberse emancipado, ya estaba en la inteligencia de los primeros argentinos el comunicar esa emancipación a otros pueblos. Decía Ganivet que el núcleo más hondo adonde hay que ir a estudiar la psicología de los pueblos es su espíritu territorial. Pues bien, nuestro espíritu territorial es el de un continente sobradamente rico para su contenido humano, por lo cual nuestro destino puede pasarse de los propósitos de mezquina hegemonía o imperialismo. En tal sentido, nuestra influencia real en la América Hispana —en general en toda— estará directamente relacionada con la calidad de nuestros propios constructores y no con ningún espíritu de conquista.

El gesto de dar es la primera manifestación de la fe, y siendo la fe, entre todas, la expresión más pura del espíritu, es, como lo he dicho en otra parte, la forma misma del hombre. Cuando el hombre viene a la fe se recupera en su forma. Aun la razón toma su verdadera humanidad de la fe: cuando ésta no existe, la razón es una suerte de motor mineral. Las guerras de religión han sido por eso las más cruentas, el hombre ha ido a ellas con su miedo primero subordinado al coraje superior de creer. El ánimo nuestro de donación es el primer gesto de la fe, pero es necesario que esté articulado, que esté espiritualizado, de lo contrario es emoción que anega sin llevar en sí iniciativa realmente creadora.

En este país la humanidad da de sí, los vegetales dan de sí, los animales dan de sí; hasta las piedras dan de sí en un panorama de general ofrecimiento. Pero la naturaleza no exterioriza, desarrolla, articula ese ánimo original de donación, sino porque sigue estando impulsada por el mismo espíritu que la ha creado. Cuando se interrumpe la presencia de esa determinación superior sobreviene la tragedia de Solness, el constructor; es decir la tragedia de la construcción, que se alza gracias a la voluntad de poner piedra sobre piedra, pero que es a la postre creación no animada, creación estéril y triste.

He aquí la tragedia de los medios, otra vez; he aquí la tragedia del constructor que tiene entre sus manos medios, ladrillos, pero no sabe qué fuerza interior sostiene en él esa voluntad de construir. ¿Para qué construye? ¿Solo para el tiempo? ¿Solo para los desconocidos que vendrán de tierras remotas a habitar el país? ¿Qué principio mueve sus manos, qué fe mueve sus manos? ¿Son principio y fe esas pocas palabras con las cuales se maneja entre sus semejantes y que no le sirven más que para manifestar preferencias, agrados o desagrados, vulgares dolores o vulgares placeres? ¿Son principio y fe esas palabras que salen de él al azar? Todo es azar en él: fortuna o ruina; exclusivos polos. Está bien, se puede construir, levantar edificios con buenas mensuras y exactas plomadas; eso se puede hacer, pero ¿para qué? ¿Para satisfacer aquel azar? ¿Para engañarse con falsas palabras como éstas: “nacionalista soy porque quiero protegerme, ampararme; conservador soy porque quiero subsistir; católico soy para que no me dispersen el rebaño de mi privado peculio, por eso pongo ese peculio bajo la invocación de la cruz”?

No, un pueblo que no sabe adónde va es un pueblo sin fe, y un pueblo sin fe es un pueblo triste. No basta con el primer movimiento de la fe, no basta con la donación. Porque cuando no hay fe detrás de la donación que se hace, el hombre queda siempre solo y triste.

Entonces me asomé, sin dejar el curso de mi pensamiento me asomé, estuve mirando con mayor atención la claridad de las calles, muchos metros abajo, muchos metros abajo, hasta distinguir las primeras figuras de hombres caminando. A través de la primera masa de oscuridad se veía una bruma blanquecina; esta bruma daba halos; y los hombres eran pequeños bultos andantes en los desfiladeros estrechísimos. Miré a los pocos hombres que caminaban en la noche, allá abajo.

Yo estaba también profundamente triste, profundamente desgarrado. Estaba, aunque no lo gritara en ese instante, trabado en diálogo con esa humanidad que caminaba en la sima de la ciudad. Y ese diálogo, como siempre, me ocasionaba dolor.

“Pueblo —pensaba—, quisiera ayudarte, quisiera ayudarte para que me ayudaras después; pueblo, quisiera ayudarte a parir la verdad de tu propia verdad, la verdad de lo que eres, de lo que llevas en ti y no de lo que muchos vociferan que llevas y no llevas. Argentina invisible, ¡si supieras la forma en que tu emoción puede ser grandeza encaminada, grandeza avanzada! Y cómo, con el acto solo de continuar en tu propio sentido pero conociendo la dirección de tu camino venidero, conociendo tu dirección, puedes ir más allá del destino a que te constriñen los que no saben que tu porvenir es otro que la satisfacción vegetativa y el éxito pecuniario y la superficial hegemonía; pueblo, tú mismo no sabes más que por la donación, por la prodigalidad, salir de tu emoción estancada. Lo que necesitas, pueblo, lo que necesitas son constructores; entre ti, constructores; el avanzar de los constructores. Ellos te han dado nacimiento y luego te han abandonado, te han dejado.

”Ahora lo que tienes son Solness, los constructores que tienes son como Solness: han construido iglesias, pero como su fe era insuficiente, incipiente, como él se han quedado después en el marasmo de la aridez, que viene después del trabajo físico concluido si detrás de este trabajo no hubo otra cosa, si se hizo sin inspiración. En la cima de su desesperación, Solness se levantó: y gritó ‘Óyeme, Todopoderoso. En adelante quiero ser amo en mis dominios, como tú lo eres en los tuyos. Yo no te construiré más iglesias: solo construiré casas para hombres.’ Y después que construyó las casas para hombres: ‘…ahora veo que los hombres no saben qué hacer de sus hogares. Su felicidad no está allí… No edifiqué nada sólido ni sacrifiqué nada para construir algo que pudiera durar. Nada, nada, nada’.

”Pueblo, lo que necesitas ahora es: otros constructores. Aquellos que no puedan decir ‘no edifiqué nada sólido ni sacrifiqué nada por construir algo que pudiera durar’. Ahora lo que necesitas son aquellos que se diferencian del constructor nórdico, en que nada pueden crear sin sacrificio, y por consiguiente nada pueden crear que no sea sólido.

”Pueblo, es en ti tan grande el ánimo de dar, que siendo ese solo el primer paso de la fe, parece ya una fe completa y orientada. Pero no lo es; solo lo parece. Y tu gran destino está en sacrificarlo todo al ser; en no querer ya parecer, en borrar de tu superficie la pululación de los que parecen sin ser. Tu gran destino está en ser más categóricamente lo que eres. En tu fe estará tu afirmación, en la medida de tu fe la medida de tu afirmación. Y esto vendrá como una arquitectura del espíritu: nada más que con la articulación de tus elementos en libertad.”

 

Seguí pensando así frente a la ciudad hecha noche, a la ciudad que despertaría idéntica al día anterior, aparentemente fría pero con su rojo infierno interior, ardiente. Llena de ardor secreto y retenido.

Miraba y me decía: también es de este pueblo el otro ánimo, el ánimo de libertad. Las tiranías son las formas sociales de la avaricia. Las tiranías son la especie de Harpagón, cuya política era buena porque sabía atesorar y tener poder, cuya moral era horrible por la subordinación de todo a eso mismo. Pero éste, éste es un pueblo de ánimo libre. No hay generosidad concebible sin libertad; todo lo que atenta contra la libertad es un acto de usura, de acaparamiento de humanidad en desmedro de la posibilidad fértil de cada ser. En pueblos de naturaleza fértil no crece tiranía. Aun en los casos de resultados prácticos más prósperos la dictadura es un paréntesis luctuoso. ¡Pobres creadores en la tierra del látigo! ¡Pobres plantas, hombres, sentimientos! Formarán vistosos y ricos almácigos, pero por dentro estarán muertos.

No hay hombre generoso de corazón que acepte látigo o férula tiránica, porque ¿qué es esto sino injusticia y arbitrariedad?

Y este pueblo, este pueblo cuyos gajos humanos caminaban por la calle nocturna entre anuncios eléctricos y tránsito y ruido universal, no sé a cuántos pies por debajo del edificio desde donde lo miraba y lo sufría, porque lo sufría pensándolo, este pueblo, si algo es, es un pueblo generoso de corazón. Ante la rígida férula su reacción sería el asco.

Bajé los catorce pisos del edificio porque ya no era hora de seguir allí. Estaba lleno de una emoción que como la de aquel pueblo, quería salir de sí, canalizarse. Me fui caminando despacio, ya entre esas gentes, mis compatriotas, mis compadecientes, mis oscuros y desconocidos amigos, todos los que sin yo saberlo ni ellos saberlo, a tantas cosas —sueños de grandeza, pueriles arrebatos de inmortalidad— habrían aspirado conmigo en las albas y los anocheceres de la tierra argentina. Entre ellos, quién sabe cuántos, como yo, habrían tenido muchas veces el gozo de invasoras esperanzas, y luego el hundimiento en otras tantas decepciones, y luego otra vez, de nuevo, la esperanza. Tal vez, con esta triste y humana dialéctica, con estas crueles alternativas, estábamos amasando ese capital de dolor sin el cual ninguna conciencia, ni hombre, ni pueblo, puede alzarse un poco sobre su original estatura en un universo pequeño dentro de los otros universos; tal vez ese mismo dolor iba alguna vez a unirnos, así como se unen todas las fuerzas oscuras y últimas, la inspiración definitiva, en el combatiente que cae herido y ensangrentado, aquel cuya sangre, por un instante, instante sublime, dará, bajo su cuerpo, calor y vida a la tierra.

 

XI. El país como Lázaro

 

Las interrogaciones al desierto. Viaje a una ciudad interior. Un pueblecito. El sopor. La escuela, la iglesia, el cementerio. La parábola.

 

Sucedieron meses, años de verdadera crisis. Sentía constantes, exigentes interrogaciones violentamente planteadas por mi espíritu; y el desierto no tenía respuestas. El desierto visible seguía produciendo sus voces enfáticas y desaforadas, enamoradas de su énfasis y de su desafuero; la Argentina era un desierto lleno de palabras. Alrededor de los hombres visibles el vacío y dentro de ellos el vacío. Llenos de abismo atrayente, para empezar; luego desesperadamente vacíos. Y la declamación sostenida, blandida, repetida de: “Estamos llenos de cosas; somos ricos de todo; somos mejores que nadie”. Dentro de mí, un grito, uno solo: “¡Quiero justificar el acto de vivir!” Pero el acto de vivir la vida misma y justificarla por actos de vida, justificarla so manera de existencia. Las existencias se justifican solo por su actitud eminentemente creadora en el más insignificante gesto. Pero el instrumento del creador es la verdad; el artista opera en la realidad, su ficción es solo el imaginario transporte de la realidad verdadera, y aun cuando el novelista miente o el pintor miente, mienten sobre una realidad existente en ellos; de ese modo su mentira no es pecado sino imaginación que transforma con fines a una diferente verdad. Y yo quería nutrirme a la sazón de verdades exteriores —por un apuro demasiado nocivo— y no encontraba más que ficción de la ficción, inautenticidad y más inautenticidad; inautenticidad de los hombres e inautenticidad de las cosas en la demoníaca danza de la ambición americana.

Todo, mampostería y pobreza original en el orden de la iniciativa creadora. El hombre europeo tiene su juventud naturalmente atada al Giotto en el viejo muro, al Manzanares, al Sena o al Vístula de sus grandes artistas antepasados; aquí, a una novedad horrenda y sin redención. Y la Argentina auténtica, la Argentina profunda, cada vez me parecía más solitaria, más silenciosa, más agobiada por la carga de la otra, de la exterior, de la representativa.

