La providencia y la guitarra
[Cuento - Texto completo.]
Robert Louis StevensonI
León Berthelini era muy cuidadoso de su aspecto y sabía darse en todo momento una apariencia a tono con las circunstancias. En su porte había, por el tiempo en que lo situamos, un algo de español aventurero y bastante de hombre común, apacible como Rembrandt… Era bajo de estatura y más bien gordo, tenía siempre una sonrisa en los labios y lo que de mayor nobleza había en su rostro eran los ojos negros, en cuya mirada se le reflejaban la bondad de su corazón, una naturaleza sana y un sempiterno buen humor.
De haber vestido como el común de los mortales, se le hubiera podido tomar por una mezcla de barbero, de posadero y de cachazudo mancebo de botica, pero ataviado con su fantástica levita de terciopelo, y tocado con su sombrero de alas anchas y flexibles, con sus calzones cortos y ajustados, con el pañuelo blanco e impoluto anudado como descuidadamente al cuello, y sus bucles negros cayéndole sobre la frente, por no decir de sus zapatos muy finos y limpios, así todo él, llamaba irremediablemente la atención, se le tenía por un hombre original y muchos creían hallarse ante un caballero sin duda de gran rango. Si se ponía sobre la levita un gabán, jamás metía los brazos en las mangas, sujetándoselo al cuello con un solo botón y echándose el vuelo sobre la espalda, como si fuera una capa española, con la gracia de un Almaviva cualquiera. Para mí que el señor Berthelini andaba ya por los cuarenta años, pero era tan joven de corazón, y afrontaba la vida tan a la manera de los niños, que parecía estar siempre representando cualquier pieza en un teatro. En suma, si no se trataba del mismísimo Almaviva, no era porque no tuviera ganas de serlo… Pero cabe decir, en justa correspondencia, que vivía tan felizmente como si lo fuera.
Yo lo he visto, en momentos en los que se creía a solas, sin ser observado, lo he visto adoptar posturas teatrales y caballerescas como si ensayara para desempeñar después su papel ante los demás de la manera más conveniente: con tanto entusiasmo e ilusión que uno llegaba a creerse que de verdad sus maneras no eran el producto de una afectación estudiada.
Pero, lamentablemente, la vida no es una representación en privado; no se puede vivir de continuo haciendo el papel de Almaviva, ni mucho menos ir así por las calles… El gran Berthelini, después de no pocas intentonas en diversas actividades artísticas, acabó por verse obligado a descender un peldaño en sus afanes, noche a noche, y conformarse al cabo con tocar la guitarra, cantar media docena de cancioncillas burlescas, decir un monólogo más o menos cómico y hasta presidir, anunciándolos, los misterios en forma de premios baratos que escondía cierta tómbola.
Madame Berthelini, que con él compartía todas estas actividades, aunque aún con menos gloria que su marido, ocupaba sin embargo un lugar más elevado en la apreciación social de las gentes, pues la verdad es que demostraba mucha más dignidad y bastante menos afectación… No se puede decir que tuviera un corazón más bondadoso que el de su marido, porque sería imposible decirlo sinceramente, pero había en su rostro un aire de hermosa melancolía que la hacía ser una mujer atractiva y algo distante, sin ese buen humor constante que iluminaba la cara de su marido.
El bueno de Berthelini iba por la vida volando como una cometa con viento a favor, sin detenerse a reparar siquiera un instante en las miserias de las gentes y en las convenciones sociales. Digamos que alguna vez se veía amenazado por una colérica ráfaga cualquiera, pero no por ello llegaba jamás a los dominios de las tempestades de llantinas, pues las lágrimas eran para él una cosa poco menos que desconocida. Cuando lo precisaba, sacudía un buen golpe sobre una mesa, o imitaba la apostura de Méligne o de Frédéric, y así se le pasaba el enfado en un abrir y cerrar de ojos. De venírsele el cielo encima, se habría podido dar por contento y feliz solo con ser capaz de expresar ante los otros la magnitud de la catástrofe.
Su mujer, aunque ya he dicho que era distinta, lo adoraba, no podía sustraerse a la atmósfera que envolvía a tan encantador personaje; aunque a primera vista daba la impresión de que vivían y hasta se desplazaban por mundos diferentes, siempre iban de la mano.
Mas aconteció un día que el señor Berthelini y su esposa se bajaron, con sus dos mundos en paralelo y un estuche en el que guardaban la guitarra, en la estación de la pequeña ciudad de Castel-le-Gâchis, donde tomaron un ómnibus que los llevó al Hotel de la Negra Cabeza. Era un edificio de aire conventual, lóbrego y capaz de aguantar tranquilamente un asedio, siempre y cuando se le cerraran las puertas de acceso, claro; un edificio en cuyo interior olía extrañamente, a fresa, a chocolate, a perfumes corrompidos… Todo, además, en mezcolanza terrible. Allí, Berthelini se paró en la entrada, un tanto extrañado; aquello le produjo la sensación reminiscente de haber olido eso mismo en otro lugar en el que, por cierto, no había sido muy bien tratado.
El posadero era un hombre de aspecto lamentable y tristón; nada más verles se levantó de la mesa pobre sobre la que escribía, bajo un panel lleno de manojos de llaves, y quitándose el sombrero cortésmente, eso sí, se dirigió a los recién llegados para darles la bienvenida y ponerse a su disposición.
—Buenos días, caballero —le dijo Berthelini con mucho ánimo—. ¿Tiene la bondad de decirme cuánto cobra por noche a los artistas?
—¿A los artistas? —dijo el posadero ahora con la sonrisa ida, poniéndose con mal humor de nuevo el sombrero—. ¡Artistas! —se lamentó burlón—. Bueno, son cuatro francos por noche.
Nada más decirles eso volvió la espalda a tan insignificantes huéspedes y regresó a su mesa. A los viajantes de comercio, por ejemplo, se les cobraba también según lo marcado en una tarifa especial, pero eran bien recibidos y hasta podían exigir, para comer, algo más que lo que les correspondía en el menú. Para un artista, sin embargo, las cosas resultaban mucho más difíciles, y hasta desagradables, aunque mostrara las muy buenas maneras de nuestro héroe o la sabiduría y dignidad de Salomón. Un artista era recibido en cualquier posada como un perro, o como una dama sin posibles que viajara sola.
Berthelini, no obstante estar ya muy acostumbrado a trato tan infame, se disgustó muy mucho ante la grosera acogida de aquel patán.
—Elvira —dijo a su mujer—, recuerda bien lo que te digo: Castel-le-Gâchis será un escollo insalvable en nuestro glorioso periplo.
—Espera un poco, a ver qué tal les caemos… Quizás debamos tomar algo —dijo su esposa.
—Caeremos en picado —dijo el artista—; nos llenarán de insultos, no de viandas… Sabes bien, esposa mía, que poseo el don de la adivinación del futuro; este posadero ha sido terriblemente maleducado; pues bien, te digo que si él se ha mostrado así con nosotros, el comisario de la ciudad será aún más bestia, por no hablar del público que acuda a nuestro espectáculo, que será soez y lo considerará caro… Para colmo, me temo que, con este tiempo, acabes agarrándote un fuerte constipado, querida… Creo que ha sido una auténtica tontería venir a este lugar, pero nuestra suerte ya está echada… Padeceremos un segundo Sedán…
Sedán era, para los Berthelini, una ciudad aborrecida y aborrecible, y no solo por patriotismo (eran ellos franceses y su verdadero nombre, un tanto vulgar, el de los Durand), sino porque tenían de tal ciudad el peor de los recuerdos. Allí habían pasado una vez tres espantosas semanas, detenidos por no poder pagar la cuenta del hotel en el que se hospedaron; lograron salir por un hecho tan inesperado como venturoso, de puro milagro, por así decirlo… Así que, para ellos, nombrarles Sedán era como nombrarles lo peor; para nuestros pobres artistas Sedán equivalía a un cataclismo, a un temblor de tierra, a una inundación devastadora… Así que, nuestro particular señor conde de Almaviva se encajó su sombrero casi hasta las cejas, con un gesto tan brusco como desesperado, y su esposa comenzó a sentir cierta aprensión hacia aquel lugar; también ella se temía ya lo peor.
—¿Y si comemos algo? —dijo Elvira, mujer y por lo tanto ser de mente pragmática.
El comisario de la policía de Castel-le-Gâchis era un tipo sanguíneo, colérico, coloradote, grandón… Un granuja que sudaba sin parar… Insisto en lo de comisario, su cargo, porque lo era mucho más que ser humano; poseído por el espíritu de su cargo, se puede decir que para él la vida no tenía más importancia que en sus aspectos referidos a lo estrictamente policial, el resto le daba de lado… Insultaba a un pacífico ciudadano, por ejemplo, como si tal maldad fuera un acto en defensa de su Gobierno; hombre indigno, pues, un animal, cumplía sus obligaciones con el celo propio de quien solo es eso, una bestia. La comisaría de la que era jefe no era más que un garito indigno; desde la calle podían escucharse los gritos del comisario cuando con su mal humor habitual trataba de equiparar los mandamientos de la ley con sus propios pareceres.
