Casa digital del escritor Luis López Nieves


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Culto secreto

[Cuento - Texto completo.]

Algernon Blackwood

Harris, un comerciante en sedas cruzaba el sur de Ale­mania de regreso a su país tras un viaje de negocios, cuando, de repente, se le ocurrió la idea de coger en Estrasburgo el tren de las montañas y acercarse a visitar su antiguo colegio tras una ausencia de algo más de treinta años. Este impulso fortui­to del socio más joven de la firma Harris Brothers de St. Paul’s Churchyard proporcionaría a John Silence uno de los casos más extraños de toda su carrera, pues daba la casualidad de que, en aquel preciso momento, recorría a pie con una mochi­la a la espalda aquellas mismas montañas; y aunque ambos hombres habían partido de puntos muy alejados entre sí, el caso es que los dos se dirigían a la misma posada.

Pues bien, en lo más hondo del corazón de Harris, que du­rante los últimos treinta años se había ocupado casi de for­ma exclusiva del lucrativo negocio de la compraventa de seda, aquel colegio había dejado una marca indeleble y, aun­que es posible que ni él mismo se diera cuenta de ello, había ejercido una influencia decisiva en toda su vida posterior. El colegio en cuestión pertenecía a una comunidad protestante (no es necesario especificar cual) entregada a una vida pro­fundamente religiosa. Cuando tenía quince años su padre le había enviado allí, en parte para que aprendiera el alemán necesario para desenvolverse en el negocio de la seda, y en parte porque la disciplina era muy estricta; y si había algo que su alma y su cuerpo necesitaban en aquel momento era, por encima de todo, disciplina.

La vida en aquel lugar había resultado extremadamente dura, y el joven Harris había sacado mucho provecho de ello, pues si bien no se practicaba el castigo físico, existía un sis­tema de correctivos espirituales y mentales que permitía que el alma mantuviera intacto su orgullo, a la vez que se atacaba de raíz la falta cometida, haciendo ver al muchacho que aquélla era una forma de fortalecer y purificar su carácter y no una mera tortura a la que se le sometía con ánimo de ven­ganza.

Todo aquello había ocurrido hacía ya algo más de treinta años, cuando Harris no era más que un adolescente soñador e impresionable. Ahora, mientras el tren ascendía con lenti­tud, serpenteando entre los barrancos de las montañas, su mente, no sin cierta ternura, viajaba en el tiempo saltándose los años transcurridos desde entonces y muchos detalles ol­vidados surgían de entre las sombras y volvían a presentarse nítidamente en su memoria. No podía parecerle más mara­villosa la vida que había llevado en aquel remoto pueblo de montaña, protegido del bullicio del mundo por el amor y la devoción de la piadosa Hermandad, a cuyo cargo estaban cerca de cien muchachos llegados de todas las partes de Eu­ropa. Vívidas escenas del pasado acudían a su pensamiento. De nuevo le llegaba el olor de los largos pasillos de piedra, de las cálidas aulas de madera de pino donde estudiaba durante las horas de bochorno del verano, mientras oía el zumbido de las abejas a través de las ventanas abiertas y en su mente se libraba un feroz combate entre los caracteres alemanes y la evocación de los prados ingleses… hasta que, de pronto, se oía el temible grito del maestro de alemán:

-¡Harris, levántese! ¡Está usted dormido!

También se acordaba del horror de tener que permanecer de pie sin moverse durante una hora con un libro en la mano, mientras sentía cómo las rodillas le iban flojeando y la cabeza comenzaba a pesarle como si fuera una bala de cañón.

Hasta los olores de la cocina le venían ahora a la memoria: el Sauerkraut de a diario, el chocolate aguado de los domin­gos, el aroma de la carne llena de nervios que les servían dos veces por semana durante el Mittagessen; y sonreía al pensar en las medias raciones con que le castigaban por hablar en inglés. También le llegaba la penetrante fragancia de los cuencos de leche; el perfume cálido y dulce que se despren­día al mojar los trozos de pan de pueblo durante los desayu­nos de las seis de la mañana. Aquel recuerdo le evocaba la imagen del enorme Speisesaal donde un centenar de mucha­chos, vestidos con el uniforme del colegio, se sentaban a co­mer adormilados y en silencio, tratando de tragar a toda pri­sa el pan basto y la leche hirviendo, temerosos de que en cualquier momento sonara la campana que daba por finali­zada la hora del desayuno. Al otro extremo de la sala, donde se sentaban los maestros, veía también la estrecha hendidu­ra de las ventanas tras las cuales se adivinaba el cautivador paisaje de prados y bosques que rodeaba al colegio.

Estas imágenes le condujeron a su vez a la gran sala del piso más alto, tan semejante a un granero, donde tenían que dormir juntos todos los alumnos en catres de madera. Vino entonces a su memoria el repicar cruel de la campana que, en las mañanas de invierno, les despertaba a las cinco de la madrugada para que bajaran al enlosado del Waschkammer, donde maestros y muchachos, tras un lavado breve y gélido, se vestían en completo silencio.

Pasaba ligera su mente de unos recuerdos a otros ofre­ciéndole vívidas estampas de su pasado, cuando sintió un fugaz estremecimiento al recordar cómo le había ido carco­miendo la inmensa soledad de no poder estar nunca a solas.

Todo -el trabajo, las comidas, el reposo, los paseos, el ocio- ­se hacía en compañía de los veinte muchachos que compo­nían su «sección» y siempre bajo la mirada vigilante de, por lo menos, dos maestros. La única manera de poder estar a solas era pedir un permiso de media hora para ensayar en aquellas salas de música que parecían celdas. Harris esbozó una sonrisa al recordar el celo que ponía en sus estudios de violín.

Cuando el tren se adentraba resoplando en los grandes pi­nares que desplegaban sobre las montañas su gigantesca al­fombra de terciopelo, de las capas más gratas de su memoria comenzaron a resucitar otros recuerdos. Revivió entonces la admiración que sentía por la bondad de aquellos maestros -a quienes todos se dirigían llamándoles Hermanos- y vol­vió a maravillarse de esa devoción que les llevaba a enclaus­trarse durante años en aquel lugar que, por lo general, sólo abandonaban para abrazar la vida, aún más sacrificada, de los misioneros destinados a los parajes más inhóspitos de la tierra.

Una vez más pensó en aquella religiosa atmósfera de quie­tud que envolvía a la pequeña comunidad del bosque con un velo, protegiéndola de las asechanzas del mundo exterior. Recordó el colorido de las celebraciones de Semana Santa, Navidad y Año Nuevo, los numerosos días de fiesta y el en­canto de los pequeños festejos. Se recreó especialmente en la Beschehr-Fest -la entrega de regalos de Navidad- cuando toda la comunidad se dividía en parejas para intercambiar presentes, que a menudo llevaban semanas preparando o habían costado los ahorros de muchos días. Le vino a la mente entonces la imagen de la misa de medianoche del Año Nuevo y, subido en lo alto del púlpito, se le apareció el ros­tro encendido del Prediger, el predicador del pueblo. Todas las celebraciones de la última noche del año, aquel hombre veía en la desierta galería del coro que se encontraba tras el órgano, los rostros de las personas que morirían en los doce meses siguientes; y cuando finalmente descubrió su propio rostro entre ellos, cayó en estado de éxtasis en medio del ser­món y prorrumpió en un torrente de alabanzas.

Los recuerdos acudían en tropel a su memoria. La imagen de aquel pequeño pueblo, que vivía en las cumbres de las montañas el sueño de una vida generosa y pura, sana y sen­cilla, mientras buscaba a su Dios con todo fervor y formaba a cientos de muchachos para que siguieran el buen camino, acudía a su mente con toda la fuerza de una obsesión. Volvió a sentir el viejo entusiasmo místico, más profundo que el mar y más maravilloso que las estrellas; oyó otra vez el sus­piro de los vientos, recorriendo leguas y más leguas de bos­que hasta llegar a los rojos tejados iluminados por el claro de luna; oyó también las voces de los Hermanos, hablando de las cosas del más allá como si las hubieran experimentado en su propia carne; y mientras permanecía sentado en aquel va­gón, acunado por el traqueteo del tren, un espíritu de inefa­ble añoranza se apoderó de su alma fatigada y marchita, agi­tando en lo más hondo de su ser un mar de emociones que creía hace tiempo congeladas.

El contraste entre el joven e idealista soñador que un día fue y el hombre de negocios que era ahora, le apenaba. Sen­tía que el espíritu de la paz y la belleza ultramundana, que sólo conoce el alma entregada a la vida contemplativa, le ha­bía rozado con la punta del ala el corazón, produciendo un misterioso movimiento en la superficie de esas aguas.

Harris sintió un leve estremecimiento y se asomó por la ventana de aquel vagón, que le tenía a él por único pasajero. Hacía tiempo que el tren había dejado atrás Hornberg; allá abajo los torrentes se precipitaban por entre las rocas calizas en un tumulto de blanca espuma. Delante de él, recortándo­se contra el cielo, se sucedían una tras otra las cimas redon­deadas de las montañas cubiertas de árboles. Era el mes de octubre y corría una aire frío y cortante en el que se mezcla­ban de forma exquisita el olor a leña quemada y a musgo húmedo con la sutil fragancia de los pinos. Allá arriba, entre las copas de los abetos más altos, vio asomar las primeras estre­llas en un cielo raso con el mismo tono amatista pálido que parecía envolver todos aquellos recuerdos que le venían a la mente.

Se arrellanó en su asiento y dejó escapar un suspiro. La vida le había endurecido y hacía muchos años que no sabía lo que era tener sentimientos. Era un gran hombre, se re­quería mucho esfuerzo para conmoverle, tanto física como emocionalmente. Sin embargo, a diferencia de lo que suele ser habitual, el sueño de Dios que alienta en el alma de los jó­venes, a pesar de la inmundicia acumulada en la lucha por ganarse la vida, no se encontraba en su caso completamente extinguido.

Regresaba ahora a aquel filón abandonado durante años, donde tanto oro puro se había ido amontonado sin que na­die lo tocara, con el ánimo agitado por todas aquellas emo­ciones pseudoespirituales; y a medida que veía acercarse las cumbres de las montañas y olía los olvidados aromas de la infancia, algo se iba derritiendo en la superficie de su alma, haciendo que recobrara un grado de sensibilidad que no ha­bía tenido desde que, hacía más de treinta años, vivió en aquel lugar con sus sueños, sus conflictos y las penas propias de la juventud.

Harris tembló de emoción cuando el tren se detuvo con una sacudida y vio, sobre el edificio de piedra gris, el nom­bre de aquella diminuta estación escrito con letras negras, y debajo, la altitud expresada en metros sobre el nivel del mar.

-¡El punto más alto de la línea! -exclamó-. ¡Qué bien lo recuerdo: Sommerau, El Prado del Estío! ¡La próxima esta­ción ya es la mía!

Cuando el tren, tras cortar el vapor, comenzó a descender con los frenos echados, sacó la cabeza por la ventana y, a la luz del crepúsculo, se puso a identificar uno por uno todos aquellos viejos lugares que le resultaban tan familiares. Le devolvían la mirada como si fueran personas muertas sali­das de un sueño. Un sentimiento extraño e intenso, dulce y doloroso a la vez, palpitaba en su corazón.

