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El sombrero mexicano

[Cuento - Texto completo.]

Aldous Huxley

El tendero lo llamó cariñosamente un «sombrerito» mexicano. Y tal vez fuera pequeño para ser mexicano. Pero en esta Europa nuestra, en donde el espacio es limitado y nuestras escalas son entecas, el sombrerito era portentoso, un verdadero gigante en cualquier compañía de sombreros. Estaba colgado en el centro del escaparate de la sombrerería, como una inmensa aureola negra, digna de un rey infernal. Pero aquella mañana no pasó por las calles de Ravena diablo alguno. El que pasó fue el más humilde de los turistas literarios. En aquellos tiempos me parecían muy deseables los sombreros de ala grande, y sobre mi cabeza, digo, pues en cuanto vi el sombrero, entré en la tienda, me lo probé, vi que me estaba bien y lo compré sin regatear, a precio de turista. Salí de la sombrerería con el «mexicanito» en la cabeza; mi sombra sobre las aceras de Ravena parecía la de un pino copudo.

Ya está viejo mi sombrero mexicano, y comido de polillas y verdusco. Pero lo conservo, y algunas veces, por recordar tiempos pasados, hasta me lo pongo. Este sombrero representa para mí toda una época de mi vida. Es un símbolo de mi emancipación y de mi primer año en la Universidad. Es un símbolo de mil cosas nuevas recién descubiertas, de nuevas ideas y de sensaciones nuevas: la literatura francesa, el alcohol, la pintura moderna, Nietzsche, el amor, la metafísica, Mallarmé, el sindicalismo y Dios sabe cuántas cosas más. Pero el principal valor que tiene para mí es que me recuerda mi descubrimiento de Italia. Mi sombrero mexicano evoca en mi mente todas las emociones, todo el inmenso asombro, mil veces repetido, todos los éxtasis de mi alma aún virgen durante el demorado viaje que hice en 1912, a principios de otoño, por Italia; Urbino, Rímini, Ravena, Ferrara, Módena, Mantua, Verona, Vicenza, Padua, Venecia…; mis primeras impresiones de todos esos nombres fabulosos yacen como un gran puñado de joyas preciosas en la copa de mi «sombrerito». Nunca tendré valor para deshacerme de él; nunca.

A todo esto hay que añadir a Tirabassi. Sin mi sombrero mexicano nunca hubiera conocido a Tirabassi. Jamás se le hubiera ocurrido tomarme, con mi aspecto inglés e insignificante, por pintor. Y, por tanto, nunca hubiera tenido yo ocasión de contemplar los frescos, ni de hablar con el viejo conde, ni de oír hablar de la Colombella. Nunca. Y cuando pienso en esto, se acrecienta mi estima del sombrero mexicano.

Supongo característico de Tirabassi el deducir del tamaño de mi sombrero que yo fuera pintor. Tenía una cabeza organizada militarmente, incapaz de aceptar el revoltijo caótico que es la vida. Se pasaba la vida clasificando, ordenando y poniendo linderos a su universo; y cuando los objetos clasificados tan lindamente se escapaban de cajones y ficheros y se arrancaban del pescuezo los marbetes que los identificaban, Tirabassi se sentía desconcertado y enojado. El caso es que en el mismo momento en que me vio en el restaurante de Padua, le resultó evidente que yo tenía que ser pintor. Todos los pintores usan sombreros de ala ancha. Yo llevaba un sombrero de ala ancha. Luego yo era un pintor. Era un silogismo perfecto, y la deducción era inevitable.

Me mandó preguntar, por mediación del camarero, si le honraría acompañándole a tomar café sentado a su mesa. He de confesar que al principio me sentí algo alarmado. ¿Qué podía querer conmigo aquel apuesto y marcial teniente de Caballería? Las teorías más absurdas desfilaron atropelladamente por mi cabeza: seguramente había cometido alguna terrible incorrección sin darme cuenta; le había pisado inadvertidamente los callos al honor del teniente e iba a desafiarme a un duelo. Reflexioné rápidamente que me correspondía la elección de armas. Pero ¿qué podía elegir yo? Nunca había aprendido esgrima. ¿La pistola? Una vez disparé seis tiros contra una botella y no logré dar en el blanco. ¿Tendría tiempo para escribir un par de cartas, para hacer algo parecido a un testamento? El camarero vino a aliviar mi agonía mental cuando, unos minutos más tarde, me trajo el pulpo frito que había pedido. El señor conde y teniente, me explicó en confianza, tenía una villa en el Brenta, no lejos de Strá. Una villa, añadió extendiendo las manos en el aire con gesto de admiración, llena de pinturas. Llena, llena, llena. Y le gustaría que yo las viera, porque estaba seguro de que me interesaba la pintura. «¿Eh? ¡Ah, sí, sí, claro!», dije yo sonriendo imbécilmente, pues el camarero parecía esperar que yo hiciese algún comentario. Luego añadí que la pintura me interesaba muchísimo. En ese caso, me comunicó el camarero, el señor conde tendría mucho gusto en llevarme a que las viera. Me dejó el camarero y yo me quedé, aunque algo más tranquilo, igual o más desconcertado que antes. Pero en cualquier caso, ya no tendría que hacer aquella embarazosa elección entre las armas blancas y las de fuego.

Aprovechando los momentos en los que el conde soldado no miraba en mi dirección, procuré examinarle. Su aspecto no era típicamente italiano (pero ¿cuál es el aspecto típicamente italiano? ¿Existía tal cosa?). Es decir, no le azuleaba la barba, ni tenía los ojos como abalorios de azabache, ni era moreno ni aquilino. Antes al contrario, tenía el pelo rojizo, grises los ojos, más bien chata que otra cosa la nariz, y pecosa y rubicunda la tez. Conocía yo muchos ingleses jóvenes que hubieran podido pasar por hermanos algo bobos del conde de Tirabassi.

Llegado el momento, me acogió con cortesía exquisita, y pidiéndome perdón por la forma poco protocolaria en la que me había conocido.

—Pero estaba seguro —me dijo— de que le interesa a usted el arte, y me ha parecido que me perdonaría, en vista de lo que tengo que enseñarle.

No pude evitar el sentir cierta extrañeza ante la seguridad en que el conde se hallaba acerca de mi interés por el arte. No la comprendí hasta que salimos del restaurante juntos, pues cuando me puse el sombrero, lo señaló sonriendo y me dijo:

—Se ve que es usted un artista de verdad.

No supe qué contestar.

Una vez que hubimos cambiado las frases corteses de ritual, el teniente se lanzó sin más preámbulos, y en evidente obsequio mío, a hablar de arte:

—Los italianos —me dijo— no se toman hoy por el arte el interés que debieran. En un país moderno…

Se encogió de hombros y dejó la frase sin acabar. Luego continuó:

—Eso me parece mal. Adoro el arte. Lo adoro. Cuando veo a los extranjeros ir de un lado para otro con sus guías o absortos durante media hora delante de un cuadro, leyendo primero en el libro, mirando luego al cuadro —y al llegar aquí imitó admirablemente a un cura protestante que visita la capilla de Mantegna: una ojeada al libro imaginario tenido con ambas manos; luego, un rápido movimiento como el de las gallinas al beber agua, para mirar a un fresco también imaginario; la larga contemplación de éste con los ojos entornados y la boca entreabierta, y, por fin, una nueva ojeada a las inspiradas páginas del Baedeker—. Cuando los veo, me da vergüenza de los italianos.

Hablaba el conde con gran sinceridad, sintiendo que su talento para la pantomima le hubiera hecho ir demasiado lejos.

—Entonces, si los extranjeros permanecen media hora ante el cuadro, yo voy y me estoy contemplándolo una hora. Ésa es la manera de entender el arte verdadero. La única manera.

Se retrepó en la silla, tomó un sorbo de café y añadió:

—Desgraciadamente, le falta a uno tiempo.

—En efecto —le dije—. Cuando uno se considera afortunado si logra escapar a Italia para pasar aquí treinta días, como me ocurre a mí…

—¡Ah! Si yo pudiera viajar por el mundo como usted… —suspiró—. Pero aquí me tiene encerrado en esta endiablada ciudad. Y cuando pienso en el capital que hay en las paredes de mi casa…

Sacudió la cabeza y desistió de seguir por aquel camino. Entonces, cambiando el tono de su voz, empezó a hablarme de la casa sobre el Brenta. Me pareció que exageraba sin mesura. Carpioni, sí; no tenía inconveniente en creer en la existencia de unos frescos de Carpioni; estaban casi al alcance de cualquiera. Pero un vestíbulo pintado por Veronés, y varios cuartos por Tiépolo, todos en la misma casa, la verdad, resultaba extremadamente difícil de creer. Pensé que el conde se había dejado llevar de su entusiasmo descriptivo. Pero en cualquier caso, pronto podría ver lo que de verdad había en todo ello, pues el conde me invitó a comer con él al día siguiente.