Hasta seis veces tuvo que ir allí en un día el pobre Berthelini, en solicitud del permiso necesario para hacer su espectáculo nocturno. Las seis veces le dijeron que aquel personaje, el siniestro comisario, no se encontraba en su despacho. León Bertheline comenzó así a hacerse ver por las calles de la ciudad; pronto, pues, se convirtió poco menos que en una celebridad local y las gentes lo señalaron como «ese hombre que anda todo el rato buscando sin éxito al comisario». Niños sin nada que hacer le seguían por la calle en su ir y venir, del hotel a la comisaría, mofándose de sus trazas… Hiciera lo que hiciese el artista, tanto si se paraba a encender un cigarro, tanto si tomaba asiento en un banco, la tropa de chiquillos no se despegaba ni un paso de sus talones, con lo que resulta comprensible que le costara mucho representar convenientemente, en tales circunstancias, el papel de Almaviva. Mas lo conseguía.
Era la séptima vez que atravesaba la plaza del mercado, camino de la comisaría, cuando precisamente uno de los niños que le pisaban los talones le señaló a un sujeto diciendo que era el tipo al que buscaba. Vio a un hombre grueso y con el chaleco desabrochado, que caminaba con las manos a la espalda vigilando desde su muy pagada dignidad de representante de la ley el buen orden del mercado y el precio y peso de la mantequilla. Raudo, Berthelini encaminó sus pasos hacia el comisario, que a la sazón estaba rodeado de cestas.
—¿Tengo acaso el gran honor de saludar al señor comisario de esta preciosa ciudad? —le dijo Berthelini haciéndole un reverencial saludo, que era toda una exaltación de las artes de la escena.
El comisario pareció impresionado ante tamaño respeto como el que le dedicaba aquel hombre. Tanto que, no menos teatral, le respondió:
—El honor es mío, caballero.
—Señor comisario —prosiguió Berthelini—, soy un artista, y si me permito interrumpirle cuando se dedica usted a velar por la comunidad no es por otra cosa sino porque esta noche pretendo hacer una pequeña velada en el Café del Triunfo de los Destripaterrones, permítame que le ofrezca un programa, para lo cual le pido la preceptiva autorización.
Solo con oírle decir la palabra artista, el comisario se caló violentamente el sombrero, como si quisiera darle a entender que ya le había concedido mucho más del tiempo y de la condescendencia que podía dedicarle, y que ahora le aguardaban asuntos más interesantes y urgentes.
—Déjeme en paz, hombre, que estoy atendiendo al peso de la mantequilla —le dijo.
«¡Maldito judío pagano!», pensó Berthelini, pero lo que en realidad dijo fue lo siguiente:
—Perdone mi insistencia, pero es que he ido ya seis veces…
—Ponga usted por ahí los carteles que le salgan de las narices —le interrumpió el comisario—; de aquí a dos horas examinaré con mucho gusto su documentación, en la comisaría, claro, pero ahora márchese, caramba… ¿No ve que estoy muy ocupado?
«¡El peso de la mantequilla! ¡Pobre Francia! ¡Para eso hicimos la Revolución de 1793!», se dijo Berthelini.
Pronto inició y concluyó los preparativos; colgados los carteles, puestos en las mesas los programas de mano, distribuidos además en los hoteles y otros centros de la ciudad, levantado el tablado en un rincón del Café del Triunfo de los Destripaterrones… León Berthelini, pues, se dirigió de nuevo, un poco más tranquilo, a la comisaría. Pero el comisario no estaba.
«Este hombre es como Madame Benoîton… ¡Maldito sea el comisario fichu!», pensó Berthelini.
Pero justo en ese momento se dio de bruces con él.
—Aquí le traigo los papeles, señor —dijo el artista—. ¿Tendría la bondad de revisarlos?
El comisario, sin embargo, no solía retrasar la hora de su almuerzo, así que le espetó:
—Estoy muy ocupado, caballero, es inútil que insista… Pero quédese tranquilo, que no tengo inconveniente alguno en que monte usted su número —le dijo cuando ya entraba en la comisaría a toda prisa.
«¡Maldito comisario fichu!», volvió a pensar León Berthelini.
II
El Café del Triunfo de los Destripaterrones estaba de bote en bote, por lo que el dueño hizo un buen negocio, sobre todo sirviendo jarras de cerveza. Los esfuerzos que hicieron los Berthelini para agradar a la concurrencia, sin embargo, fueron en vano.
León estaba en verdad imponente con su traje de levitón en terciopelo; en las pausas entre canción y canción, se fumaba un cigarro con ademanes tan notables, que solo por verlo merecía la pena de pagar la entrada… Daba tal intención a sus chistes y a sus chanzas, que hasta los cerebros más obtusos de aquella ciudad comprendían su doble sentido y sabían cuándo reírse y cuándo permanecer expectantes. Al tomar la guitarra entre sus brazos, para acompañarse en una de sus cancioncillas, lo hacía de manera realmente única, pausada. Tocaba bien la guitarra; oírle valía era mejor que asistir a un drama romántico. La verdad es que puede decirse que, aun liviano, su espectáculo poseía una fuerte carga poética, de tan florido y caballeresco como resultaba.
Elvira, además, cantó varias canciones, románticas unas, patrióticas las otras, con una expresividad y una vitalidad mayores de lo que en ella era común cuando subía al escenario. Tenía una voz muy bien timbrada y afinaba con enorme delicadeza y buen gusto. Cuando León Berthelini la contemplaba ataviada con un largo vestido púrpura de gran escote, con los hombros y los brazos al aire, con aquella rosa de tela prendida del pecho en actitud harto sugerente, se decía por enésima vez que era una de las mujeres más hermosas que podrían existir.
Lamentablemente, los jóvenes de Castel-le-Gâchis no pensaban ni sentían lo mismo que él, y cuando la artista bajó del tablado con su pandereta, para recoger en ella las monedas que esperaba le cayeran, se volvieron de espaldas despectivamente. Solo unas monedas de cobre, poca cosa, obtuvo en su paseo por la sala; ninguna era mayor de medio franco… El alcalde, el más generoso, dio un franco… Aquello, naturalmente, llenó de desazón a los artistas; no sabían si actuaban para vagos o para maleantes. El mismísimo Apolo se hubiera sentido triste e insultado ante aquello… Pero los Berthelini, sobreponiéndose a la impresión primera, decidieron luchar, volvieron al tablado, cantaron aún con más vigor… La guitarra de León parecía cobrar vida por sí misma; el artista, entonces, decidió jugarse el todo por el todo y estrenar su última canción compuesta, la que tenía por una obra maestra, la que había titulado Y a des honnêtes gens par tout!, una pieza en la que demostraba, acaso como en ninguna otra, su maestría al acompañarse con la guitarra.
Tenía la profunda convicción de que precisamente las gentes de Castel-le-Gâchis eran todo lo contrario de lo que su canción decía, y más aún, que aquel público allí arracimado estaba compuesto por ladrones, rufianes y gentuza de toda laya… Cantar aquello, sin embargo, pensaba que era un reto; tanto es así, que mientras interpretaba su pieza tenía radiante la cara, con una expresión de tal entusiasmo que parecía esperar el artista que hasta las sillas comenzaran a pegar saltos de alegría en cuanto acabase la interpretación.
Así estaba el bueno de Berthelini, con la cabeza hacia atrás, con la boca abierta en el máximo de su capacidad, cuando se abrió ruidosamente la puerta del Café del Triunfo de los Destripaterrones para dar entrada a dos nuevos clientes. Eran el comisario y uno de sus guardias, el que respondía al nombre de Champétre.
Inalterable, Berthelini atacó con más fuerza su estribillo, Y a des honnêtes gens par tout, pero hacerlo justo cuando acababa de entrar el comisario comenzó a levantar en la sala un murmullo de risas a duras penas reprimidas. El pobre Berthelini no sabía el porqué de aquello, que cabe resumir en un hecho: el guardia Champétre se había visto envuelto, no hacía mucho tiempo, en la desaparición de una importante cantidad de estampillas de correos. El público celebraba así el estribillo del artista justo cuando el guardia deshonesto hacía su entrada en el café. El comisario tomó asiento, con los aires propios de Cromwell en el Parlamento, y dijo algo al oído del guardia, que hubo de agacharse para oírlo, pues se había quedado detrás y de pie, respetuosamente, guardándole las espaldas. Miraban ambos al artista con los ojos muy abiertos, que insistía en su estribillo de tal manera que parecía ensañarse: Y a des honnêtes gens par tout… Lo repetía por vigésima vez cuando el comisario se puso de pie y comenzó a increpar al cantante brutalmente mientras blandía su bastón en el aire.
—¿Es a mí? —preguntó entonces León, interrumpiéndose.
—Sí, a usted me dirijo —dijo el comisario.
«¡Maldito sea!», volvió a repetir para sus adentros Berthelini, mientras descendía del tablado para dirigirse al funcionario público.
—¿A qué se debe —le gritó entonces el comisario, con toda la prepotencia que su cargo le otorgaba— que le encuentre ahí subido, en el escenario de un café público, cuando yo no le he concedido el permiso oportuno para hacerlo?
—¿Que no tengo su permiso? —se extrañó el pobre artista—. Señor, me permitiré recordarle a usted que…
—Me trae sin cuidado lo que pretenda recordarme —le dijo el comisario.
