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Trío

[Cuento - Texto completo.]

Adolfo Bioy Casares

1. JOHANNA

 

Tal vez porque me gustan los libros de memorias, quiero escribir uno, pero en cuanto me pongo a recordar, me pregunto ¿a quién voy a divertir con esto? No fui a una guerra, no me dediqué al espionaje, no cometí asesinatos, ni siquiera intervine en política. Parece inevitable que mi libro consista en descripciones de estados de ánimo, como los cuentos que me traen escritores primerizos y vanidosos. Un colega me dijo: «El que se demora demasiado en examinar sus proyectos, no los ejecuta. Para escribir no hay mejor receta que escribir». No sé por qué estas palabras me comunicaron confianza. La aprovecharé para contarles un episodio ocurrido a lo largo de tres noches de 1929.

En la primera, una noche de luna, me crucé en la calle Montevideo, entre Quintana y Uruguay, con un grupo de personas que reían y cantaban. Una muchacha me llamó la atención, por su belleza, por sus facciones tan nítidas, por la blancura de la cara. Debí mirarla con algún detenimiento, porque me hizo una reverencia, más alegre que burlesca. En los días que siguieron volví, con diversos pretextos, a ese tramo de la calle Montevideo.

Por último la encontré. Se llamaba Johanna Glück, era descendiente del músico, había nacido en Austria, se había educado en Buenos Aires, mejor dicho en Belgrano, estaba casada con un viejo señor muy serio, un juez en lo penal, el doctor Ricaldoni. Esa noche, la segunda de la serie, en un hotel de las barrancas de Vicente López (el caserón de una antigua quinta, con un vasto jardín del que recuerdo un eucalipto y la vista al río) me contó que la noche que nos cruzamos en la calle Montevideo soñó que yo la robaba en un automóvil Packard. Me sentí halagado, sobre todo por mi papel en el sueño, pero también por el automóvil. La vanidad es bastante grosera.

Volvimos en tren a Buenos Aires. La acompañé hasta su casa, en la calle Tucumán. Eran casi las dos de la mañana.

—Es tarde. Ojalá que no tengas un disgusto con tu marido.

—No te preocupes —me contestó—. Yo me arreglo.

Quise creerle, aunque mi experiencia de muchacho supersticioso me enseñaba que basta ceder un instante a los halagos de la vanidad, para recibir castigo.

Al día siguiente me despertó el teléfono. La reconocía aunque hablaba en un murmullo. Me decía:

—Adiós. Nos vamos a la quinta en Pilar. Le conté todo a mi marido. Perdoname.

«Le previne», pensé con alguna irritación. «La pobre estaba tan segura. ¿Qué puedo hacer? Por ahora, nada. Esperar que se presente la oportunidad».

Como faltaba poco para los exámenes, decidí estudiar. No logré concentrarme. En realidad, no sabía qué hacer conmigo. ¿Por qué me pidió que la perdonara? ¿Al decir «adiós» me dijo «hasta la vuelta» o «adiós para siempre»? Yo no sabía que la quería tanto.

Sin duda la comunicación fue demasiado rápida y dejó demasiado por aclarar. Porque no sabía qué hacer recorrí en un diario la columna de avisos de automóviles de segunda mano. Leí: Packard 1924, 12 cilindros, estado inmejorable, $ 600, casa Landívar y un número de la calle Florida. Después miré el programa de los cines. Nada de lo que me anunciaban me atraía. En el Petit Splendid daban El Sheik, película que había visto años atrás y de la que solo recordaba, o creía recordar, a Rodolfo Valentino, vestido de árabe, a caballo, con la heroína en ancas.

Llamó el teléfono. Atendí precipitadamente y me llevé un desencanto: no oí la voz que esperaba, sino la de un amigo, que me proponía un trabajo. La traducción del francés, para un estudio jurídico, de ciertos documentos de una querella por uso indebido del nombre de una famosa agua de Colonia.

—Pagan bien —dijo el amigo—. Cien pesos por página.

«Que se los guarden», iba a replicar, pero reflexioné que al menos por un rato ese trabajo me obligaría a pensar en otra cosa, y acepté. Después de prevenir a mi madre que no almorzaría en casa, me largué al estudio.

Revisé los documentos y pregunté:

—¿Cuándo hay que entregar la traducción?

—Hoy.