Prosperó en mí el ardiente deseo de comprender los signos por los que se manifiesta el principio de articulación, el comienzo de la expresión activa de aquellos yacimientos emocionales. Anduve por el país de un lado a otro. Era necesario que viera las distintas formas de nuestra gran inercia para comprender su fabuloso peligro.

 

Tomé una noche el tren bajo los cristales y hierros del Retiro —eran los días postrimeros de un junio polar— y al alba, cuando desperté en la cabina, estaba en la poblada ciudad del interior. Diez horas me separaban de Buenos Aires. Era una mañana de bruma, fría, enfermiza, y me fui pronto al hotel, un caserón de paredes negras, desolado como un presidio. Los muebles del cuarto estaban puestos con su apariencia sórdida y su aire viejo y ruinoso, sin orden alguno, y todos contrastaban entre sí por su desproporción en modo tal que lo primero que le venía a uno en ganas era irse en seguida de aquel cuarto, estar allí lo menos posible; pero de una de las paredes, decorada con ayuda de cierto espantoso papel floreado, pendía una manida estampa del general Belgrano con la cabeza alegóricamente envuelta en la bandera. Por la ventana se veía el despertar del día gris. Salí a la calle, eché a caminar hacia la plaza principal, con el ánimo de visitar el templo jesuítico, atravesando esa faz única, elemental y muy pobre, de las ciudades interiores de la Argentina: los veredones, el asfalto nuevo, la edificación monstruosamente heterogénea, el atroz recargo de las cúpulas, el primario trazado de las grandes cuadras que duermen su sueño plano. Crucé la plaza, de la que todos los árboles parecían haber sido robados, la plaza abierta allí a la buena de Dios y librada luego a su buena suerte; pero, aun envueltos en capas concentradas de bruma, el color, la atmósfera de la ciudad, el reflejo sideral sobre el suelo eran tan puros, tan extremadamente pródigos en sus diversos tonos grises, que uno parecía estar tocando el cosmos en su piel, sentir la mano del aire. El templo quedaba un poco a soslayo de la ciudad, en un barrio pobre y casi desierto y barrancoso. La fachada era muy simple y lisa como ciertos frentes eclesiásticos italianos de los primeros siglos, con mucho muro desnudo y en lo alto el gracioso campanile. Entré: en aquel templo solo valía la pena de verse el artesonado, las maderas sin color y casi podridas, todo ese gran aparato labrado, de apariencia a la vez suntuosa y humilde, que visiblemente no había sido nunca restaurado. Las naves esparcían las anchas baldosas en la usura y el desmantelamiento que parecían ser el habitante abrigado entre esos muros. Pero mis ojos, para su alimento, tenían de sobra con la visión de aquellos contrafuertes, bandas, cuadros y coro en los que estaba la obra de unos hombres cuya mano había morado con amor y que habían transmutado la materia liberándola eternamente por la expresión. Sentí presente el discurso de aquellos hombres y, sin poder trepar a ver de cerca el prodigioso trabajo de arquitectura y ornamento en el barroco artesonado, caminé suspendido bajo las maderas, ya tan espiritualizadas, desustancializadas, que su consistencia parecía la de ciertas fibras vegetales del Asia en las que el tronco mismo florece de sí y sin rama al llegar al extremo punto de su desmaterialización cortical.

Yo no sé cuánto tiempo estuve errando por el crucero y la nave principal y el ábside. Tal vez solo dos intensos cuartos de hora, lo suficiente para que aquella admirable obra me invadiera con su discurso sutilísimo. Nunca he sentido fuertemente otro arte más que el surgido gracias a la liberación de una agonía, no ya tan solo como catarsis, sino como eternización plástica de ese laborioso trance por el que las pequeñas muertes a que a diario es sometido, reducido el espíritu, logran un instante de unidad para materializarse —y nacer así a otra vida— en el nuevo cuerpo que las desmaterializa. Así como la flor es después fruto gracias a esa virtud, antes de ser trascendente por ir de lo particular individual a lo general humano, al todo de las otras sensibilidades, el arte es muerte y renacimiento de una persona: la agonía del artista adolescente se salva en la manzana que pinta. ¿Cuántas penurias, qué personales angustias habían salvado esos prodigiosos artesonados que a su vez iban volviéndose ahora polvo, pero “polvo enamorado”?

Al mediodía almorcé en compañía de cuatro hombres jóvenes, en la próspera fonda de un español. Estaban llenos de animación crítica, de fervor, de lucidez previsora; pero ninguno de los cuatro había salido de la oscuridad donde el nuevo país se organiza. Uno era un ingeniero, rápida inteligencia del signo y de la proporción; los otros eran novelistas incipientes, críticos. Uno había escrito sobre el obispo Berkeley; los cuatro eran espíritus ávidos y curiosos, y no había en ellos nada de la ramplonería habitual. Les oí hablar de muchas cosas y vi que no solo había en ellos una verdadera y desazonada inquietud, sino también, lo que no es poco en tierra de tantos cazurros, un santo candor. Y candor vive en el fondo de nuestro pueblo, en nuestro país profundo e invisible; candor es el del grave y laborioso trabajador de nuestra tierra; candor es el del hombre trabado en diálogo con los elementos. Me bañé en ellos de novedad, en el nuevo espíritu fresco y joven de los que traen en el alma una heroica sinrazón, algo que va a golpear el sueño circundante y despertarlo con inoportuna genialidad, siendo la genialidad siempre inoportuna para los que dormitan.

Y fue después, aunque aquella misma tarde, cuando vi el espectáculo increíble, una suerte de suma plástica, reveladora y repentina, de lo que se mueve, como murenas hambrientas en un pozo, en lo hondo de nuestra arrogancia omnipresente, de nuestra vanidad omnisapiente.

Iba solo con uno de aquellos hombres, con uno de aquellos muchachos. Había querido mostrarme lo que íbamos a ver, y no otra cosa, porque, afirmaba, ¡era lo único con una fisonomía definida! ¡Y cómo! Ignoro si sabía el horror de lo que quería mostrarme, el verdadero, el trascendente, el significativo horror.

No se llegaba a la población adonde íbamos por tajos, montes ni congostos, sino por arenales y campos en los que a lo largo de los veinte kilómetros de trayecto no se veía un ser viviente, sino algún casual agricultor que surcaba despacio el agro en aquel atardecer. Ni sol ni claridad ninguna sino una palidez grisácea en el retorno del día.

Se llega al pequeño pueblo, acostado como está por un lado sobre el río, de modo súbito. De pronto, tras una curva del arenoso camino real, se está en la Arcadia. Imposible imaginar vegetación más bella y ordenada; no es ya la selva cruda, no es el verde estrépito en libertad del campo brasileño, no es eso —ni lo uno ni lo otro— sino la multiplicación de pequeños jardines sabia y naturalmente espontáneos, creados por Dios con el designio minuciosamente prolijo y proporcionado con que parecen haber sido inventados y plantados los fondos frutales y selváticos que sirven de fondo a un Gian Bellini o a un Orcagna, cipreses y naranjos, redondos, progresivos y concéntricos ramajes, y la gravitación armoniosa de la fruta y los segmentos de hierba adecuada en el suelo sin demasía. Y en medio de ese orden, todo parecía estar, allí, desierto. Vi las fincas prodigiosamente ricas de esa repentina Arcadia; una pequeña plaza central, pequeña, cuadrada, la pequeña iglesia enjalbegada; y en la plaza había árboles, hermosos naranjos de fruto a la vista, pesados y graves con su tesoro colgante, y lo sorprendente, lo que le sorprendía a uno paso tras paso, era lo portentosamente ordenado de ese lujo, todo lo que había allí naturalmente hecho de “calma, lujo, orden y voluptuosidad”. Me sentí transido de admiración ante lo que iba viendo en ese pueblo, en ese pueblecito distante apenas veinte minutos de la importante ciudad, pero pequeño paraíso aparentemente hurtado al mundo secular, minúscula península de promisión. Se olían frescamente instalados en el aire, los azahares, el olor de la tierra impregnada, húmeda, el fuerte olor de las hojas recientes; todo el aire estaba poseído por el cuerpo de tantas esencias. Pero ¿es que había allí hombres? ¿Dónde estaban los hombres? Entramos en las calles del pueblo; no se veía un alma en el atardecer; solo los patios de las casas, el jardín pleno de las fincas; y aun las habitaciones interiores visibles a través de una puerta abierta de par en par o de una ventana mostraban su ambiente desierto. Pregunté por aquellos hombres, pregunté por los habitantes.

Entonces quien venía conmigo me dijo: “Todos duermen aquí. Aquí todos viven el eterno sueño.”

Y al rato, verdad, comencé a entrever, por las puertas abiertas, a la gente dormida. Vi algunas mujeres sentadas en el patio de las fincas, bajo los naranjos, en la atmósfera sombría; una de ellas conservaba en la mano una escoba que manejaba indolentemente desde su silla. Entonces pregunté cómo podía vivir aquella gente, la gente toda del pueblo sin trabajar. “Pescan en el río”, me contestaron, “y comen fruta”. Aquello, al principio, me pareció hermoso, y también digno del cuadro físico de la Arcadia, con sus casas modestas, de muros blancos y gruesos, su decoración de frutas y follaje, con sus aceras anchas de ladrillo rojo y sus caminos de tierra. Pero lo que había adentro de esa aparente paz era un horroroso sopor.

En una esquina encontramos al fin a un hombre. Estaba en mangas de camisa tomando mate. Tenía el rostro muy quemado por el sol, curtido y su aire denunciaba una vida toda de indolencia. El almacén de su propiedad ocupaba la esquina. Quisimos interrogarlo, preguntarle algo; entonces bajó el mate de la boca, nos miró largamente con sus ojos fijos, pesados, sin expresión. Al rato nos contestó que había tres almacenes en el pueblo y que los tres pertenecían a tres hermanos. Para decir esa oración, que debía tener no más de diez palabras, tardó exactamente lo que se necesitaría para acabar un largo rezo. Su voz entrecortada daba la impresión de ir a cortarse del todo, a romperse a cada rato, a no poder seguir; cada palabra parecía luchar con una oposición invencible, con quién sabe qué interiores obstáculos. Sus terrosos labios parecían no moverse; entre palabra y palabra se sucedían densas pausas. Insistí yo, pero era difícil sacar palabra de esa masa de carne inerte. Ante el total fracaso seguimos marcha.

Bajamos del coche frente a la calleja donde está la escuela. La escuelita es una tapera, un edificio de barro blanqueado bajo, sin batientes en las puertas. Se entraba de lleno a un cuarto —a la sazón vacío—, sin duda el despacho de la directora, a juzgar por el femenino cuidado con que las iluminadas postales, ya sucias y descoloridas, habían sido fijadas en la pared; y, en lo alto de esa pared, pintada en grandes letras de imprenta, en gordas letras negras, una promisoria máxima de Sarmiento: “Lucha y vivirás…” Pero el piso estaba lleno de antiguo polvo y nadie había luchado allí, ciertamente, por combatir una devorante suciedad. Entramos por una puerta que daba al patio abierto y a las aulas, a los tres cuartos alineados a la izquierda. De uno de ellos salió una señora gruesa y de luto que nos invitó amablemente a entrar en un aula. Al subir el escalón, al estar en la primera de ellas, sentimos desprenderse del interior del cuarto un asqueroso olor. Veinte o treinta criaturas juntaban allí las manos, sus cabezas, sus bellos rostros —ojos verdes en cabezas rubias, ojos intensos, bocas curiosamente entreabiertas— en la misma indescriptible suciedad. Grandes ojos sorprendidos, matas de pelo hirsuto. Y en el pizarrón, textualmente, la maestra que estaba de pie sonriéndonos había escrito: “Nuestra bandera ha nacido del horror a la humanidad.” Cuando advirtió nuestro asombro, la directora se volvió, agitada, a la maestra: “Amor, señorita, amor. Amor, no horror.” Y la señorita, turbada, horriblemente turbada, se apresuró a borrar y corregir. La palabra horror fue sustituida en el pizarrón por la palabra amor. Al salir del aula nos dijo la afligida señora de negro que la equivocación era inexplicable, muy rara, porque aquella maestra tenía sobrada “antigüedad”. Nos despedimos; fuimos a la iglesia adyacente, una iglesita fundada en 1823 por el padre Castañeda. El espectáculo de este templo minúsculo no era menos desolador. Ruinoso, sórdido, con sus escasas filas de bancos de pie roto y unas albas sacerdotales abandonadas a la vista, igualmente manchadas, impropias. Una pobre mujer nos acompañó a visitarlo. Tenía una cara cetrina y enfermiza pero cernida por el halo de un bello sufrimiento. Parecía el testigo en pena de esa traición ambiente al padre Castañeda, parecía el ser llamado a alimentar en su dolor el abandono y el irrespeto que rodeaba a esta iglesia fundada por el hombre de la “santa furia”. Del espíritu de Castañeda solo quedaba la ruda simplicidad de aquellos blancos muros, la sencillez de la espadaña. Lo demás había sido barrido por la desidia. La mujer nos habló tristemente de la impiedad de los fieles; no había caridad, no había misericordia y a este pequeño templo solo venían algunas mujeres los domingos.