Salimos del restaurante. Aún embarazado por la alusión del conde a mi sombrero, eché a andar junto a él por debajo de los soportales de la calle sin decir palabra.

—Le voy a presentar a usted a mi padre —me dijo—. También él es un aficionado tremendo al arte.

Mi sensación de que estaba conduciéndome como un farsante se acentuó. Había conseguido conquistar la confianza del conde presentándome como algo que no era. Mi sombrero constituía, me dije, una mentira. Algo tenía que hacer para poner las cosas en su punto. Pero el conde estaba tan ocupado en contarme todos los motivos de queja que tenía con su padre, que no pude explicarle nada. He de confesar que no le escuchaba con demasiada atención. En el año que llevaba en la Universidad de Oxford, había oído a tantos compañeros quejarse de sus padres, que el asunto carecía ya de novedad para mí. Era una historia manida: demasiadas interferencias y poco dinero. Además, por aquel entonces había yo adoptado un punto de vista filosófico acerca de tales cosas: no me interesaba la gente; mi interés residía exclusivamente en los libros y las ideas. ¡Qué necedades puede uno cometer a esa edad!

—Eccoci —dijo el conde cuando llegamos ante el café «Pedrochi»—. Viene aquí todos los días para tomar café.

Y realmente, ¿adónde iba a ir para tomar café? ¿Qué paduano iría a otro lugar para hacerlo?

Le encontramos sentado en la terraza que hay en uno de los extremos del edificio. Jamás había visto un viejo de aspecto más jovial. Tenía la cara roja y atezada, con unos mostachos blancos, cuyas guías apuntaban valientemente hacia arriba, y una gran perilla también blanca, al gran estilo del Risorgimento y semejante a la de Víctor Manuel II. Debajo de las cejas blancas y alborotadas, y en medio de mil arrugas finísimas, destacaban los ojos, castaños y brillantes como los de un jilguero. Tenía larga la nariz, y daba ésta la sensación de ser un órgano de mayor utilidad que el que corrientemente poseemos los seres humanos. Parecía especialmente creada para oliscar judicialmente con gran sagacidad los misterios de la ley, para olfatear con delicadeza las cosas más cultas. Era un hombre fuerte y corpudo. Estaba sentado en su silla, dando una enorme sensación de solidez, con las piernas abiertas y las manos sobre el puño de su bastón, exhibiendo su oronda barriga con dignidad: con impresionante nobleza, he estado a punto de escribir. Estaba vestido de hilo blanco, pues aún perduraba el calor, y llevaba su sombrero gris de anchas alas inclinado coquetonamente sobre la ceja izquierda. Daba verdadero gusto verle. Era un hombre completo, perfecto en su tipo.

El conde joven me presentó:

—Es un caballero inglés, signor…

—Uuslei —dije, pues la experiencia me tenía enseñado que eso era lo más parecido a mi verdadero nombre que lograría que me llamaran en Italia.

—El signor Uuslei —continuó diciendo el teniente— es un artista.

—Bueno, verá; un artista…, lo que se dice un artista, no.

Pero no me dejó acabar.

—Además, le interesa mucho el arte antiguo. Le voy a llevar mañana a Dolo para que vea los frescos. Estoy seguro de que le gustarán.

Nos sentamos junto al conde, quien, luego de examinarme con ojos escrutadores, asintió con un gesto de la cabeza.

—Benissimo —dijo; y luego añadió—: Esperemos que pueda usted ayudarnos a venderlos.

Me quedé atónito. Miré hacia el teniente, y vi que miraba a su padre con gesto malhumorado. El viejo había dicho, evidentemente, alguna inconveniencia. Advirtió el gesto de su hijo y se lanzó alegremente por otro camino:

—La ardiente fantasía de Tiépolo —comenzó con retórica rotunda—, el esplendor fresco y sin pasión de Veronés… En Dolo podrá usted apreciar el contraste entre ambos…

Estuve escuchando atentamente mientras el aristócrata desarrollaba los sonoros períodos de lo que era, de manera patente, un discurso puramente académico. Así que hubo acabado, se levantó su hijo, que tenía que estar en el cuartel a las dos y media. Yo también hice ademán de despedirme, pero el conde me puso una mano sobre el brazo y me dijo:

—Quédese conmigo. Me encanta hablar con usted.

Como él no había dejado de hablar desde que llegué, le creí sin dificultad. Con gesto parecido al de una señora que se recoge la falda para que no la mancille el barro (y corrían tiempos en los que aún era preciso recoger las faldas), el teniente alzó el sable y se alejó con apostura marcial, magnífica y estudiada, como un militar de teatro, hasta que le perdimos de vista en la soleada lejanía.

Los ojillos brillantes y de pájaro de su padre le siguieron durante un buen rato:

—Es un buen muchacho, Fabio —me dijo—, un buen hijo.

Hablaba con acento cariñoso, pero me pareció apreciar también en su voz un matiz de soma irónica. Dijérase que había añadido: «Pero los buenos muchachos son, después de todo, tontos, precisamente por su bondad». No obstante mi pedante filosofía, que me hacía estar por encima de tales cosas, el viejo me inspiró una gran curiosidad. Y él, por su parte, no era hombre que permitiese que nadie que estuviera en su compañía permaneciese mucho tiempo en solitario aislamiento. Insistió en que me interesara por sus asuntos personales y me los contó todos, o por lo menos, algunos de ellos—, dando suelta a sus confidencias con la más extraordinaria carencia de reserva. Y es que, después del amigo íntimo, el perfecto desconocido es el confidente ideal. No hay ningún viajante de comercio cuyo aspecto no sea marcadamente antipático, que en sus horas de tren, en las veladas pasadas en los salones de los hoteles comerciales, no se haya encontrado escuchando miles de secretos personales: y esto ocurre hasta en Inglaterra. En Italia…, ¡qué cosas tendrán que escuchar los viajantes de comercio en Italia! Incluso yo, extranjero, que hablo mal el italiano y me doy pésima maña para hablar con un desconocido, he oído muy extrañas confesiones en los coches de segunda clase de los ferrocarriles de ese país. También allí, en la terraza del «Pedrochi», iba a escuchar revelaciones peregrinas. Había quedado entreabierta una puerta, y por su resquicio iba a permitírseme ver escenas de la vida de personas desconocidas.

—No sé lo que haría sin él —continuó el viejo—; de veras que no lo sé. Es admirable cómo administra la finca.

De esto pasó a hablar detalladamente de la estupidez de los campesinos, de la incompetencia y falta de honradez de los intendentes, del mal tiempo, de lo mucho que se extendía la filoxera, de la carestía de los abonos. Todo esto me lo explicó para acabar por decir que desde que Fabio se había hecho cargo de la administración de las tierras todo había ido a pedir de boca; hasta el tiempo había mejorado.

—Es un gran descanso para mí —terminó diciendo— el saber que está al cargo de toda una persona de la cual me puedo fiar, con lo cual puedo estar completamente tranquilo. Esto me da libertad para ocuparme en cosas más importantes.

No pude remediar el sentir gran curiosidad por saber la naturaleza de esas cosas más importantes; pero me pareció que sería impertinencia notoria el preguntarlo. En lugar de esa pregunta hice otra de índole más práctica:

—¿Y qué va a pasar cuando los deberes militares de su hijo le obliguen a irse de Padua?

Me guiñó el conde un ojo y apoyó con gran calma el dedo índice contra el costado de su larga nariz. Fue un gesto admirable por su muda elocuencia.

—No le destinarán fuera —dijo—; ya está arreglado. Una pequeña combinazione, ¿comprende? Tengo un amigo en el Ministerio. Los deberes militares de mi hijo le harán residir en Padua siempre.

Sonrió y volvió a guiñarme.

No pude reprimir la risa, y el conde me acompañó con unas joviales carcajadas, con las que expresó su íntima satisfacción y se aplaudió a sí mismo. No me cupo duda de que estaba muy orgulloso de su pequeña combinazione. Pero aún más orgulloso estaba de su otra combinación, acerca de la cual comenzó a hablarme entonces, inclinándose sobre la mesa confidencialmente. Y evidentemente era la más astuta de las dos.

—Y no son solamente sus deberes militares los que le harán quedarse en Padua —me dijo con gesto de admonición hecho con el mismo dedo de muy amarillenta uña que antes estuvo paraledo a la nariz—, sino también sus deberes familiares. Está casado. Le casé yo.

Se recostó en la silla y se quedó contemplándome y sonriendo. Las arruguillas que rodeaban sus ojos parecieron cobrar vida propia.