Me llevaron a un cuartito, donde había máquina de escribir y todo lo necesario, inclusive un diccionario francés-español y uno francés, de derecho y jurisprudencia. Estuve atareado hasta promediar la tarde, sin más interrupción que la de una tacita de café negro. Traduje, corregí, pasé a máquina. Entregué seis páginas. Con seiscientos pesos en el bolsillo fui lo más rápidamente que pude a la casa Landívar.

El Packard era un armatoste gris, de capot larguísimo, bordeado por dos hileras de bulones que le daban aspecto de tanque blindado. Tenía la capota como nueva y llevaba parantes laterales, o cortinas, con sus ventanitas de mica. Salí a probarlo, acompañado del vendedor, señor Vilela: criollo, moreno, petiso, flaco, huesudo, peinado con gomina, de traje cruzado. Cuando llegamos de vuelta a la agencia, me preguntó:

—¿Qué nota vas a ponerle, pibe?

—¿Al Packard? ¡Diez puntos! Pero quiero hacer una pregunta estúpida. ¿No tendrá alguna falla secreta?

—Mira, pibe, a vos no te miento. El Packard 12 es un gran auto, con una falla secreta, que todo el mundo conoce. Es gastador. Veinte litros cada cincuenta kilómetros. Yo que vos me compraba un Packard menos poderoso. Te va a salir más caro, pero más barato. No sé si me explico.

—Entonces, no compro.

—¿Un antojo por el 12 cilindros?

—No es eso. Tengo seiscientos pesos y chauchas. El coche y la nafta.

—El antojo, pibe, es mal consejero. ¿Vas a pagar en efectivo?

—En efectivo, si me lo llevo ahora.

—Con un permiso por tres días. Mañana o pasado me llamás, nos damos una vueltita por la Dirección de Tráfico y ponemos todo en regla. Eso sí, pibe, no dejes que el Packard se te suba a la cabeza y te estrelles por ahí.

—¿Le parece que puedo largarme a Pilar?

—¿Por qué no?

—Por las lluvias de anoche.

—Bajo mi responsabilidad. El Packard 12 es un tractor para el barro.

(La historia ocurrió antes de 1930. Los caminos eran de tierra).

Si mal no recuerdo, por la avenida San Martín salí de Buenos Aires. No tardé en tomarle la mano al coche. Al principio fui más bien prudente, pero a la altura de San Miguel noté que no había auto que no dejara atrás y entré en Pilar manejando con insolencia, como si gritara: «Abran paso, acá voy yo».

Es verdad que no había a quién gritar. Toda la gente debía de estar metida en su casa: era la hora de comer. A un transeúnte solitario le pregunté dónde quedaba la quinta de Ricaldoni. La explicación resultó demasiado larga para mi capacidad de atención. Consulté a un segundo transeúnte y todavía pasé un rato dando vueltas, antes de acertar con la quinta.

Iba a decir al que me abriera: «Quiero hablar con la señora». Abrió el marido. «Mejor así», reflexioné. «Menos postergaciones». Dije:

—Quiero hablar con Johanna.

—Pase, por favor —me contestó.

Era un hombre alto, pálido, sin duda más joven de lo que yo suponía. Aunque esta circunstancia, un cambio en la situación prevista, me desconcertó un poco, reflexioné: «Mejor así. Pelearse con un viejo tiene que ser desagradable».

Pasé a un salón, creo que bien amueblado. Había una chimenea con el fuego encendido y flores en los floreros. Una escalera llevaba al piso alto.

—Vengo a buscar a Johanna —dije.

—Celebro que haya venido. A veces, hablando uno se entiende.

—Quiero hablar con ella.

—Cuando oí el timbre, bajé a abrir, porque sabía que era usted.

—¿Cómo sabía?

—Usted la conoce a Johanna. Mi mujer tiene el don de hacernos ver las personas que nos describe.

Me impacientaba la conversación y no quería oír lo que Ricaldoni iba a decirme. También me molestaba (aunque no sabía por qué) ese cuarto con sillones que invitaban a quedarse, con la chimenea y las flores, con fotografías de Johanna riendo como en la primera noche, en la calle Montevideo, a la luz de la luna. Traté de argumentar, pero la dificultad de ordenar los pensamientos me desanimó. Para concluir de una vez, dije, levantando la voz:

—Si no la llama, voy a buscarla.

—No lo haga —dijo Ricaldoni.

—¿Por qué? —pregunté a gritos—. ¿Usted no me deja? Ya verá.

—¿Qué pasa? —preguntó desde lo alto Johanna.

