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Diálogo:

Instrucciones para escribir cuentos o novelas

[Cómo escribir cuentos o novelas]

Luis López Nieves

Consideraciones técnicas

Los diálogos normalmente se marcan con rayas. Sobre este tema ya he escrito una nota más detallada que puedes leer aquí: Uso de las rayas en los diálogos.

Por otra parte, el diálogo se compone de dos partes: el diálogo mismo y las acotaciones. Una acotación es una nota que explica la acción, el pensamiento, el espacio circundante, la apariencia física o el estado emocional de los personajes. Veamos el siguiente ejemplo:

-¿Ya compraste el auto?

-Ayer.

-¿Y te gusta?

-¿Realmente te importa?

Al leer lo anterior, nos parece que la persona que pregunta “¿Y te gusta”?  lo hace de manera normal, por curiosidad. Y luego nos da la impresión de que la otra persona le contesta en un tono impertinente o malcriado al preguntar: “¿Realmente te importa?” Sin embargo, las acotaciones pueden cambiar por completo el sentido de un diálogo. Veamos ahora:

-¿Ya compraste el auto?

-Ayer.

-¿Y te gusta? -pregunta Ester, altanera.

-¿Realmente te importa? -contesta José, temeroso.

En los primeros dos párrafos no hay acotaciones. Solo diálogo. Los párrafos tercero y cuarto incluyen acotaciones que modifican radicalmente la lectura. Ahora nos enteramos de que Ester está enojada y de que José tiene una actitud temerosa.

Decir “¿Realmente te importa?” en tono altanero o temeroso obviamente no es lo mismo. Y muchas veces la acotación es la única manera de comunicar esta diferencia.

Es decisión del autor incluir o no incluir acotaciones en sus diálogos.

Bien, ya conocemos los aspectos técnicos de las rayas y las acotaciones. Así que pasemos a los criterios literarios que rigen la creación de diálogos.

 

Usar oraciones cortas, directas, al grano

Los poemas épicos (La ilíada, El mío Cid, etc.) se destacan por los larguísimos monólogos de sus personajes. Durante varias páginas hablan y hablan de manera incansable, solemne y pomposa. Asimismo ocurre con el teatro del Siglo de Oro español, en que personajes como Segismundo, de La vida es sueño, de pronto declaman larguísimos monólogos reflexivos.

El diálogo moderno es diferente porque busca la naturalidad. En la vida real normalmente hablamos en frases cortas, al grano y con elipsis. Y así deben ser los diálogos de tu narración. Por supuesto que hay excepciones. De vez en cuando hay personajes que hablan y hablan y hablan. Pero si deseas utilizar a un personaje que hable mucho debes estar seguro de que su diálogo tenga algún elemento (cómico, original, sorprendente, morboso, reflexivo, filosófico, etc.) que realmente fascine al lector. O que su largo parlamento contenga información esencial para la obra. De lo contrario, será insufriblemente aburrido.

No basta solamente con que las oraciones sean cortas. Si no se manejan bien, el diálogo con frases cortas también puede resultar aburrido. Véase el siguiente diálogo:

-Hola.

-Hola.

-¿Cómo estás?

-Bien, ¿y tú?

-No me quejo.

-Ah, me alegro.

-¿Quieres un café?

-No quiero ser una molestia.

-No es molestia.

-Pues bien, gracias.

-¿Con leche?

-Sí, gracias.

-¿Y azúcar?

-Sí, también. Gracias.

-¿Azúcar blanca o morena?

-Cualquiera. Me da igual.

-¿Cuántas cucharaditas?

-Solamente dos, gracias.

-¿Y qué te trae por acá?

Para un lector del siglo XXI el ejemplo anterior es una tortura insufrible. Seguramente le darán ganas de tirar el libro contra la pared. Claro, en cierta medida reproduce fielmente conversaciones de la vida real. Con frecuencia hablamos en esta forma. Pero crear diálogo no es cuestión de reproducir el habla diaria. En ese caso cualquier persona podría escribir diálogo porque le bastaría con grabar una conversación al azar y luego ponerla por escrito. Pero los escritores no somos grabadoras. El arte del diálogo consiste en crear un balance; es decir, un diálogo que suene natural, pero que ha sido trabajado literariamente para mantener la tensión narrativa y no aburrir. Una versión más efectiva del diálogo anterior sería algo así:

-Ah, Pedro, ¡tanto tiempo! ¿Te tomas un café?

-Sí, claro, con gusto.

-¿Y qué te trae por acá?

Con estas tres intervenciones (en vez de las 19 anteriores) basta para que el personaje pueda empezar a contestar “qué lo trae” a la casa de su amigo.

