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Exilio

[Minicuento - Texto completo.]

Carlos María Gutiérrez

El hombre rubio, que viste un pantalón de fino casimir blanco y una blanca camisa de seda, está sentado en un amplio sillón. Lee un libro de Proust que tiene las tapas rojas y mira a través de unas pequeñas gafas de oro que le cabalgan en el rostro muy pálido. El resto de los muebles y la lámpara de pie, encendida pese a ser de mañana, son también blancos. Cortinas blancas y totalmente cerradas ocultan el ventanal de celosías bajas. Una ancha grieta que toma parte del techo, atraviesa la pared del ventanal y en algunos trechos deja ver ladrillos y argamasa. Junto al sillón dormita un gran perro blanco, con largas lanas sedosas que le tapan los ojos, mientras el hombre le acaricia distraídamente la cabeza.

El ambiente de la sala es apacible, pero desde la calle en ruinas del barrio cristiano llega el incesante tronar de la artillería siria. De vez en cuando un obús estalla muy cerca y el estruendo conmueve la casa y una lluvia de cal y fragmentos de ladrillo cae en las tablas enceradas del piso.

El tiempo se detiene en el aire enclaustrado. Un reloj invisible da la hora en otra habitación y las lentas campanadas son cubiertas por una explosión más prolongada y ensordecedora. El hombre levanta la mirada, cierra a Proust y se quita las gafas, que pliega y deja junto al libro sobre una mesa árabe de bronce. Cuando se pone de pie, el perro despierta y lo mira con amor, sin moverse.

El hombre abre un armario cuyos cristales tintinean con las explosiones y saca de allí una caja de metal. Dentro hay una jeringa hipodérmica y una gran ampolla con un líquido ambarino. El hombre carga la jeringa con movimientos precisos y calcula las dosis del veneno. Después se arrodilla con ternura frente al perro, que está mirándolo a los ojos, y le clava la aguja en el cuello. El animal se estira con lentitud y va dejando caer dulcemente la cabeza entre las patas. El hombre vuelve a sentarse en el sillón, arremanga su camisa y se inyecta en el antebrazo el resto de la jeringa. La fatigada mejilla reposa en el respaldo blanco y familiar. Afuera, el cañoneo prosigue, invariable, pero ya no importa.

FIN


Los ejércitos inciertos y otros relatos, 1991


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