—Y a mí me trae sin cuidado lo que pretenda usted —dijo entonces el artista, armándose de valor—. Tengo algo que decirle y lo haré… Caballero, yo soy un artista, y como tal no es usted nadie para juzgarme; tampoco creo que esté en disposición de entenderme, ni de apreciar mi arte… Pero le recuerdo a usted que tengo su permiso verbal para actuar… Por eso estoy aquí.
—¡No creo haberle puesto mi firma en ningún documento! —bramó el comisario—. A ver, enséñeme dónde le he puesto yo mi firma, vamos…
Ahí estaba el problema. ¿Dónde estaba la firma del representante de la autoridad? León Berthelini comprendió de inmediato que estaba pasando por un trance difícil, que podían pillarle, con la ley en la mano, pero no por ello se achantó. Adoptando entonces una actitud de enorme dignidad, a despecho de que fuera un tanto sobreactuada, retirándose los bucles de la frente majestuosamente, apareció como el hombre majestuoso que sabía hacer frente con más que decoro a la actitud brutal e intransigente del comisario. Los asistentes, pues, se dispusieron a cambiar la atención que antes habían prestado a lo que sucedía en el escenario, para presenciar el nuevo espectáculo que se les ofrecía por el mismo precio. Escuchaban la bronca apenas en su inicio con esa actitud de silenciosa expectación que adoptan de común los franceses cuando anda cerca la policía.
Elvira, mientras tanto, había tomado asiento en un rincón… Acostumbrada en buena medida a este tipo de incidentes, su rostro demostraba más melancolía que sorpresa y miedo.
—¡Como diga una palabra más me lo llevo al calabozo! —gritó la mala bestia que era el comisario.
—¿Usted a mí? ¿Que me va a arrestar? —dijo León—. Vamos, le desafío a que lo intente.
—Parece olvidarse usted de que soy el comisario de policía de esta ciudad —dijo el otro mascando con furia las palabras, en un tono de voz más que desagradable.
—El que parece olvidarlo es usted —le replicó el pobre artista, haciendo todo lo posible para que su apostura y su elegancia se impusieran a las trazas feroces del otro.
Su ironía y su finura, empero, eran tan exquisitas que no podían ser apreciadas en un lugar como Castel-le-Gâchis; ni una sonrisa iluminó la cara de los allí presentes.
El comisario, muy soberbio, ordenó al artista que compareciera en su despacho y se dirigió autoritario hasta la puerta. Comprendió el pobre León que no tenía sino que acatar aquella orden, en previsión de males mayores, aunque simuló indiferencia para mejor tragar el amargo cáliz de la humillación.
El alcalde de la ciudad, por su parte, había salido del café antes de que se dijeran aquellas últimas palabras, y aguardaba ya en la puerta de la comisaría.
En Francia, el alcalde es el consuelo y mejor ayuda del oprimido, el intercesor entre el pueblo y los rigores de la policía; es un hombre, pues, a menudo razonable y comprensivo, que no cree que su cargo le conceda derechos especiales sobre los demás hombres, lo cual, además, es muy grato para los viajeros pues encuentran a menudo en su figura una gran ayuda. Cuando alguien está a punto de resignarse a ser víctima de una injusticia aún le queda la figura del alcalde, como a los héroes griegos les quedaba siempre la última flecha en el carcaj. El alcalde, cual pacífico deus ex machina, acude entonces a salvar a la incauta víctima.
El alcalde de Chatel-le-Gâchis, aunque no era un hombre de cuya sensibilidad ante las artes musicales pueda uno hacer elogios, no vaciló, sin embargo, ante el atropello que con el pobre artista pretendía cometer el comisario. Abordó al comisario, dispuesto a defender cual era debido a aquel ciudadano, y el jefe de la policía aceptó el reto. Estuvieron argumentando alternativamente según lo que pensaban al respecto, durante largo rato, y tan pronto parecía inclinarse la balanza a favor del comisario, como lo hacía a favor de lo que defendía el alcalde… Al fin, sin embargo, el asunto pareció decidirse en favor de las tesis del comisario. El alcalde no quiso dar su brazo a torcer, sin embargo, pues tenía por seguro que la autoridad republicana recaía en su figura más que en la del comisario, y para dejarlo claro, y también para que resplandeciera su cargo, se volvió hacia el artista y le dijo, con mucha educación y hasta bondad, que él le autorizaba a continuar su actuación.
—Vaya usted, que se le va a hacer tarde —le recomendó.
León no esperó a que se lo dijera una segunda vez y pronto estuvo de regreso en el Café del Triunfo de los Destripaterrones… Mas, en el tiempo que había estado presenciando la disputa entre el comisario y el alcalde, la gente se había largado de la sala… Solo Elvira, la viva estampa de la desolación, estaba sentada en una silla, con la guitarra entre sus brazos. Nada pudo hacer para evitar que la gente se fuera, y con una pena infinita los vio marcharse uno a uno… No en vano, al irse se llevaban consigo aquellos gañanes, por tacaños que fuesen, sus posibles ganancias, el dinero con que comer y pagar el hotel, el billete del tren… Cosas, en fin, que se esfumaban a medida que la noche se poblaba de sombras.
—¿Qué ha pasado? —preguntó lánguidamente a su marido cuando lo vio llegar.
León, de tan triste, nada pudo responderle. Quedó mirando la sala del café como si fuera un campo de batalla rendido. Los tipos que por allí había, dos o tres viajantes, no parecían tener la menor intención de prestarles atención alguna. Pronto daría el reloj las once horas de la noche.
—Hemos perdido esta batalla —dijo León y contó las monedas que habían caído en la pandereta—. ¡Tres francos con setenta y cinco! —dijo y prosiguió en tono amargo—: Poca cosa, contra los cuatro que hemos de pagar por el hotel, contra los seis del tren… Y encima, mi Elvira amadísima, sin poder montar la tómbola… ¡Esto ha sido nuestro particular Waterloo! —añadió mesándose con desesperación los cabellos—. ¡Maldito comisario fichu! ¡Maldito sea mil veces!
—Recojamos nuestro equipaje y marchémonos de aquí —le dijo Elvira—. Si cantáramos otra canción no reuniríamos ni sesenta céntimos…
—¿Sesenta céntimos? —dijo con desprecio el artista—. ¡Sesenta mil demonios, eso reuniríamos aquí! No hay en esta maldita ciudad una sola persona… Los que la habitan son cerdos, perros, burros y comisarios… Bastante habremos logrado si conseguimos ir a dormir en paz y sin mayores sobresaltos…
—Bah, no lo pienses más —le dijo ella con voz triste.
Se pusieron a recoger lo que habían dispuesto para la actuación, además de la caja con los cigarros del cantante, y su pitillera para los cigarrillos, y los pequeños obsequios que habían destinado para rifar en la tómbola, y las partituras… Hicieron un hatillo con todo eso y después metió cuidadosamente León la guitarra en su funda. Elvira se puso un leve chal sobre los hombros y salieron para dirigirse al hotel. Justo cuanto atravesaban la plaza del mercado daban las campanas de la iglesia el toque de las once de la noche. La noche era oscura, pero algo templada. Las calles estaban vacías.
—Esta calma me da muy mala espina —dijo León—. Tengo un mal presentimiento, me parece que aquí no acaba esta maldita noche para nosotros.
III
Cuando llegaron, el hotel estaba totalmente a oscuras y cerrada la puerta de entrada de carruajes.
—Esto es increíble —dijo León—; un hotel que cierra a las once y cinco de la noche… Y eso que por ahí se veían algunos viajantes de comercio, en el café los había… Elvira, aunque siento un mal pálpito en el corazón, llamemos para que nos abran.
La campanilla sonaba nítida, vibrante, fuerte, como si en verdad quisiera reforzar con su sonido la apariencia de convento del edificio. Eso, sin duda, hizo que la infeliz Elvira sintiera que se le encogía el corazón como si escuchase un rumor de rezos, un lamento de mortificaciones. Al cantante, aquello, sin embargo, le sugirió el inicio de un terrible quinto acto del drama que vivía.
—Tú tienes la culpa de todo, por haber llamado a la desgracia durante tanto tiempo con tus adivinaciones del futuro —le reprochó súbitamente Elvira.
León, silencioso y molesto, hizo sonar la campanilla de nuevo, aún con mayor violencia. Acabó, claro, por despertar a todos los que dormían en el hotel; cuando ya se desvanecían los ecos de los últimos campanillazos, una luz se hizo junto a la puerta de la cochera, y una voz irritada y nerviosa increpó al matrimonio en mitad del hondo silencio de la noche.
—¿A qué viene este escándalo? —les gritó el grosero posadero a través de la verja—. ¿Casi las doce de la noche y vosotros haciendo más ruido que los prusianos? ¿Es que no creéis estar en un hotel respetable? ¡Ah!, claro, claro… Es que sois artistas, naturalmente, gente de esa que siempre anda escondiéndose de las autoridades… Y osáis presentaros en mi hotel como si fuerais los amos y señores de todo… ¡Largo de aquí! ¡No quiero ni veros!
—Tengo que recordarle a usted —dijo León sin arredrarse— que somos huéspedes de su hotel, que hemos hecho la inscripción pertinente, y que además hemos depositado en la habitación que nos ha sido asignada un equipaje valorado en cuatrocientos francos…
—No puedo dejarles entrar a estas horas —dijo el otro, aún con mayor aspereza—, mi casa no es una taberna que albergue a ladrones, ni a organilleros rufianescos…
—¡Bruto! —le gritó entonces la comedida Elvira, pues lo de que la llamaran organillera en aquel tono no le gustó nada.