 

Elipsis

Al dialogar utilizamos la elipsis. Veamos un ejemplo pésimo:

Un hombre pasa por la carretera en su automóvil. Ve a una mujer de pie, al lado de un carro. El hombre detiene su auto y nota que el de la mujer tiene una llanta vacía:

-Hola, señorita, buenos días.

-Buenos días.

-¿Tiene una goma vacía?

-Sí, caballero.

-Ah, pues con mucho gusto voy a ayudarla. Estacionaré mi auto al otro lado de la carretera.

-Gracias, señor.

El hombre estaciona el carro y camina hasta la mujer:

-¿Tiene usted gato, señorita?

-No sé si tengo gato. Es que no sé nada sobre autos. Lo siento mucho.

-No hay problema, señorita, entonces por favor abra el baúl.

-Como no, caballero.

En este ejemplo sobran palabras. En realidad parece un diálogo de telenovelas, donde todo se dice y se redice de forma ampulosa. Pero pensemos en la vida real, porque el diálogo debe ser natural. En ese caso, tal vez sería algo así:

Un hombre pasa por la carretera en su automóvil. Ve a una mujer de pie, al lado de un carro. El hombre detiene su auto y nota que el de la mujer tiene una llanta vacía:

-Hola, ¿tienes gato?

-Perdona, es que no sé nada sobre carros.

-Un momento.

El hombre estaciona el carro y camina hasta la mujer:

-Por favor, abre el baúl para ver si tienes gato.

-Sí, claro, muchas gracias.

Ahora el diálogo suena más natural porque va al grano y utiliza la elipsis.

La elipsis es la omisión voluntaria de un segmento de nuestra oración que el lector (u oyente) puede inferir. Los siguientes son ejemplos clásicos (y obvios) de elipsis verbales:

-Dime con quién andas…

-Más vale pájaro en mano…

-Al buen entendedor…

Cuando omitimos el resto de una de estas frases, el lector comprende lo que queremos decir. Sabe que terminan con “y te diré quién eres”, “que cien volando” o “con pocas palabras bastan”. Por eso, en nuestra cultura, a menos que estemos hablando con niños, basta con decir: “Ahora estás sin dinero. Debiste coger los diez mil pesos cuando te los ofrecieron. Más vale pájaro en mano…”

Al dialogar, usamos mucho la elipsis continuamente. De hecho, desde el momento en que nos saludamos usamos la elipsis. Un saludo muy común es “¿Qué tal?” ¿Qué significa “qué tal”? En realidad no significa nada, es una oración incompleta. El saludo correcto y completo sería “¿Qué tal estás hoy?” o “¿Qué tal te encuentras hoy?” Pero hubo un momento en que la segunda mitad de la oración dejó de hacer falta. A todo el mundo le bastaba con escuchar “¿Qué tal?” para saber lo que se le preguntaba. Y “¿Qué tal?” se convirtió en una elipsis. Algo similar ocurrió con la palabra “adiós”. Al principio, al despedirnos, decíamos “Te encomiendo a Dios”. Y pasaron los siglos. Y llegó el momento en que algún escritor, lingüista o vago comprendió que bastaba con “adiós” para que el receptor comprendiera el mensaje.

Ahora que sabemos lo que es la elipsis, es fundamental utilizarla en el diálogo. Al hablar usamos la elipsis porque apoyamos nuestras palabras con gestos faciales, movimientos con las manos o corporales… y hasta con silencios.

Si estoy con un amigo en una calle con muchos restaurantes, y escojo al fin dónde quiero comer, es probable que le diga:

-Vamos.

Y que luego indique con una mano o con la mirada el restaurante al que quiero ir. No es necesario que diga:

-Ah, Miguel, luego de estar aquí parados cinco minutos, he optado por comer en el Restaurante Las Delicias, ese que tenemos al otro lado de la calle, ligeramente a la derecha, como a treinta metros de distancia, con la fachada verde y las puertas blancas.

Un diálogo como el anterior nos indica, de inmediato, que el autor es un principiante… o un escritor con poco talento.

 

Voz propia

Cada personaje debe tener voz propia; o sea, hablar de un modo particular. Idealmente, en nuestra novela o cuento debería llegar el momento en que el lector sepa quién habla sin que el narrador tenga que decirlo. Esto se logra por el nivel cultural del personaje, su vocabulario, sus muletillas, su sentido del humor, su sintaxis o cualquier otro elemento que lo destaque. En la novela Don Quijote, de Cervantes, llega un momento, bastante temprano en la obra, en que al leer un diálogo sabemos de inmediato si habla don Quijote o Sancho Panza. Es importante esta diferencia porque todo lector, consciente o inconscientemente, sabe que una abuelita de 80 años de edad no habla como su nieta de 15. Es un defecto que todos los personajes hablen iguales. Los escritores principiantes frecuentemente cometen el error de poner a todos los personajes a hablar de la misma manera, con el mismo sentido de humor, la misma sensibilidad, los mismos comentarios irónicos, el mismo arrojo, etc. Con frecuencia la forma de hablar de los personajes es la misma del autor. Este es un enorme defecto.

