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La aventura del príncipe Florizel y el detective

[Cuento - Texto completo.]

Robert Louis Stevenson

El príncipe Florizel acompañó a su hotel a Mr. Rolles. Mucho hablaron de camino, y mucho se conmovió el clérigo por la severidad y la ternura que se daban a un tiempo cuando el príncipe le afeaba su conducta.

—He arruinado mi vida —dijo Mr. Rolles—. Solo usted me puede ayudar, dígame qué debo hacer… Confieso no poseer las virtudes de un sacerdote ni la sabiduría de un pícaro…

—Ahora que ha reconocido usted con tanta sinceridad sus errores, yo no tengo qué decirle —respondió el príncipe—; quien muestra arrepentimiento solo debe responder ante Dios, pero jamás ante un príncipe… Así y todo, y si de verdad le interesa conocer mi opinión, le recomiendo que ponga rumbo hacia Australia… Búsquese allí una ocupación manual, trabaje al aire libre y olvídese de que en un tiempo fue religioso… Y olvide también que tuvo la desgracia de poner los ojos y sus manos en esa maldita piedra preciosa…

—¡Y tan maldita, sí! —dijo Mr. Rolles—. Por cierto, ¿quién la tiene? ¿Qué maldad reserva esa piedra a sus nuevos dueños?

—No, descuide; ya no causará más daño a nadie —dijo el príncipe—. Mire, aquí la tengo, en mi bolsillo… Ya ve usted que, a pesar de su juventud, confío en su bondad y en su arrepentimiento…

—Permita que le estreche la mano —le pidió Mr. Rolles.

—Aún no —dijo el príncipe.

Aquellas palabras parecieron harto elocuentes al joven clérigo; cuando el príncipe se dio la vuelta para marcharse, dejándolo ante la puerta del hotel, se quedó embebecido mirándole mientras invocaba a los cielos para que bendijeran a aquel hombre por los buenos consejos que daba.

Varias horas estuvo el príncipe paseando a solas por calles poco concurridas. Absorto en sus pensamientos, la verdad es que no sabía qué hacer con el diamante del rajá, si devolverlo a su propietario, a quien juzgaba, sin embargo, indigno de guardar tal joya, o si adoptar una medida tan valiente como la que suponía tirarlo lejos, donde ningún hombre pudiera hallarlo jamás. Cosa tan seria, sin embargo, no podía resolverla de un plumazo. La piedra había llegado a sus manos de manera poco menos que providencial; así, cuando la sacaba de su bolsillo y la miraba bajo la luz de las farolas, su tamaño y su brillo extraordinario le hacían tenerla, cada vez con mayor convicción, por un objeto maligno, y más que eso: peligroso para el mundo. «Que Dios me ayude —se decía—; si la sigo contemplando yo también me rendiré a su brillo».

Indeciso aún, se dirigió entonces a la pequeña pero elegante mansión próxima al río que desde mucho tiempo atrás perteneció a su estirpe. Las armas de la Casa de Bohemia lucían en la puerta principal y en las altas chimeneas; la gente que pasaba por la calle podía contemplar un patio ajardinado ornado de hermosas plantas y flores deliciosas. Una cigüeña, la única de París, había tomado por su morada el tejado de la mansión, atendida por diligentes y muy sobrios criados. De tarde en tarde se abrían los portones y un carruaje cruzaba las arcadas para salir a la calle. Era una residencia que placía mucho al príncipe, por varias razones, por ejemplo, porque cuando iba allí tenía esa sensación que tanto alegra los corazones, de sentir que se llega al hogar, cosa que a menudo los grandes hombres no pueden permitirse. Aquella noche, al acercarse a su casa, vio con alivio que las ventanas de la planta superior estaban iluminadas.

Iba a entrar por una pequeña puerta que daba a una calle lateral, como solía hacerlo, y un hombre, que hasta entonces había permanecido oculto, se cruzó en su camino y le hizo una reverencia.

—¿Tengo el honor de hablar con el príncipe Florizel de Bohemia?

—Tal es mi título —dijo el príncipe—. ¿Qué se le ofrece?

