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Historia de la casa de las persianas verdes

[Cuento - Texto completo.]

Robert Louis Stevenson

Mr. Francis Scrymgeour, empleado del Banco de Escocia en Edimburgo, tenía veinticinco años y una vida tranquila, de provecho, valiosa y respetable. Su madre había muerto siendo él muy niño, pero su padre, un hombre honesto y sensato, le hizo estudiar en un colegio magnífico y supo a la vez inculcarle una conducta morigerada y sobria. Mr. Francis, que era de buen carácter, de temperamento apacible y muy cariñoso, supo aprovechar bien cuanto le enseñó y procuró su padre, y al cabo obtuvo de ello un buen trabajo, al que se entregaba con la mayor honradez. Como entretenimientos tenía dar un paseo los sábados por la tarde, cenar alguna vez en compañía de la familia, y hacer un viaje anual, de quince días, por las montañas de Escocia, unas veces, o por el continente otras… Ganaba alrededor de doscientas libras al año, gozaba del aprecio de sus superiores, y tenía, en fin, claras expectativas de acabar su carrera con un sueldo que doblase el que percibía por su trabajo. Era difícil encontrar, por ello, un joven caballero tan satisfecho de su vida y de su trabajo como Mr. Francis Scrymgeour. Solía tocar la flauta por las noches, para complacer a su padre, en cuanto terminaba la lectura del periódico. Ni que decir tiene que respetaba profundamente a su padre, precisamente por sus cualidades, las mismas que le había inculcado.

Un buen día recibió el joven Mr. Francis una carta de un prestigioso bufete de abogados, en la que se le pedía les cursara una visita a la mayor brevedad posible para tratar de un asunto importante. En el sobre se leía «privado y confidencial»; la carta le había llegado al banco y no a su domicilio, cosa poco habitual, lo que hizo que se aprestara a cursar cuanto antes aquella visita que se le pedía. Lo recibió con bastante frialdad el más viejo del bufete, un hombre adusto, de hábitos espartanos, que le hizo tomar asiento para comenzar a referirle cosas propias de un hombre, como él, con gran experiencia en su trabajo, habituado a los problemas más graves. Al fin le dijo que una persona, cuyo nombre aún no estaba autorizado a desvelar, pero de cuya honestidad no tenía la menor duda, una persona relevante, en definitiva, deseaba pagarle una renta anual de quinientas libras, dinero que pasaría a los fondos del bufete y de dos administradores cuyos nombres tampoco podían ser revelados. Tenía que cumplir Mr. Francis, para hacerse acreedor de dicha renta, dos condiciones, que sin duda no tendría el menor problema en satisfacer el joven empleado pues no se trataba de cosas deshonrosas ni difíciles. Puso especial énfasis en esto último el abogado, como si no quisiera desvelarle ningún otro secreto. Naturalmente, Mr. Francis quiso saber en detalle de qué se trataba.

—Como ya le he reiterado —contestó el viejo abogado—, esas condiciones no son ni difíciles de cumplir ni deshonrosas. No puedo, sin embargo, ocultarle que resultan quizás un tanto insólitas, quizás extravagantes… La verdad es que se trata de un caso ajeno por completo a los que de común tratamos, y puede que en otras circunstancias hubiera rechazado mi bufete el encargo, pero el buen nombre y la rectitud del caballero que ha requerido nuestros servicios, y el mismo interés que los favorables informes que de usted tenemos ha despertado en nosotros, Mr. Scrymgeour, todo eso, nos ha decidido a aceptar este caso.

—No se imagina usted cuánto me inquietan esas posibles condiciones —dijo Mr. Francis, rogándole que fuera más explícito.

—Son dos condiciones, como ya le he dicho —respondió el abogado—, solo dos… Y recuerde usted que la suma asignada no es precisamente una cantidad a despreciar… Quinientas libras anuales, caballero… Quinientas libras anuales y libres de impuestos, además, que no se me olvide decírselo —añadió el abogado alzando las cejas en señal de asombro y admiración—. La primera de esas condiciones —prosiguió— es muy sencilla de satisfacer. Deberá usted encontrarse en París la tarde del próximo día 15, domingo… En la taquilla de la Comedie Française habrá una entrada a su nombre. Bien, pues solo deberá usted acudir a la representación que allí se ofrezca y ocupar el asiento que señale la entrada que ya tiene en reserva.

—Bueno —dijo Mr. Francis—, hubiera preferido que fuese en un día laborable, pero sea…

—Es en París, mi querido caballero —dijo el abogado—, en París… Creo que, tratándose de París, cualquier día es bueno, y mire que yo también soy exigente; yo, en su lugar, ni me lo pensaría…

Los dos rieron algo más relajados.

—La otra condición —prosiguió el abogado— es acaso la más peliaguda… Se trata de su boda… Mi cliente, que es un caballero que se interesa mucho por su bienestar, Mr. Scrymgeour, tiene la intención de aconsejarle a usted en lo que a su próximo matrimonio se refiere; desea que siga usted su consejo sin reservas… Entiéndalo bien, sin reservas —repitió el hombre de leyes.

—Sea más explícito, por favor —rogó de nuevo Mr. Francis—. ¿Acaso debo contraer matrimonio con cualquier mujer, viuda o soltera, negra o blanca, que me proponga su misterioso cliente?

—Le puedo asegurar, pues así me lo ha consentido mi cliente, que la mujer con la que usted se despose será de edad y condición adecuadas a las suyas, caballero —dijo el abogado—. En cuanto a la raza, la verdad es que no había pensado en ello, por lo que no pregunté a ese respecto… Pero, si así lo desea, tomaré nota y le contestaré en cuanto lo sepa…

—Caballero —dijo Mr. Francis—, la verdad es que no tengo datos suficientes que me permitan no pensar que todo esto parece realmente escabroso, que puede tratarse de una trampa… Los detalles son bastante inexplicables; increíbles, podría decir… Así que, en tanto no posea información más detallada y clara, en tanto no se me comuniquen las intenciones concretas de su cliente, se me hace muy difícil aceptar el trato que se me ofrece. Así que, a causa de estas dudas razonables, y por tratarse usted de un abogado, le pido consejo y mayor información… Debo conocer a fondo el caso, antes de decidirme, compréndalo… Si usted no tiene más información que la que me ha ofrecido, o si no puede obtenerla, o si carece del consentimiento de su cliente para dármela, no me queda más remedio que tomar de nuevo mi sombrero, ponérmelo y dirigirme otra vez al banco…

—La verdad es que no sé qué más decirle —confesó el abogado—. Puedo, en todo caso, aventurar algo, y quizás asegurarle que tengo fundamentos para hacerlo… En mi opinión, quien está detrás de El diamante todo este asunto es su propio padre, caballero…

—¡Mi padre! —exclamó Mr. Francis como si aquella posibilidad no le mereciera la menor consideración—. Mi padre es un hombre responsable, sé qué cosas se le pasan por la cabeza y sé también cuál es el último penique de su pequeña fortuna…

—Me parece que no me ha entendido —dijo el abogado—. No hablo de Mr. Scrymgeour, que en realidad no es su padre, caballero… Permítame decirle que cuando él y su esposa arribaron a Edimburgo usted estaba ya a punto de cumplir un año de edad… Lo suyo, caballero, ha sido un secreto muy bien guardado… Pero cuanto le he dicho es la verdad. Su padre es una persona tan relevante como desconocida para usted, y le repito que, en lo que a mí respecta, no albergo dudas de que sea él quien le ofrece esa bonita suma…

Sería imposible dar cuenta de la sorpresa que causó en Mr. Francis Scrymgeour aquella revelación inesperada. Solo pudo hablar de la confusión en que se hallaba sumido.

—Caballero —dijo—, tras recibir una noticia tan inesperada como desconcertante, no puedo sino pedirle al menos unas horas para pensar en todo este embrollo… Esta misma noche le comunicaré mi decisión final…

El abogado no pudo por menos que considerar que su ruego era sensato, y Mr. Francis, excusándose en la necesidad de regresar al banco, fue, sin embargo, a dar un largo paseo por las afueras para meditar bien el caso y contemplar todos los aspectos de aquello que se le proponía… Si por un lado todo aquello no dejaba de parecerle grato, se dijo que no obstante tenía que obrar con prudencia… Así y todo, su respuesta sería clara, no tuvo dudas con respecto a lo que diría… La parte de su personalidad más proclive a la consideración de los aspectos materiales lo llevaba irresistiblemente a aceptar las quinientas libras anuales y cumplir con las exigencias algo extravagantes que se le ponían para ello… Y, al tiempo, descubrió que su corazón albergaba una repugnancia irreprimible hacia el apellido Scrymgeour, tan querido por él hasta entonces… Así que pronto comenzó a despreciar su hasta entonces plácida existencia anterior, su buen nombre de siempre, y una vez adoptada su decisión sin ambages se sintió más fuerte y más libre que nunca antes, con el pecho henchido de alegres expectativas.