 

Lenguaje fonético

No recomiendo el uso del lenguaje fonético (“abogao” en vez de “abogado”). Es irritante y difícil de leer. Además, no es auténtico. Por lo general se usa el lenguaje fonético para representar el habla de campesinos, personajes urbanos pobres, criminales, etc. Pero ¿son ellos los únicos que se saltan letras o sílabas al hablar? Nadie, en ningún país, pronuncia absolutamente todas las letras cuando habla. Otras veces pronuncian las letras de manera diferente. Muchos españoles pronuncian la D final como Z. Dicen que viven en “Madriz” o que han dicho toda la “verdaz”. Y los puertorriqueños tendemos a pronunciar algunas R como L, de modo que decimos “puelto” o “comel”.

Si realmente queremos reproducir de manera fonética el habla de un personaje, tendríamos que hacerlo con todos los personajes de nuestro libro, desde el más pobre hasta el más rico, desde el menos educado hasta el catedrático más prestigioso. Por eso no tiene sentido hacerlo, salvo en excepciones. En la literatura siempre hay excepciones.

 

Regionalismos

Sobre 20 países hablan español en el mundo, somos unos 500 millones de hispanohablantes. Si escribes con los regionalismos de tu país, los lectores de los otros no te entenderán. Hoy día quedan muchas obras clásicas que se escribieron originalmente con regionalismos. Mayormente solo se leen en las escuelas o universidades porque son lectura obligada. Pocos lectores van a una librería a comprar estas obras por placer. Durante una época estuvieron de moda, pero ahora es normal que las ediciones de estos libros incluyan glosarios en la parte de atrás para poder comprender el texto. En mi experiencia, a pocas personas les gusta leer libros con glosarios. Por eso no creo que sea buena idea escribir con regionalismos. Si consideras indispensable utilizar algunas palabras para ambientar tu texto, vale, pero en ese caso no abuses. Haz como Juan Rulfo, que usa pocos regionalismos para “sazonar” sus textos, pero los utiliza de manera que un lector no mexicano, por el contexto, puede deducir el significado (sin utilizar un glosario). Asimismo ocurre con Gabriel García Márquez. Es puramente colombiano, nadie lo duda, sin embargo cualquier persona que conozca la lengua española comprende sus libros sin problemas. Esa es la clave.

Como en casi todo lo relacionado con la literatura, hay excepciones. Grandes escritores argentinos, como Julio Cortázar y Jorge Luis Borges, escribieron en el lunfardo argentino que ya se conoce ampliamente en el entorno hispanohablante. De todos modos, no es difícil, para quien lo lee por primera vez, comprender que “vos” significa “tú” y que algunas palabras, como el imperativo, se acentúan de forma diferente.

 

¿Quién habla?

Es fundamental escribir el diálogo con claridad, de modo que el lector sepa, en cada instante, quién habla. Hay autores que no desean utilizar acotaciones; como resultado, hay momentos en que el lector se pierde, no sabe quién habla. Esta es una situación que se debe evitar. Cuando hablan solo dos personas quizás no sean tan importantes las acotaciones. Si uno de los personajes es femenino (Juana) y el otro masculino (Gabriel), es bastante sencillo dejar claro quién habla. Por ejemplo:

-Estoy enfurecida.

-¿Qué ocurre?

-Mario se cree que soy estúpida.

-¿Qué te hizo?

-Gastó todo el dinero sin decirme nada.

-Comprendo. Yo me pondría furioso.

En el ejemplo de arriba, de inmediato sabemos que es Juana la que comienza la conversación con Gabriel, porque dice “enfurecida”. Siempre podemos saber quién habla porque solo uno de ellos usa el femenino. Pero si son dos mujeres o dos hombres los que conversan, ya no se puede utilizar este recurso. Tal vez usaríamos los nombres. Supongamos que hablan Juana y Emilia:

-Estoy enfurecida, Emilia.

-¿Qué ocurre?

-Mario se cree que soy estúpida.

-Pero ¿qué te hizo, Juana?

-Se gastó todo el dinero, sin decirme nada.

-Te comprendo. Yo me pondría furiosa.

Además del género y el nombre, podemos usar muchos otros recursos para indicar quién habla, como el nivel cultural, vocabulario, muletillas, sentido del humor o la sintaxis particular del personaje.