«Ahí está el camino por el que solíamos dar tantos paseos a pleno sol, con dos hermanos siempre pegados a nosotros -pensó- y eso de ahí, ¡Dios mío, es el desvío que conduce a través del bosque hasta Die Galgen, el patíbulo de piedra donde antiguamente ahorcaban a las brujas!»

Esbozó una sonrisa mientras el tren iba dejando atrás aquel lugar.

«Y ése es el bosquecillo que se llenaba de lirios de los va­lles por primavera; y juraría que ése es… -con un súbito im­pulso sacó un poco más la cabeza por la ventana- sí, es el cla­ro donde estuve con aquel muchacho francés, Calame, persiguiendo a una golondrina, y después el hermano Pagel nos castigó a medias raciones por habernos salido del cami­no sin permiso y haber soltado unos gritos en nuestros idio­mas.»

Se le escapó de nuevo una risa, mientras un torrente de re­cuerdos inundaba su mente de vívidos detalles.

Al llegar a su destino, Harris bajó del tren y se quedó un rato parado en el andén de grava gris como si estuviera vi­viendo un sueño. Le parecía que había pasado casi un siglo desde la última vez que había estado allí, con todo su equi­paje metido en unas cajas de cartón atadas con cordeles, es­perando el tren que le llevaría a Estrasburgo para, finalmen­te, regresar a su hogar tras dos años de exilio. El reloj del tiempo parecía haberse parado y volvía a sentirse un niño. La única diferencia era que ahora las cosas le parecían más pequeñas de como las recordaba; todo parecía haber men­guado y encogido y las distancias se habían reducido de escala.

Cruzó la carretera y se dirigió a la pequeña Gasthaus. Los rostros y las figuras de sus antiguos compañeros de colegio -alemanes, suizos, italianos, franceses, rusos- surgían de entre los árboles del bosque y le acompañaban en silencio. Flotaban en torno suyo, mirándole a los ojos con un sem­blante inquisitivo y triste. Pero no conseguía recordar sus nombres. También venían con ellos algunos de los Herma­nos, y de los nombres de muchos de ellos sí que se acordaba: el hermano Rost, el hermano Pagel, el hermano Schliemann. Tampoco había olvidado el nombre del viejo predicador que descubrió su propia imagen en la fantasmal galería de los que iban a morir: el hermano Gysin. La oscuridad del bos­que le cercaba como un mar cuyas olas de terciopelo podían encresparse en cualquier momento y anegar la escena, arras­trando consigo los rostros de los que le acompañaban. El aire era frío y estaba repleto de deliciosas fragancias, pero cada vez que aspiraba aquel perfume le venía a la memoria la tenue evocación de un recuerdo.

A pesar del inevitable poso de tristeza que iba unido a aquella experiencia, todo le resultaba muy interesante y le producía una curiosa sensación de placer; de modo que cuando cogió una habitación en la posada y encargó la cena, se sintió muy satisfecho de sí mismo y se hizo el firme pro­pósito de dar un paseo hasta su viejo colegio esa misma no­che. El colegio estaba justo en el centro del pueblo, que se en­contraba a unas cuatro millas de distancia atravesando el bosque. Fue entonces cuando recordó que aquel lugar era un pequeño enclave protestante situado en medio de una re­gión mayoritariamente católica. Las ermitas y los crucifijos rodeaban aquel claro del bosque como si fueran los centine­las de un ejército sitiador. Una vez que se dejaba atrás la pla­za del pueblo -alrededor de la cual se desplegaban unos cuantos acres de prados y huertos- las prietas falanges de pi­nos se sucedían una tras otra y, justo en el lindero de aquel bosque, empezaba el territorio donde ejercían su autoridad los sacerdotes de otra confesión. Recordaba vagamente que, en algunas ocasiones, los católicos habían mostrado cierta animosidad contra aquel pequeño oasis protestante que flo­recía en paz y benevolencia en medio de sus dominios. Ha­rris tenía todo aquello bastante olvidado. Qué mezquino le parecía ahora, con su amplia experiencia de la vida y el co­nocimiento que tenía de otros países y del gran mundo. Era como si hubiera retrocedido trescientos años en el tiempo en vez de treinta.

A la hora de la cena sólo había otros dos huéspedes en el comedor. Uno de ellos era un hombre de mediana edad, con barba, y vestido con un traje de tweed, que se sentaba solo en un extremo de la mesa. Harris, al darse cuenta de que era in­glés, procuró mantenerse alejado de él. Temía que su presen­cia allí estuviera relacionada con algún asunto de negocios -incluso con el negocio de la seda- y que quizá estuviera in­teresado en charlar un rato sobre el tema. El otro huésped era un cura católico. Se trataba de un hombre de pequeña es­tatura que comía la ensalada con cuchillo, aunque lo hacía con tal delicadeza que no llegaba a resultar molesto. Fue pre­cisamente la visión de aquel clérigo la que le trajo a la memo­ria el antiguo antagonismo. Cuando Harris, para sacar tema de conversación, le habló de los motivos que le habían lleva­do a emprender aquel viaje sentimental, el cura alzó la vista, enarcó las cejas, y se le quedó mirando con una expresión de sorpresa y recelo que, por alguna razón, consiguió que se sintiera herido en su orgullo. Harris atribuyó aquella expre­sión a la diferencia de credos que existía entre ellos.

-Sí -prosiguió el comerciante en sedas, encantado de po­der hablar del tema que acaparaba todos sus pensamientos-, para un muchacho inglés verse de repente en una escuela ro­deado de cien extranjeros fue una experiencia muy extraña. Me acuerdo muy bien de la soledad y la insoportable heim­weh que me produjo al principio. -Hablaba un alemán muy fluido.

El cura, que estaba sentado frente a él, alzó la vista del pla­to de ensalada y sonrió. Tenía un rostro agradable. Le expli­có, en voz baja, que se encontraba allí de paso y que estaba haciendo un recorrido por las parroquias de Württemberg y Baden.

-La vida allí era dura -añadió Harris-. Recuerdo que los chicos ingleses decíamos que era Gefängnisleben: una vida carcelaria.

Por alguna razón inexplicable, la mirada del cura se en­sombreció. Tras una breve pausa, y más por cortesía que por deseo de seguir hablando de aquel tema, dijo en voz baja:

-Sí, aquélla fue la mejor época del colegio. Después, se­gún tengo entendido…

Se encogió ligeramente de hombros y aquella mirada ex­traña, casi de alarma, volvió a dibujarse en su semblante. Dejó la frase sin terminar.

Harris percibió en su voz algo que le pareció completa­mente fuera de lugar, un tono raro, como de reproche. No pudo evitar sentirse molesto.

-¿Cómo, qué ha cambiado? -preguntó-. No puedo creer que…

-Ya veo que no está usted enterado -señaló el cura, con mu­cho tacto, mientras iniciaba con las manos el gesto de hacer la señal de la cruz, pero sin llegar a completarlo-. ¿No ha oído hablar de lo que ocurrió allí antes de que lo abandonaran?

La reacción de Harris fue, sin duda, muy infantil, y quizá se debiera a que estaba demasiado cansado y alterado, pero las palabras y los modales del cura aquel le ofendieron hasta tal punto, que ni siquiera prestó atención a la última frase que dijo. Le vinieron a la mente los viejos rencores y antago­nismos y, por un momento, casi perdió los estribos.

-¡Tonterías! -le interrumpió con una risa forzada-. Un­sinn! Siento tener que contradecirle, caballero, pero yo fui alumno de ese colegio. No había nada que se le pudiera com­parar. Me resulta increíble que pueda haber ocurrido algo lo bastante grave como para que haya… para que haya… perdi­do su carácter. La devoción de los Hermanos no tenía paran­gón posible, era…

Bruscamente dejó sin concluir la frase; se había dado cuenta de que había subido en exceso el tono de voz y temía que el hombre que se sentaba en el otro extremo de la mesa entendiera el alemán. En ese mismo instante, alzó la vista y se encontró con la mirada fija de los ojos de aquel tipo. Te­nían un brillo muy especial. Eran unos ojos fascinantes y, sin que alcanzara muy bien a explicárselo, le pareció adivinar en aquella mirada una expresión de reproche y de advertencia. El rostro de aquel desconocido le impresionó vivamente. Por primera vez se percató de que era uno de esos rostros en cuya presencia se procura no decir o hacer nada que resulte impropio. No entendía cómo no le había llamado antes la atención.

En cualquier caso, Harris lamentó no haberse mordido la lengua en vez de dejarse llevar por su apasionamiento. El cura no volvió a dirigirle la palabra. Tan sólo en una ocasión, tras alzar la mirada, dijo como hablando para sí, pero con la clara intención de que se le oyera:

-Lo encontrará cambiado. -Y al momento se levantó de la mesa, hizo una inclinación dirigida a los dos huéspedes y se retiró.

Al otro extremo de la mesa el hombre del traje de tweed también se levantó, y Harris se quedó solo en el comedor.

Permaneció un rato en aquella sala en penumbra, bebien­do el café a pequeños sorbos y fumando un buen puro, hasta que apareció la doncella para encender las lámparas de acei­te. Estaba enfadado consigo mismo por haber dejado a un lado sus buenos modales, aunque no llegaba a explicarse por qué había ocurrido. Pensó que seguramente le había moles­tado que el cura, aún sin querer, hubiera introducido una nota discordante en el carácter placentero de sus sueños. Más adelante tendría que buscar la ocasión de pedirle dis­culpas pero, de momento, estaba demasiado impaciente por dar un paseo hasta su viejo colegio y, tras coger su bastón y su sombrero, salió de la casa de huéspedes.

Al cruzar por delante de la Gasthaus, vio al cura y al hom­bre del traje de tweed. Estaban tan enfrascados en su conver­sación que apenas si se fijaron en él cuando pasó a su lado y se descubrió para saludarles.

Emprendió la marcha a buen paso. Recordaba perfecta­mente el camino y tenía la esperanza de llegar al pueblo a tiempo de charlar un rato con alguno de los Hermanos. A lo mejor hasta le invitaban a tomar una taza de café. Estaba se­guro de que sería bien recibido y, una vez más, los viejos re­cuerdos se apoderaron de él. No había ninguna prisa en vol­ver, podía regresar a la hora que quisiera.

Serían un poco pasadas las siete, y el temprano anochecer del mes de octubre venía acompañado de un aire frío que parecía brotar de los lugares más recónditos del bosque. Nada más cruzar el claro donde se encontraba la estación de tren, el camino comenzaba a hundirse en la espesura y, al cabo de pocos minutos, Harris avanzaba ya rodeado por to­das partes de árboles. El sonido de sus botas moría al chocar contra aquellos millones de abetos en prieta formación sin de­volverle ningún eco. Reinaba una oscuridad casi completa que a duras penas permitía distinguir el tronco de un árbol del de otro. Caminaba con paso rápido, impulsándose con el ba­lanceo de su bastón de madera de acebo. En una o dos ocasio­nes se cruzó con campesinos que regresaban a sus casas; el so­nido gutural de su saludo, Grüss Got, que hacía tanto que no escuchaba, contribuía a poner de relieve el paso del tiempo y, a la vez, le hacía sentir que nada había cambiado. Su mente se poblaba de nuevos grupos de imágenes y las figuras de sus an­tiguos compañeros volvían a surgir del bosque y caminaban a su lado susurrándole al oído historias de los tiempos pasados.