—Muy bien, pues entonces le reclamo el equipaje —dijo León, sin perder sus maneras altivas.
—No sé nada de su equipaje, ¡largo por ahí! —les dijo el posadero.
—¿Se atreve usted a robarnos el equipaje? —dijo el artista, en el mismo tono, mas, si cabe, amenazador ahora.
—¿Quiénes sois? —preguntó entonces el del hotel, como si recapacitara—. Está tan oscuro que no veo bien…
—Responda —le dijo León—. ¿Quiere quedarse con nuestros efectos personales? Pues le aseguro a usted que se arrepentirá; haré que sea perseguido hasta que viva en continua desazón y amargura; yo mismo le arrastraré de tribunal en tribunal, y si no lo hago vive Dios que eso querrá decir que ya no hay justicia en Francia… Le aseguro que haré de usted el hazmerreír de esta maldita ciudad; además, le dedicaré a usted una canción, una canción tan indecente como no puede ni imaginarse, que se hará popular de tal manera que hasta los niños le perseguirán por las calles para cantársela y los borrachos acudirán a esta verja, por la noche, para lo mismo…
El artista había ido subiendo paulatinamente el tono de su voz mientras profería tales amenazas; al tiempo, el posadero se retiraba de la verja, de modo y manera que cuando acabó de decir León, ya no se veía la luz. El artista se volvió entonces hacia su esposa, como esperando recibir parabienes por su actitud heroica.
—Elvira —le dijo—, a partir de este momento tengo un sagrado deber que cumplir, y no es otro que el de acabar con este hombre tal y como Eugéne Sue se cargó al conserje malvado en su novela… Acudamos de inmediato a los gendarmes, que ardo en deseos de iniciar mi venganza contra él.
Recogió el estuche donde guardaba su guitarra, que había apoyado contra la pared, y emprendieron, resignada ella, el camino por las desiertas y empedradas calles, malamente alumbradas, cansados y tristes, arrastrando los pies.
El edificio de la gendarmería estaba a espaldas del edificio de Correos y Telégrafos, al fondo de un gran patio cuadrado que tenía un jardín pequeño a la entrada. En el cuerpo de guardia dormían tan profundamente los encargados de velar por los intereses de los ciudadanos, que costó a los artistas un buen rato despertar a uno de ellos. Se acercó el gendarme, al fin, a la puerta, le explicaron lo que hasta allí les había llevado, y se limitó a decirles:
—Eso no es de nuestra incumbencia.
León trató de razonar, de explicarse.
—Ella —dijo señalando a Elvira— es Madame Berthelini, en traje de gala, una dama muy delicada y en estado interesante —añadió quizás para impresionar al gendarme.
Sin embargo, recibió la misma respuesta:
—Eso no es de nuestra incumbencia.
—De acuerdo —dijo Berthelini—. Pues me parece que no nos queda más remedio que ir a la comisaría…
Hacia allí salieron… La comisaría estaba completamente a oscuras, y puede que solitaria, se dijo León, pero la residencia estaba muy cerca, por lo que tras comprobar lo primero, que nadie había en las oficinas, hasta allí se fueron, colgándose el artista de la campanilla nada más llegar… Una mujer que parecía una muñequita recortada en papel de seda, la esposa del comisario, se asomó a una ventana y les dijo que su marido aún no había regresado a casa.
—¿Sabe si ha ido a la alcaldía? —preguntó Berthelini.
La esposa del comisario respondió que quizás.
—¿Podría decirnos dónde está la alcaldía?
La esposa del comisario les dio unas indicaciones un tanto imprecisas.
—Aguarda aquí, Elvira —dijo León—, por si acaso me cruzo con él por el camino… Si cuando regrese no estás aquí, iré a buscarte a la puerta del hotel.
Se fue León a la alcaldía. Perdió bastante tiempo dando vueltas y más vueltas por calles que no conocía, así que cuando llegó pasaban de las doce y media. Los blancos muros de un jardín, sobre el que abatían oscuras sombras los árboles, un buzón para la correspondencia y una campanilla, fue cuanto pudo ver de la alcaldía.
Tuvo que alargar mucho el brazo para alcanzar el tirador de la campanilla, que estaba más allá de la verja, pero cuando lo asió la hizo sonar con fuerza. La hizo sonar, en realidad, clamorosamente,
rompiendo de manera indescriptible el silencio de la noche. No tardó en verse una luz en una ventana vecina y en escucharse una voz que, en tono abrupto, preguntaba al artista el porqué de aquel escándalo.
—Quiero ver al alcalde —dijo León Berthelini.
—Está durmiendo, ¿no ve la hora que es? —le dijo aquella voz desabrida.
—¡Pues que se despierte! —gritó León y volvió a hacer sonar con fuerza la campanilla.
—Así no conseguirá que le oiga, hombre —le dijo la voz—. La campanilla da al extremo del jardín y el alcalde y el ama de llaves de la alcaldía están sordos…
—¡Vaya! —exclamó León sorprendido—. O sea, que el alcalde es sordo —dijo el artista un tanto regocijado por aquella noticia, recordándolo en el café durante su actuación—. ¿De verdad que es sordo? ¡Ahora lo comprendo todo! ¿Y esto es el extremo del jardín?
—Llame toda la noche, si quiere, pero lo único que conseguirá es que yo no pueda dormir —le dijo la voz.
—Muchas gracias y perdone, ciudadano —dijo León—. Creo que debo dejarle dormir en paz…
Volvió raudo a encontrarse con Elvira, que paseaba triste y cansadamente ante la comisaría.
—¿No ha llegado? —preguntó Berthelini.
—No, aún no —dijo su esposa.
—De acuerdo —siguió el artista—, tengo la completa seguridad de que este sujeto está ahí metido, entre las sábanas… Dame la guitarra y verás… Elvira, no te oculto que estoy muy enojado, pero por suerte no soy hombre que pierda fácilmente la compostura; me limitaré a dar una buena serenata a ese comisario tan injusto… Ya verás si se entera o no de que estamos aquí…
Abrió el estuche de la guitarra, sacó el instrumento y lo apretó contra su pecho con ademán decidido y un empeño inusitado.
—Ahora —dijo a Elvira—, afina la voz y sígueme, hazme la segunda…
Se dejaron sentir en la noche los primeros acordes y atacaron de inmediato una de las más conocidas canciones del viejo Béranger:
Commiseire! Commiseire!
Colin batsa ménagêre
Retemblaron con aquello hasta las piedras de Castel-le-Gâchis. Nadie podía entregarse, después de tan audaz concierto, al sueño y a su gorro de dormir por más tiempo. Se empezaron a abrir las ventanas aquí y allá, mientras las gentes se preguntaban, no sin terror, más que con desconcierto, a qué demonios se debían semejantes voces… Velas, candiles, lámparas, palmatorias… Una a una fueron encendiéndose las ventanas mientras ante la casa del comisario aquellas dos figuras, la del artista y su esposa, parecían erguirse majestuosas, con la cabeza hacia atrás y la garganta apuntando al cielo, como si lo imprecaran.
En el silencio de la noche, la guitarra, al margen de las voces de León y de Elvira, cobraba una resonancia tan extraordinaria que parecía una orquesta completa; las voces de los cantantes, para colmo, iban sustituyendo en esta o en aquella estrofa los nombres que cayeran por el del comisario… La verdad es que más parecía una pantomima digna del mismísimo Moliére que una escena propia de la monótona y hasta sórdida ciudad de Castel-le-Gâchis.
No fue el comisario el primero en ceder ante aquel escándalo, pero tampoco el último; arrebatado y furioso, al fin abrió de un golpetazo una de sus ventanas, la de su dormitorio, sin ir más lejos, y pareció más que evidente que estaba fuera de sí, enloquecido, burlado… Semejaba un poseso lanzando golpes al aire desde su ventana, haciendo tales movimientos de furia que parecía ir a caerse de un momento a otro. El pompón de su gorro de dormir tenía vida propia, de tanto como se le agitaba la cabezota; abría además la boca desmesuradamente, pero nada se le oía decir, con el escándalo de los artistas; solo se percibía, levemente, una vocecita chillona, ahogada e ininteligible… Puede que si aquella serenata llega a extenderse un poco más, al pobre hombre le hubiera atacado una apoplejía…
Renuncio, por decoro, a reproducir lo que decía, sin embargo… Digamos que su discurso abarcó tantos extremos, insultantes, los más, que un modesto y apacible narrador de historias no cuenta con las capacidades expresivas necesarias para ponerlos por escrito.
El comisario, que era hombre famoso por su mala lengua y por su vesania, así como por los muchos insultos y denuestos que tenía en su repertorio habitual, se superó en tal manera aquella noche, que una muy importante damisela a la que tenía por vecina tuvo que cerrar indignada su ventana, para no oírle más, pues aunque dominaba el escándalo de los músicos, por tener próximo al comisario le oyó perfectamente las barbaridades que decía. Lo lamentó, la damisela, pues hubiera deseado escuchar alguna cancioncilla más…
—¡Verá como salga! —amenazaba el comisario ahora.
—¡Baje si se atreve! —le respondió León—. ¡Lo estoy deseando!