Bastó una palabra, dicha al abogado, para que recibiera de inmediato un cheque en concepto de pago por los dos últimos trimestres, ya que la pensión empezaba a ser efectiva desde el último enero… Volvió a casa dando un paseo, ya con el cheque en su bolsillo. La zona de Scotland Street le pareció mediocre; por primera vez en toda su vida su olfato se rebeló contra el olor a cocina que salía de las casas; luego, en la que siempre fue su casa, no pudo sino comenzar a ver en su padre adoptivo cosas desagradables en las que jamás había reparado, modales no precisamente exquisitos… Al día siguiente partió hacia París sin más dilaciones. Llegó, pues, antes de la fecha señalada, se hospedó en un hotel modesto, frecuentado por ingleses e italianos, y se dedicó a perfeccionar su francés, para lo que se hizo rápidamente con los servicios de un maestro con el que tomaría dos clases a la semana. Además, no perdía la ocasión de conversar con cualquier persona de buena presencia, con la que se cruzara por los Champs Elysées, y acudía al teatro todas las noches. Se hizo con un vestuario elegante, a la última moda, e iba a peinarse y afeitarse cada mañana a la barbería de una calle próxima a su hotel. Aquello no hizo sino aumentar su aire de extranjero, lo que le ayudaba a superar la angustia que ahora le causaba su vida anterior.

Llegó la tarde del sábado anterior al domingo de la fecha concertada y se dirigió al teatro, en la rué de Richelieu. No tuvo más que decir su nombre y el taquillero le entregó un sobre en el que aún estaba fresca la tinta con la que había sido escrito.

—Hace muy poco que sacaron esta entrada —le dijo el taquillero.

—¡Vaya! ¿Y podría decirme quién la sacó? —preguntó Mr. Francis.

—Por supuesto… Es fácil recordarlo; era un hombre algo mayor, fuerte y con una planta excelente, canoso y con una cicatriz en la cara que le dejó un golpe de sable… Imposible no recordar a una persona así…

—Claro, claro —dijo Mr. Francis—. Gracias, muy amable…

No perdió tiempo. Se alejó de la puerta del teatro y se plantó en la calle, mirando en todas las direcciones posibles. Vio, naturalmente, a más de un caballero canoso, pero al acercarse comprobó que ninguno de ellos tenía la cicatriz de un sablazo en la cara. Así fue durante algo más de media hora por unas calles y otras, siempre en la manzana del teatro, hasta que se convenció de que era una tontería seguir en su empeño de buscar a aquel hombre… Tratando de relajarse, El diamante decidió dar un paseo; la posibilidad de encontrarse con aquel hombre, seguramente su padre, le había alterado bastante los nervios. Casualmente, llegó a la rué Drouot y después cruzó por la rué des Martyrs; el azar hizo más que toda la sensatez con la que hasta entonces se había conducido. En el bulevar de la calle vio a dos hombres que discutían acaloradamente, sentados en un banco. Uno de ellos era joven y apuesto, pero con un aire de clérigo que no conseguían ocultar sus ropas de calle; el otro se correspondía perfectamente con la descripción hecha por el taquillero del teatro. Sintió entonces Mr. Francis que el corazón comenzaba a latirle con violencia; aquella que estaba a punto de escuchar era la voz de su verdadero padre, la que jamás hasta entonces había oído… Dio un rodeo considerable, para colocarse tras los dos hombres sin que lo vieran, aunque de tan abstraídos como estaban en su conversación tampoco le hubieran visto llegar de frente… Tal y como lo suponía, hablaban en inglés.

—Sus reticencias y sospechas comienzan a resultarme desagradables, Mr. Rolles —decía el caballero canoso—. Le repito que hago cuanto está en mi mano; nadie dispone de esos millones así por las buenas… ¿Es que no le he ayudado, y por simple y buena voluntad, aunque no sea usted nadie de importancia para mí? ¿Es que no está usted viviendo a mis expensas?

—No a sus expensas, Mr. Vandeleur —le cortó el joven—; vivo con lo que usted me adelanta, a cuenta de lo que es mío…

—Bien, pues con lo que le adelanto, si así lo prefiere —dijo Mr. Vandeleur, con bastante irritación—. Tampoco estamos aquí para escoger las palabras con cuidado… Los negocios son como son, amigo mío, y los suyos, debo recordárselo, resultan bastante turbios, así que no me venga con esos aires de dignidad que se da… Si no se fía de mí, déjeme en paz de una vez y búsquese otra ayuda… Pero déjese ya de una vez por todas de tonterías, se lo pido por el amor de Dios…

—Empiezo a saber cómo es el mundo real —dijo Mr. Rolles— y la verdad es que debo concederle a usted la razón… Hace bien en engañarme, hace bien en no ser honesto conmigo… Yo tampoco creo necesario andar buscando las palabras exactas, pero seamos claros; usted quiere el diamante, no lo niegue… ¿No es cierto que se ha valido de mi nombre, para ello, y que hasta se ha metido a escondidas en mi habitación para ver si podía robármelo? Así que nada me extraña que siga dándome largas… Usted siempre está alerta, como un cazador, en espera de capturar la pieza; temo que antes o después me lo quite, pero se lo digo con toda seriedad… Acabe usted con esas tretas. Si continúa haciéndome trampas, perderé los nervios y le aseguro que acaso se lleve usted una sorpresa de lo más desagradable…

—No se le dan bien las amenazas —replicó Mr. Vandeleur—. Y recuerde que no es usted el único que puede amenazar con algo grave… Mi hermano se encuentra ahora mismo aquí, en París, y la policía ya está al corriente del caso… Si continúa con sus tonterías, Mr. Rolles, seré yo quien le dé una sorpresa, se lo aseguro… Una sorpresa definitiva, ¿lo comprende o quiere que se lo diga en hebreo? Todo tiene un límite y usted ya ha agotado más que suficientemente mi paciencia, caballero… El próximo martes, a las siete; ni un día ni una hora antes; ni medio segundo… Téngalo en cuenta. Y si no quiere esperar más, váyase al infierno ahora mismo…

Se levantó del banco bruscamente el viejo ex dictador del Paraguay y salió en dirección a Montmartre, moviendo la cabeza en sentido negativo y agitando con brío su bastón a cada paso, con algo más que furia, mientras Mr. Rolles quedaba en donde estaba, profundamente desolado. Aquella escena no pudo resultarle a Mr. Francis otra cosa que sorprendente y horrorosa. Se sintió incluso herido en lo más profundo; la esperanza con que había tomado asiento cerca de aquellos dos hombres para escucharles no duró mucho, tornándose en desánimo y desprecio hacia ellos. El viejo Mr. Scrymgeour, aquel a quien siempre tuvo por su padre, se dijo el joven, era un hombre infinitamente más digno y amable que el peligroso intrigante al que había observado en todos sus groseros modales. No obstante, y mientras le cruzaban estas ideas por la mente, se dijo que tenía que saber más de aquel sujeto que al parecer era su padre, por lo que, rehaciéndose pronto de la impresión sufrida, dio en seguirlo. El viejo ex dictador, en efecto, se alejaba de allí rojo de ira, con un paso veloz; tan concentrado iba en sus turbios asuntos, que no miró hacia atrás ni una sola vez mientras se dirigía a su casa.

Vivía en la parte alta de la rué Lepic, en una zona desde la que se dominaba París; habitaba allí una casa de dos plantas en la que resaltaban los postigos y las persianas de color verde. Tenía la casa cerradas todas las ventanas; sobre los muros, coronados por una breve verja de lanzas puntiagudas, asomaban las copas de los árboles del jardín. El viejo ex dictador se detuvo un instante en la puerta de entrada, mientras buscaba sus llaves. Abrió al fin y se metió raudo en la casa.

Mr. Francis miró en derredor suyo; todo estaba desierto. La casa, en mitad del jardín, parecía aislada y sin habitar. Creyó en principio que allí concluía su seguimiento, pero algo le dijo que debería mirar más atentamente, lo que hizo; vio entonces que la casa de al lado tenía un tejado de aguas que daba al jardín de la habitada por el viejo, y que en aquel tejado había una pequeña ventana de una mansarda. Se dirigió a esa casa vecina y vio que lucía un letrero en el que se anunciaba el alquiler de habitaciones por meses; preguntó, ni corto ni perezoso, y aconteció que una de las habitaciones que se alquilaba era aquella amansardada cuya ventana daba al tejado que caía sobre el jardín de la casa de quien le habían dicho que era su padre y benefactor… No lo dudó; pagó por adelantado el alquiler, regresó al hotel para recoger sus cosas y se instaló allí… El viejo caballero de la cara cruzada por una cicatriz podía ser o no ser su padre, se decía Mr. Francis, la pista podía ser o no ser la correcta, pero de lo que no le cabía la menor duda era de que tenía ante sí un misterio extraordinario, un caso curiosísimo por resolver y en cuya pesquisa no cejaría un momento hasta dar con la clave de cuanto le atañía.