Después fuimos al cementerio vecino, al antiguo, pues había uno nuevo. Casi todos los sepulcros estaban profanados, los ataúdes abiertos y vacíos. El aliento de la tarde era allí un aliento de horror. Algunos hombres del lugar, separados por el ocio de cualquier forma de posible peculio, fueron allí a buscar oro: sortijas, dientes, aros, prendedores. Había una cabellera de mujer rubia prendida a una zarza y tarsos y metatarsos metidos en horrorosos zapatos pétreos.

Todas estas cosas me llenaron de espanto reflejo, y por la noche, cuando regresé al hotel, me acordé instintivamente del filósofo de Darmstadt a quien nuestro espectáculo había aterrado. Entonces pensé que no era justo —aunque explicable— aterrarse, sino clamar aquello inteligentemente, acusarlo, obtener que esa muerte fuera definitivamente matada por la vida. Traer la vida a esta población siniestra.

Y pensé, cosa que hago ahora, entregar alguna vez este pequeño cuadro a los que se llenan la boca con la vacua proclamación verbal de su verbal nacionalismo sin pensar que son los más incapaces de hacer nada, nada verdadero, nada honestamente profundo y sin pretextos, por la patria; gentes que no piensan que nacionalismo y patriotismo son sentimientos que muchas veces se contradicen, que este último es un sentimiento esencial, vital, y aquél una mera actitud; pensé mostrar este cuadro a los que se agrupan en vociferantes comparsas, que gritan vivas sin llevar ellos en su espíritu una mejor patria sustancial, como no sean sus gestos, sus arrebatos, sus exacerbadas ignorancias, sus exacerbadas muertes. Pensé en mostrarles este pequeño cuadro y lo hago.

 

Aquel pueblecito argentino era un símbolo. Aquel pueblecito era el símbolo de un terrible sopor, el reverso exterior de una realidad, el símbolo de un sopor envuelto en el representar cada día más ruidoso de la aparencialidad, el vocerío, los banquetes, la política, la farsa social, el boato farisaico; aquel pueblecito, en el que estaba, entre otros males, corporizada una traición a Castañeda, era el símbolo de la traición inferida a la dignidad severa, consciente, constructiva, de nuestros hombres primeros, que no se parecen a los actuales visibles sino a los actuales invisibles, a la naturaleza de nuestro hondo pueblo y no del superficial.

Aquel pueblecito era el símbolo de la emotividad estancada, invertebrada.

Aquel pueblecito, en fin, era el símbolo del estado de Lázaro antes de resucitar, esto es, de un estado de muerte, pero de muerte redimible.

Porque la parábola de nuestro país es la parábola de Lázaro y el rico epulón. El rico epulón comía en su palacio, en cuyas graderías de entrada se sentaba Lázaro el mendigo, con sus llagas comidas por los perros, a la espera de las migajas del festín. Y al fin el rico y Lázaro murieron y fueron igualados en la sepultura. Aunque no igualados en la eternidad de sus destinos, porque el uno fue sepultado en el infierno y el otro llevado al seno de Abraham. Entonces, en los tormentos, el rico pidió que le mandaran a Lázaro para que echara agua en sus llagas y le refrescara la lengua. Y le respondió Abraham: “Hijo, acuérdate que recibiste bienes durante tu vida, y Lázaro, al contrario, males; y así éste ahora es consolado y tú atormentado, fuera de que, entre nosotros y vosotros, está de por medio un abismo insondable…” Así, los que conocen en nuestra tierra el sentido severo de la vida, los que no dormitan, los que sufren por tener conciencia de cierta pasión sacramental, los íntegros, los invisibles, los enfermos de honradez, son los que viven separados por un abismo insondable del rico epulón, son la parte no futura, sino ya salvada, de nuestro país, como Lázaro.

 

XII. La invasión de humanidad

 

Sorprendido por las albas europeas. Adecuación a la belleza de los objetos eternos. Necesidad de amor humano. Encuentro con los hombres al lado del Tíber. La invasión de humanidad. América, América.

 

Al fin, no sé cuándo ni cómo, ni qué día ni en qué forma, lo cual viene a querer decir que no importa en absoluto al caso, las albas de otro mundo fueron las albas en que yo amanecía. El alba teológica de Amsterdam; las albas grises y secas de Bruselas, Mariakerke y Brujas; las albas italianas, más acomodadas al fausto humanista que a la edad de los convulsionarios y las hogueras, gárrulas y alegres albas meridionales. Yo podía decir entonces como Kierkegaard: “A mí me falta en todo y para todo la paciencia de vivir.” ¡Paciencia! ¿Es que he sentido alguna vez lo que esto significa? ¿Es que he tenido tiempo de saber lo que es quietud? ¡Paciencia, quietud! ¡Palabras de otro hemisferio! Mi vocación ha sido siempre devorar, beber, tener hambre y sed de las cosas, tener hambre y sed de humanidad y divinidad. No descansar. ¿Arraigarme? Sí, pero para poder partir sin abandonar, para unir a través del constante viaje y no para separar, para no conocer otra dispersión que la última, al fin de todo, cuando el viviente boato se haya ido con la sangre y nuestra desangrada soledad esté sola ante la soledad de Dios. ¡Qué rapto insensato, desmesurado, vida que eres todavía mía! Por fuera frío, por dentro llamas. Y el sucederse del tiempo, que apenas nos da tiempo para asir sus cabellos ralos. Nos miramos las manos abiertas: nada; apenas recuerdos; pero, en nosotros, recuerdos fundidos ya en esa carne casi sin color, en esos dedos agrietados, recuerdos hechos hoy, pasado hecho vida continua, vida, movimiento y existencia. Y hay que avanzar con esas manos y llenarlas, apretar la realidad, no dejar escapar la cabellera del tiempo; caer con ella todavía apretada, asida. ¡Ah!, pero esa cabellera tanto puede ser la misericordia hacia una criatura sufriente y miserable como Dios; tanto puede ser lo transitorio como lo eterno; con lo cual nuestras manos serán vías; con ellas tocaremos —¡cada uno!— el vivir la farsa y la gritería o nos iremos con ellas adelante, en ese modo que decía Platón en el Banquete, pues no será sino con ellas como reflejaremos nuestra marcha según él quería, desde el amor de las cosas terrestres hasta el amor de las bellas formas y de las bellas formas a la bella conducta y de la bella conducta a los bellos principios hasta llegar al principio último del todo que nos enseña por modo definitivo lo que la belleza absoluta es. Pero con las manos —cuando las hagamos sabias— llegaremos a otro conocimiento, más directo y más importante, que es el tocar a la naturaleza humana como perennemente débil y perennemente vencida, el impregnarnos en su corriente trágica, el tocar su combate por dentro y no por fuera, y el medirla así, con la vara que se acuerde a su desastre y al modo como lo tiene también entre manos y lo lleva, pudiendo así nosotros aplicar a esto las palabras de Chesterton en su estudio de Godfrey Chaucer, en el sentido de que “lo que se aprende es a no despreciar el alma pequeña, aun en esos casos en que críticos algo femeniles dicen que la voluntad es débil”. ¡Como si la voluntad hubiera sido alguna vez lo bastante fuerte para la tarea que tiene que vencer en este mundo! El gran poeta es quien únicamente posee la fortaleza necesaria para medir esa energía destrozada que llamamos “debilidad humana”.

Fue el mío, una vez abandonado el mundo americano, como un falso renacimiento en el septentrión. Primero fue la alegría del espíritu. Aquella falta esencial americana de solicitud para la recreación de la inteligencia, privación por la que tanto había padecido, todo era aquí a la inversa, abundante y pródigo, en un continente donde cada roca puede dar testimonio del genio humano muerto y redivivo, eternamente recomenzado. Una impaciencia sin límites, aquella impaciencia hambrienta y sedienta y devorante de entonces y de siempre, me dejaba las noches sin sueño después de errar desde el alba a la medianoche haciendo cada vez más lentos mis pasos desde la sobrecogedora tiniebla de la rue Dante —tu non se’ morta ma se’ ismarrita, anima nostra che si ti lamenti— hasta las noches de soledad terrible en el Puente del Alma, viendo caer la luna de París sobre tantos huesos no muertos, sobre tanto glorioso yacimiento bajo el cielo de la ciudad cruzada por los reflectores y, enviado por la luna, el inmóvil rombo lechoso… Todo el pavimento era selenio; en cada bocacalle un recuerdo se hacía precipitadamente carne en mí; los muros de la Catedral echaban adelante las gárgolas. Y no era poca enfermedad quedarme hasta tres horas enajenado ante “La Crucifixión” de Andrea del Castagno en el Museo de Londres, pero peor, mucho peor, sentirme revivir extrañamente ante las cosas aparentemente muertas de las viejas ciudades donde habían vivido a la vez Boerhaave, el concienzudo, el “médico de Europa”, y Erasmo trágico, el enfermo de Europa. En medio de esas aguas pútridas durmientes en los fangosos canales, de esos arcaicos edificios nudosamente doblados hacia el vacío por los años, de los días perpetuamente grises y las noches desoladas, y los rostros fríos y sanguíneos y el dormir inmutable de la historia en esos países donde no parecía nacer gente sino morir unos tras otros para que los muertos los enterraran, ¿de qué especie era ese sentimiento por el cual el ánimo no obtenía de fuera alientos mortales sino como una intensa e invasora plenitud de vivir? Casi no parecía vivirse por los sentidos sino exclusivamente por las facultades superiores y reflexivas del ánimo, aunque no sueltas éstas a su albedrío o divagación, sino conducidas, llevadas, orientadas, por un raro sentido exterior de las cosas permanentes. Era esto: era que el espíritu se “adecuaba”, esto es (de aequare, igualar), venía a igualarse prodigiosamente a esas cosas, a proporcionarse con ellas. Y esas cosas estaban ahí, existentes, sobrevivientes, muertas en no sé cuántos tiempos, pero vivas en la eternidad del ánimo intemporal por el que la primera vez fueron; esas cosas eran el universo de Dante y de Santo Tomás, el universo de los cuatro elementos jerárquicos cuando cielo, infierno, tierra y hombre, reales como objetos, reales como cosas, magnéticamente unidos como los puntos de la brújula, tenían el espíritu del hombre adecuado a sus cuatro esenciales dimensiones. Pero, ¿persistía espiritualmente el sistema entero? No sé, la visión diaria de Amsterdam me dejaba exhausto a fuerza de tenerme el ánima deliciosamente tensa; en los propios Bancos, no digo ya en los desmantelados salones donde son velados los Rembrandt, en los Bancos de la finanza, en la casa del comerciante Bols, en los antiguos depósitos de tabaco de Java, se respiraba como una especie de sumisión voluntaria de cierto orden de comercio a otro orden más alto de especulaciones y de éste a otro, y así sucesivamente hasta hacer que la casa del comerciante Bols pareciera ordenar su prestigio al prestigio ideal de la puerta de Rotterdam, en Delft; es decir que, al necesitar mi espíritu ordenarse del mismo modo, encontraba ante todo aquello la misma realidad consecuente, en el mundo de las cosas, que la expuesta con respecto al alma y al cuerpo en la proposición I de la quinta parte de la Ética por aquel natural de ese mismo Amsterdam de mi transitoria morada: “Según están ordenados y encadenados en el alma los pensamientos y las ideas de las cosas, están correlativamente ordenadas y encadenadas en el cuerpo las afecciones del mismo, es decir, las imágenes de las cosas.” Así, pues, como la adecuación de esos pensamientos y esas ideas y esas imágenes, estaba yo, por aquellos días, adecuado. (Más adelante se verá lo malo que había en esto. La importancia negativa de la privación de cielo e infierno impuesta en la geometría moral de Baruch Spinoza.)