—¡Pues no me sale de las narices bajar! —gritó el comisario.
—¡Porque no se atreve, miedica! —le gritó el artista, cada vez más crecido en su desafío.
El comisario cerró violentamente la ventana de su dormitorio.
—¡Bueno, ya está! —exclamó León, exultante—. Aunque —añadió— me parece que nuestra serenata no ha recibido el aplauso que merecía… Los borricos que pueblan esta ciudad no alcanzan a entender ciertas ironías… ¡Andan tan flojos de conocimientos humanísticos…!
—Vámonos cuanto antes —dijo la pobre Elvira, temblorosa—. ¿Ves? Lo único que hace toda esa gente es contemplar nuestro infortunio… ¡Brutos, brutos, malas bestias! —gritó entonces, perdiendo los nervios, al vecindario aún asomado a sus ventanas.
—Sauve qui peut! —gritó León—. ¡Ahora sí que la has hecho buena!
Con la guitarra en una mano y el estuche en la otra, encabezó León Berthelini la fuga, a toda prisa, acaso algo precipitadamente, para abandonar cuanto antes la escena de tan absurda aventura.
IV
Al este de Castel-le-Gâchis había un bonito paseo con bancos de piedra entre hileras de árboles hermosos y de frondosas copas. Aquella noche no corría ni un soplo de aire; la atmósfera, cargada de perfumes campestres, lo llenaba todo, de manera un tanto pesada, acaso agobiante.
Llamaron a dos o tres posadas, en vano, por lo que los artistas decidieron al fin pasar la noche al sereno, en uno de aquellos bancos de piedra. Tras insistir cortés y denodadamente, consiguió León que Elvira le aceptara su gabán para protegerse de la intemperie. Tomaron asiento en un banco, en absoluto silencio.
León lió pausadamente un cigarrillo, y con idéntica pausa se lo fumó, sin otro esfuerzo mental que el de intentar recordar el nombre de las constelaciones del cielo que veía, al mirar hacia arriba, entre las hojas de los árboles. El campanario de la iglesia, al dar la hora, fue lo que rompió aquel silencio.
—¡La una de la madrugada! —dijo Berthelini—. Bueno, ya solo quedan cuatro horas para que claree el día… La noche es buena, tibia, muy agradable; tengo tabaco y cerillas… No exageremos las cosas, mi querida Elvira… Acepta que esto es maravilloso… Siento una paz interior tan enorme, que me parece revivir… ¡Esto sí que es vida! ¡Poesía de la existencia! Recuerda, amada mía, las novelas de Cooper…
—León… —le dijo entonces su esposa con enorme fiereza—, ¿cómo eres capaz de decir tantas y tales tonterías? Pasar la noche en la calle… ¡Es una auténtica pesadilla! Acabaremos muriendo…
—No te tortures pensando que podrías estar en otro lugar, querida —dijo León, tratando de tranquilizarla—. Esto no está tan mal, al contrario… ¿Quieres que ensayemos una escena? ¿Empezamos con Alceste y Célimène? ¿No quieres? ¿Y si probamos con Dos huérfanos? Venga, vamos, eso te encantará… O dime tú otra cosa que quieras ensayar… Bueno, mejor declamaré para ti sola, como nunca lo he hecho, con el pecho henchido de amor y de inspiración…
—¡Cállate, déjame en paz! —le gritó Elvira—. ¿Es que quieres volverme loca? ¿Es que no eres capaz de ver que nos hallamos en una situación espantosa?
—Esa no es la palabra —dijo León—. ¿Dónde te gustaría estar ahora mismo? Dites, la jeune belle, où voulez-vous aller? —dijo alegremente, con fina voz—. Bien, pues tengo otra idea —y abrió el estuche de la guitarra para sacar el instrumento—; canta, Elvira, canta conmigo, que eso te alegrará el corazón… Dites, la jeune belle…
Callada Elvira, sin embargo, comenzó León a rasguear las cuerdas de su guitarra mientras cantaba lo antes dicho.
Aquello despertó a un joven que dormía un poco más allá, en otro banco de piedra.
—¡Hola! —les saludó el muchacho, nada más despertarse—. ¿Quiénes sois?
—¿A qué rey servís, bezoniano? —contestó el artista en tono exageradamente declamatorio—. Respondedme o moriréis —siguió en el mismo tono, declamando cosas quizás de alguna antigua tragedia francesa, o algo así.
El muchacho se levantó para acercarse a la pareja de artistas. Era alto y fuerte, de aspecto noble, aunque de rostro un tanto grueso. Vestía un traje gris de lana y se tocaba con sombrero de cazador, del mismo color. Llevaba una bolsa de viaje bajo el brazo.
—¿Acampan ustedes aquí? —les preguntó con un fuerte acento inglés—. Pues les diré que me alegra mucho tener compañía…
León le puso inmediatamente al tanto de sus desventuras; el joven, por su parte, les dijo que era estudiante de Cambridge y que viajaba por el continente, pero que, habiéndose quedado sin dinero, y pues no disponía ni de un penique para pagarse un alojamiento, llevaba tres noche durmiendo en el mismo banco de piedra y suponía tener que hacerlo al menos dos noches más…
—Menos mal que hace un tiempo estupendo… —añadió.
—¿Le has oído, Elvira mía? —dijo Berthelini—. Mi esposa —se dirigió ahora al joven inglés— está muy afectada por un ridículo y trivial incidente que nos obliga a pasar la noche en este banco… Yo, empero, lo encuentro la mar de romántico y nada desagradable, todo lo contrario… Mas, tome usted asiento con nosotros, caballero, por favor se lo pido —añadió con una cortesía más que sobreactuada, haciendo sitio al estudiante.
—Muchas gracias —dijo el joven—. La verdad es que tiene su encanto, esto de pasar la noche al aire libre, claro que hay que acostumbrarse, al principio cuesta un poco… Lo malo es que resulta un poco difícil asearse… Pero me encanta contemplar las estrellas, me encanta el aire puro, todo eso…
—Seguro que es usted un artista —dijo León, vehemente.
—¿Artista? ¿Yo? No, creo que no —respondió el inglés.
—Perdone, pero esas aficiones y gustos que acaba de expresar… —dijo Berthelini.
—Nada, tonterías —lo interrumpió el muchacho—. A uno pueden gustarle las estrellas y ser cualquier cosa…
—No, no —le interrumpió León—; eso quiere decir que tiene usted alma de artista… ¿Me considerará usted indiscreto si le pregunto cómo se llama?
—Stubbs —dijo el estudiante inglés.
—Gracias, caballero —le dijo León—. Aquí, Berthelini, León Berthelini, antiguo actor de teatro en Montrougue-Belleville y en Montmartre… Aunque me vea en esta mi modesta apariencia actual, he protagonizado más de un papel de importancia en las tablas, por lo que en los periódicos se me rindieron unánimes elogios; por ejemplo, cuando interpreté El Diablo aullador de las montañas, un gran drama, amigo mío… Yo hacía el papel de diablo… En cuanto a mi esposa, a la que con mucho gusto le presento, diré que también es una artista inconmensurable, una gran creadora… En una ocasión interpretó más de veinte canciones en un music-hall estrenado en París y ha cantado en las más importantes salas de la capital… Pero, volvamos a usted, señor Stubbs… Decía yo que tiene usted alma de artista y me concederá capacidad suficiente para juzgar acerca de estos supuestos… Le insto, pues, a que no sacrifique ese maravilloso instinto artístico que alberga en su corazón… Es más, le aconsejo, y hasta le ruego, que haga vida de artista.
—Muchas gracias, pero aspiro a ser banquero —dijo el estudiante inglés, frotándose las manos.
—¡No! —gritó entonces León con toda la energía de que fue capaz—. ¡No diga eso, por el amor de Dios! Un joven con sus condiciones no puede caer tan bajo como para quererse tan mal… ¿Qué importa sufrir alguna que otra privación cuando se trabaja por algo tan elevado y nobilísimo como el arte?
«Este pobre hombre está loco», se dijo el joven Stubbs y siguió penando: «Su mujer, sin embargo, es muy atractiva; bueno, y el pobre tipo puede dar juego, quizás me divierta».
En voz alta, sin embargo, le respondió como sigue:
—Me ha dicho usted que es actor, ¿no? —preguntó el inglés.
—Eso es lo que soy —respondió León, muy teatral—. Aunque, acaso debiera decir que lo he sido…
—Y me ha expresado usted su deseo de que yo mismo me haga actor —siguió el estudiante—. Pero, amigo mío, si apenas he sido capaz hasta ahora de aprenderme una materia de estudio sin esfuerzo… Tengo muy mala memoria… Y me parece que el maullido de un gato resultaría mucho más digno de oírse que una declamación hecha por mí…
—Considere que las tablas no son el único modo de expresión que ofrece el arte —dijo León—. Puede hacerse escultor, o bailarín, o poeta, o novelista… Oiga lo que le dice su corazón y ya verá cómo de aquí a que le llegue su última hora habrá encontrado lo que más le satisfaga.
—¿Y todo eso que ha dicho es arte? —dijo Stubbs.
—¡Pues claro! —exclamó brioso Berthelini—. El arte posee distintas ramas…
—Ya… Pero es que siempre he pensado que un artista no es más que un pobre hombre —dijo el joven.
No pudo el artista por menos que mirarlo largo rato con mucha sorpresa.
