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Tres días de vendaval

[Cuento - Texto completo.]

Ernest Hemingway

La lluvia escampó cuando Nick dobló para enfilar el camino que atravesaba el huerto. Ya habían recogido la fruta, y el viento de otoño soplaba entre los árboles pelados. Nick se detuvo y tomó una manzana Wagner del suelo, a la orilla del camino, reluciente en medio de la hierba marrón debido a la lluvia. Se metió la manzana en el bolsillo de su gruesa chaqueta Mackinaw.

El camino salía del huerto y llegaba hasta lo alto de la colina. Allí estaban la cabaña, el porche austero, el humo que salía de la chimenea. Detrás estaban el garaje, el gallinero y el segundo renuevo del año de los árboles madereros, que formaban una especie de seto contra el bosque de atrás. Los grandes árboles se mecían al viento en la lejanía. Era la primera tormenta de otoño.

Mientras Nick cruzaba el campo abierto que quedaba por encima del huerto, la puerta de la cabaña se abrió y salió Bill. Se quedó en el porche con la mirada perdida.

-Bueno, Wemedge -dijo.

-Hola, Bill -dijo Nick, subiendo los escalones.

Se quedaron el uno junto al otro, mirando el paisaje, el huerto que quedaba al otro lado del camino, los campos más bajos y el bosque desde la punta hasta el lago. El viento soplaba directamente sobre el lago. Veían la espuma que se formaba en la punta de Ten Mile.

-Cómo sopla -dijo Nick.

-Soplará así durante tres días -dijo Bill.

-¿Está tu padre en casa? -dijo Nick.

-No. Ha salido con la escopeta. Entra.

Nick entró en la cabaña. En el hogar había un buen fuego. El viento lo hacía rugir. Bill cerró la puerta.

-¿Quieres un trago? -dijo.

Fue a la cocina y volvió con dos vasos y una jarra de agua. Nick tomó la botella de whisky del estante que había sobre la chimenea.

-¿Así está bien? -dijo.

-Así -dijo Bill.

Se sentaron delante del fuego y bebieron whisky irlandés con agua.

-Tiene un gusto ahumado buenísimo -dijo Nick, y miró el fuego a través del vaso.

-Es la turba -dijo Bill.

-La turba no se puede convertir en licor -dijo Nick.

-No hay diferencia -dijo Bill.

-¿Has visto turba alguna vez? -preguntó Nick.

-No -dijo Bill.

-Yo tampoco -dijo Nick.

Sus zapatos, muy próximos al fuego, comenzaban a echar vapor.

-Será mejor que te quites los zapatos -dijo Bill.

-No llevo calcetines.

-Quítatelos y sécalos. Te traeré unas medias -dijo Bill. Fue al piso de arriba, entró en el desván, y Nick lo oyó caminar sobre su cabeza. El piso de arriba, debajo del tejado, estaba abierto, y era ahí donde Bill y su padre, y también Nick, dormían a veces. Al fondo había un vestidor. Movían los catres para apartarlos de la lluvia y se tapaban con telas impermeables.

Bill bajó con un par de gruesas medias de lana.

-Ya no es tiempo de andar por ahí sin calcetines -dijo.

-No me gusta volver a ponérmelos -dijo Nick. Se puso los calcetines y se dejó caer en la silla, colocando los pies sobre la pantalla que había delante del fuego.

-Vas a abollar la pantalla -dijo Bill. Nick retiró los pies y los puso a un lado de la chimenea.

-¿Tienes algo para leer? -preguntó.

-Solo el diario.

-¿Cómo les fue a los Cards?

-Perdieron dos partidos seguidos con los Giants.

-Debió de ser muy fácil para ellos.

-Para ellos no es nada -dijo Bill-. Mientras McGraw pueda seguir comprando a todos los buenos jugadores de la liga, no hay nada que hacer.

-No puede comprarlos a todos -dijo Nick,

-Compra todos los que se le antoja -dijo Bill-. O hace que estén descontentos para que tengan que vendérselos.

-Como Heinie Zim -aprobó Nick.

-Ese tonto le vendrá muy bien.

