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Exilio

[Minicuento - Texto completo.]

Carlos María Gutiérrez

En 1960, la explotación de braceros ilegales en las plantaciones cañeras del Norte excede la antigua resignación agraria y las denuncias llegan a la capital. El periodista va a ver. En la pequeña población de frontera duerme tres noches, alojado en una pensión menesterosa pero limpia. Su pieza tiene una ventana enrejada hacia la calle de tierra y ninguna puerta. Se entra a través de un cuarto de baño compartido con el vecino. Cuando el otro lo ocupa, el periodista queda tapiado. Los datos del tráfico de brasileros y las visitas a las aripucas miserables construidas entre los surcos, para hablar con los cortadores reticentes, agotan con monotonía la jornada. Por la noche solo hay la módica diversión de una cerveza solitaria, un prostíbulo confuso con discos de Magaldi rayados o la alternativa de irse temprano a dormir.

Una madrugada despierta a la luz desolada de la ventana sin cortinas y desconoce dónde está, qué son esas paredes azulosas pintadas a la cal, el techo de zinc con su lamparilla sórdida, la mesa de pino, el catre de hierro que rechina y la palangana descascarada en su soporte. Le parece que esa falta de memoria y esa habitación triste e indescifrable son la muerte, o al menos su condena. Espantado, decreta que sigue dormido y que debe despertar de ese sueño.

Diez años después una dictadura destierra al periodista. Otra noche, en una pensión extranjera, relee, en uno de sus pocos libros, la página olvidada donde Jorge Luis Borges había aludido en 1932 a un desconsuelo parecido y a un sueño propio: “Soñé que salía de otro -populoso de cataclismos y tumultuoso- y que me despertaba en una pieza irreconocible. Clareaba: una desteñida luz general definía el pie de la cama de hierro, la silla estricta, la puerta y la ventana cerradas, la mesa en blanco. Pensé con miedo ¿dónde estoy? y comprendí que no lo sabía. Pensé ¿quién soy? y no me pude reconocer. El miedo creció en mí. Pensé: esta vigilia sin destino será mi eternidad. Entonces desperté de veras, temblando”.

El exiliado cierra el libro y mira a su alrededor la habitación ajena, escucha el silencio de la alta noche y no sabe si realmente ha despertado. Tampoco, si su recuerdo, donde los destierros de todos son también, de algún modo, el único para todos, es solo un sueño del presente. Mañana intentará averiguarlo, o despertar.

FIN


Los ejércitos inciertos y otros relatos, 1991


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