—Creo que no nos entendemos bien como consecuencia de la diferencia entre nuestros idiomas —dijo al fin León—. ¡Cuántos problemas nos causa esa lingüística Torre de Babel! Seguro que si yo hablara inglés entendería usted lo que quiero decirle…
—No creo, sinceramente —dijo el inglés—. Usted parece pensar mucho en esas cosas, pero yo me limito a mirar las estrellas porque me gusta su brillo, porque me parecen hermosas… Pero que me cuelguen si sé un poco de arte, o si tengo alguna idea medianamente artística… Le aseguro, caballero, que eso no es lo mío… Nada más ajeno a mí… No soy un intelectual, debo reconocerlo, y no puede hacerse un idea de lo mucho que me cuesta sacar adelante mis estudios y aprobar los exámenes… Pero, bueno —añadió ahora al ver tan desencantado al artista—, tampoco es que no tenga humor, al contrario… Me encantan las comedias, la música, el canto y la guitarra, todo eso…
El artista tuvo la impresión de que, en contra de lo que había pensado en un principio, difícilmente llegarían a entenderse. Cambió, pues, de conversación.
—De manera que viaja usted a pie, ¿no? —le preguntó—. Me parece tan romántico y tan valiente… ¿Le gusta mi país? ¿Qué le parecen nuestras altas montañas?
—La verdad es que… —titubeó Stubbs, pues a punto estuvo de decir que apenas le impresionaban las montañas, y no solo eso, sino que le traían sin cuidado, pero no quiso herir la susceptibilidad patriótica del artista—; decía que la verdad es que todo es muy bonito… Me habían dicho que los paisajes de Francia no valen nada, incluso en una guía de viaje publicada en Inglaterra se dice que no hay nada digno de verse, pero ahora comprendo que no es verdad… Todo esto es maravillosamente hermoso, le doy mi palabra…
Justo en ese momento, de manera tan inesperada como sentida, Elvira se echó a llorar.
—Si sigo mucho más tiempo a la intemperie —dijo la infeliz— perderé la voz, León…
—Pues no seguiremos aquí ni un minuto más —dijo el artista—, aunque me vea obligado a aporrear puertas y más puertas, aunque tenga que pegarle fuego a la ciudad entera… Yo te encontraré un lugar donde puedas pasar la noche.
Resuelto, guardó la guitarra en el estuche, consoló con cariño a su esposa, y tomándola de la mano se dirigió al estudiante:
—Señor Stubbs —dijo mientras se destocaba con la mano libre—, no le puedo ofrecer mi casa, pero sí le ruego que me conceda el placer enorme de su compañía… Me ha dicho usted que pasa por dificultades dinerarias circunstanciales, pero me resultará muy grato prestarle lo que necesite… Y tampoco vamos a despedirnos cuando apenas nos acabamos de conocer en circunstancias tan especiales, ¿verdad?
—Bueno, yo… —comenzó a decir el joven inglés, pero rectificó—: En fin, que no se puede separar uno de cualquier manera de un compañero de viaje como usted, aunque…
—No quisiera tener que amenazarle —le dijo León entre risas—, pero me sentaría muy mal que rehusara acompañarnos…
«¿Qué pretenderá este loco?», se dijo el joven inglés, pero en voz alta expresó lo que sigue:
—Bien, como usted quiera… Es un honor para mí. Y echó a andar detrás de la pareja de artistas, diciéndose apesadumbrado: «Forzar la voluntad de una persona como lo hace este botarate no es de buena educación».
V
León encabezaba la marcha, como si supiera adonde se dirigía; nadie decía una palabra; mientras, su mujer sollozaba. Un perro ladró furioso cuando pasaron ante la verja de la casa que cuidaba; las campanas de la iglesia dieron las dos de la madrugada y una serie de campanadas más, en diversos tonos e intensidades. Justo cuando cesaban las campanadas vio Berthelini, un poco más allá, luz en una casa.
Era una pequeña villa de las afueras de la ciudad y hacia allí encaminaron sus pasos.
«A ver si hay suerte», se dijo León.
Era la parte trasera de la casa, sin embargo; más exactamente, el patio de aquella casa, en la que parecían haberse hecho obras recientemente, pues en la fachada posterior se veía una ventana que contrastaba con el resto. León Berthelini se dijo que, a buen seguro, era la ventana del estudio de un artista.
—Quizás sea la casa de un pintor —dijo frotándose las manos con una sonrisilla encantada—. Apuesto lo que sea a que nos recibe como deseamos que lo haga…
—Siempre he creído que los pintores son pobres —observó el joven Stubbs.
—No conoce usted el mundo tan bien como yo, amigo mío —le dijo León con aires de gran señor, o de filósofo—. Si es pobre, mejor; cuanto más lo sea, mejor para nosotros…
Los tres se metieron en el patio trasero de la casa.
La luz se veía a través de una ventana de la planta baja de la casa; como era, empero, una luz pobre, parecía la de esas lámparas que se dejan encendidas por la noche sobre los veladores, aunque un resplandor irregular y difuso daba cuenta de que en aquella habitación, probablemente grande, estaba encendido el fuego de una buena chimenea. Oyeron una voz, cuando más se acercaban, y se pararon en seco. Era una voz fuerte, masculina y bien timbrada, pero que demostraba enfado; no entendieron lo que decía aquella voz, sin embargo, porque hablaba rápido, como si soltara un torrente de palabras que de vez en vez se remansaba, cual si el que hablaba quisiera demostrar con una inflexión menos violenta que en el fondo era buena persona.
No paró ahí la cosa, pues entonces se dejó sentir otra voz, de mujer ahora… Ya he dicho que la voz del hombre era de enfado; pues bien, la de la mujer era absolutamente furiosa, incolora, antinatural, gutural; una voz propia de una mujer que lo mismo podría estar a punto de cometer un asesinato que de caer en un ataque de nervios; esa voz con que a veces la mujer más dulce y virtuosa dice las palabras más soeces… Y hasta más dolorosas que la misma muerte de un ser querido, para las personas que la escuchan. Creo que si los huesos que yacen en el fondo de las sepulturas tuvieran voz, sería como la de aquella mujer.
León era un hombre valiente, y a pesar de todo, me parece, con una cierta tendencia al escepticismo… Pues bien, al escuchar aquella voz de la mujer, algo llegado desde los más lejanos días de su niñez, una especie de miedo irreprimible, se apoderó de él, e hizo la señal de la cruz con devoción suma. Eran no pocas las mujeres a las que había conocido a lo largo de su vida, pero a ninguna oyó decir jamás palabras tan duras y con semejante violencia a la de aquella mujer, a la que el hombre, lo oyeron bien nuestros tres personajes, pidió calma con desesperación.
El estudiante inglés, que no había alcanzado a entender bien lo que decía la mujer, así y todo se tapó entonces los oídos, asustado…
—Me parece que se van a matar a palos —dijo.
Oyeron de nuevo la voz de la mujer, aún más alterada.
—¿Crees, querida mía, que es una histérica? —preguntó León a su esposa—. Me da la impresión de que esta escena no puede seguir así mucho tiempo más, acabará mal…
—¿Y yo qué sé? —respondió Elvira un poco desabrida.
—¡Ah, las mujeres! —dijo León mientras abría con mucha ceremonia el estuche de su guitarra—. No sabe usted cuánto he sufrido a las mujeres a lo largo de mi vida, señor Stubbs… Además, ¿sabe?, siempre se apoyan y defienden las unas a las otras… Seguramente no lo hacen intencionadamente, sino porque así se lo manda su naturaleza, su instinto. Fíjese que hasta mi esposa, la señora Berthelini, que es una gran artista dramática, hace lo mismo…
—No tienes corazón —le dijo entonces Elvira—. Seguro que esa mujer está en peligro…
—¿Y el hombre, ángel mío? —respondió Berthelini sacando de una vez por todas la guitarra—. ¿Y el hombre, vida mía?
—Es solo un hombre —dijo ella por toda respuesta.
—¿Lo oye? —preguntó León al estudiante—. Aún está usted a tiempo, amigo mío… Recuerde la entonación con que mi esposa ha dicho eso… En fin —añadió—. ¿Qué les podríamos cantar?
—¿Será capaz de ponerse a cantar ahora? —se extrañó el joven Stubbs.
—Soy un trovador y solo pido hospitalidad a cambio de mis canciones —dijo León, muy digno—. Eso no es cosa de banqueros, ¿eh?
—Si fuera usted banquero no necesitaría pedir —dijo el estudiante.
—¡Pues es verdad! —aceptó León, admirado—. ¿Has oído eso, Elvira querida? ¡Tiene razón!
—Claro que tiene razón —dijo Elvira secamente—, me alegro de que lo admitas.
—Querida —dijo León de nuevo sobreactuado—, pero es que yo solo puedo pensar y sentir en términos poéticos… Bueno, ¿qué cantamos? Me gustaría cantar algo apropiado para el momento por el que pasan esos dos…
Al joven inglés se le pasó por la cabeza una cosa que cantaban los alumnos de su universidad, aquello que dice Deja disfrutar a los perros, pero tuvo en cuenta dos aspectos importantes: que era un poema inglés y que no recordaba con qué melodía se cantaba. Así que se quedó callado, prudentemente.
—Canta algo que hable de que no tenemos un hogar donde pasar la noche —dijo Elvira, tristemente.