El asunto se complica bastante cuando hablan más de dos personajes. Puede prestarse a mucha confusión si no está claro, en todo momento, quién habla cuando se trata, digamos, de un grupo de seis personas en una mesa. En estos casos es fundamental tomar pasos para garantizar que el lector no se pierda. Será casi inevitable usar acotaciones para constantemente indicar “dijo Emilia”, “exclamó Gabriel”, “se quejó Juana”, etc. Si no se usan acotaciones, de alguna manera el autor debe asegurarse de que los lectores sepan qué está pasando. De lo contrario, el diálogo será un caos.

 

Información para el lector

Al escribir diálogo nos proponemos reproducir la forma natural en que las personas conversan entre sí. Veamos el siguiente ejemplo:

En un centro comercial se encuentran una chica y un cuarentón:

-Hola, doctor Rivera, profesor mío de Historia en la Universidad Acme, ¿cómo está usted?

-Qué tal, Flavia González, discípula mía y amiga de Gladys, estoy bien, gracias. ¿Y tú?

-Bien. Como toda chica de 19 años, ando buscando una tienda para comprar ropa porque esta blusa roja que llevo puesta ya no me gusta.

-Ah, me ocurre igual con esta corbata azul de puntos blancos que llevo puesta, y que en realidad ya está vieja.

En este ejemplo he exagerado un error común entre los escritores principiantes. El error se llama “información para el lector”. Los personajes dialogan de manera artificial porque el narrador, de manera poco hábil, ha querido ofrecerle al lector información sobre los personajes. Esta no es la manera de hacerlo. Ningún estudiante va a saludar a un profesor e indicarle qué clase toma con él ni dónde. Ambos lo saben, a menos que el profesor tenga miles de estudiantes, trabaje en varias universidades o esté senil.

Cuando las personas dialogan, no se dicen cosas que ambos saben. No dicen “Hola, te saludo aquí en San Juan”, porque ambos ya saben que están en San Juan. Asimismo, el profesor no va a contestar con nombre y apellido. El autor de este ejemplo quiso que el lector supiera que Rivera es profesor de Historia en la Universidad Acme y que la estudiante se llama Flavia González. Pero lo hizo de manera torpe. Luego, la muchacha dice su edad y describe el color de su blusa. El profesor no es ciego. Puede ver que la blusa es roja y que ella la lleva puesta. Y la muchacha tampoco es ciega. No hay que decirle el color y diseño de la corbata. Basta con mostrarla. Toda esta información es un disparate y destruye el diálogo, que queda como un mero ejercicio de aficionado. Lo básico de este diálogo es lo siguiente:

En un centro comercial se encuentran una chica y un cuarentón:

-Hola, doctor Rivera.

-Qué tal, Flavia, ¿cómo estás?

-Bien. Buscando una blusa nueva porque esta ya no me gusta.

-Ah, me ocurre igual con mi corbata. Ya está vieja.

Si el autor considera indispensable comunicarle al lector, en este momento del cuento o la novela, la información del primer ejemplo, deberá buscar otra manera de hacerlo. Puede integrar la información en el diálogo, pero de manera natural. O puede dar la información en la breve introducción. O puede decirla por medio de acotaciones. Puede usar todos estos recursos o una combinación de ellos. Por ejemplo:

En un centro comercial se encuentran Miguel Rivera, cuarentón, y la joven Flavia González.

-Hola, doctor Rivera.

-Qué tal, Flavia, ¿cómo estás? -le responde el profesor a su estudiante de Historia de la Universidad Acme.

-Bien. Buscando una blusa nueva porque esta ya no me gusta.

-Ah, me ocurre igual con mi corbata -el profesor agarra su corbata azul de puntos blancos-. Ya está vieja. Pero esa blusa roja te queda bien. Mi hija de 19 años tiene una similar y me parece linda.

-Yo conozco a Gladys. Somos amigas. ¿Ella no se lo ha dicho?

Habría miles de maneras de comunicar esta información. En el ejemplo anterior solo ofrezco una. Tras una breve introducción para ubicar al lector, por medio de un diálogo natural y de acotaciones concisas comunicamos la misma información que se intentó transmitir de manera torpe en el primer ejemplo.

 

Consejo final

Además de leer explicaciones teóricas, como esta que has leído ahora, obviamente la manera más sencilla de aprender a escribir diálogo es por medio de la lectura de cuentos y novelas con diálogos magistrales. Yo añadiría que también es bueno leer teatro, el cual consiste 100% de diálogo. Y no solo el teatro moderno es efectivo para aprender buen diálogo. Hay obras clásicas, como Edipo rey, de Sófocles, o El avaro, de Molière, que sorprenden por la modernidad de sus diálogos ágiles y eficaces.

FIN


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