Por lo pronto, seguía procurándome plenitud aquella geometría. Estaba en mí demasiado desnaturalizado por lo informe y difuso de la realidad americana el reclamo de profunda adecuación que vive en el fondo de cada espíritu. Había llegado luego a una suspensión tal, en los lejanos climas a que aludo, que casi no comía ni dormía de miedo de perder en esos contados momentos mi relación con la materia diferentemente modelada, con el corazón, con la presa —piedra y ánimo, piedra hecha ánimo— de la originalidad creadora de la especie. Y todo venía bien, admirablemente bien, para esa relación, ya fuera la proporción del espacio tendido entre los mosaicos del suelo y el techo de San Estéfano, catedral vienesa del año 1000; ya una simple talla medieval del testuz de una corza; ya la expresión casi perdida de la última figura de un vitral en el que a veces no se distinguía más que un ojo atormentado, la línea angustiada de una mejilla, como sucede con las cuatro monjas de Ambrogio Lorenzetti, en los que apenas trae afuera el delicado dibujo lo naturalmente inefable de la gracia interior. Y cuando entraba en alguna estancia de corte, como sucedió una vez en un antiquísimo oratorio del Hofsburg de Viena, y escuchaba en el solitario interior, donde cada mueble parecía conservar cierta magia de unción, una antífona o un oratorio de Handel, lo que me llevaba a un trance de arrebato no residía en esa “dulce compulsión” con que define Milton a la música, sino la adecuación —¡y otra vez la adecuación!— repentina de mi ánimo a ese todo exacto, a la dependencia mía, del hombre presente, frente a aquel todo gracias al cual hallaban los pitagóricos la clave de la analogía de las siete cuerdas de la lira con el sistema planetario. Y tenía que salir a la calle, tan era mi ansiedad cosa plena, irradiante, pródiga, y caminar a la deriva con los ojos inmóviles, con el pensamiento casi fijo.

Hasta entonces, todo, o casi todo, había sido relación con las cosas, despertar a las cosas, al arte, en suma, pero en su faz de revelación tangible y sensible. Casi ninguna presencia humana venía a turbar el acto, renovado cada día, de acomodar el espíritu a la proporción de la obra artística. Dejé la bruma del norte continental, al fin, para bajar a la vida de Roma; allí las cosas parecían estar hasta físicamente unidas en la sucesión del tiempo, continuadas sin interrupción, pues el ruido, nocturno, persistente, ininterrumpido de las fuentes era como un lazo en que se lograba tal unidad. Vivía en hosterías, hoteles, albergues, tratando de no ahogarme demasiado en las residencias solitarias. Vivía en una relativa pobreza, con gustos morigerados, casi siempre huraño y taciturno, pronto a la ternura hacia esto o aquello; siempre con la voracidad de leguas y caminos y cosas, y quién sabe si no —en el fondo—, aun tras aquel adecuarme a la belleza circundante, con la voracidad también de evadirme de preocupaciones, tristezas y cuidados. Que al fin, en la vida, ¿cuáles no son escapatorias buscadas? Rara vez hablaba con alguien, habría querido suprimir la palabra o, mejor, mejorarla con signos menos morosos de articular, con signos que fueran equivalentes al movimiento inmediato de la imaginación, a la maraña de percepciones cerebrales; en este sentido no dejaba, por ejemplo, en el curso de las meditaciones literarias, de sentir alegría con la constante reflexión de que el Ulises de James Joyce, podría ser alguna vez superado en su propio sentido, llegándose a una nueva representación literaria del vertiginoso y soberbio monólogo de un alma. Y entre todas estas cosas, consumiendo con mi impaciencia las aves flacas del tiempo; yendo de ciudad en ciudad: tendiendo líneas —en el sentido exacto, en el sentido dimensional de los términos— hacia cuanto veía, hacia cuanto admiraba; rumiando, devorando, pensando, cavilando, despertando a cada rato a nuevas cosas, llenándome de mundo —que es llenarse de conflicto perpetuo— pasaba mis días, los meses de mi vida que desde las orillas del Mar del Norte habían venido a parar a la costa del Adriático.

Pero después fue la contrición del espíritu. Después fue el hacerse carne en mí la idea de que en todo aquello había mucho ejercicio vano. ¡Y tanto! Porque lo que necesitaba mi espíritu, mi espíritu de hombre, no mi razón ni mi conocimiento ni esa tendencia a la abstracción que entraña siempre una fuga vital, no era tanto adecuarse como, más que nada, prolongarse. Nada hay tan abominable en el mundo como el estancamiento de los hombres en su especulativa morosidad. Tras poco, apesta. Y hasta la pretendida necesidad biológica de las guerras no es, en suma, sino la necesidad biológica de que esas pestes hagan crisis, estallen por algún lado. En aquel peligro me sentí, peligro de retener mi ánimo en un diálogo estéril con las cosas, por bellas que fueran, y no adelantar, no prolongarme, no incorporar lo humano a la proporción en que me estaba distrayendo. Entonces fue como si, raptado por no sé qué sueño, hubiera perdido tiempo, un tiempo necesario y urgente, un tiempo que tenía que recuperar.

Estaba en un cuarto del “Albergo Saturnia”. Era de noche. Me sentí horriblemente martirizado por mi soledad, como si hasta entonces, con haber sido tanta, no la hubiera sentido nunca; mojé mi cabeza en agua fría, cerré los libros y me fui caminando por la Via Mazzini y luego entré en la corta y oscura Via dei Condotti. ¿No cuenta Descartes que concibió su método en una estufa? Sin embargo, el suyo era el método de la razón sin calor. Un mero calor epidérmico incubó toda esa abstracción. Yo veía al filósofo pensando metido en una de aquellas descomunales estufas germánicas que parecen templetes de mayólica y esa visión me horrorizaba, me sacaba de quicio. Decía que quería ganar el cielo autant qu’aucun autre, tanto como cualquiera, pero lo que le faltaba a él, como le faltaba a Spinoza, era cielo e infierno. Cielo e infierno, interiores. Fuego y caridad, el ángel y la bestia de Santo Tomás. Lo rojo y el celeste. El abismo —de que carecen los grandes lógicos y que no le faltaba gracias a Dios a San Agustín— espiritual de la carne y la carne abismal del espíritu. El abismo espiritual de la carne y la carne abismal del espíritu. La sangre y la imaginación. La atadura y la libertad. El acto por el que el cuerpo cae, el acto por el que se levanta.

Pero el único modo de unión, el único modo de confesión, el único modo de coincidencia en que los extremos dejan de tener su vigor disperso o dividido, el único modo en que la exacta proporción del hombre con los elementos del universo se consuma de pronto, es, y no lo digamos ya por sabido, pero hagamos de esta ciencia sangre, amor; y solamente amor que se consuma en la carne exaltándola o mortificándola, según que sea de especie divina o terrestre, pero siempre en la carne; en la carne del espíritu y en la carne de la conciencia, pues a la carne misma vino Dios para hacer que en la carne estuvieran el padecimiento, el gozo y la resurrección.

Y ahí estaba pensando yo —y pasaba entonces por los viejos muros del palacio de los Colonna, solitario en la calle romana— que lo terrible que me sucedía, lo terrible que me había estado sucediendo, era mi sustracción transitoria al amor humano, mi vuelco de amor en las cosas, vuelco del que, al fin, las fuerzas turbulentas del cielo e infierno tormentosos querían arrancarme, sacarme de cuajo para lanzarme a la vida misma, a la vida circundante y palpitante, al calor de la existencia existente, a lo contrario —¡por su diferente fuego!— de la esencia, de la idea pura, de la morosidad reflexiva y abstraída.

¡Ah, cómo habría querido ser un animal de Dios en la calle por donde andaba! Y no un alma en pena, un fantasma, que es en lo que nos trueca, a veces, el tanto andar calculando con la inteligencia discursiva, esa misma que, al abstraernos, nos desamora.

Un animal, un ser sustancial y no reflejamente esencial, algo, en fin, que no se estuviera desnaturalizando a cada rato por la razón y engañándose sin siquiera saber que se está mintiendo. ¡Qué estupidez más grande la de la diosa Razón! ¡Qué estupidez moral más grande! ¡Aquella diosa que llevaban en palio laico y que estaba matando a quienes la llevaban, sin que siquiera supieran razonar que los estaba matando! ¿Pero qué culpa tenían aquellos hombres? ¡Si no eran ellos, si era la razón, la Razón!

La razón, ¿qué debe ser, sino un perro dócil del espíritu, del espíritu en que florece nuestra carne cuando renace de las cenizas de ella misma? Pero carne hay que quemar para estas cenizas, porque carne son entrañas. ¡Qué cielo y qué infierno más pobres los que no han sentido nunca en sí tal incendio!

Hombres veía, en aquel momento, y mujeres, hombres subiendo por la calle, hombres andando, hombres seguramente llenos de preocupaciones infinitas, de abstracciones infinitas, ¡y en aquel momento los quería a todos, como especie, como carne y espíritus entrañables, como si fuera el objeto único de un fuerte, maduro, inexpresable amor! ¡Y este mismo sentimiento, en aquel instante, con qué extraña impulsión me atraía hacia Dios, en aquel minuto de mi gran desierto enamorado!

Como si nada me preocupara más que oír voces humanas y quedarme todo lleno de propulsión de mí hacia fuera, entré en uno de aquellos cafés y me senté y oí el rumor de las conversaciones en voz alta. Estaba como en una eminencia, tal era mi disolución de mí mismo en un sentimiento irradiante, como al estar en la montaña siente uno que se disuelve en el abismo que la circunda, y, sin embargo, aquello no era más que un café popular de la ciudad, y ninguno de aquellos seres hablaba conmigo ni me hablaría. Miré unos ojos tristes de mujer, y el gesto de un hombre al beber y el aspecto todo de esa humanidad breve viviendo. Bebí alguna cosa, estuve todavía allí un rato y después regresé al “Albergo Saturnia”, no diré con paz porque no lo era, porque verdaderamente no la conozco, pero sí con un sentimiento de salud que al unirse a la inquietud perpetua precipitaba en el ánimo la sensación de una sed que va a saciarse.

