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El drogado y la bomba

[Cuento - Texto completo.]

Naguib Mahfuz

La calle no parece la misma ni tampoco el mundo. La gente siempre tiene mucha prisa, las aceras están abarrotadas y hay en la calle un movimiento continuo. Los soldados lanzan miradas arrogantes por debajo de las viseras de sus gorras. ¿Qué sucede? Cada vez que deseaba fijar sus recuerdos, estos volaban como el polvo en un huracán. Lo único que recordaba era que había ido a la tienda de su amigo Muhsin el planchador. Amm Muhsin, ¿dónde estás? El camino no tenía fin, era como si caminara hacia la luna. El hombre se sentía muy pesado, como si sus pies no pudieran sostenerlo. El sol despedía rayos negros; a pesar de su confusión, el hombre sonreía y, tras mirar a la gente con curiosidad, se empezó a reír. ¿Por qué tenían tanta prisa?

No se acordaba de si se había puesto el tarbush. Sentía frío en la cabeza, pero no estaba seguro de llevar el tarbush. Como no tenía fuerza ni voluntad para levantar la mano y comprobarlo, se dirigió a una antigua tienda de muebles. Se miró en el espejo colgado en la puerta y vio su fez caído hacia el lado posterior de la cabeza, dejando al descubierto parte de su pelo negro.

Aprovechó para colocarse la corbata, y le pareció que tenía los ojos hinchados y entornados. Mientras tanto, el movimiento de gente había aumentado y el ruido se había intensificado. ¿Qué sucedía? Abrió la boca para entonar una canción, pero en seguida la olvidó y se sintió muy triste. Sin embargo, un movimiento incontrolable danzó en su interior, haciéndole sonreír de felicidad. Pensó que tenía tanta fuerza que podía volar, penetrar en la tierra o hablar a los habitantes del polo.

Por fin estaba en la tienda de Muhsin el planchador. Se olvidó por completo de las dudas y las preocupaciones que lo habían acompañado durante el trayecto. Cuando se encontró delante de Muhsin, lo saludó haciéndole una reverencia, como si estuviera en presencia de un rey, y permaneció inclinado un rato en señal de gratitud y también por pereza. El planchador sonrió y, sin dejar su trabajo, dijo:

-Que Dios me perdone, Ayyub efendi.

-Tú te mereces eso y más.

El chico le puso una silla junto a la puerta. El hombre se incorporó y repitió el saludo alzando la mano, luego se dirigió a la silla y se acomodó. Señalando hacia su cabeza, miró al planchador y le dijo:

-No pudo ir mejor.

-¿No te lo dije? -respondió el planchador, orgulloso.

-No hay nada igual.

-Te aconsejé que te hicieras con una buena cantidad antes de que se acabara, pero no me hiciste caso.

Sentado junto a la entrada, le volvieron las dudas y las preocupaciones. Preguntó por el significado, y el planchador le dijo:

-Dentro de poco verás la procesión.

-¿La procesión?

-Exacto. El líder vuelve de Londres y los soldados están desplegados a la caza de lo prohibido.

Ayyub miró a su alrededor involuntariamente. Los rayos del sol se volvieron aún más oscuros, y la calle se llenó por completo de gente.

-¿Por qué? -preguntó.

El planchador, sin captar el sentido de la pregunta, le dijo:

-Es un regreso triunfal, al que seguirá la caída del gobierno.

Ayyub miró al cielo con la cabeza apoyada en el respaldo de la silla y permaneciendo completamente inmóvil. El otro preguntó sonriendo:

-¿No te alegras de que haya un cambio de gobierno?

Ayyub no tuvo ninguna reacción ni mostró el menor interés. El planchador se rió y le preguntó:

-¿Sabes quién gobierna en este momento?

Ayyub volvió la cabeza a su posición natural, como si no hubiera oído la pregunta, pero el otro insistió:

-¿No te alegra que vuelva la Constitución?

Él se puso a tararear una extraña canción. El planchador se rió y exclamó:

-¡Afortunado tú!

Se oyeron gritos a lo lejos y la chispa de entusiasmo se propagó por la calle. El comisario de policía gritó con un tono amenazador: «¡Orden!» El planchador salió de su local y empezó a gritar con los otros, mientras Ayyub se reía, sin moverse de su sitio.

La procesión pasó por la calle como un terremoto formado por miles de personas. El único que permaneció sentado fue Ayyub. Obligado a apoyarse en la pared para evitar que los manifestantes lo arrollaran, empezó a cantar en voz baja: Si la suerte te es adversa, tú, buen hombre, ¿qué puedes hacer?

El comisario se paró en medio de la calle con su uniforme blanco y el fajín rojo. La corriente humana lo esquivó, distribuyéndose en dos partes a derecha e izquierda. Los soldados evitaron cargar contra la multitud, salvo en algún caso excepcional.

De pronto, un joven se abalanzó contra el comisario, asestándole fuertes puñetazos en el vientre. El comisario se tambaleó y luego cayó. El joven huyó veloz como el viento.

A Ayyub se le bloqueó la voz en la garganta. Contempló la escena y evitó la tentación de echarse a reír, mientras veía a los soldados correr arrollando a la gente.