Bill se levantó.

-Sabe batear -sugirió Níck. El calor que llegaba del fuego le cocía las piernas.

-También es un buen jugador de campo -dijo Bill-. Pero ha perdido partidos.

-A lo mejor para eso lo quiere McGraw -sugirió Nick.

-A lo mejor.

-Siempre hay más de lo que sabemos -dijo Nick.

-Por supuesto. Pero para vivir tan lejos estamos bastante bien informados.

-Y si no ves los caballos te es más fácil elegirlos.

-Así es.

Bill bajó la botella de whisky. Su manaza la abarcó por completo. Sirvió en el vaso que Nick le tendió.

-¿Cuánta agua?

-La misma.

Se sentó en el suelo junto a la silla de Nick.

-Me gusta cuando llegan las tormentas de otoño, ¿y a ti? -dijo Nick.

-Es muy bueno.

-La mejor época del año -dijo Nick.

-¿No sería horroroso vivir en la ciudad? -dijo Bill.

-Me gustaría ver la Serie Mundial -dijo Nick.

-Bueno, ahora son siempre en Nueva York o Filadelfia -dijo Bill-. O sea, que nos iba a dar igual.

-¿Crees que los Cards ganarán alguna vez el campeonato?

-No mientras vivamos -dijo Bill.

-Caramba, se volverían locos -dijo Nick.

-¿Te acuerdas de cuando les iba tan bien, antes de tener el accidente de tren?

-¡Chico! -dijo Nick al recordarlo.

Bill extendió el brazo para tomar el libro que estaba sobre la mesa debajo de la ventana. Estaba boca abajo, tal como lo había dejado al salir a abrir la puerta. Sostuvo el vaso con una mano y el libro con la otra, recostándose contra la silla de Nick.

-¿Qué lees?

Richard Feverel.

-No pude con ella.

-No está mal -dijo Bill-. No es un mal libro, Wemedge.

-¿Qué más tienes que no haya leído? -preguntó Nick.

-¿Has leído Los amantes del bosque?

-Sí. Aquel en que todas las noches se meten en la cama con la espada desenvainada entre ellos.

-Ese es un buen libro, Wemedge.

-Es un libro de primera. Lo que nunca entendí es qué hacía allí la espada. Tendría que estar siempre con el filo vertical, porque si quedaba plana podrías rodar encima de ella como si tal cosa.

-Es un símbolo -dijo Bill.

-Claro -dijo Nick-, pero no es práctico.

-¿Has leído Fortaleza?

-Está bien -dijo Nick-. Eso es un libro de verdad. Es ese en el que su viejo le va detrás todo el tiempo. ¿Tienes alguno más de Walpo1e?

El bosque oscuro -dijo Bill-. Es sobre Rusia.

-¿Y qué sabe él de Rusia? -preguntó Nick.

-No lo sé. Con estos tipos nunca se sabe. A lo mejor estuvo allí de joven. El tipo tiene un montón de información.

-Me gustaría conocerlo -dijo Nick.

-A mí me gustaría conocer a Chesterton -dijo Bill.

-Ojalá estuviera ahora aquí -dijo Nick-. Mañana lo llevaríamos a pescar al Voix.

-Me pregunto si le gustaría ir a pescar -dijo Bill.

-Claro -dijo Nick-. Debe de ser el tipo más formidable que existe. ¿Te acuerdas de Posada voladora?

-«Si un ángel del cielo te trajera otras cosas para beber, le agradecerías sus amables intenciones; e irías y las vaciarías bajo la sentina.»

-Está bueno -dijo Nick-. Supongo que es mejor persona que Walpole.

-Oh, ya lo creo, eso seguro -dijo Bill-. Pero Walpole es mejor escritor.

-No lo sé -dijo Nick-. Chesterton es un clásico.

-Walpole también es un clásico -insistió Bill.

-Ojalá estuvieran los dos aquí -dijo Nick-. Mañana los llevaríamos a pescar al Voix.

-Vamos a emborracharnos -dijo Bill.

-De acuerdo -asintió Nick.

-A mi viejo no le importará -dijo Bill.