Entré otra vez en el continente humano. En ese populoso universo establecido sobre el Tíber, que, en tal ocasión y a aquella hora, no era sino el mismo cuyos ascendientes habían escuchado en el Aventino, contado por Menenio Agripa, el apólogo de los miembros y el estómago. (Quien se los relataba ahora con menos símbolos no era ya el cónsul romano, sino un César que había leído primero a Carlos Marx y después a Albert Sorel y que había cambiado sobre la marcha una revolución jacobina en un Estado jerárquico; así sus móviles originales se veían siempre alterados, pero los resortes primeros no desaparecen del todo en su modificación oportuna: quien haya pensado como Mammón no pensará luego como Dios sino como Mammón a la manera de Dios.) Primero fueron estupendos días de amable amistad con todos y hacia todos. Fácilmente se comunicaba uno con esos latinos. Por lo demás, en su país, qué gloria respirable, albas de acero, soles que tramontan sangrando, noches tremendamente pobladas por la edad. A la siesta, los huesos de Shelley y Trelawney parecían revivir en hojas verdes a los pies de la pirámide de Cayo Cestio; el sol caía a plomo sobre la carretera de Ostia, los crepúsculos tardaban en consumar sus desposorios con la noche virgen; después de una larga lucha roja el cuerpo nocturno caía de pronto acostado, y sobre ese desmayo, sobre esa sensible muerte, sobre esa cesación de sufrimiento y goce, solo quedaban velando, en las afueras, el espinazo fantasmal de los acueductos y, en la villa, el modesto salto líquido de las fuentes, los años.

Y sobrevino el choque. No podía tardar. No solo en aquella ciudad, entre aquellas gentes, sino en otras europeas adonde me llevó luego el mismo andar impaciente. Vino el choque con sus habitantes; la rebelión ante una actitud que me parecía intolerable, insoportable. Esa actitud se manifestaba como una invasión de humanidad. Y esta invasión de humanidad golpeaba en mí brutalmente los centros más sensibles.

Era una depredación llevada contra las conciencias, contra la conciencia de la persona, contra la conciencia humana. Era un asalto, una violación de domicilio moral. Era el meterse violentamente en la ajena conciencia, con ánimo de pillaje.

Hombres en su intento de invadir a otros hombres.

Gran parte del mundo europeo, las regiones de la dictadura y la violencia, no ofrecía otro espectáculo. Incalculablemente irritadas, las naturalezas se iban armadas contra las conciencias libres, esto es, contra las conciencias en las cuales el acto no es nunca ciego, sino, al contrario, apasionadamente justo. Espectáculo hiriente, espectáculo desolador. Espectáculo en el que la dignidad de la conciencia aparecía pisoteada y ultrajada, el espíritu agraviado, el hombre azotado en su voluntad más pura. Pero ¿qué quería decir todo eso? ¡Qué quería decir todo eso! Me sentí sublevado contra semejante voluntad de invasión. La tiranía cesárea me daba náuseas. Me sentí asqueado y cercado por la presión que los tiranos de Estado pretenden llevar con un gesto de arbitrariedad soberanamente estúpida —“Los propósitos de la violencia son incalculables, por consiguiente, estúpidos”, dice Paul Valéry, y Valéry tiene razón— sobre el hambre y la sed de justicia, el hambre y la sed inmanentes. Me sentía acosado como la bestia débil entre las lanzas. Indirectamente herido, indirectamente ultrajado.

La humanidad era el país invadido, su crecimiento el afectado, el impedido; su prolongación, impedida. Y esto, ¿hecho en nombre de qué orden?

No, por cierto, del orden fundado en la ley de Dios. No por cierto, en el orden de los padres de la Iglesia. No, por cierto, en el orden propio de las naturalezas honradamente puras, honradamente cristianas, verdaderas.

Sino en un orden de violación, de irrespeto, de cuadro burgués, de deshonestidad fundamental. En un orden puramente abstracto, estatal, en un orden impuro.

Estaba ante un mundo en disolución. Si había podido adecuar mi espíritu a la expresión de un arte que reflejaba prodigiosamente el orden pretérito de ese mundo, no podía acordarlo ahora, acercarlo, vincularlo con estos intentos de fraude de unos hombres sobre otros hombres, contra esta invasión de humanidad perpetrada, infligida. Ahora sentía cerca como nunca la santa rebelión de Rimbaud. Ahora era sensible como nunca a la palabra de San Juan y al texto epistolar de San Pablo. Ahora sentía la necesidad de estar alzado en la defensa contra esa invasión, a no dejar hollar el espíritu, a darle armas. No se podía pronunciar acto ni palabra conscientes. No se podía pensar de acuerdo con el espíritu, sino de acuerdo con los reglamentos. Y la honradez de conciencia era cada día enrostrada a quienes tuvieran el coraje de tenerla.

Esto no era orden alguno; esto era disolución. Esto era parte de una disolución.

Entonces miré con ojos diferentes aquella América que, atraída por el fasto secular de un orden grandioso, pero ya muerto, había olvidado. La vi desde lejos en una de las crepusculares tardes europeas. La vi envuelta en la dignidad laboriosa de sus pueblos. La vi decidida y segura en su destino con el andar lleno de salud en un cuerpo joven; la vi un poco más fría en su cabeza geográfica, en el idealismo pragmático del Norte, ardiente en Hispanoamérica, recorrida toda por un viento de libertad. La vi en su animación pródiga. La vi en el espectáculo de sus hombres sin angurria humana, de sus multitudes en marcha, seguras de sí, y pródigas.

“I utter the word en masse.”

 

Y cercado, circundado todavía por la otra humanidad, una humanidad tiranizada que está resentida en su fondo y exacerbada y que no perdona, me dejé andar sin furia por aquella avenida, visitado por el renacimiento de una vieja esperanza dormida, hombre originario de un país con espíritu de donación y espíritu de libertad.

Tramontaba el viejo sol de la loa stendhaliana, sol de julio que muere despacio. Ante mí veía una explanada y la terraza de un café y el último brillo dorado y ocre cayendo sobre los faroles de hierro. Venían llorando unas criaturas desarrapadas y gesticulaban varios hombres al subir la acera muy poblada hasta la parte alta de la calle, y era la hora en que dentro de aquel colegio sacro decía momentáneamente el sacerdote su “Kyrie”: “¡Señor, ten piedad!” Y todas esas palabras parecían dichas en vano. Porque ninguna piedad queda con luz en un país de violencia. Todo estaba a oscuras, aun esta calle bañada por el estertor del sol de julio. Se oía como un gran lamento en el aire, detrás de las palabras de exasperación torrencial, de los violentos perdidos, de los violentos enceguecidos. Las palabras eran éstas: “Solamente en la impiedad está la violencia, seamos fuertes en esa impiedad; cuando nuestra impiedad sea la más fuerte de todas, entonces seremos los primeros.” A esto se le llamaba cesarismo… Doblé por una calle menos poblada; ya casi la última luz se había ido. No. Hay otra fuerza sobreviviente. Tan eterna como nuestra piel. Ya la había cantado Horacio en los hombres justos y tenaces —justum et tenacem—, especie de hombre sobre quien caerían las ruinas del mundo sin conmoverlo. Sin conmoverlo, sí, pero a fuerza de estar conmovido, movido con los otros humanos, no inerte, no predatorio, sino, en un sentido humano trascendente, conmovido.

Ya era la noche. Entré por las puertas abiertas, lleno de repentina alegría, como si en vez del vestíbulo indiferenciado de aquel hotel de ciudad hubiera tenido ante mis ojos la realidad irreal de mi tierra.

 

XIII. La exaltación severa de la vida

 

Regreso. Despojarse de todo. Las tinieblas gobernadas. El camino de Damasco. El áspero y duro destierro. La mejoración de sí. La exaltación severa, norma de la creación del hombre. Ir más allá de uno mismo para alcanzar las últimas fronteras de lo humano. Los territorios espirituales.

 

Y de nuevo, vine; de nuevo vine a mi tierra. Al hambre de este mundo nuevo, avivada en otras latitudes universales, ¿qué alimento traía yo conmigo mismo? Ninguno, o casi ninguno, fuera del alimento que es el hambre para el hambre. Treinta y tres años de vida interiormente tormentosa, atormentada, demasiado inactiva, llena de reflexión tantas veces árida. Treinta y tres años de vigilia. Treinta y tres años de penuria, aspiración y dolor interno; melancolías y furias. O sea: treinta y tres años iguales a una mano dura y nerviosa, pero sin contenido.

No se podía decir que había estado inactivo porque, ¡Dios mío!, qué actividad, qué labor, qué obcecada obstinación en hacerme yo mismo drama. ¡No, no inactivo, ciertamente! ¡Pero tan vacío de ganancias trascendentes, tan pobre en propio conflicto, tan desnudas las paredes de mi morada! Era poco más que un mendigo de inteligencia en un territorio-mundo inacabablemente rico y oferente.

Detrás de mí, la huella, mi propia huella, no estaba borrada y no era la huella espectral de unos pasos inexistentes. Me miré; me dije: ¿Qué soy ahora, qué soy en este momento, en este preciso pasar y repasar por el mismo punto del péndulo de mi cuarto? Estoy vivo, desesperadamente vivo: en eterna lucha o sea en eterna derrota y en eterna victoria, sin voluntad de descanso, hecho dolor y resistencia y combate. Separado casi de todos los hombres y todas las mujeres, con excepción de los grandes solitarios, de los grandes desamparados.

“¿Cada día más ardiente y menos satisfecho y más gozoso?”

Sí. Cada día más ardiente y menos satisfecho. Más gozoso, por momentos. Constantemente preocupado, constantemente angustiado; por fuera, a veces riente, a veces contristado. Cada día menos tolerante del explotador, del poderoso, del conservador; cada día más cerca de los que tienen su vida establecida a la intemperie. Cada día menos comprable y más dispuesto a despojar mi alma de ornamentos, a dejarla simple, sincera y natural como el alma simple, sincera y natural de los eternos llamados por la contrición de Dios, que todo lo han donado y perdido, menos la adhesión fundamental a su fe. Cada día más abundante en mis aprendizajes y menos abundante en mi conversación; cada día más desconfiado de la maraña verbal. Cada día menos vanidoso y más orgulloso. Cada día más seguro de que no existen más jerarquías que las jerarquías de conciencia y las jerarquías de corazón, más lejos de Torquemada y más cerca de las víctimas constantes cuyo nombre no perdura en el tiempo. Cada día, en fin, más alejado de mí.

Detrás de todo lo cual ningún merecimiento, ningún valor —verdadero—, solo pasos, pasos vehementes, pasos difíciles. No tenía detrás más que la vida gris de un escritor. Sin consecuencia, sin adquisiciones creadoras, sin heroísmo de especie alguna. Sino la vida común que había empezado en una ciudad de la costa del Atlántico y luego corrido en la trayectoria del drama cerebral. Había querido saber, había querido agotar todas las fuentes posibles de sabiduría; había venido al fin a gritar con sordo espanto “la chair est triste hélas et j’ai lu tous les libres”. Había recorrido tierra con pequeños y viejos libros desencuadernados y sucios, marcados con furioso lápiz rojo al margen de cada frase familiar. Había llorado de impotencia ante muchas páginas blancas, y de irremediable opacidad ante muchas páginas impresas. Había creído y había descreído. Había aprendido y había olvidado. Había encontrado, en mí y en los otros, error. Había querido apresar un mar de nociones, y el mar de nociones se me había escurrido entre los dedos; solo algunas quedaban, tal vez las menos importantes: el hombre es el animal impreciso. Un caballo, un ciervo, un león son precisos. No ignoran lo que quieren y, por consiguiente, lo que buscan.

