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Luis López Nieves

De haber sabido lo que hoy sé, al comenzar mi carrera literaria me hubiera cambiado el nombre. Apellidos como “López” no aportan nada a la identificación de una persona, mucho menos a la de un artista. Hay apellidos tan comunes (López, Pérez, Sánchez, González, Rodríguez, etc.) que ni siquiera se notan. Son transparentes. Entonces, ¿para qué usarlos?

Para un artista es muy útil un nombre fácil de recordar… y llamativo. Que no sea otro más de la manada. En una librería, por ejemplo, digamos que veo una novela titulada “Quince lunas”, por un tal José Pérez Rodríguez. Lo suelto, sigo mirando libros. A los quince minutos ya no recuerdo quién era el autor de “Quince lunas”. O no recuerdo si era Pérez Rodríguez o Rodríguez Pérez.

Puedo dar muchos ejemplos concretos, pero daré uno solo. En Venezuela hay un autor clásico importante que se llama… esperen un minuto, voy a buscar el nombre. Ya estoy de regreso. Se llama “Manuel Díaz Rodríguez”. Aunque conozco a este autor hace muchos años, y he leído sus cuentos, nunca puedo recordar su nombre.

Algunos artistas tuvieron la suerte de aprender esta lección desde el comienzo. El joven Neftalí Reyes decidió cambiarse el nombre a “Pablo Neruda”. Félix García prefirió “Rubén Darío”. Pablo Ruiz optó por “Pablo Picasso”. José Martínez escogió “Azorín”. Ángel Soto eligió “Emilio del Carril”. Etcétera.

Hay artistas que tienen la dicha de nacer con apellidos inusuales, memorables o sonoros. Julio Cortázar, José Donoso, Juan Rulfo, René Marqués, Alejo Carpentier, Augusto Monterroso, etc. Estos escritores no necesitaban un segundo apellido, porque con el primero bastaba para llamar la atención y quedarse en la memoria.

En el caso de personas con primeros apellidos inútiles, como el mío, pues normalmente se piensa que puede reforzarse con un segundo apellido, sobre todo si este es inusual, memorable o sonoro. Por eso vemos “Gabriel García Márquez”, “Mario Vargas Llosa”, “Manuel Gutiérrez Nájera”, “Federico García Lorca”, etc. Debido a un primer apellido común, es necesario acudir (cuando existe) a un segundo apellido fuerte.

Por supuesto, como siempre ocurre en el arte, hay excepciones. He descubierto que un apellido inútil, pero con un nombre fuerte, puede ser tan efectivo como un buen apellido. Es el caso de Macedonio Fernández, Ciro Alegría, Felisberto Hernández y Silverio Pérez. A pesar de los apellidos comunes, el nombre es tan poco común que casi funciona como un apellido fuerte. Después de todo, el objetivo es destacarse y quedarse en la memoria del lector. Si yo me llamara “Napoleón López” o “Aristóteles López”, tal vez no me estaría quejando mucho. Pero “Luis” es tan común como “López”.

En fin, la mejor estrategia es simplemente descartar el apellido inútil y escoger uno que valga la pena. De haber sabido lo que ahora sé, habría descartado “López” en dos segundos. ¿Me hubiera quedado con Luis Nieves o Luis de las Nieves? No sé. Quizás hubiera buscado en mi árbol genealógico, con ayuda del cual me hubiera transformado en Luis Aliseda, Luis de Luyando, Luis de Adornio, Luis Ponce de León, Luis de Palestrello, Luis Troche, Luis de Viveros, Luis Majarambrós o en cualquier otro de los muchos apellidos antiguos, raros y sonoros de mis tatarabuelitos y tatarabuelitas. A estas alturas de mi vida, sin embargo, sería bastante ridículo que me dé por cambiarme el nombre. (Sobre todo sería un disparate cambiarme el apellido a “Majarambrós”, porque es un trabalenguas que apenas puedo pronunciar.)

Pero no es tarde para un autor principiante. Piénsalo. Y toma sin pena la decisión que sea necesaria. En esa forma, dentro de cincuenta años no tendrás que escribir una nota como esta.

Por último, una vez hayas decidido cuál será tu nombre oficial como autor, lee mi nota llamada “Tu presencia en Internet“.

FIN


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