En efecto, desde la ventana de la habitación amansardada que había alquilado se veía todo el jardín de la casa de las persianas verdes. Bajo su ventana se alzaba un hermoso castaño de frondosas ramas que daban sombra a dos mesas campestres, ideales para almorzar en el verano. Una hierba alta cubría casi por completo el suelo, pero así y todo podía observar Mr. Francis que, entre las mesas del jardín y la casa, había un sendero de grava que llevaba desde la puerta de la calle a la galería. Así y todo, amparado por la persiana de su ventana, que no se atrevía a levantar para no ser visto, poco pudo saber de las maneras de vivir de aquel hombre, lo que le hizo pensar que gustaba, sobre todo, de la soledad y de la discreción… La verdad es que una observación más detenida le llevó a pensar que el jardín parecía en verdad el propio de un convento y que la casa que se alzaba en el medio parecía una pequeña prisión, siempre cerrada. Todas las persianas y la puerta, también la puerta de aquella galería a la que llevaba el sendero de grava, estaban de continuo cerradas; en el jardín no había nadie, a pesar de que era una tarde de sol espléndido. Solo el humo leve de la chimenea denotaba la presencia humana en la casa.

Con la idea de hacer algo de provecho mientras estuviera en París, aparte de pasear, Mr. Francis se había comprado una edición francesa de la Geometría de Euclides, que comenzó a traducir en sus ratos de vigilancia. Así, apoyando el libro en la maleta y con la espalda reposada contra la pared, se sentó en el suelo, pues carecía de silla y de mesa en la habitación alquilada. De vez en cuando se levantaba, echaba un vistazo a la casa de las persianas verdes, que seguían bajadas, echaba otro vistazo al jardín, y volvía a su tarea. Tuvo que pasar un rato largo hasta que aconteció algo llamativo que le recompensó de su vigilancia.

Estaba dormitando, eran entre las nueve y las diez de la noche, cuando lo espabiló del todo el tintineo de una campanilla. Corrió hasta la ventana y pudo oír así el ruido inequívoco que hacía un cerrojo y el de las trancas que eran retiradas de la puerta; vio entonces a Mr. Vandeleur con una lámpara en la mano, vestido con una bata de terciopelo negro y tocado con un gorro idéntico, que salía de la galería y avanzaba despacioso hasta la puerta que daba a la calle. Luego se dejó sentir de nuevo el ruido de las trancas, ahora para cerrar la puerta, y el del cerrojo al ser corrido; vio entonces Mr. Francis al viejo ex dictador, bajo la luz de su propia lámpara, que entraba en la casa acompañado por un hombre con aspecto de cualquier cosa menos de caballero digno y honrado.

Apenas transcurrió media hora y ya estaba otra vez Mr. Vandeleur haciendo el mismo recorrido de antes, pero para acompañar hasta la puerta de la calle a su visitante; después, el viejo de la cicatriz en la cara dejó la lámpara sobre una de las mesas del jardín y se puso a fumar plácidamente su cigarro bajo el castaño. Mr. Francis, que lo veía entre las ramas del árbol, contemplaba también con cuánto deleite aspiraba el humo, lo soltaba, sacudía la ceniza… Por su tranquilidad y despreocupación, por su manera de fruncir los labios para expeler el humo, parecía dedicado a las más profundas cavilaciones, a la resolución de algún problema difícil pero grato… Casi había acabado ya de fumar su cigarro, cuando se dejó sentir entonces la voz de una mujer joven que desde el interior de la casa le decía qué hora era.

—Ya voy —respondió Mr. Vandeleur.

Tiró entonces lo que le quedaba del cigarro, tomó la lámpara de la mesa, se dirigió a la galería y se metió en la casa. Nada más cerrar la puerta quedó la casa en una oscuridad total. No podía ver un mínimo destello Mr. Francis a través de las persianas, y se dijo, con bastante lógica, que seguramente los dormitorios de la casa daban al otro lado, a la otra calle.

Al día siguiente, a hora muy temprana —se levantó pronto Mr. Francis pues al carecer de muebles la habitación alquilada tuvo que dormir en el suelo—, se dijo que tenía que progresar más en sus investigaciones, que lo observado hasta ahora no era suficiente. Vio, sin embargo, que de repente las persianas verdes de aquella casa se levantaban al tiempo y de golpe, como activadas por un mecanismo, y que entonces se veía algo del interior de la casa: unos postigos de acero en las ventanas, por la parte interior, como los de las tiendas, poco más. Estuvo la casa aireándose cerca de media hora, al cabo de la cual el propio Mr. Vandeleur procedió a bajar a mano las persianas verdes. Aún se admiraba Mr. Francis de lo que parecía excesiva cautela, cuando se abrió la puerta de la casa y salió al jardín una joven que echó un vistazo a un lado y al otro; no estuvo allí más de dos minutos y volvió a meterse en la casa… Fue suficiente para que Mr. Francis quedara deslumbrado por la encantadora belleza de la joven. Aquella visión no solo despertó aún más su interés por lo que acontecía en la casa, sino que se sintió infinitamente más animado que antes. Ya no le preocuparon las maneras groseras de su verdadero padre ni las historias en las que pudiera andar envuelto; aun sin conocerla, abrazó con decidido entusiasmo a su nueva familia. Fuera aquella hermosa muchacha su hermana, o acabara convirtiéndose en su esposa, de lo que no había duda era de que se trataba de un verísimo ángel que había adoptado las maneras y las formas humanas. Pero le brotó una ansiedad indescriptible, al tiempo, al recordar que aún nada sabía… Y que acaso se hubiera equivocado de hombre al seguir a aquel viejo hasta su casa…

El portero de la casa en que vivía ahora, al que pidió información, apenas pudo sacarle de dudas; le dijo que se trataba de un caballero inglés muy rico y algo excéntrico, con unas costumbres un tanto raras; le dijo también el portero que aquel inglés tan raro guardaba en su casa grandes colecciones, y que para protegerlas de posibles robos había instalado postigos de acero, cerrojos de lo más complicado y aquellas lanzas afiladas que coronaban el muro del jardín. Añadió el portero que apenas recibía visitas, aunque a veces se le veía con algunos extraños, seguramente hombres de negocios… Y que vivían con él la mademoiselle a la que había visto en el jardín y una vieja criada.

—¿La mademoiselle es su hija? —preguntó Mr. Francis.

—Sí, señor —respondió el portero—; ese hombre la hace trabajar mucho, a la pobrecilla… A pesar de lo rico que es, la obliga a ir al mercado para hacer la compra… Ya la verá usted regresar con la cesta llena todos los días…

—¿Y qué colecciones guarda ahí? —siguió preguntando Mr. Francis.

—¡Ah, eso no lo sé! —respondió el portero—; solo he oído decir que tienen un gran valor… Desde que vive aquí Mr. Vandeleur ninguna persona de este barrio ha atravesado la puerta de la calle.

—Seguro que usted sabe algo más —insistió Mr. Francis, cómplice—. Ande, dígame, ¿de qué colecciones se trata? ¿Cuadros, sedas, estatuas, acaso joyas…?

—¡Oh!, señor, yo qué sé si son zanahorias o qué —dijo el portero encogiéndose de hombros—. Desde luego, yo no lo sé… ¿Cómo iba a saberlo si la casa está más protegida que un cuartel? Ya lo ve usted…

Ya se disponía Mr. Francis a dar por concluidas sus pesquisas y regresar a su habitación, desalentado, cuando el portero lo llamó para decirle algo más.

—Ahora recuerdo —le dijo— que Mr. Vandeleur ha viajado por todo el mundo; una vez le oí contar a la vieja criada que tiene que había traído muchos diamantes… Si eso es verdad, seguro que esconde cosas dignas de contemplarse detrás de esas persianas verdes…

Llegó el domingo y Mr. Francis ocupó muy pronto el asiento que tenía reservado en el teatro, ante uno de los palcos bajos, el segundo o el tercero de la fila de la izquierda… Pensó, naturalmente, que sin duda sería el suyo un asiento de los mejores, por haberle sido escogido especialmente, y supuso que en un palco del lado contrario podría situarse alguien que tuviese algo que ver con todo aquello… Desde allí podrían contemplar quienes lo ocuparan, de estar relacionados con aquel asunto, cómo hacía su papel en el drama que alguien le había escrito… Más aún, si se sentaban en la segunda fila del palco, él no podría verles más que en la oscuridad, pero ellos sí a él con absoluta nitidez… Decidido, pues, a no perderse detalle, disimulaba mirando las localidades del teatro, a quienes las iban ocupando, al techo, al telón, pero aprovechando siempre para echar una mirada furtiva al palco, aún vacío… Así estuvo durante buena parte de la representación, incluso… Ya concluía el segundo acto, sin embargo, cuando se abrió la puerta de aquel palco y entraron dos personas; solo de eso pudo darse cuenta Mr. Francis, pues tomaron asiento, en efecto, en la segunda fila, más oscura y a la que no alcanzaba su vista. A duras penas contuvo su emoción, sin embargo, pues por lo poco que pudo contemplar se trataba de Mr. Vandeleur y de su preciosa hija. La sangre ardió en sus venas entonces, le zumbaron los oídos, creyó que hasta se iba a marear… Como no quería levantar sospechas ahora no se atrevía a mirar hacia allí; el programa de mano, blanco, le pareció rojo; el escenario y lo que allí hacían los actores, una mera tontería, molesta además… Se armó de valor y volvió a echar miradas furtivas al palco; en una de ellas tuvo la seguridad de que sus ojos se habían cruzado con los de la muchacha; entonces se turbó entero, se estremeció y lo vio todo con los colores del arco iris. Hubiera dado cualquier cosa por escuchar la conversación de los Vandeleur. Hubiera dado cualquier cosa por tener el valor necesario para ponerse los pequeños gemelos en los ojos y mirar al palco, examinar las expresiones de quienes lo ocupaban. Tuvo la sensación de que en aquel palco se decidía su destino y sintió el desagrado de no poder tomar parte en tan importantes deliberaciones, condenado a la impotencia, a esperar allí el veredicto final. Cuando cayó el telón tras el final de aquel segundo acto y se levantaron quienes le rodeaban, para esperar al comienzo del tercer acto, aprovechó para imitarles y salir pasando ante el palco. Lo hizo con la mirada baja y gran lentitud, pues caminaba detrás de un anciano de paso torpe y respiración agitada. ¿Qué tenía que hacer? ¿Dirigirse a los Vandeleur por su nombre al pasar ante el palco? ¿Alzar los ojos con decisión y arrojar a la muchacha la flor que llevaba en el ojal? ¿Mirar con galantería a quien lo mismo podía ser su hermana que su prometida? Así estaba, sometido a tales dudas, cuando recordó fugazmente su plácida existencia anterior, de empleado de banca sin angustias ni problemas… Tuvo una gran nostalgia de aquel tiempo. Ya estaba ante el palco, sin embargo, y aunque aún no había resuelto qué hacer, ni siquiera si era propio que hiciese cualquier cosa, alzó la cabeza y clavó los ojos en la segunda fila… Mas, no bien lo hizo, la decepción sufrida le obligó a lanzar un leve lamento: Mr. Vandeleur y la que podía ser su hermana o su prometida habían abandonado ya sus localidades.