Los ensueños se sucedían unos a otros sin interrupción. Conocía cada curva del camino, cada claro del bosque y, a su vez, todos y cada uno de ellos, hacían que los viejos recuer­dos cobraran vida. Estaba disfrutando intensamente de aquel paseo.

Proseguía su marcha sin detenerse ni un momento. Al sa­lir la luna, el fino polvo dorado que cubría el cielo desapare­ció y un viento de un tenue color plateado se fue extendien­do silencioso entre la tierra y las estrellas. Se fijó en el resplandor de las copas de las abetos y escuchó cómo susu­rraban cuando la brisa mecía sus afiladas hojas en dirección a la luz. El dulzor del aire de montaña era embriagador. El camino brillaba como la espuma de un río que corriera en­tre tinieblas. Las mariposas nocturnas revoloteaban por do­quier como pensamientos silenciosos que se cruzaran en su camino y, desde las cavernas del bosque, cientos de aromas saltaban la barrera de los años para darle la bienvenida.

Entonces, cuando menos lo esperaba, los árboles desapa­recieron bruscamente de ambos lados del camino y se en­contró al borde del claro del pueblo.

Aceleró el paso. Allí estaban las siluetas de las mismas ca­sas de siempre, bañadas de una capa de luz plateada; tam­bién los árboles de la placita central, con su fuente y sus pe­queñas alfombras de césped; allí se alzaba la figura de la iglesia junto al Gasthof der Brüdergemeinde; y al divisar un poco más allá, elevándose oscuramente hacia el cielo, la im­ponente mole del edificio del colegio, sintió un escalofrío. Como una fortaleza, cúbica y formidable, emergía frente a él, surcada por las profundas sombras del claro de luna, tras un silencio de más de un cuarto de siglo.

Cruzó rápidamente la calle desierta del pueblo y se paró junto a la sombra que proyectaba el edificio para contemplar aquellos muros que, en tiempos, le tuvieron preso durante dos años… dos años ininterrumpidos de disciplina y de nos­talgia del lejano hogar. En su mente se agolpaban las imáge­nes y los recuerdos; en aquel lugar se concentraban las sen­saciones más intensas de su juventud, pues era allí donde había empezado a vivir y a aprender el valor de las cosas. Ni un solo paso rompía el silencio, aunque tras las ventanas de muchas de las casas se distinguía un parpadeo de luces. Sin embargo, al alzar la vista hacia los altos muros envueltos en sombras, no le costó nada imaginarse que un tumulto de rostros conocidos se apretujaban en las ventanas para darle la bienvenida; ventanas cerradas que, en realidad, tan sólo reflejaban la luz de la luna y el resplandor de las estrellas.

Aquí estaba, por fin, el viejo edificio del colegio, aislado del mundo tras sus cuatro muros; con los postigos cerrados, la empinada cubierta de tejas y sus aguzados pararrayos apuntando al cielo desde sus cuatro esquinas cual negras ga­rras. Se quedó un buen rato mirando ensimismado y, de pronto, advirtió con alegría que aún había luz en las venta­nas del Bruderstube.

Abandonó el camino y atravesó la verja. Subió luego el tramo de doce escalones, y se plantó frente a la oscura puerta de madera que guarnecían pesadas barras de hierro. Poseí­do de un deleite casi infantil, contemplaba ahora con ternura aquella puerta que antiguamente detestara y temiera con el odio y la pasión de un alma cautiva.

Un tanto cohibido, tiró de la cuerda y se estremeció de emoción al escuchar cómo se propagaba el repique de la campana por el interior del edificio. Aquel sonido, hace tan­to olvidado, le hizo evocar el pasado con tal realismo, que se puso literalmente a temblar. Era como la campana mágica de los cuentos que levanta el telón del Tiempo, convocando a los habitantes del reino de las sombras. Le embargaba un senti­mentalismo que nunca antes había experimentado. Era como volver a ser joven. Pero, a la vez, comenzaba a formarse una imagen falaz de su propia valía. Al fin y al cabo era todo un personaje que venía de un mundo donde lo que contaba era la acción y la lucha, ¿acaso no causaría una gran impresión en aquella pequeña comunidad entregada a sus sueños de paz?

-Probaré de nuevo -pensó, tras una larga pausa, y volvió a coger la cuerda de la campana. Se disponía ya a tirar de ella, cuando oyó pasos que se acercaban por el pasillo de piedra; un instante después la enorme puerta se abría pesadamente.

Un hombre alto, de semblante adusto, se encontraba fren­te a él mirándole en silencio.

-Le ruego que me disculpe, ya sé que es un poco tarde -dijo con un tono un tanto afectado-, pero soy un antiguo alumno de la escuela. Acabo de llegar y no he podido resistir la tentación. Tenía tanto interés… Estuve aquí en el setenta. -Su alemán no le salía tan fluido como de costumbre.

Entonces, aquel hombre abrió más la puerta, y haciendo una reverencia, le invitó a pasar con una sonrisa que indica­ba a las claras que era bienvenido.

-Soy el hermano Kalkmann -dijo con voz grave en un tono muy bajo-. Precisamente yo fui maestro en la escuela por aquellos años. Siempre es un placer recibir a un antiguo alumno. -Durante unos segundos le miró con gran atención y después añadió:

-Además creo que ha hecho usted muy bien en venir, pero que muy bien.

-Para mí es un auténtico placer -respondió Harris encan­tado con el recibimiento.

Aquel pasillo, pavimentado de losas grises y envuelto en pe­numbra, donde resonaba el eco tan familiar de una voz alema­na, con la peculiar entonación que ponían los Hermanos al ha­blar, le hacía flotar en la atmósfera de ensueño de unos días hace tiempo olvidados. Entró muy a gusto en el edificio, y el atronador ruido de la puerta al cerrarse, que tan bien recorda­ba, acabó de redondear la perfecta reconstrucción del pasado. Casi volvió a experimentar la vieja sensación de encarcela­miento, de dolorosa nostalgia, de haber perdido la libertad.

A Harris se le escapó sin querer un suspiro y se volvió hacia su anfitrión, que tras devolverle levemente la sonrisa que le ha­bía dirigido, comenzó a abrir la marcha a lo largo del pasillo.

-Los muchachos ya se han recogido -le explicó-. Como recordará, aquí nos acostamos temprano. Pero confío que al menos se una a nosotros un momento en la Bruderstube para tomar una taza de café.

Eso era justo lo que esperaba el comerciante en sedas, que trató de atenuar la excesiva presteza en aceptar la invitación, adornándola con sus mejores modales.

-Y mañana -prosiguió el Hermano-, tiene usted que vol­ver y pasar todo un día con nosotros. Puede incluso que en­cuentre a algún viejo conocido; varios alumnos de su pro­moción han vuelto a la escuela como maestros.

Durante una fracción de segundo, cruzó por los ojos de aquel hombre una mirada que hizo que el visitante se sobre­saltara. Pero fue visto y no visto. Era algo indefinible. Harris se convenció de que todo se debía a una sombra proyectada por una de las lámparas del muro, delante de la cual acaba­ban de pasar, y se lo quitó de la cabeza.

-Le agradezco enormemente su amabilidad -dijo con cortesía-. No se imagina usted el placer que me causa volver a visitar este lugar. ¡Ah! -se paró justo delante de una puerta con una mampara de cristal y trató de escudriñar lo que ha­bía en su interior-. Seguro que ésta es una de las salas de mú­sica donde yo solía hacer prácticas de violín. ¡Qué bien lo re­cuerdo a pesar de los años que han pasado!

El hermano Kalkmann, con una sonrisa benévola, se de­tuvo para que su invitado pudiera echar una ojeada.

-¿Siguen teniendo la orquesta de muchachos? Me acuer­do de que yo tocaba el zweite Geige con ella. El hermano Schliemann dirigía desde el piano. ¡Caray! Es como si lo es­tuviera viendo ahora mismo, con su larga melena negra y… y… -Dejó sin concluir la frase con brusquedad. De nuevo ha­bía visto cruzar por el adusto semblante de su compañero aquella mirada rara y sombría que, por un instante, le había resultado extrañamente familiar.

-Sí, aún seguimos con la orquesta de muchachos -dijo-, pero siento decirle que el hermano Schliemann… -titubeó un momento y luego añadió-: El hermano Schliemann falleció.

-Entiendo, entiendo -se apresuró a decir Harris-. No sabe cuánto lo siento.

Se dio cuenta de que estaba un tanto inquieto, pero no sa­bía si atribuirlo a la noticia del fallecimiento de su antiguo profesor de música o a alguna otra cosa. Echó una mirada al fondo del largo pasillo que se perdía entre sombras. En la ca­lle y en el pueblo todo le había parecido mucho más peque­ño de como él lo recordaba, pero aquí, dentro del edificio del colegio, todo le parecía mucho más grande. La altura y la longitud del pasillo, su dimensión y su amplitud no se co­rrespondían con la imagen mental que había conservado de él. Sus pensamientos vagaron soñadores por un instante.

Alzó los ojos y vio el rostro del Hermano, que le observa­ba con una sonrisa de paciente indulgencia.

-Está usted poseído por los recuerdos -le comentó con tono amable; su mirada adusta había adquirido ahora una expresión casi compasiva.

-Tiene usted razón -respondió el hombre de las sedas-. En cierto modo, aquélla fue la etapa más importante de toda mi vida. Aunque entonces la odiara… -vaciló antes de prose­guir, no quería herir los sentimientos del Hermano.

-Según los criterios ingleses resultaría estricto, claro -dijo con un tono comprensivo que animó a Harris a conti­nuar.

-…sí, en parte era eso, y en parte la incesante nostalgia y la sensación de soledad que producía el hecho de no poder estar nunca verdaderamente a solas. Ya sabe que en los co­legios ingleses los muchachos gozan de mucha mayor li­bertad.

Se fijó que el hermano Kalkmann le escuchaba con mucha atención.

-Sin embargo, dejó en mí una huella que no me ha aban­donado en toda mi vida -dijo con cierto pudor-, y por la que siempre le estaré agradecido.

-Ach! Wie so, denn?

-Aquel sufrimiento constante que sentía en mi interior hizo que me sumergiera en la vida religiosa que practicaban ustedes hasta tal punto, que todas las energías de mi ser pa­recían proyectarse hacia la búsqueda de una satisfacción más profunda, de un lugar donde el alma pudiera por fin en­contrar la paz. Durante los dos años que estuve aquí ansié acercarme a Dios, seguramente de una forma un tanto in­fantil, pero con una intensidad con la que no he vuelto a de­sear ninguna otra cosa. Es más, nunca he llegado a perder del todo la sensación de paz y de alegría interior que acom­pañaban a esa búsqueda. Nunca podré olvidar este colegio y las profundas enseñanzas que en él aprendí.