Estaba apoyada en la baranda de la escalera. Me pareció más linda que nunca, más pálida y muy seria. El pelo le caía sobre los hombros.

—Vine a buscarte —le grité.

Dijo:

—¿A buscarme? Nadie me preguntó si yo quería.

Hubo un silencio. Por último dijo Ricaldoni:

—Yo hablaré con el joven.

—Te lo voy a agradecer —dijo Johanna.

Se fue. Oí que cerraba una puerta.

—No entiendo —dije como un autómata.

—¿Porque usted la quiere? Nosotros también nos queremos.

Murmuré:

—Yo pensé que ella…

Al notar que yo no concluía la frase, dijo:

—Ya lo sé, y me hago cargo: debe de ser penoso. Permítame ahora que le explique cómo veo el asunto. Lo de ustedes es el impulso de un momento. No es nada, no ha pasado nada. Lo nuestro es la vida misma.

¿Le habría mentido Johanna? No supe qué pensar, pero entendí que sobre la cuestión no debía pedir aclaraciones. Alegué entonces:

—¿Y por qué lo nuestro no será un día la vida misma?

—¿Por qué no? Sin embargo, lo más probable es que para usted sea un episodio, al que seguirán otros. La vida es larga y la tiene por delante. Johanna y yo la recorrimos juntos.

«Una cantinela que debo oír por ser joven», me dije, pero también pensé que si Johanna no me quería de veras, el hombre tenía razón. Me sentí vencido y murmuré:

—Me voy.

Estaba tan perturbado que al salir de la quinta me pregunté si, para volver a Buenos Aires, había que doblar a la derecha o a la izquierda. Doblé a la izquierda. Primero pensé que era triste haber concluido así con Johanna y al rato me pregunté si no me faltó coraje. Puede ser, pero la otra posibilidad era pelear, de mala fe y como un insensato. Por cierto, después de mi llegada en el Packard (ya me veía como el sheik a caballo, seguro de raptar a la heroína), me retiraba echado por ella y por el marido (peor aún: echado paternalmente por el marido). El desenlace era doloroso para la vanidad, pero no veía cómo encontrar una solución mejor.

 

2. DOROTEA

 

El camino, ancho y firme al principio, a poco andar se encajonó entre hileras de árboles muy altos y se volvió barroso. Pensé: «En cuanto pueda, maniobro y me voy por donde vine. Éste no puede ser el camino a Buenos Aires». De pronto vi a un hombre que se ocultaba o, más probablemente, se parapetaba detrás de un árbol, para evitar que lo encandilara con los faros. Quizá yo cavilara aún sobre mi falta de coraje frente a Ricaldoni, porque me dije: «Dos veces, no» y paré el coche.

—¿Voy bien para Buenos Aires? —pregunté.

—Va bien para el Open Door.

El hombre se asomó, sonrió y me miró con ojos que no parpadeaban. Era bajo, fornido, de pelo revuelto y barba crecida, de tez blanca, aunque todo él parecía oscuro y rojizo, con algo de carbón incandescente. Pensé: «Parece escapado del Open Door». No niego que los locos me asustan. Pregunté:

—¿Podré dar la vuelta?

—Y encajarse —contestó—. A unos quinientos metros hay una loma de piso firme.

—¿Lo llevo hasta la loma?

—Si no es molestia. —Subió, se acomodó y comentó:

—Se está bien acá.

Puse primera, aceleré, rugió el motor, las ruedas giraron velozmente. El coche quedó donde estaba.

—Así lo empantana más —previno el hombre. Bajó, recogió ramas, las puso debajo de las ruedas de atrás y dijo:

—Cuando le avise, arranque. Yo empujo.

De nuevo las ruedas giraron sin que el coche se moviera. El hombre se asomó. La cara, salpicada de barro, parecía más pálida y casi patética. Dijo:

—Voy a juntar más ramas.

Se desató un chaparrón. A través de la mica de las cortinas pude ver cómo el agua le limpiaba la cara y lo empapaba. Entreabriendo la puerta dije:

—Suba.

—Un gran coche —comentó—. Cuando pare el agua, pongo otras ramas y va a salir. Andar en un coche así es un lujo.

En un impulso de generosidad le dije que lo llevaría a su casa. Después de una pausa, pregunté:

—¿Dónde vive?

