El conejo blanco
[Cuento - Texto completo.]
Matías González García[Fantasía]
I
El príncipe soñaba… Pero sus sueños eran suaves como las brisas del crepúsculo, y luminosas, como el tenue rutilar de las estrellas…
Avanzaba la luna en el espacio, y de su argentada frente escapábase un rayo misterioso, que a acariciar iba la del venturoso mancebo, no sin antes deslizarse por entre perfumadas flores, impregnando sus átomos de luz con átomos de esencia.
La rubia cabellera del príncipe, en desorden, cayendo sobre la blanca almohada, simulaba áuricos hilos, y sus ojos dulcemente cerrados, cubiertos aparecían de negras y sedosas pestañas.
Una voz dulcísima, como la armonía de los ángeles, habíase dejado percibir por la silenciosa estancia.
–¡Ibrahín…! ¡Soy yo…!
–¿Y quién eres tú?–murmuró Ibrahín.
–¿No me conoces…? Yo soy… la celestial “Ilusión”…–respondió la voz…
Y los adormecidos párpados del príncipe se entreabrieron, como se entreabre la rosa a las caricias de la aurora…
Y sus sonrosados labios murmuraron el nombre de la hermosa… Y el corazón palpitole con violencia…
Una claridad de oro inundó la estancia, y hasta el tibio rayo de la pálida luna retirose avergonzado, no sin depositar el postrimero beso sobre la casta frente del afortunado Ibrahín.
Entre fúlgida y transparente gasa, la sien ceñida de brillante aureola, despidiendo los brazos, palpitando el nacarado seno, se presentó ante el príncipe la gentil doncella que, al sonreír, simuló de sus dientes un nido de perlas y de sus labios dos labios de coral.
–¡Oh…! ¡bendita sea la que soñaba mi alma…! –exclamó Ibrahín–. Y qué hermosa eres tú, vida de mi vida, imagen de mi pensamiento…!, ven a mis brazos, “Ilusión” querida…!
Y cual débil suspiro crujió la tenue gasa, y a su través viose mover la sonrosada desnudez de la virgen… y su cabeza se inclinó, y hubo un instante en que unos labios tocaron a otros y en que el sonido de un beso, apagado casi por la dulcísima miel de purpurinos labios, turbó el silencio de aquella estancia…
Y los brazos del príncipe se levantaron cual si hallar quisieran algo sobre su corazón; pero tan solo con su corazón se encontraron…
¡“Ilusión”…! ¡“Ilusión”…! –exclamó entre desconsolados sollozos; pero la celestial “Ilusión” había desaparecido.
Y después, aquella voz dulcísima como las armonías de los ángeles volvió a oírse, y estas palabras se escucharon:
–¡Ibrahín…! ¡Ibrahín…! ¿Tú quieres que sea tuya…?
–¡Sí! ¡Sí! –respondió el príncipe– ¡aunque tus caricias de provocar hayan mi agonía!
–¡Tú lo has querido…! –replicó la misma voz–. Si en tu deseo persistes, mañana, al despertar el alba, coge tu arco, prepara la flecha de oro, y sobre negro caballo persigue al primer conejo que ante tu vista se presente; pero ha de ser blanco, blanco como la nieve. Si logras matarlo llegarás a poseerme, y yo la “Ilusión” seré tu esclava…
Y los párpados del príncipe volvieron a cerrarse; su cabellera, esparcida siguió como áuricos hilos, por la blanca almohada, y de la luna el tibio rayo, atravesando el rosal perfumado, volvió a besar la casta frente del hermoso mancebo.
Ibrahín siguió soñando:…
II
¿Quién es aquel que vuela más que corre sobre negro caballo? Atrás dejando va montes, cercados, árboles y fuentes… Mirad… no se detiene… Sus plateadas espuelas en el bruto se clavan, como si en sus ensangrentados ijares, el resorte estuviera del veloz movimiento. ¡Detente, joven incauto…! ¡para, príncipe imberbe…! ¿a dónde vas…? Pero no, no se detiene… Imposible es que el vértigo se detenga… El aire silba en sus oídos… Pero ¡ah…! ¿qué ha visto…? Mirad cómo se extiende su arco…; una flecha de oro brilla entre sus dedos… Blanco como la espuma, un hermoso conejo acaba de saltar ante su vista… Es él… el de sus sueños. Perdídose ha entre las espesas matas…; pero no, allá va, allá aparece… El negro corcel no se detiene… ¡Por fin…! ¡silbó la flecha…!
–¡Mía…! ¡mía…! –gritó Ibrahín.
Y de la muerte presa, por tierra rueda el albo animalito, y una sombra rojiza viene a teñir su piel inmaculada.
III
–¡Oh príncipe infeliz…! ¿qué tienes…? ¿por qué lloras, Ibrahín…?
Y el afligido mancebo, enjugando sus lágrimas, contestó al anciano.
–¡Oh, eres muy viejo…! Tal vez algún consuelo tengas para mi dolor… ¿cómo te llamas?
–Me llamo el Desengaño…
–Tu nombre es frío y terrible –repuso el príncipe.
–Frío… tiene razón: es imposible que en mí ya se derrita la nieve de los años; y terrible… también; porque el encargado soy yo de enterrar las “ilusiones”.
–¿Las “ilusiones”…? –exclamó Ibrahín, dando un grito de angustia–. ¡Oh…! ¡no…! ¡tú no enterrarás a mi “Ilusión” querida, porque ella vive… porque ofreció ser mi esclava…! Ya ves: desde esta mañana, sentado estoy aquí esperándola… ¡cuánto tarda…! Pero aquí ella vendrá… ella vendrá… ¿no te parece…?
–¡Infeliz…!–dijo el anciano–. Esa tu “Ilusión”, con tu flecha de oro has matado.
–¡Cielos!!! –exclamó Ibrahín, y sin vida, cayó sobre la verde hierba.
* * *
Poco después, el encorvado anciano silencioso volvíase hacia su morada, y las oscuras sombras de la noche cubriendo iban los montes y los valles.
Y el desgraciado Ibrahín sepultado quedó también bajo aquella negrura.
Pero ya no soñaba…
FIN

