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El dios Knef temblando sacudía el universo:
Isis, la Madre, entonces, se incorporó del lecho.
A su fiero marido contempló con despecho,
brilló en sus ojos verdes un viejo ardor disperso.
“¿Lo ven?, dijo, se muere, ese anciano perverso;
en su boca los hielos del mundo se han deshecho.
¡Aten su pie torcido, cieguen su ojo maltrecho,
es dios de los volcanes, rey del invierno adverso!
“Me llama el nuevo espíritu: el águila ha pasado,
la ropa de Cibeles por él visto, adornada …
¡Es hijo bienamado de Hermes y de Osiris!”
La diosa había huido en su carro dorado,
el mar nos devolvía su imagen venerada,
y el cielo refulgía bajo el manto de Iris.
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