-¿Estás seguro? -dijo Nick.

-Lo sé -dijo Bill.

-Ya estoy un poco borracho -dijo Nick.

-No estás borracho -dijo Bill.

Se levantó del suelo y tomó la botella de whisky. Nick le tendió su vaso. Tenía los ojos fijos en él mientras Bill le servía.

Bill le llenó el vaso hasta la mitad.

-Ponte el agua que quieras -dijo-. Solo queda para otro trago.

-¿No tienes más? -preguntó Nick.

-Hay mucho más, pero mi padre solo quiere que beba del que ya está abierto.

-Claro -dijo Nick.

-Dice que abrir botellas es lo que te convierte en un borracho -explicó Bill.

-Es verdad -dijo Nick. Estaba impresionado. Nunca había pensado en ello antes. Siempre había creído que lo que te convertía en un borracho era beber solo.

-¿Cómo está tu padre? -preguntó respetuosamente.

-Está bien -dijo Bill-. A veces se le va un poco la cabeza.

-Es un buen tipo -dijo Nick. Se puso agua en el vaso con la jarra y la mezcló lentamente con el whisky. Había más whisky que agua.

-Puedes estar seguro de que sí -dijo Bill.

-Mi viejo también es un buen tipo -dijo Nick.

-Seguro que sí -dijo Bill.

-Dice que nunca ha tomado una copa en su vida -afirmó Nick, como si anunciara un hecho científico.

-Bueno, es médico. Mi viejo es pintor. Es diferente.

-Se ha perdido muchas cosas -dijo Nick con tristeza.

-Nunca se sabe -dijo Bill-. Todo tiene sus compensaciones.

-Es él quien dice que se ha perdido muchas cosas -confesó Nick.

-Bueno, mi padre ha tenido malas épocas -dijo Bill.

-Todo tiene sus compensaciones -dijo Nick.

Se quedaron mirando el fuego y meditando esa profunda verdad.

-Voy a buscar leña al porche de atrás -dijo Nick. Al mirar el fuego había observado que se estaba apagando. También deseaba demostrar que aunque bebiera era capaz de mantener su sentido práctico. Aun cuando su padre nunca hubiera tomado una gota, Bill no iba a conseguir emborracharlo antes de estar él mismo borracho.

-Trae un trozo bien grande de haya -dijo Bill, que también quería demostrar que no había perdido su sentido práctico.

Nick entró con el tronco por la cocina, y al pasar derribó una olla de la mesa. Colocó el leño en el suelo y recogió la olla. Contenía damascos secos en remojo. Levantó meticulosamente los damascos del suelo, algunos habían rodado bajo el fogón, y volvió a colocarlos en la olla. Le echó un poco más de agua del cubo que había junto a la mesa. Estaba muy orgulloso de sí mismo. Había actuado con un gran sentido práctico.

Entró cargando el leño y Bill se levantó de la silla y le ayudó a ponerlo en el fuego.

-Un tronco de primera -dijo Nick.

-Lo he estado guardando para el mal tiempo -dijo Bill-. Un tronco como este arderá toda la noche.

-Así quedarán brasas para encender el fuego por la mañana -dijo Nick.

-Tienes razón -dijo Bill. Procuraban hablar con la máxima seriedad.

-Tomemos otra copa -dijo Nick.

-Creo que hay otra botella abierta en el armario -dijo Bill. Se arrodilló en el rincón, delante del armario, y sacó una botella cuadrada.

-Es escocés -dijo.

-Traeré un poco más de agua -dijo Nick. Volvió a la cocina. Llenó la jarra con el cucharón, sumergiéndolo en el agua fresca de manantial del cubo. Cuando volvía a la sala pasó junto a un espejo del comedor y se miró. Se vio una cara extraña. Le sonrió a la cara del espejo y esta le devolvió la sonrisa. Se guiñó el ojo y siguió andando. No era su cara, pero no le importaba.

Bill había servido más whisky.

-Menudo farol me has puesto -dijo Nick.

-Nosotros podemos con todo, Wemedge -dijo Bill.

-Por qué brindamos? -preguntó Nick, levantando el vaso.