—En Open Door. Más precisamente, en el Open Door. El manicomio, ¿sabe? No se preocupe: me llevaron por loco, pero no estoy loco. Un médico, del que me hice amigo, consiguió que me dieran cama y comida, a cambio de trabajitos en la instalación eléctrica, que es un desastre. Soy electricista aficionado, amateur. Eso es lo que soy. No lo que fui.

—¿Qué fue?

—Hará cosa de veinte años, en otra vida según me parece, fui profesor de literatura.

—¿En la facultad?

—En un liceo. Enseñar me gustaba mucho, pero un día tuve que renunciar porque me llevaba mal con la directora.

—¿Y con las alumnas?

—Muy bien.

—¿Queda lejos el Open Door?

Sacudió la cabeza y dijo:

—No, y ya me acostumbré a estas caminatas. ¿Para qué va a desandar camino? ¿Cómo se extravió?

—Nunca estuve en la zona.

—¿No me diga que vino buscando alguna mujer?

—¿Por qué se le ocurre eso?

—Por nada. Locuras mías.

Parecía cuerdo, pero el hecho de que viviera en un manicomio me alarmaba y empecé a preguntarme si me tocaría estar mucho tiempo con un loco, encerrado en el auto, un cuartito más oscuro que la noche, azotado por la lluvia y por ráfagas de viento que lo estremecían como si fueran a voltearlo y arrastrarlo.

—¿Su amigo es el médico que lo atiende?

—No me atiende ningún médico. Mi amigo, el doctor Lucio Herrera, es el médico que me revisó cuando llegué. Tuvimos una larga conversación.

—Lo que siempre pasa.

—Yo le conté mi historia y él me contó la suya.

—¿El médico le contó su historia?

—La historia de su vida. Bastante dolorosa, le aseguro. ¿Quiere oírla?

Dije que sí. En las circunstancias, no iba a desperdiciar nada que pudiera distraerme. Contó:

El médico y su mujer, Dorotea Lartigue, tuvieron una hija llamada Dorotea. Se querían, durante años fueron felices, pero llevado por su vocación, el médico se dejó acaparar por el trabajo, que era excesivo, y solía volver a su casa con los nervios alterados. Se disgustaron. A fuerza de conversaciones francas, llegaron a la ruptura y a la separación. Después de un tiempo, la mujer partió a Francia, con la hija, a visitar a unos parientes.

—¿Él no se opuso?

—No tenía por qué. Nunca dejó de quererla. La respetaba, la consideraba una persona de criterio.

Retomó el relato: el doctor Herrera se entregó al trabajo, porque era su pasión y también, lo confesó, porque así ocupaba la mente. A medida que pasaban los años, la ausencia de la mujer se le volvía más dolorosa. Se dijo que por mucho que la hubiera querido, mientras fueron felices no entendió cuánto la necesitaba. Sin ella estaba solo. En el hospital donde trabajaba (si la memoria no me engaña, el Hospicio de las Mercedes) conoció a la delegada de una sociedad de beneficencia, una señorita joven, alta, rubia, pecosa, muy derecha, que le recordó a Dorotea. «En un rápido golpe de vista, podía confundirla», dijo el doctor. El parecido provenía menos de las facciones que de la manera de moverse y del color de la piel y del pelo. En cuanto vio a esa joven, se sintió atraído y empezó a quererla. Reprimía apenas las ganas de decirle que la quería porque le recordaba a su mujer. Quizás el afán de hablar de Dorotea lo llevó a razonar que si el parecido consistía en un cierto encanto, debía de provenir de afinidades que eliminaban el riesgo de un rechazo. Al oír el nombre, la delegada preguntó: «¿Dorotea qué?» «Lartigue», contestó, y le preguntó si nadie le había dicho que se parecían. «Yo no lo hubiera tolerado». Por la confusión en la que se hallaba, perdió algunas palabras, pero oyó claramente: «Una loca, el hazmerreír de los hombres». Dominándose como pudo, preguntó si la conocía personalmente. No, aunque vivieron en la misma casa, de la Avenida de Mayo, en el tercer piso ella, con su madre y su hermana, en el quinto Dorotea. (Herrera confirmó: a poco de separarse, Dorotea se mudó a un departamento en la Avenida de Mayo). La delegada explicó que el ascensor era negro de hierro forjado, con firuletes y rosetas. «Una jaula rococó.» «No es necesario que lo describa», dijo él. «Muy necesario. Mi hermano, una noche que volvió tarde, me contó que esa loca le pidió que le hiciera el amor antes de llegar al tercer piso. De no ser el ascensor una jaula transparente, el portero no ve nada». Con un resto de voz preguntó el pobre Herrera: «¿Qué vio?» «Con sus propios ojos, el cuadro vivo que representó la tipa. El gallego tenía labia y con dos o tres detalles bien elegidos pintó una escena que no olvidaré».

