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I
Ante mí una mañana surgieron tres figuras
de perfil, cabizbajas, cogidas de la mano;
una detrás de otra caminaban serenas,
con plácidas sandalias y con túnicas blancas;
pasaban cual figuras de una urna de mármol
que mostrara al girarse todas las otras caras;
y otra vez regresaban, como si al dar la vuelta
se volvieran a ver las sombras anteriores;
y me eran extrañas, como puede ocurrirle
con jarrones a alguien estudioso de Fidias.
II
¿Cómo es que nunca pude conoceros, oh, Sombras?
¿Por qué veníais siempre en muda mascarada?
¿Era acaso una treta furtiva y silenciosa
para huir con sigilo, dejándome inactivo
mi ocio? Ya madura la hora del letargo,
la estival indolencia me nublaba los ojos
con su nube dichosa; mi pulso decaía;
el dolor no punzaba, y no tenía flores
el ramo del placer. ¿Por qué no os disipasteis,
dejando mis sentidos libres para la nada?
III
Una vez más pasaron a molado y volvieron
una a una su rostro hacia mí en un instante,
y después se esfumaron; yo ansiaba perseguirlas
y anhelaba unas alas, porque las conocía:
la primera era Amor, una bella muchacha;
la segunda, Ambición, de pálidas mejillas,
que siempre está al acecho con los ojos cansados;
la última, a quien amo la que más, la cargada
con las mayores culpas, la joven más rebelde,
sabía yo que era mi demonio Poesía.
IV
Se fueron, y, en verdad, yo quería unas alas.
¡Oh locura! El Amor, ¿qué es y dónde para?
Y la pobre Ambición surge de un arrebato
breve y febril del débil corazón de los hombres.
En cuanto a la Poesía, no tiene, para mí
al menos, el deleite de lánguidas mañanas
y tardes impregnadas de melosa indolencia.
¡Oh, que venga una época tan libre de ansiedades
que yo nunca conozca cómo cambian las lunas
ni escuche el ajetreo del buen entendimiento!
V
Una vez más pasaron: ¡Ay! ¿Por qué? Mi sopor
había sido ornado con sueños imprecisos,
y mi alma había sido un césped salpicado
de flores, sombras trémulas y aturdidos destellos.
La mañana nublada no derramaba lluvias,
aunque mayo en sus párpados colgaba dulces lágrimas;
las ventanas abiertas tocaban parras nuevas,
daban paso al calor y al canto de los tordos.
¡Oh, sombras, era el tiempo para la despedida!
Nunca habían mis lágrimas caído en vuestras faldas.
VI
¡Adiós, mis tres espectros! ¡No podéis levantar
mi frente recostada sobre la hierba fresca,
pues nunca los halagos me servirán de pasto,
igual que un corderillo en una tierna farsa!
Quitaos de mi vista dulcemente y volved
a vuestra mascarada de esa urna de ensueño.
¡Adiós! Para la noche aún tengo mis visiones,
y para el día vagas visiones atesoro.
¡Fantasmas, alejaos de mi espíritu ocioso,
ocultaos en las nubes y nunca más volváis!
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