Hizo una pausa al terminar su largo discurso y, durante un instante, se hizo el silencio entre los dos. Harris temía ha­ber hablado demasiado y no haberse expresado correcta­mente en aquella lengua extranjera, y cuando el hermano Kalkmann posó una mano sobre su hombro, no pudo evitar dar un respingo.

-Sí, es posible que esté demasiado poseído por mis re­cuerdos -añadió a modo de disculpa-, pero este pasillo tan largo, las aulas, la lúgubre puerta de entrada con sus barro­tes, en fin, todo esto me toca una fibra sensible que… que… -No le venían las palabras alemanas; lanzó una mirada a su compañero, y con una sonrisa y un gesto trató de explicar lo que sentía. Sin embargo, el Hermano ya había retirado la mano del hombro de Harris y ahora estaba de espaldas mi­rando hacia el fondo del pasillo.

-Claro, claro -dijo el Hermano apresuradamente, sin darse la vuelta-. Es ist doch selbstverständlich. Todos nos ha­cemos cargo.

Luego se volvió, y Harris percibió en su semblante una ex­presión siniestra que le produjo una sensación muy desagra­dable. Puede que fueran de nuevo los juegos de sombras de las dichosas lámparas de aceite, pues al volver sobre sus pa­sos por el pasillo, aquella expresión tétrica desapareció al instante. No obstante, el inglés se quedó con la impresión de haber dicho algo que había molestado al Hermano, algo que no había sido de su agrado. Se pararon frente a la puerta del Bruderstube. Harris se dio cuenta de que se había hecho tar­de y que quizá llevaba ya hablando demasiado rato. Hizo un intento de marcharse, pero su compañero no quiso ni oír ha­blar del asunto.

-Tiene que quedarse a tomar un café con nosotros -dijo en un tono firme que parecía sincero-. Mis colegas estarán encantados de verle. Incluso puede que alguno de ellos se acuerde de usted.

A través de la puerta llegaba el sonido de las voces de va­rios hombres en animada conversación. El hermano Kalk­mann hizo girar el picaporte y entraron en aquella habita­ción inundada de luz y repleta de personas.

-Disculpe, ¿su nombre era? -susurró el Hermano, a la vez que agachaba la cabeza para oír mejor la respuesta-. Creo que todavía no me ha dicho cómo se llama.

-Harris -dijo el inglés rápidamente mientras entraba. Cruzar aquel umbral le ponía nervioso, pero atribuyó aque­lla fugaz inquietud al hecho de estar transgrediendo la nor­ma más sagrada del lugar, que castigaba severamente a los muchachos que se acercaran a este sanctasanctórum, donde los maestros pasaban sus escasos ratos de ocio.

-¡Ah sí, claro… Harris! -repitió el Hermano como si re­cordara el nombre-. Pase Herr Harris, haga el favor de pasar. Ya verá la inmensa alegría que produce su visita. La idea de venir aquí ha sido estupenda, verdaderamente maravillosa.

La puerta se cerró a sus espaldas, y mientras trataba de acostumbrar su vista a aquel súbito cambio de luz, le pasó desapercibido lo exageradas que habían sido aquellas pala­bras. Oyó la voz del hermano Kalkmann haciendo las pre­sentaciones. Hablaba en voz muy alta, de hecho, aquel tono de voz le pareció innecesario y absurdo.

-Hermanos -anunció-, tengo el placer y el privilegio de presentaros a Herr Harris, de Inglaterra. Acaba de llegar para hacernos una pequeña visita y ya le he expresado, en nombre de todos, lo mucho que nos complace tenerle entre nosotros. Fue, como todos recordáis, alumno del curso del setenta.

Era una presentación muy formal, muy alemana, pero a Harris le resultó bastante satisfactoria. Le hacía sentirse im­portante y, además, le había agradado el detalle que había te­nido el Hermano al dar a entender que le esperaban.

Aquellas figuras vestidas de negro se levantaron y les sa­ludaron haciendo una inclinación con la cabeza; Harris y Kalkmann respondieron a su vez con sendas inclinaciones. Todo el mundo se comportaba con mucha cortesía y refina­miento. La habitación bullía de personas, la luz, tras la oscu­ridad del pasillo, le deslumbraba y el ambiente estaba muy cargado por el humo de los puros. Cogió la silla que le ofre­cieron y se sentó entre dos de los Hermanos, con la vaga sen­sación de que sus sentidos no le respondían con la precisión y agudeza habituales. Se encontraba un tanto aturdido y el hechizo del pasado hizo presa en él con tal fuerza, que los perfiles del presente inmediato comenzaron a borrarse y todo pareció menguar hasta adquirir las dimensiones de un tiempo muy lejano. Era como si hubiera caído bajo el domi­nio de un estado de ánimo que venía a ser un compendio de todos los que había experimentado en su ya olvidada niñez.

Hizo un gran esfuerzo para tranquilizarse y comenzó a tomar parte en la conversación, que había vuelto a iniciarse con un animado murmullo. Lo hizo además encantado, ya que los Hermanos -de los que habría en aquella pequeña ha­bitación cerca de una docena- le trataban con unos modales tan exquisitos que no tardaron en hacerle sentir que era uno más de ellos. Eso le producía un placer muy sutil. Era como si hubiera salido de un mundo en el que reinaba la codicia, la vulgaridad y el egoísmo -el mundo del negocio de la seda, los mercados y los beneficios- para introducirse en un am­biente más limpio, donde lo primordial eran los ideales del espíritu y la vida sencilla y piadosa. Ese sentimiento le cauti­vaba hasta tal punto, que, en cierto modo, hacía que contem­plara los veinte años en que su vida había estado centrada en el mundo de los negocios como algo degradante. Aquella at­mósfera iluminada por las estrellas era demasiado pura, de­masiado enrarecida para el mundo en que él se desenvolvía en la actualidad. Comenzó a hacer comparaciones de las que no salía muy bien parado: comparaba al pequeño soñador místico que treinta años atrás había abandonado la austera paz de esta devota comunidad con el hombre de mundo en que se había convertido desde entonces; y el contraste le daba escalofríos y le hacía sentir un hondo arrepentimiento que le llevaba casi a despreciarse a sí mismo.

Echó un vistazo a su alrededor y se fijó en aquellos rostros que parecían flotar hacia él envueltos en humo; el humo de los cigarros que tan bien recordaba. Cuánto entusiasmo se apreciaba en ellos, qué fortaleza y qué placidez transmitían; estaban tocados de esa nobleza que otorgan las grandes as­piraciones y los propósitos desinteresados. Uno o dos de ellos le llamaban especialmente la atención, aunque no sabía muy bien por qué. Casi le fascinaban. Tenían un aire extre­madamente íntegro y severo, y aunque no fuera capaz de definirlo, percibía también en ellos algo que le resultaba ex­traña y sutilmente familiar. Sin embargo, siempre que su mi­rada se cruzaba con la de cualquiera de ellos, descubría en sus ojos una expresión llena de cordialidad y, en algunos ca­sos, incluso un sentimiento de asombro que parecía encon­trarse a medio camino entre la estima y la deferencia. El res­peto por su persona que percibía en todos aquellos rostros halagaba su vanidad.

Pronto se sirvió el café, preparado por un Hermano de cabello oscuro que estaba sentado junto al piano y que guar­daba un singular parecido con el hermano Schliemann, el maestro de música de hacía treinta años. Harris intercambió con aquel hombre las acostumbradas reverencias cuando tomó la taza de café de sus pálidas manos, que, al fijarse en ellas, le parecieron las manos de una mujer. El Hermano que se sentaba a su lado, con quién mantenía una conversación muy agradable, le ofreció un puro y, al ir a encenderlo, aquel rostro iluminado por el resplandor de la cerilla le recordó por un momento al del hermano Pagel, el tutor de su clase.

-Est ist wirklich merkwürdig -dijo Harris-. Hay que ver la de parecidos que les encuentro, no sé si reales o imaginarios. ¡Es verdaderamente curioso!

-Sí -respondió aquél, observándole por encima de su taza-, el hechizo que ejerce este lugar es muy poderoso. Me parece muy comprensible que los viejos rostros le vengan a la memoria… quién sabe si hasta borrar los nuestros.

Ambos rieron encantados. Era muy tranquilizador ver cómo entendían y sabían apreciar su estado de ánimo. Pasa­ron después a hablar del pueblo de la montaña, de su aisla­miento, de lo apartado que estaba de la vida mundana, de lo adecuado que era para la meditación y el culto y para… cier­to tipo de desarrollo espiritual.

-Y este regreso suyo, Herr Harris -dijo el Hermano que tenía a su izquierda, uniéndose a la conversación-, no sabe usted cuánto nos agrada. Le tenemos en la más alta estima por haber venido. Le honramos.

Harris hizo un gesto con el que quería quitarse importan­cia, y dijo con un tono un tanto afectado:

-En lo que a mi respecta, me temo que se trata tan sólo de un placer egoísta.

-No todo el mundo habría tenido el valor -añadió el que se parecía al hermano Pagel.

-¿Lo dice por los malos recuerdos? -inquirió Harris, algo confundido.

El hermano Pagel le miró fijamente, sus ojos expresaban de manera inequívoca su admiración y su respeto:

-Lo que quiero decir es que la mayor parte de los hombres se aferran con todas sus fuerzas a la vida y es muy poco lo que están dispuestos a sacrificar por sus creencias.

El inglés se sintió ligeramente incómodo. Le parecía que aquellos hombres tan respetables estaban exagerando la im­portancia de su viaje sentimental. Por otra parte, la conver­sación empezaba a resultarle incomprensible. Apenas si po­día seguirla.

-La vida mundana todavía tiene algunos atractivos para mí -respondió con jovialidad, queriendo indicar que aún se encontraba bastante lejos de la santidad.

-Razón de más para que le honremos por haber venido por propia voluntad -dijo el Hermano que tenía a su iz­quierda-, y de una forma tan incondicional.

A esto siguió una breve pausa, y el comerciante en sedas se sintió aliviado cuando la conversación tomó unos derrote­ros de carácter más general, aunque tampoco pudo dejar de advertir que nunca se alejaba mucho de los temas de su visita y de las maravillosas posibilidades que la situación de aisla­miento del pueblo ofrecía a los hombres que deseaban desa­rrollar sus potencias espirituales y practicar los ritos de un culto más elevado. Otros Hermanos se fueron uniendo al pequeño grupo; alababan su dominio de la lengua y le ha­cían sentirse a sus anchas, aunque a la vez, un tanto incómo­do por la desmedida admiración que le profesaban. Al fin y al cabo, su viaje sentimental tampoco era para tanto.

El tiempo pasaba volando; el café era excelente, los puros muy suaves, y justo con aquel sabor a nuez que Harris tanto apreciaba. Finalmente, temiendo haber abusado en exceso de la hospitalidad de los Hermanos, se levantó de mala gana para despedirse. Pero los demás no querían ni oír hablar del tema. Rara era la ocasión en que un antiguo alumno volvía a visitarles con tanta naturalidad y sencillez. La noche era jo­ven. Si era necesario ya le harían un hueco en el gran Schlaf­zimmer del piso de arriba. No les costó mucho convencerlo de que se quedara un poco más. En cierto modo se había convertido en el centro de aquella pequeña celebración. Se sentía contento, halagado, honrado.