Algunos agentes siguieron al joven, pero se vieron obstaculizados por aquella marea humana. Los acontecimientos se sucedieron a una velocidad pasmosa. Hubo disparos y en unos segundos la gente se dispersó por las callejuelas. La calle quedó vacía y las tiendas cerradas.

El comisario, apoyándose en el brazo de un oficial, se levantó y gritó al jefe de policía:

-¡Pobre de ti si no lo alcanzas!

Los ojos de Ayyub se cansaron de seguir la escena. Era la única persona que quedaba en la calle, hasta los soldados habían salido corriendo detrás de la gente.

El hombre cerró los ojos para descansar y de pronto le sobrevino un ataque de risa en medio de la calle desierta. Miró el local del planchador y vio que estaba cerrado. Intentó recordar la canción pero no lo consiguió. Cerró los ojos por segunda vez, mas el sonido de unos pasos pesados le hicieron abrirlos de nuevo y vio a un agente dirigiéndose hacia él con mirada severa. ¿De dónde había salido? Se fue acercando cada vez más hasta impedirle que viera la calle y el cielo.

Ayyub lo miró sin decir palabra, sintiéndose solo.

-¿Qué te hacía tanta gracia, criminal? -le preguntó el agente con una voz que crujía como un látigo.

Ayyub se encogió en la silla y susurró:

-No me reía.

El agente acercó su cara a la de Ayyub y gritó:

-Golpeas al comisario y luego te ríes, ¿no es así?

Ayyub estiró los brazos, como queriéndose proteger, y dijo:

-Que Dios me perdone, yo no me he movido del asiento.

-¿Crees que estoy ciego, hijo de serpiente?

Le pegó una fuerte bofetada, derribándolo en el suelo, y el tarbush fue a parar unos veinte metros más allá. Ayyub se quejó, sin intentar levantarse, pero el agente lo agarró por la corbata hasta que se le congestionó la cara. Se levantó tambaleándose y dijo con la voz rota:

-Es un error. Por Dios que no me he movido de mi sitio en todo el tiempo.

-Cállate. No te he quitado los ojos de encima ni un momento.

Lo abofeteó de nuevo. Luego, sacó el silbato y sopló. Un destacamento de soldados se acercó y el agente señaló hacia Ayyub diciendo:

-Arresten al criminal que ha golpeado al comisario.

Sonó una fuerte explosión y todos se quedaron quietos.

-Es una bomba -dijo un soldado. Todos escucharon en silencio y luego, tras recuperarse del susto, arrestaron a Ayyub.

-¡Soy inocente! -gritó tan alto como pudo-. ¡Yo no he golpeado a nadie! ¡No me he movido de mi sitio!

Lo llevaron al puesto de policía y lo hicieron pasar al despacho del comisario. El agente hizo el saludo de rigor y dijo:

-Aquí está el criminal, señor.

-Hay un error, yo soy inocente -protestó Ayyub.

-¿Dónde lo has arrestado? -le preguntó el comisario al detective, mirando a Ayyub de forma severa.

-En la plaza de Abdín. Eché a correr detrás de él sin quitarle ojo. Ofreció una fuerte resistencia, pero logré retenerlo hasta que los soldados acudieron a ayudarme.

El comisario continuó atravesándolo con la mirada; luego dijo con rencor:

-Golpéame, perro.

-Lo juro por Dios -gritó Ayyub, desesperado. Pero el comisario lo calló con una bofetada. Luego le hizo una señal especial al agente y dijo:

-No le dejes marcas, para que pueda verlo el fiscal.

El agente bajó la cabeza indicando que había entendido y empujó a Ayyub hacia fuera. Llamó a sus asistentes, que le ataron las manos detrás de la espalda. Luego empezaron a darle golpes en la cara con las palmas de las manos. Él gritó de dolor hasta que se cayó desmayado.

Cuando volvió en sí, se encontró tirado en un banco de madera y rodeado de soldados. El agente lo agarró del brazo y lo condujo al despacho del comisario. Esta vez lo hicieron sentar frente a un grupo de oficiales vestidos de paisano. Él sentía su cara tan hinchada que le daba la impresión de que llenaba toda la habitación. Se sentía derrumbado física y síquicamente. El que parecía ser el jefe preguntó:

-¿Estás preparado para el interrogatorio?

-Soy inocente -manifestó con resignación. Dijo que tenía sed y le trajeron un vaso de agua. El investigador le preguntó su nombre y él respondió:

-Ayyub Hasan Tammara.

-¿En qué trabajas?

-Soy empleado de los archivos.

-¿Cuántos años tienes?

-Treinta.

-Los soldados y los agentes te han visto…

Ayyub lo interrumpió gritando:

-¡Soy inocente, lo juro por el Libro de Dios, soy inocente!

El hombre replicó con dureza:

-Responde a mis preguntas sin alborotar.

-Yo no he hecho nada, y no sé por qué me han traído aquí.

-Todos los testigos coinciden en que tú has sido quien ha puesto la bomba en el Tribunal mixto.