Un hombre que iba detrás le hizo saber, con buenos modales, que entorpecía el paso de los demás, por lo que de manera un tanto mecánica siguió andando Mr. Francis, dejándose llevar por la multitud incluso más allá del vestíbulo… Cuando se vio en la calle, sin el agobio de los demás espectadores, respiró hondamente el aire fresco de la noche y al punto recuperó de nuevo su sentir… No obstante, experimentaba un fuerte dolor de cabeza ahora y apenas era capaz de recordar algo de lo visto en los dos actos que se habían sucedido. Con el dolor de cabeza comenzó a sentir mucho sueño, por lo que hizo parar un coche de punto y pidió que lo llevara a la casa en la que estaba hospedado, cada vez más cansado… O más harto de todo aquello, y hasta de su existencia.

A la mañana siguiente, no bien se hubo despertado, salió a la calle con la idea de interceptar a la joven Vandeleur cuando regresara de hacer la compra en el mercado, y a las ocho en punto la vio volver… Vestía sencillamente, incluso con modestia, sin el menor lujo, pero algo había en su porte que hacía pensar no solo en su hermosura sino en una nobleza exquisita. Hasta el cesto de la compra, que llevaba graciosamente al brazo, adquiría en ella una elegancia suprema. Mr. Francis, escondido bajo la arcada de unos portales próximos, tuvo la sensación de que hasta las sombras se hacían a un lado para cederle el paso bajo el sol radiante de la mañana; apenas reparaba en los hermosos trinos de un pajarillo que cantaba en su jaula a pocos pasos de donde estaba… Dejó que la muchacha avanzara un poco y salió tras ella, llamándola.

—Miss Vandeleur —dijo.

Se puso mortalmente pálida al volverse y comprobar quién la llamaba.

—Perdone, por favor —dijo Mr. Francis—, bien sabe Dios que no quería asustarla… Pero le aseguro que siento tanta simpatía hacia El diamante usted, que no tiene de qué temer… Créame si le digo que me dirijo a usted más por necesidad que por voluntad de hacerlo… Me parece que compartimos muchas cosas, y desde que he colegido más o menos de qué se trata, le aseguro que vivo en un auténtico caos; no puedo hacer cosa alguna, pues me veo atado de manos y pies… Ya no sé quiénes son mis amigos y quiénes mis enemigos, ni si debo sentir una cosa u otra…

—Perdone, pero no hemos sido presentados —dijo la joven, haciendo un gran esfuerzo.

—¡Oh, sí, Miss Vandeleur, sí que sabe usted quién soy! —replicó Mr. Francis, algo exaltado—. Lo sabe incluso mejor que yo mismo, y eso es precisamente lo que quiero que me diga: quién soy, quién es realmente usted, cómo es que se cruzan nuestros destinos… No le pido más que un par de palabras que me sirvan para hacerme una composición de lugar; ayúdeme, por favor, y no dude de que le estaré eternamente agradecido, Miss Vandeleur.

—Bien, no quiero mentirle —le respondió la muchacha—. Sé bien quién es usted, es cierto, pero no se lo puedo decir…

—Pues dígame al menos que disculpa mi atrevimiento —le rogó Mr. Francis—, y seré capaz de aguantarme la impaciencia y esperar lo que sea… Por nada del mundo querría haberla ofendido, no lo soportaría…

—No se preocupe, que lo que ha hecho usted es perfectamente comprensible —dijo ella—. No tengo nada que perdonarle, quédese tranquilo… Adiós…

—¿Tiene que decirme adiós, precisamente ahora? —dijo Mr. Francis—. ¿Adiós para siempre?

—No lo sé —respondió la joven—. Adiós, al menos de momento… —dijo y siguió andando.

Mr. Francis regresó a su habitación mucho más que conmocionado. Avanzó muy poco en sus estudios y traducción de Euclides aquella mañana, pues pasó más tiempo en la ventana que ante su improvisado e incómodo escritorio. Aparte de ser testigo de que Miss Vandeleur y su padre conversaban en el jardín, mientras el viejo fumaba un cigarro de Trichinopoli, nada vio que pudiera llamarle la atención ni que arrojara luz sobre sus preguntas. Todo parecía perfectamente normal en la casa de las persianas verdes en aquellas horas previas a las del almuerzo. Cuando llegó la hora, salió hasta un restaurante próximo para aplacar su hambre; pronto, sin embargo, estuvo de vuelta en la casa de la rué Leplic, con esa prisa que da la curiosidad insatisfecha; el portero de la casa fumaba plácidamente su pipa a la puerta y un mozo de librea paseaba un caballo junto al muro. El portero parecía absorto en la contemplación de aquel caballo.

—Mírelo —dijo a Mr. Francis—; es un animal bellísimo… Y qué bien vestido va ese mozo… Pertenecen ambos al hermano de Mr. Vandeleur, que está de visita; creo que es un hombre muy importante en su país, un general o algo así… Seguro que ha oído hablar de él…

—La verdad es que nunca he oído hablar de ningún general Vanndeleur —confesó Mr. Francis—, pero es que hay tantos generales en nuestro ejército… Además, mis actividades siempre han sido exclusivamente civiles.

—Es el hombre que perdió el gran diamante de la India, de eso sí habrá oído hablar, porque ha salido en los periódicos —le dijo el portero.

Dio Mr. Francis las buenas tardes al portero y se dirigió a su habitación amansardada para asomarse de inmediato a la ventana. Entre las ramas del castaño vio a los dos caballeros, que hablaban cómodamente sentados mientras fumaban. El general, un hombre de rostro congestionado y de indudable porte militar, se parecía ciertamente a su hermano; tenía casi idénticas las facciones y un poco de su aire desenvuelto e imperativo, aunque era algo más viejo, más bajo y quizás menos agresivo; era, en suma, como una caricatura benévola del viejo ex dictador del Paraguay; visto al lado de este parecía enfermo y escuálido.

Conversaban en voz más bien baja, inclinándose el uno hacia el otro sobre la mesa, con cara de mucho interés, ambos, en lo que se decían; Mr. Francis, por ello, apenas cogía al vuelo una palabra de cuanto decían, de vez en cuando… Mas lo poco que lograba oír le hizo saber que hablaban de él y de su futuro; varias veces pudo escuchar con bastante claridad que pronunciaban el apellido Scrymgeour, muy fácil de distinguir, por cierto, y también su nombre de pila, Francis.

Una de las veces, el general, con súbita cólera, exclamó violentamente:

—¡Mr. Francis Vandeleur! —decía insistiendo en este apellido—. ¡Te digo que se llama Mr. Francis Vandeleur!

El viejo ex dictador se inclinó entonces sobre su hermano, con un movimiento que era a medias de afirmación y a medias de desprecio, pero no pudo Mr. Francis oír desde su ventana lo que decía.

¿Era él mismo ese Mr. Francis Vandeleur al que se referían? ¿O quizás hablaban del nombre que debía utilizar en lo sucesivo y antes de su matrimonio? Pero ¿y si aquello que le parecía haber oído no era más que producto de sus imaginaciones, de su tonta petulancia? Siguió un largo rato en el que nada pudo escuchar. Más tarde le pareció que se iniciaba una agria discusión entre los hermanos; el general alzaba su voz, colérico.

—¿Mi esposa? —gritaba—. ¡Pero si he acabado con ella para siempre! No quiero ni oírla mentar… La sola mención de su nombre me pone enfermo —añadió, y dijo una palabrota descargando un fuerte puñetazo en la mesa.