-Además, quizá el hermano Schliemann quiera tocar algo para nosotros… ahora.

Era Kalkmann quien había hablado, y Harris dio un res­pingo bien patente al oír ese nombre y ver a aquel hombre de negra melena que se sentaba junto al piano darse la vuelta y sonreírle. Schliemann era el nombre de su viejo maestro de música, que ya había fallecido. ¿Sería acaso su hijo? Eran casi idénticos.

-Si el hermano Meyer no ha acostado todavía su violín Amati le haré el acompañamiento -dijo el músico con un tono insinuante, mientras miraba a un hombre en el que Ha­rris no se había fijado hasta entonces y que, se dio cuenta, era el vivo retrato de un antiguo maestro que respondía a ese mismo nombre.

Meyer se puso de pie y se excusó con una ligera reverencia y, en aquel momento, el inglés notó que hacía un gesto muy peculiar; era como si, detrás del alzacuellos, su cabeza no es­tuviera bien unida al resto del cuerpo y temiera que se le fue­ra a desprender. Ese movimiento era típico del viejo Meyer. Recordaba que los muchachos solían imitarlo.

Su mirada fue pasando rápidamente de uno a otro rostro; tenía la sensación de que un proceso silencioso e invisible estaba alterando todo lo que le rodeaba. No había ni una sola cara que no le resultara extrañamente familiar. Pagel, el her­mano con el que había estado hablando, era la viva imagen del otro Pagel, el tutor de su clase; y Kalkmann -por primera vez lo veía claro- bien podría haber sido el hermano gemelo de otro maestro, cuyo nombre no recordaba, pero al que te­nía mucha manía en los viejos tiempos. Los rostros de todos los hermanos que le miraban a través de aquel ambiente car­gado de humo eran los mismos que había conocido y con los que había convivido hacía mucho tiempo: Röst, Fluheim, Meinert, Rigel, Gysin.

Sus sentidos habían despertado de pronto, y se puso a ob­servar atentamente aquellos rostros: en todos veía, o creía ver, extraños parecidos, semejanzas fantasmales, o más bien, unos rostros idénticos a los de años atrás. Aquí estaba ocurriendo algo raro, algo que no encajaba, algo que le pro­ducía una gran inquietud. Trató de quitarse aquella idea de la mente con una brusca sacudida de la cabeza, y al lanzar una bocanada de aire que disipó el humo que flotaba frente a sus ojos, advirtió con consternación que todos tenían la mi­rada clavada en él. Le estaban observando.

Aquella circunstancia hizo que recuperara el sentido co­mún. En su calidad de inglés y de extranjero, no quería mos­trarse mal educado o hacer cualquier tontería que llamara la atención y estropeara la armonía que había reinado en la ve­lada. Era un invitado y, además, un invitado de honor. Por otro lado, la música había empezado. Los largos dedos páli­dos del hermano Schliemann acariciaban ya el teclado del piano.

Se arrellanó en su asiento y continuó fumando, pero man­tuvo los ojos entornados para no perder detalle de lo que ocurría.

Sin embargo, aquel estremecimiento ya se había instalado en su ser y, sin que pudiera hacer nada para evitarlo, no deja­ba de repetirse. Al igual que una ciudad asentada en el curso alto de un río siente la presión del lejano mar, Harris notaba que una serie de fuerzas poderosas, provenientes de algún lugar que le era del todo desconocido, trataban de imponer­se a su alma en aquella pequeña habitación llena de humo. Comenzaba a sentirse verdaderamente inquieto.

A medida que el sonido de la música se iba expandiendo por la habitación, su mente comenzó a despejarse. Era como si se hubiera descorrido un velo que hasta entonces había os­curecido su visión. Las palabras del cura en la posada de la estación le vinieron a la memoria: «lo encontrará cambia­do». Y también, aunque no alcanzara a explicarse por qué, vio mentalmente los ojos enérgicos y fascinantes del otro huésped que había en el comedor; el hombre que había oído su conversación y al que, más tarde, había visto hablando muy seriamente con el cura. Sacó su reloj y lo miró con disi­mulo. Llevaba allí dos horas. Ya eran las once.

Entretanto, Schliemann, totalmente absorto en su músi­ca, había iniciado un compás solemne. El piano sonaba a las mil maravillas. La fuerza de unas convicciones profundas, la naturalidad del gran arte, la esencia del mensaje espiritual de un alma que se ha encontrado a sí misma; todo esto, y mucho más, estaba presente en aquellos acordes y, sin em­bargo, aquella música tenía algo que sólo se podía calificar de impuro, atroz y diabólicamente impuro. La pieza misma, aun­que Harris no la reconoció, era sin duda la música de una misa: enorme, mayestática, ¿lúgubre? Se esparcía amenazado­ra por la habitación llena de humo a un ritmo lento y podero­so. Era como si una presencia imponente, a la par que profun­damente íntima, se estuviera abriendo camino y, al hacerlo, dejara marcada en todos y cada uno de los rostros de los pre­sentes la huella de las enormes fuerzas de las que era el símbo­lo audible. Los semblantes de aquellos hombres habían adqui­rido una expresión siniestra, pero aquel matiz siniestro no era algo meramente pasivo o negativo, tras sus sombrías expre­siones se escondía algún propósito. De pronto recordó el sem­blante del hermano Kalkmann en el pasillo aquella tarde. Los motivos que alentaban en lo más secreto de sus almas se refle­jaban ahora con toda nitidez en sus ojos, en sus bocas, en sus frentes, como los negros estandartes de una asamblea de cria­turas desventuradas y perdidas. Demonios… fue la horrible palabra que le cruzó por la mente como un relámpago.

Cuando tuvo aquella súbita revelación, Harris perdió el control. Sin pararse a pensar o a ponderar lo insólito de aquella idea, hizo algo que era a la vez muy estúpido y per­fectamente natural. Impulsado de pronto por una tensión irresistible que le impelía a actuar se levantó de un salto… y se puso a gritar. Para su propio asombro estaba de pie chi­llando con todas sus fuerzas.

Pero nadie se movió ni un ápice. Aparentemente no ha­bían prestado la más mínima atención a aquel comporta­miento absurdo y desmedido. Era como si nadie, aparte de él, hubiera escuchado el grito, como si la música lo hubiera ahogado y engullido; en definitiva, como si no hubiera grita­do tan alto como él creía o, simplemente, no hubiera gritado.

Entonces, mientras miraba a aquellos rostros impasibles y sombríos, sintió que un frío helador le recorría todo el cuerpo hasta llegar a su propia alma. Todas sus emociones se enfriaron de pronto, retirándose como la marea al bajar. Vol­vió a sentarse, avergonzado y enfadado consigo mismo por aquel comportamiento, más propio de un loco o de un chi­quillo. Entretanto, de los pálidos dedos del hermano Schlie­mann, semejantes a pequeñas serpientes, seguía fluyendo la música, como un vino envenenado vertido a través de las extravagantes formas de los cuellos de las vasijas de la an­tigüedad.

Y al igual que hacían todos los demás, Harris lo fue absor­biendo.

Trató de convencerse a sí mismo de que había sido vícti­ma de una especie de alucinación y puso el máximo empeño en controlar sus sentimientos. En aquel momento la música cesó. Todos aplaudieron y comenzaron de inmediato a ha­blar, a reír, a cambiarse de sitio, a acercarse a felicitar al mú­sico, comportándose con toda naturalidad y desenvoltura como si nada extraño hubiera ocurrido. Sus rostros volvían a ser normales. Los Hermanos se arremolinaban en torno a su invitado, que se unió a la conversación e incluso se oyó a sí mismo felicitando al dotado pianista.

Pero, al mismo tiempo, se iba acercando poco a poco ha­cia la puerta, cada vez más y más cerca, cambiando de silla siempre que le era posible y procurando unirse a los grupos que se encontraban más próximos a la vía de escape.

-Quisiera darles las gracias tausendmal por esta pequeña recepción y por el gran placer que me ha causado y lo honrado que me he sentido -comenzó a decir, finalmente, con de­cisión-, pero me temo que ya he abusado bastante de su hos­pitalidad y, además, aún me queda un largo trecho que an­dar hasta la pensión.

Sus palabras fueron recibidas con un coro de protestas. No querían ni oír hablar de su partida, al menos, no antes de que hubiera compartido con ellos un pequeño refrigerio. Sa­caron pumpernickel de un armario, pan de centeno y salchi­chas de otro, y todos se pusieron de nuevo a charlar y a co­mer. Se preparó más café, se encendieron nuevos puros y el hermano Meyer sacó su violín y comenzó a afinarlo suave­mente.

-Siempre habrá alguna cama libre en el piso de arriba, si a Herr Harris le parece bien -dijo uno.

-Y además, es difícil salir ahora que todas las puertas es­tán ya cerradas -dijo otro lanzando una risotada.

-Aceptemos los pequeños placeres según nos llegan -gri­tó un tercero-. El hermano Harris tiene que comprender lo mucho que nos honra con su última visita.

Pusieron docenas de excusas. Todos reían como si la cor­tesía de sus palabras fuera una mera formalidad que oculta­ra levemente -cada vez más levemente- un significado muy distinto.

-Y ya se acerca la medianoche -añadió el hermano Kalk­mann, luciendo una sonrisa encantadora, pero con un tono de voz que al inglés le hizo pensar en el chirrido de unos goznes.

Cada vez le costaba más comprender el alemán que habla­ban aquellos hombres. Se había fijado en que le habían lla­mado Hermano, como si le consideraran ya uno de los su­yos.

De repente lo vio claro, y sintió un escalofrío al darse cuenta de que durante todo aquel tiempo había estado inter­pretando de una manera errónea, completamente errónea, lo que decían. Habían hablado de la belleza del lugar, de su aislamiento, de lo apartado que estaba del mundo, de lo ade­cuado que era para cierto tipo de desarrollos y devociones espirituales; pero ahora se percataba de que el sentido que daban a aquellas palabras no era ni mucho menos el que él había interpretado. Se referían a cosas muy distintas. Sus po­deres espirituales, su deseo de soledad, su pasión por el cul­to, no eran los poderes, la soledad ni el culto en los que él pensaba. Estaba desempeñando un papel en una horrible mascarada, se hallaba entre hombres que se ocultaban bajo el manto de la religión para poder llevar a cabo sus verdade­ros propósitos lejos de las miradas indiscretas.

¿Qué significaba todo aquello? ¿Cómo era posible que se hubiera metido por error en una situación tan equívoca? ¿Pero, había sido un error? ¿No sería más bien que le habían conducido a ella de una forma deliberada? Sus pensamien­tos eran cada vez más confusos y comenzaba a perder la con­fianza en sí mismo. ¿Y, por qué -volvió a pensar- les impre­sionaba tanto el mero hecho de que hubiera venido a visitar el colegio? ¿Qué había de admirable en algo tan trivial? ¿Por qué le daban tanta importancia a que hubiera tenido «el va­lor de venir», a haberse «ofrecido tan libre, tan incondicio­nalmente» como uno de ellos había dicho con tal exagera­ción que parecía más bien una burla?