Ayyub no entendía nada. Pensaba que se encontraba ante un grupo de dementes. Sin dar crédito a sus oídos, exclamó:

-Yo no me he movido de mi silla, delante del negocio de Muhsin el planchador, y no he tocado al comisario.

-Mientes, y eso te complica las cosas.

-Yo no he hecho nada.

-Tú has sido quien ha arrojado la bomba.

-¡Bomba! ¿Ha dicho bomba?

-Decenas de soldados y agentes te han visto con sus propios ojos.

Ayyub se golpeó la frente y exclamó:

-No entiendo nada de lo que dice.

-Pues mis palabras son tan claras como la gravedad de tu acción.

-Señor bey, no me han arrestado por haber arrojado una bomba. El agente me ha arrestado sin ningún motivo y luego me ha acusado de haber agredido al señor comisario.

-Confiesa, eso te ayudará. Y si nos dices quién te empujó a cometer esa acción, no te arrepentirás.

Ayyub, con voz sofocada, suplicó:

-Señores, están cometiendo un error. Yo soy un pobre hombre, no he agredido a nadie en mi vida. Pregunten a Amm Muhsin, el planchador.

-Confiesa y no te arrepentirás.

Uno de los presentes, sentado a la derecha del que preguntaba, dijo:

-Nosotros conocemos a los que están detrás de ti. Te diremos sus nombres y te mostraremos sus fotografías para que te convenzas de que decimos la verdad. Tú eres un pobre diablo y sin duda ellos te han engañado, utilizándote como un juguete. Eso te descargará de tu culpa, pero debes confesar.

-¿Confesar?… Pero yo no he ofendido al comisario…

-¿De dónde sacaste la bomba?

-¡Dios de los cielos y de la tierra!

-Entonces ¿no quieres confesar?

-¿Confesar qué? ¿No le temes al temor de Dios?

-Tu tozudez no te va a servir de nada.

Ayyub miró las caras de los que lo rodeaban y le pareció que estaba ante un sólido muro con las puertas cerradas a la misericordia y a la esperanza. En un desesperado intento de salvarse, dijo:

-¿De verdad quieren que confiese?

La expresión de los presentes cambió, mostrando un interés casi afectuoso.

-Habla, Ayyub -dijo el instructor.

-Confieso que soy un drogadicto -respondió él en voz baja.

El interés de los otros se transformó en cólera.

-¿Quieres burlarte de nosotros?

-En el estómago tengo un cuarto de piastra. El médico podrá certificarlo.

-Estás destruyendo tu futuro.

-Estoy drogado, como todos los días. ¿Han oído alguna vez que un drogado arroje una bomba?

-Eso es un truco infantil para escabullirte.

-Soy un drogadicto, pero no he golpeado al comisario ni he arrojado ninguna bomba.

-Ten cuidado, Ayyub.

-¿Por qué? Jamás me he preocupado por la política ni por la Constitución, ni por la de 1930 ni por la de 1923. Tampoco he participado en ninguna manifestación. Que me examine el médico.

-Hazme caso y confiesa. Tienes delante los nombres y las fotografías.

-Créanme. El único trabajo que he hecho en mi vida es archivar documentos antiguos para ganar un cuarto de piastra al día. Llamen al médico para que me examine y pregunten a la gente…

 

Pasó un año antes de que Ayyub regresara a la tienda de Muhsin el planchador…

Lo acusaron de haber arrojado una bomba en el Tribunal mixto, su fotografía apareció en todos los periódicos y la gente lo consideró un héroe. Un grupo de famosos abogados se ofreció para defenderlo y, cuando el tribunal lo consideró inocente, los que estaban presentes en la sala comenzaron a vitorearlo.

Cuando volvió al local del planchador, los dos amigos se fundieron en un abrazo. Ayyub se sentó en su sitio, delante del negocio, y Muhsin le dijo en señal de bienvenida:

-La tengo de la mejor calidad.

-Me he pasado un año sin probarla, y me he olvidado de ella -respondió Ayyub riéndose.

-Ha llegado el momento de recordarla.

Ayyub no dijo nada. Muhsin continuó, extrañado:

-¡Que Dios los mande al infierno! Ayyub efendi, te han cambiado tanto que no te reconozco.

Ayyub sonrió sin decir nada.

-Pero ahora la gente te quiere y te respeta -continuó Muhsin con entusiasmo.

Ayyub se rió con inocencia y alegría.

-Nadie se cree que seas un drogadicto -resumió Muhsin-. Ellos piensan que golpeaste al comisario y que arrojaste la bomba.

-El juicio fue como una bomba -dijo Ayyub con orgullo.

-¿Y qué vas a hacer ahora? -preguntó Muhsin con inquietud.

Ayyub pensó un momento y luego dijo:

-Algunos me han animado para que me presente en las próximas elecciones.

Muhsin lo miró perplejo y exclamó:

-¡Pero ellos saben quién puso la bomba!

-¿Y qué? Han apreciado mucho el hecho de que no denunciara a nadie.

-Pero ¡sí tú nunca te habías interesado por nada!

Ayyub respondió sonriendo:

-Empecé a interesarme tras mi detención y el juicio.

FIN


Jammarat al-qitt al-aswad, 1969


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