—Soy detective y tengo el encargo de hacer entrega a Su Alteza de esta nota del prefecto de la policía.

Tomó el príncipe Florizel aquella nota y la leyó bajo la luz de la farola más próxima. Se le pedía, entre disculpas respetuosas, que siguiera al detective hasta la prefectura de policía sin demora.

—Parece que estoy detenido —dijo el príncipe.

—Su Alteza —dijo el detective—, le aseguro que nada más ajeno a las intenciones del prefecto… Como puede observar, no se trata de una orden de detención sino de una simple formalidad. Si lo prefiere usted, de un favor que Su Alteza puede hacer a nuestras autoridades…

—¿Y si me negara a acompañarle?

—No puedo ocultar a Su Alteza que se me ha dado una amplia capacidad de acción para hacer frente a cualquier eventualidad —dijo el detective, inclinándose respetuosamente.

—Debo confesarle que tanta insolencia me deja atónito —dijo el príncipe—. Claro que usted no es sino un policía que cumple órdenes, y debo excusarle por ello… Mas, sus superiores… Le aseguro que pagarán cara su osadía. ¿Puede decirme a qué se debe un acto tan imprudente y tan ilegal? Y observe que aún no he aceptado ni rechazado acompañarle; dependerá que haga una cosa u otra de lo que me conteste, así que le ruego lo haga con celeridad y sin mentiras, ya que me plantea usted una situación incómoda y de cierta gravedad.

—Su Alteza —dijo el detective con mucho respeto—, el general Vandeleur y su hermano han tenido la increíble osadía de acusarle de un robo… Dicen que el famoso diamante del rajá obra en su poder, Alteza… Pero una palabra suya que niegue estas acusaciones bastará para que el prefecto se quede tranquilo; es más, si Su Alteza se dignara honrar a un simple detective como yo con esa palabra, no tendré otra cosa que hacer sino pedirle excusas en el acto y marcharme, dejándole tranquilo.

El príncipe Florizel, que hasta entonces no había considerado aquello más que como una aventura que acaso pudiera tener ciertas repercusiones internacionales, comprendió al oír de labios del detective el apellido Vandeleur que el asunto podía ser más grave. Así, pues, se hallaba en entredicho su honor. ¿Qué hacer? ¿Qué decir? El diamante del rajá era, ciertamente, una piedra maldita. Y él parecía a punto de convertirse en la última de sus víctimas. Claro está, no podía hacer lo que el detective le pedía, sino ganar tiempo. Apenas dudó.

—De acuerdo —dijo—, vayamos a la prefectura.

El detective le hizo otra respetuosa inclinación de cabeza y echó a caminar dos pasos por detrás del príncipe.

—Acérquese —le dijo el príncipe—, que prefiero ir conversando… Me parece que no es la primera vez que nos vemos, ¿me equivoco?

—Es un honor que Su Alteza se acuerde de mí —dijo el detective—. Tuve el placer de hablar con usted hace ocho años…

—Recordar los rostros forma parte de mi trabajo, tanto como del suyo —dijo el príncipe Florizel—. Bien pensado, un príncipe y un detective pertenecen a un mismo ejército… Luchamos contra el crimen, aunque debo reconocer que mi cargo es mucho más lucrativo, mientras que el suyo ofrece mayores riesgos. Bueno, tanto usted como yo podemos resultar honorables a cualquier persona, y eso es lo que importa… Aunque le pueda parecer extraño, le aseguro que preferiría ser un detective honesto antes que un rey débil e innoble.

—Su Alteza hace el bien para devolver una maldad —observó el detective, que parecía abrumado—. Responde a un acto de sospecha con la más grande condescendencia…

—¿Y cómo está seguro usted de que no intento corromperle? —le preguntó el príncipe.

—¡Que el cielo me ampare ante esa posibilidad! —exclamó el detective.