El miedo había hecho presa en su corazón de una forma horrible y no encontraba respuesta a ninguno de aquellos interrogantes. Sólo había una cosa que ahora le parecía muy clara: tenían la intención de que no saliera de allí. No estaban dispuestos a dejarle marchar. A partir de aquel momento se dio cuenta de que eran siniestros, temibles y que, de un modo que aún no había conseguido descubrir, representa­ban una amenaza para su persona, para su propia vida. La fra­se que había dicho uno de ellos hacía no mucho -«su última visita»- le vino a la cabeza escrita con caracteres de fuego.

Harris no era un hombre de acción, y a lo largo de toda su carrera profesional nunca se había visto en una situación de verdadero peligro. No es que fuera un cobarde, pero sí una persona cuyo temple aún no había sido puesto a prueba. Por fin se había dado perfecta cuenta de que su situación era muy delicada y que se las tenía que ver con unos hombres que estaban dispuestos a todo. Sin embargo, tan sólo se ha­cía una vaga idea de cuáles pudieran ser sus intenciones. Su mente estaba demasiado ofuscada para poder razonar con claridad, se limitaba a dejarse guiar ciegamente por su ins­tinto. En ningún momento llegó a pensar que los Hermanos pudieran haberse vuelto locos o que fuera él mismo quien hubiera perdido temporalmente el juicio y se hallara bajo los efectos de algún tipo de delirio. Lo cierto es que su mente es­taba en blanco, de lo único que estaba seguro era de que tenía que escapar de allí… y cuánto antes mejor. Sus senti­mientos habían sufrido un cambio brusco y ahora le domi­naban por completo.

En consecuencia, abandonó de momento cualquier inten­to de rebeldía. Comió pumpernickel y bebió café, mientras hablaba con los demás de la forma más natural y correcta de que fue capaz y, cuando lo creyó oportuno, se puso en pie y les anunció una vez más que ya era hora de marcharse. Ha­bló muy pausadamente pero con un tono decidido. Nadie que le hubiera escuchado habría albergado la más mínima duda de que hablaba muy en serio. En aquel instante se en­contraba ya muy cerca de la puerta.

-No saben cuanto lamento -dijo, con su mejor alemán, a una habitación que le escuchaba en completo mutismo- que nuestra encantadora velada tenga que concluir, pero creo que ha llegado la hora de que me despida de ustedes deseán­doles las buenas noches. -Entonces, en vista de que nadie decía nada, añadió, aunque en esta ocasión un tanto más du­bitativo-: Y quiero que sepan que les agradezco de todo co­razón su hospitalidad.

-Muy al contrario -respondió Kalkmann de inmediato, levantándose de su silla y haciendo caso omiso de la mano que Harris había extendido para detenerle-, somos noso­tros los que tenemos que darle a usted las gracias, y lo hace­mos con toda sinceridad y gratitud.

En aquel preciso momento, cerca de media docena de Hermanos se plantaron entre Harris y la puerta.

-Es usted muy amable al decir eso -respondió Harris con toda la firmeza de que fue capaz, tras advertir de soslayo el movimiento que acababa de producirse-, pero de verdad que no entiendo por qué les complace tanto esta visita que he hecho un poco por casualidad.

Avanzó entonces un paso más hacia la puerta, pero el her­mano Schliemann cruzó rápidamente la habitación y se puso delante de él. Su postura indicaba que no tenía inten­ción de moverse de ahí. En su rostro se dibujaba una expre­sión sombría y terrible.

-Pero usted no ha venido aquí por casualidad, hermano Harris -dijo en voz muy alta para que sus palabras se oyeran en toda la habitación-. Confío en que no habremos interpre­tado erróneamente su presencia aquí -añadió, arqueando sus negras cejas.

-No, no -se apresuró a responder el inglés-. Estaba… es­toy encantado de encontrarme entre ustedes. No me inter­preten mal, se lo ruego. -Su voz titubeaba un poco y le cos­taba encontrar las palabras. Además, también le costaba cada vez más entender las palabras que ellos usaban.

-Claro que no nos hemos equivocado -intervino el her­mano Kalkmann con su férrea voz de bajo-. Usted ha regre­sado imbuido de un espíritu de auténtica y generosa devo­ción. Se ofrece usted libremente y todos lo valoramos. Son precisamente su disposición y su nobleza las que han hecho que se gane usted nuestro respeto y veneración. -Un leve murmullo de aprobación se extendió por toda la habita­ción-. Lo que más nos complace a todos -y lo que le compla­cerá más sin duda a nuestro gran Maestro- es que usted se haya ofrecido de manera espontánea y voluntaria como…

Empleó una palabra que Harris no comprendió: Opfer. El inglés, totalmente desconcertado, se puso a darle vueltas a la cabeza en busca de la traducción de aquella palabra, pero fue inútil. Aunque le hubiera ido la vida en ello no habría podi­do recordar su significado. Sin embargo, a pesar de ser inca­paz de encontrar su traducción, aquella palabra le había he­lado el corazón. Aquello era peor, mucho peor, que todo lo que había imaginado. Se sentía perdido, desvalido y, a partir de aquel instante, toda su capacidad de lucha se desvaneció.

-Es magnífico que de forma voluntaria acceda a ser… -añadió Schliemann, mientras se desplazaba furtivamente hasta su lado, con un mirada lasciva en su semblante. Había vuelto a utilizar la misma palabra: Opfer.

¡Dios bendito, qué podía significar todo aquello! ¡Ofre­cerse a sí mismo! ¡Auténtico espíritu de devoción! ¡De forma voluntaria! ¡Generosa! ¡Magnífico! ¡Opfer, Opfer, Opfer! ¿Dios del cielo, qué podía significar esa extraña y misteriosa palabra que le llenaba de espanto el corazón?

Hizo un heroico esfuerzo por mantener su presencia de animo y controlar sus nervios. Se dio la vuelta y vio que el rostro de Kalkmann tenía una palidez de muerte. ¡Kalk­mann! Sabía lo que quería decir aquel nombre. Kalkmann significaba: hombre de caliza; sí, eso lo sabía, ¿pero qué sig­nificaba Opfer? Ésa era la verdadera clave de la situación. Un torrente de palabras fluía por su mente desordenada: pala­bras poco frecuentes que quizá sólo había oído una vez en la vida, pero el significado de Opfer, un término de uso común, se le escapaba totalmente. ¡Qué cruel sarcasmo!

Entonces Kalkmann, pálido como un cadáver, pero con un semblante duro como el hierro, dijo en voz baja unas pa­labras que Harris no consiguió entender, e inmediatamente, los Hermanos que se encontraban junto a la pared bajaron la luz de las lámparas hasta que la habitación se quedó casi a oscuras. En aquella penumbra Harris apenas si alcanzaba a distinguir sus rostros y sus movimientos.

-Ha llegado la hora -oyó, justo detrás de él, la voz grave de Kalkmann expresándose con tono implacable-. Ya casi es medianoche. Preparémonos. ¡Ya viene! ¡El hermano Asmo­delius viene! -Su voz parecía entonar un canto.

El sonido de aquel nombre, por alguna razón inexplica­ble, era terrible, absolutamente terrible. Harris se puso a temblar de los pies a la cabeza al oírlo. En el momento de pronunciarlo el aire había retumbado levemente y se había hecho el silencio en toda la habitación. Sintió alrededor de él unas fuerzas que transformaban lo normal en algo espanto­so, y un miedo atroz le recorrió todo su ser llevándole al bor­de del colapso.

¡Asmodelius! ¡Asmodelius! Aquel nombre le horrorizaba. Ya sabía a quién hacía referencia y cuál era el significado que se ocultaba tras el sonido de aquella poderosa palabra. En aquel preciso instante supo también el significado de la pa­labra que había sido incapaz de recordar. La transcendencia de la palabra Opfer se le reveló a su alma con un mensaje de muerte.

Pensó hacer un último intento desesperado de alcanzar la puerta, pero la debilidad de sus rodillas, que no paraban de temblar, y la fila de figuras negras que se interponían entre él y su objetivo, le disuadieron de inmediato. Habría gritado pidiendo auxilio, pero al recordar el inmenso vacío del edifi­cio y la soledad de su emplazamiento, comprendió que no obtendría ninguna ayuda por esa vía, de modo que no abrió la boca. Permaneció inmóvil, sin hacer nada y, sin embargo, sabía muy bien lo que le esperaba.

Dos Hermanos se le acercaron y le cogieron del brazo con mucha delicadeza.

-El hermano Asmodelius le acepta -le susurraron-. ¿Está listo?

Entonces recuperó el habla y trató de decir algo:

-¿Pero qué tengo que ver yo con ese tal hermano As… Asmo…? -tartamudeó, mientras un torrente de palabras pugnaban por salir en vano del cerco de su titubeante len­gua.

Sus labios se negaban a pronunciar aquel nombre. No sa­bía pronunciarlo como hacían los demás. Le era del todo im­posible. La sensación de hallarse indefenso entró en su fase más aguda; su incapacidad para decir aquel nombre hizo que su mente volviera a sumirse en una horrible confusión y entró en un estado de máximo nerviosismo.

-Vine aquí para hacer una visita amistosa -trató de decir con un gran esfuerzo, pero oyó con espanto cómo su voz decía algo muy distinto, utilizando precisamente la misma palabra que los demás habían usado-. Vine aquí por propia voluntad como Opfer -se oyó decir- y estoy plenamente dispuesto.

Ya no había salvación posible. No sólo su mente, sino también sus músculos habían dejado de obedecerle. Tenía la sensación de hallarse vacilando en los confines de un mundo fantasmal o demoníaco, cuyo amo y señor respondía al nombre que habían pronunciado y en el cual aquella palabra constituía la suprema expresión del poder.

Todo lo que vio y oyó a partir de entonces le pareció una pesadilla.

-En la penumbra que oculta toda verdad, preparémonos para el culto y la devoción -salmodió Schliemann, que le ha­bía precedido hasta el fondo de la habitación.

-Envueltos en las brumas que protegen nuestros rostros de la presencia del Negro Trono, preparemos a la víctima vo­luntaria -respondió la voz grave de Kalkmann.

Todos alzaron los rostros y permanecieron a la escucha. Entonces el aire retumbó con un estruendo similar al de un potente proyectil que llegara desde una lejanísima distancia; era un sonido impresionante, prodigioso. Las paredes de la habitación temblaron.

-¡Ya viene! ¡Ya viene! ¡Ya viene! -entonaron todos los Her­manos a coro.

El estruendo se fue apagando; una atmósfera de quietud y un frío glacial se extendieron sobre la habitación. Entonces Kalkmann, con una expresión de extrema severidad, se dio la vuelta en la penumbra y se puso de cara a los demás.

-Asmodelius, nuestro Gran Hermano, está entre noso­tros -gritó con su voz férrea en la que, sin embargo, se apre­ciaba un cierto temblor-. Asmodelius está entre nosotros. Disponedlo todo.