Como el hombre se había callado, dije:

—Qué desilusión para su médico.

—Más bien espanto y, en seguida, furia contra la delegada, por decir lo que dijo y también un impulso de proteger a Dorotea, su único amor.

—¿Y no sintió contra ella ningún resentimiento?

—Tal vez lo sintiera, pero cuando contó la historia no se acordó de mencionarlo. En todo caso, pasada la primera impresión, el doctor comprendió que el episodio dejaba ver la soledad en que nos encontramos después de separarnos de una persona querida. «Yo también estaba desesperado», me explicó. «Si no fuera así, no hubiera descubierto en esa delegada un parecido inexistente». Comprendió que Dorotea y él, por enojo, por amor propio, habían cometido un error imperdonable. Quiso correr a sus brazos y decirle que no podía vivir sin ella.

—¿Dónde estaba la mujer? —pregunté.

—Se había quedado en Francia. En una ciudad del sur. Pau, creo que se llama.

—¿Su amigo Herrera tomó el primer barco?

—Escribió para anunciar el viaje. No iba a aparecer de repente, como un loco, y decir: «Vengo a buscarte». Hacía tiempo que no recibía cartas de Dorotea. A ninguno de los dos le gustaba escribir, pero ella, de tanto en tanto, le mandaba unas líneas para informarlo sobre la salud y la marcha de los estudios de la hija.

—¿Y qué pasó?

—Finalmente recibió la carta. Con mano ansiosa abrió el sobre y sacó una hoja escrita a máquina, firmada Dorotea. Antes de leerla, dio una ligera recorrida a los renglones. Se detuvo en las palabras Mamá estuvo enferma y murió el 17 de abril. Se preguntó: «¿Cómo? La señora (así llamaba a la suegra) murió hace años». Leyó el último renglón: Tu hija Dorotea. Releyó la frase porque le costaba entender. Mamá estuvo enferma y murió el 17 de abril. En esas pocas palabras procuraba encontrar algo que no hubiera advertido, una explicación, tal vez mágica, todavía probable para él, de que la noticia no era la que tenía ante los ojos. De nuevo releyó la carta. Por algunas referencias y, más que nada, por el tono, comprendió que su hija se había sobrepuesto a la pena. Vivía, ahora, con una tía, Evangelina Bellocq, en Burdeos y acababa de obtener las más altas clasificaciones en exámenes de primer año de arquitectura.

El pobre Herrera estaba tan mal que reaccionó con despecho ante esas informaciones de triunfos universitarios. Postergó la respuesta, porque no tenía ánimo para ponerse a escribir, y el viaje a Francia, porque no quería presentarse ante su hija, hasta sentirse capaz de dominar la desesperación.

Ahora veía la soledad anterior como una trampa que le había tendido el amor propio y de la que hubiera salido con un poco de buena voluntad. Ahora sabía lo que era estar irremediablemente solo. A menos, pensó…

—A menos ¿qué?

—A menos que olvidara su resentimiento contra esa hija que lo había disgustado, tal vez por torpe, no por insensible. Algo de la madre encontraría en ella, por ser la hija y por vivir juntas. ¿Cuántos años? Muchos más de los que él vivió con Dorotea. De nuevo escribió, para anunciar su llegada, y partió sin esperar respuesta.

El viaje por mar le pareció interminable. Al final de la última noche, en la bahía de la Vizcaya, el barco pasó de pronto de los crujientes zarandeos a una navegación deslizada, de extraordinaria serenidad. Herrera se levantó y subió a cubierta. Era una mañana luminosa. Por un río de color verde claro, a través de campo tendido y verde, llegó a Burdeos. Siempre me describía todo esto como si volviera a verlo. Pensó que una llegada tan espléndida debía de ser de buen augurio.