—Ese muchacho, me dije, conviene que siente la cabeza. Si no tiene un nido, volará. Si no tiene raíces, correrá. Y entonces su pobre padre se quedará en mala situación. Luego lo mejor es que se case. Tiene que casarse. E inmediatamente.

Volvió a jugar en el aire el elocuente índice. La historia era larga. Su antiguo amigo el Avvocato Monaldeschi tenía doce hijos, tres varones y nueve hembras. En este momento se perdió en una larga digresión acerca del tamaño de las buenas familias católicas. La hija mayor tenía justamente la edad que le convenía a Fabio. Naturalmente, carecía de fortuna; pero era una buena muchacha, y además bonita, bien educada y buena cristiana. Esto último era esencial, pues para que el plan lograra el éxito, Fabio debía tener familia numerosa, con objeto, me explicó el conde, de tenerle atado con mayor seguridad; y con esas chicas modernas, educadas al margen de la religión, nunca se puede estar seguro de que decidan ser madres. Una vez elegida la muchacha, fue menester que Fabio se fijara en ella. Realmente, el problema fue como el de llevar el caballo al abrevadero y de obligarlo a beber. ¡Ah, la cosa era peliaguda y delicada! ¡Ya lo creo! Pues Fabio era extremadamente celoso de su independencia y testarudo como una mula. No toleraba que nadie se inmiscuyese en sus asuntos, ni que nadie pretendiera inclinarle a hacer algo que no le apeteciera. Era tan quisquilloso y tan obstinado, que muchas veces dejaba de hacer cosas que le apetecían porque alguien se lo había indicado. Y, por tanto, me sería fácil imaginarme, me dijo el conde extendiendo las manos ante sí, lo muy delicado y difícil que el asunto había sido. Únicamente el más consumado diplomático podía llevarlo a cabo con felicidad. El conde logró el éxito procurando que los dos muchachos se vieran con frecuencia, y hablando sin cesar de la imprudencia que es casarse muy joven, de la inutilidad de las esposas sin fortuna, y de lo poco deseable que son las mujeres que no tienen sangre noble. El plan tuvo un éxito admirable. A los cuatro meses eran novios; seis meses bastaron en total para casarlos. A los diez meses de casados llegó el primer hijo. Ya estaba sujeto, ya no se escaparía, me dijo el conde sonriendo con guasa. Y me pareció estar escuchando la risita de algún tirano de pelo blanco del quattrocente, que se complacía en el éxito de algún plan ingenioso para lograr alguna finalidad poco fácil: la rendición innecesaria de alguna ciudad rica, el engaño con palabras falsas de algún enemigo peligroso para hacerle caer en la trampa: «¡Pobre Fabio!», pensé; y también: «¡Qué desperdicio de talento!».

El conde continuó diciéndome que Fabio ya no se iría. No se parecía a su hermano pequeño, Lucio. Lucio era un tunante, un furbo, un ladino; no tenía conciencia. Pero Fabio… ¡ah, Fabio! Fabio tenía ideas firmes acerca de sus deberes, y vivía de acuerdo con ellas. Una vez que había dado su palabra, la cumplía por encima de todo, con verdadera obstinación, con la testarudez de una mula característica de su carácter. Ahora vivía en la finca, en la gran casa de las pinturas, en Dolo. Venía a Padua tres veces por semana para atender a sus deberes de militar, y dedicaba todo el resto del tiempo a la finca, la cual producía más que nunca. Aunque, se quejó el conde, no era gran cosa, así y todo. Pan, aceite, vino, leche, pollos, carne…, de eso producía abundantemente y hasta de sobra. Fabio podría tener cincuenta hijos sin miedo de que pasaran hambre. Pero ¿dinero? Dinero, poco; muy poco.

—Ustedes los ingleses —continuó el conde— son ricos; pero nosotros, pobres italianos…

Sacudió la cabeza lastimeramente.

Durante los siguientes quince minutos me dediqué a tratar de convencerle de que no todos los ingleses éramos millonarios. Pero todo fue inútil. Mis cifras estadísticas, basadas en los recuerdos bastante vagos que conservaba de las obras de los señores Sidney Webb, no le convencieron en absoluto. Acabé por dejarle como cosa perdida.

A la mañana siguiente, Fabio se presentó a buscarme en mi hotel en un «Fiat», grande, anticuado y ruidoso. Era el coche de la familia, que para todo servía, abollado, arañado y deslucido como consecuencia de muy largos años de fieles servicios. Fabio conducía con fácil brillantez y audacia. Salimos de la ciudad a disparatada velocidad, yendo de un lado a otro de las calles estrechas y sinuosas, despreciando todas las reglas municipales, de una manera tal que en Inglaterra, país pedante, nos hubiera supuesto por lo menos una multa de cinco libras y una nota desfavorable en el permiso de conducir. Pero en Italia, los carabinieri, paseando gravemente en parejas por debajo de los soportales, nos permitieron continuar nuestro camino sin hacer ningún comentario desfavorable o favorable. Después de todo, ¿qué más da ir por la izquierda que por la derecha?

—¿Por qué va usted sin silenciador? —aullé para hacerme oír, a pesar del ruido espantoso del motor.

Fabio se encogió ligeramente de hombros y respondió:

E piu allegro cosí.

No dije nada. No era nada probable que un inglés, víctima de sus nervios destrozados, hallase comprensión en un hombre de esa raza espartana que goza con el ruido y disfruta con las incomodidades.

Pronto dejamos atrás la ciudad. Arrastrando tras nosotros una movediza cola de polvo blanco, y con el motor atronando en sus explosiones, semejantes a las de una batería de ametralladoras, corríamos vertiginosamente por la carretera de Fusina. A ambos lados de la carretera se extendían las llanuras cultivadas. Hondas cunetas bordeaban la carretera, y en lugar de los setos acostumbrados en Inglaterra, dos hileras de arbolillos muy podados acompañaban a la carretera unidos por parras que se enroscaban en ellos y formaban graciosas guirnaldas. Blancos de polvo, hojas, racimos y sarmientos colgaban de los árboles como delicadas obras de orfebre trabajadas en metal esmerilado, como bellos conjuntos de frutas y de hojas que rebosasen de una inmensa fuente de plata. Continuamos nuestro camino sin disminuir la velocidad. Pronto apareció a nuestra derecha el río Brenta, sumido entre los altos taludes de su canalización. Y llegamos a Strá. A través de puertas enriquecidas con fantásticos adornos estucados y de túneles de sombras mezcladas de luz, contemplamos una y otra vez, durante fugaces segundos, el corazón del Parque. Luego, las estatuas de la villa nos saludaron instantáneamente desde el tejado, recortadas contra el cielo…, y pasamos. Continuó la carrera desatentada. De trecho en trecho, unas veces a la izquierda y otra a la derecha del río, pude contemplar, si es que el verbo fuera compatible con nuestra rauda marcha, mansiones encantadoras, alegres y brillantes a pesar de su deterioro. Lindas casitas barrocas se asomaban por encima de las tapias para vernos pasar; y a través de las grandes verjas, al fondo de las avenidas de cipreses de cabello empolvado, las fachadas, frívolas y artificiales, se alzaban en aparente contradicción de todas las reglas, y con gesto de alegría. Me hubiera gustado hacer el viaje más despacio, pararme aquí y allá, para mirar y saborearlo todo tranquilamente; pero a Fabio le parecía una humillación rodar a menos de setenta kilómetros por hora, y hube de contentarme con atisbos apresurados y precarios. Mientras avanzábamos sacudidos violentamente a la cabeza de la desoladora columna de polvo blanco, reflexioné que en aquellas casas era donde Casanova solía pasar sus temporadas de verano, seduciendo sirvientas, aprovechándose de marquesas aterradas en las calêches durante las tormentas, burlando a crédulos senadores venecianos de edad provecta con sus habilidades quirománticas y su magia negra. ¡Admirable y feliz tunante! A pesar de mi supuesta indiferencia filosófica, no pude reprimir la envidia. Y después de todo, ¿qué era tal indiferencia, sino expresión disfrazada de la envidia que el éxito y las audacias de Casanova han de despertar en los tímidos, en los que desconfían de sí mismos? Si vivía yo en «espléndido aislamiento», era ello debido a que carecía de la audacia necesaria para guerrear, y hasta para acordar alianzas comprometedoras. Estaba ocupada mi mente en estos agradables pensamientos de autocondena, cuando nos detuvimos ante una verja inmensa e impresionante. Fabio hizo sonar la bocina impacientemente; se oyeron pasos apresurados, ruido de cerrojos que se descorrían, y giró sobre sus goznes la verja. Al final de una corta avenida, se alzaba la casa, grande, austera, grave y recatada. Era notablemente más vieja que las villas que había visto en el camino. Su fachada estaba exenta de toda frivolidad y exuberancia pomposa. Era, sencillamente, un gran cubo de ladrillo estucado, con un porche al que daban acceso unos escalones, y coronado por la pesadumbre de un gran frontón. En una balaustrada por encima del friso se alineaban rígidas estatuas. Era de corrección, casi diría que de frialdad, dórica. Fabio detuvo el coche ante el pórtico. En lo alto de la escalinata nos aguardaba una mujer joven, con un niño de pelo rojizo en sus brazos. Eran la condesa y el hijo y heredero.