—Me satisface oírle decir eso —reconoció el príncipe—, pues demuestra con ello que es usted tan honrado como sagaz. El mundo es muy grande y está lleno de cosas hermosas y caras, no hay límite para las recompensas que uno puede ofrecer, si se tercia hacerlo… Hay quien rechaza un millón, pero solo porque puede hacerse con un imperio o una mujer a cambio de su honor… Yo mismo he tenido ofrecimientos tan tentadores e irresistibles, tentaciones que tanto hacen que se tambalee la virtud más convencida, que al final me he alegrado de hacer como usted, pedir la protección del cielo para librarme… Quizás sea por eso por lo que tanto usted como yo podemos caminar tranquilamente de noche por esta gran ciudad, con la tranquilidad que nos da saber que tenemos el corazón limpio.

—He oído decir a todo el mundo que es usted un hombre valiente —dijo el detective—, pero compruebo ahora que además es sabio y piadoso… Dice usted cosas muy ciertas, y lo hace además con un tono conmovedor… El mundo es la mejor piedra de toque que se ofrece a la virtud…

—Bien, estamos en mitad del puente —dijo entonces el príncipe—; mire hacia abajo… Así como corre el agua bajo el puente corren las pasiones de la vida arrastrando con ellas a menudo la honestidad de los hombres… Permítame, por favor, que le refiera una historia…

Imitando al príncipe, el detective se apoyó en la barandilla, dispuesto a escuchar. La ciudad dormía; de no ser por las luces infinitas que se veían por doquier, y por los edificios que parecían alzarse hacia el cielo, era como si se hallaran en pleno campo, a la vera de un río.

—Un general —comenzó a decir el príncipe Florizel—, un hombre de valor y conducta intachables, que por sus muchos merecimientos había alcanzado un grado reseñable y un rango social elevado, un hombre admirado y de gran respeto, dio en visitar en mala hora para su espíritu a un rajá de la India que le mostró sus exquisitas colecciones de joyas… Vio así un diamante extraordinario, grande, refulgente… Ya partir de ese momento no tuvo más que un deseo, hacerse con la preciosa pieza. Para ello, incluso aceptó el riesgo de sacrificar su honor, su buen nombre, el aprecio generalizado que tenía de todos, el amor hacia su país. Así, haciendo dejación de sus obligaciones, estuvo tres años sirviendo al bárbaro dueño del diamante, como Jacob sirvió a Labán… Consintió, por ello, asesinatos, faltó el respeto debido a las lindes fronterizas, llegó a condenar y a ejecutar a un compañero de armas que exigió al rajá honestas pretensiones de libertad. Y llegada una situación de extremo peligro para su país, traicionó a los hombres de los que era máximo jefe militar, que fueron derrotados y muertos a miles… Pero hizo una gran fortuna y regresó a su país con el preciado diamante… Transcurrieron los años y digamos que, a causa de cierto accidente, se quedó sin su piedra —prosiguió el príncipe tras una breve pausa—, que fue a parar a las manos de un joven tan simple como inocente, un erudito de la palabra de Dios, un clérigo que estaba en los inicios de su provechosa carrera… Dicho joven tampoco resultó ajeno al influjo poderoso y maligno de la piedra brillante; dejó todo aquello en lo que se afanaba y empleaba para escapar con el diamante a un país extranjero… El jefe militar, por su parte, tenía un hermano, hombre avezado en mil duelos, violento, avaro, sin escrúpulos; por una serie de circunstancias llegó a conocer el secreto del joven clérigo… ¿Qué cree usted que hizo? ¿Cree que se lo contó todo a su hermano, que denunció al religioso ante la policía? No, caballero, nada de eso… Aun a riesgo de cometer un crimen espantoso, narcotizó al joven clérigo para apoderarse de la ansiada piedra… Mas, por obra y gracia del azar, por una serie de circunstancias que no son importantes para ilustrar la fábula moral que pretendo exponerle, el diamante pasó a manos de otro joven igualmente ajeno a toda maldad, quien, muerto de miedo ante lo que había caído en sus manos de manera tan extraña, entregó la joya a una persona del mayor rango y distinción, alguien por encima de toda sospecha… Permítame decirle que ese jefe militar al que he aludido se llama Sir Thomas Vandeleur —siguió diciendo el príncipe Florizel tras otra breve pausa—, y que la piedra en cuestión no es otra que el famoso diamante del rajá… Bien, pues aquí la tiene usted —y se la mostró el príncipe abriendo su mano.