La lenta navegación por el río, las maniobras junto al muelle, el desembarco, llevaron toda la mañana. Tomó un taxi para ir al hotel: el Pyrenée, si mal no recuerdo. Dejó el equipaje en el cuarto, bajó al restaurante, almorzó con apuro. Después preguntó al conserje si la calle donde vivía la señora Bellocq quedaba lejos. «A diez minutos», dijo el hombre. Eran las tres de la tarde. Ya salía, pero recapacitó: «Con este calor quizá duerman la siesta». Para no llegar intempestivamente, se demoró un rato por los alrededores del hotel y, sin advertirlo, se alejó. A eso de las cuatro se presentó en la casa de la señora Bellocq. La portera le dijo que todo el mundo había partido de vacaciones. «¿La señorita Herrera, también?» preguntó. «¿La señorita Herrera? No conozco», respondió la portera, y agregó que la señora Bellocq había partido con el señor y la señora Poyaré. Repetía, con un vaivén de la cabeza: «Todo el mundo a Pau, todo el mundo a Pau».

Volvió al hotel y preguntó al conserje dónde la gente estudiaba arquitectura en Burdeos. El hombre le dijo que en la Escuela de Bellas Artes. Preguntó si quedaba lejos. No, pero la encontraría cerrada. «Todo está cerrado», aseguró el conserje. «Es agosto, las vacaciones son largas, hay que cosechar la uva». Herrera dijo que por si acaso pasaría por la Escuela y preguntó cómo ir. «Como a la iglesia Sainte Croix». «¿Y cómo voy a la iglesia?».

La explicación fue clara y el trayecto largo. Por cierto la Escuela estaba cerrada. No había timbre. Llamó con un pesado eslabón de hierro. Un bedel, que por fin entreabrió, la puerta, dijo: «¿Una estudiante de nombre Herrera? No conozco. Y mire que no es fácil que a mí se me traspapele una mujer».

Esa tarde viajó en tren, a Pau. Cuando llegó al hotel le dijeron: «Ya hemos servido la cena, pero si baja a nuestro restaurante, veremos que no se muera de hambre». El restaurante, que estaba en la penumbra, tenía una sola mesa, muy larga (como el comedor de una casa en que vive una familia numerosa). Lo iluminaron parcialmente y le dijeron: «Buen provecho». Porque la comida le gustó, pero sobre todo porque estaba nervioso, comió demasiado.

A pesar del cansancio, durmió bastante mal. Tuvo sueños desagradables. En un sueño, los brillantes exámenes de la hija eran mentira; en otro, la buscaba por toda Europa y por el norte de África. En una casa de baños turcos, de mala fama, en la ciudad de Marruecos, estaba a punto de encontrarla, cuando despertó.

A las siete bajó al restaurante, a tomar el desayuno. Ya había gente alrededor de la mesa. Una suerte de Hércules, de traje impecable y ajustado, se levantó, le estrechó la mano. «Me llamo Casau», dijo. «Por el señor Casterá, el hotelero, supe que el señor es argentino. Yo voy todos los años a Buenos Aires y debo muchas atenciones a los argentinos. Me pongo a su disposición». Herrera le preguntó si iba a Buenos Aires por negocios. El Hércules contestó: «En cierto modo. Lucha grecorromana en el Casino. Con toda la troupe, Constant le Marin, el vasco Ochoa, etcétera. Y a usted ¿qué lo trae por acá?». «He venido a visitar a mi hija», dijo Herrera. «En Pau tuvimos una señora, que falleció, y una señorita, de su mismo nombre.» «Mi señora y mi hija». Casau explicó: «Ya no es la señorita Herrera. Es la señora Poyaré. Como usted sabrá, la boda fue en julio». Uno de los que desayunaban terció: «Poyaré, con un tal Lacoste, se metió en un negocio de tisanas. Lacoste las trae de las altas montañas (dijo hautes montagnes, aspirando la hache) y Poyaré las distribuye por las farmacias. No creo que se hagan ricos». Herrera dijo: «Voy a pasar por la Villa Xilá, de los Lartigue, a ver si están». «¿Para qué se va a costear?», preguntó Casau. «Yo averiguo por teléfono».

Muy pronto volvió y dijo: «Están en Salies de Bearn. Una ciudad pintoresca por el río y por los árboles, que vive de sus termas o, mejor dicho, de quienes creen en sus termas». Herrera preguntó: «¿Se puede ir en el día?» «No son las ocho», respondió el hotelero. «Si toma el tren que sale de acá abajo a las nueve y quince, llega a Salies antes de las doce».

Buscó las valijas, pagó. Casau le dijo que lo llevaría en el auto hasta la estación. Al poner el coche en marcha, preguntó: «¿O quiere que demos una vuelta y le muestre Pau?» «Me gustaría ver la Villa Xilá», dijo. «No hay inconveniente. Va a perdonar, eso sí, que apriete un poco el acelerador. El tiempo es justo y la villa queda en las afueras, en la ruta de Burdeos».

