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El convite del compadre Baltasar

[Cuento - Texto completo.]

Matías González García

Cierto día me tropecé en la calle con el compadre Baltasar.

—Compadre Matías…

—Compadre Baltasar…

—¿Y la comae?

—Buena.

—¿Y los niños?

—También.

—Que Dios se los conserve.

—Muchas gracias, compadre Baltasar… ¿Y la comadre Rosa…? ¿Y el ahijado…?

—Toítos buenos, mi compadre Matías.

—¿Y a qué ha bajado usted hoy al pueblo?

—Pues na, compae; que tenía que pagar la contrebusión, y como mi mujer me encargó que comprara algún lienso para los muchachos…

—Caramba, compadre… Y el ahijado debe estar ya hecho un hombre…

—Usted no sabe, compae…: le digo a usted que eso es un finómeno… ¿Y cuándo piensa usté dir por allá…?

—Cualquier día, compadre Baltasar.

—Pues convídese a un amigo, y el domingo entrante nos comeremos una lichona… Precisamente tengo una tan buena y tan buena, que es un mesmo finómeno…

—Perfectamente: pues entonces, espérenos usted el domingo, compadre Baltasar.

—Pa nojotros será de gran satisfacción, compae Matías.

Y el domingo por la mañana, a eso de las ocho, ya estábamos mi amigo y yo montados en
nuestros respectivos jamelgos y en disposición de emprender el camino de la cuchilla.

Y que no era cualquier cosa, pues el compadre Baltasar vivía en el barrio de Masas, a tres horas de la población y con unos caminos infernales.

Pero, de todos modos, la idea de pasar un alegre día en aquellas alturas, y más que nada, la de
saborear un trozo del clásico lechón asado, comido en yagua, con sus correspondientes plátanos, bajo un cielo azul y sobre la verde alfombra de nuestra hermosa campiña, halagaba nuestro corazón, por no decir nuestro apetito, que ya empezaba a manifestarse con solo pensar en tan agradable convite.

Repechamos, pues, por la cuesta del Pimiento, y anda que te anda, escurriéndonos en ciertas
ocasiones por la grupa del animal, cuando no apeándonos por las orejas del mismo; besando el
santo suelo con frecuencia y dándonos al propio Satanás, pudimos distinguir por fin la morada
del compadre Baltasar, allá sobre una elevada loma y casi oculta por unos guayabales.

Lo primero que se me ocurrió observar fue si salía algún humo de la citada casa o de sus cercanías, pues es ya probado que el consabido lechón, si no se asa en la cocina, por lo regular se asa en el batey.

Pero nada divisábase como no fuese alguna nubecilla que allá a lo lejos corría impulsada por el viento, cuando no alguna paloma o alguna tórtola que cruzaba el espacio, internándose en la espesura.

—Antonio —le dije a mi amigo—, paréceme que mi compadre Baltasar no tiene mucha prisa
y que el almuerzo estará tarde, pues ni humo veo por estos alrededores.

—No digas eso, hombre, que con el apetito que tengo sería capaz de comerme hasta a tu propio compadre… Lo que hay es que la lechona estará ya asada y debemos avanzar para que no se pasme.

Y como obedeciendo a un mismo impulso, ambos clavamos las espuelas a nuestros jamelgos que, como ya estábamos en una loma y el camino hasta la casa era fácil, echaron a correr, ansiosos también de llegar a su destino.

Y al poco rato entrábamos en el batey.

Lo primero que se presentó a nuestra vista fue un chiquillo como de diez o doce años, sucio de pies a cabeza, medio desnudo, y que saliendo del guayabal próximo, corrió a esconderse dentro de la casa.

Por lo demás, tanto fuera como en el interior de la misma reinaba un silencio, tan profundo, tan solo interrumpido por el cacarear de las gallinas y el ladrido de un perro flaco y tiñoso que nos salió al encuentro, aunque terminando por esconder el rabo entre las patas y meterse también en la vivienda.

Tal recibimiento nos produjo un efecto terrible.