Tuvo Mr. Francis la impresión, por los gestos que hacía, de que el ex dictador trataba de calmar al general, ahora con una solicitud cariñosa; después lo acompañó hasta la puerta de la calle, donde se despidieron estrechándose la mano y aparentemente diciéndose palabras amables, pero tan pronto cerró la puerta Mr. John Vandeleur comenzó a reírse a carcajadas… Parecía una risa burlona, despiadada; incluso diabólica, se dijo Mr. Francis Scrymgeour.

Pasó así un día más sin que pudiera sacar algo en claro. Recordaba Mr. Francis, empero, que al día siguiente ya sería martes y se dijo que habría de hacer algunas averiguaciones más para no perder el tiempo. Las cosas le podían salir bien o mal, pero sin duda alguna interesante habría de descubrir siempre y cuando no permaneciera de brazos cruzados. Si además le sonreía un poco la suerte, acaso llegara de una vez por todas a saber algo, al menos, del misterio último en que parecía sumirse cuanto se refería a su auténtica familia. Vio, no obstante, que a medida que se acercaba la hora de la cena había una cierta actividad, bastante inusual, en la casa de las persianas verdes, como si se llevaran a cabo preparativos especiales. La mesa que mejor veía Mr. Francis, bajo el castaño, comenzó a utilizarse para la preparación de una gran ensalada, lo que hacía suponer que la otra mesa se destinaba a los invitados, la que quedaba más oculta a su vista. Mr. Francis apenas podía ver entre las hojas del castaño la blancura refulgente del mantel, el brillo de la cubertería de plata que ya se había dispuesto. Mr. Rolles no tardó mucho en hacer acto de presencia. Tenía un aire de absoluta desconfianza; hablaba poco y además en voz muy baja. El viejo ex dictador, por el contrario, se mostraba de excelente humor; su risa parecía juvenil de tan cristalina y franca como resonaba en el jardín. Por el tono y las modulaciones de su voz parecía contar alguna historia divertida, o chistes; imitaba los acentos de muchos países… Antes de que acabaran los entremeses pareció esfumarse en el joven clérigo toda suspicacia y ahora charlaban animadamente, como si fueran viejos compañeros de colegio reunidos tras largos años sin verse… Al fin hizo su aparición Miss Vandeleur, que llevaba una gran sopera; Mr. Rolles corrió presto a ayudarla, pero ella, entre risas, le dijo que no hacía falta. Dijeron algo, en broma, a propósito de aquella manera tan rústica de cenar.

—Aquí estaremos más tranquilos y frescos —dijo Mr. Vandeleur.

Cuando tomaron asiento a la mesa, acto seguido, Mr. Francis apenas pudo oír ya nada desde su ventana. Tenía la impresión, sin embargo, de que los allí reunidos se divertían bastante, pues el rumor que de sus voces le llegaba, y el tintineo de los cubiertos, era incesante bajo el castaño. Mr. Francis, por el contrario, tenía que conformarse con mordisquear a solas un mendrugo de pan; le pareció envidiable deleitarse con una cena como la que hacían ellos en el jardín, saboreando distintos platillos. Llegado el momento de servir un postre sin duda harto exquisito y refinado, el viejo ex dictador del Paraguay descorchó una botella de vino con gran solera. Como empezaba a oscurecer, prendieron unas velas y una lámpara en la mesa. La noche era despejada, sin viento, bajo un cielo preñado de estrellas. Salía hasta el jardín, además, la luz encendida en la casa, de manera que estaba iluminado aquella noche de manera extraordinaria. En la penumbra, las plantas y la hierba relucían.

Entró una vez más, acaso la décima, Miss Vandeleur en la casa, y volvió a salir al jardín al poco con una bandeja en la que llevaba un servicio de café, que puso en la mesa. Mr. Vandeleur se levantó presto para servirlos.

—Del café me encargo yo —le oyó decir Mr. Francis.

Vio a quien al parecer era su padre verdadero, al instante, de pie junto a la mesa de servicio.

Sin dejar de hablar, volviéndose por encima de su hombro para dirigirse al invitado, sirvió los cafés Mr. Vandeleur. Y con una destreza digna de un ilusionista vertió en una de ellas el contenido de un frasquito… Mr. Francis, que le miraba a la cara, apenas pudo darse cuenta de aquella maniobra, hasta que no la realizó tan veloz como diestramente el viejo… Volvió de inmediato Mr. Vandeleur, riéndose, junto a su invitado… Llevaba una taza en cada mano.

—Bueno —dijo—; pues antes de que acabemos nuestros cafés habrá hecho acto de presencia nuestro famoso judío…

La congoja de Mr. Francis Scrymgeour fue absoluta. Era testigo de que una terrible maldad se cocía allá abajo y nada podía hacer para evitarlo… ¿Y si fuera una broma?, trataba de tranquilizarse. ¿En qué situación tan desairada quedaría si osaba intervenir de manera tan tonta? Por otra parte, si aquello iba en serio, tenía que reparar en que el criminal bien podría ser su padre verdadero… ¿Es que sería capaz de denunciarlo a la policía sin que le remordiera la conciencia?

Cobró conciencia, acaso por vez primera desde que se había dedicado a vigilar la casa de las persianas verdes desde su ventana, de su condición de espía… Era testigo de algo que aún no sabía expresarse convenientemente, y a la vez una buena cantidad de sentimientos conflictivos le producían una fuerte opresión en el pecho. Desalentado, sudoroso y con el corazón palpitándole violentamente, se agarró a los postigos de la ventana preguntándose qué debía hacer… Así estuvo unos cuantos minutos, al cabo de los cuales le pareció que la conversación que se producía bajo el castaño iba decreciendo por momentos, se debilitaba, disminuía hasta casi hacerse el silencio… No le pareció, sin embargo, que ocurriera nada digno de mención, hasta que de repente oyó el ruido inequívoco de una copa que caía al suelo y se rompía en mil pedazos; luego, otro ruido ahogado, amortiguado, como de una cabeza que cae hacia adelante y golpea la mesa, pero sin violencia, intentando resistirse… Y un grito agudo, desgarrador, al que siguió una pregunta angustiada:

—¿Qué le has hecho? —dijo Miss Vandeleur—. ¡Está muerto!

El ex dictador dio a la joven una respuesta tan aguda y sibilante, que a pesar de decirla en voz baja pudo oírla Mr. Francis perfectamente desde su ventana.

—¡Cállate! —le ordenó—. No le pasa nada, está igual de sano que yo… Anda, agárralo de los talones, que yo le cojo por los hombros… Oyó Mr. Francis cómo lloraba Miss Vandeleur mientras hacía lo que el viejo le ordenaba.

—¡Cálmate, anda! —le dijo Mr. Vandeleur—. ¿O es que quieres discutir conmigo? Vamos, elige tú misma…

Tras una pausa volvió a tomar la palabra el ex dictador del Paraguay.

—Venga, cógele de los talones, que hay que llevarlo a la casa… Si fuera más joven, podría enfrentarme al mundo entero, si hiciera falta, sin necesidad de ayuda… Pero los años y los padecimientos me han debilitado los brazos y las manos… Por eso te pido ayuda.

—Esto es un crimen —se quejó la muchacha.

—Soy tu padre, así que obedece —respondió Mr. Vandeleur.

Aquello pareció acabar con las reticencias de la joven. Mr. Francis escuchó entonces el ruido que hacía el cuerpo al ser arrastrado por el camino de grava que conducía a la galería; vio al poco al padre y a la hija avanzar con dificultad, mientras arrastraban así el cuerpo por los talones y los hombros. El joven clérigo estaba muy pálido y desmadejado, la cabeza se le movía de un lado a otro, a cada paso de quienes lo arrastraban.

Mr. Francis no podía decir si estaba vivo o muerto; a pesar de lo dicho a su hija por el ex dictador, se inclinaba a pensar que estaba muerto. Había sido testigo de un crimen horrible, sin poder evitarlo; la calamidad caería de inmediato, por ello, sobre los habitantes de la casa de las persianas verdes, su familia… Sin embargo, descubrió Mr. Francis casi al tiempo que su compasión por la víctima se esfumaba poco a poco para preocuparse solo de la muchacha y del viejo, a los que suponía en grave peligro a partir de entonces… Se le llenó el corazón, pues, de generosos sentimientos hacia su familia; si era preciso, ayudaría como fuese a su padre en contra de la humanidad entera y enfrentándose a la justicia y hasta al mismísimo destino… Así que levantó la persiana, cerró los ojos y se dejó caer con los brazos abiertos sobre las ramas espesas del castaño.

Naturalmente, cuando intentaba asirse a ellas, las ramas, o se quebraban bajo su peso, o se le iban de las manos; al fin una más gruesa lo atrapó bajo un brazo y quedó colgando durante unos diamante segundos; cuando consiguió soltarse cayó con estrépito sobre una de las mesas de madera. Un grito que se dejó sentir en la casa le hizo saber que su llegada no había pasado inadvertida. Más o menos repuesto, cruzó el jardín en varias zancadas y se plantó Mr. Francis ante la puerta de la casa.