—¡Ya está! —exclamó León.
Las nuevas noches árabes
Y comenzó a cantar una vieja romanza de Pierre Dupont, que decía:
Savez-vous où gite
Mai, ce jolie mois?
Elvira, más animada, arrimó su voz a la del esposo, y el estudiante inglés, con buen oído, pronto hizo lo mismo, repitiendo las palabras, pero con una entonación musical lamentable… El actor cantaba con brío y entusiasmo, con voz potente y clara; cuando alzaba la vista al cielo, para lanzar mejor su voz al aire de la noche, agitando los rizos de su cabellera, tenía la impagable sensación de que las estrellas le aplaudían, no con sus manos, claro, sino con su brillo inconmensurable, y de que el universo todo asistía en respetuoso silencio, maravillado, al exquisito recital que daba. Un Endymion absoluto, cual lo era León, nada más necesitaba para ser feliz.
Hay que advertir una cosa: León, a pesar de su brío, era el que peor cantaba de los tres; peor, incluso, que el inglés… Pues bien, así y todo, cuanto más lo hacía, más convencido estaba de que su serenata poseía unos muy elevados valores artísticos.
En lo que a Elvira respecta, cabe decir que si bien cantaba con su hermosa voz de siempre, aquello no le sirvió para salir de su estado de honda tristeza, para dejar a un lado, siquiera momentáneamente, sus preocupaciones. El joven Stubbs se lo tomó como una broma, como una cosa propia de una inesperada noche de juerga.
Seguían las tres voces preguntándose por el dichoso mes de mayo.
En cuanto a los que discutían en la casa, digamos que primero, como es lógico, se sobresaltaron con aquel escándalo, mucho más imprevisto que el suyo propio… Después se vio la luz de una lámpara ir de un lado a otro, dejando a oscuras una ventana para de inmediato alumbrar en otra, hasta que al final se abrió la puerta trasera de la casa e hizo su aparición ante el trío un hombre vestido con un largo blusón blanco y con una lámpara en la mano.
Era joven, tenía largos los cabellos y la barba, llevaba el cuello y el pecho al aire, por tener desabotonado el blusón manchado con golpes de pintura de todos los colores, como si vistiera una túnica arlequinada… Había algo rudo en él; acaso, únicamente, la forma en que llevaba los calzones, caídos y sujetos malamente con un grueso cinturón de cuero.
Justo tras él, y asomando su palidez tras los hombros del joven, salió una mujer, muy joven aunque con la expresión cansada, apacible y a la vez agria… Como una de esas drogas que recetan los médicos, buenas para la salud pero amargas… Mas no era fea, ni nada que se le parezca. Con los años, atemperada su amargura y constante su belleza, alcanzaría a buen seguro esa perfecta sazón que la tornaría apacible y de hermosura menos violenta e intrincada.
—¿A qué viene todo esto? —gritó el hombre a los cantores.
VI
Ya se había destocado León y avanzó hacia el hombre con su resolución y sus maneras acostumbradas en estos casos. Aquella su escena, aun sin palabras, le hubiera valido una gran ovación en cualquier teatro. Elvira y el joven Stubbs dieron también unos pasos hacia adelante, como la pareja de pastorcillos que siempre acompaña a Apolo en las representaciones escénicas.
—Caballero —dijo León—, la hora es ciertamente intempestiva, por lo que le pido perdón, mas no tome usted, se lo ruego, nuestra serenata por una impertinencia. Le doy mi palabra de honor de que solo se trata de una llamada, señor, pues por lo que me parece es usted todo un artista… Bien, aquí estamos… También nosotros somos artistas… Tres artistas que sufren esta noche los rigores de la intemperie, y hágase cargo, caballero, de que uno de esos artistas es una mujer, una mujer tan exquisita como delicada, una mujer hermosa, vestida en traje de gala… y en estado interesante, por así decirlo… Tal circunstancia, quiero creerlo así, no habrá de pasar inadvertida al sensible corazón de la dama a la que veo junto a usted, su señor esposo; una dama en cuyo rostro se percibe la nobleza tanto como la hermosura… ¡Ah, mi señora! Le ruego a usted generosidad, le pido que haga felices a estos tres desgraciados perdidos en la oscura noche… Concédanos, señora mía, no más de un par de horas junto a vuestro reparador fuego, lo que os pido en el sagrado nombre del arte y en el no menos sagrado espíritu de la bondad, ese caro valor que germina en los corazones femeninos.
La pareja, como llevados el hombre y la mujer de una suerte de acuerdo tácito, se hizo a un lado, dejando franca la entrada.
—Adelante —dijeron al unísono.
—Entrez, madame —añadió la mujer.
Aquella puerta que les franquearon llevaba a la cocina de la casa, la única dependencia, por cierto, de la planta inferior, amueblada con sencillez. De la pared, sin embargo, colgaban varios paisajes lujosamente enmarcados, la más clara evidencia de que aquellos cuadros habían pasado por varias exposiciones, sin mayor éxito.
León, nada más verlos, se fue hacia los cuadros y ante cada uno se plantó con aires de gran experto en pintura, con ese entusiasmo que ponía en la interpretación de los papeles que representaba.
El dueño de la casa, asombrado y feliz ante la pantomima del cómico, acudió presto a su lado, lámpara en mano, para mejor iluminarle sus obras. La mujer llevó a Elvira junto al fuego; tomó asiento agotada mientras el inglés Stubbs se quedaba boquiabierto en medio de la estancia, admirándose de la manera en que León iba haciéndose con el favor del dueño.
—Verá usted mejor mi obra con luz natural —dijo el pintor con modestia.
—No sabe usted cuánto placer tendré con ello —dijo León—. Si me lo permite, le diré que su composición es de las mejores que he visto, toda una lección pictórica. Me recuerda a Ticiano…
—Muy amable —dijo el pintor—. ¿No desea acercarse al fuego?
—Encantado —respondió León.
Poco después estaban sentados a la mesa, ante una cena ligera y un vino, también ligero pero bueno. Ni al inglés ni al matrimonio de artistas gustó en exceso aquella carne y las salchichas servidas, pero nada dijeron, claro; al contrario, dieron buena cuenta de todo ello batiendo bien batidos contra el plato los cubiertos. Era digno de verse a León, por ejemplo, engullendo una salchicha… Aunque estuviera fría, lo hacía con un aire infinito de triunfo. Al cabo, elogió la cena como si hubiera comido el más exquisito y bien cocinado solomillo de buena carne roja, sin olvidarse de decir cualquier cosa acerca de lo muy abundante de la mesa.
Elvira, como es natural, se había sentado junto a su marido; y Stubbs, acaso como es natural, igualmente, junto a Elvira. Los dueños de la casa, por su parte, estaban juntos. Pero no por eso, mientras duró la cena, se dirigieron la palabra, ni se miraron una sola vez… Tenían la cabeza en la bronca anterior y acaso también albergaran la intención de seguirla, una vez volvieran a estar solos, seguramente con bríos renovados tras la tregua.
Hablaban todos sobre esto y lo de más allá, sin decidirse a echar una cabezada, pero aquel hombre y aquella mujer parecían inflexibles en el mantenimiento de sus posturas enfrentadas; Goneril y Regan jamás hubieran podido mostrarse así de rencorosas.
Elvira, sin embargo, olvidó ya avanzada la madrugada sus buenas maneras, su sencillez y su corrección, a causa del cansancio; sin darse cuenta se le cayó la cabeza sobre el hombro del marido, como si deseara también una demostración de cariño; en esa postura, con los ojos entornados, puso su mano derecha sobre la mano izquierda de León, en un estado a medias entre el sueño y la vigilia… Lo justo como para percatarse de que la mujer del pintor la miraba envidiosa, o acaso con desprecio…
Sintió el artista deseos de fumar, pues además le pareció que era una ocasión en la que merecía la pena hacerlo, y con sumo cuidado, para no alterar la paz de su esposa, apartó la mano de esta, no sin estrechársela antes cariñosamente. La mirada de la mujer del pintor seguía clavada en Elvira; pareció dudar, pero lo hizo: de pronto tomó de una mano al pintor, quien, poco acostumbrado a tales demostraciones de ternura, se quedó atónito, con la boca abierta en mitad de una palabra, como si sus pensamientos cambiaran radicalmente y pugnaran por encontrar otras expresiones. La mujer, empero, interrumpió al momento aquel contacto, como arrepentida de haberlo iniciado, aunque resultó evidente que lo hizo no sin esfuerzo, sonrojándose… Apareció entonces hermosísima.
León y Elvira no fueron ajenos a todo aquello y se miraron como diciendo «¿has visto eso?». Una de las cosas que más les gustaba era poner paz entre los matrimonios mal avenidos.
—Les pido disculpas —dijo León entonces—, pero es inútil que disimulen… Según nos acercábamos a su casa oímos sus voces en disputa, lo que denotaba, si me permiten decirlo, cierta falta de armonía…
—¡Caballero! —dijo el hombre, sorprendido.