—¡Compadre Baltasar…! —grité con todos mis pulmones.

Nadie contestó.

—¡Compadre Baltasar…! —volví a repetir.

Esta vez nos respondió el aullido del perro.

—¡Compadre Baltasar…!

Entonces se entreabrió la puerta de la casa, apareciendo nuevamente el muchacho sucio y haraposo, que mirándonos con sus ojillos de pillastre nos dijo:

—Les manda a isir mamá, que papá no está aquí.

—¿Y en dónde está?

—En el sercao.

—Pues ve al cercado y avísale que aquí está su compadre.

Al oír esta última palabra, el chiquillo se acercó a mí y quitándose la gorra, me saludó humildemente:

—¡La bendición, pailino…!

Mi amigo Antonio soltó una carcajada y yo iba también a corresponderle, cuando a la puerta de la casa se presentó una mujer, que si no fea, pues aún demostraba en su rostro cierta juventud, aparecía pálida y ojerosa, mostrando al sonreír unos dientes sucios y amarillos.

Detrás de ella, dos niños de corta edad se agarraban a su saya, tratando de ocultarse como si les infundiéramos miedo.

—Dentren, señores, dentren… —dijo la doña, con voz dulce, aunque no exenta de temor—, dentren, que aunque mi marío no está en la casa, ya Casimo no fue a buscar.

Y entramos.

Después de los saludos de costumbre, ella se sentó, siempre sonriéndose, y tratando de calmar a los niños, uno de los cuales se le había subido a la falda, llorando estrepitosamente, mientras que el otro pataleaba en mitad del piso, chillando de un modo horroroso.

Como habrá comprendido el lector, esta entrada no podía ser menos halagüeña.

La idea del lechón se había esfumado en nuestras mentes.

No hay que decir que ni la señora ni nosotros podíamos hablar una sola palabra con el pataleo de los chiquillos.

Por fortuna, al poco rato, se presentó el compadre Baltasar.

Venía seguido del ahijado, quien antes de entrar se detuvo en el batey y dio tres vueltas de carnero.

Vestía unos pantalones anchos y sucios, sujetos a la cintura por un pedazo de emajagua; unos zapatos llenos de barro, en camiseta, con un espadín en las manos y cubierta la cabeza con un sombrero enorme.

Me saludó con la mayor frescura, y dejando el espadín sobre una caja, que al par de mesa servía de granero, se atusó el bigote para decirme:

—Juro a nengún Dios, compae Matías…! ¿Y qué finómeno le ha echao por esta casa?

Mi amigo y yo nos miramos con la expresión que ya ustedes podrán figurarse.

—Pues venía a cumplirle lo ofrecido… —le contesté.

—¿Cómo lo ofresío?

—Pero ¿usted no me invitó a comernos una lechona…?

—¡Compae…! —exclamó el jíbaro¹, dándose una palmada en la frente— ¡tié usted rasón…! Pero esto ha sío un finómeno y me equivocao, creyendo que fuese el otro domingo. Ahora bien, compae, si no una lichona, será otra cosa… —Y dirigiéndose a su mujer, continuó—: A ver, Rosa, hay que matar una gallina y jaser un arros para estos señores; pero de esos arroses que tú sabes… que sea to un finómeno…

La mujer dio un suspiro y se levantó, llevándose a los dos muchachos, que no cesaban de lloriquear.

—Casimo… —dijo mi compadre al ahijado—, vete con tu mae para que le jagas los encargos.

Y seguimos hablando de mil cosas: del tiempo, del tabaco, del maíz, de la cosecha del café…

Pero ni mi amigo ni yo veíamos movimiento alguno dentro de la casa.

Por de pronto, las gallinas continuaban muy tranquilas, picoteando en el batey, sin temor a que nadie las molestara.

A mi compañero se le iban y venían los colores del rostro y a cada rato consultaba el reloj, sin disimular su impaciencia.

Como que era la una de la tarde.