Cuando entró vio que en un pequeño cuarto cubierto de esterillas y con vitrinas en las que había objetos realmente curiosos y extraños, Mr. Vandeleur se inclinaba sobre el cuerpo de Mr. Rolles para comprobar su respiración… Se puso alerta nada más ver allí a Mr. Francis, que apenas observó cómo en un abrir y cerrar de ojos el viejo quitaba algo del pecho al joven clérigo, algo que sostuvo un segundo en sus manos, algo que miró rápidamente, algo que entregó de inmediato a su hija para que lo guardara; todo, mientras Mr. Francis aún tenía un pie en el umbral de la puerta y el otro en el aire, justo antes de que el intruso se dejara caer de rodillas ante el viejo para gritarle:

—¡Padre! —dijo—. ¡Deja que te ayude! Haré cuanto me pidas sin preguntarte nada… Te obedeceré aun a costa de mi vida, si es preciso… Trátame como a un hijo y yo te demostraré la devoción propia de un hijo…

Por toda respuesta, el ex dictador le soltó una retahíla de denuestos e insultos.

—¿Cómo que padre e hijo? —le gritó después—. ¿Cómo que hijo y padre? ¿Qué comedia es esta? ¿Quién le ha dado permiso para meterse en mi casa? ¿Qué demonios quiere? ¿Quién demonios es usted, por el amor de Dios?

Mr. Francis, avergonzado y sin reacción, se puso de pie lentamente, rojo, en silencio… Entonces Mr. Vandeleur cayó en la cuenta de quién era y se echó a reír a carcajadas.

—¡Ah!, bueno, ya comprendo —dijo—. Es Mr. Scrymgeour… Pues muy bien, Mr. Scrymgeour… Permita que le explique, muy sucintamente, cuál es su situación… Ha entrado usted sin permiso en mi jardín y en mi casa, y además lo ha hecho en el momento menos propicio, cuando se me acaba de desmayar un invitado a la mesa… Y encima viene usted a importunarme con no sé qué ruegos de que sea su padre… Pues bien, entérese de una vez: yo no soy su padre, amigo mío; es usted el hijo bastardo de mi hermano y de una ramera… Como comprenderá, no me inspira usted más que indiferencia, por no decir desprecio… Y ahora que he tenido la ocasión de comprobar sus maneras, me parece que es usted lo que aparenta, todo un bastardo… Así que le ruego que me deje en paz y se largue, aconsejándole de paso que reflexione bien acerca de cuanto le he dicho. Y si no estuviera tan ocupado —añadió el ex dictador tras soltar una horrible blasfemia— le daría tal paliza que no le iba a quedar un hueso sano…

Mr. Francis no podía por menos que sentirse profundamente humillado. Se hubiera esfumado, de haber sabido cómo hacerlo. Tampoco sabía cómo salir ahora de la casa a la que había llegado en tan mal momento, por lo que seguía clavado donde estaba, como un pasmarote.

Menos mal, para el pobre Mr. Francis, que Miss Vandeleur intervino.

—Padre —dijo—, no tienes por qué mostrarte tan enojado; Mr. Scrymgeour se ha equivocado, nada más, pero sin mala intención, no quería molestarte…

—Te agradezco —dijo el ex dictador— que me recuerdes que debo hacerle a Mr. Scrymgeour unas cuantas observaciones, sin violencia, eso sí… Mi hermano —dijo más apaciguado, dirigiéndose ahora al joven— ha sido tan imbécil que ha decidido concederle a usted una pensión anual… Y ha sido además tan idiota y petulante que no se le ha ocurrido otra cosa que proponer a esta joven, mi hija, como su prometida, caballero… Hace dos noches tuvo noticia de todo esto, y no puedo por menos que alegrarme de poderle decir ahora, Mr. Scrymgeour, que ha rechazado esa posibilidad, cosa que además le repugna… Añado también que tengo mucha influencia sobre su padre, y que nada me extrañaría que se quedase usted sin un penique y tuviera que volver en breve a su trabajo…

Aún era más humillante el tono de las palabras del viejo que lo que le decía. Mr. Francis se sintió cruelmente despreciado; la cabeza comenzó a darle vueltas y se echó a llorar cubriéndose la cara con las manos; era el suyo un llanto incontrolable y angustiado. Pero, de nuevo, Miss Vandeleur intervino para hacerle las cosas menos deshonrosas.

—Mr. Scrymgeour —le dijo con firmeza y claridad—, no tenga en cuenta las expresiones tan duras y desagradables de mi padre. Yo no siento repugnancia por usted; al contrario, pedí una oportunidad para conocerle mejor, ante la propuesta de mi tío, y en cuanto a lo sucedido esta noche, créame que tengo por usted tanta compasión como aprecio…

Mr. Rolles, en ese preciso momento, comenzó a mover compulsivamente uno de sus brazos, lo que tranquilizó a Mr. Francis por saberlo simplemente narcotizado y a punto de recobrarse. Mr. Vandeleur se inclinó sobre el joven clérigo y examinó con atención su rostro.

—Vamos, venga —dijo secamente, alzando después la cabeza—; ya es hora de poner fin a todo este drama… Ya que lo aprecia usted tanto, Miss Vandeleur, coja una vela y acompañe a este bastardo hasta la puerta…

La muchacha se dispuso a obedecer a su padre.

—Muchas gracias —le dijo Mr. Francis cuando salieron al jardín—. No sabe usted cuánto se lo agradezco… He pasado la noche más terrible y amarga de mi vida, se lo aseguro; solo su compañía me hará recordar con agrado este mal rato…

—Le aseguro que he dicho lo que sentía —terció la muchacha—; simplemente, trato de ser justa con usted… Lamento de veras lo que le han hecho.

Estaban ya en la puerta del jardín y Miss Vandeleur, dejando la vela en el suelo, descorrió el cerrojo.

—Solo una palabra más —dijo Mr. Francis—. Me gustaría que no fuese esta la última vez… Quiero decir que si puedo volver a verla…

—¡Oh!, ya ha escuchado usted a mi padre —respondió ella—. ¿Qué otra cosa puedo hacer, aparte de obedecerle?

—Dígame, por lo menos, que si no me ve no es porque usted no quiera; dígame —insistió el joven— que si fuera por usted volveríamos a encontrarnos…

—Es verdad… Me gustaría verle otra vez —admitió la muchacha—. Creo que es usted un hombre honrado y valiente.

—Déjeme algo en prenda —le pidió Mr. Francis.

La muchacha se detuvo con la llave en alto. Ya había descorrido el cerrojo y quitado la tranca, por lo que no le quedaba más que abrir definitivamente la puerta.

—Si le doy algo en prenda —le dijo—, ¿prometerá hacer lo que le pida?

—No tiene ni que preguntármelo —respondió el joven. Abrió al fin la puerta.

—De acuerdo —dijo Miss Vandeleur—. No sabe usted lo que me pide, pero sea… Oiga lo que oiga, pase lo que pase, no se le ocurra regresar a esta casa. Váyase tan pronto como le sea posible a zonas por las que ande más gente. Pero no deje de mantenerse alerta, pues corre un peligro mucho más grave de lo que se imagina… Y prométame que no echará siquiera un vistazo a lo que voy a darle en prenda, hasta no hallarse en un lugar seguro…

—Se lo prometo —dijo Mr. Francis.

Puso Miss Vandeleur en la mano del joven algo envuelto en un pañuelo. De inmediato, con una fuerza inusitada, lo empujó a la calle para que se marchase.

—¡Vamos, salga corriendo de una vez! —le gritó.

Mr. Francis oyó que la puerta del jardín se cerraba con violencia. «Bueno, pues no me queda más remedio que cumplir lo prometido», se dijo y echó a correr en dirección a la rué Ravignan. Apenas se había distanciado cincuenta pasos de la casa de las persianas verdes cuando le llegó desde allí un griterío infernal que alteraba el plácido silencio de la noche. Se paró de golpe, a pesar de lo que Miss Vandeleur le había pedido; otro hombre que por allí pasaba hizo lo mismo, para escuchar aquella bronca; en las casas del vecindario las gentes comenzaban a asomarse a los balcones y a las ventanas para enterarse de lo que sucedía; una explosión no hubiera alertado de tal manera al vecindario, de común tranquilo y poco transitado. Aquel escándalo, sin embargo, era cosa de un solo hombre, que aullaba preso del dolor y la rabia, como una leona a la que le hubieran quitado sus cachorros. No tardó mucho en escuchar Mr. Francis, entre aquellos rugidos, su propio nombre, seguido de mil insultos gritados en inglés.

Un primer impulso estuvo a punto de hacerle volver hasta la casa de las persianas verdes. Recordó entonces aquello que le dijera tan vivamente Miss Vandeleur e hizo lo que debía, que no fue sino alejarse de allí a la carrera… Se disponía a hacerlo cuando pasó junto a él, corriendo desaforadamente calle abajo, el ex dictador del Paraguay, con su blanca cabellera despeinada; iba tan furioso, lanzado como un proyectil de artillería, que ni reparó en su presencia. «De buena me he librado —se dijo Mr. Francis—; no sé qué le ocurre, no tengo idea de por qué está así de rabioso, pero parece evidente que será mejor que me mantenga lo más lejos que me sea posible de él… Sí, seguiré el consejo de Miss Vandeleur». Giró entonces y volvió a la calle Lepic, en dirección opuesta a la que seguía su perseguidor.