La condesa me produjo una excelente impresión. Era alta y delgada, dos o tres pulgadas más altas que su marido, y tenía el pelo oscuro, peinado hacia atrás y recogido en un moño que descansaba sobre la nuca; los ojos los tenía oscuros, de mirada vaga, brillantes y melancólicos, como los de un animal manso; y su tez era morena y transparente como el ámbar. Era de talante apacible y tranquilo; gesticulaba muy rara vez y jamás la oí alzar la voz. Y en realidad hablaba muy poco. El viejo conde me había dicho que su nuera era muy religiosa, y al verla lo creía sin dificultad. Miraba con la expresión tranquila y remota de las personas de rica vida interior.

Fabio besó a su mujer, y luego, inclinándose hacia su hijo, puso un gesto feroz y rugió como un león. Pretendió aquello ser una muestra de cariño, pero la infeliz criatura se apretó aterrada contra su madre. Fabio se echó a reír y le dio un pellizco en la oreja.

—No le hagas rabiar —dijo la condesa—; le vas a hacer llorar.

Fabio se volvió hacia mí:

—Ésa es la consecuencia de dejar al chico en manos de mujeres. Llora por todo. Vamos a entrar. Usamos solamente dos o tres cuartos del piso bajo y la cocina, que está en el sótano. El resto de la casa está sin habitar. La verdad es que no comprendo cómo la gente de antes se las arreglaba para mantener sus palacios.

Se encogió de hombros y todos entramos en la casa por una puerta que había a la derecha.

—Esta habitación —me explicó Fabio— es nuestro salón y nuestro comedor al mismo tiempo.

Era una estancia grande y bella, de nobles proporciones —un doble cubo, supuse—, con puertas bordeadas por adornos de mármol esculpido y una chimenea espléndida, a la que daban guardia dos ninfas, sobre cuyos hombros descansaba la parte superior, adornada por escudos de armas y guirnaldas igualmente esculpidas sobre el mármol. Sobre un gracioso montón de cornucopias y panoplias aparecían muy cómodamente reclinadas unas diosas, y amorcillos como querubines se revolcaban juguetones o volaban. El mobiliario era una extraña mezcolanza. Alrededor de una mesa del siglo XVI, que pudiera describirse como un edificio griego en madera, se veían ocho sillas del estilo vienés de 1905, cuando la secesión. Un gran reloj de cuco, en forma de casita y venido de Berna, estaba colgado de la pared entre dos vitrinas de nogal, con columnas y frontones que les daban aspecto de templo, y con marciales estatuillas de clara madera de boj entre las columnas. No menos sorprendentes eran los cuadros de las paredes y las cretonas que cubrían los sillones. No obstante, expresé diplomáticamente la gustosa admiración que me causaba todo cuanto contenía la habitación, antiguo o moderno.

—Y ahora —dijo Fabio— vamos a ver los frescos.

Le seguí por una de las puertas rodeadas de mármol y me encontré en el gran vestíbulo central de la casa. El conde se volvió hacia mí y dijo:

—¡Ahí los tiene!

Sonreía con la expresión triunfal de quien ha logrado sacar limpiamente un conejo de un sombrero vacío. Y, ciertamente, el espectáculo era asombroso.

Las paredes del inmenso vestíbulo aparecían totalmente cubiertas de frescos, que no era preciso poseer gran juicio crítico ni gran pericia para comprender que eran auténticas obras de Veronés. La identidad del autor era evidente, palpable. ¿Quién sino él fuera capaz de pintar aquellos ondulantes y armoniosos grupos de figuras en tan espléndido escenario arquitectónico? ¿Quién sino Veronés pudiera combinar tal esplendor con tal frescura, tan extravagante riqueza con tan exquisita suavidad?

—E grandioso! —dije.

Y, en efecto, lo era. Grandioso; no había otra palabra. Una arquería rica y triunfal rodeaba el vestíbulo por entero. Cada lienzo de pared tenía tres o cuatro arcos, y a través de ellos se contemplaba un jardín. Contra un fondo de cipreses y estatuas y de lejanas montañas, grupos de damas y gentiles caballeros venecianos mostraban su porte grave. Bajo uno de los arcos, tañían instrumentos diversos; bajo otro, sentados en rededor de una mesa, brindaban con copas de vino rojo, que un negrito vestido con librea verde y amarilla les servía de un jarro de plata. El arco siguiente los mostraba contemplando la lucha entre un mono y un gato. En la pared de enfrente, un poeta leía sus versos, y junto a él, Veronés en persona —el autorretrato no dejaba lugar a dudas—, en pie ante su caballete, pintaba el retrato de una rubia opulenta vestida de seda rosa. A los pies del pintor estaba echado su perro; dos loros y un mono aparecían sentados en la balaustrada que se veía al fondo.

Lo contemplé todo con delicia.

—¡Qué maravilloso poder llamar suyo todo esto! —exclamé arrebatado por mi entusiasmo—. Créame que le envidio.

El conde hizo un gesto, sonrió, y dijo:

—¿Quiere usted que vayamos a ver los Tiépolos?

Atravesamos un par de alegres estancias pintadas por Carpioni (sátiros persiguiendo ninfas en un bosque romántico, y, al borde de una marina, extravagantes escenas amorosas entre centauros y nereidas) para entrar por una puerta en ese universo rutilante, a la vez delicado y de violencia sin mesura, selvático y sutilmente ordenado que creó Tiépolo en los últimos tiempos de la pintura italiana de manera magistral y mágica. Era la historia de Eros y Psiquis. Cubría los muros de tres grandes habitaciones y se desbordaba por los techos, en donde por cielos de un pálido azul salpicado de nubes blancas y doradas, las oportunas deidades se balanceaban, zambulléndose en el vacío o ascendiendo a las alturas empíreas con ese aire de encontrarse muy a gusto y en su elemento, que solamente encontramos en la Naturaleza al contemplar los peces y quizás algunos pájaros e insectos alados.

Fabio se había vanagloriado en Padua de que era capaz de permanecer ante una pintura más tiempo que cualquier extranjero. Pero tanto duró mi admirada contemplación de aquellas refulgentes fantasías, que acabó por perder la paciencia.

—Quería enseñarle a usted la granja antes de comer —me dijo mirando su reloj—. Tenemos justo el tiempo preciso.

Le seguí a disgusto.

Vimos las vacas, los caballos, el toro, los pavos. Vimos los almiares, altos y finos, como cigarros puros puestos en pie. Vimos los sacos de trigo en el granero. Como no encontrara yo comentario alguno que hacer, le dije que me recordaban los sacos de trigo en los graneros ingleses. Mi observación le pareció admirable.

Las dependencias de la granja daban a un inmenso patio común a todas. Ya habíamos explorado tres lados de aquella gran plaza, y nos dirigíamos al cuarto, formado por un edificio largo y achatado, cuya fachada era una larga arquería. Vi a través de los arcos redondos que estaba completamente vacío.

—Y esto… ¿qué es? —pregunté.

—No es nada —respondió—. Pero puede llegar a ser, quizá…, chi sa?

Permaneció un momento en silencio, ceñudo y reflexivo, con una expresión en su semblante parecida a la de Napoleón en Santa Elena, soñando con el futuro, llorando las oportunidades pretéritas, perdidas para siempre. Aquella cara pecosa, generalmente verdadera luminaria de alegría, se tomó sombría de manera incongruente. Y de súbito estalló. Diose a maldecir de su vida, a imprecar a su suerte, a expresar los vehementes deseos que le embargaban de irse de allí y poder hacer algo útil en lugar de malgastar su vida de aquella manera.