-Por la pesca -dijo Bill.

-Muy bien -dijo Nick-. Caballeros, brindemos por la pesca.

-Por toda la pesca -dijo Bill-. En todas partes.

-Por la pesca -dijo Nick-. Por eso brindamos.

-Es mejor que el béisbol -dijo Bill.

-No tiene ni punto de comparación -dijo Nick-. No entiendo cómo se nos ha ocurrido hablar de béisbol.

-Ha sido un error -dijo Bill-. El béisbol es un deporte para patanes.

Se bebieron todo lo que les quedaba en los vasos.

-Y ahora brindemos por Chesterton.

-Y por Walpole -lo interrumpió Nick.

Nick vertió el licor. Bill el agua. Se miraron. Se sentían muy bien.

-Caballeros -dijo Bill-, brindemos por Chesterton y Walpole.

-Eso mismo, caballeros -dijo Nick.

Bebieron. Nick llenó los vasos. Se sentaron en las grandes sillas delante del fuego.

-Eres muy sabio, Wemedge -dijo Bill.

-¿A qué te refieres? -preguntó Nick.

-Por haber roto con Marge -dijo Bill.

-Supongo -dijo Nick.

-Era lo único que cabía. De lo contrario, ahora estarías en casa trabajando para reunir dinero suficiente para casarte.

Nick no dijo nada.

-Un hombre, en cuanto se casa, está jodido del todo -añadió Bill-. Ya no tiene nada más. Nada. Ni una maldita cosa. Está listo. Ya has visto cómo acaban los que se casan.

Nick no dijo nada.

-Lo tienen escrito en la cara -dijo Bill-. Tienen esa expresión de gordo casado. Están listos.

-Claro -dijo Nick.

-Probablemente fue una pena romper -dijo Bill-. Pero siempre puedes encontrar otra que te guste, y entonces todo está bien. Enamórate de la que quieras, pero no dejes que te arruinen la vida.

-Sí -dijo Nick.

-De haberte casado con ella, habrías tenido que casarte con toda la familia. Acuérdate de su madre y de ese tipo con quien se casó.

Nick asintió.

-Imagínatelos todo el día por tu casa y teniendo que ir a comer el domingo a la suya y teniéndolos a comer en la tuya, y todo el rato la madre diciéndole a Marge lo que tiene que hacer y cómo ha de comportarse.

Nick permaneció en silencio.

-Has salido muy bien del asunto -dijo Bill-. Ahora Marge se puede casar con alguien como ella, tener su propia casa y ser feliz. No se puede mezclar el agua y el aceite. Eso sería como si yo me casara con Ida, la que trabaja para Stratton. A ella probablemente también le gustaría.

Nick no dijo nada. La bebida había ido apagando todo lo que estaba fuera de él y lo había dejado solo. Bill ya no estaba. Ya no estaba sentado frente del fuego ni iría a pescar mañana con Bill y su padre ni nada parecido. No estaba borracho. Todo se había esfumado. Todo lo que sabía era que antes tenía a Marjorie y que ahora no la tenía. Ella se había ido y era él quien la había echado. Eso era todo lo que importaba. Quizá nunca volviera a verla. Era lo más probable. Todo había terminado, acabado.

-Tomemos otro trago -dijo Nick.

Bill le sirvió. Nick se echó un poco de agua.

-Si hubieras seguido por ese camino ahora no estaríamos aquí -dijo Bill.

Era cierto. Su plan original había sido volver a casa y conseguir un trabajo. Después planeaba quedarse en Charlevoix todo el invierno para estar cerca de Marge. Ahora no sabía lo que iba a hacer.

-Probablemente ni siquiera iríamos a pescar mañana -dijo Bill-. Actuaste como debías, sí.

-No pude evitarlo -dijo Nick.

-Lo sé. Así son las cosas -dijo Bill.

-De repente todo se acabó -dijo Nick-. No sé cómo ocurrió. No pude evitarlo. Fue como el vendaval de tres días: que llega de repente y se lleva todas las hojas de los árboles.

-Bueno, se ha acabado. Así es la cosa -dijo Bill.