Era una casa gris, de revoque desvaído, angosta y alta, con techo de pizarra, rodeada de árboles. Herrera bajó del coche y estuvo unos instantes contemplándola.

Volvieron al centro de la ciudad, entraron corriendo en la estación y alcanzó el tren cuando arrancaba.

La belleza de un río, que se deslizaba paralelamente a las vías, le infundió tranquilidad. A pesar de la breve y melancólica visita a la casa donde murió su mujer, no iba a desanimarse. Por fin se reuniría con Dorotea. Desde hacía tiempo no llamaba a su hija por el nombre.

Cambió de trenes en Puyóo, o algo por el estilo, y ya en Salies, tomó cuarto en un hotel. Creo que el Park. El conserje le aseguró que ningún Poyaré figuraba en sus registros, pero que no había mejor lugar que las termas, para dar con la gente. Le dijo que siguiera por la calle del hotel y más allá del Casino, encontraría el Establecimiento.

La decoración era de estilo morisco, Herrera tuvo un sobresalto desagradable sin saber por qué, pero sus emociones variaron rápidamente cuando la hija entró en la sala, corrió a sus brazos y exclamó: «No puedo creer». «Yo tampoco», dijo él. «Pensé que estabas enojado. Como no recibí contestación a mi carta, pensé que te había disgustado sin darme cuenta. No me atreví a escribirte de nuevo.» «Yo tampoco tuve contestación a la carta en que te anunciaba mi llegada.» «No la recibí. Probablemente la voy a encontrar en Pau o en Burdeos». Herrera le preguntó: «¿Estás contenta de haberte casado?». Ella dijo que no le avisó por no atreverse a escribirle y porque no podía mandarle una simple invitación impresa. Exclamó: «¡Cavilé tanto! Muerta mamá, pensé que yo te traería recuerdos tristes. O que no me perdonabas porque me llamaba como ella y era otra». Le preguntó por Poyaré. Estaba anémico. Por él habían venido a Salies, pero al parecer las aguas le provocaron efectos raros y no se atrevía a salir del hotel. Dorotea aclaró: «Acá todos me dicen que esos efectos son frecuentes al principio de la cura». Le preguntó si ella también estaba enferma. «Estoy perfectamente», dijo Dorotea, «pero me anoté para acompañarlo y ya que pagué, aprovecho».

Mientras caminaban por una calle arbolada pensó que le daban ganas de vivir en Salies. Recordó la frase: «una ciudad pintoresca por los árboles». El follaje era tan verde que al mirar la sombra, le pareció que estaba teñida por la tonalidad de las hojas. Frente al hotel Park dijo Herrera: «Aquí tengo un cuarto». «Nosotros no podemos darnos esos lujos», comentó la hija. Poco después llegaron al Hotel de París. «No se compara con el Park», dijo Dorotea. En el salón, encontraron a Poyaré, que se levantó del sillón en que estaba hundido y avanzó con una larga mano abierta, fría y húmeda. Tenía la cara rosada, el pelo rubio, la raya al medio. «Señor», dijo, «soy su yerno» (en francés, Beau-fils).

Herrera comentó que el Hotel de París le parecía agradable y poco después los invitó al Park a almorzar. Con inesperada firmeza, casi con irritación, replicó Poyaré que en Francia ellos eran dueños de casa y que «siempre y cuando la inferior categoría del hotel no importara un sacrificio muy grande», almorzarían en el de París y el señor Herrera sería el invitado de honor.

Durante el almuerzo, Poyaré explicó las virtudes de las aguas de no menos de seis o siete establecimientos termales de los Pirineos, para concluir que la de Salies, como dijo el doctor Reclus, era la reina de las aguas saladas. «Pero usted faltó a los baños», observó Herrera. «Por fuerza mayor», previno Poyaré y admitió que la cura, en esos primeros días, le había provocado efectos curiosos. Aclaró: «Acepte mis seguridades de que no bebí lo que se llama un trago del agua termal».