Yo le escuché en silencio, expresando de cuando en cuando mi condolencia con ruidos inarticulados. ¿Qué podía hacer que no fuera eso? Y de pronto descubrí, con profundo malestar, que sí podía hacer algo, y que se esperaba de mí que lo hiciera. El conde me pidió que le ayudara a vender los frescos. Como artista que era, no le cabía duda de que estaría relacionado con ricos mecenas, con museos, con millonarios. Yo había visto los frescos; podía recomendar su adquisición con la conciencia tranquila. Me recordó los modernos métodos perfeccionados que hay para traspasar frescos a una tela. No sería difícil pasarlos desde los muros a unos rollos de lienzo y luego llevarlos a Venecia. Desde allí sería la cosa más fácil del mundo sacarlos del país de contrabando a bordo de un barco y llevarlos a dónde se deseara. En cuanto al precio, si pudiera conseguir un millón y medio de liras, mejor; pero estaba dispuesto a aceptar un millón; y hasta setecientas cincuenta mil liras. Y me daría una comisión del diez por ciento…

Y ¿qué haría una vez vendidos los frescos? El conde sonrió triunfante. Para empezar, convertiría aquel edificio vacío en una fábrica moderna de quesos. Podía lanzar el negocio con medio millón, y empleando luego mano de obra barata de las mujeres campesinas de la región, estaba seguro de obtener beneficios desde el primer momento. Según sus cálculos, al cabo de dos años estaría ganando de ochenta a cien mil liras con los quesos. Y entonces, ¡ah, entonces!; entonces sería independiente, podría irse de allí, recorrería el mundo. Se iría al Brasil o a la Argentina. Los hombres decididos que disponen de capital, siempre se abren camino en esos países. Visitaría Nueva York, Londres, Berlín, París. Podría hacer todo cuanto quisiera.

Pero por el momento los frescos continuaban en sus muros. Bellos, magníficos, indudablemente (y el conde me recordó que era apasionado amador de las artes), pero inútiles, un enorme capital congelado, convertido en yeso, sin ventaja alguna, completamente desperdiciado. Mientras que su fábrica de quesos…

Regresamos lentamente hacia la casa.

Volví a Venecia al año siguiente, en setiembre de 1913. Tengo la impresión de que aquel año hubo en Venecia más parejas alemanas en su luna de miel, más grupos de turistas germanos con mochila que en ningún otro momento. Sea como sea, su abundancia se me antojó a todas luces excesiva. Hice mi maleta y tomé el tren para Padua.

No fue mi propósito volver a ver al joven Tirabassi. En realidad, no estaba seguro de cómo me acogería. Pues, que yo supiera, los frescos continuaban sobre sus muros, y la fábrica de quesos seguía siendo un proyecto remoto, un plan fantástico. Le había escrito más de una vez diciéndole que estaba haciendo todo lo posible, pero que en aquellos momentos…, etc., etc. Y no es que nunca hubiera tenido grandes esperanzas de éxito. Le dije, en primer lugar, que el número de millonarios que contaba entre mis amistades era reducido, que no conocía a un solo director de museo y que no tenía relación alguna con los tratantes internacionales en obras de arte. No obstante, la fe que el conde tenía en mí continuó tan grande como siempre. Creo que la confianza que tenía puesta en mí se debía a mi sombrero mexicano. Pero después de todas aquellas cartas, y teniendo en cuenta el mucho tiempo que había pasado, era probable que le pareciera que yo le había fallado, que le había engañado hasta cierto punto. Por esto no hice nada para dar con él. Pero la suerte contrarió mi propósito. Solamente llevaba tres días en Padua cuando me encontré con él en la calle. O, mejor dicho, fue él quien me encontró.

Eran casi las seis de la tarde y había ido dando un paseo hasta la Piazza del Santo. A esa hora, cuando la luz vespertina toma un rico colorido y las sombras se toman largas y oscuras, la gran iglesia, con sus cimborrios, torres y campanarios, adquiere un aspecto más oriental y fantástico que nunca. Había ya dado la vuelta completa a la iglesia y me encontraba al pie de la estatua de Donatello, contemplando al adusto hombre de bronce y el poderoso bracear del bruto, cuando me di cuenta de que alguien se encontraba detrás y muy cerca de mí. Di un paso al lado y me volví. Era Fabio, con aquella su admirable expresión de cura protestante que contempla una obra de arte. Estaba mirando la estatua, con la boca entreabierta y un gesto absorto de paz, estático. Me eché a reír.

—¿Tenía yo esa cara? —le pregunté.

—Exactamente —contestó riendo también—. Le he estado observando a usted hace diez minutos, admirando la iglesia. ¡Ah, los ingleses…! La verdad… —sacudió la cabeza.

Fuimos paseando lentamente por la Vía del Santo, charlando.

—Siento mucho no haber podido hacer nada en el asunto de los frescos, pero es que…

Le di las explicaciones que me parecieron bien.

—Tal vez algún día…

Fabio conservaba sus esperanzas.

—¿Cómo está la condesa?

—Muy bien —respondió—, si se tiene en cuenta… Sabrá usted que tuvo un niño tres o cuatro meses después de que usted vino a visitarnos.

—¿Sí?

—Está esperando otro.

Me pareció que hablaba con cierta pesadumbre. Volví a admirar la sagacidad del viejo conde. Pero lamenté que su hijo no encontrara un campo más rico en el cual desarrollar sus actividades y ejercitar su talento.

—¿Y su padre? —le pregunté—. ¿Le encontraremos sentado en «Pedrochi», como de costumbre?

Fabio se echó a reír.

—No; no le encontraremos —dijo—. Ha volado.

—¿Volado?

—Se ha ido; se lo ha tragado la tierra; ha desaparecido.

—Pero… ¿adónde ha ido?

—¡Cualquiera lo sabe! Mi padre es como las golondrinas. Viene y se va. Todos los años ocurre lo mismo. Pero sus hábitos migratorios son irregulares. A veces desaparece en primavera; a veces, en verano; a veces, en otoño. Una mañana entra su criado a despertarle como de costumbre… y ha desaparecido. Desaparece como si hubiera muerto. Pero no. Ni mucho menos.

Fabio rió, y continuó:

—A los dos o tres meses, vuelve de repente, y llega como si viniera de dar un paseo por el Jardín Botánico. «Buenas tardes, buenas tardes».

Fabio imitó la voz de su padre, y se atusó las guías de un bigote imaginario.

—¿Cómo está tu madre? ¿Y las niñas? ¿Y Lucio? ¿Qué tal se presentan este año las uvas? ¿Quién diablos ha metido todas estas cosas en mi despacho?

Se interrumpió, lanzando un rugido de indignación, que hizo que varios transeúntes de la Vía Roma se volvieran hacia nosotros, asombrados.

—Bueno, pero ¿adónde va?

—No se sabe. Hubo un tiempo en que mi madre se lo solía preguntar. Pero era inútil. «Ascanio, ¿en dónde has estado?», le preguntaba; y él respondía: «La cosecha de aceitunas va a ser mala este año». Y si mi madre insistía, montaba en cólera y comenzaba a dar porrazos. ¿Tomamos el aperitivo?

La puerta abierta de «Pedrochi» nos convidaba a entrar. Lo hicimos, escogimos una mesa apartada y nos sentamos.

—¿Y no tiene usted ninguna teoría acerca de lo que hace cuando desaparece?

—¡Ah! —y Fabio, imitando el elocuente gesto que yo admiré en su padre, se colocó un dedo junto a la nariz y guiñó un ojo.

—¡Cómo! ¿Quiere usted decir que…?

Fabio asintió con un gesto y dijo:

—Hay una viudita aquí, en Padua… —Fabio trazó en el aire con el dedo una línea ondulante—. Guapa, Benita de carnes. Ojos negros. He podido observar que desaparece de Padua cuando a mi padre le dan sus ataques migratorios. Claro que puede ser una coincidencia…

El camarero nos trajo el vermut. Fabio tomó un sorbo con aire pensativo. Desapareció de su semblante la alegría, como muere la luz en una lámpara que se apaga.

—Y mientras tanto, aquí estoy yo —continuó diciendo lentamente y con voz alterada—. Aquí me quedo cuidando de la finca, para que mi padre pueda recorrer el mundo con su palomita, la sita colombella —la expresión me pareció feliz—. Sí, sí; la cosa tiene gracia. ¡Qué duda cabe! Pero no está bien. Si yo no estuviera casado, dejaría todo esto y me iría a probar fortuna en algún otro sitio. Le dejaría que se encargase él de todo. Pero con una mujer y dos hijos, dentro de muy poco tiempo tres hijos, ¿cómo me voy a lanzar a la aventura? Aquí, por lo menos, tenemos comida abundante. Mi única esperanza es poder llegar a vender los frescos.

Lo cual quería decir que su única esperanza era yo. Me dio lástima el hombre.