El plan no era, sin embargo, bueno; lo mejor hubiera sido sentarse en el café más próximo para esperar a que se calmaran las cosas, pero el joven Mr. Francis carecía por completo de la experiencia necesaria en esas pequeñas guerras que ofrece a menudo la vida, y además sus escasas actitudes personales para el enfrentamiento le hacían tratar de convencerse de que de nada malo era culpable, de manera, acabó diciéndose, que nada tenía que temer, salvo aguantar unos cuantos insultos más… Tampoco creía que Miss Vandeleur tuviera algo más que recomendarle… Se sentía agotado en cuerpo y alma; tenía el cuerpo cansado, golpeado, y el alma herida; se dijo que Mr. Vandeleur era dueño de una lengua verdaderamente sucia; reparó entonces en que iba por la calle, además de sin sombrero, con las ropas hechas jirones tras la caída sobre el castaño. Vio una tienda aún abierta y se compró un sombrero baratucho, de ala ancha; mejoró algo así su aspecto, pero no mucho, y se guardó lo que le había dado en prenda Miss Vandeleur en un bolsillo del pantalón. Pero no muy lejos de la tienda tuvo un encontronazo inesperado. Unas manos se le agarraron al cuello de pronto, vio una cara furiosa junto a la suya, una boca abierta que parecía dispuesta a morderle, sintió unas palabras apenas inteligibles en el oído… El viejo dictador, al no dar en su carrera con la presa que seguía, tomó otro camino y se lo encontró de súbito… Mr. Francis era un hombre joven y fuerte, pero no era capaz de demostrarlo ante la violencia de su atacante, por lo que tras un breve forcejeo se entregó sin resistirse.

—¿Qué quiere de mí? —preguntó al viejo.

—Ya hablaremos de eso en mi casa —le dijo con mucha violencia el ex dictador.

Se llevó a Mr. Francis casi a rastras, calle arriba, en dirección a la casa de las persianas verdes.

Mr. Francis, sin embargo, y aunque no se resistía, no dejaba de observar a su oponente, a la espera de un descuido; quería dar un golpe de audacia y liberarse, lo que consiguió cuando lo creyó oportuno… Dio un salto hacia adelante, dejando el cuello de su levita en las manos del viejo ex dictador y salió corriendo a toda velocidad en dirección a los bulevares… Ahora podía cobrar ventaja sobre su perseguidor; si bien es cierto que Mr. Vandeleur era fuerte y agresivo, y estaba acostumbrado a la lucha cuerpo a cuerpo, no lo es menos que el joven Mr. Francis era mucho más veloz y resistente a la carrera que él, pues estaba en la flor de su juventud, por lo que no le costó mucho despistarle ahora y perderse entre la multitud que llenaba los bulevares… Lejos ya de su perseguidor, el joven se sintió aliviado, no obstante seguir preguntándose el porqué de todo aquello. Así, pues, y aun desconcertado por cuanto le ocurría, se dirigió hacia la Plaza de la Opera, en la que lucía espléndidamente la iluminación eléctrica. «Seguro que ver esto encantaría a Miss Vandeleur», se dijo. Giró a la derecha, para seguir por los bulevares muy concurridos entonces, entrar en el Café Américain y tomarse una cerveza para recuperar el resuello… No podía decir si era demasiado tarde o demasiado temprano, pues no había más que tres mesas ocupadas en el local, todas por hombres, y él estaba en exceso ocupado con sus asuntos como para prestarles atención… Sacó entonces aquello que llevaba en el bolsillo, envuelto en un pañuelo. Resultó ser un estuche de tafilete con broche y adornos dorados; apretó un pequeño resorte y se abrió; vio el joven, no sin tanto espanto como asombro, un enorme diamante… Aquello era tan inexplicable, y el valor de la piedra tan enorme, lo supo nada más verlo, que Mr. Francis se quedó sin reacción, inmóvil, contemplando aquello que había en el estuche… La verdad es que parecía un idiota… Sintió entonces que una mano amable se le posaba en el hombro y que una voz amable, pero imperativa, le hablaba al oído:

—Cierre ese estuche y tranquilícese.

Levantó la vista y vio a un hombre aún joven, elegante y sobrio, de modales educados, que se le había acercado con un vaso en la mano.

—Cierre ese estuche —volvió a recomendarle el desconocido—. Métalo de nuevo en su bolsillo, donde, estoy seguro, no tenía que haber ido a parar nunca… Vamos, hágame el favor de eliminar de su rostro ese gesto de sorpresa, hombre, compórtese como si nos conociéramos de toda la vida y nos hubiésemos encontrado aquí por casualidad… Así, muy bien, eso es… Levante su jarra, como si brindáramos… Perfecto… No sé por qué, caballero, me da la impresión de que es usted un simple aficionado…

Sonrió aquel hombre al decirle lo último, pues daba a tales palabras un sentido muy especial… Luego se acomodó mejor en la silla de la mesa que ocupaban y dio una larga bocanada al veguero que fumaba.

—¿Quién es usted? Dígamelo, por Dios se lo pido —dijo Mr. Francis—. ¿Qué significa todo esto? La verdad, no sé por qué tengo que hacer caso de lo que me diga… Pero me han ocurrido tantas cosas insólitas en el día de hoy, he vivido unas aventuras tan desconcertantes, me encuentro una y otra vez con personas tan raras, que no sé si me he vuelto loco por completo o he ido a parar a otro planeta… Su rostro y sus maneras, caballero, me inspiran confianza, se lo confieso… Parece usted un hombre honesto y prudente, un caballero con experiencia de la vida, pero dígame, por Dios se lo pido, ¿por qué se ha dirigido a mí como lo ha hecho?

—Vayamos por partes —le dijo aquel desconocido—, primero haré yo las preguntas… Explíqueme cómo es que tiene en su poder el diamante del rajá…

—¡El diamante del rajá! —exclamó el joven.

—Yo, en su lugar, no hablaría tan alto —le dijo aquel hombre—. No hay duda de que eso que tiene en el bolsillo es el diamante del rajá… Lo conozco muy bien, pues lo he visto y examinado muchas veces en la colección de Sir Thomas Vandeleur…

—¡Sir Thomas Vandeleur! —repitió Mr. Francis—. ¡El general Vandeleur! ¡Mi padre!

—¿Su padre? —se extrañó el desconocido—. No tenía la menor idea de que el general tuviera hijos…

—Soy hijo natural, señor —dijo Mr. Francis, ruborizándose.

Aquel hombre, entonces, le hizo una grave y respetuosa inclinación de cabeza, como quien pide disculpas con enorme cortesía a un igual… Mr. Francis, sin saber muy bien por qué, se sintió aliviado y feliz por haber dado al fin con un hombre educado que le hacía sentir más tranquilo. Se quitó entonces aquel sombrero barato que lleva, en señal de respeto.

—Me da la impresión de que esas aventuras vividas en el día de hoy, y a las que antes aludía, no han sido del todo apacibles —le dijo el desconocido—. Va usted hecho una pena, tiene arañazos en la cara, un corte en la sien… Perdone mi curiosidad, pero me gustaría preguntarle a qué se debe todo eso… Y, sobre todo, me gustaría preguntarle cómo ha ido a parar a su bolsillo un objeto robado y tan valioso…

—No, caballero —dijo Mr. Francis con vehemencia—, no puedo estar de acuerdo con usted… Yo no he robado nada… Si se refiere al diamante, le diré que me lo ha dado Miss Vandeleur, en la rué Lepic… Hace menos de una hora…

—¡Miss Vandeleur, en la rué Lepic! —repitió el desconocido—. No sabe usted cuánto me interesa lo que me cuenta… Pero, continúe, por favor…

—¡Cielos! —gritó Mr. Francis.

Recordó de pronto que había visto a Mr. Vandeleur tomar algo del pecho de su visitante narcotizado… Ahora estaba seguro: lo que había visto era un estuche de tafilete.

—¿Le ha venido a la cabeza alguna idea? —preguntó el desconocido.

—Mire —dijo Mr. Francis—; no sé quién es usted, pero me parece que puedo confiar, siempre y cuando se muestre dispuesto a ayudarme… Me encuentro en una situación realmente extraña, en un auténtico brete… Necesito consejo y apoyo; ya que me anima a ello, voy a contárselo todo…

Brevemente, pero sin dejarse nada, informó al desconocido de sus avatares últimos, a partir del día en que recibió en el banco la carta del bufete de abogados de Edimburgo.

—De verdad que es una historia notable —dijo el desconocido cuando Mr. Francis concluyó su relato—. La verdad es que está usted en dificultades, amigo mío… Y en peligro, para qué negarlo… Puede que alguien le aconsejaría acudir a su padre y hacerle entrega de ese diamante, pero yo no… ¡Camarero! —llamó.

El camarero se llegó hasta la mesa que ocupaban.