Después del almuerzo, el yerno se retiró a la habitación, para cumplir fielmente la cura, que exigía siesta por las tardes, y Herrera y su hija emprendieron un largo paseo en automóvil de alquiler por los valles de la región, por las aldeas y las ciudades. Herrera se maravilló de las casas que veía. Tenían por lo general techo de pizarra y eran dignas y grandes. Mientras tanto Dorotea hablaba con elocuencia de su marido, que reunía méritos extraordinarios, y del estudio de la arquitectura, cuyo propósito irrenunciable era el logro de viviendas «menos espaciosas, pero más lógicas, más prácticas, y por eso más dignas que las de esta región». «¿Qué tienen de malo?», se atrevió a preguntar. «Despilfarro de materiales y de espacios. Cómo me gustaría que hablaras con mi profesora, la señorita Vaillant, discípula de Le Corbusier, que le firma los proyectos». Estuvo a punto de preguntar: «¿Cuál de los dos sale perjudicado?», pero se le ocurrió que esas palabras podían parecer irrespetuosas y las cambió por éstas: «¿Quién es Le Corbusier?». La hija contestó: «El primer nombre de nuestra profesión. El genio de la revolución de lo moderno».

Esa noche, cuando por fin llegó a su cuarto del hotel Park, estaba cansado y triste. Para el cansancio había causas evidentes: los viajes y las emociones de los últimos días. ¿Para la tristeza? ¿Poyaré? No parecía un canalla ¿y qué más puede alguien pedir del cónyuge de otra persona? ¿O le molestaba el proyecto de la hija, de sustituir las casas de la región por casitas modernas? Un error, quizá, pero ¿qué sabía él? Y, en todo caso, no era más que un proyecto que tal vez nunca se cumpliera. Como quien razona para calmar a otro, se dijo: «Además, nada de esto me concierne». No se calmó. Se entristeció más aún.

Creyó que había pasado la noche despierto: sin embargo, estaba seguro de que en algún momento despertó sobresaltado porque entraba de nuevo en el baño turco de su pesadilla de Pau o en las termas moriscas de Salies y oía las palabras: «Nada de esto me concierne». ¿Por qué, de todas las cavilaciones de la noche, le quedaba esa frase? De pronto pensó: «No la hubiera dicho si se tratara de mi mujer». Buscar a Dorotea en la hija fue una ilusión desesperada. Toda persona es irremplazable.

 

3. CLEMENTINA

 

—Toda persona es única —dije—. Una gran novedad.

—Por eso busco a Clementina, mi mujer. Aunque me metan preso.

—¿Por qué van a meterlo preso?

La lluvia y el viento arreciaron con tal furor que de pronto me pregunté si no se desataría un huracán. Mi compañero silbó; después empezó a cantar:

 

Yo busco a mi Titina,
la busco por Corrientes…

 

En ese momento me pareció loco. Para que no siguiera cantando, repetí la pregunta:

—¿Por qué van a meterle preso?

—La otra vez me salvé de la cárcel, porque me revisó un médico y me mandó al manicomio.

—¿Usted qué había hecho?

—Nada. Me acusaron de intento de violación y maltrato a menor.

—Casi nada. ¿Le gustan las jovencitas?

—No particularmente.

—¿Entonces?

—Cuando un hombre de mi edad habla con una chiquilina, piensan mal.

—¿Es tan necesario que hable con chiquilinas?

—¿Quiere que me ponga a hablar con viejas? Usted, señor, no entiende nada.

—Es posible.

—Clementina murió en 1914. Por favor, calcule mentalmente, si puede. Quince años. ¿Tiene sentido buscarla en alguien que vivía cuando ella murió?

—¿Usted cree en la reencarnación?

—Más increíble es que el alma desaparezca. Todo el mundo se da cuenta de las diferencias que hay entre alma y cuerpo. El cuerpo envejece. Peor todavía: muere.

—Y usted ¿quiere encontrar a su mujer en otra?

—En una chica de quince años justos. Ni uno más ni uno menos. Piense: ¡hay tantas! y solo una es mi mujer, y haga de cuenta que está disfrazada. Mire si es complicado reconocerla, y también que me reconozca, ya que en el mejor de los casos empezará a recordarme como a quien fue su marido en un sueño olvidado… No estoy en situación de perder un minuto, como lo hago ahora, conversando en un auto que no camina, con un muchacho que no entiende. Me afano en algo casi imposible, pero quiero creer que si doy con ella nos reconoceremos por una revelación mutua, porque el entendimiento entre hombre y mujer es tan único a veces como las personas.

—Dijo que lo acusaron de mal trato.

—Créame, fue solo despecho, y también una irritación difícil de reprimir si uno descubre que la persona es otra, no la que busca. El doctor Herrera en seguida comprendió.

*FIN*


Historias desaforadas, 1986


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