En la primavera de 1914 mandé a dos americanos ricos a ver la casa de Fabio. Ninguno de los dos hizo oferta de compra de los frescos. Me hubiera asombrado lo contrario. Pero su visita le dio a Fabio grandes esperanzas. «Me parece —me escribió— que la cosa se mueve. Estos dos americanos volverán a su tierra y les contarán a sus amigos lo que han visto. Dentro de poco toda una procesión incesante de millonarios vendrá a ver los frescos. Mientras tanto, mi vida sigue igual. O más bien, peor. Mi nueva hijita, a quien hemos puesto Emilia de nombre, nació el mes pasado. Mi mujer lo pasó muy mal, y aún no está bien, lo cual es muy molesto». Se me antojó extraña la calificación; pero pronto la comprendí, recordando que la carta era de Fabio. Pues era éste, uno de esos hombres rebosantes de salud para quienes las enfermedades, de cualquier clase que sean, tienen algo de misterio inexplicable y son, sobre todo, aburridas e irritantes. «Anteayer volvió a desaparecer mi padre. Aún no he tenido tiempo de averiguar si también ha volado la Colombella. Mi hermano Lucio ha conseguido sacarle una motocicleta, lo que es más de lo que yo he logrado en toda mi vida. Pero es que yo no sé, como él, andar dando vueltas y más vueltas, con gran diplomacia, para conseguir una cosa. He estado estudiando con todo detalle lo de la fábrica de quesos durante estos últimos meses, y no estoy seguro de que no sería mejor negocio poner una fábrica de seda. La próxima vez que venga usted le explicaré el asunto más detalladamente».

Pero había de pasar mucho tiempo antes de que yo volviera a Padua y a ver a Fabio. La guerra interrumpió mis visitas anuales a Italia, e incluso después que hubo acabado varios motivos me estorbaron el ir al Sur todo lo pronto que yo hubiera deseado. Hasta el otoño de 1921 no volví a tomar el expreso de Venecia.

Me encontré en una Italia nueva para mí hasta cierto punto, una Italia en la cual reinaba la violencia y se derramaba sangre abundante. Fascistas y comunistas continuaban todavía luchando. Rugiendo en vanguardia de largas columnas de polvo, los camiones, cargados de muchachos que cantaban, recorrían el país en busca de aventuras y de bolcheviques ocultos. Mientras pasaban, los transeúntes se detenían respetuosamente. Y de en medio del torbellino polvoriento, por encima de los rugidos de los motores, se escuchaban algunas estrofas traídas por el viento; Giovinezza, giovinezza, primavera di bellezza… ¿En qué país, excepto Italia, fuera posible poner semejante letra a una canción política? Y las proclamas, los manifiestos, las denuncias y los llamamientos patrióticos… Todas las vallas y muros estaban cubiertos de ellos. Desde la estación hasta «Pedrochi» pasé por toda una biblioteca de tales cosas. «¡Ciudadanos! —decían poco más o menos—. Un viento heroico reanima hoy el alma medio asfixiada de nuestra desgraciada Italia, envenenada por las emanaciones ponzoñosas del bolcheviquismo y revolcándose con innoble humillación a los pies de las Naciones…». Y casi todas ellas terminaban con referencias a Dante. Las leí con gusto infinito.

Por fin llegué al café de «Pedrochi». En la terraza, sentado exactamente en la misma esquina en donde le vi por última vez, ya hacía muchos años, estaba el viejo conde. Cuando le saludé, me miró sin reconocerme. Comencé a explicarle quién era; pero casi inmediatamente me interrumpió, asegurándome que se acordaba de mí perfectamente. No quedé muy convencido de ello, y más bien me pareció que le era humillante confesar que le fallaba la memoria. Me invitó a sentarme a su mesa.

En un principio, al verle desde lejos, me pareció que el conde no había envejecido en absoluto desde el día en que le conocí. Pero me equivoqué. Desde la calle únicamente pude ver la picaresca inclinación de su sombrero, el erguido bigote y la perilla, las piernas abiertas, la noble protuberancia de su barriga. Pero ahora le podía mirar de cerca y despacio, y vi que el hombre había cambiado mucho. La cara que vi debajo del sombrero graciosamente ladeado estaba amoratada y denotaba una salud precaria; la carne de la cara estaba fláccida y le formaba bolsas. Sobre el blanco de los ojos, descolorido y como herrumbroso con el pasar de los años, se veían venillas rojizas. Y los ojos parecían contemplarlo todo con desinterés. La espalda estaba encorvada, como bajo la pesadumbre de una carga, y cuando se llevó la taza a los labios, le temblaba tanto la mano que derramó unas gotas de café sobre la mesa. Ahora era un viejo, un viejo agotado.

—¿Cómo está Fabio? —le pregunté.

—¿Fabio? Pues muy bien. Ya tiene seis hijos.

Pero lo dijo sonriendo, sin ninguna malicia. Parecía haber olvidado sus motivos al elegir tan cuidadosamente para su hijo una mujer que prometiera ser madre prolífica.

—Seis —repitió—. Supongo que sabrá usted que en la guerra tuvo una actuación admirable. Los Tirabassis hemos sido siempre buenos soldados.

Comenzó a contarme con gran orgullo las hazañas y los sufrimientos de Fabio. Dos veces herido, citado especialmente en un parte, condecorado varias veces, había ascendido a comandante.

—¿Continúan reteniéndole en Padua sus deberes militares?

El viejo asintió con un gesto, y de repente apareció en su cara algo semejante a su antigua sonrisa.

—Una pequeña combinazione mía —dijo, y dejó oír una risita.

—¿Y la finca?

¡Ah! Iba bien, si se tenían en cuenta las circunstancias. Se echó a perder bastante durante la guerra, mientras Fabio estuvo en el frente. Luego, tuvieron muchos quebraderos de cabeza con los braceros; pero Fabio y sus fascistas estaban arreglando todas esas cosas.

—Con Fabio al timón, no tengo ninguna preocupación.

Y comenzó a contarme de nuevo las hazañas guerreras de su hijo.

Al día siguiente tomé el tranvía de Strá, y después de una hora pasada muy agradablemente en la villa y el parque, fui dando un paseo hasta Dolo. Esta vez tardé mucho en llegar, pues pude detenerme a mi placer para admirar todas las cosas encantadoras que hay en el camino. Advertí que Casanova me parecía un hombre bastante menos envidiable que la última vez que pasé por allí. Tenía yo nueve años más.

La verja estaba abierta. Entré. Allí estaba la casa, adusta y señorial, como siempre; pero más deslucida que cuando la vi por última vez. Las persianas estaban pidiendo una capa de pintura; el revoco se desprendía en escamas. Me acerqué a la casa. Salía de dentro de ella un alegre ruido de risas y gritos infantiles. Supuse que la familia estaba jugando al escondite, o al tren, o quizás a juegos más del momento, como comunistas y fascistas. Según subía la escalinata escuché el ruido de los pies de los niños corriendo por el suelo enlosado; en las habitaciones vacías, el ruido de las carreras y de los gritos alborozados despertaba ecos extraños. De pronto, en el cuarto de la derecha, resonó la voz airada de Fabio:

—¡Por el amor de Dios! ¡A ver si es posible que se callen esos niños endiablados! ¿Cómo quieres que haga cuentas con ese alboroto?

Se hizo un silencio profundo y poco natural. Luego escuché cómo los niños se alejaban de puntillas, algunos de ellos hablando en un susurro. Uno de ellos ahogó una risita nerviosa. Llamé al timbre.

Me abrió la puerta la condesa. Permaneció vacilante unos momentos, sin reconocerme; luego me recordó y me ofreció la mano, sonriente. Pude ver que había adelgazado, y al afilarse su cara, parecían más grandes los ojos. La expresión de éstos era de gran mansedumbre, y tan serena como siempre. Me pareció como si estuviera mirándome desde muy lejos.

—A Fabio le encantará verle a usted —me dijo.

Me condujo por la puerta que había a mano derecha del pórtico hasta el cuarto de estar.

Allí estaba Fabio, mordiendo la punta de un lápiz, sentado a la mesa monumental, que aparecía cubierta de papeles.

Incluso vestido con su uniforme verde de campaña, el conde Tirabassi tenía un aspecto magnífico, como el de un actor vestido de militar. Persistían en su cara las pecas juveniles, pero la vi surcada de arrugas profundas; parecía mucho más viejo que la última vez que le vi, y más viejo de lo que era en realidad. Aquella abierta alegría de su cara, aquel fulgor de su semblante, que recordaba el de una lámpara encendida, habían desaparecido. Su rostro, con la nariz respingona, expresaba una melancolía crónica que resultaba incongruente.

Cuando me vio, la antigua alegría iluminó sus facciones durante un segundo. Creo que se alegró sinceramente de volver a verme.

—Cáspita! —dijo una y otra vez—. Cáspita! —era su exclamación preferida para expresar asombro; una palabra extraña y anticuada—. ¿Quién iba a imaginar que iba a aparecer usted por aquí? ¡Después de tantísimo tiempo!