Siguió luego una pausa durante la cual todos permanecie­ron inmóviles y sin decir nada.

Un Hermano muy alto se acercó al inglés, pero Kalkmann le sujetó la mano.

-No le tapéis los ojos -dijo-, en señal de reconocimiento a su entrega voluntaria. -En aquel momento Harris se dio cuenta, con horror, de que ya tenía las manos atadas a los costados.

El Hermano se retiró en silencio y, poco después, todas las formas que le rodeaban se postraron de rodillas y sólo que­dó él en pie. Mientras se arrodillaban, con voces apagadas en las que se mezclaba la reverencia y el temor, empezaron a en­tonar suavemente el nombre odioso y terrible del Ser cuya aparición esperaban de un momento a otro.

En el otro extremo de la habitación las ventanas parecían haber desaparecido y en su lugar resplandecían las estrellas. Recortándose sobre el cielo nocturno surgió a gran altura la si­lueta majestuosa y terrible de un hombre. Estaba envuelto en una nube gris de tal manera que parecía casi una estatua ence­rrada en una caja de acero. Aún en su distante esplendor aque­lla figura resultaba inmensa, imponente, horrible. Su rostro, aunque rebosaba poderío espiritual, expresaba tal orgullo y una tristeza tan severa, que Harris, al contemplarlo, sintió que sus ojos no podrían aguantar su visión y que, en cualquier mo­mento, su vista le abandonaría y se disolvería en la nada.

Aquella figura que se mantenía suspendida en el aire pa­recía tan remota e inaccesible que resultaba imposible determinar su tamaño; pero, al mismo tiempo, su presencia se sentía tan próxima que, cuando el resplandor gris de su sem­blante quebrado, tan poderoso y tan profundamente triste, se abatió sobre su alma, irradiando como una negra estrella los poderes de la perversión espiritual, Harris tuvo la sensa­ción de contemplar un rostro que no se encontraba más le­jos que el de cualquiera de los Hermanos que tenía a su lado.

Entonces la habitación se llenó de sonidos y comenzó a temblar. Harris comprendió que se trataba de las voces rotas de todas las víctimas que le habían precedido a lo largo de los años. Lo primero que oyó fue un grito breve y agudo, como de un hombre que en su última agonía tratara deses­peradamente de respirar, para acabar pronunciando, justo antes de expirar, el nombre de su Amo, de aquel Ser que se regocijaba al oírlo. Luego siguieron los gritos del estrangu­lamiento, los jadeos breves y continuos de la asfixia y el gor­goteo apagado de una garganta oprimida. Los ecos de estos gritos y de muchos otros resonaban encerrados entre aque­llas cuatro paredes, las mismas en las que Harris, la nueva víctima propiciatoria, estaba prisionero. Pero más desgarra­dores aún que los gritos de los cuerpos destrozados eran los de las almas golpeadas y quebrantadas. Y mientras los alari­dos de aquel espantoso coro subían y bajaban de intensidad, aparecieron también los rostros de las criaturas desdichadas y perdidas a las que pertenecían las voces. Contra el telón de fondo de aquella tenue luz gris, desfilaba en el aire un cortejo de semblantes pálidos y lastimeros que balbucían palabras dirigidas a él y parecían hacerle gestos con la mano para que se les uniera como si ya fuera uno más de ellos.

La gigantesca figura gris, mientras se alzaba el coro de vo­ces y el pálido cortejo iba pasando de largo, fue descendien­do lentamente del cielo y se acercó a la habitación donde se encontraban sus fieles y el prisionero. Harris, en medio de la oscuridad, advirtió junto a él un movimiento de manos y se dio cuenta de que le estaban poniendo algo. Sintió el tacto helado de una diadema que le rodeaba la cabeza, mientras que, en torno a su cintura, por encima de sus manos atadas, le colocaban una correa muy apretada. Finalmente, sintió al­rededor de su cuello un roce sedoso y suave; no necesitaba una luz más intensa o un espejo para saber que se trataba de la cuerda del sacrificio… y de la muerte.

En aquel momento los Hermanos, que seguían postrados en el suelo, volvieron a entonar aquel canto lastimero a la par que vehemente y, justo entonces, ocurrió algo extraño. Aunque aparentemente la enorme figura no se había movi­do ni había cambiado de posición, ahora parecía encontrar­se dentro de la habitación, casi a su lado, abarcando todo el espacio que le rodeaba.

Harris había traspasado las fronteras normales del miedo, en su corazón sólo palpitaba ya el sentimiento de abandono que precede a la muerte… a la muerte del alma. El pensa­miento había dejado de acuciarle para que intentara escapar. El fin estaba cerca, y lo sabía.

La espantosa salmodia de las voces se alzaba en torno suyo a oleadas: ¡Adoramos! ¡Veneramos! ¡Ofrecemos! Aque­llos sonidos retumbaban en su oído y rebotaban contra su cerebro sin transmitirle apenas ningún significado.

Entonces, aquel majestuoso rostro gris se agachó lenta­mente hacia él, y Harris sintió que el alma se le escapaba del cuerpo y se hundía en el mar de aquellos ojos atormentados. En aquel preciso momento, una docena de manos le forzaron a ponerse de rodillas. Vio a Kalkmann alzar el brazo y sintió que la presión en torno a su garganta se hacía más intensa.

En ese instante terrible, cuando ya había abandonado toda esperanza y cualquier tipo de ayuda, divina o humana, parecía descartada, sucedió algo extraordinario. De forma totalmente inesperada, sin ninguna explicación lógica, ante sus ojos aterrorizados a punto ya de cerrarse apareció, en­vuelto en un halo de luz, el rostro del otro hombre que había compartido mesa con él en la posada de la estación. La sola imagen mental del rostro sano y enérgico de aquel inglés le infundió de pronto nuevos bríos.

No había sido más que un destello fugaz que había cruza­do su debilitada visión justo antes de hundirse en una muer­te oscura y terrible y, sin embargo, por alguna razón difícil de explicar, la imagen de aquel rostro le había llenado de es­peranza, haciéndole sentir que su liberación estaba próxima. Era un rostro que transmitía poder, un rostro -ahora se daba cuenta- de pura bondad; similar quizá al que los hombres de la antigüedad vieron en las costas de Galilea: un rostro capaz de derrotar incluso a los diablos del espacio exterior.

Aunque estaba ya sumido en la desesperación y el aban­dono, lo invocó con tono decidido. En aquel momento so­brecogedor recuperó el habla. Nunca llegó a recordar cuáles fueron las palabras que empleó o si fueron palabras alema­nas o inglesas. No obstante, su efecto fue instantáneo. Los Hermanos comprendieron y aquella gris Presencia del mal también comprendió.

Durante un segundo reinó la confusión. Se escuchó un es­truendo ensordecedor. Era como si la tierra entera se hubie­ra puesto a temblar. Pero, lo único que Harris recordaría más tarde fue que, en torno de él, se alzó un clamor de voces presas de una terrible alarma:

-¡Hay un hombre con poder entre nosotros! ¡Un enviado de Dios!

El tremendo ruido que ya oyera antes -aquel tronar de in­mensos proyectiles surcando el espacio- se repitió, y enton­ces Harris se desplomó inconsciente sobre el suelo de la sala. Toda la escena se disipó como el humo que sale de una chi­menea al soplar el viento.

A su lado se sentaba la figura menuda y de aspecto nada alemán del desconocido que viera en la posada, el hombre de los ojos fascinantes.

 

Cuando Harris recobró el conocimiento sintió frío. Estaba tumbado al raso y la fresca brisa que venía de los campos y del bosque le daba de cara. Se incorporó un poco y miró a su alrededor. El horror de la última escena seguía grabado en su mente, pero de todo aquello ya no quedaba ni rastro. No estaba encerrado entre paredes, no había un techo sobre él: ya no estaba en una habitación. No había lámparas a media luz, ni humo de puros, ni las formas oscuras y siniestras de los adoradores, ni la imponente Figura gris que permanecía suspendida en el aire más allá de las ventanas.

Se encontraba en un espacio abierto tirado sobre una pila de ladrillos y argamasa; el rocío empapaba sus ropas y, en lo alto, brillaban benignas las estrellas. Estaba tumbado, cu­bierto de magulladuras, y en un estado de gran agitación, entre los escombros de un edificio derrumbado.

Se puso en pie y echó una mirada a su alrededor. En la dis­tancia se extendía el cinturón del bosque, envuelto en som­bras y, muy próximas, se levantaban las siluetas de los edifi­cios del pueblo. Pero, a sus pies, no había absolutamente nada más que montones de cascotes; los vestigios de un edi­ficio que hacía mucho que se había desmoronado. Las pie­dras estaban ennegrecidas y, sobre los escombros, se distin­guían las líneas que trazaban unas vigas entre quemadas y podridas. Se encontraba entre las ruinas de un edificio des­truido por el fuego; las ortigas y las malas hierbas que crecían por todas partes daban testimonio de que se hallaba en ese estado desde hacía muchos años.

La luna ya se había ocultado tras el bosque circundante, pero la luz de las estrellas que tachonaban el cielo bastaba para cerciorarse de la veracidad de lo que contemplaba. Ha­rris, el comerciante en sedas, rodeado de piedras rotas y que­madas, se puso a temblar.

Súbitamente se percató de una presencia que surgía de entre las sombras y se ponía a su lado. Forzó la vista y creyó recono­cer el rostro del desconocido de la posada de la estación.

-¿Es usted real? -preguntó con una voz que apenas si le pareció la suya.

-Soy algo más que real… soy un amigo -replicó el desco­nocido-. Le he seguido hasta aquí desde la posada.

Harris se quedó un rato mirándole sin pronunciar pala­bra. Los dientes le castañeteaban y el más mínimo ruido le producía un sobresalto, pero el simple hecho de oír que le hablaban en su propio idioma y el tono en que había pro­nunciado aquellas palabras bastaron para que sintiera un gran alivio.

-Gracias a Dios que también es usted inglés -dijo de for­ma incongruente-. Estos demonios de alemanes… -No pudo concluir la frase y se cubrió los ojos con las manos-. ¿Pero qué ha sido de ellos… y la habitación y… y. ..? -Se llevó la mano a la garganta y la pasó nervioso por el cuello. Lanzó un larguísimo suspiro de alivio-. ¿Todo ha sido un sueño… todo? -dijo con turbación.

Miró ansioso a su alrededor, y el desconocido, dando un paso adelante, le tomó del brazo.

-Venga -dijo imprimiendo a su voz un tono tranquiliza­dor, aunque con cierto matiz de orden-, será mejor que nos alejemos de aquí. La carretera, o incluso el bosque, serán más de su agrado. Ahora estamos en uno de los lugares más hechizados -más terriblemente hechizados- de toda la tierra.

Guió el paso titubeante de su compañero por entre aque­llos cascotes en dirección al sendero; las ortigas les pincha­ban las manos y Harris avanzaba a tientas, como un sonám­bulo. Cruzaron los retorcidos barrotes de la verja, y una vez que llegaron al sendero, se dirigieron hacia la carretera, que brillaba blanca en la noche. Cuando por fin se hallaron fuera de las ruinas, Harris, ya más sereno, se dio la vuelta y miró hacia atrás.