Mis bolsillos estaban llenos de vida, aventura y sueños confusamente mezclados. Pero la aventura de mi vida era la aventura intelectual, la aventura imaginaria; y esta propensión se hace amar, pero es incalculablemente egoísta, la más egoísta de todas las propensiones del ánimo. No sé qué porción de mi sangre hubiera dado por traer el viaje imaginario a los caminos del andar cotidiano. Por cambiar el viaje imagi-nario en un viaje sin ficción y sin prodigios. Pero cuando comenzamos a querer hacernos, vemos que estamos ya hechos y que apenas si podemos modificar, apenas sensiblemente, la inclinación a que nuestro rígido edificio se acomoda. Lo intelectual me hartaba, me repugnaba; solo podía aceptar de lo intelectual la parte de fruto sabroso de la sabiduría; pero está éste tan perdido en medio de lo intelectual, que hay que hacer mucho camino para llegar a él, hay que llegar mucho más lejos que lo intelectual, hay que llegar a los terrenos del heroísmo y de la santidad. Allí están los árboles de la sabiduría, pinos solitarios cargados de piñas.

 

Yo no traía nada en mis manos.

Desde los años más remotos de la primera infancia había encendido en mí un fuego, un tormento, una llama y nada había tocado sin encenderlo. Pero esa lucha, esa constante aspiración de una vía mística, esa necesidad desesperada de dar a mi marcha un sentido, ese apetito siempre virgen, no eran nada. Nada el encarnizado combate por matar a mi alrededor la mediocridad con mando; la sostenida voluntad de pasar noches y noches en blanco en el fondo de pequeños cuartos fríos y desordenados, llenándome de diálogos tremendos en que las palabras más altas producidas por la humanidad venían de pronto como la más terrible de las sorpresas desde el fondo de esos pequeños tratados de rerum natura; la obcecación en aprender y sufrir, y volver a sufrir y volver a aprender; la decisión de no quedar fijo, de proponer al ánimo constante viaje, de no aceptar el moho, ni el retroceso, ni el descanso en la preocupación. Todo eso, nada. Nada la rígida, angustiosa reflexión de años, los libros que de ella nacieron, las conferencias, los apuntes, los artículos, las conversaciones; nada los días y las noches de muerte moral ante el papel que tarda en llenarse de concretos signos liberadores; nada la disputa con éstos, con aquéllos; la repentina alianza con tales otros, el acercamiento a los de más allá, la rebusca incesante de esos que, como decía Barrés, cuando llegamos a un cierto punto de algunas culturas intensivas y fervientes del yo, vienen a exasperar nuestro ardor, a alimentarlo con nuevos deseos; nada el infatigable alegato contra la suficiencia vacua, los hombres desiertos, los políticos, los impuros; nada el dar a cada rato la sangre, la sangre del alma, para ver a nuestro alrededor a un puñado de gentes mejores —de intelecto, de espíritu, de naturaleza, de conciencia—; nada lo que en una fervorosa, efusiva, intensa conversación sin pausa hemos aprendido y alguna vez, en forma apenas clara, vehementemente humana, enseñado —enseñado en el sentido de: mostrado—; ¡oh, solo en ese, solo en ese sentido!; nada nuestra hambre y sed de maestros, nada nuestra renuncia a la paz del corazón y a la paz del intelecto; nada nuestro rotundo ¡no! a los ofrecimientos más cómodos, a las vías más fáciles, a las quietudes más envidiadas; nada nuestro propósito de ir más adelante sin detenernos por todos los caminos posibles en el sentido de nuestra creación por todos los caminos, todas las dificultades; nuestro propósito de pasar por la puerta estrecha. Todo eso, nada, nada.

E igualmente nada nuestro salir cada mañana a la reflexión, por las calles recién amanecidas, tratando de fijar cada cosa en su significación eterna: este rostro divisado en el parque, esta expresión de salud o de muerte, aquel ramaje, aquella escultura. E igualmente nada el trabajo igual y obstinado de la tarde, después de haber pasado la siesta yendo sin interrumpirse de la cálida suspensión de ese Cézanne a este Matisse, respirando la tinta como el obrero las emanaciones venenosas del albayalde, en la nariz ese olor y en el alma la impregnación de tantas impresiones, tantos recuerdos, tantos descubrimientos, tantas falsas albas, tantas inspiraciones, gritos, sonrisas, mutismos, tantas revelaciones, con la cabeza al fin caída sobre la mesa de trabajo. E igualmente nada el advenimiento de la noche sobre tanta carga de aspiración y cuidado, sobre ese terrible contrabando del corazón, cuando vez tras vez nos encontramos, con cierto pueril asombro, llenos de nuevas presencias en el interior de nuestro propio territorio que son, cada una de ellas y todas, nuestra disconformidad desdoblada y la humana fertilidad de nuestro dolor.

Nada tampoco esa fertilidad, porque, aun siendo marcha, no arrastra, camina en su propia huella. Es tortura que se vuelve tortura. Y los caminos verdaderos de los hombres, los caminos que sirven, los caminos heroicos son los que algunos emprenden sin tener en cuenta aquí abajo huellas ni rastros, sino lanzándose, a lo más, a seguir la móvil guía de una constelación.

Los sueños, los deliciosos viajes, los inolvidables amores, el amor, las inteligencias compartidas, las modestas comidas en remotos mesones, las noches de frío y placer de amor en albergues de ciudad y rústicos, las caras amigas, las maravillosas palabras recibidas, las excursiones selváticas, las confesiones hechas, las confidencias recordadas, los consejos recibidos y dados, las amistades entibiadas en la hora de las personales crisis, las solidaridades tejidas en la hora de los peligros colectivos, los riesgos corridos, el vino bebido, las mujeres besadas, los hombres ayudados, las individualidades combatidas, los acontecimientos soñados, las realidades sobrevenidas, las enfermedades pasadas, los fines perseguidos, los propios asesinatos morales, los pésimos comportamientos, los pocos buenos actos, las justicias dispensadas, las injusticias sufridas, las jornadas padecidas, las jornadas gozadas, la pasión mayor por una imagen de mujer, las pasiones menores, los conflictos vividos, las humanas desproporciones tantas veces notadas, las traiciones recogidas, la amargura de vuelta, el tráfico de nuestros propósitos con los otros propósitos, toda, en fin, la difícil vida vivida: nada. Nada.

Y si mi existencia había estado amasada con la levadura de la pasión, el ardor, el desprecio, la furia, el aliento, el desaliento, la crítica, el insomnio, la cavilación, la cruel taciturnidad, el cruel gozo, el hambre de tocar la tierra, de tocar humanidad, de sentir en mis palabras no un calor verbal, sino el calor humano, con la levadura de una busca impaciente y angustiosa, de una eterna vuelta a las cosas simples, de muchos engaños, muchas indecisiones, decisiones, vocaciones, amores, raptos, pequeñas glorias, grandes penas, orgullos, ocios, arrebatos dignos, entregas, arrogancias, miserias, pequeñeces, estulticias, vivezas, miedos, corajes, arrestos, HAMBRES, siempre HAMBRES; todo eso no era, sin embargo, nada.

¡Nada!

Yo no traía en mis manos nada.

Mi tremenda desesperación fue que yo no traía en mis manos nada.

 

Porque una mística, la mística de un hombre, la consagración verdadera de una causa, la consagración en sí de una verdad, exige mucho más que todo aquello. Mucho más, muchas cosas diferentes de todo aquello. Mucho más, un mundo de cosas más.

Pero yo no estoy muerto. Todo mi ser está vivo. Más vivo que nunca. Y lo que siento a mi alrededor es el andar de los hombres en quienes creo. Ese incesante moverse, tan poco obvio y tan interno como el movimiento de las corrientes abisales, de los portadores de una gran insatisfacción, un gran deseo, una desasosegada y terrible ambición de espíritu. La prueba de nuestra vida, de lo cierto de nuestro vivir, de lo dramáticamente cierto de nuestro vivir, es que alguna vez estaremos juntos. El pueblo interior y yo.

¡El pueblo interior! El pueblo de dentro, el pueblo de fondo, ese que es en relación al pueblo exterior lo que el hombre interior de que habla San Pablo en sus Efesios es al hombre exterior. El pueblo interior, un estado de pasión, un estado de aspiración, un estado de angustia fértil. Lo contrario de los sátrapas, lo contrario de la ruidosa enajenación exterior.

Es de su cauce, de su matriz de donde debe salir el hombre nuevo. “Revestíos del hombre nuevo”, dice Pablo en su Epístola, IV, 24. “Puesto que nosotros somos miembros los unos de los otros”.

Mas esto, revestirse del hombre nuevo, no se hace con honras, con fastos, no se hace con sueño, no se hace sin heroísmo. No se hace sin una mística. ¡Y qué pureza de sentimiento se requiere para esto! ¡Qué autenticidad, qué hombría profunda! ¡Qué pocas cosas y cuánta fuerza en el modo de tenerlas! Para todo eso me sentía trágicamente ineficaz. La vida de un sensible es siempre cosa de ocio. Demasiada especiosa enajenación. Demasiada autorreflexión. Demasiado exilio en los confines de la alegoría y de la parábola.

Un estado de dolor expandido por el mundo todo, “de tinieblas gobernadas por manos fraudulentas”, de culpa colectiva y universal tormento reclaman otra cosa: sacrificio, tal vez muerte, una aflicción violenta, explícita, hablada, gritada.

De modo que resolví hacer tabla rasa conmigo mismo, hacer recapacitación, decirme no soy nada, absolutamente nada, no he hecho nada, absolutamente nada. Soy la nulidad misma. La nulidad llena de nociones.

De todo lo que tengo no quiero más que mi aspiración. Arrojo todo lo demás, lo tiro. No quiero más que eso: mi aspiración. Con eso hay que empezar, con eso hay que caminar hoy. Cada uno en su diferente forma.

Arrojo todo lo demás, lo doy por nada, lo dejo: libros escritos, palabras halladas, cuentos contados, versos aprendidos, literatura. No quiero nada de eso. No me sirve para nada. Si mis manos se han llenado de eso, mis manos están perdidas; a menos que haga lo de ahora, que arroje la falsa carga.

Yo quiero tener libres las manos de mi espíritu en esta tierra donde estoy plantado, instalado. Quiero que sean las manos de mi espíritu las que oigan y hablen. Las manos del espíritu son las del hacer, no las del ser, porque esto último es la santidad. El espíritu hace, ha de hacer en esta hora articulando la verdad en su expresión, desnuda, en su declaración osada, en su acusación, en su sindicar la tiniebla donde la tiniebla esté.

Ya estaba dicho. Otra vez San Pablo y sus Efesios, VI, 12: “porque no es nuestra pelea solamente contra hombre de carne y sangre: sino contra los príncipes y potestades, contra los adalides de estas tinieblas del mundo”. ¡Los adalides de estas tinieblas! ¡Los gobernadores de las tinieblas! ¡Contra los príncipes y potestades, gobernadores de las tinieblas!

Contra los ostensibles, visibles enseñoreados de la violencia y la deformación y el fraude físico y espiritual. Contra esos mismos habla la Epístola dirigida a los hombres que habitaban las márgenes del Egeo. ¿Y qué corazón honesto no lo hace, qué corazón honesto no se levanta contra los mismos? ¿Qué corazón, qué espíritu? Me pregunto yo: ¿Qué corazón, qué espíritu?

Yo he hecho mi camino de Damasco.

Yo he creído antes en los poderosos y su disimulada corte de los milagros por una complacencia de mi ánimo en la comodidad. Era mi hora negra. Pero lo que prefiero ahora es la verdad solitaria, la ecuanimidad —¡digamos!— de mi conciencia. La ecuanimidad de la conciencia no se consigue ya con paz, sino con una lucha de cada hora contra los que en todos los campos de la humana actividad son gobernadores de las tinieblas, los déspotas, los perseguidores sangrientos de las criaturas espirituales. Es decir, los que matan según la única ley de sus odios deliberados, de sus odios sistematizados.