—Después de la eternidad de la guerra —dije yo.

Pero cuando el primer hervor de su complacida sorpresa hubo pasado, volvió la melancolía a apoderarse de su semblante.

—Casi diría que me entristece volver a verle —me dijo—. ¿Sigue usted viajando, sigue usted con libertad para ir a dónde desea? ¡Si supiera usted lo que es mi vida aquí!

—En cualquier caso —repuse yo, pensando que tenía obligación de hacerle ver que las cosas pudieran irle peor, y lo pensé en obsequio de la condesa—, la guerra ha acabado, y han logrado ustedes evitar una revolución. Eso no es poco.

—Veo que es usted como Laura —dijo él con impaciencia.

Miró hacia su mujer, como si esperara que dijese algo; pero la condesa continuó cosiendo y ni siquiera alzó la vista de su labor. Fabio me cogió del brazo:

—Vamos a dar una vuelta.

La resignación religiosa de su mujer, su paciencia y serenidad le irritaban, lo vi claramente, como si fueran una reprimenda, que aunque tácita y no intencionada le resultaba no menos irritante.

Fuimos andando lentamente hacia la granja por los senderos crecidos de hierbajos que en tiempos de esplendor fueron cuidado jardín. Algunos bojes descuidados crecían al margen del sendero; en otros tiempos estuvieron recortados con acicalamiento. Un Tritón, en académica postura sobre el pilón de una fuente, soplaba un cuerno del que ya no manaba agua. En el otro extremo los participantes en dos escenas de estupro, Plutón y Proserpina, Apolo y Dafne, se debatían desesperadamente siluetados contra el cielo.

—Ayer vi a su padre. Le encontré viejo.

—Lo cual es muy natural. Tiene setenta y nueve años —dijo Fabio con acento asesino.

Comprendí que el tema había llegado a ser demasiado serio para que pudiera ser objeto de una conversación sin trascendencia. Me hubiera gustado preguntar por la Colombella, pero me pareció más prudente no aludir a ella para nada. Me aguanté la curiosidad. Ya estábamos andando a la sombra de los edificios de la granja.

—Las vacas tienen buen aspecto —dije cortésmente, mirando por una puerta abierta.

En la penumbra del establo seis grupas grises manchadas de excremento seco se ofrecían en fila a nuestra vista. Seis largas colas se meneaban con impaciencia de un lado a otro. Fabio se limitó a responder con un gruñido.

—En cualquier caso —comenzó a decir después de un rato de silencio— ya no puede vivir muchos años. Venderé mi parte y me iré a América del Sur, con familia o sin familia…

Aquello era simplemente una amenaza contra su destino. Una amenaza cuya ineficacia no se le podía ocultar. Fabio estaba engañándose a sí mismo para no desesperar.

—Veo —dije aprovechando una coyuntura favorable para cambiar la conversación— que ha puesto usted su fábrica después de todo.

Habíamos llegado al costado más lejano del gran patio. A través de las ventanas del cobertizo bajo y alargado, vacío la primera vez que estuve allí, vi complicadas máquinas, alineadas en dos hileras que iban de uno a otro extremo de todo el edificio.

—Son telares, ¿no? Entonces es que decidió usted dedicarse a la seda y no a los quesos. ¿Y los frescos?

Me volví hacia él. Se apoderó de mí el miedo de que cuando volviéramos a la casa encontraría el gran vestíbulo despojado de la obra de Veronés, y que en donde antes me deleitó la historia de Eros y Psiquis, ahora solamente hubiera un muro blanco y desnudo.

—¿Los frescos? Allí están.

A pesar de la cara apesadumbrada de Fabio, sentí una gran alegría. Fabio continuó:

—Pude convencer a mi padre de que vendiera algunas de sus casas de Padua, y empezamos con los telares hace dos años. Nada más iniciar el asunto, estalló la revolución comunista.

El pobre Fabio tenía mala suerte. Los campesinos se apoderaron de su fábrica y trataron de hacer otro tanto con las tierras. Permaneció en su casa tres semanas sitiado, defendiéndola con veinte fascistas contra la población campesina de los contornos. El peligro ya había pasado, pero las máquinas estaban rotas y, en cualquier caso, no había que pensar en ponerlas en marcha; aún estaba el ambiente demasiado caldeado para ello. Lo que hacía que a Fabio le costara todavía más trabajo el resignarse era que su hermano Lucio, que también logró algo de capital de su padre, se había ido a Bulgaria, en donde lo había invertido en una fábrica de cordones de zapatos. Era la única fábrica de cordones de zapatos que había en el país y Lucio estaba ganando el dinero a montones. Libre como un pájaro, y con una amiguita turca y encantadora.

—Una turca, una vera turca —repetía una y otra vez Fabio sacudiendo la cabeza. La infiel simbolizaba para él todo lo exótico, todo cuanto existía al margen de las convenciones, todo lo que no era doméstico: en suma, todo lo que no era familia, todo lo que no era Padua y la finca.

—Y eran unas máquinas magníficas —dijo Fabio, deteniéndose para mirar durante unos instantes por la última ventana—. No sé si venderlas o si esperar a que pase la tormenta y repararlas —se encogió de hombros con gesto de desesperación—. O si dejar que las cosas sigan así hasta que se muera mi padre.

Doblamos la esquina del gran patio y echamos a andar hacia la casa.

—Algunas veces —añadió pasados unos segundos— creo que no se va a morir nunca…

Los niños estaban jugando en el gran vestíbulo de Veronés. La majestuosa puerta de dos hojas que daba al pórtico estaba entreabierta. Pudimos observarlos durante algún tiempo sin ser vistos por ellos. Toda la familia estaba formada en orden de batalla. Iba en vanguardia un muchacho pelirrojo de diez u once años; le seguía otro de pelo castaño. A continuación iban tres niñas, de tamaño en disminución, como las perlas elegidas de un collar, y cerraba la marcha una criatura de paso aún vacilante, con unos graciosos pantalones azules de hilo. Todos ellos llevaban cañas de bambú al hombro y todos iban cantando en coro y algo desafinadamente unas palabras que repetían una y otra vez al son de una especie de toques de cometa de tres notas; All’armi i fascisti; a morte i comunisti; a basso i socialisti. Según cantaban daban vueltas y más vueltas con persistencia incansable y evidente convicción. El inmenso vestíbulo deshabitado resonaba como una piscina de natación cerrada. Las damas vestidas de seda y los caballeros, impertérritos bajo los arcos triunfales, habitantes de su sereno mundo de fantástica belleza, tañían sus instrumentos, bebían; el poeta trovaba; el pintor, con el pincel suspendido sobre el lienzo, contemplaba su obra; los moros jugueteaban entre las ruinas romanas; los loros dormitaban en la balaustrada. All’armi i fascisti; a morte i comunisti… Me hubiera gustado permanecer allí en silencio, nada más que para ver cuánto tiempo continuarían los niños su desfile patriótico. Pero Fabio carecía de mi curiosidad científica, o si alguna vez la tuvo, se desgastó antes que naciera su último hijo. Después de contemplar un momento el espectáculo, empujó la puerta y entró. Los niños volvieron sus cabezas y enmudecieron inmediatamente. El mal genio de Fabio, combinado con su teoría de la educación a base de hacer rabiar a los niños, había logrado que sus hijos le temieran de manera intensa.

—Seguid, seguid —les dijo.

Pero los niños no quisieron; probablemente no pudieron en presencia de su temido padre. Desaparecieron.

Fabio me condujo alrededor del vestíbulo mostrándome los frescos.

—Mire aquí —me dijo— y mire aquí.

En uno de los lienzos de pared se veían seis o siete balazos. A una de las cornisas pintadas le faltaba un pedazo; una de las damas estaba horriblemente herida en la cara; el paisaje mostraba dos o tres agujeros, y la cola de un mono aparecía cortada por un balazo.

—Obra de nuestros amigos, los campesinos —me explicó.

En las salas de Carpioni no había novedad; los sátiros continuaban persiguiendo a las ninfas. Y en la sala de los centauros y las sirenas los hombres que eran medio caballos seguían galopando tumultuosamente en el mar, para acosar amorosamente a las que eran peces y mujeres por partes iguales. Pero la historia de Eros y Psiquis había sufrido horribles mutilaciones. La exquisita obra pintada por Tiépolo en que se veía a Psiquis mirando a su misterioso amante a la luz de una lámpara, no era más que un borrón mohoso. Y allí donde el joven dios alzaba irritado el vuelo para volver junto a sus parientes olímpicos (los cuales, afortunadamente, seguían flotando incólumes por entre las nubes del techo) ya no se veía más que un desvaído fantasma del Cupido ascendente; y a la llorosa Psiquis, abandonada en la tierra, no se la veía por ninguna parte.