El detective no pudo evitar un grito de sorpresa mientras daba un paso atrás.

—Usted y yo hemos hablado largo y tendido de la corrupción —dijo el príncipe—; bien, pues para mí, esta piedra, este cristal tan brillante, es un objeto tan abominable como si hubiera brotado entre los gusanos de un cadáver, o como si estuviera bañada en sangre de inocentes… Veo este diamante brillar en mis manos y creo que brilla con el fulgor del fuego del infierno… Cuanto le he contado antes no es más que una centésima parte de su historia real; no puedo ir más allá en mis suposiciones, pero imagino las maldades que desencadenó esta piedra en otros tiempos más remotos, los crímenes y las traiciones a que abocó a otros hombres… Pero creo que ha llegado el momento de gritar ¡basta! Sí, ¡basta de sangre, basta de deshonor, basta de tantas vidas destrozadas y de tantas amistades rotas por su culpa! Todo tiene un fin, amigo mío; tanto el mal como el bien siempre llegan a su final; como la peste y como la más deliciosa de las músicas acaban… Que Dios me perdone si acaso obro mal, pero creo que en esta noche ha de acabarse el maligno influjo de este diamante.

Hizo entonces el príncipe un brusco movimiento con su mano y la maravillosa gema, describiendo una luminosa parábola en el aire, fue a caer al fondo del río.

—Amén —dijo el príncipe Florizel después, gravemente, como si concluyera el rezo de un responso—. Acabo de dar muerte a un auténtico basilisco…

—¡Dios mío, qué ha hecho usted! —se espantó el detective—. ¡Acaba de arruinar mi carrera!

—Me parece —dijo el príncipe, sonriente— que muchas personas de gran fortuna que viven en esta ciudad envidiarían su ruina, caballero…

—¡Oh!, ¿acaso Su Alteza pretende corromperme, así y todo? —se extrañó el detective.

—Puede que no haya otra solución —dijo el príncipe Florizel—. Pero, dirijámonos ahora a la prefectura…

No pasó mucho tiempo antes de que se celebrara el matrimonio entre Mr. Francis Scrymgeour y Miss Vandeleur… El príncipe Florizel apadrinó el casamiento, en representación del novio… Los hermanos Vandeleur oyeron algún rumor de lo que en verdad había acontecido con el diamante, algún rumor poco concreto, sin embargo, lo que les llevó a financiar unas cuantas prospecciones en el Sena, que no sirvieron más que para llamar la atención y entretener durante un rato a los ociosos que por allí paseaban… Claro que, a causa de un error de cálculo, buscaron justo en un tramo en el que era imposible que hubiera ido a parar el diamante…

En lo que al príncipe Florizel se refiere, una persona de elegancia sublime, cabe decir que su papel en esta historia concluye tal y como se ha expresado un poco antes, y que, junto con el autor árabe, podría esfumarse en el espacio, entre vueltas y revueltas… Mas, si acaso ocurre que el lector insiste en su afán de recibir informaciones más exactas al respecto, le diré que me es muy grato comunicarle que no hace mucho tiempo una revolución lo despojó definitivamente del trono de Bohemia, en parte por sus constantes ausencias de su país, y en parte también por su dejadez de los asuntos relacionados con la cosa pública, por lo que Su Alteza se ha visto obligado a abrir un salón de fumar y tabaquería en la Rupert Street de Londres, un lugar muy frecuentado por exiliados extranjeros varios y otras personas interesantes… Yo mismo voy por allí con alguna frecuencia para fumarme tranquilamente un buen cigarro, por lo que puedo dar fe de que el príncipe Florizel es una persona de tanto interés como el que pudo tener en sus días de esplendor máximo. Hay que ver su porte mayestático tras el mostrador… Y si bien no es menos cierto que la vida sedentaria y el cese de las aventuras han obligado a que utilice en el presente chalecos de mayor talla, no cabe duda de que se trata del tabaquero más apuesto de Londres.

*FIN*


“The Adventure of Prince Florizel and a Detective”,
London, 1878


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