 

Me decía:

Ahora, despojado de artificios, falsas ciencias, nociones, literatura, puedo caminar como un hombre en estado de perfecta simplicidad. No tengo nada, no soy nada, soy un órgano vacío que busca su nutrición. Pero me queda esta certeza: si hay algo que crea en el mundo como el genio es lo poderoso de una aspiración. Eso es tan fuerte que hasta podemos cambiar, con solo desearlo insaciablemente, la fisonomía de un ser humano. Y en el terrible campo de un cuerpo monstruoso hallar lugares llenos de verdadera gracia. No he dejado en mí más que esto: una aspiración, una aspiración amarga, hambrienta y desesperadamente apasionada, una aspiración por la que cada día siento en mí carne de humanidad; porque esa aspiración es una fiebre de verdad. Y por la fiebre sabemos que estamos hechos de carnes mortales.

Pero todavía no me había despojado de bastantes cosas para llegar a la verdadera simplicidad. Todavía estaba erizado de defensas, todavía no estaba verdaderamente solo. Todavía guardaba cerca demasiadas complacencias toleradas. En aquel cuarto con las ventanas abiertas al centro de la ciudad y los dos sofás solitarios y el tapiz verde cubierto de libros nuevos, las muselinas al aire, el aire claro de las siestas adentro, todavía no estaba suficientemente solo, suficientemente atento al estallido universal del odio, el sufrimiento, las vindicaciones, los deseos, los resentimientos, los combates, las muertes. Todavía era demasiado mundano. Todavía venían a mi cuarto gentes que levantaban del suelo un libro abierto y deletreaban con un aire estúpido y la nariz en el aire este o aquel párrafo del Ordo Amoris, del Paradise regained o del Banquete platónico y luego bostezaban e iban a asomarse a la plaza, a mi lado, desde lo alto de su irremediable estolidez. Todavía curaba mi soledad en interminables conversaciones oscuras. Todavía me toleraba inhibiciones y tristezas; ese lujo.

Todavía llevaba encima demasiado lujo. Todavía pertenecía demasiado al país visible. Todavía criticaba seriamente, a la salida, bajo la lujosa marquesina, tal o cual espectáculo teatral. Todavía estaba confabulado con tanta ficción social. Todavía no era bastante salvaje, bastante desnudo por dentro, bastante auténtico y fidedigno. Todavía era locuaz y artificial. Todavía sonreía cuando no debía sonreír, y mentía por sociabilidad, y conversaba por no dejar caer en una sobremesa el justo advenimiento de la pausa. Todavía, lo que es aún más grave, para las preguntas más profundas de mi fondo inalterable, de mi fondo puro, esto es, de mi fondo primariamente humano a la vez tierno y maligno, para las preguntas metafísicas: me proponía yo mismo las contestaciones menos difíciles, las soluciones más al alcance de la mano, las panaceas más triviales.

Todo mi trabajo de tantos años me parecía haber venido a desembocar en esta exasperación desesperada, en esta desautorización de mí mismo.

 

Cuando regresé de un largo viaje subí un mediodía a aquel elevado piso donde durante algunos años había vivido y desde donde había visto tantas noches la ciudad. Fui muy bien recibido allí; en torno a aquel piso había un maravilloso resplandor. Me acerqué precipitadamente a los ventanales y vi, no ya confinada en su noche, sino perfectamente distinta, imponente y sólida en su ininterrumpida inmensidad, la extensión de la metrópoli echando sus humos y llena de sol por encima del vaho turbio de su propio respirar; al final de ella, por el oriente, no se veía bien dónde acababa el río y empezaba el cielo, era una sola llanura infinita que oscilaba del verde al azul, paulatina e insensiblemente. Sin duda no se veían allí ni las colinas etruscas, ni las agujas de Estrasburgo, ni la memorable columna de Trafalgar, ni la encantadora placita de Juan Jacobo rodeada de montes blancos; solo se veía, hacia el extremo sur, fuera de la edificación asombrosa, un puente cuadrado de hierro negro envuelto en el hálito de humo y niebla; y visto desde allí, pujante y sin embargo inmaterializado por la pujanza todavía mayor del aire y la luz que se trababan en un grisáceo encuentro, su dignidad en el espacio era tan pura, poco insistente, noble y solemne como la placita de Juan Jacobo o las torres estrasburguesas; una dignidad de otra especie pero no menos digna, más rudimentaria y basta pero no menos digna en cuanto era trabajo de hombre erigido con proporcionada penuria; y, sobre todo, lo que les confería, a la distancia, en la lejanía, una similar nobleza de proporciones, era la luz, el vaho nuevo, la vida misma, que es en suma la gran dignificadora.

Era casi un llanto lo que yo llevaba adentro, y ese llanto era el largo y monótono dolor del nacimiento. Estaba transido. Era yo ya todo pena y reflexión, congoja; y al ver ese país que estaba tendido, extendido, esparcido junto a mí y al mismo tiempo tan lejano, así como está alejado el objeto de un deseo del deseo mismo que lo reclama, no podía contener en mi yo insondable una larga tristeza hacia la tierra en que hemos padecido y en la que de algo nos hemos desprendido. Y mi agonía era la agonía del nacimiento, esa pequeña muerte tras la que sobreviene mayor vida.

Almorcé solo, entre unos cuantos servidores que tan bien me habían recibido, no criados, sino cordial compañía de gente simple y hasta alguna vez —todo llega a la vuelta de la vida— consejeros. Sorbíamos tragos de vino negro; leí algunas cartas, de editores de publicaciones extranjeras, de amigos. Me sentí libre de ataduras y aislado en el territorio de mi propio universo, como el hombre que se instala en el desierto y no será ya molestado por importunidad alguna, fuera de las que trae el tiempo en su embozo. Estaba lejos de todo, pero había en mí una vibración, como si a la vez estuviera tocando con mi piel el contacto vivo de no sé qué inmediatas y numerosas presencias humanas. Y durante no sé cuánto tiempo estuve sentado ante aquella mesa, solitario, escuchando con raro estupor lúcido el profundo canto que llevaba adentro, esa oscura lamentación final, esa despedida de otra vida antes de ir a vivir del todo en la patria interior.

Era como saber que al fin, cuando me separara más de todo, iba a ir al fin a juntarme más con todo. Por la patria interior se va a las otras, a las de afuera, a la patria nacional y a la patria universal, puesto que la verdadera patria, la profunda, no se hace sola, sino con el interior de cada hombre. Todo mi camino de antes, buscas, necesidad de calor humano, me parecía ahora abjuración de una soledad necesaria.

No se va a ninguna parte sin desterrarse. El camino de la creación es el camino del destierro; y hay una hora de rechazar esto y otra de aceptarlo; hay una hora de optar por quedarse atado a la ficción circundante o por desterrarse. Y un destierro así, en nuestra tierra, es descender a vivir con el país invisible, con la sensibilidad invisible, a vivir con el pueblo profundo. Y como todos estaremos así desterrados, en ese destierro común tomará forma nuestra mística, nuestra mística viril, nuestro verdadero coraje y nuestra verdadera fe creadora. Porque evolución creadora no es más que el nombre falso de esa fe creadora, en el sentido —sentido que conoce inmanentemente cada célula de un cuerpo— de que fe es aquello que va más allá de la vida partiendo de un acto de afirmación en la vida misma. La salud de un leopardo es su fe; la composición del músico es su fe, su fe corporizada; así como la ambición del ambicioso, del especulador, del burgués, del “bien pensante” lejos de ser fe, es lo que está en lugar de la fe.

Me sentí cómodo en mi necesario destierro. ¡Al fin, en mi destierro! ¡Cómo amamos, cómo sentimos, cómo pensamos, velamos y nos exaltamos en la soledad sin riberas del destierro! En ese destierro a la patria interior, donde todo lo tenemos que edificar, ámbito, mundo, aire, residencia, compañías, huéspedes, soledades. Y cuanto más salvemos de ese sacrificio más habremos salvado para la otra patria, para la exterior. ¡Feliz de aquel que vive en un hermoso y desventurado destierro!

Sí, éste era el canto que oía en mí; éste era el canto que me quemaba, que me devoraba, el canto del que se destierra. ¡Qué incomparable dolor y qué severa voluptuosidad! ¡Qué empobrecimiento y qué enriquecimiento! Irse, estar solo, penarse por un tiempo; estar solo para estar más con todos, para después estar mejor con todos, para estar más puramente con todos, para volver más limpio cuando sea la hora de regresar a darse, pues para esta hora será todo el trabajo, para este momento toda la espera, la preparación, la faena, el insomnio, el difícil sacrificio, el mejoramiento de uno mismo de los pies a la cabeza. Para la hora de volver, para la hora de traer algo en las manos, y no vacías; para la hora de traer una nota fuerte y conmovida, el estado de ánimo de una mística, el estado de ánimo de una ascética, al concierto, o al desconcierto general.

Cuando uno se va, cuando uno se ha desterrado, entonces toca el otro territorio, el más difícil: el territorio espiritual. Cuando ha cortado amarras con el mundo entonces uno está hecho mundo, entonces está uno en su propio territorio espiritual. Pero también los países como toda cosa, tienen dos regiones: su apariencia física, su contorno externo y su territorio profundo; su territorio espiritual. Entonces, cuando un hombre ha creado en sí su territorio espiritual y lo conjuga, lo conjuga con el territorio espiritual de su tierra; lo que nace es el espíritu de esta unión, o sea el puro espíritu de nacionalidad, la suprema nacionalidad, la nacionalidad cum spiritu. Lo que nace es el nuevo sentimiento, el nuevo hombre, el hijo espiritual de la tierra.

¡Y qué grande es el hijo puro de este encuentro! ¡El encuentro de nuestro territorio espiritual con el territorio espiritual de nuestra tierra! No con el físico y mostrenco, sino con el oculto, el profundo, el extraño territorio espiritual —hecho de tantos sueños, tantas aspiraciones, tantas vidas dadas, tantas cosas negadas y tantas queridas, ambicionadas…— el huraño, el áspero territorio espiritual de nuestra tierra.

Me levanté, fui a mi mesa de trabajo en el vasto cuarto y ordené un poco los libros, los papeles, todos esos instrumentos de trabajo, todos esos instrumentos de destierro, todos esos instrumentos de soledad. ¡De la soledad pequeña porque no se trataba todavía de la grande!

Que cada cual se destierre conscientemente en el territorio de su función. El médico en sus curas, el arquitecto en sus piedras, el escritor en sus papeles. Que cada cual aprenda a saber defenderse. Papeles del escritor son sangre o no son nada; semen que sigue creando al tocar el aire, o nada. ¡Pobres patrias exteriores las de los hombres que no saben desterrarse en sus sacrificios, en sus fundamentales cometidos, en sus vocaciones esenciales; pobres patrias las de aquellos hombres que no saben desterrarse en su humanidad —no en sus representaciones— para mejorarla sin espectáculo, para mejorarla cuando se haya enfrentado muchas veces sola con la nada, con la desesperanza y con la muerte! Pobres patrias las de los hombres que no se han hecho alguna vez a sí mismos angustiosamente la pregunta de Schura Waldajewa: “Señor, ¿para qué ha de vivir mi alma? Señor, ¿a qué he de conferir mi alma?”

¿Qué quería hacer yo, al fin, al fin, sino eso: crearme? ¡Crearme! No es fácil, burgués, crearse. Porque hay que hacer antes algo muy duro. Porque hay que abrirse antes las venas de la ficción, las venas de la satisfacción. Porque hay que saber antes negarse todo; todo, todo, absolutamente todo, hasta que no quede más que una aspiración simple en un cuerpo simple; lo mismo que de los troncos entrecruzados, por más que crepiten y protesten, nada más que la llama, ¿eso vas a hacer de ti, opulento, buen digeridor, buen descansador, buen negociador, buen jugador —mal jugador— una llama? ¡Vamos!