—Obra de nuestros amigos, los franceses —dijo Fabio—. Se alojaron aquí en 1918 y no se tomaron la molestia de cerrar las ventanas cuando llovía.

¡Pobre Fabio! Todo se ponía en contra suya. No se me ocurrió nada que decir para consolarle. Aquel otoño le mandé un crítico de arte y tres americanos, pero sin éxito. Lo que pasaba es que ofrecía demasiado. Si hubiera sido un cuadro, un cuadro siempre es fácil de colocar. Pero ¿qué se podía hacer con una casa llena de frescos como aquéllos?

Fueron pasando los meses. En Pascua del año siguiente recibí otra carta suya. La cosecha de aceituna había sido muy mala. La condesa estaba esperando un niño y no se encontraba nada bien. Los dos niños mayores estaban en cama con sarampión y el penúltimo tenía lo que los italianos llaman «tos de burro». Dudaba mucho de qué mereciera la pena reparar los telares y volver a ponerlos en explotación; el mercado de la seda se mostraba vacilante y no se asemejaba en absoluto al de 1919. Lamentaba no haber persistido en su idea original; la de los quesos. Lucio acababa de ganar cincuenta mil liras gracias a un golpe de suerte en la Bolsa. Pero la turca se le había escapado con un rumano. El viejo conde decaía a ojos vistas; la última vez que le vio Fabio, le había contado la misma anécdota tres veces en diez minutos. Con estas dos últimas buenas noticias, pues supongo que lo eran para él, como dos lucecillas de esperanza que brillasen en medio de las tinieblas que envolvían todo lo demás, Fabio acababa su carta. En verdad que no comprendo por qué se tomaba la molestia de escribirme. Tal vez encontrase una especie de consuelo doloroso en enumerar de aquella manera todas sus calamidades.

Aquel otoño se celebró en Salzburgo un festival musical. Yo no había estado nunca en Austria y la ocasión de visitarla me pareció oportuna. Fui y disfruté extraordinariamente. Salzburgo está de moda. Tiene iglesias barrocas en abundancia; tiene fuentes italianas; sus jardines y palacios imitan con su grandeza teutona y extravagante los jardines y palacios de Roma. Y sobre todo, hay allí un túnel de cuarenta pies de alto, taladrado a través de rocas que se asoman a precipicios, un túnel que únicamente pudo ser concebido por un príncipe obispo del siglo XVII, a ambos extremos del cual se alzan sendos arcos triunfales, con pilastras, tímpanos quebrados, estatuas y escudos, todos ellos labrados en la roca viva; obra maestra de la tunelería, y en una ciudad en la cual todo, sin ser verdaderamente de valor, es «divertido»; lo más divertido de cuánto contiene es, sin duda alguna, el túnel. Desde luego, Salzburgo está de moda.

Una tarde subí al castillo en el funicular. Hay allí una cervecería instalada en una de las terrazas, al amparo de las murallas, desde las cuales puede disfrutarse de una vista que el Baedeker recomienda con una estrella. Se ve la ciudad desde uno de los lados, extendida sobre el valle curvado, con un río que la atraviesa. Parece una versión en miniatura y alemana de Florencia. Desde el otro lado se contempla un panorama que no pretende en absoluto remedar lo italiano. Es de romanticismo alemán y dulce, como un aire tomado del Freischiitz de Weber. Se alzan en el horizonte unas montañas tan arriscadas y azulinas como las de cualquier postal; y en primer término, extendiéndose hasta el mismo pie de las inverosímiles rocosidades sobre las que está edificado el castillo, con su cervecería, se extiende una llanura verde; kilómetros y más kilómetros de jugosas praderas, salpicadas de vaquitas diminutas, con alguna que otra granja de juguete o, lo que es menos frecuente, con un grupito de casas de muñecas sobre el que se alza brillando al sol la espadaña de una iglesia.

Estaba yo sentado con un vaso de cerveza rubia ante este paisaje encantador y ligeramente cómico, pensando muy agradablemente en nada, cuando escuché una voz que decía, muy cerca de mí: Bello! Bello! Volví la cabeza con curiosidad, pues se me antojó insólito oír en aquellos parajes palabras italianas, y vi una de esas mujeres opulentas y admirables que tanto gustan en el Mediodía. Era una bella grassa, cuya riqueza de curvas se acercaba peligrosamente a la gordura excesiva, y de edad cercana a lo inconfesable; pero no obstante, de aspecto impresionante. Tenía su cara las proporciones de un iceberg —una quinta parte sobre el agua; el resto, sumergido—. Grande y florida desde los ojos para abajo, apenas tenía frente. El pelo le crecía casi a continuación de las cejas. Los ojos eran oscuros, grandes y, para mi gusto, de expresión excesivamente tierna. La miré durante irnos segundos, que me bastaron para ver todo esto, y volví la vista hacia su acompañante, que había estado contemplando el paisaje desde el otro parapeto. Se volvió. Era el viejo conde.

Creo que el encuentro me causó a mí más embarazo que a él. Sentí que el rubor me subía a la cara, como si fuera yo quien estuviera recorriendo el mundo con una Colombella y él el que me había sorprendido. No supe qué hacer, si sonreír y hablarle, o si volver la cabeza como si no le hubiera reconocido, o si saludarle con una inclinación de cabeza para desaparecer acto seguido. Pero el conde puso fin a mis vacilaciones al pronunciar con asombro mi nombre. Vino hacia mí con gran prisa y me estrechó la mano. ¡Qué agradable sorpresa, encontrarme allí! En aquel país dejado de la mano de Dios, aunque era barato, ¿verdad que era barato? Me iba a presentar a una encantadora compatriota suya que había conocido el día antes en el tren de Viena.

Fui presentado a la Colombella y todos nos sentamos en la mesa que yo ocupaba. El conde, hablando con decisión en italiano, pidió otras dos cervezas. Hablamos. O mejor dicho, habló el conde, pues la conversación fue un monólogo. Nos contó anécdotas de la Italia de hacía cincuenta años; imitó ante nuestros ojos a las extrañas gentes que había conocido; hubo un momento en que llegó a imitar el rebuzno de un borrico, aunque no recuerdo por qué fue esto necesario, pero el rebuzno se me quedó indeleblemente grabado en la memoria. Nos dio a conocer sus opiniones acerca de las mujeres. La Colombella protestaba chillando y se moría de risa. El conde se rizaba el bigote y le sonreía con los ojos enclavados en medio de las mil arrugas finísimas. De vez en cuando se volvía hacia mí y me guiñaba un ojo.

Yo le escuchaba atónito. ¿Era éste el hombre que contaba la misma anécdota tres veces en diez minutos? Le miré. Estaba en aquel momento inclinado hacia la Colombella, susurrándole algo al oído, que hizo que ella riera de tal manera, que tuvo que enjugarse las lágrimas. La mirada del conde se cruzó con la mía. Se sonrió y se encogió de hombros, como si dijera: «¡Estas mujeres! ¡Qué imbéciles y qué deliciosas e indispensables son!». ¿Era aquél el hombre agotado que vi en el café de «Pedrochi» hacía un año? Parecía increíble.

—Bueno, adiós, a rivederci.

Tenían que volver a la ciudad. El funicular esperaba.

—He tenido un verdadero gusto en volver a verle —me dijo el conde estrechándome la mano afectuosamente.

—Y yo a usted. Sobre todo en verle a usted tan bien.

—Sí; ahora me encuentro admirablemente —dijo hinchando el pecho.

—Y joven —continué yo—. Está usted más joven que yo. ¿Qué ha hecho usted?

—¡Aaaah! —respondió ladeando misteriosamente la cabeza.

Más en broma que en serio, le dije:

—Me parece que ha estado usted a ver a Steinach en Viena. Y que le han hecho una operación para rejuvenecerle.

Por toda contestación, el conde se llevó a los labios el índice derecho y luego se lo puso contra la nariz. Y entonces me guiñó un ojo. Inmediatamente después cerró el puño, enderezó el pulgar e hizo un gesto complicado, que estoy seguro estaría preñado de significado vital para cualquier italiano. Para mí, ignorante del lenguaje de los signos, su significado exacto no estuvo demasiado claro. Pero el conde no se ofreció a aclararlo con explicaciones verbales. Se quitó el sombrero sin decir una palabra y volviendo a recomendarme silencio, llevándose el índice a los labios, echó a correr con agilidad pasmosa por la pendiente muy pronunciada que llevaba hasta el funicular, en uno de cuyos cochecitos ya la Colombella había tomado asiento.

*FIN*


“Little Mexican”,
Little Mexican and Other Stories, 1924


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