—Es verdad —dijo la mujer, sin embargo, interrumpiendo a su marido—, y no veo razones para disimular… Creo que mi marido se está volviendo loco y lucho para salvarle y evitar las consecuencias desastrosas de su locura… Figúrense —dijo mirando a la pareja de artistas, sin preocuparse del joven Stubbs— que este loco, que no vale ni para pintor de brocha gorda, ha recibido esta misma mañana un generoso ofrecimiento de un tío mío, un hermano de mi madre, proponiéndole un puesto de escribiente con ciento cincuenta libras de sueldo al año… ¡Y ha dicho que no! Naturalmente se preguntarán ustedes que por qué… Pues dice el muy imbécil que por amor al arte… ¡Por amor al arte, Dios mío! ¡Miren qué arte! ¿Valen la pena esas mamarrachadas que pinta? ¿Quién demonios querría comprar algo así? Y aquí me tienen, señores, condenada a una existencia miserable, no ya carente de lujos, sino sin la menor comodidad, en los arrabales de una ciudad provinciana… Non… je ne me tairais pas… c’est plus fort que moi)… La rabia me domina. Pongo a estos señores por testigos… Díganme ustedes si no me falta razón… ¿Esto que llevamos es una vida decente? ¿Creen que la suya es la actitud propia de un hombre? ¿No merezco mejor trato? Les juro que siempre, desde que nos casamos, he hecho todo lo que me ha sido posible para complacerle… —concluyó bruscamente.
Me parece difícil que pueda juntarse alrededor de una mesa un grupo compuesto por personas tan diferentes pero que experimentaban a un tiempo idéntico sentimiento de vergüenza ajena. Así, contritos y en silencio ellos, parecía el suyo un grupo de idiotas… Y el marido de la joven, el más imbécil de todos.
—Pues a mí me parece —rompió aquel silencio embarazoso Elvira— que al arte de este señor no le faltan cualidades, tiene cierta distinción…
—Sí, es tan distinto que nadie se lo compra —atajó al instante la esposa, con furia.
—Creo que, si fuera un escribiente… —comenzó a decir Stubbs.
—El arte es el arte —terció entonces León—. Yo saludo en este hombre a un artista que con su obra hace más bella la vida… En este mundo que vivimos, un soplo de inspiración… —y se interrumpió Berthelini como si no supiera qué más decir.
—Le haría falta un buen empleo —intentó seguir el inglés.
—Permítanme que les diga una cosa —intervino entonces el pintor—. Yo soy un artista y creo que el arte es todo eso que acaba de decir este caballero —y señaló a León—, pero si por ser fiel a mi arte mi propia mujer pretende hacerme la vida imposible y convertir esta mi casa en un infierno, me ahorco ahora mismo…
—¡Adelante, anda, cuélgate de una vez! —le gritó su esposa—. ¡No sabes cómo me gustaría…!
—Lo que yo pretendía decir —intervino de nuevo Stubbs con calma— es que un hombre puede tener un buen empleo y a la vez dedicarse al arte… Yo conozco a un muchacho que trabaja en un banco y que en sus ratos libres pinta unas acuarelas exquisitas… Una vez, por ejemplo, vendió una en cincuenta libras…
Lo que dijo el inglés pareció a las dos mujeres una tabla de salvación a la que aferrarse. Cada una miró fijamente a su marido, a ver si se decidían a tomar en serio lo que aseguraba el estudiante, y cabe hacer notar que Elvira, muy especialmente, la lánguida y delicada Elvira, miró con enorme súplica a su esposo, aun y cuando ella misma fuese artista (lo que demuestra que el mercantilismo no es necesariamente ajeno, todo lo contrario, a la naturaleza humana). Los dos hombres, los dos artistas, también se miraron, pero no esperanzadamente, sino trágicamente: como dos filósofos que tras largos años de prédica descubrieran que sus pupilos no les habían entendido.
—El arte es el arte —repitió León, ahora con tristeza—. No se trata de una acuarela de más o de una acuarela de menos, ni de una hora de más, o de una hora de menos ante el teclado de un piano… El arte es una forma de vida que merece la pena de ser vivida…
—Sí, claro, pero es que los que viven de esa manera se mueren de hambre —dijo seca y cortante la dueña de la casa—. A mí no me gusta ese tipo de vida.
—Propongo una cosa —dijo León—. Usted, señora, tenga la bondad de pasar a otra habitación, en compañía de mi esposa… Discutan allí las dos sobre este asunto que nos ocupa mientras nosotros continuamos hablando de lo mismo aquí… Luego contrastaremos nuestros pareceres. Puede que no resolvamos nada, pero por probar…
—De acuerdo —dijo la joven esposa del pintor, prendiendo rauda una vela; después llevó a Elvira a su propia habitación, en la planta superior, donde le dijo—: Esto no cambia las cosas. El problema estriba en que mi marido no sabe pintar.
—Pues el mío tampoco sabe actuar —soltó Elvira.
—¡Ah, pues yo creí que era un buen actor! —dijo la otra—. Parece tan listo…
—No, si lo es —señaló Elvira convencida—; y es también un buen hombre, el mejor de todos, seguramente… Pero no es un buen actor.
—Al menos no es un embaucador y un vago, como el mío… Su marido sabe cantar…
—No, no, qué va —siguió Elvira, cada vez más acalorada—. Ni siquiera lo intenta, canta solo para ir tirando… Créame, los hombres, en realidad, no son embaucadores, ni charlatanes, ni embusteros, ni vagos… Son tan inocentes que muchos se creen que tienen una misión de suma importancia que cumplir… Y fracasan sin remedio.
—Sí, ya veo; gracias a esa misión a punto ha estado usted de pasar la noche al sereno —dijo la mujer del pintor—. Y yo, pues mire, siempre con el temor de morirme de hambre cualquier día. Siempre creí que el primer deber de un hombre no era otro que el de velar por su familia, pero parece que no… Habla usted de una importante misión por cumplir… Pues bien, seguramente no sea otra que la de hacer el ridículo constantemente… ¡Ay! —exclamó llorosa—. ¿No es terrible estar casada con un hombre como el mío? Piénselo y dígame la verdad… Si hiciera de una vez por todas lo que dice, eso de colgarse de una soga, ¿quién saldría perdiendo? ¿Yo? No, creo sinceramente que no… ¿Usted qué opina?
—¿Tienen hijos? —preguntó Elvira incómoda, desviando la conversación.
—No, pero cualquier día…
—Dicen que los hijos cambian mucho las cosas —añadió Elvira con un suspiro.
Se quedaron ambas en silencio y al instante comenzaron a escuchar el rasgueo de la guitarra y la voz de León Berthelini atacando con su habitual brío una nueva romanza… La atribulada esposa del pintor abrió los ojos como si acabara de tener una visión.
Pudo ver Elvira en sus ojos ensoñaciones y recuerdos de otros días felices, evocaciones amorosas despertadas en ella por aquella canción no muy bien cantada, sin embargo, mas emocionante. Era la canción con la que ella y su esposo se habían enamorado, una vieja romanza de Francia que hablaba de los manzanos en flor, de las espigas doradas, de los apacibles ríos en cuyas límpidas aguas se miran los que se adoran…
«León, como siempre, ha estado atento y oportuno», pensó Elvira, también emocionada.
La cosa, sin embargo, había sido sencilla: se limitó León Berthelini a preguntar al pintor cuál era esa canción favorita de ambos, aquella que los había unido, la que mejor podía recordarles los días primeros de su amor… El pintor se lo dijo, hizo memoria León para recordar la melodía, y muy pronto se lanzó con lo que sigue:
O mon amant,
O mon désir,
Sachons cueillir
L’heure charmante!
—Perdone que la contradiga, pero su esposo canta maravillosamente —dijo la mujer del pintor.
—Bueno, esto lo canta con mucho sentimiento —admitió Elvira—. Pero no lo interpreta muy bien —añadió también conmovida ella, sin embargo, aunque quisiera seguir siendo crítica con su esposo.
—La vida es tan triste… —dijo la otra—. Y muchas veces nosotros la hacemos aún más triste…
—Yo no creo que sea así —dijo Elvira—. Yo creo, por el contrario, que lo que hay de bueno en la vida es mucho, y que además está en nuestras manos acrecentarlo…
—¿Qué debo hacer? Dígamelo con franqueza…
—Francamente —contestó Elvira—, yo le dejaría seguir su camino… Ya he dicho que, para mí, es un buen pintor; sin embargo, no podemos saber si será o no un buen escribiente… Así que mejor que siga con su arte; si ha de ser el padre de sus hijos, mejor que sea un padre feliz.
—Debo admitir que es un buen hombre —dijo la otra.
No mucho más tarde volvían a juntarse todos en la planta baja.
Estuvieron despiertos la noche entera, cantando, en armonía, en abierta amistad… Castel-le-Gâchis comenzaba a amanecer, lanzando el humo de sus chimeneas al cielo azul del nuevo día, mientras en el campanario de la iglesia sonaban las seis de la mañana y ellos seguían cantando.
—Mi guitarra es un espíritu, como un duende que perteneciera a nuestra familia —dijo León mientras la guardaba, cuando se disponía a tomar a Elvira de la mano para dirigirse ambos a su hotel—. Mi guitarra —prosiguió— ha resucitado a un mal comisario, ha convertido al arte a un viajero inglés y ha reconciliado a un matrimonio mal avenido…
Stubbs, por su parte, no podía sino extraer algunas conclusiones de todo aquello. Así eran sus reflexiones cuando salió de aquella casa:
«Están todos locos, muy locos… Pero son una gente maravillosa».
*FIN*