—Por favor, ¿puede decir al dueño de este café que venga? —dijo el desconocido y Mr. Francis volvió a notar en sus modales y en su tono que era un hombre de mando y respeto.

Poco después se acercaba a la mesa el dueño del café acompañado del camarero que había ido a buscarle. Aquel hombre hizo una muy respetuosa reverencia al desconocido.

—¿En qué puedo servirle, señor?

—Hágame el favor de presentarme ante este caballero, se lo ruego —dijo señalando a Mr. Francis.

—Caballero —dijo el dueño del café—, tiene usted el honor de compartir mesa con Su Alteza el príncipe Florizel de Bohemia.

Mr. Francis no pudo evitar ponerse en pie de golpe, haciendo una muy respetuosa reverencia al príncipe, quien le pidió que volviera a tomar asiento a su lado.

—Muy agradecido —dijo el príncipe Florizel al dueño del café, despidiéndole con un gesto—. Siento haberle molestado con algo sin la menor importancia… Y ahora —continuó dirigiéndose a Mr. Francis—, deme usted ese diamante, por favor…

Cambió de manos el estuche sin que se oyera una sola palabra.

—Bien hecho —dijo el príncipe Florizel—. Se ha guiado usted por sus buenos sentimientos, lo que al cabo hará que agradezca usted sus desventuras de esta noche, se lo aseguro… Un hombre, Mr. Scrymgeour, puede verse metido en mil problemas, pero si tiene un corazón noble y una inteligencia clara, sabrá salir siempre de ellos sin desdoro… Quede usted tranquilo y deje en mis manos sus asuntos, que con la ayuda de Dios podremos resolverlos… Sígame a mi coche, por favor…

El príncipe se levantó y dio un luis de oro al camarero; salió después del café, acompañado del joven, y lo llevó bulevar abajo, hasta donde aguardaba un coche discreto y dos criados sin librea.

—Pongo este coche a su disposición —dijo a Mr. Francis—. Recoja sus cosas cuanto antes, que mis criados lo llevarán a una villa a las afueras de París, donde podrá aguardar tranquilamente a que yo me haya encargado del caso, resolviéndolo, eso espero… Tendrá en esa villa un hermoso jardín, una buena biblioteca, un cocinero estupendo, una excelente bodega y unos cuantos cigarros, magníficos, por cierto, que le recomiendo se fume plácidamente… Jéróme —dijo entonces el príncipe a uno de los criados—, ya ha oído lo que he dicho, así que dejo a Mr. Scrymgeour en sus manos.

Mr. Francis apenas pudo decir unas palabras entrecortadas de agradecimiento.

—No se preocupe, ya me dará las gracias —le dijo el príncipe— cuando su padre lo haya reconocido cual merece y pueda desposar usted a Miss Vandeleur…

Sin decir más, el príncipe Florizel se marchó andando en dirección a Montmartre. Ya a cierta distancia, alzó la mano para llamar a un coche de punto, subió, dio cierta dirección al cochero, y apenas un cuarto de hora después, tras apearse un poco más abajo de donde estaba la casa, llamaba a la puerta del jardín de Mr. Vandeleur.

Acudió el propio ex dictador en persona, con ciertas precauciones y bastante enfado.

—¿Quién es? —preguntó.

—Perdone lo intempestivo de la hora, que no es propia de cursar visitas, Mr. Vandeleur —dijo el príncipe.

—Su Alteza siempre será bien recibido en mi casa —dijo Mr. Vandeleur al ver quién era, abriéndole y haciéndose a un lado.

Entró el príncipe Florizel y fue directamente a la casa; abrió él mismo la puerta. Vio a dos personas, a Miss Vandeleur, con los ojos enrojecidos, de haber llorado mucho, y al joven que le había consultado en el salón de fumar del club de Londres sobre asuntos más que nada relacionados con la literatura.

—Buenas noches, Miss Vandeleur —dijo el príncipe—. Parece usted cansada… Y usted es ¿Mr. Rolles, quizás? Espero que haya estudiado convenientemente las obras de Gaboriau, caballero…

El joven clérigo, sin embargo, estaba demasiado postrado como para responderle algo; hizo una simple reverencia y continuó como ido, mordiéndose los labios.

—¿Y a qué debo el honor de su visita, Alteza? —preguntó Mr. Vandeleur, aún soprendido por la decisión con que el príncipe entró en su casa.

—Pues me traen por aquí los negocios —respondió el príncipe—. Tengo que tratar con usted de un asunto, y después me veré obligado a pedir a Mr. Rolles que me acompañe a dar un paseo… Mr. Rolles —dijo con cierta dureza—, permítame decirle que aún no he tomado asiento…

El religioso se puso de pie de un salto, tratando de musitar una excusa; tomó entonces asiento el príncipe en un sillón, junto a la mesa, dio su sombrero a Mr. Vandeleur y su bastón a Mr. Rolles, y no les invitó a que se sentaran, como si fueran sus criados… Empezó a hablar el príncipe:

—Caballeros —dijo—, he venido hasta aquí, como ya he dicho, por un negocio; si lo hubiera hecho por gusto, les aseguro que no hubiese podido sentirme más molesto con el recibimiento que me han dado ni más incómodo con su compañía… Usted, caballero —dijo mirando a Mr. Rolles—, ha demostrado ser bastante desconsiderado con una persona de rango superior… Usted, Mr. Vandeleur, no deja de sonreír, pero sabe muy bien que su proceder no es el digno de un señor, pues no se puede decir que tenga las manos precisamente limpias… No, no me interrumpa —dijo enérgico—, que he venido a hablarle y no a escucharle; solo le pido que me escuche con atención y respeto, y que siga después mis instrucciones… Su hija contraerá matrimonio cuanto antes, en nuestra Embajada, con mi buen amigo, Mr. Francis Scrymgeour, el hijo reconocido de su hermano… Y me hará usted el favor de darle una dote a su hija, no menor de la suma de diez mil libras… En lo que a usted respecta, le encomendaré por escrito cierta misión de importancia en Siam, así que dígame, con no más de dos palabras, a ser posible, que está de acuerdo con mis condiciones.

—Su Alteza sabrá perdonarme, pero le ruego, con el mayor de los respetos, que me permita hacer un par de observaciones —dijo Mr. Vandeleur.

—Adelante.

—Su Alteza ha dicho que Mr. Scrymgeour es su amigo —dijo el ex dictador—, y créame que de haberlo sabido le habría tratado con el debido respeto, dado el honor que usted le hace al concederle su reconocimiento.

—Se defiende usted con mucha habilidad, amigo mío —dijo el príncipe—, pero de nada le sirve hacerlo. Mis órdenes ya están dadas; y le aseguro que, aunque jamás hubiese visto a ese caballero, antes de esta noche, por nada del mundo cambiaría esas órdenes.

—Su Alteza demuestra, ante mis palabras, su habitual sutileza —dijo Mr. Vandeleur—; pero, lamentablemente, he denunciado a Mr. Scrymgeour a la policía, por robo… Dígame, ¿retiro esa denuncia, o qué hago?

—Haga lo que le dé la gana —respondió él príncipe Florizel—. Es cosa de su conciencia, caballero, y de las leyes francesas… Deme mi sombrero, por favor, y usted, Mr. Rolles, alcánceme el bastón y venga conmigo… Miss Vandeleur, le deseo muy buenas noches. Supongo —añadió dirigiéndose ahora al ex dictador— que su silencio quiere decir que acepta sin reservas cuanto he ordenado…

—Si no hay más remedio que someterse, lo haré —dijo Mr. Vandeleur—, pero tenga por seguro Su Alteza que no será sin resistirme…

—Es usted un anciano, caballero —dijo el príncipe—, y quizás por eso la maldad sea en usted aún más deshonrosa; su vejez es mucho más infame que la más pérfida juventud… Se lo advierto, no me tiente ni provoque, o comprenderá usted que puedo ser increíblemente violento, mucho más de lo que podría imaginar… Es la primera vez que se cruza en mi camino y no sabe cuánta cólera despierta en mí… Así que procure no volver a hacerlo…

Sin más, el príncipe Florizel hizo al joven clérigo una seña para que lo siguiera, salió de la casa y se dirigió rápido hacia la puerta del jardín. El viejo ex dictador del Paraguay los seguía alumbrándoles con una vela; después se apresuró a descorrer el cerrojo y a abrirles la puerta.

—Ahora que no está presente su hija —le dijo el príncipe—, quiero decirle que la trate con el debido cariño y respeto; levántele usted la mano, y le aseguro que al instante sufrirá una desgracia tan inmediata como irreparable.

Agachó la cabeza sin decir palabra el viejo, pero nada más volverle la espalda el príncipe le hizo un gesto furioso de amenaza. Un poco más tarde se dirigió a la parada de coches de punto más próxima.

 

Aquí —dice mi árabe— concluye el cuento de “La casa de las persianas verdes”. Una aventura más —añade —y habremos concluido El diamante del rajá. Los habitantes de Bagdad conocen el último eslabón de esta cadena como “La aventura del príncipe Florizel y el detective”.

*FIN*


“Story of the House with the Green Blinds”,
London, 1878


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