No habrá transcurrido media hora, cuando se presentó el ahijado, y dirigiéndose al compadre, le dijo:

—Dise siño Román que en la tienda se le acabó el arros y que le mande a pagar los seis riales que le debe.

Me figuré yo que mi compadre se iba a enfurecer, pero concluyó por sonreír, diciendo:

—Ese siño Román es un finómeno… y un sinvergüenza… Pero, no hay que apurarse…; tomarán ustedes un poco de café.

—¿Y el asúcar…? —preguntó el ahijado.

—Si no lo hay, que le vayan a buscar.

—Siño Román dice que no fía.

Mi compadre, sin disimular ya su enojo, levantose para castigar al muchacho; pero yo me interpuse, y sacando una peseta, le dije:

—Anda y no te detengas, galopín; cómprate el azúcar.

Pero el ahijado se quedó mirándome, y sacando la cuenta en los dedos, concluyó por decirme:

—Oiga, pailino, el asúcar cuesta sinco chavos… ¿Y pa quién es lo que sobre de la peseta?

—¡Para ti, bribón…!

El gran tuno pegó un salto y salió corriendo que se las pelaba.

El compadre Baltasar, ya completamente tranquilo y riéndose con la ocurrencia del muchacho, concluyó por decir:

—¡Compadre Matías, no le desía a usté que su ahijao era un finómeno…?

Como a eso de la media hora nos sirvieron el café.

Pero mi amigo Antonio no podía conformarse y preguntó al muchacho:

—Dime, Casimo, ¿y en esa tienda no habrá galletas o alguna lata de cualquier cosa…?

—¡Cómo no…! ¡Cómo no…! —se apresuró a responder mi compadre, antes de que el chiquillo lo hiciera—, hay latas de sardinas y de las buenas… ¡le digo a usté que son un finómeno…!

—Pues tráete dos latas y una docena de galletas.

Y le entregó medio peso.

—¿Y qué hago con la vuelta? —le preguntó el ahijado.

—Pues cógela para ti —respondió mi amigo, no de muy buenas ganas.

Y llegaron las sardinas con las galletas, y el ahijado, haciendo sonar el dinero en el bolsillo, repetía:

—¡Ahora sí que voy a comer mucho pan sobao…!

Con un cuchillo viejo, el único que, al parecer, se encontraba en la casa se procedió a la
apertura de las consabidas latas.

Pero cuando concluí esta operación y levanté la cabeza, tropecé con toda la familia que se agrupaba a mi alrededor, esperando el convite.

Mi compadre Baltasar, sin consultarme tan siquiera, había repartido todas las galletas dándole dos a su mujer y otra a cada uno de sus hijos.

Y no bien se hubieron abierto las dos latas, cuando él, sacando la jusilla de partir la mascaúra, comenzó a pinchar sardina tras sardina, llevándoselas a la boca y distribuyéndolas entre los suyos mientras repetía:

—Le aseguro a usté, compae, que esto es un finómeno.

Al observar tal desastre, el amigo Antonio no pudo reprimir un gesto de indignación, y yo solté una carcajada.

Riose también el compadre Baltasar, y pinchando la última sardina que quedaba en la lata, exclamó muy divertido:

—¡Cuando le digo a usté, compae, que esta familia mía es un finómeno…! Come como una llaga mala…

Y era la verdad, pues a pesar de haberse terminado el convite el galopín de mi ahijado metía aún el dedo en una de las latas, para chupárselo después, mientras que en mitad del piso los otros dos muchachos peleaban por la posesión de la otra lata vacía.

Y como a eso de las seis de la tarde, bajábamos por aquellas cuchillas, renegando el amigo Antonio de cuanto jíbaro pudiera existir en el mundo, y riéndome yo de la aventura, porque a la verdad que aquel convite, como decía el compadre Baltasar, había resultado un verdadero “fínómino”.

FIN


Cosas de antaño y cosas de ogaño,
Matías González García,
México, Editorial Orión, 1953.
1. Jíbaro: campesino de Puerto Rico.


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