-Fue culpa mía -dijo Nick.

-No importa de quién fuera la culpa -dijo Bill.

-No, supongo que no -dijo Nick.

La única verdad era que Marjorie se había ido y probablemente nunca volvería a verla. Habían hablado de ir a Italia juntos y de lo bien que lo pasarían allí. De los lugares a los que irían juntos. Ahora todo se había acabado. Algo había quedado fuera de él.

-Lo más importante es que todo se haya terminado -dijo Bill-. Te lo digo, Wemedge, mientras duró estuve preocupado. Estuviste bien. Tengo entendido que la madre está muy enojada. Le había dicho a mucha gente que estaban comprometidos.

-No estábamos comprometidos -dijo Nick.

-Corría la voz de que lo estaban.

-No pude evitarlo -dijo Nick-. No lo estábamos.

-,No iban a casarse? -preguntó Bill.

-Sí. Pero no estábamos comprometidos -dijo Nick.

-,Cuál es la diferencia? -preguntó Bill inquisitivamente.

-No lo sé. Pero hay una diferencia.

-Yo no la veo -dijo Bill.

-Muy bien -dijo Nick-. Vamos a emborracharnos.

-Muy bien -dijo Bill-. Vamos a emborracharnos de verdad.

-Nos emborrachamos y luego vamos a nadar -dijo Nick.

Apuró su vaso.

-Lo siento muchísimo por ella, pero ¿qué podía hacer? ¡Ya sabes cómo era su madre!

-Era terrible -dijo Bill.

-De repente todo se acabó -dijo Nick-. No debería hablar de ello.

-No estás hablando -dijo Bill-. He sido yo quien empezó y ahora termino. No volveremos a hablar nunca más de ello. Tú no quieres pensar en eso. Podrías enredarte con ella otra vez.

A Nick eso no se le había ocurrido. Le había parecido tan definitivo. Esa idea lo hizo sentirse mejor.

-Claro-dijo-. Siempre hay ese peligro.

Ahora se sentía feliz. No había nada irrevocable. Podía ir al pueblo el sábado por la noche. Hoy era jueves.

-Siempre hay una oportunidad -dijo.

-Pero tienes que tener cuidado -dijo Bill.

-Tendré cuidado -dijo Nick.

Se sentía feliz. Nada había terminado. Nada estaba perdido. El sábado bajaría al pueblo. Se sentía más ligero, como se sentía antes de que Bill comenzara a hablar de eso. Siempre había una salida.

-Tomemos las escopetas y bajemos a la punta a ver si encontramos a tu padre -dijo Nick.

-Bueno.

Bill bajó dos escopetas del armero de la pared. Abrió una caja de cartuchos. Nick se puso su chaqueta Mackinaw y sus zapatos. Los zapatos, al secarse, habían quedado duros. Todavía estaba bastante borracho, pero tenía la cabeza clara.

-¿Cómo te sientes? -preguntó Nick.

-Muy bien. Llevo una buena curda -Bill se estaba abrochando el suéter.

-No sirve de nada emborracharse.

-No. Deberíamos salir afuera.

Se dirigieron a la puerta. Soplaba un vendaval.

-Con este viento los pájaros no andarán volando -dijo Nick. Pusieron rumbo al huerto.

-Esta mañana he visto una becada -dijo Bill.

-A lo mejor la encontramos -dijo Nick.

-Con este viento no se puede tirar -dijo Bill. Ahora que estaban afuera, la cuestión de Marge no parecía tan trágica. Ni siquiera era muy importante. El viento lo disipaba todo.

-Viene del gran lago -dijo Nick.

Oyeron el estampido de una escopeta en dirección contraria al viento.

-Ese es papá -dijo Bill-. Está en el pantano.

-Cortemos camino -dijo Nick.

-Cortaremos por el prado de abajo, a ver si encontramos algo -dijo Bill.

-Está bien -dijo Nick.

Nada de eso era importante ahora. El viento lo disipó de su cabeza. Siempre podía bajar al pueblo el sábado de noche. Era una suerte tener esa oportunidad.

FIN


“The Three-Day Blow”,
In Our Time, 1925




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