Está bien. Pero por ese ¡vamos! te pedirán cuentas, y no ningún poder humano, facción humana, tribunal humano, no; sino tu propia vida en los ecos terribles de la alta noche de enfermedad y en la reclamación de tus descendientes y en la memoria de aquellos auténticos a que te hayas acercado, y en tu final ansiedad de Dios.

Cuando uno tiene las manos vacías uno siente esa reclamación. O mejor uno siente esa reclamación y se apresura a tener las manos vacías hasta no dejar en ellas más que el impotente deseo de dar; y luego, al conocer esa impotencia, de llenarlas, urgencia de llenar las manos, pero de llenarlas con algo verdadero, con algo verdaderamente importante —como la inteligencia o el amor definitivamente elaborados en la fe—, y no peculio. Porque si fuera peculio volvería el grito trágico de Schura Waldajewa. ¡Y qué grito, qué grito en la falsificación circundante!

Me puse a trabajar en riguroso silencio hasta la noche. Comencé a escribir, con ayuda de viejos apuntes, la historia de un hombre y una mujer a quienes el falso círculo de gentes —círculo dantesco, nido de víboras— en que han vivido, los ha llevado a la última deformación, a la maldad y la ruina, a la amargura total de la que solo se salva el espectral amor que a los dos ata. De ese género es mi trabajo, de esta naturaleza mi testimonio, de esta especie la atmósfera creadora de mi destierro, mi modo de dar verdad.

 

Estaba solo. Ni un ruido, ni una voz en lo alto de aquel piso, en el departamento solitario. Cuando se fue la luz del día prendí la lámpara y seguí escribiendo. Luego hice una pausa y descansé un poco antes de seguir. Vi el cuarto iluminado en un sector, tenebroso en el otro, allí donde se abría el ventanal de cortinas transparentes a la noche azul, ya casi negra, ya casi extraña al planeta. Luego tomé un trago de agua y recomencé. Mi mano derecha estaba dolorida, tenía que dejar la pluma en las pausas, entre intervalo e intervalo de reflexión. Toda mi ciencia era poca para escribir aquello; la prosa flaqueaba, lo que debía ser ceñido y exacto se extendía, perdía fuerza; huía lo concreto y venían las sirenas de lo abstracto con su falso ritmo. Sentí de pronto la cabeza cansada, el ánimo repentinamente sin entusiasmo, una suerte de repugnancia por los caracteres que había comenzado a describir. Me eché atrás en la silla y dejé las manos sobre la mesa, los brazos extendidos, la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados; y me empeñé en seguir teniendo presentes, como vivos y palpables, aquellos dos sufrientes caracteres. Finalmente, interrumpiéndome momento tras momento, alternativamente frío y acalorado, sorprendido de pronto al oírme decir en voz alta algunas palabras que se adelantaban al relato en su mismo curso, seguí así, atado a la mesa, inquieto, hasta la medianoche. Sentí hambre, cansancio y frío. Entonces dejé los papeles, fui a mi dormitorio, mojé mi cabeza en agua fresca, mientras seguía con el espíritu lleno de aquel pensamiento que había ido cumpliendo y desarrollando, fijando, aclarando sobre aquellas hojas blancas. Y tuve la sensación de que todo lo había hecho mal, y fui y rompí, sin leerlo, el fruto del trabajo de nueve horas.

Pero destino tal es el pan nuestro de cada día.

 

No sé en qué restaurante comí; cuando lo dejé, muchos de los letreros luminosos se habían apagado ya. Un último y débil resplandor lácteo protegía a la noche de la tiniebla total. Marché al azar, pues necesitaba acabar con la distensión nerviosa y dejar que toda mi naturaleza volviera a quedar sin rigidez. Atravesaron la acera dos grupos ruidosos de turistas, luego todo quedó en silencio.

Desterrado. De amistades, costumbres, compañías; desterrado. Pero no enclaustrado, sino desterrado, voluntariamente desterrado. Desterrados, los argentinos lo somos todos. Desterrados del espíritu, desterrados de la civilización de que venimos, de aquel nudo ancestral en que, a diferencia nuestra, los hombres produjeron arte, pensamiento, filosofía. ¡Ojalá comprendamos que lo bueno no es querer salir así como así de ese destierro, sino saber lo que es antes de salir de él, pues eso —esa residencia voluntaria en una aridez que quiere hacerse fértil— es lo que da la medida de nuestra pobreza fundamental y de lo que nos falta! Toda mística se origina en la soledad de un corazón, y esa soledad, lejos de aislarnos fundamentalmente, nos comunica más profundamente con todos. ¿No lo ha dicho bien nuestro Unamuno? “Porque cuanto más soy de mí mismo y cuanto soy más yo mismo más soy de los demás; de la plenitud de mí mismo me vierto a mis hermanos, y al verterme a ellos, ellos entran en mí.” Nada más poderosamente universal que una soledad fértil.

Así, si ahora tenía una tristeza, un amargo sentimiento de aislamiento y acre soledad, todo eso estaba destinado a pasar, a ser cambiado en algo nada fácil pero incalculablemente más fecundo, incalculablemente más eficaz en lo que se refiere a la propia relación con el mundo, los hombres, el espíritu. Pues desterrarse es ir más adentro en uno mismo e “ir a verterse en los demás para que los demás puedan verterse mejor en uno”. Cada día más, el mundo, el mundo sensible, era mi obligación, pero el mundo a través de mí y de mi pueblo; el mundo como yo y pueblo superados, alargados, extendidos. Y cuanto más adentro mío llegara mi consagración a desnudarme, a despojarme, a sentirme todo a fuerza de sentirme nada, pero “nada enamorado”, mejor iba a ser mi despertar en la compañía de este pueblo —hombres, mujeres, criaturas, gozos, dolores— que me rodeaba en la noche.

Alcé los ojos hacia la altura de esos escasos semblantes que encontraba en mi camino. Eran pueblo, mi pueblo, mi patria externa, mi patria sensible. Los brazos de ese pueblo eran el ánimo de libertad y el ánimo de donación; el cuerpo de ese pueblo: la exaltación severa de la vida. Esos brazos y ese cuerpo estaban vueltos hacia fuera como la imagen del Creador, que es toda figura humana y camino. Ese pueblo profundo era el pueblo creador; ese pueblo invisible era el gran creador subterráneo, sumergido. Su estado natural, ¿no era acaso una mística creadora? ¡Exaltación severa de la vida…! ¿Acaso fue otro el impulso profundo, el motor, el motus animi creandi de los grandes inventores espirituales, del genio humano, de la fe en la expresión de sus artistas fundamentales? Exaltación severa de la vida. John Milton, ciego, el evangélico; Cervantes a la vuelta de Lepanto; John Donne; Averroes después de sus comentarios al Estagirita; Rimbaud corriendo por las tristes calles de Charleville; todos, en lo más alto de su inspiración trágica, en el clímax de su gran fervor y angustia y padecimiento, en el alba de su constante renacer por la cosa creada, por el hijo dado, por la inmortalidad al fin concebida, no fue otro sentimiento, aquel del que se alimentaron, sino este, este, este mismo: la exaltación severa de la vida. Porque éste es el grano dramático de la inmortalidad. Y tú lo tienes, tú lo llevas adentro, pueblo profundo de la Argentina, pueblo silencioso y dramático en su no hablar y estarse haciendo por dentro.

“Tuyo es el sentimiento de los grandes creadores. Un alto y severo estado de exaltación de espíritu. Un estado de secreta grandeza gracias al que la entraña sensible vierte de sí una rara prodigalidad. ¡Cuida que no te disfracen, que no te desvirtúen! Mira que lo que llevas, lo llevas muy en lo íntimo: mira que lo que llevas solo es visible en ti para el ojo que ve más allá de tus enfáticos y vacuos diques. Gracias doy al ojo que te mire en tu cauce interior; al que vea lo generosamente exaltado de tu espíritu, cuán severo y señorial es tu vivir, gozar y padecer.

”Tu silencio es una pausa honda, no muerte, no desaparición; una pausa honda. La pausa fundamental, la pausa de la reflexión dramática del que vela antes del alba; la pausa del que ominosamente trabaja en el destierro creador. Pueblo profundo de la Argentina, lo que vale en ti es tu exaltación severa de la vida. Está honda, muy honda; inexpugnable, muy inexpugnable; íntima, muy íntima en el silencio y la soledad de tu vida recóndita. Lo que eres, en verdad, es eso; exaltación severa de la vida. Lo contrario de tu floración, vegetación beocia, de tu moho, de tu áureo cardenillo.

”Trabajas en el fondo de tu destierro creador. Yo también estoy ya en igual destierro. Los dos estamos hondos, estamos alejados. Pronto nos encontraremos, pronto nos veremos, nos alegraremos de estar un poco más abiertos por todos los poros al aire exterior del universo.”

Lo pensaba, lo sentía. Este nacimiento a mi transitorio destierro era mi crecimiento a una posibilidad superior, a la posibilidad de avanzar en uno mismo, de no detenerse en uno mismo, de bajar a residir en uno mismo para salir por la otra puerta, por la puerta estrecha e ir más allá de uno mismo. Me fui caminando por otras calles, luego por otras, en medio del pueblo nocturno, representado por ralos humanos en la alta hora.

Bajé a una calle sin focos, en tinieblas, y luego a otra más iluminada. Y seguí andando —con la misma desesperación esperanzada— no sé hasta qué horas, hasta que el tímido asomo de la primera claridad comenzó a aparecer en no sé qué punto del cielo, con no sé qué extraño, frío, imperceptible resplandor.

 

Sollozaba el llanto final de la noche en un espacio ya sin astros. Sentí como un grito en mí, no roto, estrangulado. Como una despedida, un hasta pronto, una gran efusión del alma. Me arrastré como un espectro cuyo cuerpo fuera un dolor, un bulto trágico. Ya no había luces sino casi el alba, el llanto pálido en que acaba la noche. ¿No es que iba a tocar pronto mejor la tierra, los hombres, el mundo? ¿Por qué lloraba? Llorábamos yo y la noche; y una claridad apuntaba inminentemente. Pero ya estaba a unos pasos de mi casa. Me apresuré. Podía descansar; podía descansar algunas horas. No sería necesario hacer durar mucho el destierro, sino devorarlo, consumirlo, matarlo a fuerza de furioso trabajo interior, de desangramiento, de vida.

Estaba casi yerto. Miré ese cielo, la ciudad, la vida que recomienza con el aire acero de la primera hora. Del destierro ¡con cuánto amor se vuelve —uno es nuevo, uno es el mundo—; la patria interior se ha abierto y expandido! Del destierro regresaría junto con el andar incesante de ese ejército oculto, que va a aparecer, que ya aparece, el de los hombres que llevan en el corazón el sentimiento severamente exaltado de la vida, las manos con el gesto de dar, el espíritu y la carne libres. Del destierro se vuelve lleno de amor.

Cuando fui a dejarme caer en el cuarto solitario sobre esa cama que había estado toda la noche sin ser deshecha mi gesto fue, cosa extraña, no el del regreso, no el de la caída en el reposo, sino un alzarme, un extraño levantarme como el alzarse o el levantarse del combatiente en el alba de la batalla. Como el alzarse o levantarse de aquel que tras la noche entera de vigilia, sufrimiento, frío, despedida, va tal vez a unir en un gesto último de combatiente y de hombre, en la gran selva de pavor y desolación, el amanecer de su día con la muerte. O del que, si es capaz de otra gloria, va a ir más allá, va a no ser ante ninguna fuerza impedido en ese rapto por el que el miedo humano a sí mismo se desprecia y cambia en intrepidez y en alegría.

*FIN*


Sur, 1937


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