-¿Pero, cómo es posible? -exclamó, con voz todavía tem­blorosa- ¿Cómo se explica todo esto? Cuando llegué aquí vi el edificio alumbrado por la luz de la luna. Me abrieron la puerta. Vi aquellas figuras, oí sus voces y toqué -sí, llegué a tocar- sus mismas manos y vi sus malditos rostros sombríos, con más claridad aún de como le veo a usted ahora. -Estaba profundamente aturdido. Seguía dominado por aquel em­brujo hasta el punto de parecerle más real que la vida nor­mal-. ¿Es que ha sido todo una ilusión?

De repente, las palabras del desconocido, a las que no ha­bía prestado demasiada atención, le vinieron a la mente.

-¿Hechizado? -preguntó, clavando la mirada en el otro-. ¿Ha dicho usted hechizado? -Se detuvo en medio de la ca­rretera y se quedó mirando a la oscuridad donde se le había aparecido por primera vez el edificio de su viejo colegio. Pero el desconocido tiró de él para que apresurara el paso.

-Será mejor que hablemos de ello cuando estemos más le­jos, en un lugar más seguro -dijo-. Desde que me di cuenta de a dónde se dirigía abandoné la pensión y comencé a se­guirle. Cuando le encontré eran ya las once de la noche…

-Las once -dijo Harris, agitado por un temblor al recor­dar lo ocurrido.

-…le vi caer. Estuve vigilándole hasta que recuperó el sen­tido por sí solo y ahora… bien, ahora estoy aquí para llevarle sano y salvo a la posada. He roto el hechizo, el encantamiento.

-Estoy en deuda con usted, caballero -le interrumpió de nuevo Harris, que comenzaba a hacerse una idea de por qué aquel hombre se mostraba tan amable-, pero no entiendo muy bien lo que ha pasado. Todavía estoy un tanto aturdido y afectado. -Le castañeteaban los dientes y sufría violentos espasmos que le recorrían de los pies a la cabeza. Sin darse cuenta se había aferrado al brazo de su acompañante. De esta guisa, dejaron atrás los vestigios del pueblo abandona­do y alcanzaron la carretera que, tras cruzar el bosque, con­ducía de vuelta a la posada.

-Hace mucho que el edificio del colegio está en ruinas -dijo en ese momento el hombre que caminaba a su lado-. Los Mayores de la comunidad ordenaron que lo quemaran hará ya unos diez años. Desde entonces el pueblo está desha­bitado. Sin embargo, continúa produciéndose un simulacro de los horrendos acontecimientos que tuvieron lugar bajo ese techo. Las «formas externas» de los principales protago­nistas aún representan allí los terribles hechos que conduje­ron a su final destrucción y al abandono de todo el asenta­miento. ¡Eran adoradores del Demonio!

Mientras Harris le escuchaba su frente se iba perlando de gotas de sudor que no se debían tan sólo a su lento caminar envueltos por el frescor de la noche. Aunque no había visto a este hombre más que una vez en su vida, y nunca había in­tercambiado con él ni una palabra, su presencia le hacía sen­tir un grado de confianza y una sutil sensación de seguridad y bienestar que constituían el mejor efecto curativo que po­día desearse tras la experiencia por la que había pasado. A pesar de ello, seguía teniendo la sensación de estar andando en sueños, y aunque no perdía palabra de lo que le decía su compañero, no fue hasta el día siguiente cuando se dio plena cuenta de la importancia de lo que le había contado. La pre­sencia sosegada de aquel desconocido, el hombre de los ojos fascinantes, que ahora más que verlos los sentía, era como un bálsamo que aliviaba a fondo su espíritu turbado. El efec­to curativo que desprendía la oscura figura que caminaba a su lado, satisfacía su necesidad más imperiosa, de tal modo que apenas si se daba cuenta de qué extraño y qué oportuno había sido que se encontrara en aquel lugar.

El caso es que no se le ocurrió preguntarle su nombre, ni le sorprendió en exceso que un turista que estaba allí de paso se tomará tantas molestias por otro turista. Se limitaba a ca­minar a su lado, escuchando sus sosegadas palabras y dis­frutando, tras la terrible experiencia que acababa de pasar, de la maravillosa sensación de sentirse ayudado, fortalecido, reconfortado. Sólo en una ocasión, tras un comentario más extraordinario de lo habitual, recordó vagamente algo que había leído hace muchos años y, volviéndose hacia el hom­bre que estaba a su lado, le preguntó de forma casi invo­luntaria:

-Caballero, ¿no será usted por casualidad un Rosacruz?

Pero el desconocido hizo caso omiso de aquellas palabras o, quizá, ni tan siquiera las oyó, pues siguió hablando como si tal cosa. En aquel momento, mientras caminaban uno junto al otro por los tramos más fríos del bosque, una ima­gen bastante singular se apoderó de la mente de Harris; le vino a la imaginación el recuerdo infantil de Jacob luchando con el ángel… luchando toda la noche contra un ser superior, cuya fuerza, finalmente, pasaba a ser suya.

-Su áspera conversación con el cura durante la cena me puso tras la pista de este extraordinario suceso -sentía la voz sosegada de aquel hombre muy próxima en medio de la os­curidad-, y fue precisamente aquel cura quien, una vez que usted se hubo marchado, me contó la historia del culto satá­nico que se había implantado en secreto en el mismo seno de esta pequeña comunidad de vida tan sencilla y devota.

-¡Un culto satánico! ¡Aquí…! -balbució Harris horrori­zado.

-Sí… aquí; practicado en secreto durante años por un grupo de Hermanos hasta que una serie de misteriosas de­sapariciones en el vecindario condujeron a su descubri­miento. ¿En qué otro lugar del mundo que no fuera este re­cinto protegido por el manto de la beatitud y la vida santa habrían podido sentirse más seguros para desarrollar su in­fame comercio y sus perversos poderes?

-¡Es horrible, horrible! -susurró el comerciante en se­das-. Cuando le cuente las cosas que me dijeron…

-No hace falta -le respondió con calma el desconocido-. He visto y escuchado todo lo ocurrido. En un principio mi plan era esperar hasta el último momento y, entonces, dar los pasos necesarios para destruirlos, pero por su propia se­guridad -hablaba con la máxima convicción y seriedad-, por la seguridad de su alma, preferí dar a conocer mi presen­cia justo cuando lo hice, antes de que hubiera concluido todo.

-¡Mi seguridad! Entonces el peligro era real. Estaban vi­vos y… -No le salían las palabras. Se paró en la carretera y se volvió hacia su acompañante; apenas si conseguía intuir el brillo de sus ojos en medio de tanta oscuridad.

-Era una reunión de las formas externas de unos hombres violentos, dotados de una espiritualidad muy desarrollada, aunque perversa, que buscaban a través de la muerte -la muerte de los cuerpos- la prolongación de su existencia vil y antinatural. De haber conseguido sus objetivos usted mis­mo, tras la muerte de su cuerpo, habría caído en su poder y les habría ayudado a acometer sus terribles propósitos.

Harris no respondió. Trataba con todas sus fuerzas de concentrar sus pensamientos en las cosas sencillas y agrada­bles de la vida. Incluso pensó en sedas, en St. Paul’s Church­yard y en los rostros de sus socios.

-Usted reunía todos los requisitos para que le atraparan -Harris sentía que aquella voz le llegaba ahora desde muy le­jos-. El estado de ánimo tan introspectivo en que se hallaba ya había reconstruido el pasado tan vívida e intensamente que, de forma inmediata, entró en contacto con todas las fuerzas de aquellos tiempos que pudieran permanecer toda­vía asociadas al lugar. Se le llevaron por delante sin que us­ted ofreciera ninguna resistencia.

Harris, al oír aquello, se agarró con más fuerza al brazo del desconocido. De momento en su corazón sólo había es­pacio para una emoción. No le pareció extraño que aquel hombre tuviera un conocimiento tan detallado de sus pen­samientos más íntimos.

-Es una pena, pero lo cierto es que son sobre todo los sen­timientos malignos los que dejan su impresión fotográfica en aquellos lugares u objetos asociados a ellos. ¿Cuándo se ha oído hablar de algún lugar encantado por una acción no­ble o de un fantasma bello y encantador que regresara para visitar los escenarios sublunares? Es una auténtica desgra­cia, pero sólo las pasiones perversas de los corazones huma­nos son lo bastante fuertes para dejar de sí imágenes que persistan; el bien es siempre demasiado tibio.

El desconocido exhaló un suspiro mientras hablaba. Sin embargo, Harris estaba tan agotado y turbado que se limita­ba a seguir sus pasos sin prestar excesiva atención a lo que decía. Aún seguía caminando como en sueños. Aquel paseo de regreso bajo la luz de las estrellas, a primeras horas de la madrugada de octubre, le parecía maravilloso. Les envolvía la paz del bosque, la neblina se alzaba por doquier en los pe­queños claros y el sonido del agua de cientos de regatos invi­sibles llenaba las pausas de la conversación. A lo largo de su vida Harris siempre recordó aquel paseo como algo mágico e increíble, algo que parecía casi demasiado hermoso -de­masiado extraordinario y hermoso- para haber sido del todo real. Y aunque mientras ocurría apenas si oyó o com­prendió una cuarta parte de lo que aquel desconocido le contó, más adelante volvería a recordarlo y permanecería con él hasta el final de sus días, envuelto siempre en ese halo de encantamiento e irrealidad, como si todo hubiera sido un maravilloso sueño del que guardara tan sólo un recuerdo impreciso pero muy intenso de algunas de sus partes.

Finalmente, el horror de su experiencia anterior terminó por disiparse del todo. Cuando llegaron a la posada de la es­tación, a eso de las tres de la madrugada, Harris estrechó cordial y efusivamente la mano del desconocido y puso todo su corazón en la respuesta que dio a la mirada de aquellos fascinantes ojos; después subió a su habitación, recordando vagamente, como en un sueño, las palabras con las que el desconocido había dado por finalizada su conversación al salir del bosque:

«Si los pensamientos y las emociones pueden perdurar mucho tiempo después de que el cerebro que los originó se haya convertido en polvo, es de vital importancia que sepa­mos controlarlos desde el mismo momento en que brotan de nuestro corazón y los sometamos a la más estrecha vigilan­cia.»

Harris, el comerciante en sedas, durmió aquella noche mucho mejor de lo que cabía esperar, y tan profundamente, que no despertó hasta bien avanzado el día siguiente. Cuan­do bajó de su habitación y se enteró de que el desconocido ya había partido, lamentó con amargura que en ningún mo­mento se le hubiera ocurrido preguntarle su nombre.

-Sí, ha firmado el libro de registro -le dijo la chica de la recepción en respuesta a su pregunta.

Fue pasando las páginas hasta llegar a la última entrada donde, escrito con una caligrafía muy cuidada y singular, podía leerse:

JOHN SILENCE, Londres

*FIN*


“Secret Worship”,
John Silence, Physician Extraordinary, 1908


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